La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

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La primera película de… Zack Snyder: ‘Amanecer de los muertos’


Adaptar un cómic como 300 y hacerlo de una forma tan fiel como atractiva visualmente en lo que se refiere a la narrativa cinematográfica no es fácil. El film que dirigió Zack Snyder en 2006 marcó un antes y un después, algo que es más que evidente si se atiende a una serie como Spartacus. Pero antes de este éxito, y por supuesto mucho antes de que el año que viene llegue la nueva versión de Superman titulada Hombre de acero, el director debutó en el largometraje en 2004 con un film que, a priori, podría parecer menor, pero que también ha sido una más que interesante aportación al género de terror. Nos referimos al remake de Amanecer de los muertos, segunda entrega de la saga sobre zombies dirigida por George A. Romero (La noche de los muertos vivientes).

Para algunos, entre los que me encuentro, este es uno de los mejores trabajos del director de Watchmen (2009), si no el mejor. Cierto es que no cuenta con los efectismos visuales ni la digitalización que tanto ha caracterizado a sus trabajos tras las cámaras, pero todo el conjunto desprende un aroma de autenticidad y cierto clasicismo que convierte a esta propuesta sobre muertos vivientes en algo más que un mero remake. Es una película en sí misma, con una historia tan personal como autónoma que no necesita de otros títulos para tener sentido propio. Buena culpa de esto tiene su prólogo, una de las pequeñas joyas del género. En él se cuenta como la joven protagonista, enfermera en un hospital, asiste sin dar demasiada importancia a unos acontecimientos algo extraños en los que las fiebres y los mordiscos están muy presentes. A la mañana siguiente, cuando se despierta junto a su marido, la hija de sus vecinos se ha colado en su casa convertido en un monstruo hambriento de carne humana. Tras ver cómo su marido muere al ser mordido por la pequeña, la joven huye en coche en medio del caos, terminando por estrellarse contra un árbol. Cuando despierta, un rudo policía la rescata y, junto a un grupo reducido de supervivientes, se encierra en un centro comercial, que pronto es rodeado por los muertos vivientes.

Sin duda, uno de los elementos que más llama la atención desde el principio es el reparto elegido por Snyder, compuesto por rostros más o menos conocidos pero en ningún caso iconos del género (algo similar a lo ocurrido en la primera entrega zombi de Romero). Así, la principal protagonista es Sarah Polley, vista en El peso del agua (2000) o La vida secreta de las palabras (2005), mientras que el policía está interpretado por Ving Rhames (Misión imposible). Junto a ellos encontramos, entre otros, a Jake Weber (U-571), Mekhi Phifer (8 millas), Ty Burrell (serie Modern Family) o Michael Kelly (Caza a la espía). Claro que un plantel de actores de géneros tan diversos no debería de sorprender si tenemos en cuenta cuál es el alma de la película.

Lejos de lo que pueda parecer, Amanecer de los muertos no es una excusa para mostrar vísceras a granel o violencia extrema. Más bien al contrario. La plaga de zombies, al igual que ocurrió en La noche de los muertos vivientes, no es más que un recurso para impedir que un grupo dispar de personas salga de un espacio reducido, llevando al límite la confrontación de sus puntos de vista y generando todo un microcosmos en el que, de algún modo, el propio ser humano se convierte en un peligro mayor que los muertos vivientes a raíz de su egoísmo, su soberbia y una maldad innata que parece surgir en determinados momentos. La evolución de los personajes, muchos de ellos ajenos a la violencia de las armas de fuego pero en cualquier caso todos desconcertados ante una situación inimaginable, es uno de los pilares del guión de James Gunn (Slither: la plaga) y, sin duda, lo que convierte al film de Snyder en algo más que un subproducto slasher.

Un nuevo estilo visual para el desconsuelo

En cierto modo, si se compara este film con el que dio origen a todo el fenómeno zombi se encuentran muchos puntos en común que, a pesar de los años, no han pasado de moda. Es cierto que en la era actual los teléfonos móviles y el consumismo están a la orden del día (lo que aporta mayor desesperación y frustración a la situación que viven los protagonistas), pero atrasos sociales como el racismo, el uso de la violencia como recurso ante la falta de argumentos, o la ignorancia de unos individuos que se creen una posición social ya inexistente, están más de moda que nunca, y Zack Snyder los explota hasta consecuencias realmente dramáticas.

Pero esto es solo su aspecto dramático y los elementos de una trama hilada sobriamente y sin remilgos, consciente del fatalismo que rodea a unos personajes condenados casi desde el primer minuto de metraje. El otro gran descubrimiento fue el lenguaje visual de un director visionario en muchos aspectos de la imagen, y no me refiero exclusivamente a los efectos especiales o al maquillaje empleado en los muertos vivientes. Antes mencionaba el prólogo como ejemplo. A lo largo de su hora y media larga los personajes se enfrentan a situaciones angustiosas, a una huida desesperada y sin control y a dramas sociales casi más aterradores que lo que les espera fuera, pero pocos momentos más sobrecogedores existen en la película que esos primeros minutos en los que la protagonista, desconcertada y desubicada, debe huir de su propia casa en una zona residencial hacia ninguna parte con la esperanza de que ninguno de sus vecinos la mate.

La solvencia con la que mantiene el pulso narrativo y la tensión durante dichos minutos, culminados con un plano cenital inolvidable, hacen contener la respiración más de lo que es aconsejable, efecto que ayuda a la sensación de estar ante una historia lúgubre y pesimista en la que los buenos tienen pocas o ninguna posibilidad de sobrevivir, no tanto por la amenaza externa como por los villanos dentro del grupo, capaces de arrojar a sus madres a esas garras muertas con tal de sobrevivir. Pero, como decimos, no es el único caso. La huida, por ejemplo, es otro de esos momentos inolvidables de caos y confusión donde cualquier personaje puede morir, y no precisamente a manos de los zombis.

A esto cabría sumar la carga emocional con la que se nutre la historia, y que está representada sobre todo por una mujer embarazada y mordida, uno de los momentos más sorprendentes del film y un homenaje en toda regla a Braindead, tu madre se ha comido a mi perro (1992), otro clásico del género. Suele ocurrir que las nuevas versiones de títulos antiguos bastante conocidos tengan una recepción más bien negativa. No fue el caso de este Amanecer de los muertos. Y no lo fue porque el guión dirigido por Snyder abandona la idea del remake para convertirse en un producto único, propio, capaz de abordar con el terror las carencias sociales de la actualidad y mostrarlo todo con una creatividad narrativa nueva y fresca en aquel momento.

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