‘Robin Hood. Forajido, héroe, leyenda’: modernizando la Edad Media


Existe una tendencia relativamente reciente de querer actualizar los mitos y las leyendas de personajes clásicos de la cultura popular, entiendo que para hacerlos más atractivos. El problema de estas historias intregradas en la cultura popular es que las reinterpretaciones deben hacerse con pies de plomo, pues si no se puede terminar haciendo algo como esta nueva versión del famoso ladrón que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, es decir, una especie de Edad Media modernizada donde las Cruzadas son un combate bélico actual y donde Robin Hood se convierte casi más en El Zorro en algunos momentos.

Lo cierto es que la cinta de Otto Bathurst es un entretenimiento puro y duro, pero hecho sin demasiada cabeza. El uso y abuso de la cámara lenta y los cambios de ritmo en la grabación tratan de imprimir al conjunto una épica de la que carece de forma natural, pero se queda a medio camino. Bueno, en realidad este Robin Hood se queda a medio camino de casi todo lo que propone. Porque esta aventura de acción incluye humor y acción, pero también reivindicación política y, como mencionaba antes, incluso reinterpretación medieval de los combates bélicos actuales. Posiblemente esto sea lo más impactante de todo; su comienzo se asemeja a una incursión en alguna remota región árabe, con unos cruzados pertrechados con una suerte de chaleco antibalas y cambiando los fusiles por arcos. Todo en esta secuencia inicial sienta las bases de lo que luego será un irregular relato.

Con todo, el esfuerzo por reinterpretar el trasfondo de los personajes resulta encomiable. De hecho, puede ser lo más interesante del film, lo cual tampoco quiere decir mucho si tenemos en cuenta que tanto el desarrollo de la trama como las secuencias del relato no terminan de estar acordes a los protagonistas. Y eso es, entre otros motivos, porque el guión no llega nunca a encontrar su verdadera definición. Da la sensación de que en ningún momento narra nada propio, tomando ideas de diferentes películas. El hecho de que haya unas minas en las que los pobres son explotados, que se produzca una revuelta popular, que el joven Hood entrene sus habilidades a las órdenes de un maestro, … En definitiva, estamos ante una historia construida sobre piezas de otras, lo que hace que tenga pies de barro en cuanto se rasca un poco su superficie.

Habrá quienes accedan a este Robin Hood. Forajido, héroe, leyenda con la única pretensión de entretenerse, y lo conseguirán. Pero incluso aunque solo se busque eso, la cinta presenta numerosas incongruencias en su intento de ser más espectacular, más dinámica y más atractiva de lo que en realidad es. Los recursos narrativos del director Otto Bathurst se antojan limitados, excesivamente similares a los de otros directores con una mayor capacidad visual, y la trama nunca logra tener un espíritu propio. Es más, a pesar de la modernización de este mito y de la Edad Media que muestra, este Robin de Loxley no tiene demasiado de Robin de Loxley. Tal vez sea porque se presenta como los orígenes del personaje. En cualquier caso, la puerta está abierta a una segunda parte que, por el bien de este héroe, esperemos que sea diferente.

Nota: 5/10

Anuncios

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ termina ciclo en su quinta temporada


Parece una regla narrativa, pero en realidad es más bien una idea aceptada a base de práctica y de miles de series realizadas a lo largo de los años. Aunque lo importante es que una ficción tenga la duración planteada para contar bien la historia (es decir, sin intereses comerciales de ningún tipo), lo cierto es que muchas de las grandes series parecen plantearse para tener cinco temporadas, como mucho una o dos más. Y esto es lo que le ocurre a Agentes de S.H.I.E.L.D. Sin ser una serie inolvidable ganadora de infinidad de premios, esta ficción con superhéroes, acción y humor integrada en el Universo Marvel ha sabido no solo mantenerse en plena forma dramática y narrativa, sino que en su quinta temporada cierra ciclo de forma más que correcta, dejando un pequeño epílogo a modo de sexta y última temporada ya confirmada.

Y como no podía ser de otro modo, dicho cierre tiene como principal motor al Agente Coulson, rol que Clark Gregg lleva interpretando 10 años desde que apareciera por primera vez en Iron Man (2008). La serie creada por Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse), Jed Whedon y Joss Whedon (Los Vengadores) ha pivotado desde el primer momento sobre este personaje, y aunque a lo largo de los años ha crecido en complejidad dramática y ha incorporado interesantes personajes, el epicentro de toda la trama siempre ha sido ese agente con fe ciega en la causa que defiende. Todo esto viene a cuento porque los 22 episodios de esta penúltima temporada representan el viaje final del héroe, un recorrido que más allá de la acción es una especie de cesión del testigo para que un nuevo líder tome el control. El problema, y de ahí el final inminente de la serie, es que ninguno de los otros protagonistas, aún con su evidente interés, tiene madera de protagonista.

Esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., al igual que las anteriores, divide su trama en dos partes diferenciadas claramente. Sin embargo, y a diferencia de años atrás, en esta ocasión ambas historias están intrínsecamente relacionadas por la causa y efecto que generan los saltos temporales. La idea del bucle temporal adquiere una fuerza dramática inusitada que no solo provoca una tendencia creciente del drama e incluso cierto suspense, sino que da lugar a un clímax final y a una resolución de la historia tan interesante como compleja, trastocando el tratamiento de los protagonistas realizado hasta ese momento al tener que enfrentarles con sus propios miedos, sus fobias y sus secretos más escondidos. El hecho de presenciar el futuro e intentar cambiarlo a pesar de repetir siempre los mismos actos (sin darse cuenta de ello, claro está), aporta una complejidad dramática única a la temporada, pero también un cierto desasosiego al tener en todo momento la sensación de estar asistiendo a un destino inevitable.

Evidentemente, los héroes logran su misión, pero a diferencia de otro tipo de series, no es un final feliz. Más bien la resolución de esta etapa es agridulce. Durante los 22 capítulos la trama gira en torno, ya sea directa o indirectamente, la salvación del rol de Gregg. Resulta muy interesante analizar cómo funciona a la perfección esta premisa en el tratamiento de toda la temporada, fruto de una construcción de personajes coherente y sólida. En efecto, la lucha de todos los personajes por su líder no solo se antoja lógica, sino incluso necesaria. Y la evolución orgánica de todas las tramas alrededor de este desencadenante no podría ser más exquisita, toda vez que son varios los momentos en los que el espectador, aun teniendo en mente una idea aproximada de lo que puede ocurrir, se encuentra ante un abismo dramático cuyo final no puede vislumbrar. Dicho de otro modo, aunque la victoria de los protagonistas es obligada, las consecuencias de dicha victoria, tanto personales como materiales, son totalmente inesperadas. Y este es uno de los principales atractivos de esta etapa.

Cerrando flecos

Todo ello no quiere decir que esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no tenga ‘peros’. En demasiados momentos la trama recurre a ciertos Deus ex machina que, aunque bien encajados en la evolución dramática, se antojan irreales (y hablamos de una producción puramente fantástica), demasiado milagrosos. Y eso no es únicamente por el modo en que se presentan dichos momentos, sino porque para resolver determinadas situaciones aparentemente irresolubles se recupera la presencia de personajes de temporadas anteriores que, de un modo u otro, solucionan la papeleta narrativa que en ese momento tienen los creadores de la serie. Todo ello juega en perjuicio de algo fundamental de esta producción, que es la capacidad del equipo de superar cualquier situación.

Asimismo, y aunque la temporada vuelve a dividirse en dos partes bien diferenciadas, el desarrollo de ambas ha tenido muchas historias secundarias, y según como se mire puede que demasiadas. El intento de rizar el rizo de una historia y unos personajes ya de por sí complejos lleva a esta etapa a convertirse en una espiral constante de situaciones casi insostenibles, de desafíos que van más allá de las capacidades mentales y físicas de los protagonistas. Y aunque este viaje hay momentos que resta credibilidad al relato, también es cierto que ahonda en las múltiples caras de los protagonistas, enriqueciéndolos a ellos y a la trama, que se llena con todo tipo de matices, algo poco habitual para este tipo de producciones. En este sentido, es interesante estudiar el delicado equilibrio que manejan los guionistas entre el crecimiento natural y orgánico de la historia, nutriéndose de las historias secundarias y los conflictos entre los personajes, y las dificultades que tienen para resolver determinadas situaciones, llegando al extremo de utilizar esos Deus ex machina que antes mencionaba.

Pero esta temporada es también la del cierre de flecos secundarios que pudieran quedar sueltos, lo que es una prueba más que evidente de que su final está próximo. El caso más evidente es el del coronel interpretado por Adrian Pasdar (Run), personaje que ha vivido un largo viaje en el que ha pasado de ser enemigo de los héroes a su aliado, para terminar convertido en un supervillano cuyo giro dramático podría ubicarse a medio camino entre esa evolución natural y los cambios forzados por las necesidades de guión. Pero en cualquier caso, la labor de Pasdar convierte a este personaje en uno de los más interesantes de la temporada, si no el que más, creando un villano complejo, marcado por un sentido del deber corrompido por un poder que cree dominar pero que en realidad le domina. Su figura, aunque secundaria, resume a la perfección el espíritu dramático de esta temporada.

Tal vez esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no sea la mejor de todas, pero sin duda se encuentra entre los referentes de la serie. Y lo es porque, a pesar de sus limitaciones y de sus puntos débiles, se atreve a ir más allá, a explorar nuevos terrenos dramáticos jugando con el espacio y el tiempo para desarrollar una historia autosuficiente que, en realidad, no necesitaría del trasfondo dramático que arrastra de las anteriores temporadas. Los personajes se enfrentan a su presente no tanto conociendo su pasado como, ante todo, conociendo el futuro y la tragedia a la que se enfrentan. Y ese conocimiento único es el motor del drama y cierto suspense que nutre toda esta etapa. La resolución, tan emotiva como trágica, no deja indiferente. Ahora tan solo queda poner el punto final con una sexta temporada que sitúe a los protagonistas ante su futuro.

‘Predator (2018)’: regresa el cine de los 80


Es difícil enfrentarse a un clásico. Ya sea dirigiendo un remake o una secuela, cuando un film alcanza esa categoría el resultado de continuar su estela no suele ser demasiado satisfactorio. Las numerosas películas con el Depredador como protagonista son un buen ejemplo, de ahí que esta nueva secuela pueda generar, en principio, cierto recelo. Pero solo en principio.

De hecho, las dudas quedan resueltas en los primeros minutos de Predator gracias a un guión que tampoco se toma a sí mismo demasiado en serio y a un director, Shane Black (Kiss Kiss, Bang Bang) que vuelve a demostrar su pericia tras las cámaras dotando al conjunto de un dinamismo incomparable y constante, equilibrando perfectamente las secuencias de acción (algunas realmente espectaculares) con la mínima trama que sostiene la cinta. Sin embargo, nada funcionaría si la película no conociera al dedillo su lugar dentro de la saga. Esto permite al guión constantes referencias al film original de 1987, pero también homenajear un tipo de cine que parece extinguido, y que en cierto modo se recupera con la ironía suficiente como para que no se convierta en una amalgama de clichés.

Dicho de otro modo, la película entretiene, es dinámica y divertida, y contiene una violencia acorde a los nuevos tiempos. Todo ello, evidentemente, deja agujeros relativamente importantes en el guión que el espectador puede optar por engrandecerlos o por dejarse llevar y superarlos sin mayores problemas. Asimismo, la película introduce elementos un tanto fuera de lugar que no terminan de encajar del todo en el concepto original de la criatura. Pero dejando a un lado esas ideas, que por otro lado se pueden achacar a la evolución de los tiempos, lo cierto es que la cinta se revela como una digna secuela.

Desde luego, Predator es la mejor de las secuelas modernas, una historia sencilla pero bien construida, que introduce al espectador de forma directa en una espiral de acción, humor y violencia en la que los actores, todos ellos sin excepción, disfrutan como nunca, y eso se traslada no solo a sus personajes, sino al conjunto del relato. Con especial mención a Sterling K. Brown (Marshall) como villano de turno; sencillamente impecable. Se puede decir que la nueva cinta de Black es una regresión a un tipo de cine perdido, un cine de puro entretenimiento, de tramas lineales, con pocos puntos de giro pero bien construidas, y que a pesar de ciertas incongruencias de guión terminan dejando un buen sabor de boca.

Nota: 7/10

‘The Equalizer 2’: un buen plato de venganza


Denzel Washington (Fallen) ha hecho de todo en su carrera. De todo menos una secuela. Este es uno de los atractivos del nuevo film de Antoine Fuqua (Los amos de Brooklyn), pero desde luego no el principal ni el más relevante. Porque lo más interesante de la cinta es, en realidad, su superioridad dramática, visual e interpretativa con respecto al original, todo ello gracias a una historia mejor construida aunque irremediablemente previsible.

Y es que esta es la principal debilidad de The Equalizer 2, algo que también ocurría en la primera parte. La trama se desarrolla de forma directa, sin prácticamente ningún giro dramático que pueda producir sorpresa alguna o que desvele algún tipo de información inesperada que modifique por completo el sentido de la trama. El rol de Washington avanza en la historia sin que nada ni nadie pueda plantarle cara, descubriendo pistas que nadie más encontraría y acabando con grupos de enemigos casi sin despeinarse. Así las cosas, la película podría parecer casi anodina, pero precisamente en la sencillez de su guión es donde también encuentra su mayor virtud.

A diferencia de la primera película, en esta ocasión la trama ahonda en el pasado del protagonista, lo que otorga a la trama un trasfondo dramático sumamente interesante. Es este trasfondo, marcado por la traición, la venganza y el dolor, el que hace crecer la historia en su contenido, que no en su forma. Si a esto se suma un actor de la categoría de Washington y un director como Fuqua, lo que nos encontramos es un thriller solvente que mejora algunas de las carencias que tuvo el original, sobre todo en su ritmo narrativo, para ofrecer al espectador un producto directo, fácilmente consumible pero con una cierta intriga interna que juega en todo momento con el presente y el pasado del protagonista.

En este sentido, The Equalizer 2 deja momentos para el recuerdo. Al igual que la primera parte, la trama crece en espectacularidad y acción hasta un clímax tan fantasioso como visualmente espectacular. Pero más allá de eso, las motivaciones del héroe, su sentido del deber mezclado con la venganza y la labor de Fuqua tras las cámaras hacen de esta continuación un producto más complejo e interesante, que funciona perfectamente de forma individual y que es capaz de suplir sus evidentes carencias argumentales. Un thriller de acción perfecto para dos horas de entretenimiento puro que, además, se pasan en un suspiro.

Nota: 7/10

2ª T. de ‘Arma letal’, más complejidad dramática para un final de ciclo


¿Puede un actor involucrarse tanto con un personaje como para asumirlo más allá de la pantalla? ¿O es que hay actores que por su propia personalidad crean personajes tan interesantes como extremos? Existen varios ejemplos en ambos casos, pero en el caso que nos ocupa es difícil identificarlo. Me refiero al trabajo de Clayne Crawford (Convergence) en la serie Arma letal, cuya segunda temporada es una montaña rusa de emociones dentro y fuera de la ficción. Y eso es algo que, aunque hace crecer esta serie creada por Matthew Miller (serie Forever) desde un punto de vista dramático, también crea una notable incertidumbre sobre su futuro.

Pero vayamos por partes. Los 22 episodios que componen esta etapa se conforman como un viaje a los orígenes del policía que siempre vive al límite. Si la primera temporada abordaba los traumas que le llevaron a instalarse en Los Ángeles, este arco argumental se centra en los aspectos más oscuros de su infancia, apuntados al final de la anterior etapa, ahondando en los miedos, los deseos y las motivaciones que se esconden detrás de sus decisiones y, en definitiva, de su forma de ser al límite siempre de sus propia salud física y mental. Este es sin duda el aspecto más interesante de una serie marcada por la espectacularidad, el humor y la diversión. Y es que la tragedia que representa el rol de Martin Riggs es el contrapunto perfecto para el tono general de la serie, encontrando así un equilibrio que desvela más de lo que aparenta esta ficción.

Porque sí, Arma letal es un entretenimiento puro, una diversión sencilla y honesta que, a través de la fórmula de las buddy movies, en este caso buddy series, hace que cada episodio sea un espectáculo. Pero frente a esto, asociado irremediablemente a las tramas episódicas que protagonizan cada caso policial, nos encontramos con capas dramáticas mucho más profundas y complejas. Desde los traumas del personaje interpretado por Crawford hasta sus dilemas morales, pasando por los efectos colaterales que tienen sus decisiones y cómo marcan las relaciones no solo con su pareja protagonista (Damon Wayans –El último Boy Scout– cada vez se siente más cómodo en el personaje), sino con todos los personajes que le rodean, este personaje, casi de forma exclusiva, es capaz de aportar muchas capas dramáticas a la serie, de ahí que su peso haya sido cada vez mayor.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que el resto de personajes no sean parte esencial de la trama. El contrapunto que ofrece Wayans, que también goza de elementos dramáticos, aunque menores, es imprescindible para que la gravedad que subyace en el rol de Crawford se atenúe. Asimismo, la presencia de los roles secundarios principales ayudan a conformar un universo al más puro estilo de la película en la que se basa la serie. Poco importa la credibilidad que pueda tener el hecho de que cada caso suponga una destrucción parcial de la ciudad y luego no haya consecuencias. Y poco importa también que la pareja protagonista pueda saltarse todas las normas con tal de capturar al villano de turno. En realidad, la fuerza dramática que nace del contraste entre los protagonistas es tal que arrastra al resto de elementos a una espiral dinámica y atractiva.

Sin Riggs… ¿o con otro?

Pero todo eso podría irse al traste. Son conocidos los problemas que Crawford ha tenido en esta segunda temporada dentro y fuera de los sets de Arma letal. Y a tenor del final del último episodio, clímax espléndido para una conclusión soberbia, su regreso a la serie parece descartado. Su sustituto, con otro nombre pero manteniendo el apellido Riggs, se enfrenta, por tanto, a ese trasfondo dramático del protagonista, a mantener la dinámica con la pareja y, en definitiva, a encajar en un universo que, en mayor o menor medida, estaba construido sobre el alocado policía. Cómo vaya a funcionar la tercera temporada es algo que habrá que analizar en su momento, pero no cabe duda que la fuerza de la pareja protagonista será difícil de volver a conseguir.

Y esto hace más evidente si cabe que esta ficción no es una producción al uso. Aunque se vista como un producto de entretenimiento sin más interés que unas cuantas persecuciones, mucha acción y buenas dosis de humor, lo cierto es que sus protagonistas y la construcción de personajes es sólida, tanto que se alza sobre el resto de elementos para construir un relato más profundo, complejo y de largo recorrido. Dicho de otro modo, la serie se había construido sobre cimientos sólidos, sobre aquello que hace que un relato se mueva y avance. La pareja de policías protagonista acapara hasta tal punto la atención del relato que las numerosas inconsistencias de sus secundarios habituales (algunos parecen presentarse en escena solo como comodín para el episodio de turno) se pueden pasar por alto como si de una anécdota se tratara.

Lo cierto es que el relato de esta segunda temporada, a pesar de ese carácter episódico que tiene la serie, ofrece al espectador un trasfondo interesante y sumamente atractivo. Las personalidades tan diferentes que hicieron de esta pareja un mito del cine se han trasladado fielmente a la pequeña pantalla, con las posibilidades que eso conlleva a la hora de explorar los conflictos y el vínculo entre ellos en diferentes situaciones. Dejando a un lado las explosiones, la trama se construye gracias a las pinceladas que prácticamente en cada episodio se ofrecen del pasado de Riggs y los problemas familiares de Murtaugh. Lo mejor de todo posiblemente sea que algunos detalles aparentemente secundarios adquieren plena relevancia al avanzar la trama, construyendo el argumento de forma orgánica y evolucionando hacia una mayor complejidad a medida que avanzan los episodios.

Es una lástima, sin duda, que la tercera temporada de Arma letal no vaya a continuar con la senda iniciada en estas temporadas, sobre todo en la segunda aquí analizada. Es evidente que la serie mantendrá la espectacularidad, el humor y la acción que la caracterizan, pero es igualmente obvio que nada volverá a ser igual. El final de esta segunda etapa, tan impactante como sobresaliente, es el broche de oro a un tramo final que ahonda en el pasado y la personalidad del principal motor de la historia. Bien de forma independiente a los casos policiales, bien integrado en el conjunto, el modo en que ese tormentoso pasado hace acto de presencia, siempre enlazando con el resto de elementos de la trama, demuestra que esta serie es algo más que acción. Sí, tiene sus altibajos, y hay momentos en que pierde cierto interés (no por casualidad, cuando se abandona la historia de Riggs), pero en líneas generales esta segunda temporada es más completa, interesante, divertida y compleja que la primera.

‘Los Increíbles 2’: como si no hubiera pasado el tiempo


Han pasado 14 años, pero en realidad no ha pasado el tiempo. En ningún sentido. Este es uno de los motivos por los que se habla de la ‘magia del cine’. El director Brad Bird, el genio detrás de algunas de las joyas de la animación de los últimos años gracias a Pixar, ha logrado algo muy difícil: un viaje al pasado para las generaciones que hace más de una década disfrutaron, se emocionaron y crecieron con Los Increíbles. Pero lo ha hecho alejado de nostalgias o de autorreferentes, contando una nueva historia que continúa las aventuras de esta familia con la esencia, el sabor y la maestría que ya tuvo la primera parte.

De este modo, Los Increíbles 2 se convierte en todo lo que una secuela debe ser. Visualmente arrolladora, la cinta posee más acción, más espectacularidad y más superhéroes. Pero al mismo tiempo, y esto es lo que hace que estemos ante una nueva joya de la animación, es que la cinta ofrece mucho más que una mera continuación de las aventuras. Si la primera cinta exploraba los secretos en una familia y cómo la unión de sus miembros era la forma de enfrentarse a los problemas, esta segunda parte ahonda en las inseguridades del padre de familia, en la aceptación de los roles dentro del grupo familiar y en las relaciones entre padres e hijos.

Y lo hace con una historia que, aunque en cierto modo previsible, no deja de fascinar a cada paso que da gracias a los equilibrios dentro de su trama con las diferentes historias que en ella se desarrollan. Si el drama y la acción los aporta la parte de la superheroína y sus aventuras, el punto irónico y cómico está representado por ese Mr. Increíble que debe aprender a ser “increíble” también en su casa, con sus hijos, lidiando con problemas comunes como los deberes, las primeras relaciones de su hija con chicos o el cuidado de un bebé que, en este caso, en lugar de descubrir el mundo descubre sus poderes. Atentos a este pequeño que desarrolla todo su potencial en algunas de las secuencias más hilarantes y perfectamente desarrolladas del metraje.

El hecho de que la trama transcurra desde el punto en el que terminó la primera parte ayuda a que Los Increíbles 2 nos lleve de viaje al pasado, pero es solo un lugar desde el que comenzar. El viaje es mucho más complejo, más enriquecedor y más divertido que todo eso. La cinta de Bird, que vuelve a demostrar su talento, puede entenderse en varios niveles, y esto la convierte casi en un clásico automático. Sí, es diversión, acción, espectacularidad y una animación impecable. Pero también es drama familiar. Y es conflicto emocional. Y es comedia. Incluso tiene algunos toques de comedia adolescente. En definitiva, un film que es más de lo que podría pensarse a simple vista. Un film imprescindible.

Nota: 9/10

‘Misión: Imposible. Fallout’: más imposible que nunca


Creo que nadie auguraba en 1996 que la adaptación de Brian de Palma (Misión a Marte) de la famosa serie de televisión Misión: Imposible daría, más de 20 años después, hasta cinco continuaciones y millones de euros en ingresos para una franquicia que, a diferencia de muchas otras, ha sabido reinventarse cuando ha sido necesario pero siempre manteniéndose fiel a un estilo y unos elementos básicos. Esta sexta entrega es la última evidencia de lo bueno y lo malo de esta saga.

La cinta dirigida por Christopher McQuarrie, director de la anterior entrega, continúa en cierto modo los acontecimientos de esta con un estilo áspero en su narrativa y espectacular en su puesta en escena. Con secuencias de acción brillantemente ejecutadas (la pelea en el baño deja sin palabras), la trama vuelve a recurrir al engaño y la intriga para construir toda una persecución en la que, por momentos, no se sabe si los protagonistas son perseguidores o perseguidos. El hecho de que se recupere un villano como el interpretado por Sean Harris (Un lugar solitario para morir) ya da una idea del tono sombrío de la historia, de nuevo con agentes infiltrados y traiciones a las más altas instancias de la inteligencia mundial.

En este sentido, esta nueva ‘Misión: Imposible’ hace honor a su nombre, estructurando milimétricamente la trama para dosificar los giros argumentales en un exitoso intento por hacer que el ritmo no decaiga. Sin embargo, un elemento falla, y es la presunta sorpresa por conocer la identidad del villano que acompaña a Harris en esta historia. Si uno es un poco atento a los planos utilizados por el director, la identidad queda revelada casi al final del primer acto, lo que deja alrededor de dos horas de metraje en las que las presuntas sorpresas quedan completamente anuladas. De ahí que la apuesta por la acción sea tan importante, pues sin ella posiblemente la cinta se desinflaría a marchas forzadas. Acción, por cierto, que se descontrolada en su tramo final, persecución aérea y combate posterior incluidos. Todo un alarde de lo peor que puede ofrecer la saga, algo que se vio en la segunda entrega.

Con todo esto en cuenta, Misión: Imposible. Fallout se convierte en el espectáculo que cabría esperar. Una producción marcada por la acción bien ejecutada, por una trama sólida que retoma una historia precedente y que, salvo ciertos inconvenientes en su manejo de los secretos y de la intriga. En cierto modo, esta nueva aventura contiene lo mejor y lo peor de la saga. Lo mejor, sin duda, los juegos de identidades, los engaños y los constantes giros argumentales en los que nada es lo que parece, e incluso lo que realmente es muchas veces puede reinterpretarse. Lo peor es esa tendencia a la acción sin sentido, a la espectacularidad que haga gala del título en su sentido más extremo, cuando algo más sencillo tiene el mismo o mejor efecto. Pero desde luego, para pasar un buen rato disfrutando de los escenarios, la intriga y la acción, esta es la elección perfecta.

Nota: 7,5/10

4ª temporada de ‘The Flash’, o cómo narrar desde la derrota del héroe


Con sus más y sus menos, The Flash ha logrado encontrar un hueco narrativa y dramáticamente hablando. Un hueco definido por un delicado equilibrio entre el humor y el drama, en el que el primero sirve de “desengrasante” para el segundo sin llegar a convertir en una burla el concepto de este producto. Sin embargo, en dicho equilibrio existen fluctuaciones, y la cuarta temporada es, posiblemente, una de las más dramáticas vistas hasta ahora. Posiblemente no para los protagonistas, pero sí en el tratamiento de la serie creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (autores de Arrow) y Geoff Johns.

Y es que estos 23 episodios ofrecen un interesante análisis del tratamiento de la narración. A diferencia de etapas anteriores en las que las historias episódicas entroncaban de forma tangencial con la trama principal, en esta ocasión el grueso del argumento se encuentra bajo el paraguas del villano al que da vida con notable acierto Neil Sandilands (Proteus). Salvo los capítulos destinados a crossovers entre las series de DC Cómics, en términos generales nos encontramos ante una dedicación exclusiva de toda la trama al enfrentamiento entre héroe y villano. Eso no impide que existan historias autoconclusivas en muchos episodios, pero todas ellas están, de algún modo, relacionadas con la trama principal.

El principal efecto de esta apuesta es que la cuarta temporada de The Flash es un constante crecimiento dramático, generando tensión a cada paso y sentando las bases del clímax del último episodio. Y aunque es cierto que el héroe siempre debe enfrentarse a retos mayores que él mismo para superarlos y superar sus propias limitaciones, en esta ocasión la constante es el fracaso, la idea de luchar contra un destino ya escrito del que no se puede escapar. Más allá de la resolución final y el concepto empleado para que el bien se imponga al mal (el amor, la amistad, ser fiel a uno mismo), lo más relevante es el viaje por esta tanda de episodios, en el que todos y cada uno de los personajes pierde algo realmente importante, en una constante derrota que va más allá de la simple dinámica que mueve todo conflicto.

Dicho de otro modo, en esta ocasión no hay una perspectiva de que las victorias tengan más peso que las derrotas. Es evidente que el resultado final siempre será positivo, al menos en términos generales, pero durante toda la temporada lo que se plantea es llevar hasta límites fuera de lo común al héroe, que debe enfrentarse a la derrota no solo física, sino también emocional (la muerte de su amigo), intelectual y de sus propios poderes. Contrariamente a lo que pueda parecer, esta estrategia narrativa lo que provoca es una mayor identificación con el héroe. Es cierto que la trama presenta altibajos, en buena medida provocados por la falta de interés de algunos personajes y algunas tramas secundarias, pero en líneas generales lo que nos encontramos es ante un constante desafío para el velocista.

Un problema de DC

Ahora bien, esta cuarta temporada de The Flash está empezando a presentar un problema que parece común a todas las producciones de DC, y es la acumulación de secundarios que aportan poco o nada a la historia del héroe. Es cierto que muchos de ellos, puede que la mayoría, crean un contexto dramático que, al fin y al cabo, define toda la serie, pero el problema de incluir tantos secundarios, algunos con más importancia que otros, algunos con poderes, es que todos ellos necesitan de cierto tiempo para desarrollarse, para evolucionar y participar activamente en la historia. Y eso se traduce en más minutos, más dedicación y, por tanto, más espacio robado a la trama principal.

Esta etapa ha podido resolverlo con acierto en muchas ocasiones, como es el caso del nuevo superhéroe interpretado por Hartley Sawyer (Thursday), pero en otros la participación de los secundarios se ha vuelto, digamos, satélite, quedando como recurso de apoyo cuando fuera necesario, por mucho que su rol tuviera, en teoría, mayor peso dramático. Posiblemente la mejor prueba de esta acumulación de héroes sea el final, donde algunos personajes parecen llamados a desaparecer (al menos de momento) para aligerar y simplificar tanto la trama como las relaciones entre los personajes. Sea como fuere, lo cierto es que se empieza a ver muchos personajes que entran y salen de la trama sin demasiada influencia, únicamente para expandir el universo ‘Flash’, y esta intermitencia puede jugar en contra de la historia si no se lleva por el buen camino. De hecho, Arrow ya se ha visto obligada a aligerar su historia de personajes.

Aunque como siempre ocurre en esta serie, posiblemente el punto de giro más interesante sea el gancho final para la siguiente temporada. Y es aquí donde entra en juego otro de los elementos más indentificables de esta ficción que, curiosamente, no han tenido demasiado protagonismo en esta etapa. Me refiero a los viajes en el tiempo. Mientras que años atrás los cambios en el espacio-tiempo han dado pie a historias, cambios y villanos, en esta ocasión todo ha transcurrido en el campo de la mente y el presente físico. De ahí que el final de esta temporada abra una interesante puerta a una trama que requerirá de un minucioso tratamiento, y que sin duda será objeto de muchos análisis por parte de los fans más acérrimos del personaje.

En cierto modo, se puede decir que la cuarta temporada de The Flash viene a demostrar que la serie puede ser extremadamente dramática si se lo propone, pero sobre todo confirma una madurez que no tenía al principio. Con un héroe atormentado por los errores que comete y el sufrimiento que eso causa, un villano que parece no poder ser derrotado y unos protagonistas que afrontan pérdidas de todo tipo, estos episodios suponen un constante giro dramático hacia un abismo que, no por tener un final previsiblemente feliz, es menos angustioso. Curiosamente, las constantes derrotas del héroe provocan un doble y contradictorio efecto: por un lado permiten una interesante narración desde el punto de vista de la derrota, pero por otro genera cierto desapego en algunos momentos de la historia. En cualquier caso, esta es posiblemente la etapa más oscura y dramática hasta la fecha.

‘El rascacielos’: la jungla en llamas


Que la nueva película de Rawson Marshall Thurber (Cuestión de pelotas) bebe de películas como Jungla de cristal (1988) y El coloso en llamas (1974) es evidente, así que no entraré a valorar las diversas referencias que puede tener esta cinta de acción a detalles y conceptos vistos en esos films. No, lo realmente interesante es si la cinta tiene entidad propia como para aportar algo nuevo al género en el que se enmarca, o al menos para distraer durante casi dos horas. Y la respuesta es un “sí” con matices.

Porque desde luego que El rascacielos entretiene. Desde su punto de partida con un espectacular edificio de sofisticada tecnología hasta su conclusión marcada por la acción y un toque dramático poco habitual en este tipo de films, la cinta posee un ritmo trepidante, alternando el desarrollo de la historia (mínimo, como es habitual) con espectaculares secuencias donde la adrenalina se adueña del conjunto. El lenguaje narrativo empleado por Marshall Thurber, además, explota al máximo algunos de los momentos más icónicos del film, generando una mayor ansiedad a las situaciones que vive el protagonista al que da vida Dwayne Johnson (Un espía y medio), quien por cierto vuelve a demostrar su personalidad y carisma a la hora de dar vida a estos personajes.

Ahora bien, el film flaquea en aspectos importantes. Para empezar, el guión apenas tiene profundidad dramática. El desarrollo de la historia no solo es lineal y previsible, sino que no aporta en ningún momento un auténtico punto de inflexión o un suspense ante un futuro incierto. Los buenos son los buenos, los malos son los malos y aquí ganan los que ganan y pierden los que pierden. En este sentido, el film no ofrece nada nuevo salvo los nuevos efectos y una narrativa que, eso sí, no pisa el freno prácticamente en ningún momento, lo cual es de agradecer porque ayuda a pasar por alto algunas de sus debilidades.

Con sus aciertos y sus debilidades El rascacielos ofrece lo que promete, ni más ni menos. Acción, adrenalina, algo de contenido dramático para que no sea un cúmulo de efectos especiales, y una duración ajustada que deja poco margen para el aburrimiento. Ni pretende ser un drama de supervivencia ni una historia de superación del héroe. Simplemente, una cinta de acción para la época veraniega con claras influencias de clásicos del género. Con lo bueno y lo malo que eso conlleva.

Nota: 6/10

‘Jurassic World: El reino caído’: de vuelta a los orígenes


Como cualquier género o subgénero, el cine de dinosaurios debe ofrecer con cada película algo nuevo, diferente. Y en esta ocasión esa diferencia no es otra que nuevas criaturas creadas genéticamente a partir de otros dinosaurios. En realidad, la fórmula no es nueva, porque ya ocurrió en la primera entrega de esta nueva serie de films, pero sí es nuevo el enfoque que aporta J. A. Bayona (Lo imposible), o al menos lo suficientemente fresco y respetuoso con el original como para superar a su predecesora.

Porque es la labor del director la que marca la diferencia. Y curiosamente, lo hace homenajeando al maestro Spielberg y ese film que ahora cumple 25 años y que, como queda patente con este Jurassic World: El reino caído, está más en forma que muchas otras historias. Desde el tratamiento de los personajes hasta la iluminación y los juegos con las sombras de los dinosaurios, pasando por detalles como la herida en la pierna de la heroína o esa suerte de extraña familia formada por las necesidades del momento, Bayona opta por mirar en el espejo del film que lo inició todo y aprovechar los recursos narrativos en su propio beneficio para conformar un relato fresco, dinámico, por momentos intenso y cargado con parte de la magia que, por ejemplo, no tenía el film de 2015.

Su labor, sin embargo, no oculta un guión más bien deficiente en lo que a narrativa se refiere. Si bien es cierto que el tratamiento de personajes es correcto (y la labor de todo el reparto es espléndida), el desarrollo del arco argumental es excesivamente lineal, recurriendo a lugares comunes y giros argumentales previsibles, sin dar pie a la sorpresa o a una cierta intriga en una trama, por otro lado, entregada al entretenimiento en estado puro. Y esto no es algo necesariamente malo, al contrario: consciente de las dificultades de aportar algo nuevo y diferente, opta por una historia que para muchos será “más de lo mismo” y vestirla de forma elegante y sobresaliente con la firma de Bayona.

Este Jurassic World: El reino caído es lo que toda secuela debe ser: más acción, más diversión, más adrenalina y, en pocas palabras, mejor que su predecesora. Con una fuerza visual que no es veía en la saga desde el primer film, Bayona imprime un toque imprescindible para entender la calidad del film, que recurre a temas del film original como la familia, las dudas sobre la ética de crear dinosaurios o el poder y la avaricia de aquellos que desean sacar rédito económico a una fuerza de la naturaleza de este calibre. En este sentido, posiblemente lo mejor del film sea su final, abriendo la puerta a una tercera entrega con posibilidades infinitas.

Nota: 7/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: