‘Liga de la Justicia’: en busca de la unidad


Puede que la estrategia de Warner Bros.DC Cómics con las adaptaciones de los superhéroes a la gran pantalla no sea clara, pero si algo puede asegurarse casi con rotundidad es que Zack Snyder (Watchmen) ha conseguido unirlos a los principales personajes en una obra fresca, entretenida, dinámica y narrativamente sólida, al menos lo suficiente como para no derivar en un producto extenso y carente de ritmo.

Y el reto no era precisamente sencillo, teniendo en cuenta que a diferencia de Marvel, tan solo tienen película propia algunos de los protagonistas. Sin embargo, el desarrollo dramático de Liga de la Justicia, lejos de apostar por una consecución de diálogos innecesarios o secuencias de acción apabullantes sin demasiada narrativa, opta por presentar a los protagonistas en su ambiente, con una sencilla acción o algún diálogo enfocado a desarrollar la trama. A esto se suma la presentación del conflicto, con un villano al que son incapaces de derrotar de forma individual, sentando a su vez las bases de todo el desarrollo posterior y de las decisiones tomadas que se convierten, por extensión, en interesantes puntos de giro. Por supuesto, esto no quiere decir que estemos hablando de una película que pueda ser considerada sobresaliente. Existen varios puntos débiles en su guión, entre ellos las motivaciones de algunos personajes, que quedan definidas de forma algo esquemática, o la falta de profundidad en las relaciones entre los personajes, que debilitan a su vez algunas partes del desarrollo.

Con todo, esto puede que no debiera ser considerado como una debilidad. Porque la realidad es que esta cinta no pretende erigirse como un referente. Al contrario, parece planteada como un entretenimiento. Muy bueno, pero entretenimiento al fin y al cabo. Y en esto Snyder es un maestro. Alejado del abuso que ha hecho en los últimos films de sus más característicos recursos (cambios de ritmo, cámaras lentas, etc.), el director apuesta por un aspecto formal más sobrio, en el que deja su personal huella pero que permite respirar al espectador. A pesar de las carencias del apartado de efectos digitales, lo cierto es que la labor tras las cámaras ofrece, por ejemplo, un final digno de un film de estas características, amén de varios momentos dramáticos brillantes en los que se aprovechan todos los elementos, desde los efectos hasta la fotografía o el sonido.

Desde luego, Liga de la Justicia no es una obra cúlmen del género superheróico, pero cumple su objetivo. Es más, lo hace brillantemente. Snyder logra quitarse ciertas obsesiones para narrar una historia sólida, fresca y dinámica en la que el humor hace de puente entre la acción y el drama. Su reparto, aunque irregular en sus interpretaciones (Gal Gadot vuelve a ser la mejor con mucha diferencia), desprende una comodidad pocas veces vista, lo que ayuda a que la historia adquiera un ritmo propio en las diferentes historias secundarias que se dan cita en esta aventura. No es perfecta, pero sí sienta las bases, en la línea que ya lo hizo Wonder Woman, para el futuro de las adaptaciones de esta casa.

Nota: 7/10

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‘Thor: Ragnarok’: un señor del trueno psicodélico


Es curioso, pero en Marvel siempre hay algún personaje que, por el motivo que sea, se queda en un limbo incapaz de definirle en un marco concreto. El Dios del Trueno ha sido, desde el principio, uno de esos personajes. Tres son sus aventuras en solitario, y tres las diferentes visiones del personaje que se han dado. Que esta última vaya a ser la definitiva parece algo evidente a tenor del éxito que está teniendo, pero la pregunta es si realmente es la versión idónea de Thor.

Posiblemente no, pero a tenor del final de Thor: Ragnarok, eso no es algo demasiado importante. Y es que esta tercera entrega del personaje parece más un camino hacia la madurez que una mera representación algo cómica y autoparódica de este superhéroe de cómic. Con un estilo que recuerda poderosamente a la saga de Guardianes de la galaxia, el director Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras) imprime una fuerza visual algo psicodélica y deliberadamente colorida para este viaje del protagonista por medio universo. Un viaje que, como he dicho, le permite madurar al comprender tanto sus lazos familiares como el futuro que le espera como líder de su pueblo. En este sentido, la cinta ahonda notablemente en el héroe, pasando de un personaje arrogante y arquetípico a otro más dramático y poliédrico (tampoco mucho, que al fin y al cabo esto es una ‘peli’ de superhéroes de Marvel), utilizando para ello un diseño de producción espléndido como marco para el humor y ciertos chistes fáciles dirigidos al público adolescente.

El principal problema de esta tercera entrega es que ahonda en los problemas que siempre han tenido estas aventuras en solitario del personaje. Para empezar, Chris Hemsworth (Cazafantasmas), con toda su presencia en pantalla y su adecuado perfil divino, no termina de imprimir el carácter dramático al personaje, ni siquiera con el corte de pelo. Hay que reconocer, sin embargo, que sí es capaz de asumir la madurez de su rol, lo que abre las puertas a unas interesantes posibilidades dramáticas en un futuro no muy lejano. La cinta, además, adolece de una duración excesiva, algo que se aprecia en una serie de secuencias innecesarias destinadas a divertir a un público adolescente más interesando en la risa fácil y obscena que en la historia que le cuentan. Todo ello resta fuerza a una historia que, por lo demás, sabe apoyarse en unos notables secundarios para construir un relato que va más allá del Señor del Trueno, que tarda más de dos horas en ganarse el título de Dios.

Así las cosas, se podría decir que Thor: Ragnarok es la mejor de la trilogía. La apuesta visual del director, unido a una planificación que en algunos momentos sabe aprovechar al máximo las posibilidades narrativas de la historia y a una banda sonora brillante, ensalzan el viaje de madurez de un héroe que ha tardado mucho tiempo en encontrarse a sí mismo. Con todo, eso no quiere decir que esta película no peque de muchas irregularidades, fundamentalmente provocadas por una cierta sensación de necesitar autoparodiarse, como si el personaje de Thor no pudiera tomarse en serio como, por ejemplo, sí hace Capitán América. Habrá que ver cómo se presenta el rol en las próximas aventuras, pero por lo pronto el camino emprendido, con sus debilidades y dificultades, parece el adecuado.

Nota: 7,5/10

‘Kingsman: El círculo de oro’: no es oro todo lo que brilla, pero brilla


Hasta ahora Matthew Vaughn (Stardust) nunca había dirigido una secuela. Todos sus proyectos tenían ese componente adicional de ser únicas o, al menos, la primera de una serie. Y eso, unido a la fuerza visual del director, convertían esas cintas en auténticas joyas del séptimo arte. Esta primera segunda parte que dirige, aunque igualmente espectacular en su narrativa y su apuesta visual, pierde la frescura que sí otorgan las primeras partes, y eso es algo que, aunque sea muy en el fondo, se nota.

Quizá el problema (y la virtud) de Kingsman: El círculo de oro radica precisamente en el aspecto visual y en el lenguaje de Vaughn, que aunque original como pocos se mantiene fiel a un estilo ya planteado en la primera entrega. Dicho de otro modo, da la sensación de que el director no quiere (o no se atreve) a experimentar con otra narrativa. O sencillamente no puede. Sea como fuere, esta continuación remite demasiado, en algunos casos con acierto y en otros con algo de desatino, al estilo de la cinta original. Si a esto le sumamos un guión que no solo no aporta demasiado a la historia inicial sino que además hace algo más alargada la trama, lo que tenemos es una secuela previsible, entretenida como pocas pero que ofrece pocas novedades a lo ya visto hasta ahora.

Eso no quiere decir, ni mucho menos, que no estemos ante una cinta divertida y sumamente entretenida. Y a esto contribuyen, no cabe duda, las incorporaciones al reparto original, desde una Julianne Moore (Siempre Alice) muy cómoda como la villana de turno, hasta un Pedro Pascal (Destino oculto) que es capaz de acaparar la atención en prácticamente todas las secuencias del film en las que aparece. Eso por no hablar del humor que desprende toda la trama incluso en los momentos teóricamente más serios o dramáticos. Gracias a estos elementos la cinta es capaz de superar con relativa facilidad los problemas que presenta en lo que a ritmo se refiere, sobre todo en algunos momentos más narrativos del metraje.

En el fondo, Kingsman: El círculo de oro no deja de ser una cinta de aventuras y espionaje más. Visualmente poderosa y muy divertida, la película entretiene, los actores y los espectadores se lo pasan en grande, y la narrativa es ágil, fresca y dinámica, salvo en algunos momentos. Pero la película aporta más bien poco al universo ya presentado en la primera parte, y eso termina por restar algo de brillo al conjunto. En cierto modo, esta segunda parte responde a todo lo que debe tener una segunda parte: más de todo. Tal vez sea porque Vaughn nos ha acostumbrado a cosas fuera de lo común cada vez que se pone tras las cámaras, y esta cinta no lo es. No significa un fracaso. Es simplemente que no tiene el factor sorpresa de la primera entrega, pero eso no impide que se pueda disfrutar a carcajada limpia.

Nota: 7/10

Un personaje, dos historias en la primera temporada de ‘The Son’


La serie que ahora nos ocupa, The Son, es posiblemente el caso más evidente en los últimos años de una producción dual, de una historia diferenciada en dos partes claras que, para colmo, generan un interés diferente y provocan, en definitiva, casi dos historias independientes unidas por un nexo en forma de protagonista. La primera temporada de esta adaptación de la novela de Philipp Meyer, realizada a cuatro manos por Brian McGreevy y Lee Shipman (serie Hemlock Grove), se convierte así en una producción compleja, en algunos momentos irregular pero con un potencial prometedor gracias, fundamentalmente, a ese atractivo personaje que es Eli McCullough.

Para aquellos que no hayan visto estos primeros 10 episodios, la trama se mueve a caballo entre la madurez y la adolescencia de un personaje marcado por la muerte de su familia a manos de los indios, que le secuestran primero como esclavo y que le aceptan luego como uno de los suyos. Décadas después, a comienzos del siglo XX, este joven convertido en un exitoso hombre de negocios busca agrandar su fortuna y la de su familia con el petróleo al sur de Texas, todo ello con una escalada de enfrentamientos con México como telón de fondo. Con este argumento como base, la trama se construye con constantes saltos de una época a otra que pretenden, al menos en teoría, buscar un paralelismo y una explicación a las decisiones y acciones del protagonista. Y curiosamente, la parte más interesante suele ser la de su adolescencia, que en principio está tratada como un mero apoyo dramático y narrativo.

Posiblemente se deba al hecho de que esa historia de la adolescencia de este personaje cuenta con muchos más aspectos dramáticos y conflictivos que la parte en la que es adulto, donde es interpretado por Pierce Brosnan (Mejor otro día). En efecto, el calvario que sufre el joven en esta primera temporada de The Son, primero como esclavo al que maltratan y luego como un miembro más de la tribu que no es aceptado por todos, le convierte casi sin querer en el foco de toda la atención del espectador. Y si a esto sumamos el proceso de integración que vive y las consecuencias dramáticas que eso conlleva, entre ellas enfrentarse a los que, en principio, son de su raza, lo que obtenemos es un relato complejo, cargado de matices emocionales y con múltiples lecturas que se enriquecen con los actos de la otra trama que sostiene a la serie.

Curiosamente debería de ser al revés. La trama en la que el protagonista es adulto, en principio, aprovecha los acontecimientos de su etapa adolescente para que el espectador entienda mejor sus motivaciones, sus miedos y sus reacciones. Y hasta cierto punto, así es. Con todo, el proceso inverso adquiere un mayor interés, es decir, la historia termina por generar una mayor interés en lo que ocurre en el pasado, que es complementado con los actos del presente. En este proceso de cambio que se da a lo largo de la primera temporada también influyen, y mucho, los secundarios que se dan cita en cada rama del argumento. Son mucho más atractivos, más profundos desde un punto de vista dramático, los miembros de la tribu, destacando los personajes de Zahn McClarnon (serie Fargo) y Elizabeth Frances (Ghost forest), que los roles que acompañan a Brosnan.

La locura del petróleo

Todo esto no quiere decir que la historia protagonizada por Pierce Brosnan no sea capaz de ofrecer nada en esta primera temporada de The Son. Al contrario, podría entenderse como un reflejo de las tensiones sociales, políticas y culturales que convivían en una época convulsa marcada por la locura del petróleo y la riqueza. Es más, el modo en que los guionistas funden los diferentes aspectos en esta parte de la trama resulta notable, toda vez que logran una progresión orgánica de la trama que explota al máximo las posibilidades dramáticas que establecen todos los secundarios que aparecen. De la lucha por el poder al juego político y judicial para robar tierras; de la guerra por intereses personales a los amores prohibidos y el racismo. La trama, en este sentido, crece a medida que las verdaderas intenciones de muchos personajes van saliendo a la luz, y eso es algo a destacar.

El problema de esta parte de los 10 capítulos es que los secundarios no quedan bien definidos, o al menos no al mismo nivel que la intensidad de la trama. Por ejemplo, los hijos del protagonista parecen dibujados con línea gruesa, tendiendo a convertirlos en arquetipos cuyas decisiones y reacciones a los acontecimientos se antojan previsibles. Algo parecido ocurre con la familia amiga/enemiga encabezada por Carlos Bardem (Assassin’s Creed). Su presencia en la trama es irregular, adquiriendo relevancia en algunos momentos y quedando casi relegada a un mero elemento ornamental de fondo en otras. El hecho de que ande entre dos tierras dramáticamente hablando tampoco termina de ayudar a mostrar claramente la postura de cada uno de los personajes que integran este clan familiar, aunque es justo reconocer que logra el objetivo final de mostrar al personaje de Brosnan como un ambicioso hombre para quien los amigos significan más bien poco.

Y he aquí el meollo de esta serie. Hasta ahora he hablado de estas dos historias como algo independiente, y hasta cierto punto lo son ante la diferente definición del protagonista en sus años de adolescente y en sus años de adulto. Pero la magia de esta ficción radica en el camino que ha convertido a uno en otro, en aquellas vivencias y decisiones que le han llevado hasta donde está, tanto física como psicológicamente. Y es un viaje sumamente interesante. En esta primera temporada ya pueden intuirse algunos matices, algunas ideas que traspasan ambos arcos argumentales. La mayor evidencia es la secuencia en la que Brosnan ve a su ‘yo’ adolescente, un momento en el que, más allá de las connotaciones románticas que pueda tener, se aprecian ciertos reproches velados de su pasado ante las decisiones que ha tomado en su vida. Hay algo más que deberá ser explorado en sucesivas temporadas, y no hay nada más intrigante que conocer la historia de un personaje con tantos claroscuros.

En cierto modo, se puede decir que esta primera temporada de The Son es una presentación de algo mucho mayor. Una presentación algo inconexa en algunos momentos, con dos grandes líneas argumentales que discurren de forma paralela con diversas conexiones entre ellas. Esto puede llevar al espectador a elegir centrar su atención en una antes que en otra (personalmente, en la de juventud), pero es algo que debe intentar evitarse. Porque la serie ofrece bajo esta capa algo más, algo complejo y llamado a captar la atención si es que se aborda con sensatez. Por lo pronto, esta ficción promete un intenso drama que relata una época de la Historia compleja y marcada por la ambición y la guerra. La principal asignatura pendiente es un mejor tratamiento de los secundarios, sobre todo en la época de adulto. Pero eso es algo para lo que todavía hay tiempo.

‘Barry Seal: El traficante’: contrabando en modo automático


¿Cómo convertir un telefilm al uso en una película comercial capaz de atraer a miles de personas a los cines? Con una estrella mundial y un director capaz de imprimir un mínimo sello personal. ¡Et voilà! Un éxito casi asegurado. Esa es la fórmula de lo nuevo de Tom Cruise (Valkiria), y lo cierto es que funciona solo a ratos, fundamentalmente porque su duración es exageradamente larga para lo que realmente importa en esta comedia negra con final esperado.

Porque si algo tiene Barry Seal: El traficante es que es previsible. Muy previsible, de hecho. Independientemente de que se conozca o no su historia, el desarrollo del guión se mueve por lugares comunes, por giros ya conocidos y a través de personajes cuanto menos arquetípicos. En medio de todo ello, una trama que puede anticiparse casi en el primer minuto y que deja poco lugar no solo para la sorpresa, sino para el interés. Salva el conjunto, y no es algo menor, la labor de Cruise y la dinámica con el resto de personajes, que generan algunos momentos realmente cómicos por lo que pueden tener de verdad detrás.

Este es, precisamente, el mayor atractivo del film. Cierto es que la labor de Doug Liman (El caso Bourne) tras las cámaras imprime un dinamismo extraordinario a los momentos más tediosos de la historia y ofrece al espectador una narrativa cuanto menos especial (atentos al final del film, uno de los más poéticos de los últimos meses), pero lo realmente interesante es el hecho de pensar en varios momentos que algo de todo eso ocurrió de verdad. A este respecto, la obra ofrece una visión ácida y dura (para aquellos que no conozcan la historia) de la forma de actuar  e influir en el devenir de otros estados de Estados Unidos.

Pero la mano de un director, el trasfondo verídico del film o el carisma de una estrella son suficientes para que Barry Seal: El traficante se quite esa imagen de película para televisión. Posiblemente sea porque su historia es previsible, pero también tendrá algo que ver el hecho de que muchos secundarios, incluyendo la mujer del protagonista, están definidos con brocha gorda, dando simplemente las pinceladas suficientes para que puedan encajar en el imagen general del conjunto. Y por supuesto, la duración. El viaje de este traficante que fue tuvo que guardar su dinero enterrado en el jardín al no poder blanquearlo al mismo ritmo que le llegaba es demasiado largo, casi tanto como los momentos que pasa solo en el avión. Demasiado metraje para tan poca historia.

Nota: 6/10

‘El otro guardaespaldas’: A 200 palabrotas por hora


El género de las buddy movies hace tiempo que parece haber agotado la fórmula. O al menos, no ser capaz de reinventar la dinámica que sustenta su trama. Y bajo este prisma, la nueva película de Patrick Hughes (Red Hill) es un quiero y no puedo, un intento de ofrecer algo diferente con la misma estructura y la misma narrativa. Y en ese extraño equilibrio es donde logra sus mayores virtudes y presenta sus mayores defectos.

Y es que El otro guardaespaldas es un film irregular, con una duración excesiva que, sin embargo, no engaña al espectador. Es lo que es, un entretenimiento sin mayor objetivo que introducir la mayor cantidad de tacos e insultos posibles por minuto mientras las balas y los coches vuelan por los aires. Acción a raudales, diálogos correctos con palabras políticamente incorrectas y un desarrollo dramático algo esquemático que tienen en la pareja protagonista a sus máximos valedores. Ver a Ryan Reynolds (Criminal) y Samuel L. Jackson (Cell) juntos en pantalla es posiblemente el mayor acierto del film, amén de un buen ramillete de secundarios que siempre son de agradecer.

Por supuesto, la ironía, la espectacularidad y la adrenalina están aseguradas, pero más allá de eso la historia se vuelve endeble. Quizás haya que agradecer el hecho de que, al menos, exista una historia, pero lo cierto es que resulta casi irrelevante. Si a esto sumamos varias secuencias innecesarias que alargan el conjunto hasta casi dos horas de metraje, el resultado son demasiados agujeros en el ritmo narrativo como para pasarlos por alto, incluso a pesar de los protagonistas y de unas cuantas secuencias muy bien rodadas y plagadas de un humor un tanto negro.

Todo esto se puede resumir en que El otro guardaespaldas es lo que podría esperarse de una película de estas características… y puede que un poquito más. Si lo que se busca es acción con poca justificación para distraerse durante un par de horas, esta es la película. Incluso con sus problemas de ritmo, que los tiene, y un guión previsible y plagado de arquetipos, Patrick Hughes logra ofrecer un producto lo suficientemente bueno como para no desesperar. Puede que sea su mano en la realización o puede que sea la pareja estrella, pero el caso es que no es un mal representante de este tipo de cine.

Nota: 6/10

El invierno ya ha llegado a la séptima temporada de ‘Juego de tronos’


El tramo final de cualquier relato, lo que en cine se conoce como el tercer acto, se caracteriza por una mayor acción, menos desarrollo dramático y la resolución de los conflictos planteados durante las secuencias anteriores. De ahí que ver el final de una película sin conocer lo que ha ocurrido antes puede llevar a engaño, frustración o decepción. ¿Y qué tiene esto que ver con Juego de tronos? Pues en realidad todo. Porque su séptima temporada, más corta que las anteriores, está planteada como eso, como el comienzo del fin. El invierno ha llegado a la trama, pero también al tratamiento que David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss llevan a cabo en estos 7 episodios.

Y es que la historia ha entrado en una recta final frenética, marcada notablemente por la acción, la espectacularidad y los dragones. Vamos, todo lo que los seguidores han estado esperando durante años. Atrás han quedado, o al menos han sido relegados a un segundo plano, los largos y densos diálogos, las miradas capaces de explicar todo un universo complejo de emociones y las intrigas palaciegas. Siguen existiendo, claro está, pero su protagonismo merma considerablemente. Que esto sea mejor o peor es a gusto del consumidor, pero personalmente creo que entrar en estas discusiones aleja la atención del verdadero problema de esta temporada, que abordaré más adelante.

Este problema, del que se derivan muchos otros aspectos, no debe ser óbice para poder disfrutar de una de las temporadas más intensas de Juego de tronos. El ritmo de sus episodios es endiablado, sus personajes han evolucionado coherentemente y, en definitiva, todas las piezas se han ubicado en este tablero que es Poniente para poder dar salida a las tramas secundarias que hayan quedado todavía con vida. Esto ha permitido a sus creadores, por tanto, centrarse en el grueso de los personajes principales, en unificar las diferentes historias en una sola mucho más épica y grandilocuente en la que la espectacularidad es la protagonista.

Los guiones de estos episodios, por tanto, sustentan su atractivo mucho más en la acción. Y precisamente esa apuesta, dado que todavía existen muchos frentes abiertos, es la que provoca la aparición intermitente, en algunos casos demasiado intermitente, de determinados personajes, por no hablar de que su protagonismo en pantalla se ha reducido a la mínima expresión. Dicho de otro modo, la trama pone toda su atención en la lucha por el trono y en la lucha contra los muertos, dejando por el camino varios cadáveres dramáticos que pueden llegar a echarse de menos, sobre todo porque su desaparición no parece estar más justificada que por las necesidades dramáticas del momento.

Menos tiempo

Antes mencionaba que existe un gran problema en esta temporada, y ese es el tiempo. El hecho de que sean tan solo 7 episodios hace hincapié en dos cosas. Por un lado, que estamos ante el final de uno de los eventos televisivos más importantes de la historia. Y por otro, que existen menos minutos para narrar la historia. De hecho, más de dos horas de metraje con respecto a las anteriores temporadas de Juego de tronos. Y eso obliga a los guionistas a concentrarlo todo en menos espacio dramático. El resultado es, más allá de saltos temporales y viajes que parecen casi teletransportar a los protagonistas, una ausencia de intriga, de diálogos profundos que obliguen a la reflexión o a la búsqueda de intenciones ocultas.

Es más, todo en esta séptima etapa está enfocado a hacer avanzar la acción lo más rápido posible. El final de temporada, espectacular como siempre, es el resultado de ese proceso. Lo malo es que se quedan muchas cosas por el camino. Lo bueno es que la serie gana en dinamismo. Por supuesto, eso no quiere decir que no siga existiendo una parte de estrategia y de intriga. Sin duda, los acontecimientos de Invernalia son el mejor reflejo de ese pequeño resquicio que, como muchas cosas en esta etapa, termina muriendo (y no diré más para no desvelar nada). Pero no dejan de ser una pequeña isla en una trama mucho más directa y menos dada a subterfugios.

Puede que la mejor prueba de ello sea el último episodio y varias resoluciones dramáticas que se dan a lo largo de la temporada, algunas con un mayor impacto que otras. Todos los secretos, salvo la gran incógnita en torno al Rey de los Caminantes Blancos, parecen quedar resueltos en esta especie de final previo al gran final que parece anunciarse en la última temporada, aún más corta que la que ahora termina. Secretos, por cierto, que incluyen el verdadero origen de Jon Snow en una revelación que, por el momento en el que se hace y las imágenes que se muestran, puede tener muchas consecuencias.

Ahora lo importante es analizar esta séptima temporada de Juego de tronos, y el resultado no puede ser más diferente a lo visto hasta ahora. Esta es la única valoración objetiva que se puede hacer. A partir de aquí, las impresiones personales de cada uno. La serie apuesta por la acción más visual, por sacar el máximo partido a los combates, a sus dragones y a los enormes ejércitos que parecen no terminarse nunca a pesar de las cruentas batallas. Los diálogos, las conspiraciones y los asesinatos protegidos por las sombras parecen haber terminado, o al menos haber perdido protagonismo. No sé si esto convierte esta temporada en mejor o peor que las anteriores, pero sin duda deja algunos de los momentos más épicos de la serie, así como algunas de las secuencias mejor rodadas de toda esta historia. El invierno ha llegado para todos, como demuestra uno de los últimos planos de la temporada, y la pregunta que queda por hacerse es si los héroes serán capaces de sobrevivir a él. Para saberlo habrá que esperar a los seis episodios de la octava temporada.

‘Valerian y la ciudad de los mil planetas’: aventuras galácticas


Si hay un director que merece ser considerado como uno de los pilares de la ciencia ficción moderna es Luc Besson. Su estilo podrá gustar más o menos, sus historias podrán ser más o menos interesantes, pero muchos de sus films ya se han hecho un hueco en la cultura popular, y han traspasado la barrera del entretenimiento para convertirse en iconos. Uno de los más claros ejemplos es El quinto elemento (1997), y con el tiempo puede que Valerian y la ciudad de los mil planetas siga esta estela, pues no solo cuenta con los elementos necesarios para ello, sino que es una de las cintas más completas del director en lo que a ciencia ficción se refiere.

Besson aprovecha al máximo las posibilidades narrativas y visuales de los cómics creados por Pierre Christin y Jean-Claude Mézières no solo para narrar una épica cinta de aventuras en la que el ritmo rara vez se detiene, sino para introducir al espectador en todo un universo en constante creación. Para ello, el director francés monta, a través de planos idénticos pero con diferentes protagonistas, una secuencia inicial sencillamente brillante, capaz de explicar en pocos minutos y sin necesidad de diálogos el origen y la relevancia de esa ‘ciudad de los mil planetas’ a la que hace referencia el título. A partir de esta puerta de entrada, todo un mundo de color, diversidad de especies y secuencias de acción, algunas de ellas rodadas con la característica habilidad del creador de El profesional (León) (1994) que, como todo buen relato de ciencia ficción, alberga un interesante reflejo de la sociedad actual y un mensaje a tener en cuenta sobre el comportamiento humano.

Posiblemente el mayor problema de este entretenidísimo film sea precisamente su duración, excesivamente larga y con momentos que podrían haberse resuelto de forma mucho más breve, por no decir que se podrían haber eliminado directamente. Esto afecta, además, a la dinámica de los protagonistas. Si bien es cierto que la labor de Dane DeHaan (Condenados) y Cara Delevingne (Ciudades de papel) es impecable, demostrando una química insuperable entre ambos, la duración lleva a los personajes a caer en una constante repetición de todo aquello que define su dinámica romántica, perdiendo algo de fuerza ese juego que se establece entre ambos. Asimismo, dicha duración obliga a alargar el misterio de la trama principal de forma algo innecesaria, sobre todo teniendo en cuenta que a partir de un determinado punto es fácil intuir quién es el villano en la trama, por lo que alargar posteriormente el misterio resulta inútil.

Y a pesar de estos problemas, Valerian y la ciudad de los mil planetas es, sin duda, una de las propuestas más frescas, interesantes y entretenidas de la ciencia ficción actual. Con un guión bien estructurado que es capaz de introducir de forma progresiva la trama principal y que combina con inteligencia comedia, acción e intriga, Besson compone una épica fantasía gracias a una narrativa que potencia los aspectos más positivos de la cinta y trata de contrarrestar las evidentes deficiencias de la misma, sobre todo las referidas a su duración. Una narrativa que deja momentos inolvidables como la secuencia en un mercado de otra dimensión, la persecución a través de los diferentes mundos de la ciudad o un curioso baile de la cantante Rihanna. Hay películas que simplemente distraen y otras que son capaces de alimentar la imaginación, y esta pertenece a la segunda categoría.

Nota: 7/10

‘La Torre Oscura’: el Bien, el Mal y el Resplandor


Que una película resulte extrañamente conocida a pesar de no haber leído el libro (o libros) en los que se basa es un problema, pues implica una serie de condicionantes previos que nada tienen que ver con el film y que invitan a pensar en una falta de originalidad en los elementos que sustentan la trama. Y eso, en mayor o menor medida, es lo que ocurre con la nueva película de Nikolaj Arcel (La isla de las almas perdidas), adaptación de la saga literaria escrita por Stephen King quien, por suerte o por desgracia, vuelve a sus particulares obsesiones personales para relatar la lucha entre el bien y el mal.

En efecto, esta breve y algo enrevesada introducción es el principal escollo de La Torre Oscura, al menos para aquellos familiarizados con la obra del autor de ‘El Resplandor’. La cita de este título no es casual. A lo largo del film se menciona en no pocas ocasiones ese “resplandor”, ese poder del que ya hacía gala el niño que debía huir de su padre en el hotel Overlook y que aquí traspasa mundos enteros. Esta es solo una muestra de las recurrentes herramientas narrativas de la cinta, sin duda condicionada por las obras literarias. Herramientas que parecen sacadas de otras obras o, al menos, utilizadas en otras películas basadas en libros del escritor. Todo ello genera la sensación de estar viendo algo conocido, y como consecuencia no es difícil prever los giros argumentales, las decisiones dramáticas o, en último término, el final de la cinta.

Dicho con pocas palabras, la película resulta previsible, y la labor de Arcel tras las cámaras no aporta la originalidad que podría esperarse en una cinta de fantasía y acción como esta, si bien es cierto que los tiroteos y los enfrentamientos entre Idris Elba (serie Luther) y Matthew McConaughey (El mar de árboles) son los momentos más espectaculares del film. Todo ello no quiere decir que la cinta no sea entretenida, o por lo menos distraída. Toda la mitología construida alrededor de esta historia es lo suficientemente interesante y amplia como para desarrollarla en sucesivas secuelas, y la labor de los dos protagonistas de la cinta se convierte sin duda en el gran atractivo de esta historia. A todo ello se suma una duración muy ajustada que juega a favor y en contra del film. A favor porque no se distrae en tramas secundarias que pudieran reducir el ritmo de la narrativa, que aprovecha además el don del niño protagonista para narrar algunos de los acontecimientos de un modo diferente. Y en contra porque esa falta de tiempo impide desarrollar un poco más la enemistad entre héroe y villano, por lo que ambos se quedan en una arquetípica definición del Bien contra el Mal.

La sensación que deja La Torre Oscura es la de un film directo, sencillo y previsible con un trasfondo dramático y narrativo que se intuye detrás de sus múltiples secuencias de acción, de sus diálogos entre héroe y villano y de algunas secuencias que rompen el relato en su formato más tradicional. Todo ello invita a pensar que hay algo más de lo que se cuenta en estos 95 minutos, que existe un trasfondo dramático que involucra a todos los personajes de un modo u otro. En realidad, es algo que Stephen King hace muy bien en sus novelas, pero que suele ser muy complejo de trasladar a la gran pantalla. El resultado en este caso es un poco frustrante, precisamente por la sensación de estar ante algo más grande de lo que realmente se muestra.

Nota: 6,5/10

‘Rey Arturo: La leyenda de Excalibur’: las locas aventuras de un mito


A la pregunta sobre si es posible hacer una película sobre una leyenda sin tener en cuenta dicha leyenda la respuesta es un único nombre: Guy Ritchie. El director de Snatch: Cerdos y diamantes (2000) no solo ha logrado la cuadratura del círculo, sino que lo hace con ese estilo personal tan característico de montaje histriónico, música a juego y recursos visuales casi únicos. Pero su visión particular para narrar cualquier historia no significa que sea la más correcta, como es el caso de esta nueva versión del mito artúrico.

Desde luego, Rey Arturo: La leyenda de Excalibur es un film entretenido, dinámico y espectacular desde un punto de vista visual. El particular sello de Ritchie se deja sentir desde el primer minuto, gracias sobre todo a ese montaje capaz de narrar en imágenes situaciones pasadas, presentes y futuras como si de un videoclip se tratara, recurriendo asimismo a la narrativa en imágenes de los relatos dentro de la propia película. El resultado son unos primeros minutos, todo el primer acto y la presentación del segundo, realmente entretenidos, divertidos y, por momentos, interesantes.

Todo ello, sin embargo, se desinfla desde el momento en que entra en juego el mito de Arturo, la espada y todo lo que rodea a esta historia, de la que el director y sus guionistas dejan muy poco, por no decir nada. A partir de aquí las referencias a otras historias, que más o menos habían estado presentes durante los minutos previos, se vuelven mucho más constantes, logrando un extraño híbrido entre Robin Hood, Hamlet, los espartanos de 300 o la saga de ‘El señor de los anillos’ entre otros, que divierte por la locura que engendra pero que realmente cuenta poco o nada de una historia que podría haber dado para mucho más y que se limita, en último término, a la acción sin mucho sentido y a los efectos especiales por doquier.

De hecho, Rey Arturo: La leyenda de Excalibur tiene poco de leyenda y poco de Arturo. Apenas tres momentos de la historia del rey y un puñado de elementos de la historia original se mantienen en esta versión que tiende a perderse en un intento de reinterpretar todos y cada uno de sus elementos. Lo peor de todo es que en ese proceso termina por aportar muy poco a lo ya conocido, tan solo para crear una fantasía medieval que lleva los nombres de Arturo y Excalibur por poner una referencia. Y todo ello con un reparto solvente que parece pasárselo en grande con esta entretenida y alocada aventura.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

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