‘Arrow’ finaliza con un ‘Deus Ex Machina’ para reiniciar todas las series


Ocho años. Ese ha sido el recorrido de Flecha Verde en la pequeña pantalla. Ocho temporadas con sus más y sus menos pero que, guste o no, han creado todo un universo audiovisual en televisión que ha permitido a DC Comics hacerse con el control de un mercado que en salas de cine ha copado su principal rival, Marvel. Los últimos 10 episodios de Arrow vienen a ser un resumen de todo lo vivido hasta ahora, una especie de epílogo que encaja como un guante con lo visto hasta ahora, tanto en lo bueno como en lo malo, pero que deja algo de lo que, personalmente, nunca he sido demasiado partidario, y es el Deus ex machina que reiniciar por completo no solo esta serie, sino todas las que componen el ya conocido como Arrowverse.

Pero vayamos por partes. Esta última temporada de la serie creada por Greg Berlanti, Marc Guggenheim (ambos autores de la serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie Boston Legal) es un vehículo única y exclusivamente pensado para cerrar todas las líneas argumentales abiertas que quedaran en la ficción, amén de resolver la insostenible situación dramática desarrollada en todos estos años que había llevado al personaje, en algunos aspectos, a unos extremos algo incoherentes con la propia naturaleza de la serie. En base a esto, toda esta etapa final está centrada en un único macro evento cuya resolución viene a reflejar lo que muchas veces se ve en las páginas de los cómics: un recurso narrativo tan enorme como casi sacado de la manga que vuelve a poner todas las bases dramáticas en orden, restableciendo aquello que se había vuelto injustificable dentro de la serie. Y digo “casi sacado de la manga” porque los creadores de la serie han sido lo suficientemente inteligentes como para ir presentando este gran conflicto narrativo durante las últimas temporadas, lo que integra un poco más y mejor este hito dramático en todo el conjunto de episodios.

La pregunta que cabe hacerse es si realmente merece la pena todo este espectáculo. Personalmente creo que podría haberse resuelto de muchas formas diferentes sin recurrir a esa figura del teatro griego de introducir algo completamente ajeno a los personajes y mucho más poderoso que cambia el sentido de la historia “porque sí”. Pero con todo y con eso, hay que reconocer que este gran evento que es ‘Crisis en Tierras Infinitas’ ofrece algunas lecturas interesantes tanto en el tratamiento del protagonista como en el de la serie, que en las últimas temporadas ha pasado de narrar presente y pasado para abordar el presente y el futuro. En este sentido, la integración de ambas líneas temporales en una sola resulta interesante desde el punto de vista de los vínculos y las escalas de valores de los protagonistas, que se ven obligados a redefinir sus prioridades ante el nuevo escenario. Es cierto que narrativamente hablando estos 10 capítulos de Arrow puede que no sean de los mejores de toda la serie, salvo contadas excepciones, pero cumplen su función sobradamente, tanto la propia como la ajena.

Dicho de otro modo, esta conclusión refleja prácticamente todos los problemas, las dudas, los valores y los sacrificios de los personajes principales, no solo del héroe al que ha interpretado durante estos años Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras), quien por cierto creo que no podrá quitarse nunca la capucha haga el papel que haga, sino de los secundarios que le han acompañado en los últimos años. El problema de esto, desde la estructura de guión, es que muchos roles han quedado relegados a una especie de nota a pie de página, solventando sus ausencias o su nueva presencia con una simple frase y bajo el paraguas, siempre, de esa crisis que funciona como detonante de toda la acción. El hecho de centrarse tanto en esa necesidad de cerrar tramas con un evento tan mastodóntico lleva a que muchos personajes que habrían merecido algo más de atención se queden casi en una anécdota y, lo que es quizá más perjudicial para la serie, que sus historias se resuman en apenas un diálogo que no es capaz de cubrir todas las lagunas generadas durante capítulos y capítulos de ausencia.

El comienzo de una saga

Pero esta octava y última temporada de Arrow tiene algo que pocas, por no decir ninguna serie, es capaz de conseguir. Me refiero al hecho de servir de punto de partida para todo un nuevo universo construido a su alrededor a lo largo de estos años. En efecto, los pocos episodios de esta conclusión están planteados, en realidad, como homenaje al sacrificio del héroe, el mayor que se haya visto en una ficción de este tipo (si exceptuamos Vengadores: Endgame). Todo en la serie gira en torno a ese final anunciado y a las consecuencias que tiene no solo en la serie, sino en todas las series creadas bajo su verde paraguas. Bajo este prisma, el final de esta ficción es en realidad el inicio de toda una nueva saga de superhéroes llamados a nutrir la televisión en los próximos años. Que tengan más o menos calidad ya será otro cantar.

Es cierto que muchos de los héroes ya se habían presentado hace años, pero la serie del justiciero encapuchado abre la puerta a nuevas producciones que, sin duda, tratarán de aprovechar el tirón del original para seguir relatando el devenir de unos personajes que, para muchos espectadores, se han convertido en habituales de su día a día. Y es aquí donde interviene un riesgo que tal vez ni sus creadores han calculado. El éxito de Flecha Verde y todo su equipo se basa en algo que no ha tenido ninguno de los otros superhéroes que han ido naciendo en televisión en los últimos años, y es un carácter algo más oscuro de lo habitual. Ahora que termina la series es conveniente recordar que el personaje comenzó matando, y durante este tiempo siempre ha tenido que enfrentarse a sus demonios. Es cierto que la reiteración del recurso dramático ha terminado por saturar la serie, pero es igualmente cierto que la dualidad de la historia, caminando siempre entre el bien y el mal, entre la ley y la justicia individual, es lo que ha permitido a sus creadores profundizar en personajes, historia e, incluso, diseño de producción.

Eso es algo que no tiene ningún otro personaje, y si se crean nuevas historias sin tener ese trasfondo emocional, moral y ético posiblemente terminen siendo productos “blancos”, con personajes prácticamente planos y un tratamiento que buscará más la denuncia social de problemas modernos que una auténtica y propia historia. Pero eso, por el momento, es adelantar acontecimientos. Lo que tenemos entre manos es un final de serie más que notable, tal vez sin la fuerza de sus inicios pero indudablemente original, dramática y consecuente con sus planteamientos. Las pocas concesiones que tiene quedan justificadas por necesidades dramáticas, y prueba de su coherencia narrativa es que, en lugar de amoldarse a las necesidades de otras series o de otros personajes, logra que todo se adapte a la resolución que desde hace algunos años ya se había anunciado.

Desde luego, Arrow ha sido la punta de lanza del fenómeno fan que ha venido después. Ocho años de historia, con sus más y sus menos, que dejan un sabor de boca más que aceptable, fundamentalmente porque, a pesar del cansancio que puede provocar ver a un justiciero repartir mamporros durante tantas temporadas, se ha mantenido fiel a su historia, permitiendo a otros personajes nacer en sus episodios y tener posteriormente historias propias. Esta última temporada, planteada más como epílogo que como arco argumental sólido, es un final que refleja los tiempos que corren. El protagonista ha pasado de luchar contra villanos de carne y hueso únicamente con un arco y unas flechas a salvar el universo con poderes cósmicos. Es el sino de los tiempos. Pero con todo y con eso, Flecha Verde ha seguido manteniendo sus dilemas morales, sus conflictos entre personajes y su oscuridad. Y de eso deberían aprender muchas series de este tipo.

‘Bloodshot’: Venganza a todo gas


El avance de la tecnología está permitiendo que las historias imaginadas durante décadas en las viñetas de los cómics estén inundando las salas de cine con una calidad visual incuestionable, al menos en la mayor parte de los casos. Pero eso también está provocando otro efecto, y es que muchas de estas historias son excesivamente simples para explotar al máximo los recursos visuales. No es el caso exacto de la ópera prima de Dave Wilson, pero casi.

Lo cierto es que Bloodshot es una obra dirigida a un público muy concreto, con unas intenciones muy claras y con un desarrollo muy directo. Y bajo este prisma es bajo el que se debe analizar esta nueva superproducción de acción con un Vin Diesel (Fast & Furious 8) haciendo de… bueno, haciendo de Vin Diesel. Y es bajo este prisma bajo el que el espectador se puede sorprender del planteamiento narrativo. Porque lo que comienza como una historia lineal presenta en el comienzo de su segundo acto una serie de giros argumentales que dan la vuelta, en cierto modo, a lo visto hasta ese momento, convirtiendo esta historia de venganza en otra historia de venganza en la que el héroe pasa de ser protagonista a ser el arma utilizada. Lo malo es que una vez descubierto el pastel, la película se vuelve totalmente previsible en el peor sentido de la palabra, tanto en la ejecución de sus secuencias de acción como en la personalidad de sus personajes.

Aunque sin duda lo más destacable de esta producción es su apartado visual. Para lo bueno y para lo malo. Wilson compone algunas secuencias realmente extraordinarias, utilizando el color rojo, el humo y todo aquello que pueda enturbiar el aire para crear escenarios dantescos en los que sacar el máximo partido al invencible héroe. Secuencias magistralmente planteadas en su desarrollo y su definición, demostrando su buena mano en el apartado narrativo para este tipo de segmentos fílmicos. Otra cosa muy distinta es el uso que se hace de la digitalización de los personajes. La batalla final entre héroe y villanos deja ver claramente, tal vez demasiado, el truco, desmereciendo todo lo conseguido anteriormente. Dicho de otro modo, la creación por ordenador de los personajes es tan burda que ni siquiera se parece a los actores. La mejor noticia tal vez sea que solo son unos cuantos plantos. La peor, que esos planos contienen cámaras lentas que hacen más patente la mala calidad de esos efectos.

Pero como digo, todo eso pertenece al clímax final. En líneas generales, Bloodshot es una buena película de acción, en muchos aspectos al estilo más clásico del género. Claramente va de más a menos, con un planteamiento interesante, un desarrollo inicial cargado de giros que cambian por completo el sentido del film y un final entregado a la acción en estado puro que, salvo problemas de acabado visual, completa un film entretenido sobre la venganza vista desde otro punto de vista. Una venganza, por cierto, frenética, a todo gas, en la que el héroe no se para ante nada ni ante nadie con esos poderes tan extraordinarios que le otorgan.

Nota: 6/10

‘El hombre invisible’: ¿hay alguien ahí?


Aviso a navegantes. Esta historia basada en el personaje creado por H.G. Wells no tiene nada, pero nada que ver, con el contenido de ese clásico de la literatura fantástica. Bueno, tan solo que los objetos parecen moverse solos. El resto, incluido el título del film, es un relato propio que, todo hay que decirlo, contiene los alicientes suficientes para ser una obra de ciencia ficción y terror autónoma, sólida y por momentos brillante.

Porque tras El hombre invisible lo que encontramos es un relato bien construido, detallado y planteado para aumentar no solo la tensión del espectador, sino la locura y paranoia de una protagonista excelentemente interpretada por Elisabeth Moss (La gaviota). Gracias a las posibilidades que ofrece esa invisibilidad, la historia camina en todo momento entre dos aguas: la del terror, que se apodera del relato en los momentos de soledad de la protagonista, como si de una película de fantasmas se tratara, y la del suspense, que se desarrolla casi de forma paralela con unos secundarios a la altura que componen un contexto dramático sumamente atractivo, no tanto por las consecuencias que tiene la historia principal para cada uno de ellos como por las relaciones que establecen entre ellos y con la protagonista. Esos vínculos es lo que hace aún más dramáticos determinados pasajes del film, cuyo metraje de dos horas, a pesar de ciertos altibajos narrativos, se antoja muy ajustado a las necesidades de la obra.

Y esos altibajos es lo que hace que la película de Leigh Whannell (Upgrade) no sea un film extraordinario. El guión, a pesar de comenzar con una premisa más o menos original, cae en muchos momentos en un desarrollo previsible. Lo enrevesado de su resolución, palabra clave incluida, trata de compensar un tercer acto algo flojo, plagado de clichés previsibles y de una revelación que, en mayor o menor medida, se intuye desde mucho antes. En realidad, la historia se desinfla ligeramente desde el momento en que el suspense se deja a un lado y los personajes secundarios se convierten en carne de cañón para el villano de turno. El modo de plantearse esa recta final, entregándose a la acción y restando gravedad a todo lo ocurrido anteriormente (la presunta locura de la protagonista, su internamiento, los crímenes cometidos, etc.). Es cierto que el desenlace, aun teniendo demasiados giros argumentales, ofrece una visión de la heroína muy interesante recurriendo a las armas y tácticas de su enemigo, pero no logra compensar lo visto anteriormente, por no hablar de la sensación de reprobación que se aprecia en algunos secundarios.

En todo caso, El hombre invisible es un film sólido, resuelto con acierto por Whannell tanto en la parte interpretativa (la locura creciente de Moss es magnífica) como en la parte narrativa, sacando buen provecho de muchas de las secuencias en las que este hombre invisible hace acto de presencia. Una película que se disfruta, que ofrece interesantes lecturas más allá de la puramente cinematográfica, incluyendo una reflexión sobre la violencia de género, la obsesión y el acoso (y cómo el entorno puede no creer a la víctima). Su final se entrega a la acción pura y dura obviando algunos de los elementos previamente planteados, pero es algo que suele ocurrir en este tipo de historias. Quizá lo peor sean esa serie de giros argumentales finales para tratar de confundir al espectador y evitar así cierta previsibilidad. Pero en cualquier caso, es una interesante obra que da una nueva vuelta de tuerca al mito de la invisibilidad.

Nota: 7/10

‘Manhattan sin salida’: exit this way


Se suele decir que la comedia es uno de los géneros más difíciles (si no el más difícil) para los guionistas, pues encontrar el delicado equilibrio en una historia para hacer reír está al alcance de unos pocos. Pero en realidad, cualquier género es complejo, y buena muestra de ello es la nueva película de Brian Kirk (Middletown), un thriller de acción que de lo primero tiene poco más que el nombre.

No deja de ser irónico que se haya elegido Manhattan sin salida para titular esta historia de policías, asesinos, droga y bajos fondos, porque lo cierto es que la trama muestra esa salida a este presunto laberinto dramático casi desde el principio. El guión echa mano de todo tipo de situaciones tópicas para desarrollar una idea que, de haber tenido más valentía, habría podido ser un producto mucho más interesante. Los ingredientes están ahí: un policía marcado por el asesinato de su padre, también policía; un brutal crimen; elementos que no encajan en la investigación; persecución contrarreloj. Y un largo etcétera. Sin embargo, prácticamente desde el comienzo la película tropieza exponiendo casi todas sus cartas, lo que deja al espectador sin intriga a la que aferrarse, previendo de antemano muchos de los movimientos de los personajes y restando suspense e interés a la historia.

Lo cierto es que el film es un buen ejemplo de cómo una secuencia mal planteada e introducida en un mal momento puede dar al traste con toda una película que, por lo demás, ofrece cosas atractivas al espectador. La investigación y la frenética persecución del protagonista otorga al relato un ritmo trepidante, incansable, que apenas deja tiempo para la reflexión. Es cierto que se echa en falta alguna secuencia inicial que explique algo mejor la forma de trabajar del personaje interpretado por Chadwick Boseman (Decisión final), pero en líneas generales la película ofrece un atractivo juego del gato y el ratón en un espacio cada vez más reducido. La propuesta visual de Kirk, además, aprovecha ese aspecto del guión para sacar el máximo partido a las secuencias de acción, sin alardear de complejos planos pero siendo realmente efectivo. Y si a esto sumamos unos actores más que correctos, lo que nos queda es un entretenimiento sencillo y directo.

Y eso, ni más ni menos, es Manhattan sin salida. El problema es que no es todo lo que podría ser, o al menos no todo lo que pretende ser. Más allá del ritmo, de la acción y algunas secuencias con lograda tensión dramática, la película es incapaz de ofrecer nada más. Previsible y con personajes bastante arquetípicos (no existen caras oscuras en ningún personaje, ni siquiera en los villanos y sus motivaciones), la trama se descubre casi desde el principio, sin duda por un error de guión demasiado evidente como para dejarse pasar. La verdad es que con algo más de sutileza narrativa, con algunos minutos que aborden un poco más la forma de ser de los personajes y con un mejor tratamiento de los tiempos dramáticos podría haber sido un thriller mucho más interesante, o al menos uno que no hubiera mostrado la salida desde su comienzo.

Nota: 6/10

‘Star Wars: El ascenso de Skywalker’: un final dominado por el miedo


Algo ha cambiado en la saga ‘Star Wars’. En 42 años es normal que la forma de hacer cine, los efectos especiales y las historias evolucionen. Pero no se trata de eso. No sé si será, como muchos defienden, por la influencia de Disney y sus parámetros morales y éticos. En cualquier caso, esta tercera y última entrega de la, a su vez, última trilogía del arco argumental de Skywalker, tiene todo lo bueno y todo lo malo de una historia que ya forma parte de la cultura popular.

Y puede que esto sea lo más perjudicial para Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker. La cinta bebe constantemente de las referencias y el universo cinematográfico que ha dejado durante estas décadas George Lucas. Prácticamente cada plano, cada secuencia, cada diálogo, hace referencia a diferentes momentos de la saga, por no hablar de la presencia de personajes inolvidables. En cierto modo, la cinta dirigida por J.J. Abrams (Super 8), con su habitual habilidad narrativa pero sin la emoción que sí tuvo en el Episodio VII, es un viaje a la nostalgia, un recorrido por todo aquello que hace de Star Wars algo único. El viaje de la protagonista en busca de sus orígenes al tiempo que aprende los secretos de los jedi posiblemente sea lo mejor de la cinta, amén de unas batallas tan espectaculares como bellamente ejecutadas.

El problema de la película llega en su tercio final, y es ahí donde más se nota la mano Disney. Si el desarrollo de la historia, con ciertos altibajos, en líneas generales contiene los suficientes elementos para resultar atractivo (la lucha de la protagonista contra su lado oscuro, los orígenes secretos, el enfrentamiento con su antagonista en los restos de la Estrella de la Muerte, …), la resolución del arco dramático es sencillamente nefasta. Dejando a un lado la justificación que trae de vuelta al Emperador Palpatine, el tercer acto del film tiene más puntos de giro que el la resolución de Romeo y Julieta, con el problema añadido de introducir en este mundo de fantasía un exceso de milagros y poderes. Tanto giro argumental, tanto final en falso, provoca una sensación de conclusión forzada, obligando a los personajes a unas decisiones y actuaciones que simplemente no son creíbles. Eso por no hablar de los cambios en algunos personajes secundarios de toda la saga y de un beso final que… pues eso, mejor no hablar de ello.

Y es una pena, porque la película, en líneas generales, contiene los suficientes elementos como para haber sido, al menos, una notable entrega de la saga. Pero al igual que a los personajes, a sus responsables parece dominarles el miedo. La mano de Abrams se nota en prácticamente cada aspecto. Sus constantes referencias a momentos del pasado, cierto toque de humor, un lenguaje audiovisual dinámico que hace avanzar la acción sin descanso. Todo ello se aprecia y se disfruta. Pero la película no sabe como terminar, y lo que es peor, lo hace con unas concesiones que poco o nada tienen que ver con la tradicional saga galáctica, haciendo un flaco favor a lo que se había construido hasta ahora. De haber sido más directa y más sincera, de haber tenido menos miedo, posiblemente estaríamos ante una película a la altura de las anteriores.

Sin embargo, lo que nos encontramos es una amalgama de décadas de cine. En Star Wars: Episodio IX – El ascenso de Skywalker hay oscuridad, hay lucha de la heroína contra su dolor y su ira, hay grandes batallas espaciales, hay aventura, incluso se demuestra que del lado oscuro de la fuerza también se puede salir. Todos ellos, además de detalles como el control mental o las voces de personajes pasados, están muy presentes en la cinta de Abrams. Pero a medida que se acerca a su final se pierde en su propio homenaje, incapaz de encontrar una salida digna que, con todo, se maquilla con ese final que explica definitivamente el título de la película. Se puede decir que pierde parte de la esencia de este universo cinematográfico y parte de la magia con la que han crecido generaciones. Puede mejorarse, desde luego, pero eso no quiere decir que no se pueda disfrutar.

Nota: 6,5/10

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ se enmienda a sí misma en su 6ª T.


Siempre he considerado que eso de traer personajes de entre los muertos, por muy original que sea la causa, es algo que debilita cualquier historia. Primero porque parece un recurso pobre de los guionistas, y segundo porque resta dramatismo y elimina el desarrollo de los acontecimientos que llevaron a este momento. Y con la sexta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no voy a cambiar dicha opinión. De hecho, reafirma con bastante contundencia ambos extremos por mucha originalidad que le impriman al conjunto sus creadores, los hermanos Joss Whedon (Los Vengadores) y Jed Whedon (serie Dollhouse) y Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse).

Porque, en efecto, estos 13 episodios vienen a demostrar que aunque la originalidad campe a sus anchas y que la historia no solo encaje a la perfección en lo visto hasta ahora, sino que la desarrolle hacia un nuevo terreno, recuperar a personajes ya fallecidos no termina de funcionar del todo bien. No solo eso, sino que debilita notablemente el conjunto. Tras el final de la quinta temporada, que como dijimos en este mismo espacio cerraba un ciclo, se abría un camino con fecha de caducidad que podría haber permitido no solo incorporar nuevos personajes, sino ahondar en los protagonistas a través de su duelo, su forma de afrontar una ausencia y una pérdida de semejante magnitud. Y aunque en los primeros compases de esta etapa es lo que plantea, la trama pronto entra de lleno en una espiral que aunque entretenida, no termina de ajustarse como debería al tono que ha tenido la serie hasta ahora.

Y poco importa que uno de los actores interprete ahora a un villano para reconvertirse, como gancho final, en una suerte de inteligencia artificial. Poco importa también que se viaje a través del espacio y del tiempo para recuperar a otro de los personajes antes de que fallezca. El proceso para llegar a esos puntos de giro dramáticos es lo verdaderamente relevante, y es aquí donde también falla la serie. Posiblemente se deba a la compresión de la historia en apenas 13 capítulos, la mitad de lo que suelen tener las temporadas de Agentes de S.H.I.E.L.D. Bueno, en realidad es evidente que es por eso. Es cierto que hasta ahora cada etapa contenía dos grandes arcos argumentales que ocupaban una mitad de los capítulos, pero una y otra se nutrían de forma orgánica, por lo que muchos personajes secundarios pivotaban sobre una y otra parte de la temporada para crecer dramáticamente y, sobre todo, poder explicar muchos de los acontecimientos que se desarrollaban. Todo eso aquí se pierde, limitándose a contar rápidamente una trama que, en cierto modo, parece hecha más para recuperar a actores que parecían perdidos que para desarrollar la historia.

La verdad es que esta premisa da un poco al traste con todo el trabajo realizado hasta este momento. Es cierto que la serie nunca ha sido un modelo a seguir en composiciones dramáticas, pero sí había logrado alcanzar un estilo narrativo propio basado en una fusión de acción, tramas de ciencia ficción con mayor o menor complejidad, y sobre todo con unos personajes que, a pesar de lo fantástico de las tramas, siempre se atenían a unas normas dramáticas básicas. Sin embargo, esta sexta temporada rompe por completo con todo esto, al menos a partir de mitad de temporada. A pesar de contar con una premisa interesante (de la que hablaremos a continuación), sus creadores optan por una evolución cuanto menos infantil, con los personajes reuniéndose en una especie de lucha final apocalíptica en la que algunos mueren pero sobreviven (y sí, es una incongruencia, pero así ha sido esta tanda de episodios). Entre medias, unos villanos sin demasiado trasfondo dramático que solo sirven para recuperar al personaje de Clark Gregg (Falsa evidencia) en un proceso cuanto menos cuestionable.

Mariposas

Y este último punto ha sido uno de los que posiblemente afecte en mayor medida a la calidad dramática de la historia, muy relacionado a su vez con la corta duración de esta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. En efecto, el hecho de que sean únicamente 13 capítulos obliga a una economía narrativa que no afecta en nada a los protagonistas, pero que sí tiene cierto impacto en los antagonistas. En realidad, es una consecuencia lógica. Tras los acontecimientos de la quinta temporada, y por mucho que se recuperen personajes aparentemente perdidos, los héroes ya se conocen, tienen un trasfondo dramático, humano y social construido durante varios años. Eso permite, a estas alturas de la historia (que en una tradicional película de tres actos vendría a ser el clímax), que sus creadores vayan directos al grano en lo que a sus tramas individuales y colectivas se refiere.

Pero no ocurre así con los villanos. Es cierto que la historia de los dos principales antagonistas se explica hacia el final de esta etapa en una conclusión que, dicho claramente, parece un poco forzada para que los acontecimientos deriven en lo que derivan posteriormente. Pero más allá de ellos, el resto de personajes a los que deben hacer frente los héroes tienen un trasfondo dramático cuanto menos escaso, en algunos casos inexistente. Esto provoca, a diferencia de años anteriores, que no se comprendan motivaciones, objetivos ni anhelos o miedos. Y todo eso, en definitiva, resta interés al conjunto, planteándose la trama como “buenos contra malos” en una definición tan binaria que se convierte en arquetípica y previsible. No es que esta serie Marvel sea un alarde de complejidad moral o dramática, es cierto, pero todos los personajes, en mayor o menor medida, desarrollaban una personalidad que ayudaba a comprender sus acciones aunque no se estuviera de acuerdo. Aquí, simple y llanamente, hacen lo que hacen porque tienen que hacerlo.

Con todo, esta tanda de episodios logra generar el suficiente interés como para aguantar hasta el final. Y lo hace porque, a pesar de todos los problemas que arrastra, parte de la premisa de continuar narrando lo ocurrido con los protagonistas tras los acontecimientos de la anterior temporada. Es por eso que quizá la parte más interesante sea la primera mitad, al ver a un grupo de héroes teniendo que lidiar con la pena de una gran pérdida mientras afrontan una nueva amenaza. El modo en que cada uno asume el dolor construye una complejidad emocional y dramática muy interesante que, por desgracia, poco a poco se va perdiendo para que la acción y esa extraña explicación alienígena se hagan un hueco. No es que haya un punto en el que todo cambia, sino que es un proceso progresivo hacia una conclusión que, curiosamente, abre la puerta a un nuevo universo narrativo… o mejor dicho, un nuevo tiempo narrativo.

En cierto modo, la sexta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. tiene una doble interpretación. Por un lado, es el comienzo de un epílogo a una historia que debería haber terminado hace un año. Por otro, es una etapa de transición hacia un final que podría ser prometedor. En ambos casos, sin embargo, estamos hablando de una etapa menos intensa dramáticamente hablando, igual de espectacular en lo que a acción se refiere, y que apunta maneras en su intensidad emocional. La historia va de más a menos en esto último, y de menos a más en cuanto a forma. A la espera de ver cómo finaliza la serie, se puede decir que la penúltima temporada no ha alcanzado la complejidad de las anteriores. Tampoco se pretendía, es cierto, pero se podría haber buscado otra fórmula que no fuera “resucitar” a personajes cuyas muertes habían dado un giro dramático espectacular a una ficción de estas características.

‘Terminator: Destino oscuro’: las mujeres del nuevo futuro


Los tiempos han cambiado. El futuro, desde luego, va a ser diferente del que habíamos imaginado. Y eso, con sus pros y sus contras, es lo que plantea la nueva película de Tim Miller (Deadpool), una continuación directa de aquel Terminator 2: El juicio final (1991) que, evidentemente, no alcanza el nivel dramático, emocional y visualmente impactante de su predecesora, pero que sí es capaz de hacer reflexionar sobre algunos conceptos.

Curiosamente, lo más interesante de Terminator: Destino oscuro tiene que ver con sus nuevos personajes y con el tratamiento de ese futuro apocalíptico en el que las máquinas persiguen y exterminan a los humanos. Dejando a un lado la curiosidad de que, aunque el futuro ha cambiado de protagonistas las máquinas y el entorno se mantienen intactos, la película acierta dando el protagonismo completo a las mujeres, que pasan de ser meras víctimas a tomar el control y luchar en primera línea de batalla. Si bien el desarrollo argumental es idéntico al de películas anteriores, los matices introducidos, incluyendo esa especie de Terminator dual que combina lo mejor de cada casa, aportan al conjunto un tono algo más desesperante que las historias previas, completando una historia en la que, de nuevo, la necesidad de salvar el futuro pesa más que los miedos, los odios o las rencillas personales.

El problema, y esto es algo que puede provocar desasosiego a los fans más acérrimos de la saga, es la recuperación de los personajes de Linda Hamilton (Curvature) y Arnold Schwarzenegger (Asesinos internacionales). O mejor dicho, el modo en que vuelven a este universo futurista. La película arranca con la continuación inmediata de los acontecimientos de aquella segunda parte de los 90 para permitir luego la introducción de estos míticos roles durante la trama. Su presencia, sin embargo, parte de una premisa algo forzada, sobre todo la de Schwarzenegger, buscando dotarle de esa falsa humanidad que tenía programada en anteriores films de un modo excesivamente… humano. Todo ello, por fortuna, es solo una premisa que se olvida, o se intenta hacer olvidar, bastante rápido, pasando luego a la acción pura y dura en un clímax que, este sí, es un claro homenaje a los tradicionales finales de la saga.

Desde luego, Terminator: Destino oscuro no es una continuación a la altura de las dos primeras entregas. Intenta serlo, pero es deudora de los tiempos que corren y de algunos usos y abusos característicos de otras películas de la saga. El reiterado recurso de la cámara lenta acentúa la espectacularidad, es cierto, pero también termina por restar efectividad al conjunto. Lo mejor, sin duda, es la reinterpretación de la historia, con las mujeres tomando el control y dejando de ser víctimas o “madres de…” para ser luchadoras de igual a igual con máquinas cada vez más letales. Que Hamilton y Schwarzenegger se hayan vuelto a encontrar en esta historia siempre será un motivo de aplauso, incluso aunque lo hagan bajo unas circunstancias como las que se utilizan. Pero algo tiene esta película que no termina de funcionar. Puede que sea su historia, demasiado parecida a las anteriores. O su villano, una mezcla de enemigos anteriores. O simplemente, que trata de homenajear excesivamente a sus clásicos sin darse cuenta de que necesita caminar sola.

Nota: 6,5/10

‘Stranger Things’ crece y madura con sus protagonistas en su 3ª T.


Que Stranger Things es un referente de la cultura popular actual es algo incuestionable. Más allá de que recupere la vida, la cultura y la sociedad de los años 80, la serie creada por los hermanos Duffer (Matt y Ross) se ha convertido en un referente para otras producciones, abriendo un camino narrativo único y rico en matices. Pero lo realmente interesante de la serie, formal y dramáticamente hablando, es su capacidad para reinventarse, para adaptarse a las necesidades del relato, evolucionando constantemente y ofreciendo al espectador nuevas perspectivas dentro de este mismo universo, explorándolo hasta sus rincones más lejanos.

Y esto es precisamente lo que hace la tercera temporada. Para muchos la segunda parte de la serie no estuvo a la altura de las expectativas, tratando dar continuidad a una trama que, en principio, había terminado en la temporada inicial. Personalmente no creo que sea así, y viendo estos ocho episodios desde luego que adquiere mucho más sentido como una historia de transición hacia algo mucho mayor. En esta ocasión, la serie se plantea como una batalla en toda regla, más que una intriga de suspense con monstruo de por medio. Esto conlleva una simplificación de la estructura dramática, lo que sumado a unos personajes ya presentados deja mucho espacio libre para ahondar en otros aspectos. Y eso es precisamente lo que utiliza la serie, logrando un equilibrio perfecto entre aventura, acción, drama y conflicto adolescente.

Porque este es otro de los aspectos más interesantes de la tercera temporada de Stranger things. El espacio que deja la presentación de personajes permite no solo más acción, también abordar en profundidad uno de los problemas que suelen tener todas las producciones con niños como protagonistas: su crecimiento y madurez. Con una mezcla de ironía y drama, estos 8 episodios sitúan a los protagonistas en una nueva fase de su vida en la que las chicas son más interesantes que los juegos de rol, los cómics o las películas. El modo en que se afronta esta evolución es sencillamente brillante, pues como pasa con el resto de elementos de la serie, toca todas las tramas secundarias posibles: la reacción de los adultos protectores, la amistad, los celos, la diferente visión del mundo de chicos y chicas, etc. Todo ello no solo aporta un toque divertido y entrañable al argumento, sino que permite al espectador crecer con los héroes, sentirse identificado con una etapa de la vida que todos hemos superado. En definitiva, lo que consigue es mantener ese espíritu de realidad dentro de la fantasía.

Y si los adolescentes son una parte fundamental de la trama, los adultos no se quedan atrás. Su rol de secundario importante cada vez está evolucionando más hacia un protagonismo autónomo, ajeno por completo a las aventuras de los muchachos. Y en esa evolución el personaje de David Harbour (Escuadrón suicida) es sin duda el más interesante, pues no solo afronta su papel de padre inesperado, sino que su papel en la resolución de la historia cada vez es más determinante. Habrá que ver cuál ha sido su verdadero final, aunque quien haya visto el epílogo de ese último episodio podrá hacerse una idea. Sea como fuere, la presencia de los adultos se consolida como una línea argumental paralela a la de los niños, con sus propios puntos de giro, sus conflictos y sus complejas relaciones. La incorporación de los rusos a la historia, además, aporta una vuelta de tuerca más al relato, aumentando de paso esa nostalgia marca de la casa de la serie acerca de las películas de los años 80 con la Guerra Fría como telón de fondo.

Uso de los personajes

De este modo, la trama de Stranger things se vuelve más compleja, o por lo menos con más ramificaciones. Sí, es cierto que el planteamiento básico es relativamente simple, fundamentalmente porque sigue la estela de temporadas anteriores, pero las consecuencias y las líneas argumentales secundarias enriquecen notablemente el conjunto hasta hacerlo mucho más completo de lo que era hasta ahora. La presencia de soviéticos, esa criatura que se construye a partir de seres humanos, la incorporación de nuevos personajes (a los que, por cierto, se les da un tratamiento totalmente diferente a lo que podría esperarse en un principio), etc. Todo ello conforma un relato más propio del cine que constantemente homenajean los hermanos Duffer, lo que convierte a esta temporada, posiblemente, en la mejor realizada hasta el momento.

Sobre esos personajes secundarios, una puntualización. Todos y cada uno de ellos han jugado un papel fundamental en la trama, ya sea como activos en el desarrollo de la historia principal, ya sea como herramientas para desbloquear situaciones, ya sea como contrapunto cómico a la gravedad de la historia. Y todos ellos, como decía antes, han tenido un tratamiento poco habitual, más realista y, sobre todo, más sincero con la propia historia y con las características de la trama. Uno de los ejemplos más claros es el de Dacre Montgomery (Power Rangers). Su presencia en la serie parecía condenada a un futuro mediocre, más bien como herramienta puntual para hacer avanzar la trama en una dirección o como contrapunto irónico en determinadas situaciones. Su reconversión en esta etapa es magistral, no solo por su nueva posición dentro de la historia, sino porque su final es ejemplar, alejándose de una resolución amable y demostrando que incluso los personajes con aparente poco futuro pueden tener una nueva y brillante alternativa.

Así las cosas, esta tercera temporada se puede entender como una reinterpretación de lo visto hasta ahora en la serie. El argumento se abre a más personajes, implica por tanto muchas más tramas secundarias, e incluso la principal se presenta con más ramificaciones. Es, en definitiva, una serie más adulta, más madura. La verdad es que no podía ser de otro modo, pues un estancamiento en su planteamiento inicial no habría llevado a nada. Al contrario, habría mermado la calidad de la ficción. Habrá quien piense que la temporada anterior ha sido una especie de transición. Y puede que fuera así, pero desde luego estos 8 capítulos confirman que cada aspecto del pasado cuenta, que cada decisión narrativa tiene su efecto en el futuro de la serie. Por eso, además de todo lo explicado anteriormente, es por lo que esta temporada engrandece una producción ya de por sí enorme.

Dicho esto, y confirmada la cuarta temporada, solo queda esperar el siguiente paso de Stranger things. Porque habrá un paso. Esta tercera etapa demuestra que la serie continúa hacia adelante en un camino que la permite crecer tanto en profundidad dramática como en complejidad formal, expandiendo el universo e incorporando nuevos personajes de forma muy calculada. Existe el riesgo de caer en su propia trampa, de que la incorporación de nuevos personajes termine por abarcar más de lo que pueda apretar la historia, pero no parece probable. De hecho, y a tenor del teaser de la cuarta parte, parece que se va a dirigir la mirada hacia ese otro lado, lo cual abre una puerta a infinitas posibilidades. La pregunta de verdad es si se podrá superar el nivel de esta tercera parte.

‘Zombieland: Mata y remata’: una nueva clase de zombi


Hace diez años aparecía en la cartelera una propuesta cuanto menos fresca y divertida, abordando la temática zombi desde un punto de visto diferente, desenfadado, pero manteniendo esa esencia de retórica moral y social que suelen tener este tipo de relatos. Ahora, su secuela plantea también el dilema de la necesidad de una segunda parte. Y teniendo en cuenta el carácter gamberro de la historia, la respuesta solo puede ser un rotundo sí.

En realidad, Zombieland: Mata y remata no ofrece nada relativamente nuevo a la historia. Más personajes, más acción, más zombis. Pero en ese marco de escenario conocido el guión ahonda en otros aspectos para dotarlos de una vida única, enriqueciendo de paso este universo postapocalíptico. Más allá de relaciones personales, de explorar ese concepto de familia disfuncional y el sacrificio personal por el bien del grupo, la película se convierte, como ya lo fue la original, en una parodia de la cultura popular y, en último término, en una autoparodia. En este sentido, el mejor momento de la cinta posiblemente sea el encuentro de los protagonistas con dos “copias baratas” en un lugar de culto de Elvis. La secuencia, desde su inicio hasta su final, sencillamente no tiene desperdicio, primero acentuando la burla a sus propios héroes y luego con un plano secuencia en el que el humor y la acción alcanzan su punto álgido.

En realidad, la historia es más bien simple, excesivamente lineal y, en algunos momentos, puede que incluso tediosa, aunque sin caer en el cansino ritmo de los chistes y las bromas extendidos hasta la extenuación. Pero Ruben Fleischer (30 minutos o menos) logra solventar esos problemas con una puesta en escena ágil, personal y fresca, marcando los tiempos narrativos y aprovechando el talento que tiene frente a la cámara para que los actores puedan dar lo mejor de ellos, consolidando unos personajes únicos y creando otros referentes nuevos. A todo esto se suman algunos momentos de verdadero gore y ese epílogo en los títulos de créditos que reafirma el carácter autoreferencial y paródico de todo el conjunto. La verdad es que una secuela de una película como Bienvenidos a Zombieland no es necesaria en sí misma, pero planteada de forma correcta, como es el caso, puede ser un complemento más que correcto para ampliar este universo en el que los zombis llevan nombres como Homer, Hawking, Ninja o T-800. Y desde luego, es un entretenimiento puro.

Y esto es, en realidad, lo más importante. Zombieland: Mata y remata no pretende ser nada más que lo que ofrece: una distracción de metraje ajustado con un reparto extraordinario, un humor gamberro que no deja títere con cabeza y algunos momentos de sangre y vísceras para los más acérrimos fans. Sin pretensiones, pero tampoco sin menospreciarse, esta secuela deja algunos momentos simplemente magistrales, y se convierte casi en un juego con el espectador para localizar las referencias culturales y su metalenguaje. Se supone que una secuela tiene que ser más que el original en todos los aspectos. Bueno, esta puede que peque de no serlo en su propia historia, pero sin duda tiene más zombis, más personajes, más sangre y, ante todo, más humor.

Nota: 6,5/10

‘Objetivo: Washington D.C.’: habrá bajas, pero serás tú


Los espectadores más jóvenes, aquellos que han crecido con la saga ‘Transformers’ o ‘Fast & Furious’, tal vez solo conozcan por referencias, o como cine “clásico”, que hubo una época en la que el cine de acción era más artesanal que digital, en el que lo importante eran los personajes y una buena ejecución visual más que la espectacularidad de los efectos. Hoy en día es difícil encontrarlo, y precisamente por eso la saga protagonizada por Gerard Butler (Un hombre de familia) resulta tan refrescante en el panorama cinematográfico actual.

No es un alarde de originalidad. De hecho, Objetivo: Washington D.C. es bastante previsible (al villano “activo” se le identifica casi desde el principio, y al villano “en la sombra” un poco más tarde). Y sin duda, si alguien quiere buscarle la lógica a algunas de sus secuencias sencillamente va a fracasar. Pero eso es algo que va implícito en este tipo de historias. Superado eso, lo que nos encontramos es un relato sencillo, directo, cargado de humor, acción y efectividad que explota al máximo las posibilidades de sus actores y de sus escenarios, construyendo un crescendo dramático que utiliza buena parte de los recursos que ya se han demostrado efectivos en estas historias.

En este sentido, esta tercera parte de la saga tiene el aroma de otras cintas de aventuras y de acción de los años 80 y 90. Desde la traición del amigo hasta la presencia del padre que todavía puede enseñar algo a su hijo, la película bebe de numerosos referentes para revelarse como un entretenimiento puro, sin más ambición que la que puede tener cualquiera de las tres películas que conforman esta trilogía. Simplemente, sabe lo que es, ofrece lo que puede ofrecer y lo hace con honestidad y calidad en su propuesta. Tal vez no sea mucho para los estándares de hoy en día, pero desde luego logra dejar un buen sabor de boca con sus aciertos y sus fallos, que son muchos en ambos lados de la ecuación.

Desde luego, Objetivo: Washington D.C. tiene muchos errores, tanto en su desarrollo como en su planteamiento de guión. Y por supuesto, que nadie exija realismo. Pero Butler vuelve a demostrar el interés que despierta, cómo es capaz de acaparar toda la atención de cualquier historia por muy buenos actores que le rodeen. Carga sobre sus hombros el peso del relato, y es él el que es capaz de elevar el tono y la calidad del mismo en muchas ocasiones gracias a ese equilibrio que encuentra entre la ironía, la chulería y la gravedad de las situaciones que vive su personaje. La historia es simple, arquetípica y previsible. Pero es el tratamiento que necesita (en su gran mayoría al menos) para permitir que brillen otros aspectos de la trama. Y lograr ese delicado punto intermedio sigue siendo un arte al alcance de pocos. Como dice el personaje de Butler en un momento dado: “Habrá bajas, pero no serás tú”.

Nota: 7/10

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