‘Terminator: Destino oscuro’: las mujeres del nuevo futuro


Los tiempos han cambiado. El futuro, desde luego, va a ser diferente del que habíamos imaginado. Y eso, con sus pros y sus contras, es lo que plantea la nueva película de Tim Miller (Deadpool), una continuación directa de aquel Terminator 2: El juicio final (1991) que, evidentemente, no alcanza el nivel dramático, emocional y visualmente impactante de su predecesora, pero que sí es capaz de hacer reflexionar sobre algunos conceptos.

Curiosamente, lo más interesante de Terminator: Destino oscuro tiene que ver con sus nuevos personajes y con el tratamiento de ese futuro apocalíptico en el que las máquinas persiguen y exterminan a los humanos. Dejando a un lado la curiosidad de que, aunque el futuro ha cambiado de protagonistas las máquinas y el entorno se mantienen intactos, la película acierta dando el protagonismo completo a las mujeres, que pasan de ser meras víctimas a tomar el control y luchar en primera línea de batalla. Si bien el desarrollo argumental es idéntico al de películas anteriores, los matices introducidos, incluyendo esa especie de Terminator dual que combina lo mejor de cada casa, aportan al conjunto un tono algo más desesperante que las historias previas, completando una historia en la que, de nuevo, la necesidad de salvar el futuro pesa más que los miedos, los odios o las rencillas personales.

El problema, y esto es algo que puede provocar desasosiego a los fans más acérrimos de la saga, es la recuperación de los personajes de Linda Hamilton (Curvature) y Arnold Schwarzenegger (Asesinos internacionales). O mejor dicho, el modo en que vuelven a este universo futurista. La película arranca con la continuación inmediata de los acontecimientos de aquella segunda parte de los 90 para permitir luego la introducción de estos míticos roles durante la trama. Su presencia, sin embargo, parte de una premisa algo forzada, sobre todo la de Schwarzenegger, buscando dotarle de esa falsa humanidad que tenía programada en anteriores films de un modo excesivamente… humano. Todo ello, por fortuna, es solo una premisa que se olvida, o se intenta hacer olvidar, bastante rápido, pasando luego a la acción pura y dura en un clímax que, este sí, es un claro homenaje a los tradicionales finales de la saga.

Desde luego, Terminator: Destino oscuro no es una continuación a la altura de las dos primeras entregas. Intenta serlo, pero es deudora de los tiempos que corren y de algunos usos y abusos característicos de otras películas de la saga. El reiterado recurso de la cámara lenta acentúa la espectacularidad, es cierto, pero también termina por restar efectividad al conjunto. Lo mejor, sin duda, es la reinterpretación de la historia, con las mujeres tomando el control y dejando de ser víctimas o “madres de…” para ser luchadoras de igual a igual con máquinas cada vez más letales. Que Hamilton y Schwarzenegger se hayan vuelto a encontrar en esta historia siempre será un motivo de aplauso, incluso aunque lo hagan bajo unas circunstancias como las que se utilizan. Pero algo tiene esta película que no termina de funcionar. Puede que sea su historia, demasiado parecida a las anteriores. O su villano, una mezcla de enemigos anteriores. O simplemente, que trata de homenajear excesivamente a sus clásicos sin darse cuenta de que necesita caminar sola.

Nota: 6,5/10

‘Stranger Things’ crece y madura con sus protagonistas en su 3ª T.


Que Stranger Things es un referente de la cultura popular actual es algo incuestionable. Más allá de que recupere la vida, la cultura y la sociedad de los años 80, la serie creada por los hermanos Duffer (Matt y Ross) se ha convertido en un referente para otras producciones, abriendo un camino narrativo único y rico en matices. Pero lo realmente interesante de la serie, formal y dramáticamente hablando, es su capacidad para reinventarse, para adaptarse a las necesidades del relato, evolucionando constantemente y ofreciendo al espectador nuevas perspectivas dentro de este mismo universo, explorándolo hasta sus rincones más lejanos.

Y esto es precisamente lo que hace la tercera temporada. Para muchos la segunda parte de la serie no estuvo a la altura de las expectativas, tratando dar continuidad a una trama que, en principio, había terminado en la temporada inicial. Personalmente no creo que sea así, y viendo estos ocho episodios desde luego que adquiere mucho más sentido como una historia de transición hacia algo mucho mayor. En esta ocasión, la serie se plantea como una batalla en toda regla, más que una intriga de suspense con monstruo de por medio. Esto conlleva una simplificación de la estructura dramática, lo que sumado a unos personajes ya presentados deja mucho espacio libre para ahondar en otros aspectos. Y eso es precisamente lo que utiliza la serie, logrando un equilibrio perfecto entre aventura, acción, drama y conflicto adolescente.

Porque este es otro de los aspectos más interesantes de la tercera temporada de Stranger things. El espacio que deja la presentación de personajes permite no solo más acción, también abordar en profundidad uno de los problemas que suelen tener todas las producciones con niños como protagonistas: su crecimiento y madurez. Con una mezcla de ironía y drama, estos 8 episodios sitúan a los protagonistas en una nueva fase de su vida en la que las chicas son más interesantes que los juegos de rol, los cómics o las películas. El modo en que se afronta esta evolución es sencillamente brillante, pues como pasa con el resto de elementos de la serie, toca todas las tramas secundarias posibles: la reacción de los adultos protectores, la amistad, los celos, la diferente visión del mundo de chicos y chicas, etc. Todo ello no solo aporta un toque divertido y entrañable al argumento, sino que permite al espectador crecer con los héroes, sentirse identificado con una etapa de la vida que todos hemos superado. En definitiva, lo que consigue es mantener ese espíritu de realidad dentro de la fantasía.

Y si los adolescentes son una parte fundamental de la trama, los adultos no se quedan atrás. Su rol de secundario importante cada vez está evolucionando más hacia un protagonismo autónomo, ajeno por completo a las aventuras de los muchachos. Y en esa evolución el personaje de David Harbour (Escuadrón suicida) es sin duda el más interesante, pues no solo afronta su papel de padre inesperado, sino que su papel en la resolución de la historia cada vez es más determinante. Habrá que ver cuál ha sido su verdadero final, aunque quien haya visto el epílogo de ese último episodio podrá hacerse una idea. Sea como fuere, la presencia de los adultos se consolida como una línea argumental paralela a la de los niños, con sus propios puntos de giro, sus conflictos y sus complejas relaciones. La incorporación de los rusos a la historia, además, aporta una vuelta de tuerca más al relato, aumentando de paso esa nostalgia marca de la casa de la serie acerca de las películas de los años 80 con la Guerra Fría como telón de fondo.

Uso de los personajes

De este modo, la trama de Stranger things se vuelve más compleja, o por lo menos con más ramificaciones. Sí, es cierto que el planteamiento básico es relativamente simple, fundamentalmente porque sigue la estela de temporadas anteriores, pero las consecuencias y las líneas argumentales secundarias enriquecen notablemente el conjunto hasta hacerlo mucho más completo de lo que era hasta ahora. La presencia de soviéticos, esa criatura que se construye a partir de seres humanos, la incorporación de nuevos personajes (a los que, por cierto, se les da un tratamiento totalmente diferente a lo que podría esperarse en un principio), etc. Todo ello conforma un relato más propio del cine que constantemente homenajean los hermanos Duffer, lo que convierte a esta temporada, posiblemente, en la mejor realizada hasta el momento.

Sobre esos personajes secundarios, una puntualización. Todos y cada uno de ellos han jugado un papel fundamental en la trama, ya sea como activos en el desarrollo de la historia principal, ya sea como herramientas para desbloquear situaciones, ya sea como contrapunto cómico a la gravedad de la historia. Y todos ellos, como decía antes, han tenido un tratamiento poco habitual, más realista y, sobre todo, más sincero con la propia historia y con las características de la trama. Uno de los ejemplos más claros es el de Dacre Montgomery (Power Rangers). Su presencia en la serie parecía condenada a un futuro mediocre, más bien como herramienta puntual para hacer avanzar la trama en una dirección o como contrapunto irónico en determinadas situaciones. Su reconversión en esta etapa es magistral, no solo por su nueva posición dentro de la historia, sino porque su final es ejemplar, alejándose de una resolución amable y demostrando que incluso los personajes con aparente poco futuro pueden tener una nueva y brillante alternativa.

Así las cosas, esta tercera temporada se puede entender como una reinterpretación de lo visto hasta ahora en la serie. El argumento se abre a más personajes, implica por tanto muchas más tramas secundarias, e incluso la principal se presenta con más ramificaciones. Es, en definitiva, una serie más adulta, más madura. La verdad es que no podía ser de otro modo, pues un estancamiento en su planteamiento inicial no habría llevado a nada. Al contrario, habría mermado la calidad de la ficción. Habrá quien piense que la temporada anterior ha sido una especie de transición. Y puede que fuera así, pero desde luego estos 8 capítulos confirman que cada aspecto del pasado cuenta, que cada decisión narrativa tiene su efecto en el futuro de la serie. Por eso, además de todo lo explicado anteriormente, es por lo que esta temporada engrandece una producción ya de por sí enorme.

Dicho esto, y confirmada la cuarta temporada, solo queda esperar el siguiente paso de Stranger things. Porque habrá un paso. Esta tercera etapa demuestra que la serie continúa hacia adelante en un camino que la permite crecer tanto en profundidad dramática como en complejidad formal, expandiendo el universo e incorporando nuevos personajes de forma muy calculada. Existe el riesgo de caer en su propia trampa, de que la incorporación de nuevos personajes termine por abarcar más de lo que pueda apretar la historia, pero no parece probable. De hecho, y a tenor del teaser de la cuarta parte, parece que se va a dirigir la mirada hacia ese otro lado, lo cual abre una puerta a infinitas posibilidades. La pregunta de verdad es si se podrá superar el nivel de esta tercera parte.

‘Zombieland: Mata y remata’: una nueva clase de zombi


Hace diez años aparecía en la cartelera una propuesta cuanto menos fresca y divertida, abordando la temática zombi desde un punto de visto diferente, desenfadado, pero manteniendo esa esencia de retórica moral y social que suelen tener este tipo de relatos. Ahora, su secuela plantea también el dilema de la necesidad de una segunda parte. Y teniendo en cuenta el carácter gamberro de la historia, la respuesta solo puede ser un rotundo sí.

En realidad, Zombieland: Mata y remata no ofrece nada relativamente nuevo a la historia. Más personajes, más acción, más zombis. Pero en ese marco de escenario conocido el guión ahonda en otros aspectos para dotarlos de una vida única, enriqueciendo de paso este universo postapocalíptico. Más allá de relaciones personales, de explorar ese concepto de familia disfuncional y el sacrificio personal por el bien del grupo, la película se convierte, como ya lo fue la original, en una parodia de la cultura popular y, en último término, en una autoparodia. En este sentido, el mejor momento de la cinta posiblemente sea el encuentro de los protagonistas con dos “copias baratas” en un lugar de culto de Elvis. La secuencia, desde su inicio hasta su final, sencillamente no tiene desperdicio, primero acentuando la burla a sus propios héroes y luego con un plano secuencia en el que el humor y la acción alcanzan su punto álgido.

En realidad, la historia es más bien simple, excesivamente lineal y, en algunos momentos, puede que incluso tediosa, aunque sin caer en el cansino ritmo de los chistes y las bromas extendidos hasta la extenuación. Pero Ruben Fleischer (30 minutos o menos) logra solventar esos problemas con una puesta en escena ágil, personal y fresca, marcando los tiempos narrativos y aprovechando el talento que tiene frente a la cámara para que los actores puedan dar lo mejor de ellos, consolidando unos personajes únicos y creando otros referentes nuevos. A todo esto se suman algunos momentos de verdadero gore y ese epílogo en los títulos de créditos que reafirma el carácter autoreferencial y paródico de todo el conjunto. La verdad es que una secuela de una película como Bienvenidos a Zombieland no es necesaria en sí misma, pero planteada de forma correcta, como es el caso, puede ser un complemento más que correcto para ampliar este universo en el que los zombis llevan nombres como Homer, Hawking, Ninja o T-800. Y desde luego, es un entretenimiento puro.

Y esto es, en realidad, lo más importante. Zombieland: Mata y remata no pretende ser nada más que lo que ofrece: una distracción de metraje ajustado con un reparto extraordinario, un humor gamberro que no deja títere con cabeza y algunos momentos de sangre y vísceras para los más acérrimos fans. Sin pretensiones, pero tampoco sin menospreciarse, esta secuela deja algunos momentos simplemente magistrales, y se convierte casi en un juego con el espectador para localizar las referencias culturales y su metalenguaje. Se supone que una secuela tiene que ser más que el original en todos los aspectos. Bueno, esta puede que peque de no serlo en su propia historia, pero sin duda tiene más zombis, más personajes, más sangre y, ante todo, más humor.

Nota: 6,5/10

‘Objetivo: Washington D.C.’: habrá bajas, pero serás tú


Los espectadores más jóvenes, aquellos que han crecido con la saga ‘Transformers’ o ‘Fast & Furious’, tal vez solo conozcan por referencias, o como cine “clásico”, que hubo una época en la que el cine de acción era más artesanal que digital, en el que lo importante eran los personajes y una buena ejecución visual más que la espectacularidad de los efectos. Hoy en día es difícil encontrarlo, y precisamente por eso la saga protagonizada por Gerard Butler (Un hombre de familia) resulta tan refrescante en el panorama cinematográfico actual.

No es un alarde de originalidad. De hecho, Objetivo: Washington D.C. es bastante previsible (al villano “activo” se le identifica casi desde el principio, y al villano “en la sombra” un poco más tarde). Y sin duda, si alguien quiere buscarle la lógica a algunas de sus secuencias sencillamente va a fracasar. Pero eso es algo que va implícito en este tipo de historias. Superado eso, lo que nos encontramos es un relato sencillo, directo, cargado de humor, acción y efectividad que explota al máximo las posibilidades de sus actores y de sus escenarios, construyendo un crescendo dramático que utiliza buena parte de los recursos que ya se han demostrado efectivos en estas historias.

En este sentido, esta tercera parte de la saga tiene el aroma de otras cintas de aventuras y de acción de los años 80 y 90. Desde la traición del amigo hasta la presencia del padre que todavía puede enseñar algo a su hijo, la película bebe de numerosos referentes para revelarse como un entretenimiento puro, sin más ambición que la que puede tener cualquiera de las tres películas que conforman esta trilogía. Simplemente, sabe lo que es, ofrece lo que puede ofrecer y lo hace con honestidad y calidad en su propuesta. Tal vez no sea mucho para los estándares de hoy en día, pero desde luego logra dejar un buen sabor de boca con sus aciertos y sus fallos, que son muchos en ambos lados de la ecuación.

Desde luego, Objetivo: Washington D.C. tiene muchos errores, tanto en su desarrollo como en su planteamiento de guión. Y por supuesto, que nadie exija realismo. Pero Butler vuelve a demostrar el interés que despierta, cómo es capaz de acaparar toda la atención de cualquier historia por muy buenos actores que le rodeen. Carga sobre sus hombros el peso del relato, y es él el que es capaz de elevar el tono y la calidad del mismo en muchas ocasiones gracias a ese equilibrio que encuentra entre la ironía, la chulería y la gravedad de las situaciones que vive su personaje. La historia es simple, arquetípica y previsible. Pero es el tratamiento que necesita (en su gran mayoría al menos) para permitir que brillen otros aspectos de la trama. Y lograr ese delicado punto intermedio sigue siendo un arte al alcance de pocos. Como dice el personaje de Butler en un momento dado: “Habrá bajas, pero no serás tú”.

Nota: 7/10

‘Infierno bajo el agua’: Superdepredadores de serie B


Para muchos, hablar de serie B posiblemente sea hablar de un cine mediocre, de segunda categoría en la que todo tiende a ser más bien pobre, tanto en personajes como en la propia historia y, según el caso, los efectos especiales. Pero nada más lejos de la realidad, y lo nuevo de Alexandre Aja (Horns) es la prueba fehaciente de que la serie B puede ser cine de calidad… dentro de sus propios límites, claro está.

Porque, en efecto, Infierno bajo el agua tiene muchos límites: una historia más bien simple, un desarrollo forzado por las necesidades de guión, unos hechos algo irreales, … Pero nada de eso impide que pueda disfrutarse como un gran blockbuster y, sobre todo, no impide que contenga algunos de los mejores momentos de tensión vividos en este tipo de cine. Aunque la pregunta más interesante sobre el film es, precisamente, ¿qué tipo de cine es? Por supuesto, es una monster movie, pero también contiene toques del cine de catástrofes, cine de supervivencia e, incluso, algo de drama familiar como trasfondo emocional. Todo ello convierte a esta historia en algo más complejo, permitiendo al director dar rienda suelta a su lenguaje narrativo para poder explotar al máximo las posibilidades de un relato bastante lineal.

De hecho, Aja construye momentos de tensión innegables, como esa primera set piece en el sótano (magistral el uso de los tiempos y de la iluminación) para dar paso, posteriormente, a minutos de auténtica acción y, para los amantes del gore, secuencias tan sangrientas y violentas que dejan poco margen a la imaginación de lo que son capaces de hacer los caimanes. Con claro homenajes al Tiburón (1975) de Steven Spielberg, el director galo demuestra que se ha convertido por derecho propio en un realizador de género y, a medida que avanza su carrera, en un nombre referente dentro del terror. Con esta cinta que atrapa al espectador gracias a su ritmo constante (encuentra un equilibrio perfecto entre los momentos más ágiles y los más pausados), Aja firma una obra bastante redonda, consciente de sus propias limitaciones pero capaz de sacar el máximo provecho a sus posibilidades.

Sí, es una historia más bien simplona. Y sí, los personajes que interpretan Kaya Scodelario (El corredor del laberinto: La cura mortal) y Barry Pepper (Cosecha amarga) serían capaces de sobrevivir a un apocalipsis con una mano atada a la espalda y las piernas rotas por varios sitios. Pero incluso con esos elementos poco realistas la cinta funciona gracias a la dinámica entre los protagonistas, al pulso narrativo de Aja y a un guión que maneja magistralmente los tiempos, narrando de forma directa y sin miramientos. De hecho, salvo esa primera secuencia para explicar por qué luego la joven heroína es capaz de hacer lo que hace, el resto del relato se muestra descarnadamente sincero y directo a impactar al espectador. Tanto es así que termina cuando, sencillamente, ya nada tiene que contar sobre esta odisea. Estamos ante una serie B, es cierto, pero una serie B de las mejores. Y eso muchas veces es bastante mejor que cualquier producción con aires de grandeza.

Nota: 7/10

‘The Flash’ ahonda en el drama familiar en su quinta temporada


A pesar de que su estructura dramática es similar, The Flash se distanció desde el primer momento de su “progenitor” televisivo, Arrow, para dar una imagen algo más limpia, blanca, estéril. Su quinta temporada, aunque introduce algo más de dramatismo y una cierta oscuridad, mantiene en esencia esta apuesta pero introduciendo un nuevo elemento. O mejor dicho, reforzando en todos los frentes abiertos la idea de familia y todos los valores que ello conlleva.

En efecto, los 22 episodios de esta etapa de la serie creada por Greg Berlanti (El club de los corazones rotos), Geoff Johns y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Eli Stone) abordan en cada una de sus líneas dramáticas las tensiones en el seno de una familia, los conflictos y el modo en que cada miembro afronta dichas situaciones. En realidad, es algo que se viene trabajando desde los propios orígenes del personaje, pero en esta ocasión existe un matiz diferente, y es que los secundarios también viven ese concepto en sus propias historias, influyendo de forma más o menos directa en el resultado final y en el desarrollo de la trama principal. Incluso el villano está motivado por los vínculos familiares, recurriendo a la venganza por un accidente en el que su sobrina queda en coma. Todo ello, en efecto, refuerza el mensaje, e incluso lo hace más profundo, más consistente e interesante para los estándares que suele ofrecer esta ficción.

Ahora bien, esa reiteración conceptual también da al traste con la riqueza dramática y emocional del nutrido grupo de protagonistas. El hecho de que todos sus conflictos estén vinculados a padres que son villanos, a hijas engañadas o a la forma en que se relacionan unos y otros impide explorar nuevos conflictos, nuevos arcos argumentales capaces de aportar algo más a la trama. Por ejemplo, en etapas anteriores personajes como los de Danielle Panabaker (Time lapse) y Carlos Valdes descubrían sus poderes y se enfrentaban a sus propios demonios. Y aunque en estos capítulos se sigue manteniendo esa duda interna acerca de sus capacidades, queda relegada a un segundo plano, más como una consecuencia de algo superior que como una motivación en sí misma. En este sentido, por tanto, da la sensación de que cada aspecto previo de la trama queda supeditado a esa pátina de conflicto paterno filial que impregna absolutamente todo.

Y es una lástima. Es cierto que The Flash nunca ha sido una serie compleja. Más bien al contrario, su tratamiento siempre ha sido bastante lineal y, por qué no decirlo, previsible. Con todo, se mantenía siempre un pequeño as bajo la manga en forma de giros argumentales que pudieran producir, al menos, alguna sorpresa o imprevisto menor. Pero lo que nos encontramos en esta quinta temporada es una simplificación llevada al extremo de todas las historias. Ni siquiera los elementos externos que, en principio, deberían haber enriquecido la trama principal resultan interesantes. Al contrario, se convierten únicamente en meras muletas narrativas de la historia del héroe, sin tener recorrido ni vida propia más allá de servir al desarrollo del arco dramático protagonizado por Grant Gustin (Krystal), lo que hace que la serie pierda fuerza e interés, y que termine por ser un producto sin mayor recorrido que derrotar al villano de turno, quien por cierto, por muy poderoso que pueda parecer, siempre es derrotado sin grandes costes personales.

Gran familia feliz

Todo esto no impide, sin embargo, que esta ficción superheroica resulte entretenida. Al menos lo suficiente como para verla sin necesidad de reflexionar demasiado acerca de lo que sucede en pantalla. Los cada vez más elaborados efectos especiales, unido al tono irónico que tiene en general el tratamiento de personajes y a un villano que, con sus irregularidades, resulta interesante en su dibujo y puesta en escena, permiten que la serie se desarrolle de un modo bastante correcto (lo que no quiere decir apasionante). Y al igual que pasara con Arrow, el universo del hombre más rápido de la Tierra sigue expandiéndose en lo que a personajes se refiere, explorando presente, pasado y futuro para introducir nuevos roles que integran esta gran familia feliz que representa el Equipo Flash y su entorno.

En este contexto es necesario señalar lo que ocurre con Tom Cavanagh (El inventor de juegos) y los múltiples personajes que interpreta no solo en esta quinta temporada de The Flash, sino en toda la serie. De ser el primer villano de la historia (rol que, por cierto, vuelve a interpretar en estos episodios) ha pasado a dar vida al mismo personaje de universos diferentes, cada uno con sus particularidades y siempre un apoyo para el resto de personajes. En esta ocasión, una suerte de versión francesa de Sherlock Holmes especializado en seguir la pista y capturar al villano de la temporada en cada una de las realidades en las que existe. Más allá de la mejor o peor definición del rol, es digno de mención el trabajo tan diferente que hace el actor en cada temporada, dotando a cada personaje de una entidad y profundidad diferente, pero siempre siendo pieza importante no solo para derrotar al antagonista, sino para hacer avanzar la acción. Lástima que su distinta presencia en cada temporada impida ahondar algo más en el trasfondo, motivaciones, miedos y secretos de cada uno de los personajes.

De hecho, la diferente presencia del actor en cada temporada es uno de los alicientes de la serie, aportando siempre el mismo trabajo pero bajo prismas diferentes. Una pequeña originalidad de una serie que cada vez parece más entregada a la repetición de conceptos, de recursos narrativos, sin ofrecer giros interesantes que sean capaces de renovar el tono de la serie o, al menos de hacerlo parecer algo diferente a lo que se ha visto en estos cinco años. La originalidad inicial, así como el impacto de los efectos visuales, ha dejado paso a un retorno constante a las mismas ideas, incluyendo los viajes en el tiempo. La historia necesita de nuevos retos narrativos, incluso diría que de nuevos personajes capaces de aportar algo diferente a la dinámica del grupo. Pero mientras eso llega, lo que queda es una temporada simpática, entretenida en algunos momentos pero bastante condescendiente con sus propias limitaciones.

No quiere esto decir que no haya futuro. Esta quinta temporada de The Flash deja algunas ideas realmente interesantes, como esas modificaciones en el periódico que marca la desaparición del protagonista, la creación de la cabecera digital en la que se publica la noticia y algunas otras ideas que comienzan a vertebrar ese evento con el desarrollo de la serie. Ha sido algo incipiente, es cierto, pero al igual que ocurriera en etapas anteriores, se plantean varios hitos dramáticos que, si se saben explotar en la siguiente tanda de episodios, podría llevar la ficción por un camino interesante. Habrá que ver cómo se compagina eso con el nuevo villano, y sobre todo con esa idea de poder quitar los poderes con una mera inyección. Por el momento, esta temporada se queda más bien como un producto que puede verse y, en algunos momentos, disfrutarse, pero que en ningún caso hace avanzar realmente la acción en una dirección clara, plantando sin embargo la semilla de varias ideas que podrían germinar de forma muy atractiva.

‘Arrow’ descarrila en su final cambiando futuro por pasado en la 7ª T.


Apenas faltan diez episodios para que el origen del Universo DC en televisión llegue a su fin. Con una última temporada corta ya confirmada, presumiblemente para cerrar algunos cabos sueltos, Arrow ha concluido su séptima etapa (y en cierto modo, se podría decir que concluye la trama principal) con esa sensación de estar en el inicio del fin. Un sentimiento sin duda con cierta carga emotiva. Pero también con una sensación de agotamiento dramático en muchas de sus tramas secundarias, e incluso en varios aspectos de la principal. Y eso, por desgracia, no solo no es emotivo, sino que empaña un poco el buen trabajo realizado con anterioridad.

La verdad es que, viendo el desarrollo de estos 22 episodios, la serie creada por Greg Berlanti (serie You), Marc Guggenheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Boston Legal) plantea la duda sobre un hipotético y adecuado final allá por la quinta temporada. Y es que, una vez alcanzados los cinco años de pasado ficticio en la isla, sus creadores han optado por mostrar el futuro de los personajes en lugar del pasado del protagonista. Una estrategia arriesgada que funciona por momentos, y que plantea el diálogo entre presente y futuro como dos acontecimientos relativamente vinculados, en lugar de ser uno explicación de los comportamientos del otro. Cabe señalar que es interesante comprobar la evolución de los secundarios, y de hecho es prácticamente el único aliciente de esos flashforward que ofrece la trama. Porque lo cierto es que la historia de esta etapa en ningún momento logra tener un claro objetivo final. Y esto se ve claramente en los villanos.

Al igual que otras ficciones televisivas, Arrow ha optado en esta etapa por dividir su estructura dramática en dos mitades claramente diferenciadas, cada una con un villano al que derrotar. Tal vez por aquello de tener que terminar de forma urgente, tal vez por falta de ideas, lo cierto es que este doble antagonismo impide, como de hecho se hacía en fases anteriores, explorar en profundidad los conflictos personales del héroe interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) y cómo las relaciones entre los miembros del equipo sufrían alteraciones. En esta séptima temporada todo parece producirse de forma mucho más acelerada, perdiendo de vista el trasfondo de los personajes y dando vía libre al avance de la trama a base de secuencias de acción. Cierto es que, estando al final del arco argumental completo de toda la serie, centrarse en el drama sería dar vueltas sobre lo mismo hasta no llegar a ningún sitio, pero en cualquier caso se echan en falta ciertos alicientes dramáticos en las líneas argumentales secundarias.

Dicho de otro modo, el rol interpretado por Amell queda en esta temporada relegado a un mero apoyo dramático para dar un contexto a las historias secundarias, verdaderas protagonistas de este ciclo (al fin y al cabo, son las que protagonizan la historia en el futuro). Y aunque esto debería haber permitido explorar mejor cierta complejidad dramática en los tira y afloja de los miembros del equipo Arrow, contando para ello con un importante bagaje dramático de seis temporadas, lo cierto es que sencillamente se convierten en una especie de equipo bien avenido en el que no hay problemas, y en el que el pasado parece haber desaparecido. Esto provoca que mucha de la fuerza de algunos personajes se diluya de forma ostensible. Por no hablar del hecho de que algunos secundarios directamente se han borrado de la partida, abandonando la serie o limitando su aportación a capítulos muy puntuales. No cabe duda de que estamos ante un final, pero como en muchas ocasiones, dicho final no logra cuadrar de forma exacta todos sus caminos narrativos abiertos.

De la cárcel… ¿al espacio?

Lo más llamativo de esta séptima temporada de Arrow tal vez sea su capacidad para mezclar todo tipo de líneas argumentales que afectan al protagonista, llevándole de la cárcel a terminar yéndose a un viaje por el espacio. Tal vez si esto se hubiera desarrollado de forma más pausada a lo largo de, digamos, dos temporadas, todo habría encajado mejor, pero la urgencia de condensar en 22 capítulos tanto giro argumental ha terminado por afectar al conjunto. Si el rol de Amell se convierte esta etapa en una especie de contexto dramático para desarrollar y finalizar las tramas secundarias, la falta de objetivo claro convierte dicho contexto en una burbuja explosiva que termina por dificultar el desarrollo de lo que interesa. Los constantes cambios en el viaje del héroe impide al resto del equipo asentarse en una idea o concepto, cambiando según las necesidades y luchando contra corriente.

Incluso la presencia de una villana como la interpretada por Sea Shimooka, que tiene su primer gran papel en esta serie, no termina de funcionar a pesar de la fuerza que de hecho tiene sobre el papel. El problema radica, posiblemente, en que sus motivaciones son algo endebles, modificando los orígenes del héroe hasta sus raíces más profundas de un modo demasiado irregular. A esto hay que sumar esa organización criminal que, de nuevo por cuestiones de tiempo, no termina de ser tan amenazante como cabría esperar. Se puede decir que el gran problema de esta temporada es el tratamiento argumental. Aunque los personajes ya están de vuelta de todo, lo que hace comprensible menos desarrollo de sus historias, eso no es motivo para que se pierdan en un mar de conflictos superheróicos resueltos de un modo cuanto menos simplista.

Esta penúltima temporada, aunque entretenida y con un diseño de las secuencias de acción mucho más elaborado y complejo, pierde sin embargo cierta fuerza dramática en un desarrollo argumental que no se decanta por nada en concreto, afanado en mostrar antagonistas y en llevar la historia en una dirección muy concreta sin preocuparse demasiado de cómo es el camino recorrido. Y en este contexto, aunque los personajes son las víctimas, también destacan algunas evoluciones demasiado forzadas de roles como el de Emily Bett Rickards (Brooklyn), quien pasa de inocente a violenta, y de agresiva de nuevo a damisela en apuros en apenas un suspiro. Eso por no hablar, como mencionaba anteriormente, de ausencias de personajes o, lo que es más grave, de la recuperación intermitente de otros para la conveniencia dramática de la serie. Cuando esto se produce es que existe una falta de coherencia importante. Por fortuna, ha ocurrido en el tramo final de la ficción, por lo que podría llegar a encontrarse una justificación en las necesidades de guión.

El resultado es que esta séptima temporada de Arrow se deja muchas cosas por el camino. Pierde efectividad dramática, cierta oscuridad emocional, deja a sus personajes en una cierta deriva narrativa y trata de comprimir en un puñado de episodios algo que en otras ocasiones ha durado varias temporadas. Todo ello da buena cuenta de que el final de la serie debería, al menos, haberse planteado con algo más de previsión. Eso si no pensamos que podría haberse terminado perfectamente tras la quinta temporada, sexta a lo sumo. Ahora solo nos queda esperar un último epílogo en forma de mini temporada que, en base al final de esta etapa, no contará con varios personajes importantes (puede que incluyendo el protagonista), lo que permite hacerse una idea de lo que podría ser. Son los riesgos de alargar en exceso una historia.

‘Gotham’ llega a un final caótico en su quinta temporada


En este fenómeno superheroico en el que vivimos las nuevas producciones tratan de ofrecer algo diferente, ya sea en el tratamiento de los personajes, en la estética o en el apartado visual. Bajo esta idea nació hace cinco años Gotham, serie que buscaba narrar los orígenes de Batman a través de la figura del Comisario Gordon, uno de los secundarios más importantes e icónicos del universo del Caballero Oscuro. Pero lo que comenzó con esta idea pronto derivó en algo notablemente diferente, hasta el punto de ser una reinterpretación de los cómics en formato más… digamos adolescente. Y fruto de eso es esta quinta y última temporada, entregada por completo al caos y la destrucción para tratar de justificar y, ante todo, encajar el diferente desarrollo de los personajes con el inicio de las aventuras de Bruce Wayne como el Hombre Murciélago.

La labor de Bruno Heller (serie Roma) como creador, y del resto de guionistas y responsables de la serie, queda completamente difuminada en el intento de encajar más villanos en una trama que ya no daba mucho más de sí. La falta de objetivo claro se apreció ya en el tratamiento de un enemigo tan importante como el Joker durante la temporada pasada, con algunos Deus ex machina que no encajaban con el desarrollo hasta ese momento. Ahora el descontrol se extiende a otros personajes, haciendo que algunos de ellos queden completamente caricaturizados, que otros desaparezcan por necesidades dramáticas y que otros, simplemente, experimenten giros argumentales cogidos con pinzas. El motivo de esto no es otro que la necesidad de contar mucho en muy poco tiempo. Los 12 episodios de esta etapa, casi la mitad de lo habitual, y la complejidad de la historia que se presenta obligan a tomar decisiones un tanto cuestionables, llevando a los personajes a un límite dramático con poca coherencia. Y no digo con esto que la serie haya sido un alarde de sentido común, pero si por algo se ha caracterizado siempre ha sido por unos personajes bien construidos.

Nada de esto significa que Gotham pierda ritmo, más bien al contrario. Su frenético desarrollo imprime al conjunto una dinámica única pocas veces vista en la serie. Por decirlo de otro modo, es el clímax de cualquier historia. Sus secuencias de acción, ese planteamiento de gran flashback respecto de un punto de partida ya de por sí impactante, y ese episodio final con Batman haciendo acto de presencia son algunos de los elementos que denotan que estamos en la recta final de la historia. Y sí, resulta muy entretenido, pero única y exclusivamente si no se reflexiona sobre lo que ha llevado a los personajes hasta esa situación. De hacerlo, es fácil encontrar no pocas incongruencias y situaciones encajadas a la fuerza para tratar de que el final (que es también el comienzo de la leyenda del superhéroe) pueda justificar, de algún modo, las historias más conocidas de Batman.

En este proceso de simplificación final sin duda los mayores perjudicados son los villanos que, para qué negarlo, han sido el alma de la serie durante varias temporadas. Papeles como el de Robin Lord Taylor (En el frío de la noche) o Cory Michael Smith (First Man) quedan reducidos a una caricatura de lo que eran; el rol de Erin Richards (El estigma del mal) evoluciona de un modo que parece casi imposible. Y no hablemos de lo que ocurre con el Joker, que comenzó sus andanzas como un grandísimo y psicópata villano, cambió de rumbo con el cambio de hermano y ha terminado siendo una extraña criatura a medio camino de ninguna parte, tratando de justificar así, en teoría, la dualidad y la psicopatía del principal archienemigo del Caballero Oscuro. A todo ello se suman dos nuevos villanos, el motor de esta temporada que, sin embargo, son dibujados de un modo algo simple, motivados únicamente por una sed de venganza tan básica como directamente resuelta.

Una nueva Gotham

Lo cierto es que todo ello compone una nueva Gotham, tanto en el concepto de serie como en la propia ciudad en sí. Quizá por ello el objetivo último de esta quinta temporada haya sido la destrucción de los edificios como símbolo de una ruptura con el pasado, con todo lo que se había construido hasta ese momento narrativa y conceptualmente. En este sentido, esta conclusión de 12 capítulos (bueno, en realidad es más bien 11+1) se puede interpretar como un apéndice para cerrar algunas tramas secundarias, dejar abiertas para el futuro otras tantas y, sobre todo, dar pie a la transformación definitiva del protagonista interpretado por David Mazouz (serie Touch), quien por cierto ha alcanzado la mayoría de edad mientras se emitía esta última etapa.

Pero esta interpretación no puede obviar el hecho de que todos los acontecimientos se han precipitado. La evolución de los villanos ha sido, como explicaba anteriormente, excesivamente acelerada, tanto para los ya conocidos como para los nuevos. Eso por no hablar de algunos giros de guión tan forzados que cuesta mucho aceptarlos, no digamos ya encajarlos dentro de la narrativa de un modo natural y orgánico. Y en esta sucesión de tropiezos dramáticos de la serie se encuentra también el final del que, en teoría, tendría que haber sido el protagonista. El personaje de Jim Gordon ha quedado relegado por completo a una suerte de vehículo narrativo para contar el proceso de madurez de Bruce Wayne, amén de ser el nexo de unión entre secundarios mucho más interesantes que él. En esta última etapa adquiere algo más de protagonismo, es cierto, retomando el rol que se le presumió en sus orígenes.

Posiblemente lo más interesante de la temporada, con sus aciertos y sus fallos, sea el episodio final, que se aleja sensiblemente del espíritu de la serie para sumergirse en el lenguaje narrativo propio de Batman, evitando mostrar al personaje en todo momento salvo ese último plano con el que la serie conecta con el universo del superhéroe. Un capítulo en el que se sientan las bases de las relaciones que los aficionados ya conocen y que, en mayor o menor medida, habían sido modificadas para desarrollar las historias de la serie. Y aunque esta conclusión pueda ser, objetivamente hablando, sumamente interesante, su encaje en la serie queda un poco en entredicho. El problema no es tanto de lo narrado en esos últimos minutos, sino de la evolución de las tramas, que parecen haber crecido sin el necesario control para ajustarse a ese final que, en mayor o menor medida, estaba previsto. Posiblemente si esta temporada hubiera durado algo más ese ajuste entre desarrollo y final habría sido mayor.

En cualquier caso, Gotham es una serie diferente, con una extraordinaria estética que bebe de las influencias de cómic y películas y con un diseño de personajes, sobre todo villanos, más que notable. El problema que ha tenido toda esta ficción ha sido el camino seguido por las historias, tanto principales como secundarias, sobre todo a partir de la tercera temporada. Es algo que ha tenido su cúlmen en esta quinta y última etapa, en la que la falta de tiempo narrativo y la poco coherencia de la trama han obligado a precipitar los acontecimientos sin dotarlos de evolución interna, lo que termina generando un cierto caos que, aunque ayuda en cierto modo al sentido final de la temporada (con esa especie de guerra en las calles de la ciudad), no hace justicia al resto de la producción. Eso sí, se agradece el esfuerzo para encajar todo lo narrado con el origen de Batman en ese último episodio.

‘Arma letal’ se renueva con éxito en su tercera temporada


Algo raro ocurre cuando una serie como Arma letal es amenazada por una cancelación tras su tercera temporada. No porque sea una gran serie. Ni siquiera porque sea la mejor de su género. Pero una ficción amena, entretenida, con un diseño de producción elevado y una dinámica de buddy movie muy cercana al film original parecía que podría durar varios años. Y sin embargo, una tercera etapa de 15 episodios, más corta que las anteriores, un cambio de protagonista y una renovación de otros personajes secundarios, amén del deseo expreso de abandonar de la otra estrella, parecen los detonantes para que no se vuelvan a ver las aventuras de esta pareja de policías.

Y eso que la serie creada por Matthew Miller (serie Forever) había salvado con notable éxito el hándicap de perder a uno de los miembros de la pareja protagonista por problemas ajenos a lo estrictamente cinematográfico. Un cambio tan drástico en una ficción de estas características suele ser sinónimo de desastre. Al fin y al cabo, buena parte del encanto de estas historias se basa en la dinámica entre los protagonistas. En el caso que nos ocupa ha sido más bien al contrario. Es cierto que la dinámica entre ambos cambia, eso es inevitable, pero no decepciona. Y no lo hace por varios motivos, curiosamente ninguno de ellos motivado por una similitud en las personalidades de los roles. Más bien al contrario. El personaje al que da vida Seann William Scott (Supermaderos 2) es muy diferente en su trasfondo emocional y dramático al que interpretaba Clayne Crawford (Spectral), pero mantiene ciertas zonas comunes en su relación con el policía que interpreta Damon Wayans (Behind the smile), lo que aporta cierta familiaridad al espectador.

No, si esta tercera temporada de Arma letal funciona es precisamente por el interés que despierta el rol de William Scott, amén del aspecto humorístico que crea con su compañero, quien sigue manteniendo buena parte del espíritu de la ficción. Respecto a este nuevo personaje, es interesante comprobar las similitudes y diferencias con su predecesor. A los traumas de su pasado se unen ahora las motivaciones de un presente marcado por una familia a la que trata de recuperar. Esa dinámica entre pasado y presente discurre de forma paralela a la del personaje de Wayans y el arco dramático secundario que ha protagonizado desde el principio, vinculado férreamente a la familia. Las contradicciones entre uno y otro lado de la trama generan la fricción cómico dramática necesaria no solo para mantener el espíritu inicial, sino para hacerlo evolucionar y avanzar.

Lo que sigue sin cambiar es que el motor dramático de la temporada, el que mueve el arco argumental de estos 15 capítulos, recae en los hombros de Seann William Scott, quien por cierto demuestra que es algo más que un actor mediocre de comedia. En efecto, el regreso de los pecados del pasado vuelve a marcar el devenir de los acontecimientos, siendo en último término el verdadero detonante de muchos de los conflictos que desarrollan a lo largo de la temporada, incluso de forma indirecta. El distanciamiento con su hija, los problemas con su compañero, casos policiales, … Y, por supuesto, el final de temporada. Todo ello permite apreciar de un modo aún más claro el funcionamiento dramático de la serie: a pesar de su tono cómico, la dinámica funciona porque el trasfondo es dramático, y la ficción sabe dotarse de seriedad aunque no pierda cierta vis cómica.

A vueltas con los secundarios

Lo que Arma letal no ha logrado nunca establecer es un buen plantel de secundarios. Sí, es cierto que está el arquetípico capitán permisivo y hasta cierto punto caricaturizado. Y sí, están los compañeros de la pareja protagonista, siempre ayudando en los casos y demostrando ser eficaces en su labor. Pero a diferencia de otras producciones similares, como podría ser Castle (salvando muchas distancias, para este análisis puede ser útil la comparación), nunca se ha logrado establecer una pareja de secundarios que haga las veces de réplica a los protagonistas. Y eso tiene muchas causas, la principal que los creadores de la serie nunca han logrado crear, o no han querido, secundarios que resulten mínimamente interesantes.

Pero no es la única. En realidad, a lo largo de estas tres etapas ha habido pocas ocasiones en las que se investiguen dos casos diferentes, para lo que se necesitarían dos equipos. Y habitualmente las pesquisas y las pistas son lo suficientemente escasas para que puedan ser asumidas por la pareja protagonista. Además, el trasfondo familiar del personaje de Wayans aporta todo un universo dramático secundario que reclama, como no podía ser de otro modo, su espacio en forma de minutos, tramas y motivaciones. Todo ello obliga a elegir, y dado que los secundarios de la parte policíaca de la serie tienen poco que ofrecer, al final se limitan a la mínima expresión argumental, quedando como lo que son: apoyos narrativos sin apenas trasfondo dramático o humano.

Con todo, esto no lograr hacer demasiada mella en el producto final. Es cierto que en tres temporadas ha habido varios cambios de secundarios, pero al ser en esa especie de estampa de fondo que es la comisaría, no afectan demasiado, se entienden como algo temporal y se dejan estar. Esto se compensa, y mucho, con la dinámica de los protagonistas, con su profundidad dramática y con las diferentes caras que muestra su personalidad. Si a eso unimos un diseño de producción elevado, con secuencias de acción bien elaboradas y una espectacularidad propia del cine de acción (con sus excesos, como ese salto del último episodio desde un último piso), lo que obtenemos es el producto buscado: un entretenimiento puro, con una base argumental lo suficientemente sólida para que el espectador se haga pocas preguntas y con un humor que nunca se pierde, ni siquiera en las situaciones más difíciles.

Así las cosas, Arma letal completa una tercera temporada en línea con las anteriores. El cambio de protagonista evidentemente afecta, pero sus creadores lo asumen como un reto y terminan por utilizarlo a su favor, primero como detonante para que arranque esta tanda de episodios y luego como modelo para construir un nuevo héroe que, con algunos rasgos del anterior, ofrezca algo nuevo, fresco y diferente a la trama, haciéndola más compleja y dotando al desarrollo dramático de un nuevo terreno a explorar. La apuesta es exitosa, y desde luego no es el motivo de la posible cancelación de una serie que, a todas luces, todavía tiene algo más que ofrecer.

5ª T. de ‘Vikingos’, luchas fratricidas en lugar de saqueos y conquistas


7Habrá quien piense que tras la muerte de Ragnar Lothbrok, la serie Vikingos debería haber puesto punto final a su desarrollo. Y aunque puedo coincidir hasta cierto punto, la realidad es que la quinta temporada de esta ficción con base histórica creada por Michael Hirst (serie Los Tudor) ha continuado con acierto su narrativa de la lucha entre vikingos y británicos, explorando las posibilidades que ofrece el vacío dejado por un personaje tan inolvidable como el interpretado por Travis Fimmel (Warcraft: El origen). A pesar de todo, algo ha cambiado en general en la producción.

Pero comencemos primeros por esas “posibilidades”. Esta etapa de 20 episodios se podría resumir en la idea de que los hijos terminan por matar el legado de su padre. Y por matarse por él. Tras narrar las guerras impulsadas por el conocimiento en las anteriores temporadas, Hirst ahonda ahora en las luchas internas del clan vikingo, en cómo los hijos de un rey mítico luchan por lo que consideran suyo. Los efectos secundarios de esto, con cambios de bando y alianzas inesperadas, resulta interesante por cuanto pueden tener de histórico, aunque dramáticamente hablando debilitan el desarrollo del argumento, que por momentos se convierte en una suerte de péndulo que bascula de la enemistad a la alianza. Lo que es incuestionable es la capacidad de sus creadores para mantener el pulso dramático del conjunto, ya sea a través de giros argumentales o del uso de un lenguaje visual rompedor.

Porque, más allá de sus debilidades, que las tiene, esta quinta temporada de Vikingos presenta una cantidad inusual de giros dramáticos, algunos de ellos realmente inesperados e impactantes. Y en ambos bandos. En cierto modo, esta tanda de capítulos ha servido para eliminar varias tramas secundarias que o bien estaban llegando a su fin, o bien no tenían cabida desde el primer momento. El hecho de que desaparezcan algunos de los personajes importantes de la historia dota al conjunto de una entidad dramática enorme. Y para muestra un botón: el modo en que se termina con la conspiración en el reino de las Islas Británicas, con infanticidio incluido. Sencillamente aterrador. Pero no es lo único. Aunque pueda parecer que ofrece un desarrollo dramático menor, la difícil relación entre los personajes del bando vikingo se agudiza de manera inteligente y sofisticada, teniendo como grandes hitos unos enfrentamientos tan sangrientos y brutales como es habitual en esta serie.

Michael Hirst aprovecha las diferentes personalidades de los hijos de Lothbrok para componer una intrincada telaraña de intereses, deseos, traiciones y remordimientos que va más allá de los enfrentamientos físicos que se suceden a lo largo de la temporada. De hecho, y como es habitual en las ficciones de este guionista, los diálogos tienden a esconder más secretos y motivaciones que las luchas fratricidas. Así, resulta mucho más interesante la evolución de Ivar (Alex Høgh Andersen, visto en A war) y su locura “divina” cada vez mayor, que las victorias o derrotas que pueda sufrir. De hecho, la progresiva obsesión de este personaje es el principal motor dramático de esta temporada, pues actúa prácticamente en todas las tramas secundarias que se producen en uno y otro bando.

Floki, el conquistador

Con todo, esta quinta temporada de Vikingos tiene un problema importante. Bueno, en realidad son dos, aunque uno parece haber terminado con el último episodio. Dicho problema es que estos hijos de Ragnar no logran, en líneas generales, alcanzar el grado de dramatismo que sí tuvo la lucha fratricida de temporadas anteriores. Ya sea por los actores, porque son más personajes (y por lo tanto es necesario más tiempo para definirlos) o sencillamente porque no tienen el carisma ni el magnetismo del primer protagonista, lo cierto es que planea sobre todo el arco argumental una sensación de indiferencia, como si importase poco qué ocurre con muchos de estos personajes. Y remarco lo de “muchos”, porque lo cierto es que algunos de ellos sí asumen el peso de la trama de forma natural, como es el caso de Bjorn, al que da vida de forma sobresaliente Alexander Ludwig (El único superviviente).

Aunque desde luego el camino más tortuoso, y el que ha ido perdiendo interés a marchas forzadas, ha sido el del rol interpretado por Gustaf Skarsgård (serie Westworld). Su Floki, perdido tras la muerte de Ragnar, ha tomado una deriva imprecisa, a medio camino entre gurú y ermitaño, entre enviado de los dioses y loco. La trama secundaria que él lidera en esa nueva tierra es un punto débil de la temporada, no solo porque tiene poco interés por sí sola, sino porque resta metraje a otros arcos narrativos y aporta muy poco al conjunto. Dicho de otro modo, no tiene relación con el resto del relato, convirtiéndose en un cuerpo extraño dentro del devenir de la trama. En todo caso, incide en la idea de que el pueblo vikingo no va a cambiar, y a pesar de la distancia siempre va a llevar consigo un carácter forjado durante décadas. Esta idea, que en cierto modo subyace también en el resto de la serie (de ahí que un personaje como Ragnar Lothbrok sea tan interesante, porque es diferente), termina por llevarse por delante absolutamente todo de esa trama secundaria, y es de suponer que no tendrá cabida en la próxima temporada, o que será testimonial.

Y es una lástima, porque el rol de Floki, al igual que ocurre con muchos de los que han tenido un importante peso en la serie, sería un maestro para las nuevas generaciones, ayudando a crear un puente entre la primer etapa de la ficción y la que ahora está comenzando. En todo caso, lo que sigue estando intacto es el espíritu general de la serie, ahondando en tradiciones y conflictos históricos y mostrando, paso a paso, las estructuras sociales y los sistemas de gobierno de aquella época. En este sentido, la serie sigue siendo ejemplar, adentrándose además en nuevos territorios dramáticos, desde amores imposibles a las dudas de incipientes reyes. Todo ello conforma un paisaje sumamente atractivo a pesar de las debilidades, cada vez mayores, de una historia que ha perdido una parte enorme de su esencia.

Pero Vikingos sigue. Hirst crea en esta quinta temporada un interesante puzzle de traiciones, guerras y ansias de poder que dibuja un paisaje de intereses políticos sumamente atractivo. Puede que no todas las piezas encajen a la perfección, y de hecho la serie empieza a dar síntomas de cansancio, pero eso no impide que deje algunos momentos imborrables, a la altura de lo que se ha podido ver en temporadas anteriores. La clave para disfrutar de estos 20 capítulos está en comprender y aceptar que la trama ha evolucionado, que la historia continúa y que una vez muertos los reyes, los hijos quieren hacerse con el control del poder. La clave, en definitiva, radica en que la trama ha dado un giro sustancial, pero que sigue manteniendo buena parte de su esencia.

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