‘Jurassic World: El reino caído’: de vuelta a los orígenes


Como cualquier género o subgénero, el cine de dinosaurios debe ofrecer con cada película algo nuevo, diferente. Y en esta ocasión esa diferencia no es otra que nuevas criaturas creadas genéticamente a partir de otros dinosaurios. En realidad, la fórmula no es nueva, porque ya ocurrió en la primera entrega de esta nueva serie de films, pero sí es nuevo el enfoque que aporta J. A. Bayona (Lo imposible), o al menos lo suficientemente fresco y respetuoso con el original como para superar a su predecesora.

Porque es la labor del director la que marca la diferencia. Y curiosamente, lo hace homenajeando al maestro Spielberg y ese film que ahora cumple 25 años y que, como queda patente con este Jurassic World: El reino caído, está más en forma que muchas otras historias. Desde el tratamiento de los personajes hasta la iluminación y los juegos con las sombras de los dinosaurios, pasando por detalles como la herida en la pierna de la heroína o esa suerte de extraña familia formada por las necesidades del momento, Bayona opta por mirar en el espejo del film que lo inició todo y aprovechar los recursos narrativos en su propio beneficio para conformar un relato fresco, dinámico, por momentos intenso y cargado con parte de la magia que, por ejemplo, no tenía el film de 2015.

Su labor, sin embargo, no oculta un guión más bien deficiente en lo que a narrativa se refiere. Si bien es cierto que el tratamiento de personajes es correcto (y la labor de todo el reparto es espléndida), el desarrollo del arco argumental es excesivamente lineal, recurriendo a lugares comunes y giros argumentales previsibles, sin dar pie a la sorpresa o a una cierta intriga en una trama, por otro lado, entregada al entretenimiento en estado puro. Y esto no es algo necesariamente malo, al contrario: consciente de las dificultades de aportar algo nuevo y diferente, opta por una historia que para muchos será “más de lo mismo” y vestirla de forma elegante y sobresaliente con la firma de Bayona.

Este Jurassic World: El reino caído es lo que toda secuela debe ser: más acción, más diversión, más adrenalina y, en pocas palabras, mejor que su predecesora. Con una fuerza visual que no es veía en la saga desde el primer film, Bayona imprime un toque imprescindible para entender la calidad del film, que recurre a temas del film original como la familia, las dudas sobre la ética de crear dinosaurios o el poder y la avaricia de aquellos que desean sacar rédito económico a una fuerza de la naturaleza de este calibre. En este sentido, posiblemente lo mejor del film sea su final, abriendo la puerta a una tercera entrega con posibilidades infinitas.

Nota: 7/10

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‘Han Solo: Una historia de Star Wars’: el sino de los tiempos


Según los datos de la taquilla, la nueva aventura galáctica, dirigida en esta ocasión por Ron Howard (Ángeles y demonios), no está teniendo la repercusión ni el éxito esperados. Habrá quien lo achaque a factores externos, pero la realidad es que esta historia sobre la juventud de uno de los personajes más icónicos de la saga creada por George Lucas (American Graffiti) no termina de encajar del todo bien en el imaginario galáctico. Y por muchos motivos.

Para empezar, las líneas temporales. Cuesta identificar claramente el momento en el que transcurre esta trama con respecto a la saga principal, a diferencia de lo que ocurre con Rogue One. Y la cinta parece quedar un poco ‘coja’ de algo tan importante como las batallas espaciales, seña de identidad de la saga cinematográfica. Se antoja más, por tanto, como una especie de aventura futurista que como una obra propiamente de Star Wars. A todo ello se suman, por ende, la ausencia de muchos de los elementos que siempre han acompañado esta mega historia cinematográfica, desde la banda sonora a detalles y escenarios icónicos.

Así, salvo Chewbacca, el propio Solo, al que da vida con acierto Alden Ehrenreich (Hermosas criaturas), Lando Calrissian (sin duda lo mejor de la trama con un Donald Glover –Magic Mike XXL– inmenso) y el Halcón Milenario, la película no ofrece un contexto galáctico capaz de permitir al espectador medio identificarlo con el resto de películas. Pero eso es el contexto. En realidad el problema, como en cualquier otra película, es el contenido. Sí, la película es dinámica, divertida, con dosis de humor, acción y drama adecuadas. Pero el tratamiento de los personajes es algo tosco, definidos todos ellos con trazo excesivamente grueso y arquetípico. Apenas hay giros argumentales interesantes, salvo esa decisión final de Han Solo que choca un poco con su comportamiento en el resto de la saga. Esto implica que las decisiones de los personajes parecen tener poca base dramática, y como consecuencia el desarrollo de la cinta se produce casi más por inercia que por motivaciones argumentales.

Todo ello sitúa a Han Solo: Una historia de Star Wars más como una historia futurista que como una obra dentro de un conjunto. De hecho, da la sensación de que los elementos de Star Wars que aparecen están introducidos después de plantear una historia genérica. O dicho de otro modo, todo lo que ocurre en la cinta podría haber transcurrido en otro universo, en otra galaxia, y haber sido una película totalmente independiente. Y habría seguido teniendo los mismos problemas narrativos y estructurales porque es el sino de los tiempos que corren: más espectáculo, más diversión, pero menos tratamiento dramático. Solo se merecía algo más.

Nota: 6,5/10

‘Deadpool 2’: la familia es lo primero


Vaya por delante que disfruté mucho, muchísimo, de aquella inteligente e irónica gamberrada titulada Deadpool. Con ese film de 2016 Ryan Reynolds (Criminal) lograba dos cosas: adaptar fielmente al cine un personaje tan controvertido como este mercenario, y hacer olvidar sus anteriores incursiones en el cine de superhéroes. Ahora, dos años después y habiendo sentado las bases, ¿puede ofrecer algo nuevo una continuación? Bueno, nuevo realmente no, pero dos horas de diversión, violencia y un humor muy muy negro, eso es incuestionable. Y en los tiempos que corren, esto convierte a esta cinta en algo fuera de lo común.

Aunque más allá de violencia extrema, palabrotas y un sinfín de referencias culturales modernas, la realidad es que Deadpool 2 es, ante todo, una historia, el camino de un antihéroe que, como él mismo explica en el film, toca fondo para volver a levantarse y encontrarse a sí mismo. Y ese camino, con sus altibajos en una película que en algún que otro momento se hace un poco lenta, está sólidamente construido, equilibrando drama y humor a partes iguales para aprovechar los conflictos externos a los que se enfrenta el héroe como mecanismos para desenredar su propio arco dramático interno, centrado en su necesidad de encontrar un significado a su vida, una familia que se le ha arrebatado. Dicho de otro modo, todo lo que ocurre en el film está enfocado a explorar los dilemas morales a los que se enfrenta este mercenario.

Y hasta ahí la parte más, digamos, seria cinematográficamente hablando. Porque esta cinta de David Leitch (Atómica) es puro entretenimiento, pura diversión que debe ser entendida como una parodia de… bueno, de absolutamente todo. La mano firme del director en las secuencias de acción logra algunos de los momentos más impactantes del relato, pero es el guión el verdadero protagonista de esta historia. Su capacidad para reírse de todo, desde el cine de superhéroes hasta de su propio protagonista (el actor, no el personaje, que también) hacen de esta segunda parte un delirio del metalenguaje cinematográfico que permite al relato traspasar sus propias fronteras cinematográficas para incrustarse de lleno en nuestra realidad. A este festival ayudan mucho los cameos, incluyendo los nuevos X-Men, un fugaz Brad Pitt (La gran apuesta), y unos títulos de crédito iniciales simplemente insuperables, de nuevo parodiando una saga caracterizada por sus ‘intros’ (es decir, James Bond). Por cierto, atentos a los textos que aparecen.

En definitiva, Deadpool 2 es más de lo que ya ofreció la primera parte. Y lo es en todos los sentidos. Más acción, más violencia, más humor y, sobre todo, más historia. No implica que sea necesariamente mejor, pero la realidad es que sí que lo es. Como suele pasar en todos estos films, una vez se ha narrado el origen del personaje, la película se centra de lleno en sus motivaciones, en sus miedos y los retos que debe afrontar. Y lo hace sin perder una pizca de todo aquello que convierte a este mercenario bocazas en lo que es. Lo mejor que se puede decir de esta segunda parte es que deja con ganas de más, con ganas de seguir explorando la psicología de este antihéroe y de verle agujereado, troceado y golpeado mientras salva el mundo.

Nota: 8/10

’12 valientes’: los jinetes del 11-S


Estados Unidos tiene una capacidad única para convertir sus ‘vergüenzas’ o sus derrotas históricas, ya sean bélicas, diplomáticas o de cualquier índole, en éxitos morales o sociales. Y elevar sus éxitos hasta la categoría de hazañas atemporales que deberían estudiarse en los libros de historia, al menos en los suyos. Por eso no es de extrañar un film como el que dirige Nicolai Fuglsig (Exfil), con sus discursos, su mensaje moral sobre el valor de un soldado, el hermanamiento de los guerreros o la amistad que surge en un campo de batalla. Y por eso tampoco debería extrañar que la película sea, en pocas palabras, una más sobre las numerosas guerras en las que ha estado el país norteamericano.

En efecto, 12 valientes no deja de ser una obra que ofrece poco al espectador. Se encuentra en ese peligroso rango de películas que dicen muy poco emocional o narrativamente, y que por ello tienden a ser olvidadas con facilidad. Y lo cierto es que la película tiene potencial para no ser una más, pero aquí el principal problema radica en un guión con un desarrollo dramático excesivamente lineal y plano, y un director sin un pulso narrativo adecuado para este tipo de historias bélicas. Visualmente hablando, el lenguaje de Fuglsig recurre a planos excesivamente generales en los momentos más intensos del relato, restando dramatismo a la situación de unos soldados que tuvieron que combatir casi a ciegas en un territorio en el que nadie se había adentrado antes. No por casualidad, donde mejor trabaja el director es en los momentos puramente interpretativos, aquellos en los que se explora el trasfondo de los personajes, sus motivaciones, sus miedos y sus anhelos. Al fin y al cabo, su planificación alcanza la máxima expresividad en estos momentos.

Y junto a esto, el guión, débil en los momentos bélicos y sólido en los dramáticos. La relación que se establece entre los personajes de Chris Hemsworth (Vacaciones) y Navid Negahban (Castillo de arena) es posiblemente lo mejor del relato, amén de los vínculos entre los soldados, lo que en el fondo convierte al reparto en uno de los aspectos más atractivos de la cinta. Pero el texto se mueve en todo momento en territorios dramáticos conocidos, sin ofrecer al espectador nada que sea realmente distinto. Si a esto le sumamos que los teóricos puntos de giro dramáticos carecen, en realidad, del dramatismo esperado, el resultado es una historia bastante lineal, sin grandes retos para los protagonistas. Y eso deja un sabor agridulce ya que da la sensación de que los héroes alcanzan su objetivo sin sacrificios, sin cambiar un ápice su forma de entender el mundo que les rodea desde el comienzo del relato hasta el final.

Al igual que el monumento que hay en Nueva York, 12 valientes sirve únicamente como homenaje para esos soldados que realizaron la primera misión, secreta y por tanto sin reconocimiento, en territorio afgano tras el atentado del 11-S. Un homenaje que tiene su interés si no se conoce la historia, que resulta curioso en tanto en cuanto unos soldados con el último armamento militar tienen que moverse a caballo por un territorio desconocido. Pero ahí termina todo. Los amantes del cine tal vez encuentren más alicientes en el reparto, pero desde luego su historia, dramáticamente hablando, ofrece poco, y desde luego menos de lo que podría haber ofrecido. Ese es el problema de relatos basados en hechos reales: si la realidad no supera a la ficción, la ficción poco puede hacer para que la realidad tenga más atractivo.

Nota: 6,5/10

‘Vengadores: Infinity War’: infinitamente Marvel


Han pasado 10 años desde aquella primera aventura de Iron Man. 10 años en los que Marvel ha construido, algunas veces con más acierto que otras pero siempre con mimo y cuidado, todo un universo en el que poder desarrollar las aventuras de sus personajes, sus motivaciones, sus debilidades y los conflictos que les definen a lo largo de los años. Y todo eso desemboca aquí, en una macroproducción superheróica en la que nada se deja al azar y todo, absolutamente todo, tiene un objetivo: convertir a este film en el mayor espectáculo de la historia. Que lo haya conseguido o no es cuestión de puntos de vista, pero algo queda claro: se puede conseguir.

Porque en efecto, Vengadores: Infinity war es un espectáculo. Pero también es una historia, un drama capaz de generar desasosiego, de enfrentar a estos personajes capaces de cosas extraordinarias ante un enemigo invencible, ante ese desafío que, como se menciona en la película, les hará fracasar estrepitosamente. Toda historia debe construirse, al menos en teoría, sobre un crecimiento constante de tensión, de acción o de drama. En el cine de superhéroes esto, habitualmente, se traduce en combates que ponen al héroe ante un desafío cada vez mayor que debe superar para, al final, enfrentarse a la gran amenaza. Y aunque esta cinta de los hermanos Russo (Capitán América: El soldado de invierno) responde a esa idea, ese crecimiento dramático está construido sobre desafíos fallidos, sobre una lucha en la que el villano vence constantemente, hasta un final que… que aquí no revelaré, pero que puede generar cierto desasosiego.

Se trata, por tanto, de una producción compleja, de una obra de arte del género que merece ser reconocida como tal. Nada de enfrentamientos cuyo final se conoce de antemano; nada de momentos narrativos que restan ritmo al conjunto. Todo en el film se construye con el único objetivo de ofrecer una historia dinámica, profunda, en la que las motivaciones son lo primero y los efectos (sencillamente espectaculares, dicho sea de paso) lo segundo. Es más, pocas veces podrá verse que uno de los momentos más dramáticos de un film lo protagonice un villano que debe luchar entre lo que persigue y la única persona a la que alguna vez ha querido. Y los hermanos Anthony y Joe imprimen al conjunto un estilo visual brillante, aprovechando al máximo los planos generales de las batallas y las posibilidades de los numerosos superhéroes que aparecen a lo largo del metraje.

Desde luego, Vengadores: Infinity War es la cinta que todo fan lleva esperando 10 años. Pero es más. Es un relato sobre el fracaso, sobre la lucha contra un destino que parece escrito y que es incapaz de ser cambiado. Una lucha frustrante, en definitiva. Y no hay nada más satisfactorio, dramáticamente hablando claro esta, que ver a un héroe caído para volver a levantarse. Y dado que en este caso son decenas de ellos, la sensación agridulce que deja el final del film se multiplica de forma exponencial. Ahora sí, Marvel ha logrado alcanzar un clímax dramático en su cine, un nivel que posiblemente no sea tan adulto como el de su principal competidor, DC Cómics, pero sin duda sí ha sabido profundizar más que en otras ocasiones. Y desde luego, ha dado una lección sobre cómo construir este tipo de relatos tan complejos, cómo introducir a cada uno de los personajes y cómo mostrar la derrota individual de cada uno. ¿Tiene algo malo entonces? Bueno, mucha gente la verá sólo como una más de superhéroes. Y, por supuesto, que hay que esperar un año para el desenlace.

Nota: 9/10

‘Proyecto Rampage’: de gorilas, lobos y cocodrilos mutantes


Nadie sabe cuál es el secreto del éxito de una película, pero desde luego lo que el espectador detecta al instante es si lo que está viendo es algo sincero o un mero truco de manos. Me explico. Una película que trata de ser más de lo que en realidad es siempre será vista como pretenciosa, como algo irreal. En cambio, una propuesta que conoce sus limitaciones, que se ajusta a sus necesidades y que ofrece todo lo que puede dentro de esos límites, incluso con sus debilidades, dejará un recuerdo más o menos bueno. Y esto, en cierto modo, es lo que le pasa a lo nuevo de Dwayne Johnson (Un espía y medio).

Siendo completamente sinceros, Proyecto Rampage es una obra más bien simplona, con un guión previsible casi desde el primer minuto, un desarrollo lineal que camina por escenarios ya explorados y con unos personajes arquetípicos que no se salen de su definición ni un solo milímetro. En definitiva, un film sin grandes atractivos dramáticos y, si se rasca un poco sobre su superficie, sin grandes contenidos argumentales. Y ni siquiera la labor de los actores, encomiable en el intento de dar consistencia a unos roles más bien endebles, es capaz de hacer olvidar esa sensación de cierto desasosiego.

Ahora bien, comprendiendo todo esto, su director Brad Peyton (El exterminador) opta por lo fácil y directo, es decir, potenciar al máximo los elementos espectaculares del film. Sin que los efectos especiales sean, valga la redundancia, especiales, la apuesta visual y narrativa del director imprimen un ritmo al conjunto que no frena nunca, ni siquiera en esos momentos en los que es necesario tomar aire para contar, aunque sea someramente, el poco guión que tiene. Esto, unido al carisma de Johnson y a ciertos toques de humor (algunos más logrados que otros) convierten a esta cinta en un entretenimiento aséptico, en una evasión de casi dos horas en la que monstruos, héroes y villanos se dan cita para destruir medio mundo y parte del espacio.

Y funciona. La verdad es que Proyecto Rampage funciona, al menos en este sentido. El humor que desprenden Johnson y el gorila gigante creado digitalmente suponen el contrapeso perfecto para las intensas secuencias de acción. La falta de guión se suple con el carisma del protagonista, al menos en parte, y la ausencia de un argumento sólido se disimula con el ritmo que el director imprime al film y con un final, todo hay que decirlo, espectacular. Así las cosas, lo nuevo de Johnson es lo que es, y no trata de engañar a nadie. Buscar algo más que el entretenimiento sería algo ingenuo. Esperar que no haya una secuela en un plazo de tiempo razonable también.

Nota: 6/10

‘El justiciero’: a tiros con la serie B


Tipos duros, policías desbordados, venganza, crimen y una justicia fuera de la ley que aceptan incluso aquellos encargados de hacer cumplir las normas. Con todo lo que ha avanzado el cine, hay géneros y fórmulas que parecen tener siempre, sea la época que sea, un cierto interés para los espectadores. Y si eso se acompaña de un reparto y un director con cierto peso, el resultado es un film con sabor de serie B que, al menos, permite pasar un par de horas de entretenimiento.

Y precisamente eso es lo que propone Eli Roth (El infierno verde) en El justiciero, nueva versión de la novela escrita por Brian Garfield que ya fue llevada al cine en 1974 con Charles Bronson (Los siete magníficos). Entretenimiento que saca, o al menos lo intenta, los instintos más primarios del ser humano. Una suerte de reflejo de la justicia que muchos, en algún momento, habrán querido que se haga con alguna situación injusta que las fuerzas de la ley no son capaces de solucionar. Con un guión lineal, escaso de giros dramáticos pero cargado de secuencias violentas (y sangrientas, que en eso Roth es un maestro), la cinta no busca hacer reflexionar. Ni siquiera plantea algún tipo de intriga o suspense. Simple y llanamente, acción. Y eso no es necesariamente malo.

Eso no quiere decir, claro está, que sea bueno. A pesar de su carácter de serie B, de su planteamiento deliberadamente simplista y de la eficacia narrativa de Roth para sacar el máximo partido a la espiral de violencia en la que se introduce el protagonista interpretado por Bruce Willis (Mercancía peligrosa), lo cierto es que la película en ningún momento parece tomarse demasiado en serio a sí misma. Esto funciona por momentos, pero falla a la hora de la verdad, es decir, en aquellos puntos críticos de la trama donde el drama predomina sobre la violencia, o donde la tensión debe sobrevolar las secuencias. La falta de fuerza dramática se sustituye con una banda sonora algo estridente y, en ocasiones, innecesaria, lo que no ayuda al resultado final.

Esperar de El justiciero algo más que una vía de escape a nuestros deseos más oscuros sería esperar lo imposible. Pero incluso esta serie B podría ser algo mejor. Puliendo algunos aspectos de su narrativa tanto visual como sonora podríamos estar hablando de un film sobrio, no excelente pero sí notable. En cambio, estamos ante casi dos horas de un camino de venganza en el que todo sale bien porque todo el mundo entiende los motivos por los que se hace lo que se hace. Venganza sin sobresaltos, sin apenas giros argumentales y con mucha acción, mucha violencia y mucha sangre. Para ver en una sobremesa.

Nota: 6/10

‘Pacific Rim: Insurrección’: Más evasión que victoria


Más efectos, más acción, monstruos más grandes y… ¿menos historia? Es un mal habitual en muchas secuelas, y en esta cinta dirigida por Steven S. DeKnight, creador de la serie Spartacus, hay bastante de eso, lo que hace preguntarse si esta segunda parte del film de 2013 dirigido por el oscarizado Guillermo del Toro (La forma del agua) era realmente necesaria. ¿Necesaria? No. ¿Disfrutable? Si se busca evasión sí; si se busca victoria puede que no tanto.

El principal problema de Pacific Rim: Insurrección es que su argumento se pierde entre una maraña de historias secundarias que poco o nada tienen que ver con el verdadero sentido del film. Con una trama principal relativamente interesante (traición, una nueva generación de robots, el uso de órganos alienígenas, …) el desarrollo argumental se reduce a la mínima expresión para dar protagonismo a, por ejemplo, el pasado de un personaje, el conflicto entre dos roles secundarios o una suerte de sana enemistad entre los protagonistas que nada aporta al resultado final. DA la sensación de que se han pretendido reproducir algunos de los mejores aspectos de la historia original, pero se ha quedado en eso, en una mera pretensión. Y todo ello con un reparto más que correcto en el que destaca la pareja formada por John Boyega (Detroit) y Scott Eastwood (Snowden), capaces de salvar ellos solos los momentos más críticos del guión.

Efectos y acción a raudales, es cierto, introduciendo nuevos elementos en los combates que harán las delicias de los fans del género. Y aunque DeKnight no es Del Toro, lo que se nota fundamentalmente en su lenguaje visual durante los combates, la incorporación de nuevos y más dinámicos robots capaces de hacer prácticamente de todo ofrece un mundo de posibilidades que se explotan con bastante acierto. Atrás quedan, por tanto, las luchas a puñetazo limpio como si de un combate de lucha libre se tratara, introduciendo saltos, giros en el aire y nuevas armas con las que luchar contra unos monstruos que, en efecto, vienen de otra dimensión… al menos en parte.

Así que si la pregunta es si Pacific Rim: Insurrección permite evadirse de la realidad durante casi dos horas, la respuesta es sí. Sin pensar en su historia y dejándose llevar por las ironías de sus personajes, una trama más bien plana y unos combates que introducen nuevos escenarios además del mar y las ciudades, el espectador puede terminar pasando un buen rato. Si la pregunta es si se continúa la historia original de un modo sincero y explorando los matices que ofrece su trama, lo que puede ser un buen rato terminará siendo un cúmulo de críticas e, incluso, una búsqueda de los fallos narrativos, que alguno que otro hay. Lo más esperanzador, y lo más aterrador, es que se deja la puerta abierta para una tercera parte que ya fue confirmada por el propio Guillermo del Toro.

Nota: 6/10

‘La forma del agua’: el cuento de la princesa sin voz


Dice Guillermo del Toro (El laberinto del fauno) que su última película es en realidad la primera que él considera como completamente suya. Esta afirmación, viniendo de quien viene, tiene una doble lectura que puede inducir a engaño. En efecto, la trama es puramente ‘Del Toro’: fantasía, drama, romance, trasfondo bélico, intolerancia, belleza, muerte, … Todos los elementos que definen su filmografía están ahí en una combinación hermosa, lírica, casi poética. Pero también es una obra muy personal en la que el director da rienda suelta a muchas de sus obsesiones, y esto afecta en cierto modo al ritmo dramático y a la definición de los personajes.

No cabe duda de que La forma del agua es una obra más que notable. Desde sus primeros compases el lenguaje visual elegido por Guillermo del Toro se afana en consolidar los elementos definitorios de la trama, los personajes y el contexto social y dramático del film. La voz narradora de Richard Jenkins (Lullaby), quien da vida a uno de los personajes más entrañables de la obra, predispone al espectador ante lo que está a punto de ver, un cuento de hadas en el que los papeles están cambiados, y en el que todos los personajes tienen algo que aportar. Visualmente impecable, la fuerza del film radica en la solidez de su trama, desarrollada milimétricamente para ofrecer un espectáculo bello, cargado de simbolismo y capaz de combinar romance, humor y drama a partes iguales. Es, en este sentido, una obra impecable.

Ahora bien, la apuesta por este lenguaje visual y por un desarrollo directo deja de lado algo fundamental en una historia de estas características, y es la definición de los personajes. No es que no estén definidos, al contrario, los roles arquetípicos están perfectamente marcados. El problema es que los principales protagonistas están definidos con trazo excesivamente grueso. Las pinceladas del pasado y la personalidad de la heroína (espléndida Sally Hawkins –Paddington-), del villano o de la criatura solo permiten sustentar la acción para desarrollar una huída hacia adelante que no permita demasiado parar a pensar en lo que ocurre. La consecuencia más inmediata es que los momentos en los que la trama levanta el pie del acelerador narrativo para tomarse un respiro los personajes no logran encandilar como sí lo hace el apartado visual o el desarrollo de algunas secuencias.

De este modo, La forma del agua genera una doble sensación. Por un lado, la belleza y espectacularidad visual, con muchas y reconocibles influencias del cine clásico que harán las delicias de los cinéfilos, amén de un ritmo que apenas decae. Pero por otro, la frustración ante unos personajes algo burdos, excesivamente arquetípicos, incapaces de aportar una complejidad emocional que la historia pide a gritos en algunos pasajes del metraje. A todo esto se suma una cierta previsibilidad en su desarrollo y en algunos puntos de giro, eliminando el factor sorpresa en una historia como esta, de criaturas, monstruos y princesas sin voz. La cinta puede gustar o no gustar, pero habrá pocos a los que Guillermo del Toro deje indiferentes con esta historia de amor.

Nota: 7/10

‘Jumanji: Bienvenidos a la jungla’: pulse ‘Start’ si se atreve


Cuando en 1995 se presentaba Jumanji se hacía como una aventura familiar, un entretenimiento en torno a algo tan tradicional como un juego de mesa. Pero después de dos décadas, aquel film se ha convertido en una película de culto para varias generaciones, en un derroche de imaginación, humor, drama y acción con varias lecciones a aprender. Por eso se antojaba algo innecesario este remake/secuela que, en esta ocasión, se traslada a la jungla en lugar de traer la jungla a nuestro mundo.

Los tiempos cambian, y con ellos las formas de entretenimiento. Y por extensión, la de este juego de supervivencia selvático. Sin una explicación clara de los motivos por los que se convierte en videojuego, la mecánica de la película viene a ser la misma, salvo por detalles que restan la magia que sí tuvo la original: esa necesidad de jugar con dados, las consecuencias de hacer trampas y, sobre todo, las amenazas a las que se enfrentan los protagonistas. Es el contexto en realidad lo que convierte a esta aventura en una mera producción sin más recorrido que la distracción durante dos horas, amén de unos efectos especiales más correctos que otra cosa.

La cinta, desde luego, cumple con su función. El ritmo y las secuencias de acción se equilibran con el relato de la trama y un tratamiento que los aficionados a los videojuegos reconocerán al instante. Si a esto sumamos que los héroes tienen la mentalidad de unos adolescentes que no comprenden lo que ocurre, la combinación es hilarante por momentos, dejando vía libre a los actores para dar rienda suelta a un contraste entre físico y personalidad, entre el personaje de videojuego y el personaje en la vida real. Contraste que muchas veces salva un tratamiento más bien pobre de la historia, que tiende a olvidarse de los riesgos de la selva (como en la original) y se queda solo con los grandes animales que habitan entre los árboles.

Así, Jumanji: Bienvenidos a la jungla ofrece y confirma lo que se espera de ella, es decir, vivir una aventura durante las dos horas que dura esta historia. Con momentos divertidos y otros cargados de adrenalina, la película deja al margen el drama familiar o los problemas de los jóvenes para contar un relato cargado de acción, héroes y villanos de videojuego y PNJ. Y ese es precisamente lo que la convierte en una cinta que se olvida tan rápido como se consume. La falta de trasfondo, o al menos de un mensaje capaz de calar más que los músculos de Dwayne Johnson (serie Ballers), cuyo carisma por cierto salva buena parte del film, es lo que hace cuestionable esta adaptación, sobre todo para aquellos que vivieron y crecieron con el recuerdo del niño convertido en mono por hacer trampas en un juego de mesa.

Nota: 5,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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