‘De Caligari a Hitler’, o el expresionismo como fuente de estudio social


Una de las épocas recientes más estudiadas desde todos los puntos de vista posible es el período de entreguerras del pasado siglo XX. La magnitud de la crisis económica, la diferenciación social y, sobre todo, los motivos que llevaron a la Humanidad a repetir un horror incomparable como es una Guerra Mundial. Dicho periodo, desde el punto de vista cinematográfico, es posiblemente el más interesante, tanto por el desarrollo de las técnicas que se produjo en esos años, como por la carga simbólica y de denuncia social que contenían. Una de las obras literarias más importantes en este sentido es De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán (Paidós Comunicación), escrita por Siegfried Kracauer y publicada por primera vez en 1947.

Ya hemos hablado en varias ocasiones del expresionismo alemán y su influencia en todo el cine posterior. Sin embargo, y como recoge este libro, este movimiento cultural es solo una consecuencia de un sentir social derivado de las desastrosas consecuencias que tuvo la I Guerra Mundial para Alemania. A lo largo de sus 350 páginas el autor hace un repaso exhaustivo no solo de los títulos que se realizan, sino de las coincidencias narrativas, morales y argumentales que poseen. En este sentido, y aunque el texto está estructurado por épocas, su información puede abordarse desde un punto de vista puramente cinematográfico en el que se descubren los entresijos y las gestaciones de algunos de los títulos más emblemáticos de la producción alemana.

Aunque, claro está, su principal atractivo reside en el estudio psicológico y sociológico de la producción audiovisual de la época como reflejo del sentir social. Cabe señalar que el título puede llevar a engaños. El texto de Kracauer no comienza, ni mucho menos, con la famosa película que se ha quedado en denominar el inicio del expresionismo alemán. No es hasta bien avanzado el estudio que se analiza a fondo El gabinete del Dr. Caligari (1920). Entonces, ¿por qué el título? Bueno, lo cierto es que muchos autores, entre los que se halla este historiador, ven en los personajes y el tratamiento de la historia un comienzo de lo que después abordaría el expresionismo sin ningún género de dudas: el temor y la denuncia del peligroso camino que la sociedad estaba tomando, cada vez más alienada y dominada por un poder que tendía a acomodarse en las manos de un dictador capaz de manipular el subconsciente global.

Igualmente, el autor no se limita a la ascensión de Hitler al poder en 1933, sino que continúa su obra hasta un período igualmente interesante para el desarrollo audiovisual: la propaganda nazi. Siegfried Kracauer realiza, por tanto, una obra evolutiva en el sentido de que, a través de sus páginas, el lector es capaz no solo de hallar conexiones entre una época y otra, sino de entrever en muchas de la películas abordadas una advertencia de los cineastas a la sociedad al tiempo que un reflejo del malestar y de los sueños y anhelos de los ciudadanos.

El gran compendio del expresionismo

De Caligari a Hitler supone, posiblemente, la mayor y más completa obra realizada sobre el expresionismo alemán y el resto de cintas producidas durante los años 20 y 30 del siglo pasado. Analizar en profundidad las connotaciones de sus ideas, las relaciones que establece y las conclusiones que se obtienen sería objeto de un trabajo cuya extensión es demasiado grande para un artículo de este blog. Sin embargo, buena parte de sus argumentos serán abordados en diferentes ocasiones con motivo del análisis de algunas de las películas mencionadas en el texto.

Puede que muchos solo quieran ver en estas páginas un vano intento por nutrir a las películas de un contenido que no tienen. Considerar, empero, que el expresionismo alemán (o el cine soviético de la época) son solo meras fantasías en blanco y negro es rascar muy poco bajo la superficie. Es indudable que algo existe bajo la ciencia ficción de Metrópolis (1927), bajo el pacto de Fausto (1926) o bajo los crímenes de M, el vampiro de Düsseldorf (1931). Todas ellas, como describe el autor, son formas diferentes de mostrar el peligro de las ideas nazis y el carácter manipulador a través de una imagen amable y democrática de sus líderes.

El libro, por lo que tiene de inminente respecto a la época que aborda, se convierte así en un compendio enorme de la evolución ideológica, moral y social de una época convulsa no solo en Alemania, sino en todo el mundo. A pesar de las diferencias, su estudio puede extrapolarse a otros ámbitos sin riesgo a sufrir un grave error. No hay que limitarse, sin embargo, al expresionismo, si bien es el movimiento más emblemático de la época.

Alpinismo, drama y rebeliones a la autoridad

Durante estos años, y al igual que la mayor parte de las producciones, de la mano de Ufa, muchos autores trataron de mostrar de un modo u otro los dilemas morales que sentían y que, en cierto modo, se extendían a toda la sociedad. Estos otros géneros o, si se prefiere, estas otras temáticas, son abordados de forma minuciosa por Kracauer, como es el caso del alpinismo. Muchos autores, actores y actrices optaron por abordar la escalada de grandes montañas como un reflejo de la lucha contra la adversidad, como una forma de liberarse de la opresión que sentían. Un reflejo, por cierto, que era algo más que un simbolismo, pues no hay que olvidar que estamos en los años 20 y 30 del siglo XX, y este tipo de películas se realizaban sin dobles y con medidas de seguridad más bien pobres comparadas con la tecnología actual. Aunque no fue lo único.

Muchos títulos, entre los que se encuentra la propia Metrópolis de Fritz Lang antes mencionada, presentan como punto de unión la rebelión a la autoridad, vista esta como un mecanismo de coartar las decisiones propias de un pueblo libre. Ya sea a través de una revolución trabajadora, ya sea mediante el rechazo de un hijo a la autoridad paterna, lo cierto es que la sociedad alemana sentía la necesidad de liberarse de todo aquello que la impedía evolucionar de forma natural, y que a la larga fue el mejor caldo de cultivo para la ideología de extrema derecha.

Ya lo hemos dicho, no todo es expresionismo. El propio autor hace esa distinción a lo largo de su obra. Si bien el periodo de posguerra es el más prolífico en lo relativo a este movimiento, a la ciencia ficción y al desarrollo de las técnicas cinematográficas, pasada esta época se da un “período de estabilización”, como lo denomina Kracauer, en el que predomina un realismo centrado en el montaje y en la necesidad de mostrar historias más cercanas a la gente, menos simbólicas por decirlo de algún modo. Así, nuevos elementos se convierten en protagonistas, como el adolescente o el amanecer (en claras referencias al despertar social), así como se desarrollan nuevos géneros como el drama.

De Caligari a Hitler es, en definitiva, una obra fundamental para comprender la evolución cinematográfica de una de las épocas más ricas del cine, pero también permite acceder a un análisis pormenorizado de la sociedad de ese periodo, de sus frustraciones y sus esperanzas, y de los sentimientos que permitieron el ascenso del nazismo y, en consecuencia, la repetición de una Guerra Mundial aunque enriquecida por el avance tecnológico. En este sentido, su lectura se vuelve necesaria para, salvando las distancias temporales que nos separan, comprender cómo evoluciona la sociedad en tiempos de crisis y, de este modo, evitar repetir errores del pasado.

Las experiencias de directores que les situaron ‘Camino hacia la gloria’


“Lo esencial de un autor cinematográfico ya se encuentra concentrado en su primera película”. Esta frase de François Truffaut (Los 400 golpes) es un perfecto resumen del contenido y de la estructura del primer libro de Luis López Varona, que bajo el título Camino a la gloria (T&B editores) recoge las óperas primas de los principales directores de la historia, desde D. W. Griffith (Intolerancia) o Fritz Lang (Metrópolis) hasta Sam Mendes (Revolutionary Road) o Quentin Tarantino (Jackie Brown). Claro que el texto no es una mera relación de películas y su consecuente análisis.

Como bien dice la frase inicial, el libro de Varona realiza un análisis de la vida de los realizadores hasta ese momento en que se ponen detrás de una cámara para rodar su primera película, normalmente la más personal de toda su carrera. En base a esto, el autor establece una serie de relaciones entre la educación, las experiencias y los conocimientos de cada realizador y la temática de su ópera prima. Más de 60 películas y directores recogidos en unas 300 páginas, algunos de los cuales son casos conocidos, como el de Steven Spielberg, Orson Welles o Pedro Almodóvar.

Más allá de su valor didáctico, en el sentido de ser una obra de referencia para conocer los títulos con los que grandes nombres de la cinematografía iniciaron sus carreras, el interés del texto cabe encontrarlo precisamente en los acontecimientos que llevaron a cada director a rodar esa ópera prima tan particular, planteándose la pregunta implícita de si habría podido ser de otra forma esa primera película. Por ejemplo, La huelga (1925), de Sergei M. Eisenstein surge de las decisiones tomadas por el realizador durante sus años de juventud, incluyendo su compromiso con la revolución bolchevique y la caída del zar. Es más que probable que, de no ser por ese espíritu, la película nunca se hubiese realizado.

El caso de Luis BuñuelUn perro andaluz (1929) es muy representativo de cómo el surrealismo va influyendo cada vez más en el realizador durante sus diversas labores en películas de lo más variado, incluyendo La caída de la casa Usher (1928), hasta el punto de involucrar en el proyecto a Salvador Dalí, cuya relación terminó rompiéndose con la segunda película que realizaron juntos, La edad de oro (1930).

Todos los casos tratados, incluyendo el de Ridley Scott y su Los duelistas (1977), tan de moda ahora por su vuelta al mundo de Alien y, en consecuencia, a sus orígenes, contienen también una pequeña sinopsis que, además de permitir una compresión de la trama del film, sirve igualmente como comparativa entre esa vida anterior a la ópera prima y el universo creado en la misma.

Pero no solo de primeras obras conocidas de grandes maestros se nutre la obra literaria. Si en una primera parte se incluyen películas más o menos conocidas por el aficionado, en una segunda mitad titulada Las óperas primas desconocidas de grandes directores se aborda el mundo de aquellos films que han quedado eclipsados por una posterior carrera de éxitos. Clásicos como Straight Shooting (1917) de John Ford, o The pleasure Garden (1926) de Alfred Hitchcock se unen a los inicios de directores más modernos como Woody Allen y su Lily la tigresa (1966) o Martin Scorsese con Who’s that knocking at my door? (1969).

Lo cierto es que Camino a la gloria termina por ser una obra consultiva útil desde diversos puntos de vista. Sin duda, el principal es conocer la evolución de los realizadores hasta esa primera película que expresa sus inquietudes, sus vivencias y sus conocimientos, pero hay mucho más. También es una forma de abordar la historia del cine, pues la práctica totalidad de la historia del cine está incluida en sus páginas. Sea como fuere, una obra recomendable para los interesados en los inicios de los grandes nombres del cine.

Curiosidades, análisis e imágenes de las mejores películas del ‘Cine de los 80’


Desde hace ya varios años, la Editorial Taschen se ha especializado en publicar libros sobre arte, arquitectura, cine o música. Dichos volúmenes dan prioridad sobre todo a la imagen, ofreciendo una calidad técnica y artística que, en muchos casos, está a la altura de las obras que recoge. En el ámbito cinematográfico, es conocida su serie de libros sobre las diferentes décadas del séptimo arte, en las que realizan una selección de los títulos más representativos y que permiten hacerse una idea de las líneas generales que se siguieron en esos años. En esta ocasión nos detendremos en el Cine de los 80 y en algunos de los títulos más emblemáticos que recogen sus páginas.

A lo largo de sus aproximadamente 860 páginas, los autores repasan más de 140 títulos que han marcado, de un modo u otro, el devenir de la historia del cine. Amadeus (1984), Brazil (1985), El club de los poetas muertos (1989) o El honor de los Prizzi (1985) son solo algunos de los films más conocidos que se esconden en este volumen. Dada la cantidad de películas incluidas y la longitud que ya hemos mencionado, más de un lector se habrá dado cuenta de que el espacio destinado a cada película es relativamente pequeño para abordar en profundidad todas y cada una de ellas.

En efecto, así ocurre. Sin embargo, no es esta una obra de análisis, sino más bien de consulta, aunque también puede permitir una profundización leve a modo de aproximación. Hemos insistido en que lo primordial de esta obra (y de muchas otras de la editorial) es recopilar una serie de imágenes que ilustren los films de los que se habla. Pero con todo, el contenido narrativo de este Cine de los 80 permite a cualquier persona, iniciada o experta, descubrir detalles y claves del rodaje y del resultado final que pueden haber pasado desapercibidos.

Esto, unido a las citas de las críticas de la época, a la explicación de las imágenes y al argumento incluido en cada uno de los títulos, da la posibilidad de rememorar viejas obras maestras que pueden haber quedado olvidadas y acercar al lector a muchas otras que no haya tenido la oportunidad de ver.

Referencia y pasión

El libro, por tanto, cumple una doble función. Por un lado, es una obra de referencia que permite, en un momento dado, echar mano de una especie de enciclopedia capaz de explicar el contenido artístico y narrativo de un film de los años 80; por otro, evidencia una pasión por el séptimo arte que se transmite al lector hasta el punto de imbuirle de ganas por revisionar viejas glorias imperecederas de esta década o, en su caso, descubrir títulos esquivos.

La obra, además, adquiere una mayor magnitud si se analiza en conjunto con el resto de títulos de esta colección, de la que ha aparecido hace un tiempo el último volumen, Cine de los 2000. Teniendo en cuenta esto, cualquier aficionado al cine puede comprobar la evolución de estilos, lenguajes y gustos a lo largo de la historia, pudiendo encontrar las claves de los cambios que ha sufrido, por ejemplo, el cine de acción o la comedia. Una tarea, sin embargo, que el lector debe trabajar y descubrir por su cuenta, ya que la serie simplemente ofrece las películas, pero deja a un lado las relaciones entre ellas (al menos de forma general).

Al igual que otros títulos, Cine de los 80 se completa con una relación de las películas ganadoras de los Oscar en todos y cada uno de los años, lo que completa el elemento más curioso de la obra. Un dato que, posiblemente, solo interesará a los cinéfilos más entusiastas, pero es que en el fondo toda la obra es eso: una referencia cinéfila para los amantes del séptimo arte.

Para saber ‘Cómo se escribe un guión’ bastan cuatro obras maestras


El guión, ese texto que es la piedra angular de cualquier obra cinematográfica, ha sido objeto de numerosos ensayos, libros y manuales. En un futuro abordaremos textos más técnicos, pero por ahora nos centraremos en un libro perteneciente a la serie ‘Signo e Imagen’ de la editorial Cátedra. Escrito por Michel Chion, bajo el título Cómo se escribe un guión se realiza una visión general sobre el arte y el trabajo de escribir un guión, desde los elementos que lo conforman hasta las partes del proceso de escritura e incluso los diferentes tipos de guiones que existen.

Pero si algo diferencia a este volumen de muchos otros es su estructura. En lugar de abordar todos los elementos del guión desde un punto de vista teórico y utilizando contados ejemplos, la obra de Chion se divide, básicamente, en dos partes (existe una tercera muy reducida sobre las formas de presentar un guión). Si bien es cierto que la central aborda temas como la creación de personajes, los procedimientos narrativos o las partes del texto, es su primera parte la que posee más interés por ser la que diferencia de otros volúmenes.

Y es que el libro comienza abordando desde un punto de vista puramente didáctico y narrativo cuatro películas que, para el autor, son claro ejemplo de un guión completo y bien estructurado. Cabe añadir que dichas obras maestras pertenecen a diferentes maestros del cine clásico, desde los orígenes del cine hasta las últimas décadas del siglo pasado. A través de una sinopsis, un análisis de su estructura y un repaso escena a escena el autor ofrece no solo una visión completa de dichos films, permitiendo su comprensión casi sin necesidad de verlos, sino también una referencia para las técnicas y los elementos diseccionados en páginas posteriores, lo que sumado a los ejemplos utilizados convierte a este manual en un completo volumen.

Cuatro obras maestras

Las películas que Michel Chion toma como referentes pertenecen a géneros, países y épocas totalmente diferentes. Sobre todas ellas volveremos antes o después, pero es necesario señalar que, en mayor o menor medida, han influido en el cine de su época y del realizado después. La primera de ellas es Pauline en la playa (1983), escrita y dirigida por Eric Rohmer y, al igual que toda la filmografía del director de El rayo verde, todo un ejercicio de simbolismo y realismo narrativo en el que el guión siempre parece inconexo y algo confuso narrativamente hablando, pero nada más lejos de la realidad. La credibilidad de sus personajes, la evolución de las tramas y la crudeza de las relaciones entre los mismos convierten a las películas de Rohmer en auténticos documentos de la forma de vida de una época muy determinada.

La segunda película, Tener y no tener (1944), apenas necesita presentación. Dirigida por Howard Hawks (Río rojo) y protagonizada por Humphrey Bogart (Casablanca) y Lauren Bacall (El sueño eterno), la historia se basa en un texto de Hemingway ambientado en Francia durante la II Guerra Mundial, en el que la resistencia, personajes que actúan por su propio interés y operaciones encubiertas se dan la mano. Como suele ocurrir en este tipo de películas, el guión camina por un sendero seguro pero al mismo tiempo intrigante, ocultando informaciones, ofreciendo hechos que pueden resultar engañosos, …

El testamento del Dr. Mabuse (1933), de Fritz Lang con guión de Thea Von Harbou, es una de las primeras películas sonoras que dirigió en Alemania el autor de Metrópolis. La historia continua la narrada en las dos partes de Dr. Mabuse, esta vez centrando la acción más en la intriga, los personajes engañosos y un documento que puede hacer caer a cualquier sociedad civilizada. Como era habitual en el director, el guión encierra una clara referencia al nazismo. La estructura, al igual que Tener y no tener, es más bien clásica, alternando las diferentes tramas en un equilibrio que engancha al espectador hasta su resolución final.

Por último, en 1955 Kenji Mizoguchi estrenaba El Intendente Sansho, una historia ambientada en el Japón del siglo XI con una fuerte moraleja y en la que una familia es secuestrada por unos bandidos y separada. Los hijos, vendidos como esclavos al personaje del título, evolucionan de forma muy diferente, hasta llegar a un aciago final en el que las acciones llevadas a cabo durante sus vidas serán determinantes. Basada en un relato original de Ogai Mori, el guión es todo un modelo de melodrama, combinando a la perfección el contenido político con el humano, el dolor ajeno con las decisiones personales; todo terminando en un final que supone el punto álgido de una ascensión dramática continua.

Con estos cuatro ejemplos (aquí resumidos, en algunos casos puede que demasiado), Chion aborda unos guiones que, cada uno en su género y estilo, son referentes de una estructura cuidada y desarrollada. Cuatro historias que, aunque muy diferentes entre sí, comparten la categoría de obras maestras y el hecho de contar con un material de base contundente, elaborado y muy completo.

Títulos conocidos, pequeñas joyas por descubrir y evolución en el ‘Cine de terror contemporáneo’


“No hay género cinematográfico más despreciado por la crítica “oficial” y, sin embargo, que haya obtenido más aceptación popular, que el cine de terror moderno”. La frase no pertenece a ningún director del género, sino a un crítico de cine. Sobre esta idea, el periodista Pedro J. Berruezo realiza todo un estudio de la evolución cinematográfica de un género tan particular que ha estado presente en las pantallas desde comienzos del cine. Bajo el título Cine de terror contemporáneo, el autor repasa de forma más o menos profunda (el libro posee poco más de 140 páginas) todos los mitos, personajes y elementos claves que han marcado el cine de terror desde finales de los años 70 hasta los años 90 del siglo pasado.

Editado en 2001 por La Factoría, el libro reparte en tres capítulos los diferentes aspectos del terror, centrando el primero en temas como las posesiones o los psycho killers, el segundo en la revisión que se hizo en esos años de los principales mitos del cine (vampiros, hombres lobo, zombies, …) y dejando para el último algunos títulos emblemáticos producidos fuera de las fronteras de Estados Unidos. Recopilar aquí todos los títulos sería tarea hercúlea, pero sí es relevante señalar que, más allá de ofrecer una visión completa del panorama cinematográfico previo al actual torture pornhomemade que parece reinar en las carteleras de principios del siglo XXI, permite descubrir a los seguidores del género muchas películas menores tal vez desconocidas pero igualmente interesantes.

Con una intención claramente evolutiva del género, Berruezo aborda cómo los diferentes títulos han ido influyendo de una manera u otra en las propuestas posteriores, introduciendo el contexto social en el que se realizan y los motivos por los que personajes como Freddy, Jason Voorhes o Michael Myers han pasado a ser mitos del género y a poseer su propia saga de películas que, en la primera década de este siglo, se han visto revisionadas hacia el slasher más violento.

Películas menores

Pero junto a títulos tan conocidos como La matanza de TexasDrácula de Bram StokerPosesión InfernalLa noche de los muertos vivientes se esconden en las líneas de este texto innumerables referencias a películas menos conocidas. Algunas de ellas piden a gritos una revisión y un redescubrimiento; otras sólo completan el panorama con una propuesta más bien casposa y de muy mala calidad que, sin embargo, pueden hacer las delicias de los seguidores más fieles.

De hecho, uno de los títulos que este libro me permitió descubrir fue Demons (1985), una especie de homenaje italiano de Posesión Infernal (1981) dirigido por Lamberto Bava (Crímenes en portada)  y con Dario Argento (Suspiria) como guionista y productor. La cinta aborda una posesión demoníaca que, poco a poco, va haciéndose con todos los espectadores de un cine (y de medio mundo) a raíz de la película que proyectan. Al igual que la película de Sam Raimi (Spiderman), utiliza todos los medios a su alcance para ofrecer un espectáculo violento, desagradable y provocativo en una reflexión metalingüística en la que muchos han querido ver un aviso de la influencia del cine de terror en la sociedad.

Algo similar a lo que ocurrió a raíz del estreno en los 90 de Scream (1996), de Wes Craven (Pesadilla en Elm Street), que también utilizaba el cine dentro del cine. Pero volvamos a los títulos menores más interesantes. Centrándonos en los vampiros, destacan Lifeforce (1985), de Tobe Hooper (La matanza de Texas), todo un espectáculo para los amantes de este cine en el que se mezclan murciélagos gigantes, destrucción masiva y unos chupasangre de lo más curioso: en lugar de conseguir la vitalidad a través de la sangre, lo hacen a través de besos, aunque el resultado es incluso más desagradable que el de un mordisco.

Concluiremos este repaso señalando un último título que es algo más conocido, pero en cualquier caso imprescindible. Hablamos de Reanimator (1985), dirigida por Stuart Gordon (Fortaleza infernal) y basada en el relato de H. P. Lovecraft, Herbert West, reanimador. La película, que dio pie a dos secuelas (a cada cual más gore e infame), resulta no sólo una gran adaptación de la obra literaria, sino que se revela como un relato con entidad propia, generando una sensación de malestar que no llega a convertirse en terror gracias a sus elementos cómicos, muchos de ellos aportados por el protagonista, el actor Jeffrey Combs (Agárrame esos fantasmas), que se convirtió con este papel en todo un mito del género. Pero el film incluye también la reflexión que ya se hacía Lovecraft sobre los límites de la ciencia y hasta dónde está dispuesto a llegar el ser humano por alcanzar el máximo conocimiento.

Una reflexión que, al igual que muchas otras incluidas en el libro de Berruezo, pocas veces se toma en serio por el género en el que se plantean, dominado por las vísceras, el miedo y la fantasía. Sin embargo, Cine de terror contemporáneo las pone sobre la mesa, logrando no sólo una obra para los fans más acérrimos, sino un estudio sobre lo que ha significado el terror a finales del siglo XX y lo que le diferencia de las propuestas anteriores. Incluso, y aunque no haya sido premeditado, permite comprender el porqué de muchas obras actuales.

Truffaut logra revelar el suspense de ‘El cine según Hitchcock’


Como muchos se imaginarán, el cine ha dado páginas y páginas de teoría fílmica, interpretativa, sonora y fotográfica. Libros sobre cómo escribir guiones, cómo hacer una buena película, cómo dirigir actores, cómo… en fin, hacer la lista sería un trabajo casi interminable. Pero entre todos ellos hay un título indispensable no sólo para los profesionales, sino para cualquier amante del séptimo arte que pretenda ahondar un poco más en la trastienda de la pantalla grande. El cine según Hitchcock es, desde que se publicó, un libro de cabecera, un lugar donde encontrar consejos, recursos y experiencias del maestro del suspense y de un genio del cine: Alfred Hitchcock.

Pero no es menos interesante quién es el autor. El libro, editado en España por Alianza Editorial, es la transcripción de una conversación mantenida entre el autor de Psicosis y François Truffaut, uno de los directores más importantes de la nouvelle vague francesa. El libro, sin una estructura aparente en capítulos, aborda varios de los títulos del director británico, los problemas surgidos en los rodajes o las anécdotas previas a la puesta en marcha de alguno de los títulos.

Sin embargo, lo más relevante es que termina por convertirse en un auténtico manual de cómo rodar, sea cual sea la película. Desde una historia ambientada en un bote en plena alta mar (Náufragos) hasta alguno de los éxitos más famosos como Con la muerte en los talones, Hitchcock no sólo analiza sus historias o sus problemas, sino que logra elevarlos a la categoría de universales y convertirlos así en ejemplos de lo que mejor funciona en la pantalla.

Mcguffin e intriga

Tradicionalmente, dos son los elementos que más se destacan de sus páginas. Por un lado, el conocido mcguffin. Para Hitchcock, este elemento era el motor de cualquier trama, aunque se adecuaba mejor a la intriga. Su búsqueda era lo que hacía al personaje principal y a los secundarios avanzar, buscar un objetivo. Objetivo, por cierto, que debe permanecer oculto hasta el final o, incluso, no revelarse nunca, pues su función no es la de convertirse en centro de la trama, sino la de provocar ese viaje, físico y emocional, de los caracteres.

Muchas son las películas que han utilizado este punto de partida. Posiblemente uno de los casos más evidentes sea Náufrago, la película protagonizada por Tom Hanks, utiliza un paquete de una conocida compañía de mensajería para dar al protagonista una motivación en su búsqueda por escapar de la isla.

El otro gran elemento es la definición de suspense que hace Hitchcock. Para el director de Vértigo, en este sentimiento deben participar de forma muy activa tanto los personajes como los espectadores, llegando en cierto modo a interactuar entre ellos. Así, lo más importante es que los protagonistas de cualquier secuencia de suspense desconozcan lo que está a punto de ocurrir, todo lo contrario del público, que sí debe saberlo. De hecho, cuanto más conozcan los espectadores de lo que va a ocurrir en la escena y cuanto más insustancial sea la acción de los personajes, más suspense se generará.

Muchas son las películas de Hitchcock que utilizan esta planificación, pero una de las más impactantes es Psicosis. La presencia de un personaje femenino que nunca sale de la casa más que para matar no sólo provoca suspense por esperar una aparición inesperada, sino por notar su presencia sobrevolando la historia en todo momento. Claro que dicho suspense se convierte en sorpresa con el descubrimiento final. Pero es gracias al montaje y la estructura de las apariciones de la mujer, siempre entre las sombras o recortada a contraluz, que el maestro del suspense crea todo un engranaje de sospechas, intrigas y misterios que sólo pueden funcionar por este orden.

Hitchcock, por tanto, distinguía de este modo intriga de sorpresa. Una intriga que él manejaba a la perfección y que detalla a lo largo de las más de 300 páginas de un libro imprescindible. Trucos de rodaje, estructura de secuencias e ideas de películas se comprimen para dar lugar a una obra fascinante, educativa y curiosa.

‘El Antiguo Egipto en el cine’: mitos y realidades de una cultura milenaria


El mundo de los faraones y el séptimo arte han estado unidos casi tanto tiempo como antiguo es la cinematografía. La fascinación por una cultura basada en la adoración del rey-dios y que subsistía gracias a las crecidas del Nilo, unido a la adoración por la vida más allá de la muerte y la riqueza de unos monarcas obsesionados con perdurar en el tiempo, ha dado como resultado cientos de relatos audiovisuales de diversa índole, desde el terror hasta la aventura y el romance.

Todos ellos se recogen en el libro El Antiguo Egipto en el cine, escrito a seis manos por Jorge Alonso, Enrique A. Mastache y Juan J. Alonso. Publicado por T&B Editores, a lo largo de sus más de 300 páginas se analizan títulos tan conocidos e inolvidables como Tierra de faraones, las diversas versiones de La Momia (incluyendo la más moderna de Stephen Sommers que nada tiene que ver con el relato de terror), Los Diez Mandamientos o Faraón. Todo con un tono a veces irónico, a veces didáctico, que se sumerge en detalles de producción, declaraciones y, por supuesto, el mundo y la mitología egipcia.

De recomendable lectura para todos aquellos egiptólogos aficionados, el texto también permite hacer un viaje por la cultura cinematográfica, pues muchos de los actores y directores implicados en las películas analizadas forman parte de la historia de Hollywood y del cine universal. Sin embargo, la imagen de Egipto que ha dado el cine norteamericano no siempre ha sido correcta, y en muchos casos ha dado pie a leyendas y conceptos equivocados de esta cultura.

Ramsés, Moisés y los esclavos

Posiblemente uno de los fallos más importantes se halle en Los Diez Mandamientos, aunque no es al cine al que habría que atribuírselo, sino a la Biblia. En la película protagonizada por Charlton Heston y Yul Brynner (éste en la portada del libro del que hablamos) Moisés debe enfrentarse al poder de Ramsés II y liberar a su pueblo, esclavo a las órdenes del tirano, para llevarlo a la tierra prometida. Bueno, según los estudios ni los personajes se conocieron y, desde luego, no hubo esclavos.

A pesar de la maravillosa recreación de Egipto que hace Cecil B. DeMille, utilizando el colorido, el vestuario y los adornos de esa época, Moisés, de haber vivido, no fue en la época de Ramsés II. Y en el tema de los esclavos… en fin, basta con ir al país del Nilo y comprobar que cerca del Valle de los Reyes está la conocida como Ciudad de los Trabajadores, donde los hombres que trabajaban en las tumbas vivían con sus familias. De hecho, Egipto sufrió una huelga, y la indemnización por accidente era relativamente alta. ¿Entonces no había esclavos? Sí, pero en las minas. Conseguidos tras un conflicto bélico o condenados por algún delito, su labor era obtener las piedras preciosas y esa “carne de los dioses” llamada oro.

Tierra de faraones es otra de las grandes superproducciones clásicas que tiene aciertos y fallos, algunos bastante interesantes. La película, por ejemplo, no presenta a los trabajadores de la pirámide de Keops como esclavos, y tampoco hay inscritos jeroglíficos en las paredes de la tumba real. También se presentan túneles que no llevan a ningún sitio dentro de la pirámide. Pero lo que de ninguna manera ocurrió fue ese enterramiento en vida de sacerdotes y la propia reina junto al cuerpo del faraón a través de un sistema de poleas. Las tumbas de nobles y princesas se encuentran en pirámides menores junto a la Gran Pirámide, formando un complejo funerario típico en Egipto pero que en la película de Howard Hawks tampoco se menciona.

Incongruencias históricas

El otro gran elemento ficticio de las películas sobre Egipto es el de los nombres de los personajes. Si bien en gran parte de las películas clásicas muchos personajes cambiaban de nombre, el caso más flagrante es el de las versiones modernas de Stephen Sommers, incluyendo el spin-off titulado El rey Escorpión.

La momia protagonizada por Brendan Fraser y Rachel Weisz en 1999 fue un producto muy, muy entretenido, que recuperaba el sabor del cine de aventuras clásico y volvió a poner en el punto de mira al Antiguo Egipto. Sin embargo, los personajes no cuadraban. El villano de la historia, Imhotep, fue Sumo Sacerdote, pero ha pasado a la historia por ser el constructor de la pirámide escalonada de Zoser, aproximadamente unos 1.400 años antes de la fecha que menciona The Mummy. Fue tal su influencia que se le convirtió en deidad, siendo adorado por generaciones posteriores.

Dicho esto, el faraón que aparece en la película de Sommers, Seti I (padre de Ramsés II) y su amante, Anck-su-Namun, se llevan una diferencia de unos 100 años… ella sobre él. Y es que el personaje interpretado por Patricia Velasquez fue hija del faraón hereje Akenatón, medio hermana del malogrado faraón niño Tutankamón y esposo de éste. Los egipcios creían en la vida eterna, pero que un arquitecto de 1.400 años se enamore de la amante del faraón, ella 100 años mayor que él… resulta increíble hasta para el pueblo del Nilo.

La cosa se complica en El regreso de la momia, donde entra en juego Nefertari, supuesta hija de Seti I, y el Rey Escorpión, y ninguno va demasiado desencaminado. La primera no fue hija del faraón, sino esposa de su hijo, Ramsés II. Al segundo sí se le considera el primer faraón de Egipto, aunque no recibe ese nombre por haberse comido un escorpión. El motivo de ese apelativo no es otro que el símbolo que aparece en una estela encontrada donde se menciona a un faraón: el escorpión. Por supuesto, el ejército de Anubis tampoco existió.

Como decíamos al principio, Egipto siempre ha fascinado al mundo occidental. Tal vez sea porque su cultura se encuentra en la base de muchos mitos del cristianismo; tal vez porque encontramos increíble que una civilización emergiera de un paraje desértico en el que la única cicatriz la crea el Nilo. Sea como sea, el cine siempre abordará el tema. Los fallos y los aciertos en las tramas habrá que dejarlos para los más entendidos y libros como El Antiguo Egipto en el cine.

Diccineario

Cine y palabras

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