Un botones sustenta las irregulares historias de ‘Four rooms’


Tim Roth es el protagonista de los cuatro fragmentos de 'Four rooms'.Los hoteles, ya sea a modo de excusa argumental o como verdaderos protagonistas de la trama, han estado muy presentes en el cine a lo largo de toda su historia. Puede que una de las películas más surrealistas realizadas en estos lugares sea Four rooms (1995), un irregular experimento en el que cuatro directores realizaron cada uno una especie de cortometraje o, mejor dicho, una historia ambientada en un extraño hotel durante Nochevieja. Cuatro historias, por tanto, unidas por la presencia de un botones que empieza a trabajar ese mismo día y que se verá envuelto en todo tipo de desventuras, desde un aquelarre hasta una peligrosa apuesta. Allison Anders (Mi vida loca), Alexandre Rockwell (En la sopa), Robert Rodriguez (Desperado) y Quentin Tarantino (Pulp Fiction) son los nombres propios tras esta idea.

Una idea que, como decimos, terminó siendo algo irregular. Como suele ocurrir con cualquier creación, el tiempo ha sido la que ha puesto en su sitio la obra, y sobre todo a sus realizadores. La película va de menos a más en todos los sentidos, desde el ritmo hasta el surrealismo, pasando incluso por el número de estrellas que participan en el film. Y no por casualidad los segmentos de historia dirigidos por los dos directores más conocidos de este cuarteto son los que más se recuerdan tras casi 20 años de existencia. Dejando a un lado el interés que puedan generar un aquelarre de brujas o un hombre apuntando a su mujer amordazada con un arma, lo que realmente impide que los dos primeros fragmentos estén al mismo nivel que los dos últimos es el estilo visual utilizado, mucho más comedido, más académico y con un ritmo mucho menor.

Tanto ‘El ingrediente que faltaba’ como ‘El hombre equivocado’, títulos de esas primeras aventuras del botones interpretado magistralmente por Tim Roth (Funny games), no logran aprovechar al máximo sus opciones narrativas, revelándose como relatos lineales dentro de un proyecto que, por su propia definición, posee un arco dramático quebrado. Son, por así decirlo, historias que preparan tanto al protagonista como al espectador para lo que está por venir, lo cual juega a favor de Rodriguez y Tarantino, pero en detrimento de Anders y Rockwell. Sí, cada uno posee un estilo único y muy definido, pero precisamente eso es lo que demuestra el talento de unos y la manufactura de otros. En cierto modo, lo que sostiene la primera mitad del metraje es el propio Roth, quien aprovecha esos instantes para sentar las bases de la psicosis de un personaje sobrepasado por las circunstancias que intenta, por encima de todo, sobrevivir sin volverse loco.

Como decía antes, es curioso comprobar cómo estas cuatro historias reflejan no solo las narrativas de cada director, sino también la capacidad de convocatoria y atractivo de cada una de ellas. En efecto, los primeros dos episodios de Four rooms cuentan con algunos nombres conocidos, mientras que los dos siguientes están protagonizados por estrellas de Hollywood. Y eso en un film dirigido por directores en sus inicios por aquel entonces. Claro que la película pudo contar con muchos de ellos porque tanto Rodriguez como Tarantino acababan de terminar dos de sus éxitos más importantes protagonizados, precisamente, por los mismos actores que participan en sus segmentos.

Violencia ‘in crescendo’

En cierto modo, esta película dividida en cuatro partes tiene, además, una división más general en dos fragmentos. Si el primero está marcado por un tono algo monótono, sin grandes sobresaltos y con una visión más bien artesanal, el segundo peca precisamente de los contrario, imprimiendo un ritmo enloquecido que aumenta de forma exponencial hasta derivar en una surrealista apuesta que representa, en cierto modo, la vía de escape de un hombre frente a la locura y la sin razón de un mundo plagado de mafiosos, brujas y psicópatas encubiertos. Me refiero al botones, por supuesto. Y si antes decía que tanto Anders como Rockwell imprimen sus estilos personales a sus historias, Rodriguez y Tarantino no se quedan atrás. Es más, al igual que pasó en ese otro experimento titulado Grindhouse (2007), ambos directores dan rienda suelta a sus instintos y a todos los conceptos que les definen.

Bajo el título ‘Los niños malos’ el director de Abierto hasta el amanecer (1996) compone un fresco de lo más salvaje visualmente hablando, a medio camino entre la locura y lo apocalíptico (esa imagen de Roth con una muerta en la cama, los niños a su lado y el fuego de fondo es inimitable) que, curiosamente, comienza de la forma más anodina. Es este el verdadero punto de inflexión del film, aquel en el que adquiere verdadera hilaridad y ácida ironía al tomarse a broma todo lo visto con anterioridad (y lo que se verá con posterioridad). Es aquí también donde el botones protagonista toca fondo, donde el personaje supera con creces todas sus limitaciones morales para encontrarse en medio de una locura sin sentido de la que solo quiere escapar. Me atrevería a decir que ocurre desde el momento en que el personaje de Antonio Banderas (La máscara del zorro), un mafioso, deja a sus hijos, verdaderos diablos, a cargo del botones, quien debe multiplicarse en sus dos funciones.

Evidentemente, el devenir de la historia convierte esas ganas de dejar su trabajo en verdadero instinto de supervivencia, no solo por la presencia de Banderas, una especie de parodia de otros personajes similares, sino porque el hotel se revela en ese momento como una especie de caja de Pandora en el que todos los males se hallan ocultos en los rincones más insospechados. Pero si Rodriguez deja su sello en este fragmento, el corto titulado ‘El hombre de Hollywood’ solo podría estar firmado por Tarantino (quien, por cierto, aprovecha para hacer su habitual cameo). No tanto por la violencia implícita y explícita de lo que en él ocurre, sino por la inteligencia de los diálogos y la determinación a la hora de resolver la secuencia, un ejemplo más de que sus personajes, si bien tienden a ser poco complejos, actúan siempre conforme a su naturaleza, incluso en sus últimas consecuencias. Por no hablar de su apuesta por el plano secuencia, una muestra más de su genialidad.

Four rooms queda en la memoria, por tanto, como un interesante experimento que, como suele ocurrir en estos casos, no logra toda la repercusión que podría obtener. Buena parte se debe al desequilibrio entre los directores, dos de ellos convertidos en referentes de un tipo de cine con el paso de los años y los otros dos reciclados en televisión o en cintas de poca difusión, pero no toda la responsabilidad es de ellos. El propio formato impide que el espectador se identifique completamente con la historia, asistiendo a las desgracias de un botones cuyo techo moral se va resquebrajando hasta desaparecer. Sí, su decadencia, mostrada con un tono irónico y ácido, genera comicidad y lástima a partes iguales, pero no logra conectar. Al final lo que se recuerdan son las historias, y entre ellas las de Rodriguez y Tarantino.

‘Tropic Thunder’, humor gamberro y crítica del mundo de Hollywood


Ben Stiller, Robert Downey Jr. y Jack Black protagonizan 'Tropic Thunder: ¡Una guerra muy perra!'.El estreno el pasado día 25 de diciembre de La vida secreta de Walter Mitty ha vuelto a poner bajo los focos a uno de los cómicos más relevantes de los últimos años. Sin embargo, el éxito de Ben Stiller como protagonista de Algo pasa con Mary (1998) o la trilogía sobre los padres de ella y de él ha eclipsado en cierto modo su faceta como director. De hecho, no es extraño conocerle más por su papel frente a las cámaras que tras ellas en aquellos proyectos en los que compagina ambas labores. Sin embargo, a pesar de tener un puñado de películas como director Stiller ha sabido aportar un cierto estilo al género, adaptándose a las necesidades de cada historia y ofreciendo productos, cuanto menos, atípicos. Así ocurre con su más reciente estreno, y en esa misma categoría podría clasificarse Tropic Thunder: ¡Una guerra muy perra! (2008), su anterior proyecto.

La historia, al igual que ocurre con otros de sus proyectos, es relativamente sencilla. Durante el rodaje de una película bélica de gran presupuesto plagada de estrellas de cine los actores principales y el resto del equipo se ven envueltos en un conflicto con unos narcotraficantes. Los protagonistas son confundidos con verdaderos soldados, por lo que deberán dejar de actuar y convertirse en sus personajes si quieren sobrevivir. Y al igual que ocurre en otros de sus proyectos, la sencillez de su argumento permite a Stiller (director) dar rienda suelta a un sinfín de críticas, en este caso al mundo del séptimo arte y a los egos que en él se dan cita cada día. En el caso que nos ocupa a través del humor más gamberro y exagerado posible, obteniendo como resultado un largometraje extremadamente absurdo y al mismo tiempo comprometido.

Ambos conceptos aparentemente incompatibles encuentran su punto en común, curiosamente, en unos secundarios de lujo que logran una mayor presencia que el propio protagonista, un Ben Stiller (actor) que nunca termina de salir del personaje en el que él mismo se ha convertido. Secundarios, por cierto, capitaneados por Robert Downey Jr. (Iron Man 3) y Tom Cruise (Oblivion), este en un personaje casi testimonial pero que tuvo tal impacto que durante varios meses se barajó la posibilidad de darle más recorrido en un film propio. Todos y cada uno de los actores que acompañan a esa estrella de acción en decadencia interpretada por Stiller ofrecen unas interpretaciones perfectas en sus excesos, cada uno además centrando sus burlas y guiños en un aspecto de la industria cinematográfica (cómicos autocomplacientes, raperos que buscan hacer más dinero, directores primerizos, …). Aunque la palma se la lleva, sin duda, Downey Jr. Su crítica (y autocrítica en cierto sentido) a esos actores que para meterse en la piel de sus personajes son capaces de modificar su físico alcanza el absurdo de someterse a una operación estética para que un hombre blanco de ojos azules se convierta en un afroamericano de ojos marrones.

Y eso es únicamente el aspecto físico. La transformación del actor alcanza además los tópicos más clásicos del cine bélico de las últimas décadas del siglo pasado. Con el puro siempre en la boca, diciendo un taco cada cinco palabras, el actor logra que su personaje (un actor que hace un personaje, no lo olvidemos) se transforme completamente. Incluso su forma de andar es modificada para la ocasión. Es, posiblemente, la mejor prueba de que en Tropic Thunder, más allá de su humor y de sus evidentes limitaciones, de las que todos son muy conscientes, hay algo más que un grupo de actores tratando de hacer reír al respetable. No en vano, la película ofrece una imagen muy interesante del mundo de Hollywood. Cierto es que su clave cómica tiende a exagerar, pero eso no impide que debajo de todo eso exista un poso más que interesante de ácida crítica.

Los tráilers previos

Una crítica que sienta sus bases en los falsos avances iniciales que preceden a la propia película y que definen en unos pocos minutos a todos y cada uno de los actores que, más tarde, deberán demostrar que son algo más que niñitos con mucho dinero. A través de estas previas el espectador ubica cada rol en sus respectivos arquetipos (no son más que eso): Stiller es la estrella de acción atrapada en la saga de moda; Downey Jr. es el actor de método que trata de aportar algo de inteligencia al conjunto; Jack Black (Año uno) es el cómico enrocado en sí mismo incapaz de ver más allá. Y así sucesivamente.

Aunque pueda parecer un mero guiño a algunos de los fenómenos hollywoodienses de los últimos años, no hay que despreciar la labor que estos falsos tráilers realizan en el devenir posterior de Tropic Thunder. Todos ellos, como decimos, sientan las bases psicológicas de cada uno de los personajes y ayudan, en definitiva, a que estos puedan exponer todos los rincones de sus personajes desde un principio. Empero, esto tiene un aspecto positivo y otro negativo. El primero, sin duda, es la fuerza que aporta al arranque y los constantes conflictos que se generan en una película que, en realidad, es una lucha de egos. El segundo, por contra, es que el ritmo y el interés decaen progresivamente, siendo salvados por algún que otro momento. Más o menos como le ocurre a La vida secreta de Walter Mitty.

En efecto, y aunque al final la sensación que queda es la de una comedia gamberra y ácida, el desarrollo no ofrece todo lo que podría ofrecer. Es un aspecto que queda solventado gracias fundamentalmente a la labor de los actores y a la crítica que subyace en todo momento, pero no por ello deja de existir y pone de manifiesto las limitaciones, sino formales al menos narrativas, de Stiller como director. Una crítica, por cierto, que no se dirige a ningún actor o sector en particular, sino a los grandes tópicos del cine norteamericano: la guerra entre estrellas por convertir la película en un culto a su figura, las manías de cada uno de ellos, su falta de empatía hacia los demás, … Incluso la falta de trabajo, como pone de manifiesto la secuencia en la que las grandes estrellas le confiesan al principiante que no necesitan leerse el guión para interpretar a sus personajes.

Todo ello conforma un panorama único en el que el humor de Tropic Thunder: ¡Una guerra muy perra! logra un desarrollo completo. No estamos hablando de una de las mejores comedias de los últimos años, ni mucho menos. Stiller, en sus dos facetas de actor y director, tiende a encerrarse en un bucle narrativo y cómico que le lleva a repetir ciertos patrones. Eso no impide, sin embargo, que estemos ante uno de sus mejores trabajos tras las cámaras, gracias fundamentalmente a los actores de los que se rodea y a su sentido analítico y un tanto autocrítico que le permite poner el foco en las debilidades y tópicos de la sociedad. Y eso es algo que le diferencia de otros cómicos de su generación.

‘Resacón en Las Vegas’, comedia adolescente para adultos


Zach Galifianakis, Bradley Cooper y Ed Helms en 'Resacón en Las Vegas'.Hay directores que se identifican fácilmente con un tipo de cine. Martin Scorsese (Casino), por ejemplo, tiende a relacionarse con historias sobre la mafia o el crimen organizado. James Cameron ha realizado, en su mayoría, producciones de ciencia ficción, como demuestran Terminator (1984) o Avatar (2009). El caso de Todd Phillips es mucho más concreto. Su especialidad es la comedia desmadrada y exageradamente alocada, normalmente enmarcada en alguna celebración y con unos finales cuanto más salvajes mejor. Eso es, al menos, lo que se puede deducir viendo en su filmografía títulos como Aquellas juergas universitarias (2003) o Road Trip (2000). Aunque si una se lleva la palma es Resacón en Las Vegas (2009), cinta que rompió todos los moldes de la hasta entonces comedia adolescente y que ha dado lugar a una exitosa trilogía, cuya última entrega se estrena el viernes 31 de mayo.

Y digo que rompió todos los moldes por dos motivos fundamentales. El primero es que supo trasladar los pilares de la comedia adolescente a un entorno mucho más adulto, al menos en teoría. El segundo, que pertenece al desarrollo del film, es su capacidad para sorprender al utilizar la ausencia de recuerdos en todo momento. La propia premisa de la trama da lugar a ese recurso, pues la historia comienza cuando un joven y sus tres amigos deciden ir a celebrar la despedida de soltero del primero a Las Vegas el día antes de la boda. La mañana siguiente a la despedida el novio ha desaparecido, uno de los amigos ha perdido un diente y hay un tigre y un bebé en la habitación del hotel, totalmente destrozada. Los tres amigos iniciarán entonces la búsqueda del prometido, para lo que tendrán que reconstruir una noche de la que no recuerdan absolutamente nada.

No es la primera vez que se utiliza una técnica semejante, es cierto, pero el acierto de Phillips radica en el hecho de presentar a tres personajes relativamente normales y convertirlos en auténticos salvajes una vez el alcohol entra en su organismo. A diferencia de otros films en los que el espectador descubre la trama casi al tiempo que los personajes, en Resacón en Las Vegas los personajes descubren su olvidada noche, pero el espectador solo puede entregarse a un auténtico ‘tour de force’ en el que cada descubrimiento lleva aún más al extremo una trama, por lo demás, tan simple y lineal como cualquier otra que esté narrada cronológicamente. En este sentido, el film guarda cierto parecido con Memento (2000): ambas pierden el atractivo si se analizan de forma cronológica.

Al final poco importa la resolución de la trama, más que previsible. Lo que cuenta es el viaje de regresión que deben hacer tres personajes que, por cierto, se han convertido en todo un icono de la cultura popular moderna, sobre todo el interpretado por Zach Galifianakis (En camapña todo vale), quien saltó a la fama a raíz de este niño en el cuerpo de un hombre que es capaz de cualquier cosa por unos amigos que conoce desde hace horas, y que es el verdadero caos en la ecuación de la película. Y aunque es su personaje el que mejor se adapta a lo absurdo de la situación, no hay que olvidar a los otros dos protagonistas. Bradley Cooper (El equipo A) encarna a la perfección al hombre que teme perder a un amigo de la infancia, mientras que Ed Helms (Sigo como Dios) se encaja como un guante al comedido compañero que pierde los papeles casi más que ningún otro cuando se emborracha.

Tópicos adultos

Todo lo anterior lleva a una inexorable conclusión: Resacón en Las Vegas es un film previsible y plagado de tópicos. Sí, es cierto, pero eso no es necesariamente malo. Prueba de ello es que, por ejemplo, ganó el Globo de Oro a la Mejor Comedia. Posiblemente uno de los motivos principales sea el hecho de que todos estos elementos mil y una veces abordados se enmarcan en un contexto adulto, con problemas verdaderos y con situaciones que pueden provocar conflictos mucho mayores que un mero desencanto adolescente. El hecho de que todo transcurra durante una despedida de soltero, en la ciudad del pecado, y con un entorno en el que la responsabilidad por los actos pasados está siempre presente, generan la sensación de estar ante algo más que una desmadrada comedia. Al fin y al cabo, y como mucha gente habrá confesado al empezar los títulos de crédito finales, todos nos sentimos reflejados en estos tres personajes tan dispares.

Desde luego, la película de Todd Phillips es alocada, salvaje y en muchos momentos excesiva. Empero, nunca llega a superar ciertos límites… hasta las revelaciones finales. La película utiliza con mucha inteligencia las distintas formas de presentar los acontecimientos de esa noche desaparecida del recuerdo hasta el punto de que no se alcanza a contar todos los momentos, sólo aquellos estrictamente necesarios para resolver el misterio del novio desaparecido. Cámaras de vídeo, testimonios de personajes con los que se encuentran, el bebé, el tigre, etc. Cada uno de ellos es una llave que abre una puerta de la memoria, pero que deja en la oscuridad al resto… hasta las revelaciones finales.

Sin duda, lo más recordado de este film es y será la sucesión de fotos encontradas en una cámara que desvelan lo ocurrido durante aquella fatídica noche. Todo lo que se había estado ocultando hasta ese momento y muchas de las incógnitas que quedan en el aire cuando se cierra el último plano de la trama se revelan en forma de instantáneas que provocan tantas o más carcajadas que el propio desarrollo argumental. Un recurso más que se acerca a una realidad que todo el mundo ha vivido alguna vez, tanto si se ha perdido la memoria como si no. Fue un acierto, sin duda, y se convirtió en un sello personal de la película y de la saga.

Tal vez no vaya a pasar a la historia como una comedia determinante en el desarrollo del género, pero Resacón en Las Vegas aporta algo de luz a un género cada vez más saturado de adolescentes, sexo y humor sin sentido. La película de Phillips sube un peldaño la edad de sus personajes y la del público al que va dirigida para convertirse en una propuesta “más seria”, más coherente en todos y cada uno de sus detalles. Como decíamos más arriba, poco importa cómo termine. Es más, se sabe casi desde el principio. Lo importante es la forma de resolver los enigmas para saber qué ocurrió durante la noche. Y la película es, en ese sentido, un claro modelo de lo que hay que hacer.

‘Scary Movie’, sexo, parodia y argumento en armónico equilibrio


El asesino de 'Scary Movie' se sorprende por la prótesis de silicona que ha apuñalado.Cinco películas en 13 años. Ese es el balance que ha dejado una de las sagas cómicas más exitosas de los últimos tiempos cuyas claves han sido, fundamentalmente, la parodia y el sexo. Con motivo del estreno de su quinta parte vamos a repasar algunos de los conceptos que hicieron mundialmente famosa a Scary Movie (2000), amén de convertirla en un referente para un subgénero que ha quedado en llamarse “spoof”, y que no es otra cosa que una parodia de diversos títulos sin que estos tengan necesariamente nada entre sí. No cabe duda de que la evolución de la saga ha ido decayendo a marchas forzadas, y lo ha hecho en buena medida por llevar al extremo dos de los elementos que hicieron del primer título una obra a tener en cuenta dentro del género, si es que eso puede decirse de una obra con semejantes características.

Nos referimos al número de películas parodiadas y al componente sexual que centra buena parte de los chistes de este film dirigido por Keenen Ivory Wayans (Sobredosis de oro) y creado por sus hermanos, Shawn y Marlon Wayans, ambos protagonistas de una trama que, en líneas generales, sigue los pasos de Scream (1996) y cintas similares que a mediados de los 90 del siglo pasado relanzaron el género de los asesinos en serie. Si bien el guión es simple en exceso y sus personajes no van a ningún sitio, la película sabe aprovechar el valor de las películas en las que se basa para componer un marco cómico rico en referentes culturales e, incluso, inteligente en sus referencias sexuales, como es ese primer momento en el que el asesino no mata a su víctima por las prótesis de silicona que lleva en el pecho.

Escatológica como pocas, Scary Movie supo aprender de sus predecesoras en este subgénero para encontrar el límite a sus bromas pesadas y a sus devaneos con el sexo más explícito. Dejando a un lado la calidad tanto narrativa como interpretativa de sus responsables, todos ellos logran disimular las limitaciones propias emulando todos los elementos de la saga escrita por Kevin Williamson (guionista de Sé lo que hicisteis el último verano), llegando incluso a utilizar algunos de sus recursos para convertir el film en una auténtica versión cómica del original, por supuesto con sus devaneos correspondientes con otros films.

Al final, y al igual que ocurría con las películas de Leslie Nielsen (Agárralo como puedas), la trama importa poco. ¿O no? Pensándolo fríamente es cierto que el devenir de los personajes es irrelevante y que la ejecución de los giros argumentales o de las secuencias de acción queda en un segundo, tercer o cuarto plano. De hecho, muchas veces puede que ni existan. Pero a pesar de todo, el espectador siempre pide, aunque sea mínimamente, un esqueleto que sea capaz de aguantar la serie de hilarantes incoherencias que se presentan ante nuestros ojos.

El film de los hermanos Wayans supo hacerlo, entre otras cosas porque no dejó que la imaginación emigrase más allá de un puñado de títulos que compartían no solo género, sino claves narrativas, escenarios clave y personajes arquetípicos, al menos en su gran mayoría. Esto, aunque pueda parecer un hecho casual o menor, termina por ofrecer una imagen de conjunto concreta que admite su origen referencial solo para proponer una visión diferente de un género que en círculos privados siempre ha sido un tanto parodiado. El hecho de que se incluyan escenas de films no relacionados es simplemente una consecuencia de la iconografía creada capaz de sobrepasar géneros y gustos, como pueden ser los planos giratorios de Matrix (1999) o las confesiones del niño de El sexto sentido (1999).

Descontrol evolutivo

Desde luego, lo más complicado de Scary Movie es encontrar todas las películas a las que hace referencia. Como ya hemos dicho, es un film evasivo, sabedor de sus propias limitaciones y del público al que va dirigido. En este sentido, y salvando las distancias de épocas y argumentos, cabría situarla entre los mejores títulos de las llamadas spoof movies. Y curiosamente, su sentido de la coherencia y de la mesura es lo que más se ha dejado notar en el resto de la saga y de películas derivadas que han surgido en estos años. Se ha dejado notar por su ausencia, quiero decir.

A medida que han avanzados los años, este tipo de propuestas paródicas han hecho de las bromas sexuales su estandarte de batalla hasta el punto de saturar al espectador, salvo a aquellos adolescentes que solo con oír el nombre de algún miembro sexual se ruborizan y ríen nerviosamente. He de confesar que, con todas sus carencias, el primer film que aquí analizamos fue uno de los que más me hizo reír en su momento, no tanto por los chistes como por la fluidez con la que parodiaban visualmente algunos momentos clásicos del cine de terror moderno.

En la actualidad, sin embargo, la saturación referencial ha llevado a que las tramas se vuelvan absolutamente incoherentes, rompiendo ese esqueleto tan necesario al que antes hacíamos referencia. Es muy cierto que la culpa de esto la tiene, sobre todo, la proliferación del género de terror, que en un año es capaz de presentar varios títulos realmente impactantes, lo que obliga a un film de estas características a incluir cuantas más parodias mejor, lo que termina siendo una desventaja. Si a esto añadimos que cada vez más este tipo de historias han tratado de desmarcarse de sus originales para intentar presentar una trama única creada a partir de escenas de sus referentes, el resultado es una especie de monstruo de Frankenstein que, por desgracia, no está tan lleno de vida como su original.

Lo cierto es que la proliferación de secuelas e imitaciones de Scary Movie la han convertido con los años en una de esas obras curiosas, divertida en sus limitaciones y hasta modélica en su forma de tomar prestadas las famosas secuencias de las películas que parodia. Sin embargo, es un producto esclavo de sus propios argumentos, y eso se ha demostrado con unas secuelas que ofrecen más sexo, más absurdo y menos trama. Porque sí, hubo trama en el original del año 2000. Era sencilla, era simple y muy esquemática, pero existía. A este tipo de historias no se le pide más, pero tampoco menos. El film de los hermanos Wayans se encuentra en dicho punto.

‘Julie y Julia’, la última película de Nora Ephron



El cine estadounidense, y más concretamente la comedia romántica, perdió ayer a uno de los nombres más reputados y respetados, Nora Ephron, fallecida a los 71 años y con leucemia desde hacía algún tiempo. Su labor en un género tan difícil de equilibrar como cultivado por Hollywood no solo ha dado grandes y clásicos títulos, sino que ha redefinido las relaciones de pareja en pantalla, las situaciones cómicas y/o embarazosas, y la evolución de unas tramas que, en muchas ocasiones, están excesivamente edulcoradas. Buena muestra de su talento en el género fue su última película, Julie y Julia (2009), protagonizada por un elenco de grandes rostros de la interpretación como Meryl Streep (La dama de hierro), Amy Adams (La duda) y Stanley Tucci (La Terminal).

De hecho, aunque esta cinta con la gastronomía con telón de fondo puede que no esté a la altura de clásicos como Algo para recordar (1993), sí es una buena muestra de un tipo de comedia alejado del romanticismo adolescente marcado por los clichés y la perfección de sus protagonistas. Más bien al contrario. Para Ephron lo principal son los conflictos generados en la pareja a raíz de las decisiones que toman. Hay que aclarar que el término “pareja” no hace referencia necesariamente a una relación sentimental, sino a los dos protagonistas. Las decisiones de ambos son las que generan tanto los acontecimientos posteriores como los quebraderos de cabeza y las situaciones cómicas de una trama que, por otro lado, no es excesivamente complicada.

Y este es otro de los pilares fundamentales. Sin ir más lejos, la historia de Julie y Julia gira en torno a una joven que decide hacer cada día las recetas de una famosa cocinera francesa y colgar el resultado en un blog. En esto también se nota la mano experta de Ephron. Guionista y directora, conocía a la perfección los mejores caminos para atraer al espectador con cintas entrañables, tiernas y sencillas sin llegar nunca a insultar su inteligencia ni aburrirle. Y eso,sobre todo a tenor del resultado de muchas comedias románticas actuales, es todo un arte.

Reconozco que nunca he sido un fiel seguidor de este tipo de cine, pero nombres como el de la directora de Tienes un e-m@il siempre han sido seguro de, por lo menos, una historia curiosa y dinámica. Por supuesto, en toda carrera siempre existen títulos de peor calidad, pero con menos de una decena de películas dirigidas y unos 15 guiones firmados, el balance que arroja la estadística es más que satisfactorio.

Suya es la culpa, por ejemplo, de que medio mundo se emocionara y riera con Cuando Harry encontró a Sally… (1989), que se sorprendiera con un ángel muy particular en Michael (1996) o que encumbrara a una actriz como Meg Ryan a la categoría de reina de la comedia romántica junto a nombres como el de Julia Roberts (Pretty Woman).

Si bien en los últimos años había realizado cintas de menor éxito como Embrujada (2005), el estreno de Julie y Julia dio un nuevo empujón a un estatus ganado por derecho propio con trabajo milimétrico en el guión y solvencia en la realización. Y puede que no sea su obra más completa, como ya he mencionado, pero sin duda es un fiel reflejo de un estilo cada vez más relegado por la broma pesada, el chascarrillo sexual o erótico, y los gags físicos más brutos que se puedan encontrar. En cierto modo, la cinta de Streep devuelve la elegancia a la historia, la profundidad (mínima) a los personajes y el entretenimiento a las situaciones cómicas.

Un género que no se caracteriza por la risa fácil, sino por la sonrisa cómplice. Un género que no busca las explosiones de júbilo, sino la emoción contenida de situaciones injustamente provocadas por malentendidos o caprichos del destino. Un género, en definitiva, que requiere de manos hábiles para no traspasar la línea de lo empalagoso y lo manido. Nora Ephron tenía ese don.

Diccineario

Cine y palabras

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