‘It’: Todos flotamos con la coulrofobia


Diversos estudios han demostrado que el miedo a los payasos, la coulrofobia, tiene un origen psicológico muy concreto. No es algo irracional, dicho de otro modo. La famosa novela de Stephen King, como el resto de obras del autor, ahonda sin embargo en muchos otros aspectos sociales, y la nueva versión cinematográfica potencia todo esto para ofrecer al espectador toda una experiencia visual y emocional en la que destaca, por encima de cualquier otra cosa, un Bill Skarsgård (Victoria) excepcional.

Con todo, sería injusto defender un film como It únicamente por la interpretación del terrorífico payaso Pennywise. Realmente, todo el conjunto es una notable interpretación de conceptos habituales en la obra de King, desde la amistad, la unidad, el poder del miedo y la valentía y, sobre todo, el mal que acecha con la forma de aquello que puede parecer más inocente. Relegado a un segundo plano queda, por tanto, el componente sangriento o efectista, al que es cierto que se recurre en momentos puntuales pero que no copa toda la atención de la trama, lo cual es de agradecer tanto a los guionistas, entre los que se encuentra Cary Fukunaga (serie True detective), y al director.

Una trama que en manos de Andrés Muschietti (Mamá) adquiere una ambientación fría y violenta marcada por la soledad de un grupo de niños que tiene que enfrentarse a sus miedos sin la ayuda de unos adultos que parecen más preocupados en sus propias necesidades que en las de sus hijos. Con un lenguaje visual a caballo entre el thriller psicológico y el gore más explícito, el director explota al máximo la labor interpretativa tanto de Skarsgård como de los niños que protagonizan esta primera parte, la mayoría de estos últimos prácticamente debutantes en un largometraje.

El único ‘pero’ que podría ponerse al film es una duración excesiva que obliga al relato a introducir secuencias, lo que aunque refuerza la idea de terror, tampoco aporta mucho más al desarrollo dramático de la relación o los miedos de estos chicos en su lucha contra un mal que se alimenta de ellos. A pesar de ello, la cinta se revela como un desafío terrorífico, una prueba de amistad marcada por algunos momentos violentos, otros aterradores y otros sangrientos, con un final que viene a explicar aquello de “Todos flotamos aquí abajo”. Pennywise vuelve a hacer de las suyas 27 años después, tal y como Stephen King ha dejado escrito.

Nota: 7,5/10

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‘Expediente Warren: El caso de Enfield’: el terror más documentado


'Expediente Warren: El caso Enfield', más terror en el caso más documentado.La segunda parte de estos casos paranormales basados en las aventuras del matrimonio Warren deja claras dos cosas. Uno, que se puede hacer un cine de terror alejado de sustos fáciles, de efectos de sonidos y con una historia profunda y sólida. Y dos, que James Wan (Saw) es posiblemente el mejor director de terror de esta generación. Y no lo es porque conozca las claves del género, que también, sino por un lenguaje visual tan fresco y diferente que resulta fascinante.

Así, esta nueva aventura deja en evidencia que lo fundamental en cualquier película, sea del género que sea, es contar con una coherencia narrativa y unos personajes que, aunque sea por poco, no sean unidimensionales. La trama, ambientada en Reino Unido, enfatiza en todo momento los conflictos personales y matrimoniales de la pareja a la que dan vida Patrick Wilson (Zipper) y Vera Farmiga (La huérfana), siendo determinantes en la forma de afrontar el caso de ambos investigadores y en las diferencias de las que hacen gala, sutiles pero justificadas. Son ellos, junto a las situaciones que vive la familia protagonistas, los que aportan más dramatismo a una trama, por otro lado, notablemente previsible, con elementos ya vistos en otras cintas de similares características y con un final tan agradable como verídico.

Precisamente ese halo de realismo que imprime el hecho de que sea el caso paranormal más documentado de la historia es lo que genera un escalofrío aún mayor. Más allá de levitaciones y de fantasmas, más allá de demonios y monstruos, la estructura narrativa del conjunto adquiere una coherencia inusitada que se ve acrecentada por la magnífica labor de Wan, quien vuelve a recurrir a la profundidad de campo y a los naturales movimientos de cámara para dejar claro que el miedo está en los espacios mundanos, en los detalles cotidianos. La forma de narrar el primer encuentro entre el matrimonio Warren y el poltergeist es simplemente brillante, y algunos hallazgos visuales de la trama, detalles sin demasiada relevancia a priori, no hacen sino consolidar la idea de que estamos ante un producto notable.

Producto que, para muchos, es sensiblemente mejor que su primera entrega. Expediente Warren: El caso de Enfield es todo lo que se le puede y debe pedir a una secuela: más de todo, pero sobre todo más historia, más trama. Y es por ello que la cinta eleva el terror a un estado casi subconsciente en el que el espectador se sumerge en la historia para hacerse partícipe de la investigación, y no tanto del drama familiar. Aunque parezca banal, este detalle en el punto de vista es crucial para entender que la cinta genera un terror que cala hasta los huesos, pero en ningún momento pone al espectador en el centro de las posesiones, sino que le sitúa en el limbo de creer o no creer lo que ven sus ojos. De él depende que esa noche no duerma.

Nota:7,5/10

‘La bruja’: un terror de personajes alejado de efectismos


Anya Taylor-Joy sufrirá las consecuencias de ser considerada 'La bruja'.El cine de terror moderno está tan acostumbrado a artificios, a efectismos de luz (o sombras) y sonido, que encontrar una obra que apela a un miedo mucho más profundo y menos terrorífico siempre es de agradecer. Y para ello nada mejor que recurrir a las historias de nuestros ancestros, al miedo que provoca enfrentarse a lo desconocido, sobre todo si es en un contexto social devoto y profundamente creyente.

Es ahí donde Robert Eggers ha encontrado una espléndida inspiración para su debut en el largometraje. La bruja es, ante todo, un relato de cómo el miedo es capaz de destruir la felicidad, el núcleo familiar y la confianza que los padres y los hijos se profesan. Si bien es cierto que los elementos fantásticos siempre están presentes a lo largo de la trama, su relevancia se limita a la mínima expresión, convirtiéndose más bien en pilares de carga dramáticos que en ningún momento roban importancia a unos personajes perfectamente definidos, a unos más que notables actores y a una puesta en escena tan sencilla como brillante.

La evolución que viven los protagonistas, expulsados de una comunidad por la soberbia de saber lo que quiere Dios por encima del resto de devotos, les convierte en víctimas de sus propios temores, auspiciados por situaciones y vivencias que, aunque con explicación terrenal, adquieren dimensión demoníaca gracias a esas pequeñas pinceladas y a un final que puede parecer excesivo, pero que resume con bastante precisión el significado final del film: si después de sufrir humillaciones y ataques de aquellos que más quiere lo único que obtiene es la soledad, la única alternativa es convertirse en lo que todo el mundo piensa que es.

Desde luego, La bruja es ante todo una historia compleja, alejada de trucos baratos que ahonda en los temores de los hombres apelando a ese miedo irracional a lo desconocido. Nada de vísceras (aunque el comienzo removerá más de un estómago), nada de estridentes sonidos (a destacar la espléndida banda sonora) y nada de cosas surgiendo de la oscuridad. El verdadero miedo nace a plena luz del día, y en este sentido la película se sincera con el espectador para convertirse en un relato sólido.

Nota: 7/10

‘Macbeth’: la bella fuerza del minimalismo


Michael Fassbender y Marion Cotillard protagonizan la nueva versión de 'Macbeth'.Una nueva versión de una obra de teatro de William Shakespeare siempre tiene dos caras. Por un lado, es muy difícil no lograr una película más que correcta, con todos los ingredientes que se esperan de un drama atemporal como los que escribió el dramaturgo inglés. Pero por otro, es igual de difícil conseguir que esa adaptación destaque por encima del resto, precisamente por la cantidad de veces que se han llevado al cine. Por eso esta segunda película de Justin Kurzel (Snowtown) tiene el mérito que tiene.

Porque no solo tiene un desarrollo dramático notable, sino que la puesta en escena utilizada por el director es espléndida. Aprovechando al máximo el minimalismo de unos decorados naturales, Kurzel compone una obra arrebatadoramente bella y apasionadamente violenta, en la que la luz se combina con el color para mostrar al espectador toda una paleta de tonalidades que ayudan a la historia a ahondar más en las emociones que describe la obra. Ambición, dudas, angustia, miedo. Prácticamente todos los estados que vive el protagonista, incluyendo la batalla final, tienen un color propio. A ello se suman unos decorados asépticos y muy teatrales en los que lo que más destaca son los actores.

Y menudos actores. Tanto Michael Fassbender (Frank) como Marion Cotillard (Lazos de sangre) van más allá de la simple carga dramática para dotar a sus personajes de una entidad que ofrece, aunque sea sutilmente, varias interpretaciones en la relación entre ellos. Lo que logra Fassbender con su Macbeth es simple y llanamente la obra de un actor que no se conforma con volcar la clásica ambición sobre sus actos, dotándoles además de la soberbia, el miedo y los remordimientos en prácticamente todo el metraje. Y Cotillard no se queda atrás. Su monólogo final, en un único primer plano que permite captar hasta el más mínimo pestañeo, es impagable.

De este modo, Macbeth logra superar la simple adaptación de la obra de teatro para componer un bello y potente film acerca de la ambición, del poder y de la ruina a la que lleva el ansia de lograr por medios ilícitos aquello que nos es prometido. Una cinta visceral en la que no son solo los actores los que llevan el peso de la historia, sino en la que la puesta en escena y la narrativa del director, combinando cámara lenta y rápida, iluminación y color, dicen tanto o más que los diálogos. Se le puede achacar falta de ritmo en varias ocasiones, pero queda compensada por la belleza y dureza que desprende la película.

Nota: 7,5/10

‘Show me a hero’, la espiral autodestructiva de la adicción al poder


Oscar Isaac protagoniza la miniserie 'Show me a hero'.Es muy difícil ver entre las series actuales un producto como Show me a hero, miniserie basada en el libro de Lisa Belkin que han escrito David Simon y William F. Zorzi, cerebros detrás de The aire, y que ha dirigido Paul Haggis (Crash). Esa dificultad no radica en su temática, ni siquiera en su estructura, sino en el enfoque que sus responsables aportan a un tema tan actual como antiguo: la tolerancia, la lucha de clases y, sobre todo, la adicción. Porque sí, a lo largo de sus seis episodios la trama trata sobre muchas, muchísimas cosas (uno de sus mayores atractivos), pero lo que subyace en el fondo es una historia de adicción. Curiosamente, las drogas son lo de menos.

Aquellos que no conozcan la historia de Nick Wasicsko (interpretado maravillosamente por Oscar Isaac –Las dos caras de enero-) posiblemente se sorprendan de que los problemas de integración que pueden verse hoy en día en muchas ciudades y barrios del mundo ya se daban en los años 80. La lucha de algunos concejales y alcaldes por lograr una mejor calidad de vida para todos sus ciudadanos se encontró no solo con la oposición de políticos, sino con el rechazo social, hasta el punto de pagar las decisiones sociales y morales con toda una carrera política. Sin desvelar el final de este personaje, protagonista de un particular infierno, sí es importante dejar claro que el título de la serie es un claro homenaje a lo que logró y, como ya he dicho, al precio que tuvo que pagar para ello.

Pero volviendo a la idea de la adicción, auténtico meollo de Show me a hero, cabe destacar la labor realizada por Simon y Zorzi en calidad de guionistas. Su forma de impregnar el desarrollo dramático de esa pátina autodestructiva que supone cualquier adicción hace que la trama se mueva en todo momento por senderos previsibles aunque no por ello menos interesantes. En realidad, lo que se consigue con la sutileza aportada por ambos guionistas es una sensación de estar ante un inevitable precipicio que, sin embargo, solo empieza a atisbarse a partir del cuarto episodio, cuando la espiral en la que entra el protagonista se torna evidente. Casualidad o no (me inclino a pensar que no), los acontecimientos a los que se enfrentan muchos de los personajes secundarios terminan por disimular la verdadera adicción que explica la serie, y que en algún que otro momento se llega a explicar.

Una adicción al poder, a ser reconocido, a tener esa posición social y política que genere toda una serie de corrientes de comunicación y de actuación que permitan, en una palabra, sentir utilidad y notoriedad. Da igual si la adicción se trae de casa o si se adquiere una vez se prueban las mieles del éxito. Lo interesante, y en esto la serie acierta de lleno, es asistir al proceso de descubrimiento, comprender que lejos del drama social que narra, esta miniserie adquiere un mayor significado al desarrollar una complejidad sin igual en su protagonista. La inocencia con la que inicia el camino, ya sea real o ficticia, desaparece en los compases finales de la producción, revelando un rol ambicioso, capaz de lo que sea por catar de nuevo las mieles del poder. Esa desesperación, esa pérdida de control de nuestra propia conciencia y moral, es lo que termina definiendo esa adicción.

Reparto de campanillas

Y eso, más allá de aspectos formales y narrativos, es el gran acierto de Show me a hero, que escapa del drama social al uso para exponer un arco dramático apasionante, fascinante y, por último, compasivo. No cabe duda de que el triángulo formado por Haggis, Simon y Zorzi, e Isaac es el alma de esta serie. La apuesta narrativa de Haggis, director habituado y aficionado a las historias corales con tramas interconectadas, es tan sobria como sugerente. De la estructura creada por Simon y Zorzi poco más se puede decir, salvo que adentra al espectador en un drama para terminar mostrándole otro relativamente diferente. E Isaac… bueno, simplemente se convierte en su personaje.

Pero en la serie brillan con luz propia muchos otros elementos. Comenzando por un reparto de campanillas en estado de gracia (en el que destacan nombres como Alfred Molina, James Belushi o Catherine Keener), y terminando por un diseño de producción, vestuario y maquillaje imprescindible (las imágenes finales de la época así lo confirman), este biopic trata en todo momento de acercarse a la realidad de una época convulsa en sus ideales y dramática en su día a día. Posiblemente esto sea, al mismo tiempo, una ventaja y un inconveniente, pues en este caso la realidad tiene muchos momentos de tedio, de estática, lo que juega en contra de un desarrollo fluido.

Un análisis posterior, sin embargo, permite apreciar que incluso en los momentos en los que parece que la historia se estanca lo que existen en realidad es un desarrollo de, precisamente, dichas adicciones. Por supuesto, existen las consecuencias directas de las drogas y del poder, pero hay muchas adicciones más, entre ellas al amor (lo que lleva a una joven a perder su casa). Evidentemente, esto queda algo diluido en el desarrollo, que también se ve lastrado por la necesidad de narrar muchas historias personales, tal vez demasiadas, en un periodo de tiempo muy largo. Esto exige del espectador algo más que sentarse delante de una pantalla, y en cierto modo eso también enlaza con la idea inicial de que esta serie no es algo habitual en las parrillas.

El resumen de este análisis podría ser que Show me a hero es una miniserie notable, con un interés que va más allá de lo dramático. Un biopic que permite al espectador ahondar en la figura de un político que terminó siendo adicto al poder (que lo fuera antes es algo que queda a discreción de cada uno). Pero también es una producción difícil que no tolera un primer acercamiento ligero. Exige mucho, pero también aporta mucho. Socialmente hablando ofrece interesantes conclusiones sobre la sociedad en la que vivimos, incluso cuando la historia se retrotrae más de 20 años. Psicológicamente hablando creo que no hace falta decir más. Una serie recomendable para paladares exigentes.

‘Penny Dreadful’ aprovecha la literatura de terror en su 1ª temporada


Los vampiros son los protagonistas de la primera temporada de 'Penny Dreadful'.Ver el nombre de John Logan, guionista de Gladiator (2000), La invención de Hugo (2011) o Skyfall (2012), en una serie ya debería ser aliciente más que de sobra para, al menos, prestar atención al producto. Si a esto le sumamos unos actores notables y una temática que bebe de la literatura clásica de terror, el atractivo es mucho mayor. Por eso la primera temporada de Penny Dreadful, de apenas 8 episodios, ha logrado el éxito que ha logrado, lo que no impide que la historia pueda mejorarse.

Puede que lo más misterioso de esta ficción sea, precisamente, que a pesar de su evidente carácter terrorífico, no está planteada como una trama de terror. El misterio, la intriga y, sobre todo, la ambientación de ese Londres victoriano juegan un papel más importante que la sangre, el susto fácil o la violencia, por otro lado presentes a lo largo de este primer arco dramático. Como si de una ‘Liga de los Hombres Extraordinarios’ se tratara, la confluencia de los extraños personajes protagonistas otorga a la serie un atractivo halo de misterio que no hace sino hipnotizar más que cualquier otro aspecto.

Eso no quiere decir, sin embargo, que sea una historia sorprendente. Cualquier amante de la literatura y de los monstruos clásicos del terror es capaz de averiguar con bastante antelación las debilidades, fortalezas y secretos de los principales protagonistas, más si cabe cuando la mayoría responden a nombres tan conocidos como Dorian Gray (Reeve Carney, visto en American Playboy) o Victor Frankenstein (Harry Treadaway, conocido por El llanero solitario). Tan solo el misterio de algunos, como el de Eva Green (Sombras tenebrosas), es capaz de mantener la fascinación por el conocimiento, aspecto que queda plenamente satisfecho al explicar sus pasados en no pocos episodios.

Pero sin duda lo mejor de Penny Dreadful es la integración de todos los personajes, de todas las tramas, en una historia mucho mayor. La búsqueda de Mina Harker, novia inmortal de Drácula, no es más que una excusa para explorar las relaciones humanas de un grupo de seres complejos, marcados por las oscuras caras de sus personalidades y que arrastran todo tipo de pecados. En este sentido, Logan aprovecha la fuerza literaria de los personajes para trasladarla a la propia trama, convirtiendo la serie en un drama manchado de sangre y dolor que sabe nutrirse de la influencia de las obras originales. Dicho de otro modo, el creador de la serie se aparta del recurso fácil para adentrarse en el lado más profundo de sus criaturas.

Luces y sombras

No cabe duda de que esta primera temporada de Penny Dreadful es un relato sobrio, construido de forma inteligente y que juega en todo momento con la duda, tanto la que tienen sus protagonistas con el mal al que se enfrentan como la que asalta al espectador con la verdadera naturaleza de algunos personajes, sugerida pero nunca revelada hasta el episodio final. En este sentido, la trama crea una espiral compleja que atrapa sin remedio a todo aquel que se acerca a este rico fresco literario y cinematográfico.

Pero no todo son luces en esta tenebrosa historia. La obra de Logan peca en todo momento de cierta ingenuidad, no tanto en las consecuencias de sus actos como en el hecho de que parece proponer algo más de lo que realmente termina ofreciendo. En efecto, estos personajes marcados por la culpa y el dolor de sus pecados siempre parecen poder superar los momentos más lúgubres sin que dejen demasiadas secuelas en su personalidad. Como si del cuadro de Dorian Gray se tratara, todos parecen seguir adelante a pesar del rastro de sangre y muerte que dejan a su paso.

Esto, aunque un mal menor en una serie más que notable, impide que se pueda hablar de una producción excepcional, quedándose en un mero entretenimiento (rico y culto, eso sí) que poco puede llegar a sorprender. Una mayor entrega a las consecuencias de sus actos, por ejemplo, generaría un conflicto interno más complejo, cuyas consecuencias externas podrían dar lugar, a su vez, a una mayor complejidad. Pero como digo, es un mal menor, pues entre otras cosas la propia serie no pretende en ningún momento, al menos en esta primera entrega, ser más que eso.

Puede parecer que Penny Dreadful, con sus elaborados diálogos y el carácter apesadumbrado de sus protagonistas, es una reflexión sesuda sobre el bien y el mal, sobre el pasado y los pecados de los hombres, pero en realidad es un entretenimiento no apto para todos los gustos. Aunque la serie puede disfrutarse de cualquier manera, el conocimiento de los relatos clásicos aportará, sin duda, una mejor apreciación de algunos matices. Sea como fuere, la serie es un magnífico relato sobre la tragedia, el dolor y la culpa. Sus bases literarias no hacen sino acentuar la espléndida ambientación que logra John Logan. Notable.

‘Regresión’: miedo a las reglas del thriller


Emma Watson y Ethan Hawke protagonizan 'Regresión', de Alejandro Amenábar.No voy a ser yo quien, tras películas como Tesis (1996) o Abre los ojos (1997) descubra ahora que Alejandro Amenábar se siente muy cómodo en el thriller. El suspense de muchos de sus films, unido a su capacidad de narrar muchas veces con información sugerida y no con hechos palpables, le ha permitido crear algunas de las mejores historias del cine español moderno. Y hasta cierto punto, su nueva película tiene buena parte de ese espíritu. Pero hete aquí que, cosas del destino, es el propio director el encargado de eliminar el suspense antes de tiempo.

Es fácil entender Regresión como un thriller al uso, con su policía que debe afrontar su propia forma de ser, con un caso que tiene más implicaciones de las inicialmente previstas, y con una víctima que parece ocultar información sobre lo ocurrido. Y si esta combinación la enmarcamos en el satanismo que adquirió relevancia en los años 90, lo que nos encontramos es una interesante reflexión sobre la naturaleza humana, sobre el poder que tiene la sugestión no solo de nuestros semejantes, sino de todos los canales que nos rodean. Dicho de otro modo, es una reflexión sobre cómo el miedo se apodera poco a poco de la mente más curtida.

Y eso, de un modo u otro, convierte al nuevo film de Amenábar en algo diferente. El pulso narrativo del director, además, imprime a la historia un halo de misterio añadido. Pero todo ese misterio se desvanece demasiado pronto. Sin desvelar la historia, existe un momento clave, que en cierto modo podría identificarse con el segundo punto de giro de la trama, que rompe por completo con el suspense, desvelando la realidad con un simple plano. El motivo de esta decisión podría estar en que, en realidad, la película no es sino un estudio sobre lo sugestionable de nuestra mente.

Pero aunque esto sea así, lo cierto es que Regresión pierde fuerza desde el momento en que enseña sus cartas de forma tan descarada. La sensación que deja en el espectador es la de estar ante un producto que podría haber sido mucho más si hubiese querido explotar más el suspense que propone al principio, y no limitarse a exponer la debilidad del ser humano ante sus propios miedos. Incluso con eso, el reparto, el estilo visual y las reflexiones que arroja merecen el precio de una entrada.

Nota: 6,5/10

‘Del revés’: reinterpretar la vida de dentro hacia fuera


Tristeza, Miedo, Ira, Asco y Alegría son las emociones protagonistas de 'Del revés'.Pixar siempre se ha diferenciado de sus más directos competidores en la impecable factura técnica de sus películas. De hecho, cada nueva aventura suponía un reto técnico y artístico. Pero como era de esperar, tarde o temprano eso tenía que terminarse. Ahora bien, estamos hablando, literalmente, de unos genios, de unos avanzados a su época capaces de estremecer y encandilar sin necesidad de diálogos y de diseñar fluidos y movimientos orgánicos tan realistas como la vida misma. Por ello, el reto de su nueva película no estaba en la técnica, sino en el concepto narrado y el modo en que se narra. Y el resultado vuelve a demostrar la enorme distancia que existe con otros estudios, incluida la propia Disney.

Si algo encandila de Del revés es, desde luego, la traducción a la vida real de los acontecimientos que se narran. El paso de la infancia a la adolescencia de una niña de 11 años separada del mundo que siempre había conocido sirve de excusa para explorar un terreno hasta ahora ignoto. Con la aventura como vehículo narrativo, desde luego lo más fascinante del relato es comprender las consecuencias externas que tiene lo que ocurre en la mente de la pequeña. De dentro hacia fuera, como reza el título original. Y en esta deconstrucción de las emociones humanas hay hueco para todo, desde la comprensión de que no todo es blanco o negro (alegría o tristeza) hasta los sacrificios que hace nuestra mente de aquellos aspectos de nuestra infancia que lastran la madurez.

Por supuesto, todo con un colorido y un dinamismo inconfundibles. Habrá quienes quieran tacharla de infantil. Bueno, de todos los títulos de la productora es uno de los que más se ajusta a esta descripción. Pero una breve reflexión sobre el contenido obliga a modificar sensiblemente la valoración para introducir un factor que muchas películas de animación olvidan: este tipo de cine debe estar dirigido tanto a mayores como a pequeños. Y es aquí donde Pixar demuestra por enésima vez que sus cintas nunca podrán pasar de moda porque narran conflictos universales, momentos que todo ser humano ha vivido antes o después.

Es posible que Del revés posea algunos momentos de ralentización narrativa, permitiendo que el interés del público decaiga ligeramente. Sin embargo, toda la película es una genialidad, desde el colorido utilizado hasta el concepto narrativo, pasando por la traducción en imágenes del funcionamiento de los recuerdos, las emociones o el subconsciente. Desde luego, Pixar lo ha vuelto a conseguir, dejando atrás ciertas impresiones que apuntaban a un cansancio creativo. Y por si alguien quiere encontrar algún detalle técnico que marque la diferencia, ahí va uno muy personal: el bebe con el que comienza el film.

Nota: 8,5/10

‘Insidious: Capítulo 3’: demasiado susto para tan poca atmósfera


Dermot Mulroney y Stefanie Scott protagonizan 'Insidious: Capítulo 3'.El riesgo que corre cualquier continuación cinematográfica es caer en los mismo tópicos que su predecesora sin aportar, al menos, un aliciente en forma de espectacularidad, complejidad dramática o sorpresa. En este particular mundo de las secuelas el cine de terror suele salir muy mal parado, repitiendo fórmulas que funcionan hasta el punto de destruirlas por aburrimiento. Y eso es lo que le ocurre, a grandes rasgos, a la tercera parte de Insidious, uno de los films más terroríficos de los últimos años que, con esta entrega, se ve obligada a recurrir al final feliz para tratar de dar un nuevo sentido al poco esperanzador final de la original.

Planteada como una precuela centrada en el personaje interpretado por Lin Shaye (Algo pasa con Mary), la cinta vuelve a recurrir a aquellos elementos que han dado fama a la serie de películas, incluida la representación de ese mundo de los espíritus en forma de la más absoluta oscuridad. Y gracias a ello, y en cierto modo al buen recuerdo de sus predecesoras, la película arranca con fuerza, sin apenas dar un momento de respiro al espectador y planteando las bases de lo que posteriormente será el desarrollo de la trama. Pero por desgracia se queda en eso, en un buen comienzo. A medida que se desarrolla el arco dramático principal protagonizado por el rol de Stefanie Scott (Sin compromiso) la película echa mano de tópicos sustos y secuencias hipotéticamente aterradoras para adentrarse en un manido terreno del terror.

Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una cinta de terror atmosférico y casi claustrofóbico se queda al final en un mero film de sustos, acción y fantasmas a cada cual más desagradable. Y dicho de otro modo también, esta tercera parte pierde la esencia de lo que dejaron las dos entregas anteriores. Olvidadas quedan esas secuencias en las que todo tipo de personajes, vivos y muertos, se mueven en las diferentes profundidades del plano, una de las señas de identidad de la saga y, sin duda, uno de los elementos más angustiosos de la trama. Además, la incorporación del ente maligno de las dos primeras partes se antoja forzada, como si existiera la necesidad de relacionar esta tercera parte con las anteriores a través de un malo de turno, al estilo de las clásicas sagas de los años 80.

Lo cierto es que la mano de Leigh Whannell como director debutante se nota, y en algunas ocasiones es demasiado evidente. A pesar de que el guión es suyo, al igual que el de las anteriores entregas, la historia carece de la fuerza que se podría esperar. Esto no quiere decir que no asuste, al contrario. Pero a diferencia del original, recurre a efectos de sonido y apariciones “inesperadas”, obviando en muchas ocasiones la atmósfera y la realización tan características de la saga. Algo que, por cierto, reafirma a James Wan, director de la primera y la segunda entrega, como un director con una visión única. Una conclusión algo mediocre para una saga que ha dado inolvidables momentos de terror.

Nota: 5,5/10

‘American Horror Story: Freak Show’ se pierde en tramas secundarias


Evan Peters protagoniza el circo de las rarezas de 'American Horror Story: Freak Show'.Es complicado darle forma a una serie con tantos personajes como American Horror Story. Al menos una forma que pueda encajar todas sus piezas. La prueba fehaciente es que la serie, en su cómputo general, ha sufrido altibajos notables. Lo bueno es que como cada temporada es independiente se pueden considerar casi como series autónomas; lo malo es que el concepto de la producción queda irremediablemente afectado. La cuarta temporada, American Horror Story: Freak Show, tiene más puntos en común con la caótica segunda parte que con la primera o la tercera. Y eso que su comienzo prometía más de lo que finalmente ha sabido aportar.

Como su título indica, estos nuevos 13 episodios se centran en la vida de un grupo de feriantes ambulantes en un circo de rarezas humanas en el que se dan cita la mujer barbuda, un chico langosta, el hombre foca o la mujer más pequeña del mundo. Pero lo que comienza como un reflejo de una época en la que el miedo a lo desconocido se combina con asesinos en serie vestidos de payaso, ricachones consentidos con tendencias maníacas o embaucadores que hacen lo que sea por conseguir dinero, termina convirtiéndose en un drama sin dirección única, abriendo y cerrando tramas secundarias casi sin tiempo a desarrollar los personajes que en ellas encontramos.

De este modo, los creadores de American Horror Story, Brad Fralchuk y Ryan Murphy (serie Glee) logran enriquecer el mundo que crean, pero pierden la frescura y el dinamismo a medida que se suceden los capítulos. Quizá el ejemplo más evidente lo representa el personaje de Neil Patrick Harris (Mil maneras de morder el polvo), cuya presencia aporta únicamente unas dosis de violencia y vísceras que poco o nada tienen que ver con el sentido general de la serie. En realidad, más allá de narrar los prejuicios y los miedos a los que estas personas tuvieron que enfrentarse a comienzos del siglo XX no existe un desarrollo dramático coherente, lo que deriva en esa incorporación obsesiva de personajes a cada cual más psicópata. No quiere esto decir que no sean relevantes, al contrario. La definición de dichos roles es interesante. El problema es que no se mantienen en la trama lo suficiente como para lograr impactar en la historia general que se cuenta.

La conexión con aquella American Horror Story: Asylum no se limita únicamente a este aspecto. Algunos de los personajes son los mismos que aparecieron en la historia del manicomio, e incluso esta última temporada se permite el guiño de introducir una pequeña secuencia en ese escenario, dejando patente de este modo la relación entre ambas historias. Y dejando patente, también, ese desarrollo sin un objetivo claro que se limita a introducir argumentos secundarios resueltos en poco más de dos episodios y cuya influencia en el arco dramático principal es mínima, en algunos casos incluso nula. Los personajes principales parecen meros espectadores ante muchos de los acontecimientos que se suceden, limitando así el dramatismo que podría haber adquirido esta cuarta temporada.

Unos llegan y otros se van

Aunque en todo este desarrollo que se lleva por delante personajes, tramas y consecuencias destacan sobremanera algunas de las nuevas incorporaciones a la ya extensa familia de American Horror Story. Y curiosamente todos ellos hacen de unos “engendros” que poco o nada tienen que ver con las malformaciones físicas. Entre ellos es imprescindible apuntar a Finn Wittrock (Invencible) como el principal atractivo de esta feria. Su rol de joven malcriado, psicópata y con ínfulas divinas es simplemente brillante sobre el papel y en la pantalla. Wittrock dota a su rol de una suficiencia y elegancia que terminan por ser más aterradores e inquietantes que cualquier efecto circense. Del mismo modo, convertir al hombre forzudo en homosexual no deja de ser una de las más irónicas paradojas que ha dado la serie. Y Michael Chiklis (serie The Shield) está a un altísimo nivel en este papel.

Por desgracia, y siguiendo con esa idea de las tramas secundarias antes mencionada, sus roles y los de otras interesantes novedades no logran tener un desarrollo pleno. Solo el rol de Chiklis puede convertirse en la excepción, pues su descenso a los infiernos de la redención es de lo mejor de toda la serie. Pero es la excepción. La presencia de Wittrock, que adquiere más o menos relevancia en función de las necesidades de la historia (cuando en teoría juega un papel fundamental en la vida del circo), termina por dejar al personaje en un mero villano al que recurrir para darle algo de interés a la trama cuando esta parece desviarse demasiado.

Y junto con las llegadas, los abandonos. Desde luego el más impactante es el de Jessica Lange (El jugador), cuyo protagonismo en todas las temporadas ha sido uno de los principales atractivos de la serie. De hecho, su personaje en este Freak Show representa a la perfección la dualidad entre los “engendros” del circo y los “engendros” que rodean el show. Su papel aparentemente normal evoluciona hasta convertirse en un ser mezquino con el único objetivo de convertirse en una estrella. Y representa a la perfección, también, el desarrollo que tiene toda la serie. Su final y el caos que vive en los episodios inmediatamente anteriores son fiel reflejo de esa irregularidad en el desarrollo del argumento y del final feliz que la serie ha querido dar a sus principales protagonistas.

A pesar de todo, American Horror Story: Freak Show deja en el recuerdo algunos momentos realmente logrados, sobre todo en sus primeros capítulos. La presencia del payaso asesino, del joven interpretado por Wittrock o de los embaucadores dotan al conjunto de tres pilares dramáticos interesantes que nutren la serie. Pero una vez su papel se torna menor la historia pierde cierto sentido, introduciendo personajes que poco o nada son capaces de aportar a la historia, salvo tal vez para crear ese final feliz que los personajes se merecen. El problema es que por el camino esos mismos personajes se pierden en una red de tramas secundarias que no llevan a ningún lado, obligando al espectador a olvidar lo vivido y, lo que es peor, a recordar lo abandonado previamente. Con todo y con eso, AMS sigue siendo una de las propuestas más frescas y originales de la televisión.

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