‘Kingsman: El círculo de oro’: no es oro todo lo que brilla, pero brilla


Hasta ahora Matthew Vaughn (Stardust) nunca había dirigido una secuela. Todos sus proyectos tenían ese componente adicional de ser únicas o, al menos, la primera de una serie. Y eso, unido a la fuerza visual del director, convertían esas cintas en auténticas joyas del séptimo arte. Esta primera segunda parte que dirige, aunque igualmente espectacular en su narrativa y su apuesta visual, pierde la frescura que sí otorgan las primeras partes, y eso es algo que, aunque sea muy en el fondo, se nota.

Quizá el problema (y la virtud) de Kingsman: El círculo de oro radica precisamente en el aspecto visual y en el lenguaje de Vaughn, que aunque original como pocos se mantiene fiel a un estilo ya planteado en la primera entrega. Dicho de otro modo, da la sensación de que el director no quiere (o no se atreve) a experimentar con otra narrativa. O sencillamente no puede. Sea como fuere, esta continuación remite demasiado, en algunos casos con acierto y en otros con algo de desatino, al estilo de la cinta original. Si a esto le sumamos un guión que no solo no aporta demasiado a la historia inicial sino que además hace algo más alargada la trama, lo que tenemos es una secuela previsible, entretenida como pocas pero que ofrece pocas novedades a lo ya visto hasta ahora.

Eso no quiere decir, ni mucho menos, que no estemos ante una cinta divertida y sumamente entretenida. Y a esto contribuyen, no cabe duda, las incorporaciones al reparto original, desde una Julianne Moore (Siempre Alice) muy cómoda como la villana de turno, hasta un Pedro Pascal (Destino oculto) que es capaz de acaparar la atención en prácticamente todas las secuencias del film en las que aparece. Eso por no hablar del humor que desprende toda la trama incluso en los momentos teóricamente más serios o dramáticos. Gracias a estos elementos la cinta es capaz de superar con relativa facilidad los problemas que presenta en lo que a ritmo se refiere, sobre todo en algunos momentos más narrativos del metraje.

En el fondo, Kingsman: El círculo de oro no deja de ser una cinta de aventuras y espionaje más. Visualmente poderosa y muy divertida, la película entretiene, los actores y los espectadores se lo pasan en grande, y la narrativa es ágil, fresca y dinámica, salvo en algunos momentos. Pero la película aporta más bien poco al universo ya presentado en la primera parte, y eso termina por restar algo de brillo al conjunto. En cierto modo, esta segunda parte responde a todo lo que debe tener una segunda parte: más de todo. Tal vez sea porque Vaughn nos ha acostumbrado a cosas fuera de lo común cada vez que se pone tras las cámaras, y esta cinta no lo es. No significa un fracaso. Es simplemente que no tiene el factor sorpresa de la primera entrega, pero eso no impide que se pueda disfrutar a carcajada limpia.

Nota: 7/10

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‘Atómica’: La espía que destrozó Berlín en 1989


Que actores como Charlize Theron (Lugares oscuros), James McAvoy (Trance) o John Goodman (Día de patriotas) decidan trabajar en la primera película de un director como David Leitch debería ser suficiente para, al menos, despertar la curiosidad del más incrédulo. La combinación de estos nombres, con todo lo que eso conlleva artística y visualmente hablando, han dado lugar a un producto que, si bien es cierto que bebe de muchos films similares anteriores, ofrece un espectáculo único, un complejo puzzle de espionaje, acción y drama que deja algunos de los momentos más interesantes del panorama cinematográfico actual, al menos en lo que a apartado formal se refiere.

Puede que Atómica sea, desde el punto de vista del argumento, algo enrevesada. Basándose en la novela gráfica escrita por Antony Johnston, el film tiende, sobre todo en su tercio final, a rizar el rizo del espionaje, a situar la trama en un nivel de complejidad que no termina de encajar con el tono previo que ha tenido la narración, obligando a una especie de final triple que alarga innecesariamente la historia y que, aunque da un sentido muy distinto a todo lo visto durante las casi dos horas de metraje, también plantea otras dudas que no quedan resueltas como deberían. Eso por no hablar de que la definición de algunos secundarios se realiza de forma tan esquemática que tiende a perderse en la maraña de personajes y tramas que suelen definir este tipo de historias.

Con todo, y aunque parezca increíble, este es un mal relativamente menor. La película de Leitch es un espectáculo visual en todos sus sentidos, desde una puesta en escena que juega con inteligencia con los colores y la calidez o frialdad de la luz, hasta algunos hallazgos visuales sencillamente perfectos, como es ese largo plano secuencia que comienza en la calle, pasa por varias peleas dentro de un edificio y termina en el agua. Eso por no hablar de la intensidad de las secuencias de acción, cortesía de un director curtido en este tipo de situaciones (ha sido especialista y director de segunda unidad de este tipo de secuencias en otros films). Todo ello aporta a esta historia un sabor único, a medio camino entre la decadencia y el kitsch, que se acentúa por una banda sonora imprescindible para melómanos.

La verdad es que Atómica apenas da respiro al espectador para acomodarse en su butaca. Y entre medias, las suficientes secuencias narrativas para explicar el contexto, la trama y la doble moral de muchos de los personajes. Una cinta de espionaje que sin duda evocará varios héroes masculinos del género, y que en esta ocasión tiene a una belleza como Theron repartiendo mamporros con cualquier objeto a su alcance. Espectacularidad, adrenalina y mucha intriga, aunque esta última puede terminar por resultar algo irreal según se acepten o no los falsos finales que presenta. En cualquier caso, es un mal que puede poner una mancha en el expediente de esta espía en el Berlín de 1989, pero que no resta valor al resto de su historia.

Nota: 7/10

La 4ª T. de ‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ divide… ¿pero vence?


Es relativamente habitual que en los cómics de superhéroes una trama dure varios números. Un arco argumental que permite a la historia llevar al héroe de turno por un camino, presentando de paso un nuevo villano (o nuevos aspectos de uno conocido) y generando todo un terremoto en lo narrado anteriormente. Y aunque es algo positivo en las viñetas, encadenar estos arcos en una única temporada de televisión puede ser contraproducente. Ese trasfondo subyace en la cuarta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., cuyo argumento (o argumentos) lleva a los protagonistas a vivir muchas, tal vez demasiadas aventuras. En manos del espectador queda que eso sea algo bueno o malo, pero lo que está claro es lo que aporta y lo que resta.

Entre lo primero cabe destacar el modo en que esta serie creada por Maurissa Tancharoen, Jed Whedon y José Whedon, guionista y creadores de la serie Dollhouse, amplía el universo de Marvel tanto en la pequeña pantalla como en la grande. Si bien es cierto que la conexión entre largometrajes y capítulos es prácticamente nula en esta temporada, a lo largo de los 22 episodios se introducen nuevos personajes conocidos por los seguidores de la Casa de las Ideas, el más destacado El Motorista Fantasma, interpretado por Gabriel Luna (Transpecos) y cuya presencia en la trama termina por resultar clave. El hecho de que los héroes ya sean conocidos permite dedicar tiempo a explorar el trasfondo dramático tanto de este rol como de los villanos de turno, profundizando en cierto modo en una base narrativa que traspasa el mero espectáculo visual que, en efecto, ofrece.

Esta cuarta etapa de Agentes de S.H.I.E.L.D. ahonda además en las relaciones entre los protagonistas, planteando nuevos conflictos tanto internos como externos, tanto románticos como morales, que permiten al espectador conocer un poco mejor a sus héroes. La evolución de la trama, con ese arco argumental en un mundo alternativo, plantea la posibilidad de percibir a los héroes desde un prisma diferente, más oscuro si se prefiere, y cuyas consecuencias, vistas levemente al final de esta temporada, deberían tener más peso en los próximos episodios. El modo en que cada personaje afronta la realidad que cree vivir en ese mundo artificial ayuda a crear una brecha en un grupo que parecía demasiado unido, demasiado homogéneo, devolviendo algo de conflicto que, aunque termina resolviéndose de forma un tanto apresurada, debería dejar un rastro en la personalidad de cada rol.

La serie ha permitido también depurar la presencia de algunos secundarios que, aunque interesantes, aportaban poco o nada al conjunto. En este sentido, la serie termina con el núcleo duro de estos espías unido de nuevo, a diferencia del inicio de los capítulos y con un nuevo reto por delante que, esperemos, tenga un desarrollo algo más amplio que el de esta temporada. Porque sí, la presencia de dos grandes arcos argumentales (algo que, en mayor o menor medida, ya ocurrió en la tercera temporada) ha ayudado a la trama a profundizar en algunos personajes, en incorporar a otros nuevos y en dotar al conjunto, en general, de una mayor espectacularidad. Pero en el lado opuesto de la balanza hay aspectos que lastran al conjunto, y muchos tienen que ver precisamente con lo bueno que ofrece la temporada. Dicho de otro modo, son las dos caras de una misma moneda.

Menos tiempo, más prisas

Posiblemente lo más complejo de esta etapa de Agentes de S.H.I.E.L.D. radica precisamente en los dos arcos argumentales que presenta. Si bien es cierto que tienen un nexo de unión, éste parece recordarse y olvidarse según convengan, utilizándolo para plantear los conflictos y recuperándolo únicamente para un giro narrativo final que, literalmente, puede interpretarse como un ‘Deus ex machina’. Y esto no es casual. De hecho, es una consecuencia directa del poco tiempo narrativo que tienen sus creadores para utilizar los recursos a su alcance. El hecho de tener que plantear dos comienzos, dos nudos y dos desenlaces en poco más de 20 episodios obliga a economizar el espacio dramático, aportando por lo más evidente y dejando los elementos secundarios en un cajón hasta que sean necesarios. Es un poco lo que ocurre con algunas de las líneas dramáticas de los protagonistas que antes mencionaba: sí, es cierto que aportan mayor profundidad al conjunto, pero solo de forma temporal. Su resolución es tan rápida que apenas parece provocar mella en la personalidad de los héroes.

El gran problema, al menos narrativamente hablando, es que la temporada no da pie a poder ahondar demasiado en algunos personajes secundarios y en su modo de influir en la trama principal, ya sea en la primera o en la segunda. Esta cuarta etapa plantea así varios conflictos emocionales y varias relaciones amorosas que parecen quedarse simplemente en eso, en planteamientos que, si es necesario, se retomarán en el futuro. Y la palabra clave es “necesario”, porque la realidad es que, de mantenerse esta idea de dos arcos argumentales por temporada, lo cierto es que no quedará demasiado tiempo (entre nuevos villanos, nuevos peligros y nuevas aventuras) para retomar determinados asuntos donde se quedaron.

Tal vez haya sido una estrategia necesaria para recuperar de un modo más o menos coherente al grupo inicial de estos agentes, sobre todo tal y como terminó la anterior temporada. Y de hecho, a tenor del final, lo consiguen. Pero el problema sigue siendo el tiempo. El tiempo y las prisas por resolver ciertos conflictos, ciertos dramas secundarios que, siendo sinceros, consolidan la imagen general del desarrollo dramático del conjunto. El hecho de que algunas relaciones personales entre los protagonistas, con todo lo que arrastran detrás temporada tras temporada, planteen conflictos y los resuelvan en un puñado de episodios puede ser positivo para la dinámica de la narrativa, pero no encaja todo lo bien que debería con lo contado hasta ahora. Y ese es un problema (o una seña de identidad, según se mire) de la serie, que parece estar cada vez más introducida en una carrera hacia adelante que le beneficia cada vez menos, al menos en lo que a calidad dramática se refiere.

Porque sí, en espectacularidad hay pocas series que compitan ahora mismo con Agentes de S.H.I.E.L.D. Más allá de las secuencias de acción y de los efectos especiales, la serie ha logrado un nivel de complejidad conceptual y narrativa casi únicas. El problema es que lo ha hecho dejando por el camino demasiados cadáveres, y no me refiero a los villanos derrotados. Su apuesta por una narrativa directa, basada en la idea de que todo, absolutamente todo, está al servicio de la trama principal del momento y del villano de turno, está obligando a eliminar el peso de algunas historias secundarias. Ya sea el enemigo o algún aliado temporal, los nuevos personajes cada vez son definidos de un modo más esquemático, lo necesario para que tengan cierta consistencia. Retomar una única trama por temporada ayudaría a profundizar en estas ideas y dotarían de mayor peso a la serie, aunque habrá que esperar a ver cuál es la apuesta de la quinta temporada.

‘The americans’ afronta con valentía el desarrollo de su 4ª temporada


Keri Russell, Holly Taylor y Matthew Rhys, en la cuarta temporada de 'The americans'.Desde que el séptimo arte me cautivó siempre ha habido una máxima que he buscado: la coherencia de una historia. Puede parecer algo simple y sencillo, pero como el sentido común, muchas veces es lo menos común en cualquier historia. Por eso la cuarta temporada de The americans ha resultado tan interesante. Su creador, Joseph Weisberg (serie Falling Skies) ha sido lo suficientemente inteligente y valiente para dejar que los acontecimientos narrados en la tercera temporada siguieran su curso hasta sus últimas consecuencias, lo que ha ofrecido a la serie un desarrollo dramático vivo, dinámico y con unas conclusiones sumamente interesantes.

Y es que una vez superado el escollo narrativo de las dos realidades que se mostraron en las primeras temporadas (espionaje y familia), era el momento de exponer en qué grado se influyen mutuamente ambos mundos. Son preguntas sencillas, que cualquier espectador puede hacerse, pero que no siempre encuentran respuesta, fundamentalmente porque las ficciones tienden a centrarse en un único aspecto. Sin embargo, espionaje y familia toman en estos 13 episodios una dimensión única y, como ya he dicho, inteligente. Lo que esto provoca, más que conflictos (que los hay), es una tensión dramática muy alta, no tanto por el riesgo de que el entorno de esta familia de espías soviéticos desvele su secreto, como por el trasfondo moral y psicológico que supone descubrir la realidad detrás de un comportamiento.

Dicho de otro modo, toda vez que los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (Mayo de 1940) se han descubierto ante su hija, a la que da vida notablemente bien Holly Taylor (Ashley), las sospechas de que traicione su secreto surgen casi desde el inicio. Y del mismo modo, la joven ve con otros ojos las salidas nocturnas y las excusas sobre trabajo de sus progenitores. Esto provoca un contexto totalmente nuevo en The americans y, sin duda, supone un refrescante punto de vista de la dinámica entre personajes, a lo que se suma la introducción de nuevos roles que, aunque secundarios, juegan un papel fundamental en este espionaje soviético en plena Guerra Fría.

Incluso el interés que parece mostrar el personaje de Taylor hacia el espionaje y la realidad de sus padres en la ficción está tratado con sutileza. No se trata de que la obliguen (es más, parece lo contrario); ni siquiera pretenden reclutarla en alguna misión. Ella, simplemente, comienza a actuar de un modo sutil, considerando que debe, por fidelidad, recabar información de su entorno. Y se produce de forma natural y progresiva, generando no pocas fricciones y evidenciando, en el fondo, que la transformación que parece empezar a sufrir no va a ser un proceso sencillo. Sin duda, esta evolución en el aspecto familiar es una de las más interesantes de la temporada, aunque desde luego no es la única.

Cura y enfermedad

En realidad, lo más interesante de esta cuarta temporada de The americans es la trama de espionaje. Mejor dicho, la que tiene que ver única y exclusivamente con el espionaje. Dejando a un lado los conflictos personales de cada uno de los protagonistas, marcados precisamente por el hastío que parecen sentir respecto a su trabajo (acentuado por la introducción de su hija en la ecuación), es necesario destacar el modo en que la historia de espías de esta etapa se desarrolla. Sin miedo, afrontando los retos con honestidad y siendo consciente de que todo puede pasar. Es más, todo pasa.

Sin esa honestidad, por ejemplo, no se explicaría el giro argumental tan interesante que da la trama secundaria protagonizada por Alison Wright (Diario de una niñera). Sin esa valentía no se habría visto el impactante suceso de mitad de temporada que envuelve a uno de los roles que más juego estaban dando a lo largo de las anteriores temporadas. Y sin eso, en definitiva, no se habría dado desarrollo al entorno del FBI que tanto prometía en las primeras etapas pero que parecía haberse quedado en un mero apoyo para generar algo de tensión dramática cuando el resto de historias perdían interés.

Ahora, sin embargo, Weisberg logra aunar todas las historias en una única trama con diferentes caras. Para ello, evidentemente, elimina secundarios cuyos arcos dramáticos habían caído en una deriva incontrolable y sin demasiado sentido. A otros, los más interesantes, les otorga un papel más o menos determinante en el futuro de la historia, cuyo final en esta temporada es tan inesperado como lógico si se analiza con detenimiento. Y es que en lugar de alargar situaciones que no son capaces de sostenerse sólidamente, el creador de esta ficción opta por dejar que los acontecimientos dominen a los personajes, situándoles en contextos que son incapaces de controlar, y generando así la angustia y la ansiedad en el espectador.

En resumen, The americans evoluciona manteniendo a sus seguidores pegados a la pantalla. La cuarta temporada, lejos de quedarse en una simple reiteración de situaciones, introduce nuevos elementos a la trama principal para complicar el devenir de los protagonistas. Este aumento de la presión y tensión dramática elimina, además, tramas secundarias de forma apabullante y sumamente efectiva, lo que cierra un tanto el abanico de realidades que trata de abarcar la serie (lo que en cierto modo simplifica) pero aumenta la tensión sobre los protagonistas (lo que definitivamente hace más compleja la historia). El final de la temporada pone el foco sobre los protagonistas como nunca antes lo había hecho y, sobre todo, les enfrenta a una realidad incontestable: o desvelarse ante toda su familia como lo que son o arriesgarse a ser atrapados. Para conocer la decisión habrá que esperar a la quinta parte.

‘The Blacklist’ usa giros argumentales irregulares para superar la 3ª T.


Ryan Eggold y Megan Boone contraen matrimonio en la tercera temporada de 'The Blacklist'.Vistas tres temporadas, es momento de analizar a fondo porqué una serie como The Blacklist es capaz de aguantar episodio tras episodio, etapa tras etapa, sin perder aparentemente la frescura que tiene y lograr mantener el suficiente número de seguidores como para mantenerse en parrilla con aceptable éxito. No es por su calidad (las hay infinitamente mejores); no es por sus actores (sobre esto hablaremos más adelante); y desde luego no es por el desarrollo dramático de la trama (intermitente y muchas veces carente de cierta coherencia). La respuesta no es sencilla, y desde luego no pretendo sentar cátedra, pero al menos sí ofrecer algunas pinceladas de lo que podría ser.

Los 23 episodios de esta tercera temporada de la serie creada por Jon Bokenkamp (Vidas ajenas) confirman que su creador ha sido capaz de lograr un equilibrio extremadamente difícil entre el arco argumental general de la serie y las tramas episódicas que dan vida a la ficción. En lo que muchos otros han fracasado, siendo obligados a elegir entre uno u otro formato, Bokenkamp triunfa gracias a la combinación de acción y una serie de villanos a cada cual más atípico, cuyas funciones son tan extrañas como aterradoras en muchos casos. Esta originalidad logra suplir otras carencias, al menos en parte. La falta de un desarrollo constante en la historia de la protagonista queda, de este modo, a un lado, utilizándola cuando conviene como apoyo a la caza de estos villanos de una lista negra que, cada vez más, parece más una vendetta personal que otra cosa.

Esto impide, además, que el espectador tenga facilidad para seguir el argumento global de The Blacklist. Es cierto que existe una idea general de lo que ocurre (La Camarilla, el pasado soviético de la protagonista, espías, etc.), pero lo cierto es que, si no se asiste a la historia de forma constante, es decir, ver los episodios uno de tras de otro sin apenas descanso, el hilo conductor tiende a perderse. Y perdiéndose esto, es más sencillo introducir elementos que presumiblemente se habían pasado por alto, ya sea con conversaciones específicas o con secuencias complejas que combinen acción y drama. El resultado, por tanto, es el de una producción que sabe sacar cierto provecho de sus propias limitaciones.

Pero esas limitaciones están ahí, y hay ocasiones en las que son extremadamente manifiestas. Esta tercera temporada, y más concretamente su conclusión, es prueba de ello. La falta de imaginación para desarrollar el trasfondo dramático de los personajes es alarmante, convirtiéndoles prácticamente en arquetipos con pocas o ninguna dimensión. Que el pasado de los personajes de Megan Boone (Bienvenido a la jungla) y Ryan Eggold (De padres a hijas), pareja en la ficción, sea prácticamente idéntico puede parecer una broma. Y que el resto de secundarios con un peso específico en la trama no parezcan evolucionar a pesar de todo lo que viven a lo largo de los capítulos no es sino un síntoma claro de que la serie es un quiero y no puedo. Quiere desprenderse del carácter meramente entretenido para narrar una historia de traición, espionaje, conspiración y muerte, pero se queda en eso, en un intento.

Mejor sin la protagonista

Todos estos problemas, y muchos otros que no he mencionado, están complementados a su vez por la protagonista de The Blacklist. La falta de carisma de Boone es tan alarmante que resulta sorprendente que siga al frente de la trama. Podría argumentarse en su defensa que tener al lado a un actor de la categoría de James Spader (Deuda de honor) es una carga muy pesada, sobre todo para una actriz relativamente nueva. Pero dicha defensa cae por su propio peso cuando se compara con el resto del reparto, que ha sabido crecer (todo lo que lo permiten estos personajes) a lo largo de las tres temporadas, justamente lo contrario que ocurre con esta agente/hija de espías/fugitiva/lo que sea necesario.

Puede parecer ensañamiento, inquina o directamente odio, pero lo cierto es que la tercera temporada ha confirmado que este thriller está mejor sin ella. El final de temporada ha deparado uno de esos momentos valientes, arriesgados y aparentemente rompedores: la muerte de la protagonista. El giro dramático ha sido tal que ha transformado a todos los personajes, poniéndoles en una situación única. Por primera vez el personaje de Spader se deja llevar por las emociones; por primera vez el equipo del FBI parece romper con sus propios principios. Y por primera vez la trama de la serie se ha vuelto realmente interesante en lo que parecía una huída hacia adelante que apuntaba maneras.

E incido en el carácter condicional de estas frases. Porque esa decisión valiente, ese giro argumental arriesgado, es en realidad un engaño para volver a lo mismo, una suerte de golpe de efecto que enganche al espectador un par de episodios para luego devolverle a la realidad. Claro que ha servido también para introducir dos personajes nuevos que habrá que ver si son capaces de crear atractivo en una trama que se empeña en seguir por un camino de lo más tópico. Desde luego, de haberse confirmado la muerte de la heroína la trama habría dado un giro completo, quién sabe si a mejor (todo hacía pensar que sí). En cualquier caso habría sido más dinámico, pues toda la atención recaería sobre Raymond Reddington, que ha demostrado ser el verdadero atractivo de la serie.

Pero no. La tercera temporada de The Blacklist ha terminado siendo más de lo mismo, sin ofrecer al espectador algún giro que permita intuir un tratamiento o un futuro diferente al que parece que va a tener la serie. Golpes de efecto a modo de ganchos, algo de acción, malos muy, muy malos, y una trama que deambula entre lo interesante y lo anodino, entre la intriga y el drama más meloso y tedioso que se pueda imaginar. O lo que es lo mismo, entre un personaje atractivo como el de Spader y uno cada vez menos soportable como el de Boone. Es la carga que deben soportar los seguidores de la serie. Solo cabe esperar que los nuevos personajes, presumiblemente villanos que arrojarán algo de luz a la historia, mejoren el conjunto.

‘Spectre’: el futuro de Bond se reconcilia con su pasado


James Bond afronta su mayor desafío en 'Spectre'.Las aventuras de James Bond protagonizadas por Daniel Craig, cuatro por ahora, tenían como denominador común narrar los orígenes de un personaje archiconocido. Desde su forma de adquirir la licencia para matar, todas y cada una de las películas han ido dando forma al personaje que otros actores antes que él han interpretado con mayor o menor fortuna. Pero en estas intrigas siempre ha faltado la presencia de esa organización secreta que tan buenos villanos ha dejado: Spectre. Sin entrar en detalles acerca de los problemas con derechos de autor, el nuevo trabajo de Sam Mendes (porque la cinta, antes que otra cosa, es del director de Jarhead) no solo recupera al archivillano por definición, sino que cierra un círculo casi perfecto.

Visualmente hablando, esta vigesimocuarta película de Bond es, como lo fue Skyfall, simplemente brillante. La labor de Mendes tras las cámaras, desde ese plano secuencia inicial que solo un director de su categoría es capaz de hacer, hasta secuencias de acción como la pelea en el helicóptero o en el tren, es un soplo de aire fresco constante. Dinámico y seductor, el lenguaje empleado por el director interpreta en todo momento no solo al protagonista, sino al sentido mismo de sus acciones y decisiones, acompañando al espectador en el viaje por todo el mundo que realiza el espía secreto. A esto se suman, no cabe duda, un notable reparto que recupera buena parte del espíritu clásico de los primeros films.

Narrativamente hablando, sin embargo, es donde la cinta tiene su mayor talón de Aquiles. Aunque la historia está bien estructurada y logra aunar a la perfección pasado, presente y futuro del personaje, las concesiones a las necesidades dramáticas que realiza son, cuanto menos, cuestionables. Y aunque son problemas menores, sí logran un efecto discordante dentro del equilibrio entre humor, acción e intriga que logra la trama. Asimismo, hay algunos momentos del film en los que el ritmo decae considerablemente. Aunque esto no debería ser considerado un problema (al fin y al cabo, es algo natural), la realidad es que termina jugando en contra del espectáculo que, por otro lado, es este regreso a los orígenes.

Pero a pesar de los problemas, Spectre es algo único. Puede que al espectador medio le diga más bien poco y sea, por derecho propio, una entretenida cinta de acción y suspense narrada por un director espléndido. Para los seguidores del personaje, es un broche a toda una vida, el regreso al camino iniciado hace más de 50 años que, para colmo, es capaz de reunir bajo un mismo techo a los clásicos villanos con los tres enemigos a los que Craig ha tenido que hacer frente. Una vez puestas todas las piezas en su sitio, el agente secreto más famoso del cine inicia una nueva y prometedora etapa. Y cómo no, lo hace con un tema principal tan elegante como delicioso a cargo de Sam Smith.

Nota: 7/10

‘Operación U.N.C.L.E.’: una Guerra Fría muy entretenida


Alicia Vikander, Armie Hammer y Henry Cavill forman el equipo de 'Operación U.N.C.L.E.'.Puede que el cine comercial de Estados Unidos esté cada vez más entregado a los remakes, las interminables sagas y los spin off de sus principales héroes y películas. Pero eso no quiere decir que las fórmulas utilizadas, en las manos correctas, no logren su principal objetivo: distraer y entretener durante todo el metraje. Dicho esto, lo nuevo de Guy Ritchie (Sherlock Holmes) es lo que cabe esperar de una cinta de espías en plena Guerra Fría con la ironía y las tensiones generadas por un agente norteamericano y un agente ruso. Vamos, que no aporta ninguna novedad, pero tampoco resulta ofensivo.

Con todo, es conveniente aclarar que Operación U.N.C.L.E. funciona principalmente gracias a sus dos protagonistas, Henry Cavill (Immortals) y Armie Hammer (Blackout), quienes se toman sus respectivos personajes con el sentido de humor necesario para aportar el cinismo adecuado a muchas de las secuencias del film, generando humor más por la pasividad de sus reacciones (al fin y al cabo, están obligados a trabajar con el enemigo) que por los diálogos, algo más irregulares. Es más, son ellos los verdaderos artífices de la función y, junto a algunos recursos visuales muy acertados de Ritchie, logran dotar al conjunto de un aire sementero muy televisivo, en un claro homenaje a la serie de televisión en la que se basa el film. Eso por no hablar de la banda sonora, de lo mejor.

Todo ello no quiere decir que estemos ante una gran cinta de acción e intriga. Las limitaciones de la historia impiden que pueda progresar hasta territorios diferentes a los establecidos de antemano. La evolución en la relación de los protagonistas queda un poco apagada, sustentada más por la propia experiencia del espectador que por hitos dramáticos concretos. Asimismo, algunos secundarios están desaprovechados, desde los villanos (meros iconos necesarios para plantear la historia, pero sin una notable personalidad) hasta los jefes de los protagonistas, con un Hugh Grant (Cuatro bodas y un funeral) a la cabeza que se limita a hacer acto de presencia para, tal vez, tener un mayor papel en una hipotética segunda parte.

Al final, Operación U.N.C.L.E. es lo que es, un divertimento palomitero que no hace daño pero que tampoco resulta memorable. Quizá su mayor virtud sea también su mayor defecto. La solidez de sus actores, que sin realizar un gran trabajo mantienen sobre sus hombros buena parte del peso narrativo, denota a su vez una falta importante de una trama más desarrollada, sobre todo en el plano emocional del trío protagonista. Dicho de otro modo, es una producción pensada para el consumo masivo, sin demasiadas complicaciones a nivel dramático pero con un sentido del entretenimiento muy desarrollado.

Nota: 6/10

‘Misión: Imposible – Nación secreta’: la confirmación de una saga


Tom Cruise vuelve a ser Ethan Hunt en 'Misión: Imposible - Nación secreta'.A pesar de haber tenido ciertos altibajos, sobre todo en su segunda entrega, la saga de Misión: Imposible ha logrado confirmarse en sus últimas aventuras como una serie muy completa, capaz de ofrecer al espectador lo que espera de un modo fresco, dinámico y muy atractivo. La última incursión en el personaje de Ethan Hunt por parte de Tom Cruise (Top Gun) es el broche de oro a una evolución que ha sabido sacar partido de los elementos más característicos de la trama y, sobre todo, de unos personajes que se han convertido en fijos.

Puede que muchos consideren a esta Misión: Imposible – Nación secreta como una vuelta de tuerca más a las situaciones inimaginables que vive el protagonista, entre las que se lleva la palma la secuencia inicial. Sin embargo, y al igual que ocurre con otras sagas como la de ‘James Bond’, todo ello forma parte del encanto de las aventuras de este espía. Partiendo de esta base, lo realmente importante es comprobar si la cinta es capaz de trasladar al espectador a su terreno, de introducirle en sus propias normas para ofrecerle un entretenimiento digno. Lo consigue con creces. La película desprende un dinamismo único, un ritmo cuidadosamente calculado que permite a la trama desarrollarse con coherencia y naturalidad sin perder por ello ni un ápice de acción o adrenalina.

Sin duda esto se debe al equilibrio entre las secuencias de acción, algunas de ellas realmente logradas, y las secuencias de mayor tensión dramática, que incorporan en todo momento la sensación de prender la famosa mecha que acompaña siempre a la película. Esto, unido a la consistencia de un núcleo de protagonistas que parece haber encajado perfectamente en la trama (lo que aporta una mayor continuidad a las aventuras de Hunt), ofrece al espectador los anclajes necesarios para conocer de antemano los trucos a utilizar. Y aunque eso podría dar pie a una previsibilidad contraproducente, el hecho de que la trama aproveche ese conocimiento previo en su beneficio (bien a través de referencias explícitas, bien como una suerte de gag) transforma la previsibilidad en ironía, lo que no hace sino mejorar el resultado final.

Es cierto, sin embargo, que el villano sigue siendo uno de los puntos más débiles de la saga. No se trata tanto de que no posean fuerza como de que son arquetipos que no parecen estar a la altura de la calidad de los héroes. En Misión: Imposible – Nación secreta ocurre algo similar con el rol de Sean Harris (Harry Brown). Pero es un mal menor. Esta quinta entrega (ya hay sexta en camino) confirma la idea de que estamos ante una saga que, tras varios intentos, ha encontrado la esencia que le permitirá vivir para siempre, más o menos como le ha ocurrido al agente secreto más famoso del cine. Mientras siga sabiendo cuál es su sitio y lo que puede o no puede ofrecer, bienvenido seas, Ethan Hunt.

Nota: 7,5/10

‘Los minions’ copan la taquilla en uno de los mejores estrenos de 2015


Tras un fin de semana que logró aguantar los ingresos de la taquilla respecto a semanas anteriores, lo vivido entre el 3 y el 5 de julio solo puede calificarse de magnífico. Con 8,88 millones de euros obtenidos según datos de Rentrak a través de boxoffice.es, la cifra se sitúa a la altura de los mejores fines de semana del año, pero es que además el principal estreno se sitúa como uno de los mejores debuts en la cartelera española del 2015, y desde luego el mejor estreno de una cinta de animación. Para más señas, y por primera vez desde hace bastante tiempo, dos títulos superan el millón de euros, aunque es un dato que contrasta, y mucho, con los ingresos de los últimos puestos del top 10 de esta semana.

Parecía claro que Los minions se convertiría en líder de la taquilla, pero pocos auguraban que fuera capaz de lograr 5,52 millones de euros repartidos en más de 900 pantallas. La media de casi 6.000 euros en cada una desde luego no deja lugar a dudas acerca del éxito de la cinta, que no debería tener dificultades en llegar a los 15 millones de euros, y de ahí en adelante. El segundo puesto es para Jurassic World, que registra un descenso del 49%. Aún así se mantiene por encima del millón de euros recaudado, lo que deja un total de 18,24 millones, por lo que parece más que probable que termine por encima de los 21 millones antes de abandonar las salas.

En tercera posición se sitúa la española Ahora o nunca, que se queda en los 680.000 euros, es decir, un 33% menos que hace una semana. Esta cifra deja su balance global muy próximo a los 5 millones de euros, cantidad que superará a lo largo de estos días, y apunta a que terminará su andadura en el entorno de los 6 millones. Una cantidad, por cierto, que tendrá dificultades en alcanzar San Andrés, que en su segunda semana pierde un 47% y se queda en el medio millón de euros. Su total se queda en los 1,97 millones, algo que refleja el poco interés generado por el film, que ahora mismo aspira, como mucho, a una cantidad entre los 3 y los 4 millones de euros.

Otra comedia, Espías, logra colarse entre los cinco primeros del box office gracias a los 330.000 euros recaudados, un 31% menos que hace siete días. Por ahora acumula 1,15 millones de euros, por lo que todo apunta a que terminará sobre los 1,5 millones, puede que algo más, aunque en ningún caso por encima de los 2 millones de euros. La sexta posición es para otro estreno, Aprendiendo a conducir, cuyo estreno en 101 salas deja un total de 190.000 euros, es decir, 1.881 euros de media. No es un mal balance para el tipo de film que es, aunque su objetivo más inmediato es tratar de superar el medio millón de euros.

El séptimo puesto de este ranking lo ocupa Campanilla y la leyenda de la bestia, que se queda en 89.614 euros, lo que supone un 63% menos que el fin de semana pasado. Su total supera ligeramente los 1,13 millones de euros, por lo que no parece probable que pueda llegar ni siquiera a los 1,5 millones antes de abandonar el circuito de salas. Por su parte, Tomorrowland. El mundo del mañana obtiene un resultado similar. Con una pérdida del 60% su recaudación se queda en los 64.840 euros, y su total es de 4,15 millones, por lo que no llegará a superar los 4,5 millones de euros.

Cerramos el repaso al top 10 con El niño 44, que se queda en el entorno de los 60.000 euros, lo que representa un descenso de más del 50%. Su total todavía no supera los 800.000 euros, por lo que es muy difícil que llegue siquiera al millón de euros. Más o menos como le va a ocurrir a Asesinos inocentes, que debuta en la taquilla con 51.890 euros 131 pantallas, es decir, 396 en cada una. En este caso incluso será complicado que pueda acercarse al medio millón de euros.

‘The americans’ alcanza el clímax dramático en la tercera temporada


Matthew Rhys y Keri Russell, durante la revelación de la tercera temporada de 'The americans'.Después de una temporada cuyo desarrollo fue algo irregular y de otra en la que la trama familiar tomó conciencia de su verdadera importancia, la tercera etapa de The americans ha logrado aunar, por fin, las principales tramas bajo un único paraguas. Estos nuevos 13 episodios de la serie creada por Joseph Weisberg (serie Falling skies) han sido capaces de equilibrar el peso de cada una de las historias para desarrollar un concepto relativamente nuevo dentro de la serie, permitiendo a los personajes evolucionar, enfrentarse a sus miedos y, sobre todo, afrontar la coherencia de los acontecimientos con la desnudez propia de quienes se adentran en lo desconocido.

Sin duda la relevancia de la trama principal, con sus ramificaciones en la historia del espionaje, es lo más atractivo de la tercera temporada. A diferencia de lo que ocurrió en la primera parte, el trabajo de la pareja protagonista pierde interés en favor de una cada vez mayor presencia del conflicto familiar. Lejos de suponer un problema dramático, Weinberg aprovecha las sospechas del rol de Holly Taylor (Worst friends) para generar uno de los puntos de giro más interesantes de la televisión, y desde luego el más impactante de toda la serie. Tratado con seriedad y dramatismo, el momento en que el secreto familiar es revelado es uno de esos momentos que quedan grabados en la retina, tanto por la exquisita realización como por el impacto que se prevé va a tener, y que de hecho tiene.

Aunque tal vez lo realmente interesante es el impacto que las tensiones familiares tienen sobre los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (Amor y otros desastres). Cada uno en su estilo, los conflictos en el hogar y la revelación obligada por las circunstancias llevan a la pareja de espías a afrontar sus misiones de un modo más complejo, sembrando de dudas todas y cada una de las decisiones y teniendo cada vez menos conexión con sus superiores, sobre todo él. Si bien es cierto que las repercusiones dramáticas de este proceso no son evidentes (uno de los pocos ‘peros’ de esta temporada), no cabe duda de que The americans ha iniciado un camino que ya no puede desandar, lo que promete un futuro sumamente atractivo.

Eso no quiere decir que no existan las repercusiones. Posiblemente la más notable sea la que relaciona de un modo más directo la gran trama conceptual de la serie: el espionaje ruso al FBI. Tras dos temporadas un tanto alicaídas, el arco dramático del personaje de Alison Wright (Diario de una niñera) ha protagonizado una de las etapas más turbadoras de la temporada, lo que ha obligado a los creadores de la trama a dirigir su rol hacia un territorio nuevo en el que las mentiras en las que vivía se desmoronan, y en el que todavía queda por comprobar el papel que juegan el resto de personajes implicados, incluyendo el de Noah Emmerich (Caza a la espía), que esta etapa ha sido uno de los grandes sacrificados.

El sacrificio de las tramas secundarias

Y es que el agente del FBI vecino de los espías rusos que no parece enterarse de nada ha perdido, en esta temporada, el poco atractivo que tuvo en los primeros compases de The americans. Sin el juego a dos bandas protagonizado junto al rol de Annet Mahendru (Sally Pacholok), su protagonismo se diluye lentamente a pesar de los intentos por darle poder e influencia narrativa. Previsible y sin grandes conflictos, su trama es más bien una excusa para mantener el interés en la embajada rusa y en lo que le ocurre al personaje de Mahendru allí en Rusia, algo que por cierto también se cae por su propio peso. Es, de hecho, el gran talón de Aquiles de una temporada, por otro lado, magnífica.

La paulatina desaparición del interés de estos personajes se debe sobre todo a la necesidad de establecer un contrapunto algo más ligero (y en algunos momentos irónicamente cómico) al dramatismo que se desprende de la trama principal, tanto en su vertiente de suspense como en su vertiente dramática. La intensidad de su desarrollo, sobre todo en el tercer acto conformado por los últimos 3 episodios, exige al equilibrio formal una vía de escape para no convertir la serie en un constante giro dramático en una escalada que solo perjudicaría al resultado final. De ahí la obligación de buscar una alternativa, y de ahí la elección de sacrificar las tramas secundarias.

Porque sí, la protagonizada por Emmerich no es la única que se sacrifica. La historia sobre el grupo de autoayuda, que puede ser entendida como una forma de volcar las frustraciones por parte del patriarca de los espías, se revela más bien como un intento de devolver a la acción a un personaje que debería haber desaparecido definitivamente en la primera temporada. Este intento no termina de funcionar, por lo que habrá que esperar a la cuarta temporada para comprobar el camino tomado. Por lo pronto, las secuencias de esta trama secundaria son más bien un paréntesis que permite al espectador reflexionar sobre los acontecimientos realmente interesantes.

Desde luego, habrá quienes alaben esta estrategia y quienes la denosten. Personalmente considero que sacrificar las líneas secundarias en cualquier drama es una apuesta demasiado arriesgada. En el caso de The americans funciona únicamente por la fuerza de su trama principal, que devora el resto de las historias y se nutre de ellas para alcanzar un gancho de final de temporada tan esperado como soberbio. Pero es importante no perder de vista que si la serie mantiene el bajo nivel dramático de las líneas argumentales de apoyo puede derivar en un producto sumamente irregular. En cualquier caso, eso es el futuro. Si hubiera que resumir la tercera temporada de la serie, posiblemente lo que habría que decir es que estamos ante la mejor etapa de esta ficción.

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