‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ se enmienda a sí misma en su 6ª T.


Siempre he considerado que eso de traer personajes de entre los muertos, por muy original que sea la causa, es algo que debilita cualquier historia. Primero porque parece un recurso pobre de los guionistas, y segundo porque resta dramatismo y elimina el desarrollo de los acontecimientos que llevaron a este momento. Y con la sexta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no voy a cambiar dicha opinión. De hecho, reafirma con bastante contundencia ambos extremos por mucha originalidad que le impriman al conjunto sus creadores, los hermanos Joss Whedon (Los Vengadores) y Jed Whedon (serie Dollhouse) y Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse).

Porque, en efecto, estos 13 episodios vienen a demostrar que aunque la originalidad campe a sus anchas y que la historia no solo encaje a la perfección en lo visto hasta ahora, sino que la desarrolle hacia un nuevo terreno, recuperar a personajes ya fallecidos no termina de funcionar del todo bien. No solo eso, sino que debilita notablemente el conjunto. Tras el final de la quinta temporada, que como dijimos en este mismo espacio cerraba un ciclo, se abría un camino con fecha de caducidad que podría haber permitido no solo incorporar nuevos personajes, sino ahondar en los protagonistas a través de su duelo, su forma de afrontar una ausencia y una pérdida de semejante magnitud. Y aunque en los primeros compases de esta etapa es lo que plantea, la trama pronto entra de lleno en una espiral que aunque entretenida, no termina de ajustarse como debería al tono que ha tenido la serie hasta ahora.

Y poco importa que uno de los actores interprete ahora a un villano para reconvertirse, como gancho final, en una suerte de inteligencia artificial. Poco importa también que se viaje a través del espacio y del tiempo para recuperar a otro de los personajes antes de que fallezca. El proceso para llegar a esos puntos de giro dramáticos es lo verdaderamente relevante, y es aquí donde también falla la serie. Posiblemente se deba a la compresión de la historia en apenas 13 capítulos, la mitad de lo que suelen tener las temporadas de Agentes de S.H.I.E.L.D. Bueno, en realidad es evidente que es por eso. Es cierto que hasta ahora cada etapa contenía dos grandes arcos argumentales que ocupaban una mitad de los capítulos, pero una y otra se nutrían de forma orgánica, por lo que muchos personajes secundarios pivotaban sobre una y otra parte de la temporada para crecer dramáticamente y, sobre todo, poder explicar muchos de los acontecimientos que se desarrollaban. Todo eso aquí se pierde, limitándose a contar rápidamente una trama que, en cierto modo, parece hecha más para recuperar a actores que parecían perdidos que para desarrollar la historia.

La verdad es que esta premisa da un poco al traste con todo el trabajo realizado hasta este momento. Es cierto que la serie nunca ha sido un modelo a seguir en composiciones dramáticas, pero sí había logrado alcanzar un estilo narrativo propio basado en una fusión de acción, tramas de ciencia ficción con mayor o menor complejidad, y sobre todo con unos personajes que, a pesar de lo fantástico de las tramas, siempre se atenían a unas normas dramáticas básicas. Sin embargo, esta sexta temporada rompe por completo con todo esto, al menos a partir de mitad de temporada. A pesar de contar con una premisa interesante (de la que hablaremos a continuación), sus creadores optan por una evolución cuanto menos infantil, con los personajes reuniéndose en una especie de lucha final apocalíptica en la que algunos mueren pero sobreviven (y sí, es una incongruencia, pero así ha sido esta tanda de episodios). Entre medias, unos villanos sin demasiado trasfondo dramático que solo sirven para recuperar al personaje de Clark Gregg (Falsa evidencia) en un proceso cuanto menos cuestionable.

Mariposas

Y este último punto ha sido uno de los que posiblemente afecte en mayor medida a la calidad dramática de la historia, muy relacionado a su vez con la corta duración de esta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. En efecto, el hecho de que sean únicamente 13 capítulos obliga a una economía narrativa que no afecta en nada a los protagonistas, pero que sí tiene cierto impacto en los antagonistas. En realidad, es una consecuencia lógica. Tras los acontecimientos de la quinta temporada, y por mucho que se recuperen personajes aparentemente perdidos, los héroes ya se conocen, tienen un trasfondo dramático, humano y social construido durante varios años. Eso permite, a estas alturas de la historia (que en una tradicional película de tres actos vendría a ser el clímax), que sus creadores vayan directos al grano en lo que a sus tramas individuales y colectivas se refiere.

Pero no ocurre así con los villanos. Es cierto que la historia de los dos principales antagonistas se explica hacia el final de esta etapa en una conclusión que, dicho claramente, parece un poco forzada para que los acontecimientos deriven en lo que derivan posteriormente. Pero más allá de ellos, el resto de personajes a los que deben hacer frente los héroes tienen un trasfondo dramático cuanto menos escaso, en algunos casos inexistente. Esto provoca, a diferencia de años anteriores, que no se comprendan motivaciones, objetivos ni anhelos o miedos. Y todo eso, en definitiva, resta interés al conjunto, planteándose la trama como “buenos contra malos” en una definición tan binaria que se convierte en arquetípica y previsible. No es que esta serie Marvel sea un alarde de complejidad moral o dramática, es cierto, pero todos los personajes, en mayor o menor medida, desarrollaban una personalidad que ayudaba a comprender sus acciones aunque no se estuviera de acuerdo. Aquí, simple y llanamente, hacen lo que hacen porque tienen que hacerlo.

Con todo, esta tanda de episodios logra generar el suficiente interés como para aguantar hasta el final. Y lo hace porque, a pesar de todos los problemas que arrastra, parte de la premisa de continuar narrando lo ocurrido con los protagonistas tras los acontecimientos de la anterior temporada. Es por eso que quizá la parte más interesante sea la primera mitad, al ver a un grupo de héroes teniendo que lidiar con la pena de una gran pérdida mientras afrontan una nueva amenaza. El modo en que cada uno asume el dolor construye una complejidad emocional y dramática muy interesante que, por desgracia, poco a poco se va perdiendo para que la acción y esa extraña explicación alienígena se hagan un hueco. No es que haya un punto en el que todo cambia, sino que es un proceso progresivo hacia una conclusión que, curiosamente, abre la puerta a un nuevo universo narrativo… o mejor dicho, un nuevo tiempo narrativo.

En cierto modo, la sexta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. tiene una doble interpretación. Por un lado, es el comienzo de un epílogo a una historia que debería haber terminado hace un año. Por otro, es una etapa de transición hacia un final que podría ser prometedor. En ambos casos, sin embargo, estamos hablando de una etapa menos intensa dramáticamente hablando, igual de espectacular en lo que a acción se refiere, y que apunta maneras en su intensidad emocional. La historia va de más a menos en esto último, y de menos a más en cuanto a forma. A la espera de ver cómo finaliza la serie, se puede decir que la penúltima temporada no ha alcanzado la complejidad de las anteriores. Tampoco se pretendía, es cierto, pero se podría haber buscado otra fórmula que no fuera “resucitar” a personajes cuyas muertes habían dado un giro dramático espectacular a una ficción de estas características.

‘Spider-Man: Lejos de casa’: resolviendo el misterio del cómic


Spider-Man ha vuelto a casa. No lo hizo en la anterior película en solitario. Curiosamente, lo logra en esta segunda aventura, y lo hace lejos de su Nueva York natal. Habrá quien achaque a este regreso a la esencia del personaje al cambio de localización, pero la realidad es que el cambio se encuentra en el guión, que aprovecha al máximo las posibilidades dramáticas del personaje y, sobre todo, del villano.

Porque la historia, en efecto, ahonda por completo en los dramas que siempre han acompañado al Hombre Araña. Lejos de dotarle de una gran responsabilidad ante grandes eventos intergalácticos, Spider-Man: Lejos de casa sitúa al protagonista en los clásicos dilemas entre su interés personal y su responsabilidad como héroe, haciéndole crecer en pantalla en las dos horas que dura el film. El rol al que vuelve a dar vida con extraordinario acierto Tom Holland (Edge of winter) comienza siendo un adolescente enamoradizo para terminar asumiendo sus errores, las consecuencias de los mismos y los sacrificios para enmendarlo. Tal vez era necesario ver una vez más esto en pantalla (al fin y al cabo, es la misma estructura dramática que el incidente que le lleva a ser un héroe), pero la verdad es que funciona como un engranaje preciso, convirtiendo la historia en una mezcla perfecta entre drama, humor adolescente, acción y una espectacularidad fuera de toda duda.

Buena parte de la responsabilidad del éxito radica en su villano, un Jake Gyllenhaal (Okja) que engrandece a Mysterio no solo para consolidar sus motivaciones, sino para hacer mucho más dura la madurez que alcanza el héroe en esta historia. Sin necesidad de muertes impactante o de giros argumentales inesperados (salvo el de la primera escena post-créditos, que deja el futuro en una gran incógnita y recupera a uno de los mejores personajes y actores de las primeras películas), el villano construye un plan que obliga al héroe a asumir sus errores y, sobre todo, a ser consciente de todas sus capacidades y poderes, en concreto de ese “cosquilleo” de Peter Parker, como lo llaman en el film. Los fans de los cómics posiblemente puedan prever de antemano el desarrollo de la historia, pero eso no impide disfrutar de unas secuencias de acción tan espectaculares como bien diseñadas, sobre todo la de Londres y ese primer encuentro de Spider-Man con la fuerza del villano, todo un alarde de traslación a imagen en movimiento de las pesadillas que vive en los cómics y que resuelve el misterio de cómo hacer una buena adaptación al séptimo arte. Jon Watts, director de la primera entrega, parece haber solventado algunos errores narrativos para sacar todo el partido a la dinámica que genera el héroe arácnido.

Desde luego, Spider-Man: Lejos de casa no solo es una extraordinaria película de superhéroes, bien rodada y con personajes sólidos. Es, ante todo, un tratamiento minucioso y preciso de un personaje complejo, en constante lucha entre sus deseos personales y sus obligaciones, y siempre con temor a perder a sus seres queridos. Son ideas que se repiten, y que incluso utiliza el villano de turno para su propio beneficio. Incidir reiteradamente en estos conceptos dota al conjunto de una profundidad dramática que hacía tiempo que no se veía en las historias del personaje. Puede resultar algo infantil en algunos momentos, pero esto no es impedimento para disfrutar de una obra muy muy completa, un broche de oro a esta etapa del Universo Cinematográfico Marvel y una declaración de intenciones en toda regla.

Nota: 8/10

‘X-Men: Fénix Oscura’: pocas cenizas de las que resucitar


Después de escribir los guiones de las últimas aventuras mutantes, Simon Kinberg ha decidido debutar en la dirección de largometrajes con esta historia que adapta una de las sagas más famosas de los X-Men. Y más allá de que la aproximación a las páginas de Marvel haya sido más o menos fiel, como película presenta dos debilidades demasiado contundentes como para obviarlas y no permitir que influyan en el resultado final.

Para empezar, el tratamiento de la historia es excesivamente lineal y simplista. X-Men: Fénix Oscura carece de giros argumentales que generen cierto interés en el espectador, convirtiendo a estos personajes cargados de habilidades sobrehumanas y traumas del pasado en meros vehículos para hacer que la historia avance a golpe de efecto especial. A diferencia de películas pasadas, los personajes apenas dejan aflorar algo del conflicto interno y externo que mantienen, y tan solo sale a relucir cuando conviene. En este sentido es importante matizar además que lo poco que el director (y también autor del guión) rasca de la superficie de los protagonistas se queda en eso, en una mera muestra de intenciones que no se desarrolla posteriormente, sirviendo únicamente como trampolín para una secuencia final espectacular, eso sí, en un tren en marcha.

El otro gran problema de la cinta es la falta de unos enemigos sólidos. La trama juega en todo momento con la delgada y difusa línea que separa el bien del mal. Algo que siempre ha estado presente en estos personajes y que es de agradecer que se mantenga. Pero una vez revelado el verdadero villano de la cinta (y ¡oh, sorpresa!, no es el personaje del título), la película pierde algo de interés tanto porque el villano carece de un trasfondo dramático atractivo como porque el personaje de Sophie Turner (serie Juego de Tronos) parece no desarrollar todo el poder que, en teoría, podría mostrar. A pesar de sus limitaciones, la película plantea la constante lucha entre el bien y el mal dibujada no solo en este personaje, sino en las decisiones de todos los mutantes que aparecen en el film, independientemente de su categoría como héroes o villanos, lo que aporta cierta complejidad (tampoco mucho) a una historia carente, por otro lado, de una gran espectacularidad, a excepción de su tercio final, donde se invierte todo el dinero que se había ahorrado previamente.

Desde luego, X-Men: Fénix Oscura es la cinta más débil de la nueva saga mutante. Curiosamente, igual que X-Men: La decisión final, que también abordaba la historia del mismo personaje. No sé si será casualidad o es que este arco narrativo tiene dificultades para dar su salto a la gran pantalla, pero en cualquier caso estamos ante un film con excesivas irregularidades, espectacular en su tratamiento visual pero carente de giros narrativos y con un desarrollo de personajes más bien plano en el que la dualidad entre el bien y el mal que siempre ha estado presente en estas historias, aunque sobrevuela prácticamente toda la cinta, solo se explora a fondo en los momentos en los que la trama lo necesita como recurso argumental. Es entretenida, es cierto, pero muestra síntomas de agotamiento mutante.

Nota: 6/10

‘Vengadores: Endgame’: y Marvel reinventó el cine


En una época de series y consumo inmediato, Marvel ha logrado, una vez más, lo imposible: que nos sentemos tres horas seguidas para ver lo que podría calificarse como el evento del año… no, de la década… no, del cine moderno. No dudo que haya detractores del cine de superhéroes, considerándolo poco menos que un producto de marketing pensado para adolescentes y frikis. Y aunque haya algunas películas que puedan responder a ese estereotipo, la Casa de las Ideas ha demostrado que este género es algo más. Vengadores: Endgame es la prueba definitiva de ello.

La película de los hermanos Russo, autores la precedente Vengadores: Infinity war, es sencillamente indescriptible. Y contrariamente a lo que pueda pensarse, no lo es por el aluvión de efectos digitales que contiene. Ni siquiera por la inmensidad de su trama. Lo es por la complejidad de sus personajes, por el desarrollo dramático de unos acontecimientos trágicos y traumáticos y el modo en que un grupo de personajes deciden afrontarlos. Esto confirma que toda buena película necesita explorar las motivaciones, los miedos y los deseos de sus personajes, llevarlos a situaciones límite y mostrar cómo reaccionan ante ellas. Y da igual cuál sea el contexto. En el caso que nos ocupa, todo ello con un inteligente toque humorístico en los momentos adecuados, aliviando la tensión dramática. El único problema, si es que puede considerarse así, es que existen tantos personajes que muchos quedan relegados a meros testimonios presenciales.

Pero Vengadores: Endgame es más, muchísimo más. Ahora que las series de televisión parecen haberse adueñado del entretenimiento, esta película confirma que si la pequeña pantalla puede beber de influencias cinematográficas, el séptimo arte puede hacer lo propio con el formato episódico. Desde este punto de vista, esta conclusión podría entenderse como el último capítulo de una primera temporada que ha durado 11 años y ha tenido 22 capítulos. Y en cierto modo, así está planteado. Desde que se estrenara Iron Man en 2008 todo lo que se ha visto en cada una de las películas estaba perfectamente planificado para formar parte de una macrohistoria mucho mayor y compleja que ha derivado en este ‘fin de partida’. No se trata simplemente de presentar personajes y juntarlos luego en otra película. No, cada acontecimiento, cada cambio, trauma, decisión y victoria (o derrota) han definido todo para llegar a este punto. Y esa es la esencia misma de cualquier producción seriada.

Y por si hubiera dudas de ello, la propia estructura dramática del film se encarga de asentar la idea. A lo largo de su desarrollo (y sin desvelar nada de la trama), la cinta viaja por el pasado de los personajes y por momentos de otros títulos de Marvel tanto física como psicológicamente. El espectador asiste a una introspección mucho mayor de los héroes que durante más de una década le han acompañado. Se produce así una mayor comprensión de sus motivaciones, de sus decisiones, de su ira y su temor. Pero sobre todo se logra un grado de empatía con todos ellos difícil de alcanzar en un film normal y corriente. A esto contribuye, claro está, haberles visto crecer a lo largo de cada film. Posiblemente muchos ya os hayáis dado cuenta, pero esta descripción de personajes es exactamente la misma que se puede hacer en una serie, que basa buena parte de su éxito en que los personajes pueden desarrollarse durante más tiempo que en una película.

Si no he mencionado nada de los efectos especiales o la acción no ha sido deliberado. Es sencillamente que la profundidad dramática de la cinta relega las espectaculares batallas a un segundo plano. Tal es la complejidad de Vengadores: Endgame. Y tal es el homenaje que Marvel rinde a sus fans, a los que ofrece un producto final más que excepcional. Los hermanos Russo, con su habitual y notable pulso narrativo, logran que las tres horas de duración sean un suspiro. Su sello se deja ver en cada plano, especialmente en ese combate final con plano secuencia marca de la casa. ¿Y el final? Pues el que debería ser, ni más ni menos, títulos de créditos incluidos. La película deja clara una cosa: que es el fin de una era y que nada volverá a ser lo mismo. Pero también deja la sensación de estar ante algo tan grandioso que será difícil de superar, tanto en espectacularidad como en carisma de sus protagonistas. En los años 60 Marvel revolucionó los cómics; ahora ha hecho lo mismo con el concepto mismo del cine, traspasando la propia dimensión de película autoconclusiva o de la secuela.

Nota: 9,5/10

‘Daredevil’ se despide sin cerrar sus tramas en la 3ª temporada


Que Netflix haya decidido acabar con todas las historias protagonizadas por superhéroes de Marvel da una idea de la apuesta que la plataforma había hecho por estos personajes. Puedo entender que las tramas de Luke Cage o Iron Fist no hayan terminado de cuajar, pero lo cierto es que Daredevil había logrado no solo un alto nivel dramático y artístico, sino que había hecho olvidar aquella película protagonizada por Ben Affleck (Liga de la Justicia) allá por 2003. Desconozco si algún día se conocerán los verdaderos motivos, más allá de los que ya se han hecho públicos, pero es una lástima que esta ficción creada por Drew Goddard (Malos tiempos en El Royale) se haya visto arrastrada tras una espléndida tercera temporada que deja la puerta abierta a una eventual continuación en el futuro.

Porque, al igual que en las etapas anteriores, estos 13 episodios son una combinación perfecta entre drama, acción e intriga. Con los mismos héroes y villanos sobre los que ha pivotado toda la trama desde el comienzo, el arco dramático aborda ahora la redención de un héroe superado no solo por unos enemigos más poderosos, sino por el sistema en el que confía y que es manipulado con precisión milimétrica por ese antagonista espléndidamente interpretado por Vincent D’Onofrio (El justiciero). Para ello, el tratamiento vuelve al intimismo que presentó en la primera temporada, algo que queda reflejado en el propio traje que vuelve a lucir el protagonista, así como en la soledad de enfrentarse a todo sin el apoyo ni la colaboración de nadie. Todo ello, por supuesto, con el tono oscuro y opresor que caracteriza a esta serie, conceptos religiosos incluidos.

Pero lejos de ser una suerte de tercer acto de una historia más amplia, esta tercera temporada de Daredevil es un vehículo para ahondar en el pasado del héroe y para explorar un poco más al resto de personajes secundarios que nutren la ficción. Respecto al primero, la serie aborda la trama secundaria de su familia, de la sed de venganza e, incluso, de sus poderes, para mostrar las debilidades de un hombre que clama más venganza que justicia. A través del devenir de la historia principal el argumento entrelaza aspectos secundarios para mostrar las diferentes caras de su complejidad dramática, desde la identidad de su madre hasta sus esfuerzos por luchar incluso sin contar con sus ‘superpoderes’, logrando con todo ello no solo una reafirmación de pilares dramáticos ya presentados, sino situando al héroe ante un dilema interno visto a través de un conflicto externo.

En este sentido, es fundamental señalar el modo en que los creadores afrontan esta dualidad del conflicto. Por un lado, evidentemente, nos encontramos ante los villanos, siempre más poderosos que el héroe para acentuar la dificultad de la victoria. Pero por otro, y esto es lo reseñable, los enemigos se convierten en esta ocasión en una suerte de proyección de los propios miedos del protagonista. Las conversaciones que el personaje de Charlie Cox (La teoría del todo) tiene con su archienemigo reflejan ese conflicto interno que vive, mostrando con acierto no solo las dudas acerca de cómo actuar, sino el pensamiento lógico que le lleva a comprender la magnitud de la situación. Pero luego está ese enemigo interpretado por Wilson Bethel (Cold turkey) que, aunque no se mencione, es Bullseye. El hecho de que al final de la temporada se vista con el traje rojo del héroe, y este se enfrente a él con sus ropas negras iniciales, puede interpretarse también como una proyección de la dualidad en la que vive el rol de Cox, que quiere dejar atrás ese traje. Lejos de utilizar una secuencia onírica, sus creadores aprovechan el desarrollo del conflicto externo para sacar a relucir la lucha interna.

Violencia y más violencia

Bajo esta premisa, Daredevil se revela como una obra compleja, capaz de ofrecer muchas lecturas al espectador más allá de las secuencias de acción, la intriga o una cuidada fotografía. La tercera temporada es, en este sentido, mucho más enriquecedora, pues se apoya en lo narrado con anterioridad para sumergirse en los aspectos más delicados y profundos del héroe, amén de retratar una espléndida evolución de los villanos y de los personajes secundarios, que aunque pierden cierto peso al no tener una relación directa con la trama principal, sí son capaces de mantener un desarrollo más que correcto para, en último término, fusionar sus historias con la principal en un final que, aunque cierra varios hilos argumentales, deja abierta la puerta a nuevos interrogantes.

Pero todo esto no quiere decir, ni mucho menos, que estos 13 capítulos no hagan gala de la otra gran característica de la serie: su violencia descarnada. Sus creadores vuelven a recurrir a planos secuencia para narrar la lucha hasta la extenuación de un hombre que, más allá de sus sentidos desarrollados, no tiene más poder que el resto de los humanos. A través de estos combates sin cuartel ni cortes de montaje, la ficción ofrece una mirada sin contemplaciones a la agresividad de la lucha, al cansancio de enfrentarse a enemigos una y otra vez sin más armas que sus piernas y puños. Y todo eso, claro está, tiene sus consecuencias, llevándole a tener que luchar incluso con heridas internas. En este caso la ficción puede percibirse en que el héroe no muere tras los golpes y las palizas que recibe, pero incluso sabiendo esto de antemano la crudeza de las secuencias genera una tensión pocas veces vista en televisión o en cine.

Es importante remarcar también que esta tercera temporada explora los orígenes del nuevo villano al que da vida Bethel. A diferencia de lo que ocurre en etapas anteriores de la serie, la trama dedica tiempo a narrar la infancia y el trasfondo psicológico de un personaje frágil a la par que violento. Es cierto que haber contado ya el devenir de todos los personajes da una mayor libertad y más posibilidades a los guionistas para asentar las motivaciones del antagonista, pero no hay que perder de vista que esto permite, a su vez, dotar de mayor complejidad las relaciones que se establecen entre Bullseye, Daredevil y Wilson Fisk. Del mismo modo, y relacionado con esto, no hay que pasar por alto el cuidado tratamiento de la trama secundaria que involucra al FBI. La forma en que la situación va cambiando es sencillamente brillante, viéndose a través de los ojos de ese agente que busca hacerse un nombre y termina comprendiendo que ha sido manipulado.

Todo ello compone un complejo y atractivo tablero de juego que la tercera y última temporada de Daredevil aprovecha al máximo, estableciendo relaciones entre las diferentes tramas secundarias y ahondando en los conflictos dramáticos y las confrontaciones externas de cada uno de los personajes. No cabe duda de que esta conclusión es el punto final idóneo para el crecimiento dramático que ha tenido la serie, convirtiéndola en una producción diferente y de una calidad artística y técnica que la sitúan entre lo mejor de la televisión. Pero también deja abierta la puerta a un futuro con nuevos interrogantes y nuevos casos que este superhéroe/abogado deberá afrontar. Aunque eso dependerá de que alguien quiera retomar estos personajes y quiera hacerlo con el mismo planteamiento. Por el momento, lo que dejan son tres temporadas imprescindibles.

‘Capitana Marvel’: Brilla en la oscuridad, tal vez demasiado


Marvel quería su Mujer Maravilla. Después de más de una década con superhéroes masculinos (salvo contadas excepciones, y desde luego nunca en solitario), la Casa de las Ideas necesitaba de un personaje femenino que liderara una revolución en este universo cinematográfico. Más o menos como hizo DC con Wonder Woman allá por 2017. El resultado, aunque brilla en la oscuridad, no termina de ser lo que cabría esperar de ella. Y eso es porque la oscuridad nunca se apodera de la historia.

El planteamiento, de hecho, no es malo. Una protagonista que no recuerda su pasado, unos poderes que no controla, unos amigos y enemigos de los que sospecha, … Las bases dramáticas de Capitana Marvel son sólidas. Sin embargo, la apuesta es dotar al conjunto de luz y color, y no solo visualmente, sino narrativamente hablando. La apuesta por el humor, en algunos momentos un tanto infantil, restan gravedad a lo expuesto en pantalla. Además, el hecho de que personajes como los Skrull hagan gala de un sentido del humor como el que muestran no termina de encajar demasiado. A esto se suma que durante buena parte del segundo acto los personajes parecen dar vueltas sobre una misma idea sin terminar de resolver el enigma, como si hubiera que estirar la duración del film y no se supiera el modo correcto de hacerlo. Esto genera un doble efecto: por un lado, impedir una profundización dramática en los personajes (algunos de los cuales, por cierto, se puede intuir desde el principio de qué lado están), y por otro romper el ritmo narrativo que imprimen las secuencias de acción, cayendo en un tedio innecesario.

Pero que nadie se lleve a error. Estamos ante un entretenimiento puro y duro, con algunas secuencias de acción espléndidas y con un trasfondo emocional y dramático que, aunque no está tratado del todo bien, sí surte el efecto suficiente como para sentar las bases del personaje. Unos efectos visuales impecables, marca de la Casa de las Ideas, completan un festival de luz y color en el que los actores disfrutan para mostrar una complicidad entre ellos y entre los personajes que tampoco suele verse demasiado, y que también suele definir a las cintas de Marvel. Eso por no hablar de complementos secundarios como el famoso gato Goose, que termina por jugar un papel bastante importante en la estructura temporal de todas las películas que hasta ahora conforman este Universo Cinematográfico Marvel.

Al final, Capitana Marvel se acerca más a Guardianes de la galaxia que a Capitán América, pero funciona. De un modo sencillo, por momentos simple, pero funciona. Brie Larson (La habitación) es por derecho propio esta superheroína de poderes cósmicos, y aunque tal vez la película no imprima a su personaje el dramatismo que cabría esperar a tenor de su pasado, ella convierte a Carol Danvers en el referente femenino de este UCM. Podría ser mejor, más dramática, más oscura, incluso más trágica. Pero como presentación de personaje tiene la fuerza suficiente. Y a tenor de la primera escena postcréditos, todo apunta a que la versión más dramática está por venir.

PD.: el homenaje inicial a Stan Lee y su legado dentro y fuera de los cómics es imprescindible.

Nota: 6,5/10

‘Spider-Man: Un nuevo universo’: el spider-verso en todo su esplendor


Desde aquella lejana Spider-Man 2 (2004) el superhéroe más icónico de Marvel no había vuelto a tener una incursión que uniera a crítica y público. Por ello esta nueva aventura, alejada de lo visto hasta ahora y con un diseño novedoso y rompedor, supone un soplo de aire fresco tanto para los fans del trepamuros como para aquellos que simplemente quieran pasar un par de horas de entretenimiento. Aunar ambos universos es tarea complicada, pero este nuevo universo en el que conviven un puñado de “Spider-Men” lo logra con nota.

Porque ante todo, Spider-Man: Un nuevo universo es una obra que entretiene, divierte y apasiona. Con un guión muy elaborado y unos personajes perfectamente definidos, la trama se desarrolla de forma coherente manejando en todo momento los elementos que definen a este personaje: la culpa, la responsabilidad, proteger al inocente, … Los seguidores del héroe que no conocieran este spider-verso encontrarán una obra sencillamente apasionante que explota al máximo las posibilidades narrativas que ofrece la agilidad, el humor, la acción y la espectacularidad de este personaje en sus numerosas versiones.

Pero es que, además de un guión más que notable para este tipo de films, la cinta ofrece una animación diferente, fresca, capaz de trasladar el cómic a la gran pantalla y hacerlo con un toque personal. Esta apuesta rompedora por un tratamiento visual único en el que, por ejemplo, el sentido arácnido alcanza su máxima expresión, o las peleas adquieren un toque muy, digamos, onomatopéyico, no solo no resta credibilidad al conjunto, sino que convierte al film en algo más que lo visto hasta ahora, en una especie de cómic en movimiento que no suele verse en pantalla, sea en imagen real o en animación. Desde luego, el diseño de personajes, de la ciudad de Nueva York y de ese multiverso arácnido es brillante, estando acompañado de una música que encaja a la perfección y, por supuesto, de un guión que plantea los giros dramáticos y las motivaciones de héroes y villanos de forma seria, sobria y sin ningún tipo de cortapisas.

Spider-Man: Un nuevo universo se revela como una de las mejores películas de superhéroes, y desde luego una de las mejores con el hombre araña como protagonista. Y lo es porque conjuga todos sus elementos de forma equilibrada, sin concesiones de ningún tipo y manejando las claves de la historia de este personaje con elegancia y maestría. De hecho, la sensación de culpabilidad y los remordimientos del protagonista son el motor de una historia en la que un héroe no solo debe salvar el mundo, sino al resto de héroes. Al contrario de lo que pudiera parecer, la trama no tiene una gran complejidad, pero sí el punto exacto para que el espectador no pueda perderse ni un segundo de esta sobresaliente película.

Nota: 9/10

‘Venom’: el simbionte se independiza de Spider-Man


Tratar de separar el origen del simiente conocido como Venom de Spider-Man parece una tarea harto difícil, sobre todo si se hace de cara a fans de los cómics poco tolerantes a los cambios. Y la verdad es que la nueva película de Ruben Fleischer (Bienvenidos a Zombieland) es una buena prueba de ello, no tanto por las críticas de acérrimos seguidores de los personajes como por la necesidad de crear una historia paralela que justifique buena parte de la naturaleza de un villano/antihéroe que imita los poderes del hombre araña.

En este sentido, la historia de Venom se encuentra a medio camino entre lo interesante del tratamiento del personaje y las incoherencias de algunos de sus tramos narrativos. Un equilibrio que es el origen de algunas de sus irregularidades. Mientras que el rol protagonista al que da vida espléndidamente bien Tom Hardy (London Road) evoluciona de forma compleja a través de esa dualidad en su mente que representa la lucha entre el bien y el mal, lo que en definitiva aporta un trasfondo dramático sólido para toda la historia, el desarrollo dramático tanto del villano como de las tramas secundarias quedan poco definidos, por no hablar de algunas de las motivaciones de este antihéroe en el tercio final del film, que sencillamente no tienen un trasfondo lógico o, al menos, sustentado claramente con lo narrado anteriormente.

Sus debilidades son más que evidentes, es cierto, y los más puritanos posiblemente pongan el grito en el cielo ante los orígenes de este personaje y cómo se ha contado la historia. Pero con todo y con eso, el metraje apenas pierde el pulso. A las secuencias de acción (espectaculares aunque algo caóticas en algún momento) se suman ciertos toques de humor que ayudan a aligerar la carga dramática del protagonista, lo que aporta al conjunto un tono perfecto de entretenimiento sin más objetivo que el de distraer durante casi dos horas que en ningún momento llegan a hacerse pesadas gracias fundamentalmente al trabajo de sus actores.

Desde luego, nadie debería esperar de Venom más de lo que es a simple vista. Su falta de encaje en el Universo Cinematográfico Marvel juega a favor y en contra de esta película. A favor porque le da libertad para explorar una historia completamente diferente, con nuevos orígenes, nuevos personajes y un tono a medio camino entre la oscuridad del simbionte, la bondad del reportero interpretado por Hardy y el humor que desprende el relato. En contra porque esa falta de marco hace que la combinación de historias y personajes termine por generar ciertos problemas narrativos y de definición de personajes. En cualquier caso, es una producción entretenida y que se disfruta en prácticamente todo su metraje. ¡Y atentos a la escena post créditos, primera piedra de una posible secuela!

Nota: 7/10

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ termina ciclo en su quinta temporada


Parece una regla narrativa, pero en realidad es más bien una idea aceptada a base de práctica y de miles de series realizadas a lo largo de los años. Aunque lo importante es que una ficción tenga la duración planteada para contar bien la historia (es decir, sin intereses comerciales de ningún tipo), lo cierto es que muchas de las grandes series parecen plantearse para tener cinco temporadas, como mucho una o dos más. Y esto es lo que le ocurre a Agentes de S.H.I.E.L.D. Sin ser una serie inolvidable ganadora de infinidad de premios, esta ficción con superhéroes, acción y humor integrada en el Universo Marvel ha sabido no solo mantenerse en plena forma dramática y narrativa, sino que en su quinta temporada cierra ciclo de forma más que correcta, dejando un pequeño epílogo a modo de sexta y última temporada ya confirmada.

Y como no podía ser de otro modo, dicho cierre tiene como principal motor al Agente Coulson, rol que Clark Gregg lleva interpretando 10 años desde que apareciera por primera vez en Iron Man (2008). La serie creada por Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse), Jed Whedon y Joss Whedon (Los Vengadores) ha pivotado desde el primer momento sobre este personaje, y aunque a lo largo de los años ha crecido en complejidad dramática y ha incorporado interesantes personajes, el epicentro de toda la trama siempre ha sido ese agente con fe ciega en la causa que defiende. Todo esto viene a cuento porque los 22 episodios de esta penúltima temporada representan el viaje final del héroe, un recorrido que más allá de la acción es una especie de cesión del testigo para que un nuevo líder tome el control. El problema, y de ahí el final inminente de la serie, es que ninguno de los otros protagonistas, aún con su evidente interés, tiene madera de protagonista.

Esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., al igual que las anteriores, divide su trama en dos partes diferenciadas claramente. Sin embargo, y a diferencia de años atrás, en esta ocasión ambas historias están intrínsecamente relacionadas por la causa y efecto que generan los saltos temporales. La idea del bucle temporal adquiere una fuerza dramática inusitada que no solo provoca una tendencia creciente del drama e incluso cierto suspense, sino que da lugar a un clímax final y a una resolución de la historia tan interesante como compleja, trastocando el tratamiento de los protagonistas realizado hasta ese momento al tener que enfrentarles con sus propios miedos, sus fobias y sus secretos más escondidos. El hecho de presenciar el futuro e intentar cambiarlo a pesar de repetir siempre los mismos actos (sin darse cuenta de ello, claro está), aporta una complejidad dramática única a la temporada, pero también un cierto desasosiego al tener en todo momento la sensación de estar asistiendo a un destino inevitable.

Evidentemente, los héroes logran su misión, pero a diferencia de otro tipo de series, no es un final feliz. Más bien la resolución de esta etapa es agridulce. Durante los 22 capítulos la trama gira en torno, ya sea directa o indirectamente, la salvación del rol de Gregg. Resulta muy interesante analizar cómo funciona a la perfección esta premisa en el tratamiento de toda la temporada, fruto de una construcción de personajes coherente y sólida. En efecto, la lucha de todos los personajes por su líder no solo se antoja lógica, sino incluso necesaria. Y la evolución orgánica de todas las tramas alrededor de este desencadenante no podría ser más exquisita, toda vez que son varios los momentos en los que el espectador, aun teniendo en mente una idea aproximada de lo que puede ocurrir, se encuentra ante un abismo dramático cuyo final no puede vislumbrar. Dicho de otro modo, aunque la victoria de los protagonistas es obligada, las consecuencias de dicha victoria, tanto personales como materiales, son totalmente inesperadas. Y este es uno de los principales atractivos de esta etapa.

Cerrando flecos

Todo ello no quiere decir que esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no tenga ‘peros’. En demasiados momentos la trama recurre a ciertos Deus ex machina que, aunque bien encajados en la evolución dramática, se antojan irreales (y hablamos de una producción puramente fantástica), demasiado milagrosos. Y eso no es únicamente por el modo en que se presentan dichos momentos, sino porque para resolver determinadas situaciones aparentemente irresolubles se recupera la presencia de personajes de temporadas anteriores que, de un modo u otro, solucionan la papeleta narrativa que en ese momento tienen los creadores de la serie. Todo ello juega en perjuicio de algo fundamental de esta producción, que es la capacidad del equipo de superar cualquier situación.

Asimismo, y aunque la temporada vuelve a dividirse en dos partes bien diferenciadas, el desarrollo de ambas ha tenido muchas historias secundarias, y según como se mire puede que demasiadas. El intento de rizar el rizo de una historia y unos personajes ya de por sí complejos lleva a esta etapa a convertirse en una espiral constante de situaciones casi insostenibles, de desafíos que van más allá de las capacidades mentales y físicas de los protagonistas. Y aunque este viaje hay momentos que resta credibilidad al relato, también es cierto que ahonda en las múltiples caras de los protagonistas, enriqueciéndolos a ellos y a la trama, que se llena con todo tipo de matices, algo poco habitual para este tipo de producciones. En este sentido, es interesante estudiar el delicado equilibrio que manejan los guionistas entre el crecimiento natural y orgánico de la historia, nutriéndose de las historias secundarias y los conflictos entre los personajes, y las dificultades que tienen para resolver determinadas situaciones, llegando al extremo de utilizar esos Deus ex machina que antes mencionaba.

Pero esta temporada es también la del cierre de flecos secundarios que pudieran quedar sueltos, lo que es una prueba más que evidente de que su final está próximo. El caso más evidente es el del coronel interpretado por Adrian Pasdar (Run), personaje que ha vivido un largo viaje en el que ha pasado de ser enemigo de los héroes a su aliado, para terminar convertido en un supervillano cuyo giro dramático podría ubicarse a medio camino entre esa evolución natural y los cambios forzados por las necesidades de guión. Pero en cualquier caso, la labor de Pasdar convierte a este personaje en uno de los más interesantes de la temporada, si no el que más, creando un villano complejo, marcado por un sentido del deber corrompido por un poder que cree dominar pero que en realidad le domina. Su figura, aunque secundaria, resume a la perfección el espíritu dramático de esta temporada.

Tal vez esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no sea la mejor de todas, pero sin duda se encuentra entre los referentes de la serie. Y lo es porque, a pesar de sus limitaciones y de sus puntos débiles, se atreve a ir más allá, a explorar nuevos terrenos dramáticos jugando con el espacio y el tiempo para desarrollar una historia autosuficiente que, en realidad, no necesitaría del trasfondo dramático que arrastra de las anteriores temporadas. Los personajes se enfrentan a su presente no tanto conociendo su pasado como, ante todo, conociendo el futuro y la tragedia a la que se enfrentan. Y ese conocimiento único es el motor del drama y cierto suspense que nutre toda esta etapa. La resolución, tan emotiva como trágica, no deja indiferente. Ahora tan solo queda poner el punto final con una sexta temporada que sitúe a los protagonistas ante su futuro.

‘Ant-Man y la Avispa’: mínimos cuánticos


Entretenimiento enorme, historia microscópica. Esa es la máxima (y la mínima) de esta secuela de un superhéroe que ya en su primera entrega podría haber dado algo más, tuvo una especie de interesante redención en la Guerra Civil superheróica de Marvel y confirma su poco recorrido en solitario en su segunda película.

En efecto, y por mucho que añadan otro insecto en el título, Ant-Man y la Avispa demuestra que este superhéroe no tiene mucho donde escarbar para encontrar un trasfondo dramático sólido. Tal vez sea por el carácter humorístico y el tono burlón de la narrativa, pero lo cierto es que esta continuación se toma menos en serio incluso que el film original. Más allá de chistes y gags recurrentes, el arco argumental carece de lo más básico de una historia: el conflicto. Sí, es cierto que existe un conflicto personal (el arresto domiciliario), uno emocional (el love interest no del todo correspondido) y uno externo (la villana de turno), pero ninguno de ellos llega a resultar real. Da la sensación de estar más bien ante un episodio de transición de alguna de las numerosas series más limpias de superhéroes, en las que el o la protagonista siempre logra su objetivo casi sin despeinarse.

Y sus responsables lo saben. A tenor del resultado, eran conscientes desde el primer momento. La apuesta por el humor y, sobre todo, el ritmo frenético del desarrollo imprime al conjunto un tono jocoso, casi infantil, que intenta hacer olvidar que estamos ante una película carente de fondo. Visualmente poderosa, manejando las escalas de forma magistral y con unas secuencias de acción brillantes en muchos momentos, la cinta logra combinar con acierto humor, adrenalina y ciertos toques dramáticos (lo justo para que no sea una comedia al uso). De ahí que el sabor de boca que deja no sea demasiado amargo y mantenga la línea iniciada por la anterior película.

Ahora bien, si algo define este film es la ya clásica escena post-créditos, que vendría a reafirmar la idea de que el film es en realidad una especie de excusa para presentar a estos personajes de cara al macro evento cinematográfico que continuará lo narrado en Vengadores: Infinity War. El final de Ant-Man y la Avispa deja literalmente sin palabras al espectador, respondiendo a una de las preguntas que muchos fans se habrán hecho en los últimos meses. Así las cosas, esta continuación es… pues eso, una continuación. Dramáticamente aporta poco a los personajes. Eso sí, con pocas películas se podrán pasar un par de horas más divertidas y entretenidas.

Nota: 6/10

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