‘Spider-Man: Homecoming’: por algo hay que empezar


Una película como la nueva aventura del Hombre Araña, al igual que otras adaptaciones de novelas, cómics, series, etc., puede ser analizada bajo el prisma de un fan o desde una perspectiva más objetiva. Y precisamente bajo esta última no puedo por menos que preguntarme cómo es posible que el personaje más famoso de Marvel haya tenido una trayectoria tan irregular desde que Sam Raimi abandonara los mandos del personaje (lo que ocurrió en aquella Spider-Man 2). Porque más allá de cambios de trajes y mejoras tecnológicas, la realidad es que el tratamiento de este héroe corriente que carga sobre sus hombros con la responsabilidad que genera la culpa no ha sido muy homogéneo que digamos.

Y desde luego, Spider-Man: Homecoming no es una excepción. Si bien es cierto que el desarrollo de la trama es notable y que el personaje interpretado por Tom Holland (Lo imposible) posiblemente sea el mejor de las diferentes sagas, la cinta es irregular en su tratamiento, pudiendo llegar a hacerse algo lenta en algunos momentos. Planteada como un producto que haga de puente entre lo visto hasta ahora en el mundo cinematográfico de Marvel y lo que está por llegar, esta nueva aventura presenta algunos giros dramáticos cuanto menos cuestionables que casi con toda seguridad harán recordar a los fans ciertas relaciones familiares totalmente innecesarias en este caso. Eso por no hablar del hecho de que hay más personajes secundarios que en una película coral, lo que termina por restar espacio y tiempo para un desarrollo algo más en profundidad del héroe y del villano.

No me malinterpreten. Ambos pilares de esta historia están bien definidos y poseen una solidez fuera de toda duda, pero eso no impide que se pierdan por el camino las explicaciones para algunas de sus decisiones. Con todo, la cinta deja varios momentos sobradamente impactantes, ya sea desde un punto de vista narrativo (el impacto de descubrir las identidades secretas, aunque sea en un contexto algo ilógico) o de acción. Respecto a este último aspecto, por cierto, alguien debería explicarme qué necesidad hay de poner en manos de directores “inexpertos” en la materia un producto tan complejo como este.

La labor de Jon Watts (Coche policial), aunque buena en muchos momentos, deja algo que desear en las secuencias de acción más complejas, recurriendo a un montaje confuso y a planos amplios que permitan desarrollar la espectacularidad del protagonista pero que restan intensidad a lo narrado. Bajo todo este prisma, Spider-Man: Homecoming se revela como un entretenimiento sólido que plantea las bases para un futuro que promete más de lo que ofrece este primer film. Demasiados personajes enturbian el estreno de uno de los mejores Spider-Man (si no el mejor) del cine, y la labor del director, buena en algunos momentos dramáticos, se pierde en las secuencias de acción. Eso por no hablar de lo que dirán los fans acerca del cambio de nombre de algunos personajes fundamentales en el imaginario arácnido o de ese final que parece destruir una dinámica que en los cómics ha funcionado durante décadas. Todo está por comenzar, y desde luego todo es mejorable.

Nota: 6,5/10

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La 4ª T. de ‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ divide… ¿pero vence?


Es relativamente habitual que en los cómics de superhéroes una trama dure varios números. Un arco argumental que permite a la historia llevar al héroe de turno por un camino, presentando de paso un nuevo villano (o nuevos aspectos de uno conocido) y generando todo un terremoto en lo narrado anteriormente. Y aunque es algo positivo en las viñetas, encadenar estos arcos en una única temporada de televisión puede ser contraproducente. Ese trasfondo subyace en la cuarta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., cuyo argumento (o argumentos) lleva a los protagonistas a vivir muchas, tal vez demasiadas aventuras. En manos del espectador queda que eso sea algo bueno o malo, pero lo que está claro es lo que aporta y lo que resta.

Entre lo primero cabe destacar el modo en que esta serie creada por Maurissa Tancharoen, Jed Whedon y José Whedon, guionista y creadores de la serie Dollhouse, amplía el universo de Marvel tanto en la pequeña pantalla como en la grande. Si bien es cierto que la conexión entre largometrajes y capítulos es prácticamente nula en esta temporada, a lo largo de los 22 episodios se introducen nuevos personajes conocidos por los seguidores de la Casa de las Ideas, el más destacado El Motorista Fantasma, interpretado por Gabriel Luna (Transpecos) y cuya presencia en la trama termina por resultar clave. El hecho de que los héroes ya sean conocidos permite dedicar tiempo a explorar el trasfondo dramático tanto de este rol como de los villanos de turno, profundizando en cierto modo en una base narrativa que traspasa el mero espectáculo visual que, en efecto, ofrece.

Esta cuarta etapa de Agentes de S.H.I.E.L.D. ahonda además en las relaciones entre los protagonistas, planteando nuevos conflictos tanto internos como externos, tanto románticos como morales, que permiten al espectador conocer un poco mejor a sus héroes. La evolución de la trama, con ese arco argumental en un mundo alternativo, plantea la posibilidad de percibir a los héroes desde un prisma diferente, más oscuro si se prefiere, y cuyas consecuencias, vistas levemente al final de esta temporada, deberían tener más peso en los próximos episodios. El modo en que cada personaje afronta la realidad que cree vivir en ese mundo artificial ayuda a crear una brecha en un grupo que parecía demasiado unido, demasiado homogéneo, devolviendo algo de conflicto que, aunque termina resolviéndose de forma un tanto apresurada, debería dejar un rastro en la personalidad de cada rol.

La serie ha permitido también depurar la presencia de algunos secundarios que, aunque interesantes, aportaban poco o nada al conjunto. En este sentido, la serie termina con el núcleo duro de estos espías unido de nuevo, a diferencia del inicio de los capítulos y con un nuevo reto por delante que, esperemos, tenga un desarrollo algo más amplio que el de esta temporada. Porque sí, la presencia de dos grandes arcos argumentales (algo que, en mayor o menor medida, ya ocurrió en la tercera temporada) ha ayudado a la trama a profundizar en algunos personajes, en incorporar a otros nuevos y en dotar al conjunto, en general, de una mayor espectacularidad. Pero en el lado opuesto de la balanza hay aspectos que lastran al conjunto, y muchos tienen que ver precisamente con lo bueno que ofrece la temporada. Dicho de otro modo, son las dos caras de una misma moneda.

Menos tiempo, más prisas

Posiblemente lo más complejo de esta etapa de Agentes de S.H.I.E.L.D. radica precisamente en los dos arcos argumentales que presenta. Si bien es cierto que tienen un nexo de unión, éste parece recordarse y olvidarse según convengan, utilizándolo para plantear los conflictos y recuperándolo únicamente para un giro narrativo final que, literalmente, puede interpretarse como un ‘Deus ex machina’. Y esto no es casual. De hecho, es una consecuencia directa del poco tiempo narrativo que tienen sus creadores para utilizar los recursos a su alcance. El hecho de tener que plantear dos comienzos, dos nudos y dos desenlaces en poco más de 20 episodios obliga a economizar el espacio dramático, aportando por lo más evidente y dejando los elementos secundarios en un cajón hasta que sean necesarios. Es un poco lo que ocurre con algunas de las líneas dramáticas de los protagonistas que antes mencionaba: sí, es cierto que aportan mayor profundidad al conjunto, pero solo de forma temporal. Su resolución es tan rápida que apenas parece provocar mella en la personalidad de los héroes.

El gran problema, al menos narrativamente hablando, es que la temporada no da pie a poder ahondar demasiado en algunos personajes secundarios y en su modo de influir en la trama principal, ya sea en la primera o en la segunda. Esta cuarta etapa plantea así varios conflictos emocionales y varias relaciones amorosas que parecen quedarse simplemente en eso, en planteamientos que, si es necesario, se retomarán en el futuro. Y la palabra clave es “necesario”, porque la realidad es que, de mantenerse esta idea de dos arcos argumentales por temporada, lo cierto es que no quedará demasiado tiempo (entre nuevos villanos, nuevos peligros y nuevas aventuras) para retomar determinados asuntos donde se quedaron.

Tal vez haya sido una estrategia necesaria para recuperar de un modo más o menos coherente al grupo inicial de estos agentes, sobre todo tal y como terminó la anterior temporada. Y de hecho, a tenor del final, lo consiguen. Pero el problema sigue siendo el tiempo. El tiempo y las prisas por resolver ciertos conflictos, ciertos dramas secundarios que, siendo sinceros, consolidan la imagen general del desarrollo dramático del conjunto. El hecho de que algunas relaciones personales entre los protagonistas, con todo lo que arrastran detrás temporada tras temporada, planteen conflictos y los resuelvan en un puñado de episodios puede ser positivo para la dinámica de la narrativa, pero no encaja todo lo bien que debería con lo contado hasta ahora. Y ese es un problema (o una seña de identidad, según se mire) de la serie, que parece estar cada vez más introducida en una carrera hacia adelante que le beneficia cada vez menos, al menos en lo que a calidad dramática se refiere.

Porque sí, en espectacularidad hay pocas series que compitan ahora mismo con Agentes de S.H.I.E.L.D. Más allá de las secuencias de acción y de los efectos especiales, la serie ha logrado un nivel de complejidad conceptual y narrativa casi únicas. El problema es que lo ha hecho dejando por el camino demasiados cadáveres, y no me refiero a los villanos derrotados. Su apuesta por una narrativa directa, basada en la idea de que todo, absolutamente todo, está al servicio de la trama principal del momento y del villano de turno, está obligando a eliminar el peso de algunas historias secundarias. Ya sea el enemigo o algún aliado temporal, los nuevos personajes cada vez son definidos de un modo más esquemático, lo necesario para que tengan cierta consistencia. Retomar una única trama por temporada ayudaría a profundizar en estas ideas y dotarían de mayor peso a la serie, aunque habrá que esperar a ver cuál es la apuesta de la quinta temporada.

1ª T. de ‘Legión’, o cómo lograr una serie inusual basada en cómics


El mundo de las adaptaciones de cómics a la pequeña pantalla está siendo tan exitosa como repetitiva. La estructura narrativa de las diferentes series que han surgido a lo largo de estos últimos años comparten la base de enfrentar al héroe contra un enemigo externo, salir derrotado varias veces, replantearse sus propios miedos y motivaciones y, finalmente, vencer la mencionada amenaza en un heroico acto que represente su cambio psicológico y emocional. Es por eso que un producto como Legión, surgido de la mente de Noah Hawley (serie The unusuals), no solo es un soplo de aire fresco en este mundo superheroico, sino que aprovecha al propio protagonista para ofrecer una historia completamente diferente en su forma, compleja y retorcida, que obliga al espectador a prestar una inusual atención a la historia y los personajes, habitualmente de lo más flojo en estas ficciones.

Para aquellos que no conozcan la historia, un breve resumen. El protagonista es un joven y poderoso mutante encerrado en un psiquiátrico por considerar que está enfermo. Sin embargo, un grupo formado por mutantes y no mutantes decide rescatarle junto a otra mutante para que se una a su grupo, explicándole que lo que muchos consideran una enfermedad (incluso él mismo lo ha llegado a creer) es en realidad un increíble poder telépata. Sin embargo, sí existe algo dentro de él que trata de poseerle y robarle su poder, una entidad que ansía vengarse del padre del joven, al que este nunca llegó a conocer.

Narrado así, el argumento de esta primera temporada de 8 episodios puede resultar algo sencillo, e incluso similar al de series ya vistas. Pero Legión dista mucho de ser una serie convencional. Hawley aprovecha las posibilidades que ofrece el mundo de la mente, los recuerdos y los poderes mutantes para construir una narrativa tan fragmentada como la mente del protagonista, con constantes saltos en el tiempo dramático y con numerosas líneas argumentales paralelas que vienen a explicar lo que ocurre en el mundo real y lo que ocurre en el plano psíquico. La combinación es tal que, salvo por algunos tratamientos formales con sutiles diferencias (en algunos casos mucho más evidentes), puede llegar a confundirse el espacio en el que se desarrolla la acción.

Y aunque esto pueda considerarse una debilidad, pues sin duda muchos espectadores pueden dejar de lado la serie, en realidad es su mayor fortaleza. La serie es sumamente compleja, es cierto, pero al mismo tiempo copa todas las expectativas. De hecho, las supera. El que la trama se articule de un modo más o menos lineal, con el héroe luchando contra una amenaza externa y una interna, dota al conjunto de una coherencia que, de otro modo, se perdería. Por otro lado, el caos que puede parecer a simple vista su tratamiento formal termina, una vez superados los primeros capítulos, por ser algo enriquecedor, pues permite apreciar una amplia variedad de matices que aportan una mayor profundidad dramática a los personajes, sobre todo al protagonista, del que se desvelan poco a poco aspectos que deberán ser tratados en las siguientes temporadas.

Más allá de los poderes

De hecho, y aunque a priori es una serie sobre mutantes con extraordinarios poderes, Legión logra su máximo esplendor precisamente en el tratamiento de los personajes y en el modo en que presenta el enfrentamiento entre el bien y el mal dejando esos poderes a un lado, y recurriendo a ellos únicamente como herramienta para desarrollar aspectos de la trama mucho más profundos desde un punto de vista dramático. Esto hace que la primera temporada se distancie, y mucho, de producciones similares, convirtiéndola por ende en algo casi único en su forma y su contenido. Asimismo, la aportación cromática del diseño de producción es simplemente brillante, abordando la evolución del protagonista a través de una paleta de colores enriquecedora en todos los sentidos posibles.

Por su parte, el reparto, espectacular del primero al último, aporta a los personajes una entidad y una sobriedad sin igual. Incluso aquellos definidos más por su ironía logran engrandecer sus respectivos papeles gracias a una apuesta por llevar todo al extremo, siempre considerando unos límites. Evidentemente, esto convierte en muchas ocasiones a los protagonistas en arquetípicos, limitando en cierto modo la versatilidad y los diversos rostros que todos ellos tienen. Sin embargo, estas debilidades, que en realidad son puntuales, se compensan con el tratamiento argumental, con esa apuesta por los mundos de la mente, los recuerdos y la psicología, que ponen a los héroes ante situaciones tan complejas como peligrosas.

Y por si el camino recorrido en esta primera temporada no fuese lo suficientemente interesante, el episodio final deja en el aire muchas preguntas y tramas secundarias abiertas, amén de dar a la principal una futura segunda oportunidad que, esperemos, llegue más pronto que tarde. El hecho de que Hawley explore durante estos capítulos el pasado del protagonista interpretado por Dan Stevens (La Bella y la Bestia) enriquece los matices de este joven acusado de estar loco. De nuevo, sus poderes son algo casi secundario, dando más relevancia a sus todavía desconocidos orígenes (al menos para aquellos que no conozcan su trayectoria en los cómics) y generando la expectación necesaria para demandar más sobre él en la siguiente temporada.

El mejor resumen de Legión podría ser que es una serie de superhéroes muy, muy inusual. Alejada de formatos tradicionales y recurriendo a un personaje relativamente poco conocido entre el gran público, esta primera temporada absorbe todas las potencialidades de las capacidades y las explota al máximo, generando un universo único, colorido y fragmentado en el que realidad y ficción, mente y espacio físico se confunden para contar una compleja historia de miedos internos, amenazas externas y remordimientos arrastrados durante décadas. Una serie, en definitiva, en la que los mutantes son más bien personajes que deben afrontar sus problemas como cualquier otro. Una serie en la que los poderes no tienen el protagonismo. El problema es que esto puede cambiar a medida que se desarrollen esas capacidades sobrehumanas, pero esperemos que eso tarde en llegar, si es que llega alguna vez. Por lo pronto, solo se puede disfrutar de este debut.

‘Guardianes de la galaxia Vol. 2’: éxitos del pasado, errores del presente


La división cinematográfica de Marvel parece haber encontrado el camino para lograr el éxito casi con cada nueva película que hace. Da igual que sea un superhéroe o varios, que sean muy conocidos o casi clandestino. Combinar ironía, algo de humor blanco, ciertas dosis de drama elaborado lo justo para no bajar el ritmo y, sobre todo mucha acción, parecen ser los pilares de los taquillazos que de un tiempo a esta parte está consiguiendo la compañía. Sin embargo, la base sobre la que construir todo ello es idéntica a cualquier film: una buena historia. Y es algo que no se debería perder de vista, pues la segunda aventura de estos defensores galácticos peca, precisamente, de esto.

Es innegable que Guardianes de la galaxia Vol. 2 es entretenida, hace reír (a algunos más que a otros) y tiene algunas escenas realmente espectaculares, sobre todo en sus primeros compases con ese plano secuencia en el que la acción, curiosamente, transcurre en segundo plano, lo que no deja de ser una idea diferente y loable. Y sí, la trama explora, aunque sea mínimamente, cómo evoluciona la relación de estos variopintos personajes en un grupo cuya unión se mantiene gracias a un frágil equilibrio entre el amor y la exasperación. En este sentido se podría decir que la cinta de James Gunn (Super), cuya labor tras las cámaras es intachable, ofrece más en todos los sentido, lo cual por cierto es lo que cabría esperar de una obra como esta.

Pero el problema es el trasfondo del asunto. Mientras que su predecesora tenía una historia relativamente compleja, que incluso encajaba dentro de los planes de desarrollo a nivel global de Marvel, esta segunda parte se desinfla a medida que pasan los minutos en lo que a argumento se refiere. Con la excusa de buscar los orígenes del protagonista, la cinta se pierde en un sinfín de caminos ya investigados en numerosas películas, cayendo en una previsibilidad que, por desgracia, termina restando frescura al conjunto. Da la sensación de que, en ese intento de superar el reto de más y mejor, la cinta se centra mucho en el “más” y se deja por el camino el “mejor”, recurriendo a herramientas manidas y algo arquetípicas. La ironía y mala leche de los personajes queda anulada, en parte, por esto, y es eso lo que termina por descafeinar una película que, por lo demás, mantiene el espíritu original.

Desde luego, Guardianes de la galaxia Vol. 2 no es mejor que la primera parte, ni mucho menos. Su falta de ambición a la hora de buscar una trama fresca y diferente hace que la cinta se vuelque por completo en los elementos que engalanaron la original historia de la cinta inicial. Dicho de otro modo, la saga parece encaminarse hacia un futuro vacío de contenido pero tan dinámico y espectacular que hará que dos horas se conviertan en dos minutos. Y eso es un peligro. Todavía se puede reconducir la situación, está claro, y prueba de ello son los minutos iniciales de esta continuación, todo un ejercicio de buen cine, narrado con originalidad y en el que la acción, el humor y la inteligencia se mezclan para dar unos minutos de auténtico oro. Hay esperanza, sí, pero sin el fondo la forma al final se pierde.

Nota: 6/10

‘Daredevil’ amplía su universo con más dramatismo en la 2ª T.


'Daredevil' se enfrenta a Punisher en la segunda temporada.La serie sobre Daredevil creada por Drew Goddard (Marte) acerca del famoso superhéroe de Marvel fue una de las sorpresas más gratas de 2015. Y lo fue porque, al igual que en otras producciones superheróicas, presentaba al héroe no solo en base a sus valores, sino como contraposición de un mal mayor al que derrotar. Y como toda gran producción sobre estos personajes, su segunda temporada debía doblar la apuesta. Sin embargo, esta especie de salto de fe es arriesgado si no se sabe sobre qué pilares realizar dicha apuesta. Por fortuna, Goddard es consciente de que, más allá de la acción o la violencia, esta trama se basa en personajes, en sus traumas y en sus dilemas, y es ahí donde estos nuevos 13 episodios logran un crecimiento dramático más que notable.

Porque sí, la segunda temporada de la serie cuenta con dos nuevos y relevantes personajes, cada uno enemigo del héroe a su manera. Y en cierto modo, la aparición de uno y otro divide esta etapa en dos partes, aunque finalmente se fundan en una única historia más grande. Pero es esa introducción escalonada lo que permite, por un lado, desarrollar de forma más sólida las motivaciones de estos nuevos roles, y por otro las tramas secundarias que se derivan de ellos. Sin ir más lejos, la evolución del personaje de Deborah Ann Woll (serie True blood) es sencillamente brillante, aprovechando el desarrollo de la historia de Punisher (espléndido Jon Bernthal –El contable-) para llevar este rol a un nuevo terreno, más maduro y mucho más arriesgado.

Y esto es únicamente un ejemplo. En realidad, lo más interesante de estos capítulos de Daredevil radica en el desarrollo orgánico del arco argumental. Goddard es capaz de crear algo literalmente vivo, que evoluciona, propone y reacciona ante el más mínimo detalle, y en el que ningún personaje, aunque sea el más secundario, queda al azar o desconectado de la evolución de la trama. Esta fórmula convierte a la serie en un producto extraño y complejo, alejado de otras ficciones similares (sobre todo de un tiempo a esta parte) y más próximo a dramas oscuros en los que la introspección de los personajes cuenta más que la acción que se desarrolla en muchas escenas.

Dicho de otro modo, y aunque las secuencias de lucha dejarán a más de uno con la boca abierta (incluyendo un nuevo plano secuencia similar al de la primera temporada pero mucho más complejo), la realidad es que lo más interesante de este superhéroe ciego son los conflictos morales de sus decisiones y las consecuencias que las mismas tienen en su entorno. Como decía antes, nada queda al azar, y desde luego toda frase, toda decisión, tiene su reacción, algunas más esperadas que otras, pero en cualquier caso todas ellas de una coherencia incuestionable. De ahí que al final se genere un mayor interés en saber cómo afrontan los secundarios las mentiras y los secretos del héroe que en cómo van a terminar las peleas de turno. Eso por no hablar de la trama principal, un motor que hace avanzar la historia en una dirección muy definida y que apenas deja tiempo de reflexión, imprimiendo al conjunto un ritmo idóneo.

Allanando el camino

Es importante hacer hincapié en el “apenas deja tiempo de reflexión”. Porque sí, sus secuencias de acción son impecables, numerosas y, hasta cierto punto, agobiantes. Y sí, estas peleas, unido al desarrollo de la trama, provocan una evolución tanto del protagonista (ahora sí es Daredevil) como de los secundarios. Pero nada de esto impide que exista un tratamiento reflexivo sobre el rol protagonista, al que por cierto Charlie Cox (La teoría del todo) dota de una entidad que ya habría querido Ben Affleck en la versión cinematográfica. De hecho, ya sea a través de flashbacks o de elaborados diálogos, el argumento aborda la dualidad de este personaje y, sobre todo, los límites de su moral, enfrentándole no solo con sus enemigos, sino con un personaje como Punisher, que en cierto modo podría considerarse el carácter extremo de la cruzada del héroe.

Pero esta segunda temporada también ha servido, como de hecho le ha ocurrido a Arrow, para abrir la puerta y allanar el camino a otros personajes superheróicos de Marvel. De hecho, en estos episodios no solo se mencionan roles como el de Jessica Jones, sino que aparecen personajes de estas producciones. Todo ello con la intención más que evidente de empezar a crear un nuevo mundo en la pequeña pantalla, similar al que ya existe en los cines pero con personajes, digamos, con menos tirón entre el gran público aunque con un tratamiento más dramático y algo alejado de la espectacularidad de las películas. No por casualidad, el Demonio de la Cocina del Infierno no vuelve hasta 2018, aprovechando su peso en las series para impulsar otras historias en las que, o bien influye formalmente (la apuesta visual de todas estas series es similar), o bien colabora presencialmente.

Con todo y con eso, esta segunda temporada pone de manifiesto un problema del personaje que, más tarde o más temprano, va a influir en el desarrollo de la historia. Y es que al igual que le ocurre a la versión televisiva del Arquero Esmeralda, el delicado equilibrio entre acción y drama de este superhéroe neoyorquino ha permitido que crezca en todos los sentidos, pero también que empiece a acercarse a un techo difícil de rebasar, al menos de forma coherente. Dicho de otro modo, la historia ha alcanzado tales cotas que solo le queda superarse, y para ello es necesario encontrar no solo historias mejores, sino aplicar un tratamiento que no ponga en riesgo el equilibrio del que hablamos. No son pocos los ejemplos de producciones que abandonan la acción en favor de la trama, y viceversa.

Hasta que eso llegue, y con la confianza que generan las dos temporadas de Daredevil, solo queda disfrutar de este personaje, del modo en que es presentado y de su evolución, sencillamente brillante y apasionante. La labor de guionistas, directores, actores y el resto del equipo es un evidente testimonio de que este tipo de producciones pueden tener un futuro, que no son meros entretenimientos para fans adictos a las viñetas y a un mundo de fantasía. La clave está, como se ha demostrado en varias ocasiones, en tratar a estos personajes como… pues eso, como personajes, situando sus poderes como algo casi anecdótico que puede resultar útil en un momento dado, y no como el epicentro del que dependa absolutamente todo. Mientras eso siga siendo una máxima, la serie seguirá siendo una de las mejores realizadas.

1ª T. de ‘Jessica Jones’, thriller de superhéroes sin mostrar poderes


'Jessica Jones' deberá derrotar a Kilgrave en la primera temporada.Si hace no demasiado tiempo se hablaba del diferente trato que Marvel daba a sus superhéroes en el séptimo arte, ya fuera en cine o televisión, respecto al que estaba dando DC Cómics, ahora el sentido de esa reflexión ha cambiado. Como si de vasos comunicantes se tratara, el tratamiento juvenil y despreocupado de personajes como Spider-man, Capitán América o Iron Man está pasando a superhéroes como Flash o Supergirl, mientras que la madurez y el tono oscuro de las historias está llegando a producciones como Daredevil o la que ahora nos ocupa, Jessica Jones. La primera temporada de esta última es el claro ejemplo de que se pueden hacer producciones serias, descarnadas y con un ácido sentido del humor a pesar del componente fantástico que inevitablemente tienen que tener.

Los primeros 13 episodios de esta ficción creada por Melissa Rosenberg, guionista de la saga Crepúsculo, utilizan una estrategia narrativa que viene usándose desde los orígenes de la Humanidad. La trama aborda a la protagonista en mitad de una crisis personal marcada por un pasado turbulento que, alcoholismo y personalidad aparte, está definido a su vez por un trauma psicológico tan profundo como imposible de olvidar. Y es esta base emocional la que define todo un arco dramático espléndido que extiende sus raíces a todas las tramas secundarias que se dan cita en la temporada. En cierto modo, es la definición perfecta de que el pasado no solo nos define como personas, sino que siempre vuelve para atormentarnos.

Todo ello convierte a Jessica Jones en algo más que una entretenida serie de superhéroes capaces de hacer cosas extraordinarias. De hecho, y eso parece ser marca de la casa Netflix, los efectos son más bien sencillos, limitándose en su mayoría a elementos tangibles que aportan, si cabe, más veracidad al relato. Esta primera etapa convierte a esta investigadora privada en víctima de malos tratos, de un acoso psicológico que genera una agresividad y una especie de ansiedad por la autodestrucción que impregnan todo lo que se puede ver en las imágenes, incluyendo los decorados. En cierto modo, los poderes de la protagonista, que interpreta notablemente bien Krysten Ritter (Big eyes), quedan en un segundo plano en el tratamiento argumental, que se centra más en las emociones y en la lucha contra un pasado representado por un extraordinario David Tennant (serie Gracepoint).

Este interés por el aspecto más introspectivo del personaje de Ritter, unido a la ausencia en muchos episodios de muestras de fuerza o de violencia destructiva, convierten a la serie en un producto fresco, diferente, más cercano al thriller o al género policíaco que a la aventura o la acción. Por supuesto, el tratamiento de los personajes está unido a un diseño de producción impecable, capaz de diferenciar en todo momento los diferentes ambientes en los que se mueven los personajes, amén de la incomodidad que sugieren cuando se mezclan entre ellos. Dicho todo esto, la serie también deja espacio para los fans, pero el hecho de que ofrezca algo más para el público en general la convierte en una de esas producciones dignas de ver.

Crudeza superheróica

Así que sí, Jessica Jones se acerca más a un thriller policíaco que a una “peli de superhéroes”. Su tono oscuro y la ausencia de poderes en muchos de sus tramos la convierten en una producción atípica, casi tanto como su protagonista. Y aportan al conjunto, además, una crudeza conceptual pocas veces vista en televisión, y no digamos ya en un producto de este tipo. Crudeza que está ligada, por otro lado, a la presencia del villano. A medida que éste adquiere más protagonismo, la dureza de las escenas va en aumento, hasta el punto de mostrar algunas imágenes sencillamente escalofriantes, muertes incluidas.

Y eso es algo que no solo no suele verse en este tipo de cómics o en este tipo de series, sino que es difícil encontrarlo en productos ajenos al terror o al thriller más violento. No quiere esto decir que la ficción creada por Rosenberg sea una especie de salvaje intriga en clave superheróica, pero sí es indicativo del cariz que se ha querido imprimir al desarrollo dramático, ajeno a concesiones románticas o adolescentes y más entregado a un pesimismo y derrotismo que conduce a los personajes hasta sus propios límites, empujándoles en muchas ocasiones hacia un vacío del que tratan de huir constantemente.

Pero como decía antes, la serie también tiene espacio para el fenómeno fan. La presentación en sociedad de un personaje como Luke Cage, interpretado por Mike Colter (Brooklyn Lobster), es posiblemente la mejor prueba de que se pretende construir un universo similar al que ya existe en la gran pantalla. Su participación en la historia deja, además, interesantes aspectos no solo de cara al futuro, sino también para comprender mejor el desarrollo dramático de la protagonista. De nuevo, el personaje de Colter aúna ese carácter puramente superheróico con un trasfondo dramático notable, y cuyas consecuencias solo se comprenden a medida que se desarrolla la historia.

En definitiva, lo que ofrece Jessica Jones es una historia, un elaborado desarrollo dramático de los personajes para sustentar una historia tan oscura y trágica como los propios protagonistas. No se trata de crear un entretenimiento; ni siquiera de adaptar un nuevo cómic. Es más bien la necesidad de tomar como excusa a estos roles con poderes para abordar problemas reales con los que los espectadores se identifican. De ahí la ausencia de un despliegue de efectos especiales al uso, optando más por el minimalismo. Y de ahí también que vengan a la cabeza conceptos como violencia psicológica, autodestrucción personal o conflictos morales. Todo ello está ahí, y está narrado de tal modo que traspasa la frontera del clásico superhéroe. Es cierto que Jessica Jones es una antiheroína, pero es que su serie tampoco es tópica.

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ se desprende de secundarios en su 3ª T.


Los 'agentes de S.H.I.E.L.D.' incorporan más héroes con poderes en su tercera temporada.El ‘boom’ de las series ha puesto al descubierto un fenómeno que cada vez parece más habitual: el cambio de sentido de las producciones. Por ejemplo, una serie como Fringe o la que ahora nos ocupa, Agentes de S.H.I.E.L.D., comenzaron como tramas episódicas, con casos en principio aislados que ayudaron a presentar el mundo y los personajes que lo poblaban. Pero era algo que no funcionaba, y de ahí el golpe de timón a mitad de la primera temporada, en ambos casos para bien. Por eso resulta interesante comprobar cómo la serie basada en los personajes de Marvel Cómics, que ha finalizado su tercera temporada, ya no se parece en casi nada a lo inicialmente propuesto. Y esto no es malo, pero desde luego sí puede ser peligroso.

No es algo negativo por el mero hecho de que la apuesta decidida por los poderes de los personajes (precisamente uno de los pilares de la trama era que los protagonistas luchaban sin ellos) ha otorgado al desarrollo dramático un mayor dinamismo, con una estructura que permite ahondar en retos mucho más complejos y que ofrecen a los fans todo un universo que complemente al que pueden leer en el papel. En efecto, los personajes, la mayoría sin más capacidades que las de cualquier persona, deben enfrentarse a antagonistas que les superan en todos los aspectos, lo que al final convierte a esta producción creada por Maurissa Tancharoen, Jed Whedon y Joss Whedon (trío responsable de la serie Dollhouse) en algo tan sencillo como atemporal.

Pero estos 22 episodios ofrecen algo más. La presencia de un villano con el rostro de Brett Dalton (Beside Still Waters) no solo ofrece una salida a un personaje que parecía haber entrado en un bucle sin dirección definida, sino que le da un final digno y más que notable para lo que había representado en la primera etapa. Asimismo, la tercera temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. elimina tramas secundarias que, aunque ayudaban a conformar la visión global del mundo marvelita, no dejaban de ser cierto lastre en determinados momentos del arco argumental. Se pierden personajes con carisma, pero el sacrificio realizado ha beneficiado, al menos, al ritmo de esta temporada.

Dicho de otro modo, la producción se libera de todo aquello que podía distraer la atención de la trama principal para centrarse única y exclusivamente en lo importante, en los conflictos entre el bien y el mal de los principales protagonistas, y cómo la evolución del mundo en el que viven les afecta a diversos niveles. Quizá la mejor prueba de ello sea, precisamente, la conclusión de esta etapa, con el personaje de Chloe Bennet (serie Nashville) convertida en una suerte de fugitivo. Un giro argumental tan dramático como atractivo que ofrece un gancho lo suficientemente interesante como para plantear una siguiente temporada con futuro.

A vueltas con H.Y.D.R.A.

Aunque sin duda la mejor jugada de esta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. es ofrecer al espectador una información sesgada de lo que ocurrirá en el futuro. Algo similar a lo que ha ocurrido en la cuarta temporada de Arrow. Esto permite a los guionistas jugar con el momento, el lugar y los personajes que protagonizan esa secuencia, generando una tensión dramática como pocas veces se ha visto en la serie. Es un interesante golpe de efecto que, además, se enmarca dentro de esa estrategia de eliminar aspectos y personajes superfluos para centrar la trama en lo realmente interesante. Claro que a todo ello se suman las consecuencias de esas decisiones, y que llevan a los personajes a un nuevo territorio (algo de agradecer, por cierto).

Pero no todo es evolución a mejor en esta tercera etapa. La serie sigue arrastrando un problema más que notable, y que parecía haberse superado, al menos en parte, en la segunda temporada. Se trata de la lucha contra la organización criminal H.Y.D.R.A., o lo que es lo mismo, el bien contra el mal en una lucha interminable. Es cierto que a lo largo de la serie se repite una y otra vez que cortar una cabeza implica que salgan dos más, pero el problema es que la serie parece caminar, al menos en este sentido, en un bucle interminable en el que los héroes están condenados a repetir los mismos errores y los villanos a planear los mismo planes, valga la redundancia. Y cómo no, la conclusión siempre es la misma.

Y esto no debería de ser un problema en si mismo si no fuera porque las ideas parecen estar desapareciendo poco a poco. El desgaste de esta historia es de tal magnitud que, al menos hasta la presencia del archivillano de turno, la tercera temporada no parecía destinada a nada más que a ser una mera transición hacia algo presuntamente diferente. El final de temporada podría dar pie a algo en efecto diferente, alejado de hombres obsesionados con dominar el mundo y de organizaciones que parecen estar por delante de los buenos hasta el último momento. O, al menos, alejado de unas siglas que parecen irremediablemente ligadas a las de S.H.I.E.L.D.

Todo esto es, empero, elucubraciones. Lo cierto es que la tercera temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. es una más que notable continuación de la historia que comenzó hace cuatro años y que ha evolucionado a mejor. Es cierto que todavía tiene mucho lastre del que desprenderse, pero el hecho de que en esta etapa haya comenzado ese proceso de eliminación de aspectos secundarios con poca o ninguna trascendencia es un paso en la buena dirección, o al menos en una dirección más concreta, directa y que ofrece la posibilidad de introducir nuevos elementos dramáticos de peso.

‘Thor: El mundo oscuro’: un entretenimiento con luces y sombras


Chris Hemsworth y Tom Hiddleston en un momento de 'Thor. El mundo oscuro'.Lo que ocurre en la Casa de las Ideas, nombre con el que se conoce a Marvel, desde que decidió apostar fuerte por las adaptaciones cinematográficas de sus cómics es cuanto menos curioso. Existen dos niveles bastante diferenciados, asociados normalmente a la fama de sus personajes. Algunas películas han ayudado a ensalzar esta especie de subgénero en el que se han convertido las películas de superhéroes; otros, por contra, demuestran los importantes vacíos que existen en estas tramas cuando el humor y la mediocridad se apoderan de los relatos. El caso de la primera Thor hace un par de años se quedó a medio camino, y su continuación no mejora demasiado, aunque hay que reconocer que posee los suficientes elementos para que casi dos horas de metraje se pasen en un suspiro.

El principal problema de Thor: El mundo oscuro reside en su guión, que adolece por completo de profundidad dramática, incluso en los momentos más teóricamente impactantes de la trama. Apenas existe sorpresa en sus giros argumentales, algunos de los cuales, por cierto, se ven venir de lejos si se conoce la naturaleza de los protagonistas, quienes se aferran a sus naturalezas inamovibles como si de un mapa de intenciones y personalidades se tratara, y en el que los buenos se distinguen con unos colores y los malos con otros (en pocas palabras, claros y oscuros). En este sentido, empero, hay que aplaudir la madurez con la que se trata al protagonista respecto al primer film, en el que se le presentaba algo más infantil y más insoportable. Por otro lado, tampoco ayuda demasiado la realización de Alan Taylor, director curtido en la televisión que, según parece, ha debido conseguir el trabajo gracias a su labor en la serie Juego de Tronos, de la que ha dirigido numerosos episodios.

Es aquí donde se encuentra el tendón de Aquiles, al menos visualmente hablando. La planificación es impersonal, correcta pero carente de una marca personal, de una visión que supere ese marco formal que tienen los artesanos de este oficio. Eso no es necesariamente malo, más bien al contrario. Sin embargo, en este caso concreto, con la aplicación de las tres dimensiones al resultado final, podría haber optado por algo más arriesgado, sobre todo con algunas ideas realmente originales del guión, como ese combate final que se viaja entre varios mundos. Todo ello evita que el espectador se zambulla en la riqueza visual de un film que, por otro lado, entretiene de principio a fin. Gracias a la combinación de humor y a la labor de los actores, todos ellos más que correctos en sus respectivos papeles, la película se convierte en un espectáculo puro y duro.

Habrá quien opine que la primera parte fue mejor que la segunda; otros pensarán lo contrario, y habrá quienes directamente la consideren irrelevante. Thor: El mundo oscuro mantiene el nivel de la primera, y por momentos la supera. Pero que nadie espere con esto nada más que una distracción palomitera que, en el fondo, podría haber sido mucho mejor. Hay que verla como lo que es: un eslabón más en ese macroproyecto de la compañía que consiste en llevar el mundo de los cómics a la gran pantalla. Siempre que no se espere más de ella, podrá disfrutarse sin grandes frustraciones. Incluyendo la ya tradicional secuencia final en los créditos, un guiño que posiblemente solo entenderán los fans.

Nota: 6/10

Antes de ser Batman Ben Affleck se enfundó el traje de ‘Daredevil’


Michael Clarke Duncanse enfrenta a Ben Affleck en 'Daredevil'.Es indudable que la noticia cinematográfica del fin de semana ha sido la elección de Ben Affleck (Argo) como el nuevo Batman/Bruce Wayne en la secuela de El hombre de acero y, según parece, en la cacareada adaptación de ‘La Liga de la Justicia’, que reuniría a varios superhéroes de DC Cómics. El anuncio ha generado una controversia que sin duda alguna aporta más importancia si cabe a la contratación. Y es que muchos fans están buscando todos los medios posibles para evitar que el actor se enfunde el traje negro. Con motivo de la noticia vamos a analizar la principal causa por la que ha surgido toda esta ola en contra: Daredevil (2003), la anterior y hasta ahora única incursión de Affleck en el mundo de los superhéroes.

Personalmente soy de los que considero que Ben Affleck no rinde lo suficiente como actor. Al menos no como actor de cine de acción. La película de Mark Steven Johnson (Ghost Rider), más allá de sus evidentes carencias narrativas y visuales, es una prueba clara de que el protagonista de Pearl Harbor (2001) no termina de comprender los procesos emocionales de unos personajes que se nutren más de su carcasa externa que de las motivaciones internas, incluso siendo estas tan sólidas como las de su personaje, un hombre que desarrolló un sentido del oído especial cuando de pequeño perdió la vista tras un accidente. El hecho de que el actor aporte más bien poco a la ya de por sí floja definición del personaje sobre el papel confirma que o bien no estaba preparado para interpretarlo, o bien no era el actor adecuado.

Claro que la película no fue un despropósito únicamente por su labor como protagonista. De hecho, es solo la punta de un iceberg que ha terminado hundiéndose con los años. Por seguir la estela de los personajes, ninguno de los que pueblan el mundo de los cómics del hombre sin miedo, como se conoce a Daredevil, queda bien reflejado en pantalla. Todos son, por así decirlo, una parodia de sí mismos, un reflejo plano de toda la historia que acreditan. Los motivos por los que actúan como actúan quedan en un segundo plano para mostrar, simple y llanamente, cómo lucen los actores con las mallas de turno. Por ejemplo, Colin Farrell (Alejandro Magno) da vida a un Bullseye pasado de vueltas, a medio camino entre la psicopatía y el histrionismo que convierten a este letal asesino en una especie de enfermo mental con dotes para lanzar objetos. Lo poco que habría que salvar es la labor del fallecido Michael Clarke Duncan (La milla verde) como Kingpin, grueso y enorme personaje de puro músculo al que sólo podría representar el actor, por mucho que su color de piel no fuese el mismo.

Ya he dicho en alguna que otra ocasión que en el mundo de las adaptaciones de cómics existen dos niveles claros: aquel que sitúa a estos films como verdaderas obras a tener en cuenta (en la que El caballero oscuro ocupa un lugar privilegiado) y aquel que denigra no solo a los personajes, sino al propio género del cómic, representándolo como una obra infantil y mediocre. Este podría ser el caso de Daredevil. Como suele ser habitual en estos casos, la mala definición de los personajes, uno de los pilares de este tipo de cintas, está estrechamente ligado al desarrollo dramático del guión, plagado de previsibles nudos narrativos y de relaciones emocionales demasiado lineales. Tal vez uno de los momentos más llamativos es aquel en el que Elektra (Jennifer Garner) aparece entrenándose al ritmo de una canción que en su momento fue todo un éxito. Una secuencia que aporta poco (por no decir nada) al conjunto y cuyo único fin es entretener al público masculino y rellenar algunos segundos más de metraje. Al menos eso es lo que parece.

Una acción sin control

Pero como decíamos antes, la labor de Affleck es una de las muchas debilidades que posee la película, aunque es una de peso. El otro gran problema reside en su director, quien debutaba de esta forma en el cine de acción (antes había dirigido El inolvidable Simon Birch). Este tipo de tramas encuentran uno de sus sustentos en las secuencias de acción. Si éstas están realizadas con firmeza, soltura y atractivo las carencias emocionales y narrativas pueden pasarse por alto. El caso de Daredevil es para analizar en profundidad. Johnson se muestra como un realizador voluntarioso que busca aportar un nuevo punto de vista a un género que en aquella época estaba floreciendo. El resultado puede calificarse de muchas formas, pero poca gente diría que es novedoso.

Dejando a un lado la forma de mostrar el sentido de radar que posee el protagonista (y que recuerda un poco a lo visto en Matrix unos años antes), las secuencias de acción se antojan un poco caóticas, frenéticas y con un montaje abrupto. El uso de las sombras, además, acentúa la sensación de estar ante algo incomprensible y difícil de seguir con la mirada, perdiendo una de las cosas más importante en este tipo de secuencias: la noción del espacio. No quiero decir con esto que el personaje tenga que moverse de forma imperativa bajo un foco constante. Baste con ver otras cintas de superhéroes para entender que hay muchas formas de rodar secuencias de acción en plena noche o en escenarios con poca luz, y la mayoría permiten explotar al máximo las características formales del director y de los personajes. Casualidad o no, Mark Steven Johnson se embarcó cuatro años más tarde en la adaptación de Ghost Rider (2007) con un resultado más o menos similar, siendo esta su última incursión hasta la fecha en el cine de acción de este tipo.

Parece lógico pensar que con este antecedente la llegada de Ben Affleck al mundo de Gotham City se vea con cierto recelo. Desde luego, si tuviésemos que guiarnos por Daredevil no volvería a enfundarse unas mallas (o un traje de cuero, que parece ser que da lo mismo). Pero todo esto tuvo lugar hace 10 años. Desde entonces, Affleck ha demostrado que es algo más que un taquillero actor. Su carrera como director le convierte en uno de los talentos tras las cámaras más importantes del momento (tres películas, tres éxitos de crítica y un Oscar) y, lo más importante, parece que le han hecho madurar como actor, si bien es cierto que sigue teniendo importantes carencias. Habrá que ver cómo se ajusta a la visión de Zack Snyder, diametralmente opuesta, y a un personaje tan oscuro como es Batman. La tarea es muy complicada, sobre todo después del buen sabor de boca de la trilogía protagonizada por Christian Bale.

Ni superhéroes ni comedias ni festivos logran salvar la taquilla


¿Puede haber sido un espejismo el éxito inicial de Iron Man 3? Tras convertirse en el mejor estreno de lo que llevamos de año y revitalizar la taquilla con cifras que no se veían desde hacía meses, la película sobre el superhéroe de Marvel “pincha” en su segunda semana en cartel. Y eso que tenía bastantes cosas a su favor, entre ello las festividades y el adelanto de los estrenos. Nada de eso ha impedido que la taquilla vuelva a sufrir un importante varapalo y recaude apenas 4,4 millones de euros dejados por unos 600.000 espectadores. Y como ocurrió hace una semana, ninguno de los títulos, más allá de la citada tercera entrega, ha superado el millón de euros.

Entrando en detalle, el film protagonizado por Robert Downey Jr. (Salidos de cuentas) sigue siendo el más taquillero a pesar de que desciende un 62%, hasta los 1,31 millones de euros, un comportamiento mucho más pronunciado que el de anteriores partes de la saga pero que, en cualquier caso, deja ya un total de 6,87 millones de euros, por lo que no sería de extrañar que supere los 10 millones. Tal vez la mejor noticia la encontremos en los dos siguientes puestos, ocupados por los dos principales estrenos del pasado miércoles. Scary movie 5 logra unos 640.000 euros en 245 salas, lo que deja un promedio de más de 2.500 euros por pantalla. Todo apunta a que la saga todavía genera el suficiente interés para atraer a los más jóvenes, por lo que podría terminar próxima a los dos millones al final de su ciclo.

Por su parte, La gran boda completa el podio de honor con 0,59 millones de euros durante el fin de semana, un millón si tenemos en cuenta el resto de días desde su estreno. No parece una mala cifra teniendo en cuenta el público al que va dirigido, y si logra mantener el interés durante las próximas semanas podría terminar rondando los 3 millones. A partir de este puesto nos encontramos con cifras realmente bajas. Sin ir más lejos, Oblivion, que se encuentra en cuarta posición, apenas logra 340.000 euros, lo que supone un descenso del 49%. Su total es ya de 5,5 millones de euros, y con algo de suerte superará los 6 millones.

Otra que parece aguantar el tirón de los estrenos, incluso los animados, es Los Croods, que marca el ecuador de este top 10 con 0,22 millones de euros, es decir, un 56% menos. Con todo, su total en salas llega ya a los 12,7 millones de euros, por lo que los 13 millones es la más que probable cifra final, lo que solo puede ser calificado como éxito. A continuación, en sexto lugar, la española Combustión pierde un 55% y se queda en poco más de 200.000 euros, que sumados a lo recaudado anteriormente deja un total de 880.000 euros. Tiene muy próximo el millón de euros, pero incluso esta cifra parece poco para un film del que se esperaba más. Algo similar a lo que le ocurre a Un lugar donde refugiarse, que logra mantenerse en séptima posición con apenas 100.000 euros (-64%). Su cifra global se sitúa en los 0,95 millones.

Ya en la parte baja del ranking encontramos que Memorias de un zombie adolescente ocupa el octavo lugar con 0,08 millones de euros en esta su tercera semana y menos de un millón recaudado desde su estreno, cifra muy floja que se distancia, y mucho, de lo obtenido en el mercado norteamericano. Otro de los films españoles, Ayer no termina nunca, se aferra a estar entre los 10 primeros con 65.900 euros, un 58% menos que hace siete días. 224.000 euros es lo que lleva recaudado, y es de extrañar que llegue a superar el medio millón al final de su recorrido en salas. Cierra el top 10 Tierra prometida, que pierde un 64% para quedarse en una recaudación similar a la del film español. Su montante total es de unos 0,64 millones, por lo que ya parece claro que no llegará al millón de euros cuando termine su recorrido en salas.

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