‘Supergirl’ se entrega a la comedia dramática adolescente en su 2ª T.


No voy a defender que Supergirl sea una gran serie de superhéroes. Más bien, un entretenimiento inocente con superpoderes y efectos especiales de por medio. Pero la primera temporada presentaba, en cierto modo, varios conceptos interesantes relacionados con el mundo de los cómics y, en concreto, de DC Cómics. Todo eso parece haberse perdido, o al menos atenuado, en los 22 episodios de la segunda parte, que terminaron de emitirse en Estados Unidos en mayo y que, durante su desarrollo, han pasado por todo tipo de cambios para reubicar a la heroína de la capa en un contexto más adolescente, más romántico si se prefiere, con problemáticas que, en el fondo, se alejan en su mayoría de los valores promulgados en la anterior etapa.

Posiblemente todo esto tenga algo que ver (o mucho) con el cambio de cadena, pero sea como fuere la serie creada por Ali Adler (serie The New Normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos autores de Arrow) ha dado un giro conceptual más que notable, tanto por el sentido que han adquirido las aventuras de la última hija de Krypton como por el tratamiento que los personajes, sobre todo los secundarios, han pasado a tener. Y este es el caso más llamativo. A lo largo de la primera temporada se construyeron una serie de relaciones y se presentaron diversas tramas secundarias que parecían estar llamadas a complementar los combates de la prima de Superman. De golpe y porrazo, o mejor dicho a golpe de teclado, sus responsables han eliminado buen parte de ese universo construido, han desaparecido personajes que tuvieron cierto impacto en la historia y se ha dado un nuevo sentido a algunos personajes. El caso más evidente es el de la hermana de la protagonista, interpretado por Chyler Leigh (Brake).

Muchos cambios, en efecto, pero lo relevante es si influyen, y cómo, en el desarrollo de Supergirl. Desde luego, la respuesta más inmediata y genérica es que sí, influyen y mucho. Y como en cualquier producción, la subjetividad juega un papel fundamental. Por un lado, todas estas modificaciones aportan al conjunto mayor dinamismo, incidiendo más en la aventura y en el carácter despreocupado y “blanco” de la serie. Dicho de otro modo, la segunda temporada acentúa el carácter más luminoso de la protagonista y, por ende, de la serie, acercándola a otras producciones como The flash en su primera temporada. Poco importa que el villano de turno sea más o menos poderoso; poco importan las dificultades de la heroína. Al final, todo sale bien, en algunos casos con ayuda (la incorporación de Superman, al que da vida Tyler Hoechlin -serie Teen wolf– es de lo más acertado de la trama) y en otros por su cuenta, lo que resta gravedad a la narración y la presenta como puro entretenimiento.

Pero por otro, convierten a la historia en una producción más de corte adolescente, con problemas amorosos que parecían superados, incluso, en algunos momentos de la primera temporada. Y esto, a priori, no sería algo negativo si no fuera porque el recorrido de estas tramas secundarias, al menos hasta el tercio final de la historia, es prácticamente inexistente, lo que evidencia la falta de fuerza de las mismas. Esto obliga a un tratamiento circular, es decir, a presentar un desarrollo positivo, un conflicto (si no el mismo, muy similar) que ponga en valor aún más la relación romántica, una disculpa (verbal o de acción) y vuelta a empezar. Posiblemente lo mejor de este caso es que, con el final que han tenido estos 22 capítulos, se ha apostado fuerte por hacer avanzar la acción y plantear una tercera temporada con nuevos retos. Al menos a tenor de las últimas imágenes.

Los Luthor, omnipresentes

Dejando a un lado el tratamiento dramático de la historia, la segunda temporada de Supergirl también confirma una idea que parecía entreverse en la primera tanda de episodios, y es el hecho de que sus creadores parecen haber hecho una apuesta clara por convertir este universo en la versión femenina de Superman, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Si en la anterior temporada se hizo a través de varios villanos tradicionalmente asociados al hombre de acero, en estos capítulos la presencia de la familia Luthor no hace sino confirmar ese aire de homenaje al superhéroe más icónico de DC. Y como no podía ser de otro modo, el nombre del archienemigo de Superman está representado por mujeres. No una, sino dos. Es evidente que su presencia en esta temporada, además de apoyar algunas tramas secundarias, tiene por objetivo crear toda una estructura que permita construir una auténtica confrontación héroe-villano capaz de perdurar en el tiempo y que sea ajena, en cierto modo, a las historias de cada temporada.

De este modo, el clan Luthor está llamado a convertirse en el otro pilar fundamental de la serie, una suerte de enemigo con el que jugar al gato y al ratón con el espectador. La labor en este caso de Katie McGrath (Jurassic World) y la química con Melissa Benoist (El viaje más largo) serán fundamentales para poder sostener el delicado equilibrio entre la amistad y la enemistad de ambos personajes, así como para decantar hacia un lado u otro en el momento exacto y con un desarrollo coherente.

Lo que también parece que va a aprovechar la serie es toda la iconografía cultural generada alrededor del héroe de la capa roja, lo que por cierto consolida esa versión femenina de Superman en que parece convertirse esta serie (y que personalmente considero que es un error). La presencia en esta temporada de Teri Hatcher, la Lois Lane de Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman, unida a la ya conocida de Dean Cain (Superman en la misma serie) crean todo un metalenguaje que los más fieles seguidores del personaje y sus diferentes adaptaciones en cine y televisión comprenderán mejor que nadie. El guiño de Kevin Sorbo, protagonista de otra conocida serie como es Hércules: Sus viajes legendarios, apoya además la teoría de que la serie contará con la presencia de actores a los que se asocia con clásicos personajes del cine o la televisión.

No se puede decir que Supergirl haya sido nunca una serie oscura, o al menos dramática, como puede serlo Arrow. Sin embargo, esta segunda temporada ha experimentado un giro hacia el drama adolescente que ha afectado significativamente al desarrollo de la trama. Primero porque han surgido personajes casi de la nada que han arrastrado con ellos una serie de historias secundarias cuyo encaje en el universo ya creado de la trama principal es cuanto menos cuestionable. Segundo porque ha habido secundarios que, o bien se han quitado de en medio de un plumazo, o bien se les ha dado una salida un tanto, digamos, increíble (que el fotógrafo James Olsen se convierta en justiciero es de lo más surrealista que puede existir). El final de la temporada, abierto como es habitual, deja la esperanza de que, una vez sentadas todas las bases del cambio experimentado en estos 22 episodios, la serie recupere cierta normalidad.

‘El viaje más largo’: el arte de un romance repetido


Britt Robertson y Scott Eastwood protagonizan 'El viaje más largo'.Desde luego, no creo que nadie espere algo diferente de una película en cuyos títulos aparece el nombre de Nicholas Sparks, autor de novelas como ‘El diario de Noa’. Los pilares narrativos son, en esencia, los mismos. Una relación romántica en el presente, otra en el futuro y las conexiones que se puedan establecer entre ambas. Pero incluso en esa repetición se pueden obtener algunos logros, lo que habitualmente es debido a la mano hábil del director de turno, en este caso George Tillman Jr. (Líos de familia).

Y es que El viaje más largo encuentra su mejor recurso en el ritmo que Tillman le imprime al desarrollo dramático, sobre todo a las secuencias de rodeo que nutren el film. Gracias a ellas el guión, que adolece de cierta tendencia al dramatismo adolescente, adquiere una mayor entereza en el paralelismo entre pasado y presente que establece el guión. Un paralelismo, por cierto, que se da no solo en los planos, muchos de ellos similares, sino también en la propia historia, marca de la casa de Sparks.

Aunque desde luego la mejor baza que tiene el film son sus actores, sobre todo los cuatro que conforman las parejas protagonistas. La química entre ellos es capaz de hacer olvidar en muchos momentos que estamos ante un drama adolescente que, en realidad, tiene diversos problemas narrativos que, en otro contexto, podrían generar problemas en el desarrollo de la trama. Y es que no hay que olvidar el tipo de película que es, el público al que se dirige y, sobre todo, el autor literario que hay detrás del proyecto.

Con todo eso en mente, El viaje más largo se puede entender como un drama romántico adolescente más, similar a otros ya realizados sobre las novelas de Sparks y con un final previsto casi antes de que se apaguen las luces. Pero más allá de eso, el ritmo narrativo, los actores y varios momentos bien resueltos la elevan por encima de sus propias posibilidades para crear una historia interesante aunque irregular en intensidad dramática.

Nota: 6/10

‘Los Juegos del Hambre: Sinsajo I’: sin hambre y sin revolución


Jennifer Lawrence encabeza la revolución en 'Los Juegos del Hambre: Sinsajo. Parte 1".Es entristecedor comprobar cómo una saga cinematográfica se deja llevar peligrosamente hacia la ruina. Sin que ‘Los Juegos del Hambre’ haya sido nunca una buena serie de películas, lo cierto es que la primera fue algo mejor que la segunda, y esta indiscutiblemente mejor que la tercera… y presumiblemente que la cuarta, dado que ambas son una única historia. No me cabe duda de que muchos de los problemas que acumula esta nueva aventura protagonizada por Jennifer Lawrence (Winter’s bone) recaen precisamente en eso. Muchos, pero no todos.

Porque a pesar de tener un final que no es un final; a pesar de ser una especie de película puente hacia una conclusión mayor; a pesar de todo, una de las grandes debilidades de Los Juegos del Hambre: Sinsajo. Parte 1 reside en su desarrollo dramático, que se queda a medio camino de todo. Esta especie de drama adolescente enmarcado en una revolución no termina de definirse como un drama en el que la protagonista se vea abocada a elegir entre su mejor amigo y su verdadero amor. Los dilemas románticos quedan aparcados en favor de una supuesta revolución que apenas se muestra en dos o tres ocasiones. Entonces, ¿qué es lo que ocurre a lo largo de las dos horas de película? Pues en realidad, poca cosa. La línea argumental principal es una especie de toma y daca entre la protagonista y el personaje de Donald Sutherland (Orgullo y prejuicio), quien vuelve a conquistar la pantalla por encima del resto de actores. Y eso que el reparto es espectacular.

Todo ello no quiere decir que la labor de Francis Lawrence (Soy leyenda) como director no sea correcta. Visualmente la película resulta interesante, incluso entretenida en sus primeros compases, cuando transcurren las secuencias más dinámicas de la trama. Pero su pulso narrativo decae conforme decae el ritmo de un guión que se deja llevar. Por otro lado, tanto Lawrence director como Lawrence actriz dan la sensación de contener el dramatismo del personaje principal en un intento de acercar la historia a una juventud que no quiere intensidad emocional, o al menos eso se debe creer desde los estudios de Hollywood. El carácter contenido de la protagonista, a la que este papel le vino como anillo al dedo en sus inicios pero que ahora se le queda tremendamente corto, no es ninguna ayuda al carácter general de la historia.

Desde luego, Los Juegos del Hambre: Sinsajo. Parte 1 tiene el enorme problema de ser, en realidad, el planteamiento y el comienzo del nudo de una historia mucho mayor. Posiblemente si este film se ve de forma consecutiva con la segunda parte, a estrenar en un año, la sensación sea muy distinta. Pero en un afán recaudatorio se ha elegido este dichoso formato que no hace ningún bien a nadie, salvo a las productoras y sus arcas. El resultado es un film que se desinfla en su segunda mitad de forma alarmante, que no logra definirse entre revolución y romance, y cuyos protagonistas parecen más interesados en obtener los réditos rápidamente que en dar vida a sus personajes. A los seguidores de la saga literaria de Suzanne Collins les resultará emocionante; a los que hayan seguido la saga cinematográfica terminará resultando un poco tediosa; al resto posiblemente ni siquiera le interese.

Nota: 5,5/10

‘Divergente’: no quiero ser una sola cosa


Shailene Woodley y Theo James protagonizan 'Divergente', de Neil Burger.Soy consciente de que con los años se adquiere una perspectiva sobre lo que nos rodea que no se tiene a edades más tempranas, pero incluso así me resulta sorprendente la cantidad de novelas juveniles que están surgiendo en los últimos años (y sus correspondientes adaptaciones cinematográficas, claro) y que son, en esencia, idénticas. Me imagino que esto ha pasado toda la vida, incluyendo mis años adolescentes, pero parece que Hollywood ha decidido explotar al máximo este fenómeno en los últimos años, provocando una saturación de proyectos cuyas intenciones van poco más allá de llenar salas. Lo cual es muy loable siempre y cuando no resulte ofensivo incluso para los menos exigentes. Esto último es lo que le ocurre al nuevo film de Neil Burger (Tipos con suerte).

En líneas generales, Divergente es un film de aventuras con cierto mensaje revolucionario de fondo que entretiene, o mejor dicho distrae durante sus excesivos 139 minutos. Con un diseño de vestuario que parece sacado de lo que se rechazó en Los Juegos del hambre, la película aprovecha bastante bien sus momentos de acción para conformar un entramado dinámico que apenas pierde fuerza durante sus momentos más narrativos. Bien es cierto que el hecho de tener que explicar la estructura social dominante genera un interés que, sin duda, deberá ser sustituido por algo más en las próximas secuelas, la primera de ellas empezando a rodarse en estos días. El entrenamiento al que es sometido la protagonista, una Shailene Woodley (Moola) que ni encandila ni molesta, se termina convirtiendo en lo mejor del film junto a esa especie de golpe de estado final perpetrado por el personaje de Kate Winslet (Descubriendo Nunca Jamás), de largo la mejor del reparto junto a Jai Courtney (Felony).

Pero el hecho de que no sea un insulto a la inteligencia no implica que no sea mejorable, más bien al contrario. La cinta no ahonda nunca en algunos de los conflictos más interesantes que propone, como es la lucha de poder entre las distintas facciones que viene a desmentir esa idea instaurada en el film de sociedad idealizada. La necesidad de narrarlo todo desde el punto de vista de la joven protagonista impide, por ejemplo, desarrollar algo más algunos villanos y algunos secundarios, algo que habría aportado más dramatismo al conjunto. Además, y aunque no sea necesariamente una debilidad, existe cierta tendencia a infantilidad algunas situaciones. La película se mueve entre la seriedad que aportan los actores más maduros (que por extensión interpretan los personajes más interesantes) y el abandono al género adolescente más tópico y previsible (la relación romántica, la amistad, la ausencia total de sangre). Uno de los mejores ejemplos de esa dualidad es la labor del propio director, quien alterna secuencias muy logradas (el descenso por el cable) con otras bastante confusas o poco convincentes (en general, las peleas).

En cierto modo, Divergente logra un equilibrio entre los dos mundos que representa, tanto formalmente como interpretativamente. Empero, este equilibrio es precisamente lo que impide que alcance el potencial que podría tener, quedándose en un mero producto adolescente que, todo hay que decirlo, sabe cuál es su sitio y cuáles son sus posibilidades. Teniendo esto en cuenta, y sin tomarse demasiado en serio algunos de sus momentos, la cinta se deja ver con cierta frescura, perdiendo ritmo hacia su tercio final pero sin resultar ridícula, como sí ha ocurrido con otros films de características similares. En resumen, podría ser peor. Mucho peor. Es de suponer que en ocasiones futuras aproveche algo más todo el trasfondo social del orden y el control en oposición al libre albedrío que ahora mismo solo se intuye. Pero eso tendrá que ser en un año aproximadamente.

Nota: 6/10

‘Carrie (2013)’: el despertar de la adolescencia


Chlöe Grace Moretz desata un infierno en la versión del 2013 de 'Carrie'.Si hay algo que me gusta de Stephen King como escritor es que en todas sus novelas el componente fantástico o terrorífico es una mera excusa para hacer aflorar todas las miserias, los temores y los anhelos de los personajes que pueblan sus páginas. La nueva versión de Carrie, esta historia sobre una adolescente que descubre sus poderes telequinéticos casi en el mismo momento en el que se hace mujer, recoge buena parte de este espíritu en su fondo, pero se revela esclava de las nuevas claves del género y de las nuevas tendencias adolescentes.

Como film, la obra de Kimberly Peirce (Stop-loss) supone un entretenimiento con poca consistencia, incapaz no solo de sobreponerse a la leyenda de la obra escrita y de la anterior versión, sino incapaz también de enfrentarse a las posibilidades dramáticas que ofrecen las relaciones personales que protagonizan el relato. Todas las tramas que suceden en el instituto, ya sean entre personajes secundarios o con la protagonista como eje sobre el que pivotar, terminan resultando excesivamente previsibles, excesivamente insulsas, más o menos como si la historia, salvo por esos momentos en los que los objetos se mueven únicamente por la mente, no fuese más que un episodio de alguna serie adolescente de éxito.

La realización de Peirce, además, no aporta gran cosa al conjunto, limitándose a narrar de la forma más sencilla y directa posible el oscuro y tortuoso proceso de la joven que descubre sus poderes. Ni siquiera ese sangriento final en el que una fiesta se convierte en tragedia contiene un componente terrorífico o de suspense, siendo más bien una pieza de acción y efectos. Lo mejor del conjunto es, en definitiva, la relación madre e hija y, sobre todo, la labor de una Julianne Moore (A ciegas) excepcional como la madre obsesionada con la religión y el pecado, y de una solvente Chlöe Grace Moretz (Déjame entrar), quien capta bastante bien el proceso de cambio que se produce en su personaje.

Esta adaptación moderna de Carrie no es, por tanto, un film que vaya a marcar una época. Tampoco lo pretende, es cierto, pero la cinta poseía los elementos suficientes para haber sido algo más de lo que finalmente es. La oscuridad que podría haber rodeado a la protagonista se reduce a la mínima expresión, y la violencia que se desata en su tramo final se disimula (salvo en algún que otro recurso narrativo interesante) con una narrativa algo plana. Desde luego, aquellos que vayan buscando terror tan solo encontrarán algún indicio en su último tercio. El resto no es más que un relato adolescente que tiene la suerte de contar con dos actrices que, en sus planos juntas, generan el suficiente interés como para que el resto quede disimulado.

Nota: 6/10

‘Memorias de un zombie adolescente’: la autoparodia del nuevo cine adolescente


Nicholas Hoult y Teresa Palmer, zombi y humana en 'Memorias de un zombie adolescente', de Jonathan Levine.Es una época oscura para los monstruos cinematográficos. Y no me refiero precisamente a un giro argumental más terrorífico en sus tramas. Todo lo contrario. La necesidad de acercar estas criaturas al público adolescente actual, marcado para siempre por Crepúsculo y sus secuelas, está perpetrando historias tan absurdas como insoportables. Si en los años 60 y 70 del siglo pasado todo giraba en torno a la sangre y el sexo, ahora lo hace en torno al amor, la fuerza de los sentimientos y la necesidad de contacto de unos personajes marcados por una soledad que solo comprende el público al que van dirigidas estas películas. La nueva película de Jonathan Levine (The wackness) sigue estos pasos casi al pié de la letra, y a pesar de todo logra distanciarse algo de sus antecesores.

Desde luego, si tuviésemos que fiarnos de preguntas objetivas el film sería un fiasco total. ¿La historia está bien desarrollada? No. ¿El apartado técnico es sobresaliente? Desde luego que no. ¿Los actores aportan algo a sus personajes? En líneas generales, no. Memorias de un zombie adolescente posee todas las carencias que caracterizan a esta especie de subgénero adolescente del siglo XXI. La trama es previsible, por momentos excesivamente empalagosa, y es capaz de dinamitar todas las bases que han definido a los zombis durante décadas, convirtiéndolos en unos seres faltos de contacto cuya necesidad de comer cerebros se equipara a una drogadicción provocada por una falta de recuerdos que se quiere eliminar (en lo que es el único punto original de su argumento). Más allá de los zombis, que en algunos momentos dan verdadera risa, lo más curioso son las criaturas llamadas huesudos, una suerte de esqueletos andantes cuya animación digital les ha condenado para siempre a correr dando saltitos y a utilizar movimientos que resultan un poco antinaturales incluso en un film de semejantes características.

Sí, es una película de una calidad baja. Y sin embargo, tiene algo único. Tomando como referencia la propia trama, es como si su muerto corazón latiese de nuevo de vez en cuando. Lo bueno de esta obra es su deliberado punto de vista autoparódico. El uso relativamente cómico de la voz del narrador, unido a algunas situaciones y a la labor de los actores, quienes saben en todo momento qué tipo de film está realizando y dónde están los límites, hacen que la obra de Levine nunca se tome en serio a sí misma, lo que le aporta un tono fresco y ciertamente divertido a todas las caras de este relato. Eso, o que uno debe acudir a la sala de cine sabiendo lo que va a ver. Sea como sea, es algo que no existe, por ejemplo, en la obra romántica de vampiros y hombres lobo.

Y es de agradecer. Tanto que hace tolerables sus poco más de 90 minutos y permite salir de la sala con la sensación de, al menos, no haber malgastado algo de tiempo de esa tarde. Si a eso unimos una banda sonora realmente interesante (de lo mejor de la película, sin duda), los espectadores más adultos podrán encontrar algunos resquicios de los que disfrutar entre tanto romanticismo hormonal. Con todo y con eso, que nadie se engañe, Memorias de un zombie adolescente es lo que es, una mala película desde la base de un guión plagado de clichés y sin giros argumentales sorprendentes.

Nota: 4,5/10

‘Hermosas criaturas’: luz y oscuridad empalagosas


Alice Englert lee un libro acompañada por Alden Ehrenreich y Viola Davis en 'Hermosas criaturas'.Le pese a quien le pese, la saga Crepúsculo ha sido muy dañina para el mundo de la literatura y del cine. Ante el final de la empalagosa saga de vampiros y hombres lobo son varios los proyectos que intentan por todos los medios repetir éxito o, al menos, cubrir parcialmente el vacío dejado en la legión de fans que interpretan como novedoso la transgresión puritanista de un icono tan violento y erótico como el del vampiro o el del hombre lobo. En esta ocasión le toca el turno a las brujas… perdón, a los “caster”, seres no-mortales con poderes increíbles que, a pesar de todo, también mueren. Y como no podía ser de otro modo, la historia está pensada, valga la redundancia, para no hacer pensar demasiado al espectador medio adolescente, cayendo en los más absurdos tópicos, en los diálogos imposibles y en una historia que, aunque adapta una novela, hace aguas más que el Titanic.

Pocas veces me ha ocurrido que haya tenido que mirar el reloj a los 15 minutos de comenzar un film en una sala de cine. A pesar del esfuerzo de sus actores, que en general son de lo mejor del film (sobre todo los más veteranos, unos soberbios y casi autoparódicos Jeremy Irons, Emma Thompson y Viola Davis), la incoherencia de sus personajes, condenados a la mediocridad ante la falta de definición y, sobre todo, de claroscuros en su personalidad. Y eso que se supone que la historia trata, en el fondo, de la elección que todo ser humano debe hacer en su adolescencia y que le definirá como adulto. Pero como decimos, los personajes son planos, tanto o más como su trama, carente de toda sorpresa o giro argumental.

A pesar de su simplicidad, la película logra atrapar al espectador durante algún tiempo, el necesario para narrar la historia del pasado que influye decisivamente en el presente y en el futuro, y para demostrar que el presupuesto es lo suficientemente elevado para derrochar algunos efectos visuales que, todo hay que decirlo, tienen su gracia si el conjunto no se toma demasiado en serio. Pasados esos minutos, y cuando se prevé lo que va a ocurrir, el metraje, unas dos horas que se hacen algo largas, vuelve al tedio con el que comienza, embarrando soberanamente la trama en un intento de hacerla diferente y fresca para el público al que va dirigida, sin conseguirlo.

Es una lástima que se desperdicie a actores de semejante calibre en un film como este. Desde luego, si el argumento, aun siendo para adolescentes, se hubiese afrontado de forma algo más seria, tal vez oscura y, desde luego, menos empalagosa (me pregunto cuándo los autores dejarán de utilizar el fantástico para hablar sobre los corazones rotos y los riesgos del primer amor/relación sexual), estaríamos hablando de una cinta curiosa, tal vez hasta interesante. No es el caso, y habrá que ver si tiene el éxito suficiente para aguantar una segunda parte. O lo que es lo mismo, si el público será capaz de aguantar la continuación de semejante pasteleo.

Nota: 4/10

‘Los juegos del hambre’: luchas indiferentes de gladiadores por un bien común


Desde hace ya algunas décadas, y sobre todo con la irrupción de Harry Potter en el mundo cinematográfico, los estudios buscan una serie de películas que, basadas en unos best-sellers para adolescentes, llenen sus arcas de forma masiva. Con Los juegos del hambre da comienzo una de dichas sagas para adolescentes, esta vez con las novelas de Suzanne Collins como punto de partida. Y, como suele ser habitual en estos productos, todo aquello que pueda generar rechazo en los adolescentes más jóvenes queda obviado o, directamente, eliminado. Una pena, pues la opción de centrar la atención en el drama personal y emocional de la protagonista resta ritmo a un conjunto que, además, está planteado de inicio de forma harto irregular.

Y eso que la trama podría dar para mucho, sobre todo el contexto en el que se enmarca. La idea de un mundo donde una serie de distritos deben obediencia a un poder central que, para dominarles, les obliga a entregar a dos jóvenes para una encarnizada lucha a muerte que todo el planeta presencia es impactante a la vez que referencial de obras ya conocidas como la cinta Battle Royale, el libro 1984 o, incluso, los clásicos gladiadores romanos, los cuales eran tratados con la misma hipocresía que aquí se muestra: se les trata como a héroes, pero en el fondo no dejan de ser personas que acuden a un matadero. Si a esto se suma el contraste tan acusado entre dicho poder central, cuyos ciudadanos viven en la más absoluta opulencia e hipocresía, y los distritos, donde sus vecinos apenas tienen para comer, la cinta se vuelve incluso actual.

A esta recreación ayudan, qué duda cabe, los actores, todos ellos correctos en sus respectivos papeles, destacando la labor de Jennifer Lawrence (Winter’s Bone) y el siempre soberbio y camaleónico Stanley Tucci (Julie y Julia), y un trabajo de producción realmente excepcional en su responsabilidad de generar no solo el contraste entre los dos mundos, sino el aspecto visual tan extravagante del mundo “pudiente” (tanto en lo concerniente a vestuario como a decorados).

Sin embargo, todo queda, como decimos, en un segundo plano. Más allá de una escogida falta de violencia, el verdadero problema del film se haya, fundamentalmente, en su director y coguionista. Gary Ross (Seabiscuit, más allá de la leyenda) parece no encontrarse cómodo con una cinta de acción, aventuras y supervivencia de estas características. Su apuesta por el tono pausado y la explicación del mundo en el que todo transcurre le llevan a generar una primera parte tediosa, por momentos indiferente, en la que sobran explicaciones, diálogos e incluso secuencias (¿de qué sirve presentar a un personaje totalmente borracho si luego siempre aparece sereno e impoluto?).

Su falta de garra queda igualmente patente en las confusas secuencias de acción de la segunda mitad de la película, que es lo realmente interesante a pesar de verse perjudicada por esa interminable primera parte, así como en la previsibilidad de un guión que, por otro lado, no termina de explicar algunas de las relaciones que, poco a poco se van estableciendo entre los personajes principales. Es de suponer que todos esos interrogantes se desarrollen en la ya confirmada segunda parte, pero no habría estado mal algo más de coherencia propia.

Nota: 5,5/10

‘Promoción Fantasma’: enamorados de la moda juvenil


Si algo tienen en común Spanish Movie y la título objeto de este texto es, además de su director, un regusto norteamericano. Se puede decir que, tanto para bien como para mal, Promoción Fantasma bebe de las comedias adolescentes de Hollywood, todo pasado por un filtro patrio que saca la sonrisa en todo momento y la risa en muchos de ellos gracias a un guión bien estructurado y, sobre todo, a unos personajes arquetipo muy bien interpretados.

Javier Ruiz Caldera logra hacer olvidar ese regusto amargo que dejó su anterior película como director y que, de forma absurda, trataba de imitar las ya de por sí absurdas parodias de Scary Movie. A raíz de una tragedia y de un mal que persigue al protagonista desde su infancia, Caldera construye un relato que pivota, y de qué manera, en su personaje protagonista, interpretado de forma brillante por Raúl Arévalo. Si bien el recorrido emocional del profesor capaz de ver a los muertos es mucho menor sobre el papel de lo que se podría esperar, el actor de Primos logra insuflarle vida propia gracias a ese impasible rostro cansado de un don que no comprende.

Sin duda, el mejor hallazgo del relato lo encontramos en los cinco jóvenes que deben superar sus asignaturas pendientes para seguir adelante. Unas asignaturas, sin embargo, que poco o nada tienen que ver con la geografía, la literatura o la gimnasia, y más con su pasado y decisiones que, más de 20 años después, todavía no se atreven a hacer públicas. El problema, con todo, vuelve a ser la escasa evolución, previsible en muchos momentos.

A pesar de todo, el bien estructurado guión logra mantener la atención a lo largo de sus escasos 90 minutos de duración, combinando momentos cómicos con otros algo más dramáticos sin llegar nunca a conmover. Otro de los aciertos son los personajes secundarios, en especial los de Carlos Areces y Joaquín Reyes, éste como un psicólogo que proyecta sus propias fobias y traumas en sus pacientes. Muchos de los momentos más surrealistas provienen de ellos.

El conjunto, ideal para pasar un rato distraído sin perder el tiempo, se completa con una banda sonora que, para la gente de las generaciones que se proyectan en pantalla, traerá a la memoria noches de fiesta, primeros amores y momentos inolvidables. La película termina por ser lo que busca ser: divertida y no ofensiva a la inteligencia del respetable. Y eso es más de lo que se puede decir de muchas otras producciones, españolas o no.

Nota: 6,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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