‘Drácula’ reinterpreta el mito fusionando clasicismo y modernidad


Cada vez resulta más complejo abordar figuras clásicas del terror como los vampiros. Ya sea por la cantidad de visiones que hay sobre estos mitos o por la complejidad de adaptarlos a los tiempos modernos, lo cierto es que la figura de estos no-muertos ha sido objeto de grandes versiones, pero también de aproximaciones desastrosas. Una de las últimas incursiones es la miniserie Drácula, creada para Netflix por Mark Gatiss y Steven Moffat (autores de la serie Sherlock), una mirada cuanto menos diferente del mito creado por Bram Stoker y, personalmente, de las más gratificantes que se han visto en los últimos tiempos.

Tres episodios, cada uno de una hora y media, permiten contar la historia que todo el mundo conoce desde un prisma notablemente diferente, no solamente en el desarrollo de los acontecimientos, sino en la propia visión del vampiro, sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Gatiss y Moffat ahondan en el famoso personaje para reinterpretar algunos de los conceptos más característicos que han acompañado a los vampiros desde el inicio de los tiempos (miedo a la cruz, al sol, necesidad de que le dejen entrar,…), dándoles un motivo más mundano, un significado. Desaparece, por tanto, el componente religioso de la historia para reconvertir estas limitaciones cristianas en algo mucho más humano, dotando así al personaje de unas emociones que, en un principio, no tiene (ni siquiera en la serie, donde se muestra mucho más violento y salvaje que en la novela). Por supuesto, esta reconversión del conde en un ser más terrenal tenía que ir acompañada de conceptos más humanos, y de ahí nace, por ejemplo, el verdadero significado de las novias que tiene encerradas en su castillo, o la función que realiza el personaje de Jonathan Harker (John Heffernan, visto en Espías desde el cielo), más condenado de lo que se muestra en la obra original.

Entrando de lleno en la narrativa de los episodios, lo cierto es que hay una gran diferencia entre los dos primeros y el último, tal vez porque el tercero traslada la acción al presente, mientras que los otros dos sí mantienen, aunque sea mínimamente, la estética y el concepto clásico de la obra. Planteados ambos como relatos de un personaje, esos dos primeros episodios juegan en todo momento con la perspicacia del espectador, planteando la historia casi más como un thriller que como un drama romántico cargado de terror. A través de estos relatos y los diálogos en tiempo presente, la trama traslada al espectador a los acontecimientos anteriores para ir sembrando el camino de giros argumentales y de datos que, hacia la mitad del segundo acto, precipitan los acontecimientos en un devenir inesperado. Dicho de otro modo, el relato llega un punto en el que termina para dar paso al presente de la trama, desatando en los dos episodios unas conclusiones llenas de sangre y violencia.

Pero, ¿esta reinterpretación realmente merece la pena? La respuesta es sí. Incluso con un último episodio algo menos interesante, la obra plantea numerosos dilemas morales y sociales de lo mas interesantes. Más allá de convertir en mujer al archienemigo de Drácula, y de eliminar su título de ‘Doctor’ para transformarla en una monja muy particular, el personaje de Van Helsing, interpretado por Dolly Wells (Sin límites), es más una investigadora que un cazavampiros. Las ansias de conocimiento, de sabiduría de ese personaje, chocan frontalmente con la brutalidad y la sed de sangra del conde, generando un contraste muy interesante que da pie, con esa personalidad tan provocativa del rol de Wells, a momentos de auténtica tensión dramática, como el que tiene lugar frente al convento o en el propio barco. En realidad, esta redefinición de los personajes les hace más cercanos de lo que podría parecer. Mientras ella busca conocer la verdad detrás de los mitos de los vampiros, y descubrir así las debilidades de la criatura, Drácula también busca conocer cómo funciona su mal, cómo crear muertos con voluntad y cómo transmitir su sed de sangre a otros seres humanos, incluso a bebés.

Clásicos modernos

Aunque sin duda lo más relevante de este Drácula es el modo en que une clasicismo y modernidad. Si bien es cierto que los actores no son capaces de sacar el máximo provecho a unos complejos personajes, la labor de Claes Bang (The Square) como el vampiro sí logra ese delicado equilibrio entre una mirada moderna del mito y los aspectos más tradicionales del mismo. Sin duda, a esto se suman unos efectos visuales y una puesta en escena que bebe directamente de referentes como la Hammer, pero también de la que posiblemente sea la mejor y más fiel adaptación de la obra, Drácula de Bram Stoker (1992). Pero independientemente de esto, Bang compone un personaje marcado por conceptos clásicos en sus movimientos, en su lenguaje corporal, en su interacción con el mundo que le rodea, desinhibiéndose de ese corsé cuando desata la parte más salvaje y animal de su naturaleza.

Quizá una de las diferencias más significativas de esta miniserie sea el hecho de que al protagonista no le mueve en ningún momento el amor perdido. De hecho, no se abordan los orígenes del personaje ni se introduce en modo alguno el interés romántico (salvo tal vez al final, aunque de un modo algo forzado). Más bien, queda retratado como un ser egocéntrico que busca, en todo momento, el poder sobre los demás, manipulándoles para lograr un objetivo de lo más básico: enriquecerse y saciar su sed. La presencia de Mina Harper en la trama se reduce a algo meramente testimonial, y la labor de Lucy en el último episodio es más bien de transición para poder definir lo que se esconde realmente tras las limitaciones que tienen los vampiros. Curiosamente, y esto es algo que hay que aplaudir en la labor que hacen sus creadores, ninguno de estos cambios modifica significativamente el desarrollo de la historia (al menos hasta su último episodio), lo que significa que la novela de Stoker va mucho más allá del mero significado romántico de un personaje prácticamente inmortal.

Respecto a los episodios en sí, para gustos los colores, pero personalmente me quedo con el segundo, centrado en el viaje en barco a Inglaterra. Tal vez porque siempre ha sido un pasaje obviado en todas las adaptaciones, o tal vez por el formato a modo de suspense de Agatha Christie, lo cierto es que el tratamiento es posiblemente de lo mejor de toda la serie. Partiendo del final del anterior episodios, los guionistas construyen el relato del viaje en barco partiendo de la base de una conversación entre el vampiro y una capturada Van Helsing que, sin embargo, se comporta más como una huésped en el avejentado castillo. Bajo esta premisa, y con las muertes a bordo del navío, la trama no solo va desvelando el misterio entre la tripulación y los pasajeros (y la relación de todos ellos con el conde), sino que desvela también la verdadera situación de los antagonistas. Es un viaje en dos líneas argumentales cuyos giros dramáticos se alternan para construir un relato en constante crecimiento dramático hasta un desenlace y un cliffhanger que deja con ganas de más.

Desde luego, este Drácula podría mejorarse. Los actores, todos ellos más que correctos, no logran sin embargo sacar todo el potencial de unos personajes extraordinarios. Y el último episodio trata de adaptar a la actualidad el tramo final de la historia original, lo que termina siendo un experimento algo fallido que se reconduce de forma inteligente con la revelación de la verdadera mortalidad de un ser aparentemente inmortal. Pero dejando a un lado esto, la miniserie se revela como una producción inteligente, fresca, con una visión lo suficientemente original del mito vampírico como para ser diferente sin caer en el absurdo. Lograr, como logra, el equilibrio entre la visión más clásica del personaje y los tiempos modernos que corren (tanto en la definición del personaje como en la narrativa audiovisual) es uno de los ejercicios cinematográficos más complicados que puede haber, y se supera con éxito.

‘Infierno bajo el agua’: Superdepredadores de serie B


Para muchos, hablar de serie B posiblemente sea hablar de un cine mediocre, de segunda categoría en la que todo tiende a ser más bien pobre, tanto en personajes como en la propia historia y, según el caso, los efectos especiales. Pero nada más lejos de la realidad, y lo nuevo de Alexandre Aja (Horns) es la prueba fehaciente de que la serie B puede ser cine de calidad… dentro de sus propios límites, claro está.

Porque, en efecto, Infierno bajo el agua tiene muchos límites: una historia más bien simple, un desarrollo forzado por las necesidades de guión, unos hechos algo irreales, … Pero nada de eso impide que pueda disfrutarse como un gran blockbuster y, sobre todo, no impide que contenga algunos de los mejores momentos de tensión vividos en este tipo de cine. Aunque la pregunta más interesante sobre el film es, precisamente, ¿qué tipo de cine es? Por supuesto, es una monster movie, pero también contiene toques del cine de catástrofes, cine de supervivencia e, incluso, algo de drama familiar como trasfondo emocional. Todo ello convierte a esta historia en algo más complejo, permitiendo al director dar rienda suelta a su lenguaje narrativo para poder explotar al máximo las posibilidades de un relato bastante lineal.

De hecho, Aja construye momentos de tensión innegables, como esa primera set piece en el sótano (magistral el uso de los tiempos y de la iluminación) para dar paso, posteriormente, a minutos de auténtica acción y, para los amantes del gore, secuencias tan sangrientas y violentas que dejan poco margen a la imaginación de lo que son capaces de hacer los caimanes. Con claro homenajes al Tiburón (1975) de Steven Spielberg, el director galo demuestra que se ha convertido por derecho propio en un realizador de género y, a medida que avanza su carrera, en un nombre referente dentro del terror. Con esta cinta que atrapa al espectador gracias a su ritmo constante (encuentra un equilibrio perfecto entre los momentos más ágiles y los más pausados), Aja firma una obra bastante redonda, consciente de sus propias limitaciones pero capaz de sacar el máximo provecho a sus posibilidades.

Sí, es una historia más bien simplona. Y sí, los personajes que interpretan Kaya Scodelario (El corredor del laberinto: La cura mortal) y Barry Pepper (Cosecha amarga) serían capaces de sobrevivir a un apocalipsis con una mano atada a la espalda y las piernas rotas por varios sitios. Pero incluso con esos elementos poco realistas la cinta funciona gracias a la dinámica entre los protagonistas, al pulso narrativo de Aja y a un guión que maneja magistralmente los tiempos, narrando de forma directa y sin miramientos. De hecho, salvo esa primera secuencia para explicar por qué luego la joven heroína es capaz de hacer lo que hace, el resto del relato se muestra descarnadamente sincero y directo a impactar al espectador. Tanto es así que termina cuando, sencillamente, ya nada tiene que contar sobre esta odisea. Estamos ante una serie B, es cierto, pero una serie B de las mejores. Y eso muchas veces es bastante mejor que cualquier producción con aires de grandeza.

Nota: 7/10

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