‘Frozen II’: sin miedo a las secuelas


No sé si alguien en Disney esperaba hace seis años el éxito de Frozen, una producción animada que ha generado un impacto social y económico como muy pocas han conseguido en los últimos años. Su calidad, pero sobre todo su argumento, la convirtieron en un referente clásico automático, y a sus personajes en un icono para todo tipo de públicos. Ante un fenómeno así, ¿cómo no hacer una secuela? Pero a diferencia de otras producciones, esto es algo más que una simple secuela.

En realidad, Frozen II es una película en sí misma, independiente en buena medida de los acontecimientos de su predecesora. Más épica, adulta y hasta oscura que la cinta original, la trama aborda, con mayor o menor acierto, la madurez y lo que eso implica para los personajes y, por extensión, para todos los adolescentes que a buen seguro acudirán a las salas. Si la primera parte ahondaba en la necesidad de conocerse uno mismo, de saber quiénes somos para poder aceptarnos, esta continuación se centra en cómo afrontamos el futuro y, sobre todo, en nuestra capacidad para enmendar los errores del pasado provocados por el miedo. Bajo este prisma, la película evoluciona constantemente sin abandonar nunca cierta inocencia y esa candidez que definió este universo desde el primer momento. Es cierto que la película puede tener ciertos problemas en su arranque, con una batería de canciones que perfectamente se podrían haber suprimido, pero al fin y al cabo, esto es una película Disney y hay cosas que no podrán cambiarse. Sin embargo, superados estos compases iniciales, la historia entra de lleno en el viaje de madurez de todos los personajes, aceptando su destino y asumiendo las responsabilidades que eso conlleva.

A todo esto tenemos que añadir, por supuesto, un acabado sencillamente impecable, tanto en las texturas como en la animación de los personajes. La película dirigida por Chris Buck y Jennifer Lee, autores de la primera parte (algo que, por cierto, se nota en muchos momentos del metraje), atrapa al espectador con una combinación extraordinaria de color, aventura y acción. El movimiento del aire y las hojas, los rasgos de los personajes, la imaginación para crear los espíritus (atentos al del agua y al movimiento de esas crines), … Cada detalle está cuidado al milímetro para ofrecer al espectador una experiencia única que va más allá del puro entretenimiento para invitarle a reflexionar sobre la vida y, por qué no, sobre uno mismo. Mención especial merece ese espíritu del fuego que parece creado para vender miles de muñecos, pero que encaja como un guante en una trama que une hábilmente drama y humor.

Frozen II es una secuela sin miedo a las secuelas. Y lo es por dos motivos. El primero porque se desprende de esa aura que tienen todas las continuaciones para revelarse como una obra única, autónoma, capaz de expresarse por sí misma e invitar al espectador a descubrir algo más que una simpática obra de animación. El segundo es porque esa expresión se traduce en un argumento serio, profundo, marcado por el miedo a ese futuro desconocido que es la madurez, y al que todos tenemos que hacer frente antes o después. Y lo afronta sin temor a no ser entendido. Una apuesta exitosa que permite a grandes y pequeños encontrar en la película algo enriquecedor. Puede que muchos no aguanten las canciones. Puede que otros solo vean animación, luz y color. Pero hay mucho más allá, y descubrirlo es parte del viaje.

Nota: 7,5/10

2ª T. de ‘Westworld’, magistral cambio de sentido dentro del laberinto


Los grandes directores y guionistas, presentes y pasados, suelen ser recordados no solo por sus películas, sino por especializarse en un tipo de relatos, en unos valores narrativos, conceptuales y artísticos muy concretos. La historia del séptimo arte está repleta de estos casos. Y aunque habrá quien diga que todavía es pronto para decirlo, en esa categoría de inmortales del cine se encuentran por derecho propio los hermanos Jonathan y Christopher Nolan, guionista y director de Interstellar (2014) respectivamente. En esta ocasión toca hablar del primero, tal vez menos conocido que el segundo pero verdadero cerebro autor de un estilo inconfundible definido por su uso y la combinación de las líneas temporales de la trama. Y la segunda temporada de Westworld es el último gran ejemplo.

Porque si la primera parte fue un ejercicio magistral del manejo de los tempos narrativos, alternando pasado y presente para construir un relato apasionante de redención, búsqueda y liberación, estos nuevos 10 episodios no solo mantienen ese espíritu, sino que dan una vuelta más de tuerca a una historia ya de por sí compleja, cambiando por completo el sentido de lo visto hasta ese momento y convirtiendo lo que parecía una rebelión de las máquinas contra sus creadores en algo más, en una búsqueda del sentido de la vida, en un intento por sobrevivir a su propia materia física. Y no estoy hablando únicamente de los robots. Lo cierto es que esta continuación debería interpretarse más bien como una reinterpretación de lo visto hasta ahora, en todos y cada uno de los aspectos.

En medio de esta revolución, Nolan, creador de la serie junto a Lisa Joy (serie Criando malvas), hace gala de su ingenio para estructurar cada episodio no ya en dos líneas temporales totalmente independientes, sino en tres, añadiendo complejidad y retando al espectador a permanecer atento a la historia y los detalles. Lo cierto es que el reto es fácil de aceptar, pues los personajes adquieren una mayor profundidad dramática. Lo que al principio parecía una mera diversión en un parque temático poco usual se convierte en una búsqueda de la inmortalidad. Aquellos personajes que parecían máquinas rebeldes se convierten en realidad en una suerte de seres mortales que solo desean justicia para años y años de tortura que ahora pueden recordar con total claridad. Lo cierto es que la riqueza de las líneas argumentales de los protagonistas es tal que cada uno daría para varios análisis.

Por lo pronto, lo que queda patente en esta segunda temporada de Westworld es que la idea original de Michael Crichton, autor de la película homónima de 1973, ha quedado empequeñecida. Ya no estamos ante una mera revolución de las máquinas. La idea de que el ser humano que se expone a tecnología para la que no está preparado puede terminar consumido por ella ha dado paso a algo mayor, a la idea de utilizar esa tecnología para alcanzar la inmortalidad, para que el alma permanezca siempre y pueda pasar de un cuerpo artificial a otro. Adquiere ahora más sentido que nunca el título en español de la película original: Almas de metal.

El subtexto, siempre el subtexto

También adquieren sentido muchas de las cosas aparentemente incongruentes de la primera temporada. La búsqueda del laberinto que protagoniza el rol de Ed Harris (Madre!), por ejemplo. También da un nuevo y mucho más interesante sentido a otras secuencias, como la puesta a punto del personaje de Evan Rachel Wood (Allure) por parte de otro protagonista, un magistral Jeffrey Wright (The public) que en esta segunda temporada logra altas cotas interpretativas. Para muchos espectadores posiblemente esto pueda parecer un intento de los creadores de dar continuación a una trama que parecía tener fin en una única temporada, en un intento de alargar la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, la mera complejidad de la historia ya rebate cualquier posible argumento en este sentido.

En cinematografía se suele hablar mucho del subtexto, aunque su uso no es tan habitual. Cualquier escena, cualquier diálogo, debe contar algo que no se ve en pantalla, debe mostrar las intenciones ocultas de los personajes. Los grandes hitos del séptimo arte suelen construirse sobre esto. Y Westworld es subtexto puro y duro. Dicho de otro modo, las dos primeras temporadas se pueden entender como texto y subtexto: la primera contaría lo que el espectador ve y la segunda lo que en realidad se esconde tras el parque temático y las motivaciones de los personajes. Y es aquí donde radica la belleza y la magistral labor de Nolan. Estos 10 capítulos se convierten así en una auténtica montaña rusa dramática, calculada milimétricamente para construirse sobre puntos de giro que no solo dan nuevo sentido a las lagunas que, inevitablemente, se forman durante la historia (todas ellas explicadas al final de la temporada), sino que aportan una nueva comprensión al conjunto de la serie, obligando a revisionar no solo los episodios, también los conceptos que hasta ahora se manejaban.

El problema de esta segunda temporada está, sin embargo, en cómo continuar en el futuro. Estando Jonathan Nolan detrás del proyecto es fácil suponer que todo está atado y bien atado, pero el final de esta etapa abre muchas incógnitas, por no hablar de los numerosos personajes que dicen adiós después del fantástico episodio 10. La pregunta más importante es si el espíritu de la serie podrá mantenerse, si las ideas planteadas a lo largo de esta temporada podrán germinar en la siguiente, o si se volverá a dar un giro. Parece evidente que la idea de que los robots se muevan en el mundo real confundiéndose entre los humanos será la base de la historia, pero a partir de aquí las posibilidades son casi infinitas.

Pero hasta que eso llegue, que según parece no será hasta 2020, se puede disfrutar una y otra vez de estas dos temporadas de Westworld. Y digo de las dos porque deben verse casi como una única historia en la que todo tiene un doble sentido, en la que nada es lo que parece. Esta idea subyace en cada uno de los aspectos, desde el primer y clásico primer episodio hasta el último. Si en la primera temporada eso se narraba en las relaciones entre humanos y robots, en esta segunda se produce entre lo visto en aquellos episodios y las verdaderas intenciones mostradas en estos nuevos capítulos. Todo ello en un ejercicio soberbio y magistral que debería estudiarse en las escuelas de guión, con un manejo de los tiempos narrativos sencillamente perfecto, unas interpretaciones impecables y una puesta en escena fascinante. Poco más se puede pedir, salvo que pase rápido el tiempo hasta el siguiente episodio.

1ª T. de ‘Westworld’, magistral laberinto de la inteligencia artificial


El Lejano Oeste es el protagonista en la serie 'Westworld'.Con todo lo que se ha hablado de la primera temporada de Westworld, decir que esta serie es una de las nuevas joyas de la televisión es no decir nada, y además quedarse muy corto. Lo más llamativo, desde luego, es su factura técnica y el mundo creado alrededor de este parque temático ambientado en el Lejano Oeste con robots tan idénticos a los humanos que es imposible reconocerlos. Pero la primera temporada es mucho más, y ello se debe al desarrollo narrativo planteado por Lisa Joy (serie Criando malvas) y Jonathan Nolan (serie Person of interest), autores de esta especie de adaptación/continuación de la película escrita y dirigida por Michael Crichton (autor a su vez de novelas como Parque Jurásico o La amenaza de Andrómeda) en 1973.

Y es que estos primeros 10 episodios son el ejemplo perfecto de cómo estructurar una narrativa para, como si de una cebolla se tratara, desvelar los secretos capa a capa hasta encajar todas las piezas de un puzzle apasionante y complejo. Lo que comienza siendo una especie de bucle episodio tras episodio en el que se van introduciendo pequeños y distintos elementos termina por convertirse en un relato de venganza, de obsesión y, en cierto modo, de proteger un legado. En dicha evolución los personajes, secundarios o protagonistas, se integran de forma armónica para componer una historia coral que, más allá de la violencia, lo que aborda es la humanidad y los riesgos de la tecnología, algo muy presente en la obra de Crichton. Y todo ello manteniendo un misterio que se resuelve con cuentagotas en los últimos episodios.

Aunque posiblemente lo más interesante de esta primera temporada de Westworld sea la capacidad de Nolan y Joy para relacionar líneas argumentales que no solo se narran de forma paralela, sino que discurren en tiempos diferentes. El hecho de que este mundo del Oeste no envejezca, no cambie, permite a sus creadores jugar con el presente, el pasado y el futuro. Bajo el paraguas de ese “juego” que quiere resolver el personaje de Ed Harris (Retales de una vida), la historia aborda desde diferentes prismas el concepto de la evolución psicológica de los personajes, concepto presente en todas y cada una de las líneas argumentales que nutren estos primeros capítulos. Puede parecer que muchas de las historias son, sencillamente, elementos complementarios a la principal, pero la resolución de la temporada permite una visión tan amplia de la trama que todas las piezas terminan encajando en ese laberinto que el rol de Harris se afana por resolver.

Un laberinto, por cierto, en el que también se introduce al espectador, con el que se establece un juego de inteligencia y perspicacia basado no solo en los detalles visuales, sino en los conceptos sobre los que reflexionan los personajes. Ideas como que los robots solo ven lo que sus creadores quieren que vean, o su incapacidad para hacer daño, terminan siendo ideas fundamentales que no solo sostienen la coherencia de este universo, sino que provocan puntos de giro tan inesperados como impactantes, elevando la historia hasta niveles insospechados en un primer momento. La serie, que cuenta con el apoyo de J.J. Abrams (Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza) como productor, se revela así como una producción compleja, impecable en su factura técnica y con un trasfondo moral, humano y social sumamente sólido.

Actores y actrices

En efecto, esta primera temporada de Westworld es capaz de sobreponerse a sus fallos (si es que los tiene son menores) gracias a una constante reflexión en torno a la idea de lo que nos convierte en humanos, de esa capacidad para tomar decisiones. En este caso, a diferencia de la película original, no hay fallos mecánicos o de energía, sino una presencia en forma de código informático que abre la puerta al libre albedrío de las máquinas. A través de pequeños y aparentes fallos en su comportamiento, la trama cambia el prisma poco a poco para mostrar la verdadera realidad de una situación mucho más compleja, plagada de intereses y en la que pocos personajes terminan siendo lo que inicialmente fueron; es decir, la serie evoluciona, que al fin y al cabo es lo que se pide a toda historia.

Y en esta evolución tienen buena parte de responsabilidad los actores. Sostener una trama tan compleja, con tantas aristas y tantas lecturas, sería complicado si el reparto no está a la altura. Y lo cierto es que no solo asumen sus respectivos roles, sino que aportan algo más, ya sea físicamente o psicológicamente. Desde Anthony Hopkins (Noé), que comienza siendo una suerte de padre bondadoso para revelar su verdadera naturaleza, hasta Ed Harris (Una noche para sobrevivir), cuyo final no revelaremos por ser clave en la comprensión final de la trama, todos los actores acometen la difícil tarea de dotar de profundidad a los personajes, incluso aquellos definidos de una forma algo más burda y arquetípica.

En este sentido, destacan Thandie Newton (Huge), Jeffrey Wright (serie Boardwalk Empire) y Evan Rachel Wood (Los idus de marzo). La primera porque se convierte en el vehículo transformador de toda la historia, en la cara visible de un cambio que se produce a muchos niveles. A través de su personaje no solo se narra la revolución de las máquinas, sino que se descubre el dolor y la tortura a la que se somete a estos personajes. Tortura, por cierto, que se amplifica con el rol de Wright, cuyos giros argumentales en el tramo final son sencillamente abrumadores. En cuanto a Wood, su personaje es el epicentro de la trama, y a pesar de no desempeñar un papel fundamental en el desarrollo de la historia, es evidente que será clave en el futuro de la trama. Es, por así decirlo, el objetivo de todo lo narrado en estos episodios.

La primera temporada de Westworld se convierte, por tanto, en una de las producciones imprescindibles de la temporada. La espectacularidad y precisión de su factura técnica, posiblemente lo más llamativo del conjunto, es simplemente el envoltorio adecuado para una historia compleja que aprovecha los puntos de giro dramáticos para derribar las pretensiones del espectador de comprender algo de lo que ocurre. Y lo más fascinante de todo es que en apenas dos episodios todas las piezas de este parque temático encajan a la perfección para descubrir el fantasma dentro de la máquina, el mensaje que se nos transmite desde el principio y que no hemos podido, o no hemos sabido, ver. La guinda del pastel es que el final de estos 10 episodios deja la puerta abierta a un futuro mucho más apasionante.

Pitt y Cotillard son los ‘Aliados’ de ‘La reina de España’


Estrenos 25noviembre2016Fin de semana de numerosos e interesantes estrenos, sobre todo para un amplio y variado grupo de espectadores. Desde el thriller a la comedia, pasando por el drama, no solo las historias de las novedades que llegan este viernes, 25 de noviembre, son atractivas. También los nombres que las respaldan son el reclamo perfecto para que muchos nos acerquemos hasta las salas de cine.

Desde luego, la más atractiva es Aliados, nuevo film dirigido por Robert Zemeckis (El desafío) que une en pantalla a dos actores de la talla de Brad Pitt (La gran apuesta) y Marion Cotillard (Macbeth). Más allá de rumores morbosos de la prensa del corazón, lo interesante de este thriller dramático con dosis de romance radica en su historia, que gira en torno a un oficial de inteligencia norteamericano en la II Guerra Mundial y la relación que inicia con una integrante de la resistencia francesa, que será puesta en duda cuando surjan las sospechas de que ella es una espía nazi. En el reparto también encontramos a Lizzy Caplan (serie Masters of sex), Matthew Goode (The imitation game) y Jared Harris (Certain women).

Diferente es la temática de Marea negra, aunque posee un atractivo similar y un reparto con un buen puñado de estrellas y nombres conocidos. Basada en una historia real, la trama combina acción, drama e intriga para narrar el accidente de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon, que en abril de 2010 provocó una de las peores catástrofes medioambientales y la muerte de 11 hombres. Las acciones de varios de los trabajadores permitieron, sin embargo, salvar muchas vidas. Peter Berg (El único superviviente) se pone tras las cámaras para contar esta historia en la que también participa como actor, y cuyo reparto está encabezado por Mark Wahlberg (Ted 2), Kurt Russell (Los odiosos ocho), John Malkovich (Cut bank), Kate Hudson (Una decisión peligrosa), Dylan O’Brien (El corredor del laberinto) y Gina Rodríguez (serie Jane the virgin).

También procede de norteamérica En el bosque, adaptación de 2015 de la novela de Jean Hegland que, con una combinación de thriller, ciencia ficción y drama, narra cómo en un futuro la Humanidad se enfrenta a su final al producirse un apagón masivo. En este contexto dos hermanas que viven con su padre en una casa a 40 kilómetros del pueblo más cercano deben lidiar contra el hambre, los saqueadores y su propia soledad. Dirigida por Patricia Rozema (Mansfield Park), la cinta está protagonizada por Ellen Page (X-Men: Días del futuro pasado), Evan Rachel Wood (Los idus de marzo), Max Minghella (Los becarios), Callum Keith Rennie (Cincuenta sombras de Grey) y Michael Eklund (Vendetta).

Estados Unidos participa, junto a Francia y Dinamarca, en la producción de The neon demon, thriller de terror creado y dirigido por Nicolas Winding Refn (Drive) cuya trama arranca cuando una bella joven de aspecto inocente desembarca en Los Ángeles para convertirse en modelo. Su meteórico ascenso despertará los recelos de muchas competidoras dispuestas a todo para robarle la belleza. Entre los principales actores destacan Elle Fanning (Maléfica), Jena Malone (Puro vicio), Keanu Reeves (La leyenda del samurai: 47 ronin), Christina Hendricks (serie Mad Men), Bella Heathcote (Sombras tenebrosas) y Abbey Lee (Dioses de Egipto).

Entre los estrenos españoles destaca La reina de España, cinta que llega a la cartelera acompañada de polémica y que continúa las aventuras de los personajes de La niña de tus ojos (1998), esta vez con el rodaje de una película sobre Isabel la Católica que protagonizará una gran estrella de Hollywood de origen español y que desatará todo tipo de situaciones que pondrán a prueba la buena marcha de esta superproducción. Dirigida por Fernando Trueba (El artista y la modelo), que se puso tras las cámaras del primer film, esta comedia cuenta en su reparto con Penélope Cruz (Agente contrainteligente), Antonio Resines (Ni pies ni cabeza), Jorge Sanz (El pregón), Santiago Segura (Mi gran noche), Loles León (La final), Rosa María Sardà (Ocho apellidos catalanes), Neus Asensi (Sólo química), Jesús Bonilla (serie Chiringuito de Pepe), Javier Cámara (Truman), Ana Belén (Antigua vida mía), Chino Darín (Pasaje de vida), Mandy Patinkin (serie Homeland), Cary Elwes (Camino hacia el éxito) y Clive Revill (Crimen y castigo).

También español es el drama romántico Amarás sobre todas las cosas, film dirigido por Chema de la Peña (23-F: la película) que narra la historia de amor a lo largo de cinco años de dos personajes que se separan y se reencuentran, se apasionan y decepcionan mutuamente, y cuya intermitente relación marca el devenir de sus vidas. Israel Elejalde (El gran salto adelante), Lidia Navarro (Salir pitando) y Antonio Velasco (Poveda) son los principales actores.

El tercer título procedente de España es Sicixia, drama que sigue el viaje por Galicia de un ingeniero de sonido que pretende captar la esencia de esta tierra. Su objetivo cambiará cuando conozca a una joven que trabaja en una cosecha de algas en la Costa da Morte. Ignacio Villar (Pradolongo) se pone tras las cámaras de esta historia protagonizada por Monti Castiñeiras (Dictado), Tamara Canosa (Lobos sucios), Marta Lado (Vilamor), Daniel Trillo, Arantxa Villar y Artur Trillo (serie Matalobos).

Puramente española es igualmente La pols, ópera prima escrita y dirigida por Llàtzer Garcia que arranca cuando dos hermanos que viven en las afueras de una ciudad afrontan la muerte de su padre. Un acontecimiento que, sin embargo, él parece olvidar súbitamente, huyendo del tanatorio y provocando una serie de preguntas en su hermana que se irán desvelando en el día y medio que transcurre entre la muerte y el entierro. En el reparto encontramos a Marta Aran, Laura López y Guillem Motos (Insensibles).

España, Portugal y Francia presentan La muerte de Luis XIV, drama biográfico que, como su propio título indica, narra la agonía del monarca en agosto de 1715, cuando una gangrena avanzó por su pierna sin que sus médicos fueran capaces de hacer nada. Desesperados, recurrirán a un charlatán que asegura tener una cura milagrosa. Tras las cámaras encontramos al español Albert Serra (Three Little Pigs), mientras que en el reparto destacan los nombres de Jean-Pierre Léaud (Visage), Patrick d’Assumçao (Tres recuerdos de mi juventud), Vicenç Altaió (Murieron por encima de sus posibilidades), Marc Susini (Ricky), Bernard Belin (Je règle mon pas sur le pas de mon père) e Irène Silvagni.

La cartelera recibe también el drama austríaco La primavera de Christine, segunda película de ficción de Mirjam Unger (Ternitz, Tennessee) que adapta la novela de Christine Nöstlinger ambientada en Viena durante 1945. La protagonista de la historia es una niña que debe huir de su casa ante los bombardeos de la aviación alemana durante la II Guerra Mundial. Sin haber conocido otra cosa que la guerra, la pequeña y toda su familia logra refugiarse en una casa a las afueras de la ciudad, donde encontrarán cierta calma hasta que llegan los rusos. Los actores principales son Zita Gaier, Ursula Strauss (DxM), Krista Stadler (Der Atem des Himmles) y Paula Brunner.

Desde Rumanía llega Los exámenes, drama escrito y dirigido por Cristian Mungiu (Más allá de las colinas) cuya trama gira en torno a un médico de 50 años cuyo pasado en Rumanía está prácticamente olvidado, y cuya única motivación es el futuro de su hija de 18 años, que tras los exámenes finales entrará en una prestigiosa escuela en Inglaterra. Sin embargo, la noche previa a la importante cita la joven es atacada en plena calle, lo que llevará al hombre a volcarse para evitar que nada perturbe el resultado de la prueba. Vlad Ivanov (Snowpiercer), Maria-Victoria Dragus (La cinta blanca), Ioachim Ciobanu (Pioneers’ Palace) y Adrian Titieni (Carmen) encabezan el reparto.

Fuera de Europa nos encontramos con Bar Bahar entre dos mundos, drama israelí que supone la ópera prima de Maysaloun Hamoud, y cuya historia gira en torno a tres jóvenes palestinas que deciden romper con su pasado y vivir libres en Tel Aviv. Sin embargo, pronto comprenden que su condición de mujeres palestinas no les permite escoger el amor libremente, lo que las llevará a tomar una decisión y elegir el mundo del que proceden o en el que ahora viven. El reparto, prácticamente anónimo, está encabezado por Sana Jammelieh, Shaden Kanboura, Mouna Hawa (Zaytoun) y Riyad Sliman (Al-hob wa al-sariqa wa mashakel ukhra).

En el género documental destaca Gimme Danger, lo nuevo de Jim Jarmusch (Flores rotas) que aborda el contexto social, político y cultural que dio origen al grupo musical The Stooges, del que luego saldría Iggy Pop y que se considera uno de los grupos de rock más importantes de la historia, entre otros motivos porque sentó las bases de lo que luego se conocería como rock alternativo.

‘Los idus de marzo’: la pérdida de la inocencia


George Clooney, el actor, siempre se ha identificado con la elegancia, el glamour y la galantería. Como director ha sabido mantener las dos primeras cualidades, pero se ha distanciado de la última, sustituyéndola por lo que realmente parece interesarle: los entresijos de la política y una defensa férrea de sus convicciones políticas. Los idus de marzo, su nueva incursión tras las cámaras, repite obsesiones y algunos discursos, pero deja para la posteridad no sólo una de las más interesantes propuestas de 2011, sino todo un alegato contra la corrupción de los valores que los políticos defienden, venga de donde venga.

A diferencia de muchos otros compañeros de profesión, el protagonista de Abierto hasta el amanecer se echa a un lado cuando se pone delante y detrás de las cámaras. En esta ocasión, el papel principal recae en uno de los valores en alza de Hollywood, Ryan Gosling, quien deja otra gran interpretación de un joven asesor de campaña que verá traicionados sus ideales y su confianza por un candidato al que creía perfecto. Junto a él y a Clooney como el susodicho, un siempre soberbio Philip Seymour Hoffman (La duda) como el director de campaña, Paul Giamatti (Shoot’em up) como el director de campaña del candidato rival, y Evan Rachel Wood (La conspiración) como la joven que desencadena toda la trama.

Una trama, por cierto, que más allá de contar con unas interpretaciones más que notables, está perfectamente narrada no sólo gracias a la estructura, sino a la evolución de los personajes, sobre todo del protagonista. De hecho, es gracias a este personaje que el espectador llega a comprender hasta qué punto el cinismo, la hipocresía y la decepción mueven el mundo de la política. La expresión que Clooney toma por título proviene de la época romana, cuando un vidente avisó a Julio César del peligro de los idus de marzo del 44 a.C., fecha en la que fue traicionado y asesinado. Siguiendo esta historia, el protagonista de Los descendientes crea no sólo una historia de traición, digamos, física, sino moral. El personaje de Gosling, en una evolución muchas veces vista pero igualmente atractiva, termina por traicionar todo aquello en lo que cree, unos ideales que siente igualmente traicionados por los que le rodean, y a los que decide abandonar en pos de una carrera de éxito.

Pero si algo define a la nueva película de Clooney es, al igual que ocurrió en Buenas noches, y buena suerte, la elegancia. Elegancia no sólo en los personajes, que por exigencias del guión casi siempre visten de forma impoluta, sino formal. Desde el primer plano, con el personaje entrando desde unas sombras a lo lejos, hasta el último, con el mismo personaje (por cierto, que entre ambos parece que existe toda una vida), la película hace gala de una sutileza narrativa, una belleza cromática y una composición que pocas veces se ven en pantalla, si bien este año ha sido prolífico en ese sentido.

Los idus de marzo, como decíamos al principio, es todo un alegato en contra de la corrupción política y a favor de luchar por unos ideales, sea como sea. Y en este caso da igual el color político que se defienda, aunque Clooney no pierde la oportunidad de criticar, y de qué manera, al partido republicano. Tal vez sea esto lo que le da algo más de vida a una historia que, por otro lado y en otras manos, habría sido terriblemente previsible y aburrida; por suerte, el guión y la dirección estaban en manos del protagonista de Solaris, quien parece tener las ideas muy claras, sobre el buen cine y sobre lo que debería ser la política.

Nota: 8/10

Diccineario

Cine y palabras

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