‘Orange is the new black’, reivindicación y denuncia en su 5ª T.


La evolución de Orange is the new black es cuanto menos interesante desde un punto de vista narrativo y de construcción de tramas. Lo que comenzó siendo una serie carcelaria de mujeres con una clara protagonista se ha convertido en una producción coral con muchos y atractivos personajes entre los que, curiosamente, se ha diluido por completo el personaje de Taylor Schilling (Noche infinita), con el que comenzó todo hace ya cinco temporadas. Y aunque en líneas generales siempre ha existido un tratamiento dramático con un trasfondo de denuncia social, en los 13 episodios de esta quinta etapa esa denuncia del sistema penitenciario y la reivindicación de los derechos de presos y presas es más acusado que nunca.

Y es que, con una historia concentrada en unos pocos días y con un motín como contexto narrativo, la creadora Jenji Kohan (serie Weeds) compone un universo en constante evolución en el que la tensión se nota en casi cada plano. Una tensión combinada con el ácido humor del que siempre ha hecho gala la serie pero que, en esta ocasión, dispara de forma indiscriminada contra cualquier personaje, tenga la condición que tenga. Así, los momentos más dramáticos, siempre en torno a la muerte del personaje que da pie al motín, se mezclan con situaciones de lo más irónicas y surrealistas, desde el secuestro de los rehenes y lo que hacen con ellos, hasta los problemas existentes entre los diferentes clanes dentro de la prisión. Este tratamiento cómico-dramático, al fin y al cabo presente durante toda la serie, genera algunos momentos sumamente divertidos a la par que preocupantes, manteniendo en definitiva el espíritu de esta producción.

Sin embargo, el carácter reivindicativo de Orange is the new black está mucho más presente, sobre todo en el tramo final de la temporada. Y lo está por muchos motivos. Más allá de la negociación entre presas y responsables de la penitenciaría, la serie pone el foco en diversos aspectos sociales que enriquecen el desarrollo de la historia como tal. Por un lado, el trato inhumano e insensible con el que se mantiene a las presas, no tanto por el poco espacio en el que conviven sino por la falta de tacto después de que una de ellas haya muerto aplastada por un guardia. Por otro, el hecho de que todo esté en manos privadas hace que solo interesen los beneficios, con el impacto que eso tiene en la vida entre rejas de estas mujeres. Pero es que además, y esto puede que sea más importante, se aprecia una falta de interés del sistema en reintegrar a estas personas. Los intentos de construir algo parecido a una sociedad dentro de la cárcel, en la que el intercambio entre productos fabricados por las presas sea la base del buen funcionamiento, se vienen abajo al no existir una integración real entre los diferentes grupos, lo que invita a pensar en las dificultades de reintegrarlas en la sociedad.

En este sentido, es interesante establecer el paralelismo entre los distintos comportamientos que se producen dentro de la prisión entre las internas, y cómo todos ellos derivan de un único acontecimiento en el que, eso sí, estuvieron todas unidas casi por primera vez en toda la serie. Desde aquellas que quieren evitar el conflicto a aquellas que quieren controlarlo; desde las presas que solo quieren paz en un rincón apartado hasta aquellas que provocan más y más caos. En este pequeño microcosmos están representados absolutamente todos los comportamientos, todos los modos de afrontar y aprovechar un motín como el que narra esta quinta temporada. Y tal vez sea por la falta de coordinación, o simplemente que era algo que tenía que pasar, pero lo cierto es que el desenlace es uno de los que más posibilidades de futuro ofrece a esta ficción si se sabe aprovechar.

Torre de Babel

Como mencionaba al comienzo, la desaparición del protagonismo de Schilling en la trama ha abierto las puertas a una verdadera “Torre de Babel” en la que varios personajes han ido asumiendo más y más peso dramático. Y si bien esto es algo positivo dado que la primera protagonista no es, ni de lejos, tan interesante como otros roles más o menos secundarios, también genera varios problemas narrativos que a lo largo de las cinco temporadas de Orange is the new black se han tratado de forma irregular.

En el caso de esta quinta etapa el tratamiento ha sido realmente interesante. A pesar de un ritmo intermitente, la trama se ha apoyado sobre los personajes más importantes, que han adquirido una mayor responsabilidad dramática y han salido airosos de la prueba. Asimismo, el hecho de que el argumento se haya desarrollado en varios núcleos claros en los que transcurre prácticamente toda la acción ayuda a ubicar tanto temporal como espacialmente el grueso de una trama mucho más condensada y con un objetivo más claro que el de temporadas anteriores. Todo ello conforma un arco argumental cuyo planteamiento, nudo y desenlace son más evidentes, más directos y, en cierto modo, más tradicionales de lo que esta serie nos tiene acostumbrados, lo cual no resta un ápice a la ironía ni al carácter de los personajes. Al contrario, los potencia, lo que debería hacer reflexionar sobre el rumbo que debe tomar la serie en lo que a tratamiento y estructura narrativa se refiere.

Y es que a diferencia de las anteriores temporadas, el hecho de desarrollar la trama en poco tiempo, siempre con un tema claro como telón de fondo y con la necesidad de encontrar una salida correcta al conflicto planteado, permite a su creadora centrar la atención y acotar la narrativa a las protagonistas de siempre, cuyas particularidades se potencian gracias a estas limitaciones espacio-temporales. Es evidente que la temporada puede tener (y de hecho tiene) altibajos de ritmo y de interés, sobre todo por la introducción de algunas tramas secundarias que, aunque divertidas, aportan poco al conjunto salvo definir algo mejor el universo de la serie. Pero con todo y con eso, la temporada se erige como una de las más completas.

De hecho, y aunque para gustos se hicieron los colores, esta quinta etapa de Orange is the new black posiblemente sea la más completa en lo que a contenido dramático se refiere. El acontecimiento que da lugar al motín, el desarrollo del mismo, los hitos dramáticos y los puntos de giro convierten a estos 13 capítulos en los más intensos de la serie. Tal vez no los mejores, pues parte de su tratamiento puede resultar algo caótico o irregular, pero sin duda los más complejos. Y su final, abierto como siempre pero con muchos más interrogantes, es la guinda perfecta de un pastel que ha cambiado su receta para tener un sabor más intenso. La duda que queda ahora es si esto tendrá una continuidad en el futuro o se volverá al caos resuelto en un puñado de episodios que venía siendo hasta ahora.

Anuncios

‘Episodes’ termina y cierra ciclo en su quinta temporada


Aunque muchas veces las comparaciones son odiosas, equiparar en algunos aspectos unas cosas con otras puede ayudarnos a tomar perspectiva. Por ejemplo, en el caso de Episodes, la serie creada por David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie The class), equipararlo a cualquier otra producción, ya sea drama o comedia, permite apreciar mejor la calidad de una serie sencilla, una sitcom correcta y ajustada en tiempo y formato que, sin embargo, está planteada de principio a fin como un todo. Y eso es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de series.

Y esto es algo que se aprecia sobremanera en la quinta y última temporada por muchos motivos. El más importante, evidentemente, el dramático. El arco argumental de esta etapa final viene a ser una vuelta a los inicios para los protagonistas, un regreso al punto de partida con el que comenzó esta divertida ficción. La pareja de guionistas interpretada por Stephen Mangan (Rush) y Tamsin Greig (Con la banca no se juega) se convierten en el punto de apoyo sobre el que la trama gira sobre sí misma para volver a situarles como al principio, es decir, construyendo una historia que no les termina de convencer para un actor, Matt LeBlanc (Los ángeles de Charlie) al que odian y aman casi a partes iguales.

Por supuesto, no es este el único elemento. Resulta también interesante el giro final de la serie, en el que los protagonistas convierten en episodio piloto del nuevo producto su propia experiencia con LeBlanc, una producción dentro de otra producción que acentúa el carácter cíclico de Episodes desde un punto de vista puramente formal y conceptual. Desconozco si esa era realmente la intención de sus creadores desde el comienzo o si ha sido algo obligado por las circunstancias, pero lo que sí parece claro, viendo el resultado final de la serie completa, es que alguna base debía existir, pues aunque en muchas ocasiones el desarrollo dramático ha podido parecer algo caótico, la realidad es que todo ha terminado encajando de forma armónica.

Y todo ello con humor ácido, con carcajadas blancas y sinceras, y con una cierta crítica profesional y social a un mundo, el de la televisión, marcado por las audiencias. Esta quinta temporada, en este sentido, también es ejemplar. Si durante etapas anteriores la trama se ha centrado fundamentalmente en el devenir de una pareja de guionistas ingleses y su calvario en Estados Unidos, en esta última parte (y que comenzó en la cuarta temporada) buena parte del peso también recae en el personaje de LeBlanc, al que se le enfrenta a situaciones que, en principio, ningún actor desea, como bien se encargan de demostrar en la trama. Y a su alrededor, todo un mundo movido por intereses personales, por rencillas y, por supuesto, por el dinero y la audiencia, capaz de perdonar todo. Y cuando digo todo, es todo.

El final deseado

Otro elemento que viene a confirmar el carácter circular de Episodes es el hecho de que esta última temporada cuenta con 7 episodios, los mismos que la primera allá por 2011 y dos menos que el resto de etapas. Puede parecer causalidad o una mera anécdota, pero lo cierto es que esta características de la conclusión de la serie condiciona en buena medida el desarrollo de la trama, mucho más directo y enfocado a cerrar las líneas argumentales todavía abiertas a lo largo de esta ficción. En este sentido, y a pesar de los problemas que puede ocasionar la falta de tiempo, se podría decir que es el final deseado.

Porque sí, la conclusión de la serie es lo que podría esperar y desear cualquier espectador de una producción tan blanca y limpia como esta. Nada de finales inesperados, nada de giros argumentales de última hora que puedan cambiar el destino de los protagonistas. Todo se desarrolla como estaba previsto, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y aunque es cierto que algunas historias secundarias pecan en exceso de un desarrollo y una resolución directa y simple, no lo es menos que la dinámica del trío protagonista es tan sólida que acapara toda la atención, por lo que las historias secundarias quedan, pues eso, en un segundo plano.

Y si bien es cierto que al final estos personajes secundarios, aunque divertidos y por momentos interesantes, no dejan de ser meras sombras en el fondo de la historia principal que permiten dar color al entorno en el que se desarrolla la trama, también lo es el hecho de que se echa en falta algo más de peso dramático y narrativo de los mismos en esta conclusión. Y es que ese es el principal problema de esta última temporada. Durante toda la serie varios secundarios habían disfrutado de un peso específico notable, siendo incluso determinantes en las decisiones de los protagonistas. Ahora, sin embargo, se convierten más bien en un contexto necesario, en una suerte de acompañamiento divertido al que se le tiene que dar un final, pero que no tiene demasiado impacto en el resto de la ficción.

En cualquier caso, es un problema menor de una sitcom diferente, fresca y dinámica, con un trío protagonista que, sin ser excepcional, sí evidencia una complicidad inusual. Esta quinta y última temporada de Episodes cierra por completo la serie de un modo pocas veces visto, y a pesar de ciertos problemas de equilibrio dramático entre la historia principal y los personajes secundarios, en líneas generales cumple lo que podría esperarse de una ficción de estas características. No es una obra cumbre de la comedia, ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente original como para ser una obra destacada, tanto por su argumento como por sus actores.

5ª T. de ‘The americans’, o el principio del fin de la Guerra Fría


Con sus altibajos, The americans es posiblemente uno de los thrillers dramáticos más interesantes de la televisión. Esta ficción creada por Joseph Weisberg ha sido capaz de aunar en un difícil equilibrio el espionaje de la Guerra Fría, los conflictos familiares y las diatribas morales y personales de los protagonistas. Ahora, en su quinta temporada, todo parece estar a punto de terminar, sin duda un indicio de que la serie llega a su fin. Estos 13 episodios son la mejor prueba de que la serie funciona mejor cuando sus diferentes tramas se vertebran entre sí para crear un todo uniforme, pero también evidencian las dudas cada vez mayores que surgían en uno y otro bando de la Guerra Fría.

Una Guerra Fría que, al menos para la pareja protagonista, parece comenzar un declive que terminará en la próxima temporada. En realidad, esta sensación de decadencia se ha dejado notar a lo largo de las anteriores temporadas, si bien es cierto que solo a través de dudas morales de corto recorrido. Sin embargo, esta temporada, centrada sobremanera en el personaje al que da vida Matthew Rhys (Doble vida), ahonda en dichas dudas extendiendo el tratamiento dramático a prácticamente todos los personajes. Y lo hace de un modo que, aunque sencillo, requiere una elaboración a fuego lento a lo largo de todas las temporadas. Los personajes tienden en estos momentos a anteponer a las personas antes que a la ideología, un concepto que no se aprecia en los comienzos de la serie y que ahora tiene un peso más que importante.

La mejor prueba de esto es el trabajo con una familia procedente de Rusia a la que espían. Lo que comienza como una colaboración idónea entre dos sistemas de espionaje evoluciona poco a poco hacia una confrontación de ideas, no tanto sistemáticas como personales. El modo en que los personajes implicados en este arco dramático afrontan lo que tienen que hacer es sumamente revelador, toda vez que la pareja protagonista defiende una labor más humana y el tercer personaje en discordia aboga por un acatamiento completo de las órdenes, poniendo la misión por encima de cualquier otra variable. Y no es el único caso. De hecho, todas las decisiones que se toman tienen como base esa dualidad generadora de conflicto que es lo humano frente al conflicto. Posiblemente la línea argumental que mejor evidencia esta evolución sea la que involucra tanto la relación de los protagonistas con el agente del FBI al que da vida Noah Emmerich (La venganza de Jane) como las relaciones románticas que tienen que mantener con otros objetivos. El grado de intimidad que se aprecia en estos aspectos de la trama choca frontalmente con lo que pudo verse en la primera o la segunda temporadas, demostrando la madurez de un producto que ha sabido evolucionar de forma coherente.

Por supuesto, el otro gran elemento de la historia es la integración de Paige, la hija interpretada por Holly Taylor (The otherworld). Integración que ya comenzó en la anterior temporada y que ahora da sus primeros pasos firmes hacia… bueno, en realidad ese es uno de los grandes aciertos de The Americans. Porque, aunque se puede intuir cuál es el futuro de este rol, en realidad su tratamiento está siendo sumamente cauto, sin dejar pistas en ningún sentido, y centrándose exclusivamente en el modo en que una adolescente asume y acepta la verdadera condición de unos padres que le han ocultado un secreto durante toda su vida. Gracias a esta apuesta de los guionistas la historia particular de este personaje madura, al igual que el resto de la serie, poco a poco, introduciéndolo en el mundo de mentiras en el que viven sus padres. Lo que ocurra a partir de aquí con ella es una incógnita, pero su integración en la trama ya es definitiva. Y esos dos factores son precisamente los que convierten a esta joven en uno de los mayores atractivos dramáticos de la ficción.

De vuelta a Rusia

Quizá el aspecto menos elaborado del arco argumental de esta quinta temporada, o al menos el tratado de un modo menos profundo, sea Rusia. Y me explico. No me refiero al punto de vista soviético, que posiblemente esté presente más que nunca, sino al modo en que los protagonistas ven su hogar. Es cierto que, de un modo u otro, está presente en muchos diálogos protagonizados por Rhys y Keri Russell (Los hombres libres de Jones), pero su fuerza dramática dentro de la estructura parece limitarse más a un mero elemento contextual que a una verdadera motivación dramática. Su rol dentro de la trama adquiere más relevancia, no por casualidad, a medida que el personaje de Holly Taylor se introduce más conscientemente en la historia de espionaje, pero al final la relevancia del objetivo de la pareja protagonista se antoja excesivamente débil, como si fuera un aspecto dramático a potenciar cuando conviene. Esto genera, por ejemplo, que la historia no adquiera un peso dramático constante, moviéndose casi más por impulsos que por una evolución constante.

Curiosamente, y hablando de Rusia, esta etapa de The Americans ha centrado más su atención en la actividad soviética fuera de Estados Unidos de lo que hasta ahora había ocurrido, una evolución que debe ser bienvenida porque, entre otras cosas, ofrece una visión de ese otro bando de la Guerra Fría igualmente marcado por las emociones personales en constante conflicto con la ideología o el deber. De este modo, el contenido dramático principal que afecta sobremanera a los protagonistas se extiende también a secundarios como Emmerich o Costa Ronin (Red Dog), que ha ido ganando peso en la historia a pasos agigantados. El modo en que estos personajes afrontan su papel en esta guerra de espías evidencia un cambio sustancial en el modo de ver el conflicto que se extiende a un ámbito mucho mayor que el de una pareja de espías visiblemente cansados (y por momentos hastiados) de su labor.

Todo ello viene a confirmar la idea de que, al menos para estos personajes, la Guerra Fría está llegando a su fin. O al menos, un enfrentamiento con dos bandos bien diferenciados trabajando cada uno por destruir al otro y en el que los seres humanos y todo lo que conllevan no parecen tener voz ni voto. La evolución dramática de esta temporada deja muy claro que a medida que la moral y la conciencia personal de los que realmente actúan sobre el terreno adquiere protagonismo, la línea que separa un bando y otro del conflicto se difumina, toda vez que algunas decisiones “por el bien de la nación” chocan frontalmente con los sentimientos de aquellos que ejecutan las decisiones. Y esa complejidad dramática queda perfectamente reflejada en el entramado narrativo de esta temporada, haciendo que prácticamente todos los personajes, al menos los que forman el núcleo principal de la serie, afronten esa dualidad entre obligación y conciencia. Y el hecho de que, en mayor o menor medida, todos tomen una decisión similar mina, por necesidad, los cimientos de la Guerra Fría.

El modo en que se resuelva definitivamente todo esto habrá que verlo en la sexta y última temporada, pero por lo pronto The Americans ha confirmado que es una de las grandes series dramáticas de los últimos años. Esta quinta temporada, con sus defectos (la historia del hijo ruso del protagonista es algo que aporta más bien poco), señala el final de un camino complejo en el que sentimientos y deber, familia y nación, se mezclan hasta el punto de difuminarse en una compleja estructura dramática que, como buen producto audiovisual, parece aproximarse a la realidad más de lo que podría pensarse en un principio. Y esta quinta temporada confirma también que una historia, ante todo, son sus personajes. Sin ellos, sin sus relaciones ni sus tramas propias, cualquier ficción termina por desestabilizarse. Por fortuna, esta serie de Joseph Weisberg ha sabido enmendar los problemas de sus primeras temporadas para erigirse como lo que es actualmente: una de las ficciones más interesantes de la parrilla televisiva.

‘House of cards’ aparca momentáneamente la política en su 5ª T.


Habrá quien diga que la quinta temporada de House of cards ha alcanzado un exagerado nivel de maldad, introduciéndose de lleno en la ficción política que, a diferencia de etapas anteriores, tiene poco que ver con la realidad. Bueno, puede ser cierto hasta un determinado punto, pero personalmente considero que la serie ha sabido asumir parte de la actualidad política estadounidense actual, con las protestas iniciales contra Donald Trump como uno de los elementos más visibles, para abordar un cambio dramático de cara a la siguiente temporada. El problema, si es que existe, es cómo se ha hecho esto.

Y es que, como cualquier serie, esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y basada en la novela de Michael Dobbs, necesita crecer, evolucionar. Sin embargo, cuando se trata de una ficción como esta, donde los pasos, por muy arriesgados o violentos que sean, están medidos al milímetro, resulta problemático mostrar a unos personajes tan fríos y calculadores como fieras enjauladas incapaces de actuar como les gustaría. En este sentido, pueden entenderse los acontecimientos  de estos 13 episodios como una huída hacia adelante, como el último ataque de un animal herido que se lleva por delante a aquellos que quieren acabar con él.

Visto así, la evolución del personaje de Frank Underwood, al que vuelve a dar vida de forma magistral Kevin Spacey (Baby driver), no solo resulta coherente con lo narrado en la trama, sino que incluso permite justificar, aunque cogido con pinzas muy delicadas, el giro argumental del último episodio que viene a ser una suerte de ‘Deus ex machina’ político, convirtiendo a este zorro en lo más parecido a una deidad omnisciente capaz de prever todos y cada uno de los pasos del resto de roles que le rodean en House of cards. A pesar de ser un giro dramático un tanto desesperado, funciona gracias a un factor que durante toda la temporada (y buena parte de la serie) ha podido pasar desapercibido: la ambición y crueldad de Claire Underwood (decir que Robin Wright Wonder Woman– es extraordinaria sería quedarse corto).

Y es que esta es la temporada, por fin, en que la gran mujer detrás del gran hombre pide de forma fehaciente la palabra. O mejor dicho, la toma de la única forma que sabe hacerlo, es decir, con movimientos delicados pero letales capaces de descolocar incluso a un curtido marido como el que tiene. El modo en que afronta los acontecimientos ensalza una figura que, como digo, ha estado en las sombras demasiado tiempo. Si el final de la cuarta temporada ya dejaba entrever que la complicidad con el espectador no era algo exclusivo del rol de Spacey, en esta juega en todo momento con la duda de si realmente es capaz de sortear la pantalla y dar el salto. Y efectivamente, lo es, y no evito dar más detalles para no desvelar el extraordinario momento en el que lo hace. Ese juego que se establece entre personajes, trama y espectadores es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta quinta etapa.

Sin política, ¿qué queda?

El problema de la temporada, como decía al comienzo, no radica tanto en el apartado político, y mucho menos en cómo los personajes se mueven en este ámbito. No, el problema está en aquellos momentos en que se abandona la política y se da rienda suelta al instinto de supervivencia de los dos protagonistas. Y no por casualidad, eso tiene lugar en la segunda mitad de esta quinta temporada, precisamente cuando la trama parece irse de las manos de sus creadores, que imprimen al conjunto un tono cruel y despiadado fuera de toda duda. Depende de cada uno, claro está, aceptar esto como parte inherente a la naturaleza de los personajes (algo que ha quedado demostrado a lo largo de las temporadas), pero incluso teniendo en cuenta los hitos pasados, siempre había habido una motivación política detrás de toda acción o decisión, incluso las mortales.

Sin embargo, en esta etapa de House of cards, una vez eliminados los principales rivales políticos a través de tretas legales y del funcionamiento de la democracia norteamericana (incluidos algunos detalles simplemente surrealistas), la serie da paso a una deriva un tanto caótica, con secundarios atacando a los protagonistas sin demasiado sentido y con líneas argumentales secundarias que parecen avanzar hacia ninguna parte, y que como consecuencia terminan de la forma más abrupta, innecesaria y, sobre todo, irreal posible. En concreto me refiero al romance entre Claire Underwood y el periodista/escritor Thomas Yates (al que da vida Paul Sparks –Buried child-), cuya resolución no solo resulta un tanto desagradable, sino que convierte a la Primera Dama en un ser que para nada concuerda con la imagen dada en todos los capítulos previos, desvirtuando en buena medida el sentido de todo lo visto hasta ahora.

Se podría decir que la temporada pierde fuelle cuando se olvida de la política, de las decisiones de dos personajes que solo se mueven por la ambición y que son capaces de hacer cualquier cosa por lograr su objetivo. Dicho así, este quinto periodo se antoja similar a los anteriores, pero existen matices. El primero radica en que buena parte de lo que ocurre se aleja de la política para adentrarse en el terreno personal de los protagonistas, acentuando la lucha interna entre ambos. Hasta cierto punto, es lógico que dos roles tan parecidos terminen chocando en sus particulares caminos, pero el problema es que lo hacen dejando la política en un segundo plano. También hay que destacar la presencia de secundarios cuya relevancia en el desarrollo de la historia es, cuanto menos, anecdótica. Y por último, la segunda mitad de la temporada parece haberse planteado como un puente hacia la siguiente tanda de episodios, que habrá que ver cómo se afrontan.

Por todo ello, la quinta temporada de House of cards es posiblemente la más radical en todos los sentidos. Manipulación de elecciones, tretas en el funcionamiento democrático, perpetuidad en el poder muy cuestionable, intereses particulares mezclados con los políticos, terrorismo. Todo esto y mucho más es lo que están dispuestos a hacer los Underwood para seguir despertándose en la Casa Blanca. Y desde luego, el modo en que utilizan el sistema estadounidense es tan brillante como aterrador. El problema está cuando la trama se olvida de esto para adentrarse en las arenas movedizas del conflicto matrimonial entre Frank y Claire. Ya lo hizo en temporadas anteriores, aunque en aquella ocasión con la política de fondo. Ahora eso queda al margen. Sí, el objetivo último es el Despacho Oval, pero lo cierto es que el camino está plagado de decisiones y acciones que nada tienen que ver con el juego político. Eso sí, todo está preparado para una sexta temporada que se antoja, al menos, épica. La pregunta que queda por resolver es sí realmente se volverá a la estrategia política o se entregará por completo a los problemas internos de esta pareja de personajes que se han convertido en todo un referente.

‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Érase una vez’ utiliza cualquier historia para sobrevivir en su 5ª T.


Los héroes de 'Érase una vez' viajan a Camelot en la quinta temporada.Si algo debe reconocerse a Adam Horowitz y Edward Kitsis (serie Dead of summer) es su capacidad para lograr que todas las historias y personajes de Érase una vez adquieran sentido en la mezcolanza que se ha formado después de cinco temporadas. Por el camino se han quedado personajes, algunos más interesantes que otros, pero en líneas generales el núcleo duro ha persistido. ¿El secreto? Ofrecer al espectador aspectos diferentes de los héroes y villanos con los que creció, generando un contraste tan original como atractivo. Pero todo tiene su límite, y a tenor de lo visto en estos 23 episodios parece que esta ficción de aventura y fantasía está cerca de alcanzarlo… si es que no lo ha superado ya.

Narrativamente hablando, el desarrollo dramático de esta temporada es más que correcto, aprovechando el gancho final de la anterior etapa para abordar un nuevo mundo con la protagonista como presunta villana. De nuevo dividida en dos partes claramente diferenciadas, la trama obliga a varios personajes a evolucionar, lo que unido a la incorporación de nuevos héroes y villanos de la mitología, la literatura y Disney (sí, las películas de Disney están más presentes que nunca) hace que esta última tanda de episodios adquiera dinamismo y atractivo, enganchando al espectador rápidamente con técnicas, porqué no decirlo, algo sencillas.

Y aunque resulte gratificante comprender la relación entre Merlin, el Rey Arturo, Excalibur y la Daga del Ser Oscuro, eso no debe ser impedimento para ver que Érase una vez no deja de dar vueltas sobre los mismos conceptos una y otra vez. Mientras que roles como el interpretado por el joven Jared Gilmore (A nana for Christmas) sí han sabido evolucionar y encontrar un hueco en la historia que cambia en función de los acontecimientos, el grueso de los protagonistas parecen seguir una única senda ocurra lo que ocurra, lo que les lleva a superar el mismo conflicto bajo la apariencia de diferentes villanos. Y si eso se produjera una sola vez por temporada podría tener cierto margen de desarrollo, pero al dividir los episodios en dos grupos, la celeridad de los acontecimientos resta credibilidad a lo visto en pantalla.

Dicho de otro modo, tanto la heroína interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad) como el resto de sus amigos siempre parecen actuar del mismo modo aunque se enfrenten a la Reina Malvada, a un Ser Oscuro, a un mediocre rey o al Señor del Inframundo. Y lo que es más preocupante, todos estos villanos, cada uno en su estilo, parecen buscar el mismo objetivo, lo que al final genera una extraña sensación agridulce que combina la originalidad de la reinterpretación de historias mundialmente conocidas con la reiteración de fórmulas que cada vez se antojan más agotadas.

Vuelta a los orígenes

Existen muchos motivos para lo que le ocurre a Érase una vez. Puede achacarse a una saturación de personajes, tantos que es imposible desarrollar correctamente una historia para cada uno. Puede ser, por otro lado, que la fantasía poco a poco se va apagando al perder el factor de la originalidad. Pero ambos argumentos pueden ser rebatidos, el primero porque dichas historias, quien más quien menos, las conoce, y el segundo porque hay pocas series que sean tan originales como esta. En realidad, el problema estriba en que los personajes, sobre todo los protagonistas, han evolucionado a una velocidad excesiva, consumiendo por el camino un proceso dramático que ha obligado a buscar nuevos villanos, y con ello historias a cada cual más compleja y hasta cierto punto irreal (que ya es decir en esta producción).

Los casos más evidentes son los de los personajes interpretados por Robert Carlyle (28 semanas después) y Lana Parrilla (Frozen stars), aunque curiosamente representan dos extremos diferentes. El primero ofrece una visión derrotista del cambio que puede experimentar un personaje. Cobarde que se convierte en villano, villano que quiere ser héroe, en realidad es un ser ávido de poder que hace todo lo posible por dominar a los que le rodean, lo que le lleva a repetir engaños una y otra vez. La cuestión es que su rol no es en sí mismo un problema, pues es de los que mejor definición e interpretación tiene, sino que los que le rodean parecen caer siempre en la misma trampa. Y una vez puede ser; dos es probable; tres, cuatro o cinco veces ya resulta irrisorio.

Lo de la Reina Malvada interpretada con notable fuerza por Parrilla es otro cantar. Si bien es cierto que durante las primeras temporadas el cambio sufrido en su personaje ha llevado buena parte del peso narrativo de la historia, el hecho de que se haya pasado al bando de los héroes hace que pierda fuerza dramática. Su presunta lucha interior entre el bien y el mal ha sido la excusa perfecta para introducir a un nuevo personaje literario, el famoso Doctor Jekyll y su alter ego, Mister Hyde, pero también ha permitido a los creadores recurrir a un truco tan simple como antiguo: recuperar a la villana original. El modo de hacerlo, con ese gancho de final de temporada, evidencia dos cosas: que se quitó demasiado pronto a la antagonista natural de la trama y que es necesario regresar a los orígenes para intentar recuperar un norte que en esta última temporada parece perdido.

Se puede decir que la quinta temporada de Érase una vez ha sido un catalizador para comprender que la serie había tomado una deriva algo caótica. Sin grandes villanos en las dos partes de esta última etapa, y con unos personajes que parecen dar tumbos por la trama sin un objetivo claro más allá del inmediato, la serie se ha entregado a los fantásticos mundos de la literatura, los cuentos y las películas de la Disney para tratar de suplir las carencias narrativas que tenía. Y hasta cierto punto la estrategia resulta, pero a poco que se rasque en esa superficie de fantasía puede apreciarse claros problemas en el tratamiento de los personajes. La historia necesita calma, respirar hondo y recuperar su esencia. Y ese parece el objetivo de la próxima temporada.

‘House of Lies’, apuesta doble de humor y drama en la temporada final


Don Cheadle y Kristen Bell terminan 'House of Lies' bailando.Si algo hay que reconocer a Matthew Carnahan (serie Dirt) y a su comedia House of Lies es que han muerto fieles a su estilo. O al menos han cerrado un ciclo sin traicionar la esencia de la dinámica dramática y cómica que ha sustentado esta historia de asesores despiadados, de romances casi imposibles y de amistades cuanto menos curiosas. La quinta y última temporada de la serie protagonizada por un extraordinario Don Cheadle (Capitán América: Civil War) deja un buen sabor de boca, la satisfacción de haber visto algo coherente y acorde a lo esperado, incluso aunque esto conlleve ciertas irregularidades en la narrativa.

Los 10 episodios que conforman esta conclusión, menos que los de temporadas anteriores, tienen el habitual gusto cinematográfico de la conclusión de una historia. Todas las tramas, principales, secundarias e incluso anecdóticas, están enfocadas a cerrar posibles flecos que queden en la narrativa, y que se han ido fraguando a lo largo de las etapas precedentes. Por supuesto, la principal es la de la compañía, su futuro y su lucha contra los enemigos. Es aquí donde la serie consigue, como ha sido hasta ahora, sus mayores éxitos tanto dramáticos como humorísticos. Las dinámicas que se establecen entre los cuatro protagonistas son simplemente excepcionales (pocas veces se puede ver en la pequeña pantalla un grupo tan integrado), ya sea por la comodidad por los actores o por la definición tan precisa de los personajes.

Posiblemente esta última temporada de House of Lies contenga algunos de los momentos más surrealistas de la serie, desde la fiesta protagonizada por leones y cobras (metafóricos) hasta el intento de vender al mejor postor, ojo al dato, un país como Cuba. En cierto modo, se puede decir que ese intento de cerrar las historias que siempre se aprecia en estas conclusiones está combinado con una apuesta por todo lo alto a echar el resto en lo que a negocios se refiere. Y desde luego, logra su objetivo, sobre todo porque introduce de forma completa algunos aspectos que habían sido relegados a un segundo plano en la trama principal de la serie, como son la relación entre el personaje de Cheadle y el de Kristen Bell (Malas madres) o las dudas que parecen rondar siempre a los roles de Ben Schwartz (The intervention) y Josh Lawson (Los amos de la noticia) en relación a su puesto dentro de Kaan y Asociados.

Pero la fidelidad a la esencia dramática no es lo único que permanece en esta conclusión. La apuesta narrativa de la historia, más patente en unas temporadas que en otras, sigue siendo una constante que recuerda al espectador el carácter transgresor de la historia, si es que el desarrollo de la misma no es ya de por sí lo suficientemente transgresor. Imagen congelada, el protagonista convirtiendo al espectador en cómplice de sus más íntimos pensamientos, e incluso visiones propias de un viaje alucinógeno sin igual dejan su huella en el fondo dramático de la trama para confirmar que el producto ha sido, es y será uno de los más frescos, dinámicos y diferentes que se puedan encontrar en televisión. Y por si fuera poco, un detalle puramente técnico: las comedias de este tipo y con esta duración por episodio (unos 25 minutos) suelen tener temporadas de 24 episodios. Esta se ha quedado en la mitad o menos.

Secundarios en segundo plano

Los protagonistas de 'House of Lies' viven sus últimas aventuras en la quinta temporada.El problema de esta quinta temporada de House of Lies es que se olvida en buena medida de sus secundarios más prescindibles pero que conforman el sustento del mundo en el que se desarrolla la serie. En realidad no es algo exclusivo de este final, pues durante toda la vida de esta producción ha ocurrido en mayor o menor medida, pero sí resulta llamativo cómo se ha tratado el problema en este tramo final. Sin duda el caso más notorio es el de Donis Leonard Jr. (Now here), que da vida al hijo del protagonista y cuya trayectoria ha sido un tanto errante. Esta última temporada confirma que a pesar del potencial que podía haber tenido en el desarrollo de la trama (y que de hecho ha tenido en algún momento), sus creadores no han sabido qué hacer con él, o no han podido afrontar el terreno al que les podía llevar un rol tan complejo como este.

Pero como él existen varios. Algunos, como el de Dawn Olivieri (Supremacy), han sido utilizados simple y llanamente para hacer avanzar la acción hasta donde era necesario, lo cual no deja de restar peso específico a su presencia dentro de la historia y por lo tanto debilita mucho su estructura. Otros, como el del padre interpretado por Glynn Turman (El héroe de Berlín), sencillamente concluyen su rol como espectadores del espectáculo que dan Cheadle y compañía, dejando en el recuerdo algunos de los momentos en los que sí han tenido especial relevancia. Todo esto indica, en realidad, que la quinta y última temporada se ha centrado, casi en exclusiva, en concluir todo lo concerniente a la historia de los cuatro protagonistas, dejando a un lado como algo residual lo que pueda ocurrir con el resto de personajes.

Esto, en principio, no es algo malo viendo el resultado final, pero sí que resulta digno de mención que Carnahan opte por desprenderse del peso muerto (narrativamente hablando) de una forma tan tosca, dejando prácticamente que las historias mueran por puro tedio para centrar todo el foco narrativo en lo que sabe que interesa más a la serie y al espectador. Dicho de otro modo, en lugar de integrar las tramas secundarias en la principal o darles un broche final completo, se opta por introducirlas cada vez menos en la estructura narrativa hasta que se convierten en algo residual e intrascendente, llevándolas casi al olvido por falta de presencia.

Pero ese es un mal menor en la quinta temporada de House of Lies. En realidad, esta última etapa es el reflejo de lo que ha sido toda esta producción: un festival de humor negro, inteligencia y dinamismo que posiblemente no enganche al gran público, pero que sin duda ofrece una visión muy diferente de cómo puede ser el género hoy en día. Y no hay que olvidar el final del último episodio, toda una oda al buen rollo que ha primado a lo largo de la serie. Tal vez haya sido un producto menor, una historia en muchos casos difícil de seguir, pero desde luego el recorrido, una vez visto el camino realizado, ha merecido la pena y obliga a una encarecida recomendación.

‘Person of interest’, final lógico y a la altura para una gran serie


La quinta temporada de 'Person of interest' presenta la lucha definitiva entre inteligencias artificiales.La profusión de series y el nuevo fenómeno que han generado han puesto de manifiesto algo que muchas veces puede pasar desapercibido: es muy difícil lograr que una producción aguante en un mismo nivel dramático, artístico y narrativo durante toda su existencia. Muchas veces es culpa de los productores, que quieren alargar más de lo debido una historia; otras veces es simplemente que la idea, aunque sea buena, tiene difícil recorrido. Por eso ficciones como Person of interest deberían ser analizadas y apreciadas como algo no solo fresco y diferente en un mundo televisivo dominado por policías, médicos y abogados, sino como algo diferente por la coherencia y la capacidad de evolución que tienen. Su quinta y última temporada es testimonio de ello.

Los últimos 13 episodios de la serie, con una temporada notablemente más corta que las anteriores, tienen el inconfundible sello de Jonathan Nolan (Memento), y quienes sigan la filmografía de su hermano Christopher (Interstellar) saben a qué me refiero. A pesar de la evidente sensación de final de ciclo que tienen estos capítulos, el desarrollo dramático de la historia sigue siendo la prioridad, tal vez más acelerado de lo debido pero en cualquier caso contundente y descarnado, presentando ante el espectador una guerra entre el bien y el mal en un sentido casi literal. Y como en toda guerra, hay víctimas. Quizá sea esto lo más destacable de esta última etapa, pues la serie no permite sentimentalismos de ningún tipo, haciendo honor a lo acontecido en temporadas anteriores.

No solo eso. La quinta temporada de Person of interest es todo un ejemplo de cómo debe finalizarse una trama, o mejor dicho de cómo hay que afrontar dicho final. Los guionistas, y en general los autores de cualquier historia, tienden a modificar el curso natural de los acontecimientos para evitar que sus personajes, a los que inevitablemente se coge cariño, afronten grandes e insalvables males. De ahí que la estructura de conflictos crecientes hasta llegar al clímax siempre termine con el héroe victorioso. Sin embargo, Nolan opta aquí por una estrategia diferente, o al menos por una resolución diferente. En efecto, estos últimos capítulos posiblemente sean los más angustiosos de toda la serie, situando a los protagonistas en una espiral de violencia incontrolada en la que siempre están un paso por detrás.

Sin embargo, el final no es feliz, o al menos no todo lo que cabría esperar. No hay lugar para heroicidades sin consecuencias, por lo que el tratamiento apenas deja espacio para la reflexión o para los buenos sentimientos. Tal vez este sea el motivo por el que el personaje interpretado por Jim Caviezel (Plan de escape) da un giro más que notable en su personalidad en esta etapa, algo que no queda del todo explicado y que chirría un poco en algunos momentos. Pero volviendo al tratamiento narrativo, la conclusión de la serie es todo lo que un tercer acto debería ser. Una vez explicada la historia y con un desarrollo previo consolidado, solo queda la resolución, y esta no puede por menos que ser tan espectacular como descarnada.

Una serie para el recuerdo

Los héroes afrontan su último desafío en la quinta temporada de 'Person of interest'.Y vaya si lo es. Si bien es cierto que algunos de los mejores episodios de Person of interest pertenecen a la tercera temporada, esta última etapa deja en el recuerdo algunos de los momentos más importantes de la ficción. Me refiero, por ejemplo, al protagonizado casi en exclusiva por el rol de Sarah Shahi (Una bala en la cabeza), viviendo un bucle infinito que recuerda poderosamente a otras historias contadas por Nolan. Y por supuesto el final, capaz de aunar en pocos segundos sensaciones tan dispares como angustia, tristeza, orgullo o satisfacción. A riesgo de repetirme, eso solo es posible gracias al desarrollo de todas las temporadas y a una conclusión que, aunque esperada y lógica, es fiel a lo que el espectador ha visto a lo largo de estos 103 episodios.

Precisamente el desarrollo de la serie es lo que más se recuerda durante los episodios y momentos finales de esta quinta etapa. Atrás quedan las sensaciones de estar ante un producto tópico y típico que dejaron los primeros compases de la serie. Sus dubitativos comienzos con una estructura repetitiva y algo similar a otros productos de corte policíaco terminaron convirtiéndose en pasos firmes por una senda más compleja y complicada pero indudablemente más interesante. De los números que emitía la máquina (y que de hecho se han mantenido durante toda la serie como un referente), con poca o ninguna relación entre ellos, se ha pasado a situar la acción en auténticos arcos argumentales en los que la idea inicial se integra en guerras de bandas, policías corruptos y, finalmente, una lucha entre inteligencias artificiales.

El final de la serie, además, contempla una interesante y hasta ahora inexplorada idea que, dada la conclusión de la secuencia con la que se cierra esta magnífica producción, podría llevarse a cabo, aunque habría que ver si con la misma eficacia que hasta ahora. En efecto, limitar el dominio de una máquina al acotado mundo de la ciudad de Nueva York ha permitido a la ficción no desviarse de su objetivo final, pero es evidente que resulta poco creíble en una trama de estas características. De ahí que, aunque sea de forma testimonial, se haya planteado la posibilidad de historias paralelas en otras ciudades. Si a esto sumamos que el testigo es recogido por uno de los protagonistas, el futuro de posibilidades es tan grande que solo la inteligencia artificial protagonista sería capaz de contemplarlas todas.

Pero es adelantarse mucho al presente. Por lo pronto, Person of interest termina con una quinta temporada simplemente notable, tal vez no a la altura de la calidad conseguida en sus momentos más álgidos pero en cualquier caso sí en el mismo nivel que el conjunto de todas las etapas por las que ha pasado el producto. Y eso, en definitiva, convierte a la serie en algo excepcional, en una ficción que, aunque no pertenezca a ese reducido grupo de grandes títulos, sí tiene todo lo necesario para ser una obra de culto. Desde su trama hasta sus personajes, pasando por el tratamiento dramático o por la crudeza y seriedad de muchas de sus propuestas, la obra de Jonathan Nolan confirma no solo que estamos ante algo más que notable, sino que su autor es uno de los creadores más en forma del panorama actual.

‘American Horror Story: Hotel’ recupera el espíritu de la serie


Evan Peters y Wes Bentley protagonizan 'American Horror Story: Hotel'.Tras varios altibajos en la serie, American Horror Story ha logrado, en su quinta historia, algo que muy pocas producciones consigue: devolver al formato las ideas iniciales en lo que a suspense, ambientación, personajes y trama se refiere. Sin el impacto ni la novedad que supuso aquella primera temporada, Hotel es sin duda una de las mejores temporadas de esta ficción creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie Glee).

Y si bien es cierto que Coven ya supuso una recuperación de ese espíritu, estos 12 capítulos representan lo que podría denominarse como una continuación directa de la historia de la casa encantada. No por los personajes, sino por el concepto general de la trama. Un hotel plagado de fantasmas, vampiros y asesinos es lo que da pie a una historia que, sin embargo, se centra más en el concepto del amor. Tal vez eso sea lo que le ha faltado a la serie en otras etapas; tal vez no. Lo cierto es que el delicado equilibrio entre ese sentimiento y la violencia característica de la producción crean un espectáculo incomparable.

Un padre atormentado por la pérdida de un hijo, una madre condenada a vivir en un hotel lleno de fantasmas para estar junto a un hijo que la odia y una vampiresa que una vez experimentó el amor verdadero son solo algunos de los ejemplos. Desde un punto de vista conceptual, American Horror Story: Hotel se revela más bien como una historia de búsqueda, de añoranza por lo perdido y por un pasado que, aunque dentro de esos muros parece no cambiar, en realidad se dejó atrás hace mucho tiempo.

Por supuesto, a todo esto se suma el incomparable espacio elegido, un edificio decadente, ajeno al tiempo o a las modas y en el que cada sala, cada rincón, es una trampa mortal para los visitantes. Desde su dueño, un espléndido Evan Peters (X-Men: Días del futuro pasado), al que es más necesario que nunca ver en versión original, hasta el ya famoso papel de la cantante Lady Gaga, Globo de Oro incluido, todos los habitantes de ese edificio parecen condenados, lo quieran o no, a matar a los visitantes, litros y litros de sangre mediante, claro está.

Lady Gaga logró un Globo de Oro por su rol en 'American Horror Story: Hotel'

Regreso a la narrativa de personajes

Y a pesar del espectáculo visual que supone esta quinta temporada, American Horror Story: Coven es sobre todo una historia de personajes. Al igual que ya ocurrió en algunas temporadas anteriores, que no en todas, el origen de los protagonistas, sus obsesiones, sus fobias y sus motivaciones, quedan patentes en sendos episodios a través de una narrativa de sus respectivos pasados para terminar confluyendo, de un modo u otro, en finales comunes. En esta ocasión, además, con la dificultad añadida de tener dos grandes protagonistas (la ya mencionada Gaga y el policía al que da vida Wes Bentley –American beauty-) como principales pilares, lo que obliga a dividir en dos el tiempo de la historia. ¿Cómo se logra mantener unido el desarrollo dramático sin que parezca, como ocurrió en Asylum, que cada cosa ocurre por su cuenta? La respuesta es Evan Peters.

Su personaje, tan sádico como enigmático, se termina por convertir en una suerte de nexo de unión de todas las historias, tal vez porque es el corazón de ese hotel, o tal vez porque, simplemente, es un personaje muy humano dentro de su violencia. Su caso, posiblemente, sea el mejor ejemplo del entramado dramático que logra crearse entre todos los personajes, ya sean secundarios, principales e, incluso, episódicos. De ahí que sea tan importante el pasado de los mismos, y de ahí que cobren especial relevancia aquellos momentos en los que se abordan las claves de su llegada a ese hotel maldito.

Pero si el contenido dramático es importante, la forma que se le da a todas esas historias es simplemente hipnótica. Elegante, fascinante, visceral, sangrienta, atemporal. Cualquier calificativo puede servir para definir un entorno único, una apuesta escénica en la que la sangre emana a borbotones para dar paso a una nueva vida en la que, no por casualidad, los implicados deben encontrar un motivo para enderezar sus fantasmagóricas vidas, que habitualmente, por no decir siempre, tiene que ver con el asesinato. La presencia, además, de personajes aparecidos en temporadas anteriores otorga al conjunto un halo de continuidad interesante que, en cierto modo, cierra un círculo iniciado con la primera y maravillosa temporada.

Así las cosas, American Horror Story: Hotel es, posiblemente, la etapa de esta serie que más se aproxima a lo vivido en aquella casa encantada hace ya varios años. Por su ambientación, el trauma de sus personajes e incluso la definición de muchos de ellos, esta historia es digna heredera de aquella. Pero es mucho más. Falchuk y Murphy parecen haber aprendido de algunos errores cometidos en el pasado y han sido capaces de crear muchos historias independientes bajo un mismo techo que, aparentemente, no tienen nada en común, pero cuyo desarrollo termina irremediablemente unido a las habitaciones de este macabro hotel. O a su dueño, que para el caso viene a ser lo mismo. Sin duda, una de las mejores temporadas de la serie.

5ª T de ‘Falling Skies’, un final épico lejos del tono general de la serie


La quinta temporada de 'Falling Skifs' narra el enfrentamiento final entre humanos y aliens.Falling Skies, la serie creada por Robert Rodat (El patriota) y amparada por Steven Spielberg (El puente de los espías) es una producción extraña y diferente en la parrilla televisiva actual. Extraña porque la ciencia ficción, salvo la destinada a adolescentes con las hormonas revolucionadas, no suele funcionar más de una o dos temporadas (y los ejemplos son innumerables). Y diferente porque su equilibrio entre extraterrestres e Historia ha supuesto un soplo de aire fresco para unas tramas que, de otro modo, se habrían vuelto tediosas.

Pero curiosamente, su quinta y última temporada ha apostado por alejarse de ese carácter histórico de muchas líneas argumentales y centrarse directamente en el aspecto más fantástico, exponiendo la crueldad de la guerra alienígena en toda su magnitud. Desconozco si es algo premeditado o si han sido necesidades de una conclusión precipitada, pero lo cierto es que estos 10 episodios dejan un sabor agridulce en el espectador.

El arco narrativo principal de esta última temporada de Falling Skies es un ataque directo a los pilares formales de la serie, al menos en lo que a definición de personajes y tono se refiere. Los humanos, con Tom Mason a la cabeza (interesante Noah Wyle -serie Urgencias– en el cambio de registro) se vuelven mucho más agresivos y directos, cambiando por completo las tornas del combate que ha durado cinco años en televisión. La presencia de varias razas alienígenas y de más grupos de humanos convierte a la serie en un auténtico campo de batalla, más que en una historia de supervivencia, como se había definido hasta ahora.

Esto no impide, por supuesto, que no haya lugar para explorar los diferentes aspectos de la guerra, desde los rincones más aislados del conflicto, en los que parece que el dolor no ha llegado nunca, hasta la conversión de humanos para dinamitar el bando de los héroes desde dentro. El problema es que, dada la necesidad de finalizar la historia en esos 10 capítulos, estas situaciones se limitan a unos pocos episodios, impidiendo un desarrollo dramático adecuado que permita conocer el trasfondo de los personajes implicados y sus decisiones.

Explicación muy humana

Aunque puede parecer que la conclusión de Falling Skies no tiene mucho que ver con el resto de la serie, nada más lejos de la realidad. De hecho, la evolución de esta última temporada se sustenta en varios pilares con los que los espectadores se pueden identificar, en línea con lo narrado en anteriores etapas. La evolución del protagonista y de otros personajes obedece a las pérdidas y el dolor de estos años, lo que a su vez genera conflictos dentro del grupo.

Las decisiones, más militares y menos “humanas”, permiten explorar nuevas facetas de los héroes, pero también argumentar nuevos enfrentamientos dentro de los humanos, enriqueciendo las enemistades que ya existían y que, en realidad, se habían ido disolviendo poco a poco con la evolución dramática de la serie. En este sentido, es interesante comprobar el final que cada personaje tiene, acorde a su forma de vivir y a su forma de evolucionar durante estos episodios.

Pero sin duda lo más humano es la explicación de la invasión extraterrestre que centra la serie. Y este es el aspecto que más controversia puede generar. Sin desvelar demasiados detalles, los motivos que llevan a esta raza a destruir a la humanidad son, cuanto menos, muy humanos, y desde luego alejados de lo que suele verse en este tipo de producciones, ya sean en televisión o en pantalla grande. Ni recursos minerales, ni raza conquistadora. Ni siquiera una guerra interplanetaria que, por casualidad, llega a nuestro planeta. Los motivos son más mundanos, más vengativos, y desde luego más dramáticos. Personalmente, y aunque pueden parecer algo excesivos, suponen un soplo de aire fresco que, en cierto modo, son el broche adecuado para una serie basada en la familia y los lazos afectivos.

Falling Skies termina igual que empieza, con un relato de cómo se originó la guerra y de cómo terminó. Un relato que servirá, en un futuro, a las generaciones de los humanos supervivientes. Un relato que tiene su grueso en una serie capaz de aguantar cinco temporadas siendo fiel a su planteamiento inicial de unificar fantasía y conceptos históricos que han definido al ser humano. La impresión general, aunque esta última temporada haya podido parecer algo apresurada, es la de una serie que ha sabido crecer en complejidad e interés, que ha sabido introducir nuevos matices e integrarlos en un todo armónico. Y eso, en una ficción de estas características, es todo un logro. Tal vez no sea una excepcional producción, pero desde luego es muy recomendable.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: