‘Supergirl’ deja de volar en su tercera temporada


No, no es que la chica de acero pierda sus poderes. Simplemente, la tercera temporada de esta serie creada por Ali Adler (The new normal), Greg Berlanti (serie Arrow) y Andrew Kreisberg (serie The Flash) directamente ha perdido el norte, y todo aquello que en un primer momento convirtió a esta producción en algo entretenido ha desaparecido. Cambio de cadena, cambio de rumbo dramático, … Sea cual sea el motivo, lo cierto es que estos 23 episodios ofrecen una imagen muy poco atractiva de la heroína de DC Cómics, y convierten esta ficción en una de las peores de superhéroes de la programación televisiva actual.

Y el motivo no es otro que tratar de convertir esta serie en una “serie de chicas”, en el peor sentido de la expresión. En un evidente esfuerzo por intentar separar la imagen de esta superheroína de la que arroja Superman, sus creadores han optado por convertir sus aventuras y sus retos en una suerte de comedia/drama adolescente en cuya trama la protagonista se enfrenta a problemas propios de una chica. O mejor dicho, a problemas poco trascendentes. De este modo, en lugar de recorrer una senda algo más compleja, como las dificultades de compaginar trabajo y labor de superhéroe, las relaciones con personajes que caminan al borde de convertirse en villanos o, incluso, tocar temas como el racismo o la xenofobia (algo que hoy en día, por cierto, habría dado a la serie un impulso difícil de calcular), sus creadores optan por quedarse en el enredo amoroso, en la decepción romántica y en las idas y venidas de sentimientos y personajes que, la verdad, aportan más bien poco al desarrollo de la trama. ¿De verdad no se puede hacer una serie protagonizada por mujeres que no hable de corazones rotos, o al menos que no sea este su principal conflicto?

No cabe duda de que Supergirl, como serie en su conjunto, es la que peor parada sale de estas decisiones, pero entrando en el detalle nos encontramos diferentes niveles a solventar. Para empezar, la trama. El arco argumental de esta tercera temporada está, en general, planteado de forma algo tosca, sin giros argumentales de relevancia y, lo que es peor, intentando generar esos cambios narrativos introduciendo elementos que resultan poco creíbles, y eso que estamos en una producción de ciencia ficción donde, por definición, se puede ampliar un poco más el abanico de posibilidades dramáticas. Sin ir más lejos, el hecho de que un fragmento de Krypton se salvara resulta algo risible. Junto a esto, el modo de presentar a la villana de turno, en un fallido intento de generar algo parecido a la intriga por conocer su identidad, evidencia una falta de rumbo dramático alarmante, posiblemente motivada por unas historias secundarias que aportan poco o nada al conjunto, salvo para reubicar las piezas sobre el tablero para la siguiente tanda episódica.

En efecto, los personajes secundarios habituales de la serie son los que más sufren el desarrollo sin rumbo fijo de estos capítulos. El ejemplo más claro es el del rol interpretado por Chyler Leigh (Brake), una hermana que ha pasado por tantas fases dramáticas que se antoja una suerte de comodín que utilizar cuando no se sabe por dónde continuar un argumento. Pero no es la única. La historia de Marte, aunque en parte necesaria para cerrar ese arco argumental, resulta algo anodina, despertando poco interés y recurriendo al desarrollo más lacrimógeno posible. Algunos personajes entran y salen de la historia sin más relevancia que la necesaria para un momento concreto. Y todo ello con la presencia de esos viajeros del futuro introducidos con calzador para dar rienda suelta al triángulo amoroso y que terminan por ser la excusa perfecta para un cambio de personaje innecesario de cara a la cuarta etapa. Eso sí, una cosa hay que reconocer. A la hora de eliminar a un personaje de una historia siempre se recurre a un fallecimiento, un largo traslado, una enfermedad, etc., pero… ¿un destierro al futuro? Eso sí es originalidad.

¿Hay futuro?

Esta es la pregunta que se plantea tras ver la tercera temporada de Supergirl. Evidentemente, existirá siempre que sus creadores y la cadena de emisión quieran, pero otra cosa muy diferente será la aceptación que pueda tener entre los seguidores. Desde luego, la cuarta etapa ya está preparada para comenzar en Estados Unidos a mediados de octubre, pero mucho tendrá que rectificar para poder levantar de nuevo el vuelo, nunca mejor dicho. Y como siempre, todo está relacionado con el tratamiento de personajes y el desarrollo dramático de la historia.

De hecho, los cambios tanto de roles como de su relevancia en la trama en el último episodio de esta temporada podría indicar, al menos, un final para muchos elementos secundarios sin relevancia alguna, como la subtrama de Marte. Ahora bien, existen otros aspectos tal vez menores pero que hacen mella en la buena marcha de la trama. Para empezar, el personaje de Leigh necesita un objetivo, una motivación exclusiva y, como consecuencia, un peso más relevante en la trama. No es que ahora no lo tenga, pero este rol parece ser utilizado como cajón de sastre para historias con poco peso que nada tienen que ver con la principal, además de ser un comodín cuando no se sabe cómo continuar en algún momento.

También es importante que se elimine cierta tendencia al romanticismo. No es que no tenga que existir un love interest (al fin y al cabo, es uno de los tres pilares importantes que puede ser usado en cualquier historia), pero da la sensación de que esta serie tiene la necesidad de incluir cuantas más historias románticas mejor, y eso termina por restar tiempo para narrar los elementos más importantes del arco argumental, o lo que es igual de malo, quita espacio para desarrollar otras tramas secundarias que poco a poco se han ido abandonando y parecen haberse convertido en residuales, como es el caso de la historia de Guardián.

Al contrario de lo ocurrido con ArrowThe FlashSupergirl no parece haber encontrado su espacio narrativo. O mejor dicho, lo ha encontrado, pero en una tendencia descendente que perjudica cada vez más sus historias. Esta tercera temporada confirma que la trama ha derivado por completo en una comedia romántica adolescente en la que nada parece irle mal a la protagonista a pesar de que el desarrollo dramático trate de aparentar que, en efecto, se encuentra en una situación desesperada. Es una lástima, porque aunque optara por una línea clara y sin lados oscuros, esta superheroína tiene más potencial que el que ahora mismo se está mostrando. Y todo apunta a que no se va a cambiar en un futuro inmediato, al menos no en lo más importante.

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4ª temporada de ‘The Flash’, o cómo narrar desde la derrota del héroe


Con sus más y sus menos, The Flash ha logrado encontrar un hueco narrativa y dramáticamente hablando. Un hueco definido por un delicado equilibrio entre el humor y el drama, en el que el primero sirve de “desengrasante” para el segundo sin llegar a convertir en una burla el concepto de este producto. Sin embargo, en dicho equilibrio existen fluctuaciones, y la cuarta temporada es, posiblemente, una de las más dramáticas vistas hasta ahora. Posiblemente no para los protagonistas, pero sí en el tratamiento de la serie creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (autores de Arrow) y Geoff Johns.

Y es que estos 23 episodios ofrecen un interesante análisis del tratamiento de la narración. A diferencia de etapas anteriores en las que las historias episódicas entroncaban de forma tangencial con la trama principal, en esta ocasión el grueso del argumento se encuentra bajo el paraguas del villano al que da vida con notable acierto Neil Sandilands (Proteus). Salvo los capítulos destinados a crossovers entre las series de DC Cómics, en términos generales nos encontramos ante una dedicación exclusiva de toda la trama al enfrentamiento entre héroe y villano. Eso no impide que existan historias autoconclusivas en muchos episodios, pero todas ellas están, de algún modo, relacionadas con la trama principal.

El principal efecto de esta apuesta es que la cuarta temporada de The Flash es un constante crecimiento dramático, generando tensión a cada paso y sentando las bases del clímax del último episodio. Y aunque es cierto que el héroe siempre debe enfrentarse a retos mayores que él mismo para superarlos y superar sus propias limitaciones, en esta ocasión la constante es el fracaso, la idea de luchar contra un destino ya escrito del que no se puede escapar. Más allá de la resolución final y el concepto empleado para que el bien se imponga al mal (el amor, la amistad, ser fiel a uno mismo), lo más relevante es el viaje por esta tanda de episodios, en el que todos y cada uno de los personajes pierde algo realmente importante, en una constante derrota que va más allá de la simple dinámica que mueve todo conflicto.

Dicho de otro modo, en esta ocasión no hay una perspectiva de que las victorias tengan más peso que las derrotas. Es evidente que el resultado final siempre será positivo, al menos en términos generales, pero durante toda la temporada lo que se plantea es llevar hasta límites fuera de lo común al héroe, que debe enfrentarse a la derrota no solo física, sino también emocional (la muerte de su amigo), intelectual y de sus propios poderes. Contrariamente a lo que pueda parecer, esta estrategia narrativa lo que provoca es una mayor identificación con el héroe. Es cierto que la trama presenta altibajos, en buena medida provocados por la falta de interés de algunos personajes y algunas tramas secundarias, pero en líneas generales lo que nos encontramos es ante un constante desafío para el velocista.

Un problema de DC

Ahora bien, esta cuarta temporada de The Flash está empezando a presentar un problema que parece común a todas las producciones de DC, y es la acumulación de secundarios que aportan poco o nada a la historia del héroe. Es cierto que muchos de ellos, puede que la mayoría, crean un contexto dramático que, al fin y al cabo, define toda la serie, pero el problema de incluir tantos secundarios, algunos con más importancia que otros, algunos con poderes, es que todos ellos necesitan de cierto tiempo para desarrollarse, para evolucionar y participar activamente en la historia. Y eso se traduce en más minutos, más dedicación y, por tanto, más espacio robado a la trama principal.

Esta etapa ha podido resolverlo con acierto en muchas ocasiones, como es el caso del nuevo superhéroe interpretado por Hartley Sawyer (Thursday), pero en otros la participación de los secundarios se ha vuelto, digamos, satélite, quedando como recurso de apoyo cuando fuera necesario, por mucho que su rol tuviera, en teoría, mayor peso dramático. Posiblemente la mejor prueba de esta acumulación de héroes sea el final, donde algunos personajes parecen llamados a desaparecer (al menos de momento) para aligerar y simplificar tanto la trama como las relaciones entre los personajes. Sea como fuere, lo cierto es que se empieza a ver muchos personajes que entran y salen de la trama sin demasiada influencia, únicamente para expandir el universo ‘Flash’, y esta intermitencia puede jugar en contra de la historia si no se lleva por el buen camino. De hecho, Arrow ya se ha visto obligada a aligerar su historia de personajes.

Aunque como siempre ocurre en esta serie, posiblemente el punto de giro más interesante sea el gancho final para la siguiente temporada. Y es aquí donde entra en juego otro de los elementos más indentificables de esta ficción que, curiosamente, no han tenido demasiado protagonismo en esta etapa. Me refiero a los viajes en el tiempo. Mientras que años atrás los cambios en el espacio-tiempo han dado pie a historias, cambios y villanos, en esta ocasión todo ha transcurrido en el campo de la mente y el presente físico. De ahí que el final de esta temporada abra una interesante puerta a una trama que requerirá de un minucioso tratamiento, y que sin duda será objeto de muchos análisis por parte de los fans más acérrimos del personaje.

En cierto modo, se puede decir que la cuarta temporada de The Flash viene a demostrar que la serie puede ser extremadamente dramática si se lo propone, pero sobre todo confirma una madurez que no tenía al principio. Con un héroe atormentado por los errores que comete y el sufrimiento que eso causa, un villano que parece no poder ser derrotado y unos protagonistas que afrontan pérdidas de todo tipo, estos episodios suponen un constante giro dramático hacia un abismo que, no por tener un final previsiblemente feliz, es menos angustioso. Curiosamente, las constantes derrotas del héroe provocan un doble y contradictorio efecto: por un lado permiten una interesante narración desde el punto de vista de la derrota, pero por otro genera cierto desapego en algunos momentos de la historia. En cualquier caso, esta es posiblemente la etapa más oscura y dramática hasta la fecha.

‘Arrow’ cierra ciclo aglutinando conceptos en su sexta temporada


Cuando una serie alcanza una determinada duración se plantea la duda de cómo mantener el interés con un crecimiento constante basado en giros de guión. Es algo que define este formato y que no ocurre en el cine. El caso de Arrow es cuanto menos curioso. El final de la quinta temporada fue, sin lugar a dudas, apoteósico, y dejaba abierto un futuro prometedor. Que esas promesas se hayan cumplido depende en buena medida de las expectativas de cada espectador, pero hay algo que puede considerarse relativamente objetivo: la ficción creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggeheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie The Flash) ya no es la misma.

Y no lo es por muchos motivos, pero fundamentalmente porque en esta sexta temporada se dan cita todos los miedos, todas las inseguridades y todos los conflictos planteados a lo largo de estos años en una suerte de puzzle de difícil solución (a tenor del final más bien imposible). Eso sí, lo hacen con una trama novedosa, diferente a lo visto hasta ahora y sumamente compleja. Posiblemente sea por ello que en varios momentos de estos 23 episodios el ritmo de la historia decae ante la imposibilidad de equilibrar correctamente los dos mundos en los que se mueve el protagonista, y ante la necesidad de poner punto y final a varias tramas secundarias que se han arrastrado durante demasiado tiempo.

Respecto al primer aspecto, es evidente que el principal motor narrativo de esta sexta temporada de Arrow se sustenta sobre la cara pública (y política) del héroe y su actividad nocturna. Una suerte de doble juego en el que el objetivo, en ambos casos, es salvar la ciudad, por la fuerza o por la ley. Sin duda, esta doble cara es idónea para albergar los principales conflictos de la trama, tanto el interior como el exterior. Las dudas del héroe sobre su actividad como Flecha Verde contrastan con la necesidad de enfundarse el traje y combatir a un enemigo que, sin tener grandes superpoderes, posiblemente sea uno de los más temibles de estos años. Un interesante conflicto con varias ramificaciones que luego abordaremos, pero que también deja varias irregularidades dramáticas y de ritmo.

En cuanto al segundo, la necesidad de destinar tiempo y recursos narrativos a diversas historias secundarias que habían quedado “colgadas” de la anterior temporada ha obligado a sus responsables a desviar la atención de lo realmente importante. El caso más evidente es el de la hermana del protagonista, interpretada de nuevo por Willa Holland (Legión). Su relevancia en la trama, si alguna vez fue alta, ha quedado en nada con la evolución de la historia, y su presencia se había convertido casi más en una molestia que en un apoyo dramático para el héroe. De ahí que se haya buscado una salida útil, recuperando para ello viejos amores que, aunque es un capítulo algo débil dentro del conjunto, se integra relativamente bien en el mismo.

División y fuerza

No es el único, claro está, y esa obligación de poner punto y final a varios de estos personajes obligaba a desviar la atención de lo verdaderamente importante, que no es otra cosa que los efectos de la dualidad del protagonista sobre el resto de elementos de la trama. De ahí que los instantes más atractivos e interesantes de esta sexta temporada de Arrow sean, precisamente, en los que los dos mundos en los que vive el arquero esmeralda chocan y se contaminan uno con otro. Independientemente de que todo obedezca a un plan magistral del villano al que da vida Kirk Acevedo (El amanecer del planeta de los simios), lo cierto es que los conflictos generados entre la política y la batalla en las calles son el verdadero motor de estos 23 capítulos, y los que aportan mayor dramatismo al conjunto.

Un dramatismo que, de nuevo, se traduce en dos niveles. Por un lado, el puramente personal y moral, en el que el héroe debe afrontar una decisión que marcará su futuro y, por extensión, el de la serie, al menos durante buena parte de la siguiente temporada. Este aspecto es, posiblemente, el más atractivo desde un punto de vista puramente dramático. Pero por otro, ese conflicto también tiene la lectura externa en forma de división de los héroes, de recelos, miedos y sospechas en un grupo hasta ahora más o menos cohesionado. Siendo este el aspecto más visual y narrativo, no cabe duda de que es el que mejor puede plasmar la batalla interna del héroe y, al mismo tiempo, las derrotas morales que sufre a manos de su enemigo. El equilibrio logrado entre ambos niveles es lo que convierte a esta etapa en un producto diferente a lo visto hasta ahora, y en el punto de partida de una cierta reinterpretación de la serie en un futuro no demasiado lejano.

Relacionado con esto, y no por casualidad, en esta sexta etapa asistimos a una suerte de resumen de todo lo que ha sido la serie. Desde ese primer villano ahora reconvertido en amigo a ese otro amigo reconvertido en villano con cierta conciencia de lealtad, pasando por el regreso a los orígenes del arquero y su lucha en solitario, estos episodios recuperan viejos elementos, antiguos iconos y clásicos conflictos para ofrecer un final cerrado de una etapa, una conclusión más o menos certera del periplo del héroe hasta ese momento. Y tampoco es coincidencia que la serie termine con el protagonista entre rejas, situación muy próxima a la que tenía al comenzar, presuntamente encerrado en una isla desierta. En este sentido, se puede interpretar esta temporada como circular tanto dentro de su propio desarrollo como enmarcada dentro del conjunto.

Dicho todo ello, la sexta temporada de Arrow ofrece muchas lecturas, pero no todas ellas bien expuestas. Sólida desde un punto de vista narrativo, dramáticamente hablando posee demasiados altibajos que no solo hacen que decaiga el ritmo, sino que pueden llevar al espectador a perder atención de lo narrado. Si se logra superar este punto, lo que nos encontramos es una inteligente propuesta a modo de resumen y reinicio de las peripecias del arquero esmeralda, con un desarrollo dramático de personajes tan intenso como angustioso en algunos momentos, y cuyo final supone el adiós de algún que otro personaje secundario de peso a lo largo de estos años. Lo dicho, esta etapa de Flecha Verde dice adiós a una época. ¿Lo que viene será igual de interesante?

‘Liga de la Justicia’: en busca de la unidad


Puede que la estrategia de Warner Bros.DC Cómics con las adaptaciones de los superhéroes a la gran pantalla no sea clara, pero si algo puede asegurarse casi con rotundidad es que Zack Snyder (Watchmen) ha conseguido unirlos a los principales personajes en una obra fresca, entretenida, dinámica y narrativamente sólida, al menos lo suficiente como para no derivar en un producto extenso y carente de ritmo.

Y el reto no era precisamente sencillo, teniendo en cuenta que a diferencia de Marvel, tan solo tienen película propia algunos de los protagonistas. Sin embargo, el desarrollo dramático de Liga de la Justicia, lejos de apostar por una consecución de diálogos innecesarios o secuencias de acción apabullantes sin demasiada narrativa, opta por presentar a los protagonistas en su ambiente, con una sencilla acción o algún diálogo enfocado a desarrollar la trama. A esto se suma la presentación del conflicto, con un villano al que son incapaces de derrotar de forma individual, sentando a su vez las bases de todo el desarrollo posterior y de las decisiones tomadas que se convierten, por extensión, en interesantes puntos de giro. Por supuesto, esto no quiere decir que estemos hablando de una película que pueda ser considerada sobresaliente. Existen varios puntos débiles en su guión, entre ellos las motivaciones de algunos personajes, que quedan definidas de forma algo esquemática, o la falta de profundidad en las relaciones entre los personajes, que debilitan a su vez algunas partes del desarrollo.

Con todo, esto puede que no debiera ser considerado como una debilidad. Porque la realidad es que esta cinta no pretende erigirse como un referente. Al contrario, parece planteada como un entretenimiento. Muy bueno, pero entretenimiento al fin y al cabo. Y en esto Snyder es un maestro. Alejado del abuso que ha hecho en los últimos films de sus más característicos recursos (cambios de ritmo, cámaras lentas, etc.), el director apuesta por un aspecto formal más sobrio, en el que deja su personal huella pero que permite respirar al espectador. A pesar de las carencias del apartado de efectos digitales, lo cierto es que la labor tras las cámaras ofrece, por ejemplo, un final digno de un film de estas características, amén de varios momentos dramáticos brillantes en los que se aprovechan todos los elementos, desde los efectos hasta la fotografía o el sonido.

Desde luego, Liga de la Justicia no es una obra cúlmen del género superheróico, pero cumple su objetivo. Es más, lo hace brillantemente. Snyder logra quitarse ciertas obsesiones para narrar una historia sólida, fresca y dinámica en la que el humor hace de puente entre la acción y el drama. Su reparto, aunque irregular en sus interpretaciones (Gal Gadot vuelve a ser la mejor con mucha diferencia), desprende una comodidad pocas veces vista, lo que ayuda a que la historia adquiera un ritmo propio en las diferentes historias secundarias que se dan cita en esta aventura. No es perfecta, pero sí sienta las bases, en la línea que ya lo hizo Wonder Woman, para el futuro de las adaptaciones de esta casa.

Nota: 7/10

‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

‘Supergirl’ se entrega a la comedia dramática adolescente en su 2ª T.


No voy a defender que Supergirl sea una gran serie de superhéroes. Más bien, un entretenimiento inocente con superpoderes y efectos especiales de por medio. Pero la primera temporada presentaba, en cierto modo, varios conceptos interesantes relacionados con el mundo de los cómics y, en concreto, de DC Cómics. Todo eso parece haberse perdido, o al menos atenuado, en los 22 episodios de la segunda parte, que terminaron de emitirse en Estados Unidos en mayo y que, durante su desarrollo, han pasado por todo tipo de cambios para reubicar a la heroína de la capa en un contexto más adolescente, más romántico si se prefiere, con problemáticas que, en el fondo, se alejan en su mayoría de los valores promulgados en la anterior etapa.

Posiblemente todo esto tenga algo que ver (o mucho) con el cambio de cadena, pero sea como fuere la serie creada por Ali Adler (serie The New Normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos autores de Arrow) ha dado un giro conceptual más que notable, tanto por el sentido que han adquirido las aventuras de la última hija de Krypton como por el tratamiento que los personajes, sobre todo los secundarios, han pasado a tener. Y este es el caso más llamativo. A lo largo de la primera temporada se construyeron una serie de relaciones y se presentaron diversas tramas secundarias que parecían estar llamadas a complementar los combates de la prima de Superman. De golpe y porrazo, o mejor dicho a golpe de teclado, sus responsables han eliminado buen parte de ese universo construido, han desaparecido personajes que tuvieron cierto impacto en la historia y se ha dado un nuevo sentido a algunos personajes. El caso más evidente es el de la hermana de la protagonista, interpretado por Chyler Leigh (Brake).

Muchos cambios, en efecto, pero lo relevante es si influyen, y cómo, en el desarrollo de Supergirl. Desde luego, la respuesta más inmediata y genérica es que sí, influyen y mucho. Y como en cualquier producción, la subjetividad juega un papel fundamental. Por un lado, todas estas modificaciones aportan al conjunto mayor dinamismo, incidiendo más en la aventura y en el carácter despreocupado y “blanco” de la serie. Dicho de otro modo, la segunda temporada acentúa el carácter más luminoso de la protagonista y, por ende, de la serie, acercándola a otras producciones como The flash en su primera temporada. Poco importa que el villano de turno sea más o menos poderoso; poco importan las dificultades de la heroína. Al final, todo sale bien, en algunos casos con ayuda (la incorporación de Superman, al que da vida Tyler Hoechlin -serie Teen wolf– es de lo más acertado de la trama) y en otros por su cuenta, lo que resta gravedad a la narración y la presenta como puro entretenimiento.

Pero por otro, convierten a la historia en una producción más de corte adolescente, con problemas amorosos que parecían superados, incluso, en algunos momentos de la primera temporada. Y esto, a priori, no sería algo negativo si no fuera porque el recorrido de estas tramas secundarias, al menos hasta el tercio final de la historia, es prácticamente inexistente, lo que evidencia la falta de fuerza de las mismas. Esto obliga a un tratamiento circular, es decir, a presentar un desarrollo positivo, un conflicto (si no el mismo, muy similar) que ponga en valor aún más la relación romántica, una disculpa (verbal o de acción) y vuelta a empezar. Posiblemente lo mejor de este caso es que, con el final que han tenido estos 22 capítulos, se ha apostado fuerte por hacer avanzar la acción y plantear una tercera temporada con nuevos retos. Al menos a tenor de las últimas imágenes.

Los Luthor, omnipresentes

Dejando a un lado el tratamiento dramático de la historia, la segunda temporada de Supergirl también confirma una idea que parecía entreverse en la primera tanda de episodios, y es el hecho de que sus creadores parecen haber hecho una apuesta clara por convertir este universo en la versión femenina de Superman, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Si en la anterior temporada se hizo a través de varios villanos tradicionalmente asociados al hombre de acero, en estos capítulos la presencia de la familia Luthor no hace sino confirmar ese aire de homenaje al superhéroe más icónico de DC. Y como no podía ser de otro modo, el nombre del archienemigo de Superman está representado por mujeres. No una, sino dos. Es evidente que su presencia en esta temporada, además de apoyar algunas tramas secundarias, tiene por objetivo crear toda una estructura que permita construir una auténtica confrontación héroe-villano capaz de perdurar en el tiempo y que sea ajena, en cierto modo, a las historias de cada temporada.

De este modo, el clan Luthor está llamado a convertirse en el otro pilar fundamental de la serie, una suerte de enemigo con el que jugar al gato y al ratón con el espectador. La labor en este caso de Katie McGrath (Jurassic World) y la química con Melissa Benoist (El viaje más largo) serán fundamentales para poder sostener el delicado equilibrio entre la amistad y la enemistad de ambos personajes, así como para decantar hacia un lado u otro en el momento exacto y con un desarrollo coherente.

Lo que también parece que va a aprovechar la serie es toda la iconografía cultural generada alrededor del héroe de la capa roja, lo que por cierto consolida esa versión femenina de Superman en que parece convertirse esta serie (y que personalmente considero que es un error). La presencia en esta temporada de Teri Hatcher, la Lois Lane de Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman, unida a la ya conocida de Dean Cain (Superman en la misma serie) crean todo un metalenguaje que los más fieles seguidores del personaje y sus diferentes adaptaciones en cine y televisión comprenderán mejor que nadie. El guiño de Kevin Sorbo, protagonista de otra conocida serie como es Hércules: Sus viajes legendarios, apoya además la teoría de que la serie contará con la presencia de actores a los que se asocia con clásicos personajes del cine o la televisión.

No se puede decir que Supergirl haya sido nunca una serie oscura, o al menos dramática, como puede serlo Arrow. Sin embargo, esta segunda temporada ha experimentado un giro hacia el drama adolescente que ha afectado significativamente al desarrollo de la trama. Primero porque han surgido personajes casi de la nada que han arrastrado con ellos una serie de historias secundarias cuyo encaje en el universo ya creado de la trama principal es cuanto menos cuestionable. Segundo porque ha habido secundarios que, o bien se han quitado de en medio de un plumazo, o bien se les ha dado una salida un tanto, digamos, increíble (que el fotógrafo James Olsen se convierta en justiciero es de lo más surrealista que puede existir). El final de la temporada, abierto como es habitual, deja la esperanza de que, una vez sentadas todas las bases del cambio experimentado en estos 22 episodios, la serie recupere cierta normalidad.

‘Superman/Batman/Wonder Woman: Metropolis’, fusión de cómic y expresionismo alemán


He de reconocer que la idea inicial de esta sección era la de abordar volúmenes que analizaran los diferentes aspectos del cine, ya fuera en su parte más técnica o en lo referente a géneros, historia o entrevistas. Por eso puede resultar extraño hablar aquí de un cómic, pero sus implicaciones cinematográficas y la calidad de su relato es tal que es conveniente hacer un breve análisis de lo que puede aportar al séptimo arte, o de lo que el cine aporta a las viñetas de Superman/Batman/Wonder Woman: Metropolis, un recopilatorio de tres volúmenes creados por RAndy Lofficier, Jean-Marc Lofficier y Ted McKeever, y que enmarcan los orígenes de estos tres superhéroes de DC Cómics en un relato marcado por el expresionismo alemán.

Cada lector que se acerque a este recomendable ejemplar decidirá cuál de las tres historias es la mejor, pero sin duda la que afecta al hombre de acero es la más fiel a la que posiblemente sea la cinta más icónica del movimiento cinematográfico surgido en los años 20. La utopía futurista de Metrópolis (1927) creada por Fritz Lang adquiere en estas páginas una interpretación cuanto menos interesante que obliga a una reflexión sobre el bien y el mal, sobre el perdón y la venganza, que enriquece la ya de por sí completa obra del director alemán. Resulta sorprendente comprobar cómo encaja la historia de Clark Kent (rebautizado como Clarc Kent-son) en la trama original. A pesar de los cambios de nombres y de ciertas licencias dramáticas, los creadores de este cómic logran una fusión perfecta entre ambos relatos, entre ambos lenguajes, y la mejor evidencia son las primeras viñetas, que narran casi exactamente igual el comienzo de la película

Y es que si la historia deja sin palabras, el dibujo de McKeever resulta casi apabullante. Con un trazado que rememora en todo momento el arte de comienzos del siglo XX, el autor imprime un dramatismo único al trágico relato de este joven que quiere construir una ciudad mejor en la que amos y obreros convivan sin someterse los segundos a los primeros. Un dramatismo acentuado además por el recurso del color, puramente expresionista (aunque menos que la historia de Batman, de la que hablamos a continuación). Por supuesto, y como mencionaba antes, existen ciertas licencias dramáticas necesarias en un relato de superhéroes, sobre todo en lo referente al modo de derrotar al villano de turno. Y aunque para muchos pueda resultar algo forzado, en líneas generales encaja perfectamente en el tratamiento del resto de la trama, lo que evidencia la grandeza y universalidad de una obra como Metrópolis, capaz de acoger en su seno dramático cambios notablemente marcados.

Batman, el Nosferatu

Posiblemente el relato más fiel a una película del expresionismo alemán sea el de Superman, pero sin duda el que mejor capta el espíritu visual de este movimiento cinematográfico es el que tiene como protagonista a Batman. Tomando como referencia dos obras clave como Nosferatu (1922) y El Gabinete del Dr. Caligari (1920), la historia se adentra en las sombras para abordar un relato mucho más lúgubre, marcado por la muerte, la desesperación y la manipulación. Sobre estos tres pilares narrativos el cómic construye un relato en el que los juegos de sombras son fundamentales, siguiendo la estela de las dos películas que toma como referencia y proyectando este expresionismo en un nuevo lenguaje.

De nuevo, y más allá de las necesarias concesiones al mundo de los superhéroes, combate entre Batman y Superman incluido, las referencias cinematográficas parecen impregnar todas y cada una de las viñetas. Con unos personajes mucho más retorcidos física y moralmente hablando, el relato de este Hombre Murciélago/Nosferatu acoge en su seno igualmente buena parte del significado que este movimiento cinematográfico tuvo en su momento. La lucha contra el dominio de un hombre sobre el resto de hombres, la locura que afecta a unos personajes que poco a poco se acercan más a monstruos que a seres humanos, e incluso la idea de controlar el destino se asoman en estas páginas en las que la noche se impone al día, y las sombras a la luz.

Wonder Woman, la Amazona Azul

El tercer relato, centrado en el personaje de Wonder Woman, es sin duda el más “tradicional”, si es que dicho término se puede aplicar en el caso que analizamos aquí. Los motivos son varios, entre ellos que las películas que toma como referencia, El ángel azul (1930) y El Dr. Mabuse (1922), aunque encajan dentro del expresionismo alemán, se alejan notablemente de los conceptos y características que definieron este movimiento, sobre todo la primera. Es cierto que se mantienen algunos de los conceptos ya mencionados, destacando la idea de que un individuo sea capaz de ejercer un control físico y psicológico sobre el resto, pero el tratamiento visual se aleja ostensiblemente de lo visto en los dos anteriores volúmenes, al igual que ocurre, en cierto modo, en la apuesta visual de las películas.

Y desde luego, es la historia más “superheróica” y menos “expresionista” de las tres. Dicho de otro modo, el relato de esta Mujer Maravilla se sumerge de forma más evidente en los parámetros e iconos tradicionales del relato de este tipo de superhéroes, alejándose al mismo tiempo de todo aquello que aporta el movimiento cinematográfico alemán. Desde un punto de vista puramente visual también destaca esta apuesta, con un trazo más definido y un tratamiento del color más rico, abandonando los contrastes de luces y sombras, algo que destaca sobremanera en el tramo final de esta historia, donde por cierto se da cita la versión expresionista de muchos personajes de DC Cómics.

En cualquier caso, este último relato es el colofón de una trilogía apasionante, tanto para los amantes del cómic como para los apasionados del expresionismo alemán. Las conexiones entre las viñetas y los fotogramas de las películas mencionadas son tan evidentes en algunos casos que las fronteras entre uno y otro lenguaje desaparecen, evocando en sus páginas el movimiento de las máquinas de esa ciudad de obreros y amos, las sombras del primer vampiro del cine o la seducción de un ángel azul. Y aun siendo superhéroes, los personajes quedan relegados muchas veces a un mero hilo conductor de una historia que les supera y en la que los géneros se mezclan para ofrecer un producto único, una fusión entre cine y cómic que inevitablemente obliga a revisionar las películas casi al tiempo que se leen las páginas. No es un libro de cine, pero pocos libros de cine son capaces de lograr esto.

‘Wonder Woman’: La mujer maravilla


Feminismos aparte, la adaptación a la gran pantalla de la superheroína de DC Cómics se ha convertido en todo un fenómeno por algo tan sencillo y a la vez tan difícil como ofrecer un entretenimiento puro y duro sin caer en el infantilismo ni en el absurdo del espectáculo. Es evidente que la fortaleza del personaje principal marca una diferencia fundamental, pero lo realmente relevante de la nueva película de Patty Jenkins (Monster) es su capacidad para construir un relato redondo, con un equilibrio perfecto entre humor, aventura y acción, y con un desarrollo de personajes, al menos de los principales, lo suficientemente profundo como para que resulten sólidos o, al menos, entrañables.

Y esto convierte a Wonder Woman en una de las mejores películas de este nuevo universo cinematográfico que está empezando a nacer. La cinta ofrece un relato sustentado en un personaje único, una mujer en un mundo de hombres capaz no solo de demostrar que no es la chica que tiene que ser salvada, sino que es capaz de superarles en todo. Y a pesar de los consabidos superpoderes, estos quedan relegados a un segundo plano (al menos hasta la parte final del film) en favor del tratamiento de los personajes, de sus relaciones y de la sociedad en la que se desarrolla la acción. Esto permite jugar en todo momento con el humor y la ironía que generan la inocencia inicial de la protagonista en un mundo recién descubierto. Por supuesto, a todo esto se suman unas secuencias de acción tan espectaculares como cabría esperar, que beben casi en su mayoría (y tal vez demasiado) del gusto de Zack Snyder, cerebro de este universo superheróico (no en vano, es autor de esta historia), por la cámara lenta.

El mayor problema de la cinta es, sin duda, sus necesarias concesiones dramáticas, que rompen un desarrollo bien construido y que provocan algunas secuencias cuanto menos forzadas para poder hacer avanzar la acción en el sentido deseado. Ya sea la relación romántica entre los protagonistas, el poco tratamiento de los villanos o el modo en que el personaje de Gal Gadot (Las apariencias engañan) se enfrenta a algunas situaciones, lo cierto es que estas debilidades narrativas no llegan nunca a eclipsar el espléndido resultado final, y aunque pueden generar cierta desconexión en la historia, en ningún caso afectan tanto como para ser lo más recordado de esta aventura que, esperemos, siente las bases de un futuro esperanzador.

En definitiva, Wonder Woman no deja de ser una espectacular cinta de aventura y acción, con sus dosis de humor y sus momentos dramáticos. Dicho de otro modo, una peli de superhéroes. Pero en esa categoría, y después de tantos años, se puede distinguir entre las mediocres y las producciones más completas, y la cinta de Jenkins pertenece a esta segunda categoría. Y como suele ser habitual, esto es así porque huye de forma casi sistemática de los efectos especiales sin sentido para centrarse en los personajes, en construir una historia con un trasfondo moral en el que los protagonistas afronten retos personales con forma de enemigo externo. El hecho de conocer poco a poco el origen de la protagonista aporta un plus de dramatismo que, aunque pueda intuirse, se mantiene de forma más o menos secreta durante casi todo el metraje. Lograr eso en una película de estas características ya es todo un reto. Y sí, que se convierta en un modelo a seguir por las niñas, con los defectos que se le pueden encontrar, debería ser suficiente para alabar esta cinta.

Nota: 8/10

‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Batman: La LEGO película’: apuesta siempre al negro


Batman deberá recurrir a sus amigos para vencer en 'Batman: La LEGO película'.El estreno hace unos años de La LEGO película (2014) fue una sorpresa para propios y extraños. No solo por la animación, sino por el mensaje que lanzaba a los más pequeños y, sobre todo, por un giro final tan original como significativo. Y puestos a explotar este mundo de construcción, qué mejor que hacerlo con la versión de uno de los mayores superhéroes del cómic cuya presencia en el cine ha sido, además, habitual en los últimos años. La pregunta es si es algo diferente o simplemente más de lo mismo.

La respuesta es un poco de ambas. Desde un punto de vista narrativo, la historia es un viaje por el trasfondo del personaje de DC Cómics a lo largo de los años, pero también por el cine (puede que los más pequeños no entiendan alguna referencia). Momentos como ese repaso a las versiones cinematográficas y televisivas del hombre murciélago, la introducción de fotogramas de algunas películas o la presencia de personajes de referentes del cine como King Kong, Harry Potter o El Señor de los Anillos convierten a esta cinta en algo más que otra simple historia de superhéroes en la que el héroe termina derrotando al villano. Su capacidad de combinar historias, personajes y referentes otorga al conjunto una versatilidad única que impide que el ritmo decaiga, al menos no demasiado, durante sus 105 minutos.

Ahora bien, el trasfondo, el mensaje que proyecta, es similar al que ya lanzó su predecesora, y aunque es evidente que el diseño tiene que ser necesariamente igual, su director Chris McKay recurre a herramientas, gags y tópicos que no solo se utilizaron en la anterior película de LEGO, sino en muchas otras historias. Esto no es necesariamente un problema, sobre todo para los más jóvenes de las salas de cine, pero sí puede afectar en cierto modo al interés que suscita, amén de perjudicar al ritmo en muchos momentos del film. Es de agradecer, sin embargo, que incluso con esos estereotipos la cinta es capaz de reírse de sí misma y burlarse de sus propias limitaciones, lo cual es buen síntoma.

Desde luego, Batman: La LEGO película no es mejor que la anterior cinta de este mundo de construcción, entre otras cosas porque la película ha perdido el factor sorpresa. Pero tampoco es peor, ni mucho menos. A pesar de jugar con conceptos similares y de recurrir en muchos casos a un humor parecido, tiene una narrativa tan dinámica, con tantas referencias, que hace las delicias de cualquier fan del personaje, e incluso de aquellos que sencillamente conozcan por encima su historia. Amistad, familia, diversión y humor unen a héroes y villanos en este Gotham City de piezas y bloques, por lo que, en efecto, si hay que apostar por algo en este film, es por el negro.

Nota: 6,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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