‘Liga de la Justicia’: en busca de la unidad


Puede que la estrategia de Warner Bros.DC Cómics con las adaptaciones de los superhéroes a la gran pantalla no sea clara, pero si algo puede asegurarse casi con rotundidad es que Zack Snyder (Watchmen) ha conseguido unirlos a los principales personajes en una obra fresca, entretenida, dinámica y narrativamente sólida, al menos lo suficiente como para no derivar en un producto extenso y carente de ritmo.

Y el reto no era precisamente sencillo, teniendo en cuenta que a diferencia de Marvel, tan solo tienen película propia algunos de los protagonistas. Sin embargo, el desarrollo dramático de Liga de la Justicia, lejos de apostar por una consecución de diálogos innecesarios o secuencias de acción apabullantes sin demasiada narrativa, opta por presentar a los protagonistas en su ambiente, con una sencilla acción o algún diálogo enfocado a desarrollar la trama. A esto se suma la presentación del conflicto, con un villano al que son incapaces de derrotar de forma individual, sentando a su vez las bases de todo el desarrollo posterior y de las decisiones tomadas que se convierten, por extensión, en interesantes puntos de giro. Por supuesto, esto no quiere decir que estemos hablando de una película que pueda ser considerada sobresaliente. Existen varios puntos débiles en su guión, entre ellos las motivaciones de algunos personajes, que quedan definidas de forma algo esquemática, o la falta de profundidad en las relaciones entre los personajes, que debilitan a su vez algunas partes del desarrollo.

Con todo, esto puede que no debiera ser considerado como una debilidad. Porque la realidad es que esta cinta no pretende erigirse como un referente. Al contrario, parece planteada como un entretenimiento. Muy bueno, pero entretenimiento al fin y al cabo. Y en esto Snyder es un maestro. Alejado del abuso que ha hecho en los últimos films de sus más característicos recursos (cambios de ritmo, cámaras lentas, etc.), el director apuesta por un aspecto formal más sobrio, en el que deja su personal huella pero que permite respirar al espectador. A pesar de las carencias del apartado de efectos digitales, lo cierto es que la labor tras las cámaras ofrece, por ejemplo, un final digno de un film de estas características, amén de varios momentos dramáticos brillantes en los que se aprovechan todos los elementos, desde los efectos hasta la fotografía o el sonido.

Desde luego, Liga de la Justicia no es una obra cúlmen del género superheróico, pero cumple su objetivo. Es más, lo hace brillantemente. Snyder logra quitarse ciertas obsesiones para narrar una historia sólida, fresca y dinámica en la que el humor hace de puente entre la acción y el drama. Su reparto, aunque irregular en sus interpretaciones (Gal Gadot vuelve a ser la mejor con mucha diferencia), desprende una comodidad pocas veces vista, lo que ayuda a que la historia adquiera un ritmo propio en las diferentes historias secundarias que se dan cita en esta aventura. No es perfecta, pero sí sienta las bases, en la línea que ya lo hizo Wonder Woman, para el futuro de las adaptaciones de esta casa.

Nota: 7/10

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‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

‘Supergirl’ se entrega a la comedia dramática adolescente en su 2ª T.


No voy a defender que Supergirl sea una gran serie de superhéroes. Más bien, un entretenimiento inocente con superpoderes y efectos especiales de por medio. Pero la primera temporada presentaba, en cierto modo, varios conceptos interesantes relacionados con el mundo de los cómics y, en concreto, de DC Cómics. Todo eso parece haberse perdido, o al menos atenuado, en los 22 episodios de la segunda parte, que terminaron de emitirse en Estados Unidos en mayo y que, durante su desarrollo, han pasado por todo tipo de cambios para reubicar a la heroína de la capa en un contexto más adolescente, más romántico si se prefiere, con problemáticas que, en el fondo, se alejan en su mayoría de los valores promulgados en la anterior etapa.

Posiblemente todo esto tenga algo que ver (o mucho) con el cambio de cadena, pero sea como fuere la serie creada por Ali Adler (serie The New Normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos autores de Arrow) ha dado un giro conceptual más que notable, tanto por el sentido que han adquirido las aventuras de la última hija de Krypton como por el tratamiento que los personajes, sobre todo los secundarios, han pasado a tener. Y este es el caso más llamativo. A lo largo de la primera temporada se construyeron una serie de relaciones y se presentaron diversas tramas secundarias que parecían estar llamadas a complementar los combates de la prima de Superman. De golpe y porrazo, o mejor dicho a golpe de teclado, sus responsables han eliminado buen parte de ese universo construido, han desaparecido personajes que tuvieron cierto impacto en la historia y se ha dado un nuevo sentido a algunos personajes. El caso más evidente es el de la hermana de la protagonista, interpretado por Chyler Leigh (Brake).

Muchos cambios, en efecto, pero lo relevante es si influyen, y cómo, en el desarrollo de Supergirl. Desde luego, la respuesta más inmediata y genérica es que sí, influyen y mucho. Y como en cualquier producción, la subjetividad juega un papel fundamental. Por un lado, todas estas modificaciones aportan al conjunto mayor dinamismo, incidiendo más en la aventura y en el carácter despreocupado y “blanco” de la serie. Dicho de otro modo, la segunda temporada acentúa el carácter más luminoso de la protagonista y, por ende, de la serie, acercándola a otras producciones como The flash en su primera temporada. Poco importa que el villano de turno sea más o menos poderoso; poco importan las dificultades de la heroína. Al final, todo sale bien, en algunos casos con ayuda (la incorporación de Superman, al que da vida Tyler Hoechlin -serie Teen wolf– es de lo más acertado de la trama) y en otros por su cuenta, lo que resta gravedad a la narración y la presenta como puro entretenimiento.

Pero por otro, convierten a la historia en una producción más de corte adolescente, con problemas amorosos que parecían superados, incluso, en algunos momentos de la primera temporada. Y esto, a priori, no sería algo negativo si no fuera porque el recorrido de estas tramas secundarias, al menos hasta el tercio final de la historia, es prácticamente inexistente, lo que evidencia la falta de fuerza de las mismas. Esto obliga a un tratamiento circular, es decir, a presentar un desarrollo positivo, un conflicto (si no el mismo, muy similar) que ponga en valor aún más la relación romántica, una disculpa (verbal o de acción) y vuelta a empezar. Posiblemente lo mejor de este caso es que, con el final que han tenido estos 22 capítulos, se ha apostado fuerte por hacer avanzar la acción y plantear una tercera temporada con nuevos retos. Al menos a tenor de las últimas imágenes.

Los Luthor, omnipresentes

Dejando a un lado el tratamiento dramático de la historia, la segunda temporada de Supergirl también confirma una idea que parecía entreverse en la primera tanda de episodios, y es el hecho de que sus creadores parecen haber hecho una apuesta clara por convertir este universo en la versión femenina de Superman, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Si en la anterior temporada se hizo a través de varios villanos tradicionalmente asociados al hombre de acero, en estos capítulos la presencia de la familia Luthor no hace sino confirmar ese aire de homenaje al superhéroe más icónico de DC. Y como no podía ser de otro modo, el nombre del archienemigo de Superman está representado por mujeres. No una, sino dos. Es evidente que su presencia en esta temporada, además de apoyar algunas tramas secundarias, tiene por objetivo crear toda una estructura que permita construir una auténtica confrontación héroe-villano capaz de perdurar en el tiempo y que sea ajena, en cierto modo, a las historias de cada temporada.

De este modo, el clan Luthor está llamado a convertirse en el otro pilar fundamental de la serie, una suerte de enemigo con el que jugar al gato y al ratón con el espectador. La labor en este caso de Katie McGrath (Jurassic World) y la química con Melissa Benoist (El viaje más largo) serán fundamentales para poder sostener el delicado equilibrio entre la amistad y la enemistad de ambos personajes, así como para decantar hacia un lado u otro en el momento exacto y con un desarrollo coherente.

Lo que también parece que va a aprovechar la serie es toda la iconografía cultural generada alrededor del héroe de la capa roja, lo que por cierto consolida esa versión femenina de Superman en que parece convertirse esta serie (y que personalmente considero que es un error). La presencia en esta temporada de Teri Hatcher, la Lois Lane de Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman, unida a la ya conocida de Dean Cain (Superman en la misma serie) crean todo un metalenguaje que los más fieles seguidores del personaje y sus diferentes adaptaciones en cine y televisión comprenderán mejor que nadie. El guiño de Kevin Sorbo, protagonista de otra conocida serie como es Hércules: Sus viajes legendarios, apoya además la teoría de que la serie contará con la presencia de actores a los que se asocia con clásicos personajes del cine o la televisión.

No se puede decir que Supergirl haya sido nunca una serie oscura, o al menos dramática, como puede serlo Arrow. Sin embargo, esta segunda temporada ha experimentado un giro hacia el drama adolescente que ha afectado significativamente al desarrollo de la trama. Primero porque han surgido personajes casi de la nada que han arrastrado con ellos una serie de historias secundarias cuyo encaje en el universo ya creado de la trama principal es cuanto menos cuestionable. Segundo porque ha habido secundarios que, o bien se han quitado de en medio de un plumazo, o bien se les ha dado una salida un tanto, digamos, increíble (que el fotógrafo James Olsen se convierta en justiciero es de lo más surrealista que puede existir). El final de la temporada, abierto como es habitual, deja la esperanza de que, una vez sentadas todas las bases del cambio experimentado en estos 22 episodios, la serie recupere cierta normalidad.

‘Superman/Batman/Wonder Woman: Metropolis’, fusión de cómic y expresionismo alemán


He de reconocer que la idea inicial de esta sección era la de abordar volúmenes que analizaran los diferentes aspectos del cine, ya fuera en su parte más técnica o en lo referente a géneros, historia o entrevistas. Por eso puede resultar extraño hablar aquí de un cómic, pero sus implicaciones cinematográficas y la calidad de su relato es tal que es conveniente hacer un breve análisis de lo que puede aportar al séptimo arte, o de lo que el cine aporta a las viñetas de Superman/Batman/Wonder Woman: Metropolis, un recopilatorio de tres volúmenes creados por RAndy Lofficier, Jean-Marc Lofficier y Ted McKeever, y que enmarcan los orígenes de estos tres superhéroes de DC Cómics en un relato marcado por el expresionismo alemán.

Cada lector que se acerque a este recomendable ejemplar decidirá cuál de las tres historias es la mejor, pero sin duda la que afecta al hombre de acero es la más fiel a la que posiblemente sea la cinta más icónica del movimiento cinematográfico surgido en los años 20. La utopía futurista de Metrópolis (1927) creada por Fritz Lang adquiere en estas páginas una interpretación cuanto menos interesante que obliga a una reflexión sobre el bien y el mal, sobre el perdón y la venganza, que enriquece la ya de por sí completa obra del director alemán. Resulta sorprendente comprobar cómo encaja la historia de Clark Kent (rebautizado como Clarc Kent-son) en la trama original. A pesar de los cambios de nombres y de ciertas licencias dramáticas, los creadores de este cómic logran una fusión perfecta entre ambos relatos, entre ambos lenguajes, y la mejor evidencia son las primeras viñetas, que narran casi exactamente igual el comienzo de la película

Y es que si la historia deja sin palabras, el dibujo de McKeever resulta casi apabullante. Con un trazado que rememora en todo momento el arte de comienzos del siglo XX, el autor imprime un dramatismo único al trágico relato de este joven que quiere construir una ciudad mejor en la que amos y obreros convivan sin someterse los segundos a los primeros. Un dramatismo acentuado además por el recurso del color, puramente expresionista (aunque menos que la historia de Batman, de la que hablamos a continuación). Por supuesto, y como mencionaba antes, existen ciertas licencias dramáticas necesarias en un relato de superhéroes, sobre todo en lo referente al modo de derrotar al villano de turno. Y aunque para muchos pueda resultar algo forzado, en líneas generales encaja perfectamente en el tratamiento del resto de la trama, lo que evidencia la grandeza y universalidad de una obra como Metrópolis, capaz de acoger en su seno dramático cambios notablemente marcados.

Batman, el Nosferatu

Posiblemente el relato más fiel a una película del expresionismo alemán sea el de Superman, pero sin duda el que mejor capta el espíritu visual de este movimiento cinematográfico es el que tiene como protagonista a Batman. Tomando como referencia dos obras clave como Nosferatu (1922) y El Gabinete del Dr. Caligari (1920), la historia se adentra en las sombras para abordar un relato mucho más lúgubre, marcado por la muerte, la desesperación y la manipulación. Sobre estos tres pilares narrativos el cómic construye un relato en el que los juegos de sombras son fundamentales, siguiendo la estela de las dos películas que toma como referencia y proyectando este expresionismo en un nuevo lenguaje.

De nuevo, y más allá de las necesarias concesiones al mundo de los superhéroes, combate entre Batman y Superman incluido, las referencias cinematográficas parecen impregnar todas y cada una de las viñetas. Con unos personajes mucho más retorcidos física y moralmente hablando, el relato de este Hombre Murciélago/Nosferatu acoge en su seno igualmente buena parte del significado que este movimiento cinematográfico tuvo en su momento. La lucha contra el dominio de un hombre sobre el resto de hombres, la locura que afecta a unos personajes que poco a poco se acercan más a monstruos que a seres humanos, e incluso la idea de controlar el destino se asoman en estas páginas en las que la noche se impone al día, y las sombras a la luz.

Wonder Woman, la Amazona Azul

El tercer relato, centrado en el personaje de Wonder Woman, es sin duda el más “tradicional”, si es que dicho término se puede aplicar en el caso que analizamos aquí. Los motivos son varios, entre ellos que las películas que toma como referencia, El ángel azul (1930) y El Dr. Mabuse (1922), aunque encajan dentro del expresionismo alemán, se alejan notablemente de los conceptos y características que definieron este movimiento, sobre todo la primera. Es cierto que se mantienen algunos de los conceptos ya mencionados, destacando la idea de que un individuo sea capaz de ejercer un control físico y psicológico sobre el resto, pero el tratamiento visual se aleja ostensiblemente de lo visto en los dos anteriores volúmenes, al igual que ocurre, en cierto modo, en la apuesta visual de las películas.

Y desde luego, es la historia más “superheróica” y menos “expresionista” de las tres. Dicho de otro modo, el relato de esta Mujer Maravilla se sumerge de forma más evidente en los parámetros e iconos tradicionales del relato de este tipo de superhéroes, alejándose al mismo tiempo de todo aquello que aporta el movimiento cinematográfico alemán. Desde un punto de vista puramente visual también destaca esta apuesta, con un trazo más definido y un tratamiento del color más rico, abandonando los contrastes de luces y sombras, algo que destaca sobremanera en el tramo final de esta historia, donde por cierto se da cita la versión expresionista de muchos personajes de DC Cómics.

En cualquier caso, este último relato es el colofón de una trilogía apasionante, tanto para los amantes del cómic como para los apasionados del expresionismo alemán. Las conexiones entre las viñetas y los fotogramas de las películas mencionadas son tan evidentes en algunos casos que las fronteras entre uno y otro lenguaje desaparecen, evocando en sus páginas el movimiento de las máquinas de esa ciudad de obreros y amos, las sombras del primer vampiro del cine o la seducción de un ángel azul. Y aun siendo superhéroes, los personajes quedan relegados muchas veces a un mero hilo conductor de una historia que les supera y en la que los géneros se mezclan para ofrecer un producto único, una fusión entre cine y cómic que inevitablemente obliga a revisionar las películas casi al tiempo que se leen las páginas. No es un libro de cine, pero pocos libros de cine son capaces de lograr esto.

‘Wonder Woman’: La mujer maravilla


Feminismos aparte, la adaptación a la gran pantalla de la superheroína de DC Cómics se ha convertido en todo un fenómeno por algo tan sencillo y a la vez tan difícil como ofrecer un entretenimiento puro y duro sin caer en el infantilismo ni en el absurdo del espectáculo. Es evidente que la fortaleza del personaje principal marca una diferencia fundamental, pero lo realmente relevante de la nueva película de Patty Jenkins (Monster) es su capacidad para construir un relato redondo, con un equilibrio perfecto entre humor, aventura y acción, y con un desarrollo de personajes, al menos de los principales, lo suficientemente profundo como para que resulten sólidos o, al menos, entrañables.

Y esto convierte a Wonder Woman en una de las mejores películas de este nuevo universo cinematográfico que está empezando a nacer. La cinta ofrece un relato sustentado en un personaje único, una mujer en un mundo de hombres capaz no solo de demostrar que no es la chica que tiene que ser salvada, sino que es capaz de superarles en todo. Y a pesar de los consabidos superpoderes, estos quedan relegados a un segundo plano (al menos hasta la parte final del film) en favor del tratamiento de los personajes, de sus relaciones y de la sociedad en la que se desarrolla la acción. Esto permite jugar en todo momento con el humor y la ironía que generan la inocencia inicial de la protagonista en un mundo recién descubierto. Por supuesto, a todo esto se suman unas secuencias de acción tan espectaculares como cabría esperar, que beben casi en su mayoría (y tal vez demasiado) del gusto de Zack Snyder, cerebro de este universo superheróico (no en vano, es autor de esta historia), por la cámara lenta.

El mayor problema de la cinta es, sin duda, sus necesarias concesiones dramáticas, que rompen un desarrollo bien construido y que provocan algunas secuencias cuanto menos forzadas para poder hacer avanzar la acción en el sentido deseado. Ya sea la relación romántica entre los protagonistas, el poco tratamiento de los villanos o el modo en que el personaje de Gal Gadot (Las apariencias engañan) se enfrenta a algunas situaciones, lo cierto es que estas debilidades narrativas no llegan nunca a eclipsar el espléndido resultado final, y aunque pueden generar cierta desconexión en la historia, en ningún caso afectan tanto como para ser lo más recordado de esta aventura que, esperemos, siente las bases de un futuro esperanzador.

En definitiva, Wonder Woman no deja de ser una espectacular cinta de aventura y acción, con sus dosis de humor y sus momentos dramáticos. Dicho de otro modo, una peli de superhéroes. Pero en esa categoría, y después de tantos años, se puede distinguir entre las mediocres y las producciones más completas, y la cinta de Jenkins pertenece a esta segunda categoría. Y como suele ser habitual, esto es así porque huye de forma casi sistemática de los efectos especiales sin sentido para centrarse en los personajes, en construir una historia con un trasfondo moral en el que los protagonistas afronten retos personales con forma de enemigo externo. El hecho de conocer poco a poco el origen de la protagonista aporta un plus de dramatismo que, aunque pueda intuirse, se mantiene de forma más o menos secreta durante casi todo el metraje. Lograr eso en una película de estas características ya es todo un reto. Y sí, que se convierta en un modelo a seguir por las niñas, con los defectos que se le pueden encontrar, debería ser suficiente para alabar esta cinta.

Nota: 8/10

‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Batman: La LEGO película’: apuesta siempre al negro


Batman deberá recurrir a sus amigos para vencer en 'Batman: La LEGO película'.El estreno hace unos años de La LEGO película (2014) fue una sorpresa para propios y extraños. No solo por la animación, sino por el mensaje que lanzaba a los más pequeños y, sobre todo, por un giro final tan original como significativo. Y puestos a explotar este mundo de construcción, qué mejor que hacerlo con la versión de uno de los mayores superhéroes del cómic cuya presencia en el cine ha sido, además, habitual en los últimos años. La pregunta es si es algo diferente o simplemente más de lo mismo.

La respuesta es un poco de ambas. Desde un punto de vista narrativo, la historia es un viaje por el trasfondo del personaje de DC Cómics a lo largo de los años, pero también por el cine (puede que los más pequeños no entiendan alguna referencia). Momentos como ese repaso a las versiones cinematográficas y televisivas del hombre murciélago, la introducción de fotogramas de algunas películas o la presencia de personajes de referentes del cine como King Kong, Harry Potter o El Señor de los Anillos convierten a esta cinta en algo más que otra simple historia de superhéroes en la que el héroe termina derrotando al villano. Su capacidad de combinar historias, personajes y referentes otorga al conjunto una versatilidad única que impide que el ritmo decaiga, al menos no demasiado, durante sus 105 minutos.

Ahora bien, el trasfondo, el mensaje que proyecta, es similar al que ya lanzó su predecesora, y aunque es evidente que el diseño tiene que ser necesariamente igual, su director Chris McKay recurre a herramientas, gags y tópicos que no solo se utilizaron en la anterior película de LEGO, sino en muchas otras historias. Esto no es necesariamente un problema, sobre todo para los más jóvenes de las salas de cine, pero sí puede afectar en cierto modo al interés que suscita, amén de perjudicar al ritmo en muchos momentos del film. Es de agradecer, sin embargo, que incluso con esos estereotipos la cinta es capaz de reírse de sí misma y burlarse de sus propias limitaciones, lo cual es buen síntoma.

Desde luego, Batman: La LEGO película no es mejor que la anterior cinta de este mundo de construcción, entre otras cosas porque la película ha perdido el factor sorpresa. Pero tampoco es peor, ni mucho menos. A pesar de jugar con conceptos similares y de recurrir en muchos casos a un humor parecido, tiene una narrativa tan dinámica, con tantas referencias, que hace las delicias de cualquier fan del personaje, e incluso de aquellos que sencillamente conozcan por encima su historia. Amistad, familia, diversión y humor unen a héroes y villanos en este Gotham City de piezas y bloques, por lo que, en efecto, si hay que apostar por algo en este film, es por el negro.

Nota: 6,5/10

‘Supergirl’, o cómo convertir una 1ª T. en un cúmulo de referencias


Melissa Benoist da vida a 'Supergirl' en su primera temporada.Si Arrow fue la punta de flecha del mundo DC en la televisión, The Flash se ha convertido en el producto irónico y destinado a distraer al espectador. Y con estas referencias, la nueva superheroína necesitaba diferenciarse de algún modo de sus predecesores. Es por eso que Supergirl ha tenido que recurrir a una fórmula ya conocida aunque no por ello menos eficaz. Ali Adler (serie The new normal) y los creadores de este mundo superheroico en televisión, Greg Berlanti y Andrew Kreisberg, optan por el humor adaptado a una serie de referencias cinéfilas, seriéfilas y de los cómics originales que buscan en todo momento hacer las delicias de los más fieles seguidores, pero que pierden por el camino una importante máxima narrativa.

Dicha máxima es, precisamente, que cualquier historia tiene que intentar llegar al máximo número de receptores posible. Ahí estuvo, por ejemplo, el éxito del arquero verde. El problema de esta prima del hombre de acero es que en su primera temporada de 20 episodios apenas ha tenido una definición propia. Todo en ella recuerda a algo, sobre todo si se tiene cierto conocimiento del universo en el que transcurre la historia. El dibujo de la heroína principal, a cargo de Melissa Benoist (Whiplash), no tiene grandes dilemas internos y presenta unos valores rectos que la convierten en una “niña buena”. Los villanos, ya sean terrícolas o extraterrestres, la atacan por miedo, por ignorancia o por venganza. Y ella al final salva el mundo aunque el mundo no quiera ser salvado.

El arco dramático de la protagonista y de estos primeros pasos de Supergirl se convierte, de este modo, en un refrito de historias, en una sucesión de aventuras que, aunque tiene un cierto hilo conductor dramático relacionado con el pasado de los protagonistas, en el fondo no ofrece ninguna carga dramática añadida a un presunto trasfondo moral o personal de la heroína. Dicho de otro modo, con roles más o menos planos las historias se vuelven, pues eso, planas, y en consecuencias las aventuras, recurriendo a notables efectos digitales, buscan únicamente un entretenimiento sencillo, directo e intrascendente.

Con todo, esta primera temporada logra en su tercio final ofrecer al espectador algo más, una cierta complejidad dramática que desvela ciertas caras ocultas hasta ese momento de muchos de los personajes principales. Esto, unido a decisiones poco ajustadas a la recta moral de la heroína, hacen que la trama apunte a algo diferente que habrá que descubrir en su segunda etapa, estrenada hace algunas semanas y que, aunque es evidente que no modificará sustancialmente su esencia, sí podría aportar algo más de entramado narrativo a un desarrollo excesivamente lineal y deliberadamente carente de conflictos reales más allá del malo de turno al que derrotar.

Secundarios al poder

Curiosamente, y esto empieza a ser algo habitual en este tipo de producciones, los personajes más interesantes son los secundarios. Frente a la debilidad inherente del personaje de Supergirl (debilidad dramática, claro está), roles como el de Calista Flockhart (serie Cinco hermanos) o el villano/aliado interpretado por Peter Facinelli (Crepúsculo) se convierten muchas veces en auténticos protagonistas de la trama por encima de la mujer de acero. Y esto, en cierta medida, también es una traslación de lo que le ocurre al personaje de Superman, lo que no deja de confirmar que esta serie es una suerte de reinterpretación de sus aventuras en clave femenina, cuando en realidad debería ser algo diferente.

Y me explico. Frente a la ausencia de Lois Lane o de Lex Luthor, los creadores de la serie se han buscado a una periodista con garra y que lucha por lo que considera correcto que interpreta magníficamente Flockhart, no sin ciertas referencias a aquel rol que plasmó para la eternidad Margot Kidder en Superman (1978), y que al final se convierte en un modelo para la joven heroína tanto dentro como fuera de la redacción en la que trabaja. Del mismo modo, aunque de forma menos evidente, la interpretación de Gene Hackman (Sin perdón) en aquel film también está presente en la labor de Facinelli, a medio camino entre el odio a lo que no conoce y la necesidad de hacer el bien. Por supuesto, la influencia de Lex Luthor se aprecia más en el aspecto del odio.

Ambos personajes son, sin embargo, solo un ejemplo de lo que ocurre en esta serie. En realidad, la historia sobre esa organización secreta que protege al planeta de los extraterrestres o todo lo que tiene que ver con el pasado de la protagonista son los grandes pilares narrativos en los que se sustenta esta primera temporada. Y en mayor o menor medida, aunque todos ellos cuentan con la heroína como nexo de unión, en realidad el personaje de Benoist no deja de ser eso, un nexo que podría cambiarse o sustituirse y no pasaría nada, o al menos no demasiado. Dicho de otro modo, su influencia en las diferentes historias que aparecen en la trama es mínima, en algunos casos nula.

Todo ello convierte a esta primera temporada de Supergirl en un producto excesivamente limpio, sin conflictos dramáticos excesivamente complejos y con una clara apuesta por el entretenimiento más simple y directo. Y es una apuesta tan legítima como cualquier otra, pero el problema es que los personajes carecen de dimensión y tienden a convertirse en estereotipos. Eso por no hablar del desarrollo plano de las tramas. La esperanza se encuentra en el final de la temporada, más agresivo y marcado por el impacto dramático de algunas decisiones que, esperemos, abra una nueva vía narrativa en la segunda temporada. Por supuesto, no espero que sea un cambio radical, pero sí al menos una modificación de la tendencia que se sigue hasta ahora.

‘Gotham’ explora la oscuridad de Batman en su 2ª temporada


La locura y la oscuridad han protagonizado la segunda temporada de 'Gotham'.La primera temporada de Gotham fue un soplo de aire fresco en el subgénero de superhéroes. Primero porque ofrecía una visión diferente sobre personajes ya conocidos, y segundo porque exploraba las complejas relaciones entre los principales héroes y villanos en el mundo de Batman creado en las páginas de los cómics de DC. Pero la segunda temporada ha ido un paso más allá (como cabría esperar, por otro lado) y se ha revelado como una auténtica reinterpretación del mito, en clave adolescente pero con un notable sentido dramático que la aleja de productos sensibleros o tendentes al dramatismo más teatralizado.

Lo que ha logrado su creador, Bruno Heller (serie El mentalista) con estos 22 episodios es ampliar el mundo de la ciudad del murciélago hasta límites insospechados. Mientras la primera etapa se centró más en la relación entre Bruce Wayne y James Gordon, esta segunda apuesta por separar a estos personajes para enfrentarlos a sus propios miedos, a sus propias limitaciones. Por supuesto, esto es un análisis excesivamente genérico, pero en líneas generales, y teniendo en cuenta el final de temporada, la impresión que deja la serie es la de tratar de abarcar más conceptos, tramas y personajes conocidos por los fans.

Esto tiene algo bueno y algo malo. Lo bueno, y lo desarrollaré más adelante, es que los personajes han evolucionado de forma más que notable. Lo malo, y no es algo menor, es que la serie ha perdido parte de la esencia que tuvo en su comienzo, cuando se anunció que Gotham abordaría los orígenes de Batman. El hecho de que la mayor parte de los villanos más famosos del personaje (Joker, Enigma, Dr. Strange, Mr. Freeze, Pingüino, etc.) aparezcan en la historia sembrando el caos y el terror da al traste con esa idea, fundamentalmente porque desecha la línea argumental seguida en los cómics, películas y series de televisión anteriores. Esto siempre es peligroso, y me explico.

Mientras el peso de la historia siga cayendo sobre los hombros de Ben McKenzie (El marido de mi hermana) y la serie se mantenga como un thriller policíaco con dosis de ciencia ficción tiene capacidad para crecer. Sin embargo, si se opta por dirigir el argumento hacia un tono más adolescente, menos oscuro y trágico, la ficción podría derivar en algo tópico, carente del atractivo con el que comenzó y obligada a ofrecer algo más para suplir esa carencia. A priori, todo apunta a que Heller mantendrá el espíritu inicial, pero ya se han visto algunas concesiones en esta segunda temporada. Concesiones menores, es cierto, y algunas incluso necesarias, pero en cualquier caso sintomáticas.

Más oscuridad, más adulto

Con todo, lo más destacable de la segunda temporada de Gotham es la oscuridad que ha adquirido en todos sus aspectos. Gracias a algunos villanos, pero sobre todo al tratamiento de los principales personajes, la serie ha evolucionado en un sentido casi inesperado, y desde luego imprevisto para una segunda temporada. En cierto modo, la serie tiene un punto de inflexión a mitad de temporada (más o menos como toda serie que se precie hoy en día) con la decisión tomada por el personaje de McKenzie. Su James Gordon, figura de la integridad policial y de la justicia por encima de cualquier otro valor, se quebranta ante un enemigo que logra sacar a relucir el carácter más violento y, en cierto modo, corrupto (al menos de sus valores) de su personalidad. Esto, que podría parecer secundario, permite ofrecer otra visión del personaje, más acorde con lo que se conoce de él en el mundo de los cómics que con la imagen de héroe que tenía en la primera temporada.

Aunque sin duda el giro más interesante es el de Bruce Wayne/David Mazouz (serie Touch). Mostrado como un niño en los primeros compases de la trama, en esta segunda etapa, sobre todo en su tercio final, se ha convertido en un personaje que empieza a mostrar todo aquello que le convierte en Batman. Y no me refiero al desarrollo de sus habilidades físicas, que también, sino al carácter y el razonamiento que definen a este superhéroe. Por primera vez el espectador ve cómo toma la iniciativa para sonsacar información; por primera vez, el miedo a la muerte desaparece de su rostro. Todo ello, unido a una impecable actuación del joven Mazouz, da un giro al niño algo mimado y traumatizado por la muerte de sus padres que se presentó en la primera parte. Y es una decisión que, en el fondo, define todo el sentido de la producción a partir de ahora, sobre todo si se quiere que el peso termine cayendo sobre sus hombros.

Este carácter más oscuro que tanto reitero en el análisis viene acompañado de una visión más adulta de la trama. Es cierto que hay varias decisiones enfocadas a los adolescentes; y es cierto también que de repetirse en el futuro pueden convertirse en un punto débil. Pero en líneas generales la historia, héroes, villanos y secundarios incluidos, ha dado un paso más hacia la madurez de su argumento. El arco dramático de cada personaje está marcado, más que nunca, por sus propias dualidades. Cierto es que uno de los que mejor representan este cambio es Cory Michael Smith (Carol) y su Enigma, pero todos han hecho gala de esa dualidad entre locura y cordura, entre lo correcto y lo incorrecto.

Se puede decir, en este sentido, que la segunda temporada de Gotham es la temporada de la dualidad. Y eso es algo que, en el caso que nos ocupa, resulta todo un acierto, pues permite a los responsables ofrecer un drama marcado por las dudas personales, por la traición a los que nos rodean y a nosotros mismos. Esa capacidad de la serie de trasladar la problemática moral a los conflictos externos (que al fin y al cabo es lo que debería ser todo buen conflicto) convierte a este thriller policíaco en un rara avis dentro de las producciones de superhéroes. El final de esta etapa, además, abre la puerta a un futuro aún más aciago, con poca o ninguna esperanza para una ciudad consumida por el crimen. ¿Veremos en la próxima los primeros pasos de un joven murciélago?

‘Escuadrón Suicida’, unos buenos malos… ¿o eran malos buenos?


Will Smith y Margot Robbie lideran el 'Escuadrón Suicida' de David Ayer.A tenor de las críticas recibidas, debo de ser de los pocos que defienden Escuadrón Suicida. Y la verdad es que no me arrepiento. Argumentos a su favor tiene, como también los tiene en su contra. Vamos, lo que le viene a pasar al 80% de las películas, y lo que prácticamente ocurre en todas las cintas de superhéroes. El problema, o al menos uno de los más importantes, de la cinta de David Ayer (Corazones de acero), no radica en la propia historia, sino en algo que va más allá de la película, y que tiene un nombre: DC Cómics. La reciente obsesión por juntar en pantalla a un grupos de personajes conocidos por los amantes de los cómics está llevando a esta compañía a hacer películas irregulares, de difícil narrativa, pero con mucha espectacularidad.

La verdad es que esta película con un plantel de actores más que notable merece un análisis más profundo que el de la mera crítica, de ahí este extenso texto. A David Ayer se le puede acusar de muchas cosas, pero desde luego no de lo principal en cualquier película de superhéroes/supervillanos: entretenimiento. Porque esta reunión de malos no tan malos (hay buenos que son peores) es eso, puro y sencillo entretenimiento. El que quiera buscar algo más puede que lo encuentre, pero saldrá mayormente decepcionado. Y la verdad es que la película no busca nada más. Secuencias brillantemente ejecutadas, un humor algo irregular pero efectivo, sobre todo cuando recae sobre Margot Robbie (La leyenda de Tarzán) y su ya imprescindible Harley Quinn, y algunos diálogos que permiten hacer avanzar la acción son las señas de identidad. Vamos, lo mismo que ocurre en Los Vengadores y cintas similares.

Quizá la mejor defensa para este argumento es que Escuadrón Suicida dura dos horas y apenas se nota, logrando superar los baches propios de la narrativa de forma más o menos solvente. Pero volvamos sobre el reparto, o mejor dicho sobre esa pareja formada por Robbie y Jared Leto (El señor de la guerra), un Joker menos alocado y más psicópata que sin duda eleva el tono del film cada vez que aparece… y se hace poco. Ambos personajes, sin duda los mejor definidos e interpretados, son el mejor ejemplo de cómo los secundarios (o protagonistas con menor peso en la trama) pueden terminar por arrebatar el protagonismo de una historia. Y este sí es un punto débil de la película, que abordaré a continuación.

Pero junto a ellos hay todo un grupo de actores solventes, disfrutando de sus respectivos papeles y demostrando que la película puede funcionar en todos sus aspectos. El desarrollo dramático conseguido por Ayer, aunque claramente diferenciado en dos partes, es lo suficientemente sólido como para componer un mosaico de aventura, acción y humor en el que cada personaje, al menos los principales, está definido no solo por sus motivaciones, sino por su pasado y por su personalidad. Otra cosa es lo que ocurre con el resto de secundarios y lo que cabría esperar de la cinta. En cualquier caso, no se puede negar que esta cinta es una pieza más en la construcción de ese mundo cinematográfico de DC, y personalmente creo que es una pieza interesante y atractiva.

Al humo de las velas

Pero seamos sinceros. Escuadrón Suicida no es una película perfecta. De hecho, posiblemente no sea de las mejores de superhéroes. Y varios son sus problemas, que en principio no afectan al disfrute de estas aventuras, pero que sí pueden resultar determinantes para un tipo de público, sobre todo el más especializado. Para empezar, y como comentaba al inicio, DC Cómics llega tarde. Más bien, llega al humo de las velas a esta especie de fiesta en que se han convertido las películas de superhéroes. Con un tono más oscuro que su eterno rival, Marvel Cómics, la compañía ha querido resumir en un par de películas los años de trabajo en la pantalla grande que lleva su competidora. Y eso pasa factura, en algunos casos más grande que en otros.

En la película que nos ocupa, esto se traduce en una necesidad de presentar a demasiados personajes en una sola historia. Si algo han demostrado este tipo de films es que presentar a más de un personaje en la trama (además del héroe, claro está) tiende a ser un problema narrativo más que evidente. Ha pasado con todos, desde Spider-Man a Batman. Y si eso es así, ¿qué puede ocurrir cuando son 10 los roles a desarrollar? Aunque la opción elegida por Ayer no es la peor de todas, desde luego deja muchas lagunas. Para empezar, divide claramente la historia en dos, impidiendo un desarrollo más o menos profundo de la trama principal y su respectiva amenaza. Además, el director y guionista se ve obligado a desarrollar únicamente a los principales, dejando al resto a su suerte y a tratar de resumir su historia en una sola frase, con suerte en una mínima secuencia. Esta idea, aunque efectiva, termina por desdibujar a este grupo de villanos, convirtiendo a muchos de ellos en arquetipos lineales con poca o ninguna diferencia entre ellos, salvo sus habilidades y su aspecto, claro está.

Y precisamente los villanos es otro punto débil de la cinta. Puede parecer irónico que una cinta que se basa en un grupo de malos tenga como debilidad precisamente eso, pero así es. El problema es la necesaria humanización de los personajes. Todos ellos, sobre todo los principales, deben tener un aspecto con el que se puedan identificar los espectadores. Y esto termina siendo un problema, amén de escoger a actor como Will Smith (La verdad duele), héroe por antonomasia del cine de aventuras moderno, para un asesino a sueldo que parece más una figura paternal para el resto de supervillanos. La película utiliza dos herramientas para esa humanización, a cada cual más peligrosa. Por un lado, convertir a los presuntamente buenos, y en general a todos los que les rodean, en más malos que los propios villanos. Y por otro, demostrar que todos los malos lo que buscan, en realidad, es una vida tranquila, sencilla y en paz.

Eso es algo que no funciona, al menos no como vehículo para demostrar que son villanos sin escrúpulos que pueden lograr la redención con sus buenas acciones por un bien mayor. Y no funciona porque, además de que parecen héroes en lugar de antihéroes, los buenos parecen demasiado inocentes. Algo que representa a la perfección el personaje de Joel Kinnaman (serie House of cards), quien comienza la cinta aparentando un desprecio hacia su escuadrón de villanos y termina por ser amigo de asesinos, psicópatas y monstruos. Y ni siquiera la muerte inicial de un miembro del grupo puede eliminar la sensación de que estos antihéroes son héroes; para eso ya se cuidan mucho de que el único que muere es aquel que no tiene casi ni presentación. El resultado final es que Escuadrón Suicida funciona como película de superhéroes, no de supervillanos obligados a hacer el bien. Funciona por su entretenimiento, aunque falla en algunos aspectos que para muchos pueden ser fundamentales. Ahora bien, se disfruta mucho, tanto de la acción como del humor, de su banda sonora y de la locura que imprimen al conjunto Leto y Robbie. Al final, como todo, la película funciona porque se encuentra en un punto intermedio. Y puede que ese sea el problema.

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