‘Wonder Woman’: La mujer maravilla


Feminismos aparte, la adaptación a la gran pantalla de la superheroína de DC Cómics se ha convertido en todo un fenómeno por algo tan sencillo y a la vez tan difícil como ofrecer un entretenimiento puro y duro sin caer en el infantilismo ni en el absurdo del espectáculo. Es evidente que la fortaleza del personaje principal marca una diferencia fundamental, pero lo realmente relevante de la nueva película de Patty Jenkins (Monster) es su capacidad para construir un relato redondo, con un equilibrio perfecto entre humor, aventura y acción, y con un desarrollo de personajes, al menos de los principales, lo suficientemente profundo como para que resulten sólidos o, al menos, entrañables.

Y esto convierte a Wonder Woman en una de las mejores películas de este nuevo universo cinematográfico que está empezando a nacer. La cinta ofrece un relato sustentado en un personaje único, una mujer en un mundo de hombres capaz no solo de demostrar que no es la chica que tiene que ser salvada, sino que es capaz de superarles en todo. Y a pesar de los consabidos superpoderes, estos quedan relegados a un segundo plano (al menos hasta la parte final del film) en favor del tratamiento de los personajes, de sus relaciones y de la sociedad en la que se desarrolla la acción. Esto permite jugar en todo momento con el humor y la ironía que generan la inocencia inicial de la protagonista en un mundo recién descubierto. Por supuesto, a todo esto se suman unas secuencias de acción tan espectaculares como cabría esperar, que beben casi en su mayoría (y tal vez demasiado) del gusto de Zack Snyder, cerebro de este universo superheróico (no en vano, es autor de esta historia), por la cámara lenta.

El mayor problema de la cinta es, sin duda, sus necesarias concesiones dramáticas, que rompen un desarrollo bien construido y que provocan algunas secuencias cuanto menos forzadas para poder hacer avanzar la acción en el sentido deseado. Ya sea la relación romántica entre los protagonistas, el poco tratamiento de los villanos o el modo en que el personaje de Gal Gadot (Las apariencias engañan) se enfrenta a algunas situaciones, lo cierto es que estas debilidades narrativas no llegan nunca a eclipsar el espléndido resultado final, y aunque pueden generar cierta desconexión en la historia, en ningún caso afectan tanto como para ser lo más recordado de esta aventura que, esperemos, siente las bases de un futuro esperanzador.

En definitiva, Wonder Woman no deja de ser una espectacular cinta de aventura y acción, con sus dosis de humor y sus momentos dramáticos. Dicho de otro modo, una peli de superhéroes. Pero en esa categoría, y después de tantos años, se puede distinguir entre las mediocres y las producciones más completas, y la cinta de Jenkins pertenece a esta segunda categoría. Y como suele ser habitual, esto es así porque huye de forma casi sistemática de los efectos especiales sin sentido para centrarse en los personajes, en construir una historia con un trasfondo moral en el que los protagonistas afronten retos personales con forma de enemigo externo. El hecho de conocer poco a poco el origen de la protagonista aporta un plus de dramatismo que, aunque pueda intuirse, se mantiene de forma más o menos secreta durante casi todo el metraje. Lograr eso en una película de estas características ya es todo un reto. Y sí, que se convierta en un modelo a seguir por las niñas, con los defectos que se le pueden encontrar, debería ser suficiente para alabar esta cinta.

Nota: 8/10

‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Batman: La LEGO película’: apuesta siempre al negro


Batman deberá recurrir a sus amigos para vencer en 'Batman: La LEGO película'.El estreno hace unos años de La LEGO película (2014) fue una sorpresa para propios y extraños. No solo por la animación, sino por el mensaje que lanzaba a los más pequeños y, sobre todo, por un giro final tan original como significativo. Y puestos a explotar este mundo de construcción, qué mejor que hacerlo con la versión de uno de los mayores superhéroes del cómic cuya presencia en el cine ha sido, además, habitual en los últimos años. La pregunta es si es algo diferente o simplemente más de lo mismo.

La respuesta es un poco de ambas. Desde un punto de vista narrativo, la historia es un viaje por el trasfondo del personaje de DC Cómics a lo largo de los años, pero también por el cine (puede que los más pequeños no entiendan alguna referencia). Momentos como ese repaso a las versiones cinematográficas y televisivas del hombre murciélago, la introducción de fotogramas de algunas películas o la presencia de personajes de referentes del cine como King Kong, Harry Potter o El Señor de los Anillos convierten a esta cinta en algo más que otra simple historia de superhéroes en la que el héroe termina derrotando al villano. Su capacidad de combinar historias, personajes y referentes otorga al conjunto una versatilidad única que impide que el ritmo decaiga, al menos no demasiado, durante sus 105 minutos.

Ahora bien, el trasfondo, el mensaje que proyecta, es similar al que ya lanzó su predecesora, y aunque es evidente que el diseño tiene que ser necesariamente igual, su director Chris McKay recurre a herramientas, gags y tópicos que no solo se utilizaron en la anterior película de LEGO, sino en muchas otras historias. Esto no es necesariamente un problema, sobre todo para los más jóvenes de las salas de cine, pero sí puede afectar en cierto modo al interés que suscita, amén de perjudicar al ritmo en muchos momentos del film. Es de agradecer, sin embargo, que incluso con esos estereotipos la cinta es capaz de reírse de sí misma y burlarse de sus propias limitaciones, lo cual es buen síntoma.

Desde luego, Batman: La LEGO película no es mejor que la anterior cinta de este mundo de construcción, entre otras cosas porque la película ha perdido el factor sorpresa. Pero tampoco es peor, ni mucho menos. A pesar de jugar con conceptos similares y de recurrir en muchos casos a un humor parecido, tiene una narrativa tan dinámica, con tantas referencias, que hace las delicias de cualquier fan del personaje, e incluso de aquellos que sencillamente conozcan por encima su historia. Amistad, familia, diversión y humor unen a héroes y villanos en este Gotham City de piezas y bloques, por lo que, en efecto, si hay que apostar por algo en este film, es por el negro.

Nota: 6,5/10

‘Supergirl’, o cómo convertir una 1ª T. en un cúmulo de referencias


Melissa Benoist da vida a 'Supergirl' en su primera temporada.Si Arrow fue la punta de flecha del mundo DC en la televisión, The Flash se ha convertido en el producto irónico y destinado a distraer al espectador. Y con estas referencias, la nueva superheroína necesitaba diferenciarse de algún modo de sus predecesores. Es por eso que Supergirl ha tenido que recurrir a una fórmula ya conocida aunque no por ello menos eficaz. Ali Adler (serie The new normal) y los creadores de este mundo superheroico en televisión, Greg Berlanti y Andrew Kreisberg, optan por el humor adaptado a una serie de referencias cinéfilas, seriéfilas y de los cómics originales que buscan en todo momento hacer las delicias de los más fieles seguidores, pero que pierden por el camino una importante máxima narrativa.

Dicha máxima es, precisamente, que cualquier historia tiene que intentar llegar al máximo número de receptores posible. Ahí estuvo, por ejemplo, el éxito del arquero verde. El problema de esta prima del hombre de acero es que en su primera temporada de 20 episodios apenas ha tenido una definición propia. Todo en ella recuerda a algo, sobre todo si se tiene cierto conocimiento del universo en el que transcurre la historia. El dibujo de la heroína principal, a cargo de Melissa Benoist (Whiplash), no tiene grandes dilemas internos y presenta unos valores rectos que la convierten en una “niña buena”. Los villanos, ya sean terrícolas o extraterrestres, la atacan por miedo, por ignorancia o por venganza. Y ella al final salva el mundo aunque el mundo no quiera ser salvado.

El arco dramático de la protagonista y de estos primeros pasos de Supergirl se convierte, de este modo, en un refrito de historias, en una sucesión de aventuras que, aunque tiene un cierto hilo conductor dramático relacionado con el pasado de los protagonistas, en el fondo no ofrece ninguna carga dramática añadida a un presunto trasfondo moral o personal de la heroína. Dicho de otro modo, con roles más o menos planos las historias se vuelven, pues eso, planas, y en consecuencias las aventuras, recurriendo a notables efectos digitales, buscan únicamente un entretenimiento sencillo, directo e intrascendente.

Con todo, esta primera temporada logra en su tercio final ofrecer al espectador algo más, una cierta complejidad dramática que desvela ciertas caras ocultas hasta ese momento de muchos de los personajes principales. Esto, unido a decisiones poco ajustadas a la recta moral de la heroína, hacen que la trama apunte a algo diferente que habrá que descubrir en su segunda etapa, estrenada hace algunas semanas y que, aunque es evidente que no modificará sustancialmente su esencia, sí podría aportar algo más de entramado narrativo a un desarrollo excesivamente lineal y deliberadamente carente de conflictos reales más allá del malo de turno al que derrotar.

Secundarios al poder

Curiosamente, y esto empieza a ser algo habitual en este tipo de producciones, los personajes más interesantes son los secundarios. Frente a la debilidad inherente del personaje de Supergirl (debilidad dramática, claro está), roles como el de Calista Flockhart (serie Cinco hermanos) o el villano/aliado interpretado por Peter Facinelli (Crepúsculo) se convierten muchas veces en auténticos protagonistas de la trama por encima de la mujer de acero. Y esto, en cierta medida, también es una traslación de lo que le ocurre al personaje de Superman, lo que no deja de confirmar que esta serie es una suerte de reinterpretación de sus aventuras en clave femenina, cuando en realidad debería ser algo diferente.

Y me explico. Frente a la ausencia de Lois Lane o de Lex Luthor, los creadores de la serie se han buscado a una periodista con garra y que lucha por lo que considera correcto que interpreta magníficamente Flockhart, no sin ciertas referencias a aquel rol que plasmó para la eternidad Margot Kidder en Superman (1978), y que al final se convierte en un modelo para la joven heroína tanto dentro como fuera de la redacción en la que trabaja. Del mismo modo, aunque de forma menos evidente, la interpretación de Gene Hackman (Sin perdón) en aquel film también está presente en la labor de Facinelli, a medio camino entre el odio a lo que no conoce y la necesidad de hacer el bien. Por supuesto, la influencia de Lex Luthor se aprecia más en el aspecto del odio.

Ambos personajes son, sin embargo, solo un ejemplo de lo que ocurre en esta serie. En realidad, la historia sobre esa organización secreta que protege al planeta de los extraterrestres o todo lo que tiene que ver con el pasado de la protagonista son los grandes pilares narrativos en los que se sustenta esta primera temporada. Y en mayor o menor medida, aunque todos ellos cuentan con la heroína como nexo de unión, en realidad el personaje de Benoist no deja de ser eso, un nexo que podría cambiarse o sustituirse y no pasaría nada, o al menos no demasiado. Dicho de otro modo, su influencia en las diferentes historias que aparecen en la trama es mínima, en algunos casos nula.

Todo ello convierte a esta primera temporada de Supergirl en un producto excesivamente limpio, sin conflictos dramáticos excesivamente complejos y con una clara apuesta por el entretenimiento más simple y directo. Y es una apuesta tan legítima como cualquier otra, pero el problema es que los personajes carecen de dimensión y tienden a convertirse en estereotipos. Eso por no hablar del desarrollo plano de las tramas. La esperanza se encuentra en el final de la temporada, más agresivo y marcado por el impacto dramático de algunas decisiones que, esperemos, abra una nueva vía narrativa en la segunda temporada. Por supuesto, no espero que sea un cambio radical, pero sí al menos una modificación de la tendencia que se sigue hasta ahora.

‘Gotham’ explora la oscuridad de Batman en su 2ª temporada


La locura y la oscuridad han protagonizado la segunda temporada de 'Gotham'.La primera temporada de Gotham fue un soplo de aire fresco en el subgénero de superhéroes. Primero porque ofrecía una visión diferente sobre personajes ya conocidos, y segundo porque exploraba las complejas relaciones entre los principales héroes y villanos en el mundo de Batman creado en las páginas de los cómics de DC. Pero la segunda temporada ha ido un paso más allá (como cabría esperar, por otro lado) y se ha revelado como una auténtica reinterpretación del mito, en clave adolescente pero con un notable sentido dramático que la aleja de productos sensibleros o tendentes al dramatismo más teatralizado.

Lo que ha logrado su creador, Bruno Heller (serie El mentalista) con estos 22 episodios es ampliar el mundo de la ciudad del murciélago hasta límites insospechados. Mientras la primera etapa se centró más en la relación entre Bruce Wayne y James Gordon, esta segunda apuesta por separar a estos personajes para enfrentarlos a sus propios miedos, a sus propias limitaciones. Por supuesto, esto es un análisis excesivamente genérico, pero en líneas generales, y teniendo en cuenta el final de temporada, la impresión que deja la serie es la de tratar de abarcar más conceptos, tramas y personajes conocidos por los fans.

Esto tiene algo bueno y algo malo. Lo bueno, y lo desarrollaré más adelante, es que los personajes han evolucionado de forma más que notable. Lo malo, y no es algo menor, es que la serie ha perdido parte de la esencia que tuvo en su comienzo, cuando se anunció que Gotham abordaría los orígenes de Batman. El hecho de que la mayor parte de los villanos más famosos del personaje (Joker, Enigma, Dr. Strange, Mr. Freeze, Pingüino, etc.) aparezcan en la historia sembrando el caos y el terror da al traste con esa idea, fundamentalmente porque desecha la línea argumental seguida en los cómics, películas y series de televisión anteriores. Esto siempre es peligroso, y me explico.

Mientras el peso de la historia siga cayendo sobre los hombros de Ben McKenzie (El marido de mi hermana) y la serie se mantenga como un thriller policíaco con dosis de ciencia ficción tiene capacidad para crecer. Sin embargo, si se opta por dirigir el argumento hacia un tono más adolescente, menos oscuro y trágico, la ficción podría derivar en algo tópico, carente del atractivo con el que comenzó y obligada a ofrecer algo más para suplir esa carencia. A priori, todo apunta a que Heller mantendrá el espíritu inicial, pero ya se han visto algunas concesiones en esta segunda temporada. Concesiones menores, es cierto, y algunas incluso necesarias, pero en cualquier caso sintomáticas.

Más oscuridad, más adulto

Con todo, lo más destacable de la segunda temporada de Gotham es la oscuridad que ha adquirido en todos sus aspectos. Gracias a algunos villanos, pero sobre todo al tratamiento de los principales personajes, la serie ha evolucionado en un sentido casi inesperado, y desde luego imprevisto para una segunda temporada. En cierto modo, la serie tiene un punto de inflexión a mitad de temporada (más o menos como toda serie que se precie hoy en día) con la decisión tomada por el personaje de McKenzie. Su James Gordon, figura de la integridad policial y de la justicia por encima de cualquier otro valor, se quebranta ante un enemigo que logra sacar a relucir el carácter más violento y, en cierto modo, corrupto (al menos de sus valores) de su personalidad. Esto, que podría parecer secundario, permite ofrecer otra visión del personaje, más acorde con lo que se conoce de él en el mundo de los cómics que con la imagen de héroe que tenía en la primera temporada.

Aunque sin duda el giro más interesante es el de Bruce Wayne/David Mazouz (serie Touch). Mostrado como un niño en los primeros compases de la trama, en esta segunda etapa, sobre todo en su tercio final, se ha convertido en un personaje que empieza a mostrar todo aquello que le convierte en Batman. Y no me refiero al desarrollo de sus habilidades físicas, que también, sino al carácter y el razonamiento que definen a este superhéroe. Por primera vez el espectador ve cómo toma la iniciativa para sonsacar información; por primera vez, el miedo a la muerte desaparece de su rostro. Todo ello, unido a una impecable actuación del joven Mazouz, da un giro al niño algo mimado y traumatizado por la muerte de sus padres que se presentó en la primera parte. Y es una decisión que, en el fondo, define todo el sentido de la producción a partir de ahora, sobre todo si se quiere que el peso termine cayendo sobre sus hombros.

Este carácter más oscuro que tanto reitero en el análisis viene acompañado de una visión más adulta de la trama. Es cierto que hay varias decisiones enfocadas a los adolescentes; y es cierto también que de repetirse en el futuro pueden convertirse en un punto débil. Pero en líneas generales la historia, héroes, villanos y secundarios incluidos, ha dado un paso más hacia la madurez de su argumento. El arco dramático de cada personaje está marcado, más que nunca, por sus propias dualidades. Cierto es que uno de los que mejor representan este cambio es Cory Michael Smith (Carol) y su Enigma, pero todos han hecho gala de esa dualidad entre locura y cordura, entre lo correcto y lo incorrecto.

Se puede decir, en este sentido, que la segunda temporada de Gotham es la temporada de la dualidad. Y eso es algo que, en el caso que nos ocupa, resulta todo un acierto, pues permite a los responsables ofrecer un drama marcado por las dudas personales, por la traición a los que nos rodean y a nosotros mismos. Esa capacidad de la serie de trasladar la problemática moral a los conflictos externos (que al fin y al cabo es lo que debería ser todo buen conflicto) convierte a este thriller policíaco en un rara avis dentro de las producciones de superhéroes. El final de esta etapa, además, abre la puerta a un futuro aún más aciago, con poca o ninguna esperanza para una ciudad consumida por el crimen. ¿Veremos en la próxima los primeros pasos de un joven murciélago?

‘Escuadrón Suicida’, unos buenos malos… ¿o eran malos buenos?


Will Smith y Margot Robbie lideran el 'Escuadrón Suicida' de David Ayer.A tenor de las críticas recibidas, debo de ser de los pocos que defienden Escuadrón Suicida. Y la verdad es que no me arrepiento. Argumentos a su favor tiene, como también los tiene en su contra. Vamos, lo que le viene a pasar al 80% de las películas, y lo que prácticamente ocurre en todas las cintas de superhéroes. El problema, o al menos uno de los más importantes, de la cinta de David Ayer (Corazones de acero), no radica en la propia historia, sino en algo que va más allá de la película, y que tiene un nombre: DC Cómics. La reciente obsesión por juntar en pantalla a un grupos de personajes conocidos por los amantes de los cómics está llevando a esta compañía a hacer películas irregulares, de difícil narrativa, pero con mucha espectacularidad.

La verdad es que esta película con un plantel de actores más que notable merece un análisis más profundo que el de la mera crítica, de ahí este extenso texto. A David Ayer se le puede acusar de muchas cosas, pero desde luego no de lo principal en cualquier película de superhéroes/supervillanos: entretenimiento. Porque esta reunión de malos no tan malos (hay buenos que son peores) es eso, puro y sencillo entretenimiento. El que quiera buscar algo más puede que lo encuentre, pero saldrá mayormente decepcionado. Y la verdad es que la película no busca nada más. Secuencias brillantemente ejecutadas, un humor algo irregular pero efectivo, sobre todo cuando recae sobre Margot Robbie (La leyenda de Tarzán) y su ya imprescindible Harley Quinn, y algunos diálogos que permiten hacer avanzar la acción son las señas de identidad. Vamos, lo mismo que ocurre en Los Vengadores y cintas similares.

Quizá la mejor defensa para este argumento es que Escuadrón Suicida dura dos horas y apenas se nota, logrando superar los baches propios de la narrativa de forma más o menos solvente. Pero volvamos sobre el reparto, o mejor dicho sobre esa pareja formada por Robbie y Jared Leto (El señor de la guerra), un Joker menos alocado y más psicópata que sin duda eleva el tono del film cada vez que aparece… y se hace poco. Ambos personajes, sin duda los mejor definidos e interpretados, son el mejor ejemplo de cómo los secundarios (o protagonistas con menor peso en la trama) pueden terminar por arrebatar el protagonismo de una historia. Y este sí es un punto débil de la película, que abordaré a continuación.

Pero junto a ellos hay todo un grupo de actores solventes, disfrutando de sus respectivos papeles y demostrando que la película puede funcionar en todos sus aspectos. El desarrollo dramático conseguido por Ayer, aunque claramente diferenciado en dos partes, es lo suficientemente sólido como para componer un mosaico de aventura, acción y humor en el que cada personaje, al menos los principales, está definido no solo por sus motivaciones, sino por su pasado y por su personalidad. Otra cosa es lo que ocurre con el resto de secundarios y lo que cabría esperar de la cinta. En cualquier caso, no se puede negar que esta cinta es una pieza más en la construcción de ese mundo cinematográfico de DC, y personalmente creo que es una pieza interesante y atractiva.

Al humo de las velas

Pero seamos sinceros. Escuadrón Suicida no es una película perfecta. De hecho, posiblemente no sea de las mejores de superhéroes. Y varios son sus problemas, que en principio no afectan al disfrute de estas aventuras, pero que sí pueden resultar determinantes para un tipo de público, sobre todo el más especializado. Para empezar, y como comentaba al inicio, DC Cómics llega tarde. Más bien, llega al humo de las velas a esta especie de fiesta en que se han convertido las películas de superhéroes. Con un tono más oscuro que su eterno rival, Marvel Cómics, la compañía ha querido resumir en un par de películas los años de trabajo en la pantalla grande que lleva su competidora. Y eso pasa factura, en algunos casos más grande que en otros.

En la película que nos ocupa, esto se traduce en una necesidad de presentar a demasiados personajes en una sola historia. Si algo han demostrado este tipo de films es que presentar a más de un personaje en la trama (además del héroe, claro está) tiende a ser un problema narrativo más que evidente. Ha pasado con todos, desde Spider-Man a Batman. Y si eso es así, ¿qué puede ocurrir cuando son 10 los roles a desarrollar? Aunque la opción elegida por Ayer no es la peor de todas, desde luego deja muchas lagunas. Para empezar, divide claramente la historia en dos, impidiendo un desarrollo más o menos profundo de la trama principal y su respectiva amenaza. Además, el director y guionista se ve obligado a desarrollar únicamente a los principales, dejando al resto a su suerte y a tratar de resumir su historia en una sola frase, con suerte en una mínima secuencia. Esta idea, aunque efectiva, termina por desdibujar a este grupo de villanos, convirtiendo a muchos de ellos en arquetipos lineales con poca o ninguna diferencia entre ellos, salvo sus habilidades y su aspecto, claro está.

Y precisamente los villanos es otro punto débil de la cinta. Puede parecer irónico que una cinta que se basa en un grupo de malos tenga como debilidad precisamente eso, pero así es. El problema es la necesaria humanización de los personajes. Todos ellos, sobre todo los principales, deben tener un aspecto con el que se puedan identificar los espectadores. Y esto termina siendo un problema, amén de escoger a actor como Will Smith (La verdad duele), héroe por antonomasia del cine de aventuras moderno, para un asesino a sueldo que parece más una figura paternal para el resto de supervillanos. La película utiliza dos herramientas para esa humanización, a cada cual más peligrosa. Por un lado, convertir a los presuntamente buenos, y en general a todos los que les rodean, en más malos que los propios villanos. Y por otro, demostrar que todos los malos lo que buscan, en realidad, es una vida tranquila, sencilla y en paz.

Eso es algo que no funciona, al menos no como vehículo para demostrar que son villanos sin escrúpulos que pueden lograr la redención con sus buenas acciones por un bien mayor. Y no funciona porque, además de que parecen héroes en lugar de antihéroes, los buenos parecen demasiado inocentes. Algo que representa a la perfección el personaje de Joel Kinnaman (serie House of cards), quien comienza la cinta aparentando un desprecio hacia su escuadrón de villanos y termina por ser amigo de asesinos, psicópatas y monstruos. Y ni siquiera la muerte inicial de un miembro del grupo puede eliminar la sensación de que estos antihéroes son héroes; para eso ya se cuidan mucho de que el único que muere es aquel que no tiene casi ni presentación. El resultado final es que Escuadrón Suicida funciona como película de superhéroes, no de supervillanos obligados a hacer el bien. Funciona por su entretenimiento, aunque falla en algunos aspectos que para muchos pueden ser fundamentales. Ahora bien, se disfruta mucho, tanto de la acción como del humor, de su banda sonora y de la locura que imprimen al conjunto Leto y Robbie. Al final, como todo, la película funciona porque se encuentra en un punto intermedio. Y puede que ese sea el problema.

‘The Flash’ trata de avanzar mientras se mueve en círculos en su 2ª T.


'The Flash' tendrá que correr más que nunca en su segunda temporada.Cualquier producción de ciencia ficción tiene un problema congénito que, en principio, debería ser de fácil solución: la propia fidelidad a sus normas. Esto es, que cualquier mundo imaginario se rige por una serie de pilares que lo definen, y a los que el director/creadores deben ajustarse. ¿Algo sencillo, no? Pues no siempre. Y en una serie como The Flash, donde los viajes en el tiempo empiezan a ser más o menos como coger el coche para visitar a los parientes, este riesgo es, si cabe mayor. Es el principal problema de la segunda temporada de esta producción creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (ambos responsables de otra serie de DC ComicsArrow) y Geoff Johns, guionista de varios productos ambientados en el mundo de estos superhéroes.

Con esto no quiero decir que estos 23 episodios sean malos, más bien al contrario. La trama ha logrado algo que parecía poco probable, y es utilizar un villano mayor en todos los aspectos al de la primera temporada, al que da vida con cierta irregularidad Teddy Sears (serie Masters of Sex). En este sentido, la historia no solo continúa los acontecimientos de la etapa anterior, sino que desarrolla toda una serie de subtramas que se nutren entre ellas para crear un mundo más complejo, no necesariamente más oscuro pero sí, al menos, más original, dinámico y autosuficiente. Es por ello que la segunda temporada ofrece al espectador más de lo que provocó el éxito de los primeros episodios, desde la acción al drama, pasando por el romance y ciertos toques irónicos.

Desde luego, los fans encontrarán en esta nueva temporada de The Flash toda una iconografía que, como es habitual desde su inicio, se apoya con evidencia manifiesta en las historias y personajes salidos de Arrow, serie a la que la historia de la televisión posiblemente termine por situar como la punta de flecha (nunca mejor dicho) de una cadena de producción superheroicas a cada cual más espectacular u oscura, dependiendo de la apuesta dramática. Pero volviendo al velocista, el arco argumental de esta etapa, con un enemigo más veloz y con esa segunda Tierra en la que muchos personajes tienen poderes, es indudablemente más interesante, ofreciendo puntos de giro tan dramáticos como definitorios para el futuro de la serie, lo cual no deja de ser una buena noticia en una producción de este estilo.

Claro que esto tiene una cara B que no es tan positiva. La serie, más allá de algunos villanos nuevos, pivota sobre los mismos personajes que protagonizan la serie desde el comienzo. Salvo la introducción del rol interpretado por Keiynan Lonsdale (La hora decisiva), que tendrá mucha más importancia en la próxima temporada, el resto son personajes ya conocidos. Incluso aquellos que murieron al final de la primera temporada resurgen de sus cenizas, eso sí, como otro personaje con motivaciones diferentes pero con un resultado de sus decisiones sospechosamente familiar. Es más, muchos de los villanos no dejan de ser una suerte de lado oscuro de los protagonistas, lo que al final provoca una sensación agridulce: la propuesta es original en tanto en cuanto ofrece un repaso a los matices entre dos realidades paralelas, pero evidencia falta de originalidad al convertir en villanos a los héroes de turno, aunque solo sea por unos minutos.

Futuro incierto

Pero lo más peligroso de esta segunda temporada de The Flash es el futuro que deja para la próxima etapa. No voy a desvelar aquí cuál es el final para aquellos que todavía no hayan tenido ocasión de verlo, pero baste decir que, más o menos como el resto de la serie, encierra en su interior aspectos tan positivos como negativos, amén de una serie de lecturas que pueden generar no pocos problemas para los creadores de la serie y para aquellos que, sin ser estrictamente fans del personaje, se hayan acercado a esta trama por curiosidad, interés o simple entretenimiento. ¿Y qué es ese final? Bueno, en grandes líneas una reescritura de todo lo visto hasta ahora.

Y ese es el problema. La decisión del protagonista, interpretado de nuevo por Grant Gustin (serie Glee), quien por cierto parece estar madurando junto con el personaje, posee una serie de implicaciones morales y emocionales sumamente interesantes. Para empezar, la constante lucha interior entre los deseos personales y la decisión correcta, que no solo no tienen que ver, sino que generan situaciones casi antagónicas. La opción final elegida, aunque comprensible y atractiva desde un punto de vista dramático y narrativo, crea una serie de variables de muy difícil solución, entre otras cosas porque crea una suerte de carta blanca para rehacer todo aquello que se considere oportuno.

Este tipo de decisiones son arriesgadas, no solo por lo dicho anteriormente, sino porque permite recuperar personajes del pasado. La estrategia puede haber tenido cierto interés en la segunda temporada, por aquello de los mundos paralelos y lo llamativo del primer impacto al ver personajes muertos volver a la vida. Pero repetir la fórmula por tercera vez puede ser demasiado, amén de modificar (habrá que ver en qué grado) las relaciones entre los personajes. En este sentido, hay cierta similitud entre varios momentos de la primera y la segunda temporada, como si el protagonista corriese en círculos que se repiten más o menos fielmente, en lugar de ir hacia adelante.

Quizá este sea el mayor reproche que se le puede hacer a la segunda temporada de The Flash. La serie parece tener miedo a afrontar sus decisiones hasta las últimas consecuencias, recurriendo a conceptos narrativos y fantásticos que justifiquen la presencia de personajes ya fallecidos, de roles aparentemente secundarios y de tramas (sobre todo el ‘love interest’ del protagonista, que va camino de convertirse en un quiero y no puedo) que avanzan solo para volver a retroceder. Soy consciente de que la producción es mucho más limpia y clara de lo que es Arrow, pero eso no debería ser óbice para que avance en el sentido que se considere más oportuno, afrontando con valentía lo que esté por llegar. Y esa es la palabra clave, sobre todo en una ficción con la velocidad como eje central: avanzar.

‘Arrow’ ahonda en el drama y la oscuridad en su cuarta temporada


'Arrow' se enfrenta a su mayor enemigo en la cuarta temporadaParece mentira, pero ya son cuatro temporadas. Cuatro años en los que el género de superhéroes en la pequeña pantalla ha experimentado un crecimiento exponencial, y lo ha hecho tomando como base las primeras producciones, aprovechando su éxito para catapultar nuevos títulos. Y son cuatro años. Por aquel entonces Arrow llegó de la mano de Greg Berlanti (serie Eli Stone), Marc Guggenheim (Linterna Verde) y Andrew Kreisberg (serie Boston legal) sin demasiadas aspiraciones, tal vez para convertirse en una ficción de culto para los más acérrimos fans del personaje de DC Cómics. Pero no solo ha traspasado esa barrera, sino que se ha convertido en algo serio, algo más que personajes disfrazados, secuencias de acción y villanos muy, muy… villanos.

Los 23 episodios de su cuarta temporada confirman, de hecho, que la serie se atreve con todo. Aunque solo sea por ese comienzo en el cementerio, que presagia un giro dramático fundamental en la trama, esta etapa merece ser considerada como la más compleja desde un punto de vista dramático y narrativo. Su posterior desarrollo, con las limitaciones y carencias propias de la serie (y que siguen ahí sin visos de querer mejorar), confirma la idea de estar ante un reto interesante. Los creadores de la trama juegan en todo momento con la ventaja de conocer el momento, el lugar y la víctima que ocupa esa tumba, lo que aprovechan para dotar a la historia de numerosos giros argumentales de diferente intensidad e interés, pero que en su conjunto componen lo que toda historia debería ser: un crescendo dramático hasta el esperado clímax.

Pero esta nueva temporada de Arrow también ofrece otros aspectos a considerar dentro de esa evolución que ha vivido la serie. Para empezar, el cambio de nombre del personaje interpretado cada vez con más solvencia por Stephen Amell (Cerrando el círculo), así como su aspecto, ambos más próximos a la imagen de los cómics. Un cambio en principio simplemente formal que, en realidad, es la punta de algo mucho mayor. Aunque visualmente la serie ha mejorado en el tratamiento de sus secuencias de acción y en el diseño de sus decorados, la evolución más interesante se encuentra en el trasfondo emocional de los protagonistas. Unos personajes incapaces de dejar de mentirse a si mismos y a los que les rodean, que son incapaces de confiar ya sea por no herir a los que aman o por buscar el modo de enfrentarse a sus enemigos. Una complejidad que genera algunos de los momentos más dramáticos de la trama, y que desde luego aportan un aspecto más oscuro a la ficción.

A todo ello se suma, como es habitual, el trasfondo de la ya famosa isla en la que el personaje de Amell vivió varios años. Una isla “desierta” que estaba más poblada que Tokio, y por la que han pasado desde militares hasta, como es el caso, buscadores de poderes místicos. Pero todo vale, o al menos eso parece, para explicar el pasado de este arquero y los conocimientos que ha adquirido. Conocimientos, por cierto, que no se limitan a la isla, como ya se pudo comprobar en la anterior temporada. Y aunque el dinamismo que imprimen los saltos del pasado al presente ayuda en muchas ocasiones a la trama cuando esta se estanca en conflictos personales, empieza a resultar algo extraño, por no llamarlo de otro modo, que todo vaya a ocurrir en esa isla. En fin, cosas de la ficción.

Fuertes y débiles

Lo que desde luego deja clara esta cuarta temporada de Arrow es que la serie, a pesar de sus matices, es una historia de buenos contra malos, de héroes cuya fortaleza se mide no solo por los problemas personales que afrontan, sino por la fuerza de los villanos a los que se enfrentan. Y en esta ocasión, más que nunca, la magia está muy presente, lo que acentúa más si cabe esa dualidad del bien y del mal. El malo de turno, al que da vida espléndidamente Neal McDonough (serie Mob city), no deja de ser la encarnación del mal más absoluto, capaz de destruir lo que ama con tal de lograr sus propósitos. Y su fuerza, nutrida por las vidas que quita, no deja de ser el reto de un héroe que debe ahondar en su bondad para poder superarlo. Dicho de otro modo, el tradicional conflicto del bien contra el mal.

Pero estos 23 episodios también demuestran que la serie, como cualquier otra producción, tiene puntos fuertes y débiles. Afortunadamente, los creadores de esta ficción son lo suficientemente hábiles como para potenciar los primeros y disimular los segundos. Empero, esta etapa ha puesto de manifiesto que la producción tiende a un cierto melodrama carente de recorrido y en el que los personajes (y porqué no, los actores) no saben desenvolverse. Las idas y venidas de amistades, amores y relaciones familiares varias no hacen sino crear una suerte de trasfondo telenovelesco que hace flaco favor a la historia. Es cierto que es necesario para completar y dotar de más densidad a la serie, pero eso no quiere decir que no se pueda hacer de otro modo, o que al menos se opte por algo menos evidente.

El caso más palpable tal vez sea el de Felicity, papel interpretado por Emily Bett Rickards (Brooklyn) que ha pasado por todo, desde rupturas sentimentales hasta parálisis, pasando por dramas familiares y un reencuentro idóneamente producido en medio de una crisis que sirva para desvelar verdades y acercar posiciones. Pero es solo uno de los múltiples ejemplos. En cierto modo, esta temporada ha sido la más “familiar” de todas las que hasta ahora se han sucedido (y eso teniendo en cuenta que la familia siempre ha sido un pilar de la trama), pero lo ha sido de forma algo tosca en algunos momentos, con situaciones introducidas de forma poco natural y al albor de un dramatismo muchas veces innecesario.

Con todo, la cuarta temporada de Arrow vuelve a demostrar la buena salud de la serie. Tal vez no haya logrado alcanzar el nivel de otras etapas, pero en cualquier caso ha sabido avanzar en una historia a través de decisiones nada fáciles, con giros argumentales ciertamente arriesgados y, en todo caso, apostando más por la oscuridad que por la luz, al contrario que su protagonista. Eliminar, o al menos suavizar, las debilidades dramáticas supondrá, muy probablemente, una vuelta a un sendero de puro entretenimiento, de dinamismo y eficacia narrativa. Pero eso, por ahora, es algo secundario.

‘Batman v Superman: El amanecer de la Justicia’: de Dioses y Hombres


Henry Cavill y Ben Affleck se ven las caras en 'Batman v Superman: El amanecer de la Justicia'.Roma no se construyó en un día. Y si los romanos no pudieron, los de DC Cómics, Warner Bros. y todo el equipo que ha trabajado en este entretenido film de superhéroes no pueden construir todo un universo en una sola película, por muy larga que esta sea. Es por ello que esta continuación de El hombre de acero es también una precuela de lo que está por llegar. Y esa dualidad le resta capacidad para definirse en uno u otro sentido, lo que sin duda perjudica al conjunto.

Porque sí, como secuela Batman v Superman: El amanecer de la Justicia es digna sucesora. A las dudas sobre el carácter todopoderoso del hijo de Krypton se suma la atormentada personalidad del murciélago de Gotham, muy bien encarnado por un Ben Affleck (Ases calientes) hipermusculado para la ocasión. Si bien es cierto que sus historias corren de forma paralela durante casi todo el metraje, la forma en que se entrecruzan y se integran poco a poco representa un buen ejemplo de construcción dramática creciente para alcanzar un inevitable clímax en forma de enfrentamiento. A esto se añade la pieza que, posiblemente, es lo más interesante de la trama: Lex Luthor (sensacional Jesse Eisenberg –El amor es más fuerte que las bombas-).

Su presencia como agente caótico es sublime. Su intervención en la historia como catalizador que dinamiza y, poco a poco, se desvela como un marionetista nato, es brillante, tanto por su actuación como por el modo en que los guionistas desvelan con cuenta gotas su participación en el desarrollo dramático del film. Gracias a él y a Batman el tono oscuro que ya tuvo la primera película se acrecienta hasta encontrarnos con un substrato emocional que apunta directamente a la infancia y a los traumas que todos los personajes cargan a sus espaldas. Y desde luego, la estética formal utilizada por Zack Snyder (Watchmen) es el envoltorio idóneo.

Pero algo falla en este conjunto. Más allá del hecho de que las historias de ambos superhéroes se muevan en paralelo durante buena parte de la historia (lo que pone de manifiesto que Batman es más interesante, en general, que Superman), el problema es que la cinta necesita minutos, mucho minutos, para presentar personajes que deberían haber tenido espacio en otros films y de forma mucho más distribuida. Lo que Marvel ha logrado en varios años a través de secuencias extra, de cameos y de películas independientes, DC parece querer hacerlo en una cinta, en unos minutos y en una sola historia. Y el resultado es que, literalmente, sobra. Aporta poco, por no decir nada, al conjunto de la trama, lo que rompe el ritmo narrativo.

En cualquier caso, Batman v Superman: El amanecer de la Justicia es una película para disfrutar. El poderío visual de Snyder vuelve a estar presente de forma abrumadora, sobre todo en su tercio final y en esa monstruosa batalla que vuelve a destruir media ciudad. Y la forma de integrar las historias de los dos superhéroes principales en una única trama a través de un villano común que maneja los hilos de forma notable representa una construcción dramática más que interesante. Pero en mucho momentos la historia se va por las ramas, perdiendo la perspectiva de lo que narra para introducir lo que está por llegar. Y lo que está por llegar, por cierto, es una nueva era de Dioses y Hombres. Por si a alguien le quedaba alguna duda, tenemos superhéroes (o meta-humanos, según se mire) para rato.

Nota: 7,5/10

‘The Flash’ crece en la 1ª T gracias a su estructura dramática


Grant Gustin es el hombre más rápido del mundo en la primera temporada de 'The Flash'.El ‘boom’ superheroico que hace unos años invadió las salas de cine (y que ha provocado toda una mega estructura narrativa que durará varios años) se ha trasladado de forma definitiva a la pequeña pantalla. A los exitosos experimentos de ArrowAgentes de S.H.I.E.L.D. se suman muchos otros personajes que no solo tienen sus propias historias, algunas mejores que otras, sino que conforman un universo particular que, a menos que algo o alguien lo estropee, se terminará fusionando con el del cine. Pero no adelantemos acontecimientos. Por ahora, analicemos otro de los productos que más éxito han tenido, y cuya segunda temporada ya está emitiéndose. Me refiero a The Flash, personaje cuya presentación tuvo lugar, precisamente en la serie protagonizada por Stephen Amell (Cerrando el círculo).

Creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, responsables de la construcción del universo televisivo de DC Comics, la primera temporada de esta entretenida serie ejemplifica como pocas los problemas y las virtudes que suelen tener este tipo de producciones, así como las herramientas necesarias para superarlos o aprovecharlas, según sea el caso. Los primeros compases de estos 23 episodios son, en pocas palabras, una apuesta episódica cuyo valor no supera la simple presentación de personajes y sus respectivas tramas, así como una retahíla de villanos a cada cual más original que sirven al espectador para crecer junto al protagonista, al que da vida de forma notable Grant Gustin (serie Glee). De este modo, el trasfondo dramático de la historia, que no desvelaré por aquello de los spoilers, queda en un segundo plano.

O al menos eso puede parecer. Porque lo cierto es que es aquí donde se aprecia la elaboración dramática de la historia. En prácticamente cada episodio se dejan una serie de píldoras narrativas que aportan un nuevo grano de arena a la senda que conduce al espléndido final que tiene la temporada. Pequeñas dosis dramáticas, algunas como ganchos de final de episodio y otras como parte de la historia del capítulo, que permiten al espectador completar un puzzle y entender, al fin, lo que se trata de contar en esta primera etapa. Esta táctica, si bien no es novedosa, sí es el soporte fundamental para que The Flash no caiga en la autocomplacencia, limitándose a una sucesión de villanos. De hecho, y a medida que se acerca al final, los enemigos del velocista de Central City son cada vez menores, dejando más espacio para la auténtica e interesante trama principal.

A esta estrategia se suma un tono divertido, en algunos casos casi infantil, que ayuda a quitar mucha gravedad a lo visto en la pequeña pantalla. A diferencia de la ficción del arquero verde, los primeros episodios del rojo corredor son simplemente entretenimiento y diversión, sin grandes dramas y con mucha ironía. La gravedad que desprende Arrow, y que ha sido uno de sus éxitos, aquí brilla por su ausencia en la mayor parte del desarrollo dramático. Contrariamente a lo que pueda pensarse, esta apuesta se ajusta más tanto al carácter del personaje como a la propia dimensión de la serie, más fantástica. Dicho de otro modo, es un producto para pasar el rato más que para identificarse con los problemas y dudas morales del protagonista. Y si eso se entiende desde el principio, no debería haber ningún problema.

Pasado, presente y futuro

En este sentido, y que me disculpen los más fervientes seguidores de The Flash, la serie tiene más de una producción Marvel que de una producción DC. La primera siempre se ha caracterizado por productos más inocentes, con más acción y menos oscuridad en sus tramas, mientras que la segunda… bueno, no hay más que ver lo que representa la trilogía del Caballero Oscuro. De ahí que esta primera temporada pueda resultar un cuerpo extraño dentro de la estructura dramática que DC imprime a sus historias. Sin embargo, es solo una impresión. La resolución final de estos primeros 23 episodios deja claro que no estamos ante una producción al uso. Asimismo, la introducción de personajes de Arrow, que generan un flujo entre ambas series de lo más enriquecedor, dotan a la trama de la seriedad que podría faltarle en algunos momentos.

Aunque lo que mejor define a esta ficción es la unión entre pasado, presente y futuro que se mantiene a lo largo de todo el arco dramático, y que afecta a todos los personajes en mayor o menor medida. Ese juego entre ciencia, fantasía y superhéroes genera una serie de conexiones entre los diferentes espacios temporales que siempre influyen en el desarrollo de la trama, lo que a su vez crea una mayor complejidad en la narrativa. Nada ocurre por azar, y desde luego ninguna trama, por secundaria que sea, queda sin explicación, que es más o menos sólida. Esta complejidad y el humor que desprenden muchos de sus personajes logran ese delicado equilibrio que permiten a una serie no caer en la autoparodia o en la soberbia, y que la convierten en una producción a disfrutar.

Pero esta unión va más allá. A comienzos de los años 90 se produjo otra serie en torno a este personaje. Aquella ficción estaba protagonizada por John Wesley Shipp (serie Dawson crece) en el papel que ahora interpreta Grant, cuyo padre en la ficción es… el propio Shipp. Pero no es la única conexión. En aquella serie de hace 20 años Mark Hamill, el inolvidable Luke Skywalker de la saga ‘Star Wars’, daba vida al mismo villano que interpreta en esta nueva versión, y que ha pasado estas dos décadas en la cárcel preparando su “obra maestra”, como él mismo dice en un episodio. Y esos son solo dos ejemplos de la relación que los guionistas han tratado de establecer entre aquel Flash del pasado y el que ocupa nuestro presente y nuestro futuro más inmediato.

Lo que se desprende de la primera temporada de The Flash es puro entretenimiento. Sin las pretensiones dramáticas de Arrow, la serie busca en todo momento divertir sin preocupaciones, aunque contando para ello con una sólida trama principal y una cartera de villanos interpretados por rostros conocidos de la pequeña pantalla, desde Wentworth Miller y Dominic Purcell (protagonistas de Prison break) hasta Liam McIntyre (serie Spartacus). Desde luego, es una serie que va de menos a más hasta un clímax notable que deje una buen sabor de boca y que permite pensar en un futuro prometedor para esta producción, sobre todo si tenemos en cuenta que las flujos narrativos entre el arquero y el velocista de DC son cada vez más sólidos.

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