‘True Detective’ crece en dramatismo volviendo a su origen en su 3ª T.


Después de una segunda temporada cuanto menos diferente (en formato y contenido) y cuatro años de descanso, Nic Pizzolatto ha regresado a los orígenes de True Detective en su tercera historia, independiente por completo de las anteriores pero con un claro regusto a la primera, con la que por cierto crea puentes dramáticos que permiten ubicar las historias en un mismo universo narrativo. El también guionista de Los siete magníficos (2016) vuelve a componer un relato en tres partes para abordar de nuevo abusos y posibles relaciones con ritos de diversa índole. Sin embargo, en esta ocasión eso es casi lo de menos.

Porque a diferencia de la primera temporada, estos 8 episodios resultan mucho más interesantes si la mirada se dirige hacia el otro lado, es decir, hacia los policías que investigan la desaparición de dos niños. En efecto, vuelven a ser dos roles complejos, con tantos matices que es casi imposible mencionarlos todos, pero con un aliciente añadido: más allá de sus personalidades, los roces que puedan tener y el modo en que evolucionan, lo interesante es el trasfondo emocional de ambos, los traumas que les impulsan a actuar y, sobre todo, cómo afrontan la realidad. En este sentido, el papel interpretado por Mahershala Ali (Green Book), que lleva el peso de la narración, es todo un ejemplo de complejidad emocional. Marcado por los horrores de la guerra y los problemas de memoria que cada vez se agudizan más, su recuerdo de los acontecimientos del caso, de los detalles y de los pasos dados quedan en cuestión constantemente, jugando su creador con la idea de que lo que podríamos estar viendo es fruto de su mente, y no lo que realmente ocurrió.

Este grado mayor de complejidad en la tercera temporada de True Detective se complementa, y de qué modo, con el papel de Stephen Dorff (Bajo un sol abrasador), un hombre práctico, algo rudo pero de buen corazón cuya evolución en la trama es, simple y llanamente, de lo mejor de toda la serie. Si bien en los primeros compases de la trama se antoja un secundario interesante, a medida que se desvelan sus diferentes capas dramáticas, sobre todo en su etapa más anciana, va adquiriendo una mayor profundidad emocional que, además, permite a la historia jugar con un doble final representado en dos hombres con visiones muy diferentes del caso que llevaron hace tantos años, y de la vida en general. Y es este el verdadero corazón de estos capítulos. Por mucho que la realidad sea una, cada uno de nosotros tendemos a quedarnos con la verdad que nos interesa, aquella que nos ofrece algo que comprendemos y, en el caso de este crimen, aquella que ofrece la serenidad que los personajes llevan buscando durante décadas.

De hecho, esta idea subyace prácticamente en todas las líneas argumentales y en cada uno de los secundarios que aparecen a lo largo de los tres tiempos dramáticos en los que se divide la temporada. Mientras que unos optan por enterrar lo ocurrido buscando una solución capaz de dar sentido a su teoría del crimen, otros vuelven una y otra vez a los hechos en busca de algo más, ya sea por morbo, interés o, como le ocurre al protagonista, la sensación de que hay algo más. En realidad, esta dualidad suele estar muy presente siempre en el thriller policíaco, sobre todo si hay una pareja protagonista. Pero en el caso de la serie de Pizzolatto no es un mero recurso narrativo para hacer avanzar la trama, sino que se convierte en el leit motiv que permite al argumento explorar nuevos caminos dramáticos. Ese es el éxito y lo que aporta esta notable temporada.

Secundarios en la imagen

Ahora bien, esta tercera etapa de True Detective no solo ofrece al espectador una base narrativa y dramática compleja y próxima al impacto que generó la primera. Si algo tienen de diferencial estos episodios es el tratamiento visual de cada episodio y, sobre todo, unos secundarios tanto o más sólidos que los protagonistas, algunos de ellos con unas tramas capaces de sustentar los momentos más débiles de los arcos argumentales principales. Respecto al aspecto puramente formal, la serie vuelve a recurrir a un cierto ambiente malsano promovido por la presencia de iconos sectarios o que remiten a códigos secretos de carácter violento o delictivo. Pero hay mucho más. El cambio en la iluminación de cada época narrativa va acompañado de un lenguaje formal también algo diferente de una etapa a otra. A esto se añade el modo en que relaciona unos años con otros a través de los recuerdos, lo que está intrínsecamente unido a los saltos temporales que permiten explicar algunas de las motivaciones y de los orígenes de muchos acontecimientos.

Todo ello conforma un trasfondo complejo, vivo, dinámico y en constante evolución en el que los dos policías protagonistas crecen en dramatismo al ir mostrando su forma de enfrentarse a los hechos, descubriendo así su personalidad llena de matices, traumas y miedos. Pero no solo les permite evolucionar a ellos. Los personajes secundarios también guardan ciertos ases bajo la manga que les lleva, al menos en los casos más importantes, a adquirir un peso específico en la trama muy alto. El caso más significativo es, evidentemente, el de Carmen Ejogo (Alien: Covenant), esa esposa/profesora/escritora cuyo rol, aunque desaparece en algunas de las épocas de la trama, sigue comunicándose con el protagonista, siendo una suerte de guía espiritual en el camino del héroe hacia la redención y la verdad. Y es solo un ejemplo, pues prácticamente todos los personajes contienen una gran cantidad de caras dramáticas que, gracias a la estructura narrativa de la serie, se van desvelando de forma desordenada para hacer más intensa la intriga.

Y este es posiblemente uno de los aspectos más interesantes de la serie en su conjunto. Más allá de la espléndida definición de los personajes, dotados de una complejidad marcada no solo por su propio pasado y su forma de ser, sino por la sociedad en la que se desenvuelven en cada instante, es importante estudiar el modo en que se construye la trama. Su desarrollo lineal se forma a través de fragmentos desordenados, armónicos en su caos, capaces de nutrirse unos de otros para revelar información fundamental en el momento preciso. Ese equilibrio entre orden y desorden se basa en que cada parte de la trama, cada época, posee un desarrollo dramático coherente, salpicado de vez en cuando por algún recurso narrativo rupturista, mientras que los diferentes bloques de la trama se desarrollan, en conjunto, de forma totalmente irregular, sin seguir necesariamente un paralelismo natural. Esto permite, por ejemplo, que información conocida en el presente revele, de repente, algún hecho desconocido del pasado, y esa revelación permita, a su vez, comprender algo que se lea posteriormente en otra época.

Explicado así puede que resulte algo confuso, pero la realidad es que al final de la tercera temporada de True Detective, al igual que ocurrió en las anteriores, lo que nos encontramos es con un intenso thriller y, sobre todo, un profundo y complejo estudio de la psicología de unos personajes traumatizados no tanto por un caso por resolver como por los traumas de un pasado que ha condicionado irremediablemente su vida, sus relaciones y su modo de entender el mundo. Los 8 capítulos de esta etapa confirman a la serie como un producto único, una obra con muchos niveles de interpretación y, en esta ocasión, con un final que abre un sinfín de posibilidades interpretativas, no tanto sobre el sentido de la temporada como de la propia realidad del ser humano y el modo en que se enfrenta a su mundo y su realidad. Y cuando el cine o la televisión son capaces de eso, de trascender su propia dimensión para convertirse en una reflexión y un reflejo de nuestro entorno, es cuando nos encontramos ante algo indispensable.

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‘Arma letal’ se renueva con éxito en su tercera temporada


Algo raro ocurre cuando una serie como Arma letal es amenazada por una cancelación tras su tercera temporada. No porque sea una gran serie. Ni siquiera porque sea la mejor de su género. Pero una ficción amena, entretenida, con un diseño de producción elevado y una dinámica de buddy movie muy cercana al film original parecía que podría durar varios años. Y sin embargo, una tercera etapa de 15 episodios, más corta que las anteriores, un cambio de protagonista y una renovación de otros personajes secundarios, amén del deseo expreso de abandonar de la otra estrella, parecen los detonantes para que no se vuelvan a ver las aventuras de esta pareja de policías.

Y eso que la serie creada por Matthew Miller (serie Forever) había salvado con notable éxito el hándicap de perder a uno de los miembros de la pareja protagonista por problemas ajenos a lo estrictamente cinematográfico. Un cambio tan drástico en una ficción de estas características suele ser sinónimo de desastre. Al fin y al cabo, buena parte del encanto de estas historias se basa en la dinámica entre los protagonistas. En el caso que nos ocupa ha sido más bien al contrario. Es cierto que la dinámica entre ambos cambia, eso es inevitable, pero no decepciona. Y no lo hace por varios motivos, curiosamente ninguno de ellos motivado por una similitud en las personalidades de los roles. Más bien al contrario. El personaje al que da vida Seann William Scott (Supermaderos 2) es muy diferente en su trasfondo emocional y dramático al que interpretaba Clayne Crawford (Spectral), pero mantiene ciertas zonas comunes en su relación con el policía que interpreta Damon Wayans (Behind the smile), lo que aporta cierta familiaridad al espectador.

No, si esta tercera temporada de Arma letal funciona es precisamente por el interés que despierta el rol de William Scott, amén del aspecto humorístico que crea con su compañero, quien sigue manteniendo buena parte del espíritu de la ficción. Respecto a este nuevo personaje, es interesante comprobar las similitudes y diferencias con su predecesor. A los traumas de su pasado se unen ahora las motivaciones de un presente marcado por una familia a la que trata de recuperar. Esa dinámica entre pasado y presente discurre de forma paralela a la del personaje de Wayans y el arco dramático secundario que ha protagonizado desde el principio, vinculado férreamente a la familia. Las contradicciones entre uno y otro lado de la trama generan la fricción cómico dramática necesaria no solo para mantener el espíritu inicial, sino para hacerlo evolucionar y avanzar.

Lo que sigue sin cambiar es que el motor dramático de la temporada, el que mueve el arco argumental de estos 15 capítulos, recae en los hombros de Seann William Scott, quien por cierto demuestra que es algo más que un actor mediocre de comedia. En efecto, el regreso de los pecados del pasado vuelve a marcar el devenir de los acontecimientos, siendo en último término el verdadero detonante de muchos de los conflictos que desarrollan a lo largo de la temporada, incluso de forma indirecta. El distanciamiento con su hija, los problemas con su compañero, casos policiales, … Y, por supuesto, el final de temporada. Todo ello permite apreciar de un modo aún más claro el funcionamiento dramático de la serie: a pesar de su tono cómico, la dinámica funciona porque el trasfondo es dramático, y la ficción sabe dotarse de seriedad aunque no pierda cierta vis cómica.

A vueltas con los secundarios

Lo que Arma letal no ha logrado nunca establecer es un buen plantel de secundarios. Sí, es cierto que está el arquetípico capitán permisivo y hasta cierto punto caricaturizado. Y sí, están los compañeros de la pareja protagonista, siempre ayudando en los casos y demostrando ser eficaces en su labor. Pero a diferencia de otras producciones similares, como podría ser Castle (salvando muchas distancias, para este análisis puede ser útil la comparación), nunca se ha logrado establecer una pareja de secundarios que haga las veces de réplica a los protagonistas. Y eso tiene muchas causas, la principal que los creadores de la serie nunca han logrado crear, o no han querido, secundarios que resulten mínimamente interesantes.

Pero no es la única. En realidad, a lo largo de estas tres etapas ha habido pocas ocasiones en las que se investiguen dos casos diferentes, para lo que se necesitarían dos equipos. Y habitualmente las pesquisas y las pistas son lo suficientemente escasas para que puedan ser asumidas por la pareja protagonista. Además, el trasfondo familiar del personaje de Wayans aporta todo un universo dramático secundario que reclama, como no podía ser de otro modo, su espacio en forma de minutos, tramas y motivaciones. Todo ello obliga a elegir, y dado que los secundarios de la parte policíaca de la serie tienen poco que ofrecer, al final se limitan a la mínima expresión argumental, quedando como lo que son: apoyos narrativos sin apenas trasfondo dramático o humano.

Con todo, esto no lograr hacer demasiada mella en el producto final. Es cierto que en tres temporadas ha habido varios cambios de secundarios, pero al ser en esa especie de estampa de fondo que es la comisaría, no afectan demasiado, se entienden como algo temporal y se dejan estar. Esto se compensa, y mucho, con la dinámica de los protagonistas, con su profundidad dramática y con las diferentes caras que muestra su personalidad. Si a eso unimos un diseño de producción elevado, con secuencias de acción bien elaboradas y una espectacularidad propia del cine de acción (con sus excesos, como ese salto del último episodio desde un último piso), lo que obtenemos es el producto buscado: un entretenimiento puro, con una base argumental lo suficientemente sólida para que el espectador se haga pocas preguntas y con un humor que nunca se pierde, ni siquiera en las situaciones más difíciles.

Así las cosas, Arma letal completa una tercera temporada en línea con las anteriores. El cambio de protagonista evidentemente afecta, pero sus creadores lo asumen como un reto y terminan por utilizarlo a su favor, primero como detonante para que arranque esta tanda de episodios y luego como modelo para construir un nuevo héroe que, con algunos rasgos del anterior, ofrezca algo nuevo, fresco y diferente a la trama, haciéndola más compleja y dotando al desarrollo dramático de un nuevo terreno a explorar. La apuesta es exitosa, y desde luego no es el motivo de la posible cancelación de una serie que, a todas luces, todavía tiene algo más que ofrecer.

‘Daredevil’ se despide sin cerrar sus tramas en la 3ª temporada


Que Netflix haya decidido acabar con todas las historias protagonizadas por superhéroes de Marvel da una idea de la apuesta que la plataforma había hecho por estos personajes. Puedo entender que las tramas de Luke Cage o Iron Fist no hayan terminado de cuajar, pero lo cierto es que Daredevil había logrado no solo un alto nivel dramático y artístico, sino que había hecho olvidar aquella película protagonizada por Ben Affleck (Liga de la Justicia) allá por 2003. Desconozco si algún día se conocerán los verdaderos motivos, más allá de los que ya se han hecho públicos, pero es una lástima que esta ficción creada por Drew Goddard (Malos tiempos en El Royale) se haya visto arrastrada tras una espléndida tercera temporada que deja la puerta abierta a una eventual continuación en el futuro.

Porque, al igual que en las etapas anteriores, estos 13 episodios son una combinación perfecta entre drama, acción e intriga. Con los mismos héroes y villanos sobre los que ha pivotado toda la trama desde el comienzo, el arco dramático aborda ahora la redención de un héroe superado no solo por unos enemigos más poderosos, sino por el sistema en el que confía y que es manipulado con precisión milimétrica por ese antagonista espléndidamente interpretado por Vincent D’Onofrio (El justiciero). Para ello, el tratamiento vuelve al intimismo que presentó en la primera temporada, algo que queda reflejado en el propio traje que vuelve a lucir el protagonista, así como en la soledad de enfrentarse a todo sin el apoyo ni la colaboración de nadie. Todo ello, por supuesto, con el tono oscuro y opresor que caracteriza a esta serie, conceptos religiosos incluidos.

Pero lejos de ser una suerte de tercer acto de una historia más amplia, esta tercera temporada de Daredevil es un vehículo para ahondar en el pasado del héroe y para explorar un poco más al resto de personajes secundarios que nutren la ficción. Respecto al primero, la serie aborda la trama secundaria de su familia, de la sed de venganza e, incluso, de sus poderes, para mostrar las debilidades de un hombre que clama más venganza que justicia. A través del devenir de la historia principal el argumento entrelaza aspectos secundarios para mostrar las diferentes caras de su complejidad dramática, desde la identidad de su madre hasta sus esfuerzos por luchar incluso sin contar con sus ‘superpoderes’, logrando con todo ello no solo una reafirmación de pilares dramáticos ya presentados, sino situando al héroe ante un dilema interno visto a través de un conflicto externo.

En este sentido, es fundamental señalar el modo en que los creadores afrontan esta dualidad del conflicto. Por un lado, evidentemente, nos encontramos ante los villanos, siempre más poderosos que el héroe para acentuar la dificultad de la victoria. Pero por otro, y esto es lo reseñable, los enemigos se convierten en esta ocasión en una suerte de proyección de los propios miedos del protagonista. Las conversaciones que el personaje de Charlie Cox (La teoría del todo) tiene con su archienemigo reflejan ese conflicto interno que vive, mostrando con acierto no solo las dudas acerca de cómo actuar, sino el pensamiento lógico que le lleva a comprender la magnitud de la situación. Pero luego está ese enemigo interpretado por Wilson Bethel (Cold turkey) que, aunque no se mencione, es Bullseye. El hecho de que al final de la temporada se vista con el traje rojo del héroe, y este se enfrente a él con sus ropas negras iniciales, puede interpretarse también como una proyección de la dualidad en la que vive el rol de Cox, que quiere dejar atrás ese traje. Lejos de utilizar una secuencia onírica, sus creadores aprovechan el desarrollo del conflicto externo para sacar a relucir la lucha interna.

Violencia y más violencia

Bajo esta premisa, Daredevil se revela como una obra compleja, capaz de ofrecer muchas lecturas al espectador más allá de las secuencias de acción, la intriga o una cuidada fotografía. La tercera temporada es, en este sentido, mucho más enriquecedora, pues se apoya en lo narrado con anterioridad para sumergirse en los aspectos más delicados y profundos del héroe, amén de retratar una espléndida evolución de los villanos y de los personajes secundarios, que aunque pierden cierto peso al no tener una relación directa con la trama principal, sí son capaces de mantener un desarrollo más que correcto para, en último término, fusionar sus historias con la principal en un final que, aunque cierra varios hilos argumentales, deja abierta la puerta a nuevos interrogantes.

Pero todo esto no quiere decir, ni mucho menos, que estos 13 capítulos no hagan gala de la otra gran característica de la serie: su violencia descarnada. Sus creadores vuelven a recurrir a planos secuencia para narrar la lucha hasta la extenuación de un hombre que, más allá de sus sentidos desarrollados, no tiene más poder que el resto de los humanos. A través de estos combates sin cuartel ni cortes de montaje, la ficción ofrece una mirada sin contemplaciones a la agresividad de la lucha, al cansancio de enfrentarse a enemigos una y otra vez sin más armas que sus piernas y puños. Y todo eso, claro está, tiene sus consecuencias, llevándole a tener que luchar incluso con heridas internas. En este caso la ficción puede percibirse en que el héroe no muere tras los golpes y las palizas que recibe, pero incluso sabiendo esto de antemano la crudeza de las secuencias genera una tensión pocas veces vista en televisión o en cine.

Es importante remarcar también que esta tercera temporada explora los orígenes del nuevo villano al que da vida Bethel. A diferencia de lo que ocurre en etapas anteriores de la serie, la trama dedica tiempo a narrar la infancia y el trasfondo psicológico de un personaje frágil a la par que violento. Es cierto que haber contado ya el devenir de todos los personajes da una mayor libertad y más posibilidades a los guionistas para asentar las motivaciones del antagonista, pero no hay que perder de vista que esto permite, a su vez, dotar de mayor complejidad las relaciones que se establecen entre Bullseye, Daredevil y Wilson Fisk. Del mismo modo, y relacionado con esto, no hay que pasar por alto el cuidado tratamiento de la trama secundaria que involucra al FBI. La forma en que la situación va cambiando es sencillamente brillante, viéndose a través de los ojos de ese agente que busca hacerse un nombre y termina comprendiendo que ha sido manipulado.

Todo ello compone un complejo y atractivo tablero de juego que la tercera y última temporada de Daredevil aprovecha al máximo, estableciendo relaciones entre las diferentes tramas secundarias y ahondando en los conflictos dramáticos y las confrontaciones externas de cada uno de los personajes. No cabe duda de que esta conclusión es el punto final idóneo para el crecimiento dramático que ha tenido la serie, convirtiéndola en una producción diferente y de una calidad artística y técnica que la sitúan entre lo mejor de la televisión. Pero también deja abierta la puerta a un futuro con nuevos interrogantes y nuevos casos que este superhéroe/abogado deberá afrontar. Aunque eso dependerá de que alguien quiera retomar estos personajes y quiera hacerlo con el mismo planteamiento. Por el momento, lo que dejan son tres temporadas imprescindibles.

‘Preacher’ da prioridad a los personajes sobre el desarrollo en la 3ª T.


La tercera temporada de Preacher empieza a mostrar, aunque sea en algunos minutos, una cierta normalización de lo que fue su transgresión inicial. Esto no tiene que ser algo necesariamente negativo, pero sí podría indicar una posible reiteración de fórmulas que terminen por convertir esta diferente producción en una obra común… Bueno, siendo sinceros eso no creo que pueda ocurrir nunca conociendo el cómic en el que se basa, pero sí podría dejarse llevar sin ofrecer nada diferente. Pero todo eso es apostar a futuro. La realidad es que estos 10 episodios, aun con un desarrollo algo menos surrealista que las anteriores temporadas, siguen dejando algunos de los momentos más rompedores de la televisión.

Posiblemente la sensación de continuismo que ofrece esta ficción creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Los tres reyes malos) y Seth Rogen (The disaster artist) se deba, precisamente, a que al menos una de las tramas planteadas en esta etapa se mantiene de la anterior, y seguirá así durante al menos otra temporada, ya confirmada. Una continuidad que, aunque planteada de un modo algo irregular en sus inicios, presenta un desarrollo sencillamente hilarante, trasladando a la pantalla algunas de las viñetas más irónicas de la historia creada por Garth Ennis y Steve Dillon (pienso en las pruebas de los sombreros de Herr Starr, por ejemplo) y alguno de los momentos más brutales, salvajes y gore de la serie, y eso que ha tenido secuencias muy viscerales.

Sin embargo, a pesar de todo la trama de Preacher en esta tercera temporada pierde algo de fuerza en este ámbito, toda vez que se introducen elementos ajenos a la propia búsqueda del protagonista. Estos elementos secundarios, que en último término se intentan fusionar con la trama principal para dotarles de una mayor relevancia, desvían la atención y el tiempo narrativo de otros elementos más relevantes del argumento, impidiendo desarrollarlos de forma correcta o con una mayor profundidad. El hecho de que los tres protagonistas se separen, además, genera una división narrativa y dramática que en la obra de Ennis y Dillon ofrece al lector una variedad argumental interesante, pero que en la serie de televisión sencillamente no alcanzan el mismo nivel narrativo, y dado que cada episodio tiene que desarrollar todas ellas a la vez, al final el resultado es una cierta irregularidad en varios momentos.

Es muy probable igualmente que, una vez superado el impacto inicial de una serie de estas características, el espectador se acostumbre a algunas de las barbaridades que se muestran en la misma. Sin embargo, hay algunos aspectos que sugieren otra posibilidad, como el hecho de que la búsqueda de Dios parece posponerse en mayor o menor grado para abordar el pasado del protagonista, la presencia del vudú, las luchas clandestinas, el mundo de los vampiros o la lucha por el poder religioso. Todo ello, aunque enriquece sobremanera el mundo de esta serie, también desvía mucho la atención del meollo del argumento, y eso por no hablar de la ausencia casi constante de ese poder sobrenatural conocido como Génesis que tan buenos resultados dio en las primeras temporadas, y que aquí se limita tan solo a algunos momentos.

Reinterpretando la religión

Pero todo ello no implica que esta tercera temporada de Preacher sea peor que las anteriores. Puede que sí sea algo inferior narrativamente hablando, pero a lo largo de estos 10 capítulos queda patente que tanto el tratamiento dramático de los personajes como los pilares argumentales de la serie como producto están no solo intactos, sino que son mucho más profundos. Y me explico. La diversificación de tramas es indudable que obliga a desviar la atención de la trama principal, sin duda la más transgresora de todas, pero también permite dirigir la mirada hacia el resto de secundarios, y es ahí donde la ficción logra un resultado más óptimo. A través de los viajes de los personajes interpretados por Joseph Gilgun (Infiltrado) y Ruth Negga (Warcraft: El origen), uno más físico y otro más conceptual, los creadores de la serie reinterpretan todo tipo de mitos, incluidos los religiosos.

Esto no solo amplía visualmente el universo creado por Ennis y Dillon, sino que permite un estudio más en profundidad de las motivaciones, miedos y anhelos del trío protagonista, planteados en varias ocasiones a lo largo de las temporadas anteriores. Y como no podía ser de otro modo, dicho estudio llega de la mano del pasado de cada uno, de sus orígenes. Todo ello permite conocer al espectador quién es quién en este surrealista viaje en busca de Dios, pero también pone de manifiesto que no todos los personajes tienen la misma capacidad de recorrido dramático. Es por ello que, en teoría, las debilidades narrativas vistas en esta etapa quedarán solventadas en la próxima, toda vez que muchos de los problemas derivados de esta profundización en los personajes sencillamente no estarán.

Cabe destacar igualmente dos aspectos perfectamente trasladados desde el papel y la tinta de los cómics. Por un lado, el mundo del vudú en el que creció el protagonista, ahora ampliado en la pequeña pantalla. El modo en que el rol al que da vida Dominic Cooper (Mamma mia! Una y otra vez) se enfrenta a su pasado, ya sea con los puños o con la inteligencia de saber cuando actuar, deja posiblemente los mejores momentos de la temporada, amén del interés que pueden despertar el resto de personajes que habitan esa decrépita casa. Pero por otro, la serie sienta las bases de lo que será el futuro enfrentamiento con El Grial, esa organización que, en el tercio final de esta etapa, se presenta como una suerte de nuevo nazismo de blanco impoluto.

Ambos “mundos” representan el pasado y el presente de Preacher. Pero esta tercera temporada deja muchas cosas más, como ese infierno y ese paródico Satán con su Ángel de la Muerte; un Hitler que regresa a la Tierra para recuperar lo que es suyo (sin duda el elemento más transgresor respecto al cómic y el que más futuro tiene); y por supuesto, el Santo de los Asesinos o la presencia, finalmente, de Dios. Todo ello compone un universo único, como de hecho es la obra en papel. Un universo que a pesar de ciertas irregularidades sigue siendo un soplo de aire fresco, una salida a los habituales productos televisivos. Mientras el viaje de Jesse Custer siga por este camino solo se podrá disfrutar, incluso aunque puedan surgir complicaciones durante el trayecto.

‘Da Vinci’s Demons’ se entrega al exceso sin sentido en su última 3ª T.


He de confesar que no tenía intención de finalizar Da Vinci’s Demons. Más allá del carácter fantástico de su propuesta, el desarrollo irregular de sus personajes, la tosca definición de las intrigas palaciegas y la poca coherencia de algunas de sus premisas habían hecho que me replanteara continuar con su historia. Pero la necesidad de completar una serie, sea más o menos acertada, me ha llevado a retomar, varios años después, su tercera y última temporada, emitida en 2015. Y lo cierto es que estos 10 episodios confirman esa idea de estar ante un producto original en su idea pero excesivo en su definición final.

En efecto, la serie creada por David S. Goyer (serie Constantine) se entrega por completo a sus excesos, aprovechando de nuevo los hitos históricos como base para una trama con tintes fantásticos que, sin embargo, no conjuga del todo bien con la realidad de los personajes. Y en esta ocasión el motivo no es otro que la necesidad de poner punto final a todas las tramas secundarias abiertas. Para ello, Goyer recurre a una estructura aglutinadora en la que personajes secundarios que han tenido más o menos peso en la trama se dan cita en un final en el que el bien y el mal se enfrentan, y en el que los integrantes de cada bando, curiosamente, también se encuentran divididos en ambas categorías, aunque unidos por las necesidades. Y si bien la teoría señala que esta es una apuesta acertada, el resultado no termina de ser satisfactorio, y eso es básicamente porque los personajes y sus arcos dramáticos no resultan convincentes.

En otras palabras, el hecho de que Da Vinci utilice su ingenio para ayudar a derrotar a los invasores de Italia sería algo sumamente interesante, amén de las intrigas y las decisiones políticas que nutren Da Vinci’s Demons. Pero que todo eso tenga lugar mientras una orden secreta quiere dominar el mundo, mientras un libro que muestra a cada uno algo diferente es la clave de la victoria, y mientras Drácula hace acto de presencia para ayudar en la lucha, resulta cuanto menos irreal, incluso para una serie de estas características. Si a esto añadimos el extraño periplo que viven algunos secundarios, cuyo devenir resulta ciertamente irregular, lo que surge es un final de serie que, en efecto, cierra por completo la trama, pero que lo hace de forma apresurada, sin abordar en profundidad algunos de los conflictos que se plantean. Más o menos como han sido todas las temporadas.

Con todo, si se aíslan algunas tramas secundarias estas resultan muy interesantes. El desarrollo, por ejemplo, del personaje interpretado por Blake Ritson (Serena) se convierte en un viaje a los infiernos de un rol ya de por sí siniestro. La ambigüedad de sus acciones, las múltiples caras que presenta este antagonista a lo largo de todas las temporadas y las evidentes luces y sombras de sus acciones encuentran en esta última etapa una conclusión ciertamente atractiva (con sus altibajos dramáticos, todo sea dicho). Y eso es gracias a que se ha ido construyendo de forma progresiva, sin incidir demasiado en sus contrastes pero sí lo suficiente como para dotar al personaje, y por extensión a una parte importante de la trama, de una sugerente oscuridad. De nuevo, la importancia de trabajar este arco secundario a lo largo de todas las temporadas es la clave de la calidad dramática.

Secundarios de última hora

A los problemas de concepto y narrativos que Da Vinci’s Demons ha arrastrado desde su primera temporada se suma en esta ocasión una práctica muy extendida en un determinado y muy concreto tipo de series: la incorporación de secundarios de última hora. Su presencia suele tener dos motivos: o bien sirven como catalizador para determinados momentos de la ficción, a modo de Deus ex machina, o bien son el modo de los guionistas de rellenar los huecos dramáticos que no son capaces de resolver de un modo algo más elaborado. En este caso hay un poco de ambos, pero sobre todo del segundo.

Y es que la presencia de Sabrina Bartlett (serie The passing bells) responde un poco a ambas respuestas. Sacarse de la manga un personaje como este ha permitido a esta tercera temporada ahondar en algunos conflictos dramáticos tanto del protagonista como de algunos secundarios, haciéndoles avanzar. Pero al mismo tiempo ha jugado una parte fundamental en la trama al ser una parte de la resolución de la serie. La fusión de ambos conceptos, sin embargo, no hace que su participación en la historia tenga más sentido. En realidad, aunque bien integrado tanto con el resto de personajes como con el argumento en sí, lo cierto es que en todo momento da la sensación de que se ha introducido de un modo forzado. No tanto el personaje en sí, que bien podría haber sido un secundario más de los muchos que se han incorporado en esta tercera temporada (puede que incluso más interesante), sino la relación familiar que la une con el protagonista, algo innecesario a estas alturas de la historia y, sobre todo, cuando no se han tenido en cuenta los hermanos y hermanas que el personaje histórico sí tuvo.

Querer establecer estos vínculos solo evidencia la necesidad de sus creadores de hacer más compleja la trama, y al mismo tiempo tratar de reforzar esa idea de la familia que rodea a Da Vinci, formada por personajes de lo más variopintos. Sea como fuere, lo cierto es que es un arco dramático a todas luces innecesario, que perfectamente podría haber desaparecido y habría tenido el mismo efecto. Y esta es una de las premisas fundamentales a la hora de desarrollar una historia: si no es fundamental para el avance de la acción, ¿para qué incluirlo? Lo cierto es que la pregunta se podría haber hecho en muchos momentos de toda la serie, pero en esta última temporada, ante la necesidad de cerrar todos los arcos narrativos abiertos, adquiere una especial relevancia.

El caso de este personaje no es el único, pero sin duda es el más llamativo. La tercera temporada de Da Vinci’s Demons no solo no endereza el irregular desarrollo previo, sino que parece entregarse por completo a un exceso conceptual sin control aparente. Y esto, aunque en determinados momentos puede entretener, termina por saturar al espectador. Y es una lástima, porque la premisa inicial de la serie era más que prometedora. El problema ha sido, y esto es algo puramente personal, que sus impulsores no han encontrado un buen equilibrio entre los hechos históricos y la fantasía, entre la parte más realista y aquella más fantástica. A cada capítulo que pasaba se entregaba más a la segunda que a la primera, y esta falta de estabilidad es la que ha terminado por convertir en parodia un producto que bien podría haber sido algo diferente.

‘Supergirl’ deja de volar en su tercera temporada


No, no es que la chica de acero pierda sus poderes. Simplemente, la tercera temporada de esta serie creada por Ali Adler (The new normal), Greg Berlanti (serie Arrow) y Andrew Kreisberg (serie The Flash) directamente ha perdido el norte, y todo aquello que en un primer momento convirtió a esta producción en algo entretenido ha desaparecido. Cambio de cadena, cambio de rumbo dramático, … Sea cual sea el motivo, lo cierto es que estos 23 episodios ofrecen una imagen muy poco atractiva de la heroína de DC Cómics, y convierten esta ficción en una de las peores de superhéroes de la programación televisiva actual.

Y el motivo no es otro que tratar de convertir esta serie en una “serie de chicas”, en el peor sentido de la expresión. En un evidente esfuerzo por intentar separar la imagen de esta superheroína de la que arroja Superman, sus creadores han optado por convertir sus aventuras y sus retos en una suerte de comedia/drama adolescente en cuya trama la protagonista se enfrenta a problemas propios de una chica. O mejor dicho, a problemas poco trascendentes. De este modo, en lugar de recorrer una senda algo más compleja, como las dificultades de compaginar trabajo y labor de superhéroe, las relaciones con personajes que caminan al borde de convertirse en villanos o, incluso, tocar temas como el racismo o la xenofobia (algo que hoy en día, por cierto, habría dado a la serie un impulso difícil de calcular), sus creadores optan por quedarse en el enredo amoroso, en la decepción romántica y en las idas y venidas de sentimientos y personajes que, la verdad, aportan más bien poco al desarrollo de la trama. ¿De verdad no se puede hacer una serie protagonizada por mujeres que no hable de corazones rotos, o al menos que no sea este su principal conflicto?

No cabe duda de que Supergirl, como serie en su conjunto, es la que peor parada sale de estas decisiones, pero entrando en el detalle nos encontramos diferentes niveles a solventar. Para empezar, la trama. El arco argumental de esta tercera temporada está, en general, planteado de forma algo tosca, sin giros argumentales de relevancia y, lo que es peor, intentando generar esos cambios narrativos introduciendo elementos que resultan poco creíbles, y eso que estamos en una producción de ciencia ficción donde, por definición, se puede ampliar un poco más el abanico de posibilidades dramáticas. Sin ir más lejos, el hecho de que un fragmento de Krypton se salvara resulta algo risible. Junto a esto, el modo de presentar a la villana de turno, en un fallido intento de generar algo parecido a la intriga por conocer su identidad, evidencia una falta de rumbo dramático alarmante, posiblemente motivada por unas historias secundarias que aportan poco o nada al conjunto, salvo para reubicar las piezas sobre el tablero para la siguiente tanda episódica.

En efecto, los personajes secundarios habituales de la serie son los que más sufren el desarrollo sin rumbo fijo de estos capítulos. El ejemplo más claro es el del rol interpretado por Chyler Leigh (Brake), una hermana que ha pasado por tantas fases dramáticas que se antoja una suerte de comodín que utilizar cuando no se sabe por dónde continuar un argumento. Pero no es la única. La historia de Marte, aunque en parte necesaria para cerrar ese arco argumental, resulta algo anodina, despertando poco interés y recurriendo al desarrollo más lacrimógeno posible. Algunos personajes entran y salen de la historia sin más relevancia que la necesaria para un momento concreto. Y todo ello con la presencia de esos viajeros del futuro introducidos con calzador para dar rienda suelta al triángulo amoroso y que terminan por ser la excusa perfecta para un cambio de personaje innecesario de cara a la cuarta etapa. Eso sí, una cosa hay que reconocer. A la hora de eliminar a un personaje de una historia siempre se recurre a un fallecimiento, un largo traslado, una enfermedad, etc., pero… ¿un destierro al futuro? Eso sí es originalidad.

¿Hay futuro?

Esta es la pregunta que se plantea tras ver la tercera temporada de Supergirl. Evidentemente, existirá siempre que sus creadores y la cadena de emisión quieran, pero otra cosa muy diferente será la aceptación que pueda tener entre los seguidores. Desde luego, la cuarta etapa ya está preparada para comenzar en Estados Unidos a mediados de octubre, pero mucho tendrá que rectificar para poder levantar de nuevo el vuelo, nunca mejor dicho. Y como siempre, todo está relacionado con el tratamiento de personajes y el desarrollo dramático de la historia.

De hecho, los cambios tanto de roles como de su relevancia en la trama en el último episodio de esta temporada podría indicar, al menos, un final para muchos elementos secundarios sin relevancia alguna, como la subtrama de Marte. Ahora bien, existen otros aspectos tal vez menores pero que hacen mella en la buena marcha de la trama. Para empezar, el personaje de Leigh necesita un objetivo, una motivación exclusiva y, como consecuencia, un peso más relevante en la trama. No es que ahora no lo tenga, pero este rol parece ser utilizado como cajón de sastre para historias con poco peso que nada tienen que ver con la principal, además de ser un comodín cuando no se sabe cómo continuar en algún momento.

También es importante que se elimine cierta tendencia al romanticismo. No es que no tenga que existir un love interest (al fin y al cabo, es uno de los tres pilares importantes que puede ser usado en cualquier historia), pero da la sensación de que esta serie tiene la necesidad de incluir cuantas más historias románticas mejor, y eso termina por restar tiempo para narrar los elementos más importantes del arco argumental, o lo que es igual de malo, quita espacio para desarrollar otras tramas secundarias que poco a poco se han ido abandonando y parecen haberse convertido en residuales, como es el caso de la historia de Guardián.

Al contrario de lo ocurrido con ArrowThe FlashSupergirl no parece haber encontrado su espacio narrativo. O mejor dicho, lo ha encontrado, pero en una tendencia descendente que perjudica cada vez más sus historias. Esta tercera temporada confirma que la trama ha derivado por completo en una comedia romántica adolescente en la que nada parece irle mal a la protagonista a pesar de que el desarrollo dramático trate de aparentar que, en efecto, se encuentra en una situación desesperada. Es una lástima, porque aunque optara por una línea clara y sin lados oscuros, esta superheroína tiene más potencial que el que ahora mismo se está mostrando. Y todo apunta a que no se va a cambiar en un futuro inmediato, al menos no en lo más importante.

3ª T. de ‘Billions’, o la construcción en las sombras de los antagonistas


Resulta fascinante la facilidad que algunas series tienen para cambiar el sentido de sus tramas y no perder su esencia en el proceso. Pero es mucho más interesante analizar cómo esas mismas producciones logran seguir creciendo en intensidad dramática y en complejidad narrativa. La tercera temporada de Billions es uno de los mejores y más recientes ejemplos, toda vez que abandona la guerra que nutrió las anteriores etapas para centrarse en un auge y caída de sus protagonistas de forma independiente. Y así es cómo lo consiguen Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del guión de The girlfriend experience) y Andrew Ross Sorkin: con nuevos personajes antagonistas.

O mejor dicho, con una construcción orgánica, y hasta cierto punto desarrollada en las sombras, de dichos antagonistas. Porque lo cierto es que no se han introducido muchos personajes nuevos, al menos no relevantes. Tan solo el fiscal general interpretado magistralmente (en la línea del resto de los actores de la serie) por Clancy Brown (El escándalo Ted Kennedy) y el mafioso al que da vida John Malkovich (Entre dos maridos). Esta pieza, unida a una progresiva transformación del resto de secundarios, da origen a un cambio de escenario completo en el que los dos protagonistas dejan su enfrentamiento para atender sus propios problemas. En este sentido, la trama se divide claramente en dos partes, la financiera y la jurídica, igualmente apasionantes, y en las que sigue predominando el elegante juego de traiciones y estrategias que ha definido desde el principio esta historia.

Dicho así, puede parecer sencillo, incluso banal, el modo en que una serie puede redirigir su mirada hacia nuevos conflictos, pero lo cierto es que es algo construido desde el principio. A diferencia de producciones que utilizan roles arquetípicos, Billions se sustenta sobre personajes definidos al detalle, inteligentemente desarrollados para confluir y chocar en todo tipo de intereses. Esta dinámica les convierte no solo en humanos, sino que permite a sus creadores desarrollar una trama a modo de tela de araña en la que amigos y enemigos duran lo mismo que el conflicto al que se enfrentan. Dicho de otro modo, una guerra sin cuartel por lograr los objetivos que cada personaje se ha marcado. Y hete aquí que se desvela el principal motor de esta serie (y en teoría, de cualquier producción): cada rol, sea principal o secundario, tiene sus propios intereses, que cambian y evolucionan en función de los acontecimientos.

Esta construcción tan orgánica ha permitido, por ejemplo, explorar las diferentes traiciones que se muestran en estos 12 episodios. En este sentido, lo que encontramos en esta tercera temporada es una inteligente evolución de la serie. En lugar de reproducir el conflicto entre los personajes de Paul Giamatti (San Andrés) y Damian Lewis (serie Homeland) en un bucle infinito que terminaría por resultar aburrido, sus creadores optan por apartar dicho conflicto y aprovechar a los secundarios con mayor peso en la trama para tejer nuevos retos dramáticos, nuevas enemistades y nuevos personajes en una guerra intelectual totalmente nueva. Y todo funciona gracias fundamentalmente a que todos esos secundarios han ido creciendo con la serie pero alejados de los protagonistas, creando entre todos los personajes el espacio dramático suficiente como para que la confrontación funcione.

Auge y caída

Y aquí vuelve a aparecer la importancia de personajes bien definidos y construidos, y sobre todo de un relato en el que lo mostrado en pantalla y el verdadero sentido de los acontecimientos sean dos cosas muy diferentes. Habrá quien piense que algunos secundarios son algo arquetípicos, que representan una especie de idea básica en el mundo corrupto en el que se mueven los protagonistas. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que roles como el de Toby Leonard Moore (serie Daredevil) son fieles a una idea y tienen una personalidad muy marcada y aparentemente simple, pero es precisamente eso lo que les aleja de ser personajes sencillos, pues una definición tan amplia da pie a infinidad de posibilidades dramáticas.

Pero para que funcionen deben narrarse adecuadamente, y es aquí donde entra la habilidad de los guionistas. A lo largo de estos 12 capítulos la historia es presentada como un relato de victoria para ambos protagonistas. Alejados uno de otro y aparentemente independientes, sus historias, con ciertas diferencias, corrían de forma paralela como arcos argumentales en los que el conflicto siempre se inclinaba a su favor, logrando cada vez retos más importantes. Su ceguera ante lo que realmente estaba ocurriendo, y sobre todo ante quienes tienen a su alrededor, se transmite al espectador de forma tan magistral que los puntos de giro finales de temporada resultan tan impactante como enriquecedores. Algunos más previsibles que otros, estos cambios dramáticos son de tal calibre que trastocan por completo todo lo visto hasta ese momento, redefiniendo el relato como una historia de auge y caída. Y cuando más alto se llega, más dura es la caída.

Que nadie piense que dicha caída es algo construido sobre la marcha. La estructura dramática de estos episodios deja elementos suficientes como para intuir lo que puede pasar, pero la intensidad de los protagonistas arrasa cualquier posible sospecha. Se puede decir que esta tercera temporada es de lo mejor de la serie, pues a diferencia de sus predecesoras, en esta ocasión nos encontramos ante una aparente victoria que se convierte en derrota, todo ello con un relato minuciosamente construido y en el que nada se deja al azar. Ninguna conversación es banal, y desde luego ningún personaje se vuelve anodino, más bien al contrario.

La imagen final de la temporada es posiblemente la que mejor defina Billions. Tres personajes caídos en desgracia cuando estaban a punto de tocar el cielo con los dedos que urden un plan para recuperar aquello que les arrebataron. Tres personajes que tiene un pasado de confrontación y ahora tienden puentes contra enemigos que, aunque no son comunes, tienen los suficientes nexos de unión como para ayudarse mutuamente. Es el juego en el que se mueve esta serie que con su tercera etapa ha dado un nuevo impulso a una trama que en ningún momento había mostrado síntomas de cansancio. Y el futuro resulta apasionante y, hoy por hoy, totalmente inesperado.

La 3ª T. de ‘Gotham’ consolida a sus villanos para crear a Batman


Hay una ley no escrita que establece que toda buena película debe tener un extraordinario villano. Evidentemente, no todas las grandes historias cuentan con grandes villanos… o con villanos propiamente dichos. Pero desde luego, un gran villano sí eleva de categoría cualquier historia. Y partiendo de esa base, la tercera temporada de Gotham ha optado por hacer avanzar la trama a pasos bastante agigantados para confirmar el giro dramático que está dando la serie y convertirla en una historia de superhéroes más que detectivesca. Para ello se ha apoyado en su cartera de villanos, dotándoles de una mayor entidad y aprovechando eso para desarrollar, a su vez, a un joven Bruce Wayne magníficamente interpretado por David Mazouz (serie Touch).

En efecto, estos 22 episodios de la serie creada por Bruno Heller (serie Roma) ahonda notablemente en la personalidad de todos y cada uno de los villanos que a lo largo de los episodios anteriores han ido apareciendo en la trama, amén de incorporar otros nuevos. Con más o menos acierto según sea el caso, el resultado final es que la complejidad que han adquirido no solo estos antagonistas, sino también su forma de relacionarse con el resto de personajes, hacen que la serie haya dejado de ser una original producción policíaca ambientada en la ciudad que da nombre a la ficción para convertirse en un mosaico criminal de intereses contrapuestos, de motivaciones enriquecidas por el odio, la venganza y el poder. Todo eso convierte a Gotham en esa ciudad del crimen que necesita de un salvador, de un héroe al margen de una limitada ley que no puede hacer frente a todas esas amenazas.

Se puede decir, en este sentido, que Gotham (la serie) empieza a ser realmente Gotham (la ciudad). Más allá de la impecable ambientación, el escenario en el que se desarrollan todas las tramas toma forma y se prepara para recibir al caballero oscuro, que en cierto modo hace acto de presencia en el plano final de esta tercera temporada. Y todo ello, como decimos, es gracias precisamente a que los villanos comienzan a tomar conciencia de sí mismos, a dejar de ser meros secundarios para dar un paso al frente y ser protagonistas de historias que no solo discurren paralelas a la principal, sino que influyen de un modo más o menos notable en la misma. A pesar de los errores, que los tiene principalmente en la construcción de algunas tramas, el resultado final es el de una composición de intereses, antagonistas, violencia y caos que resulta de lo más sugerente. Y ante esa amenaza, apenas dos nombres.

El arco argumental del detective Gordon, interpretado de nuevo por Ben McKenzie (El marido de mi hermana), ha ido perdiendo interés en favor no solo de los villanos, sino del propio Mazouz y su viaje para encontrar a Batman. A pesar de seguir llevando sobre sus hombros el principal peso de la historia, su personaje en esta etapa realiza un recorrido cuanto menos cuestionable, que le hace ser detective privado, policía, infiltrado en una organización secreta, superar una droga que nadie más es capaz de controlar y salvar una ciudad. El hecho de que su trayectoria de redención no le convierta en el principal atractivo de la serie debería ser argumento suficiente para comprender que no está funcionando, que se está convirtiendo en un secundario, en un nexo de unión entre otras historias más interesantes. Si a esto añadimos el espléndido crecimiento del personaje de Bruce Wayne, con un prometedor futuro por delante como auténtico protagonista, lo que tenemos es un cambio de foco dramático sabiamente elaborado y disimulado con un contexto cada vez mejor.

Porque sí, porque hay que hacerlo

Todo ello no impide, sin embargo, que esta tercera temporada de Gotham no presente algunos puntos débiles. Y como es lógico, si son los villanos los que más crecen en esta serie, también son ellos los que registran algunas de las mayores flaquezas. Los problemas de estos últimos episodios podrían resumirse en un Deus ex machina constante a lo largo de la trama, si bien en esta ocasión ni hay un dios ni hay una máquina. Es más bien, el poder puntual de la ciencia. Eso y las conspiraciones que se desarrollan a lo largo del arco argumental. Pero vayamos por partes. Los aspectos más “mundanos” de la serie, aunque estructurados correctamente (lo que da facilidades para el desarrollo de personajes), han necesitado en no pocas ocasiones de giros argumentales cuanto menos cuestionables. No por su falta de coherencia; no por ser algo inconexo con el resto de la historia. Más bien, porque se han forzado situaciones que para crear conflictos que de otro modo habrían sido difíciles de explicar.

Desde el hecho de que el personaje de McKenzie sea capaz de vencer una droga que ningún otro personaje es capaz de controlar, hasta el camino oscuro que emprende el joven Bruce Wayne, las tramas han tenido un recorrido algo accidentado. Cabe pensar que en algunos casos, como el de esa especie de conspiración para acabar con la ciudad y utilizar el rol de Mazouz como arma, las incógnitas se resolverán poco a poco en los siguientes episodios de la cuarta temporada. Pero otros casos son más llamativos. La incorporación de nuevos secundarios cuya única función es la de ser detonante de un elemento desequilibrante en la historia es alarmante, lo que genera un doble problema. Por un lado, la proliferación de personajes relativamente insustanciales complica la posibilidad de estar atentos a todas las ramificaciones que posteriormente se desarrollan. Y por otro, su presencia resta tiempo y espacio al desarrollo de otras tramas, lo que obliga a condensar motivaciones, decisiones y acciones en un periodo más corto, derivando en esa sensación de que en los arcos argumentales hay momentos en los que todo ocurre casi “porque sí”.

Aunque no cabe duda de que uno de los casos más sonados es el de Ivy Pepper, que ya va camino de convertirse en Poison Ivy. Y en esta ocasión sí que es la ciencia la que tiene mucho que ver con esa idea de que todo ocurre “porque tiene que ser así”. Ya sea por cuestiones narrativas, ya sea por cuestiones dramáticas, el cambio de actriz, crecimiento del personaje incluido, genera más dudas que certezas. Partiendo de la base de que se produce casi por un accidente científico, queda plantearse porqué logra los poderes y conocimientos sobre plantas que logra, amén de los motivos para ese crecimiento en cuestión de segundos del personaje, que ahora está interpretado por Maggie Geha (¿Cómo se escribe amor?). En efecto, y según lo visto en esta tercera temporada, parece que hay dos motivos para esta evolución. Por un lado, dramático: el personaje no se estaba desarrollando adecuadamente y era necesario explicar sus poderes. Por otro, narrativo: es necesario sumar a un villano de esta categoría al plantel de adultos de la trama y darle un mayor protagonismo del que tenía hasta ahora.

El problema es el modo en que se ha hecho. Y eso se puede aplicar a muchos aspectos de la tercera temporada de Gotham. Es cierto que son aspectos secundarios, al menos respecto al desarrollo principal y al modo en que ha terminado esta etapa, pero sí desvelan algo arriesgado: el uso de recursos poco o nada narrativos que no tienen justificación alguna en el resto de las tramas. A priori no debería de ser motivo de alarma teniendo en cuenta la sólida construcción de los principales personajes, sean héroes o villanos, pero el hecho de que el rol de McKenzie haya perdido parte de su interés y que se estén introduciendo más y más villanos invita a pensar que esos detalles secundarios podrían adquirir la categoría de relevantes. Por suerte Batman también está empezando a hacer acto de presencia, y si eso se trabaja como hasta ahora, es garantía de éxito.

 

‘Fargo’, más drama y un humor negro irregular en la 3ª temporada


Se conoce como serie de antología a aquella producción en la que cada episodio o temporada tiene una historia diferente con personajes diferentes. En los últimos tiempos son varios los ejemplos, desde American Horror StoryTrue Detective. Los atractivos de este formato son evidentes: historias autoconclusivas, tratamiento concentrado, personajes que se renuevan cada poco tiempo, tramas dinámicas, etc. Pero también tiene sus inconvenientes, y es el hecho de que no todas las historias tengan el mismo nivel dramático. Ha pasado en prácticamente todas estas producciones, y Fargo no es ajena. La ficción creada por Noah Hawley (serie Bones) e inspirada en la homónima película de los hermanos Coen (¡Ave, César!) alcanza su tercera temporada con diferencias sustanciales en su tratamiento, a pesar de querer mantener la misma estructura que en etapas anteriores.

Unas diferencias que, aunque puedan parecer sutiles y podo determinantes, la realidad es que han provocado que estos 10 nuevos capítulos no hayan causado la misma sensación que las dos temporadas previas, que por cierto sí tenían algo en común, aunque fuera de un modo muy indirecto. Dichas diferencias se hayan en el peso dramático de los personajes y, sobre todo, en la carga de humor negro de la historia, más dramática que las anteriores o, si se prefiere, menos irónica. A esto se añaden algunos personajes secundarios algo irregulares, introducidos casi por necesidad más que por una auténtica construcción del relato. Eso por no hablar de ese personaje con toques divinos que se cuela en mitad de la historia en varias ocasiones.

Pero volviendo al tratamiento de la historia, esta tercera temporada de Fargo carga mucho las tintas sobre la relación de los hermanos gemelos interpretados por un espléndido Ewan McGregor (La Bella y la Bestia). Tanto que se olvida de definir algo mejor no solo a los secundarios, sino al otro personaje principal de este tipo de historias: el o la policía encargada del crimen que centra la trama, en esta ocasión interpretada por Carrie Coon (serie The Leftovers). Mientras que los roles de McGregor cargan sobre sus hombros el peso dramático y cómico del argumento, el de Coon se limita a potenciar la inocencia y, hasta cierto punto ingenuidad, característica de estos personajes, obviando el necesario toque cómico que siempre han tenido.

Y al perder esa ironía esta pata de la estructura dramática queda coja. En efecto, la investigación policial se vuelve un tanto anodina, sin interés más allá de que se resuelva cuanto antes para poder ver qué ocurre con los culpables y con los secundarios involucrados en el crimen. Dicho de otro modo, este tipo de personaje, que en temporadas anteriores había tenido un papel protagonista, queda aquí relegado a un secundario importante cuya historia, dicho sea de paso, carece del interés necesario para soportar el peso de su historia. Esto provoca un desequilibrio dramático que se aprecia en el ritmo y el interés de las secuencias, y que termina por generar una irregularidad que puede hacer muy cuesta arriba el seguimiento del argumento.

Secundarios, siempre los secundarios

El personaje de Coon, al poder compararse con temporadas anteriores, puede que sea el caso más evidente, pero no es ni mucho menos el único. De hecho, la trama está cargada de secundarios que entran y salen de la trama sin aportar gran cosa al conjunto, salvo tal vez acentuar más si cabe el carácter surrealista y absurdo de buena parte de una historia que, vista en su conjunto, tiene menos humor del que podría esperarse y más drama del que sin duda tuvieron las anteriores etapas (y eso que algunas fueron sumamente dramáticas).

Pero estas irregularidades no convierten esta tercera temporada de Fargo en una producción mediocre. De hecho, sigue estando muy por encima de la media que suele verse en la pequeña pantalla. Y ello es fundamentalmente gracias a unos personajes y unos actores que, salvo los casos ya comentados, son simplemente brillantes. Entre ellos destaca, como también es habitual en todas las temporadas de esta ficción, el villano, interpretado ahora por David Thewlis (Wonder Woman). Misterioso y desagradable como pocos, este personaje logra hacerse con el control de la trama casi al instante, tanto dramática como figuradamente. Su presencia en pantalla es, literalmente, tan cautivadora como repugnante, absorbiendo la atención del espectador de forma casi hipnótica. Es sin duda el gran atractivo de esta etapa, y con él dos roles secundarios cuyo valor es mejor que se compruebe por uno mismo.

De hecho, tiene tal relevancia en el desarrollo de la historia que, a diferencia de temporadas anteriores, el episodio final termina precisamente con cerrando el arco argumental de su particular trama, enfrentándole con el rol interpretado por Coon en un final, todo hay que decirlo, tan hermoso y simbólico como sencillo. El hecho de que ambos personajes terminen enfrentándose cara a cara, así como el final que tiene uno de los protagonistas interpretado por McGregor, viene a convertirse en el broche perfecto entre los dos extremos de esta ficción. Villano y policía se enfrentan cara a cara en un diálogo que aúna los diferentes elementos del irregular desarrollo de la trama, amén de cerrar la historia de una forma original y eficaz.

El mejor resumen de esta tercera temporada de Fargo podría ser que, aun sin alcanzar las cotas dramáticas e irónicas e sus predecesoras, es una ficción muy superior a lo que puede verse en la televisión. De nuevo con esos incomparables parajes nevados como telón de fondo, la historia, con sus numerosas irregularidades, ofrece de nuevo una enrevesada historia en la que asesinato, culpabilidad, crimen organizado y humor absurdo se combinan para mostrar un mundo tan surrealista como las situaciones que viven sus personajes. Es cierto que sobran secundarios, que hay secuencias innecesarias y que el peso dramático de los protagonistas es tan irregular que termina perjudicando el desarrollo dramático, pero con todo y con eso sigue arrancando una sonrisa sarcástica. Y lo más importante, sigue siendo Fargo.

‘Fear the Walking Dead’ aclara sus ideas en la 3ª temporada


La evolución que ha tenido Fear the Walking Dead durante sus tres primeras temporadas ha sido, cuanto menos, irregular. Con un notable comienzo, el desarrollo dramático de la historia ha sido errático, en buena medida determinado por el gran número de personajes, sus excesivamente diferentes historias secundarias y la sensación de que el arco argumental todavía se estaba tratando de encontrar a sí mismo. Pues bien, buena parte de sus problemas parecen haberse solucionado en estos 16 episodios que componen la tercera entrega de esta ficción nacida bajo la sombra de The walking dead. Buena parte, pero no todos.

En cierto modo, esta nueva temporada de la serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) y el autor del cómic en el que se basa la serie original, Robert Kirkman, es una purga de todos aquellos elementos innecesarios en la historia, tanto dramáticos como narrativos. Y entre ellos, por supuesto, destacan los personajes. Para empezar, las tramas de los diferentes personajes se han unificado en un único elemento. Se acabó, por tanto, el ubicar a cada rol protagonista en un escenario diferente. Más allá de los beneficios económicos y de producción que eso conlleva, dramáticamente hablando permite a la serie centrar la atención no solo en un grupo de supervivientes muy concreto, sino que potencia el desarrollo de las relaciones entre personajes, de sus conflictos y el modo en que reaccionan juntos (o separados) ante la adversidad.

A esto se suma la eliminación de muchos roles que, siendo sinceros, se habían vuelto anodinos o eran, casi desde el principio, totalmente innecesarios. El ejemplo más evidente es el de Cliff Curtis (Resucitado), cuyo papel desde el comienzo de Fear the Walking Dead ha estado marcado por una alarmante indefinición ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor. Y aunque se le ha intentado integrar, lo cierto es que su personalidad no tenía cabida en una serie de este tipo, al menos no como el presunto líder que debería ser. De ahí su desaparición. Otra cuestión es el modo en que desaparece, bastante criticable por lo ridículo que resulta. A él se añaden otros, tanto principales que habían participado desde el principio como secundarios incorporados en esta tercera temporada. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo la serie está empezando a adquirir la estructura dramática de su modelo a seguir, con villanos humanos diferentes en cada temporada y concentrando la atención en un pequeño grupo de personajes.

Porque sí, la serie tiene muchos secundarios, pero al igual que en la serie original, el peso de la trama recae en unos pocos, que además se han reducido ostensiblemente en esta etapa, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la historia como en el escenario en el que se desarrolla la trama. El hecho de que todo se haya concentrado en apenas cinco personajes ha permitido, además, desarrollar más en profundidad la personalidad de los mismos, ahondando en sus miedos, en sus capacidades y, sobre todo, en su pasado. Esto ha permitido algunos momentos sumamente interesantes, como el regreso a las drogas del rol de Frank Dillane (En el corazón del mar), una situación tan dramática como surrealista si se tiene en cuenta el mundo apocalíptico en el que ocurre todo. En definitiva, esta tercera temporada se ha librado de lastres para concentrar el foco en los aspectos más interesantes, potenciándolos a su vez al tener más tiempo para poder realizar un mejor tratamiento.

Problemas zombis

Con todo, esta etapa de Fear the Walking Dead sigue arrastrando numerosos problemas de las anteriores temporadas, como si de los muertos vivientes a los hace referencia el título se tratara. Para empezar, una cierta indefinición en su trama. Mientras que su serie matriz muestra un claro objetivo del grupo protagonista, en esta ficción apocalíptica los protagonistas se dispersan tanto física como psicológicamente, sin un sendero claro ni, aparentemente, un objetivo a alcanzar, salvo tal vez el de sobrevivir, que no es poco en este tipo de ficciones. No es poco, pero no es suficiente, sobre todo porque la serie provoca una y otra vez la sensación de estar ante algo inacabado, como si se hubiera iniciado la trama sin tener claro hacia donde dirigirla. Y eso termina afectando, en cierto modo, a los personajes.

Y es que, aunque el hecho de centrar la trama en un puñado de roles ha beneficiado al desarrollo dramático de la historia, esta todavía sigue presentando irregularidades en su tratamiento debido, precisamente, a esa aparente falta de objetivo. Los personajes no parecen dispuestos a luchar por nada salvo ellos mismos, por sobrevivir un día más en lugar de intentar establecer una zona de seguridad. Sí, hay intentos, pero dado que ninguno de ellos termina por tener éxito, el balance final es el de arcos argumentales marcados por la llegada a un lugar y su posterior destrucción. Y ello sin contar con villanos realmente relevantes, lo que hace aún más complicado aceptar algunas de las premisas que se han planteado, por ejemplo, en esta tercera temporada.

Estos nuevos 16 episodios tampoco logran librarse de la definición de algunos de los supervivientes. A pesar de la evidente evolución que han sufrido los protagonistas, algunos de ellos todavía mantienen ciertas reminiscencias de una personalidad anodina, a medio camino entre la inocencia, la pasividad o la incomprensión de lo que ocurre. Y esto, aunque en determinados momentos puede ser provechoso para acentuar el contraste entre los roles, en muchos otros se convierte en un lastre para que la acción avance, al menos de forma progresiva. En este sentido, y unido a esa idea de supervivencia día a día que antes mencionaba, la serie parece moverse en círculos constantes con los que los personajes, por fortuna, están evolucionando, pero que les sume en una espiral que les lleva a vivir similares situaciones una y otra vez.

Solo cabe esperar que Fear the Walking Dead pueda librarse de esta estructura circular para seguir avanzando hacia un futuro que, con la eliminación de personajes y el final de esta tercera temporada, promete ser sumamente interesante. Porque el gancho final de temporada de esta entrega es, posiblemente, de los mejores que ha tenido la serie desde sus inicios, situando a los personajes en un escenario complejo, marcado por la muerte y la destrucción. En cierto modo, estos 16 capítulos marcan un cambio de tendencia; no radical, pero sí lo suficiente como para que se aprecie algo diferente. Los problemas siguen ahí, pero se suavizan. Si se logran eliminar, o al menos sí cambiar progresivamente, la serie podría deparar un mundo apocalíptico apasionante.

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