‘The Flash’ ahonda en el drama familiar en su quinta temporada


A pesar de que su estructura dramática es similar, The Flash se distanció desde el primer momento de su “progenitor” televisivo, Arrow, para dar una imagen algo más limpia, blanca, estéril. Su quinta temporada, aunque introduce algo más de dramatismo y una cierta oscuridad, mantiene en esencia esta apuesta pero introduciendo un nuevo elemento. O mejor dicho, reforzando en todos los frentes abiertos la idea de familia y todos los valores que ello conlleva.

En efecto, los 22 episodios de esta etapa de la serie creada por Greg Berlanti (El club de los corazones rotos), Geoff Johns y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Eli Stone) abordan en cada una de sus líneas dramáticas las tensiones en el seno de una familia, los conflictos y el modo en que cada miembro afronta dichas situaciones. En realidad, es algo que se viene trabajando desde los propios orígenes del personaje, pero en esta ocasión existe un matiz diferente, y es que los secundarios también viven ese concepto en sus propias historias, influyendo de forma más o menos directa en el resultado final y en el desarrollo de la trama principal. Incluso el villano está motivado por los vínculos familiares, recurriendo a la venganza por un accidente en el que su sobrina queda en coma. Todo ello, en efecto, refuerza el mensaje, e incluso lo hace más profundo, más consistente e interesante para los estándares que suele ofrecer esta ficción.

Ahora bien, esa reiteración conceptual también da al traste con la riqueza dramática y emocional del nutrido grupo de protagonistas. El hecho de que todos sus conflictos estén vinculados a padres que son villanos, a hijas engañadas o a la forma en que se relacionan unos y otros impide explorar nuevos conflictos, nuevos arcos argumentales capaces de aportar algo más a la trama. Por ejemplo, en etapas anteriores personajes como los de Danielle Panabaker (Time lapse) y Carlos Valdes descubrían sus poderes y se enfrentaban a sus propios demonios. Y aunque en estos capítulos se sigue manteniendo esa duda interna acerca de sus capacidades, queda relegada a un segundo plano, más como una consecuencia de algo superior que como una motivación en sí misma. En este sentido, por tanto, da la sensación de que cada aspecto previo de la trama queda supeditado a esa pátina de conflicto paterno filial que impregna absolutamente todo.

Y es una lástima. Es cierto que The Flash nunca ha sido una serie compleja. Más bien al contrario, su tratamiento siempre ha sido bastante lineal y, por qué no decirlo, previsible. Con todo, se mantenía siempre un pequeño as bajo la manga en forma de giros argumentales que pudieran producir, al menos, alguna sorpresa o imprevisto menor. Pero lo que nos encontramos en esta quinta temporada es una simplificación llevada al extremo de todas las historias. Ni siquiera los elementos externos que, en principio, deberían haber enriquecido la trama principal resultan interesantes. Al contrario, se convierten únicamente en meras muletas narrativas de la historia del héroe, sin tener recorrido ni vida propia más allá de servir al desarrollo del arco dramático protagonizado por Grant Gustin (Krystal), lo que hace que la serie pierda fuerza e interés, y que termine por ser un producto sin mayor recorrido que derrotar al villano de turno, quien por cierto, por muy poderoso que pueda parecer, siempre es derrotado sin grandes costes personales.

Gran familia feliz

Todo esto no impide, sin embargo, que esta ficción superheroica resulte entretenida. Al menos lo suficiente como para verla sin necesidad de reflexionar demasiado acerca de lo que sucede en pantalla. Los cada vez más elaborados efectos especiales, unido al tono irónico que tiene en general el tratamiento de personajes y a un villano que, con sus irregularidades, resulta interesante en su dibujo y puesta en escena, permiten que la serie se desarrolle de un modo bastante correcto (lo que no quiere decir apasionante). Y al igual que pasara con Arrow, el universo del hombre más rápido de la Tierra sigue expandiéndose en lo que a personajes se refiere, explorando presente, pasado y futuro para introducir nuevos roles que integran esta gran familia feliz que representa el Equipo Flash y su entorno.

En este contexto es necesario señalar lo que ocurre con Tom Cavanagh (El inventor de juegos) y los múltiples personajes que interpreta no solo en esta quinta temporada de The Flash, sino en toda la serie. De ser el primer villano de la historia (rol que, por cierto, vuelve a interpretar en estos episodios) ha pasado a dar vida al mismo personaje de universos diferentes, cada uno con sus particularidades y siempre un apoyo para el resto de personajes. En esta ocasión, una suerte de versión francesa de Sherlock Holmes especializado en seguir la pista y capturar al villano de la temporada en cada una de las realidades en las que existe. Más allá de la mejor o peor definición del rol, es digno de mención el trabajo tan diferente que hace el actor en cada temporada, dotando a cada personaje de una entidad y profundidad diferente, pero siempre siendo pieza importante no solo para derrotar al antagonista, sino para hacer avanzar la acción. Lástima que su distinta presencia en cada temporada impida ahondar algo más en el trasfondo, motivaciones, miedos y secretos de cada uno de los personajes.

De hecho, la diferente presencia del actor en cada temporada es uno de los alicientes de la serie, aportando siempre el mismo trabajo pero bajo prismas diferentes. Una pequeña originalidad de una serie que cada vez parece más entregada a la repetición de conceptos, de recursos narrativos, sin ofrecer giros interesantes que sean capaces de renovar el tono de la serie o, al menos de hacerlo parecer algo diferente a lo que se ha visto en estos cinco años. La originalidad inicial, así como el impacto de los efectos visuales, ha dejado paso a un retorno constante a las mismas ideas, incluyendo los viajes en el tiempo. La historia necesita de nuevos retos narrativos, incluso diría que de nuevos personajes capaces de aportar algo diferente a la dinámica del grupo. Pero mientras eso llega, lo que queda es una temporada simpática, entretenida en algunos momentos pero bastante condescendiente con sus propias limitaciones.

No quiere esto decir que no haya futuro. Esta quinta temporada de The Flash deja algunas ideas realmente interesantes, como esas modificaciones en el periódico que marca la desaparición del protagonista, la creación de la cabecera digital en la que se publica la noticia y algunas otras ideas que comienzan a vertebrar ese evento con el desarrollo de la serie. Ha sido algo incipiente, es cierto, pero al igual que ocurriera en etapas anteriores, se plantean varios hitos dramáticos que, si se saben explotar en la siguiente tanda de episodios, podría llevar la ficción por un camino interesante. Habrá que ver cómo se compagina eso con el nuevo villano, y sobre todo con esa idea de poder quitar los poderes con una mera inyección. Por el momento, esta temporada se queda más bien como un producto que puede verse y, en algunos momentos, disfrutarse, pero que en ningún caso hace avanzar realmente la acción en una dirección clara, plantando sin embargo la semilla de varias ideas que podrían germinar de forma muy atractiva.

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‘Gotham’ llega a un final caótico en su quinta temporada


En este fenómeno superheroico en el que vivimos las nuevas producciones tratan de ofrecer algo diferente, ya sea en el tratamiento de los personajes, en la estética o en el apartado visual. Bajo esta idea nació hace cinco años Gotham, serie que buscaba narrar los orígenes de Batman a través de la figura del Comisario Gordon, uno de los secundarios más importantes e icónicos del universo del Caballero Oscuro. Pero lo que comenzó con esta idea pronto derivó en algo notablemente diferente, hasta el punto de ser una reinterpretación de los cómics en formato más… digamos adolescente. Y fruto de eso es esta quinta y última temporada, entregada por completo al caos y la destrucción para tratar de justificar y, ante todo, encajar el diferente desarrollo de los personajes con el inicio de las aventuras de Bruce Wayne como el Hombre Murciélago.

La labor de Bruno Heller (serie Roma) como creador, y del resto de guionistas y responsables de la serie, queda completamente difuminada en el intento de encajar más villanos en una trama que ya no daba mucho más de sí. La falta de objetivo claro se apreció ya en el tratamiento de un enemigo tan importante como el Joker durante la temporada pasada, con algunos Deus ex machina que no encajaban con el desarrollo hasta ese momento. Ahora el descontrol se extiende a otros personajes, haciendo que algunos de ellos queden completamente caricaturizados, que otros desaparezcan por necesidades dramáticas y que otros, simplemente, experimenten giros argumentales cogidos con pinzas. El motivo de esto no es otro que la necesidad de contar mucho en muy poco tiempo. Los 12 episodios de esta etapa, casi la mitad de lo habitual, y la complejidad de la historia que se presenta obligan a tomar decisiones un tanto cuestionables, llevando a los personajes a un límite dramático con poca coherencia. Y no digo con esto que la serie haya sido un alarde de sentido común, pero si por algo se ha caracterizado siempre ha sido por unos personajes bien construidos.

Nada de esto significa que Gotham pierda ritmo, más bien al contrario. Su frenético desarrollo imprime al conjunto una dinámica única pocas veces vista en la serie. Por decirlo de otro modo, es el clímax de cualquier historia. Sus secuencias de acción, ese planteamiento de gran flashback respecto de un punto de partida ya de por sí impactante, y ese episodio final con Batman haciendo acto de presencia son algunos de los elementos que denotan que estamos en la recta final de la historia. Y sí, resulta muy entretenido, pero única y exclusivamente si no se reflexiona sobre lo que ha llevado a los personajes hasta esa situación. De hacerlo, es fácil encontrar no pocas incongruencias y situaciones encajadas a la fuerza para tratar de que el final (que es también el comienzo de la leyenda del superhéroe) pueda justificar, de algún modo, las historias más conocidas de Batman.

En este proceso de simplificación final sin duda los mayores perjudicados son los villanos que, para qué negarlo, han sido el alma de la serie durante varias temporadas. Papeles como el de Robin Lord Taylor (En el frío de la noche) o Cory Michael Smith (First Man) quedan reducidos a una caricatura de lo que eran; el rol de Erin Richards (El estigma del mal) evoluciona de un modo que parece casi imposible. Y no hablemos de lo que ocurre con el Joker, que comenzó sus andanzas como un grandísimo y psicópata villano, cambió de rumbo con el cambio de hermano y ha terminado siendo una extraña criatura a medio camino de ninguna parte, tratando de justificar así, en teoría, la dualidad y la psicopatía del principal archienemigo del Caballero Oscuro. A todo ello se suman dos nuevos villanos, el motor de esta temporada que, sin embargo, son dibujados de un modo algo simple, motivados únicamente por una sed de venganza tan básica como directamente resuelta.

Una nueva Gotham

Lo cierto es que todo ello compone una nueva Gotham, tanto en el concepto de serie como en la propia ciudad en sí. Quizá por ello el objetivo último de esta quinta temporada haya sido la destrucción de los edificios como símbolo de una ruptura con el pasado, con todo lo que se había construido hasta ese momento narrativa y conceptualmente. En este sentido, esta conclusión de 12 capítulos (bueno, en realidad es más bien 11+1) se puede interpretar como un apéndice para cerrar algunas tramas secundarias, dejar abiertas para el futuro otras tantas y, sobre todo, dar pie a la transformación definitiva del protagonista interpretado por David Mazouz (serie Touch), quien por cierto ha alcanzado la mayoría de edad mientras se emitía esta última etapa.

Pero esta interpretación no puede obviar el hecho de que todos los acontecimientos se han precipitado. La evolución de los villanos ha sido, como explicaba anteriormente, excesivamente acelerada, tanto para los ya conocidos como para los nuevos. Eso por no hablar de algunos giros de guión tan forzados que cuesta mucho aceptarlos, no digamos ya encajarlos dentro de la narrativa de un modo natural y orgánico. Y en esta sucesión de tropiezos dramáticos de la serie se encuentra también el final del que, en teoría, tendría que haber sido el protagonista. El personaje de Jim Gordon ha quedado relegado por completo a una suerte de vehículo narrativo para contar el proceso de madurez de Bruce Wayne, amén de ser el nexo de unión entre secundarios mucho más interesantes que él. En esta última etapa adquiere algo más de protagonismo, es cierto, retomando el rol que se le presumió en sus orígenes.

Posiblemente lo más interesante de la temporada, con sus aciertos y sus fallos, sea el episodio final, que se aleja sensiblemente del espíritu de la serie para sumergirse en el lenguaje narrativo propio de Batman, evitando mostrar al personaje en todo momento salvo ese último plano con el que la serie conecta con el universo del superhéroe. Un capítulo en el que se sientan las bases de las relaciones que los aficionados ya conocen y que, en mayor o menor medida, habían sido modificadas para desarrollar las historias de la serie. Y aunque esta conclusión pueda ser, objetivamente hablando, sumamente interesante, su encaje en la serie queda un poco en entredicho. El problema no es tanto de lo narrado en esos últimos minutos, sino de la evolución de las tramas, que parecen haber crecido sin el necesario control para ajustarse a ese final que, en mayor o menor medida, estaba previsto. Posiblemente si esta temporada hubiera durado algo más ese ajuste entre desarrollo y final habría sido mayor.

En cualquier caso, Gotham es una serie diferente, con una extraordinaria estética que bebe de las influencias de cómic y películas y con un diseño de personajes, sobre todo villanos, más que notable. El problema que ha tenido toda esta ficción ha sido el camino seguido por las historias, tanto principales como secundarias, sobre todo a partir de la tercera temporada. Es algo que ha tenido su cúlmen en esta quinta y última etapa, en la que la falta de tiempo narrativo y la poco coherencia de la trama han obligado a precipitar los acontecimientos sin dotarlos de evolución interna, lo que termina generando un cierto caos que, aunque ayuda en cierto modo al sentido final de la temporada (con esa especie de guerra en las calles de la ciudad), no hace justicia al resto de la producción. Eso sí, se agradece el esfuerzo para encajar todo lo narrado con el origen de Batman en ese último episodio.

5ª T. de ‘Vikingos’, luchas fratricidas en lugar de saqueos y conquistas


7Habrá quien piense que tras la muerte de Ragnar Lothbrok, la serie Vikingos debería haber puesto punto final a su desarrollo. Y aunque puedo coincidir hasta cierto punto, la realidad es que la quinta temporada de esta ficción con base histórica creada por Michael Hirst (serie Los Tudor) ha continuado con acierto su narrativa de la lucha entre vikingos y británicos, explorando las posibilidades que ofrece el vacío dejado por un personaje tan inolvidable como el interpretado por Travis Fimmel (Warcraft: El origen). A pesar de todo, algo ha cambiado en general en la producción.

Pero comencemos primeros por esas “posibilidades”. Esta etapa de 20 episodios se podría resumir en la idea de que los hijos terminan por matar el legado de su padre. Y por matarse por él. Tras narrar las guerras impulsadas por el conocimiento en las anteriores temporadas, Hirst ahonda ahora en las luchas internas del clan vikingo, en cómo los hijos de un rey mítico luchan por lo que consideran suyo. Los efectos secundarios de esto, con cambios de bando y alianzas inesperadas, resulta interesante por cuanto pueden tener de histórico, aunque dramáticamente hablando debilitan el desarrollo del argumento, que por momentos se convierte en una suerte de péndulo que bascula de la enemistad a la alianza. Lo que es incuestionable es la capacidad de sus creadores para mantener el pulso dramático del conjunto, ya sea a través de giros argumentales o del uso de un lenguaje visual rompedor.

Porque, más allá de sus debilidades, que las tiene, esta quinta temporada de Vikingos presenta una cantidad inusual de giros dramáticos, algunos de ellos realmente inesperados e impactantes. Y en ambos bandos. En cierto modo, esta tanda de capítulos ha servido para eliminar varias tramas secundarias que o bien estaban llegando a su fin, o bien no tenían cabida desde el primer momento. El hecho de que desaparezcan algunos de los personajes importantes de la historia dota al conjunto de una entidad dramática enorme. Y para muestra un botón: el modo en que se termina con la conspiración en el reino de las Islas Británicas, con infanticidio incluido. Sencillamente aterrador. Pero no es lo único. Aunque pueda parecer que ofrece un desarrollo dramático menor, la difícil relación entre los personajes del bando vikingo se agudiza de manera inteligente y sofisticada, teniendo como grandes hitos unos enfrentamientos tan sangrientos y brutales como es habitual en esta serie.

Michael Hirst aprovecha las diferentes personalidades de los hijos de Lothbrok para componer una intrincada telaraña de intereses, deseos, traiciones y remordimientos que va más allá de los enfrentamientos físicos que se suceden a lo largo de la temporada. De hecho, y como es habitual en las ficciones de este guionista, los diálogos tienden a esconder más secretos y motivaciones que las luchas fratricidas. Así, resulta mucho más interesante la evolución de Ivar (Alex Høgh Andersen, visto en A war) y su locura “divina” cada vez mayor, que las victorias o derrotas que pueda sufrir. De hecho, la progresiva obsesión de este personaje es el principal motor dramático de esta temporada, pues actúa prácticamente en todas las tramas secundarias que se producen en uno y otro bando.

Floki, el conquistador

Con todo, esta quinta temporada de Vikingos tiene un problema importante. Bueno, en realidad son dos, aunque uno parece haber terminado con el último episodio. Dicho problema es que estos hijos de Ragnar no logran, en líneas generales, alcanzar el grado de dramatismo que sí tuvo la lucha fratricida de temporadas anteriores. Ya sea por los actores, porque son más personajes (y por lo tanto es necesario más tiempo para definirlos) o sencillamente porque no tienen el carisma ni el magnetismo del primer protagonista, lo cierto es que planea sobre todo el arco argumental una sensación de indiferencia, como si importase poco qué ocurre con muchos de estos personajes. Y remarco lo de “muchos”, porque lo cierto es que algunos de ellos sí asumen el peso de la trama de forma natural, como es el caso de Bjorn, al que da vida de forma sobresaliente Alexander Ludwig (El único superviviente).

Aunque desde luego el camino más tortuoso, y el que ha ido perdiendo interés a marchas forzadas, ha sido el del rol interpretado por Gustaf Skarsgård (serie Westworld). Su Floki, perdido tras la muerte de Ragnar, ha tomado una deriva imprecisa, a medio camino entre gurú y ermitaño, entre enviado de los dioses y loco. La trama secundaria que él lidera en esa nueva tierra es un punto débil de la temporada, no solo porque tiene poco interés por sí sola, sino porque resta metraje a otros arcos narrativos y aporta muy poco al conjunto. Dicho de otro modo, no tiene relación con el resto del relato, convirtiéndose en un cuerpo extraño dentro del devenir de la trama. En todo caso, incide en la idea de que el pueblo vikingo no va a cambiar, y a pesar de la distancia siempre va a llevar consigo un carácter forjado durante décadas. Esta idea, que en cierto modo subyace también en el resto de la serie (de ahí que un personaje como Ragnar Lothbrok sea tan interesante, porque es diferente), termina por llevarse por delante absolutamente todo de esa trama secundaria, y es de suponer que no tendrá cabida en la próxima temporada, o que será testimonial.

Y es una lástima, porque el rol de Floki, al igual que ocurre con muchos de los que han tenido un importante peso en la serie, sería un maestro para las nuevas generaciones, ayudando a crear un puente entre la primer etapa de la ficción y la que ahora está comenzando. En todo caso, lo que sigue estando intacto es el espíritu general de la serie, ahondando en tradiciones y conflictos históricos y mostrando, paso a paso, las estructuras sociales y los sistemas de gobierno de aquella época. En este sentido, la serie sigue siendo ejemplar, adentrándose además en nuevos territorios dramáticos, desde amores imposibles a las dudas de incipientes reyes. Todo ello conforma un paisaje sumamente atractivo a pesar de las debilidades, cada vez mayores, de una historia que ha perdido una parte enorme de su esencia.

Pero Vikingos sigue. Hirst crea en esta quinta temporada un interesante puzzle de traiciones, guerras y ansias de poder que dibuja un paisaje de intereses políticos sumamente atractivo. Puede que no todas las piezas encajen a la perfección, y de hecho la serie empieza a dar síntomas de cansancio, pero eso no impide que deje algunos momentos imborrables, a la altura de lo que se ha podido ver en temporadas anteriores. La clave para disfrutar de estos 20 capítulos está en comprender y aceptar que la trama ha evolucionado, que la historia continúa y que una vez muertos los reyes, los hijos quieren hacerse con el control del poder. La clave, en definitiva, radica en que la trama ha dado un giro sustancial, pero que sigue manteniendo buena parte de su esencia.

‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’ termina ciclo en su quinta temporada


Parece una regla narrativa, pero en realidad es más bien una idea aceptada a base de práctica y de miles de series realizadas a lo largo de los años. Aunque lo importante es que una ficción tenga la duración planteada para contar bien la historia (es decir, sin intereses comerciales de ningún tipo), lo cierto es que muchas de las grandes series parecen plantearse para tener cinco temporadas, como mucho una o dos más. Y esto es lo que le ocurre a Agentes de S.H.I.E.L.D. Sin ser una serie inolvidable ganadora de infinidad de premios, esta ficción con superhéroes, acción y humor integrada en el Universo Marvel ha sabido no solo mantenerse en plena forma dramática y narrativa, sino que en su quinta temporada cierra ciclo de forma más que correcta, dejando un pequeño epílogo a modo de sexta y última temporada ya confirmada.

Y como no podía ser de otro modo, dicho cierre tiene como principal motor al Agente Coulson, rol que Clark Gregg lleva interpretando 10 años desde que apareciera por primera vez en Iron Man (2008). La serie creada por Maurissa Tancharoen (serie Dollhouse), Jed Whedon y Joss Whedon (Los Vengadores) ha pivotado desde el primer momento sobre este personaje, y aunque a lo largo de los años ha crecido en complejidad dramática y ha incorporado interesantes personajes, el epicentro de toda la trama siempre ha sido ese agente con fe ciega en la causa que defiende. Todo esto viene a cuento porque los 22 episodios de esta penúltima temporada representan el viaje final del héroe, un recorrido que más allá de la acción es una especie de cesión del testigo para que un nuevo líder tome el control. El problema, y de ahí el final inminente de la serie, es que ninguno de los otros protagonistas, aún con su evidente interés, tiene madera de protagonista.

Esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D., al igual que las anteriores, divide su trama en dos partes diferenciadas claramente. Sin embargo, y a diferencia de años atrás, en esta ocasión ambas historias están intrínsecamente relacionadas por la causa y efecto que generan los saltos temporales. La idea del bucle temporal adquiere una fuerza dramática inusitada que no solo provoca una tendencia creciente del drama e incluso cierto suspense, sino que da lugar a un clímax final y a una resolución de la historia tan interesante como compleja, trastocando el tratamiento de los protagonistas realizado hasta ese momento al tener que enfrentarles con sus propios miedos, sus fobias y sus secretos más escondidos. El hecho de presenciar el futuro e intentar cambiarlo a pesar de repetir siempre los mismos actos (sin darse cuenta de ello, claro está), aporta una complejidad dramática única a la temporada, pero también un cierto desasosiego al tener en todo momento la sensación de estar asistiendo a un destino inevitable.

Evidentemente, los héroes logran su misión, pero a diferencia de otro tipo de series, no es un final feliz. Más bien la resolución de esta etapa es agridulce. Durante los 22 capítulos la trama gira en torno, ya sea directa o indirectamente, la salvación del rol de Gregg. Resulta muy interesante analizar cómo funciona a la perfección esta premisa en el tratamiento de toda la temporada, fruto de una construcción de personajes coherente y sólida. En efecto, la lucha de todos los personajes por su líder no solo se antoja lógica, sino incluso necesaria. Y la evolución orgánica de todas las tramas alrededor de este desencadenante no podría ser más exquisita, toda vez que son varios los momentos en los que el espectador, aun teniendo en mente una idea aproximada de lo que puede ocurrir, se encuentra ante un abismo dramático cuyo final no puede vislumbrar. Dicho de otro modo, aunque la victoria de los protagonistas es obligada, las consecuencias de dicha victoria, tanto personales como materiales, son totalmente inesperadas. Y este es uno de los principales atractivos de esta etapa.

Cerrando flecos

Todo ello no quiere decir que esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no tenga ‘peros’. En demasiados momentos la trama recurre a ciertos Deus ex machina que, aunque bien encajados en la evolución dramática, se antojan irreales (y hablamos de una producción puramente fantástica), demasiado milagrosos. Y eso no es únicamente por el modo en que se presentan dichos momentos, sino porque para resolver determinadas situaciones aparentemente irresolubles se recupera la presencia de personajes de temporadas anteriores que, de un modo u otro, solucionan la papeleta narrativa que en ese momento tienen los creadores de la serie. Todo ello juega en perjuicio de algo fundamental de esta producción, que es la capacidad del equipo de superar cualquier situación.

Asimismo, y aunque la temporada vuelve a dividirse en dos partes bien diferenciadas, el desarrollo de ambas ha tenido muchas historias secundarias, y según como se mire puede que demasiadas. El intento de rizar el rizo de una historia y unos personajes ya de por sí complejos lleva a esta etapa a convertirse en una espiral constante de situaciones casi insostenibles, de desafíos que van más allá de las capacidades mentales y físicas de los protagonistas. Y aunque este viaje hay momentos que resta credibilidad al relato, también es cierto que ahonda en las múltiples caras de los protagonistas, enriqueciéndolos a ellos y a la trama, que se llena con todo tipo de matices, algo poco habitual para este tipo de producciones. En este sentido, es interesante estudiar el delicado equilibrio que manejan los guionistas entre el crecimiento natural y orgánico de la historia, nutriéndose de las historias secundarias y los conflictos entre los personajes, y las dificultades que tienen para resolver determinadas situaciones, llegando al extremo de utilizar esos Deus ex machina que antes mencionaba.

Pero esta temporada es también la del cierre de flecos secundarios que pudieran quedar sueltos, lo que es una prueba más que evidente de que su final está próximo. El caso más evidente es el del coronel interpretado por Adrian Pasdar (Run), personaje que ha vivido un largo viaje en el que ha pasado de ser enemigo de los héroes a su aliado, para terminar convertido en un supervillano cuyo giro dramático podría ubicarse a medio camino entre esa evolución natural y los cambios forzados por las necesidades de guión. Pero en cualquier caso, la labor de Pasdar convierte a este personaje en uno de los más interesantes de la temporada, si no el que más, creando un villano complejo, marcado por un sentido del deber corrompido por un poder que cree dominar pero que en realidad le domina. Su figura, aunque secundaria, resume a la perfección el espíritu dramático de esta temporada.

Tal vez esta quinta temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no sea la mejor de todas, pero sin duda se encuentra entre los referentes de la serie. Y lo es porque, a pesar de sus limitaciones y de sus puntos débiles, se atreve a ir más allá, a explorar nuevos terrenos dramáticos jugando con el espacio y el tiempo para desarrollar una historia autosuficiente que, en realidad, no necesitaría del trasfondo dramático que arrastra de las anteriores temporadas. Los personajes se enfrentan a su presente no tanto conociendo su pasado como, ante todo, conociendo el futuro y la tragedia a la que se enfrentan. Y ese conocimiento único es el motor del drama y cierto suspense que nutre toda esta etapa. La resolución, tan emotiva como trágica, no deja indiferente. Ahora tan solo queda poner el punto final con una sexta temporada que sitúe a los protagonistas ante su futuro.

‘Silicon Valley’ continúa su evolución manteniendo el humor en su 5ª T.


Es muy difícil encontrar una sitcom capaz de evolucionar. No me refiero a la progresión normal de una trama como la de cualquier serie cómica de estas características, sino a verdaderos cambios en su concepción. Y Silicon Valley lo ha conseguido. Han sido necesarias cuatro temporadas para poder ver, en esta quinta, cómo el grupo de protagonistas, a los que todo parece salirles mal, finalmente toman las riendas de sus vidas y empiezan a cambiar las cosas. Lo mejor de todo es que, a pesar de este cambio tan sustancial en el trasfondo dramático y cómico de la historia, la serie creada por John Altschuler (serie Lopez), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie The Goode family) sigue funcionando a la perfección, en algunos momentos brillando incluso más que en etapas anteriores.

Y el secreto no es otro que la medida de los tiempos narrativos y dramáticos del conjunto de la serie. La ficción podría haber intentado seguir como hasta ahora, pero eso habría limitado su recorrido argumental y, sobre todo, haría caer el interés por el devenir de sus personajes. El hecho de enfrentarlos a sus miedos, sobre todo al papel interpretado magistralmente por Thomas Middleditch (Entanglement), les permite cambiar su forma de ver el mundo de los negocios, creciendo como empresa y adquiriendo complejidad como roles, aunque siempre dentro de unos parámetros perfectamente definidos. Es cierto que esto rompe con una dinámica que funcionaba bien hasta ahora (por muy buenos que eran, siempre terminaban siendo timados, denunciados o en situación difícil), pero crea otra igualmente divertida: la de un grupo de jóvenes empresarios en un mundo de tiburones tecnológicos. Habrá quienes esto lo puedan ver como una traición al espíritu original de la serie. Personalmente creo que es la decisión más realista que podría haberse tomado, y en el mejor momento para dotar de un nuevo impulso a esta ficción.

En cierto modo, se puede decir que los personajes han madurado, aunque no lo suficiente como para dejar de tener ese cierto aire derrotista y en ciertos aspectos infantil. Y en ese delicado equilibrio es donde Silicon Valley ha encontrado su nuevo nicho de humor, al menos para estos 8 episodios. Los momentos de auténtica estrategia empresarial se combinan con acierto con el carácter apocado del rol de Middleditch, con la rivalidad infantil del papel al que da vida Kumail Nanjiani (Pelea de profes) o con esa parodia de los magnates de las nuevas tecnologías que interpreta Matt Ross (Las últimas vacaciones), quien por cierto cada vez se entrega más al absurdo con una inteligencia espléndida. Todos ellos, con sus egos y sus fobias, aportan al conjunto cierta sensación de continuidad solo para hacer más sencillo y más natural el proceso de cambio.

La consecuencia más evidente de esto, por supuesto, es que la historia avanza hacia una nuevo nivel, hacia una guerra empresarial en toda regla que ya no es entre un joven con una idea y un emporio de las nuevas tecnologías, sino entre dos iguales por lograr un producto totalmente novedoso. Pero además de esto, el desarrollo dramático de esta quinta temporada deja otras ideas. Es importante señalar que a pesar de ese avance se siguen manteniendo ciertos elementos positivos de la dinámica entre personajes, lo que permite ahondar en las relaciones de los protagonistas y, por extensión, en las líneas que definen sus personalidades. Eso no impide, por supuesto, que en algunos episodios pueda perderse cierta esencia de lo visto hasta ahora, pero es una consecuencia lógica del proceso de cambio.

Mundo tecnológico

Aunque lo más interesante que deja Silicon Valley en esta temporada es el modo en que amplía su universo. Hasta ahora los implicados en la trama, salvo ocasiones puntuales, eran el grupo protagonista y el villano de turno, amén de secundarios más o menos importantes. En estos 8 episodios el abanico se abre ostensiblemente hacia nuevas empresas y nuevos personajes que, lejos de hacer perder peso a la historia principal, la enriquecen notablemente. Más allá del papel que juegan los nuevos empleados de la empresa, lo realmente importante son esos líderes de empresas tecnológicas que, cada uno en su parcela, reflejan un amplio espectro no solo de elementos digitales e informáticos, sino sobre todo de la estructura social y la moralidad estadounidense.

Especialmente ácido es el episodio en el que un posible socio de los protagonistas se ve en una difícil situación no por revelarse que es homosexual, sino por saberse públicamente que es cristiano. El modo en que se aborda esta temática a lo largo del capítulo no solo es ejemplar, sino que invita a reflexionar sobre los diferentes estándares de la tolerancia en Estados Unidos y en el resto de sociedades, poniendo en evidencia que lo que para unos es algo que debería mantenerse en secreto para otros es algo irrelevante, y viceversa. Esto, unido a otras tramas secundarias como las copias chinas de patentes norteamericanas, sitúan de nuevo a esta serie entre las más críticas con el mundo que retrata. Y todo ello modificando su trasfondo dramático y permitiendo a los personajes y a la historia evolucionar. Ese es el secreto de que se mantenga en forma y no pierda el dinamismo ni el humor que la caracterizan.

Al comienzo decía que el final de esta quinta temporada es lo que marca un punto de inflexión. Si durante todo el arco argumental de esta etapa se ha visto cómo los personajes evolucionaban, el clímax vendría a ser la consecuencia de dicha evolución. Dicho de otro modo, los protagonistas afrontan los retos y, esta vez sí, ganan sin ningún tipo de contraprestación aparente. Finalmente todo parece salirles completamente bien, sin un ‘pero’ que vuelva a poner de manifiesto que estamos ante un grupo marcado por la fatalidad. La duda que se plantea ahora es si la próxima temporada mantendrá la senda iniciada ahora o seguirá jugando con situaciones dulces y amargas. Sin duda esta segunda opción sería la más acertada, pero si algo han demostrado ya sus creadores es que pueden cambiar sustancialmente la ficción sin que se vea afectada.

Por el momento, lo que queda patente es que estamos ante un cambio, una evolución. Desde luego, Silicon Valley continuará desgranando las virtudes y miserias de Internet, la tecnología y todo el negocio que se ha generado a su alrededor. Pero no es lo mismo situar en ese escenario a un grupo de ilusionados jóvenes que sufren un golpe tras otro que a unos empresarios incipientes que saben lo que quieren y buscan crear un nuevo mercado. Puede parecer menor pero el concepto cambia sustancialmente el trasfondo dramático. Y la genialidad de sus creadores es que han sido capaces de realizar este proceso sin perder la esencia del producto, fruto sin duda de una espléndida definición de personajes. Seguimos estando ante una de las sticom más frescas, diferentes y divertidas de la televisión.

‘Ray Donovan’ muestra la importancia de los secundarios en su 5ª T.


En líneas generales, Ray Donovan es una serie más que notable. Dramáticamente intensa, con un reparto espléndido y unas tramas sólidas, esta serie creada por Ann Biderman (Smila: Misterio en la nieve) es un claro ejemplo de que una buena ficción, sea en cine o televisión, siempre deberá sustentarse en los mismos principios antes mencionados. Pero por si esto no fuera suficiente, la quinta temporada es todo un ejercicio digno de estudiar en las clases de guión. Los 12 episodios que conforman esta etapa demuestran que toda historia, para ser completa, necesita de unos secundarios extraordinarios.

La trama de esta temporada viene a confirmar, además, algo que se intuía desde el comienzo de la serie: que el personaje de Paula Malcomson (Los juegos del hambre) era la piedra angular no solo de las interacciones entre personajes, sino del desarrollo dramático y de los conflictos que han nutrido a esta ficción desde sus primeros episodios. El modo en que Biderman trata a este personaje y toda su línea argumental en esta etapa es sencillamente perfecto, alternando pasado y presente sin más indicaciones que los personajes y sus diferentes representaciones físicas. Eso, y el impacto que tiene en el protagonista, un Liev Schreiber (El caso Fischer) inmenso al que los Globos de Oro, un año más, han dejado de lado en los premios (suma cinco nominaciones seguidas por este papel).

Precisamente el modo en que estos dos personajes afrontan el conflicto es lo que genera el contraste dramático y la profundidad emocional a la que posiblemente sea la mejor temporada de la serie. A través de flashbacks, el relato compone un puzzle del que hace partícipe al espectador, que más allá de los problemas laborales de Donovan debe prestar especial atención a los saltos temporales constantes en cada episodio. El arco argumental, por tanto, se nutre a cada paso, jugando con precisión con la información que tiene el espectador. Se genera de este modo un suspense único, una intriga por conocer los detalles de lo acontecido y narrado en el primer episodio de esta etapa de Ray Donovan. Y mientras algunas cosas se desvelan con cierta celeridad, otras se antojan casi un misterio que reta al espectador a resolverlo antes de verlo en pantalla.

Un delicado equilibrio que tiene como principal problema la debilidad del resto de tramas secundarias, amén del tratamiento que se da a algunos de los personajes habituales de la serie. Empero, y aunque de esto hablaremos más adelante, es importante señalar que a pesar del protagonismo del personaje de Schreiber, cada temporada ha tratado de poner el foco sobre alguno de los miembros de la familia Donovan. En mayor o menor medida, cada bloque de episodios ha narrado la historia con un secundario diferente como apoyo dramático a los problemas laborales del protagonista, idea que culmina de forma apabullante en esta quinta temporada y que obliga a plantearse no solo cómo continuará la trama sin un rol clave, sino si será capaz de superar el pico dramático de esta etapa.

Problemas secundarios

Como decía antes, uno de los problemas de Ray Donovan en esta tanda de episodios es la debilidad de las tramas secundarias que tienen poco o nada que ver con el epicentro dramático de la acción. A diferencia de anteriores temporadas, donde todo tenía una mejor y mayor integración, en estos 12 capítulos la relevancia y la intensidad de los principales acontecimientos obligan a quitar tiempo de desarrollo a otras historias, que se convierten casi en un trasfondo narrativo para enmarcar el arco argumental principal, siendo utilizadas solo como apoyo en determinadas ocasiones y, eso sí, aprovechadas para plantear conflictos dramáticos para la sexta temporada.

Uno de los casos más curiosos es el de los hijos, interpretados por Kerris Dorsey (Moneyball: Rompiendo las reglas) y Devon Bagby (Broken Ghost). Por un lado, en esta temporada se ha intentado integrar más en la trama a la joven, introduciéndola de lleno en la historia principal y siendo, en cierto modo, motor de cambio de muchas de las secuencias a lo largo de los episodios. En este sentido, ha venido a sustituir al rol de Malcomson como el contrapunto femenino a una historia eminentemente masculina. Pero por otro, el papel del adolescente ha tomado una deriva cuanto menos cuestionable. El personaje parece alejarse cada vez más del interés dramático de la serie, y eso queda más que patente en las situaciones en las que se le ubica. No solo no tienen un nexo de unión claro con el resto del argumento, sino que podrían interpretarse como una forma sutil y progresiva de dejarle fuera de esta ficción definitivamente. Habrá que ver si se le intenta integrar en un futuro cercano o si, por el contrario, se convertirá en un personaje episódico que aparezca cuando sea necesario un apoyo dramático.

Aunque lo más interesante ocurre con el rol de Jon Voight (Más allá). Si durante todas las temporadas anteriores ha sido un punto de inflexión en la historia, un contrapunto a medio camino entre la comedia y el drama para la trama principal, en esta quinta temporada su influencia parece haber quedado en un segundo plano. Su arco argumental, aunque sigue siendo el contrapunto cómico de la serie, se aleja mucho de la influencia que sí tuvo en etapas previas. Tanto que camina de forma paralela durante buena parte de la temporada, siendo integrada en el resto únicamente para explicar algún matiz del pasado o, y esto es sumamente importante, para sentar las bases de los nudos dramáticos que están a punto de venir, y que a todas luces volverán a tener el conflicto padre-hijo como telón de fondo.

Cómo será que el mundo de Ray Donovan ha sido sacudido desde sus cimientos que ni siquiera la trama relacionada con su trabajo que habitualmente tiene un peso específico más que notable en esta quinta temporada solo sirve para plantear la trama principal y para generar ciertas situaciones anómalas en la vida del protagonista. Y todo ello es, ni más ni menos, porque lo relevante en esta temporada de inflexión es la vida personal de este fascinante personaje. Cómo cambia su día a día, las relaciones con hermanos, hijos y resto de la familia y, sobre todo, la fragilidad de un hombre aparentemente irrompible ante la pérdida del amor de su vida, por mucho que durante toda la duración de la serie se haya podido poner en duda. En cierto modo, esta ha sido la temporada más humana y más íntima de toda la serie, ofreciendo una faceta del héroe nunca antes vista. Personalmente, ha sido la mejor etapa de toda la ficción a pesar de ciertas irregularidades en el contexto dramático y en los secundarios. A partir de ahora se abre un nuevo escenario que revitaliza una serie que, en realidad, no necesitaba ningún empujón para seguir siendo uno de los productos más frescos, dinámicos, apasionantes e interesantes de la televisión.

‘Nashville’ acepta con honradez su inminente final en la 5ª T.


Una serie no es únicamente una buena historia, un buen reparto o una factura técnica impecable. A menudo las producciones para la pequeña pantalla pecan de un desarrollo que desvirtúa por completo el sentido inicial de la trama. Eso por no hablar de finales poco adecuados a lo visto durante los años que dure la ficción. Ya sea por exigencias de las audiencias, de la productora o de otros “factores externos”, las series terminan muchas veces de un modo incoherente. Por eso cuando una ficción como Nashville encarrila su evidente final con la humildad, la seriedad y la honradez que ha mostrado a lo largo de todas sus temporadas, debe ser admirada o, al menos reconocida.

Su quinta temporada, de nuevo con 22 episodios, es la prueba fehaciente de que una serie puede terminar sin grandes aspavientos, sin conclusiones forzadas o sin incongruencias dramáticas. Esto no quiere decir que la serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) haya perdido su esencia, al contrario. Posiblemente sea más dramática que nunca. Pero precisamente por el desarrollo y los acontecimientos que se relatan en esta etapa, y el modo en que se tratan las diferentes tramas que componen este universo country, el argumento se ha vuelto mucho más sincero con el espectador de lo que podría haberlo sido hasta ahora.

En realidad, lo que ha hecho Nashville es dar rienda suelta a su dramatismo, pero utilizando para ello el cierre de todas y cada una de las historias secundarias, amén de la trama principal. A estas alturas, y con la sexta temporada ya empezada, los seguidores sabrán del giro de mitad de temporada tan impactante como determinante. Este punto de inflexión es el que marca el camino a seguir hacia el final, utilizando ese momento para iniciar el cierre paulatino y gradual de todas las historias. Y lo hace fiel a su estilo, es decir, generando una escalada dramática que explora todos los sentimientos habidos y por haber en una relación y en la vida misma.

Por supuesto, esto no quiere decir que la serie mejore o empeore. Simplemente esta quinta temporada sabe aprovechar lo construido hasta ahora para concretar un final para sus personajes sin transformarlos hasta hacerlos irreconocibles. Evidentemente, si la serie no ha gustado hasta ahora esto no hará que gane seguidores, pero aquellos que sigan sus tramas encontrarán en estos capítulos un comienzo del fin sumamente enriquecedor. Fundamentalmente porque ese punto de inflexión de mitad de temporada ha permitido a la serie hacer crecer a sus personajes, volverlos más maduros al enfrentarlos con sus propios miedos. En cierto modo, por primera vez en toda la serie los roles evolucionan y dejan de tener un comportamiento cíclico, lo que podría entenderse como una mejora dramática de la ficción.

Rellenar el vacío

Visto así, la ausencia del personaje de Connie Britton (American Ultra) se puede entender como la llave que ha desbloqueado algunos problemas de construcción de Nashville. Por un lado, ha sido el motor dramático de la mitad de esta quinta temporada. El Acontecimiento (así, en mayúsculas, porque pocas veces una serie afronta algo de semejante envergadura antes de su episodio final) se halla detrás de prácticamente todas las motivaciones del resto de personajes. En mayor o menor medida, la pérdida de este rol determina las frustraciones, las decisiones, los anhelos, los miedos y, por qué no, las alegrías que llenan el vacío de la segunda mitad de esta etapa. El hecho de que este importante personaje no vuelva a aparecer en la serie facilita que otros secundarios adquieran entidad propia, más de la que habían tenido hasta ese momento, ahondando en su personalidad y en su arco dramático.

Por otro lado, y está muy relacionado con los dicho anteriormente, el hecho de que se corte de raíz con esta trama personal obliga a Khouri a completar los espacios que hasta ahora ocupaba, ya fuera directa o indirectamente. Y para ello, además de incluir nuevas canciones (personalmente el tema ‘Saved’ cantado por Lennon Stella es el mejor de toda la serie), ha sido necesario introducir nuevos secundarios, potenciar el carácter dramático de otros y hacer avanzar las tramas del resto. Es a esto a lo que me refería al mencionar que la serie crece dramáticamente. Las historias circulares de muchos secundarios, con constantes idas y venidas sobre los mismos conflictos sin lograr un avance real, podían tener un cierto sentido como contexto argumental, pero una vez que dan el paso a la primera línea dramática no son coherentes.

Ahora bien, en esta parte final de la quinta temporada se aprecia un cierto aire a recta final. El hecho de que estas tramas secundarias hayan adquirido más protagonismo solo tiene sentido, y así parece plantearse en la serie, como epílogo a una historia que ya no da más de sí. Esto es algo que se confirma en el hecho de que la sexta etapa es al última, es cierto, pero la realidad es que sus personajes, y por extensión los actores, son conscientes de que la historia es, en realidad, la vida de Rayna Jaymes, y sin ella no puede subsistir mucho más tiempo. Pero a diferencia de otras ficciones, en lugar de apostar por un abrupto final se ha optado por cerrar todas las historias, siempre con la sombra de la protagonista como telón de fondo, y poder así poner el broche perfecto a la serie.

Desde luego, esta quinta etapa de Nashville es, con diferencia, la más dramática de todas. Sin un gancho final como en anteriores ocasiones, la serie ha optado por un punto de inflexión dramática como nunca se había intentado hasta ahora en esta ficción. El resultado no podría ser más interesante, al menos a la hora de analizar el tratamiento. La ausencia de la protagonista facilita la progresión del resto de secundarios, cohibidos tras la figura inmensa del rol de Britton. Así que sí, la producción crece y evoluciona. Esto no quiere decir que sea extraordinaria o que no siga presentando importantes problemas en su concepción, pero sí implica que mejora, al menos dentro de su forma de tratar las tramas y las relaciones entre personajes. Y sobre todo afronta con naturalidad que ha llegado su final. Y eso es algo digno de alabar, sobre todo porque no todas las series son capaces de llegar hasta ese punto.

‘Orange is the new black’, reivindicación y denuncia en su 5ª T.


La evolución de Orange is the new black es cuanto menos interesante desde un punto de vista narrativo y de construcción de tramas. Lo que comenzó siendo una serie carcelaria de mujeres con una clara protagonista se ha convertido en una producción coral con muchos y atractivos personajes entre los que, curiosamente, se ha diluido por completo el personaje de Taylor Schilling (Noche infinita), con el que comenzó todo hace ya cinco temporadas. Y aunque en líneas generales siempre ha existido un tratamiento dramático con un trasfondo de denuncia social, en los 13 episodios de esta quinta etapa esa denuncia del sistema penitenciario y la reivindicación de los derechos de presos y presas es más acusado que nunca.

Y es que, con una historia concentrada en unos pocos días y con un motín como contexto narrativo, la creadora Jenji Kohan (serie Weeds) compone un universo en constante evolución en el que la tensión se nota en casi cada plano. Una tensión combinada con el ácido humor del que siempre ha hecho gala la serie pero que, en esta ocasión, dispara de forma indiscriminada contra cualquier personaje, tenga la condición que tenga. Así, los momentos más dramáticos, siempre en torno a la muerte del personaje que da pie al motín, se mezclan con situaciones de lo más irónicas y surrealistas, desde el secuestro de los rehenes y lo que hacen con ellos, hasta los problemas existentes entre los diferentes clanes dentro de la prisión. Este tratamiento cómico-dramático, al fin y al cabo presente durante toda la serie, genera algunos momentos sumamente divertidos a la par que preocupantes, manteniendo en definitiva el espíritu de esta producción.

Sin embargo, el carácter reivindicativo de Orange is the new black está mucho más presente, sobre todo en el tramo final de la temporada. Y lo está por muchos motivos. Más allá de la negociación entre presas y responsables de la penitenciaría, la serie pone el foco en diversos aspectos sociales que enriquecen el desarrollo de la historia como tal. Por un lado, el trato inhumano e insensible con el que se mantiene a las presas, no tanto por el poco espacio en el que conviven sino por la falta de tacto después de que una de ellas haya muerto aplastada por un guardia. Por otro, el hecho de que todo esté en manos privadas hace que solo interesen los beneficios, con el impacto que eso tiene en la vida entre rejas de estas mujeres. Pero es que además, y esto puede que sea más importante, se aprecia una falta de interés del sistema en reintegrar a estas personas. Los intentos de construir algo parecido a una sociedad dentro de la cárcel, en la que el intercambio entre productos fabricados por las presas sea la base del buen funcionamiento, se vienen abajo al no existir una integración real entre los diferentes grupos, lo que invita a pensar en las dificultades de reintegrarlas en la sociedad.

En este sentido, es interesante establecer el paralelismo entre los distintos comportamientos que se producen dentro de la prisión entre las internas, y cómo todos ellos derivan de un único acontecimiento en el que, eso sí, estuvieron todas unidas casi por primera vez en toda la serie. Desde aquellas que quieren evitar el conflicto a aquellas que quieren controlarlo; desde las presas que solo quieren paz en un rincón apartado hasta aquellas que provocan más y más caos. En este pequeño microcosmos están representados absolutamente todos los comportamientos, todos los modos de afrontar y aprovechar un motín como el que narra esta quinta temporada. Y tal vez sea por la falta de coordinación, o simplemente que era algo que tenía que pasar, pero lo cierto es que el desenlace es uno de los que más posibilidades de futuro ofrece a esta ficción si se sabe aprovechar.

Torre de Babel

Como mencionaba al comienzo, la desaparición del protagonismo de Schilling en la trama ha abierto las puertas a una verdadera “Torre de Babel” en la que varios personajes han ido asumiendo más y más peso dramático. Y si bien esto es algo positivo dado que la primera protagonista no es, ni de lejos, tan interesante como otros roles más o menos secundarios, también genera varios problemas narrativos que a lo largo de las cinco temporadas de Orange is the new black se han tratado de forma irregular.

En el caso de esta quinta etapa el tratamiento ha sido realmente interesante. A pesar de un ritmo intermitente, la trama se ha apoyado sobre los personajes más importantes, que han adquirido una mayor responsabilidad dramática y han salido airosos de la prueba. Asimismo, el hecho de que el argumento se haya desarrollado en varios núcleos claros en los que transcurre prácticamente toda la acción ayuda a ubicar tanto temporal como espacialmente el grueso de una trama mucho más condensada y con un objetivo más claro que el de temporadas anteriores. Todo ello conforma un arco argumental cuyo planteamiento, nudo y desenlace son más evidentes, más directos y, en cierto modo, más tradicionales de lo que esta serie nos tiene acostumbrados, lo cual no resta un ápice a la ironía ni al carácter de los personajes. Al contrario, los potencia, lo que debería hacer reflexionar sobre el rumbo que debe tomar la serie en lo que a tratamiento y estructura narrativa se refiere.

Y es que a diferencia de las anteriores temporadas, el hecho de desarrollar la trama en poco tiempo, siempre con un tema claro como telón de fondo y con la necesidad de encontrar una salida correcta al conflicto planteado, permite a su creadora centrar la atención y acotar la narrativa a las protagonistas de siempre, cuyas particularidades se potencian gracias a estas limitaciones espacio-temporales. Es evidente que la temporada puede tener (y de hecho tiene) altibajos de ritmo y de interés, sobre todo por la introducción de algunas tramas secundarias que, aunque divertidas, aportan poco al conjunto salvo definir algo mejor el universo de la serie. Pero con todo y con eso, la temporada se erige como una de las más completas.

De hecho, y aunque para gustos se hicieron los colores, esta quinta etapa de Orange is the new black posiblemente sea la más completa en lo que a contenido dramático se refiere. El acontecimiento que da lugar al motín, el desarrollo del mismo, los hitos dramáticos y los puntos de giro convierten a estos 13 capítulos en los más intensos de la serie. Tal vez no los mejores, pues parte de su tratamiento puede resultar algo caótico o irregular, pero sin duda los más complejos. Y su final, abierto como siempre pero con muchos más interrogantes, es la guinda perfecta de un pastel que ha cambiado su receta para tener un sabor más intenso. La duda que queda ahora es si esto tendrá una continuidad en el futuro o se volverá al caos resuelto en un puñado de episodios que venía siendo hasta ahora.

‘Episodes’ termina y cierra ciclo en su quinta temporada


Aunque muchas veces las comparaciones son odiosas, equiparar en algunos aspectos unas cosas con otras puede ayudarnos a tomar perspectiva. Por ejemplo, en el caso de Episodes, la serie creada por David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie The class), equipararlo a cualquier otra producción, ya sea drama o comedia, permite apreciar mejor la calidad de una serie sencilla, una sitcom correcta y ajustada en tiempo y formato que, sin embargo, está planteada de principio a fin como un todo. Y eso es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de series.

Y esto es algo que se aprecia sobremanera en la quinta y última temporada por muchos motivos. El más importante, evidentemente, el dramático. El arco argumental de esta etapa final viene a ser una vuelta a los inicios para los protagonistas, un regreso al punto de partida con el que comenzó esta divertida ficción. La pareja de guionistas interpretada por Stephen Mangan (Rush) y Tamsin Greig (Con la banca no se juega) se convierten en el punto de apoyo sobre el que la trama gira sobre sí misma para volver a situarles como al principio, es decir, construyendo una historia que no les termina de convencer para un actor, Matt LeBlanc (Los ángeles de Charlie) al que odian y aman casi a partes iguales.

Por supuesto, no es este el único elemento. Resulta también interesante el giro final de la serie, en el que los protagonistas convierten en episodio piloto del nuevo producto su propia experiencia con LeBlanc, una producción dentro de otra producción que acentúa el carácter cíclico de Episodes desde un punto de vista puramente formal y conceptual. Desconozco si esa era realmente la intención de sus creadores desde el comienzo o si ha sido algo obligado por las circunstancias, pero lo que sí parece claro, viendo el resultado final de la serie completa, es que alguna base debía existir, pues aunque en muchas ocasiones el desarrollo dramático ha podido parecer algo caótico, la realidad es que todo ha terminado encajando de forma armónica.

Y todo ello con humor ácido, con carcajadas blancas y sinceras, y con una cierta crítica profesional y social a un mundo, el de la televisión, marcado por las audiencias. Esta quinta temporada, en este sentido, también es ejemplar. Si durante etapas anteriores la trama se ha centrado fundamentalmente en el devenir de una pareja de guionistas ingleses y su calvario en Estados Unidos, en esta última parte (y que comenzó en la cuarta temporada) buena parte del peso también recae en el personaje de LeBlanc, al que se le enfrenta a situaciones que, en principio, ningún actor desea, como bien se encargan de demostrar en la trama. Y a su alrededor, todo un mundo movido por intereses personales, por rencillas y, por supuesto, por el dinero y la audiencia, capaz de perdonar todo. Y cuando digo todo, es todo.

El final deseado

Otro elemento que viene a confirmar el carácter circular de Episodes es el hecho de que esta última temporada cuenta con 7 episodios, los mismos que la primera allá por 2011 y dos menos que el resto de etapas. Puede parecer causalidad o una mera anécdota, pero lo cierto es que esta características de la conclusión de la serie condiciona en buena medida el desarrollo de la trama, mucho más directo y enfocado a cerrar las líneas argumentales todavía abiertas a lo largo de esta ficción. En este sentido, y a pesar de los problemas que puede ocasionar la falta de tiempo, se podría decir que es el final deseado.

Porque sí, la conclusión de la serie es lo que podría esperar y desear cualquier espectador de una producción tan blanca y limpia como esta. Nada de finales inesperados, nada de giros argumentales de última hora que puedan cambiar el destino de los protagonistas. Todo se desarrolla como estaba previsto, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y aunque es cierto que algunas historias secundarias pecan en exceso de un desarrollo y una resolución directa y simple, no lo es menos que la dinámica del trío protagonista es tan sólida que acapara toda la atención, por lo que las historias secundarias quedan, pues eso, en un segundo plano.

Y si bien es cierto que al final estos personajes secundarios, aunque divertidos y por momentos interesantes, no dejan de ser meras sombras en el fondo de la historia principal que permiten dar color al entorno en el que se desarrolla la trama, también lo es el hecho de que se echa en falta algo más de peso dramático y narrativo de los mismos en esta conclusión. Y es que ese es el principal problema de esta última temporada. Durante toda la serie varios secundarios habían disfrutado de un peso específico notable, siendo incluso determinantes en las decisiones de los protagonistas. Ahora, sin embargo, se convierten más bien en un contexto necesario, en una suerte de acompañamiento divertido al que se le tiene que dar un final, pero que no tiene demasiado impacto en el resto de la ficción.

En cualquier caso, es un problema menor de una sitcom diferente, fresca y dinámica, con un trío protagonista que, sin ser excepcional, sí evidencia una complicidad inusual. Esta quinta y última temporada de Episodes cierra por completo la serie de un modo pocas veces visto, y a pesar de ciertos problemas de equilibrio dramático entre la historia principal y los personajes secundarios, en líneas generales cumple lo que podría esperarse de una ficción de estas características. No es una obra cumbre de la comedia, ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente original como para ser una obra destacada, tanto por su argumento como por sus actores.

5ª T. de ‘The americans’, o el principio del fin de la Guerra Fría


Con sus altibajos, The americans es posiblemente uno de los thrillers dramáticos más interesantes de la televisión. Esta ficción creada por Joseph Weisberg ha sido capaz de aunar en un difícil equilibrio el espionaje de la Guerra Fría, los conflictos familiares y las diatribas morales y personales de los protagonistas. Ahora, en su quinta temporada, todo parece estar a punto de terminar, sin duda un indicio de que la serie llega a su fin. Estos 13 episodios son la mejor prueba de que la serie funciona mejor cuando sus diferentes tramas se vertebran entre sí para crear un todo uniforme, pero también evidencian las dudas cada vez mayores que surgían en uno y otro bando de la Guerra Fría.

Una Guerra Fría que, al menos para la pareja protagonista, parece comenzar un declive que terminará en la próxima temporada. En realidad, esta sensación de decadencia se ha dejado notar a lo largo de las anteriores temporadas, si bien es cierto que solo a través de dudas morales de corto recorrido. Sin embargo, esta temporada, centrada sobremanera en el personaje al que da vida Matthew Rhys (Doble vida), ahonda en dichas dudas extendiendo el tratamiento dramático a prácticamente todos los personajes. Y lo hace de un modo que, aunque sencillo, requiere una elaboración a fuego lento a lo largo de todas las temporadas. Los personajes tienden en estos momentos a anteponer a las personas antes que a la ideología, un concepto que no se aprecia en los comienzos de la serie y que ahora tiene un peso más que importante.

La mejor prueba de esto es el trabajo con una familia procedente de Rusia a la que espían. Lo que comienza como una colaboración idónea entre dos sistemas de espionaje evoluciona poco a poco hacia una confrontación de ideas, no tanto sistemáticas como personales. El modo en que los personajes implicados en este arco dramático afrontan lo que tienen que hacer es sumamente revelador, toda vez que la pareja protagonista defiende una labor más humana y el tercer personaje en discordia aboga por un acatamiento completo de las órdenes, poniendo la misión por encima de cualquier otra variable. Y no es el único caso. De hecho, todas las decisiones que se toman tienen como base esa dualidad generadora de conflicto que es lo humano frente al conflicto. Posiblemente la línea argumental que mejor evidencia esta evolución sea la que involucra tanto la relación de los protagonistas con el agente del FBI al que da vida Noah Emmerich (La venganza de Jane) como las relaciones románticas que tienen que mantener con otros objetivos. El grado de intimidad que se aprecia en estos aspectos de la trama choca frontalmente con lo que pudo verse en la primera o la segunda temporadas, demostrando la madurez de un producto que ha sabido evolucionar de forma coherente.

Por supuesto, el otro gran elemento de la historia es la integración de Paige, la hija interpretada por Holly Taylor (The otherworld). Integración que ya comenzó en la anterior temporada y que ahora da sus primeros pasos firmes hacia… bueno, en realidad ese es uno de los grandes aciertos de The Americans. Porque, aunque se puede intuir cuál es el futuro de este rol, en realidad su tratamiento está siendo sumamente cauto, sin dejar pistas en ningún sentido, y centrándose exclusivamente en el modo en que una adolescente asume y acepta la verdadera condición de unos padres que le han ocultado un secreto durante toda su vida. Gracias a esta apuesta de los guionistas la historia particular de este personaje madura, al igual que el resto de la serie, poco a poco, introduciéndolo en el mundo de mentiras en el que viven sus padres. Lo que ocurra a partir de aquí con ella es una incógnita, pero su integración en la trama ya es definitiva. Y esos dos factores son precisamente los que convierten a esta joven en uno de los mayores atractivos dramáticos de la ficción.

De vuelta a Rusia

Quizá el aspecto menos elaborado del arco argumental de esta quinta temporada, o al menos el tratado de un modo menos profundo, sea Rusia. Y me explico. No me refiero al punto de vista soviético, que posiblemente esté presente más que nunca, sino al modo en que los protagonistas ven su hogar. Es cierto que, de un modo u otro, está presente en muchos diálogos protagonizados por Rhys y Keri Russell (Los hombres libres de Jones), pero su fuerza dramática dentro de la estructura parece limitarse más a un mero elemento contextual que a una verdadera motivación dramática. Su rol dentro de la trama adquiere más relevancia, no por casualidad, a medida que el personaje de Holly Taylor se introduce más conscientemente en la historia de espionaje, pero al final la relevancia del objetivo de la pareja protagonista se antoja excesivamente débil, como si fuera un aspecto dramático a potenciar cuando conviene. Esto genera, por ejemplo, que la historia no adquiera un peso dramático constante, moviéndose casi más por impulsos que por una evolución constante.

Curiosamente, y hablando de Rusia, esta etapa de The Americans ha centrado más su atención en la actividad soviética fuera de Estados Unidos de lo que hasta ahora había ocurrido, una evolución que debe ser bienvenida porque, entre otras cosas, ofrece una visión de ese otro bando de la Guerra Fría igualmente marcado por las emociones personales en constante conflicto con la ideología o el deber. De este modo, el contenido dramático principal que afecta sobremanera a los protagonistas se extiende también a secundarios como Emmerich o Costa Ronin (Red Dog), que ha ido ganando peso en la historia a pasos agigantados. El modo en que estos personajes afrontan su papel en esta guerra de espías evidencia un cambio sustancial en el modo de ver el conflicto que se extiende a un ámbito mucho mayor que el de una pareja de espías visiblemente cansados (y por momentos hastiados) de su labor.

Todo ello viene a confirmar la idea de que, al menos para estos personajes, la Guerra Fría está llegando a su fin. O al menos, un enfrentamiento con dos bandos bien diferenciados trabajando cada uno por destruir al otro y en el que los seres humanos y todo lo que conllevan no parecen tener voz ni voto. La evolución dramática de esta temporada deja muy claro que a medida que la moral y la conciencia personal de los que realmente actúan sobre el terreno adquiere protagonismo, la línea que separa un bando y otro del conflicto se difumina, toda vez que algunas decisiones “por el bien de la nación” chocan frontalmente con los sentimientos de aquellos que ejecutan las decisiones. Y esa complejidad dramática queda perfectamente reflejada en el entramado narrativo de esta temporada, haciendo que prácticamente todos los personajes, al menos los que forman el núcleo principal de la serie, afronten esa dualidad entre obligación y conciencia. Y el hecho de que, en mayor o menor medida, todos tomen una decisión similar mina, por necesidad, los cimientos de la Guerra Fría.

El modo en que se resuelva definitivamente todo esto habrá que verlo en la sexta y última temporada, pero por lo pronto The Americans ha confirmado que es una de las grandes series dramáticas de los últimos años. Esta quinta temporada, con sus defectos (la historia del hijo ruso del protagonista es algo que aporta más bien poco), señala el final de un camino complejo en el que sentimientos y deber, familia y nación, se mezclan hasta el punto de difuminarse en una compleja estructura dramática que, como buen producto audiovisual, parece aproximarse a la realidad más de lo que podría pensarse en un principio. Y esta quinta temporada confirma también que una historia, ante todo, son sus personajes. Sin ellos, sin sus relaciones ni sus tramas propias, cualquier ficción termina por desestabilizarse. Por fortuna, esta serie de Joseph Weisberg ha sabido enmendar los problemas de sus primeras temporadas para erigirse como lo que es actualmente: una de las ficciones más interesantes de la parrilla televisiva.

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