‘The Flash’ ahonda en el drama familiar en su quinta temporada


A pesar de que su estructura dramática es similar, The Flash se distanció desde el primer momento de su “progenitor” televisivo, Arrow, para dar una imagen algo más limpia, blanca, estéril. Su quinta temporada, aunque introduce algo más de dramatismo y una cierta oscuridad, mantiene en esencia esta apuesta pero introduciendo un nuevo elemento. O mejor dicho, reforzando en todos los frentes abiertos la idea de familia y todos los valores que ello conlleva.

En efecto, los 22 episodios de esta etapa de la serie creada por Greg Berlanti (El club de los corazones rotos), Geoff Johns y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Eli Stone) abordan en cada una de sus líneas dramáticas las tensiones en el seno de una familia, los conflictos y el modo en que cada miembro afronta dichas situaciones. En realidad, es algo que se viene trabajando desde los propios orígenes del personaje, pero en esta ocasión existe un matiz diferente, y es que los secundarios también viven ese concepto en sus propias historias, influyendo de forma más o menos directa en el resultado final y en el desarrollo de la trama principal. Incluso el villano está motivado por los vínculos familiares, recurriendo a la venganza por un accidente en el que su sobrina queda en coma. Todo ello, en efecto, refuerza el mensaje, e incluso lo hace más profundo, más consistente e interesante para los estándares que suele ofrecer esta ficción.

Ahora bien, esa reiteración conceptual también da al traste con la riqueza dramática y emocional del nutrido grupo de protagonistas. El hecho de que todos sus conflictos estén vinculados a padres que son villanos, a hijas engañadas o a la forma en que se relacionan unos y otros impide explorar nuevos conflictos, nuevos arcos argumentales capaces de aportar algo más a la trama. Por ejemplo, en etapas anteriores personajes como los de Danielle Panabaker (Time lapse) y Carlos Valdes descubrían sus poderes y se enfrentaban a sus propios demonios. Y aunque en estos capítulos se sigue manteniendo esa duda interna acerca de sus capacidades, queda relegada a un segundo plano, más como una consecuencia de algo superior que como una motivación en sí misma. En este sentido, por tanto, da la sensación de que cada aspecto previo de la trama queda supeditado a esa pátina de conflicto paterno filial que impregna absolutamente todo.

Y es una lástima. Es cierto que The Flash nunca ha sido una serie compleja. Más bien al contrario, su tratamiento siempre ha sido bastante lineal y, por qué no decirlo, previsible. Con todo, se mantenía siempre un pequeño as bajo la manga en forma de giros argumentales que pudieran producir, al menos, alguna sorpresa o imprevisto menor. Pero lo que nos encontramos en esta quinta temporada es una simplificación llevada al extremo de todas las historias. Ni siquiera los elementos externos que, en principio, deberían haber enriquecido la trama principal resultan interesantes. Al contrario, se convierten únicamente en meras muletas narrativas de la historia del héroe, sin tener recorrido ni vida propia más allá de servir al desarrollo del arco dramático protagonizado por Grant Gustin (Krystal), lo que hace que la serie pierda fuerza e interés, y que termine por ser un producto sin mayor recorrido que derrotar al villano de turno, quien por cierto, por muy poderoso que pueda parecer, siempre es derrotado sin grandes costes personales.

Gran familia feliz

Todo esto no impide, sin embargo, que esta ficción superheroica resulte entretenida. Al menos lo suficiente como para verla sin necesidad de reflexionar demasiado acerca de lo que sucede en pantalla. Los cada vez más elaborados efectos especiales, unido al tono irónico que tiene en general el tratamiento de personajes y a un villano que, con sus irregularidades, resulta interesante en su dibujo y puesta en escena, permiten que la serie se desarrolle de un modo bastante correcto (lo que no quiere decir apasionante). Y al igual que pasara con Arrow, el universo del hombre más rápido de la Tierra sigue expandiéndose en lo que a personajes se refiere, explorando presente, pasado y futuro para introducir nuevos roles que integran esta gran familia feliz que representa el Equipo Flash y su entorno.

En este contexto es necesario señalar lo que ocurre con Tom Cavanagh (El inventor de juegos) y los múltiples personajes que interpreta no solo en esta quinta temporada de The Flash, sino en toda la serie. De ser el primer villano de la historia (rol que, por cierto, vuelve a interpretar en estos episodios) ha pasado a dar vida al mismo personaje de universos diferentes, cada uno con sus particularidades y siempre un apoyo para el resto de personajes. En esta ocasión, una suerte de versión francesa de Sherlock Holmes especializado en seguir la pista y capturar al villano de la temporada en cada una de las realidades en las que existe. Más allá de la mejor o peor definición del rol, es digno de mención el trabajo tan diferente que hace el actor en cada temporada, dotando a cada personaje de una entidad y profundidad diferente, pero siempre siendo pieza importante no solo para derrotar al antagonista, sino para hacer avanzar la acción. Lástima que su distinta presencia en cada temporada impida ahondar algo más en el trasfondo, motivaciones, miedos y secretos de cada uno de los personajes.

De hecho, la diferente presencia del actor en cada temporada es uno de los alicientes de la serie, aportando siempre el mismo trabajo pero bajo prismas diferentes. Una pequeña originalidad de una serie que cada vez parece más entregada a la repetición de conceptos, de recursos narrativos, sin ofrecer giros interesantes que sean capaces de renovar el tono de la serie o, al menos de hacerlo parecer algo diferente a lo que se ha visto en estos cinco años. La originalidad inicial, así como el impacto de los efectos visuales, ha dejado paso a un retorno constante a las mismas ideas, incluyendo los viajes en el tiempo. La historia necesita de nuevos retos narrativos, incluso diría que de nuevos personajes capaces de aportar algo diferente a la dinámica del grupo. Pero mientras eso llega, lo que queda es una temporada simpática, entretenida en algunos momentos pero bastante condescendiente con sus propias limitaciones.

No quiere esto decir que no haya futuro. Esta quinta temporada de The Flash deja algunas ideas realmente interesantes, como esas modificaciones en el periódico que marca la desaparición del protagonista, la creación de la cabecera digital en la que se publica la noticia y algunas otras ideas que comienzan a vertebrar ese evento con el desarrollo de la serie. Ha sido algo incipiente, es cierto, pero al igual que ocurriera en etapas anteriores, se plantean varios hitos dramáticos que, si se saben explotar en la siguiente tanda de episodios, podría llevar la ficción por un camino interesante. Habrá que ver cómo se compagina eso con el nuevo villano, y sobre todo con esa idea de poder quitar los poderes con una mera inyección. Por el momento, esta temporada se queda más bien como un producto que puede verse y, en algunos momentos, disfrutarse, pero que en ningún caso hace avanzar realmente la acción en una dirección clara, plantando sin embargo la semilla de varias ideas que podrían germinar de forma muy atractiva.

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4ª temporada de ‘The Flash’, o cómo narrar desde la derrota del héroe


Con sus más y sus menos, The Flash ha logrado encontrar un hueco narrativa y dramáticamente hablando. Un hueco definido por un delicado equilibrio entre el humor y el drama, en el que el primero sirve de “desengrasante” para el segundo sin llegar a convertir en una burla el concepto de este producto. Sin embargo, en dicho equilibrio existen fluctuaciones, y la cuarta temporada es, posiblemente, una de las más dramáticas vistas hasta ahora. Posiblemente no para los protagonistas, pero sí en el tratamiento de la serie creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (autores de Arrow) y Geoff Johns.

Y es que estos 23 episodios ofrecen un interesante análisis del tratamiento de la narración. A diferencia de etapas anteriores en las que las historias episódicas entroncaban de forma tangencial con la trama principal, en esta ocasión el grueso del argumento se encuentra bajo el paraguas del villano al que da vida con notable acierto Neil Sandilands (Proteus). Salvo los capítulos destinados a crossovers entre las series de DC Cómics, en términos generales nos encontramos ante una dedicación exclusiva de toda la trama al enfrentamiento entre héroe y villano. Eso no impide que existan historias autoconclusivas en muchos episodios, pero todas ellas están, de algún modo, relacionadas con la trama principal.

El principal efecto de esta apuesta es que la cuarta temporada de The Flash es un constante crecimiento dramático, generando tensión a cada paso y sentando las bases del clímax del último episodio. Y aunque es cierto que el héroe siempre debe enfrentarse a retos mayores que él mismo para superarlos y superar sus propias limitaciones, en esta ocasión la constante es el fracaso, la idea de luchar contra un destino ya escrito del que no se puede escapar. Más allá de la resolución final y el concepto empleado para que el bien se imponga al mal (el amor, la amistad, ser fiel a uno mismo), lo más relevante es el viaje por esta tanda de episodios, en el que todos y cada uno de los personajes pierde algo realmente importante, en una constante derrota que va más allá de la simple dinámica que mueve todo conflicto.

Dicho de otro modo, en esta ocasión no hay una perspectiva de que las victorias tengan más peso que las derrotas. Es evidente que el resultado final siempre será positivo, al menos en términos generales, pero durante toda la temporada lo que se plantea es llevar hasta límites fuera de lo común al héroe, que debe enfrentarse a la derrota no solo física, sino también emocional (la muerte de su amigo), intelectual y de sus propios poderes. Contrariamente a lo que pueda parecer, esta estrategia narrativa lo que provoca es una mayor identificación con el héroe. Es cierto que la trama presenta altibajos, en buena medida provocados por la falta de interés de algunos personajes y algunas tramas secundarias, pero en líneas generales lo que nos encontramos es ante un constante desafío para el velocista.

Un problema de DC

Ahora bien, esta cuarta temporada de The Flash está empezando a presentar un problema que parece común a todas las producciones de DC, y es la acumulación de secundarios que aportan poco o nada a la historia del héroe. Es cierto que muchos de ellos, puede que la mayoría, crean un contexto dramático que, al fin y al cabo, define toda la serie, pero el problema de incluir tantos secundarios, algunos con más importancia que otros, algunos con poderes, es que todos ellos necesitan de cierto tiempo para desarrollarse, para evolucionar y participar activamente en la historia. Y eso se traduce en más minutos, más dedicación y, por tanto, más espacio robado a la trama principal.

Esta etapa ha podido resolverlo con acierto en muchas ocasiones, como es el caso del nuevo superhéroe interpretado por Hartley Sawyer (Thursday), pero en otros la participación de los secundarios se ha vuelto, digamos, satélite, quedando como recurso de apoyo cuando fuera necesario, por mucho que su rol tuviera, en teoría, mayor peso dramático. Posiblemente la mejor prueba de esta acumulación de héroes sea el final, donde algunos personajes parecen llamados a desaparecer (al menos de momento) para aligerar y simplificar tanto la trama como las relaciones entre los personajes. Sea como fuere, lo cierto es que se empieza a ver muchos personajes que entran y salen de la trama sin demasiada influencia, únicamente para expandir el universo ‘Flash’, y esta intermitencia puede jugar en contra de la historia si no se lleva por el buen camino. De hecho, Arrow ya se ha visto obligada a aligerar su historia de personajes.

Aunque como siempre ocurre en esta serie, posiblemente el punto de giro más interesante sea el gancho final para la siguiente temporada. Y es aquí donde entra en juego otro de los elementos más indentificables de esta ficción que, curiosamente, no han tenido demasiado protagonismo en esta etapa. Me refiero a los viajes en el tiempo. Mientras que años atrás los cambios en el espacio-tiempo han dado pie a historias, cambios y villanos, en esta ocasión todo ha transcurrido en el campo de la mente y el presente físico. De ahí que el final de esta temporada abra una interesante puerta a una trama que requerirá de un minucioso tratamiento, y que sin duda será objeto de muchos análisis por parte de los fans más acérrimos del personaje.

En cierto modo, se puede decir que la cuarta temporada de The Flash viene a demostrar que la serie puede ser extremadamente dramática si se lo propone, pero sobre todo confirma una madurez que no tenía al principio. Con un héroe atormentado por los errores que comete y el sufrimiento que eso causa, un villano que parece no poder ser derrotado y unos protagonistas que afrontan pérdidas de todo tipo, estos episodios suponen un constante giro dramático hacia un abismo que, no por tener un final previsiblemente feliz, es menos angustioso. Curiosamente, las constantes derrotas del héroe provocan un doble y contradictorio efecto: por un lado permiten una interesante narración desde el punto de vista de la derrota, pero por otro genera cierto desapego en algunos momentos de la historia. En cualquier caso, esta es posiblemente la etapa más oscura y dramática hasta la fecha.

‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

‘The Flash’ trata de avanzar mientras se mueve en círculos en su 2ª T.


'The Flash' tendrá que correr más que nunca en su segunda temporada.Cualquier producción de ciencia ficción tiene un problema congénito que, en principio, debería ser de fácil solución: la propia fidelidad a sus normas. Esto es, que cualquier mundo imaginario se rige por una serie de pilares que lo definen, y a los que el director/creadores deben ajustarse. ¿Algo sencillo, no? Pues no siempre. Y en una serie como The Flash, donde los viajes en el tiempo empiezan a ser más o menos como coger el coche para visitar a los parientes, este riesgo es, si cabe mayor. Es el principal problema de la segunda temporada de esta producción creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (ambos responsables de otra serie de DC ComicsArrow) y Geoff Johns, guionista de varios productos ambientados en el mundo de estos superhéroes.

Con esto no quiero decir que estos 23 episodios sean malos, más bien al contrario. La trama ha logrado algo que parecía poco probable, y es utilizar un villano mayor en todos los aspectos al de la primera temporada, al que da vida con cierta irregularidad Teddy Sears (serie Masters of Sex). En este sentido, la historia no solo continúa los acontecimientos de la etapa anterior, sino que desarrolla toda una serie de subtramas que se nutren entre ellas para crear un mundo más complejo, no necesariamente más oscuro pero sí, al menos, más original, dinámico y autosuficiente. Es por ello que la segunda temporada ofrece al espectador más de lo que provocó el éxito de los primeros episodios, desde la acción al drama, pasando por el romance y ciertos toques irónicos.

Desde luego, los fans encontrarán en esta nueva temporada de The Flash toda una iconografía que, como es habitual desde su inicio, se apoya con evidencia manifiesta en las historias y personajes salidos de Arrow, serie a la que la historia de la televisión posiblemente termine por situar como la punta de flecha (nunca mejor dicho) de una cadena de producción superheroicas a cada cual más espectacular u oscura, dependiendo de la apuesta dramática. Pero volviendo al velocista, el arco argumental de esta etapa, con un enemigo más veloz y con esa segunda Tierra en la que muchos personajes tienen poderes, es indudablemente más interesante, ofreciendo puntos de giro tan dramáticos como definitorios para el futuro de la serie, lo cual no deja de ser una buena noticia en una producción de este estilo.

Claro que esto tiene una cara B que no es tan positiva. La serie, más allá de algunos villanos nuevos, pivota sobre los mismos personajes que protagonizan la serie desde el comienzo. Salvo la introducción del rol interpretado por Keiynan Lonsdale (La hora decisiva), que tendrá mucha más importancia en la próxima temporada, el resto son personajes ya conocidos. Incluso aquellos que murieron al final de la primera temporada resurgen de sus cenizas, eso sí, como otro personaje con motivaciones diferentes pero con un resultado de sus decisiones sospechosamente familiar. Es más, muchos de los villanos no dejan de ser una suerte de lado oscuro de los protagonistas, lo que al final provoca una sensación agridulce: la propuesta es original en tanto en cuanto ofrece un repaso a los matices entre dos realidades paralelas, pero evidencia falta de originalidad al convertir en villanos a los héroes de turno, aunque solo sea por unos minutos.

Futuro incierto

Pero lo más peligroso de esta segunda temporada de The Flash es el futuro que deja para la próxima etapa. No voy a desvelar aquí cuál es el final para aquellos que todavía no hayan tenido ocasión de verlo, pero baste decir que, más o menos como el resto de la serie, encierra en su interior aspectos tan positivos como negativos, amén de una serie de lecturas que pueden generar no pocos problemas para los creadores de la serie y para aquellos que, sin ser estrictamente fans del personaje, se hayan acercado a esta trama por curiosidad, interés o simple entretenimiento. ¿Y qué es ese final? Bueno, en grandes líneas una reescritura de todo lo visto hasta ahora.

Y ese es el problema. La decisión del protagonista, interpretado de nuevo por Grant Gustin (serie Glee), quien por cierto parece estar madurando junto con el personaje, posee una serie de implicaciones morales y emocionales sumamente interesantes. Para empezar, la constante lucha interior entre los deseos personales y la decisión correcta, que no solo no tienen que ver, sino que generan situaciones casi antagónicas. La opción final elegida, aunque comprensible y atractiva desde un punto de vista dramático y narrativo, crea una serie de variables de muy difícil solución, entre otras cosas porque crea una suerte de carta blanca para rehacer todo aquello que se considere oportuno.

Este tipo de decisiones son arriesgadas, no solo por lo dicho anteriormente, sino porque permite recuperar personajes del pasado. La estrategia puede haber tenido cierto interés en la segunda temporada, por aquello de los mundos paralelos y lo llamativo del primer impacto al ver personajes muertos volver a la vida. Pero repetir la fórmula por tercera vez puede ser demasiado, amén de modificar (habrá que ver en qué grado) las relaciones entre los personajes. En este sentido, hay cierta similitud entre varios momentos de la primera y la segunda temporada, como si el protagonista corriese en círculos que se repiten más o menos fielmente, en lugar de ir hacia adelante.

Quizá este sea el mayor reproche que se le puede hacer a la segunda temporada de The Flash. La serie parece tener miedo a afrontar sus decisiones hasta las últimas consecuencias, recurriendo a conceptos narrativos y fantásticos que justifiquen la presencia de personajes ya fallecidos, de roles aparentemente secundarios y de tramas (sobre todo el ‘love interest’ del protagonista, que va camino de convertirse en un quiero y no puedo) que avanzan solo para volver a retroceder. Soy consciente de que la producción es mucho más limpia y clara de lo que es Arrow, pero eso no debería ser óbice para que avance en el sentido que se considere más oportuno, afrontando con valentía lo que esté por llegar. Y esa es la palabra clave, sobre todo en una ficción con la velocidad como eje central: avanzar.

‘The Flash’ crece en la 1ª T gracias a su estructura dramática


Grant Gustin es el hombre más rápido del mundo en la primera temporada de 'The Flash'.El ‘boom’ superheroico que hace unos años invadió las salas de cine (y que ha provocado toda una mega estructura narrativa que durará varios años) se ha trasladado de forma definitiva a la pequeña pantalla. A los exitosos experimentos de ArrowAgentes de S.H.I.E.L.D. se suman muchos otros personajes que no solo tienen sus propias historias, algunas mejores que otras, sino que conforman un universo particular que, a menos que algo o alguien lo estropee, se terminará fusionando con el del cine. Pero no adelantemos acontecimientos. Por ahora, analicemos otro de los productos que más éxito han tenido, y cuya segunda temporada ya está emitiéndose. Me refiero a The Flash, personaje cuya presentación tuvo lugar, precisamente en la serie protagonizada por Stephen Amell (Cerrando el círculo).

Creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, responsables de la construcción del universo televisivo de DC Comics, la primera temporada de esta entretenida serie ejemplifica como pocas los problemas y las virtudes que suelen tener este tipo de producciones, así como las herramientas necesarias para superarlos o aprovecharlas, según sea el caso. Los primeros compases de estos 23 episodios son, en pocas palabras, una apuesta episódica cuyo valor no supera la simple presentación de personajes y sus respectivas tramas, así como una retahíla de villanos a cada cual más original que sirven al espectador para crecer junto al protagonista, al que da vida de forma notable Grant Gustin (serie Glee). De este modo, el trasfondo dramático de la historia, que no desvelaré por aquello de los spoilers, queda en un segundo plano.

O al menos eso puede parecer. Porque lo cierto es que es aquí donde se aprecia la elaboración dramática de la historia. En prácticamente cada episodio se dejan una serie de píldoras narrativas que aportan un nuevo grano de arena a la senda que conduce al espléndido final que tiene la temporada. Pequeñas dosis dramáticas, algunas como ganchos de final de episodio y otras como parte de la historia del capítulo, que permiten al espectador completar un puzzle y entender, al fin, lo que se trata de contar en esta primera etapa. Esta táctica, si bien no es novedosa, sí es el soporte fundamental para que The Flash no caiga en la autocomplacencia, limitándose a una sucesión de villanos. De hecho, y a medida que se acerca al final, los enemigos del velocista de Central City son cada vez menores, dejando más espacio para la auténtica e interesante trama principal.

A esta estrategia se suma un tono divertido, en algunos casos casi infantil, que ayuda a quitar mucha gravedad a lo visto en la pequeña pantalla. A diferencia de la ficción del arquero verde, los primeros episodios del rojo corredor son simplemente entretenimiento y diversión, sin grandes dramas y con mucha ironía. La gravedad que desprende Arrow, y que ha sido uno de sus éxitos, aquí brilla por su ausencia en la mayor parte del desarrollo dramático. Contrariamente a lo que pueda pensarse, esta apuesta se ajusta más tanto al carácter del personaje como a la propia dimensión de la serie, más fantástica. Dicho de otro modo, es un producto para pasar el rato más que para identificarse con los problemas y dudas morales del protagonista. Y si eso se entiende desde el principio, no debería haber ningún problema.

Pasado, presente y futuro

En este sentido, y que me disculpen los más fervientes seguidores de The Flash, la serie tiene más de una producción Marvel que de una producción DC. La primera siempre se ha caracterizado por productos más inocentes, con más acción y menos oscuridad en sus tramas, mientras que la segunda… bueno, no hay más que ver lo que representa la trilogía del Caballero Oscuro. De ahí que esta primera temporada pueda resultar un cuerpo extraño dentro de la estructura dramática que DC imprime a sus historias. Sin embargo, es solo una impresión. La resolución final de estos primeros 23 episodios deja claro que no estamos ante una producción al uso. Asimismo, la introducción de personajes de Arrow, que generan un flujo entre ambas series de lo más enriquecedor, dotan a la trama de la seriedad que podría faltarle en algunos momentos.

Aunque lo que mejor define a esta ficción es la unión entre pasado, presente y futuro que se mantiene a lo largo de todo el arco dramático, y que afecta a todos los personajes en mayor o menor medida. Ese juego entre ciencia, fantasía y superhéroes genera una serie de conexiones entre los diferentes espacios temporales que siempre influyen en el desarrollo de la trama, lo que a su vez crea una mayor complejidad en la narrativa. Nada ocurre por azar, y desde luego ninguna trama, por secundaria que sea, queda sin explicación, que es más o menos sólida. Esta complejidad y el humor que desprenden muchos de sus personajes logran ese delicado equilibrio que permiten a una serie no caer en la autoparodia o en la soberbia, y que la convierten en una producción a disfrutar.

Pero esta unión va más allá. A comienzos de los años 90 se produjo otra serie en torno a este personaje. Aquella ficción estaba protagonizada por John Wesley Shipp (serie Dawson crece) en el papel que ahora interpreta Grant, cuyo padre en la ficción es… el propio Shipp. Pero no es la única conexión. En aquella serie de hace 20 años Mark Hamill, el inolvidable Luke Skywalker de la saga ‘Star Wars’, daba vida al mismo villano que interpreta en esta nueva versión, y que ha pasado estas dos décadas en la cárcel preparando su “obra maestra”, como él mismo dice en un episodio. Y esos son solo dos ejemplos de la relación que los guionistas han tratado de establecer entre aquel Flash del pasado y el que ocupa nuestro presente y nuestro futuro más inmediato.

Lo que se desprende de la primera temporada de The Flash es puro entretenimiento. Sin las pretensiones dramáticas de Arrow, la serie busca en todo momento divertir sin preocupaciones, aunque contando para ello con una sólida trama principal y una cartera de villanos interpretados por rostros conocidos de la pequeña pantalla, desde Wentworth Miller y Dominic Purcell (protagonistas de Prison break) hasta Liam McIntyre (serie Spartacus). Desde luego, es una serie que va de menos a más hasta un clímax notable que deje una buen sabor de boca y que permite pensar en un futuro prometedor para esta producción, sobre todo si tenemos en cuenta que las flujos narrativos entre el arquero y el velocista de DC son cada vez más sólidos.

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