‘House of cards’ aparca momentáneamente la política en su 5ª T.


Habrá quien diga que la quinta temporada de House of cards ha alcanzado un exagerado nivel de maldad, introduciéndose de lleno en la ficción política que, a diferencia de etapas anteriores, tiene poco que ver con la realidad. Bueno, puede ser cierto hasta un determinado punto, pero personalmente considero que la serie ha sabido asumir parte de la actualidad política estadounidense actual, con las protestas iniciales contra Donald Trump como uno de los elementos más visibles, para abordar un cambio dramático de cara a la siguiente temporada. El problema, si es que existe, es cómo se ha hecho esto.

Y es que, como cualquier serie, esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) y basada en la novela de Michael Dobbs, necesita crecer, evolucionar. Sin embargo, cuando se trata de una ficción como esta, donde los pasos, por muy arriesgados o violentos que sean, están medidos al milímetro, resulta problemático mostrar a unos personajes tan fríos y calculadores como fieras enjauladas incapaces de actuar como les gustaría. En este sentido, pueden entenderse los acontecimientos  de estos 13 episodios como una huída hacia adelante, como el último ataque de un animal herido que se lleva por delante a aquellos que quieren acabar con él.

Visto así, la evolución del personaje de Frank Underwood, al que vuelve a dar vida de forma magistral Kevin Spacey (Baby driver), no solo resulta coherente con lo narrado en la trama, sino que incluso permite justificar, aunque cogido con pinzas muy delicadas, el giro argumental del último episodio que viene a ser una suerte de ‘Deus ex machina’ político, convirtiendo a este zorro en lo más parecido a una deidad omnisciente capaz de prever todos y cada uno de los pasos del resto de roles que le rodean en House of cards. A pesar de ser un giro dramático un tanto desesperado, funciona gracias a un factor que durante toda la temporada (y buena parte de la serie) ha podido pasar desapercibido: la ambición y crueldad de Claire Underwood (decir que Robin Wright Wonder Woman– es extraordinaria sería quedarse corto).

Y es que esta es la temporada, por fin, en que la gran mujer detrás del gran hombre pide de forma fehaciente la palabra. O mejor dicho, la toma de la única forma que sabe hacerlo, es decir, con movimientos delicados pero letales capaces de descolocar incluso a un curtido marido como el que tiene. El modo en que afronta los acontecimientos ensalza una figura que, como digo, ha estado en las sombras demasiado tiempo. Si el final de la cuarta temporada ya dejaba entrever que la complicidad con el espectador no era algo exclusivo del rol de Spacey, en esta juega en todo momento con la duda de si realmente es capaz de sortear la pantalla y dar el salto. Y efectivamente, lo es, y no evito dar más detalles para no desvelar el extraordinario momento en el que lo hace. Ese juego que se establece entre personajes, trama y espectadores es, sin duda, uno de los mayores atractivos de esta quinta etapa.

Sin política, ¿qué queda?

El problema de la temporada, como decía al comienzo, no radica tanto en el apartado político, y mucho menos en cómo los personajes se mueven en este ámbito. No, el problema está en aquellos momentos en que se abandona la política y se da rienda suelta al instinto de supervivencia de los dos protagonistas. Y no por casualidad, eso tiene lugar en la segunda mitad de esta quinta temporada, precisamente cuando la trama parece irse de las manos de sus creadores, que imprimen al conjunto un tono cruel y despiadado fuera de toda duda. Depende de cada uno, claro está, aceptar esto como parte inherente a la naturaleza de los personajes (algo que ha quedado demostrado a lo largo de las temporadas), pero incluso teniendo en cuenta los hitos pasados, siempre había habido una motivación política detrás de toda acción o decisión, incluso las mortales.

Sin embargo, en esta etapa de House of cards, una vez eliminados los principales rivales políticos a través de tretas legales y del funcionamiento de la democracia norteamericana (incluidos algunos detalles simplemente surrealistas), la serie da paso a una deriva un tanto caótica, con secundarios atacando a los protagonistas sin demasiado sentido y con líneas argumentales secundarias que parecen avanzar hacia ninguna parte, y que como consecuencia terminan de la forma más abrupta, innecesaria y, sobre todo, irreal posible. En concreto me refiero al romance entre Claire Underwood y el periodista/escritor Thomas Yates (al que da vida Paul Sparks –Buried child-), cuya resolución no solo resulta un tanto desagradable, sino que convierte a la Primera Dama en un ser que para nada concuerda con la imagen dada en todos los capítulos previos, desvirtuando en buena medida el sentido de todo lo visto hasta ahora.

Se podría decir que la temporada pierde fuelle cuando se olvida de la política, de las decisiones de dos personajes que solo se mueven por la ambición y que son capaces de hacer cualquier cosa por lograr su objetivo. Dicho así, este quinto periodo se antoja similar a los anteriores, pero existen matices. El primero radica en que buena parte de lo que ocurre se aleja de la política para adentrarse en el terreno personal de los protagonistas, acentuando la lucha interna entre ambos. Hasta cierto punto, es lógico que dos roles tan parecidos terminen chocando en sus particulares caminos, pero el problema es que lo hacen dejando la política en un segundo plano. También hay que destacar la presencia de secundarios cuya relevancia en el desarrollo de la historia es, cuanto menos, anecdótica. Y por último, la segunda mitad de la temporada parece haberse planteado como un puente hacia la siguiente tanda de episodios, que habrá que ver cómo se afrontan.

Por todo ello, la quinta temporada de House of cards es posiblemente la más radical en todos los sentidos. Manipulación de elecciones, tretas en el funcionamiento democrático, perpetuidad en el poder muy cuestionable, intereses particulares mezclados con los políticos, terrorismo. Todo esto y mucho más es lo que están dispuestos a hacer los Underwood para seguir despertándose en la Casa Blanca. Y desde luego, el modo en que utilizan el sistema estadounidense es tan brillante como aterrador. El problema está cuando la trama se olvida de esto para adentrarse en las arenas movedizas del conflicto matrimonial entre Frank y Claire. Ya lo hizo en temporadas anteriores, aunque en aquella ocasión con la política de fondo. Ahora eso queda al margen. Sí, el objetivo último es el Despacho Oval, pero lo cierto es que el camino está plagado de decisiones y acciones que nada tienen que ver con el juego político. Eso sí, todo está preparado para una sexta temporada que se antoja, al menos, épica. La pregunta que queda por resolver es sí realmente se volverá a la estrategia política o se entregará por completo a los problemas internos de esta pareja de personajes que se han convertido en todo un referente.

‘Las confesiones’: la reflexión del silencio


La nueva película de Roberto Andò (Viva la libertad) es engañosa… casi tanto como los dirigentes políticos a los que se critica con sutil dureza a lo largo del metraje. Es engañosa, en efecto, pero eso no es, en este caso, algo negativo, más bien al contrario. Gracias a ese engaño, a ese juego de magia en el que el director dirige la mirada hacia la mano equivocada, el espectador se encuentra ante un relato tan sobrio como intrigante.

Gracias al punto de giro final, la cinta adquiere un significado completamente diferente al sentido en el que se desarrolla la trama. Y lo más importante, ofrece una interpretación fresca y nueva de lo visto a lo largo de su hora y casi cincuenta minutos. Mientras que el relato se construye sobre un secreto que puede cambiar el rumbo del mundo tal y como lo conocemos, su clímax, además de cambiar dicha idea, da buena cuenta de la importancia del silencio en un hombre (perfecto Toni Servillo –Gomorra-, como por otro lado suele ser habitual) que, más que guardar un secreto de confesión, lo que hace es reflexionar con inteligencia sobre las posibilidades que tiene de marcar las diferencias.

La conclusión es, posiblemente, lo más loable de esta historia, más allá del espléndido reparto y de un lenguaje narrativo serio y académico. Y posiblemente lo más criticable sea el propio desarrollo, con algunos personajes poco definidos cuyo papel, sin embargo, se antoja importante. Eso y el ritmo imprimido por los silencios del protagonista, que se trasladan a una cadencia visual preciosista pero cuyo ritmo es irregular. A pesar de ello, el film deja momentos para el recuerdo, desde el deprimente mundo de opulencia en el que viven los dirigentes hasta ese final con los políticos aterrados por el perro de uno de ellos, que parece rebelarse ante lo que está a punto de hacer su amo.

Desde luego, Las confesiones invita a la reflexión, no solo sobre la sociedad actual y lo que nuestros dirigentes políticos hacen con nuestro futuro o el modo en que entienden la economía, sino también sobre la relevancia que adquiere la reflexión en un mundo en el que prima la inmediatez. El silencio permite, en este caso, apreciar todo el ruido a nuestro alrededor, todas las presiones y pasiones que tratan de inclinar la balanza hacia sus propios intereses. La debilidad que presenta en su desarrollo impide que estemos ante una gran obra, pero no que sea recomendable.

Nota: 6,5/10

‘La fiesta de las salchichas’: El mundo es un supermercado


'La fiesta de las salchichas' invita a reflexionar con su irreverenciaPosiblemente si alguien lee que una película con un título como este, realizada por los responsables de películas como Superfumados (2008) o Juerga hasta el fin (2013) y que tiene como protagonistas a los alimentos es una buena película se lo tome a risa. Eso como poco. Pero lo cierto es que la realidad obliga a conjugar ambos conceptos: risa y calidad.

Tal vez no sea calidad en un sentido puramente formal. Incluso su narrativa hay momentos en las que se hace plomiza. Pero si algo bueno tiene La fiesta de las salchichas es la crítica social, política y moral que se esconde detrás de su trama. Seth Rogen (Malditos vecinos) y compañía no dejan títere con cabeza. Desde el conflicto palestino israelí hasta la creencia ciega en seres superiores, pasando por nazis que acusan de racismo, la película se construye lentamente para desgranar buena parte de los aspectos de la Humanidad que, en forma de productos, vive en un extenso supermercado llamado Tierra.

Evidentemente, la película tiene sus debilidades, y no son menores. Dejando a un lado la animación, muy alejada de los mejores trabajos en este ámbito de otras productoras, el guión adolece en muchos momentos de problemas que han tenido otros films de los mismos responsables. Saturación de insultos y tacos, una historia de ritmo irregular o algunos secundarios que no tienen demasiado sentido pero que hacen gracia son algunos de ellos que, seamos sinceros, juegan en contra del resultado final de la película.

Pero con todo y con eso, La fiesta de las salchichas es uno de los films más frescos de este año. Su irreverencia política y su acertada crítica social, ética y moral convierten a esta historia en algo más que una sucesión de chistes malos. De hecho, no es extraño que el espectador se descubra en mitad de la película reflexionando sobre algunas de las cosas que se mencionan en el film, lo cual ya dice bastante más de esta historia de lo que muchos actores, directores o productores pueden llegar a presumir. ¡Por cierto, no es apta para niños!

Nota: 7,5/10

‘El hombre de las mil caras’: el tuerto en el país de los ciegos


'El hombre de las mil caras', la historia de Paesa y Roldán dirigida por Alberto Rodríguez.Como película, técnicamente hablando, no es extraordinaria. Y desde luego su historia podría haber aprovechado mucho mejor algunos elementos narrativos. Pero lo nuevo de Alberto Rodríguez (La isla mínima) no es una gran película por el aspecto técnico, sino por el trasfondo dramático y reflexivo que contiene, y sobre todo por la radiografía de un país y sus debilidades.

Porque sí, como reza la frase promocional, El hombre de las mil caras es la historia del hombre que engañó a todo un país. Pero también es la historia de cómo un país ha permitido a lo largo de los años que los altos cargos sean corruptos con aparente impunidad. Y es la historia de cómo un gobierno puede llegar a caer si traiciona al hombre equivocado. Con todo esto, la historia de Paesa y Roldán adquiere un nuevo significado, más profundo que el mero thriller político y mucho más interesante que la simple exposición de hechos o, en este caso, del punto de vista del personaje magistralmente interpretado por Eduard Fernández (Marsella).

El problema de la película, si es que tiene alguno, es que la historia deja fuera de foco a personajes que podrían haber tenido más relevancia en la trama. Evidentemente, esto no es un problema de guión, de dirección o montaje, sino de la propia veracidad de los hechos, que obliga a mantener una fidelidad en el desarrollo. Asimismo, sus dos horas de metraje pueden parecer excesivas en algunos momentos en los que el argumento parece encallar (y solo parece, porque la resolución deja claro que este hombre ha engañado incluso a los espectadores actuales).

Pero todo ello son cuestiones menores en El hombre de las mil caras. En realidad, Alberto Rodríguez se confirma, si es que era necesario, como uno de los grandes directores de thriller de España. Su manejo de los tiempos, de la cámara y de los actores es brillante y poco dado a efectismos. Es interesante comprobar cómo un simple plano de Eduard Fernández con la mirada perdida en el infinito es capaz de transmitir tanto. Una película imprescindible tanto para aquellos que siguieron la persecución de Luis Roldán con interés como para aquellos que quieran conocer su historia un poco mejor.

Nota: 8/10

La guerra de ‘Warcraft’ amenaza con arrasar al resto de estrenos


Estrenos 3junio2016No es el único estreno, pero desde luego es el más importante y, desde luego, el que se podrá convertir en un éxito de taquilla asegurado, a tenor de la legión de seguidores amantes del videojuego que tiene alrededor del mundo. Se puede decir que el mes de junio, en lo que a novedades se refiere, comienza con buen pie para los fans. Y aunque la acción y los efectos digitales vuelven a marcar el devenir de las producciones veraniegas, este viernes 3 de junio también llegan a la cartelera otras historias, entre ellas algunos documentales muy interesantes.

Pero lo primero es lo primero. Warcraft: El origen es la adaptación en imagen real del famoso videojuego World of Warcraft, cuyos seguidores no solo se cuentan por millones en todo el mundo, sino que ha conseguido crear todo un mundo único poblado de todo tipo de criaturas. Y es en ese contexto donde se desarrolla la trama de esta cinta dirigida por Duncan Jones (Moon), que arranca cuando el pacífico reino de Azeroth es amenazado por orcos guerreros que dejan atrás un mundo destruido por los enfrentamientos. La apertura de un portal dará lugar a una lucha sin cuartel entre un pueblo que quiere evitar su extinción y otro que tratará de impedir su aniquilación. En medio de ese conflicto solo dos héroes, uno de cada bando, parecen ser la llave para una convivencia pacífica. Acción, aventura, fantasía y muchos efectos digitales son las claves de esta película en cuyo reparto encontramos a Travis Fimmel (serie Vikingos), Ben Foster (La hora decisiva), Toby Kebbell (Cuatro fantásticos), Robert Kazinsky (Pacific Rim), Paula Patton (guns), Daniel Wu (Europa One), Clancy Brown (Un equipo legendario) y Dominic Cooper (Duda razonable).

Muy diferente es la comedia norteamericana Una madre imperfecta, cinta escrita y dirigida por Lorene Scafaria (Buscando un amigo para el fin del mundo) cuyo argumento se centra en una mujer cuya vida da un giro cuando su marido fallece y le deja una cuenta corriente desahogada. Desde este punto de partida decide mudarse a Los Ángeles para estar con su hija, guionista de éxito pero que todavía no ha encontrado tiempo para el amor. La madre, optimista por naturaleza, terminará por asfixiar la relación con su hija, lo que obligará a poner unos límites que solo servirán para que la mujer enfoque su positivismo hacia otras personas, cambiando para siempre su entorno. A medio camino entre el drama y la comedia romántica, el film está protagonizado por Susan Sarandon (3 generaciones), Rose Byrne (Espías), J. K. Simmons (Terminator Génesis), Jerrod Carmichael (Malditos vecinos), Cecily Strong (Verano en Staten Island) y Lucy Punch (Into the woods).

Dos son las novedades que llegan desde España. Por un lado, la comedia romántica Nuestros amantes, cuya trama se inicia cuando una joven soñadora se acerca a un hombre en una cafetería con un original juego: convertir sus vidas anodinas en una aventura. Él, guionista de profesión, acepta el reto, en el que solo existe una norma: no enamorarse. Para colmo, sus parejas de relaciones anteriores todavía tienen mucho que decir. Escrita y dirigida por Miguel Ángel Lamata (Tensión sexual no resuelta), la película cuenta en su reparto con Michelle Jenner (Julieta), Eduardo Noriega (Los miércoles no existen), Amaia Salamanca (Fuga de cerebros), Gabino Diego (Desde que amanece apetece) y Fele Martínez (La noche que mi madre mató a mi padre).

Por otro, Acantilado adapta la novela homónima de Lucía Etxebarría cuya historia gira en torno a una joven que es captada por una secta en Canarias. Cuando meses después su hermano recibe una llamada sobre un suicidio en masa que afecta a los miembros de ese grupo, iniciará un viaje a las islas para conocer el destino de la chica. Dirigido por Helena Taberna (La buena nueva), este thriller está protagonizado por Daniel Grao (Palmeras en la nieve), Juana Acosta (Tiempo sin aire), Goya Toledo (El desconocido), Ingrid García Jonsson (Toro) y Jon Kortajarena (Un hombre soltero).

Entre los estrenos europeos destaca Francofonía, film de 2015 que cuenta con capital Francés, Alemán y de los Países Bajos cuya historia, a medio camino entre el drama y el documental, narra la extraña relación entre el director del Louvre y un oficial nazi durante la II Guerra Mundial. Dos personajes en bandos opuestos que colaboraron para salvar los tesoros del museo, demostrando que el arte es capaz de unir y de encontrar la esencia de la Humanidad incluso en conflictos tan sangrientos como este. Aleksandr Sokurov (Fausto) escribe y dirige esta propuesta protagonizada por Louis-Do de Lencquesaing (20 años no importan), Johanna Korthals Altes, Benjamin Utzerath y Vincent Nemeth (El capital).

Otra de las novedades es Las Mil y Una Noches: Vol. 1, el inquieto, drama co producido entre Francia, Portugal, Alemania y Suiza cuya historia, tomando como partida el famoso libro árabe, recoge una serie de relatos que desgranan la situación que vive Portugal actualmente. Así, la joven Sherezade narra cómo un gallo parlante se presenta a las elecciones, cómo un mago asegura tener una pócima para acabar con la austeridad, etc. Escrita, dirigida y protagonizada por Miguel Gomes (Tabu), la cinta cuenta además con Diogo Dória (Cinerama), Carloto Cotta (Olvidados) y Crista Alfaiate (4 copas).

También francesa, aunque con colaboración canadiense, es Fátima, cinta que adapta los libros de Fatima Elayoubi en los que, en clave dramática, se narra la frustración con la que vive una madre árabe que no sabe hablar francés y es incapaz de expresar a sus hijas, su mayor orgullo y motor de su vida, lo que realmente siente. Para poder darles un futuro mejor trabaja como señora de la limpieza en turnos poco convencionales hasta que sufre una caída. Durante la baja laboral que la obliga a estar en casa comienza a escribir en árabe todo aquello que no ha podido decir a sus hijas a lo largo de los años. La cinta está dirigida por Philippe Faucon (Dans la vie) y protagonizada por Soria Zeroual, Zita Hanrot (Radiostars), Kenza Noah Aïche y Chawki Amari.

Desde México nos llega con cierto retraso Amor de mis amores, comedia de 2014 escrita y dirigida por Manolo Caro (No sé si cortarme las venas o dejármelas largas) en la que una joven que está a punto de casarse atropella a un hombre, que coincide que también está a una semana del matrimonio. Lo que ninguno de ellos espera es que el amor surja a primera vista. Sandra Echevarría (Quier ser fiel), Camila Sodi (Niñas mal), Erick Elias (serie Porque el amor manda), Sebastián Zurita (Ciudadano Buelna) y Rossy de Palma (Tres bodas de más) encabezan el reparto.

El último de los estrenos de ficción es la película palestina Idol, apoyada económicamente por los Países Bajos, Reino Unido, Qatar y Argentina. A medio camino entre la comedia y el drama, y en clave biográfica, la trama se centra en un niño de Gaza cuyo sueño es cantar en el teatro de la Ópera de El Cairo y que su voz sea escuchada en todo el mundo. Para lograrlo, decide escaparse de la prisión que es Gaza y presentarse al concurso Arab Idol en la capital egipcia. Pero cuando logra llegar hasta El Cairo y entrar en el concurso deberá enfrentarse a sus propios miedos. Dirigida por Hany Abu-Assad (Omar), la cinta está protagonizada por Tawfeek Barhom (Farewell Baghdad), Kais Attalah, Hiba Attalah y Ahmad Qasem.

Entre los documentales destaca Política, manual de instrucciones, nuevo proyecto de Fernando León de Aranoa (Un día perfecto) que ahonda en la construcción de Podemos, sin duda el proyecto político más vertiginoso de España.

Finalmente, Steve McQueen: The Man & Le Mans aborda la figura del mítico actor y su pasión por los coches y la velocidad a través del rodaje de Las 24 horas de Le Mans (1971), utilizando para ello algunas imágenes inéditas grabadas en la época. Dirigen la cinta Gabriel Clarke y John McKenna, autores de otros documentales como Clough (2009).

‘House of cards’ crece para mostrar el terror de la ambición en su 4ª T


Robin Wright y Kevin Spacey en la cuarta temporada de 'House of cards'La cuarta temporada de House of cards ha puesto de manifiesto dos cosas bien diferentes, una posiblemente más evidente y otra que merecería un estudio en profundidad. La primera, la evidente, es que un buen trabajo de personajes, con una historia sólida, es capaz de sobreponerse a todo tipo de críticas y a los puntos débiles que siempre existen en una trama. La segunda, la que debería estudiarse en las escuelas de guión, es que Beau Willimon (Los idus de marzo) ha sido capaz de hacer evolucionar la serie desde lo que parecía un punto de no retorno, ahondando en nuevos conflictos y ofreciendo giros inesperados por cuanto rompen con la tradición que hasta ahora se tenía en la producción.

Comenzaremos el análisis por este último. Después de tres temporadas en las que se ha abordado la ambición política y la crisis personal del matrimonio interpretado magistralmente por Kevin Spacey (Margin Call) y Robin Wright (Everest), estos 13 episodios, lejos de elegir entre uno u otro, han combinado ambas historias en algo mucho mayor, más complejos y con mucho mayor impacto. Dicho de otro modo, en lugar de enrocarse en su propia calidad, el producto de Willimon crece narrativa y dramáticamente hablando fusionando todos los aspectos que hasta ahora se habían abordado, en cierto modo, de forma independiente.

Así, esta cuarta temporada se convierte en una montaña rusa en la que los conflictos dan paso a la reflexión, la tormenta a la calma, y la paz al terror. Todo ello marcado por la ambición personal de dos personajes que han crecido a base de corrupción, de manipulación y del miedo que infunden en los que les rodean, sin miramientos hacia nadie y sin derramar una sola lágrima por los seres más queridos. En este sentido, la imagen final de la temporada de House of cards no solo resume a la perfección la esencia de cada capítulo, sino que abre las puertas a un nuevo escenario en el que el espectador ya no solo es cómplice de las artimañas de Frank Underwood; Claire Underwood, posiblemente más peligrosa, inteligente y despiadada que su marido, también se une al grupo.

Eso sí, no todo es una sinfonía política hábilmente interpretada. Estos episodios también incluyen la que posiblemente sea la mayor irregularidad dramática de toda la serie. La forma de resolver la trama secundaria protagonizada por Sebastian Arcelus (Lo mejor de mí) resulta algo burda, débilmente enlazada con el resto del desarrollo dramático y a todas luces introducido por una necesidad narrativa que no se podía, o no se sabía, resolver de otro modo. Si bien es cierto que el atentado contra el protagonista es necesario para romper con la dinámica establecida hasta ese momento, y que la desesperación del periodista desprestigiado y calumniado es más que evidente, la forma de mostrar los acontecimientos, así como la poca explicación de aquello que genera semejante reacción, queda entre unas tinieblas que no terminan de encajar en toda la historia. Claro que, viendo el desenlace posterior, casi resulta una mera anécdota.

Más y mejores personajes

Este crecimiento dramático y narrativo ha estado acompañado, como por otro lado cabía esperar, por la incorporación de más personajes, algunos mejores que otros, que han ofrecido no solo una mayor diversificación de las tramas secundarias, lo que ha sido un elemento clave de ese crecimiento, sino también una explicación a muchos aspectos de los protagonistas que se desconocían o, al menos, solo se intuían. Es el caso, por ejemplo, del rol interpretado por Ellen Burstyn (El secreto de Adaline), madre de la Primera Dama y clave para desentrañar algunos de los problemas y de las ambiciones del matrimonio protagonista.

En lo que a tramas secundarias se refiere, sin duda la principal es la representada por el principal enemigo de los Underwood en su carrera a la Casa Blanca. El papel interpretado por Joel Kinnaman (serie The Killing) representa ese nuevo modo de hacer política que, sin embargo, no deja de ser tan viejo como la propia sociedad. En este sentido, Willimon desgrana lo que podríamos considerar como nuevos políticos y nuevos partidos hasta desnudar una estrategia que, a pesar de redes sociales, falta de intimidad y transparencia, no deja de ser tan despiadada, cruel y mentirosa como la tradicional, lo cual todavía no sé si es más o menos peligroso.

Y a todo esto se suma, por supuesto, los tradicionales personajes secundarios, desde los más habituales (con luchas de poder a menor escala) hasta los más episódicos. Precisamente uno de ellos, el periodista interpretado por Boris McGiver (Lincoln) recoge el testigo dentro del cuarto poder para plantear una nueva amenaza a los Underwood, cuya respuesta por cierto es tan aterradora como impactante. En cierto modo, él es el desencadenante de lo que ocurra en una quinta temporada se muchos seguidores ya anhelan poco más de dos meses después de que finalizara en Estados Unidos.

Desde luego, esta cuarta temporada de House of cards es la mejor realizada hasta el momento. Y eso, en una serie convertida en producto de culto casi al instante, es mucho decir. Pero lo importante es comprender cómo ha sido capaz de superarse y de dejar atrás sus propias limitaciones. La ambición de los protagonistas y sus constantes traiciones personales han terminado por reventar la trama que hasta ahora se venía siguiendo, se han fusionado y han dado lugar a una criatura mucho más despiadada, más temible. Un proceso que ha elevado la serie hasta un nuevo concepto cuyas consecuencias tendrán que descubrirse a partir de febrero de 2017. Mientras tanto, siempre nos quedará ese último y escalofriante plano.

‘Cien años de perdón’: quien roba a un ladrón…


El robo de 'Cien años de perdón' tiene un motivo oculto.Puede que se haya presentado como un thriller al más puro estilo hollywoodiense, pero la verdad es que lo nuevo de Daniel Calparsoro (Guerreros) tiene mucho de sentimiento patrio y poco de influencia norteamericana. Tal vez en las formas, más que en otra cosa. Y precisamente es esa cercanía con España y la convulsa realidad política y social que vive el país la que convierte a este film en un ejercicio dramático interesante.

De hecho, llega un punto de Cien años de perdón en el que resulta más interesante el contexto político y las intrigas entre agentes del Gobierno que el propio futuro del grupo de ladrones. En este sentido, la evolución dramática de la historia cambia claramente el peso de la acción convirtiendo a los criminales en víctimas, casi héroes, y a los dirigentes en titiriteros que se enredan con sus propios hilos hasta formarse una soga de la que no pueden escapar. No existen, por tantos, grandes giros argumentales al estilo Hollywood. Ni siquiera hay sorpresa final, al menos no con un clímax como cabría esperar de un thriller de este tipo.

Pero es que tampoco se busca. La trama aborda en todo momento las relaciones de poder entre las clases dirigentes que todo lo pueden y los individuos obligados a actuar casi a ciegas. Significativo es el comienzo en el banco, con esos ciudadanos que buscan desesperadamente una solución a sus problemas en una entidad que, precisamente, solo busca su propio interés. Ese paralelismo se extrapola hasta magnitudes mucho mayores a lo largo del desarrollo dramático, obteniendo una radiografía más que notable de la situación política y social del país. A todo ello se suma una puesta en escena sobria y alejada de ocurrencias formales y un reparto impecable, con especial mención a Luis Tosar (También la lluvia) y Rodrigo De la Serna (Diarios de motocicleta).

Lo cierto es que Cien años de perdón se revela como un thriller muy completo, alejado de recursos convencionales (al menos en sus momentos clave) y con una clara apuesta por el equilibrio entre drama, suspense y comedia. Sí, comedia, porque uno de sus momentos más recordados solo logra arrancar carcajadas. Y es esta capacidad para introducir el humor en la situación dramática que se vive (tanto la que narra la historia como la que hace referencia implícita a la corrupción de la política española) lo que más puede llegar a agradecerse. En definitiva, un film muy completo que confirma que en España se puede hacer cine serio, complejo e interesante.

Nota: 7,5/10

‘The brink’ encuentra la crítica ácida en el humor de su 1ª T


Jack Black es uno de los protagonistas de 'The brink'.A muchos críticos del modo de vida americano les costará imaginar que sus ciudadanos sean capaces de reírse de si mismos. La realidad es que no hay que hacer un gran esfuerzo, sobre todo si se compara con otros rincones del mundo y si se ha podido ver una pequeña joya del humor como es The brink. Y digo “joya” porque posiblemente no tenga mucha repercusión en la gran oferta audiovisual de la televisión que disfrutamos hoy en día. Incluso su forma de estructurar las tres tramas que sustentan la historia puede estar algo descompensada. Pero esta obra de Kim y Roberto Benabib (este último guionista de Weeds), cuya primera temporada consta de 10 episodios, es un festival de risas, de situaciones hilarantes y, sobre todo, de ideas y comentarios muy duros contra el mayor representante del capitalismo. Y eso no se ve todos los días.

De hecho, esta historia acerca de la situación crítica que vive Estados Unidos (‘brink’ vendría a significar ‘a punto de’) ante la inminencia de la guerra en Oriente Medio no deja títere con cabeza. Desde diplomáticos fumetas y algo inconscientes, hasta dictadores clínicamente locos y altos cargos de la Casa Blanca obsesionados con el sexo, pasando por un ejército representado por un camello y su acompañante, todo en la serie supone una provocación. Y aunque es cierto que los personajes son, cuanto menos, unos perdedores que buscan una forma de convertirse en héroes por un interés personal (salvo, tal vez, el rol del espléndido Tim Robbins –Un día perfecto-), en realidad son los diálogos, inteligentes y ácidos, los que llevan la voz cantante.

Puede parecer lo contrario, pero más que la acción (por cierto, algunas de las secuencias son magníficas), más que los conflictos diplomáticos o la parodia de las relaciones internacionales que refleja esta primera temporada de The brink, lo interesante siempre se encuentra en lo que los personajes dicen, en cómo lo dicen e, incluso, en lo que callan. Ejemplos hay muchos, demasiados para enumerarlos aquí. Desde la conversación en la que el personaje de Robbins logra detener un conflicto armado, hasta esa parodia de tribunal militar en el que Estados Unidos no reconoce haber iniciado una guerra entre dos países por el error de dos pilotos drogados, estos primeros 10 episodios se convierten en un desarrollo hilarante de un tema, por cierto, que en principio es poco dado a la risa.

Es importante tener en cuenta que uno de los principales atractivos, y también una de sus debilidades, es la estructura narrativa escogida. Con tres historias independientes pero al mismo tiempo complementarias, la trama se desarrolla en tres grandes escenarios que permiten a sus creadores explorar no solo las oportunidades cómicas de sus protagonistas, sino también algunos clichés de las culturas que protagonizan este divertido crisol. Desde luego, las ventajas saltan a la vista, pero las desventajas también están ahí. Más allá de que, al final, unas tramas terminan imponiéndose a otras (con todo lo que eso conlleva de pérdida de relevancia de algunos personajes), la distribución de los tiempos impide a la serie dibujar unos secundarios sólidos, más allá de convertirlos en parodias que complementan el surrealista mundo que refleja la serie. La verdad es que tampoco se necesita mucho más, pero eso no quita para que se tenga la sensación de perder algo de fuerza en algunos momentos de la temporada.

La confianza de los actores

Tim Robbins se convierte en el héroe de 'The Brink'.Claro que el humor, la ironía y la crítica política, social y militar de The brink no serían lo mismo sin el reparto, simplemente genial en todos sus aspectos. Tal vez sea por el carácter de héroe que tiene, por los problemas internos y externos a los que tiene que hacer frente, o porque es Tim Robbins, pero desde luego el rol de Walter Larson el faro de toda esta primera temporada. Más allá de sus dotes de líder, de su desprecio por sus compañeros de profesión o de su forma de entender el matrimonio, lo realmente interesante es el modo en que evoluciona, siempre a medio camino entre el deber de su cargo y sus debilidades como hombre. Esa dualidad, que provoca algunos de los momentos más surrealistas, también se convierte en uno de los aspectos más interesantes de la trama.

Pero junto a Robbins habría que destacar a Jack Black (El gran año), quien se aleja de histrionismos y payasadas para encontrar su vena cómica más “seria”; Pablo Schreiber (serie Orange is the new black), cuyo dúo con Eric Ladin (serie Boardwalk Empire) hace las veces de martillo para romper las reticencias iniciales con el género de la serie (el momento en la cabina del caza con ambos colocados y mareados es inigualable); Carla Gugino (serie Wayward Pines), que termina siendo una pieza importante en este curioso mosaico. Y así sucesivamente. En realidad, desde los mayores protagonistas hasta los secundarios menos importantes, todos los roles encuentran un sentido a su presencia en la trama, aunque sea puramente testimonial o como herramientas de usar y tirar para el desarrollo de la historia.

Lo mejor que se puede hacer con esta serie es entregarse a su surrealismo, a sus situaciones casi imposibles y al modo en que sus creadores llevan a los personajes, a través de la trama, a una situación límite, al borde de una guerra mundial provocada, al menos en parte, por los propios Estados Unidos. Quien quiera encontrar risas posiblemente se sature, pero esta primera temporada también deja una serie de reflexiones interesantes para todo aquel que las acepte y que las quiera ver. Tal vez no sea una producción sesuda ni dramática; sus personajes, desde luego, no tiene el carisma ni la elaboración de otras ficciones políticas. Pero precisamente porque aplica con inteligencia el humor al contexto pre bélico que desarrolla la denuncia social y política sale a la luz, lo que termina por convertir al producto en algo más que una mera parodia.

Así, The brink sabe evolucionar en su primera temporada desde un comienzo puramente cómico, sin demasiado atractivo más allá de las risas aseguradas, para revelarse como una comedia política que reparte críticas para todos los gustos y países, Estados Unidos a la cabeza. Ese componente de mirarse en el espejo e identificar sus propias debilidades tal vez sea lo más destacable, pero desde luego no es lo único.Y tal y como terminan estos 10 episodios, la segunda temporada se presenta más interesante todavía, trasladando el foco del conflicto a otra zona del mundo donde apenas entran los países desarrollados. Parece que las risas estarán aseguradas.

‘1864’ desgrana la locura de la política que sustenta la guerra


'1864' es un fiel reflejo de la locura que hay detrás de la guerra.Es fácil encontrar producciones bélicas en las que los héroes, incluso cuando terminan siendo una suerte de mártires, pertenecen al bando ganador. E incluso son comunes los relatos en los que el héroe pertenece a los villanos (normalmente los nazis en la II Guerra Mundial). Pero que un país produzca una serie crítica y dura sobre la locura de una guerra en la que, además, terminó siendo derrotado, eso es algo que no se ve todos los días. Por eso 1864 es tan especial, más allá de sus logros técnicos e interpretativos (y sus errores, que también existen).

Desde luego, el trabajo del autor de la trama, Ole Bornedal (El vigilante nocturno) es sumamente interesante. Con saltos temporales entre el presente y la época en la que Dinamarca decidió enfrentarse a Prusia y el Imperio Austríaco en la llamada Guerra de los Ducados, esta miniserie de 8 episodios recoge magistralmente los diferentes sentimientos que convulsionaron a la sociedad danesa en aquellos años. Desde el sentimiento patriótico y mesiánico de sus dirigentes hasta el triángulo amoroso de los protagonistas, pasando por el odio, el racismo, la intolerancia e, incluso, el comunismo de Marx, la ficción compone un cuadro que, como si de la pintura que acompaña a los títulos de crédito se tratara, parece tan real como aterrador.

Curiosamente, lo más interesante de 1864 no es el desarrollo de los movimientos bélicos, sino el modo en que la sociedad, sobre todo la alta sociedad, vive la guerra. Ajenos al horror de las trincheras y de los nuevos armamentos, conciben el choque de ejércitos más como un divertimento que como una sangrante locura. La forma en que los dirigentes hablan de los soldados, como si fueran meros peleles sin alma (se habla de miles de muertos con la misma calma con la que se atiende a un espectáculo), es casi más aterradora que los violentos momentos que deja la serie. El modo en que Bornedal desarrolla poco a poco la locura que se apodera de la sociedad danesa es tan inteligente como sutil, entendiéndolo como un aspecto más de la trama cuando, en realidad, su fuerza es tal que termina por ser lo más atractivo.

Y esto posiblemente sea un defecto, o al menos podría serlo desde el punto de vista de los protagonistas. Los dos hermanos interpretados por Jens Sætter-Lassen (ID:A) y Jakob Oftebro (Cuando despierta la bestia), aunque con una trama común bien desarrollada y con interesantes puntos de giro (algunos un poco previsibles), terminan por ser peones en ese juego de las altas esferas. Es por eso que la obra resultan tan atractiva: permite al espectador tener una visión amplia de lo que es la política en tiempos de guerra, aunque sin dejar a esta de lado, convirtiéndola más en un contexto que en la protagonista de la historia.

Un relato de personajes

Aunque si algo destaca por encima de cualquier otro aspecto de 1864 son los personajes. Sencillos, naturales, enigmáticos. No existe ningún aspecto de los roles principales y secundarios que debilite la trama. Más bien al contrario, es gracias a ellos que la serie, en muchos momentos, adquiere un interés mayor que el que podría parecer en un principio. Y de nuevo, no es el triángulo amoroso el más interesante. De hecho, y esto es una percepción puramente personal, la labor de Marie Tourell Søderberg (Spies & Glistrup), el amor de los dos hermanos, resulta excesivamente teatral. Pero independientemente de esto, Bornedal elabora de forma más detallada los personajes secundarios, convirtiéndolos en los auténticos protagonistas.

Entre ellos destaca sobremanera el de Søren Malling (serie Borgen), tan misterioso como hipnótico. Sus conocimientos, su cautela, su experiencia, sus visiones y su forma de afrontar la muerte le convierten en un líder, en una especie de enviado que trata de cambiar un futuro que conoce de antemano. La labor de Malling aporta un grado mayor de misterio, lo que eleva su rol por encima del resto. Es, sin duda, el más interesante, sobre todo porque una vez finalizada la trama muchas de las preguntas quedan sin respuesta, manteniendo el halo de misterio a su alrededor.

Pero es solo una muestra. En realidad, la producción acoge bajo su seno una serie de personajes que, aunque en cierto modo son arquetípicos (el capitán cobarde y borracho, los soldados y su relación fraternal, etc.), conquistan al espectador gracias a la naturalidad con la que son definidos. Incluso aquellos más indeseados, como podría ser la cúpula política (definida literalmente como locos mentales), terminan por satisfacer las demandas de una trama que, por lo demás, sigue un desarrollo dramático relativamente clásico, y en el que apenas existen giros argumentales que realmente puedan sorprender.

Aunque la realidad es que 1864 tampoco pretende ser un relato sobrecogedor en su descripción de la guerra. Consciente de que eso ya existe en cine, televisión, literatura y hasta música, Ole Bornedal opta por centrar el interés en lo que siempre ha existido detrás de toda guerra, en lo que ha llevado a los jóvenes a morir por unos ideales que consideraban suyos pero que, en realidad, les habían sido impuestos: la locura de los poderosos. Una locura que, con el caldo de cultivo adecuado, puede llevar innecesariamente a un país hasta las puertas del infierno.

‘Borgen’ utiliza su última temporada para cerrar temas inconclusos


La tercera temporada de 'Borgen' ofrece un final a los arcos dramáticos de los personajes.Antes de comenzar con el análisis de la tercera y última temporada de Borgen, serie creada por Adam Price (Anna Pihl) acerca de los entresijos del poder en Dinamarca, sus relaciones con los medios de comunicación y los límites morales y personales del sistema político, un breve inciso acerca del desarrollo de la producción. Esta última entrega de 10 episodios tuvo lugar, en su país de origen, en 2013, dos años después del final de la segunda temporada. Teniendo en cuenta cuál fue ese final, es de suponer que esta nueva etapa es más bien una herramienta dramática para cerrar algunas líneas algo inconclusas. Es por eso que el resultado debe valorarse no como una temporada al uso, sino más bien como un broche a lo narrado en las dos temporadas anteriores.

Esto se traduce en que muchos de los aspectos que complementan a la trama principal se quedan en meros alicientes dramáticos que solo sirven para aportar cierto grado de tensión a un desarrollo, por otro lado, relativamente plano. La creación de un nuevo partido político por la protagonista, de nuevo interpretada por Sidse Babett Knudsen (Después de la boda), es el punto de partida de un variopinto grupo de situaciones que se van sucediendo unas a otras sin más impacto en la trama principal que la simple exposición de conflictos, de dificultades y de intrincadas relaciones políticas y personales que reflejan, y esto es extrapolaba a todos los países, las ambiciones personales que todo individuo pone en su actividad política.

Traiciones, enfermedades, secretos, mentiras, pasados comprometidos. Todo es posible en estos capítulos de Borgen para aportar cierto grado de conflicto y dramatismo al desarrollo de esta trama principal que, como digo, carece del peso específico necesario para sostenerse por sí sola. Esta es, sin duda, la mayor diferencia con las temporadas anteriores, y en cierto modo es el punto débil de una tanda de episodios que parece nacer más como una demanda social por conocer el destino de los personajes más que como una necesidad de explicar el regreso de Birgitte Nyborg a la primera línea de la política. Aunque en realidad el mayor problema reside en el poco impacto que las tramas secundarias tienen en el resultado final.

En efecto, a diferencia de etapas anteriores esta última temporada no parece lograr una consistencia de los conflictos necesaria para generar un futuro diferente al previsto. O lo que es lo mismo, no hay puntos de giro en un guión planteado como una travesía por un mar en calma con algún que otro conato de oleaje. Si un personaje traiciona la confianza del grupo, simplemente desaparece de escena; si una enfermedad pone en riesgo la política del nuevo partido, no solo se solventa con inteligencia, sino que la enfermedad se supera. Y si surgen conflictos con el pasado de un personaje, se le relega a un segundo plano pero mantiene su importancia en la trama. No existen, por tanto, modificaciones en el desarrollo. No se generan conflictos reales que logren cambiar el rumbo de las cosas, posiblemente porque sus responsables saben de antemano que esta temporada, entendida como un ente único, tiene el fin que tiene.

Ideal político

Pero esta tercera temporada de Borgen también permite poner sobre la mesa una serie de temas políticos, morales y éticos notablemente interesantes, siguiendo la línea marcada por las anteriores etapas y, lo más importante, manteniendo el nivel reflexivo de aquellas. Destaca sobremanera la inclusión en la trama, como un factor que sobrevuela todo el desarrollo, de la ambición personal por encima de los intereses colectivos e, incluso, de la propia ideología. La introducción en diversos episodios de pequeñas secuencias (e incluso de temáticas episódicas completas) genera en todo momento la sensación de asistir a una lucha entre el ideal político y la corrupción por intereses personales o políticos, y no únicamente económicos.

Desde luego, este aspecto es el más interesante de toda la temporada, y en cierto modo logra salvar la producción de sus propias limitaciones impuestas desde su planteamiento. Si bien es cierto que los conflictos no logran alcanzar la complejidad de los expuestos en las temporadas anteriores (entre otras cosas por falta de espacio físico y narrativo), sí son lo suficientemente sólidos como para servir de hilo conductor a muchos episodios que están planteados como una mera exposición de acontecimientos. Es esta idea general la que logra, en muchos momentos, dotar de un mayor grado de conflictividad a todo el conjunto.

Especial interés tiene la conclusión de la temporada, sobre todo por comprobar cómo sus responsables encajan todas las piezas distribuidas a lo largo de los episodios. La realidad es que no es un trabajo complicado dada la naturaleza de dichas piezas, pero igualmente es una labor más que correcta que permite, además, adentrarse en los entresijos de los pactos políticos, de los acuerdos y las reuniones en zonas apartadas de los focos mediáticos. En este sentido, y como ha sido una constante en toda la serie, se puede establecer un paralelismo entre el sistema político mostrado en la serie y el propio de cada país. Eso sí, las conclusiones pueden generar cierto malestar.

Lo que parece evidente es que la tercera temporada de Borgen pone punto y final a esta historia sobre la política danesa de la forma más amable posible, evitando grandes conflictos en sus personajes y, por tanto, limitando también su desarrollo. En cierto modo, tampoco es necesario dado que todo lo que había que contar ya se había contado en las dos temporadas anteriores, pero eso no evita que exista cierta sensación de que podría haber ofrecido algo más, al menos desde un punto de vista dramático. En lo que a política, familia, medios de comunicación y moral se refiere, esta conclusión logra mantener el nivel de las anteriores.

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