‘Mad Max: Furia en la carretera’: locura en estado puro


Tom Hardy es el protagonista de 'Mad Max: Furia en la carretera'.A pesar de haber dirigido películas de lo más variado, George Miller siempre va a ser recordado por la saga ‘Mad Max’ y por la mitología que fue capaz de crear en ese mundo post apocalíptico. Pero lo que ha hecho con la cuarta entrega de la serie es simplemente indescriptible. En resumen se puede decir que ha llevado al protagonista y a ese desértico mundo en el que vive a un nuevo nivel, pero incluso esto sería quedarse corto.

Lo cierto es que Mad Max: Furia en la carretera es locura en estado puro, un espectáculo audiovisual simple, directo y sin concesiones, que atrapa al espectador en una orgía de adrenalina, violencia y estridencias de la que no le libera hasta el fundido a negro dos horas después que, por cierto, se pasan en un suspiro. Por supuesto, no es una película para todos los gustos, pero el pulso firme de Miller y las interpretaciones sobresalientes de Tom Hardy (Warrior) y Charlize Theron (Monster) son capaces de sumergirnos en una trama independientemente de las preferencias individuales. Y no hay que olvidar la brillante fotografía a cargo de John Seale (El paciente inglés), sobre todo en esas noches americanas que tan bien le sientan a la historia.

Desde luego, el film logra lo que se propone, y en este sentido se puede decir que es una obra redonda. Esto no quiere decir, sin embargo, que no existan aspectos que lastran un tanto su desarrollo. Sin duda el principal problema es, precisamente, su decidida apuesta por la adrenalina, lo que conlleva que los momentos de pausa la historia pierda fuerza al no existir una historia sólida detrás. Los personajes se revelan excesivamente sencillos, con pocos matices y, desde luego, sin ningún tipo de claroscuro. Esto implica no solo que se conoce el final de antemano, sino que a medida que se suceden los diálogos el espectador ansía cada vez más su renovada dosis de acción.

En cualquier caso, Mad Max: Furia en la carretera es un deleite visual, sonoro y narrativo. Es cierto que tiene algún altibajo, pero no más que cualquier otro film, y desde luego muchos menos que otras cintas de acción. Tom Hardy recoge el testigo de Mel Gibson (Arma letal) con firmeza, reiterando el gran actor que es, y George Miller dota a su particular mundo desértico de una espectacularidad acorde a los tiempos. Si uno se deja arrastrar por la locura encontrará en el caos una de las mejores superproducciones en lo que va de año.

Nota: 8/10

Tráiler de ‘Exodus: Dioses y reyes’, épica bíblica a cargo de R. Scott


Fotograma del tráiler de 'Exodus', dirigida por Ridley Scott.Tras hacerse públicas varias fotografías del film, ayer pudimos finalmente descubrir el tráiler de lo nuevo de Rdiley Scott después de El consejero. Bajo el título de Exodus: Dioses y reyes, la trama escrita por Steven Zaillian, guionista de, entre otras, La lista de Schindler (1993), aborda diversas historias del libro del Éxodo, centrándose principalmente en la relación entre Moisés y Ramsés en Egipto. Supone, por tanto, una actualización de Los 10 mandamientos (1956), aunque es de esperar que aporte al menos algo distinto a la trama, más fresco y dinámico. Y a tenor de lo visto en estos primeros minutos, que como siempre encontraréis al final del texto, cumple con esa idea de dotar de mayor dinamismo a la historia, así como un tono más sombrío y más épico, si es que esto último es posible.

Lo que no se le puede negar a este avance es su capacidad para mostrar el diseño de producción, todo un despliegue de grandiosidad que refleja con bastante coherencia el estilo egipcio en todos los detalles, desde los majestuosos edificios de piedra (el colorido de estatuas, muros y figuras es notable) hasta la indumentaria o las herramientas, como se desprende de esas secuencias bélicas en las que los carros son tirados por dos caballos (es esta una de las imágenes más conocidas de Ramsés II) o los soldados y reyes visten los tocados que pueden encontrarse representados en los muros de los templos. Del mismo modo, el tráiler hace hincapié en la relación fraternal entre Moisés y el futuro faraón, llevándolas hasta límites nunca antes presentados, es decir, una lucha entre ambos.

Una grandiosidad, por cierto, que impregna todos los detalles del film, desde sus planos, con un uso interesante de los planos generales para mostrar la grandeza de Egipto, hasta sus efectos visuales, como ese plano del caballo ante el muro de agua. Por otro lado, Scott sigue fiel a su estilo personal a tenor de la apuesta por una fotografía sombría, que huye de brillanteces cromáticas y se acerca más a ese tono sombrío al que antes hacía referencia, en la línea de lo que ya hizo en Gladiator (2000) o en El reino de los cielos (2005). Por supuesto, todavía falta mucho para valorar positiva o negativamente el film, pero a priori se antoja una propuesta cuanto menos interesante que, independientemente de su influencia bíblica, parece querer contar una historia más terrenal, próxima a las relaciones entre hermanos y al debate de la esclavitud en Egipto, algo que por cierto ya se ha demostrado no ser cierto, al menos en la forma en que esta historia pretende mostrarlo.

La película, que llegará a los cines en diciembre de este 2014, cuenta con un reparto espectacular en el que destacan Christian Bale (La gran estafa americana) como Moisés; Joel Edgerton (El gran Gatsby) como Ramsés; John Turturro (Aprendiz de gigoló) como Seti; Sigourney Weaver (serie Political animals) como Tuya, la madre de Ramsés; Aaron Paul (serie Breaking Bad) como Josué; Ben Kingsley (El médico) como Nun; la española María Valverde (Tengo ganas de ti) como Séfora; e Indira Varma (Mindscape) como Miriam. A continuación el tráiler.

‘Titanic’, la grandiosidad de una pequeña historia de amor


Kate Winslet y Leonardo DiCaprio tratan de escapar del 'Titanic'.Ésta es la semana de los Oscars. Y este puede ser el año de Leonardo DiCaprio, quien gracias a El lobo de Wall Street puede quitarse una espina que lleva largo tiempo clavada en su carrera profesional. Carrera que, por cierto, tuvo su principal punto de inflexión en Titanic, la cinta dirigida en 1997 por James Cameron (Terminator) y que fue prácticamente el último papel de chico guapo adolescente que interpretó. Pero su historia con esta cinta va mucho más allá. No es casualidad que en Toma Dos abordemos hoy este film en la entrada 700 del blog. Ganador de 11 estatuillas y nominado a prácticamente todo lo que podía estar nominado, el gran ausente aquella noche fue el propio DiCaprio, que no logró estar entre los cinco candidatos a Mejor Actor. Y a pesar de lo que eso puede significar a nivel global para un film de esta envergadura, hay que reconocer que no fue una decisión desafortunada.

Desde un punto de vista puramente narrativo la cinta es prácticamente perfecta. Apenas existen lagunas en su ritmo, ni siquiera en la tradicional depresión que suele producirse al comienzo del segundo acto. Y esto es gracias a una idea que escuché no hace mucho y que creo resume perfectamente el film: el acierto de Cameron estriba en que, a pesar de conocer el final, su historia se aleja notablemente del entorno en el que se desarrolla. Es decir, que lo que narra no es el hundimiento del famoso barco, sino una historia de amor que bien podría haber tenido lugar en tierra firme. Una historia de amor algo típica pero que, por las circunstancias, adquiere tintes de grandeza. Puede que a muchos les resulte empalagoso el carácter romántico de buena parte de su metraje (al menos hasta el espectacular clímax), pero tal vez la mejor evidencia de su grandeza está en que se ha convertido en un clásico del género por derecho propio en menos de 15 años.

Pero como decía, la historia de amor es bastante tópica. Incluso dentro de dichos tópicos el espectador puede encontrar ciertos rasgos distintivos, como es el personaje de Kate Winslet (Un dios salvaje). De hecho, es gracias a la firmeza en su definición que la historia logra aguantarse casi por sí sola, pues los conflictos morales y sociales en los que se ve inmersa (y de los que no puede escapar por las evidentes restricciones físicas) dibujan un espacio único para el drama y la intriga. Con esto no quiero decir que la labor de DiCaprio no sea loable… para el personaje que afronta. Porque mientras ella posee numerosos niveles de interpretación y no pocos contrastes, el personaje de Jack es mucho más lineal, menos conflictivo. Su estatus social, sus sueños de una vida mejor, su facilidad para encajar en cualquier cita social, … todo ello le define como un rol sin aristas, el “bueno” de la película cuyos mayores retos se encuentran en los demás, no en él mismo.

Sea como fuere, es gracias a esta historia de amor relativamente sencilla y típica que Titanic adquiere la grandeza que adquiere. El hecho de que durante años fuese la película más cara de la Historia o la grandiosidad de algunos de sus planos (sobre lo que hablamos a continuación) no son más que adornos para algo mucho más simple. Un buen ejemplo de que las historias, a pesar de lo que las rodea, deben ser directas y clásicas, sin excesivas complicaciones y con un objetivo claro. Eso es algo que Cameron siempre ha tenido claro, y tal vez sea por eso que sus films siempre han tenido el éxito que han tenido. Y tal vez sea por eso que siempre se les ha tachado de simplones desde un punto de vista dramático. Para gustos los colores.

Un icono de la espectacularidad

El hundimiento del 'Titanic' marcó un antes y un después en el cine.Todos estos elementos son, en definitiva, lo que sustenta al film. Curiosamente, es también lo que menos suele apreciarse, al menos a primera vista, en el mismo. A nadie se le escapa que si algo destaca en la historia, por encima de todo, es el despliegue visual que realiza Cameron. Su visión del hundimiento, el exhaustivo estudio de cómo debió ser en base a la posición de los restos en el fondo del mar y la grandiosidad y majestuosidad con la que reprodujo todos y cada uno de los detalles sorprendió a propios y extraños. Aquellos que seguimos con cierto interés su carrera sabemos que ha tenido siempre tendencia a la libertad que ofrecen los planos abiertos y las sensaciones encontradas que generan cuando se combinan con secuencias en espacios cerrados.

Pero lo que logró con Titanic fue algo fuera de lo común. La planificación utilizada, con grandes movimientos de cámara que se mueven por el barco como si de un baile de salón se tratara, determina no solo el carácter romántico y delicado de la historia principal, sino que dota a ese epicentro dramático de un carácter casi histórico, como si su historia estuviera fuertemente unida al destino del barco. Gracias a ello, el espectador se deja imbuir por un desarrollo que le lleva a empalizar completamente con los protagonistas, hasta el punto de desconocer por completo el desenlace de la tragedia que ya fue de por sí el choque con el iceberg. En buena medida, todo esto es gracias a un sentido grandilocuente de la narrativa audiovisual, a una necesidad innata de utilizar no solo grandes decorados, sino a aprovechar al máximo las posibilidades que ofrecen.

En la retina quedan, por ejemplo, la presentación inicial del barco o la de los personajes (ella desvelándose bajo un sombrero, él simplemente con su mirada), los primeros momentos en los que la cámara nos adentra por los salones y las estancias y, cómo no, el famoso hundimiento, espectáculo por el que muchos pagamos inicialmente la entrada en su momento y que, al final, se convierte casi en una anécdota ante la cantidad de acontecimientos que se suceden en el film. Puede parecer evidente que la historia sobre este trágico accidente debe contener algo más que el mero choque con el hielo. Pero lo que distingue a Cameron sobre los demás es que fue lo suficientemente inteligente para contar una historia que nada tiene que ver con el barco, y que sin embargo ha logrado identificar al mismo con el romance.

No cabe duda de que eso es gracias a las constricciones naturales que presenta un escenario como el de Titanic, donde nadie puede huir y donde todos terminan encontrándose. Un espacio que obliga a todos los personajes, desde los principales a los secundarios, a enfrentarse a sus propios miedos y a su verdadero yo. Por supuesto, el hundimiento saca a flor de piel la verdadera naturaleza del ser humano. Pero más allá de eso, la película de James Cameron logra que el peligro que todo el mundo sabe que llegará quede en un segundo plano, como si de una nube negra y amenazadora se tratara. El interés, por tanto, se centra en cómo los personajes son capaces de afrontar sus problemas, sus anhelos y sus miedos. Esto es lo que convierte al film en el clásico que es. Y ese es el motivo por el que DiCaprio no estuvo entre los nominados.

‘Iron Man 3’: el hombre de hierro busca su alma en un interior vacío


Robert Downy Jr. pasará sus peores momentos en 'Iron Man 3', de Shane Black.Hay que reconocerlo. La trilogía sobre el hombre de hierro de Marvel es, en líneas generales, una de las más completas sobre superhéroes de todas las que se han hecho. Su tercera entrega, dirigida por Shane Black (Kiss Kiss Bang Bang), no solo se mantiene al mismo nivel que sus predecesoras en espectacularidad y comicidad, sino que introduce un elemento evitado en sus dos primeras partes que más tarde o más temprano tenía que llegar. Y lo hace con la inteligencia y la humildad, si es que este término puede aplicarse a un film de estas características, que ha definido siempre su estilo narrativo.

Dicho elemento no es otro que la crisis de identidad del héroe. Iron Man, que siempre se ha caracterizado por una moral cuestionable y una actitud ante la vida más bien libertina, se enfrenta en esta tercera aventura a sus propios miedos, relacionados en buena medida con la incertidumbre de no saber cuál de sus dos actitudes ante la vida es la que realmente le define. Y para descubrirlo nada mejor que enfrentarse a los villanos de turno, los siempre excelentes Guy Pearce (L. A. Confidencial) y Ben Kingsley (Casa de arena y niebla), sin más recursos que su ingenio.

Para los amantes de la acción, este viaje de descubrimiento personal puede que sea, al final, el talón de Aquiles del relato, pues termina por exigir más metraje para su correcto desarrollo, obligando a robárselo a otros aspectos como la acción o la comedia. Puede que sí, pero eso no impide que Iron Man 3 cuente con unas secuencias de acción realmente espectaculares. Simplemente con el ataque a la casa de Tony Stark (con un Robert Downey Jr. que parece haber nacido para este papel) y el desenlace final bastaría para dejar sin aliento a cualquier espectador, pero por fortuna no son las únicas que posee el film.

Y como siempre, los detalles. Marvel está consiguiendo algo único: trasladar su idea de los cómics al cine. Para aquellos que no estén muy familiarizados con su mundo, mencionar simplemente que las historias que protagoniza un personaje suelen tener consecuencias en las aventuras de otro. El hecho de que esta tercera entrega base buena parte de su desarrollo dramático en los acontecimientos ocurridos en Los Vengadores (incluyendo una corta secuencia al final de los créditos con uno de sus protagonistas) refuerza la idea de que estamos ante algo más que una película individual, más incluso que la tercera parte de una trilogía. Estamos ante una nueva pieza de ese gran puzzle que se está formando con los superhéroes creados por Stan Lee. Para el fan, la película se convertirá en una delicia.

Desde luego, Iron Man 3 no alcanza las cotas dramáticas y serias que impuso Christopher Nolan con su trilogía sobre Batman. Tampoco lo intenta. La película es un colofón muy entretenido y espectacular a una saga que se ha ganado por derecho propio estar entre lo mejor del cine de superhéroes. A decir verdad, es perfecta en su propuesta, pues incluso sus errores (como ese final resuelto casi por arte de magia) quedan empequeñecidos ante la brillantez del conjunto.

Nota: 8/10

Trailer de ‘Man of Steel’: No es una S, es esperanza


Uno de los espectaculares momentos de 'Man of Steel', de Zack Snyder.Hace ya varias semanas que están surgiendo imágenes de la próxima revisión del personaje de Superman. Pero no fue hasta la semana pasada que se dio a conocer el, hasta ahora, más extendido y completo trailer de este Hombre de acero (al final de este texto), que es nombre que han tomado el director Zack Snyder (Amanecer de los muertos) y Christopher Nolan (trilogía de El Caballero Oscuro), este en calidad de productor, como título para esta nueva versión del origen, desarrollo y consolidación de uno de los superhéroes más icónicos del mundo. Sé que han pasado varios días, pero es que han sido necesarios varios visionados para poder dejar a un lado su espectacularidad y analizar con algo más de profundidad lo que se propone en estas imágenes.

Siendo claro y directo, Man of Steel es, a priori, una combinación perfecta de dos estilos diferentes pero perfectamente compatibles. Por un lado, Nolan ha logrado aportar al conjunto, sobre todo en lo referente al guión y el desarrollo de los personajes, una seriedad y madurez que parecían haberse perdido en las últimas propuestas del hijo de Krypton, sobre todo en esa fallida pseudo continuación que fue Superman Returns (2006). Con un guión de David S. Goyer (Batman Begins), colaborador habitual del director de Memento (2000), la película humaniza aún más si cabe al personaje de DC Comics utilizando el mismo recurso que ya se utilizó en el original de 1978: narrar su exilio a la Tierra y su educación hasta llegar a Superman.

Por su parte, Snyder añade lo que mejor sabe hacer: generar un espectáculo único basado en el uso de entornos digitales, aunque no por ello caiga necesariamente en el abuso o la confusión visual o narrativa. Precisamente, si algo ha demostrado en films como 300 (2006) o Watchmen (2009) es que la belleza formal que es capaz de lograr con su planificación no va acompañada de una desorientación narrativa. Lo que sí parece haber conseguido, al menos analizando estos primeros minutos, es dejar a un lado su tendencia al abuso de la cámara lenta, posiblemente por recomendación de sus colaboradores. Claro que sería injusto señalar que lo único relevante del film es la presencia de ambos directores. El reparto no es menos impresionante. Más allá de Henry Cavill (serie Los Tudor) y Amy Adams (La duda) en los papeles de Superman y Lois Lane respectivamente, destacan los secundarios como Russell Crowe (Los miserables), Kevin Costner (serie Hatfields & McCoys), Diane Lane (Infiel), Michael Shannon (Revolutionary Road) y Lawrence Fishburne (Matrix).

Desde luego, parece que tanto Warner Bros. como DC Comics han logrado encontrar el tono exacto para la traslación de sus personajes a la gran pantalla. Y todo gracias al trabajo de un autor con mayúsculas que ha sabido llevar el género de los superhéroes a un nivel superior. Gracias a Christopher Nolan, Batman ha dejado de ser Batman para convertirse en El Caballero Oscuro. Y Superman cambia sus coloridos ropajes por otros algo más apagados y monocromáticos para convertirse en El Hombre de Acero. No es casualidad que las últimas adaptaciones de estos personajes no contengan su propio nombre en el título, como tampoco lo es que la serie de televisión Arrow, basada en el personaje Flecha Verde, pierda parte de su nombre al mismo tiempo que gana en seriedad y madurez.

Es la estrategia a seguir, y viendo el resultado de este Man of Steel está dando un resultado impecable. Este nuevo trailer no solo despierta, pues ese es su cometido, el gusanillo de acudir al cine, sino que hace pensar en una adaptación que está a la altura de la realizada por Richard Donner (16 calles), incluso pudiendo superarla. Si a esto se añade la imprescindible banda sonora del magistral Hans Zimmer (Gladiator), el producto empieza a adquirir la categoría de importancia que, por ejemplo, ya tuvo El caballero oscuro (2008), punto de inflexión del género. Ya lo dice el propio protagonista. Lo que lleva en el pecho no es una “S”, significa esperanza. Esperanza que Snyder y Nolan han devuelto a un personaje que parecía pasar por horas bajas. A continuación, el trailer en V.O.S.

‘El señor de los anillos: Las dos torres’, la división hace la fuerza


Elfos, enanos, humanos y magos, principales protagonistas de 'El señor de los anillos: Las dos torres'.Una de las consecuencias que provocó el final de El señor de los anillos: La comunidad del anillo fue la división en dos de una historia que se antojaba como única. La separación de los miembros originales del grupo que debía destruir el anillo ofreció en aquella conclusión cinematográfica todo un nuevo mundo de oportunidades narrativas, así como de las consecuentes complejidades. Porque si algo tiene la obra de J. R. R. Tolkien es complejidad, principalmente provocada por la multitud de personajes, escenarios y acontecimientos que se suceden casi de forma paralela. Tal vez sea esto el principal acierto del director Peter Jackson, autor de la trilogía, a la hora de afrontar la narración audiovisual de El señor de los anillos: Las dos torres (2002). Eso, y una mano única para la espectacularidad bélica y la épica dramática, que alcanzan aquí un nuevo escalón de un camino que culmina soberbiamente con su tercera entrega.

Ya mencionamos que la factura técnica de la primera parte, y en general de la trilogía al estar rodada como un único proyecto, es impecable. La iluminación, capaz de separar territorios dominados por razas diferentes, los espectaculares planos generales de situación o la maravillosa y evocadora banda sonora puede que sean los aspectos más reseñables (amén de un diseño de decorados y de producción tan mastodóntico como embelesador). Sin embargo, esta segunda entrega camina un poco más hacia adelante en todos aquellos elementos que perjudicaban a su predecesora, y añade nuevos recursos que aportan una grandiosidad épica a su historia.

Tal vez lo más relevante sea centrar la atención en la segunda historia que surge de la división de esa ‘Comunidad del anillo’. Nos referimos a ese proceso de transformación de un personaje, el Aragorn de Viggo Mortensen (Una historia de violencia), que debe convertirse en líder de las diferentes razas de la Tierra Media muy a su pesar. Las dudas personales, la desconfianza de reyes y líderes, y los combates a los que debe hacer frente conforman todo un entorno opositor tan clásico como efectivo, capaz de interesar mucho más que la transformación (a priori más interesante por ser el centro de toda la historia) negativa que sufre Frodo Bolsón, de nuevo con los rasgos algo pétreos de Elijah Wood (Deep Impact).

En este sentido, y como destacamos más arriba, la labor de Jackson es fundamental. Más allá de su visión narrativa destaca la facilidad con la que desvía poco a poco el foco de la trama hacia todos los personajes ajenos al viaje de los hobbits, destacando por encima de todo las secuencias más épicas y violentas del conjunto. En efecto, y aunque existen momentos de gran intensidad dramática a lo largo de sus tres horas de metraje (como la solución al problema de un reino o la relación entre el protagonista humano y una elfa), lo más memorable de esta segunda parte son los momentos de combate entre los dos principales ejércitos en torno a una fortaleza casi inexpugnable. El dramatismo bajo la lluvia y la grandiosidad que aportan los movimientos de masas (muchos digitales, eso sí) en planos amplios y muy abiertos difícilmente se ha conseguido en otros momentos del cine comercial.

Gollum, el gran triunfador

Pero con todo, lo más llamativo y esperado se halla en un personaje más o menos secundario pero de imprescindible influencia en el desarrollo de la trama, tanto en su versión original en papel como en la adaptación audiovisual. Claro está, nos referimos a Gollum, criatura generada íntegramente por ordenador a partir de los movimientos y gestos de un actor que, para su suerte o su desgracia, se ha especializado en este tipo de roles: Andy Serkis, el King Kong de Peter Jackson. La perfección que alcanza la interacción con los actores, la iluminación en su piel y, por encima de todo, la expresividad de su rostro, alzaron a Weta, compañía encargada de su diseño y desarrollo, al nivel de ILM en el campo de efectos digitales. Hay que aclarar aquí que el proceso de animación en este tipo de técnicas había sido, hasta entonces, algo infructuoso. Sí, los personajes adquirían una naturalidad y un realismo inusitados hasta entonces, pero siempre faltaba algo, y era la transmisión de sus emociones. Es aquí donde Gollum se eleva hasta convertirse casi en un personaje real (muchas veces más expresivo que algunos actores, la verdad).

Hay que reconocer que la presencia de este personaje es uno de los reclamos de esta primera continuación. La importancia de su intervención en la historia obligaban a convertirlo en un elemento diferenciador en el desarrollo dramático, una especie de punto de giro en sí mismo que desvía el destino de los dos hobbits que le acompañan, y a los que guía por caminos repleto de trampas y peligros. Si a esto sumamos la doble personalidad que lucha constantemente en su interior, la criatura se convierte en todo un reto visual, interpretativo y narrativo. Y en todos los aspectos, en algunos más que en otros, sale más que airoso.

Es por todo ello que Gollum se convierte en uno de los referentes de este El señor de los anillos: Las dos torres. Su presencia otorga algo de vida e interés a un viaje que, por otro lado, se desarrolla sin grandes sobresaltos ni intrigas inesperadas. En cierto modo, el director juega con el espectador como los miembros de aquella ‘Comunidad del anillo’ juegan con los aliados del villano común a todos ellos. La división del grupo supone una distracción a los ejércitos que persiguen al portador del anillo en la misma línea en que sus luchas e intentos por ganar tiempo distraen a la platea del viaje principal de esta trilogía. Que nadie lo interprete como un engaño. Si no fuera así, posiblemente esta segunda parte sería menos tolerable que su predecesora.

‘El señor de los anillos. La comunidad del anillo’, el arquetipo de la espectacularidad


Miembros de la comunidad del anillo protagonista de 'El señor de los anillos'.Un libro formado por tres tomos. Una película compuesta de tres partes. Así debe ser entendida la historia de El señor de los anillos, y así lo interpretó Peter Jackson (Agárrame esos fantasmas) a la hora de afrontar el proyecto. Es de sobras conocido que el rodaje de esta trilogía se realizó de forma paralela, llegando a tener varios platós de rodaje a un mismo tiempo en funcionamiento en diferentes partes de Nueva Zelanda, la Tierra Media en el mundo real. El resultado, visto de forma conjunta o por separado, es una obra mastodóntica, un hito en el arte cinematográfico a nivel creativo y técnico alcanzó el nivel de clásico casi al mismo tiempo de su estreno debido, precisamente, al aura de inadaptabilidad que tenía la obra escrita de J. R. R. Tolkien, de quien se acaba de estrenar la primera de otra trilogía que centra su atención en El hobbit, una especie de precuela de aquella. Por eso, iniciamos en Toma Dos una serie de análisis sobre la trilogía “original”, comenzando como no podía ser de otro modo por La comunidad del anillo, estrenada en 2001.

He de confesar que, aunque la factura de esta primera aproximación a la obra de Tolkien es sencillamente perfecta en todos sus aspectos, su historia no tuvo el mismo efecto que, por ejemplo, sus dos continuaciones, sobre todo la última. Bien por no tener en mente el original literario, bien por lo asombroso de sus decorados o de las técnicas que permitían unos juegos casi imposibles de perspectiva, lo cierto es que el desarrollo dramático se me antojó algo previsible, regodeándose por momentos (al igual que le ocurre a la novela) demasiado en conceptos como la amistad, la lealtad, la valentía o la ambición. Y si bien es cierto que el estudio que realiza la obra sobre estos valores es lo que le aporta el grado icónico, en esta primera entrega existe un exceso a la hora de resolver determinadas situaciones, sobre todo en la secuencia inicial en la Comarca.

Debido al carácter mítico de la historia y a la multitud de personajes, parecía claro que el plantel de actores sería todo un mosaico de grandes intérpretes de diferentes generaciones. Y así fue, más o menos. Algunos utilizaron el éxito de la saga como trampolín, mientras que otros confirmaron su desarrollo artístico. La elección del reparto ofrece, además, la posibilidad de que los personajes sobrepasen la barrera de las letras para adoptar una entidad única, una sutileza que solo se da con una mirada, con un gesto o con una entonación. Ahí está, por ejemplo, la relación entre un elfo y un enano, dos razas opuestas condenadas a entenderse. O los diferentes caracteres entre los miembros humanos de esa Comunidad del Anillo.

Sin embargo, lo que más daño hace a esta primera parte es, precisamente, su protagonista. Elijah Wood (El buen hijo) se hace cargo de un papel que le queda algo grande. La inexpresividad del joven Frodo Bolsón ante todos los acontecimientos que le suceden en muy poco tiempo, incluyendo una herida de la que nunca se recuperará, se aproxima peligrosamente a la de Keanu Reeves en Matrix (1999), todo un arte en eso de decir mucho sin mover un músculo de la cara. Por poner un ejemplo, la historia coge a un personaje apacible, sencillo y campesino para situarlo en un viaje por tierras desconocidas, perseguido por unas criaturas y portando un anillo por el que todo el mundo mataría. El semblante, empero, apenas deja un atisbo de miedo o de preocupación.

En realidad, este es el principal escollo del desarrollo de esta primera historia, por lo demás dinámica y fascinante en su presentación de todas y cada una de las criaturas de esa Tierra Media. De hecho, la apuesta decidida por suprimir cada vez más el papel de Wood en favor del de Viggo Mortensen (Todos tenemos un plan), quien se erige en auténtico protagonista de este viaje por destruir un anillo, no hace sino acrecentar el interés por la historia, que adquiere progresivamente más y más dramatismo en su magnificencia visual. Un protagonismo que queda patente no solo en la resolución de la última película, sino en la pregunta más básica que se puede hacer sobre una película: ¿quién es el personaje protagonista más recordado?

Un antes y un después

El señor de los anillos: La comunidad del anillo supone, como he mencionado más arriba, un punto de inflexión en la profesión audiovisual. Peter Jackson, que gracias a este proyecto adquirió el status de director clave en la historia del cine (un título que, creo, le viene algo grande todavía), realiza algo casi imposible: tres películas en progresión dramática al mismo tiempo. Es muy complejo, y esto me imagino que lo comprendan mejor los profesionales del medio, estar atento a todos los detalles que se deben seguir a lo largo de un rodaje no lineal de una historia. De ahí los pequeños gazapos de cintas como Gladiator (2000). Extrapolar eso a tres películas al mismo tiempo marea a cualquiera.

Pero más allá del rodaje en sí, o de las técnicas visuales para convertir a cada actor en su personaje, lo que la película deja tras de sí es un mundo único de difícil creación que, a pesar de los intentos anteriores, nunca había sido llevado a imágenes de forma tan contundente. No solo hablamos de los paisajes, que se han convertido en parte del mito y que son, gracias a estas películas (y las que vendrán) en un reclamo turístico. Me refiero a la fotografía, todo un abanico de sutilezas cromáticas en las que el espectador es capaz de comprender el espacio en el que se encuentra solo con mirar una esquina de la pantalla.

Gracias a la asignación de un color y de una luminosidad concreta a cada raza y a cada zona geográfica de este mundo irreal, la historia queda identificada casi al instante en todas sus vertientes, desde el riesgo de una huida hacia adelante hasta la calma de un refugio paradisíaco, desde las entrañas de una montaña hasta las aireadas ruinas de un castillo. Aunque la labor de Andrew Lesnie (Soy leyenda) es solo una parte del conjunto, en el que también habría que destacar la soberbia banda sonora, que merecería un estudio más en profundidad.

En general, esta primera entrega de las aventuras de estos personajes que buscan destruir un anillo capaz de dominar el mundo pone las bases para lo que luego serán las dos siguientes entregas, Las dos torresEl retorno del rey, aunque peca en exceso en su labor como introducción a una aventura épica mucho mayor. Los personajes, sobre todo al comienzo y, más concretamente, el protagonista principal, aparecen casi como arquetipos de lo bueno y lo malo, de la virtud y la deshonra, del valor y de la debilidad. Y eso, más que reforzar las posturas de cada uno, lo que hace es terminar por ensombrecer una historia brillantemente iluminada por la magia de su espectacularidad.

‘Lawrence de Arabia’, el tratamiento intimista de un espectáculo visual


Medio siglo ha pasado ya, pero su fuerza se mantiene igual que en el momento de su estreno, y sigue siendo una de las ficciones cinematográficas que mejor muestra la revuelta árabe de principios del siglo XX contra el imperio Otomano, así como la participación occidental en su desarrollo. Lawrence de Arabia es, sin lugar a dudas, uno de los clásicos inmortales del séptimo arte. Pero decir eso es decir poco… o nada. En realidad, este film del maestro David Lean (Doctor Zhivago) es un reflejo de la complejidad de una época, de las relaciones humanas y diplomáticas y, sobre todo, de una figura tan polémica como la del personaje protagonista, Thomas Edward Lawrence.

Una personalidad que el guionista, Robert Bolt (habitual a partir de entonces de las películas de Lean), aborda de una forma elegante, ajustada a la moral de la época en la que se produce, y dejando entrever todos y cada uno de los aspectos más sombríos de una historia deslumbrante. En realidad, es más que probable que esta historia, en la actualidad, hubiera contenido momentos mucho más explícitos de lo que se muestra en el film. Sea como fuere, es esa sutileza o, si se prefiere, ese intento por ocultar su lado más negativo, la que da lugar a los actores a conformar unos personajes sublimes que se mueven por intereses personales y sociales encontrados.

Con todo, lo que más suele recordarse de Lawrence de Arabia es su belleza formal y visual. Con la primera nos referimos a la composición de los planos y al diseño de producción y vestuario, una tarea titánica que llevó al equipo técnico a recrear grandes salones, las moradas árabes del desierto y grandes movimientos de masas que, por suerte o por desgracia, no podían contar con los modernos efectos digitales de la era contemporánea, lo que supone quebraderos de cabeza mucho más allá de tener que mover a miles de personas y animales (el polvo que levanta el movimiento, la arena del desierto, las armas, …). Pero aunque todo eso es digno de admirar, lo que realmente deja sin aliento es el manejo que hace David Lean del formato panorámico, algo en lo que demostró ser uno de los más hábiles directores de la época, si no el mejor.

Gracias a sus movimientos de cámara y sus encuadres, el director de La hija de Ryan (1970) ofrece al espectador un espectáculo visual inigualable. Pocas veces un paraje tan inhóspito y monótono como puede ser un desierto ha lucido de forma tan espectacular. Frente a él, la grandiosidad de la trama y de los acontecimientos históricos que en ella acontecen parecen quedar, como mucho, encuadrados en un marco natural mucho más absorbente. Hubiera sido sencillo que el film terminase por desviar su rumbo en pos de la espectacularidad y la acción con estos elementos, pero nada más lejos de la realidad. Y eso no hace sino confirmar al director como uno de los iconos de la historia cinematográfica.

Lean, director en todos los sentidos

No son pocas las películas que caen en esta trampa. Sí, es cierto que suele ser por un guión que no está a la altura de las circunstancias. Pero aún teniendo un libreto que aborde de forma seria su historia, más allá de la espectacularidad y belleza visual del entorno en el que se enmarca, hay directores que terminan convirtiéndose en meros realizadores sin control sobre la otra pieza clave de su obra: los actores. Sobre todo si estos son estrellas, como es el caso de Lawrence de Arabia. Cierto es que el egocentrismo que existe en el cine en la actualidad no existía (o al menos no estaba tan desbocado) en la época dorada de Hollywood, pero eso no quita para que lidiar con importantes actores en un entorno tan complicado como es un desierto y con materiales tan pesados como las cámaras panorámicas de la época no fuera una tarea ardua.

Tal vez no sea la labor más evidente del trabajo como director, pero sin duda es la que sostiene el interés de la historia. Comenzando por un Peter O’Toole (El último emperador) capaz de reflejar en un solo plano de su rostro emociones tan dispares como el temor, la desconfianza o la complicidad, el reparto que integra el film es uno de los mejores que se pueden ver en una gran pantalla, en la línea de otras grandes superproducciones de esos años en las que actores de renombre encarnaban a personajes que, ya sobre el papel, eran mucho más que un mero vehículo para las secuencias de acción.

En efecto, O’Toole lleva el peso de la narración. Protagonista indiscutible, su capacidad para abordar todos los estados, físicos y de ánimo, por los que pasa T. E. Lawrence le convierte no solo en uno de esos actores indiscutibles, sino que engrandece a su personaje y lo dibuja de forma mucho más compleja de lo que podría esperarse. Pero no es el único nombre que destaca del amplio reparto. La labor de Anthony Quinn (Barrabás) y Omar Sharif (El guerrero nº 13) en sus respectivos papeles aporta numerosos matices a unos personajes que muy bien podrían haber caído en el estereotipo. Algo similar a lo que hacen el resto de actores, entre los que destacan Alec Guinness (La guerra de las galaxias), Jack Hawkins (Ben-Hur) o Claude Rains (Caballero sin espada).

Y es que en una historia donde se reflejan las diferencias entre las culturas occidental y árabe es fácil cometer el error de mostrar ambos pueblos de forma genérica, sin atender a los detalles o los elementos más personales de cada uno. En eso, afortunadamente, Lawrence de Arabia no se equivoca. Ni en eso ni en la mayoría de sus decisiones, narrativas y visuales. No hay que equivocarse. La película impacta por su magnificencia visual, por su uso del formato panorámico y algunos recursos narrativos sencillamente sublimes. Pero si mantiene su estatus año tras año, década tras década, es por su tratamiento intimista de un conflicto mucho más amplio.

‘Torchwood: el día del milagro’ confirma la evolución formal de la serie


Si hay una serie de televisión que ha evolucionado en forma y contenido, esa es Torchwood. Planteada como una especie de spin off de Doctor Who, con uno de sus personajes secundarios como protagonista (el inmortal Capitán Jack Harkness), la serie comenzó siendo una sucesión de casos extraños relacionados con un fenómeno espacio temporal que permitía la entrada en la Tierra de extraterrestres y tecnología de otros planetas y tiempos. ¡Qué lejos queda esa idea al terminar de ver la cuarta temporada, que lleva por título El día del milagro!. Pero… ¿ha traicionado la serie creada por Russell T. Davies su propio espíritu? Puede que en ciertos aspectos se entienda de ese modo, pero esta última entrega, más espectacular y rimbombante que las anteriores, no es más que una evolución lógica de lo acontecido en las anteriores temporadas.

Y es que ya la tercera temporada presentó un cambio interesante en el devenir formal de la serie. De tener un formato episódico pasó a contar una historia común en cinco episodios que, a mi modo de ver, son lo mejor de todo el producto. Pero además, planteaba un nuevo escenario en el que el equipo secreto del Gobierno británico se convertía en enemigo de la sociedad tras perder en la temporada anterior a varios de sus miembros y sufrir un ataque militar a gran escala. Con todo, logran salvar al mundo una vez más, aunque con consecuencias muy dramáticas para el grupo. En base a esto, esta cuarta temporada se plantea del mismo modo, es decir, presenta a los personajes en una vida coherente con la evolución de lo acontecido al final de la tercera temporada y utiliza una historia a gran escala para volver a ponerles en la línea de fuego.

El cambio, como ya hemos dicho, estriba entonces en el diseño de producción. El éxito de la serie la ha llevado a ser producida en Estados Unidos, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Lo bueno es que cuenta con mayores medios, lo que la convierte en mucho más espectacular, dinámica y compleja. Lo malo es que todo eso difumina un poco el carácter narrativo que tenían los anteriores episodios, centrados más en el entorno de los personajes y en su propia evolución dramática. Por no hablar de que la historia evoluciona de tal modo que se vuelve bastante más grande de lo que merece ser, sobre todo teniendo en cuenta la resolución final, tal vez demasiado rápida y carente de explicación para todo lo visto con anterioridad.

En concreto, toda esta temporada de 10 episodios narra cómo todo el planeta, de la noche a la mañana, se convierte en inmortal. Nadie puede morir, aunque todo el mundo sufre las heridas, los infartos, las enfermedades y, en general, el dolor. Ante este fenómeno los dos miembros que quedan de Torchwood (Harkness y Gwen Cooper, de nuevo con los rasgos de Eve Myles) salen de sus escondites, pero son capturados por la CIA. Ya en Estados Unidos, unen sus fuerzas con dos agentes para descubrir quién está detrás de este milagro y cómo detenerlo para evitar que las consecuencias sean nefastas (la economía se colapsa, los hospitales no dan a basto, la comida empieza a escasear, …).

El interés de un personaje

Dichos agentes, por cierto, se convierten en los dos nuevos miembros del equipo, siendo uno de ellos clave para el devenir de la temporada y de la futura continuación de la serie, ahora mismo a la espera de dar luz verde a su quinta temporada. De hecho, están tan planteados como sustitutos de los miembros originales que son casi una copia idéntica: el personaje de Mekhi Phifer (Amanecer de los muertos) es una especie de Owen Harper superlativo, mientras que el de Alexa Havins (Fat girls) parece un familiar muy cercano de Toshiko Sato. Esto, aunque mantiene la estructura y algunos de los conflictos más tradicionales de la serie, no termina de encajar en el contexto de la trama, sobre todo la evolución algo forzada que deben realizar estos nuevos roles para hacer creíble el final de la serie.

Con todo, Torchwood: el día del milagro es un producto de lo más entretenido, alejado de las explicaciones científicas de sus predecesoras para mostrarse más cercano al público menos ducho en el universo particular de la serie, adquiriendo un carácter más universal. Buena prueba de ello es que uno de los personajes más relevantes, un asesino pedófilo condenado a la inyección letal el mismo día en que se produce el milagro, está interpretado por Bill Pullman (Independence Day). Esto no quita para que la trama no sea interesante. Los giros narrativos habituales al final de cada episodio no solo atraen aún más la atención, sino que abren nuevas puertas a una conspiración cada vez mayor que, por fortuna o por desgracia, tiene una resolución algo escueta y limitada, dejando libre el camino para una posible segunda parte.

Pero sin duda lo más interesante de todo es, de nuevo, el personaje de Jack Harkness, inmortal en temporadas anteriores a raíz de algo ocurrido en la serie Doctor Who y que ahora, por motivos que no desvelaremos, se ha vuelto mortal. Su evolución dramática en su comprensión de su nueva naturaleza es uno de los pilares más sólidos de estos 10 episodios, en los que por cierto sufre todo tipo de penalidades, desde un simple corte en un brazo hasta envenenamiento, disparos y golpes críticos. Sencillo sería mostrar a un personaje muy distinto, pero lo cierto es que Russell T. Davies trabaja poco a poco todas y cada una de las facetas de este complejo personaje, lo que muchas veces sostiene la atención en episodios algo menos interesantes.

En general, esta conclusión de la serie (como decimos, a la espera de una posible nueva temporada) supone la confirmación de una nueva Torchwood, tanto en personajes como en desarrollo dramático. Sin duda, la conclusión del último episodio abre muchas y muy interesantes vías de trabajo, y deja en el aire algunos interrogantes que deben ser respondidos con urgencia por parte de los creadores. Mientras tanto, este Día del milagro es un digno sucesor de esa evolución que mencionábamos al principio. Es más larga y más espectacular. Más norteamericana y menos inglesa, por decirlo así. Y aunque su resolución deje al espectador con la sensación de que algo falta, eso no es sino una consecuencia de la interesante trama que se desarrolla previamente.

Marvel alcanza su “edad oscura” con ‘Iron Man 3’


Tendrán que pasar varios años, puede que no muchos, para que comprobemos el alcance real y la influencia formal y conceptual que ha tenido sobre el cine de superhéroes la trilogía de Christopher Nolan (Memento) sobre Batman. Su forma de abordar los conflictos y las tramas de este tipo de personajes ha dado un giro radical a lo que hasta ese momento se venía haciendo, algo que encuentra su principal expresión en la fotografía utilizada y en la definición de los personajes. La reacción de la empresa rival y principal impulsora de este tipo de cine, Marvel, no se ha hecho esperar, y tras The amazing Spider-man se presenta ahora Iron Man 3, cuyo primer trailer podéis ver al final de este texto y en el que se apuntan varias cosas interesantes.

Para empezar, Jon Favreau, director de las dos anteriores entregas, abandona las riendas para limitarse a su pequeño papel de guardaespaldas del protagonista, por lo que otro director ocupa la silla principal. El elegido es Shane Black, cuya experiencia en este campo de la dirección solo ha sido Kiss Kiss, Bang Bang (2005). En lo referente al reparto, repiten los principales rostros y se incorporan otros nuevos que, siguiendo la estela de las anteriores películas, aportan un notable interés. Así, a Robert Downey Jr. (Iron-Man), Gwyneth Paltrow (Pepper Potts), Paul Bettany (éste como la voz de Jarvis, el mayordomo computerizado de Tony Stark/Iron Man) y Don Cheadle (James Rhodes/Máquina de guerra) se unen Guy Pearce (En tierra hostil), Ben Kingsley (Gandhi) y Rebecca Hall (El retrato de Dorian Gray).

Con todo, lo más llamativo proviene tanto de su argumento como del tono general del film que se desprende de estas primeras imágenes en movimiento. A grandes rasgos, la historia gira en torno a la supervivencia del protagonista cuando su entorno más cercano, incluyendo toda su tecnología, es atacado, por lo que deberá tirar de ingenio para sobrevivir y restablecer el orden. Todo con la referencia de lo acontecido en Los Vengadores. Y si bien todo esto se intuye en el trailer, lo que sí se llega a apreciar con claridad es, precisamente, el tono sombrío del conjunto; una seriedad que parecía disimularse en otras películas y que aquí toma protagonismo mediante la presión ejercida sobre los límites del protagonista.

Sin duda, la saga de Iron Man siempre ha sido espectacular. Las propias características del personaje lo requieren. Y aunque es de suponer que su egocentrismo seguirá intacto, también es fácil prever un cambio de actitud moral y social, un compromiso mayor que le llevará, como decimos, a sus propios límites (en forma de, por ejemplo, una máscara rota por la mitad o el hundimiento bajo toneladas de hormigón y metal). En este sentido, la espectacularidad que parece haber imprimido Black supera con creces las propuestas anteriores.

Marvel, y con ella sus superhéroes, ha madurado. Ya no hay vuelta atrás para esta nueva etapa, una “edad oscura” en la que los personajes abandonan la luminosidad de sus actuaciones y el derecho moral que les permite tomarse la justicia por su mano para adentrarse en un mundo más humano, más realista si se prefiere, en el que todo lo que hacen afecta de forma notable a la sociedad y al resto de individuos, y en el que los villanos dejan de tener grandes poderes para convertirse, simple y llanamente, en terroristas de última generación. Es algo digno de alabar, y así lo demuestra el espectacular trailer que encontraréis a continuación.

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