Quinta temporada de ‘The Walking Dead’ (I), de la Terminal al inicio


Los protagonistas de 'The Walking Dead' comienzan la quinta temporada contra las cuerdas.Una de las críticas que suele recibir The walking dead es que es una serie en la que la acción va por etapas, teniendo momentos de gran dinamismo y otros de excesiva calma. Y aunque esto pueda ser cierto, es una crítica un tanto injustificada, pues incluso en esos momentos en los que supuestamente no ocurre nada el trasfondo dramático dota a los siguientes acontecimientos de una trascendencia aun mayor. Eso es algo que ha podido verse en esta primera etapa de la quinta temporada, que terminó hace dos semanas y de la que todavía muchos nos estamos recuperando. Y es que si algo define estos primeros 8 episodios no es precisamente su pausa narrativa.

Más bien al contrario. El final de la cuarta temporada dejó en el aire absolutamente todo, con esa emboscada en la Terminal y la amenaza al aire del protagonista, un Andrew Lincoln (Love Actually) cada vez más espléndido en su personaje. La serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) a partir del cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlar y Tony Moore generó unas expectativas que necesitaban ser cubiertas por este inicio de la nueva etapa. Las impresiones serán muy variopintos, pero en líneas generales se superaron con nota. Las consecuencias de lo visto en ese último episodio, que por cierto exige una revisión a cámara lenta, adquieren en el primer episodio de esta temporada un cariz épico, casi apocalíptico dentro del propio Apocalipsis en el que viven los personajes. El ritmo frenético, la acción sin descanso y esa sensación de estar en un campo de batalla suponen un inicio que permite acallar buena parte de las voces contrarias al desarrollo dramático de los personajes y que apoyan una apuesta por la acción más visual.

Pero como decía antes, The walking dead necesita, puede que de forma indispensable, abordar las relaciones entre sus personajes para poder avanzar. Prueba de ello es, precisamente, ese primer episodio, en el que el desarrollo dramático de capítulos anteriores tiene una relevancia fundamental. Es más, esta primera etapa, más allá de sus secuencias de acción y de sus momentos de tensión zombi (que los tiene, y mucho) hay una clara apuesta por situar al espectador con respecto al momento que viven los protagonistas, tanto los veteranos como los debutantes. Con una estructura dramática que puede resultar confusa, sus responsables aprovechan algunas lagunas en el desarrollo de la acción presente para abordar el pasado de personajes como el de Melissa McBride (La peligrosa vida de los altar boys), al que se perdió la pista durante la primera parte de la cuarta temporada.

Es este repaso al pasado de los personajes el que nutre la serie para el futuro más inmediato, demostrando una vez más que la ficción es tan sólida y tan amplia que da cobijo a la acción, el drama, la tensión e incluso el miedo, si bien es cierto que los zombis son, cada vez más, una excusa para abordar las miserias del ser humano y la evolución que viven este grupo de supervivientes. Dicho eso, resulta interesante comprobar cómo la historia ha vuelto a sus inicios, dejando la Terminal para volver a Atlanta, ciudad en la que se encuentra el grupo por primera vez. Un regreso que, evidentemente, no es casual, pues lo que ocurre en esa ciudad no solo certifica el paso del tiempo, sino el cambio de los personajes.

Rick Grames vs. Rick Grames

Claro que si hay un cambio llamativo es el del protagonista, Rick Grimes. La labor de Lincoln en este sentido es simplemente soberbia, digna de reconocimiento en forma de premios pero que, como es de suponer, nunca llegará. Pero volviendo a lo que nos ocupa, este inicio de la quinta temporada de The walking dead, con ese viaje del “término del camino” al comienzo del mismo, se convierte en una especie de broche de ciclo que deja reflexiones sumamente interesantes. La más importante es la influencia del mundo que rodea al grupo en la conducta de Grimes, algo que ya se dejaba ver a lo largo de los últimos capítulos pero que ahora, y a raíz de una serie de acontecimientos que no desvelaré, adquiere un grado de relevancia mucho mayor.

Por poner un ejemplo que todos los seguidores recordarán, su actitud respecto al enemigo de Atlanta es diametralmente opuesta a la que tuvo con el Gobernador, inolvidable papel interpretado por David Morrissey (Centurión). La ausencia de empatía, de escrúpulos y de bondad, unido a la obsesión por salvar a los que integran su grupo, le convierten en un ser peligroso, cada vez más inestable y menos reflexivo de lo que fue en los inicios de la serie. Una evolución interesante, magistralmente elaborada y cuyas consecuencias todavía no se han llegado a ver del todo, aunque poco a poco parecen vislumbrarse. Esto es, sin duda, el aspecto más interesante de la ficción desde un punto de vista dramático.

Estos primeros 8 episodios de la quinta temporada han servido, como digo, para cerrar en cierto modo el ciclo iniciado en aquella primera temporada. Sobre todo si atendemos al modo en que finaliza esta etapa, con un acontecimiento trágico donde los haya y acentuado por esa imagen final de la ciudad asolada por la muerte, como si la esperanza hubiera abandonado definitivamente el futuro de los personajes. Si a esto sumamos el hecho de que buena parte de los objetivos se esfuman con una de las confesiones más sorprendentes y cómicas de la serie (no tan sorprendente si se conoce el cómic), el resultado es ese reinicio para los personajes y para los espectadores. Reinicio representado por esa ciudad fantasma que antes era Atlanta.

Desde luego, este inicio de la quinta temporada de The walking dead ha sido un cóctel de emociones de lo más interesante. Puede que su desarrollo haya generado algo de confusión por esa necesidad de abordar, casi en cada episodio, el recorrido de los personajes hasta el momento presente de la serie, pero viendo la forma en que acaba el octavo episodio merece la pena. Personalmente esta ha sido una de las mejores etapas desde su inicio, no solo por el calado dramático que han adquirido los personajes (sobre todo el protagonista y su evolución moral), sino por la inteligente forma en que se ha vuelto a la casilla de salida. Habrá que esperar para comprobar cuál es el futuro de este grupo, pero una cosa parece clara: el ser humano sigue siendo más peligroso que los muertos vivientes.

‘Perdida’: la psicopatía es un grado


Ben Affleck pasará por un infierno para recuperar a Rosamund Pike en 'Perdida'.Hay películas que dejan sin palabras. Historias que abruman de tal modo que es imposible articular una idea hasta varios minutos después. Es durante esos momentos de reflexión en los que uno está a solas con sus reflexiones y sus recuerdos cuando la trama adquiere toda su dimensión, toda su complejidad. La verdad es que David Fincher no tiene nada que demostrar en este sentido. Seven (1995) ya tuvo un efecto similar. Pero la sabiduría de los años hace que su nueva película sea una experiencia audiovisual sin parangón, una tela de araña que atrapa sin necesidad de artificios para exponer al espectador a una espiral malsana y a una atmósfera opresiva y sorpresiva. Y todo ello sin recurrir a una estructura clásica de thriller.

Se puede decir que Perdida son dos películas. Hasta prácticamente la mitad del metraje Fincher opta por una narrativa clásica de cine negro. La investigación centrada en las sospechas de que el personaje de Ben Affleck (Paycheck) ha asesinado a su esposa no presentan grandes esfuerzos narrativos, limitándose a exponer las situaciones con la elegancia que caracteriza al director. Pero a partir de este momento el film adquiere un cariz completamente distinto para convertirse en toda una disertación sobre la psicopatía, en una lección de lenguaje audiovisual que enamora no tanto por su capacidad para mantener el suspense, sino por su facilidad para generar emociones encontradas en el público, que asiste con asombro a las maquinaciones de un personaje manipulador, frío y calculador cuyo único objetivo es obtener lo que quiere, da igual el coste.

El director demuestra una vez más su capacidad para manejar los tiempos y la narrativa dentro del cine. A medida que avanza la historia la película se transforma, y con ella el espectador, para convertirse en algo totalmente distinto a lo esperado en un primer momento. La mujer fatal adquiere de este modo un estatus nuevo, distinto, en buena medida gracias a la magistral actuación de Rosamund Pike (Orgullo y prejuicio), cuyas miradas carentes de toda emoción en algunos momentos son más aterradoras que cualquier asesino en serie de pesadilla. Lo cierto es que la acción del film transcurre por derroteros más o menos previsibles hasta su tercio final, cuando un violento giro dramático saca a relucir la verdadera psicología y psicopatía de la protagonista, así como confirma el sentimiento de piedad que provoca el rol de Affleck, quien por cierto es de lo más flojo del conjunto (su falta de expresividad, eso sí, concuerda con el personaje).

En pocas palabras, David Fincher lo ha vuelto a hacer. Perdida es una de esas joyas modernas capaces de hipnotizar con muy poco e impactar incluso con menos. Al igual que su protagonista, es fría, calculadora y manipuladora. Y poco importa que el espectador trate de mantenerse ajeno a todo. El proceso de linchamiento público al que se somete el protagonista, la indiferencia y el odio de la protagonista, o el mortal laberinto en el que Rosamund Pike encierra a Ben Affleck crean una maraña de tramas cuyo desenlace es impactante y aterrador debido, precisamente, a la ausencia total de emoción que hay en él. El propio director define el film como el más cercano a Hitchcock de todos los que ha hecho hasta ahora, pero lo cierto es que no necesita comparaciones de ningún tipo. Fincher es único.

Nota: 8,5/10

‘Amanece en Edimburgo’: un nuevo día musical e irregular


La vida de los protagonistas de 'Amanece en Edimburgo' se verá alterada por un secreto del pasado.Inspirarse en un musical de éxito es un arma de doble filo. Sobre todo si el éxito es duradero lejos de las luces y el espectáculo de Broadway. Hay ejemplos tanto a favor como en contra de estas adaptaciones; ejemplos que no dejan lugar para posibles interpretaciones contradictorias. El caso de la nueva película de Dexter Fletcher (Wild Bill) es uno de los pocos que se quedan en tierra de nadie, principalmente por un cúmulo de factores que dan como resultado una obra irregular, con ritmo intermitente y aportaciones visuales sin demasiado entusiasmo. Aunque lo más curioso de todo son las sensaciones que deja en el espectador.

Me imagino que cualquiera que se acerque a Amanece en Edimburgo lo hará sin la convicción de ver un intenso drama con giros argumentales a cada cual más trágico. Evidentemente, el carácter musical de la obra resta gravedad a los acontecimientos de la historia, pero con todo y con eso el film adolece de ciertos altibajos en su desarrollo que, además, son más o menos previsibles. Las rupturas de las parejas, los secretos del pasado o los conflictos de identidad quedan diluidos en una serie de giros argumentales sin demasiada fuerza. Y esto no se debe únicamente al formato musical, sino a un planteamiento que busca sobre todo hacer evolucionar a unos personajes poco propensos al cambio, lo que a la larga repercute en la historia.

A pesar de ello, el conjunto termina siendo amable y entretenido, entre otras cosas por la presencia de algunos actores (sobre todo Antonia Thomas y Peter Mullan) y por la planificación de numerosos fragmentos musicales que, todo hay que decirlo, sacan mucho partido de los escenarios en los que se desarrollan. Poco importa si las canciones del grupo The Proclaimers son conocidas o no por el espectador (la mayoría puede que sólo tengan en la cabeza la que cierra el film), pues muchas de ellas se erigen como importantes temas musicales gracias a las coreografías que los acompañan. Y si bien es cierto que en líneas generales mantienen un nivel notable, algunas canciones, sobre todo por la combinación de voces, quedan reducidas a la mínima expresión, lastrando el ritmo de un film cuyo argumento tiene poco ritmo ya de por si.

En cualquier caso, los amantes de este género encontrarán e Amanece en Edimburgo una propuesta interesante. Tal vez no esté a la altura de, por ejemplo, Mamma Mia! (2008), con la que pretende compararse incluso en sus frases promocionales, pero desde luego es una obra agradable de ver, que no emociona en exceso pero tampoco desagrada. Ese punto de equilibrio favorecerá o perjudicará en función de las expectativas con las que se acuda a ver la película. La mejor recomendación que se puede hacer es dejarse llevar por la música, las coreografías y las voces de algunos de sus protagonistas. Tratar de buscar algo más no solo es complicado, sino que puede generar una visión demasiado negativa de este musical.

Nota: 6/10

‘Las dos caras de enero’: no hay honor entre ladrones en Grecia


Viggo Mortensen y Kirsten Dunst, pareja en 'Las dos caras de enero'.La verdad es que no hay nada como un escritor/a reputado/a para que una película basada en uno de sus relatos adquiera un automáticamente un aura única. Por ejemplo, un film inspirado en la obra de Philip K. Dick ya posee un interesante punto de partida dentro de la ciencia ficción, incluso aunque luego sea soporífero o inaguantable. Lo mismo ocurre con Patricia Highsmith, cuyas novelas llevadas al cine han sido notables éxitos de crítica y público. Pero como todo mortal (porque lo son, aunque no lo parezcan) también cometen errores. Si no ellos, al menos los encargados de comprender su mensaje y plasmarlo en imágenes. Lo que le ocurre a la ópera prima de Hossein Amini, consolidado guionista que, en líneas generales, posee un pulso narrativo interesante, es algo similar.

Si algo falla en Las dos caras de enero es lo más básico de todo: transmitir el mensaje que da sentido a la trama. Ya sea porque no existe, ya sea porque el desarrollo se pierde entre paisajes y momentos típicos de intriga (la noticia del asesinato junto a los policías, las miradas, las sospechas, …), el caso es que la película no termina de definirse por un sentido propio. Tan pronto se define como un thriller en el que un asesinato da lugar a toda una espiral de miedos y dudas, tan pronto se decanta por un argumento más tradicional de amores y estafas. Posiblemente la realidad del film se halla en un punto intermedio, no cabe duda, pero la historia no es capaz de enganchar al espectador, entre otras cosas porque no hay una clara identificación con ningún personaje, ni siquiera con un Oscar Isaac (Ágora) espléndido.

Bueno, siendo sinceros no solo Isaac hace una labor encomiable. El trío protagonista, completado con Kirsten Dunst (Entrevista con el vampiro) y Viggo Mortensen (Un crimen perfecto), es lo que sostiene el arco dramático en numerosas ocasiones, sobre todo los dos actores. Más que nada porque el papel de Dunst es más testimonial que otra cosa. Desde luego, lo más interesante del relato es comprobar cómo ambos hombres, conectados por un acontecimiento que da pié a un viaje de pesadilla, evolucionan de dos formas diametralmente opuestas pero complementarias. Uno (Isaac) busca en todo momento un beneficio personal; otro (Mortensen), quizá el mejor de los tres, termina siendo presa de sus propias decisiones no solo física sino psicológicamente hablando. Tres actores en buena forma que, como es evidente, no pueden sostener una estructura que se tambalea y pierde interés a medida que avanza una trama, por otro lado, excesivamente manida.

Es más, la historia intenta aportar un giro impactante a su desarrollo, pero siempre se queda en eso. Así las cosas, Las dos caras de enero se queda en un quiero y no puedo, en un proyecto de suspense interesante desarrollado en un escenario que se presta a ello. La labor de Amini, tanto en el guión como detrás de las cámaras, es excesivamente sencilla y confusa al mismo tiempo, no llegando a optar nunca por nada y tratando de abarcar demasiados aspectos. El resultado es una indefinición que recibe como respuesta por parte del espectador una cierta indiferencia ante el devenir de estos personajes marcados por la estafa, la desconfianza y los celos. Suele decirse que no hay honor entre ladrones. Al parecer, tampoco hay un sentido claro.

Nota: 5/10

‘Godzilla (2014)’: salvados por nuestro destructor


'Godzilla' arrasa San Francisco en un intento de acabar con otros monstruos.Tratar de reinventar en algunos géneros y con determinadas películas es tarea ardua, por no decir imposible. Sobre todo si son clásicos cuyo desarrollo está arraigado en la cultura popular de un modo u otro. Eso debió pensar Gareth Edwards (Monsters), quien se embarca en su primera gran producción con el monstruo más famoso de Japón. Nada más y nada menos. A tenor del resultado, esta nueva versión del ‘kaiju’ sigue la tradición del personaje en todos sus aspectos pero, como le suele ocurrir a este tipo de films, ofrece poco más que la propia criatura a pesar de los intentos por humanizar su trama.

De hecho, si algo no termina de funcionar en la historia es el grupo de protagonistas, no tanto por su dibujo sobre el papel (que tampoco es demasiado profundo), sino por el desarrollo de la historia que les une a Godzilla y al resto de ‘kaiju’ que aparecen en el film. La trama, que mantiene el espíritu de crítica a la energía nuclear, no termina de funcionar en sus primeros minutos debido a una entrega excesiva en el tratamiento de unos personajes que tienen más bien poco que ofrecer y de una historia que, en un intento por generar intriga, lo que logra es no aportar casi nada de información. En este sentido, la evolución dramática demuestra que todo lo narrado hasta la aparición del fantástico monstruos es, por decirlo claro, paja con la que rellenar, pues una vez empezada la destrucción apenas tienen sentido el resto de elementos.

Eso sí, desde el momento en que las criaturas despiertan la película alcanza un nivel espectacular. Edwards opta ya durante los títulos de créditos por un estilo clásico en todos los aspectos, desde una banda sonora magistral hasta una criatura con el diseño de los primeros films. Combinado con una planificación que sabe aprovechar bastante bien los recursos de los que dispone, el director logra que el film crezca poco a poco hasta terminar como lo que es, un film divertido de aventuras y catástrofes que lo único que trata es de entretener. Y no hay duda de que lo consigue gracias, curiosamente, a que los seres humanos prácticamente se convierten en espectadores de la magnífica lucha entre monstruos que, como no podía ser menos, destruye la ciudad de San Francisco.

Esta nueva versión de Godzilla, por tanto, recupera buena parte del encanto de la serie de películas, incluyendo esa imagen de antihéroe que para salvar al mundo de otros monstruos destruye medio planeta. La factura técnica es impecable, las luchas espectaculares y la música brillante. Pero está claro que no es una película perfecta, sobre todo si se acude a verla con una mentalidad excesivamente seria (hay algunas incongruencias en el guión bastante llamativas). De hecho, a la película le sobra buena parte de un inicio que se enroca en sí mismo para explicar el proceso de aparición de estas criaturas, cuando un discurso más directo habría servido igual, o incluso mejor. Al fin y al cabo, el protagonista es el monstruo, no las personas, algo que queda patente a medida que pasan los minutos.

Nota: 6,5/10

‘3 días para matar’: I don’t care, I love it


Kevin Costner protagoniza '3 días para matar', de McG.De la unión entre Luc Besson (Juana de Arco) y McG (Los Ángeles de Charlie) puede surgir algo tan bueno como deprimente. O mejor dicho, tan atractivo como desagradable. El primero se ha convertido con los años en uno de esos creadores capaces de hacer siempre (o casi siempre) lo mismo sin llegar a saturar al espectador. El segundo… bueno, con ver su filmografía sobran las palabras. Por eso las sensaciones que generaba su unión en un proyecto de acción protagonizado por un recuperado Kevin Costner (The company men) eran encontradas. Afortunadamente, el resultado es más de Besson que de McG, lo que implica una historia dinámica y fresca alejada de estridencias visuales o efectos imposibles.

A pesar de sus evidentes limitaciones dramáticas, esta historia a medio camino entre el drama paternofilial y el thriller de espías más tradicional logra entretener al espectador durante la mayor parte de su metraje. Con un desarrollo dramático que nunca abandona las estructuras narrativas habituales, 3 días para morir combina sabia e irónicamente los dos mundos que confluyen en el protagonista. La facilidad con la que realizador y guionista plasman los equilibrios emocionales de un personaje que intenta poner en orden su vida personal al mismo tiempo que lleva a cabo su trabajo (ambos incompatibles, como es evidente) resulta fascinante, sobre todo en algunos momentos realmente logrados, como la relación que se establece con uno de los secundarios al que interroga o la secuencia con un personaje italiano, interrumpida por un tono de llamada al que hace referencia el título de esta crítica. Un recurso muy utilizado a lo largo de sus casi dos horas de metraje que no llega a resultar tedioso, como sí ocurre con otros temas recurrentes.

Y es que ese es el principal problema de la cinta, y por extensión del cine de Besson. Las secuencias de acción están muy logradas. Los personajes, aunque sin demasiadas complicaciones, quedan muy bien definidos, engrandecidos además por un reparto más que correcto (sobre todo Costner y la joven Hailee Steinfeld). La trama evoluciona con naturalidad y coherencia, incluso en algunos momentos en los que necesita hacer concesiones. Pero hacia el final del film la historia se pierde en sus propios planteamientos, obligando al espectador a asistir a una lucha por la vida en medio de un tiroteo y una persecución cuyo único resultado es la muerte. Hasta tres veces el protagonista sufre la misma situación y por los mismos motivos, lo que no hace sino generar cierto absurdo que contrasta bastante con la seriedad del resto del relato. Igualmente, existen diversos momentos en los que el ritmo pierde fuerza, aunque un film en el que todo se sucede con relativa celeridad es normal que deba existir una pausa para contar algo más que lo que se ve en pantalla.

En líneas generales, 3 días para matar es una cinta de acción a la antigua usanza, sin más pretensiones que entretener haciendo reír y generando secuencias de acción potentes. Le pese a quien le pese, Besson es un maestro de este tipo de cine. Tiene sus defectos y sus virtudes, por supuesto, pero su dominio de los tiempos es ejemplar. Una cinta de acción muy recomendable en todos los aspectos que no defraudará a los amantes del género y que hará disfrutar a aquellos que simplemente busquen una distracción. No deberíamos sonrojarnos, por tanto, si a la salida del cine tarareamos aquello de: “I don’t care, I love ii”, o lo que es lo mismo, “me da igual, me encanta”.

Nota: 7/10

‘La vida inesperada’: costumbrismo neoyorquino


Raúl Arévalo y Javier Cámara son primos en 'La vida inesperada'.El cine, sea cual sea el género, es un arte de conflictos. Si no existe será una creación audiovisual, pero no será cine. Y dicho conflicto puede ser puramente físico y visual o psicológico e introspectivo. Sin embargo, conseguir que cualquier persona se interese por lo que ocurre en el interior de un personaje requiere normalmente de una proyección externa de dicha dualidad interna. Esta idea es la piedra angular del guión que la escritora Elvira Lindo, autora de los libros sobre Manolito Gafotas, ubica en Nueva York, en el mundo del teatro y de los sueños imposibles. Y esta idea, precisamente, es la que hace un flaco favor a la trama, a los personajes y al ritmo dramático en general.

Si atendemos al plano visual, La vida inesperada ofrece un cierto atractivo tanto en la ciudad como en la recreación de los entornos en los que se mueven los personajes. El director Jorge Torregrossa (Fin), a pesar de una evidente limitación narrativa, logra que sus actores hagan un trabajo lo suficientemente bueno como para olvidar ligeramente la planificación lineal del conjunto. Nada sobresale en ella, pero en general nada desentona para mal, generando la sensación de una producción que, sencillamente, buscan contar una historia más o menos íntima sin grandes alardes y con la humildad que derrochan unos personajes que han fracasado en sus intentos de vivir sus sueños.

El problema reside, fundamentalmente, en lo que se narra en pantalla. La historia no conecta en ningún momento, ni emocional ni intelectualmente. Los personajes, a pesar de sus muchas posibilidades, se mueven de un lado para otro sin un objetivo claro, salvo tal vez demostrar que los sueños son perfectos precisamente por eso, porque son sueños. El film, que inicia su andadura de forma relativamente prometedora (la llegada del familiar con promesas de desajustar la vida del protagonista), se ve abocado rápidamente a una espiral de tedio y desarrollo sin principio ni fin. Muchas de las secuencias son, sencillamente, poco comprensibles, puede que porque buena parte de lo que ocurre se produce en el interior de unos personajes incapaces de expresar sus sentimientos. El resultado es una historia cuyas intenciones de explicar que el destino siempre termina poniendo las cosas en su sitio quedan patentes, pero que falla notablemente en su forma de contarlo. Y no me refiero al movimiento de la cámara, sino al propio guión.

La vida inesperada se revela incompleta, como si las piezas que debieran hacer girar este engranaje estuviesen dañadas o se hubieran extraviado en la sala de montaje. Los actores son, con diferencia, lo mejor del film, haciendo lo que pueden con unos roles que deambulan por la ciudad que nunca duerme sin un objetivo claro, derivando todo en un final que modifica ligeramente la visión del personaje de Javier Cámara (Torremolinos 73) pero que, en líneas generales, deja todo como estaba. Elvira Lindo vuelve a demostrar que es única creando escenarios costumbristas y personajes que se definen más por sus flaquezas y su realismo que por cualquier otra característica. El problema es que una película necesita algo más.

Nota: 4/10

‘Boardwalk Empire’, calma tras la tormenta en su 4ª temporada


Jeffrey Wright es el nuevo villano en la cuarta temporada de 'Boardwalk Empire'.Todo apuntaba a ello. El final de la tercera temporada de Boardwalk Empire auguraba un futuro más que interesante en el que nuevos personajes y nuevos riesgos harían su entrada en escena. Pues bien, esta nueva temporada ha permitido, en este sentido, repartir nuevas cartas en esta partida por el control de la costa este de Estados Unidos. Y lo ha hecho apelando a un conocido dicho: “después de la tormenta siempre llega la calma”. Habrá quienes piensen que los 12 episodios que componen esta nueva entrega carecen de la agresividad de sus predecesores. En cierto modo es verdad, pero no se ajusta del todo a la realidad.

La situación que se encuentra el espectador nada más comenzar la temporada no podría ser más reveladora. Una reunión de los principales jefes mafiosos en la que se acuerda un pacto de no agresión tras la cruenta guerra vivida poco tiempo antes. Una imagen que, por extensión, define el carácter comedido y negociador de la mayor parte de las decisiones que toman los personajes, comenzando por un Enoch Thompson que vive recluido en un hotel próximo a la playa con el único objetivo de abandonar la vida criminal de una vez por todas. En este sentido, los capítulos se antojan una travesía en el desierto de lo que hasta ahora venía siendo la serie creada por Terence Winter (guionista de Los Soprano).

Al mismo tiempo, sin embargo, esta aparente calma (que nadie se engañe, esto sigue siendo una historia en la que los hombres persiguen y cogen lo que quieren a través de la violencia) permite a la trama y a sus personajes respirar aire fresco. Son la pausa necesaria para coger fuerza de nuevo en su quinta temporada y acometer los cambios iniciados en esta cuarta entrega de forma más contundente. Dicho de otro modo, la historia no se frena, sino que entra en la necesaria fase de explicación, lo que vendría a ser el inicio del segundo acto en cualquier largometraje. La ausencia de una violencia continuada permite, además, que el desarrollo dramático se centre en los personajes secundarios, algo olvidados en la temporada anterior, para que puedan encontrar su nuevo lugar en este mundo de corrupción y mafia que, a pesar de ser el mismo, está evolucionando de forma sorprendente.

No pretendo que de lo anterior se desprenda la idea de que esta nueva temporada de Boardwalk Empire es inferior en calidad dramática que sus predecesoras. Más bien al contrario. La serie ha sabido reinventar sus términos de partida, ha sabido lavar su imagen utilizando una necesaria pausa, pudiendo retomar el pulso de historias secundarias, recuperando personajes con poca presencia e incorporando otros que, tal vez sin el carisma ni la fuerza del que interpretó Bobby Cannavale (Blue Jasmine) en la anterior entrega, sí tienen el suficiente carácter como para ser muy interesantes, destacando sobre todo el de Jeffrey Wright (Los Juegos del Hambre: En llamas) y su obsesión con los pasajes bíblicos. Amén de otras incorporaciones históricas como la de J. Edgar Hoover, al que da vida Eric Ladin (serie The Killing). 12 capítulos maravillosamente aprovechados que sitúan la historia en un nuevo punto de inflexión en el que las traiciones, los pactos secretos y los rencores generados revelan nuevos caminos narrativos a explorar.

La importancia de los personajes

Michael K. Williams y Jack Huston en un momento de la cuarta temporada de 'Boardwalk Empire'.Aunque si algo ha marcado esta nueva tanda de episodios ha sido, sin duda, la despedida de numerosos personajes más o menos principales. Es cierto que la serie siempre se ha caracterizado por el poco apego que le tiene a sus protagonistas, algo loable que permite una libertad inexistente en otro tipo de producciones. Pero lo ocurrido en esta ocasión adquiere un mayor impacto, tal vez por el aura trágica y misteriosa de alguno de los roles eliminados, tal vez por los motivos de otros.

Boardwalk Empire siempre ha sido una historia de traiciones, de personajes que no dudan en matar a sus supuestos socios si eso les beneficia. Pero esas traiciones siempre se habían mantenido, como decimos, entre aliados. Nunca entre miembros de una única familia. Este aspecto es sin duda uno de los más relevantes de la trama. La presencia del FBI y sus tácticas para acabar con el crimen organizado llevan a muchos personajes al límite de sus posibilidades. Más allá de la elegancia con la que la producción ofrece la imagen de villano de aquellos que supuestamente son los “buenos de la película”, lo que impacta es la resolución de dichas situaciones límites. Pocas veces se había visto en la serie un impacto tan claro en el entorno del protagonista de una trama secundaria como la que protagonizan los agentes de la ley. Sin desvelar demasiado, simplemente mencionaré que la resolución de esta línea argumental marca el inicio de la quinta temporada con esa imagen final del personaje de Steve Buscemi (28 días) en la estación.

Y me detengo en uno de los momentos más impactantes y, al mismo tiempo, más lógicos desde que empezó la serie. Aquellos que conozcan la trama sabrán que el personaje de Richard Harrow (interpretado magistralmente por Jack Huston), compañero en la guerra de James Darmody (Michael Pitt), se ha convertido con el paso de los años en uno de esos iconos de la pequeña pantalla. Silencioso, con el rostro desfigurado y la mirada fría e inexpresiva, su eficacia para matar y su lealtad y honor le convertían en un peligroso a la par que admirado personaje. El final de la anterior temporada le dejó como protagonista de un baño de sangre, acontecimiento que le deja marcado hasta el punto de sufrir un cambio radical en esta nueva entrega. Su incapacidad para matar, así como su deseo de iniciar una nueva vida, le otorgaban una mayor profundidad, pero al mismo tiempo eliminaban su esencia y, de paso, forzaban la necesidad de su desaparición de esta ecuación de asesinos y gánsters. Eso sí, se hace como merece un personaje de estas características. La serie no será lo mismo sin su presencia.

Claro que, por otro lado, lo que esta quinta temporada pierde en personajes lo gana en la recuperación de otros que parecían estar desaparecidos en etapas anteriores. Me refiero sobre todo a los personajes de Michael Shannon (El hombre de acero) y Stephen Graham (This is England), este último en la piel de Al Capone. Tras unas temporadas en las que parecían adquirir algo más de protagonismo, su perfil bajó hasta convertirse casi en una mera excusa para rellenar huecos en el desarrollo del resto de tramas. Afortunadamente para el conjunto de la producción, la ausencia de violencia y de desarrollo de la trama principal que antes mencionábamos dan más espacio a la recuperación de estos personajes, sobre todo del primero, que vuelve a mostrarse con la fuerza que hipnotizó en la ya lejana primera temporada.

No ha sido esta una temporada al uso. Es cierto que ha habido un villano, que las conspiraciones y los intentos de asesinato han poblado varios minutos de cada uno de los episodios, pero en líneas generales la sensación que queda es la de haber asistido a un movimiento de estructuras, más o menos como si el final de los anteriores 12 episodios hubieran activado un engranaje que colocara el tablero de juego en otra posición. El acierto de Boardwalk Empire, y lo que la define como la gran serie que es, reside en haber utilizado esto para avanzar en todos aquellos aspectos que había dejado momentáneamente abandonados, enriqueciendo el mundo creado y planteando un futuro prometedor.

‘Frozen: El reino del hielo’: modernidad para una calidez clásica


'Frozen: El reino del hielo' es la nueva cinta de Disney.Oficialmente Disney absorbió Pixar hace algún tiempo tras años de estrecha colaboración y éxitos rotundos. Desconozco cuáles serán los términos reales de dicha operación, pero desde un punto de vista puramente artístico y técnico es indudable que la primera se ha beneficiado, y de qué manera, del buen hacer de la segunda. La nueva historia en solitario de la compañía que ha aportado tanto durante décadas al género de animación es la última muestra de que algo ha cambiado… para bien. Frozen: El reino del hielo es, en todos los aspectos, de lo mejor en animación que se ha hecho de un tiempo a esta parte, con permiso de las producciones Pixar, claro está.

Desde el apartado visual, hermoso a la par que sutil en ese intento por dotar de vida propia a las múltiples texturas invernales que se muestran en el film (nieve, hielo, vapor, …), hasta el desarrollo de la trama, atípico para los cánones infantiles a los que solemos estar acostumbrados, la cinta dirigida por Chris Buck (Locos por el surf) y Jennifer Lee (que debuta en este rol) es un viaje sin descanso, divertido y al mismo tiempo didáctico para los más pequeños, aprovechando todos y cada uno de los elementos de la historia y explotándolos para obtener el máximo rendimiento a las dinámicas narrativas que se generan entre los personajes, entre los que destacan ese muñeco de nieve parlanchín que se convierte en lo mejor del conjunto.

A pesar de contar con la estructura musical marca de la casa, esta aventura animada carece sin embargo del resto de iconos predecibles que han poblado las historias de Disney durante todos estos años. La cinta se toma su tiempo para contar los orígenes de los personajes, desarrolla rápidamente el conflicto y ofrece una resolución diferente a lo que cabría esperar, más lógica y menos romántica. El resultado es un cuento diferente, con buenas dosis de humor y aventura cuyo punto débil es que no es una producción Pixar. Tampoco lo pretende, es cierto, pero en determinados momentos del film, sobre todo en los puntos álgidos de los conflictos emocionales, se echa en falta la garra y la sabiduría narrativa que sí se halla, por ejemplo, en la trilogía de ‘Toy Story’.

Evidentemente, este es un mal menor. Frozen: El reino del hielo es una aventura hermosa que hará disfrutar a pequeños y mayores. Posee el aroma de los clásicos de la productora (hay algunos números musicales que parecen sacados de La Bella y la Bestia), pero su interior es único y cálido, contrastando así con el frío que transmite su forma. Pocas cosas se pueden criticar a una propuesta tan completa, salvo tal vez una carencia emotiva en determinados fragmentos de la relación entre las hermanas. ¡Ah! Imprescindible el corto previo a la película, una combinación perfecta entre clasicismo y modernidad animada. Una especie de resumen de los que, en el fondo, es este relato invernal: un puente entre las estructuras clásicas y las innovaciones técnicas.

Nota: 7/10

‘La vida de Brian’, ironía y crítica modernas en una parodia bíblica


La crucifixión final de 'La vida de Brian', uno de los momentos más recordados del cine.La comedia está repleta de nombres inmortales que han convertido al género en lo que es. Dejando a un lado los protagonistas del cine mudo, directores como Billy Wilder (Con faldas y a lo loco), actores como Jerry Lewis (El profesor chiflado) o el grupo Monty Phyton se han erigido en iconos de un tipo de comedia muy concreto. Si el primero suele asociarse al enredo y la comedia de situación, el segundo es un referente en el humor más físico. Los terceros, sin embargo, hicieron del humor ácido y crítico su bandera. Hoy jueves, 21 de noviembre de 2013, el grupo anuncia su regreso tras décadas de inactividad (al menos en conjunto), una noticia que se espera con interés en algunos círculos. Por ese motivo, desde Toma Dos vamos a abordar algunas de las claves de su particular visión de la comedia en la que posiblemente sea su película más importante, La vida de Brian (1979).

Dirigido por Terry Jones (Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores), el film es una parodia del cine religioso y, en líneas generales, de la religión católica. El protagonista de la cinta, Brian, ha sido marcado desde que nació. Su sino es ser confundido con el mesías. No es de extrañar, pues nació el día de Navidad en un establo muy próximo al verdadero mesías. A medida que se va haciendo adulto los malentendidos se irán haciendo cada vez mayores y más importantes, hasta el punto de que su vida se convertirá en un pálido reflejo de la que tuvo Jesucristo. De esta breve sinopsis se desprenden algunos de los pilares narrativos presentes en todas sus obras, que se completan con una visión muy crítica de lo absurdo de la sociedad actual, por mucho que esté ambientado en el Imperio Romano.

Así, La vida de Brian parte de la idea que tenían Graham Chapman (El sentido de la vida), John Cleese (Un pez llamado Wanda), Terry Gilliam (Doce monos), Eric Idle (Casper), Michael Palin (Brazil) y el propio Jones de que el humor debía partir de la ironía que existía en las grandes historias a través de los detalles que las componen. No se trata de crear gags visuales; nadie tiene que estamparse contra una pared para provocar una risa. Basta simplemente con diálogos que reflejen el absurdo comportamiento del ser humano en determinadas situaciones. El hecho de que el film tome como excusa la historia bíblica de Jesús no es sino una excusa para criticar, siempre con el humor inglés que caracterizó al grupo, algunos de los aspectos del ser humano más ridículos.

Esa reducción al absurdo de problemas sociales como los ídolos de barro, los falsos profetas o las escisiones políticas para crear nuevos grupos que, en el fondo, solo se distinguen en detalles insignificantes, ofrecen una imagen global de una sociedad incongruente, individualista y al mismo tiempo necesitada de creer en algo más que en sí misma. De ahí que se idolatren individuos que llegan a donde están por circunstancias, por carambolas que, en otro contexto y situación, tal vez no llegarían a ningún sitio. Ejemplos en la película hay muchos: ese falso milagro con el hombre que llevaba décadas sin hablar, la adoración de una zapatilla o, en otro orden, esas extrañas organizaciones pseudopolíticas cristianas que nunca dejan de debatir sin llegar a conclusiones claras.

El humor cotidiano

Ese es, sin duda, el punto fuerte de este clásico de la comedia. La vida de Brian termina siendo el reflejo de una sociedad paródica, ridícula, que sitúa a un individuo como centro de todas sus esperanzas y, al mismo tiempo, de todos sus males. Y mientras tanto, problemas más reales (algunos de ellos mostrados en el film, aunque solo sea de forma testimonial), son relegados a un segundo plano. El resultado, al igual que ocurre en la Biblia, es la condena de un hombre inocente que, en el caso del film, tiene la mala suerte de atraer miradas que no desea, buscando únicamente cosas tan sencillas como integrarse en algún grupo o gustarle a una chica.

Pero el humor de los Monty Phyton no se limita únicamente a la crítica de estos valores o, mejor dicho, de estos comportamientos. Otra de las claves de su obra es la cotidianidad de sus situaciones cómicas, la rutina de muchos de sus giros narrativos y de sus gags visuales. Momentos como el anuncio de Pilatos ante una multitud que se congrega únicamente para reírse de él, o el que tiene lugar en los angostos pasillos de las prisiones para que los condenados sigan las instrucciones para una correcta crucifixión dan cuenta no solo de esa ironía que antes mencionábamos, sino de la imagen habitual de situaciones extraordinarias y trágicas. Lejos de considerarlo falta de sensibilidad, el grupo de cómicos se nutre de esto para ahondar aún más si cabe en el legado que el ser humano ha dejado a lo largo de su Historia, y que aún hoy sigue haciendo.

Gracias a esto, y al hecho de tomar como punto de partida las historias bíblicas, la película crea un panorama único en el que lo absurdo hace acto de presencia desde el primer momento, humanizando hasta situaciones casi grotescas situaciones como la lapidación, que es presentada como un espectáculo de masas prohibido a las mujeres (“porque está escrito”), pero al que acuden ellas casi en exclusiva disfrazadas con una barba. Por no hablar del final en la cruz, todo un resumen perfecto de la filosofía del humor de estos cómicos: la mejor forma de afrontar las peores situaciones es mirando el lado brillante de la vida. Dicho de otro modo, el humor es la mejor medicina para analizar, con una perspectiva amplia, los problemas que nos rodean.

Desde luego, La vida de Brian es un clásico, al igual que otros films de los Monty Python. Y lo es gracias a ese humor ácido del que hacen gala y que les permite no solo reírse de conceptos más o menos generales, sino bajarlos a un nivel más mundano para criticarlos. En este proceso son imprescindibles los detalles, pero no son lo que otorga fuerza a su humor. Es, por el contrario, el carácter mundano de las situaciones que presentan lo que genera el gag, lo que provoca el choque visual y conceptual que da lugar a la carcajada. Que una lapidación se considere casi como una oportunidad de fiesta, o que un encargado de prisiones despache a los condenados a crucifixión como si estuviera sellando impresos dan una idea de esta conversión en cotidiano lo extraordinario. Eso es en el fondo el humor de este grupo de cómicos que, como decía al inicio, anuncian hoy su regreso.

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