1ª T. de ‘El cuento de la criada’, una colorida distopía gris


Ha sido sin lugar a dudas una de las series de este año 2017. Y méritos no le faltan. The Handmaid’s Tale, o El cuento de la criada en español, la adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Margaret Atwood, es un interesante trabajo visual, interpretativo y conceptual, de obligado visionado tanto para estudiantes del lenguaje audiovisual como para aquellos que quieran entender, aunque sea mínimamente, cuáles pueden ser los sentimientos de la mujer en una sociedad dominada por los hombres. Y aunque es evidente que esta distopía no deja de reflejar una situación llevada al extremo, este tipo de historias siempre suelen reflejar aspectos de la sociedad actual, lo que añade un elementos realmente inquietante a la trama de esta primera temporada de 10 episodios creada por Bruce Miller (serie Los 100).

Una trama que comienza cuando una mujer es capturada para convertirse en criada de un matrimonio. Lo que comienza siendo un acto atroz pronto se desvela simplemente como el comienzo de algo más brutal. Y es que en un futuro la Humanidad se ha vuelto estéril, y solo un grupo de mujeres son fértiles. En este contexto, la sociedad norteamericana ha sido tomada, en su mayoría, por una autocracia religiosa que somete a las mujeres a diferentes tareas; la de las criadas contempla, entre otras cosas, la de tener hijos para los líderes de la comunidad, que una vez al mes las violan bajo la excusa de realizar un rito contenido en las escrituras. La serie se centra en la historia de una de estas criadas.

Si el argumento de The Handmaid’s Tale ya es de por sí sumamente interesante, lo más llamativo, y al mismo tiempo más sutil, es el tratamiento visual de esta sociedad. Basado en un código de colores, el lenguaje visual utilizado explota al máximo las posibilidades expresivas de dicho código. Planos cenitales que muestran cómo el rojo de las criadas se mueve en bloque; movimientos de cámara que combinan rojo, verde, gris y negro de un modo casi armónico; y así sucesivamente. Sin embargo, lo más llamativo es que toda esta gama cromática se muestra ante el espectador de un modo apagado, sin el brillo que cabría esperar y siempre con una tonalidad gris en el ambiente, cuando no directamente oscura. Este contraste de colores vivos con la frialdad y la tristeza que transmiten los tonos grises viene a reflejar, en última instancia, el contraste interno de una sociedad presuntamente ordenada en la que las mujeres son sometidas, en la que la apariencia de felicidad y tranquilidad esconde una verdad mucho más atroz. En definitiva, el contraste que esconde una distopía.

La combinación de la apuesta visual con el contenido dramático de esta primera temporada conforma un todo extraordinario. Y es que más allá de la fuerza narrativa, el trasfondo de la serie es sin duda uno de los elementos más perturbadores de la pequeña pantalla. No me refiero tanto al diseño de la sociedad en sí; ni siquiera a la influencia religiosa o a determinados momentos de la trama, como aquellos en los que se planean los atentados terroristas que dieron lugar a esa nueva sociedad. No, lo perturbador es cómo todo ello no deja de ser una excusa para someter a las mujeres, para violarlas y utilizarlas como complace a los hombres, algunas para tener hijos, otras para ser sus cocineras, sus siervas o sus esclavas. Escenarios como el burdel al que solo tienen acceso los hombres y, sobre todo, el modo en que se va descomponiendo la careta de perfección de muchos personajes son sin duda los mayores hallazgos del relato.

Actrices y actores ante todo

Claro que todo ello no sería lo mismo sin un reparto en estado de gracia. Sobre todo de unos secundarios que sostienen, en buena medida, todo el contexto político, social y religioso que convierte a The Handmaid’s Tale en lo que es. Curiosamente, tanto Elisabeth Moss (serie Mad Men) como Joseph Fiennes (Hércules) resultan los menos atractivos del conjunto, al menos analizados de forma separada. Ella se convierte en el vehículo narrativo para exponer el mundo en el que vive, mientras que él representa, con todos sus matices, los contrastes de esa sociedad distópica, que se muestra de un modo pero que, de puertas adentro, es de otro totalmente diferente. Sin embargo, los momentos que ambos comparten juntos se convierten en los más reveladores del relato, evidenciando que ambos roles se necesitan el uno al otro no solo para crecer dramáticamente, sino para establecer la dinámica que necesita la serie.

Asimismo, es importante señalar el uso de la narrativa paralela que se establece con la voz en off del personaje de Moss. A través de esta especie de proyección de sus pensamientos sobre los acontecimientos que vive el espectador se adentra no solo en su personalidad, sino en el corazón de una sociedad corrupta, lo que ayuda a comprender mejor la dinámica de clases y la hipocresía de los líderes.

Mencionaba antes a los secundarios. En verdad, todos ellos son capaces de componer, por un lado, un mosaico clasista bajo un código de colores que enriquece la ya de por sí interesante historia del personaje de Moss. Pero es que, además, cada uno de forma individual define maravillosamente el estamento al que pertenece y los contrastes que en él se producen a medida que avanza la trama. Desde Yvonne Strahovski (serie Dexter) hasta Max Minghella (Ágora), todos los personajes son un reflejo de los debates morales y éticos que provoca la doble vara de medir de una sociedad creada solo para el dominio del hombre sobre la mujer. En este sentido, resulta especialmente destacable la labor de Madeline Brewer (serie Orange is the new black), cuyo rol como criada llevado a sus últimas consecuencias se puede considerar el detonante de un futuro apasionante para esta serie. La evolución de este rol es cuanto menos aplaudible, y desde luego es un modelo en el que fijarse para crear y hacer evolucionar un personaje.

No cabe duda de que The Handmaid’s Tale es una de las series del año, y si se mantiene el tono dramático y visual de esta primera temporada, terminará siendo una de las producciones más complejas e interesantes de los últimos años. Todo indica que así va a ser, pues el final de estos primeros 10 capítulos deja abiertas las líneas argumentales necesarias para desarrollar lo que cabe esperar de una historia como esta, es decir, profundizar más en las miserias y corruptelas de un sistema social y político aparentemente perfecto, y desarrollar la rebelión de estas criadas que una vez al mes son violadas para intentar dejarlas embarazadas. Una serie con muchas capas, a cada cual más compleja, que crean una historia capaz de atrapar al espectador en un mundo tan increíble como plausible.

‘El desconocido’: la intensidad de un thriller bien hecho


Luis Tosar se enfrenta a 'El desconocido' para salvar la vida de sus hijosAlgunos le acusarán de ser una copia de muchos thrillers norteamericanos. Sin embargo, el debut en el largometraje de Dani de la Torre es un film sólido, sin apenas fisuras y con un ritmo intenso. Más allá de sus puntos en común con éxitos de Hollywood, este thriller con un espléndido Luis Tosar (Mientras duermes) es un ejercicio cinematográfico a tener en cuenta.

Desde luego, los amantes del género encontrarán en El desconocido un recorrido por todos los lugares comunes, desde la amenaza de muerte inicial hasta el conflicto con la policía por considerar al inocente héroe como la mayor amenaza, y pasando por los encuentros entre víctima y extorsionador que dan lugar a algunos de los momentos más reivindicativos de la cinta (aquellos en los que se denuncia la actitud de bancos y cajas con el tema de la venta de productos tóxicos). Pero en medio de todo ello, destaca la realización de De la Torre, quien maneja la cámara con soltura y efectividad, y que provoca algunos instantes simplemente brillantes, como el plano secuencia de la llegada al escenario del personaje de Elvira Mínguez (Cobardes).

Posiblemente el único ‘pero’ que se le pueda poner a la película es la concesión que realiza la trama para poder presentar juntos al héroe y al villano, sustentado en una argumentación un tanto débil pero efectiva. Sin embargo, termina siendo un mal menor, incluso una anécdota en una historia que se desarrolla de forma coherente, que logra crecer poco a poco añadiendo situaciones de crisis nuevas a un contexto ya de por sí tenso. Ese proceso es lo realmente hipnótico del film, que impide al espectador despegar la mirada de la pantalla y le obliga a participar de la angustia y frustración de un padre desesperado.

Decir que El desconocido tiene similitudes con películas de Hollywood es decir muy poco. Hay otras cintas españolas que también beben de esos referentes y no logran ni una quinta parte de la tensión y el ritmo que imprime Dani de la Torre a su ópera prima. Es en ese detalle donde se haya el verdadero éxito de este thriller: en componer una historia cuyo ritmo no decae en ningún momento, que es capaz de sustituir la acción por la intriga, el drama por la denuncia social. Esta combinación de elementos (en algún momento algo forzada) da lugar a un suspense notable.

Nota: 7/10

‘El maestro del agua’: el azúcar del café


Olga Kurylenko y Russell Crowe en un instante de 'El maestro del agua'.Las óperas primas de los directores suelen tener un punto en común. La mayoría de ellas son meros vehículos para demostrar la calidad del discurso narrativo que tienen con la cámara. Y eso es básicamente lo que puede encontrarse en la primera obra de Russell Crowe (Una mente maravillosa) tras las cámaras; eso sí, enriquecido con la experiencia como actor y con un trasfondo humano muy interesante.

A grandes rasgos, El maestro del agua ofrece poco desde el punto de vista de la narración. Sin demasiados giros argumentales, la búsqueda de este granjero australiano que viaja a Turquía para buscar a sus hijos muertos en la batalla de Galípoli (o de los Dardanelos) durante la I Guerra Mundial es una sucesión de secuencias, de diálogos sobre la pérdida, la esperanza y el amor. Visto así, el film puede entenderse como un tedioso ejercicio en el que lo único que se salvan son sus actores y la labor de Crowe como director, quien demuestra una caligrafía visual pulcra y con cierta fuerza en los momentos más dramáticos (aunque no tanta como cabría esperar).

Sin embargo, aquellos que quieran buscar algo más profundo, como de hecho hace el protagonista al inicio del relato, se encontrarán con una serie de ideas notables, algunas realmente reflexivas que dotan al relato, y por extensión al conflicto bélico que narra, de un significado matizado. El hecho de que, por ejemplo, el único que ayuda al protagonista sea su máximo enemigo da una idea de los lazos que unen a los hombres y que les lleva a enfrentarse en un conflicto bélico. Igualmente, los contrastes culturales entre occidente y oriente, y los efectos que una guerra tiene en todos los bandos, son otros temas que hacen al relato más sólido de lo que se aprecia a simple vista.

De este modo, El maestro del agua se convierte en un film que esconde bajo su superficie más de lo que aparenta. Visualmente tradicional, con un ritmo constante pero sin giros argumentales destacables, las ideas que lanza invitan al espectador a reflexionar sobre numerosos temas que van desde el choque de culturas hasta las relaciones humanas. Es, por hacer un símil con la propia película, como el café que se utiliza para tomar todas las decisiones. Puede parecer amargo, pero todo depende de la cantidad de azúcar que se le eche.

nota: 6,5/10

‘Hijos de la Anarquía’, la combinación perfecta entre Shakespeare y ‘Los Soprano’


El pasado 20 de febrero el canal español Energy comenzó a emitir una de las mejores series que se han producido en los últimos años. Creada por Kurt Sutter, guionista y productor de The Shield, lleva por título Hijos de la Anarquía, y centra su trama en los conflictos internos y externos de un grupo de moteros norteamericano. Desde su estreno en 2008 se ha repetido una y otra vez que es la heredera natural de Los Soprano, pero hay algo más, un componente que recuerda más a Shakespeare que a Tony Soprano.

Protagonizada por caras conocidas del cine y la televisión como Charlie Hunnam (Queer as Folk), Katey Sagal (Matrimonio con hijos), Ron Perlman (Hellboy) o Kim Coates (Prison Break), la cinta combina con excelente precisión el violento mundo en el que se mueve la banda y los intentos de la misma por evitar los daños que la misma llega a producir. Todo con la sombra de un pasado que el joven heredero del clan desconoce y que los espectadores descubren capítulo a capítulo.

Es precisamente en este elemento donde se encuentra el aspecto más shakesperiano. El padre del joven destinado a convertirse en líder de la banda murió en circunstancias que no parecen muy claras, mientras que el hombre que ahora ejerce de padre era su mejor amigo. Además, la madre es ahora esposa de éste. Cambiando algún que otro parentesco, el triángulo familiar es una clara referencia a Hamlet. Incluso el fantasma paterno está presente en forma de diario que Jax Teller, el joven interpretado por Hunnam, lee de forma asidua.

La serie atrae desde el primer momento gracias a una combinación explosiva del mundo del motor y la violencia de esta especie de grupo mafioso con el drama familiar que viven los personajes, a cada cual más rocambolesco o violento. Todo ello en un pueblo que controlan con mano firme a pesar de los continuos ataques desde fuera y desde dentro.

Pero no todo es tan sencillo. La mayor fascinación posiblemente la genere la intrusión del drama en el sólido bloque que constituye el grupo de moteros (por cierto, las secuencias por carretera son espectaculares). Y es que, a medida que la trama avanza por sus, hasta ahora, cuatro temporadas, las sospechas sobre la muerte del padre de Jax, las decisiones del líder y las dudas del joven sobre el sentido de la banda hacen mella poco a poco en un grupo que tiende a dividirse en dos bandos, provocando disputas y posiciones encontradas.

La muerte tenía un precio

Si hay algo que se puede sacar en claro de Hijos de la Anarquía es que la violencia y la muerte acarrean una reacción en contra de igual o superior magnitud. Ésa es una de las cosas que se viven casi desde el primer capítulo, y que el protagonista vive en sus carnes y en las de sus amigos más cercanos.

Una mundo que, como decimos, acecha a los protagonistas en todo momento. En otro tipo de circunstancias, este final sería lógico, pero los problemas de cada miembro llegan a ser tan cotidianos que la identificación con estos fuera de la ley es inevitable. Si a esto se suman unos agentes de la ley y federales con más caras ocultas que los propios “hijos”, lo que se obtiene es una esperanza de que los problemas terminen por solucionarse haciendo pagar a los verdaderos culpables (es decir, los agentes).

Personajes muy humanos

Uno de los elementos más atractivos de la serie de Sutter es, sin lugar a dudas, sus personajes. No sólo los miembros del club, sino todo el mundo que rodea a su taller. Así, mientras la mayoría de los “hijos” se vuelven más y más humanos, mostrando una bondad y una moral fácilmente comprensible (a su estilo, claro), los demás realizan el camino contrario. Así le ocurre, por ejemplo, a Tara Knowles, interpretada por Maggie Stiff (Mad Men). Su magnífica interpretación queda patente observando el arco dramático de su personaje a lo largo de las temporadas, pasando de una doctora enamorada del protagonista que evita involucrarse en los turbios asuntos de la banda, a una mujer que acepta su destino como pareja y futura heredera del puesto de la madre, utilizando la violencia siempre que es necesario.

La serie puede que no sea uno de esos productos multipremiados y multinominados año tras año a todos los premios habidos y por haber, y si hay que ser sinceros es una auténtica injusticia. Cierto es que no aborda el mundo de la medicina, ni el de la abogacía, ni siquiera es de época. Pero Hijos de la Anarquía posee los elementos básicos de una gran serie: una trama perfectamente estructurada y unos personajes poliédricos hasta límites insospechados. Si a eso se añade un mundo tan poco conocido como el de los clubs de motos, el componente mafioso y el drama familiar, sólo queda rendirse ante una producción que obliga, noche tras noche, a seguir las aventuras y desventuras del club de la calavera y el fusil.

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