‘Drácula de Bram Stoker’, tradición visual para un clásico moderno


Gary Oldman es el 'Drácula de Bram Stoker' en la película de Francis Ford Coppola.El reciente estreno de Drácula: La leyenda jamás contada es una pieza más en este fenómeno revisionista del vampiro. Sin embargo, en el caso de este film la revisión es del personaje escrito por Bram Stoker, punto de partida de todo un fenómeno posterior que ya dura más de un siglo. Y más concretamente, del hombre antes del monstruo, algo que pocas películas sobre el conde han abordado. Una de esas pocas películas, posiblemente la más fiel a la novela epistolar del escritor irlandés, es la que realizó en 1993 Francis Ford Coppola (El padrino), cuyo respetuoso título ya indica en cierto modo dicha fidelidad. Y aunque han pasado poco más de 20 años, Drácula de Bram Stoker puede ser considerada como un clásico tanto en su apuesta visual como en la carga dramática del protagonista, algo que muchas veces se desestima para potenciar el lado violento y sangriento del mismo.

Porque si algo caracteriza al film es que las técnicas utilizadas para dar vida al mundo sobrenatural en el que vive el vampiro son, por decirlo de algún modo, tradicionales. En este sentido son reveladores algunos pasajes de los contenidos extras que diversas ediciones en DVD y Blu-ray contienen. Momentos del film como los ojos de Drácula observando sobreimpresionados un tren de pasajeros, las diversas secuencias de acción a caballo o las escenas de batalla iniciales son buenos ejemplos. Todo ello, independientemente de que sea más o menos acertado, imprime al film un carácter único, acorde con la historia que narra y la época en la que se enmarca, en la que el cine era considerado casi como una atracción de feria más. Pero además, genera cierta nostalgia y una capacidad física que no tienen los actuales films de vampiros. Dicho de otro modo, este recurso a las técnicas más tradicionales, que evidentemente utilizan mecanismos reales, hace que los personajes puedan interactuar con algo auténtico, algo que indefectiblemente se traslada al conjunto.

Aunque si algo distingue a Drácula de Bram Stoker del resto de versiones del personaje es la facilidad que tiene Coppola para fundir en la historia drama y sangre, romance y violencia. Algo que, por otro lado, sabe trasladar James V. Hart (Contact), guionista del film, desde la novela. En efecto, desde el primer instante el carácter trágico del protagonista queda patente, lo que le convierte más en una figura de la que sentir lástima que en una criatura salvaje y violenta a la que temer. El hecho de que todo gire alrededor del amor perdido y de un sentimiento que es más fuerte que la muerte hace que el resto de conceptos, todos ellos de vital importancia para conformar el carácter final de cada uno de los roles, se conviertan en meros aderezos. Así, Drácula no es una criatura fuerte cuyo que se mueva por un afán individualista, sino que queda retratado como un ser condenado a buscar el amor por toda la eternidad y a alimentarse de otro ser humano para subsistir.

Y es en esos primeros minutos donde, además, la película conecta directamente con la historia real de Vlad Tepes, el “empalador”, algo en lo que en principio se inspira la última de las versiones del famoso vampiro. La verdad es que el film de Coppola ha dejado en el imaginario colectivo un sinfín de referencias y referentes culturales, desde el aspecto de Drácula cuando es anciano, hasta la amiga de la protagonista convertida en vampiresa con un vestido blanco impoluto. Pero entre todas ellas una de las más señaladas es su forma de narrar las luchas del conde contra los otomanos y la ya famosa armadura roja que alude directamente a un cuerpo humano sin piel. El carácter dramático de estas primeras secuencias, con el suicidio de su amada, su rechazo a la religión y la cruz pétrea sangrando por la herida de una espada, predispone al espectador a una historia diferente, pero también ofrece un trasfondo emotivo que marca por completo el devenir del desarrollo dramático posterior.

Actores, sangre y tradición

Por supuesto, buena parte del éxito de Drácula de Bram Stoker reside en el reparto, quizá no el mejor en lo que a calidad interpretativa se refiere pero sin duda el más adecuado para los personajes. Ni qué decir tiene que en esa categoría de “calidad interpretativa” quedan excluidos tanto Gary Oldman (El topo) como Anthony Hopkins (Hitchcock), pues ambos convierten a sus personajes, Drácula y Van Helsing respectivamente, en roles atemporales, incapaces de clasificar y, hasta la fecha, posiblemente los mejores que se han visto en una pantalla (aunque sobre esto, como no podría ser de otro modo, habrá discrepancias). El primero dota a su vampiro de un trasfondo trágico perfecto y único, convirtiendo al personaje en un ser atormentado cuya búsqueda del amor choca frontalmente con su naturaleza violenta y condenada a causar daño en el ser humano. El segundo quita gravedad al supuesto archienemigo para convertirle en un rol inteligente, conocedor de su propia inteligencia y, en consecuencia, divertido e irónico.

No quiere decir esto que el resto de intérpretes no logren una labor notable, pero lo cierto es que ninguno de ellos logra alcanzar la presencia de los dos anteriores, que se debaten en duelo para dilucidar quién es capaz de captar mayor atención de la cámara. Tanto Keanu Reeves (Matrix) como Winona Ryder (El protector), cuyos personajes deberían de tener algo más de peso narrativo, se convierten en meros engranajes para hacer avanzar la acción, sin alcanzar a tener una personalidad propia capaz de sobreponerse a la naturaleza que les otorga la historia. No hablemos ya de los secundarios, auténticos testigos de todo lo que ocurre sin mayor relevancia que la de participar en la batalla final para, en cierto modo, equilibrar fuerzas con un ser sobrenatural.

Pero como decía al antes, su presencia es la más adecuada para los personajes, pues ofrecen ese aspecto tradicional y clásico que mencionaba al principio. Clasicismo que incluso podría encontrarse en las secuencias más violentas y sangrientas de la historia, que también existen. Al fin y al cabo, es un vampiro, y el componente sangriento es inseparable. Más que clasicismo, habría que hablar de homenajes. Coppola aprovecha una puesta en escena clásica para introducir referencias, algunas más veladas que otras, a grandes clásicos del género de terror. Quien haya visto El resplandor (1980) encontrará cierto parecido entre este film y la sangre entrando a chorro en la película sobre el conde Drácula. Quien haya visto Nosferatu (1922) podrá recordar la llegada en barco o el uso de las sombras por parte del director de Apocalypse Now (1979), sobre todo en el castillo del conde.

Todo ello, más que convertir a Drácula de Bram Stoker en un compendio referencial, otorga al film una entidad propia y única, capaz de sobreponerse a versiones anteriores y de ser una referencia para versiones sucesivas. Francis Ford Coppola, en su intento por homenajear la novela, convierte su película en una cinta personal que, al igual que su base literaria, combina inteligentemente el romance y el drama, salpicándolo de violencia y cierto aire malsano cuando la ocasión lo requiere. La apuesta del director por técnicas tradicionales en lugar de las, en aquel momento, incipientes herramientas digitales, otorga a la obra una naturaleza distinta que se integra en la historia como si de una pieza más del puzzle se tratara, evitando distracciones innecesarias y generando una mayor credibilidad a lo que se ve en pantalla. Un clásico moderno, por tanto, concebido de este modo en todos y cada uno de sus elementos.

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‘Crepúsculo’, el inicio del amor adolescente y el final del vampiro


Kristen Stewart y Robert Pattinson en 'Crepúsculo'.El personaje del vampiro es y ha sido siempre un icono del romanticismo, desde que Bram Stoker escribiera Drácula. Por supuesto, a lo largo de las décadas ha evolucionado, eliminando algunos estereotipos y perdiendo, en determinadas ocasiones, ese carácter romántico y maldito. Pero de todas las aproximaciones a este icono de la cultura puede que la más extraña sea la de Stephenie Meyer, autora de la saga Crepúsculo en cuyo primer volumen se basa, precisamente, Crepúsculo (2008). Si por algo será recordada la película es por iniciar una moda de cine juvenil que ofrece no solo unos estereotipos algo anticuados sobre las relaciones amorosas y sexuales, sino por destruir por completo la imagen de las criaturas fantásticas que han poblado la imaginación del ser humano desde joven.

En el caso de esta película, los vampiros dejan de ser esas criaturas temibles y a la vez fascinantes para convertirse en una especie de familia que evita por todos los medios destacar sobre el resto. Hasta que la protagonista se fija y se obsesiona con uno de ellos. Es entonces cuando el espectador/lector descubre que, si bien es cierto que se alimentan de sangre, no poseen colmillos, y tienen una fuerza y una velocidad sobrehumanas, amén de una piel que brilla como el diamante cuando se expone al sol (de ahí que lo eviten, si es que tiene eso algún sentido). El film, en sí mismo, no deja de ser una historia de amor imposible en la que las diferencias quedan apartadas por un sentimiento que finalmente rompe todas las barreras posibles.

Similar en el fondo a lo que ocurre en Hermosas criaturas, esta primera entrega dirigida con excesiva parsimonia por Catherine Hardwicke (Los amos de Dogtown) peca de numerosos errores en guión, dirección y, sobre todo, reparto. Si bien la historia en general es aceptable, pues toma no pocos elementos de otras tramas anteriores, el hecho de que el concepto que prime por encima de todo sea el amor incondicional termina por desmembrar cualquier atisbo de coherencia. A lo largo del relato no existen verdaderos conflictos más allá de las amenazas externas que parecen perseguir a la protagonista. En ningún momento existen dudas personales o verdaderos cambios de orientación en la línea argumental, creando un relato plano, por momentos aburrido en su reiteración de los problemas amorosos de dos jóvenes.

Pero a esto se suma, por desgracia, la débil visión de la directora, cuya puesta en imágenes, con un montaje excesivamente encorsetado y una estética visual tan gris como su planificación, pone el foco en los fallos y oculta los pocos aciertos que tiene el film. Claro que el principal problema es que esos fallos residen en la elección del elenco principal, Kristen Stewart (Jumper) y Robert Pattinson (Little ashes). La primera todavía tiene que demostrar al gran público, y no solo a los fans, que es actriz, pues su inexpresividad alcanza cotas pocas veces vistas en una pantalla de cine; el segundo, simplemente, resulta sobreactuado en su papel de galán atormentado, algo sin duda provocado por la falta de trabajo por parte de Hardwicke.

Un mensaje ultraconservador

Aunque lo más llamativo del film es el subtexto que emana de todos y cada uno de los diálogos. No es ningún misterio que Meyer, autora de todo este mundo, es mormona, lo que se traduce en un conservadurismo y puritanismo extremo. Trasladado al mundo vampírico de Crepúsculo obtenemos a unos seres irracionales cuya sed de sangre ante un ser humano que les atrae pocas o ninguna vez puede ser controlada… salvo si hay amor de por medio. Son, por así decirlo, unos seres atractivos por su belleza pero que esconden una bestia en su interior capaz de acabar con la vida. Y qué curioso que sea el protagonista masculino el que cargue sobre sus espaldas con este rol.

Por contra, la joven protagonista se muestra sumisa y, lo más preocupante, deseosa de adentrarse en ese mundo tan intrigante como peligroso. Es él el que lleva la batuta en la relación, marcando los tiempos de todos los aspectos, incluso de la relación sexual, reservada hasta después del matrimonio por miedo a no poder controlar su propia fuerza. Unos conceptos, en fin, que sitúan a la mujer varios años por detrás del hombre y desdibujan a una criatura como el vampiro que queda relegada, en esta ocasión, a mero espejo de lo que se considera al hombre y el peligro que representa para la mujer.

Crepúsculo posee demasiados elementos en su contra como para ser considerada una buena película. Esto no implica, por supuesto, que no atraiga a una legión de seguidores. Sin embargo, el trabajo técnico y artístico es flojo, principalmente por una falta de liderazgo lo suficientemente sólido como para saber que una novela no puede ser llevada de forma literal a una pantalla de cine. Al menos, la mayor parte de las veces. El texto audiovisual es muy diferente al literario, y mientras que en una novela se hacen determinadas concesiones, una película no puede dar vueltas siempre sobre un mismo concepto sin avanzar a través de la resolución de verdaderos conflictos.

Bela Lugosi, el ‘Drácula’ más hipnótico del cine que llegó del teatro


La década de los años 30 del siglo XX fue, para el cine hollywoodiense, la década de los monstruos. La Universal desarrolló una serie de proyectos que abordaban criaturas como Frankenstein, el Hombre-lobo, el hombre invisible, el Fantasma de la Ópera o la Momia. Todos ellos crearon, en mayor o menor medida, una mitología propia que iba más allá de los relatos literarios o populares en los que se basaban. El caso de Drácula no fue distinto. En 1931 se estrenaba una versión dirigida por Tod Browning (La parada de los monstruos) que, si bien seguía las líneas de la novela de Bram Stoker, encontró su mayor acierto en el actor protagonista: Bela Lugosi.

Pocos actores han estado tan unidos a un personaje como Lugosi. Es conocida la locura que marcó el final de su vida, creyéndose un auténtico vampiro y exigiendo ser enterrado con el atuendo que lució en sus numerosas interpretaciones, algo que fue abordado en Ed Wood (1994) de Tim Burton. Sin duda, buena parte de esa locura fue cultivada durante su carrera como actor, pues más allá del chupasangre más famoso de la historia, apenas realizó personajes relevantes. De hecho, logró el papel para la película de Browning a raíz de una obra de teatro en la que ofrecía una particular visión del personaje, lo que gustó a los responsables de la productora.

Puede que fuera por compartir origen con el vampiro (ambos eran de Rumanía) o por una presencia física inusual hasta entonces, pero Bela Lugosi compuso una Drácula único, atractivo a la par que hipnótico, capaz de generar inquietud con una presencia parsimoniosa y gentil que ocultaba la maldad que sí presentaban sus ojos, y con una elegancia única. Ojos, por cierto, explotados visualmente gracias a fragmentos de luz que solo iluminaban esa parte de su cara. El film de Browning, a pesar de seguir la novela con relativa fidelidad, carece del ritmo o la emoción que, por ejemplo, sí logro Francis Ford Coppola con su aproximación al personaje.

Eso sí, la ambientación gótica, de clara influencia expresionista en muchos momentos (algunos elementos recuerdan al Nosferatu de F. W. Murnau), sumado a la intrigante interpretación de Lugosi, convierten al film en un referente tanto visual como estético que ha calado con fuerza en el imaginario colectivo, identificando rápidamente al personaje con solo observar su indumentaria o sus movimientos.

Manos de pianista

Con todo, uno de los elementos más llamativos de la película, y al que se homenajea en las Sombras tenebrosas de Tim Burton, es el movimiento de manos que realiza Lugosi. Aportación personal del actor y elemento teatral más que cinematográfico, el Drácula de 1931 refuerza su presencia enigmática, cautivadora y siniestra gracias al poder que ejerce sobre los humanos, capaz de controlarlos con su mirada. Es evidente que dicho fenómeno, en el teatro, no puede ser apreciado por la platea, por lo que el intérprete ideó un movimiento de manos sencillo, suave y casi sensual.

Movimiento que resumía físicamente el carácter del vampiro, un ser atractivo por su naturaleza, misterioso por su origen y trágico por su desarrollo. Movimiento que solo él era capaz de realizar con solvencia y sin que resultara ridículo frente a una pantalla. Con unos dedos alargados y unas manos que parecían de pianista, Lugosi hipnotizó a las audiencias de medio mundo con su movimiento de muñeca. Pero eso solo era la punta del iceberg de un personaje entre las sombras físicas y psicológicas, un ser que, en esta versión, pierde el carácter trágico y atormentado de la novela para convertirse en la primera y más importante criatura de la noche que ha dado el cine.

Tod Browning, director especializado en el fantástico y en el terror, crea una película que, en la actualidad, puede parecer irregular, pero que en su momento fue todo un producto con el sello Universal. Oscura, elegante y misteriosa, Drácula se revela como el primer gran intento en sonoro de incorporar el mito al cine. Y pasa la prueba con nota. Tal vez tenga una influencia teatral excesiva, determinada sobre todo por la forma de actuar de Lugosi, pero en eso consiste el atractivo de la cinta. Cabe pensar que, sin él, el vampiro moderno no habría tenido el desarrollo que ha tenido. Cabe pensar que, sin él, este Drácula de 1931 habría sido menos… Drácula.

El mito de ‘Nosferatu’, el primer vampiro, celebra su 90 aniversario


Desde que en 1897 Bram Stoker publicara su novela Drácula, diferentes directores y actores han abordado la figura del vampiro, algunas veces siguiendo ese esquema de personaje trágico, maldito y aterrador, otras en clave cómica, y muchas otras incidiendo en el aspecto del horror. Este año llega a las pantallas la conclusión de una de las sagas más famosas sobre el mundo de los vampiros de los últimos tiempos. Hablamos, claro está, de Crepúsculo, de la que ha aparecido ya el primer avance de la última entrega. Casualidad o destino, 2012 es también el 90 aniversario del primer vampiro de la historia del cine, que llegó desde Alemania en una adaptación no oficial del libro epístolar de Stoker de la mano de F. W. Murnau y bajo el título de Nosferatu el vampiro.

Enmarcado dentro del movimiento expresionista alemán, del que Murnau fue, junto a Fritz Lang, uno de sus máximos exponentes, Nosferatu supuso toda una revolución en su momento, e incluso hoy día su influencia se deja ver en muchos films “serios” sobre este tema. Gracias a técnicas innovadoras, Murnau otorgó al conjunto un aire fantasmagórico, tétrico e inhumano cuya máxima expresión fue su vampiro protagonista interpretado por Max Schreck, un actor que apenas había trabajado antes de esta película. Tal vez fuera por eso, y por el impactante y convincente maquillaje con el que siempre se presentaba en el rodaje, que muchos miembros extendieron la leyenda de que era un vampiro real. Su palidez, su vestuario siempre negro y de otra época, y unos rasgos físicos muy característicos (orejas puntiagudas, garras en lugar de manos y unos ojos casi blancos en unas cuencas negras) convirtieron a este personaje en un mito del cine.

Pero la película no se convirtió en un referente del expresionismo solo por su actor. Aunque fundamental, es simplemente una pieza más. Antes mencionábamos el uso de las técnicas. Es conocido que este movimiento cinematográfico que surgió en los años 20 del siglo pasado perfeccionó el uso de sombras y trucajes visuales. Uno de los más llamativos fue, precisamente, el que Murnau utilizó para mostrar el mundo casi irreal en el que se encuentra el castillo del vampiro: en lugar de positivar la película, mantuvo el negativo, por lo que los colores en blanco y negro cambiaron, otorgando al bosque y el carruaje que aparecen un aspecto ciertamente fantasmagórico. Famoso es también el plano de la sombra moviéndose por la pared y alargando sus ya de por sí largas garras hacia el cuerpo de la protagonista, algo muy utilizado en posteriores versiones.

Un film maldito

La verdad es que es un milagro que podamos disfrutar actualmente de Nosferatu. Cuando se planteó su realización, el estudio trató por todos los medios de hacerse con los derechos de la novela, sin conseguirlo. Tras su estreno, la viuda de Bram Stoker demandó a sus responsables, y la sentencia obligó a quemar todas las copias. Sin embargo, un reducido grupo logró salvarse de la quema. Esto, unido al mito del actor protagonista y a los acontecimientos que rodearon a la muerte años más tarde del director hacen de este film un fragmento de la historia del cine a estudiar más allá de sus cualidades artísticas o técnicas.

De hecho, su influencia ha sido tal que dos conocidas películas la abordan desde diferentes puntos de vista. Por un lado, el remake realizado en 1979 titulado Nosferatu, vampiro de la noche y dirigido por Werner Herzog (Teniente corrupto) y protagonizo por Klaus Kinski (EL caballero del dragón), Isabelle Adjani (Mammuth) y Bruno Ganz (Sin identidad), y que, esta vez sí, cuenta con los personajes originales de la novela.

Por otro, el mito sobre la verdadera naturaleza del actor Max Schreck fue el centro de la trama de La sombra del vampiro, estrenada en el año 2000 y con Willem Dafoe como Schreck/Nosferatu y John Malkovick como Murnau. Como narra la película, el director alemán contrata a un verdadero vampiro para su película, pero el pacto se le empieza a ir de las manos. En uno de sus guiños más entrañables, el final de esta película es el rodaje de la última escena del original de 1922.

Nosferatu fue, es y será uno de los films más influyentes en el género del terror, y uno de los más innovadores de su época. Mucho ha quedado de su concepto visual y narrativo sobre el mundo de los vampiros, la oscuridad y el terror en las incursiones posteriores. Murnau demostró su genio componiendo una sinfonía (de hecho, su título original es Nosferatu, una sinfonía del horror) que ha madurado hasta convertirse en clásico, al igual que el resto de películas del malogrado director alemán.

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