‘La forma del agua’: el cuento de la princesa sin voz


Dice Guillermo del Toro (El laberinto del fauno) que su última película es en realidad la primera que él considera como completamente suya. Esta afirmación, viniendo de quien viene, tiene una doble lectura que puede inducir a engaño. En efecto, la trama es puramente ‘Del Toro’: fantasía, drama, romance, trasfondo bélico, intolerancia, belleza, muerte, … Todos los elementos que definen su filmografía están ahí en una combinación hermosa, lírica, casi poética. Pero también es una obra muy personal en la que el director da rienda suelta a muchas de sus obsesiones, y esto afecta en cierto modo al ritmo dramático y a la definición de los personajes.

No cabe duda de que La forma del agua es una obra más que notable. Desde sus primeros compases el lenguaje visual elegido por Guillermo del Toro se afana en consolidar los elementos definitorios de la trama, los personajes y el contexto social y dramático del film. La voz narradora de Richard Jenkins (Lullaby), quien da vida a uno de los personajes más entrañables de la obra, predispone al espectador ante lo que está a punto de ver, un cuento de hadas en el que los papeles están cambiados, y en el que todos los personajes tienen algo que aportar. Visualmente impecable, la fuerza del film radica en la solidez de su trama, desarrollada milimétricamente para ofrecer un espectáculo bello, cargado de simbolismo y capaz de combinar romance, humor y drama a partes iguales. Es, en este sentido, una obra impecable.

Ahora bien, la apuesta por este lenguaje visual y por un desarrollo directo deja de lado algo fundamental en una historia de estas características, y es la definición de los personajes. No es que no estén definidos, al contrario, los roles arquetípicos están perfectamente marcados. El problema es que los principales protagonistas están definidos con trazo excesivamente grueso. Las pinceladas del pasado y la personalidad de la heroína (espléndida Sally Hawkins –Paddington-), del villano o de la criatura solo permiten sustentar la acción para desarrollar una huída hacia adelante que no permita demasiado parar a pensar en lo que ocurre. La consecuencia más inmediata es que los momentos en los que la trama levanta el pie del acelerador narrativo para tomarse un respiro los personajes no logran encandilar como sí lo hace el apartado visual o el desarrollo de algunas secuencias.

De este modo, La forma del agua genera una doble sensación. Por un lado, la belleza y espectacularidad visual, con muchas y reconocibles influencias del cine clásico que harán las delicias de los cinéfilos, amén de un ritmo que apenas decae. Pero por otro, la frustración ante unos personajes algo burdos, excesivamente arquetípicos, incapaces de aportar una complejidad emocional que la historia pide a gritos en algunos pasajes del metraje. A todo esto se suma una cierta previsibilidad en su desarrollo y en algunos puntos de giro, eliminando el factor sorpresa en una historia como esta, de criaturas, monstruos y princesas sin voz. La cinta puede gustar o no gustar, pero habrá pocos a los que Guillermo del Toro deje indiferentes con esta historia de amor.

Nota: 7/10

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‘La Bella y la Bestia’: animación de carne y hueso


Las producciones Disney tienen muchos defectos, pero si por algo pueden ser defendidas es por la magia que desprenden en cada plano, por esa capacidad de llevar al espectador, sea de la edad que sea, a un momento de su vida en el que todo era fantasía, en el que todo estaba por descubrir. Y si eso ya tiene mérito, lograrlo con una versión en imagen real de una historia mil veces vista y cantada es un reto al alcance de muy pocos.

De ahí que esta nueva versión de La bella y la bestia tenga tanto mérito. La traslación al mundo de carne y hueso de esta fantasía con objetos animados no solo es fiel al original, sino que logra desprender el carrusel de emociones que tienen sus canciones, amén del recorrido dramático de sus personajes, interpretados por unos actores que disfrutan con cada línea de diálogo y con cada movimiento de baile. Esa diversión se traslada, en última instancia, al desarrollo argumental de la historia, adaptada en algunos aspectos a los tiempos modernos pero sin perder de vista en ningún momento la fuerza de la poderosa historia de base.

Es magia, sí. Es romance, ternura y diversión. Pero incluso su intención por ser fiel al original (coartado, claro está, por los límites que impone la realidad) deja espacio para la introducción de ciertas secuencias que ayudan a explicar algo mejor la evolución de los personajes, su pasado y su futuro, y cómo todo termina por tener más coherencia. Dichas secuencias, aunque inteligentemente introducidas, restan sin embargo algo de ritmo al resto del desarrollo, lo que al final deja un sabor agridulce en un film, por otro lado, muy completo que aprovecha con bastante habilidad los recursos del musical y de la fantasía animada en la que se basa (atención al número del comedor o al clásico baile en el salón).

Al final, lo realmente importante es si La bella y la bestia logra emocionar tanto como su original animado. La respuesta es un rotundo sí. O al menos, un SÍ con mayúsculas. Quizá su mayor problema sea que, en ese intento por no ser una copia exacta, trata de introducir elementos nuevos cuyo funcionamiento dentro del engranaje dramático no siempre es el idóneo. Pero desde luego, si ese es el mayor problema, bendito sea, porque lo cierto es que, aunque perjudica al ritmo, ayuda a completar la historia, haciéndola algo más adulta y compleja. Disney ha encontrado un nuevo nicho de mercado en estas versiones en imagen real. ¿Cuál será la siguiente?

Nota: 7/10

La 8ª T. de ‘Castle’ demuestra que no es bueno apresurar el final


Nathan Fillion y Stana Katic han afrontado su último desafío en la 8ª T. de 'Castle'Bueno, pues ya llegó. Han pasado ocho años, y como es habitual en este tipo de series que funcionan con la tensión sexual entre los protagonistas, Castle ha perdido fuerza de forma progresiva a medida que la relación entre el escritor y la policía se consolidaba. Y aunque Andrew W. Marlowe (El hombre sin sombra) ha demostrado ser capaz de dar giros interesantes a la historia, al final la gravedad ha vencido. Es algo natural que no solo no puede criticarse, sino que debe alabarse. Lo que ya no es tan de agradecer es que, por cuestiones ajenas a la propia historia, ésta se vea forzada a tomar un camino antinatural, con giros cuanto menos cuestionables y resoluciones que podrían calificarse de interesadas, por no decir ridículas.

La octava y última temporada de la serie ha presentado, como es habitual en esta ficción, un villano único para el arco dramático de los 22 capítulos. Un arco que, en cierto modo, aúna todo lo ocurrido hasta el momento para dar coherencia al desarrollo de los personajes. Todo ello, claro está, combinado con historias episódicas a cada cual más original o extravagante. Y hasta aquí todo normal, si es que hay algo normal en esta producción protagonizada por Nathan Fillion (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Stana Katie (Big Sur). El problema nace, como suele ocurrir en cualquier historia, cuando se traiciona las bases. Y si esas bases se han construido durante tantos años, es necesario andar con pies de plomo.

Por ello resulta tan extraña la resolución ofrecida para ese villano de la temporada. Sin entrar a valorar esa especie de doble final que presenta la serie (y que personalmente es equivocado en la forma y en el fondo, pues demuestra una cobardía a la hora de afrontar un final real para los personajes), la temporada está estructurada de tal forma que la clave ofrecida en la conclusión narrativa del arco argumental resulta poco creíble. El espectador que haya seguido la serie desde el principio es consciente de que las tramas no episódicas de Castle aparecen y desaparecen durante cada temporada, pero siempre tienen un cierto nexo de unión entre héroe, villano y desarrollo.

En esta octava temporada, sin embargo, la identidad del villano queda siempre en la sombra, ofreciendo una narrativa que parece recurrir más bien a un McGuffin que a un enemigo real. Y aunque esto no es en sí mismo un problema, cuando se levanta el telón y se descubre la realidad la sensación que queda es ciertamente decepcionante. Y lo es porque el señalado como oponente de estos dos genios de la ley es totalmente inconexo a la trama, sin un desarrollo dramático previo y con una falta absoluta de conocimiento por parte del espectador. Dicho de otro modo, se desconoce motivación, objetivos, relaciones con el resto de personajes o actos previos. Muchos tal vez consideren válida la elección dado que, al ser un personaje que se mueve en las sombras, puede ser cualquiera. Pero incluso en este contexto es necesaria una construcción más sólida que la simple criminalización de sus actos.

La vida de 'Castle' vuelve a peligrar en la octava temporada.

Historias secundarias sin terminar

Todo esto evidencia una realidad que, por otro lado, es habitual en productos con finales apresurados: las prisas nunca son buenas. Y si bien es cierto que algunas series y películas salen airosas de la prueba, el remanente siempre queda, generando una sensación agridulce que combina la insatisfacción del final poco elaborado, la alegría de una historia que gusta y, como es inevitable, la sensación de vacío que deja un producto de tantos años. Del final depende que ese estado emocional sea luminoso o sombrío, y en el caso de Castle es… bueno, personalmente creo que más tirando a sombrío.

Pero esa sensación no solo se genera por el desarrollo dramático de esta última etapa. Las prisas por cerrar una historia que se preveía, al menos en teoría, para alguna temporada más obligan a la estructura narrativa a centrar la atención en un único objetivo, lo que deja de lado las tramas secundarias que, en mayor o menor medida, siempre han sido parte importante de la serie. Es lógico, pero no por ello menos alarmante. Y no me refiero a las historias personales de los roles de Seamus Dever (Ready or not) y Jon Huertas (Miss dial), el primero más atado que el segundo, sino al hecho de que la presencia de prácticamente todos los secundarios queda relegada al mero testimonio a utilizar cuando es necesario para la trama principal.

Esto ocurre, sobre todo, con los personajes de Susan Sullivan (Puzzled) y Molly C- Quinn (Somos los Miller), madre e hija del escritor respectivamente. Mientras que su desarrollo ha ido creciendo temporada a temporada, en estos últimos episodios se limitan a ser testigos de la acción, sirviendo de apoyo cuando es necesario para los intereses de una trama de la que apenas forman parte. Y para muestra un botón: ¿nadie se ha preguntado por qué no aparecen en esa última escena compartiendo plano con los dos protagonistas y completando la estampa familiar? Independientemente de simbolismos, interpretaciones oníricas o realidades paralelas, lo cierto es que ambos personajes, y con ellos otros secundarios, se han convertido más en figuras representativas que en auténticos motores de tramas propias que enriquezcan el conjunto.

Y tal vez sea por eso que la octava y última temporada de Castle representa el nivel más bajo que ha alcanzado la serie. Lo cual, por otro lado, no es decir que sea mala, ni mucho menos. Muchas series, longevas o no, matarían por lograr el nivel que ha tenido esta ficción de Andrew W. Marlowe a lo largo de los años. Y muchas incluso lo harían con la originalidad de los crímenes presentados en cada episodio. Pero eso no debe ser impedimento para que se reconozca que estos 22 episodios han sido en muchos momentos apresurados, toscos y carentes del sentido habitual de la serie. Y de eso da buena cuenta el último capítulo. Aunque lo peor de todo es saber que se debe a un problema ajeno a la narrativa. En fin, sea como sea, Castle ha escrito la última línea de su novela final. Adiós, Richard.

‘Masters of Sex’ apuesta por los secundarios en su tercera temporada


Los problemas románticos entre los protagonistas se agudizan en la tercera temporada de 'Masters of Sex'.Uno de los fallos que se producen con facilidad a la hora de desarrollar una historia es dejar en un segundo plano las, valga la redundancia, tramas secundarias. Los problemas que esto puede generar engloban desde la pérdida de interés en personajes potencialmente atractivos hasta la debilidad de la estructura dramática. Y hasta cierto punto, era lo que ocurría en la serie Masters of Sex durante las dos primeras temporadas, sobre todo en la segunda. Tal vez por eso, Michelle Ashford (serie Nuevos policías), creadora de esta interesante producción basada en la novela de Thomas Maier, ha optado en esta tercera temporada por desarrollar el mundo de los personajes que se mueven detrás de la relación entre Bill Masters y Virginia Johnson.

De hecho, estos 12 episodios recuperan algunos personajes que parecían haberse perdido a lo largo del tratamiento de la historia. El caso más evidente es el de Beau Bridges (Fuga explosiva), mentor del protagonista, homosexual y con una carga dramática que prácticamente había desaparecido. Su vuelta a escena, además de coherente y enmarcada dentro de la historia de una forma impecablemente natural, ofrece al espectador una reflexión sobre el mundo en el que se desarrolla la trama, tanto a nivel social como personal. Gracias a este punto de apoyo, la serie enriquece ese espectro de romance/sexualidad que parecía acotado al estudio de los protagonistas y a los derivados del mismo, y que ahora tiene una vía de desarrollo ajena, en cierto modo, a esa historia principal.

Del mismo modo, el abanico de personajes secundarios que se dan cita en esta tercera temporada de Masters of Sex, unido a la cada vez mayor presencia de sus historias, crean un mundo mucho más interesante en el que la pareja protagonista es, en cierto modo, testigo, no catalizador. Desde la oposición religiosa y todo lo que eso conlleva (con un gancho de final de serie sumamente interesante), hasta el carácter más independiente del personaje de Annaleigh Ashford (Top five), la historia de la serie adquiere cada vez más ramificaciones, lo que en definitiva ayuda a que el episodio final deje un escenario más complejo, más incierto e indudablemente más atractivo.

En este contexto es importante destacar lo acaecido con el personaje de Caitlin FitzGerald (Adultos a la fuerza), esposa resignada que ya había experimentado cierta evolución en la anterior etapa y que, ahora, adquiere un rol mucho más notable. Más allá de la fortaleza de convertirse en una mujer independiente, lo realmente llamativo es la forma en que asume la infidelidad de su esposo, dotando de naturalidad no solo el acto en sí, sino la relación con la amante colaboradora, estableciendo un curioso triángulo que genera situaciones tan sorprendentes como bien tratadas desde un punto de vista dramático.

Nuevos olores

Todo esto no impide, por supuesto, que la trama principal de Masters of Sex siga su evolución. Al contrario, la enriquece de un modo que, en cierto sentido, se había perdido. Pero volviendo a esa trama principal, esta tercera temporada decide dar un giro completo a la relación entre los personajes de Michael Sheen (Lejos del mundanal ruido) y Lizzy Caplan (The interview) y situarles en un punto de inflexión tan atractivo como coherente. La tensión dramática entre ambos, desarrollada a lo largo de las temporadas anteriores en una especie de tira y afloja, rompe por completo en estos 12 capítulos de un modo inesperado.

En realidad, y conociendo el tono general de este drama, la forma en que el romance de estos personajes evoluciona no podría ser de otro modo. Lejos de disputas con objetos volando por la habitación, o de gritos que traspasan varias estancias, la seriedad que ambos doctores muestran en el modo de tratar su relación es un soplo de aire fresco que, además, añade un grado más de dificultad al desarrollo dramático de la serie. Y es que ese tira y afloja que antes mencionaba, y que ahora parece romperse al menos por uno de los extremos, sigue siendo vigente, precisamente, en el otro cabo, lo que provoca una situación de desequilibrio muy interesante.

Situación que es abordada de formas muy diversas por todos los personajes que rodean a los protagonistas, y evidentemente por los propios protagonistas. La aparición en escena del personaje de Josh Charles (Más allá de la muerte) no solo conlleva la evolución del estudio sobre sexualidad al campo de los olores y las fragancias, sino que se convierte en un punto de inflexión que pone patas arriba el mundo de prácticamente todos los roles que participan en la trama. Evidentemente, su efecto es mayor en aquellos cercanos a los protagonistas, pero eso no impide que no genere cierto impacto en el resto. Es él el que protagoniza, junto a Sheen y Caplan, algunas de las mejores secuencias de la temporada, y desde luego es él uno de los activos más importantes en el cambio que se produce en la serie al final de esta etapa.

Así las cosas, la tercera temporada de Masters of Sex se ha convertido en una de las mejores etapas de la serie. Superado el primer impacto de una serie con un tratamiento tan abierto de la sexualidad, estos episodios ofrecen al espectador un auténtico tratamiento de la sociedad en la que se enmarca la producción, más o menos como había ocurrido en la segunda temporada, pero unificando más la trama principal con las secundarias, y generando una tensión en aumento entre los personajes principales y los secundarios más relevantes. Un enriquecimiento, en definitiva, de la complejidad creativa de este producto cuya cuarta temporada promete, a tenor del final de esta, un mundo completamente nuevo.

‘Mejor… solteras’: otra vida para la comedia es posible


Rebela Wilson y Dakota Johnson están 'Mejor... solteras'.La comedia norteamericana no es un género que sea santo de mi devoción. Sobre todo la moderna, con una tendencia tan evidente al exceso que termina por saturar. Por eso resulta refrescante encontrarse con productos como lo nuevo de Christian Ditter (Los Cocodrilos), una obra que ofrece una visión diferente, no tanto del género en sí como del desarrollo de sus tradicionales y previsibles fases narrativas.

Así, el mejor valor de Mejor… solteras es la coherencia de lo planteado con la resolución final. Puede parecer una conclusión obvia, incluso de perogrullo, pero lo cierto es que no siempre sucede. Que los protagonistas no encuentren un final feliz, al menos no uno tradicional, suele ser la clave para dejar un sabor de boca agradable, una sensación de estar ante un producto que cumple con las expectativas, aunque estas sean mínimas. Si a esto añadimos un reparto más que correcto (en el que, por cierto, Dakota Johnson vuelve a dejar patentes sus muchas limitaciones), la impresión general es la de un producto bien hecho con momentos realmente divertidos.

Ahora bien, que nadie espere una historia diferente. Suele decirse que en la vida está todo inventado. Bueno, en el cine, y más concretamente en este género, eso es una realidad desde hace varias décadas. La trama no se sale de los cánones establecidos en ningún momento, ofreciendo un desarrollo correcto con los previsibles altibajos narrativos y con los conflictos al uso para este tipo de tramas. Es, desde luego, el mayor ‘pero’ que tiene el film, y lo que impide que la película sea algo más que un mero entretenimiento.

Pero este entretenimiento es, al menos, más interesante que otros que se puedan ver en la gran pantalla. Mejor… solteras conoce a la perfección cuáles son sus limitaciones, sus herramientas y sus posibilidades. Entre las primeras está la propia historia y una actriz protagonista de limitados registros, incluso para este tipo de producciones. Entre las segundas están una secundaria roba escenas como es Rebel Wilson (Dando la nota) y su coherencia dramática. Y entre las terceras… bueno, eso depende de cada espectador.

Nota: 6/10

‘Carol’: el minimalismo de una relación prohibida


Rooney Mara y Cate Blanchett protagonizan 'Carol'.Suele decirse que la comedia es el género más difícil en el cine. Encontrar el tono exacto y saber lo que hace reír suele ser una tarea ardua. Pero cintas como lo nuevo de Todd Haynes (Safe) evidencian que el drama exige de un calculado desarrollo en su contenido y en su forma para evitar caer en los excesos o, lo que puede ser más importante, no lograr transmitir lo que viven los personajes. Es en ese equilibrio donde se mueve esta historia de amor entre dos mujeres que pide al espectador una atención especial al subtexto dramático, pero que a cambio le ofrece una trama cargada de emoción.

Puede parecer a simple vista que el argumento, por cortesía de la escritora Patricia Highsmith, sea demasiado simple. Y en realidad, el desarrollo de la trama no presenta grandes conflictos dramáticos durante buena parte del metraje. Sin embargo, esa aparente ausencia de acción es el caldo de cultivo idóneo para explorar las emociones de dos mujeres muy diferentes a las que les une un amor inconcebible en los años 50. Las miradas, los sutiles gestos de ambas y el lenguaje que ocultan los diálogos que mantienen son en realidad los elementos utilizados (y magníficamente aprovechados) por Haynes para explorar las emociones que desprende el film.

Aunque es su tercio final, el que corresponde al clímax y el desenlace de la historia, el realmente cautivador. Si durante toda la trama tanto Cate Blanchett (Cenicienta), una de las pocas damas que quedan en Hollywood, como Rooney Mara (En un lugar sin ley), cuyo papel es simplemente brillante, trabajan sus emociones en el ámbito más personal posible, es en este último tramo de la historia cuando ambas ofrecen su mejor versión, potenciando la carga dramática de unos personajes que se ven obligados a asumir su verdadero ser ante una sociedad que las considera, como mínimo, inmorales.

De este modo, Carol se aleja de tratamientos tradicionales para apostar por el intimismo de una relación que debe ocultarse a plena luz del día en la América de los años 50. Es esa necesidad de mantener en las sombras un secreto “inconfesable” lo que lleva a Haynes a abordar la relación con cierta distancia, acercándose a medida que avanza la historia hasta entrar de lleno en las consecuencias sociales y personales de la decisión de las protagonistas. Una película de emociones contenidas que cautiva por una puesta en escena elegante y sobria, por unas actuaciones incomparables y por una sencillez y un minimalismo abrumadores.

Nota: 7,5/10

‘Una semana en Córcega’: de jabalíes y hombres


Vincent Cassel sufre el acoso de Lola Le Lann en 'Una semana en Córcega'.Que una joven seduzca a un experimentado y atractivo hombre maduro no es algo nuevo en el cine. A lo largo de la historia ha habido tratamientos para todos los gustos, desde el drama hasta el erotismo, pasando por la comedia de enredo o, incluso, el terror. Por eso lo que presenta Jean-François Richet (De l’amour) en su nueva película no es precisamente novedoso o sorprendente, pero son algunos detalles los que convierten a esta comedia en algo más que un mero recorrido por terrenos ya andados.

No quiere esto decir que no sea previsible. De hecho, no creo que haya nadie que espere algo más de lo que puede verse en su desarrollo. Las situaciones que viven los personajes, el modo en que se enfrentan a las consecuencias de sus acciones y las repercusiones que tienen sobre el resto son archiconocidas. Y aunque los actores logran una complicidad notable (sobre todo el dúo formado por Vincent Cassel y François Cluzet), sus personajes tampoco les permiten explotar mucho más de lo que se ve en pantalla.

A pesar de ello, la cinta ofrece varias lecturas que aportan un punto de vista diferente a la trama. El paralelismo entre el escurridizo jabalí empeñado en destrozar la vida del personaje de Cluzet y la traición del rol de Cassel resulta muy revelador, en tanto en cuanto el destino de ambos, animal y amigo, parecen correr de forma paralela. Incluso la secuencia del perro tiene algo de simbólico con ese pobre dj que protagoniza una de las situaciones más cómicas de la trama. Pero hay más. La forma en la que la relación entre jovencita y maduro afecta a los personajes genera un desarrollo dramático que se mueve en dos niveles bien diferenciados, manteniendo un delicado equilibrio entre humor y drama que termina por ocultar ligeramente algunas carencias narrativas que tiene el film, y que afectan sobre todo al trasfondo de los dos cuarentones de vacaciones en Córcega.

Con esto, Una semana en Córcega se convierte en un producto simpático, capaz de entretener y divertir gracias a la ironía y un cierto toque de humor negro en sus, por otro lado, previsibles secuencias. No pretende sorprender, por lo que no lo consigue. Sin embargo, sí logra una cierta profundidad dramática, situando la narrativa en varios niveles que se complementan y que ayudan a conformar un mosaico más amplio de la mera comedia de situación. No es mucho, es cierto, pero al menos ofrece algo más a quien quiera buscarlo.

Nota: 6/10

‘El secreto de Adaline’: un romance que no envejece


Michiel Huisman y Blake Lively protagonizan 'El secreto de Adaline'.La mejor forma de no sufrir decepciones es no esperar ni ilusionarse demasiado con el futuro. Es una premisa pesimista, pero en el caso de la película que nos ocupa puede convertirse en algo beneficioso. Atendiendo al reparto, a la trama y al género nada invita a pensar que estemos ante un film que marque a toda una generación, y desde luego esa no es su intención. Sin embargo, y tal vez todo se deba a la falta de expectativas, el resultado es mejor del previsto, sobre todo por el reparto, la trama y el género.

Habrá quien piense que estamos ante la enésima película romántica para adolescentes con un cierto toque de fantasía para amenizar el producto. Nada más lejos de la realidad. El secreto de Adaline, si bien tiene un desarrollo previsible y que transcurre por escenarios mil y una veces explorado (la fiesta en la que se conocen los protagonistas, el fin de semana en casa de los padres, el secreto inconfesable, …), presenta una factura técnica y artística sobria que logra una narrativa eficaz, capaz de mantener el pulso y el interés en la historia y ofrecer cierta curiosidad en su forma de resolver algunas de las situaciones planteadas por el componente fantástico.

Especial mención merece el reparto al completo, desde una sólida Blake Lively (Linterna verde), quien demuestra que es algo más que una cara bonita, hasta Harrison Ford (Medidas extraordinarias), quien parecía haber olvidado cómo atraer a los espectadores. Es gracias a la labor de los actores que la película adquiere un cierto nivel superior con respecto a películas que podríamos considerar primas hermanas, y desde luego son ellos los que soportan buena parte del peso narrativo cuando la historia se enfanga, como es el caso de la reiterada voz narrativa que se empeña, en muchas ocasiones, en explicar sucesos que se ven en pantalla.

No es el único error que comete El secreto de Adaline. Su previsibilidad juega constantemente en su contra, y los dilemas morales de la protagonista tienden a repetirse a medida que pasan los minutos, perdiendo con ello eficacia dramática. Pero a pesar de todo, este drama romántico se revela como una propuesta entretenida, sin mayor intención que apelar a las emociones más sensibles de los espectadores y hacerlo con la honradez y la sencillez que le aportan el conocimiento de sus propias limitaciones y de su condición de producto comercial. Eso, aunque no sea una cualidad extraordinaria, tampoco tiene nada de malo. Los amantes de este tipo de films se apasionarán con ella. Los demás simplemente disfrutarán de casi dos horas de un romance que no envejece y que pasa de generación en generación.

Nota: 6/10

‘Lejos del mundanal ruido’: la belleza de aprender a conocerse


Carey Mulligan y Matthias Schoenaerts, en un momento de 'Lejos del mundanal ruido'.Si algo define el cine de Thomas Vinterberg (Submarino) es la naturalidad y sencillez con la que narra unas historias notablemente profundas que incitan a la reflexión social del espectador. Su último trabajo, una nueva adaptación de una novela de Thomas Hardy, mantiene esa pasión por tramas aparentemente tópicas y predecibles que esconden, no obstante, un análisis del ser humano a través de sus personajes y la forma con la que afrontan el mundo. Y lo hace, además, con una fórmula formal algo tosca pero indudablemente bella, más o menos como el mundo rural en el que se enmarca el film.

Porque si hay algo que puede resultar difícil de comprender es el desarrollo temporal de Lejos del mundanal ruido. La historia, aunque al principio pueda parecer lo contrario, se desarrolla a lo largo de varios meses en los que apenas cambian los personajes o el entorno físico. Si bien al comienzo puede generar algo de confusión, el recurso narrativo se revela necesario en su tercio final, cuando los acontecimientos se precipitan, sobre todo en lo relativo a los tres pretendientes de una Carey Mulligan (An education) espléndida. El resto de los componentes dramáticos del guión logran encontrar un equilibrio atractivo entre la previsibilidad y la incertidumbre, permitiendo al espectador disfrutar con la evolución de unos personajes cuyo final se conoce de antemano.

En este sentido, por tanto, lo más interesante de la cinta no es su desenlace, sino el viaje que realizan los personajes, sobre todo la protagonista. A pesar de estar rodeada por un elenco masculino a la altura, el verdadero peso de la trama recae sobre los hombros de Mulligan, no solo por ser el objeto de deseo de tres caballeros de distinta clase social y cataduras morales, sino porque es ella la única que evoluciona con claridad, pasando de una joven independiente y dispuesta a demostrar que sola puede conseguir lo que desee a una mujer capaz de aprender de sus errores y afrontar sus verdaderos sentimientos, incluso cuando eso suponga una contradicción interna. Y tal vez este sea, junto al previsible desarrollo de la historia, uno de los puntos débiles más importantes. El hecho de que los protagonistas masculinos no avancen al mismo ritmo (lo que no quiere decir que no evolucionen) hace que la cinta quede desnivelada en este campo.

Al final, Lejos del mundanal ruido se podría definir como un film hermoso en su forma y en su contenido. Una historia complaciente que no pide al espectador más que la reflexión sobre los deseos del ser humano y cómo cambian con los años hasta definirnos como individuos. Puede que no tenga grandes giros dramáticos, impactantes revelaciones o un final inesperado. De hecho, tampoco parece que lo persiga. Más bien, lo que trata es de contar una historia sencilla, íntima y mundana. Y en manos de Vinterberg está muy bien contada, lo cual ya es de por sí un motivo para disfrutarla.

Nota: 6,5/10

‘El viaje más largo’: el arte de un romance repetido


Britt Robertson y Scott Eastwood protagonizan 'El viaje más largo'.Desde luego, no creo que nadie espere algo diferente de una película en cuyos títulos aparece el nombre de Nicholas Sparks, autor de novelas como ‘El diario de Noa’. Los pilares narrativos son, en esencia, los mismos. Una relación romántica en el presente, otra en el futuro y las conexiones que se puedan establecer entre ambas. Pero incluso en esa repetición se pueden obtener algunos logros, lo que habitualmente es debido a la mano hábil del director de turno, en este caso George Tillman Jr. (Líos de familia).

Y es que El viaje más largo encuentra su mejor recurso en el ritmo que Tillman le imprime al desarrollo dramático, sobre todo a las secuencias de rodeo que nutren el film. Gracias a ellas el guión, que adolece de cierta tendencia al dramatismo adolescente, adquiere una mayor entereza en el paralelismo entre pasado y presente que establece el guión. Un paralelismo, por cierto, que se da no solo en los planos, muchos de ellos similares, sino también en la propia historia, marca de la casa de Sparks.

Aunque desde luego la mejor baza que tiene el film son sus actores, sobre todo los cuatro que conforman las parejas protagonistas. La química entre ellos es capaz de hacer olvidar en muchos momentos que estamos ante un drama adolescente que, en realidad, tiene diversos problemas narrativos que, en otro contexto, podrían generar problemas en el desarrollo de la trama. Y es que no hay que olvidar el tipo de película que es, el público al que se dirige y, sobre todo, el autor literario que hay detrás del proyecto.

Con todo eso en mente, El viaje más largo se puede entender como un drama romántico adolescente más, similar a otros ya realizados sobre las novelas de Sparks y con un final previsto casi antes de que se apaguen las luces. Pero más allá de eso, el ritmo narrativo, los actores y varios momentos bien resueltos la elevan por encima de sus propias posibilidades para crear una historia interesante aunque irregular en intensidad dramática.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

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