1ª T. de ‘The Handmaid’s Tale’, una colorida distopía gris


Ha sido sin lugar a dudas una de las series de este año 2017. Y méritos no le faltan. The Handmaid’s Tale, la adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Margaret Atwood, es un interesante trabajo visual, interpretativo y conceptual, de obligado visionado tanto para estudiantes del lenguaje audiovisual como para aquellos que quieran entender, aunque sea mínimamente, cuáles pueden ser los sentimientos de la mujer en una sociedad dominada por los hombres. Y aunque es evidente que esta distopía no deja de reflejar una situación llevada al extremo, este tipo de historias siempre suelen reflejar aspectos de la sociedad actual, lo que añade un elementos realmente inquietante a la trama de esta primera temporada de 10 episodios creada por Bruce Miller (serie Los 100).

Una trama que comienza cuando una mujer es capturada para convertirse en criada de un matrimonio. Lo que comienza siendo un acto atroz pronto se desvela simplemente como el comienzo de algo más brutal. Y es que en un futuro la Humanidad se ha vuelto estéril, y solo un grupo de mujeres son fértiles. En este contexto, la sociedad norteamericana ha sido tomada, en su mayoría, por una autocracia religiosa que somete a las mujeres a diferentes tareas; la de las criadas contempla, entre otras cosas, la de tener hijos para los líderes de la comunidad, que una vez al mes las violan bajo la excusa de realizar un rito contenido en las escrituras. La serie se centra en la historia de una de estas criadas.

Si el argumento de The Handmaid’s Tale ya es de por sí sumamente interesante, lo más llamativo, y al mismo tiempo más sutil, es el tratamiento visual de esta sociedad. Basado en un código de colores, el lenguaje visual utilizado explota al máximo las posibilidades expresivas de dicho código. Planos cenitales que muestran cómo el rojo de las criadas se mueve en bloque; movimientos de cámara que combinan rojo, verde, gris y negro de un modo casi armónico; y así sucesivamente. Sin embargo, lo más llamativo es que toda esta gama cromática se muestra ante el espectador de un modo apagado, sin el brillo que cabría esperar y siempre con una tonalidad gris en el ambiente, cuando no directamente oscura. Este contraste de colores vivos con la frialdad y la tristeza que transmiten los tonos grises viene a reflejar, en última instancia, el contraste interno de una sociedad presuntamente ordenada en la que las mujeres son sometidas, en la que la apariencia de felicidad y tranquilidad esconde una verdad mucho más atroz. En definitiva, el contraste que esconde una distopía.

La combinación de la apuesta visual con el contenido dramático de esta primera temporada conforma un todo extraordinario. Y es que más allá de la fuerza narrativa, el trasfondo de la serie es sin duda uno de los elementos más perturbadores de la pequeña pantalla. No me refiero tanto al diseño de la sociedad en sí; ni siquiera a la influencia religiosa o a determinados momentos de la trama, como aquellos en los que se planean los atentados terroristas que dieron lugar a esa nueva sociedad. No, lo perturbador es cómo todo ello no deja de ser una excusa para someter a las mujeres, para violarlas y utilizarlas como complace a los hombres, algunas para tener hijos, otras para ser sus cocineras, sus siervas o sus esclavas. Escenarios como el burdel al que solo tienen acceso los hombres y, sobre todo, el modo en que se va descomponiendo la careta de perfección de muchos personajes son sin duda los mayores hallazgos del relato.

Actrices y actores ante todo

Claro que todo ello no sería lo mismo sin un reparto en estado de gracia. Sobre todo de unos secundarios que sostienen, en buena medida, todo el contexto político, social y religioso que convierte a The Handmaid’s Tale en lo que es. Curiosamente, tanto Elisabeth Moss (serie Mad Men) como Joseph Fiennes (Hércules) resultan los menos atractivos del conjunto, al menos analizados de forma separada. Ella se convierte en el vehículo narrativo para exponer el mundo en el que vive, mientras que él representa, con todos sus matices, los contrastes de esa sociedad distópica, que se muestra de un modo pero que, de puertas adentro, es de otro totalmente diferente. Sin embargo, los momentos que ambos comparten juntos se convierten en los más reveladores del relato, evidenciando que ambos roles se necesitan el uno al otro no solo para crecer dramáticamente, sino para establecer la dinámica que necesita la serie.

Asimismo, es importante señalar el uso de la narrativa paralela que se establece con la voz en off del personaje de Moss. A través de esta especie de proyección de sus pensamientos sobre los acontecimientos que vive el espectador se adentra no solo en su personalidad, sino en el corazón de una sociedad corrupta, lo que ayuda a comprender mejor la dinámica de clases y la hipocresía de los líderes.

Mencionaba antes a los secundarios. En verdad, todos ellos son capaces de componer, por un lado, un mosaico clasista bajo un código de colores que enriquece la ya de por sí interesante historia del personaje de Moss. Pero es que, además, cada uno de forma individual define maravillosamente el estamento al que pertenece y los contrastes que en él se producen a medida que avanza la trama. Desde Yvonne Strahovski (serie Dexter) hasta Max Minghella (Ágora), todos los personajes son un reflejo de los debates morales y éticos que provoca la doble vara de medir de una sociedad creada solo para el dominio del hombre sobre la mujer. En este sentido, resulta especialmente destacable la labor de Madeline Brewer (serie Orange is the new black), cuyo rol como criada llevado a sus últimas consecuencias se puede considerar el detonante de un futuro apasionante para esta serie. La evolución de este rol es cuanto menos aplaudible, y desde luego es un modelo en el que fijarse para crear y hacer evolucionar un personaje.

No cabe duda de que The Handmaid’s Tale es una de las series del año, y si se mantiene el tono dramático y visual de esta primera temporada, terminará siendo una de las producciones más complejas e interesantes de los últimos años. Todo indica que así va a ser, pues el final de estos primeros 10 capítulos deja abiertas las líneas argumentales necesarias para desarrollar lo que cabe esperar de una historia como esta, es decir, profundizar más en las miserias y corruptelas de un sistema social y político aparentemente perfecto, y desarrollar la rebelión de estas criadas que una vez al mes son violadas para intentar dejarlas embarazadas. Una serie con muchas capas, a cada cual más compleja, que crean una historia capaz de atrapar al espectador en un mundo tan increíble como plausible.

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‘Episodes’ termina y cierra ciclo en su quinta temporada


Aunque muchas veces las comparaciones son odiosas, equiparar en algunos aspectos unas cosas con otras puede ayudarnos a tomar perspectiva. Por ejemplo, en el caso de Episodes, la serie creada por David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie The class), equipararlo a cualquier otra producción, ya sea drama o comedia, permite apreciar mejor la calidad de una serie sencilla, una sitcom correcta y ajustada en tiempo y formato que, sin embargo, está planteada de principio a fin como un todo. Y eso es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de series.

Y esto es algo que se aprecia sobremanera en la quinta y última temporada por muchos motivos. El más importante, evidentemente, el dramático. El arco argumental de esta etapa final viene a ser una vuelta a los inicios para los protagonistas, un regreso al punto de partida con el que comenzó esta divertida ficción. La pareja de guionistas interpretada por Stephen Mangan (Rush) y Tamsin Greig (Con la banca no se juega) se convierten en el punto de apoyo sobre el que la trama gira sobre sí misma para volver a situarles como al principio, es decir, construyendo una historia que no les termina de convencer para un actor, Matt LeBlanc (Los ángeles de Charlie) al que odian y aman casi a partes iguales.

Por supuesto, no es este el único elemento. Resulta también interesante el giro final de la serie, en el que los protagonistas convierten en episodio piloto del nuevo producto su propia experiencia con LeBlanc, una producción dentro de otra producción que acentúa el carácter cíclico de Episodes desde un punto de vista puramente formal y conceptual. Desconozco si esa era realmente la intención de sus creadores desde el comienzo o si ha sido algo obligado por las circunstancias, pero lo que sí parece claro, viendo el resultado final de la serie completa, es que alguna base debía existir, pues aunque en muchas ocasiones el desarrollo dramático ha podido parecer algo caótico, la realidad es que todo ha terminado encajando de forma armónica.

Y todo ello con humor ácido, con carcajadas blancas y sinceras, y con una cierta crítica profesional y social a un mundo, el de la televisión, marcado por las audiencias. Esta quinta temporada, en este sentido, también es ejemplar. Si durante etapas anteriores la trama se ha centrado fundamentalmente en el devenir de una pareja de guionistas ingleses y su calvario en Estados Unidos, en esta última parte (y que comenzó en la cuarta temporada) buena parte del peso también recae en el personaje de LeBlanc, al que se le enfrenta a situaciones que, en principio, ningún actor desea, como bien se encargan de demostrar en la trama. Y a su alrededor, todo un mundo movido por intereses personales, por rencillas y, por supuesto, por el dinero y la audiencia, capaz de perdonar todo. Y cuando digo todo, es todo.

El final deseado

Otro elemento que viene a confirmar el carácter circular de Episodes es el hecho de que esta última temporada cuenta con 7 episodios, los mismos que la primera allá por 2011 y dos menos que el resto de etapas. Puede parecer causalidad o una mera anécdota, pero lo cierto es que esta características de la conclusión de la serie condiciona en buena medida el desarrollo de la trama, mucho más directo y enfocado a cerrar las líneas argumentales todavía abiertas a lo largo de esta ficción. En este sentido, y a pesar de los problemas que puede ocasionar la falta de tiempo, se podría decir que es el final deseado.

Porque sí, la conclusión de la serie es lo que podría esperar y desear cualquier espectador de una producción tan blanca y limpia como esta. Nada de finales inesperados, nada de giros argumentales de última hora que puedan cambiar el destino de los protagonistas. Todo se desarrolla como estaba previsto, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y aunque es cierto que algunas historias secundarias pecan en exceso de un desarrollo y una resolución directa y simple, no lo es menos que la dinámica del trío protagonista es tan sólida que acapara toda la atención, por lo que las historias secundarias quedan, pues eso, en un segundo plano.

Y si bien es cierto que al final estos personajes secundarios, aunque divertidos y por momentos interesantes, no dejan de ser meras sombras en el fondo de la historia principal que permiten dar color al entorno en el que se desarrolla la trama, también lo es el hecho de que se echa en falta algo más de peso dramático y narrativo de los mismos en esta conclusión. Y es que ese es el principal problema de esta última temporada. Durante toda la serie varios secundarios habían disfrutado de un peso específico notable, siendo incluso determinantes en las decisiones de los protagonistas. Ahora, sin embargo, se convierten más bien en un contexto necesario, en una suerte de acompañamiento divertido al que se le tiene que dar un final, pero que no tiene demasiado impacto en el resto de la ficción.

En cualquier caso, es un problema menor de una sitcom diferente, fresca y dinámica, con un trío protagonista que, sin ser excepcional, sí evidencia una complicidad inusual. Esta quinta y última temporada de Episodes cierra por completo la serie de un modo pocas veces visto, y a pesar de ciertos problemas de equilibrio dramático entre la historia principal y los personajes secundarios, en líneas generales cumple lo que podría esperarse de una ficción de estas características. No es una obra cumbre de la comedia, ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente original como para ser una obra destacada, tanto por su argumento como por sus actores.

La 4ª temporada de ‘Vikingos’ (II) sitúa la serie ante su mayor desafío


Decir a estas alturas que Vikingos es una de las series más completas de la televisión no es nada nuevo. Su evolución dramática ha sido pareja a la pérdida de pelo del protagonista (y a un aumento de su barba) y a la complejidad de sus personajes, enmarcados en una época de guerras, conquistas y traiciones por el ansiado poder. Pero lo que representa todo un reto, un desafío digno de los mismos dioses nórdicos, es lo que ha ocurrido en la cuarta temporada de esta ficción creada con elegancia y maestría por Michael Hirst (serie Los Tudor). Y es que si ya es un riesgo cambiar de actor protagonista, matar al personaje sobre el que ha girado toda la trama crea un vacío que necesita ser llenado. Si ese personaje es, además, tan determinante como el que interpreta Travis Fimmel (Warcraft: El origen), la labor puede resultar hercúlea.

Con todo, y a tenor de lo visto en estos 20 episodios, no solo hay lugar para la esperanza, sino que se podría decir que el tratamiento dramático es tan sólido que su ausencia va a ser aprovechada para alcanzar otras metas. Con dos partes perfectamente diferenciadas, esta cuarta temporada supone un punto de inflexión más que evidente. Por un lado, representa la decadencia de un héroe inigualable, de un líder nato que recibe el mayor golpe cuando más invencible se siente y a manos, además, de un personaje al que ha querido y que más le ha traicionado. El arco dramático de Ragnar Lothbrok es, en este sentido, ejemplar, desgranándose toda su evolución simplemente a través de miradas y actitudes de este personaje tan introspectivo. Quizá el mayor problema sea, como ya comenté en el artículo anterior, la introducción en la trama de una adicción a las drogas, pero lo cierto es que eso no enmascara el hecho de que estamos ante un personaje histórico en todos los sentidos.

Lo más interesante, sin embargo, se encuentra en la segunda parte de esta temporada. Hirst otorga al protagonista un final digno pero, al menos desde el punto de vista vikingo, denigrante. Todo el proceso que lleva hasta ese momento supone uno de los mejores momentos dramáticos de la serie, centrado en la relación de personajes, en sus conflictos internos y ahondando mucho en sus verdaderas personalidades. Esto permite, por un lado, que el autor de Vikingos pueda desarrollar con posterioridad la brutalidad y el dramatismo de la venganza por parte de los hijos, y por otro que el espectador alcance a comprender el verdadero significado de las decisiones que se toman. Una etapa, en definitiva, fundamental para esa inflexión dramática que antes mencionaba, y que cambia el sentido de la serie a pesar de que continúa con unos hechos, por otro lado, coherentes.

¿Y porqué este cambio? ¿Por qué no centrar la historia en el personaje de Ragnar Lothbrok y terminar la serie con él? La respuesta, a mi modo de ver, radica en el título y, sobre todo en los personajes y los actores que los interpretan. Para empezar, y aunque el héroe al que da vida Fimmel ha sido imprescindible, esta ficción es una obra coral en la que muchos secundarios han alcanzado casi más relevancia en algunos momentos que los protagonistas. En este sentido, esta cuarta temporada también es buen ejemplo de esto, centrando la trama muchas veces en roles y acontecimientos dramáticos ajenos completamente al héroe, dotando al desarrollo de un mayor interés y de una visión más amplia que enriquece el mundo en el que tiene lugar la acción.

Nuevos personajes

Lo verdaderamente importante, sin embargo, es el testigo que recogen los hijos de Ragnar Lothbrok. Con un salto temporal de años, alrededor de una década, Vikingos sitúa en el epicentro de la trama a todos estos vástagos liderando una venganza y una guerra tan vieja como su padre. En este sentido, lo relevante son las diferentes y conflictivas personalidades de estos personajes, lo que diferentes rostros en cierto modo a las dudas internas que tenía el rol de Fimmel. Aunque esta opción puede ser arriesgada, Hirst logra tejer con delicadeza y precisión un equilibrio dramático que, además, genera una tensión creciente que culmina con uno de los momentos más brutales e impactantes de la serie, no tanto por la violencia en sí misma como por el significado que puede llegar a tener.

Pasado, presente y futuro se unen, de este modo, en la segunda parte de la cuarta temporada a través de un desarrollo profundo e introspectivo de lo que han sido y son los principales personajes, de su evolución a lo largo de los años marcada por traiciones, ambiciones y remordimientos. El propio protagonista interpretado por Fimmel es el caso más evidente, ejerciendo de catalizador para el posterior trabajo argumental, pero no es el único. Los personajes de Clive Standen (Everest) y Linus Roache (Yonkers Joe), Rollo y rey Ecbert respectivamente, reflejan también el tono generalizado de esta parte de la trama, más reflexiva sobre el pasado, sobre las consecuencias de las decisiones y sobre el tormento que estas generan. Un tono que, aunque un tanto nostálgico, se combina con un aspecto básico para el futuro de la serie.

Como decía un poco más arriba, dicho futuro pasa por lograr que los hijos de Ragnar se repartan la elaborada personalidad de su padre, algo que parece haberse conseguido. Y en esto juegan un papel fundamental los actores elegidos a tal fin. La labor de Alexander Ludwig (El único superviviente) ha ido creciendo y mejorando junto al personaje de Bjorn en el que se ha convertido en uno de los roles más interesantes de la serie. He de confesar que este joven actor nunca ha sido santo de mi devoción, siendo su incipiente carrera algo irregular, pero parece haberse consolidado con este inteligente, reflexivo y duro personaje. Junto a él destaca, y de qué modo, la labor de Alex Høgh Andersen (Krigen), joven actor danés que da vida a uno de los hijos (y personaje en general) más violento y sádico, con una inteligencia potenciada por la discapacidad que tiene y que, en teoría, liderará el ejército vikingo en algunas de las batallas más épicas que están por venir. El duelo interpretativo entre estos actores está servido.

Lo cierto es que la muerte del protagonista de Vikingos puede llevar a pensar que el final de la serie está más bien cerca, previéndose un futuro poco halagüeño en lo que a calidad se refiere. Pero nada más lejos de la realidad. Michael Hirst demuestra, por si quedaba alguna duda, que es un maestro en este tipo de géneros, aprovechando esta cuarta temporada para dar un giro al concepto de esta ficción y enfocarla hacia un nuevo y prometedor futuro lejos de Ragnar Lothbrok, quien a pesar de todo parece que seguirá presente de algún modo. La lucha por el poder entre los hermanos parece cada vez más obvia, y a eso se añade la guerra en las islas británicas con la incorporación de un nuevo y apasionante personaje, ya introducido en el último episodio y al que da vida Jonathan Rhys Meyers (Albert Nobbs). Así que sí, la serie está ante un importante desafío, el mayor hasta el momento, pero todo apunta a que lo superará con la elegancia, la violencia y la inteligencia que siempre la ha caracterizado.

1ª T. de ‘Billions’, una incomparable guerra intelectual y legal


Todo guión debería tener como pilares fundamentales una historia sólida y unos personajes bien definidos. Dicho así, suena tan sencillo como teórico. El trabajo posterior, por supuesto, siempre es mucho más complicado. Pero cuando se logra, cuando realmente se consigue una armonía entre trama y personajes, es cuando una historia crece casi de forma orgánica, lo cual por cierto puede ser un problema si no se controla correctamente. La serie Billions es el último ejemplo de que se puede lograr. Es más, de que a cualquier ficción le pueden faltar el resto de elementos y aún así convertirse en una auténtica joya dramática.

Para quienes no se hayan acercado todavía a la primera temporada de esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del guión de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin, la serie aborda la batalla intelectual y legal entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, en medio de la cual se encuentran la mujer del primero, que trabaja para el segundo. Resumido así, el argumento puede parecer excesivamente simple o soporífero, depende de a quién se pregunte. Pero ahí reside precisamente la magia de estos primeros 12 episodios. No voy a negar que exige mucho del espectador, tanto en lo que se refiere a atención como en conocimientos financieros o legales, pero la recompensa es extraordinaria.

Para empezar, la trama está construida sobre los miedos y las propias miserias de cada personaje. A pesar de que todos, aparentemente, son triunfadores, los protagonistas recurren a artimañas y subterfugios, a influencias y cauces de dudosa legalidad para lograr sus respectivos objetivos. Es evidente que eso se aprecia mejor en el fiscal interpretado por un excepcional Paul Giamatti (San Andrés), pero también se aprecia, sobre todo hacia el final de esta primera temporada de Billions, en su enemigo, al que da vida un espléndido Damian Lewis (serie Homeland). Esto permite a la serie abordar los diferentes conflictos desde una perspectiva diferente, aportando matices e interpretaciones diferentes y mucho más enriquecedoras de lo que inicialmente podría pensarse de la acción propia de cada secuencia.

Asimismo, el desarrollo dramático, a diferencia de otras ficciones, tiene siempre un único objetivo que, en cierto modo, podría entenderse que es la conversación entre los protagonistas en su episodio final. Para poder llegar a ese maravilloso cara a cara los creadores construyen un relato creciente de ataques mutuos, de sibilinos golpes bajos y de decisiones cuestionables que, además de enrarecer el contexto en el que se mueven los personajes, enriquece la aparentemente sencilla trama que plantea. A todo esto se suma, aunque no es lo más determinante, una narrativa visual que juega en muchos momentos con los tiempos dramáticos, despistando al espectador hasta el punto de identificarse con los protagonistas según necesidades dramáticas.

Entre actores anda el juego

Pero como decimos, lo relevante en Billions son los personajes, y más concretamente los actores. Dejando a un lado el duelo dramático entre ambos personajes, posiblemente lo más relevante sea el modo en que el tratamiento desgrana progresivamente el trasfondo emocional de cada uno de los roles. Esta información, ofrecida con cuenta gotas, genera un doble efecto, primero de cierta sorpresa e incluso choque emocional, y luego de comprensión y hasta tristeza. Sea como fuera, el caso es que poder comprender el pasado y los aspectos más íntimos de los dos protagonistas permite al espectador no solo anticipar ciertos movimientos (algo complicado en este tipo de series), sino aceptar determinadas decisiones poco comprensibles sin dicha información.

A todo ello contribuyen de forma imprescindible los actores, Tanto Lewis como Giamatti componen dos enemigos íntimos tan sólidos como inigualables. Si la definición de los personajes sobre el papel es compleja, ambos intérpretes acentúan los valores dramáticos hasta cotas insospechadas. Posiblemente donde más se aprecie sea en sus momentos de mayor bajeza moral, cuando recurren a todo tipo de estratagemas para poder salir vencedores en esta especie de partida de ajedrez que se establece entre ellos. Es en los rincones más oscuros de los personajes donde más disfrutan los actores, y donde logran sacar el máximo partido dramático de sus decisiones y sus acciones, repercutiendo en el resto de las tramas.

Precisamente las tramas secundarias pueden ser uno de los puntos más débiles de la serie, y no porque no estén bien estructuradas. Más bien, la lucha principal entre estos personajes y todo lo que ello conlleva (investigación, estrategias, traiciones, etc.) está construida de tal modo que el resto de líneas argumentales pensadas para complementar parecen menos brillantes. Y aunque es cierto que ciertos romances de personajes secundarios resultan algo irrelevante (al igual que episodios protagonizados por tramas anexas), una reflexión posterior permite apreciar el conjunto como un complejo puzzle en el que las piezas están en un delicado equilibrio que pivota sobre la complejidad del mundo en el que se mueven los personajes.

Billions es, a todas luces, una de las mejores producciones de la televisión. La primera temporada es un perfecto juego del gato y el ratón en el que, curiosamente, no se termina de tener demasiado claro quién representa a uno y a otro. La lucha entre estos personajes alcanza cotas sobresalientes, terminando con un diálogo en el último episodio simplemente memorable. A su alrededor se construye todo un mundo de traiciones, mentiras e intereses que supera con creces la mera investigación judicial, afectando de diferente forma a todos y cada uno de los personajes. Una obra construida al milímetro desde sus cimientos, sumamente recomendable para todo aquel que disfrute con la interpretación.

1ª T. de ‘Westworld’, magistral laberinto de la inteligencia artificial


El Lejano Oeste es el protagonista en la serie 'Westworld'.Con todo lo que se ha hablado de la primera temporada de Westworld, decir que esta serie es una de las nuevas joyas de la televisión es no decir nada, y además quedarse muy corto. Lo más llamativo, desde luego, es su factura técnica y el mundo creado alrededor de este parque temático ambientado en el Lejano Oeste con robots tan idénticos a los humanos que es imposible reconocerlos. Pero la primera temporada es mucho más, y ello se debe al desarrollo narrativo planteado por Lisa Joy (serie Criando malvas) y Jonathan Nolan (serie Person of interest), autores de esta especie de adaptación/continuación de la película escrita y dirigida por Michael Crichton (autor a su vez de novelas como Parque Jurásico o La amenaza de Andrómeda) en 1973.

Y es que estos primeros 10 episodios son el ejemplo perfecto de cómo estructurar una narrativa para, como si de una cebolla se tratara, desvelar los secretos capa a capa hasta encajar todas las piezas de un puzzle apasionante y complejo. Lo que comienza siendo una especie de bucle episodio tras episodio en el que se van introduciendo pequeños y distintos elementos termina por convertirse en un relato de venganza, de obsesión y, en cierto modo, de proteger un legado. En dicha evolución los personajes, secundarios o protagonistas, se integran de forma armónica para componer una historia coral que, más allá de la violencia, lo que aborda es la humanidad y los riesgos de la tecnología, algo muy presente en la obra de Crichton. Y todo ello manteniendo un misterio que se resuelve con cuentagotas en los últimos episodios.

Aunque posiblemente lo más interesante de esta primera temporada de Westworld sea la capacidad de Nolan y Joy para relacionar líneas argumentales que no solo se narran de forma paralela, sino que discurren en tiempos diferentes. El hecho de que este mundo del Oeste no envejezca, no cambie, permite a sus creadores jugar con el presente, el pasado y el futuro. Bajo el paraguas de ese “juego” que quiere resolver el personaje de Ed Harris (Retales de una vida), la historia aborda desde diferentes prismas el concepto de la evolución psicológica de los personajes, concepto presente en todas y cada una de las líneas argumentales que nutren estos primeros capítulos. Puede parecer que muchas de las historias son, sencillamente, elementos complementarios a la principal, pero la resolución de la temporada permite una visión tan amplia de la trama que todas las piezas terminan encajando en ese laberinto que el rol de Harris se afana por resolver.

Un laberinto, por cierto, en el que también se introduce al espectador, con el que se establece un juego de inteligencia y perspicacia basado no solo en los detalles visuales, sino en los conceptos sobre los que reflexionan los personajes. Ideas como que los robots solo ven lo que sus creadores quieren que vean, o su incapacidad para hacer daño, terminan siendo ideas fundamentales que no solo sostienen la coherencia de este universo, sino que provocan puntos de giro tan inesperados como impactantes, elevando la historia hasta niveles insospechados en un primer momento. La serie, que cuenta con el apoyo de J.J. Abrams (Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza) como productor, se revela así como una producción compleja, impecable en su factura técnica y con un trasfondo moral, humano y social sumamente sólido.

Actores y actrices

En efecto, esta primera temporada de Westworld es capaz de sobreponerse a sus fallos (si es que los tiene son menores) gracias a una constante reflexión en torno a la idea de lo que nos convierte en humanos, de esa capacidad para tomar decisiones. En este caso, a diferencia de la película original, no hay fallos mecánicos o de energía, sino una presencia en forma de código informático que abre la puerta al libre albedrío de las máquinas. A través de pequeños y aparentes fallos en su comportamiento, la trama cambia el prisma poco a poco para mostrar la verdadera realidad de una situación mucho más compleja, plagada de intereses y en la que pocos personajes terminan siendo lo que inicialmente fueron; es decir, la serie evoluciona, que al fin y al cabo es lo que se pide a toda historia.

Y en esta evolución tienen buena parte de responsabilidad los actores. Sostener una trama tan compleja, con tantas aristas y tantas lecturas, sería complicado si el reparto no está a la altura. Y lo cierto es que no solo asumen sus respectivos roles, sino que aportan algo más, ya sea físicamente o psicológicamente. Desde Anthony Hopkins (Noé), que comienza siendo una suerte de padre bondadoso para revelar su verdadera naturaleza, hasta Ed Harris (Una noche para sobrevivir), cuyo final no revelaremos por ser clave en la comprensión final de la trama, todos los actores acometen la difícil tarea de dotar de profundidad a los personajes, incluso aquellos definidos de una forma algo más burda y arquetípica.

En este sentido, destacan Thandie Newton (Huge), Jeffrey Wright (serie Boardwalk Empire) y Evan Rachel Wood (Los idus de marzo). La primera porque se convierte en el vehículo transformador de toda la historia, en la cara visible de un cambio que se produce a muchos niveles. A través de su personaje no solo se narra la revolución de las máquinas, sino que se descubre el dolor y la tortura a la que se somete a estos personajes. Tortura, por cierto, que se amplifica con el rol de Wright, cuyos giros argumentales en el tramo final son sencillamente abrumadores. En cuanto a Wood, su personaje es el epicentro de la trama, y a pesar de no desempeñar un papel fundamental en el desarrollo de la historia, es evidente que será clave en el futuro de la trama. Es, por así decirlo, el objetivo de todo lo narrado en estos episodios.

La primera temporada de Westworld se convierte, por tanto, en una de las producciones imprescindibles de la temporada. La espectacularidad y precisión de su factura técnica, posiblemente lo más llamativo del conjunto, es simplemente el envoltorio adecuado para una historia compleja que aprovecha los puntos de giro dramáticos para derribar las pretensiones del espectador de comprender algo de lo que ocurre. Y lo más fascinante de todo es que en apenas dos episodios todas las piezas de este parque temático encajan a la perfección para descubrir el fantasma dentro de la máquina, el mensaje que se nos transmite desde el principio y que no hemos podido, o no hemos sabido, ver. La guinda del pastel es que el final de estos 10 episodios deja la puerta abierta a un futuro mucho más apasionante.

‘Los Medici: Señores de Florencia’, ficción histórica de impecable factura


Richard Madden, Stuart Martin y Dustin Hoffman protagonizan 'Los Medici: Señores de Florencia'.Si ya resulta complicado encontrar un equilibrio en cualquier historia para lograr su éxito, hacerlo en una de corte histórico tiende a ser casi misión imposible. Si se opta por ser fiel a la realidad, se puede perder el pulso dramático y caer en el tedio. Si se elige la opción de una fantasía, el resultado puede ser una invención entretenida que no solo no se ajuste a la realidad, sino que desvirtúe el carácter de los personajes tal y como se conoce. De ahí que lo logrado por Nicholas Meyer (Elegy) y Frank Spotnitz (serie Hunted) con Los Medici: Señores de Florencia tenga tanto mérito. Porque, en efecto, la serie tiene un marcado carácter histórico en todos sus aspectos, pero en su trama principal subyace un thriller que nada tiene que ver con la realidad.

Y esto es lo más interesante de esta ficción. Toda la trama de asesinatos, sospechas, engaños y manipulaciones queda perfectamente integrada con los acontecimientos históricos que sí vivió Cosme de Medici, interpretado con sobriedad por Richard Madden (Robb Stark en Juego de tronos). Se produce, por tanto, un desarrollo dramático casi paralelo entre ambos aspectos de la trama, pero nutriéndose uno de otro hasta desembocar en un final tan inesperado como satisfactorio. Ahora bien, dicho desarrollo no es del todo perfecto. A lo largo de los 8 episodios que componen esta primera temporada, la historia cuenta en muchas ocasiones, tal vez demasiadas, con oscilaciones hacia una u otra línea argumental, si bien esto no supone un gran problema narrativo en sí mismo.

Es digno de mención igualmente el recurso de los flashbacks a lo largo de la trama, sobre todo en los primeros episodios. Ya sea por la presencia de un brillante Dustin Hoffman (El coro) o por la posibilidad de comprender la evolución de algunos protagonistas, la introducción de estas secuencias no solo ayuda a sostener la definición de personajes, sino que es un soplo de aire fresco a una trama que en ocasiones puede ser pesada dramáticamente hablando, nutrida de numerosos conflictos de diversa índole que enriquecen el conjunto pero pueden llegar a saturar al espectador. De ahí que, cuando el desarrollo se centra más en el carácter histórico de los personajes, los recuerdos de juventud sean una herramienta más que útil para aliviar la carga y dibujar más claramente a los protagonistas.

A todo ello se suma una cuidada puesta en escena, alejada de efectismos pero que tampoco cae en la sobriedad más absoluta, recurriendo en muchas ocasiones a movimientos que cámara capaces de acaparar toda la belleza de los decorados y, sobre todo, la fuerza de las secuencias más determinantes. Aunque posiblemente puede considerarse que la serie carece de un ritmo idóneo en las secuencias de acción (algunas narradas de forma un poco tosca), es indudable que este lenguaje visual embellece el conjunto y es capaz de ofrecer varios matices que, de otro modo, podrían escaparse a la atención del espectador, ya sea en las intrigas palaciegas o en las secuencias en exterior.

De actores y hombres

Con todo, si algo destaca de Los Medici: señores de Florencia es la definición de sus personajes y los actores elegidos para interpretarlos. Curiosamente, el que menos destaca es el protagonista, no tanto por el modo en que se le presenta como por Madden, que aunque sobrio, en demasiados momentos parece más bien una de las muchas esculturas de las que se rodea Cosme de Medici. Si bien es cierto que la gravedad del rol que interpreta invita a una mínima expresividad, no lo es menos que hay varias situaciones que exigen una mayor muestra de emociones, aunque solo sea por el contexto en el que se desarrollan. Con todo, esta apuesta interpretativa permite apreciar con mayor evidencia el cambio en el carácter del protagonista con respecto a sus años de juventud.

Aunque si hay un personaje que destaca sobremanera es el de Contessina, mujer de Cosme y auténtico espíritu de la familia. Mujer fuerte e inteligente, es presentada como un rol capaz de dominar toda una estirpe a pesar de ocupar un lugar que, para la época, podía considerarse secundario. Su entereza para afrontar los desaires del marido, las humillaciones e incluso los desprecios en algunas miradas es admirable. Y a todo ello contribuye, y de qué modo, Annabel Scholey (Walking on sunshine), actriz que no solo da vida a esta mujer, sino que la engrandece hasta convertirla en un referente para todos y cada uno de los personajes. Desde luego, los momentos que protagoniza se cuentan entre los mejores de estos 8 capítulos, y aquellos que comparte con Madden son magistrales.

En realidad, estos son solo dos ejemplos de que esta historia, con sus intrigas y su recreación histórica, es una historia de personajes, de hombres y mujeres y de los actores y actrices que les interpretan. El modo en que se desarrollan muchos de los diálogos da buena cuenta de que estamos ante una ficción en la que nada es lo que parece, o al menos no lo que el espectador espera. La revelación final sobre la identidad del asesino es el colofón a un desarrollo dramático que desafía la inteligencia en diferentes niveles y que, a lo largo de sus episodios, desgrana los entresijos no solo de la familia más poderosa de Florencia, sino del sistema social, político y económico de la época, incluyendo esa especie de Parlamento de la ciudad o los cambiantes apoyos del Papa en base a sospechas, informaciones o, simplemente, dinero.

Habrá quienes consideren que Los Medici: señores de Florencia no es una serie histórica, sino una ficción que utiliza un trasfondo histórico como excusa. Bueno, es cierto. Pero eso no impide que no se pueda disfrutar a partes iguales de su fidelidad a los acontecimientos que vivió Cosme de Médici y de su elaborada intriga que planea durante toda la serie. Dos elementos que, además, se integran perfectamente en determinados momentos, lo que aporta una especial gravedad a algunos de los hechos históricos que se narran en la trama. Una producción rica en detalles, de una factura técnica muy alta y con un desarrollo dramático muy bien medido, con algunos altibajos pero en cualquier caso muy recomendable, sobre todo para los amantes de este tipo de ficciones.

1ª T. de ‘Daredevil’, una oscuridad pocas veces vista en Marvel


Charlie Cox da vida a Matt Murdock, 'Daredevil' en la primera temporada.Habrá quien ponga el grito, pero la serie sobre Daredevil, el superhéroe ciego de Marvel, es lo más cercano que ha estado esta casa del Batman de Christopher Nolan (Origen). Y si tenemos en cuenta que su trilogía es lo mejor del género, es decir mucho. Evidentemente hay muchas distancias que salvar, pero lo que ha hecho Drew Goddard (La cabaña en el bosque) con este personaje es más que notable, alejando la trama de infantilismos y puro entretenimiento marca de la casa para ofrecer un mundo adulto, ajeno a maquillajes innecesarios y con una de las mejores atmósferas creadas para la pequeña pantalla. Y eso solo en la primera temporada.

Lo cierto es que estos 13 episodios son un gran ejemplo de cómo lograr el equilibrio entre todos los elementos de una ficción, tanto narrativos como visuales. Desde el punto de vista más superficial posible, la apuesta visual y formal resulta apabullante. El apagado color de las secuencias, ya sea de día o de noche, aporta al relato una tosquedad única, un aire malsano de violencia y decadencia que ahonda en el contexto en el que se mueve el protagonista interpretado estupendamente por Charlie Cox (serie Boardwalk Empire). Esa oscuridad constante, así como los tonos rojizos que siempre están presentes, no solo sitúan al espectador en el punto de vista del héroe, sino que oprimen las líneas argumentales hasta eliminar el poco aire que tienen.

Esto, lejos de generar angustia, lo que provoca es un constante crecimiento en la tensión dramática de Daredevil. Tensión que se libera, y de qué modo, con unas coreografías de combate simplemente indescriptibles. Ya sea con armas o con puños desnudos, el carácter violento de este personaje que no tiene remordimientos en lanzar a villanos desde azoteas, o en romper tantos huesos como sea necesario, se traslada a la crudeza de su cruzada particular, que tiene como máximo exponente ese plano secuencia en un pasillo en el que, mostrando muy poco, se narra mucho. En cierto modo, esta es también una forma de mostrar el mundo de un personaje ciego que, sin embargo, es capaz de percibir más que el resto del mundo.

Sin duda, el realismo de esta lucha es uno de los grandes atractivos y de los mayores aciertos de la serie. Tan habituales como los golpes son las suturas que después deben parar las hemorragias. Dicho de otro modo, es un personaje que sangra, que a pesar de contar con un superpoder, su cuerpo es machacado una y otra vez por golpes, cortes y fracturas. Y no se esconde. Es esta crudeza, esta necesidad de mostrar el color rojo de la sangre, lo que convierte a esta primera temporada en un producto muy alejado de Marvel, sobre todo de lo que habitualmente ha hecho en cine. Precisamente esto es lo que genera el soplo de aire fresco que aportan Matt Murdock y el resto de personajes.

De actores y trama

Claro que su apartado técnico y visual no es lo más atractivo de Daredevil. La verdadera sustancia de la serie se halla sobre el papel, en el desarrollo de sus diferentes líneas argumentales y en la definición de sus personajes. A pesar de que la trama principal está claramente definida (a algunos podría parecerles algo burdo) como el héroe contra el villano, son las líneas argumentales secundarias las que aportan riqueza al conjunto, sobre todo porque, aunque corren de forma paralela, terminan por incidir en el desarrollo de la principal. El secreto del héroe a sus amigos, la violencia que guarda el villano interpretado por Vincent D’Onofrio (Jurassic World) o la investigación periodística son algunos ejemplos.

A esto hay que sumar, sin duda, el dibujo de los personajes. A través de los flashbacks que se viven en muchos momentos de la temporada el espectador es capaz de apreciar la trayectoria de cada uno, tanto héroes como villanos, pero el verdadero interés radica en sus relaciones presentes. El modo en que, por ejemplo, afrontan el secreto de Murdock es tan significativo como impactante en la trama, que se ve obligada a evolucionar de un modo sensiblemente diferente. Aunque tal vez el mejor elogio que se puede hacer a los personajes es, precisamente, que pueden morir. Sus reacciones, sus puntos de vista y sus decisiones se basan en todo momento en el miedo a lo que pueda ocurrir, en la imposibilidad de luchar contra algo más grande (principal argumento transversal de la serie, por cierto), lo que aporta un halo de realismo y veracidad que, evidentemente, es evitado en puntuales momentos para poder desarrollar algunos aspectos de la historia.

Es destacable también la labor de los actores, sobre todo de los principales. A las magníficas actuaciones de Cox y D’Onofrio se suma un reparto que, en mayor o menor medida, engrandecen unos perfiles que sobre el papel podrían parecer poco definidos. Sin ir más lejos, el grupo de villanos manejados por ese archienemigo del mundo marvelita que es Wilson Fisk, alias ‘Kingpin’, alternan una pose meramente decorativa con un auténtico perfil determinante, lo que sugiere una irregularidad en el guión, aunque solo sea en el tratamiento. Lo mismo ocurre, aunque en menor medida, con el bando de los héroes, donde algunos personajes parecen entrar y salir de escena por necesidades de la acción, y no porque su historia no tenga más recorrido. Este, que podría ser un lastre importante de la primera temporada, queda minimizado gracias precisamente a la labor de los actores, amén del ritmo que imprime el desarrollo de la trama principal.

El mejor resumen que se puede hacer de la primera temporada de Daredevil es que logra un equilibrio perfecto entre todos sus elementos. La trama se desarrolla de forma fluida a lo largo de los episodios hasta lograr un clímax espléndido. Los actores, en este sentido, ofrecen un trabajo ejemplar, conscientes de su lugar en la trama y adaptándose a ciertos baches que puede tener la historia. Y la apuesta formal, con siluetas, sombras y luchas tan realistas como espectaculares, es el envoltorio ideal para una historia sobre un hombre que lucha para hacer de su ciudad un lugar mejor. Y lucha tanto en los tribunales como en las calles. La oscuridad que desprende en cada plano convierte a este superhéroe en una creación más adulta de lo que cabría esperar, y hace que la producción sea uno de los productos más recomendables de la nueva hornada televisiva.

‘Fargo’ repite y mejora sus claves dramáticas en una 2ª T. brillante


El humor negro vuelve a ser fundamental en la segunda temporada de 'Fargo'.Desarrollar una historia a lo largo de varias temporadas tiene su complicación. Pero lograr que historias diferentes tengan la misma calidad dramática en cada temporada de una serie parece tarea imposible. Si no, que se lo digan a American Horror Story, por ejemplo. Por eso es resulta tan singular lo que ha logrado Noah Hawley (serie Bones) con la segunda temporada de Fargo, una de esas joyas de la pequeña pantalla que unió a crítica y público en un sonoro aplauso, y que repite (para algunos, incluso mejora) en su segunda tanda de episodios lo conseguido con la primera trama.

Tal vez el éxito tenga mucho que ver con el hecho de que, aunque son historias diferentes, están relacionadas tanto dramática como narrativamente hablando. El epicentro de la segunda temporada es un crimen que se menciona en la primera parte, es cierto, pero formalmente conserva todos y cada uno de los elementos que producen ese humor negro tan característico de los hermanos Coen (autores del film en el que se inspira). Desde los personajes irónicos y surrealistas, hasta las situaciones que rozan el absurdo, la trama se mueve con agilidad por un desarrollo que, aunque requiere de una atención especial por parte del espectador (muchos personajes, muchos escenarios, varias tramas secundarias), va atando cabos hasta crear un ente que se vale por sí mismo más allá del legado de su predecesora.

Este es, precisamente, uno de los grandes logros de la segunda temporada de Fargo. La facilidad dramática con la que avanza una historia en la que se mezclan criminales, mafiosos, policía, FBI, un carnicero y hasta un ovni es tan sorprendente como refrescante, sobre todo porque en ningún momento se da pié a que la historia se descarríe. Incluso los momentos más surrealistas son tratados con esa mirada ácida que ironiza con ellos, dotándoles de un extraño halo de realidad que ya quisieran muchas películas. Asimismo, la línea argumental principal sabe nutrirse de todas las historias secundarias que, poco a poco, van apareciendo y desarrollándose, asumiendo la resolución dentro de una única historias. Dicho de otro modo, todo aquello que parece no tener relación con lo que se cuenta en los episodios termina por ser, al menos, relevante en el resultado final.

Pero si el arco dramático que presentan estos 10 capítulos es espléndido, la apuesta formal no lo es menos. La segunda temporada ha servido para explorar nuevas vías narrativas, sobre todo en lo que al comienzo se refiere. Desde una historia contenida en un libro, hasta montajes en paralelo, cualquier recurso es bueno para oxigenar esos títulos iniciales que no por repetirse dejan de tener su ironía. A esto se suma la profusión de violencia y sangre, que tienen un protagonismo mucho mayor porque, entre otras cosas, la historia solo tiene sentido de este modo. La combinación entre el ácido humor, la violencia y la idea de que todo se basa en una “historia real” terminan por lograr ese brillante y delicado equilibrio entre el realismo, la ficción, el humor y el drama que tan bien caracterizan a esta serie.

No sin los actores

Pero a todo este cóctel le falta un ingrediente fundamental. Al igual que ocurrió en la primera temporada, esta segunda historia de Fargo no sería lo mismo sin sus protagonistas. Es cierto que los personajes, complejos y sumamente elaborados, son pieza básica, pero la labor del reparto es impecable en su conjunto, y magistral en muchos casos. Sin ir más lejos, lo que logra Kirsten Dunst (Spider-Man) es espectacular. Su personaje, el que más evoluciona de toda la trama, pasa de parecer un secundario a adquirir un protagonismo fundamental. Y la actriz no solo hace suyo el rol, sino que lo dota de una fortaleza notable, ofreciendo matices que sobre el papel podrían pasar desapercibidos.

En el polo opuesto, aunque igualmente soberbio, está Patrick Wilson (Expediente Warren: The Conjuring). Y digo que es el polo opuesto porque su rol, policía sobrio y aparentemente impasible, requiere del actor una sutileza tal vez mayor. A través de su mirada, y sin grandes aspavientos, Wilson es capaz de transmitir todo un mundo de emociones, reflexiones, miedos y dudas que enriquecen tanto a la historia como al propio personaje. Sin ir más lejos, sus enfrentamientos con los grupos mafiosos de la historia son un gratificante ejercicio del hombre corriente enfrentado a lo que considera sus últimos minutos, con la mezcla de valentía, deber y miedo que eso conlleva.

Ellos son, por aquello de tener papeles protagonistas, lo más destacado de un reparto brillante, desde secundarios como Ted Danson (Una aventura extraordinaria) hasta motores dramáticos como el de Zahn McClarnon (Mekko), en el que es uno de los roles más recordados de esta segunda temporada. Son estos personajes y sus respectivos intérpretes los que ayudan a crear ese halo de realidad dentro de una ficción que roza en muchos momentos el absurdo.

El resumen de la segunda temporada de Fargo podría ser, simple y llanamente, “temporada brillante”. Pero eso sería rascar solo la superficie de la nieve que embellece el paisaje de esta producción. En realidad, esta trama de 10 episodios es una serie en sí misma, un producto independiente, fresco, divertido, apasionante y cautivador que nada tiene que envidiar a la, por otro lado, espléndida primera temporada. Noah Hawley ha sido capaz de demostrar que es posible hacer una segunda temporada al menos tan buena como la primera. Ahora solo queda esperar a lo que será capaz de hacer en el tercer intento. Y ya saben lo que se dice: no hay dos sin tres.

‘The brink’ encuentra la crítica ácida en el humor de su 1ª T


Jack Black es uno de los protagonistas de 'The brink'.A muchos críticos del modo de vida americano les costará imaginar que sus ciudadanos sean capaces de reírse de si mismos. La realidad es que no hay que hacer un gran esfuerzo, sobre todo si se compara con otros rincones del mundo y si se ha podido ver una pequeña joya del humor como es The brink. Y digo “joya” porque posiblemente no tenga mucha repercusión en la gran oferta audiovisual de la televisión que disfrutamos hoy en día. Incluso su forma de estructurar las tres tramas que sustentan la historia puede estar algo descompensada. Pero esta obra de Kim y Roberto Benabib (este último guionista de Weeds), cuya primera temporada consta de 10 episodios, es un festival de risas, de situaciones hilarantes y, sobre todo, de ideas y comentarios muy duros contra el mayor representante del capitalismo. Y eso no se ve todos los días.

De hecho, esta historia acerca de la situación crítica que vive Estados Unidos (‘brink’ vendría a significar ‘a punto de’) ante la inminencia de la guerra en Oriente Medio no deja títere con cabeza. Desde diplomáticos fumetas y algo inconscientes, hasta dictadores clínicamente locos y altos cargos de la Casa Blanca obsesionados con el sexo, pasando por un ejército representado por un camello y su acompañante, todo en la serie supone una provocación. Y aunque es cierto que los personajes son, cuanto menos, unos perdedores que buscan una forma de convertirse en héroes por un interés personal (salvo, tal vez, el rol del espléndido Tim Robbins –Un día perfecto-), en realidad son los diálogos, inteligentes y ácidos, los que llevan la voz cantante.

Puede parecer lo contrario, pero más que la acción (por cierto, algunas de las secuencias son magníficas), más que los conflictos diplomáticos o la parodia de las relaciones internacionales que refleja esta primera temporada de The brink, lo interesante siempre se encuentra en lo que los personajes dicen, en cómo lo dicen e, incluso, en lo que callan. Ejemplos hay muchos, demasiados para enumerarlos aquí. Desde la conversación en la que el personaje de Robbins logra detener un conflicto armado, hasta esa parodia de tribunal militar en el que Estados Unidos no reconoce haber iniciado una guerra entre dos países por el error de dos pilotos drogados, estos primeros 10 episodios se convierten en un desarrollo hilarante de un tema, por cierto, que en principio es poco dado a la risa.

Es importante tener en cuenta que uno de los principales atractivos, y también una de sus debilidades, es la estructura narrativa escogida. Con tres historias independientes pero al mismo tiempo complementarias, la trama se desarrolla en tres grandes escenarios que permiten a sus creadores explorar no solo las oportunidades cómicas de sus protagonistas, sino también algunos clichés de las culturas que protagonizan este divertido crisol. Desde luego, las ventajas saltan a la vista, pero las desventajas también están ahí. Más allá de que, al final, unas tramas terminan imponiéndose a otras (con todo lo que eso conlleva de pérdida de relevancia de algunos personajes), la distribución de los tiempos impide a la serie dibujar unos secundarios sólidos, más allá de convertirlos en parodias que complementan el surrealista mundo que refleja la serie. La verdad es que tampoco se necesita mucho más, pero eso no quita para que se tenga la sensación de perder algo de fuerza en algunos momentos de la temporada.

La confianza de los actores

Tim Robbins se convierte en el héroe de 'The Brink'.Claro que el humor, la ironía y la crítica política, social y militar de The brink no serían lo mismo sin el reparto, simplemente genial en todos sus aspectos. Tal vez sea por el carácter de héroe que tiene, por los problemas internos y externos a los que tiene que hacer frente, o porque es Tim Robbins, pero desde luego el rol de Walter Larson el faro de toda esta primera temporada. Más allá de sus dotes de líder, de su desprecio por sus compañeros de profesión o de su forma de entender el matrimonio, lo realmente interesante es el modo en que evoluciona, siempre a medio camino entre el deber de su cargo y sus debilidades como hombre. Esa dualidad, que provoca algunos de los momentos más surrealistas, también se convierte en uno de los aspectos más interesantes de la trama.

Pero junto a Robbins habría que destacar a Jack Black (El gran año), quien se aleja de histrionismos y payasadas para encontrar su vena cómica más “seria”; Pablo Schreiber (serie Orange is the new black), cuyo dúo con Eric Ladin (serie Boardwalk Empire) hace las veces de martillo para romper las reticencias iniciales con el género de la serie (el momento en la cabina del caza con ambos colocados y mareados es inigualable); Carla Gugino (serie Wayward Pines), que termina siendo una pieza importante en este curioso mosaico. Y así sucesivamente. En realidad, desde los mayores protagonistas hasta los secundarios menos importantes, todos los roles encuentran un sentido a su presencia en la trama, aunque sea puramente testimonial o como herramientas de usar y tirar para el desarrollo de la historia.

Lo mejor que se puede hacer con esta serie es entregarse a su surrealismo, a sus situaciones casi imposibles y al modo en que sus creadores llevan a los personajes, a través de la trama, a una situación límite, al borde de una guerra mundial provocada, al menos en parte, por los propios Estados Unidos. Quien quiera encontrar risas posiblemente se sature, pero esta primera temporada también deja una serie de reflexiones interesantes para todo aquel que las acepte y que las quiera ver. Tal vez no sea una producción sesuda ni dramática; sus personajes, desde luego, no tiene el carisma ni la elaboración de otras ficciones políticas. Pero precisamente porque aplica con inteligencia el humor al contexto pre bélico que desarrolla la denuncia social y política sale a la luz, lo que termina por convertir al producto en algo más que una mera parodia.

Así, The brink sabe evolucionar en su primera temporada desde un comienzo puramente cómico, sin demasiado atractivo más allá de las risas aseguradas, para revelarse como una comedia política que reparte críticas para todos los gustos y países, Estados Unidos a la cabeza. Ese componente de mirarse en el espejo e identificar sus propias debilidades tal vez sea lo más destacable, pero desde luego no es lo único.Y tal y como terminan estos 10 episodios, la segunda temporada se presenta más interesante todavía, trasladando el foco del conflicto a otra zona del mundo donde apenas entran los países desarrollados. Parece que las risas estarán aseguradas.

‘El secreto de Adaline’: un romance que no envejece


Michiel Huisman y Blake Lively protagonizan 'El secreto de Adaline'.La mejor forma de no sufrir decepciones es no esperar ni ilusionarse demasiado con el futuro. Es una premisa pesimista, pero en el caso de la película que nos ocupa puede convertirse en algo beneficioso. Atendiendo al reparto, a la trama y al género nada invita a pensar que estemos ante un film que marque a toda una generación, y desde luego esa no es su intención. Sin embargo, y tal vez todo se deba a la falta de expectativas, el resultado es mejor del previsto, sobre todo por el reparto, la trama y el género.

Habrá quien piense que estamos ante la enésima película romántica para adolescentes con un cierto toque de fantasía para amenizar el producto. Nada más lejos de la realidad. El secreto de Adaline, si bien tiene un desarrollo previsible y que transcurre por escenarios mil y una veces explorado (la fiesta en la que se conocen los protagonistas, el fin de semana en casa de los padres, el secreto inconfesable, …), presenta una factura técnica y artística sobria que logra una narrativa eficaz, capaz de mantener el pulso y el interés en la historia y ofrecer cierta curiosidad en su forma de resolver algunas de las situaciones planteadas por el componente fantástico.

Especial mención merece el reparto al completo, desde una sólida Blake Lively (Linterna verde), quien demuestra que es algo más que una cara bonita, hasta Harrison Ford (Medidas extraordinarias), quien parecía haber olvidado cómo atraer a los espectadores. Es gracias a la labor de los actores que la película adquiere un cierto nivel superior con respecto a películas que podríamos considerar primas hermanas, y desde luego son ellos los que soportan buena parte del peso narrativo cuando la historia se enfanga, como es el caso de la reiterada voz narrativa que se empeña, en muchas ocasiones, en explicar sucesos que se ven en pantalla.

No es el único error que comete El secreto de Adaline. Su previsibilidad juega constantemente en su contra, y los dilemas morales de la protagonista tienden a repetirse a medida que pasan los minutos, perdiendo con ello eficacia dramática. Pero a pesar de todo, este drama romántico se revela como una propuesta entretenida, sin mayor intención que apelar a las emociones más sensibles de los espectadores y hacerlo con la honradez y la sencillez que le aportan el conocimiento de sus propias limitaciones y de su condición de producto comercial. Eso, aunque no sea una cualidad extraordinaria, tampoco tiene nada de malo. Los amantes de este tipo de films se apasionarán con ella. Los demás simplemente disfrutarán de casi dos horas de un romance que no envejece y que pasa de generación en generación.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

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