‘Supergirl’ se convierte en el corazón de la diversidad en su 4ª T.


En algún momento, con la reflexión que permite la distancia de los años, se debería abordar en profundidad el trato que la televisión está dando a los superhéroes, sobre todo a ese llamado Arrowverse con personajes de DC Cómics. Porque lo visto en la cuarta temporada de Supergirl es tan interesante en su concepción dramática como fallida en su desarrollo. Y es que los 22 episodios de esta etapa no solo no logran enganchar al espectador, sino que pierden fuerza a medida que entremezcla tramas como si de una amalgama narrativa se tratara.

Pero vayamos por partes. La serie creada por Ali Adler (serie The new normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos responsables de ArrowThe Flash) se ha confirmado en esta parte de la historia como el “corazón” de la diversidad en el mundo DC, algo que tendrá su continuidad dentro de poco con la llegada de Batwoman. La serie ha dedicado buena parte de su tiempo, a mi modo de ver con acierto dramático, a explorar los conflictos personales y sociales que aún hoy sigue generando la diversidad sexual. Y digo con acierto porque eso se suma a los conflictos racistas que siempre han estado latentes en el personaje (tanto en este como en Superman) sobre los miedos que genera lo desconocido. De hecho, sus creadores se han esmerado en plantear los alienígenas como una versión fantástica de la inmigración en Estados Unidos, lo que adquiere aún más importancia a tenor de las medidas tomadas desde la Casa Blanca.

En esta cuarta temporada de Supergirl todo eso se agudiza hasta el punto de elevarlo, precisamente, hasta la Casa Blanca, con ese personaje interpretado por Sam Witwer (serie Érase una vez) que se convierte en una suerte de líder de una secta al más puro estilo Ku Klux Klan. Este villano protagoniza buena parte de un arco argumental que comienza de un modo relativamente sólido pero que termina por ser casi una autoparodia. A todo ello se añaden nuevos personajes llamados a quedarse (al menos un tiempo) y que aportan un carácter de diversidad sexual sumamente interesante y reflexivo. De hecho, los autores de la serie no dudan en vincular directamente el odio racial con el odio homofóbico, estableciendo vínculos que van más allá del entretenimiento y la fantasía que ofrece esta ficción.

Esta mayor complejidad emocional de la serie se suma, y encaja bastante bien, a los planteamientos iniciales de la superheroína, que la verdad es que no han cambiado prácticamente nada desde la primera temporada. Los secundarios siguen llenando un cierto vacío de la protagonista, cuya dualidad entre su identidad secreta y su figura de Supergirl sigue siendo el motor de la serie, alcanzando en esta ocasión cotas mucho mayores de lo visto hasta ahora. Se puede decir que la cuarta etapa lleva todos los planteamientos iniciales a límites mucho mayores, obligando al espectador a plantearse muchas cuestiones al tiempo que es capaz de distraer durante los tres cuartos de hora que dura cada episodio aproximadamente. El problema está en el formato elegido, en cómo han vestido todo este trasfondo dramático y emocional. Y sobre todo en cómo han desarrollado los arcos dramáticos de cada personaje y cómo han planteado la sucesión de tramas secundarias.

Rusos y fascistas

Y es un gran problema, porque la sensación final que deja la cuarta temporada de Supergirl es la de una serie para adolescentes muy blanca, con pocas luces y sombras, en la que los buenos son muy buenos y los malos son muy malos, sin sacrificios, dudas o errores de por medio. Esto, desde un punto de vista cinematográfico, hace que la serie sea completamente plana, sin giros argumentales de relevancia ni conflictos dramáticos atractivos. Y lo que es peor, diluye en buena medida el mensaje de tolerancia que plantea desde un inicio, reduciéndolo a un mero complemento para las aventuras de la Chica de Acero que, por cierto, abandona la idea de estar a la sombra de Superman para, directamente, convertirse en él, asumiendo de paso a sus villanos.

De aquí se deriva, en cierto modo, el otro gran problema de la historia. La entrada en escena de Lex Luthor (serie Dos hombres y medio), aunque atractiva por lo que aporta el personaje, deja de lado buena parte de lo construido hasta ese momento. Mejor o peor, la serie se había enfocado hacia la intolerancia y el fascismo. La presencia del archienemigo de Superman, aunque bien integrada en el conjunto de la trama, absorbe absolutamente todos los elementos anteriores de la trama, fagocitándolos en su propio beneficio para narrar algo totalmente diferente. Algo que no tiene que ser necesariamente negativo si no fuera porque, en lugar de buscar un desarrollo más o menos coherente, se opta por la vía rusa, esa Hija Roja cuyo recorrido es más bien corto y una suerte de plan maquiavélico que, de rebuscado, no termina de ser creíble.

Las tramas secundarias, además, no acaban de encajar demasiado bien. No tanto en el desarrollo de la temporada, donde sí se integran bastante bien unas con otras, sino en el impacto que pueden tener a futuro en los personajes. Da la sensación de que todo el periplo dramático que viven los secundarios es única y exclusivamente una excusa para desarrollar otros conceptos, sin que luego existan verdaderas consecuencias sobre ellos. Esto, evidentemente, no se sabrá hasta que avance la serie en las siguientes temporadas, donde posiblemente se recuperen algunos de los conflictos que se han quedado sin resolver en esta etapa, pero en cualquier caso poner a cualquier personaje ante un desafío externo (o interno) y que después de superarlo no se vea ninguna evolución dramática siempre es un fallo narrativo importante.

La cuarta temporada de Supergirl, por tanto, se revela como un producto incompleto. Por un lado, se consolida como la ficción más diversa de este universo televisivo. Racismo, homofobia, xenofobia, … son conceptos subyacentes a la fantasía, los efectos especiales y las aventuras superheróicaso. Y en este sentido es digno de alabar el esfuerzo de sus creadores por integrar todas estas historias bajo un mismo paraguas. Pero estos 22 capítulos adolecen de falta de ritmo narrativo. Ni las historias secundarias logran tener entidad propia, ni la historia principal del personaje interpretado por Melissa Benoist (Día de patriotas) resulta lo suficientemente atractiva, lastrada por un exceso de formalidad y una falta de complejidad dramática del personaje. Esto deriva en una serie sumamente lineal en la que los episodios, cargados de dinamismo, se suceden y se consumen tan rápido como se olvidan.

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‘Supergirl’ deja de volar en su tercera temporada


No, no es que la chica de acero pierda sus poderes. Simplemente, la tercera temporada de esta serie creada por Ali Adler (The new normal), Greg Berlanti (serie Arrow) y Andrew Kreisberg (serie The Flash) directamente ha perdido el norte, y todo aquello que en un primer momento convirtió a esta producción en algo entretenido ha desaparecido. Cambio de cadena, cambio de rumbo dramático, … Sea cual sea el motivo, lo cierto es que estos 23 episodios ofrecen una imagen muy poco atractiva de la heroína de DC Cómics, y convierten esta ficción en una de las peores de superhéroes de la programación televisiva actual.

Y el motivo no es otro que tratar de convertir esta serie en una “serie de chicas”, en el peor sentido de la expresión. En un evidente esfuerzo por intentar separar la imagen de esta superheroína de la que arroja Superman, sus creadores han optado por convertir sus aventuras y sus retos en una suerte de comedia/drama adolescente en cuya trama la protagonista se enfrenta a problemas propios de una chica. O mejor dicho, a problemas poco trascendentes. De este modo, en lugar de recorrer una senda algo más compleja, como las dificultades de compaginar trabajo y labor de superhéroe, las relaciones con personajes que caminan al borde de convertirse en villanos o, incluso, tocar temas como el racismo o la xenofobia (algo que hoy en día, por cierto, habría dado a la serie un impulso difícil de calcular), sus creadores optan por quedarse en el enredo amoroso, en la decepción romántica y en las idas y venidas de sentimientos y personajes que, la verdad, aportan más bien poco al desarrollo de la trama. ¿De verdad no se puede hacer una serie protagonizada por mujeres que no hable de corazones rotos, o al menos que no sea este su principal conflicto?

No cabe duda de que Supergirl, como serie en su conjunto, es la que peor parada sale de estas decisiones, pero entrando en el detalle nos encontramos diferentes niveles a solventar. Para empezar, la trama. El arco argumental de esta tercera temporada está, en general, planteado de forma algo tosca, sin giros argumentales de relevancia y, lo que es peor, intentando generar esos cambios narrativos introduciendo elementos que resultan poco creíbles, y eso que estamos en una producción de ciencia ficción donde, por definición, se puede ampliar un poco más el abanico de posibilidades dramáticas. Sin ir más lejos, el hecho de que un fragmento de Krypton se salvara resulta algo risible. Junto a esto, el modo de presentar a la villana de turno, en un fallido intento de generar algo parecido a la intriga por conocer su identidad, evidencia una falta de rumbo dramático alarmante, posiblemente motivada por unas historias secundarias que aportan poco o nada al conjunto, salvo para reubicar las piezas sobre el tablero para la siguiente tanda episódica.

En efecto, los personajes secundarios habituales de la serie son los que más sufren el desarrollo sin rumbo fijo de estos capítulos. El ejemplo más claro es el del rol interpretado por Chyler Leigh (Brake), una hermana que ha pasado por tantas fases dramáticas que se antoja una suerte de comodín que utilizar cuando no se sabe por dónde continuar un argumento. Pero no es la única. La historia de Marte, aunque en parte necesaria para cerrar ese arco argumental, resulta algo anodina, despertando poco interés y recurriendo al desarrollo más lacrimógeno posible. Algunos personajes entran y salen de la historia sin más relevancia que la necesaria para un momento concreto. Y todo ello con la presencia de esos viajeros del futuro introducidos con calzador para dar rienda suelta al triángulo amoroso y que terminan por ser la excusa perfecta para un cambio de personaje innecesario de cara a la cuarta etapa. Eso sí, una cosa hay que reconocer. A la hora de eliminar a un personaje de una historia siempre se recurre a un fallecimiento, un largo traslado, una enfermedad, etc., pero… ¿un destierro al futuro? Eso sí es originalidad.

¿Hay futuro?

Esta es la pregunta que se plantea tras ver la tercera temporada de Supergirl. Evidentemente, existirá siempre que sus creadores y la cadena de emisión quieran, pero otra cosa muy diferente será la aceptación que pueda tener entre los seguidores. Desde luego, la cuarta etapa ya está preparada para comenzar en Estados Unidos a mediados de octubre, pero mucho tendrá que rectificar para poder levantar de nuevo el vuelo, nunca mejor dicho. Y como siempre, todo está relacionado con el tratamiento de personajes y el desarrollo dramático de la historia.

De hecho, los cambios tanto de roles como de su relevancia en la trama en el último episodio de esta temporada podría indicar, al menos, un final para muchos elementos secundarios sin relevancia alguna, como la subtrama de Marte. Ahora bien, existen otros aspectos tal vez menores pero que hacen mella en la buena marcha de la trama. Para empezar, el personaje de Leigh necesita un objetivo, una motivación exclusiva y, como consecuencia, un peso más relevante en la trama. No es que ahora no lo tenga, pero este rol parece ser utilizado como cajón de sastre para historias con poco peso que nada tienen que ver con la principal, además de ser un comodín cuando no se sabe cómo continuar en algún momento.

También es importante que se elimine cierta tendencia al romanticismo. No es que no tenga que existir un love interest (al fin y al cabo, es uno de los tres pilares importantes que puede ser usado en cualquier historia), pero da la sensación de que esta serie tiene la necesidad de incluir cuantas más historias románticas mejor, y eso termina por restar tiempo para narrar los elementos más importantes del arco argumental, o lo que es igual de malo, quita espacio para desarrollar otras tramas secundarias que poco a poco se han ido abandonando y parecen haberse convertido en residuales, como es el caso de la historia de Guardián.

Al contrario de lo ocurrido con ArrowThe FlashSupergirl no parece haber encontrado su espacio narrativo. O mejor dicho, lo ha encontrado, pero en una tendencia descendente que perjudica cada vez más sus historias. Esta tercera temporada confirma que la trama ha derivado por completo en una comedia romántica adolescente en la que nada parece irle mal a la protagonista a pesar de que el desarrollo dramático trate de aparentar que, en efecto, se encuentra en una situación desesperada. Es una lástima, porque aunque optara por una línea clara y sin lados oscuros, esta superheroína tiene más potencial que el que ahora mismo se está mostrando. Y todo apunta a que no se va a cambiar en un futuro inmediato, al menos no en lo más importante.

‘Defiance’ termina con una tercera temporada idónea


Los nuevos enemigos provocan cambios en la tercera temporada de 'Defiance'.No es que sea la mejor serie de ciencia ficción que se haya hecho. Es más, sus primeros pasos fueron, de hecho, bastante mediocres. Pero Defiance ha sabido reponerse de sus difíciles inicios y ha terminado convirtiéndose, en su tercera temporada, en una producción amena, fascinante en su imaginería particular y consciente de sus propias limitaciones. Esto se traduce en que estos últimos 13 episodios son, con diferencia, los mejores de toda la serie.

El mundo creado por Kevin Murphy (serie Mujeres desesperadas), Rockne S. O’Bannon (serie Farscape) y Michael Taylor (serie La zona muerta) ha logrado encontrar en su última temporada el equilibrio que brillaba por su ausencia en las anteriores etapas. Y curiosamente lo ha conseguido introduciendo una serie de factores externos que han logrado unir las diferentes tramas secundarias de un modo difícil de imaginar. La presencia de enemigos comunes, de amenazas constantes y de traiciones imperdonables es lo que ha permitido a los protagonistas evolucionar, desarrollarse dramáticamente hablando, encontrando escenarios nuevos que han nutrido la trama.

Baste señalar, por ejemplo, el cariz que han adquirido los personajes de Tony Curran (In the dark half) y Jaime Murray (serie Dexter), pareja cuyo potencial se perdió al final de la primera temporada y que se ha recuperado con creces en estos nuevos episodios. De hecho, y cada uno a su modo, son los verdaderos catalizadores de toda la acción que tiene Defiance, otorgándoles el lugar que por derecho les corresponde dentro de una trama en la que los personajes son excesivamente monocromáticos. El carácter sibilino de ambos, capaces de vender su alma a cualquier postor con tal de sobrevivir, permite al espectador acceder a su verdadera naturaleza en un grado no contemplado hasta ahora.

Pero no son los únicos que cambian. En líneas generales, la presencia de amenazas que van más allá de la propia ciudad que da nombre a la serie provoca un cambio profundo en todos los roles, incluso en los más secundarios. Es evidente que el carácter de “buenos y malos” sigue presente en todos ellos, pero sus decisiones, en muchos casos, les llevan a cometer actos que no se ajustan a dicha definición, lo que a la larga provoca giros dramáticos que redefinen las relaciones planteadas hasta ahora. Dicho de otro modo, la tercera temporada explora aspectos de la personalidad que hasta ahora habían sido ignorados. Mejor tarde que nunca.

Entretenimiento puro

'Defiance' termina con una tercera temporada superior a las anteriores.Todo esto, sin embargo, no convierte a Defiance en una gran serie. Ni siquiera hace pensar que la tercera y última temporada sea magnífica. Simple y llanamente, es la mejor de todas, lo que eleva significativamente el tono de la producción pero, en ningún caso, logra alejarla del mero entretenimiento de ciencia ficción. Y debe quedar claro que eso no es necesariamente malo, al contrario.

Esta space opera no pretende, en ningún momento, ser más de lo que es. La conciencia de sus propias limitaciones es lo que la convierte en el divertimento que es. Pero no hay que olvidar en ningún momento, precisamente, dichas limitaciones. Curiosamente, estas no son los problemas que venía arrastrando de la segunda temporada, sino que se traducen más bien en conflictos internos de los personajes, tan arquetípicos que no son capaces de asumir los cambios con la naturalidad que debería presuponerse.

Algunas de las decisiones que toman, sumamente polémicas e indudablemente cargadas de confrontación moral, no parecen tener repercusión en las relaciones humanas que se plantean, e incluso no arrojan consecuencias a su entorno. Lo cierto es que se limita a actitudes y decisiones secundarias cuyo impacto en el grueso de la serie es insignificante, pero no dejan de ser decisiones que podrían, perfectamente, provocar un cambio de rumbo en algunas líneas dramáticas. Esta forma de forzar a los personajes, algo que no existía antes (entre otras cosas, porque eran excesivamente tópicos) provoca una cierta disconformidad en el devenir de la serie, y es lo que termina por limitar sus propias posibilidades.

Pero Defiance es lo que es, y dentro de ese marco su tercera temporada se ha convertido en algo superior. Por supuesto, sigue manteniendo unas limitaciones notables, pero la incorporación de factores externos y de amenazas comunes ha permitido a la trama desarrollarse de forma casi autónoma. ‘Casi’ es la palabra clave. El entretenimiento que desprende se ve limitado por algunas decisiones dramáticas que impiden a los personajes ir un paso más allá. En cualquier caso, y dado que esta última entrega de episodios ha sido la mejor, se puede decir que la serie termina por todo lo alto.

‘Defiance’ sustituye unos problemas por otros en su 2ª temporada


Grant Bowler y Stephanie Leonidas vuelven a 'Defiance' en la segunda temporada.Algo realmente malo tenía que ocurrir para que la serie Defiance no mejorara en su segunda temporada todo aquello que debilitó la primera etapa. Parece que sus creadores, Kevin Murphy (serie Caprica) y Rockne S. O’Bannon (serie Revolution) son conscientes de ello a tenor de lo que se puede ver en estos nuevos 13 capítulos. El problema es que en ese intento de reconducir los problemas de desarrollo que planteaba su primera temporada se han creado otros que, de un modo u otro, dejan en el conjunto la misma sensación de impotencia, de querer ser algo que no puede llegar a ser. Aunque lo verdaderamente preocupante es que estas nuevas irregularidades se deben a elementos de fondo, a diferencia de lo que ocurría en la anterior entrega.

Era lógico que todo aquello que resultaba confuso durante los primeros episodios de la serie sería subsanado conforme el espectador y la trama se acomodaran a las necesidades naturales de esta space opera. Sus personajes, las relaciones entre ellos, las características de las razas, … todo ello adquiere en esta temporada un aspecto renovado gracias al conocimiento previo. Como consecuencia, la necesidad de plantear casos autoconclusivos desaparece, lo que sus creadores aprovechan para abordar tramas más complejas, más profundas y, sobre todo, más desarrolladas. Ahí está, por ejemplo, la trama principal centrada en esa especie de inteligencia artificial empeñada en destruir el planeta para reconstruirlo a su antojo. Murphy y O’Bannon manejan con soltura e inteligencia la difusión de información, creando un suspense que aumenta con el paso de los episodios y, lo más importante, concluye con un clímax de pura ciencia ficción.

La otra gran trama, la que se centra en la familia encabezada por Tony Curran (El buen alemán) y Jaime Murray (serie Dexter), es si cabe mucho más interesante. Lo cierto es que en la primera temporada de Defiance estos personajes, maniatados por sus férreas tradiciones en un mundo donde la diversidad y la tolerancia son las principales señas de identidad, ya apuntaban a un amplio desarrollo, cumpliendo las expectativas a medida que se suceden los episodios de esta continuación. Personalmente, los componentes que nutren esta línea argumental son los que dotan a la ficción de verdadero interés gracias a las traiciones, las intrigas y los recelos que definen a cada uno de los roles. Eso por no hablar del hecho de que son los caracteres con mayor recorrido de la serie, muy por encima de los protagonistas interpretados por Grant Bowler (Asesinos de élite) y Stephanie Leonidas (La fiesta del chivo).

Pero la poca necesidad de mostrar el mundo de la serie y las relaciones entre razas que sustentan su trasfondo dramático no solo ha permitido una profundización en el drama y en la intriga, sino que ha fomentado la aparición de nuevos personajes. Independientemente de su relevancia en el conjunto, es importante señalar cómo su incorporación abre el abanico de posibilidades en lo que a desarrollo de la fantasía se refiere. Su llegada propicia la presencia de nuevas costumbres, nuevos hábitos y nuevos secretos, lo que a la larga amplía la visión que puede tener el espectador sobre el complejo entramado de la ficción. Todo ello permite, además, la introducción de nuevas líneas argumentales que, presumiblemente, tendrán una mayor trascendencia en la ya confirmada tercera temporada.

Debilidades inherentes

Aunque como decía al comienzo, Defiance sigue teniendo problemas. Incompatibilidades dramáticas si se prefiere, aunque sería más exacto denominarlas como debilidades en el desarrollo de los aspectos secundarios de esta segunda temporada. Y curiosamente, la mayoría de ellos vienen determinados por la aparición de los nuevos secundarios. Me explico. Su presencia, aunque insufla aire fresco a la serie (incluso permite al departamento de efectos digitales especular con una Nueva York rediseñada como si de una operación con láser se tratara), nunca adquiere el grado de relevante. Muchos de estos roles, aunque interesantes, no encuentran un buen desarrollo dramático, limitándose a interpretar un papel que les viene dado casi desde antes de su aparición. El jefazo insufrible con un pasado que esconder y motivaciones oscuras; la agente dispuesta a cumplir con su obligación pero de buen corazón; la prostituta capaz de todo por lograr su meta. Todos ellos, no cabe duda, aportan cierto dinamismo, pero en ningún caso logran traspasar la frontera de los meros secundarios arquetípicos. Mucho menos si tenemos en cuenta las influencias nazis de los que se suponen villanos.

Del mismo modo, estos nuevos personajes que reclaman su espacio en la trama obligan a los responsables a restar importancia a otros secundarios que en la primera temporada sí tuvieron una más que evidente relevancia en la trama. El resultado es evidente. Sus arcos argumentales pierden fuerza, los roles se quedan en un plano muy secundario, limitando su participación a meros puntos de inflexión de algunos aspectos de la trama principal, y el desarrollo del conjunto se vuelve algo confuso al no encontrar los mismos referentes de los primeros episodios. Quizá la mejor prueba de ello es que el personaje interpretado por Graham Greene (Cuento de invierno) ha sido incorporado a la trama familiar de Curran y Murray, lo que a su vez ha permitido que se genere un gancho de final de temporada. Empero, la independencia de la que gozaba aquel ha desaparecido, lo cual por cierto elimina, al menos de momento, una línea argumental que podía aportar bastantes cosas a la serie.

Lo más peligroso de estas debilidades es que son inherentes a la propia producción. Ya sea por la complejidad de su planteamiento (muchas razas, mucho trasfondo social y muchos efectos) o por la simplicidad de muchos personajes, la serie parece abocada a no superar sus problemas narrativos. Sí, sus tramas son atractivas. Y sí, la idea de base ofrece innumerables alternativas narrativas y de desarrollo dramático. Pero al final, este tipo de series se basan fundamentalmente en sus personajes, y salvo los principales el resto se antojan demasiado arquetípicos, tanto en sus objetivos como en sus diálogos, lo que termina por restar peso específico a lo expuesto episodio tras episodio. Dicho de otro modo, se conocen las debilidades y fortalezas de cada rol desde el principio, lo cual no debería ser necesariamente malo, pero sí nocivo para las expectativas del conjunto.

Al final, la segunda temporada de Defiance deja un sabor agridulce. Es mucho más entretenida que otras producciones para la pequeña pantalla, y desde luego es algo distinto y fresco. Gracias a unas tramas algo más elaboradas y a la madurez que adquieren algunos personajes la serie supera algunos problemas iniciales, pero no es capaz de mantenerse. La necesidad de complicar la estructura dramática lleva a sus responsables a caer, de nuevo, en algunos problemas de difícil solución. Sin ir más lejos, uno de ellos se resuelve al final de esta temporada de la forma más radical posible. Pero es evidente que eso no puede funcionar siempre, tanto por la credibilidad como por la propia salud de la ciencia ficción. Parece que el interés generado permite extenderla, al menos, una temporada más, pero a menos que empiece a tomarse algo más en serio a sí misma puede que las debilidades terminen imponiéndose a las fortalezas.

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