7ª T. de ‘Orange is the new black’, un final adecuado a los personajes


Siete años han pasado desde aquel primer episodio de Orange is the new black. Y pocas series hay que evidencien mejor cómo una historia puede comerse a su protagonista para dar más presencia a unas secundarias con mucho más interés. La serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) ha pasado en este tiempo por muchos altibajos, perdiendo interés en algunas temporadas y recuperándolo en otras tantas. Esta séptima y última tanda de episodios es, posiblemente, el mejor reflejo de esa irregularidad, pero también de cómo algunos personajes han terminado por tener una mayor peso en la trama.

Planteada como una temporada de cierre de arcos dramáticos, los 13 capítulos que conforman este final sitúan al grupo de presas totalmente ramificado, reflejo de la ruptura de unas amistades que se ha ido fraguando a lo largo de todos estos años. Pero también, y esto es posiblemente lo más interesante, ofrecen unas conclusiones adecuadas a cada una de las presas, en algunos casos extremadamente dramáticas. El hecho de que no todas sobrevivan, y de que para algunas el final de la historia sea el momento más trágico de sus vidas, hace que esta conclusión carezca de sentimentalismos baratos o de finales tergiversados para hacer sentir bien al espectador. Más bien al contrario, el tratamiento de algunos de los personajes es extremadamente difícil, evidenciando algo que muchas veces se olvida: que por mucho cariño que se coja a un personaje a pesar de su maldad, su incompetencia o sus tendencias autodestructivas, no deja de tener cualidades negativas.

Bajo esta premisa, Kohan estructura esta séptima etapa de Orange is the new black más como una sinfonía en la que cada instrumento va a su ritmo que como una orquesta bien coordinada. Pero en el caos y la independencia de cada instrumento la música suena bien. ¡Qué digo bien! Suena mejor que muchas temporadas anteriores. Tal vez sea porque es el final; tal vez porque, tras varias decepciones, todo lo que nos cuentan ahora nos parece correcto. Pero tal vez sea porque esta conclusión está bien planteada y estructurada, combinando diferentes historias que poco o nada tienen que ver entre ellas de forma armónica para componer un mosaico aparentemente caótico pero bien calculado. Sin entrar a desvelar demasiados detalles para aquellos que no hayan visto el final cuando lean estas líneas, las conclusiones de los personajes de Kate Mulgrew (Drawing home) y Taryn Manning (La bóveda) son sencillamente perfectos, combinando tanto sus trayectorias durante toda la serie como el impacto de los acontecimientos en sus decisiones. Son los mejores ejemplos de cómo abordar finales adecuados para personajes complejos, por supuesto siempre dentro de las limitaciones que tiene esta serie.

Y curiosamente, la que comenzó como protagonista, Taylor Schilling (The public) es el ejemplo de cómo un personaje puede perder interés hasta niveles inimaginables. No es que su tratamiento no haya sido correcto… o bueno, en parte sí. Pero lo realmente importante es el punto de partida de esta mujer que entra en la cárcel por un error de su pasado. Lo que tendría que haber sido un contraste entre su personalidad y el mundo carcelario ha terminado con este universo devorando por completo al rol de Schilling. Esta última etapa ha querido recuperar ese papel protagonista, aunque sin demasiado éxito, mostrando, una vez superados los problemas de la cárcel, cómo es para una expresidiaria enfrentarse al mundo. En esto el personaje también falla, tanto por el modo de afrontar esta parte del relato como por todo el bagaje dramático de años atrás. Es evidente que su historia es la que más necesitaba cerrarse, pero viendo el conjunto da la sensación de que es relleno para cubrir los huecos que dejan arcos dramáticos mucho más interesantes.

Entrar y salir

Aunque en líneas generales esta última temporada de Orange is the new black presenta un balance positivo para lo que suelen ser este tipo de finales de serie, la ficción de Kohan sigue presentando algunas deficiencias. Uno de los problemas que había arrastrado durante las etapas anteriores era la proliferación de personajes, de los que, en la mayoría de los casos, se contaba su pasado. Aunque interesante, la propuesta corría el riesgo, y de hecho así fue, de que esta acumulación de historias terminara por restar peso dramático a todas en general. Si bien eso se ha ido corrigiendo poco a poco (sobre todo cuando se separaron a las presas allá por el final de la quinta temporada), todavía han quedado vestigios de ese problema, y eso se ha traducido en que algunos personajes han evolucionado en estos episodios a trompicones, o directamente se han quedado como un elemento más del paisaje para las principales protagonistas. Sin ser un gran problema, sí provoca que el panorama general sea irregular, y que el desarrollo presente demasiados altibajos en su planteamiento dramático.

Por poner algunos ejemplos de esa irregularidad, en la cara “negativa”, por decirlo de algún modo, tendríamos el personaje de Danielle Brooks (Sadie), quien por cierto ha asumido, en cierto modo, parte de los valores que debería haber representado la protagonista. Mujer buena en su interior que ha cometido un error, y condenada a una pena perpetua por un delito del que no es culpable, su tratamiento en estos episodios ha sido intermitente, comenzando con una relevancia inexistente y asumiendo después una suerte de papel salvador para el resto de presas. Su crisis existencial, su forma de afrontar su futuro, es interesante por momentos, sobre todo en su tramo final, pero está presentada de un modo algo tosco, previsible y arquetípico. Es cierto que su actitud concuerda bastante con la evolución a lo largo de la serie, sobre todo en el modo de relacionarse con el resto de personajes, pero no termina de adquirir el dramatismo de otros arcos dramáticos de la trama.

Mucho más impactante es la evolución del rol de Yael Stone (Falling), posiblemente por aquello de que sus problemas psicológicos terminan por apoderarse del personaje hasta un extremo enfermizo. El modo en que la actriz refleja la evolución hacia un mundo que solo su personaje conoce es simplemente extraordinario. En realidad, es posiblemente el final más previsible de todos los que se muestran en esta última temporada, pero también uno de los más dramáticos, pues el personaje no solo no llega a tener su final soñado, sino que más bien termina viviendo una pesadilla totalmente opuesta a lo que buscaba. Eso, unido a sus problemas psicológicos y sus obsesiones, la llevan a una espiral autodestructiva magistralmente mostrada en el tercio final de la serie, con una conclusión tan devastadora como la de otras reclusas protagonistas. En realidad, y a pesar de ciertas irregularidades en el tratamiento individual, se logra el efecto buscado, que no es otro que una sensación amarga en el espectador, un final para nada feliz que muestra de un modo bastante descarnado el final de una vida marcada por la cárcel.

Y como colofón, esta temporada final de Orange is the new black suma al drama carcelario el infierno de los centros para inmigrantes que van a ser deportados. Con el toque habitual de humor y drama de esta serie se muestra una situación mucho peor incluso que la de la prisión, denunciando el modo en que viven estas personas a las que se priva de la mayoría de sus derechos y se las expulsa en plena noche, despertándolas y tratándolas con menos humanidad que a muchos animales. Es la guinda de un pastel que no siempre ha sido dulce en estos años, pero que deja muy buenas sensaciones en muchas de sus temporadas. Sin duda, lo más interesante que deja esta serie es esa evolución que han sufrido los personajes, ese cambio a lo largo de los años que ha convertido esta ficción en una obra coral. Lo peor… posiblemente sus problemas para equilibrar tantas historias personales.

‘The Big Bang Theory’ llega tarde al final esperado en la 12ª T.


No es habitual que una serie supere las 10 temporadas. Cuando eso ocurre lo normal es que surjan dudas. ¿Es necesaria una duración tan larga? ¿Realmente los personajes tienen tanto interés? Y sobre todo, ¿se podría haber contado lo mismo con menos capítulos? Las respuestas dependen del formato, la frescura y la concepción inicial de la ficción. El caso de The Big Bang Theory es una buena muestra de que una buena serie es mucho mejor si es directa, sencilla y corta. O al menos, no alargada de forma artificial. Su última temporada, la número 12, es la prueba palpable.

Los 24 episodios de esta etapa final de la serie creada por Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Brady (serie The Muppets) oscilan entre el humor original de esta ficción que ha puesto a los frikis en el mapa y el cansancio narrativo y creativo que han evidenciado las últimas tandas de capítulos. Porque hay cansancio, y mucho. Los personajes han llegado a un punto en el que, sencillamente, no pueden evolucionar más sin cambiar el sentido de la serie. Las situaciones cómicas, en muchas ocasiones, han dejado de tener gracia porque, de tanto repetirse, han perdido la frescura que las caracterizaba al inicio. Y los diálogos, siendo sinceros, tampoco es que hayan sabido adaptarse a las nuevas demandas de los espectadores. En cierto modo, la serie ha colapsado en un intento de evolucionar manteniendo sus rasgos iniciales (que no su esencia).

Y me explico. Muchos espectadores, yo entre ellos, defenderán que toda historia tiene que evolucionar si quiere resultar atractiva. Y es cierto. La mayor amenaza de cualquier relato es el inmovilismo. Pero… ¿qué significa evolucionar? En realidad, significa enfrentar a los protagonistas ante retos externos e internos que les obliguen a modificar su forma de entender el mundo y a sí mismos para poder superarlos, de modo que sean personajes diferentes a lo que comenzaron siendo. Pero con un matiz: nunca se debe cambiar tanto que cambie por completo el concepto dramático de la trama. Del mismo modo que nunca debe mantener demasiado de ese origen del que procede. Pues bien, The Big Bang Theory ha evolucionado tanto que el aspecto inicial de la serie se ha perdido. Los personajes han madurado, tienen una vida en pareja, familia, objetivos y retos diferentes. Sin embargo, sus creadores tratan de seguir presentándoles como aquellos científicos frikis aficionados a cómics, videojuegos y películas de ciencia ficción que se presentaron en sociedad hace ya tantos años.

El problema es que eso ya es inviable, y esa dualidad interna en todos los protagonistas no termina de resolverse. Hay momentos en que vuelven a ser esos niños grandes, pero en otros parecen unos jóvenes adultos asentados en una nueva etapa de sus vidas. Esto genera que algunos de los gags que en otras ocasiones podían resultar hilarantes ahora simplemente arranquen una sonrisa como mucho. Curiosamente, algunos de los mejores momentos los siguen protagonizando los secundarios que participan en la serie, muestra del interés que han ido perdiendo los protagonistas poco a poco. Los episodios, igual de cortos, se hacen más largos. Y hasta puede dar la sensación de que algunos personajes, a pesar de seguir siendo prácticamente iguales, han perdido algo de su esencia, precisamente por esa cierta falta de ritmo y humor que desprenden estos 24 episodios.

Al César lo que es del César

Todo esto, aunque evidentemente perjudica el desarrollo y la impresión general de The Big Bang Theory como serie, no impide sin embargo que el final de temporada y de serie sea bueno. Yo diría notable. Y es que a pesar de alargarse innecesariamente, la última etapa presenta una conclusión coherente con sus personajes, con los anhelos y deseos que han mostrado en la recta final de la ficción. Por ello, y aunque presente momentos que directamente se podrían suprimir sin que afecte al desarrollo de la historia, los últimos episodios se utilizan para cerrar todos los arcos argumentales de los protagonistas, respondiendo con un final feliz a cada uno de ellos. Al César lo que es del César, y a este grupo de amigos le corresponde una recompensa de la que, posiblemente, ni ellos mismos sean conscientes.

Sin desvelar absolutamente ningún detalle (salvo tal vez el que se ve en la fotografía, con los dos personajes recibiendo el Premio Nobel), sí se puede decir que el cierre de tramas principales y secundarias resulta interesante, sobre todo para ser una comedia de situación que comenzó de forma algo transgresora y ha terminado siendo un producto común aderezado con chistes científicos y el mayor de los frikismos. A pesar de los vaivenes de algunos personajes (uno de los motivos para que la serie haya bajado en interés), en líneas generales nos encontramos ante un cierre dramático tan previsible como bien ejecutado. Evidentemente, que nadie espere algo que no sea un ‘… y vivieron felices’, porque la serie no busca otra cosa, pero incluso ese final tan blanco como positivo hay que saber ejecutarlo, y los guionistas salen airosos de intentar levantar ligeramente, aunque solo sea para su final, el nivel dramático, cómico y de interés de la serie.

Lo que representa esta última temporada, en pocas palabras, es lo que ha ocurrido con toda la serie. Es decir, ha pasado por buenos momentos, por otros más tediosos, algunos brillantes y un desarrollo dramático y de personajes sin un objetivo claro, al menos no de antemano. La incorporación de secundarios, sin duda, es un claro aliciente que no solo insufla aire fresco al conjunto, sino que evidencia la fuerza mediática que ha adquirido esta sitcom. Pero ni siquiera ellos son capaces de eliminar esa sensación de estar viendo pocas novedades en la relación entre personajes y en la evolución de las tramas, más allá de momentos puntuales que es necesario modificar por ‘obligaciones de guión’. En este sentido, por tanto, lo que tenemos es una temporada 12 divertida a ratos (más que las dos inmediatamente anteriores), con desarrollo de algunas tramas y con una cierta incongruencia en algunas situaciones que viven los personajes.

Y eso es lo que ha sido The Big Bang Theory. En realidad, la serie fue toda una sorpresa y un fenómeno durante las primeras temporadas. La serie supo evolucionar correctamente durante un tiempo, introduciendo a los protagonistas en la edad adulta de forma progresiva y pausada, lo que además provocó numerosas situaciones cómicas y gags por los diferentes ritmos narrativos de cada uno de ellos. Pero la historia se estiró demasiado. Las situaciones comenzaron a parecer algo repetitivas; los personajes, todos ellos ya en la vida adulta, parecían perder frescura al tiempo que sus creadores querían mantenerlos jóvenes; y el humor se fue diluyendo ligeramente. No cabe duda de que esta comedia es el referente del género del siglo XXI, como Friends lo fue en su momento. Pero le sobran temporadas, y eso lastra ligeramente al conjunto. En todo caso, es innegable que, con sus fallos y sus aciertos, ese plano final de todos los personajes en ese salón que tantas cosas ha vivido es el broche de oro a una importante etapa televisiva. Y para muchos espectadores, es el final de toda una vida.

‘Gotham’ llega a un final caótico en su quinta temporada


En este fenómeno superheroico en el que vivimos las nuevas producciones tratan de ofrecer algo diferente, ya sea en el tratamiento de los personajes, en la estética o en el apartado visual. Bajo esta idea nació hace cinco años Gotham, serie que buscaba narrar los orígenes de Batman a través de la figura del Comisario Gordon, uno de los secundarios más importantes e icónicos del universo del Caballero Oscuro. Pero lo que comenzó con esta idea pronto derivó en algo notablemente diferente, hasta el punto de ser una reinterpretación de los cómics en formato más… digamos adolescente. Y fruto de eso es esta quinta y última temporada, entregada por completo al caos y la destrucción para tratar de justificar y, ante todo, encajar el diferente desarrollo de los personajes con el inicio de las aventuras de Bruce Wayne como el Hombre Murciélago.

La labor de Bruno Heller (serie Roma) como creador, y del resto de guionistas y responsables de la serie, queda completamente difuminada en el intento de encajar más villanos en una trama que ya no daba mucho más de sí. La falta de objetivo claro se apreció ya en el tratamiento de un enemigo tan importante como el Joker durante la temporada pasada, con algunos Deus ex machina que no encajaban con el desarrollo hasta ese momento. Ahora el descontrol se extiende a otros personajes, haciendo que algunos de ellos queden completamente caricaturizados, que otros desaparezcan por necesidades dramáticas y que otros, simplemente, experimenten giros argumentales cogidos con pinzas. El motivo de esto no es otro que la necesidad de contar mucho en muy poco tiempo. Los 12 episodios de esta etapa, casi la mitad de lo habitual, y la complejidad de la historia que se presenta obligan a tomar decisiones un tanto cuestionables, llevando a los personajes a un límite dramático con poca coherencia. Y no digo con esto que la serie haya sido un alarde de sentido común, pero si por algo se ha caracterizado siempre ha sido por unos personajes bien construidos.

Nada de esto significa que Gotham pierda ritmo, más bien al contrario. Su frenético desarrollo imprime al conjunto una dinámica única pocas veces vista en la serie. Por decirlo de otro modo, es el clímax de cualquier historia. Sus secuencias de acción, ese planteamiento de gran flashback respecto de un punto de partida ya de por sí impactante, y ese episodio final con Batman haciendo acto de presencia son algunos de los elementos que denotan que estamos en la recta final de la historia. Y sí, resulta muy entretenido, pero única y exclusivamente si no se reflexiona sobre lo que ha llevado a los personajes hasta esa situación. De hacerlo, es fácil encontrar no pocas incongruencias y situaciones encajadas a la fuerza para tratar de que el final (que es también el comienzo de la leyenda del superhéroe) pueda justificar, de algún modo, las historias más conocidas de Batman.

En este proceso de simplificación final sin duda los mayores perjudicados son los villanos que, para qué negarlo, han sido el alma de la serie durante varias temporadas. Papeles como el de Robin Lord Taylor (En el frío de la noche) o Cory Michael Smith (First Man) quedan reducidos a una caricatura de lo que eran; el rol de Erin Richards (El estigma del mal) evoluciona de un modo que parece casi imposible. Y no hablemos de lo que ocurre con el Joker, que comenzó sus andanzas como un grandísimo y psicópata villano, cambió de rumbo con el cambio de hermano y ha terminado siendo una extraña criatura a medio camino de ninguna parte, tratando de justificar así, en teoría, la dualidad y la psicopatía del principal archienemigo del Caballero Oscuro. A todo ello se suman dos nuevos villanos, el motor de esta temporada que, sin embargo, son dibujados de un modo algo simple, motivados únicamente por una sed de venganza tan básica como directamente resuelta.

Una nueva Gotham

Lo cierto es que todo ello compone una nueva Gotham, tanto en el concepto de serie como en la propia ciudad en sí. Quizá por ello el objetivo último de esta quinta temporada haya sido la destrucción de los edificios como símbolo de una ruptura con el pasado, con todo lo que se había construido hasta ese momento narrativa y conceptualmente. En este sentido, esta conclusión de 12 capítulos (bueno, en realidad es más bien 11+1) se puede interpretar como un apéndice para cerrar algunas tramas secundarias, dejar abiertas para el futuro otras tantas y, sobre todo, dar pie a la transformación definitiva del protagonista interpretado por David Mazouz (serie Touch), quien por cierto ha alcanzado la mayoría de edad mientras se emitía esta última etapa.

Pero esta interpretación no puede obviar el hecho de que todos los acontecimientos se han precipitado. La evolución de los villanos ha sido, como explicaba anteriormente, excesivamente acelerada, tanto para los ya conocidos como para los nuevos. Eso por no hablar de algunos giros de guión tan forzados que cuesta mucho aceptarlos, no digamos ya encajarlos dentro de la narrativa de un modo natural y orgánico. Y en esta sucesión de tropiezos dramáticos de la serie se encuentra también el final del que, en teoría, tendría que haber sido el protagonista. El personaje de Jim Gordon ha quedado relegado por completo a una suerte de vehículo narrativo para contar el proceso de madurez de Bruce Wayne, amén de ser el nexo de unión entre secundarios mucho más interesantes que él. En esta última etapa adquiere algo más de protagonismo, es cierto, retomando el rol que se le presumió en sus orígenes.

Posiblemente lo más interesante de la temporada, con sus aciertos y sus fallos, sea el episodio final, que se aleja sensiblemente del espíritu de la serie para sumergirse en el lenguaje narrativo propio de Batman, evitando mostrar al personaje en todo momento salvo ese último plano con el que la serie conecta con el universo del superhéroe. Un capítulo en el que se sientan las bases de las relaciones que los aficionados ya conocen y que, en mayor o menor medida, habían sido modificadas para desarrollar las historias de la serie. Y aunque esta conclusión pueda ser, objetivamente hablando, sumamente interesante, su encaje en la serie queda un poco en entredicho. El problema no es tanto de lo narrado en esos últimos minutos, sino de la evolución de las tramas, que parecen haber crecido sin el necesario control para ajustarse a ese final que, en mayor o menor medida, estaba previsto. Posiblemente si esta temporada hubiera durado algo más ese ajuste entre desarrollo y final habría sido mayor.

En cualquier caso, Gotham es una serie diferente, con una extraordinaria estética que bebe de las influencias de cómic y películas y con un diseño de personajes, sobre todo villanos, más que notable. El problema que ha tenido toda esta ficción ha sido el camino seguido por las historias, tanto principales como secundarias, sobre todo a partir de la tercera temporada. Es algo que ha tenido su cúlmen en esta quinta y última etapa, en la que la falta de tiempo narrativo y la poco coherencia de la trama han obligado a precipitar los acontecimientos sin dotarlos de evolución interna, lo que termina generando un cierto caos que, aunque ayuda en cierto modo al sentido final de la temporada (con esa especie de guerra en las calles de la ciudad), no hace justicia al resto de la producción. Eso sí, se agradece el esfuerzo para encajar todo lo narrado con el origen de Batman en ese último episodio.

Temporada 8 de ‘Juego de Tronos’, un gran final para los Siete Reinos


Ya está. Lo que hace ocho años comenzó como la adaptación de una serie de novelas de corte fantástico medieval ha llegado a su fin como el fenómeno televisivo de las últimas décadas. Un fenómeno que ha trascendido su propia dimensión de puro entretenimiento seriéfilo para convertirse en un estudio de estrategias políticas y una confrontación de pasiones encontradas. Y si bien es cierto que esto da buena muestra del grado de relevancia que ha adquirido Juego de tronos, también ha jugado en contra de la octava y última temporada creada por David Benioff (Troya) y D.B. Weiss, ya conocidos como D&D. Personalmente, creo que con sus errores y sus prisas por terminar, que los tiene, estos seis episodios finales son la conclusión sobresaliente a una historia desarrollada en casi una década.

Y sí, digo sobresaliente porque en realidad estos capítulos vienen a ser lo que el tercer acto es a una película, es decir, la conclusión a todas las tramas abiertas a lo largo de los años. Sobre todo las principales. Esto ha provocado que el desarrollo dramático se haya centrado fundamentalmente en los conflictos bélicos largamente esperados, ambos con consecuencias catastróficas tanto visual como sociológicamente. En este aspecto, sus creadores aprovechan las oportunidades que ofrecen las propias características de la serie para componer una huída hacia adelante, un constante recorrido a marchas forzadas para solventar algunos de los conflictos planteados, madurados e incluso enquistados a lo largo de estas temporadas. Habrá quien piense que todo ha sido muy rápido, que solo ha interesado lo visual por encima de la intriga política. No falta razón, pero es que si hubiera sido de otra manera no estaríamos ante el final, sino ante una transición a otra historia diferente.

Las dos principales batallas de esta temporada, desarrolladas no por casualidad en las dos grandes ciudades de Juego de tronos, son un ejemplo de pulso narrativo. La primera, en Invernalia, juega de forma magistral con la iluminación, con el terror de la noche y las características de los muertos. Los movimientos de cámara permiten en todo momento conocer la ubicación de todos los personajes allí citados aunque la historia solo se centra en los principales. Y me explico. El episodio está estructurado de tal manera que la trama solo necesita seguir a los protagonistas para poder narrar cada detalle de la batalla. Y esto, teniendo en cuenta la complejidad de la narrativa, es algo que todo realizador debería estudiar si tiene que enfrentarse a algo similar. La segunda, en Desembarco del Rey, es más bien un derroche de tensión dramática, con ese tañer de campanas que debería marcar un final y, sin embargo, marca un inicio. Y aunque este episodio tiene algunos de los momentos más irregulares de la serie, no deja de evidenciar la fuerza narrativa de una serie construida a fuego lento… nunca mejor dicho.

No cabe duda de que estos seis episodios (algunos de ellos de una duración similar a una película) se han planteado única y exclusivamente para cerrar tramas. Algunas de ellas quedan ligeramente abiertas en el último episodio. Otras se cierran de forma coherente y otras, sencillamente, se antojan algo apresuradas en su resolución. Todas ellas, con sus altibajos, forman sin embargo un mosaico narrativo y visual espléndido, con una serie de discursos y argumentaciones finales que demuestran, por un lado, el peso dramático del rol de Peter Dinklage (Vengadores: Infinity War), diluido un poco entre tanta guerra, y por otro, que la serie ha sido y siempre será un estudio político de los intereses y luchas de poder entre facciones, se llamen familias o con cualquier otro nombre que se les quiera dar. Es cierto que esta última temporada peca en exceso de una cierta aceleración de acontecimientos, sobre todo tras la batalla de Invernalia, y eso es posiblemente lo más censurable del conjunto, pero en todo caso la evolución de los personajes encuentra su encaje en su desarrollo de temporadas pasadas.

Dictadores y demócratas

De hecho, la serie recupera de nuevo esa idea de tiranos dictadores y nobles demócratas que tan bien ha funcionado en el pasado. Para muchos el problema radicará en las figuras que representan cada uno de los bandos. Estoy hablando del rol de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), que ha pasado de ser libertadora a convertirse poco menos que en una versión femenina de Hitler. Sus discursos e ideas en el episodio final de esta temporada de Juego de tronos confirman un viraje moral que podría considerarse inconsistente, pero que analizado fríamente tiene una más que clara justificación. Para empezar, durante toda la serie se ha hablado en varias ocasiones del legado familiar de locura y megalomanía; y aunque siempre ha atacado a tiranos y esclavistas, lo cierto es que todo aquel que se ha opuesto a sus designios ha tenido un final poco benévolo. Es cierto que en estos seis episodios su evolución parece precipitarse con demasiada urgencia, pero eso no es óbice para que la base sobre la que se sustenta exista realmente y se haya fraguado durante las siete temporadas previas.

Hay que señalar, en este sentido, la estética dictatorial de esos planos del último episodio, con grandes banderas ondeando sobre ruinas, ejércitos uniformados y discursos más propios de la época más oscura de Europa. Las palabras del personaje de Dinklage despejan las posibles dudas que pudiera haber. Como decía antes, este episodio ocho viene a confirmar que la serie nunca ha abandonado ese cariz puramente político y estratégico, por mucho que haya tenido descansos dramáticos favoreciendo la acción pura y dura. Las tensiones entre los personajes de Clarke y Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) son el mejor ejemplo de ello. Con todo, la serie deja decisiones dramáticas cuestionables. Dado que es necesario acentuar el carácter conquistador de la Madre de Dragones, Benioff y Weiss convierten el rol de Lena Headey (300) en una mujer vulnerable, alejada por completo de la tirana y déspota reina que fue antaño. Algo con poca justificación, ya que la masacre de hombres, mujeres y niños indefensos ya es de por sí suficiente argumento para convertir a una salvadora en una tirana. Su muerte es, posiblemente, el momento más innecesariamente melodramático de toda la serie, amén de no corresponder con la evolución del personaje durante toda la serie.

Ahora bien, la resolución de todas las tramas y del futuro de cada uno de los personajes supervivientes es sencillamente brillante. La argumentación con la que se corona al nuevo rey viene a confirmar un cambio mínimo para que todo siga igual. Dejando a un lado la cuestionable presencia de algunos personajes en esa especie de concilio final en torno al rey (¿de verdad era necesario recuperar personajes que no aparecían desde hacía varias temporadas?), cada uno de los protagonistas termina donde tiene que terminar, el lugar al que pertenece en cuerpo y, sobre todo, alma. Una nueva generación de personajes, cada uno retomando papeles interpretados por veteranos en las anteriores temporadas, que viene a introducir sangre nueva en una historia que perfectamente podría continuar con intrigas políticas, recelos, ambiciones y luchas de poder. Un final continuista para una trama marcada por la destrucción de una guerra que ha dejado muchos, muchísimos cadáveres por el camino. Un final que comienza con la reconstrucción de un mundo arrasado por el hielo y el fuego.

Juego de tronos termina como debería terminar. Al menos la serie de televisión. Habrá que ver si tiene algo en común con las novelas que deba publicar George R. R. Martin. Pero como producto audiovisual esta octava temporada ha demostrado que la pequeña pantalla es capaz de ofrecer tensión dramática, un lenguaje visual complejo y bello, una evolución compleja de sus personajes y un final que, casi con toda probabilidad, no dejará indiferente a nadie. Como dice el personaje de Dinklage (en uno de sus muchos y brillantes momentos del último episodio), nada une más que una buena historia. Una historia no puede ser derrotada, y si crece lo suficiente puede llegar a ser incontrolable. Algo de todo eso tiene esta última tanda de episodios. Y dado su éxito, es evidente que no gustará a todo el mundo, que cada uno de los espectadores tendrá su versión de lo ocurrido. Eso es lo más atractivo de la serie. Personalmente, y con las irregularidades evidentes que tiene esta etapa, creo que estamos ante una conclusión más que digna de una trama tan compleja como esta. Pero ante todo hemos llegado al final de una era. Nada volverá a ser lo mismo después de esta guerra de Poniente. La televisión ha cambiado, abriendo la puerta a nuevas y complejas producciones. Solo el tiempo dirá si ha sido para bien o para mal. Y de nuevo, como dice Tyrion Lannister, preguntadme dentro de diez años.

‘House of cards’ pierde el norte en una última temporada innecesaria


El caso de la serie House of cards va a ser objeto de estudio con el paso de los años, y por varios motivos. Esta ficción creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) es el mejor ejemplo de que una historia no debe alargarse por motivos ajenos a los puramente creativos. Estoy hablando, claro está, de la salida de Kevin Spacey (American Beauty) por los casos de abusos y la consecuente sexta temporada, muy lejos del nivel que tuvieron las anteriores y, sobre todo, ajena completamente a una coherencia narrativa propia de cualquier serie. Habrá quienes hayan puesto en cuestión si los acontecimientos narrados hasta ahora son más o menos fantasiosos, si son más o menos creíbles en un contexto de falsa realidad como el que expone la serie. Personalmente, viendo a algunos presidentes que han dirigido la Casa Blanca en las últimas décadas creo que la serie encaja perfectamente en el realismo, pero de lo que no cabe duda es de que estos últimos 8 episodios dejan una mala e indeleble huella en el conjunto.

Y lo más alarmante de todo es que no habría sido necesaria esta sexta y última temporada. El final de la anterior etapa, aunque algo abierto, cerraba un ciclo de forma más que notable, con una suerte de golpe de estado encubierto de una esposa a su marido, tomando el control de la Casa Blanca y demostrando que ella es, si cabe, más sibilina que él. La ausencia de Spacey, unida a una falta completa de un plan para esta circunstancia, hacen que estos capítulos carezcan de un sentido dramático y argumental. Es lo que suele ocurrir cuando se quiere narrar mucho en muy poco tiempo. A la reducción de episodios con respecto a temporadas anteriores se une la presencia de nuevos personajes cuyo papel en este castillo de naipes apenas queda aclarado, y desde luego no llega nunca a desarrollarse como debería.

Y sobrevolando todo esto, la figura de Spacey. Su ausencia absoluta de la serie alcanza cotas ridículas. Sus fotografías aparecen sutilmente sin la cabeza en el plano, y los pocos audios en los que pudiera escucharse su voz se presentan a través de artimañas narrativas que, dicho sea de paso, resultan un tanto absurdas tanto en el contexto dramático en el que se encuentran como en el tono serio y oscuro de toda la serie. Y a pesar de los intentos por no tenerle en imagen, su figura está constantemente presente en toda la temporada. Si bien es cierto que esta última etapa pertenece al rol interpretado por Robin Wright (Wonder Woman), en realidad el grueso de la trama principal de House of cards está motivado constante por ese Frank Underwood que tanto ha fascinado durante años gracias, entre otras cosas, a la extraordinaria labor de Spacey.

Puede que este sea uno de los motivos por los que la trama no termina de funcionar correctamente. Demasiadas historias secundarias, demasiados personajes que no aportan demasiado, y sobre todo una necesidad de resolver la ausencia de Spacey de la forma más lógica posible. Todo eso genera una mezcla que sus creadores no son capaces de equilibrar, entregándose por completo a un desarrollo marcado por el extremo, por el histrionismo contenido en esos caros trajes y esos elegantes despachos. El final de la temporada, y consecuentemente de la serie, es la mejor evidencia de la deriva absurda que toma la trama, que busca sin éxito una explicación racional a algo completamente ilógico. Y no estoy hablando del desarrollo del arco argumental, que también, sino al hecho de que esta temporada no era necesaria, al menos no en estos términos.

Embarazos embarazosos

Pero entremos en el detalle. Estos 8 episodios ponen el foco y la complicidad con el espectador en la figura de Claire Underwood. Y aunque Wright vuelve a demostrar la increíble actriz que es, lo cierto es que la temporada evidencia que este personaje es único… como un secundario. Ya sea por una narrativa sin un objetivo claro, o porque el personaje realmente no da para tanto, lo cierto es que el protagonismo de esta Primera Dama reconvertida en primera Presidenta de Estados Unidos carece de la fuerza de su predecesor. Y a ello contribuye sobremanera la definición de su personaje que hacen a lo largo del relato o, mejor dicho, la resolución del mismo a los planteamientos inicialmente expuestos.

Y me explico. Durante los primeros compases de esta temporada asistimos a un planteamiento que, con sus más y sus menos, anuncia un cierto suspense político en el que se puede apreciar una estrategia de la protagonista. Sin embargo, a medida que transcurren los episodios dicha estrategia se diluye poco a poco hasta quedar en nada, no tanto por la inacción de la protagonista como por los acontecimientos que se suceden a su alrededor, amén de algunos hitos dramáticos cuestionables como esa presunta crisis que sume a la Presidenta en una depresión. La suma de elementos lleva la serie por un camino no solo ajeno a lo visto hasta ahora, sino alejado de la realidad, apostando más por una suerte de drama personal que perfectamente habría encajado en otro tipo de ficción algo menos elaborada y a todas luces de menor calidad dramática y artística que House of cards.

Aunque sin duda el aspecto dramático más polémico es el embarazo de la protagonista, que irrumpe en el desarrollo argumental como un Deus ex machina para tratar de dar un giro a la trama. Giro que, por cierto, provoca el efecto contrario, pues no solo no aporta el pretendido dramatismo a la historia, sino que aporta a la trama un carácter aún más incomprensible y ridículo al plantear más preguntas y dar pocas de las respuestas que cabría esperar. Esto sumado a la resolución de la trama principal en torno a lo que realmente ha ocurrido con el personaje de Frank Underwood convierte el final de temporada en casi una parodia de sí mismo, enrevesando innecesariamente un final que podría haber sido mucho más sencillo si se hubiera dejado ir del todo al rol de Spacey. Baste decir que los argumentos finales de los dos personajes implicados en la última escena son el reflejo de lo que ha sido esta temporada en todos los sentidos.

Lo cierto es que apena mucho comprobar cómo una producción puede dar al traste con una seña de identidad construida durante años en tan solo un puñado de episodios. House of cards, con sus posibles excesos según se mire, es una serie adulta, sobria, oscura y tremendamente inteligente, en la que ni un solo personaje sobra y en la que toda trama, sea principal o secundaria, tiene influencia sobre cualquier detalle del conjunto. Pero eso es hasta esta sexta y última temporada. El desarrollo dramático, limitado por falta de espacio, la presencia de nuevos personajes sin el trasfondo necesario, y sobre todo una falta de objetivo en la resolución de esta compleja historia convierten esta etapa en un mal reflejo de lo que alguna vez fue la serie. Entiendo la decisión de la productora de apartar a Spacey, pero había muchas y mejores soluciones que la adoptada para dar un final con sentido a una ficción de estas características. Los Underwood nos dejan con mal sabor de boca.

‘Da Vinci’s Demons’ se entrega al exceso sin sentido en su última 3ª T.


He de confesar que no tenía intención de finalizar Da Vinci’s Demons. Más allá del carácter fantástico de su propuesta, el desarrollo irregular de sus personajes, la tosca definición de las intrigas palaciegas y la poca coherencia de algunas de sus premisas habían hecho que me replanteara continuar con su historia. Pero la necesidad de completar una serie, sea más o menos acertada, me ha llevado a retomar, varios años después, su tercera y última temporada, emitida en 2015. Y lo cierto es que estos 10 episodios confirman esa idea de estar ante un producto original en su idea pero excesivo en su definición final.

En efecto, la serie creada por David S. Goyer (serie Constantine) se entrega por completo a sus excesos, aprovechando de nuevo los hitos históricos como base para una trama con tintes fantásticos que, sin embargo, no conjuga del todo bien con la realidad de los personajes. Y en esta ocasión el motivo no es otro que la necesidad de poner punto final a todas las tramas secundarias abiertas. Para ello, Goyer recurre a una estructura aglutinadora en la que personajes secundarios que han tenido más o menos peso en la trama se dan cita en un final en el que el bien y el mal se enfrentan, y en el que los integrantes de cada bando, curiosamente, también se encuentran divididos en ambas categorías, aunque unidos por las necesidades. Y si bien la teoría señala que esta es una apuesta acertada, el resultado no termina de ser satisfactorio, y eso es básicamente porque los personajes y sus arcos dramáticos no resultan convincentes.

En otras palabras, el hecho de que Da Vinci utilice su ingenio para ayudar a derrotar a los invasores de Italia sería algo sumamente interesante, amén de las intrigas y las decisiones políticas que nutren Da Vinci’s Demons. Pero que todo eso tenga lugar mientras una orden secreta quiere dominar el mundo, mientras un libro que muestra a cada uno algo diferente es la clave de la victoria, y mientras Drácula hace acto de presencia para ayudar en la lucha, resulta cuanto menos irreal, incluso para una serie de estas características. Si a esto añadimos el extraño periplo que viven algunos secundarios, cuyo devenir resulta ciertamente irregular, lo que surge es un final de serie que, en efecto, cierra por completo la trama, pero que lo hace de forma apresurada, sin abordar en profundidad algunos de los conflictos que se plantean. Más o menos como han sido todas las temporadas.

Con todo, si se aíslan algunas tramas secundarias estas resultan muy interesantes. El desarrollo, por ejemplo, del personaje interpretado por Blake Ritson (Serena) se convierte en un viaje a los infiernos de un rol ya de por sí siniestro. La ambigüedad de sus acciones, las múltiples caras que presenta este antagonista a lo largo de todas las temporadas y las evidentes luces y sombras de sus acciones encuentran en esta última etapa una conclusión ciertamente atractiva (con sus altibajos dramáticos, todo sea dicho). Y eso es gracias a que se ha ido construyendo de forma progresiva, sin incidir demasiado en sus contrastes pero sí lo suficiente como para dotar al personaje, y por extensión a una parte importante de la trama, de una sugerente oscuridad. De nuevo, la importancia de trabajar este arco secundario a lo largo de todas las temporadas es la clave de la calidad dramática.

Secundarios de última hora

A los problemas de concepto y narrativos que Da Vinci’s Demons ha arrastrado desde su primera temporada se suma en esta ocasión una práctica muy extendida en un determinado y muy concreto tipo de series: la incorporación de secundarios de última hora. Su presencia suele tener dos motivos: o bien sirven como catalizador para determinados momentos de la ficción, a modo de Deus ex machina, o bien son el modo de los guionistas de rellenar los huecos dramáticos que no son capaces de resolver de un modo algo más elaborado. En este caso hay un poco de ambos, pero sobre todo del segundo.

Y es que la presencia de Sabrina Bartlett (serie The passing bells) responde un poco a ambas respuestas. Sacarse de la manga un personaje como este ha permitido a esta tercera temporada ahondar en algunos conflictos dramáticos tanto del protagonista como de algunos secundarios, haciéndoles avanzar. Pero al mismo tiempo ha jugado una parte fundamental en la trama al ser una parte de la resolución de la serie. La fusión de ambos conceptos, sin embargo, no hace que su participación en la historia tenga más sentido. En realidad, aunque bien integrado tanto con el resto de personajes como con el argumento en sí, lo cierto es que en todo momento da la sensación de que se ha introducido de un modo forzado. No tanto el personaje en sí, que bien podría haber sido un secundario más de los muchos que se han incorporado en esta tercera temporada (puede que incluso más interesante), sino la relación familiar que la une con el protagonista, algo innecesario a estas alturas de la historia y, sobre todo, cuando no se han tenido en cuenta los hermanos y hermanas que el personaje histórico sí tuvo.

Querer establecer estos vínculos solo evidencia la necesidad de sus creadores de hacer más compleja la trama, y al mismo tiempo tratar de reforzar esa idea de la familia que rodea a Da Vinci, formada por personajes de lo más variopintos. Sea como fuere, lo cierto es que es un arco dramático a todas luces innecesario, que perfectamente podría haber desaparecido y habría tenido el mismo efecto. Y esta es una de las premisas fundamentales a la hora de desarrollar una historia: si no es fundamental para el avance de la acción, ¿para qué incluirlo? Lo cierto es que la pregunta se podría haber hecho en muchos momentos de toda la serie, pero en esta última temporada, ante la necesidad de cerrar todos los arcos narrativos abiertos, adquiere una especial relevancia.

El caso de este personaje no es el único, pero sin duda es el más llamativo. La tercera temporada de Da Vinci’s Demons no solo no endereza el irregular desarrollo previo, sino que parece entregarse por completo a un exceso conceptual sin control aparente. Y esto, aunque en determinados momentos puede entretener, termina por saturar al espectador. Y es una lástima, porque la premisa inicial de la serie era más que prometedora. El problema ha sido, y esto es algo puramente personal, que sus impulsores no han encontrado un buen equilibrio entre los hechos históricos y la fantasía, entre la parte más realista y aquella más fantástica. A cada capítulo que pasaba se entregaba más a la segunda que a la primera, y esta falta de estabilidad es la que ha terminado por convertir en parodia un producto que bien podría haber sido algo diferente.

‘Nashville’ llega a su fin con el foco en los problemas de la sociedad


Echando la vista atrás durante estos seis años de Nashville se puede ver, en todo su esplendor, la evolución de esta serie, primero con toques de drama familiar y político y, posteriormente, entregándose por entero al drama más lacrimógeno, para lo cual se ha recurrido a todo tipo de recursos narrativos durante estas temporadas. Pero si algo deja patente la sexta y última entrega es que, por encima de todo, es un producto en el que todo debe acabar bien, en el que la familia es lo más importante y es capaz de vencer cualquier obstáculo, y en el que es importante comprender y aceptar el lugar que cada uno tiene en la vida, aunque no fuera el que inicialmente habíamos deseado.

Y todo ello siendo consciente de sus debilidades y los errores que ha arrastrado a lo largo de estas temporadas. En este sentido, los 16 episodios que cierran esta serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) representan posiblemente el final más honesto y coherente de los últimos meses en televisión. Si ya es difícil que una ficción tenga un final cerrado, que este se adecúe a lo narrado durante las etapas anteriores puede parecer misión imposible, pues muchas veces la necesidad de querer dar una conclusión concreta a una línea argumental choca frontalmente con lo contado previamente. No solo no es el caso de esta obra que mezcla música y lágrimas para tocar diversos problemas sociales de Estados Unidos (sobre lo que iremos más adelante), sino que la serie es consciente en todo momento de cuál es su sitio, y con esa humildad se presenta en su última temporada.

Dicho de otro modo, Nashville perdió un activo fundamental con la ausencia de la protagonista interpretada por Connie Britton (La tierra de las buenas costumbres). Conscientes de ello, sus creadores han optado por una fórmula narrativa y dramática interesante: mantener su recuerdo presente en prácticamente todos los episodios mientras el espacio que su personaje ocupaba se llenaba con otras historias, algunas más complejas que otras, pero todas con el único fin de ahondar en el dramatismo de una serie que alcanzó su clímax lacrimógeno con la partida del rol de Britton. Se intenta así mantener un cierto nivel de interés en la ficción a través de unos arcos argumentales que golpean de lleno los sentimientos del espectador mientras se atan los cabos sueltos que quedaron de la anterior temporada.

Por supuesto, esto no quiere decir que todo sea perfecto. Aunque es de admirar la honradez con la que se aborda el final, la serie sigue arrastrando muchos problemas, el más importante su tendencia a girar en torno a un mismo problema de forma constante durante episodios sin encontrar solución y, lo más alarmante, sin que los personajes implicados aprendan de sus errores. Es el caso, por ejemplo, de los roles de Lennon Stella, Sam Palladio (serie Episodes) o Clare Bowen (The clinic). Esto provoca una suerte de incoherencia dramática que, aunque sirve de clavo al que agarrarse en determinadas ocasiones, termina por impedir que la trama evolucione correctamente, reproduciendo en esta última temporada conflictos y situaciones vividas en la primera.

Conflictos sociales

Esta última temporada de Nashville también ha servido para introducir nuevos personajes que permitieran cerrar algunos aspectos de las tramas. Y curiosamente, estos elementos son algunos de los que mejor funcionan dramáticamente hablando. Es cierto que su presencia puede estar un poco obligada por las circunstancias (la ausencia de la protagonista, en otras palabras), pero al final terminan por ahondar en la personalidad de los protagonistas, lo que siempre es de agradecer. Me refiero, por ejemplo, al padre del protagonista o a ese criadero de caballos a modo de terapia para personas con importantes traumas. Todo ello, aunque sin demasiada relación con el resto de la serie, permite al espectador acercarse a aspectos de los personajes que antes solo se habían insinuado, y que ahora se hacen más presentes.

Y como decía antes, la ficción ha optado en estos últimos capítulos por incluir nuevas historias al resto de personajes. Historias que, por otro lado, sirven de base para realizar una importante crítica a diversos aspectos de la sociedad. Sobra decir que durante los años previos temas como el alcoholismo o la corrupción política ya se habían tocado, pero ahora la serie va más allá. Sectas, alcohol, adicción a los esteroides, acoso sexual y laboral, violencia de género, … Todos estos temas tienen diferente peso narrativo en la historia, lo que amplía notablemente el ámbito de trabajo de sus creadores, creando un mundo más complejo y, por qué no, más cercano a la realidad. Y aunque esto puede ser un aspecto positivo, es importante señalar que su integración en el desarrollo de la trama es algo irregular, pues mientras algunas de estas historias tienen su importancia en el desarrollo final del arco argumental, otras sencillamente parecen estar incluidas para rellenar tiempo con algo diferente. Y ese es el gran fallo que tiene esta temporada a nivel de guión.

Pero en líneas generales la temporada responde a las expectativas, es decir, sigue teniendo como núcleo la familia, los retos y las dificultades que se superan juntos. Y precisamente por eso el último episodio es todo un homenaje a estos conceptos y un regalo para los más acérrimos fans. Con la excusa de un concierto, los personajes que han tenido cierta relevancia a lo largo de estos seis años hacen acto de presencia, sumándose a la canción y ofreciendo una despedida por todo lo alto a la que se suma, también, el equipo técnico. Una secuencia que sale de la propia ficción y aproxima aún más a actores, personajes y espectadores.

En definitiva, un final emotivo para una serie que, con sus limitaciones y sus propios errores, ha sabido mantenerse con coherencia, con tramas que aunque llevadas al límite han funcionado con solvencia, y con unos personajes más que correctos para este tipo de historias. Nashville termina y con ella parece acabar una tendencia musical en la pequeña pantalla, con permiso de Empire. Atrás quedan su tendencia a caer en bucles argumentales que tenían a los personajes como cobayas en ruedas de ejercicios. Atrás quedan también momentos terriblemente dramáticos narrados con elegancia. Pero sobre todo, queda la música, con algunas canciones sencillamente maravillosas. El country nunca volverá a ser lo mismo.

6ª T. de ‘The americans’, un final impecable para una serie sólida


Hay teorías narrativas que hablan de cinco temporadas como la duración perfecta de una serie. Personalmente creo que la clave está en encontrar los tiempos y plazos necesarios para contar lo que se quiere contar. De ahí que sea tan complicado lograr que una producción funcione, pues es difícil hallar el equilibrio y, por supuesto, es aún más difícil no alargar innecesariamente una historia cuando está tiene éxito. Por eso ficciones como The americans son tan necesarias como raras de encontrar. Su sexta y última temporada es la confirmación de que ha sido una serie sólida, compleja, atractiva, que ha sabido casi siempre hallar un ritmo coherente y, ante todo, ha tenido el final perfecto para la historia narrada. ¿Se puede pedir más?

Tal vez sí, pero no se puede pedir mucho más. Los 10 episodios de esta temporada final son una carrera contrarreloj creada con maestría por Joseph Weisberg y su equipo. Y hablo de maestría porque, después de los acontecimientos vividos en las anteriores etapas, esta temporada viene a ser una conclusión evidente y lógica de lo vivido con antelación, tanto en lo personal como en lo profesional. La trama viene a mostrar la decadencia de un sistema en franco retroceso, incapaz de asumir, al menos por algunos de sus miembros, que los tiempos han cambiado, que se buscan y se necesitan otras cosas. En este sentido es sencillamente espléndida la relación entre los roles de Keri Russell (El amanecer del planeta de los simios) y Matthew Rhys (Los archivos del Pentágono), la primera representando esa reticencia y el segundo esa mentalidad cambiada.

Aunque sin duda, lo que mejor resuelve The americans es la incógnita planteada desde el primer episodio, es decir, la amistad entre los espías soviéticos y el agente del FBI al que da vida Noah Emmerich (La venganza de Jane). Durante las cinco temporadas anteriores ha podido haber momentos en que la tensión entre ellos, ese tira y afloja sobre el que se ha construido buena parte de la tensión dramática de la serie, ha podido parecer excesivamente teatralizada (de ahí ese pequeño margen de mejora que antes mencionaba). Sin embargo, ha funcionado lo suficientemente bien como para que el dramatismo en esta última tanda de capítulos alcance cotas sencillamente brillantes. Más allá del modo en que el rol de Emmerich (por cierto, sobresaliente en su interpretación) empieza a sospechar de sus amigos y vecinos, lo realmente aplaudible es la escena en el garaje, ese cara a cara resuelto con pausa y sobriedad, manejando de forma ejemplar los tiempos y las emociones, buena muestra de una definición de personajes tan magistral que debería de ser estudiada en las escuelas de guión. Esa escena convertiría a muchas series mediocres en producciones a tener en cuenta. En esta lo que logra es un hito dramático tan solo igualado por lo sucedido a continuación.

Pero antes de llegar ahí es conveniente analizar el pormenor de este diálogo. Su fuerza no reside tanto en el modo en que se desarrolla, que también, como en los hechos de los episodios anteriores. Este clímax es en realidad la cumbre de una escalada dramática y de tensión construida primero sobre las sospechas de uno, segundo sobre ciertos diálogos velados entre los implicados, y por último sobre la amistad construida durante estos años. Así, se llega a un final en el que el espectador es capaz de identificarse con todos los implicados en esa escena. Con todos. Habrá más de uno (y me incluyo entre ellos) que discuta sobre la decisión final adoptada, y es esa discusión la que hace grande esta escena, pues implica que las dudas de los personajes son las mismas que tiene el espectador. Y lograr eso es sumamente difícil.

Un buen final no es un final feliz

Pero si por algo será recordada The americans es por no ser una serie edulcorada, en la que a los protagonistas todo les sale bien simplemente porque son los protagonistas. A lo largo de estas temporadas han tenido que afrontar todo tipo de desafíos, algunos resueltos con más pericia que otros, y en bastantes generando casi más problemas que soluciones. Esta dinámica ha permitido, por otro lado, que la tensión dramática haya ido en aumento. Y esta misma idea es la que ha predominado sobre uno de los mejores finales de serie de televisión de los últimos años.

La serie creada por Weisberg lleva hasta el extremo la teoría de que un buen final no tiene que ser un final feliz, sino el final que merecen sus personajes. Y lo cierto es que esta ficción podría haber tenido una amplia gama de finales, desde el más edulcorado (familia feliz se salva de ser detenida) hasta el más infeliz (los espías mueren). Pero lo que se ha optado es por el realismo más duro posible. Dos personajes que llegaron a Estados Unidos para espiar y robar secretos, que crearon una familia como tapadera y que terminan siendo perseguidos. ¿Cuál podría ser el mayor castigo? Visto el desarrollo dramático de la serie, los minutos finales de esta sexta temporada son sencillamente magistrales. Sin desvelar demasiado, tan solo decir que el manejo de los tiempos en ese tren con destino a la salvación es de una maestría difícilmente superable. El carrusel de emociones que provoca es tal que más de un espectador puede soltar una lágrima. Y todo ello sin derramarse una gota de sangre.

Al final, la conclusión de esta serie no deja de ser un reflejo de lo visto a lo largo de estos años. Con tres episodios menos que en temporadas anteriores, la trama deja de lado historias secundarias que habían lastrado un poco el desarrollo dramático para centrarse de lleno en los protagonistas, ahondando en sus dudas y miedos internos, en sus conflictos familiares y, por último y más importante, en el delicado equilibrio en el que viven. Es cierto que ha habido margen de mejora. La historia de la hija interpretada por Holly Taylor (The otherworld) se ha desarrollado de un modo algo irregular. Y el rol del hijo al que da vida Keidrich Sellati (Rockaway) sencillamente ha quedado como algo residual, si bien se le ha sabido sacar provecho en el tercio final de esta temporada. Y algunos secundarios habrían merecido algo más de peso específico en la trama, sobre todo a la hora de solucionar sus arcos dramáticos, como es el caso del papel de Costa Ronin (The midnighters), actor que por cierto debería de empezar a tener más presencia en la pequeña y la gran pantalla.

Pero a pesar de sus pequeñas irregularidades, The americans ha sido una de las mejores producciones de los últimos años. Fría, calculada, sobria y tensa, la sexta y última temporada es el ejemplo perfecto de lo que debería ser un final. Construido sin prisa pero sin pausa en una duración menor que en etapas anteriores, el argumento se centra finalmente en lo que parecía que podría haber sido toda la serie: la lucha entre el agente del FBI y los espías rusos. Pero lo hace sabiendo todo el bagaje dramático que lleva a cuestas, lo que aporta un plus de dramatismo al ya de por sí dramático desarrollo. Y los minutos finales del último episodio son, sencillamente, ejemplares. Se podría pedir más, en efecto, pero poco se puede echar en cara a una serie que ha sabido moverse dentro de sus límites, ha sabido construir unos personajes sólidos y complejos, y ante todo ha hecho de la contención dramática un arma con la que golpear de forma impecable en su clímax. En definitiva, tiene todo lo que cualquier drama podría desear.

4ª T. de ‘Mozart in the jungle’, un inesperado y sobresaliente final


Uno de los efectos secundarios habituales de las series es que dejan una sensación casi de orfandad cuando llegan a su fin. Una sensación de haber terminado una etapa de nuestras vidas que no volveremos a recuperar, al menos no del mismo modo. Y cuanto más dura la serie, más acentuada es esa sensación. Pero cuando una producción de este tipo se cancela casi sin previo aviso y, por lo tanto, no es posible llegar a terminar su historia de forma correcta, lo que el espectador puede llegar a sentir es algo muy diferente, a medio camino entre la pérdida y la indignación, entre la frustración y la pena. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con la cuarta temporada de Mozart in the jungle.

Y es que esta comedia con la música como telón de fondo ha finalizado, y curiosamente no lo ha hecho con un final abierto. Más bien, la trama que ha centrado estos 10 episodios ha tenido un arco dramático completo, situando a los personajes ante nuevos retos de futuro. Y eso es precisamente lo que genera más frustración. La serie creada por Alex Timbers, Roman Coppola (Moonrise kingdom), Jason Schwartzman (Viaje a Darjeeling) y Paul Weitz (El circo de los extraños) termina planteando nuevos hilos conductores que ahora se quedarán sin resolver, como si sus autores tuvieran la esperanza de retomar la historia de estos personajes en un futuro no muy lejano, lo que crea un delicado equilibrio de emociones y de estructuras dramáticas.

Por un lado, esta cuarta y última temporada se revela como, posiblemente, la más original de las cuatro. Durante todos sus capítulos Mozart in the jungle ha hecho gala de una transgresión narrativa, visual y sonora sin igual, pero es en esta última etapa cuando apuesta por echar toda la carne en el asador. Desde inteligencias artificiales creadas para poder componer música y dirigir orquestas, hasta un viaje de autoconocimiento o, sobre todo, una interpretación de la vida del protagonista a través de la danza, el arco argumental ha dejado algunos de los momentos más bellos de la serie, amén de ahondar en las motivaciones y los objetivos de la pareja protagonista interpretada por Lola Kirke (Barry Seal: El traficante) y Gael García Bernal (Me estás matando Susana) hasta un punto pocas veces visto, lo que por extensión convierte a esta temporada en la más dramática de todas.

Por otro, el final deja un sabor agridulce. Y no precisamente porque su resolución busque ese efecto, que en cierto modo también lo hace. Más bien, lo que se genera es la sensación de estar ante una etapa que termina y otra que comienza en la trama, con la salvedad de que la segunda parte nunca va a ocurrir. El tsunami dramático que se produce en el tercio final de esta temporada es de tal magnitud que no hay ni un solo personaje que no modifique su situación dentro de la trama. En mayor o menor medida, cada rol con cierto protagonismo en esta musical historia evoluciona personalmente, algo que se traduce en su posición laboral y en su búsqueda de nuevos retos profesionales. Y aunque el tratamiento de estos arcos argumentales sea irregular (a algunos secundarios no se les da el espacio suficiente), en líneas generales todos han cambiado desde sus inicios, lo que añade valor a esta temporada y la convierte, posiblemente, en la mejor de las cuatro, tanto musical como visual y dramáticamente hablando.

La importancia de los secundarios

Y aquí entra en juego el otro gran aspecto de esta cuarta temporada de Mozart in the jungle y de toda la serie en general. Si bien es cierto que la pareja protagonista, sus tira y afloja, sus éxitos y sus fracasos, son el motor fundamental de la trama, la presencia de unos secundarios con entidad propia ha permitido al argumento crecer en complejidad, ser mucho más transversal y, por tanto, menos lineal. Con sus fobias, sus esperanzas y su bagaje dramático propio y ajeno al resto, cada uno de estos roles menos relevantes en la trama ha crecido hasta hacerse un hueco propio en el desarrollo del arco dramático principal, enriqueciéndolo y aportando matices tanto humorísticos como reflexivos.

Esta producción viene a confirmar algo fundamental en cine y televisión que, sin embargo, muchas veces se ignora. Un buen plantel de secundarios puede convertir una serie mediocre en una producción aceptable, y una obra notable en algo fuera de lo común. Y eso es en lo que se ha convertido en apenas cuatro temporadas esta obra de música, romance, humor y algo de locura. Asimismo, esto ha provocado una dinámica sumamente interesante en toda la serie. Mientras que el peso narrativo comenzó estando más sobre los hombros de García Bernal que de Kirke, en la última parte de la historia ha sido al revés, algo que no solo se ve en la fuerza que ha adquirido el personaje, sino en algo tan palpable y a la vez identificativo como las conversaciones con los compositores muertos que tiene inicialmente el Maestro y que luego asume la joven oboísta.

La última temporada de esta original serie, por tanto, es el canto de cisne de una historia que apuntaba al futuro. Porque aunque es cierto que estos 10 capítulos cierran argumentos, también abren otros muy interesantes y, a raíz de esos secundarios capaces de evolucionar y crecer de forma independiente, plantea un escenario completamente nuevo que renovaría la serie. Dicho de otro modo, esta cuarta temporada podría ser, hasta cierto punto, el fin de un ciclo, y como tal permite la posibilidad de finalizar la producción en este punto. Pero la capacidad de renovarse de forma autosuficiente hace que se abran nuevas expectativas, nuevas posibilidades tanto o más interesantes de lo visto hasta ahora. Y ahí radican los sentimientos encontrados de esta obra.

Sentimientos que, en cualquier caso, no restan calidad a Mozart in the jungle. Más bien al contrario, esta serie es una de las pocas que pueden presumir de haber crecido y mejorado con cada temporada, de haber explorado los rincones más interesantes de sus personajes, principales o secundarios, capítulo a capítulo y con el humor y la ironía por bandera. Es cierto que su narrativa puede resultar en algunos momentos un tanto confusa. Y no es menos cierto que con tantos personajes algunos roles menos importantes han tenido un desarrollo intermitente. Pero nada de eso debería de ser un impedimento para disfrutar de una comedia fresca, dinámica y diferente con una banda sonora, evidentemente, fuera de lo común. ¿La única pega? Que se haya acabado antes de tiempo.

‘Tyrant’ se deja llevar en una última temporada de final ambiguo


Cómo se convierte un líder en un tirano? ¿Y cómo una serie con un planteamiento puede derivar en un producto sin un objetivo claro? Los motivos son muchos, y la tercera temporada de Tyrant es un ejemplo idóneo de cómo una ficción puede terminar siendo algo ficticio, valga la redundancia. Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una especie de thriller familiar que gira en torno al poder, la traición y la violencia termina siendo… pues lo mismo, pero transformando a sus personajes de tal modo que se vuelven irreconocibles, dejándose llevar por una narrativa incontrolada para terminar en un final ambiguo y abierto como pocos. Y todo ello en 10 episodios.

Y es que la serie creada por Howard Gordon (serie Homeland), Gideon Raff (serie Prisoners of war, en la que se basa Homeland) y Craig Wright (serie Sexy money) ha evolucionado de forma irregular e intermitente. Con una trama principal realmente sólida e interesante, los primeros compases sentaron las bases de un drama y thriller político, social y familiar en Oriente Medio, planteando todos los actores posibles, desde los intereses de un país como Estados Unidos hasta los deseos de la sociedad de una libertad que no les otorga una dictadura militar. Todo eso se sigue manteniendo en esta última etapa, y puede que ese sea el gran problema. La ficción, aunque ha sufrido una evidente evolución, no ha cambiado en esencia su dinámica. Da la sensación de que ha sustituido unos personajes por otros, introduciendo por el camino elementos anexos para regular tramas secundarias como el ‘love interest’ o las historias de familiares y amigos.

Esto genera una doble y extraña sensación. Por un lado, la historia de Tyrant evoluciona en una especie de espiral que solo evoluciona hacia más violencia, pero que siempre vuelve a la situación inicial recrudecida por la sangre y la muerte. Y por otro, los personajes principales dan un giro radical a sus personalidades de un modo tosco, algunas veces motivado por un suceso extremo, otras simplemente por la necesidad de la trama, cuando debería de ser al revés o, al menos, una sincronía entre personajes e historia. El mejor ejemplo es el protagonista interpretado por Adam Rayner (Tracers). Cuesta creer que un hombre que ha liderado una revolución y una rebelión contra su hermano asuma el mando de un país de forma temporal, sea incapaz de enfrentarse a sus consejeros y termine haciendo aquello que más odia solo porque está obligado.

A ello se añaden algunos elementos propios de una telenovela destinada a durar cientos de episodios. Hijos secretos, amores pasados que regresan para volver a irse, intrigas familiares, etc. Todo ello envuelve una historia que, por si sola, tiene el suficiente peso dramático como para poder ser desarrollada de forma íntegra, sobre todo en esta tercera temporada, donde el apartado político y social adquiere un mayor protagonismo. Con todo lo que supone una convocatoria electoral, la amenaza del terrorismo, las protestas ciudadanas, los presos políticos y el resto de elementos parece poco necesario centrar la atención en elementos superfluos que solo hacen enrevesar dramáticamente la historia pero que aportan más bien poco a su desarrollo real. Todo ello invita a pensar que esta última temporada, en realidad, iba a tener una continuación. Si no, la serie tendría uno de los finales menos acabados que se recuerdan.Falsas elecciones

Con todo, esta tercera y última temporada de Tyrant ofrece una visión muy interesante sobre cómo el poder corrompe, sobre cómo la venganza consume al ser humano y sobre el modo en que podemos llegar a aprovechar una situación para tratar de salir indemnes de nuestros delitos anteriores. Y todo ello con la sencilla premisa de celebrar unas elecciones democráticas en un país dominado por una dictadura. Esta decisión, más allá del modo en que luego se desarrolla en pantalla, es el desencadenante de toda una serie de consecuencias que componen un interesante mosaico de ideas que, en conjunto, dibujan un desolador panorama acerca de la libertad en un país tradicionalmente controlado con tiranía.

Unas elecciones, falsas al fin y al cabo como se desprende del final de la serie, que a pesar de querer ser democráticas sirven, en definitiva, para los intereses personales de cada personaje que, en mayor o menor medida, participa en ellas. Desde la mujer del dictador que las usa a modo de redención, hasta el amigo crítico del dictador que las utiliza para desmarcarse de esa amistad, todos los personajes encuentran en esta promesa una vía para desarrollar sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Poco parece importar, por tanto, el interés del pueblo, y es este uno de los aspectos más interesantes de esta etapa final. Porque, en efecto, la batalla entre dictadura y democracia se traduce en realidad en un conflicto entre personalismos y sociedad en el que siempre pierden aquellos que defienden lo segundo. Y aquí no tienen cabida ni el amor ni la amistad.

El problema, como he dicho antes, no radica tanto en la trama principal, bien planteada y con hitos dramáticos interesantes. No, el problema está en el desarrollo de dicha trama, en el modo en que se plantean las líneas argumentales secundarias (muchas a modo de telenovela que concuerda poco con el espíritu que pretende tener la serie) y, sobre todo, en algunos puntos de giro obligados para poder mantener un formato poco natural o, por lo menos, en el que los personajes no solo no parecen encajar, sino en el que se les obliga a cambiar su personalidad y su definición según conviene. A priori, estos cambios podrían considerarse una suerte de debate moral (y hasta cierto punto lo es), pero el modo en que se realiza, toscamente y sin asentar previamente las bases de esas dudas éticas, es lo que termina por no encajar correctamente.

Que no exista ese trabajo previo es fruto, precisamente, de que Tyrant introduce líneas secundarias innecesarias que quitan tiempo y protagonismo a lo realmente interesante. Esta tercer y última temporada confirma que en esta serie han existido dos interpretaciones muy diferentes, aquella que pretendía ser un thriller sobrio sobre la dictadura, el poder, el terrorismo y la lucha por la libertad, y otra que pretendía otorgar más dramatismo, más giros argumentales enfocados a enrevesado la parte personal de los personajes. Por desgracia, no es capaz de encontrar el equilibrio, y el final de la serie lo confirma, dejando inacabado el desarrollo de la historia, sin explicar el futuro de los protagonistas y sin cesar ninguna de las principales tramas que se dan cita en esta tercera etapa. Al final, lo que pretendía ser un relato sobre un país de Oriente Medio dominado por la tiranía y el modo en que la libertad se abre camino se queda, precisamente, a medio camino.

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