‘Homeland’ completa un magnífico viaje con su octava temporada


Han sido ochos años muy convulsos para Homeland. Pocos casos hay en televisión que sean capaces de reinventarse y, sobre todo, que lo hagan con la elegancia, la calidad y la originalidad de este thriller creado por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant). Su trama ha pasado por todo tipo de situaciones, ha sido capaz de superar la evolución de diferentes personajes y concluye con una octava temporada que no solo le hace justicia, sino que tiene uno de los mejores finales posibles, al menos para quien esto escribe.

Los 12 capítulos de este último arco argumental vuelven a poner el foco, como ha sido habitual en la serie, en la actualidad política, analizando los actuales acontecimientos y personajes que gobiernan Estados Unidos bajo el prisma de una ficción compleja, elaborada, en la que la moral, la ética y los intereses más personales se mezclan para crear una intriga de lo más interesante. Puede que algunos de los pasajes de esta temporada resulten obvios, incluso prescindibles (la búsqueda de la caja negra del helicóptero resulta un poco forzada en algunos momentos), pero en realidad son los fragmentos menos importantes de la verdadera trama, que como ha sido desde el principio, se centra en la vida del personaje al que da vida de forma magistral Claire Danes (El caso Wells) y su relación casi paterno filial con el rol de Mandy Patinkin (el inolvidable Íñigo Montoya de La princesa prometida). De hecho, todas las tramas confluyen en esta relación como si fueran afluentes de un gran río, incluso aunque en un primer momento no se llegue a apreciar.

Es más, es algo que ha ocurrido siempre, solo que en este final de Homeland ha tomado una mayor entidad dramática. Resulta muy interesante comprobar cómo una última temporada puede utilizarse para arrojar luz sobre muchas de las cosas acaecidas durante los años y las etapas anteriores. Por ejemplo, queda evidente aquí que toda la serie se ha sustentado siempre sobre dos pilares fundamentales: la traición a la patria y el apoyo que recibe la protagonista a pesar de las pruebas en contra. Una constante que, unida a sus problemas psicológicos y a su necesidad de llegar siempre al fondo de lo que ocurre, convierten a Carrie Mathison en uno de los personajes más ricos, interesantes y emocionalmente complejos de la televisión. Y lo que resulta más interesante para cualquier guionista: sus creadores son fieles a esta idea hasta el extremo de ir eliminando personajes temporada tras temporada, sea cual sea su peso en la trama o el valor que tengan socialmente hablando. Este es uno de los secretos de que la serie haya logrado mantenerse firme durante tantos años sin perder su frescura ni su profundidad dramática.

Esta octava y última temporada, como toda conclusión, lleva esa situación al extremo. Es cierto que, al ser el final e introducir nuevos personajes, algunas personalidades quedan tan solo dibujadas, en algunos casos incluso siendo un poco ridículas (pienso en esa compañera que se deja manipular varias veces). Es un hándicap que hay que asumir. Pero como buen final, el ritmo de la trama, la tensión dramática y política que plantea, y los giros argumentales de su final convierten a esta tanda de episodios en una conclusión más que adecuada a un complejo y espléndido viaje que ha pasado casi en cada temporada por diferentes países y regiones del mundo, desde Oriente Medio hasta Europa y el propio Estados Unidos. Personalmente, el epílogo del último episodio, planteando el futuro en el que se embarca la protagonista al tiempo que evidencia de qué lado ha estado siempre el rol de Danes, es una de las secuencias más sencillas y clarificadoras de la serie, capaz de dar sentido tanto a todo lo visto en este final como a muchos de los hechos narrados en las temporadas anteriores.

Juego de espías

Antes mencionaba que la serie se había mantenido fiel a un precepto muy concreto en torno a su protagonista, y cómo esto había permitido a la trama evolucionar a lo largo de los años. Lo cierto es que Homeland es una de las producciones más valientes de la última televisión. Hay que serlo para comenzar planteando una trama en torno a un soldado americano reconvertido en terrorista islámico, romper con esa idea en la tercera temporada y construir, a partir de ese momento, una historia por temporada, cada una en un país diferente, por las que han pasado todo tipo de personajes, algunos más importantes e interesantes que otros. Personajes que o bien han muerto o simplemente se han retirado de la trama. Este uso de personajes no suele dar buenos resultados, pero en este caso es diferente, y el motivo es muy sencillo. Todos los roles, principales, secundarios o episódicos, están construidos con respeto, con elegancia. Da igual que se trate de un espía o del presidente de Estados Unidos. Da igual que aparezcan en pantalla unos minutos durante un episodio o toda una temporada. Su participación siempre ofrece algo a la historia y, sobre todo, se les presenta, se les desarrolla y se les elimina con la misma relevancia.

Dicho de otro modo, ningún personaje aparece por arte de magia y se va del mismo modo. Todos ellos forman parte de este juego de espías en el que se ha convertido la serie, y todos juegan su parte para despedirse una vez lo han hecho. Ese es otro de los secretos de esta magnífica serie que, sin embargo, siempre ha tenido un punto débil que en esta última temporada se ha querido dejar ver por unos segundos, a todas luces insuficientes para enmendar años de olvido. Me estoy refiriendo a la hija de la protagonista, fruto de una relación con el soldado reconvertido en terrorista. Si bien es cierto que este personaje tuvo cierta relevancia en las temporadas inmediatamente posteriores a la tercera, se ha ido diluyendo poco a poco a medida que han pasado los años. Sí, sus creadores lo resolvieron ubicando a la pequeña con esa familia a la que nunca recurre la protagonista, pero eso no quita para que haya sido un error argumental que ha tratado de maquillarse. El hecho de que nunca se la mencione, de que no aparezca en pantalla, simplemente lleva al olvido, lo cual es muy conveniente para una trama en la que no tiene cabida la vida personal y familiar de la protagonista.

Mencionaba antes que esta octava temporada, como casi toda la serie, ha bebido de los acontecimientos actuales para desarrollar una interesante trama en la que política, amistad, terrorismo y espionaje forman una mezcla explosiva con consecuencias y puntos de giro dramáticos inesperados. La definición del presidente en la Casa Blanca, así como de algunos de sus asesores más interesados en sus intereses patrióticos y belicistas que en buscar un acuerdo entre potencias, no deja indiferente, del mismo modo que tampoco lo hace su dibujo de los líderes terroristas que solo buscan hacerse un nombre, cueste las vidas que cueste. En esta escalada de extremismos, de radicalismo y de ignorancia, la prudencia y el consejo de aquellos que viven en primera persona las consecuencias de esas decisiones arbitrarias no se escucha. Una definición impecable de la situación política y social que vive el mundo más allá de la pandemia, por lo que este arco argumental debería llevarnos a reflexionar sobre algunos recientes acontecimientos.

Esta conclusión de Homeland, en pocas palabras, es todo lo que debería ser un final. Da igual el tipo de ficción, su duración o su contenido. Es un final que se ajusta al desarrollo planteado, da respuesta a muchos, si no a todos, los interrogantes y, ante todo, pone en su sitio a la protagonista. De hecho, el epílogo está lejos de ser un final feliz para la protagonista, alejada de todo y de todos aunque, incluso en la lejanía, sigue trabajando para un Gobierno que nunca la ha valorado y que siempre ha sospechado de ella. Es cierto que la serie, en estos años, ha tenido algunos puntos débiles, que ha intentado, sin éxito, dar una dimensión más compleja a una protagonista que ya es difícil por sí misma. Pero la habilidad de los creadores, más allá de unas tramas elaboradas y profundamente dramáticas, ha sido aparcar esos puntos débiles como algo anecdótico, permitiendo a la serie crecer hasta una última temporada espléndida.

‘Los Médici’ finaliza con una 3ª T. marcada por la lucha por el poder


Muchas veces, menos es más. Y en el arte cinematográfico eso es casi una máxima que hay que seguir a pies juntillas. Las series, como cualquier historia, tienen su duración, y extenderla más allá de lo que dicta el sentido común puede ser contraproducente. La serie Los Médici es un ejemplo de que con unas pocas temporadas y menos de 25 episodios no solo se puede narrar una gran historia, sino hacerlo con eficacia, sobriedad y, sobre todo, una claridad narrativa y formal que no tienen muchas series históricas. Su tercera temporada que ahora abordamos es, posiblemente, una de las mejores de esta ficción creada por Nicholas Meyer (Elegy) y Frank Spotnitz (serie The man in the high castle).

Y lo es porque, a diferencia de Señores de Florencia y la primera parte de El Magnífico, en estos 8 episodios absolutamente todo está vinculado con las luchas por el poder en sus diferentes expresiones. El tramo final en la vida de Lorenzo de Médici estuvo marcado por una constante tensión política con otras ciudades estado, con la iglesia y con las familias de la propia ciudad de Florencia. Y ese clima se traslada a cada plano, a cada aspecto de una historia en la que apenas hay lugar para la felicidad que sí desprendieron las dos anteriores temporadas, al menos en algunos episodios. A través de un tratamiento sencillamente brillante, sus creadores ahondan en la batalla interna de un hombre que busca el poder para enriquecerse, en efecto, pero bajo unos ideales de darle al pueblo una cultura, una vida enriquecida con arte y valores humanísticos. Frente a eso, los deseos de controlar la ciudad, su patrimonio, establecer alianzas y lograr establecer una relación de igual a igual (por lo menos) con la Iglesia.

Ese conflicto interno tiene su reflejo en un conflicto externo en forma de enfrentamientos con diferentes personajes, todos ellos definidos por una avidez de poder, incluso en aquellos aparentemente dóciles. Este paralelismo es lo que nutre tanto la trama como a los personajes para lograr no solo esa tensión constante que antes mencionaba, sino un crecimiento dramático que define el viaje del protagonista sorteando dificultades mientras intenta, en sí mismo, convertirse en un mejor hombre haciendo lo que considera mejor para su familia, para su ciudad y para él mismo. El dilema, y es ahí donde la serie se diferencia de muchas otras producciones, es que aunque mantiene el foco del relato en el arco dramático del personaje interpretado por Daniel Sharman (Immortals), en ningún momento le define como un héroe inmaculado frente a un grupo de antagonistas a cada cual más malvado, sino como a un hombre que, incapaz de separarse de su personalidad, cae en una espiral que le lleva al límite de la destrucción de todo aquello que ama.

Todo ello se enmarca en una serie de acontecimientos históricos que, sin duda, ayudan a concretar el desarrollo de esta tercera temporada de Los Médici. Más allá de enfrentamientos con la Iglesia, con ciudades estado cercanas o con personajes históricos como Girolamo Savonarola o Girolamo Riario, lo realmente interesante es el contraste que marca la serie entre el carácter más humanista y el más estadista de un personaje complejo, dinámico, en constante evolución y al que le llegó la muerte de forma prematura. Porque a la parte más belicista de la historia se suman las iniciativas para fomentar el arte, el encuentro con nombres como Boticcelli, Da Vinci o un jovencísimo Miguel Ángel, cuyos pocos minutos bastan para dejar intuir el talento que luego tendría el artista. Si bien es cierto que el arte ha estado siempre presente, en estos capítulos adquiere una mayor relevancia, o si se prefiere un mayor contraste al existir una línea argumental mucho más entregada a la política y la estrategia de los estados. Y es en este aspecto donde la serie aprovecha un interesante recurso narrativo.

Bruno Bernardi, el consejero

Dicho recurso es la creación de un personaje que represente la otra cara del protagonista, que asuma en su ser, confrontado con el héroe, la dualidad de sus emociones, de sus decisiones y de sus actos. Dicho de otro modo, y esto se vincula con lo mencionado al inicio, se pone rostro y estructura física externa a los conflictos internos de Lorenzo de Médici, en este caso a través de un consejero cuya existencia no ha sido acreditada, pero que vendría a representar a los consejeros que sí debió de tener el banquero en su momento. En todo caso, las estrategias políticas y sibilinas de este Bruno Bernardi, interpretado magistralmente por Johnny Harris (Jawbone), vienen a representar la deriva autoritaria que adquiere la política y las actuaciones del cabeza de la familia Médici, en contra de lo que representan el resto de miembros del clan de banqueros.

Esta fórmula permite, además, componer una evolución dramática de lo más interesante en esta temporada de Los Médici. Por un lado, el espectador asiste a la transformación del protagonista de forma gradual desde la aparición del personaje de Harris, comprobando cómo vierte su veneno en el oído del héroe, cómo este intenta rebelarse a lo que está ocurriendo y cómo al final se ve arrastrado por ese lado “oscuro” que le empieza a consumir. Pero por otro, los personajes secundarios actúan como espectadores y jueces de lo que le ocurre al rol de Sharman. Los diálogos apuntan siempre en esa dirección, y las escenas en las que alguno de ellos interactúa con el consejero de forma independiente pone de manifiesto que es sobre él sobre el que recaen todos los recelos del camino emprendido por el líder de Florencia. En este sentido se comprende mejor, por ejemplo, el final de este Bruno Bernardi, ajusticiado por el pueblo después de que Lorenzo salve a su máximo rival.

Esta secuencia del final de la serie viene a representar el arrepentimiento de Lorenzo, la aceptación del pueblo, que le libra de ese camino oscuro que había emprendido, y su opción de morir en paz, en su lecho, perdonando al que en ese momento es su enemigo, un Girolamo Savonarola al que da vida de forma espléndida Francesco Montanari (Sole cuero amore). La reacción de este predicador, que terminaría controlando Florencia durante algún tiempo, ante la actitud de Lorenzo en su lecho de muerte pone de manifiesto el vacío mensaje de sus palabras, preludio de la que luego será su muerte, diametralmente opuesta a la del banquero amante del arte y la cultura. Pero eso ya forma parte de la historia. En lo que respecta a la serie propiamente dicha, lo que nos encontramos es un descenso a los infiernos de un hombre que pierde el norte de su poder, abusando del mismo no por un afán absolutista, sino más bien por una pérdida de perspectiva de lo que necesitaba el pueblo.

El final de Los Médici con esta tercera temporada, la segunda sobre El Magnífico, pone de manifiesto lo que supuso la figura de Lorenzo para Florencia, para Italia y para el mundo. Sus contactos con Botticelli, Da Vinci o Miguel Ángel, y su defensa del arte en todas sus expresiones, permitió un florecimiento de la cultura como nunca antes había ocurrido. Estos últimos episodios lo reflejan tan bien como narran las luchas, los conflictos y las ansias de poder de todos los personajes. La serie aborda todos los acontecimientos de la forma más neutral posible, e incluso con las concesiones dramáticas de su conclusión para lavar la imagen de Lorenzo, la trama se sigue manteniendo sólida, compleja y extraordinariamente bien trabajada. En este sentido, la última etapa es un fiel reflejo de lo visto en estas tres temporadas, que abarcan algunos de los años más apasionantes de la historia de Europa. Sin duda una de las series más recomendables para los amantes de la Historia.

‘Ray Donovan’ cierra su violenta espiral en una 7ª temporada final


Lo cierto es que nadie lo esperaba. Ray Donovan nunca ha sido una serie que haya acaparado millones de seguidores ni innumerables premios, pero su calidad narrativa, dramática y de producción hacía que siempre estuviera entre las nominadas a casi todo. Sin embargo, ha sido cancelada tras una séptima temporada que, es cierto, cierra la espiral de violencia planteada durante todos estos años, pero todavía deja muchos cabos sueltos que, lamentablemente, ya nunca podrán resolverse.

Estos últimos 10 episodios de la ficción creada por Ann Biderman (serie Southland) no solo abordan cómo la familia protagonista vive sus peores momentos, sino también el origen de toda una violencia y un mundo de autodestrucción a través de esos maravillosos flashbacks sobre la juventud del personaje que ya ha inmortalizado Jon Voight (La búsqueda: El diario secreto), verdadero motor de todos los conflictos y puntos de giro de la temporada y, en cierto modo, de la serie. Pero ante todo, la temporada vuelve a abordar la moralidad de los actos del protagonista, aunque con un matiz que no es menor: ahora sus acciones tienen un impacto no solo en su familia más cercana, sino en prácticamente todo el universo dramático de la serie. Y me explico. A diferencia de lo que ocurría en etapas anteriores, ahora el protagonista interpretado por Liev Schreiber (La quinta ola) -¿para cuando un premio para este actor?- está completamente solo, sin la protección de ningún mecenas y expuesto a personajes sin los escrúpulos que tiene él. De ahí que se vea obligado a afrontar situaciones nunca antes vistas, policía incluida.

La introducción en la trama de este matiz convierte la séptima y última temporada de Ray Donovan en una carrera contrarreloj en la que el espectador es capaz de ver cómo se aproxima la tragedia. Así como en etapas anteriores el drama se apoderó de la historia hasta impregnar prácticamente cada plano, aquí la dualidad entre el bien y el mal, la toma de decisiones y el carácter de los personajes impactan de lleno en el desarrollo de la trama principal hasta redefinirla sobre la marcha en varias ocasiones. A esto se suman varias historias secundarias que, esta vez sí, no solo tienen una vida propia lejos de la protagonizada por Raymond Donovan, sino que su impacto en el conjunto de la serie es tal que deja un final de violencia y muerte que afecta de lleno a cada uno de los personajes. Lo cierto es que el final de la temporada deja abierto todo un mundo de posibilidades, amén de señalar el camino del interesante arco dramático de muchos personajes, en especial el interpretado por Kerris Dorsey (Don’t tell Kim), cuya evolución a lo largo de la serie, y en esta etapa final en especial, ha sido de las más interesantes de toda la producción, pasando de convertirse en una joven idealista a una mujer que comprende, acepta y desarrolla su papel como miembro de la familia.

Antes de finalizar este apartado, es necesario destacar el tratamiento que los creadores de la serie dan a los secundarios de la familia. El viaje existencial del hermano interpretado por Eddie Marsan (The Gentlemen: Los señores de la mafia) ahonda aún más, si cabe, en su complejidad psicológica, marcada por su enfermedad y sus sentimientos encontrados con respecto a su familia y a sí mismo. Pero en esta temporada adquieren incluso más relevancia el resto de hermanos, golpeados por los actos del padre y por sus malas decisiones, consolidando la idea que se ha planteado siempre durante toda la serie acerca del camino que siempre toman estos personajes, incluso cuando se pone ante ellos la posibilidad de hacer lo correcto. Mención especial merece el personaje de Graham Rogers (serie Quantico), rol que nunca ha parecido encajar en la familia y que viene a representar la conciencia olvidada de todos y cada uno de los integrantes del clan Donovan. Su final es tan trágico como previsible por la falta de recorrido a la que estaba llegando, pero eso no impide sentir cierta lástima por un papel al que se termina cogiendo cariño.

Pasado y presente sin futuro

Aunque sin duda, lo más relevante de esta temporada de Ray Donovan, y lo que la hace diferente a todo lo visto anteriormente, es que resuelve el acontecimiento del pasado que ha marcado el devenir de los personajes de un modo u otro. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la muerte de la hermana del clan Donovan, mencionada prácticamente en cada etapa y que, por fin, se aborda de frente. Y como no podía ser de otro modo, lo hace con un flashback sencillamente magistral, en el que no solo se analizan los motivos por los que se produce la muerte, sino la desestructuración de una familia abocada al crimen y la ausencia de un padre que siempre ha sido un criminal de tres al cuarto manipulado, despreciado y traicionado por el resto. Comprender el modo en que empezó todo no solo ahonda en los conflictos familiares del protagonista con su padre, sino que permite apreciar mucho mejor los matices de la personalidad tan sobria del rol de Schreiber, amén de conocer sus inicios en el mundo del crimen.

La serie aprovecha su habitual estructura narrativa para generar el paralelismo necesario entre pasado y presente, incluso sabiendo que no existe un futuro más allá del episodio 10 de esta temporada final. Al igual que ha ocurrido en otras etapas, un encargo es el detonante de la acción principal en estos capítulos, aunque con un matiz. En esta ocasión el encargo procede del hombre que le introdujo en el mundo del crimen. La narración en paralelo permite al espectador conocer tanto las diferencias como las similitudes que vive el protagonista, pero también genera algo que nunca antes se había visto en la serie: todas las tramas están relacionadas a través de ese motor dramático que es la presencia de la familia (socia y enemiga al mismo tiempo) que, en cierto modo, ha marcado el devenir de casi todos los personajes. A diferencia de lo ocurrido años antes, las historias, en mayor o menor medida, están condicionadas por las traiciones, los secretos y los errores del pasado. Esto, lejos de implicar la historia, la engrandece, pues el espectador tiene acceso a un hecho contado pero nunca mostrado anteriormente.

Todo ello haciendo frente a las consecuencias de sus actos en la anterior temporada, lo que eleva el grado de complejidad no solo de la trama principal, sino de los personajes. En cierto modo, esta séptima temporada se antoja como conclusión de muchas historias, pero también abre la puerta a muchos otros tratamientos nuevos que se van a quedar sin desarrollar. El final tan impactante con el que se cierra esta etapa deja una sensación incómoda, necesitando saber el siguiente paso de una lucha que, como plantean estos episodios, va a extenderse más allá en todos los sentidos, tanto en tiempo como en personajes. Sí es cierto, y es algo que hay que mencionar, que la serie deja a un lado a algunos personajes que, en mayor o menor medida, han tenido un impacto significativo en la trama, pero independientemente de que pueda gustar más o menos, es un signo claro de que la historia evoluciona manteniendo, a pesar de todo, su esencia más pura.

¿Y cuál es esa esencia? La séptima y última temporada de Ray Donovan posiblemente sea la mejor respuesta. Violencia, familia, los pecados del pasado, las traiciones y la muerte son el pan nuestro de cada día de unos personajes (todos ellos extraordinarios) que buscan su felicidad y conseguir una vida mejor por la vía rápida, sufriendo las consecuencias del fracaso constante. Tan solo el protagonista que da nombre a la serie parece comprender que el camino es otro, pero dado que ha crecido y vive en un mundo al margen de la ley, siempre termina por verse envuelto en una espiral de crimen (cuando no la inicia él mismo, claro está). La inesperada conclusión de la serie deja muchos interrogantes, y este es sin duda su mayor debilidad, pero también es, posiblemente, una de las etapas más completas, complejas e interesantes de estos siete años.

‘Arrow’ finaliza con un ‘Deus Ex Machina’ para reiniciar todas las series


Ocho años. Ese ha sido el recorrido de Flecha Verde en la pequeña pantalla. Ocho temporadas con sus más y sus menos pero que, guste o no, han creado todo un universo audiovisual en televisión que ha permitido a DC Comics hacerse con el control de un mercado que en salas de cine ha copado su principal rival, Marvel. Los últimos 10 episodios de Arrow vienen a ser un resumen de todo lo vivido hasta ahora, una especie de epílogo que encaja como un guante con lo visto hasta ahora, tanto en lo bueno como en lo malo, pero que deja algo de lo que, personalmente, nunca he sido demasiado partidario, y es el Deus ex machina que reiniciar por completo no solo esta serie, sino todas las que componen el ya conocido como Arrowverse.

Pero vayamos por partes. Esta última temporada de la serie creada por Greg Berlanti, Marc Guggenheim (ambos autores de la serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie Boston Legal) es un vehículo única y exclusivamente pensado para cerrar todas las líneas argumentales abiertas que quedaran en la ficción, amén de resolver la insostenible situación dramática desarrollada en todos estos años que había llevado al personaje, en algunos aspectos, a unos extremos algo incoherentes con la propia naturaleza de la serie. En base a esto, toda esta etapa final está centrada en un único macro evento cuya resolución viene a reflejar lo que muchas veces se ve en las páginas de los cómics: un recurso narrativo tan enorme como casi sacado de la manga que vuelve a poner todas las bases dramáticas en orden, restableciendo aquello que se había vuelto injustificable dentro de la serie. Y digo “casi sacado de la manga” porque los creadores de la serie han sido lo suficientemente inteligentes como para ir presentando este gran conflicto narrativo durante las últimas temporadas, lo que integra un poco más y mejor este hito dramático en todo el conjunto de episodios.

La pregunta que cabe hacerse es si realmente merece la pena todo este espectáculo. Personalmente creo que podría haberse resuelto de muchas formas diferentes sin recurrir a esa figura del teatro griego de introducir algo completamente ajeno a los personajes y mucho más poderoso que cambia el sentido de la historia “porque sí”. Pero con todo y con eso, hay que reconocer que este gran evento que es ‘Crisis en Tierras Infinitas’ ofrece algunas lecturas interesantes tanto en el tratamiento del protagonista como en el de la serie, que en las últimas temporadas ha pasado de narrar presente y pasado para abordar el presente y el futuro. En este sentido, la integración de ambas líneas temporales en una sola resulta interesante desde el punto de vista de los vínculos y las escalas de valores de los protagonistas, que se ven obligados a redefinir sus prioridades ante el nuevo escenario. Es cierto que narrativamente hablando estos 10 capítulos de Arrow puede que no sean de los mejores de toda la serie, salvo contadas excepciones, pero cumplen su función sobradamente, tanto la propia como la ajena.

Dicho de otro modo, esta conclusión refleja prácticamente todos los problemas, las dudas, los valores y los sacrificios de los personajes principales, no solo del héroe al que ha interpretado durante estos años Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras), quien por cierto creo que no podrá quitarse nunca la capucha haga el papel que haga, sino de los secundarios que le han acompañado en los últimos años. El problema de esto, desde la estructura de guión, es que muchos roles han quedado relegados a una especie de nota a pie de página, solventando sus ausencias o su nueva presencia con una simple frase y bajo el paraguas, siempre, de esa crisis que funciona como detonante de toda la acción. El hecho de centrarse tanto en esa necesidad de cerrar tramas con un evento tan mastodóntico lleva a que muchos personajes que habrían merecido algo más de atención se queden casi en una anécdota y, lo que es quizá más perjudicial para la serie, que sus historias se resuman en apenas un diálogo que no es capaz de cubrir todas las lagunas generadas durante capítulos y capítulos de ausencia.

El comienzo de una saga

Pero esta octava y última temporada de Arrow tiene algo que pocas, por no decir ninguna serie, es capaz de conseguir. Me refiero al hecho de servir de punto de partida para todo un nuevo universo construido a su alrededor a lo largo de estos años. En efecto, los pocos episodios de esta conclusión están planteados, en realidad, como homenaje al sacrificio del héroe, el mayor que se haya visto en una ficción de este tipo (si exceptuamos Vengadores: Endgame). Todo en la serie gira en torno a ese final anunciado y a las consecuencias que tiene no solo en la serie, sino en todas las series creadas bajo su verde paraguas. Bajo este prisma, el final de esta ficción es en realidad el inicio de toda una nueva saga de superhéroes llamados a nutrir la televisión en los próximos años. Que tengan más o menos calidad ya será otro cantar.

Es cierto que muchos de los héroes ya se habían presentado hace años, pero la serie del justiciero encapuchado abre la puerta a nuevas producciones que, sin duda, tratarán de aprovechar el tirón del original para seguir relatando el devenir de unos personajes que, para muchos espectadores, se han convertido en habituales de su día a día. Y es aquí donde interviene un riesgo que tal vez ni sus creadores han calculado. El éxito de Flecha Verde y todo su equipo se basa en algo que no ha tenido ninguno de los otros superhéroes que han ido naciendo en televisión en los últimos años, y es un carácter algo más oscuro de lo habitual. Ahora que termina la series es conveniente recordar que el personaje comenzó matando, y durante este tiempo siempre ha tenido que enfrentarse a sus demonios. Es cierto que la reiteración del recurso dramático ha terminado por saturar la serie, pero es igualmente cierto que la dualidad de la historia, caminando siempre entre el bien y el mal, entre la ley y la justicia individual, es lo que ha permitido a sus creadores profundizar en personajes, historia e, incluso, diseño de producción.

Eso es algo que no tiene ningún otro personaje, y si se crean nuevas historias sin tener ese trasfondo emocional, moral y ético posiblemente terminen siendo productos “blancos”, con personajes prácticamente planos y un tratamiento que buscará más la denuncia social de problemas modernos que una auténtica y propia historia. Pero eso, por el momento, es adelantar acontecimientos. Lo que tenemos entre manos es un final de serie más que notable, tal vez sin la fuerza de sus inicios pero indudablemente original, dramática y consecuente con sus planteamientos. Las pocas concesiones que tiene quedan justificadas por necesidades dramáticas, y prueba de su coherencia narrativa es que, en lugar de amoldarse a las necesidades de otras series o de otros personajes, logra que todo se adapte a la resolución que desde hace algunos años ya se había anunciado.

Desde luego, Arrow ha sido la punta de lanza del fenómeno fan que ha venido después. Ocho años de historia, con sus más y sus menos, que dejan un sabor de boca más que aceptable, fundamentalmente porque, a pesar del cansancio que puede provocar ver a un justiciero repartir mamporros durante tantas temporadas, se ha mantenido fiel a su historia, permitiendo a otros personajes nacer en sus episodios y tener posteriormente historias propias. Esta última temporada, planteada más como epílogo que como arco argumental sólido, es un final que refleja los tiempos que corren. El protagonista ha pasado de luchar contra villanos de carne y hueso únicamente con un arco y unas flechas a salvar el universo con poderes cósmicos. Es el sino de los tiempos. Pero con todo y con eso, Flecha Verde ha seguido manteniendo sus dilemas morales, sus conflictos entre personajes y su oscuridad. Y de eso deberían aprender muchas series de este tipo.

4ª T. de ‘Preacher’, o cómo terminar una serie siendo fiel al cómic


Cualquiera que se haya acercado a las páginas de Preacher habrá podido comprobar el contenido irreverente y transgresor que esconde su historia. Ángeles y demonios haciendo el amor, un reverendo que prefiere el puño a la palabra, un Dios cobarde que se escapa del cielo, un vampiro irlandés, un Santo de los Asesinos capaz de acabar con todo el Cielo, un heredero de Dios con severos problemas,… Y la lista de decadencia, pecado y degradación podría seguir. Y la serie basada en el cómic de Garth Ennis y Steve Dillon no se queda atrás. Pero si algo confirma su cuarta y última temporada es que, aun siguiendo a pies juntillas el espíritu de la serie, hay cabida para una reinterpretación original, divertida, igualmente desafiante y, si eso es posible, mucho más violenta y sangrienta.

Porque eso ha sido, en esencia, esta serie llevada a la pantalla por Sam Catlin (serie Breaking bad), Evan Goldberg (Malditos vecinos 2) y Seth Rogen (Los amos del barrio). Estos 10 últimos episodios son, literalmente, un viaje al infierno en la tierra en el que héroes y villanos se mezclan en una religión que está más presente que nunca. Con esa conclusión de la búsqueda del protagonista la serie aprovecha para dar rienda suelta a mucho de su humor más ácido y negro, como esa reunión entre Jesucristo y Hitler para acordar el desarrollo del Apocalipsis. Y si al humor lo acompañamos de una violencia bastante explícita en muchos de sus pasajes, lo que nos encontramos es ante una producción visceral, fresca y diferente que ha sabido mantener su tono desde la primera temporada y ser fiel a la esencia del cómic pero dándole una nueva vida a su conveniencia, enfocando algunos personajes desde otro punto de vista (es el caso del Dios interpretado por Mark Harelik –La batalla de los sexos-) o dando más protagonismo a otros, como son los padres de la criatura que el protagonista lleva en su interior.

El problema de esta reinterpretación es que algunos aspectos de la obra original se pierden, o quedan reducidos a la mínima expresión. Claro que, por otro lado, introduce nuevas ideas que son tanto o más transgresoras y delirantes que las del cómic de Ennis y Dillon. Sobre lo primero, Preacher, la serie, deja de lado muchas historias secundarias que, aunque es cierto que no llevaban a ninguna parte, ni siquiera en el cómic, sí permitían dotar al conjunto de un aspecto decadente, casi paródico e indudablemente perturbador. Estoy hablando, por ejemplo, de la meteórica carrera musical del personaje interpretado por Ian Colletti (Windsor), que aquí queda en poco menos que un sueño. Diferente es el caso de la secuencia en esa mansión de perversión que, aunque narrada a modo de flashback, sí permite un hermoso y brutal homenaje a Oldboy (2003). Aunque corta, y aparentemente menos profunda que en las ilustraciones en papel, es lo suficientemente interesante como para plantear varios dilemas morales y dejar sobre la mesa interesantes propuestas narrativas.

Respecto a lo segundo, esas nuevas ideas que introduce la serie, esta cuarta y última temporada se centra en la feroz crítica al catolicismo y a un Dios que hace planes con los hombres para lograr un beneficio personal y, hasta cierto punto, cobarde. De hecho, este último aspecto es lo que marca buena parte de la personalidad de este omnipresente y todopoderoso personaje (lo que, por definición, le hace menos poderoso). Sus pactos con esa organización secreta, que domina el mundo a través de la religión, para evitar aquello que le aterra son tan simples como reveladores del origen de sus motivaciones. Pero no es lo único, ni mucho menos. La reunión para definir los términos del Apocalipsis y las almas que se llevan el Cielo y el Infierno es tan irónica como divertida (por cierto, la concepción del Infierno, planteada desde los primeros compases de la serie, es sencillamente extraordinaria), y el viaje del héroe al Cielo para afrontar la lucha que le espera desprende igualmente un aire de crítica ácida que completa una atractiva imagen de la producción.

Menos secundario, más desarrollo principal

Como todo buen final de serie que se precie, la cuarta temporada de Preacher se centra en los protagonistas, sobre todo en el rol interpretado por Dominic Cooper (Warcraft: El origen). Y como todo final de serie que se precie, también cierra los cabos sueltos de las tramas secundarias que todavía quedaban pendientes. El único “pero” que se le puede poner a estos 10 capítulos es, precisamente, que el tratamiento de sus secundarios, sobre todo de aquellos menos determinantes, resulta algo difuso, casi testimonial. Esto es algo aparentemente anecdótico en el desarrollo del argumento principal, pero sin embargo sí se aprecia, y mucho, en personajes con cierta relevancia a lo largo de varios momentos de la historia, pues ahora quedan relegados a una resolución dramática apresurada. En realidad, es algo que tenía que pasar, y en este sentido no es algo necesariamente negativo. Pero la sensación de haber estado presenciando un desarrollo durante tres años para tener finales algo apresurados resulta incómoda.

Aunque repito, es algo habitual, y hasta cierto punto normal, llegar a este punto. Esta cuarta y última temporada pone toda la carne en el asador para afrontar la lucha del Predicador que da nombre a la serie. Una lucha que, además, sus creadores se encargan de acentuar con violencia, sangre y un humor aún más negro del visto hasta este momento. Todas las historias secundarias, y todos los personajes, se ponen al servicio de esta resolución con tintes épicos que, aunque sigue de forma bastante fiel el cómic, decide ir un paso más allá en el tono transgresor de la historia. De ahí que el villano principal, interpretado magistralmente por Pia Torrens (serie Poldark) sufra todo tipo de tragedias físicas para, después, quedar convertido en una especie de parodia de Adonis. O que el Apocalipsis, como comentábamos antes, sea abordado casi más como una negociación entre empresas que como la ira divina. Eso por no hablar de la personalidad de Dios, la cual creo que es mejor descubrir para poder disfrutar de la serie en su conjunto.

Los creadores de la serie, como guinda del pastel, optan por dar a todos los supervivientes un final feliz. Lo cual no significa que sea un final feliz para los espectadores. Porque a diferencia del cómic, esta producción narra el final para cada uno de los personajes, héroes o villanos. El hecho de que estas imágenes finales planteen que el mal y el bien siguen existiendo entre nosotros es una extraordinaria conclusión para una historia en la que la frontera entre ambas ha quedado muchas veces algo difusa, y en la que no se duda en ningún momento en recurrir a la violencia para defender ambas posturas. Eso sí, el final para el trío protagonista no podría ser mejor, con ese sacrificio del personaje de Joseph Gilgun (Infiltrado) una vez que su vida, aquella que formó con los únicos a los que pudo llamar amigos, llega a su fin. Y por si algún fan de las viñetas de Ennis y Dillon se lo pregunta, El Santo de los Asesinos no podría tener un final más adecuado y fiel al cómic.

La cuarta temporada de Preacher desde luego que cumple con las expectativas que se esperan de esta historia. De hecho, puede que en algunos aspectos hasta las supere. Y desde luego, es un final más que notable para una serie diferente, irreverente, por momentos escatológica, fresca y dinámica en la que religión, pecado, vampiros, ángeles y demonios se dan cita. Lo malo es que se acabe. Y no solo porque es un producto altamente recomendable, sino porque estos últimos episodios evidencian que habría sido necesario, al menos, alargar la duración para darle un final adecuado a muchas tramas secundarias que quedan un poco comprimidas en su resolución. Pero es el peso con el que cargan las últimas temporadas habitualmente, fruto de presiones de producción, de audiencia o, incluso, creativas. Con todo, estamos ante una de las ficciones más rompedoras de la televisión.

6ª T. de ‘Silicon Valley’, o cómo ser fiel a la esencia hasta el final


Seis temporadas ha durado Silicon Valley. Seis años y menos de 60 episodios bastan para aplaudir y disfrutar una de las series más irónicas, transgresoras y originales de la comedia moderna. La historia creada por John Altschuler (serie Lopez), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie The Goode family) ha terminado casi como empezó, es decir, con sus protagonistas y siendo fiel a ellos. Dicho así puede parecer una obviedad, casi hasta algo anecdótico. Pero en un mundo audiovisual en el que muchos personajes cambian y evolucionan para que la historia avance, en el caso de esta ficción es más bien al contrario. O mejor dicho, todo cambia salvo los protagonistas.

Y es que los 7 episodios que conforman esta última temporada (la más corta de todas) vienen a ser la guinda de un pastel que los espectadores han podido disfrutar, pero que los protagonistas nunca han llegado a terminar del todo bien. Resulta interesante analizar, con la perspectiva que dan los años y el avance de la producción, cómo los protagonistas, sobre todo el que interpreta de forma magistral Thomas Middleditch (Zombieland: Mata y remata), siempre terminan tropezando con la misma piedra, haciendo gala de una consabida mala suerte, inocencia, desgracia divina o el término que se prefiera utilizar. Sea como sea, lo cierto es que los objetivos de este grupo de extraños personajes nunca, o casi nunca, terminan cumpliéndose, y cuando lo hacen no es como ellos esperan. En este sentido, por tanto, el desarrollo dramático del guión se estructura sobre pilares que responden a la idea del conflicto, cómo lo afronta el héroe y, en este caso, cómo siempre termina derrotado.

En el caso que nos ocupa, la sexta temporada de Silicon Valley viene a confirmar que, por mucho que nos esforcemos, no podemos cambiar nuestro sino ni nuestra forma de ser. Y esto invita a una reflexión mucho más profunda e interesante. El hecho de que se aborde desde un punto de vista cómico no resta relevancia al planteamiento de sus creadores, que utilizan ese punto de partida para analizar lo difícil que puede ser salir adelante para determinadas personas, incapaces de cambiar su comportamiento a pesar de las circunstancias, e incluso cuando lo hacen todo parece ponerse en su contra para que no se salgan del camino establecido. Esto, que en otro contexto resultaría excesivamente forzado (al fin y al cabo, el objetivo de cualquier historia es que el héroe termine siendo muy distinto a como empezó), en esta serie es un interesante recurso dramático que aporta una mayor ironía y comicidad al conjunto.

La pregunta que cabría hacerse es ¿por qué se consigue este efecto con personajes que no cambian? La respuesta es algo sutil pero relativamente sencilla. Y es que los personajes se mantienen fieles a sus ideales y a su personalidad, pero eso les lleva a un recorrido apasionante en el que superan prácticamente todas las fases de la evolución de una empresa. El hecho de verles afrontar etapas a pesar de sus traspiés, de comprobar que tienen éxito en sus proyectos aunque siempre terminen cayendo en algún error, es lo que hace irresistible esta ficción. Porque eso les hace humanos, mucho más humanos que otros famosos personajes. Los héroes no luchan únicamente contra un mundo lleno de tiburones tecnológicos, sino contra su propia naturaleza, intentando salir adelante sin renunciar a su forma de comportarse, o al menos no demasiado. Esta lucha interna, en estos 7 capítulos, tiene su manifestación física en el personaje de Kumail Nanjiani (Stuber express) y, sobre todo, en ese final con ratas incluidas, que por cierto ponen la guinda de la empresa conocida como El Falutista.

Secundarios fundamentales

Todo lo dicho hasta ahora de Silicon Valley podría ser, en líneas generales, su tratamiento básico. La línea de trabajo principal. Pero a ello tenemos que sumar algo igualmente imprescindible, y es la cartera de secundarios que ofrece la historia. Y es que, independientemente de la importancia de cada rol, todos ellos están llevados hasta el extremo de la autoparodia, tratando de sacar provecho de numerosos perfiles que, teniendo en cuenta el contexto de la serie, es presumible que puedan encontrarse en ese mundo tecnológico. Esta suerte de ecosistema lleno de arribistas, locos hombres de negocios, mujeres incapaces de mostrar un solo sentimiento de empatía o magnates más preocupados por su imagen que por su producto, presenta nuevos personajes en esta sexta temporada, y lejos de encasillarse en un estilo, superan en muchos aspectos a los ya habituales, lo que viene a consolidar esta conclusión como un claro ejemplo de que el clímax de cualquier historia ha de ser mayor que lo visto hasta ese momento.

En esta categoría de secundarios juegan un papel sobresaliente, como no podía ser de otro modo, los que han acompañado a los protagonistas desde la primera temporada. Estén del lado que estén, estos personajes adquieren en esta última fase de la serie un carácter diferente. Por un lado, están aquellos que se suman definitivamente a la historia para enriquecerla. Por otro, están aquellos cuyo desarrollo se muestra algo más intermitente, inconexo, dejando a un lado su presencia periódica en la trama y convirtiéndose más en un apoyo narrativo y dramático cuya presencia, eso sí, nunca abandona el corazón de la ficción, estando presentes aunque sin llegar nunca a incidir demasiado en el desarrollo salvo cuando se les necesita para la historia principal.

Y este podría ser uno de los “peros” más importantes que tiene la serie en su recta final. La trama se centra tanto en los protagonistas y en su objetivo que se olvida un poco de algunos secundarios y los utiliza únicamente como agentes narrativos al servicio de la historia principal, sin dotarles, como sí tenían hasta entonces, de unos objetivos propios. Con todo, no es algo que afecte demasiado al argumento, fundamentalmente porque esta última temporada funciona a modo de clímax de la historia, por lo que es lógico que se centre en los héroes, su mayor reto y el modo en que salen de ese enfrentamiento. De hecho, el interés que suscita no solo esta trama principal, sino el tratamiento que se le da y, sobre todo, el desenlace tan acorde que tiene, oculta las debilidades de la historia, que pasan en su mayoría por el modo en que queda construido el árbol argumental.

El final de Silicon Valley es, en resumen, lo que debería ser cualquier última temporada de cualquier serie: una conclusión acorde a la historia, que potencia sus virtudes y disminuye sus defectos. Una sexta temporada que no se aleja ni un ápice de lo que cómo son sus personajes, de la esencia que no solo nos ha hecho disfrutar con sus aventuras y desventuras estos años, sino que los define como únicos, incapaces de adaptarse a un mundo voraz y despiadado al que, curiosamente, intentan cambiar con su forma de ser. Si lo consiguen o no es algo que queda para aquellos que vean y rían con un último episodio sencillamente sublime que recoge todo, absolutamente todo lo que representa la serie. Un modelo a seguir que evidencia que si la historia se construye sobre cimientos sólidos (léase, personajes bien definidos), el final siempre será el que tiene que ser independientemente de que sea o no un final feliz.

La 2ª T. de ‘The Son’ deja todo abierto en un abrupto final de serie


Dos temporadas. Eso es todo lo que ha aguantado esa original y diferente producción que es The Son, un western con marcado carácter familiar que, en su segunda y última temporada, ahonda además sobre la construcción de los mitos y las leyendas que forjaron el Lejano Oeste. Última temporada, en efecto, y a pesar de los intentos de Brian McGreevy y Lee Shipman (ambos responsables de la serie Hemlock Grove), autores de esta adaptación de la novela de Philipp Meyer, son 10 episodios que tan solo dan una respuesta parcial a todos los interrogantes y lagunas que deja la narrativa en dos tiempos de la trama, por lo que la sensación que deja es agridulce.

En efecto, la construcción de la serie en dos grandes líneas narrativas que abarcan dos importantes periodos en la vida del protagonista es una fórmula que funciona a las mil maravillas gracias fundamentalmente a que ambas se nutren dramáticamente hablando para ofrecer una complejidad inmensa del personaje al que, en el presente, da vida Pierce Brosnan (Mamma Mia! Una y otra vez) de forma soberbia. Ambas historias, en mayor o menor medida, evidencian la evolución de un hombre hecho a sí mismo a través de la violencia, la sangre y la batalla. Pero en esta segunda etapa también ofrecen algo más interesante si cabe, y es el hecho de cómo se construyó su propia leyenda a base de relatos con cierta base real, pero modificando los elementos necesarios para hacerla más atractiva. Y es aquí donde la serie gana enteros de forma exponencial respecto a su primera temporada, pero también deja muchos, muchísimos agujeros narrativos que ya nunca podrán resolverse.

Sobre su crecimiento dramático, The Son adquiere una complejidad en esta segunda parte tan atractiva como pocas veces vista en este tipo de producciones. Si los primeros episodios mostraban una lucha por el petróleo, en esta nueva entrega de capítulos lo que nos encontramos es una guerra comercial y empresarial igual de violenta y con daños colaterales mucho más importantes si cabe. A través de esta civilizada y violenta lucha (en el Lejano Oeste ambos conceptos parecen ir de la mano aunque suenen antagónicos) los creadores de la ficción aprovechan para poner el foco en diferentes problemas sociales, muchos de los cuales podrían incluso extrapolarse a la actualidad: el uso de la homosexualidad de uno de los personajes, la rebeldía de una joven que quiere algo más de lo que parece ofrecerle el destino, la lucha de un hombre por elegir entre su corazón y su familia. Todos ellos son conceptos dramáticos que gracias al tratamiento de esta parte de la trama no solo quedan planteados, sino que se desarrollan hasta asistir a unas consecuencias muy destructivas.

En cierto modo, y eso es algo que se aprecia en cada aspecto de la serie, esta segunda temporada ahonda más en la idea de la lucha entre el futuro y el pasado, entre el avance de los nuevos tiempos y una forma de entender el mundo más tradicional. Bajo este prisma se pueden entender, por ejemplo, los saltos temporales hacia el futuro que se plantean en esta etapa para explicar la figura de Eli McCullough una vez que ya no está, esa lucha por el comercio y las propiedades e, incluso, la lucha entre nativos americanos y el hombre blanco. Todo ello representa dos estilos de vida, el choque de dos ideales que engloban, a su vez, una compleja estructura moral y de valores que nunca se abandona, sea cual sea la secuencia a la que se enfrentan los guionistas. Y es algo muy interesante de analizar para los apasionados del guión, pues da respuesta a muchas de las teorías expuestas por grandes autores del tratamiento narrativo.

Recuerdos construidos

El principal problema de esta segunda temporada de The Son está precisamente en que todo esto abre la puerta a nuevos interrogantes, a nuevas posibilidades narrativas que se quedan en el aire. No es que no tengan respuesta, es que directamente apelan a la imaginación del espectador para que rellene él los huecos en la vida del protagonista. Sin embargo, son huecos tan enormes, que abarcan tantos años, que es imposible completarlos, generando cierta frustración. Si bien el final del personaje interpretado por Brosnan es, a todas luces, lo que ha sido su vida, es decir, una lucha por esos ideales de los que antes hablaba y un relato de sus últimos momentos que nada tiene que ver con la realidad, el periodo previo a estos años (y posterior a su etapa como comanche) deja muchos, muchísimos enigmas que se han planteado a lo largo de toda la serie.

De hecho, a lo único que se da respuesta es al modo en que el joven protagonista abandona el grupo comanche que le capturó primero y le acogió después. Un momento, por cierto, muy interesante dramáticamente hablando, en el que se aprecia bastante bien la dualidad que vive en el protagonista ya desde ese primer momento (y que en su etapa adulta se traduce en esas ansias por cortar cabelleras). Su huida del hombre blanco para emprender su propio camino es algo tan sencillo como significativo, desvelando la complejidad que luego queda desarrollada magistralmente por Brosnan. Pero… ¿qué ocurre durante las décadas que median entre ambas líneas argumentales? El más absoluto silencio respecto a esto. Y resulta frustrante, pues a tenor de lo visto durante todos los episodios la historia podría ser apasionante. Contar cómo un chico que tiene interiorizada la cultura comanche termina al frente de un imperio petrolífero, siendo llamado por todos como ‘El Coronel’ y ‘El primer hijo de Texas’, y con vínculos en las altas esferas del poder, es algo que no tiene visos de que se vaya a conocer.

En cierto modo, eso desluce el desarrollo y, sobre todo, la conclusión de esta segunda etapa. Y no precisamente porque no tenga calidad, más bien al contrario. El contenido dramático es tan complejo, tan enriquecedor, que aquello que se queda sin contar, aquello que apela a la curiosidad y el deseo de saber más del espectador, se nota mucho más. En sí mismo, y estrictamente hablando, no es un problema de la temporada, sino de que la serie termine únicamente cerrando los dos periodos que se abordan en esta serie. Porque si nos centramos exclusivamente en estos 10 capítulos, lo cierto es que, como he explicado antes, nos encontramos ante una profundización de todos los conflictos internos y externos que ya se plantearon en la primera temporada, lo que eleva a la serie un escalón más en lo que a dramatismo e intensidad emocional y conceptual se refiere.

Personalmente, creo que es una lástima que The Son no supere su segunda temporada. La serie ha abordado con seriedad y sin miedo la juventud y la madurez de un personaje violento, complejo, capaz de luchar por su familia con tal de conservar lo que tanto esfuerzo le ha costado conseguir. Un hombre fraguado por una época en la que la muerte estaba a la orden del día. La vida de Eli McCullough ha dejado una ficción diferente, dinámica, intrigante en muchos momentos y sorprendente en otros. El relato ha sabido crecer de una etapa a otra hasta llegar al clímax y el relato ficticio de una vida que plantea la posibilidad de que muchos de los otros logros del protagonista sean también producto de una construcción que adorna la realidad. Pero eso nunca se sabrá. La finalización de la historia en esta segunda temporada deja una sensación agridulce, como ocurre siempre que una historia termina sin haber sido explicada del todo.

7ª T. de ‘Orange is the new black’, un final adecuado a los personajes


Siete años han pasado desde aquel primer episodio de Orange is the new black. Y pocas series hay que evidencien mejor cómo una historia puede comerse a su protagonista para dar más presencia a unas secundarias con mucho más interés. La serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) ha pasado en este tiempo por muchos altibajos, perdiendo interés en algunas temporadas y recuperándolo en otras tantas. Esta séptima y última tanda de episodios es, posiblemente, el mejor reflejo de esa irregularidad, pero también de cómo algunos personajes han terminado por tener una mayor peso en la trama.

Planteada como una temporada de cierre de arcos dramáticos, los 13 capítulos que conforman este final sitúan al grupo de presas totalmente ramificado, reflejo de la ruptura de unas amistades que se ha ido fraguando a lo largo de todos estos años. Pero también, y esto es posiblemente lo más interesante, ofrecen unas conclusiones adecuadas a cada una de las presas, en algunos casos extremadamente dramáticas. El hecho de que no todas sobrevivan, y de que para algunas el final de la historia sea el momento más trágico de sus vidas, hace que esta conclusión carezca de sentimentalismos baratos o de finales tergiversados para hacer sentir bien al espectador. Más bien al contrario, el tratamiento de algunos de los personajes es extremadamente difícil, evidenciando algo que muchas veces se olvida: que por mucho cariño que se coja a un personaje a pesar de su maldad, su incompetencia o sus tendencias autodestructivas, no deja de tener cualidades negativas.

Bajo esta premisa, Kohan estructura esta séptima etapa de Orange is the new black más como una sinfonía en la que cada instrumento va a su ritmo que como una orquesta bien coordinada. Pero en el caos y la independencia de cada instrumento la música suena bien. ¡Qué digo bien! Suena mejor que muchas temporadas anteriores. Tal vez sea porque es el final; tal vez porque, tras varias decepciones, todo lo que nos cuentan ahora nos parece correcto. Pero tal vez sea porque esta conclusión está bien planteada y estructurada, combinando diferentes historias que poco o nada tienen que ver entre ellas de forma armónica para componer un mosaico aparentemente caótico pero bien calculado. Sin entrar a desvelar demasiados detalles para aquellos que no hayan visto el final cuando lean estas líneas, las conclusiones de los personajes de Kate Mulgrew (Drawing home) y Taryn Manning (La bóveda) son sencillamente perfectos, combinando tanto sus trayectorias durante toda la serie como el impacto de los acontecimientos en sus decisiones. Son los mejores ejemplos de cómo abordar finales adecuados para personajes complejos, por supuesto siempre dentro de las limitaciones que tiene esta serie.

Y curiosamente, la que comenzó como protagonista, Taylor Schilling (The public) es el ejemplo de cómo un personaje puede perder interés hasta niveles inimaginables. No es que su tratamiento no haya sido correcto… o bueno, en parte sí. Pero lo realmente importante es el punto de partida de esta mujer que entra en la cárcel por un error de su pasado. Lo que tendría que haber sido un contraste entre su personalidad y el mundo carcelario ha terminado con este universo devorando por completo al rol de Schilling. Esta última etapa ha querido recuperar ese papel protagonista, aunque sin demasiado éxito, mostrando, una vez superados los problemas de la cárcel, cómo es para una expresidiaria enfrentarse al mundo. En esto el personaje también falla, tanto por el modo de afrontar esta parte del relato como por todo el bagaje dramático de años atrás. Es evidente que su historia es la que más necesitaba cerrarse, pero viendo el conjunto da la sensación de que es relleno para cubrir los huecos que dejan arcos dramáticos mucho más interesantes.

Entrar y salir

Aunque en líneas generales esta última temporada de Orange is the new black presenta un balance positivo para lo que suelen ser este tipo de finales de serie, la ficción de Kohan sigue presentando algunas deficiencias. Uno de los problemas que había arrastrado durante las etapas anteriores era la proliferación de personajes, de los que, en la mayoría de los casos, se contaba su pasado. Aunque interesante, la propuesta corría el riesgo, y de hecho así fue, de que esta acumulación de historias terminara por restar peso dramático a todas en general. Si bien eso se ha ido corrigiendo poco a poco (sobre todo cuando se separaron a las presas allá por el final de la quinta temporada), todavía han quedado vestigios de ese problema, y eso se ha traducido en que algunos personajes han evolucionado en estos episodios a trompicones, o directamente se han quedado como un elemento más del paisaje para las principales protagonistas. Sin ser un gran problema, sí provoca que el panorama general sea irregular, y que el desarrollo presente demasiados altibajos en su planteamiento dramático.

Por poner algunos ejemplos de esa irregularidad, en la cara “negativa”, por decirlo de algún modo, tendríamos el personaje de Danielle Brooks (Sadie), quien por cierto ha asumido, en cierto modo, parte de los valores que debería haber representado la protagonista. Mujer buena en su interior que ha cometido un error, y condenada a una pena perpetua por un delito del que no es culpable, su tratamiento en estos episodios ha sido intermitente, comenzando con una relevancia inexistente y asumiendo después una suerte de papel salvador para el resto de presas. Su crisis existencial, su forma de afrontar su futuro, es interesante por momentos, sobre todo en su tramo final, pero está presentada de un modo algo tosco, previsible y arquetípico. Es cierto que su actitud concuerda bastante con la evolución a lo largo de la serie, sobre todo en el modo de relacionarse con el resto de personajes, pero no termina de adquirir el dramatismo de otros arcos dramáticos de la trama.

Mucho más impactante es la evolución del rol de Yael Stone (Falling), posiblemente por aquello de que sus problemas psicológicos terminan por apoderarse del personaje hasta un extremo enfermizo. El modo en que la actriz refleja la evolución hacia un mundo que solo su personaje conoce es simplemente extraordinario. En realidad, es posiblemente el final más previsible de todos los que se muestran en esta última temporada, pero también uno de los más dramáticos, pues el personaje no solo no llega a tener su final soñado, sino que más bien termina viviendo una pesadilla totalmente opuesta a lo que buscaba. Eso, unido a sus problemas psicológicos y sus obsesiones, la llevan a una espiral autodestructiva magistralmente mostrada en el tercio final de la serie, con una conclusión tan devastadora como la de otras reclusas protagonistas. En realidad, y a pesar de ciertas irregularidades en el tratamiento individual, se logra el efecto buscado, que no es otro que una sensación amarga en el espectador, un final para nada feliz que muestra de un modo bastante descarnado el final de una vida marcada por la cárcel.

Y como colofón, esta temporada final de Orange is the new black suma al drama carcelario el infierno de los centros para inmigrantes que van a ser deportados. Con el toque habitual de humor y drama de esta serie se muestra una situación mucho peor incluso que la de la prisión, denunciando el modo en que viven estas personas a las que se priva de la mayoría de sus derechos y se las expulsa en plena noche, despertándolas y tratándolas con menos humanidad que a muchos animales. Es la guinda de un pastel que no siempre ha sido dulce en estos años, pero que deja muy buenas sensaciones en muchas de sus temporadas. Sin duda, lo más interesante que deja esta serie es esa evolución que han sufrido los personajes, ese cambio a lo largo de los años que ha convertido esta ficción en una obra coral. Lo peor… posiblemente sus problemas para equilibrar tantas historias personales.

‘The Big Bang Theory’ llega tarde al final esperado en la 12ª T.


No es habitual que una serie supere las 10 temporadas. Cuando eso ocurre lo normal es que surjan dudas. ¿Es necesaria una duración tan larga? ¿Realmente los personajes tienen tanto interés? Y sobre todo, ¿se podría haber contado lo mismo con menos capítulos? Las respuestas dependen del formato, la frescura y la concepción inicial de la ficción. El caso de The Big Bang Theory es una buena muestra de que una buena serie es mucho mejor si es directa, sencilla y corta. O al menos, no alargada de forma artificial. Su última temporada, la número 12, es la prueba palpable.

Los 24 episodios de esta etapa final de la serie creada por Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Brady (serie The Muppets) oscilan entre el humor original de esta ficción que ha puesto a los frikis en el mapa y el cansancio narrativo y creativo que han evidenciado las últimas tandas de capítulos. Porque hay cansancio, y mucho. Los personajes han llegado a un punto en el que, sencillamente, no pueden evolucionar más sin cambiar el sentido de la serie. Las situaciones cómicas, en muchas ocasiones, han dejado de tener gracia porque, de tanto repetirse, han perdido la frescura que las caracterizaba al inicio. Y los diálogos, siendo sinceros, tampoco es que hayan sabido adaptarse a las nuevas demandas de los espectadores. En cierto modo, la serie ha colapsado en un intento de evolucionar manteniendo sus rasgos iniciales (que no su esencia).

Y me explico. Muchos espectadores, yo entre ellos, defenderán que toda historia tiene que evolucionar si quiere resultar atractiva. Y es cierto. La mayor amenaza de cualquier relato es el inmovilismo. Pero… ¿qué significa evolucionar? En realidad, significa enfrentar a los protagonistas ante retos externos e internos que les obliguen a modificar su forma de entender el mundo y a sí mismos para poder superarlos, de modo que sean personajes diferentes a lo que comenzaron siendo. Pero con un matiz: nunca se debe cambiar tanto que cambie por completo el concepto dramático de la trama. Del mismo modo que nunca debe mantener demasiado de ese origen del que procede. Pues bien, The Big Bang Theory ha evolucionado tanto que el aspecto inicial de la serie se ha perdido. Los personajes han madurado, tienen una vida en pareja, familia, objetivos y retos diferentes. Sin embargo, sus creadores tratan de seguir presentándoles como aquellos científicos frikis aficionados a cómics, videojuegos y películas de ciencia ficción que se presentaron en sociedad hace ya tantos años.

El problema es que eso ya es inviable, y esa dualidad interna en todos los protagonistas no termina de resolverse. Hay momentos en que vuelven a ser esos niños grandes, pero en otros parecen unos jóvenes adultos asentados en una nueva etapa de sus vidas. Esto genera que algunos de los gags que en otras ocasiones podían resultar hilarantes ahora simplemente arranquen una sonrisa como mucho. Curiosamente, algunos de los mejores momentos los siguen protagonizando los secundarios que participan en la serie, muestra del interés que han ido perdiendo los protagonistas poco a poco. Los episodios, igual de cortos, se hacen más largos. Y hasta puede dar la sensación de que algunos personajes, a pesar de seguir siendo prácticamente iguales, han perdido algo de su esencia, precisamente por esa cierta falta de ritmo y humor que desprenden estos 24 episodios.

Al César lo que es del César

Todo esto, aunque evidentemente perjudica el desarrollo y la impresión general de The Big Bang Theory como serie, no impide sin embargo que el final de temporada y de serie sea bueno. Yo diría notable. Y es que a pesar de alargarse innecesariamente, la última etapa presenta una conclusión coherente con sus personajes, con los anhelos y deseos que han mostrado en la recta final de la ficción. Por ello, y aunque presente momentos que directamente se podrían suprimir sin que afecte al desarrollo de la historia, los últimos episodios se utilizan para cerrar todos los arcos argumentales de los protagonistas, respondiendo con un final feliz a cada uno de ellos. Al César lo que es del César, y a este grupo de amigos le corresponde una recompensa de la que, posiblemente, ni ellos mismos sean conscientes.

Sin desvelar absolutamente ningún detalle (salvo tal vez el que se ve en la fotografía, con los dos personajes recibiendo el Premio Nobel), sí se puede decir que el cierre de tramas principales y secundarias resulta interesante, sobre todo para ser una comedia de situación que comenzó de forma algo transgresora y ha terminado siendo un producto común aderezado con chistes científicos y el mayor de los frikismos. A pesar de los vaivenes de algunos personajes (uno de los motivos para que la serie haya bajado en interés), en líneas generales nos encontramos ante un cierre dramático tan previsible como bien ejecutado. Evidentemente, que nadie espere algo que no sea un ‘… y vivieron felices’, porque la serie no busca otra cosa, pero incluso ese final tan blanco como positivo hay que saber ejecutarlo, y los guionistas salen airosos de intentar levantar ligeramente, aunque solo sea para su final, el nivel dramático, cómico y de interés de la serie.

Lo que representa esta última temporada, en pocas palabras, es lo que ha ocurrido con toda la serie. Es decir, ha pasado por buenos momentos, por otros más tediosos, algunos brillantes y un desarrollo dramático y de personajes sin un objetivo claro, al menos no de antemano. La incorporación de secundarios, sin duda, es un claro aliciente que no solo insufla aire fresco al conjunto, sino que evidencia la fuerza mediática que ha adquirido esta sitcom. Pero ni siquiera ellos son capaces de eliminar esa sensación de estar viendo pocas novedades en la relación entre personajes y en la evolución de las tramas, más allá de momentos puntuales que es necesario modificar por ‘obligaciones de guión’. En este sentido, por tanto, lo que tenemos es una temporada 12 divertida a ratos (más que las dos inmediatamente anteriores), con desarrollo de algunas tramas y con una cierta incongruencia en algunas situaciones que viven los personajes.

Y eso es lo que ha sido The Big Bang Theory. En realidad, la serie fue toda una sorpresa y un fenómeno durante las primeras temporadas. La serie supo evolucionar correctamente durante un tiempo, introduciendo a los protagonistas en la edad adulta de forma progresiva y pausada, lo que además provocó numerosas situaciones cómicas y gags por los diferentes ritmos narrativos de cada uno de ellos. Pero la historia se estiró demasiado. Las situaciones comenzaron a parecer algo repetitivas; los personajes, todos ellos ya en la vida adulta, parecían perder frescura al tiempo que sus creadores querían mantenerlos jóvenes; y el humor se fue diluyendo ligeramente. No cabe duda de que esta comedia es el referente del género del siglo XXI, como Friends lo fue en su momento. Pero le sobran temporadas, y eso lastra ligeramente al conjunto. En todo caso, es innegable que, con sus fallos y sus aciertos, ese plano final de todos los personajes en ese salón que tantas cosas ha vivido es el broche de oro a una importante etapa televisiva. Y para muchos espectadores, es el final de toda una vida.

‘Gotham’ llega a un final caótico en su quinta temporada


En este fenómeno superheroico en el que vivimos las nuevas producciones tratan de ofrecer algo diferente, ya sea en el tratamiento de los personajes, en la estética o en el apartado visual. Bajo esta idea nació hace cinco años Gotham, serie que buscaba narrar los orígenes de Batman a través de la figura del Comisario Gordon, uno de los secundarios más importantes e icónicos del universo del Caballero Oscuro. Pero lo que comenzó con esta idea pronto derivó en algo notablemente diferente, hasta el punto de ser una reinterpretación de los cómics en formato más… digamos adolescente. Y fruto de eso es esta quinta y última temporada, entregada por completo al caos y la destrucción para tratar de justificar y, ante todo, encajar el diferente desarrollo de los personajes con el inicio de las aventuras de Bruce Wayne como el Hombre Murciélago.

La labor de Bruno Heller (serie Roma) como creador, y del resto de guionistas y responsables de la serie, queda completamente difuminada en el intento de encajar más villanos en una trama que ya no daba mucho más de sí. La falta de objetivo claro se apreció ya en el tratamiento de un enemigo tan importante como el Joker durante la temporada pasada, con algunos Deus ex machina que no encajaban con el desarrollo hasta ese momento. Ahora el descontrol se extiende a otros personajes, haciendo que algunos de ellos queden completamente caricaturizados, que otros desaparezcan por necesidades dramáticas y que otros, simplemente, experimenten giros argumentales cogidos con pinzas. El motivo de esto no es otro que la necesidad de contar mucho en muy poco tiempo. Los 12 episodios de esta etapa, casi la mitad de lo habitual, y la complejidad de la historia que se presenta obligan a tomar decisiones un tanto cuestionables, llevando a los personajes a un límite dramático con poca coherencia. Y no digo con esto que la serie haya sido un alarde de sentido común, pero si por algo se ha caracterizado siempre ha sido por unos personajes bien construidos.

Nada de esto significa que Gotham pierda ritmo, más bien al contrario. Su frenético desarrollo imprime al conjunto una dinámica única pocas veces vista en la serie. Por decirlo de otro modo, es el clímax de cualquier historia. Sus secuencias de acción, ese planteamiento de gran flashback respecto de un punto de partida ya de por sí impactante, y ese episodio final con Batman haciendo acto de presencia son algunos de los elementos que denotan que estamos en la recta final de la historia. Y sí, resulta muy entretenido, pero única y exclusivamente si no se reflexiona sobre lo que ha llevado a los personajes hasta esa situación. De hacerlo, es fácil encontrar no pocas incongruencias y situaciones encajadas a la fuerza para tratar de que el final (que es también el comienzo de la leyenda del superhéroe) pueda justificar, de algún modo, las historias más conocidas de Batman.

En este proceso de simplificación final sin duda los mayores perjudicados son los villanos que, para qué negarlo, han sido el alma de la serie durante varias temporadas. Papeles como el de Robin Lord Taylor (En el frío de la noche) o Cory Michael Smith (First Man) quedan reducidos a una caricatura de lo que eran; el rol de Erin Richards (El estigma del mal) evoluciona de un modo que parece casi imposible. Y no hablemos de lo que ocurre con el Joker, que comenzó sus andanzas como un grandísimo y psicópata villano, cambió de rumbo con el cambio de hermano y ha terminado siendo una extraña criatura a medio camino de ninguna parte, tratando de justificar así, en teoría, la dualidad y la psicopatía del principal archienemigo del Caballero Oscuro. A todo ello se suman dos nuevos villanos, el motor de esta temporada que, sin embargo, son dibujados de un modo algo simple, motivados únicamente por una sed de venganza tan básica como directamente resuelta.

Una nueva Gotham

Lo cierto es que todo ello compone una nueva Gotham, tanto en el concepto de serie como en la propia ciudad en sí. Quizá por ello el objetivo último de esta quinta temporada haya sido la destrucción de los edificios como símbolo de una ruptura con el pasado, con todo lo que se había construido hasta ese momento narrativa y conceptualmente. En este sentido, esta conclusión de 12 capítulos (bueno, en realidad es más bien 11+1) se puede interpretar como un apéndice para cerrar algunas tramas secundarias, dejar abiertas para el futuro otras tantas y, sobre todo, dar pie a la transformación definitiva del protagonista interpretado por David Mazouz (serie Touch), quien por cierto ha alcanzado la mayoría de edad mientras se emitía esta última etapa.

Pero esta interpretación no puede obviar el hecho de que todos los acontecimientos se han precipitado. La evolución de los villanos ha sido, como explicaba anteriormente, excesivamente acelerada, tanto para los ya conocidos como para los nuevos. Eso por no hablar de algunos giros de guión tan forzados que cuesta mucho aceptarlos, no digamos ya encajarlos dentro de la narrativa de un modo natural y orgánico. Y en esta sucesión de tropiezos dramáticos de la serie se encuentra también el final del que, en teoría, tendría que haber sido el protagonista. El personaje de Jim Gordon ha quedado relegado por completo a una suerte de vehículo narrativo para contar el proceso de madurez de Bruce Wayne, amén de ser el nexo de unión entre secundarios mucho más interesantes que él. En esta última etapa adquiere algo más de protagonismo, es cierto, retomando el rol que se le presumió en sus orígenes.

Posiblemente lo más interesante de la temporada, con sus aciertos y sus fallos, sea el episodio final, que se aleja sensiblemente del espíritu de la serie para sumergirse en el lenguaje narrativo propio de Batman, evitando mostrar al personaje en todo momento salvo ese último plano con el que la serie conecta con el universo del superhéroe. Un capítulo en el que se sientan las bases de las relaciones que los aficionados ya conocen y que, en mayor o menor medida, habían sido modificadas para desarrollar las historias de la serie. Y aunque esta conclusión pueda ser, objetivamente hablando, sumamente interesante, su encaje en la serie queda un poco en entredicho. El problema no es tanto de lo narrado en esos últimos minutos, sino de la evolución de las tramas, que parecen haber crecido sin el necesario control para ajustarse a ese final que, en mayor o menor medida, estaba previsto. Posiblemente si esta temporada hubiera durado algo más ese ajuste entre desarrollo y final habría sido mayor.

En cualquier caso, Gotham es una serie diferente, con una extraordinaria estética que bebe de las influencias de cómic y películas y con un diseño de personajes, sobre todo villanos, más que notable. El problema que ha tenido toda esta ficción ha sido el camino seguido por las historias, tanto principales como secundarias, sobre todo a partir de la tercera temporada. Es algo que ha tenido su cúlmen en esta quinta y última etapa, en la que la falta de tiempo narrativo y la poco coherencia de la trama han obligado a precipitar los acontecimientos sin dotarlos de evolución interna, lo que termina generando un cierto caos que, aunque ayuda en cierto modo al sentido final de la temporada (con esa especie de guerra en las calles de la ciudad), no hace justicia al resto de la producción. Eso sí, se agradece el esfuerzo para encajar todo lo narrado con el origen de Batman en ese último episodio.

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