‘La isla mínima’: la magnífica visión de unos secretos mínimos


Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo protagonizan 'La isla mínima', de Alberto Rodríguez.Si hubiera que indicar alguna seña de identidad dentro del cine de Alberto Rodríguez, sin duda sería su lenguaje audiovisual. Ya lo hizo en su anterior trabajo, Grupo 7 (2012), y en este nuevo thriller repite esa mezcla de clasicismo y simbolismo en cada plano. De hecho, es gracias a su particular visión de las historias lo que lo convierte en el notable creador que es, capaz de dotar de fuerza tramas que, de otro modo, tal vez serían menos interesantes. No quiere decir esto que su nuevo trabajo sea mediocre, al contrario, pero es conveniente no olvidar que detrás de las poderosas imágenes se esconde un guión. Y es en este donde se esconden los pocos punteos débiles del film.

Porque sí, La isla mínima es una obra notable que se ubica entre lo mejor del cine español del último año. Su trama, profundamente marcada por la vida en los primeros años de la transición, se nutre de unos personajes muy bien definidos en sus ideales pero confundidos por un entorno acostumbrado a la violencia y el abuso de autoridad de una larga dictadura. Todo ello en un entorno rural donde los secretos marcan el pasado y el futuro de generaciones enteras. Gracias a estos aspectos el film adquiere un mayor peso dramático en su intriga principal, cuyo desarrollo genera unas expectativas de resolución que no quedan del todo satisfechas y, por tanto, crean algo de frustración al plantear preguntas cuyas respuestas son demasiado obvias o tienen demasiadas posibilidades.

Pero como decía al comienzo, la sencillez del suspense, en el que básicamente no existe un giro argumental interesante, queda totalmente eclipsada por la mano de Rodríguez. Su apuesta por los planos aéreos para mostrar la orografía de un territorio que se asemeja a la superficie del cerebro invitan a pensar en los aspectos más psicológicos de trama y personajes, así como en todos los elementos que esconden la mayoría de ellos. Las composiciones geométricas, la apuesta cromática fría y apagada, e incluso ese final lluvioso en el que la verdadera naturaleza de los protagonistas sale a relucir son algunos de los ejemplos que confirman al director como uno de los más personales del cine español. Si a esto añadimos una banda sonora a cargo de Julio de la Rosa (Primos) que, aunque parezca mínima y secundaria, envuelve de un cierto halo de misterio la investigación policial de los protagonistas, lo que nos encontramos en un tándem (imagen y sonido) que no solo van de la mano, sino que entre los dos crean algo distinto e incluso hipnótico.

La isla mínima se le podría pedir algo más, como a casi todas las películas. Su trama, aunque bien estructurada y desarrollada, peca de ingenuidad en su resolución, presentando a los villanos casi desde la mitad del film. Para colmo, las motivaciones de los mismos son demasiado sencillas. Pero en el fondo es un detalle que solo empaña el gran viaje que supone embarcarse en esta investigación criminal de los años 80 con unos actores impecables, una realización sobria y espléndida, y un diseño de producción que saca el máximo partido a los escenarios.

Nota: 7,5/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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