‘Tyrant’ se deja llevar en una última temporada de final ambiguo


Cómo se convierte un líder en un tirano? ¿Y cómo una serie con un planteamiento puede derivar en un producto sin un objetivo claro? Los motivos son muchos, y la tercera temporada de Tyrant es un ejemplo idóneo de cómo una ficción puede terminar siendo algo ficticio, valga la redundancia. Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una especie de thriller familiar que gira en torno al poder, la traición y la violencia termina siendo… pues lo mismo, pero transformando a sus personajes de tal modo que se vuelven irreconocibles, dejándose llevar por una narrativa incontrolada para terminar en un final ambiguo y abierto como pocos. Y todo ello en 10 episodios.

Y es que la serie creada por Howard Gordon (serie Homeland), Gideon Raff (serie Prisoners of war, en la que se basa Homeland) y Craig Wright (serie Sexy money) ha evolucionado de forma irregular e intermitente. Con una trama principal realmente sólida e interesante, los primeros compases sentaron las bases de un drama y thriller político, social y familiar en Oriente Medio, planteando todos los actores posibles, desde los intereses de un país como Estados Unidos hasta los deseos de la sociedad de una libertad que no les otorga una dictadura militar. Todo eso se sigue manteniendo en esta última etapa, y puede que ese sea el gran problema. La ficción, aunque ha sufrido una evidente evolución, no ha cambiado en esencia su dinámica. Da la sensación de que ha sustituido unos personajes por otros, introduciendo por el camino elementos anexos para regular tramas secundarias como el ‘love interest’ o las historias de familiares y amigos.

Esto genera una doble y extraña sensación. Por un lado, la historia de Tyrant evoluciona en una especie de espiral que solo evoluciona hacia más violencia, pero que siempre vuelve a la situación inicial recrudecida por la sangre y la muerte. Y por otro, los personajes principales dan un giro radical a sus personalidades de un modo tosco, algunas veces motivado por un suceso extremo, otras simplemente por la necesidad de la trama, cuando debería de ser al revés o, al menos, una sincronía entre personajes e historia. El mejor ejemplo es el protagonista interpretado por Adam Rayner (Tracers). Cuesta creer que un hombre que ha liderado una revolución y una rebelión contra su hermano asuma el mando de un país de forma temporal, sea incapaz de enfrentarse a sus consejeros y termine haciendo aquello que más odia solo porque está obligado.

A ello se añaden algunos elementos propios de una telenovela destinada a durar cientos de episodios. Hijos secretos, amores pasados que regresan para volver a irse, intrigas familiares, etc. Todo ello envuelve una historia que, por si sola, tiene el suficiente peso dramático como para poder ser desarrollada de forma íntegra, sobre todo en esta tercera temporada, donde el apartado político y social adquiere un mayor protagonismo. Con todo lo que supone una convocatoria electoral, la amenaza del terrorismo, las protestas ciudadanas, los presos políticos y el resto de elementos parece poco necesario centrar la atención en elementos superfluos que solo hacen enrevesar dramáticamente la historia pero que aportan más bien poco a su desarrollo real. Todo ello invita a pensar que esta última temporada, en realidad, iba a tener una continuación. Si no, la serie tendría uno de los finales menos acabados que se recuerdan.Falsas elecciones

Con todo, esta tercera y última temporada de Tyrant ofrece una visión muy interesante sobre cómo el poder corrompe, sobre cómo la venganza consume al ser humano y sobre el modo en que podemos llegar a aprovechar una situación para tratar de salir indemnes de nuestros delitos anteriores. Y todo ello con la sencilla premisa de celebrar unas elecciones democráticas en un país dominado por una dictadura. Esta decisión, más allá del modo en que luego se desarrolla en pantalla, es el desencadenante de toda una serie de consecuencias que componen un interesante mosaico de ideas que, en conjunto, dibujan un desolador panorama acerca de la libertad en un país tradicionalmente controlado con tiranía.

Unas elecciones, falsas al fin y al cabo como se desprende del final de la serie, que a pesar de querer ser democráticas sirven, en definitiva, para los intereses personales de cada personaje que, en mayor o menor medida, participa en ellas. Desde la mujer del dictador que las usa a modo de redención, hasta el amigo crítico del dictador que las utiliza para desmarcarse de esa amistad, todos los personajes encuentran en esta promesa una vía para desarrollar sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Poco parece importar, por tanto, el interés del pueblo, y es este uno de los aspectos más interesantes de esta etapa final. Porque, en efecto, la batalla entre dictadura y democracia se traduce en realidad en un conflicto entre personalismos y sociedad en el que siempre pierden aquellos que defienden lo segundo. Y aquí no tienen cabida ni el amor ni la amistad.

El problema, como he dicho antes, no radica tanto en la trama principal, bien planteada y con hitos dramáticos interesantes. No, el problema está en el desarrollo de dicha trama, en el modo en que se plantean las líneas argumentales secundarias (muchas a modo de telenovela que concuerda poco con el espíritu que pretende tener la serie) y, sobre todo, en algunos puntos de giro obligados para poder mantener un formato poco natural o, por lo menos, en el que los personajes no solo no parecen encajar, sino en el que se les obliga a cambiar su personalidad y su definición según conviene. A priori, estos cambios podrían considerarse una suerte de debate moral (y hasta cierto punto lo es), pero el modo en que se realiza, toscamente y sin asentar previamente las bases de esas dudas éticas, es lo que termina por no encajar correctamente.

Que no exista ese trabajo previo es fruto, precisamente, de que Tyrant introduce líneas secundarias innecesarias que quitan tiempo y protagonismo a lo realmente interesante. Esta tercer y última temporada confirma que en esta serie han existido dos interpretaciones muy diferentes, aquella que pretendía ser un thriller sobrio sobre la dictadura, el poder, el terrorismo y la lucha por la libertad, y otra que pretendía otorgar más dramatismo, más giros argumentales enfocados a enrevesado la parte personal de los personajes. Por desgracia, no es capaz de encontrar el equilibrio, y el final de la serie lo confirma, dejando inacabado el desarrollo de la historia, sin explicar el futuro de los protagonistas y sin cesar ninguna de las principales tramas que se dan cita en esta tercera etapa. Al final, lo que pretendía ser un relato sobre un país de Oriente Medio dominado por la tiranía y el modo en que la libertad se abre camino se queda, precisamente, a medio camino.

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‘Episodes’ termina y cierra ciclo en su quinta temporada


Aunque muchas veces las comparaciones son odiosas, equiparar en algunos aspectos unas cosas con otras puede ayudarnos a tomar perspectiva. Por ejemplo, en el caso de Episodes, la serie creada por David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie The class), equipararlo a cualquier otra producción, ya sea drama o comedia, permite apreciar mejor la calidad de una serie sencilla, una sitcom correcta y ajustada en tiempo y formato que, sin embargo, está planteada de principio a fin como un todo. Y eso es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de series.

Y esto es algo que se aprecia sobremanera en la quinta y última temporada por muchos motivos. El más importante, evidentemente, el dramático. El arco argumental de esta etapa final viene a ser una vuelta a los inicios para los protagonistas, un regreso al punto de partida con el que comenzó esta divertida ficción. La pareja de guionistas interpretada por Stephen Mangan (Rush) y Tamsin Greig (Con la banca no se juega) se convierten en el punto de apoyo sobre el que la trama gira sobre sí misma para volver a situarles como al principio, es decir, construyendo una historia que no les termina de convencer para un actor, Matt LeBlanc (Los ángeles de Charlie) al que odian y aman casi a partes iguales.

Por supuesto, no es este el único elemento. Resulta también interesante el giro final de la serie, en el que los protagonistas convierten en episodio piloto del nuevo producto su propia experiencia con LeBlanc, una producción dentro de otra producción que acentúa el carácter cíclico de Episodes desde un punto de vista puramente formal y conceptual. Desconozco si esa era realmente la intención de sus creadores desde el comienzo o si ha sido algo obligado por las circunstancias, pero lo que sí parece claro, viendo el resultado final de la serie completa, es que alguna base debía existir, pues aunque en muchas ocasiones el desarrollo dramático ha podido parecer algo caótico, la realidad es que todo ha terminado encajando de forma armónica.

Y todo ello con humor ácido, con carcajadas blancas y sinceras, y con una cierta crítica profesional y social a un mundo, el de la televisión, marcado por las audiencias. Esta quinta temporada, en este sentido, también es ejemplar. Si durante etapas anteriores la trama se ha centrado fundamentalmente en el devenir de una pareja de guionistas ingleses y su calvario en Estados Unidos, en esta última parte (y que comenzó en la cuarta temporada) buena parte del peso también recae en el personaje de LeBlanc, al que se le enfrenta a situaciones que, en principio, ningún actor desea, como bien se encargan de demostrar en la trama. Y a su alrededor, todo un mundo movido por intereses personales, por rencillas y, por supuesto, por el dinero y la audiencia, capaz de perdonar todo. Y cuando digo todo, es todo.

El final deseado

Otro elemento que viene a confirmar el carácter circular de Episodes es el hecho de que esta última temporada cuenta con 7 episodios, los mismos que la primera allá por 2011 y dos menos que el resto de etapas. Puede parecer causalidad o una mera anécdota, pero lo cierto es que esta características de la conclusión de la serie condiciona en buena medida el desarrollo de la trama, mucho más directo y enfocado a cerrar las líneas argumentales todavía abiertas a lo largo de esta ficción. En este sentido, y a pesar de los problemas que puede ocasionar la falta de tiempo, se podría decir que es el final deseado.

Porque sí, la conclusión de la serie es lo que podría esperar y desear cualquier espectador de una producción tan blanca y limpia como esta. Nada de finales inesperados, nada de giros argumentales de última hora que puedan cambiar el destino de los protagonistas. Todo se desarrolla como estaba previsto, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y aunque es cierto que algunas historias secundarias pecan en exceso de un desarrollo y una resolución directa y simple, no lo es menos que la dinámica del trío protagonista es tan sólida que acapara toda la atención, por lo que las historias secundarias quedan, pues eso, en un segundo plano.

Y si bien es cierto que al final estos personajes secundarios, aunque divertidos y por momentos interesantes, no dejan de ser meras sombras en el fondo de la historia principal que permiten dar color al entorno en el que se desarrolla la trama, también lo es el hecho de que se echa en falta algo más de peso dramático y narrativo de los mismos en esta conclusión. Y es que ese es el principal problema de esta última temporada. Durante toda la serie varios secundarios habían disfrutado de un peso específico notable, siendo incluso determinantes en las decisiones de los protagonistas. Ahora, sin embargo, se convierten más bien en un contexto necesario, en una suerte de acompañamiento divertido al que se le tiene que dar un final, pero que no tiene demasiado impacto en el resto de la ficción.

En cualquier caso, es un problema menor de una sitcom diferente, fresca y dinámica, con un trío protagonista que, sin ser excepcional, sí evidencia una complicidad inusual. Esta quinta y última temporada de Episodes cierra por completo la serie de un modo pocas veces visto, y a pesar de ciertos problemas de equilibrio dramático entre la historia principal y los personajes secundarios, en líneas generales cumple lo que podría esperarse de una ficción de estas características. No es una obra cumbre de la comedia, ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente original como para ser una obra destacada, tanto por su argumento como por sus actores.

4ª T. de ‘Sleepy Hollow’, o como intentar concluir de algún modo


El final de la tercera temporada de Sleepy Hollow ya hacía prever que la siguiente temporada, anunciada como la última, iba a ser más bien un epílogo de una historia ya contada que algo nuevo. Y en efecto, así ha sido. La ausencia de la principal protagonista ha obligado a los creadores de la serie a realizar equilibrismos dramáticos para tratar de dar un final relativamente correcto a esta historia de criaturas, mitología y literatura que comenzó siendo prometedora y se ha desinflado hasta quedarse en un producto más bien mediocre.

Los 13 episodios de esta cuarta temporada vienen a confirmar una de las ideas que parecen haber sido la única constante en la serie creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman (Star Trek: En la oscuridad), Roberto Orci (serie Fringe) y Len Wiseman (saga ‘Underworld’): que ningún personaje secundario es lo suficientemente relevante como para mantenerle más de una temporada. La incorporación de un nuevo reparto en esta recta final de esta ficción evidencia una falta de objetivos en lo que a construir un tejido de personajes lo suficientemente sólido y atractivo se refiere. Eso, o que los personajes creados nunca han tenido el carisma necesario para ser del agrado del público, obligando a buscar unos nuevos.

Sea como sea, lo cierto es que esta variedad de secundarios tiene un aspecto positivo y otro negativo. Lo bueno es que han sido catalizador de nuevas aventuras relativamente ajenas a lo anterior, ofreciendo una visión inocente del mundo de monstruos y demonios en el que viven los protagonistas. Esta cuarta temporada de Sleepy Hollow es buena prueba de ello. Sin embargo, esto también provoca que el espectador nunca pueda llegar a identificarse con nadie, salvo el personaje de Ichabod Crane (de nuevo con Tom Mison –La pesca de salmón en Yemen– para darle vida), perdiendo interés no solo en el devenir de los secundarios, sino en las historias que protagonizan. Curiosamente, el modo en que se abandonan estos personajes no es por muerte en el combate (salvo contadas excepciones) entre el bien y el mal; simplemente dejan de aparecer.

Y curiosamente también, esta forma de tratar a los “buenos” contrasta mucho con la forma de definir a los villanos, mucho más interesantes en el cómputo general de la serie. En esta temporada final, a pesar de que el antagonista (al que da vida Jeremy Davies –Una historia casi divertida-) tiene el peso dramático suficiente como para aguantar él solo esa parte del tratamiento, los creadores han decidido traer de vuelta a los que posiblemente sean los dos mejores personajes de toda la serie: el jinete sin cabeza y ese hijo brujo del protagonista. La conjunción de estos tres villanos debería, al menos en teoría, conformar un interesante cuadro, pero el resultado es muy diferente, posiblemente porque los dos segundos, con todo el poder mostrado durante toda la serie, quedan relegados a meros acólitos, como si su función no fuera otra que la de juntar viejos amigos en el final de la historia. Una lástima.

Testigos sin control

Como menciono en el título de este texto, la cuarta y última temporada de Sleepy Hollow parece más bien un intento algo desesperado por concluir una historia que debería haber finalizado en la tercera etapa. Lejos de ser un conjunto homogéneo de episodios, las aventuras de estos 13 capítulos se convierten en un viaje marcado por un cierto descontrol. Atrás queda la complicidad creada entre los protagonistas, que aquí trata de suplirse con un buen puñado de héroes que, en cierto modo, tienen diferentes aspectos de la personalidad del rol interpretado por Nicole Beharie (El expreso de Elmira). Y este tipo de intentos salen, en su inmensa mayoría, bastante mal, como es el caso.

No voy a entrar a valorar la idoneidad o no de convertir a la que presuntamente debe ser compañera de aventuras de Crane en una niña preadolescente. Lo que sí parece evidente es que la apuesta no aporta toda la fuerza dramática que cabría esperar. En este sentido, la serie ahonda en esta etapa final en su carácter más aventurero, dejando a un lado los aspectos más presuntamente terroríficos que podrían haberse dado cita en temporadas anteriores. El problema es que dicho aspecto aventurero lleva a sus creadores a introducir en la trama situaciones de lo más rocambolescas, dotando de un humor en ocasiones algo innecesario secuencias que antes tendían a tomarse más en serio, lo que a su vez genera que el tono de la serie pierda dramatismo.

Con todo, esta última temporada deja algunas ideas sumamente interesantes. Más allá de introducir enemigos de todas las culturas, épocas, religiones y condiciones, la serie adquiere su mayor interés en el tramo final, cuando el sacrificio del héroe dota al conjunto de un dramatismo que solo se había podido vislumbrar en la primera y parte de la segunda temporada. Dicho sacrificio, unido a una visión del futuro en caso de triunfar el mal, generan un marco tan diferente a lo visto hasta ese momento, tan trágico y tan desolador que la serie pierde, por un momento, el tono algo infantil mantenido hasta entonces para comportarse como la aventura fantástica y dramática que se presupone debe ser, y que de hecho fue en sus inicios.

Desde luego, la cuarta temporada de Sleepy Hollow es un fiel reflejo de la evolución tan irregular que ha tenido la serie. Su final, visiblemente forzado por las circunstancias (pérdida de interés, ausencia de la protagonista, etc.), trata de ser una salida digna a la caída progresiva de la calidad dramática y narrativa de esta ficción. Caída provocada, entre otras cosas, por una falta de objetivos claros. Y es que la serie, aunque planteada como tramas episódicas, ofrecía un potencial notable para ser tener arcos argumentales de temporadas completas. El problema es que para ello habrían sido necesarios buenos villanos autoconclusivos y unos secundarios sólidos que sustentasen a unos héroes carismáticos. Y salvo contadas ocasiones, el resultado no ha sido el esperado. Un ejemplo claro de cómo una serie con posibilidades puede derivar en un mediocre producto.

‘Grimm’ ata todos sus cabos sueltos en un final apresurado


No es algo infrecuente en las series de televisión, pero eso no lo convierte en una decisión precisamente acertada. La necesidad de muchas productoras de dar a sus creaciones un final más corto y, por tanto, más condensado, obliga a los ‘show runners’ a condensar en pocos episodios las historias que habitualmente desarrolla en un espacio narrativo más amplio. La serie Grimm es un nuevo caso, aunque en esta ocasión el resultado es relativamente satisfactorio, siempre y cuando no tengamos en cuenta el final feliz de cuento de hadas que proponen Stephen Carpenter (El jefe), David Greenwalt (serie Ángel) y Jim Kouf (Hora punta).

Porque, aunque se ajuste a esa idea de un cuento en el mundo real, lo cierto es que la conclusión de esta sexta y última temporada deja un sabor agridulce, básicamente porque su desarrollo dramático es mucho más complejo, oscuro y desasosegante de lo que ha sido cualquier otra etapa anterior, poniendo a los protagonistas ante un enemigo imposible de vencer. Esto, unido a los 13 episodios que contiene la temporada, hace que la trama adquiera una fuerza inusitada, entre otras cosas también porque no es necesario desarrollar prácticamente ningún nuevo personaje, salvo el villano de turno, dejando más tiempo para llevar a los personajes hasta situaciones extremas.

El problema es que todo eso se destruye como por arte de magia. Bueno, según se mire es literalmente por arte de magia. Todo lo que se había construido, todo el viaje que realiza el espectador, queda en nada. Y para ello se utiliza, por si fuera poco, un ‘deus ex machina’ cuanto menos cuestionable que deja todo atado y bien atado en un final amable, azucarado y plagado de emociones, con un epílogo que resulta incluso más interesante y acertado que el recurso resolutivo de esta temporada de Grimm. La pregunta que se plantea es si una temporada más larga habría sido más o menos beneficiosa, o si al menos habría cambiado el modo de afrontar el final, aunque lo más probable es que no.

De ahí el sabor agridulce. A pesar de que el modo en que se aborda la trama resulta interesante (con sus matices, que analizaré a continuación), la conclusión de la serie resulta un poco tosca en tanto en cuanto se intercambia el equilibrio de fuerzas entre héroe y villano casi por arte de magia, sin una explicación (al menos no una lo suficientemente convincente, incluso para el mundo de fantasía en el que transcurre) y deshaciendo todo lo visto hasta ese momento. Da la sensación, y es solo eso, una sensación, de que la decidida apuesta por un final tan dramático como apocalíptico que se mantiene a lo largo de toda la temporada no gustaba demasiado y hubo que cambiarla en un giro final. Como digo, es solo una sensación, pues lo más normal es que estuviera planificado de este modo a tenor de cómo se desarrollan los acontecimientos.

Combinación extrema

Pero decía que en esta última temporada de Grimm existen varios matices en el desarrollo del arco dramático. A pesar de la fuerza que exhibe, fundamentalmente porque sus creadores no tienen miramientos a la hora de mostrar las consecuencias de los actos de sus protagonistas, existe en estos 13 capítulos una necesidad imperiosa de cerrar las tramas secundarias en una especie de final argumental común. De ahí que aparezcan personajes casi de la nada que ayudan a cerrar algunos hilos, amén de una serie de situaciones que, aunque perfectamente integradas en la historia, vistas en perspectiva resultan un poco forzadas. En cualquier caso, son problemas menores de una combinación extrema de factores que pone el broche a una serie que ha sabido crecer a medida que lo hacían sus personajes y sus tramas.

Y es que, aunque es cierto que esta temporada final puede resultar algo forzada en muchos de sus giros argumentales, algo que ya ocurrió en menor medida en la anterior, e incluso estuvo personificado en el rol que interpreta Elizabeth Tulloch (The Artist), el balance general de la serie solo puede ser positivo. A lo largo de estas seis entregas esta ficción dramática y fantástica ha sabido aprovechar los mejores recursos narrativos y artísticos y los ha potenciado para crear una trama compleja, alejada cada vez más del formato episódico de caso policial y entregándose a algo superior, con una mayor repercusión a nivel emocional y aprovechando las posibilidades que ofrecía el desarrollo y los giros dramáticos planteados a lo largo de los años, evidentemente salvo contadas excepciones como la expuesta aquí o en análisis previos.

En lo que a estos 13 capítulos se refiere, la limitación en la duración de la serie no ha impedido componer una línea argumental coherente, a diferencia de otras series. Y eso es, en buena medida, porque sus creadores han sabido aprovechar los pilares dramáticos creados en las temporadas anteriores. Desde las relaciones entre los personajes, cuyas modificaciones han dejado un mosaico de sentimientos de lo más interesante, hasta aspectos como el palo que obtiene el protagonista o los poderes de algunos roles, todo se ha aprovechado para una conclusión a la que se le quieren dar tintes épicos y que, hasta cierto punto, los tiene. El problema, reitero, es precisamente que esa fusión de cabos sueltos no es tan orgánica como debería en algunos momentos, sobre todo en su tramo final, los que deja esa sensación agridulce que mencionaba al principio.

En líneas generales, Grimm ha sido una serie para disfrutar de la fantasía, una producción policíaca diferente, fresca y original como pocas que ha sabido reinventarse a cada paso. Valiente con muchas de sus decisiones y cobarde en otras (sobre todo en lo referente a los protagonistas), la ficción logra en su última temporada un broche que ejemplifica a la perfección lo que han sido estas seis etapas: sólidas en su planteamiento inicial, algo más endebles en los riesgos que debe tomar y en el dramatismo que le quiere dar al conjunto. El balance solo puede ser positivo, y aunque no sea uno de los grandes títulos de la pequeña pantalla, sí es algo sumamente recomendable para los fans del género. Ver crecer a una serie en todos sus aspectos siempre es gratificante, incluso cuando en ese crecimiento se arrastran algunos problemas.

‘Masters of Sex’ acelera el desarrollo y final de su última temporada


Los protagonistas de 'Masters of sex' hacen frente a sus miedos en la última temporada.Y en su cuarta temporada llegó al clímax. Masters of Sex, la serie creada por Michelle Ashford (serie Nuevos policías), ha puesto punto y final a esta historia sobre los padres de la revolución sexual. Y como ocurre en no pocas ocasiones, lo ha hecho de forma un tanto precipitada, cerrando tramas de modo abrupto y forzando el natural desarrollo tanto de personajes como de acontecimientos. Y sin que esto sea algo necesariamente negativo, sí revela que la serie podría haber dado para, al menos, una temporada más, toda vez que la historia de William Masters y Virginia Johnson siguió en los años posteriores al último de estos 10 episodios finales.

Con todo, hay que reconocer a Ashford su capacidad para estructurar la temporada de forma más o menos coherente. De hecho, la introducción de los personajes interpretados por Betty Gilpin (Una historia real) y Jeremy Strong (La gran apuesta) imprime al conjunto un renovado espíritu transgresor a todos los niveles, pues más allá del propio carácter de ambos roles se convierten en un reflejo de lo que ha sido la relación de los protagonistas a lo largo de estas temporadas. Una metáfora que los creadores de esta ficción se afanan en poner de manifiesto ya sea a través de diálogos o de situaciones, lo que permite al espectador apreciar matices que tal vez hubieran pasado por alto anteriormente.

A esto se suma, y quizá sea lo más interesante, la evolución moral y profesional del personaje de Michael Sheen (Passengers), que tras tocar fondo afronta todo un proceso de autocrítica y autoaceptación como pocas veces puede verse en una serie. La labor de Sheen, en este sentido, es espléndida, así como la del resto del reparto que asiste y/o participa de este cambio. A través de sus ojos se aprecia, asimismo, el cambio que se produce en otros roles secundarios y en la propia dinámica de la serie, que recupera tramas casi olvidadas para cerrar poco a poco los cabos sueltos que habían quedado de temporadas anteriores de Masters of Sex.

El problema, y no es un problema menor, es que dicha recuperación de tramas no conlleva una correcta finalización de las mismas. De hecho, muchos de estos hilos argumentales que complementan la trama principal simplemente se abandonan, como si fueran una incomodidad que pudiera dejarse morir por ausencia en la estructura dramática. Le ocurre al personaje de Annaleigh Ashford (Top five) y su relación lésbica, y le ocurre al interpretado por Kevin Christy (La montaña embrujada), que ha ido perdiendo interés y protagonismo con el paso de las temporadas hasta convertirse, en este tramo final, casi en una decoración más. Asimismo, en los últimos capítulos se aceleran de tal forma los acontecimientos que no solo da la sensación de ausencia de información, sino que se desvirtúa el carácter de algunos personajes.

Las prisas no son buenas

Bill Masters trata de recomponer su vida en la cuarta y última temporada de 'Masters of Sex'.La peor parada es, curiosamente, la otra protagonista principal interpretada por Lizzy Caplan (Ahora me ves 2). El personaje nunca ha terminado de definir una serie de motivaciones claras (lo que le ha otorgado un cierto interés y fuerza dramática), sobre todo en lo referente a su relación con el rol de Sheen, algo que cambia en esta última parte de la serie. El problema es que cambia en un sentido que termina cargándola con un cierto carácter manipulador tanto en el plano personal como laboral, alejado de otras actitudes mostradas a lo largo de toda la ficción y que, en cualquier caso, nunca habían sido tan evidentes como en los compases finales de este drama.

En el lado opuesto podría encontrarse la evolución del personaje de Caitlin FitzGerald (Adultos a la fuerza), aunque su caso es diferente. Su evolución ha ido de la mano del desarrollo dramático de Masters of Sex, por lo que la revolución que provoca en esta cuarta y última temporada es, hasta cierto punto, coherente. Otra cosa es que, ante la necesidad de cerrar la historia, se haya acelerado su proceso de cambio hasta convertirlo casi en un impulso que en un cambio meditado ante los tiempos que le ha tocado vivir. En cualquier caso, es posiblemente uno de los procesos más interesantes de la serie, y desde luego uno de los personajes más complejos y atractivos de esta ficción.

Ambos casos son los extremos de un proceso que, como decía al comienzo, es relativamente frecuente en el final de cualquier serie, sobre todo si este es inesperado. En el caso que nos ocupa, esta cuarta temporada combina el tratamiento narrativo natural de la historia con unas presiones dramáticas poco justificadas que hacen derivar la historia hacia una conclusión que, curiosamente, deja abiertas muchas tramas secundarias, quizá demasiadas. Un equilibrio cuyo resultado es una temporada que se desinfla de forma progresiva al tratar de integrar en el planteamiento del argumento las necesarias secuencias finales de cualquier historia, cuando esta todavía no había terminado lo que podríamos considerar como segundo acto.

Con esto en mente, la cuarta y última temporada de Masters of Sex deja un sabor agridulce, una sensación de que hay algo más en esta historia que no se ha contado, ya sea porque se ha condensado de un modo tosco todo lo acontecido en estos episodios, ya sea porque la historia todavía tenía muchas cosas interesantes que abordar. Sea como fuere, tampoco sería justo valorar una producción de este tipo por sus últimos compases, y de ahí la extraña sensación que deja en el espectador. Después de algunos momentos dramáticos y narrativos realmente espléndidos, la ficción de Michelle Ashford se despide con prisas, de forma algo atropellada y sin dar demasiadas explicaciones. Y como suele decirse, las prisas nunca son buenas consejeras.

‘House of Lies’, apuesta doble de humor y drama en la temporada final


Don Cheadle y Kristen Bell terminan 'House of Lies' bailando.Si algo hay que reconocer a Matthew Carnahan (serie Dirt) y a su comedia House of Lies es que han muerto fieles a su estilo. O al menos han cerrado un ciclo sin traicionar la esencia de la dinámica dramática y cómica que ha sustentado esta historia de asesores despiadados, de romances casi imposibles y de amistades cuanto menos curiosas. La quinta y última temporada de la serie protagonizada por un extraordinario Don Cheadle (Capitán América: Civil War) deja un buen sabor de boca, la satisfacción de haber visto algo coherente y acorde a lo esperado, incluso aunque esto conlleve ciertas irregularidades en la narrativa.

Los 10 episodios que conforman esta conclusión, menos que los de temporadas anteriores, tienen el habitual gusto cinematográfico de la conclusión de una historia. Todas las tramas, principales, secundarias e incluso anecdóticas, están enfocadas a cerrar posibles flecos que queden en la narrativa, y que se han ido fraguando a lo largo de las etapas precedentes. Por supuesto, la principal es la de la compañía, su futuro y su lucha contra los enemigos. Es aquí donde la serie consigue, como ha sido hasta ahora, sus mayores éxitos tanto dramáticos como humorísticos. Las dinámicas que se establecen entre los cuatro protagonistas son simplemente excepcionales (pocas veces se puede ver en la pequeña pantalla un grupo tan integrado), ya sea por la comodidad por los actores o por la definición tan precisa de los personajes.

Posiblemente esta última temporada de House of Lies contenga algunos de los momentos más surrealistas de la serie, desde la fiesta protagonizada por leones y cobras (metafóricos) hasta el intento de vender al mejor postor, ojo al dato, un país como Cuba. En cierto modo, se puede decir que ese intento de cerrar las historias que siempre se aprecia en estas conclusiones está combinado con una apuesta por todo lo alto a echar el resto en lo que a negocios se refiere. Y desde luego, logra su objetivo, sobre todo porque introduce de forma completa algunos aspectos que habían sido relegados a un segundo plano en la trama principal de la serie, como son la relación entre el personaje de Cheadle y el de Kristen Bell (Malas madres) o las dudas que parecen rondar siempre a los roles de Ben Schwartz (The intervention) y Josh Lawson (Los amos de la noticia) en relación a su puesto dentro de Kaan y Asociados.

Pero la fidelidad a la esencia dramática no es lo único que permanece en esta conclusión. La apuesta narrativa de la historia, más patente en unas temporadas que en otras, sigue siendo una constante que recuerda al espectador el carácter transgresor de la historia, si es que el desarrollo de la misma no es ya de por sí lo suficientemente transgresor. Imagen congelada, el protagonista convirtiendo al espectador en cómplice de sus más íntimos pensamientos, e incluso visiones propias de un viaje alucinógeno sin igual dejan su huella en el fondo dramático de la trama para confirmar que el producto ha sido, es y será uno de los más frescos, dinámicos y diferentes que se puedan encontrar en televisión. Y por si fuera poco, un detalle puramente técnico: las comedias de este tipo y con esta duración por episodio (unos 25 minutos) suelen tener temporadas de 24 episodios. Esta se ha quedado en la mitad o menos.

Secundarios en segundo plano

Los protagonistas de 'House of Lies' viven sus últimas aventuras en la quinta temporada.El problema de esta quinta temporada de House of Lies es que se olvida en buena medida de sus secundarios más prescindibles pero que conforman el sustento del mundo en el que se desarrolla la serie. En realidad no es algo exclusivo de este final, pues durante toda la vida de esta producción ha ocurrido en mayor o menor medida, pero sí resulta llamativo cómo se ha tratado el problema en este tramo final. Sin duda el caso más notorio es el de Donis Leonard Jr. (Now here), que da vida al hijo del protagonista y cuya trayectoria ha sido un tanto errante. Esta última temporada confirma que a pesar del potencial que podía haber tenido en el desarrollo de la trama (y que de hecho ha tenido en algún momento), sus creadores no han sabido qué hacer con él, o no han podido afrontar el terreno al que les podía llevar un rol tan complejo como este.

Pero como él existen varios. Algunos, como el de Dawn Olivieri (Supremacy), han sido utilizados simple y llanamente para hacer avanzar la acción hasta donde era necesario, lo cual no deja de restar peso específico a su presencia dentro de la historia y por lo tanto debilita mucho su estructura. Otros, como el del padre interpretado por Glynn Turman (El héroe de Berlín), sencillamente concluyen su rol como espectadores del espectáculo que dan Cheadle y compañía, dejando en el recuerdo algunos de los momentos en los que sí han tenido especial relevancia. Todo esto indica, en realidad, que la quinta y última temporada se ha centrado, casi en exclusiva, en concluir todo lo concerniente a la historia de los cuatro protagonistas, dejando a un lado como algo residual lo que pueda ocurrir con el resto de personajes.

Esto, en principio, no es algo malo viendo el resultado final, pero sí que resulta digno de mención que Carnahan opte por desprenderse del peso muerto (narrativamente hablando) de una forma tan tosca, dejando prácticamente que las historias mueran por puro tedio para centrar todo el foco narrativo en lo que sabe que interesa más a la serie y al espectador. Dicho de otro modo, en lugar de integrar las tramas secundarias en la principal o darles un broche final completo, se opta por introducirlas cada vez menos en la estructura narrativa hasta que se convierten en algo residual e intrascendente, llevándolas casi al olvido por falta de presencia.

Pero ese es un mal menor en la quinta temporada de House of Lies. En realidad, esta última etapa es el reflejo de lo que ha sido toda esta producción: un festival de humor negro, inteligencia y dinamismo que posiblemente no enganche al gran público, pero que sin duda ofrece una visión muy diferente de cómo puede ser el género hoy en día. Y no hay que olvidar el final del último episodio, toda una oda al buen rollo que ha primado a lo largo de la serie. Tal vez haya sido un producto menor, una historia en muchos casos difícil de seguir, pero desde luego el recorrido, una vez visto el camino realizado, ha merecido la pena y obliga a una encarecida recomendación.

‘Person of interest’, final lógico y a la altura para una gran serie


La quinta temporada de 'Person of interest' presenta la lucha definitiva entre inteligencias artificiales.La profusión de series y el nuevo fenómeno que han generado han puesto de manifiesto algo que muchas veces puede pasar desapercibido: es muy difícil lograr que una producción aguante en un mismo nivel dramático, artístico y narrativo durante toda su existencia. Muchas veces es culpa de los productores, que quieren alargar más de lo debido una historia; otras veces es simplemente que la idea, aunque sea buena, tiene difícil recorrido. Por eso ficciones como Person of interest deberían ser analizadas y apreciadas como algo no solo fresco y diferente en un mundo televisivo dominado por policías, médicos y abogados, sino como algo diferente por la coherencia y la capacidad de evolución que tienen. Su quinta y última temporada es testimonio de ello.

Los últimos 13 episodios de la serie, con una temporada notablemente más corta que las anteriores, tienen el inconfundible sello de Jonathan Nolan (Memento), y quienes sigan la filmografía de su hermano Christopher (Interstellar) saben a qué me refiero. A pesar de la evidente sensación de final de ciclo que tienen estos capítulos, el desarrollo dramático de la historia sigue siendo la prioridad, tal vez más acelerado de lo debido pero en cualquier caso contundente y descarnado, presentando ante el espectador una guerra entre el bien y el mal en un sentido casi literal. Y como en toda guerra, hay víctimas. Quizá sea esto lo más destacable de esta última etapa, pues la serie no permite sentimentalismos de ningún tipo, haciendo honor a lo acontecido en temporadas anteriores.

No solo eso. La quinta temporada de Person of interest es todo un ejemplo de cómo debe finalizarse una trama, o mejor dicho de cómo hay que afrontar dicho final. Los guionistas, y en general los autores de cualquier historia, tienden a modificar el curso natural de los acontecimientos para evitar que sus personajes, a los que inevitablemente se coge cariño, afronten grandes e insalvables males. De ahí que la estructura de conflictos crecientes hasta llegar al clímax siempre termine con el héroe victorioso. Sin embargo, Nolan opta aquí por una estrategia diferente, o al menos por una resolución diferente. En efecto, estos últimos capítulos posiblemente sean los más angustiosos de toda la serie, situando a los protagonistas en una espiral de violencia incontrolada en la que siempre están un paso por detrás.

Sin embargo, el final no es feliz, o al menos no todo lo que cabría esperar. No hay lugar para heroicidades sin consecuencias, por lo que el tratamiento apenas deja espacio para la reflexión o para los buenos sentimientos. Tal vez este sea el motivo por el que el personaje interpretado por Jim Caviezel (Plan de escape) da un giro más que notable en su personalidad en esta etapa, algo que no queda del todo explicado y que chirría un poco en algunos momentos. Pero volviendo al tratamiento narrativo, la conclusión de la serie es todo lo que un tercer acto debería ser. Una vez explicada la historia y con un desarrollo previo consolidado, solo queda la resolución, y esta no puede por menos que ser tan espectacular como descarnada.

Una serie para el recuerdo

Los héroes afrontan su último desafío en la quinta temporada de 'Person of interest'.Y vaya si lo es. Si bien es cierto que algunos de los mejores episodios de Person of interest pertenecen a la tercera temporada, esta última etapa deja en el recuerdo algunos de los momentos más importantes de la ficción. Me refiero, por ejemplo, al protagonizado casi en exclusiva por el rol de Sarah Shahi (Una bala en la cabeza), viviendo un bucle infinito que recuerda poderosamente a otras historias contadas por Nolan. Y por supuesto el final, capaz de aunar en pocos segundos sensaciones tan dispares como angustia, tristeza, orgullo o satisfacción. A riesgo de repetirme, eso solo es posible gracias al desarrollo de todas las temporadas y a una conclusión que, aunque esperada y lógica, es fiel a lo que el espectador ha visto a lo largo de estos 103 episodios.

Precisamente el desarrollo de la serie es lo que más se recuerda durante los episodios y momentos finales de esta quinta etapa. Atrás quedan las sensaciones de estar ante un producto tópico y típico que dejaron los primeros compases de la serie. Sus dubitativos comienzos con una estructura repetitiva y algo similar a otros productos de corte policíaco terminaron convirtiéndose en pasos firmes por una senda más compleja y complicada pero indudablemente más interesante. De los números que emitía la máquina (y que de hecho se han mantenido durante toda la serie como un referente), con poca o ninguna relación entre ellos, se ha pasado a situar la acción en auténticos arcos argumentales en los que la idea inicial se integra en guerras de bandas, policías corruptos y, finalmente, una lucha entre inteligencias artificiales.

El final de la serie, además, contempla una interesante y hasta ahora inexplorada idea que, dada la conclusión de la secuencia con la que se cierra esta magnífica producción, podría llevarse a cabo, aunque habría que ver si con la misma eficacia que hasta ahora. En efecto, limitar el dominio de una máquina al acotado mundo de la ciudad de Nueva York ha permitido a la ficción no desviarse de su objetivo final, pero es evidente que resulta poco creíble en una trama de estas características. De ahí que, aunque sea de forma testimonial, se haya planteado la posibilidad de historias paralelas en otras ciudades. Si a esto sumamos que el testigo es recogido por uno de los protagonistas, el futuro de posibilidades es tan grande que solo la inteligencia artificial protagonista sería capaz de contemplarlas todas.

Pero es adelantarse mucho al presente. Por lo pronto, Person of interest termina con una quinta temporada simplemente notable, tal vez no a la altura de la calidad conseguida en sus momentos más álgidos pero en cualquier caso sí en el mismo nivel que el conjunto de todas las etapas por las que ha pasado el producto. Y eso, en definitiva, convierte a la serie en algo excepcional, en una ficción que, aunque no pertenezca a ese reducido grupo de grandes títulos, sí tiene todo lo necesario para ser una obra de culto. Desde su trama hasta sus personajes, pasando por el tratamiento dramático o por la crudeza y seriedad de muchas de sus propuestas, la obra de Jonathan Nolan confirma no solo que estamos ante algo más que notable, sino que su autor es uno de los creadores más en forma del panorama actual.

3ª T. de ‘Penny Dreadful’, un final idóneo para una serie de culto


'Penny Dreadful' llega a su última temporada de la mano de Drácula.Cualquier historia está pensada para una determinada duración. Tiene su comienzo, su desarrollo y su final. Una vida, en definitiva. Pero es muy común que si funciona trate de alargarse lo máximo posible. En el cine es en forma de secuelas (algunas mejores que otras); en televisión se trata de introducir temporadas que, en el 90% de los casos, desvirtúan por completo el sentido original de la trama. Por suerte para los fans, y para el mundo audiovisual en general, el caso de Penny Dreadful ha sido extraordinario en todos los sentidos, incluido este, finalizando en una tercera temporada tan brillante como las anteriores y, al mismo tiempo, tan coherente como cabría esperar.

Y eso es así porque su creador, John Logan (Skyfall), planteó esta serie para que tuviera su final en estos 9 episodios. Ni más ni menos. Una historia sustentada en tres temporadas a cada cual más interesante, más oscura, con un tratamiento de personajes simplemente perfecto y un respeto pocas veces visto por los clásicos de la literatura. Respeto, que no adoración, lo que en última instancia le ha permitido jugar con el origen, la personalidad y el futuro de muchos de estos iconos del terror literario, aunque manteniendo en todo momento su esencia.

En este sentido, la tercera temporada de Penny Dreadul ha permitido cerrar en mayor o menor medida todas las tramas secundarias abiertas a lo largo de las anteriores temporadas. Teniendo en cuenta cuál fue el final de la segunda etapa, el desarrollo dramático ha sido más que notable, aunque ha adolecido de la necesidad de introducir personajes secundarios posiblemente necesarios para anclar la historia pero de dudosa relevancia. Su presencia no ha impedido, sin embargo, que roles realmente atractivos como el Dorian Gray interpretado por Reeve Carney (The tempest) hayan alcanzado una plenitud que ya les gustaría a otros protagonistas de series interminables.

A esto se suma, por otro lado, la impecable puesta en escena y el magnífico diseño de producción y vestuario, que recrean el Londres victoriano de una forma notable, sobre todo en lo que a contrastes sociales se refiere. Abriendo como abre el abanico a otros escenarios, la ficción no pierde en ningún momento el gusto por el toque inquietante, por ese elemento sobrenatural que tanto define su desarrollo y que adquiere aquí explicaciones en muchos sentidos, lo cual permite al espectador responder a muchas preguntas que, aunque puedan parecer menores, aportan a la serie el necesario broche de oro.

Vampiros y hombres lobo

'Penny Dreadful' termina de la forma más coherente posible.En lo que a la tercera temporada se refiere, Penny Dreadful retoma la idea de la primera temporada para explotar aquellos aspectos insinuados o no explicados del todo y narrar toda una épica que va más allá de la propia naturaleza de los acontecimientos. Se puede entender así que la trama recoge elementos explicados a lo largo de la historia para abordar un final casi apoteósico, batalla final incluida, en el que no hay héroes o villanos, no hay vencedores ni vencidos, pero donde sí hay víctimas.

Y es aquí donde la serie adopta su tono más serio y sincero. Lejos de finales felices o de épicos sacrificios para acabar con un mal superior, la trama recurre a ese tono lúgubre que tanto bien hace al aspecto visual para mostrar que las guerras entre el bien y el mal no se ganan, produciéndose batalla tras batalla en las que los sacrificios solo dan tregua hasta el siguiente enfrentamiento. En este sentido, esta tercera temporada se desarrolla de algún modo así, con una lucha detrás de otra en las que la línea entre el bien y el mal queda difuminada.

Con todo, posiblemente esta sea la temporada más floja de las tres, que en este caso quiere decir que es una temporada muy superior a cualquier producto similar que pueda verse en la pequeña pantalla. El problema de estos últimos 9 capítulos radica, por un lado, en la necesidad de centrar la trama en el pasado de muchos personajes, lo cual resta espacio narrativo a la trama principal (con todo, el momento en el que el personaje de Eva Green –Sombras tenebrosas– es hipnotizado es magistral) y desvía la atención de lo realmente importante. A esto se suma lo ya dicho acerca de personajes secundarios de poca relevancia, amén de que parece inapelable que cuando las criaturas de la noche se disputan el amor de una mujer tengan que ser siempre vampiros y hombres lobo. Pero sobre eso se podría escribir un libro, y no es el momento.

Todo esto deriva en una división del tratamiento episódico que anula la intensidad dramática que tuvieron temporadas anteriores. Pero como he dicho, aunque sea la temporada más débil de Penny Dreadful sigue siendo de lo mejor que se puede ver en televisión. En realidad, toda la serie es un producto de culto casi automático. Su tratamiento visual, la labor de los actores, el mimo con el que se trata el argumento y la coherencia de la evolución dramática de los protagonistas (con alguna que otra salvedad) convierten a esta serie en una ficción indispensable, a disfrutar de carrerilla ahora que, por desgracia, ha llegado a su fin.

5ª T de ‘Falling Skies’, un final épico lejos del tono general de la serie


La quinta temporada de 'Falling Skifs' narra el enfrentamiento final entre humanos y aliens.Falling Skies, la serie creada por Robert Rodat (El patriota) y amparada por Steven Spielberg (El puente de los espías) es una producción extraña y diferente en la parrilla televisiva actual. Extraña porque la ciencia ficción, salvo la destinada a adolescentes con las hormonas revolucionadas, no suele funcionar más de una o dos temporadas (y los ejemplos son innumerables). Y diferente porque su equilibrio entre extraterrestres e Historia ha supuesto un soplo de aire fresco para unas tramas que, de otro modo, se habrían vuelto tediosas.

Pero curiosamente, su quinta y última temporada ha apostado por alejarse de ese carácter histórico de muchas líneas argumentales y centrarse directamente en el aspecto más fantástico, exponiendo la crueldad de la guerra alienígena en toda su magnitud. Desconozco si es algo premeditado o si han sido necesidades de una conclusión precipitada, pero lo cierto es que estos 10 episodios dejan un sabor agridulce en el espectador.

El arco narrativo principal de esta última temporada de Falling Skies es un ataque directo a los pilares formales de la serie, al menos en lo que a definición de personajes y tono se refiere. Los humanos, con Tom Mason a la cabeza (interesante Noah Wyle -serie Urgencias– en el cambio de registro) se vuelven mucho más agresivos y directos, cambiando por completo las tornas del combate que ha durado cinco años en televisión. La presencia de varias razas alienígenas y de más grupos de humanos convierte a la serie en un auténtico campo de batalla, más que en una historia de supervivencia, como se había definido hasta ahora.

Esto no impide, por supuesto, que no haya lugar para explorar los diferentes aspectos de la guerra, desde los rincones más aislados del conflicto, en los que parece que el dolor no ha llegado nunca, hasta la conversión de humanos para dinamitar el bando de los héroes desde dentro. El problema es que, dada la necesidad de finalizar la historia en esos 10 capítulos, estas situaciones se limitan a unos pocos episodios, impidiendo un desarrollo dramático adecuado que permita conocer el trasfondo de los personajes implicados y sus decisiones.

Explicación muy humana

Aunque puede parecer que la conclusión de Falling Skies no tiene mucho que ver con el resto de la serie, nada más lejos de la realidad. De hecho, la evolución de esta última temporada se sustenta en varios pilares con los que los espectadores se pueden identificar, en línea con lo narrado en anteriores etapas. La evolución del protagonista y de otros personajes obedece a las pérdidas y el dolor de estos años, lo que a su vez genera conflictos dentro del grupo.

Las decisiones, más militares y menos “humanas”, permiten explorar nuevas facetas de los héroes, pero también argumentar nuevos enfrentamientos dentro de los humanos, enriqueciendo las enemistades que ya existían y que, en realidad, se habían ido disolviendo poco a poco con la evolución dramática de la serie. En este sentido, es interesante comprobar el final que cada personaje tiene, acorde a su forma de vivir y a su forma de evolucionar durante estos episodios.

Pero sin duda lo más humano es la explicación de la invasión extraterrestre que centra la serie. Y este es el aspecto que más controversia puede generar. Sin desvelar demasiados detalles, los motivos que llevan a esta raza a destruir a la humanidad son, cuanto menos, muy humanos, y desde luego alejados de lo que suele verse en este tipo de producciones, ya sean en televisión o en pantalla grande. Ni recursos minerales, ni raza conquistadora. Ni siquiera una guerra interplanetaria que, por casualidad, llega a nuestro planeta. Los motivos son más mundanos, más vengativos, y desde luego más dramáticos. Personalmente, y aunque pueden parecer algo excesivos, suponen un soplo de aire fresco que, en cierto modo, son el broche adecuado para una serie basada en la familia y los lazos afectivos.

Falling Skies termina igual que empieza, con un relato de cómo se originó la guerra y de cómo terminó. Un relato que servirá, en un futuro, a las generaciones de los humanos supervivientes. Un relato que tiene su grueso en una serie capaz de aguantar cinco temporadas siendo fiel a su planteamiento inicial de unificar fantasía y conceptos históricos que han definido al ser humano. La impresión general, aunque esta última temporada haya podido parecer algo apresurada, es la de una serie que ha sabido crecer en complejidad e interés, que ha sabido introducir nuevos matices e integrarlos en un todo armónico. Y eso, en una ficción de estas características, es todo un logro. Tal vez no sea una excepcional producción, pero desde luego es muy recomendable.

‘Les revenants’, o cómo acabar con la construcción dramática mediante explicaciones


La serie 'Les revenants' adapta a televisión la película homónima de 2004.Es conocido el principio narrativo de no explicar el origen de determinados personajes o criaturas. El cine está repleto de ejemplos que la sustentan, desde Alien, el octavo pasajero (1979) hasta los zombis. Los intentos de explicar su aparición han sido, cuanto menos, cuestionables. Y precisamente con los muertos vivientes nos quedamos, pues la serie Les revenants, que consta de dos temporadas, es un claro ejemplo. Adaptación televisiva del film homónimo de 2004 (en España titulado La resurrección de los muertos), la trama aborda el género zombi desde una perspectiva diferente, fresca y muy original, ahondando en los sentimientos encontrados, tanto individuales como sociales, que provoca la vuelta a la vida de una serie de personajes.

Dos temporadas de 8 episodios creadas por Fabrice Gobert (autora de la versión norteamericana de la serie) que huyen de sangre y vísceras para buscar sentimientos y explicar de dónde vienen y a dónde van esas personas resucitadas. En este sentido, su primera temporada desprende una belleza y una maestría narrativa más que notables, apoyándose en todo momento en unos pocos personajes para contar cómo la muerte ha afectado y afecta a los habitantes de un pequeño pueblo marcado por la tragedia. En este sentido, la labor de los actores (de algunos más que de otros) ayuda al espectador a identificarse con las emociones y el modo en que se afronta el regreso de personas una vez se ha rehecho la vida.

Pero la primera temporada de Les revenants también hace hincapié en otros aspectos como la maldad del ser humano y el odio que provoca el miedo. El hecho de que entre los resucitados haya psicópatas y criminales pone de manifiesto los propios problemas con los que convive la sociedad en su día a día, y no solo por los propios crímenes que cometen. Sin duda uno de los aspectos más interesantes de la serie en su conjunto es el fuerte componente de racismo que desprenden algunos personajes. La evolución que se produce en ese espacio que se llama ‘La mano tendida’ es muy significativo, en tanto en cuanto confirma que el ser humano tiende a combatir con la violencia aquello que es incapaz de entender.

Así, la primera temporada se revela como un fresco social, emocional y humano extremadamente rico, un producto coral que bucea en los sentimientos y en la lucha interna y externa que viven los personajes. Interna por tener que aceptar que sus seres queridos han vuelto, a pesar de que sus vidas han continuado sin ellos, y externa porque, literalmente, la sociedad lucha contra lo que considera un ataque. Los arcos narrativos de cada episodio, centrado en un nuevo resucitado, explican el pasado de los fallecidos, pero buscan ante todo narrar cómo se gesta su regreso. La suma de todos ellos ofrece un mural complejo, vivo y apasionante.

Explicación inexplicable

Pero buena parte de esta riqueza se pierde, o al menos queda aparcada, en la segunda temporada de Les revenants. Y eso a pesar del espectacular gancho de final de temporada que tuvo la etapa anterior, con esa inundación y el misterio que rodea a la lucha entre los muertos vivientes y los vivos. El principal problema, y aquí enlazamos con lo dicho al comienzo, es la necesidad de buscar una explicación a algo que tiene buena parte de su atractivo en lo inexplicable. Y no me refiero tanto a los orígenes de muchos personajes. Ni siquiera a las relaciones que tienen entre ellos, algunas de ellas verdaderamente interesantes.

Hablo simplemente de los motivos que llevan a los muertos a levantarse. La justificación ofrecida por Gobert es, cuanto menos, cuestionable, y desde luego deja muchos interrogantes que no se resolverán, entre otras cosas porque podrían complicar la trama y la imaginería del mundo creado de formas imprevisibles. De hecho, el desarrollo de esta segunda tanda de episodios va de más a menos desde el momento en que abandona la narrativa de los personajes para adentrarse en el territorio de los orígenes del fenómeno. Es decir, desde que abandona el carácter terrenal para adentrarse en lo místico.

Es entonces cuando comienzan a sucederse todo tipo de detalles y de apoyos narrativos que, en lugar de aclarar la trama, la complican de forma innecesaria. Los hombres en el fondo del pozo, los ataques de algunos muertos vivientes, las dudas de vivos y muertos ante lo que supuestamente tienen que hacer. Sin entrar en muchos detalles, los personajes dejan de afrontar sus miedos y sus dudas para, casi por arte de magia, saber cuál es su futuro y su misión antes de desaparecer. Aunque sin duda el mayor reto es el que presenta el niño llamado Victor (Swann Nambotin), evidente epicentro de la trama y cuyo origen es inexplicable.

Al final, Les revenants explica una serie de conceptos más o menos innecesarios (desde luego, poco apropiados para el libre albedrío del espectador) pero se deja en el tintero lo más importante: de donde sale ese primer muerto viviente. La comparación entre la primera y la segunda temporadas, que deben ser entendidas como un paisaje dramático y su distorsionado reflejo, evidencia la importancia de mantener siempre un carácter humano y social en este tipo de historias, huyendo en la medida de lo posible de grandes teorías filosóficas que, aunque puedan ser correctas, no hacen sino obligar al espectador a aceptar una teoría. Y en estos casos, más que en cualquier otro, la mente del espectador suele discurrir por senderos muy personales.

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