‘Arrow’ ahonda en el drama y la oscuridad en su cuarta temporada


'Arrow' se enfrenta a su mayor enemigo en la cuarta temporadaParece mentira, pero ya son cuatro temporadas. Cuatro años en los que el género de superhéroes en la pequeña pantalla ha experimentado un crecimiento exponencial, y lo ha hecho tomando como base las primeras producciones, aprovechando su éxito para catapultar nuevos títulos. Y son cuatro años. Por aquel entonces Arrow llegó de la mano de Greg Berlanti (serie Eli Stone), Marc Guggenheim (Linterna Verde) y Andrew Kreisberg (serie Boston legal) sin demasiadas aspiraciones, tal vez para convertirse en una ficción de culto para los más acérrimos fans del personaje de DC Cómics. Pero no solo ha traspasado esa barrera, sino que se ha convertido en algo serio, algo más que personajes disfrazados, secuencias de acción y villanos muy, muy… villanos.

Los 23 episodios de su cuarta temporada confirman, de hecho, que la serie se atreve con todo. Aunque solo sea por ese comienzo en el cementerio, que presagia un giro dramático fundamental en la trama, esta etapa merece ser considerada como la más compleja desde un punto de vista dramático y narrativo. Su posterior desarrollo, con las limitaciones y carencias propias de la serie (y que siguen ahí sin visos de querer mejorar), confirma la idea de estar ante un reto interesante. Los creadores de la trama juegan en todo momento con la ventaja de conocer el momento, el lugar y la víctima que ocupa esa tumba, lo que aprovechan para dotar a la historia de numerosos giros argumentales de diferente intensidad e interés, pero que en su conjunto componen lo que toda historia debería ser: un crescendo dramático hasta el esperado clímax.

Pero esta nueva temporada de Arrow también ofrece otros aspectos a considerar dentro de esa evolución que ha vivido la serie. Para empezar, el cambio de nombre del personaje interpretado cada vez con más solvencia por Stephen Amell (Cerrando el círculo), así como su aspecto, ambos más próximos a la imagen de los cómics. Un cambio en principio simplemente formal que, en realidad, es la punta de algo mucho mayor. Aunque visualmente la serie ha mejorado en el tratamiento de sus secuencias de acción y en el diseño de sus decorados, la evolución más interesante se encuentra en el trasfondo emocional de los protagonistas. Unos personajes incapaces de dejar de mentirse a si mismos y a los que les rodean, que son incapaces de confiar ya sea por no herir a los que aman o por buscar el modo de enfrentarse a sus enemigos. Una complejidad que genera algunos de los momentos más dramáticos de la trama, y que desde luego aportan un aspecto más oscuro a la ficción.

A todo ello se suma, como es habitual, el trasfondo de la ya famosa isla en la que el personaje de Amell vivió varios años. Una isla “desierta” que estaba más poblada que Tokio, y por la que han pasado desde militares hasta, como es el caso, buscadores de poderes místicos. Pero todo vale, o al menos eso parece, para explicar el pasado de este arquero y los conocimientos que ha adquirido. Conocimientos, por cierto, que no se limitan a la isla, como ya se pudo comprobar en la anterior temporada. Y aunque el dinamismo que imprimen los saltos del pasado al presente ayuda en muchas ocasiones a la trama cuando esta se estanca en conflictos personales, empieza a resultar algo extraño, por no llamarlo de otro modo, que todo vaya a ocurrir en esa isla. En fin, cosas de la ficción.

Fuertes y débiles

Lo que desde luego deja clara esta cuarta temporada de Arrow es que la serie, a pesar de sus matices, es una historia de buenos contra malos, de héroes cuya fortaleza se mide no solo por los problemas personales que afrontan, sino por la fuerza de los villanos a los que se enfrentan. Y en esta ocasión, más que nunca, la magia está muy presente, lo que acentúa más si cabe esa dualidad del bien y del mal. El malo de turno, al que da vida espléndidamente Neal McDonough (serie Mob city), no deja de ser la encarnación del mal más absoluto, capaz de destruir lo que ama con tal de lograr sus propósitos. Y su fuerza, nutrida por las vidas que quita, no deja de ser el reto de un héroe que debe ahondar en su bondad para poder superarlo. Dicho de otro modo, el tradicional conflicto del bien contra el mal.

Pero estos 23 episodios también demuestra que la serie, como cualquier otra producción, tiene puntos fuertes y débiles. Afortunadamente, los creadores de esta ficción son lo suficientemente hábiles como para potenciar los primeros y disimular los segundos. Empero, esta etapa ha puesto de manifiesto que la producción tiende a un cierto melodrama carente de recorrido y en el que los personajes (y porqué no, los actores) no saben desenvolverse. Las idas y venidas de amistades, amores y relaciones familiares varias no hacen sino crear una suerte de trasfondo telenovelesco que hace flaco favor a la historia. Es cierto que es necesario para completar y dotar de más densidad a la serie, pero eso no quiere decir que no se pueda hacer de otro modo, o que al menos se opte por algo menos evidente.

El caso más palpable tal vez sea el de Felicity, papel interpretado por Emily Bett Rickards (Brooklyn) que ha pasado por todo, desde rupturas sentimentales hasta parálisis, pasando por dramas familiares y un reencuentro idóneamente producido en medio de una crisis que sirva para desvelar verdades y acercar posiciones. Pero es solo uno de los múltiples ejemplos. En cierto modo, esta temporada ha sido la más “familiar” de todas las que hasta ahora se han sucedido (y eso teniendo en cuenta que la familia siempre ha sido un pilar de la trama), pero lo ha sido de forma algo tosca en algunos momentos, con situaciones introducidas de forma poco natural y al albor de un dramatismo muchas veces innecesario.

Con todo, la cuarta temporada de Arrow vuelve a demostrar la buena salud de la serie. Tal vez no haya logrado alcanzar el nivel de otras etapas, pero en cualquier caso ha sabido avanzar en una historia a través de decisiones nada fáciles, con giros argumentales ciertamente arriesgados y, en todo caso, apostando más por la oscuridad que por la luz, al contrario que su protagonista. Eliminar, o al menos suavizar, las debilidades dramáticas supondrá, muy probablemente, una vuelta a un sendero de puro entretenimiento, de dinamismo y eficacia narrativa. Pero eso, por ahora, es algo secundario.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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