‘Sully’: el culpable de salvar 155 vidas


Tom Hanks da vida a 'Sully', el piloto que salvó 155 vidas.Hay películas que a través de su montaje, su ambientación o sus efectos especiales son capaces de provocar todo tipo de emociones en el espectador. Pero existe un cine capaz de arrancar esos mismos sentimientos simplemente con el desarrollo de una historia o, lo que es más complicado aún, con una sencilla mirada de un actor. No voy a descubrir ahora que Clint Eastwood (Banderas de nuestros padres) es capaz de eso y mucho más, tanto como director como frente a las cámaras. Pero ver lo que ha sido capaz de hacer con una historia tan simple como la del accidente del Hudson es para quitarse el sombrero.

Porque sí, Sully es una historia sencilla, en algunos casos puede que excesivamente simple. Todo el mundo, en mayor o menor medida, conoce la historia de estas 155 personas que salvaron la vida gracias a la decisión de su piloto, al que da vida un extraordinario Tom Hanks (Esperando al rey) que perfectamente podría conseguir una nueva nominación al Oscar. Me imagino que el guión será para muchos previsible y falto de dinamismo a la hora de abordar los acontecimientos que se produjeron en los días posteriores a ese amerizaje en Nueva York. Realmente la cinta, en este sentido, no cuenta demasiado. Y sin embargo, lo cuenta todo.

La forma de rodar de Eastwood introduce al espectador en el sistema norteamericano que busca imperiosamente una responsabilidad humana en el incidente. La insistencia es tal que llega a resultar indignante el trato a una persona que ha salvado tantas vidas, situándole más como un criminal que como el hombre que logró una hazaña casi imposible. Y es aquí donde el film se revela como la notable obra que es. La labor de Hanks es maravillosa, y por momentos soberbia; el tratamiento del accidente por parte del director es tan sobrio y realista que es capaz de poner al espectador en el lugar de esos pasajeros; y el contraste entre la visión de la sociedad y de las altas esferas en torno a lo ocurrido es tan dispar que ofrece una idea muy precisa de las motivaciones que se esconden detrás de la investigación de los hechos.

Desde luego, Sully no es espectacular, no es apabullante o extremadamente dramática. No, Sully es una historia real, sencilla y ajustada a lo que podemos encontrarnos al salir a la calle. Pero es el modo en el que se narra ese accidente y el posterior trato que se le da al piloto que salvó tantas vidas lo que termina por atrapar al espectador en una sucesión de emociones que van desde la alegría a la indignación, de la satisfacción a la frustración. Una película, en definitiva, que muestra lo mejor y lo peor del ser humano y la sociedad. Y hay pocas cosas más interesantes en una película que eso.

Nota: 7/10

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‘La chica del tren’: juegos de memoria


Emily Blunt es 'La chica del tren' que presencia un asesinato.Si al terminar la nueva película de Tate Taylor (Criadas y señoras) uno empieza a recordar Perdida (2014), de David Fincher, es normal. Ambos films comparten una estructura narrativa, una temática y unos personajes cuyos caracteres se parecen vagamente, en algunos casos demasiado. Y evidentemente, la primera sale perdiendo respecto de la segunda. Pero el problema de La chica del tren no es parecerse a algo ya visto, sino su propio concepto de la historia.

Esta película, que adapta la famosa novela de Paula Hawkins, es en realidad un juego de memoria, una intriga basada en las lagunas de una alcohólica. Bajo esa premisa se construye una trama ciertamente débil, tópica como pocas que logra mantenerse a flote principalmente gracias a la labor de sus actores, sobre todo de Emily Blunt (Into the woods) y Justin Theroux (Zoolander 2), que aportan solidez a unos personajes ya de por sí bien construidos. Pero más allá de esto, la historia se revela excesivamente previsible, desvelando el principal secreto a mitad de metraje y, por tanto, dando pistas sobre la identidad del asesino.

Ahora bien, resulta interesante el arco dramático de la protagonista y cómo su mente se reconstruye poco a poco, no solo en los acontecimientos que centran este thriller, sino en un pasado que nos hace creer una cosa para luego revelarnos algo muy diferente. Es aquí donde más similitudes se pueden encontrar con la historia de David Fincher, y también donde la obra de Taylor tiene más debilidades. No en vano, a pesar del efectismo que supone dar un giro a la interpretación dramática de los acontecimientos, la realidad es que la historia deja algunas lagunas importantes que no pueden justificarse con la resolución de la historia.

Y a toda esta irregularidad se suma una narrativa algo pesada y reiterativa de Donovan. Durante muchos momentos La chica del tren quiere incidir en el alcoholismo de la protagonista, en los problemas que eso le genera con todos los que la rodean y en sus propias dudas morales. Y todo ese tiempo se quita de, por ejemplo, desarrollar más la relación con algunos secundarios que podría haber dotado de más carga dramática al giro interpretativo que pretende dar. Al final, la película se hace entretenida, puede que interesante para muchos espectadores, pero tiene más humo que fuego, y la sensación que produce es que pretende jugar más con la memoria que con los hechos ocurridos.

Nota: 6/10

‘Inferno’: el infierno cinematográfico de Dan Brown


Tom Hanks vuelve a ser Robert Landgdon en 'Inferno'.El éxito de Dan Brown como escritor es un fiel reflejo de lo que es la sociedad actual. Novelas como El código Da VinciÁngeles y demonios son tan fáciles y atractivas de consumir como obras mediocres y rápidamente olvidables. Y por desgracia, las películas que se han hecho de estas historias pecan exactamente de los mismos problemas, sobre todo porque la propia novela es un guión cinematográfico en sí mismo que no necesita mucha adaptación. Y la tercera de sus historias llevada al cine no es una excepción, con el inconveniente añadido de conocer tanto a su autor como a los personajes y la estructura narrativa.

El efecto sorpresa que pudo tener la primera novela y su consecuente película se pierden en Inferno de forma irremediable. Ni Ron Howard (Una mente maravillosa) ni Tom Hanks (El atlas de las nubes) son capaces de mantener el ritmo y el interés de una trama que pierde fuelle de forma progresiva y, en algunos casos, a marchas forzadas. El guión, excesivamente largo, peca de previsibilidad casi desde el inicio, sobre todo para cualquier espectador que tenga en mente las anteriores adaptaciones. Como siempre, los giros argumentales se basan en un amigo que resulta ser un traidor, en una especie de sicario que persigue al protagonista, en un código que se desvela con relativa facilidad y, cómo no, en un nombre fundamental de la historia de la cultura.

Con todo, hay que reconocer que el inicio de la cinta es lo más interesante de todo, cuando se recrean en forma de sueños y pesadillas los anillos del infierno de Dante. Las imágenes, de una fuerza arrolladora, se convierten en el empuje necesario para la historia, y puede llevar a pensar a aquellos que no han leído la novela que están ante algo diferente. A esto se suma esa amnesia del protagonista que, aunque no sea tratada de forma seria, sí aporta el suficiente misterio como para alargar el interés algunos minuto más. El problema es cuando todo esto se acaba, entrando en una dinámica de diálogos muy débiles, de situaciones con poco o ningún sentido, y de personajes ya conocidos.

Al final, Inferno es más de lo mismo, un infierno cinematográfico se mire por donde se mire que se hace más llevadero gracias a los nombres que sustentan esta historia, cuya calidad es incuestionable y dan al espectador la sensación de que está ante algo mejor de lo que realmente es. Para aquellos que quieran distraerse un par de horas, posiblemente lo consigan si son capaces de pasar por alto los momentos más débiles del argumento y aceptan que los giros argumentales que se imaginan llegarán antes o después. Para los que busquen una intriga sólida, mejor que lean al propio Dante.

Nota: 6/10

‘La fiesta de las salchichas’: El mundo es un supermercado


'La fiesta de las salchichas' invita a reflexionar con su irreverenciaPosiblemente si alguien lee que una película con un título como este, realizada por los responsables de películas como Superfumados (2008) o Juerga hasta el fin (2013) y que tiene como protagonistas a los alimentos es una buena película se lo tome a risa. Eso como poco. Pero lo cierto es que la realidad obliga a conjugar ambos conceptos: risa y calidad.

Tal vez no sea calidad en un sentido puramente formal. Incluso su narrativa hay momentos en las que se hace plomiza. Pero si algo bueno tiene La fiesta de las salchichas es la crítica social, política y moral que se esconde detrás de su trama. Seth Rogen (Malditos vecinos) y compañía no dejan títere con cabeza. Desde el conflicto palestino israelí hasta la creencia ciega en seres superiores, pasando por nazis que acusan de racismo, la película se construye lentamente para desgranar buena parte de los aspectos de la Humanidad que, en forma de productos, vive en un extenso supermercado llamado Tierra.

Evidentemente, la película tiene sus debilidades, y no son menores. Dejando a un lado la animación, muy alejada de los mejores trabajos en este ámbito de otras productoras, el guión adolece en muchos momentos de problemas que han tenido otros films de los mismos responsables. Saturación de insultos y tacos, una historia de ritmo irregular o algunos secundarios que no tienen demasiado sentido pero que hacen gracia son algunos de ellos que, seamos sinceros, juegan en contra del resultado final de la película.

Pero con todo y con eso, La fiesta de las salchichas es uno de los films más frescos de este año. Su irreverencia política y su acertada crítica social, ética y moral convierten a esta historia en algo más que una sucesión de chistes malos. De hecho, no es extraño que el espectador se descubra en mitad de la película reflexionando sobre algunas de las cosas que se mencionan en el film, lo cual ya dice bastante más de esta historia de lo que muchos actores, directores o productores pueden llegar a presumir. ¡Por cierto, no es apta para niños!

Nota: 7,5/10

‘Un monstruo viene a verme’: sentimientos encontrados


El joven Lewis MacDougall es el protagonista de 'Un monstruo viene a verme'.Si algo deja claro la nueva película de J.A. Bayona (Lo imposible) es que el director catalán tiene una habilidad única para la dirección de actores y para exprimir al máximo la intensidad dramática de las historias que narra, normalmente con una espectacularidad más que notable. Y si algo se puede aprender también de esta emotiva historia es que menos es más, como siempre se ha defendido en diversos sectores del séptimo arte.

Desde luego, lo mejor de Un monstruo viene a verme es su historia, cargada de emoción en cada plano, en cada movimiento de cámara. No hay nada en este film, al menos durante su primer y segundo acto, que no esté milimétricamente calculado para asentar en el espectador cierta congoja y una innegable belleza formal al servicio del drama. Las dos pequeñas historias narradas por el consabido monstruo son de una elegancia tan apabullante que se convierten casi en lo mejor de un film espléndido. A esto se suman, por supuesto, los actores, todos ellos brillantes, aunque destaca sobremanera el joven Lewis MacDougall (Pan: Viaje a Nunca Jamás), cuya interpretación, complicada por el contexto en el que se desarrolla, es simplemente impecable.

Ahora bien, la cinta tiende al melodrama a medida que se acerca el aciago final. Y es aquí donde se nota la mano del guionista, que también es autor de la novela en la que se basa la película. Patrick Ness decide olvidarse de que se está narrando una película para golpear al actor con la fuerza de una situación que, al menos visualmente, es innecesaria. El final del film se asemeja más a un melodrama televisivo que a la historia que se narra, sobre todo si se tiene en cuenta que la resolución del film, con ese cuaderno de dibujo que encuentra el joven protagonista, tiene un significado abierto a la interpretación pero, en cualquier caso, poco relacionado con lo visto anteriormente.

Es por esto que Un monstruo viene a verme no llega a ser una película excepcional. Su factura técnica es impecable, sus actores son maravillosos, e incluso el tono general del film, un drama salpicado por ciertas dosis de humor, frustración, ira, miedo y odio, narra a la perfección las emociones que debe de vivir un niño de 12 años que no entiende la vida que le ha tocado vivir y que no comprende los sentimientos encontrados a los que tiene que hacer frente. Pero el guión, que tiene un desarrollo magnífico a lo largo de la mayor parte del metraje, se pierde en el dramatismo más innecesario en un intento de arrancar las lágrimas del espectador. Y eso no solo es algo innecesario, sino que no cuadra demasiado con el relato previo. En cualquier caso, es una obra indispensable.

Nota: 7,5/10

‘Los siete magníficos’: satisfacción por un trabajo bien hecho


'Los siete magníficos' regresan de la mano de Antoine Fuqua.Realizar un remake puede parecer sencillo. Incluso puede considerarse que no se requieren grandes dotes para hacer este tipo de películas. Pero como para todo, es necesario tener cierta habilidad, y lo nuevo de Antoine Fuqua (Training day) es el mejor ejemplo, sobre todo si se compara con otras versiones recientes de clásicos imperecederos. Lo que logra el director con este film es algo tan difícil como fundamental en estos tiempos: entretener sin echar de menos la película que toma como referencia.

No seré yo quien defienda que Los siete magníficos, versión 2016, es una obra maestra, y mucho menos que está a la altura de la cinta de 1960. Pero desde luego es un film más que meritorio en todos sus aspectos. Fuqua logra, con pequeños cambios en la trama, mantener la esencia de esta historia de honor, hermanamiento y valentía gracias a un desarrollo de personajes que, si bien cojea en algunos casos (ya sea por falta de profundidad o por un exceso de previsibilidad), al final funciona a las mil maravillas. Desde luego, tanto Denzel Washington (Imparable) como Chris Pratt (Eternamente comprometidos) literalmente roban la atención en cada plano en el que aparecen, pero el resto del reparto, sobre todo los nombres más conocidos, logran crear un mosaico rico, variopinto y armonizado de roles.

Y esto es, en realidad, lo más importante del film. Su desarrollo, es cierto, cae en algunos tópicos, pero son problemas secundarios ante la puesta en escena elegida por Fuqua, quien lejos de experimentos visuales de última generación recurre a lo más tradicional, es decir, a las bases del western. Primeros planos, movimientos de cámara sencillos que ubiquen la acción, composiciones lineales y circulares para enriquecer la planificación, etc. Todo ello en un claro homenaje no solo al clásico dirigido por John Sturges (La gran evasión), sino a todo un género. Esto, en definitiva, es lo que le convierte en un gran director, pues en lugar de adaptar la trama a su estilo, adapta su estilo a la trama. Todo ello acompañado por una banda sonora obra de James Horner (Braveheart) que bebe del clásico para encontrar el tono perfecto.

El resumen más simple podría ser que Los siete magníficos es una buena película. En algunos tramos incluso excelente. Pero más allá de valoraciones de este tipo, lo cierto es que Antoine Fuqua ha creado un entretenimiento puro, una obra capaz de hacer reír, de emocionar, de generar tensión (el primer duelo en el pueblo es de lo mejor que se puede ver últimamente). Y todo ello teniendo que luchar contra la pesada losa que supone beber de un clásico. El mérito, por tanto, es doble. Tiene sus errores, e incluso habrá quienes encuentren demasiadas referencias a otras películas. Pero eso no tiene que ser necesariamente malo cuando las luces se encienden y la sensación que queda es de satisfacción.

Nota: 7/10

‘El hombre de las mil caras’: el tuerto en el país de los ciegos


'El hombre de las mil caras', la historia de Paesa y Roldán dirigida por Alberto Rodríguez.Como película, técnicamente hablando, no es extraordinaria. Y desde luego su historia podría haber aprovechado mucho mejor algunos elementos narrativos. Pero lo nuevo de Alberto Rodríguez (La isla mínima) no es una gran película por el aspecto técnico, sino por el trasfondo dramático y reflexivo que contiene, y sobre todo por la radiografía de un país y sus debilidades.

Porque sí, como reza la frase promocional, El hombre de las mil caras es la historia del hombre que engañó a todo un país. Pero también es la historia de cómo un país ha permitido a lo largo de los años que los altos cargos sean corruptos con aparente impunidad. Y es la historia de cómo un gobierno puede llegar a caer si traiciona al hombre equivocado. Con todo esto, la historia de Paesa y Roldán adquiere un nuevo significado, más profundo que el mero thriller político y mucho más interesante que la simple exposición de hechos o, en este caso, del punto de vista del personaje magistralmente interpretado por Eduard Fernández (Marsella).

El problema de la película, si es que tiene alguno, es que la historia deja fuera de foco a personajes que podrían haber tenido más relevancia en la trama. Evidentemente, esto no es un problema de guión, de dirección o montaje, sino de la propia veracidad de los hechos, que obliga a mantener una fidelidad en el desarrollo. Asimismo, sus dos horas de metraje pueden parecer excesivas en algunos momentos en los que el argumento parece encallar (y solo parece, porque la resolución deja claro que este hombre ha engañado incluso a los espectadores actuales).

Pero todo ello son cuestiones menores en El hombre de las mil caras. En realidad, Alberto Rodríguez se confirma, si es que era necesario, como uno de los grandes directores de thriller de España. Su manejo de los tiempos, de la cámara y de los actores es brillante y poco dado a efectismos. Es interesante comprobar cómo un simple plano de Eduard Fernández con la mirada perdida en el infinito es capaz de transmitir tanto. Una película imprescindible tanto para aquellos que siguieron la persecución de Luis Roldán con interés como para aquellos que quieran conocer su historia un poco mejor.

Nota: 8/10

‘Los hombres libres de Jones’: se abolió la esclavitud, ¿y el racismo?


Matthew McConaughey protagoniza 'Los hombres libres de Jones', de Gary Ross.Cuando se habla de la Guerra de Secesión estadounidense suele hablarse del fin de la esclavitud, de cómo el Norte derrotó al Sur y se lograron más derechos, una mayor igualdad. Pero, ¿qué ocurrió realmente cuando los grandes terratenientes sureños se vieron obligados a despojarse de aquellos que habían sido sus esclavos durante décadas? Eso, a grandes rasgos, es lo que explica la nueva película de Gary Ross (Pleasantville), y lo hace con la humildad y sonrojo que provoca analizar la parte más vergonzosa de la historia de tu pueblo.

Porque si algo provoca Los hombres libres de Jones es sonrojo, vergüenza y rabia. Emociones todas ellas generadas gracias a la narrativa de Ross y a un guión magnífico que, aunque dividido en dos partes más que claras, es capaz de mantener el ritmo con razonable habilidad para no perder nunca el objetivo de la historia. Tal vez sea por eso, porque nunca pierde de vista su mensaje final, por lo que el espectador apenas nota el cambio entre partes, motivado por el fin de la guerra y cómo abolir la esclavitud no fue más que un deseo sobre el papel que no se logró realmente en muchos estados del sur.

Habrá quien entienda que la película pierde fuerza una vez superado el punto de inflexión del final de la guerra, pero en realidad es ahí cuando adquiere verdadero significado. Los discursos del personaje de Matthew McConaughey (El inocente), quien por cierto está espléndido, sin duda resultan excesivamente aleccionadores, y hubieran necesitado algo más de sutileza a la hora de enarbolar la bandera de la igualdad y la libertad, pero el tema tratado es tan contundente que apenas se tiene en cuenta. Es a través de estos discursos, de leyes como la del “entrenamiento” de niños esclavos, o de los delitos en el recuento de votos de las primeras elecciones que aceptaron gente de color, donde la cinta logra su máximo esplendor, desgranando un país que todavía hoy vive sumido en un racismo que parece incapaz de superar.

De hecho, Los hombres libres de Jones perfectamente tendría un marcado significado aleccionador simplemente comparándolo con lo que ocurre en Estados Unidos últimamente. Pero por si eso no fuera suficiente, aborda el caso de un descendiente del protagonista 80 años después, cuando una ley le impide casarse con una mujer blanca porque tiene ascendencia negra en un 8%. Ver para creer. La película ya es interesante por sí misma simplemente con el tema que aborda. Pero la capacidad de Gary Ross, que escribe y dirige la cinta, hace que la historia adquiera una dimensión mucho mayor y más interesante. Posiblemente estemos ante uno de los primeros títulos a los Oscar.

Nota: 7,5/10

‘Ben-Hur (2106)’: Roma bajo el sino de los tiempos


Jack Huston y Toby Kebbell compiten en 'Ben-Hur', versión de 2016.El cine es, o debería ser, un reflejo de la situación política, social y económica en la que se realiza. Pero una cosa es eso y otra muy distinta tergiversar deliberadamente una historia para obligarla a cumplir con ese precepto. Esta última idea, demasiado presente en lo nuevo de Timur Bekmambetov (Wanted), es la que provoca que una película más o menos interesante derive en un sinsentido moralista de dudosa credibilidad.

En efecto, Ben-Hur (2016) es un remake intenso, visualmente impecable y con muchos aciertos, uno de ellos darle más presencia al personaje de Messala, interpretado por un irregular Toby Kebbell (El aprendiz de Brujo). Y es que con ello se da más presencia al Imperio Romano y, de paso, al aspecto conquistador, violento y criminal de la expansión romana. En este sentido, resultan interesantes los conflictos morales y humanos del personaje, representando la dualidad de un mundo que lucha por conseguir la paz a través de la violencia. Asimismo, la relación entre los protagonistas queda excepcionalmente bien desarrollada, ofreciendo al espectador una visión más profunda de sus motivaciones y del modo en que sus sentimientos cambian a lo largo de la trama.

El problema es la trama en sí, o mejor dicho el tratamiento dramático que se realiza. Y es que la historia parece desinflarse al introducir problemas innecesarios cada vez más abrumadores a medida que se acerca el final. Por supuesto, la resolución del conflicto entre Ben-Hur (notable Jack Huston, visto en la serie Boardwalk Empire) y Messala es algo tan disparatado como innecesario, pero hay más. La introducción de un personaje secundario totalmente anecdótico al que se le quiere dar más importancia de la que merece; la falta de tratamiento serio de la historia de Jesucristo; poco o nulo desarrollo de algunos secundarios más relevantes.

La pregunta que cabe hacerse es ¿por qué? ¿Por qué tergiversar una historia épica de odio, traición, venganza y perdón modificando la naturaleza de los personajes (y por extensión de lo que representan) con un milagro divino? La respuesta creo que hay que buscarla fuera de la pantalla. En un contexto mundial en el que los pueblos cada vez parecen odiarse cada vez más, la cinta trata de convertirse en una suerte de hermanamiento fraternal entre pueblos tan dispares como el musulmán, el judío y el romano. Y eso, por muy buena voluntad que pueda tener, parecía poco probable en la época romana, sobre todo después de suceder lo que sucede durante la trama. El resultado es el mencionado: se retuerce el desarrollo natural de una historia para forzar un final marcado por los tiempos actuales. Y eso, salvo que se trabaje desde el minuto uno, no suele salir bien.

En resumen, Ben-Hur (2016) comienza bien, posee algunos momentos realmente épicos (la carrera de cuadrigas es espléndida) y ofrece una interesante visión del Imperio Romano en la época de Jesucristo. Ahora bien, la cinta pierde fuelle hacia el final de la trama, y lo hace casi por voluntad propia, modificando no solo la historia que todo espectador con cierta edad tiene en la retina, sino transformando por obra y designio de Dios (y esto es casi literal) a dos personajes enfrentados en dos hermanos. Que Bekmambetov se sienta más o menos cómodo con esta cinta es algo casi secundario (aunque tiene su relevancia que solo parezca disfrutar con las secuencias de acción); el problema es de guión, flojo en demasiados momentos y con tendencia a la autodestrucción más ilógica que se pueda ver en una pantalla.

Nota: 6/10

‘Star Trek: Más allá’: entretenimiento sin fronteras


La tripulación de la nave Enterprise se enfrenta a su mayor amenaza en 'Star Trek: Más allá'.El espacio, la última frontera. Con esta frase comenzaba hace 50 años el primer episodio de Star Trek. Y con esa frase termina la tercera entrega del reinicio de esta saga galáctica auspiciado por J.J. Abrams (Súper 8). Y no es algo casual. Esta nueva película, entretenida donde las haya, es posiblemente el mejor ejemplo de lo que representaba aquella mítica serie, y lo que en realidad representa la nave Enterprise y su tripulación. Es, en definitiva, el punto final a una evolución que parte de la primera película y de ese primer ataque protagonizado por un entonces desconocido Chris Hemsworth (Thor).

Star Trek: Más allá es todo lo que la tercera parte de una trilogía debería ser. Autosuficiente, comprensible de forma individual pero, al mismo tiempo, epílogo de una historia mucho mayor que ella, y final para el arco dramático de los personajes que conforman el mundo en el que se desarrolla la acción. A esto se suman notables secuencias de acción y ese humor que mezcla ironía e inocencia que tan bien funciona en la saga. Su trama, aunque sencilla y directa (más o menos como las del resto de películas), sirve para el propósito último de explorar los límites del entretenimiento, de llevar al espectador a mundos únicos en los que los protagonistas deban afrontar sus propios miedos y retos inimaginables.

Bien es cierto que esto, en manos de un director como Justin Lin (Fast & Furious 6) deja como resultado secuencias imposibles incluso en una cinta de estas características. Y es cierto igualmente que la historia tiene cierta tendencia a volverse previsible en demasiados momentos. Sin embargo, la trama es capaz de rebajar el impacto negativo de estas ideas gracias a una apuesta decidida por el dinamismo y, quién lo iba a decir, por las leves aunque eficaces dudas morales y personales de los principales protagonistas, que ayudan en última instancia a dotar al conjunto de un trasfondo más humano, más dramático.

No quiere esto decir que Star Trek: Más allá sea una suerte de combinación de acción desenfrenada e intenso drama. Nada de eso. La tercera de las aventuras galácticas de la tripulación de la Enterprise es… pues eso, una aventura en estado puro. Divertida, fresca, espectacular (sobre todo en sus primeros compases) e intensa, la cinta recurre a un desarrollo lineal para no perderse en diatribas dramáticas y poder destinar más tiempo al avance de la historia. No es una película redonda, ni mucho menos, pero cumple con su objetivo de forma más que notable. Y si a eso le sumamos el trasfondo de sus personajes, lo que obtenemos es un interesante film a la altura de sus predecesores.

Nota: 7/10

Diccineario

Cine y palabras

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