‘Supergirl’ se entrega a la comedia dramática adolescente en su 2ª T.


No voy a defender que Supergirl sea una gran serie de superhéroes. Más bien, un entretenimiento inocente con superpoderes y efectos especiales de por medio. Pero la primera temporada presentaba, en cierto modo, varios conceptos interesantes relacionados con el mundo de los cómics y, en concreto, de DC Cómics. Todo eso parece haberse perdido, o al menos atenuado, en los 22 episodios de la segunda parte, que terminaron de emitirse en Estados Unidos en mayo y que, durante su desarrollo, han pasado por todo tipo de cambios para reubicar a la heroína de la capa en un contexto más adolescente, más romántico si se prefiere, con problemáticas que, en el fondo, se alejan en su mayoría de los valores promulgados en la anterior etapa.

Posiblemente todo esto tenga algo que ver (o mucho) con el cambio de cadena, pero sea como fuere la serie creada por Ali Adler (serie The New Normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos autores de Arrow) ha dado un giro conceptual más que notable, tanto por el sentido que han adquirido las aventuras de la última hija de Krypton como por el tratamiento que los personajes, sobre todo los secundarios, han pasado a tener. Y este es el caso más llamativo. A lo largo de la primera temporada se construyeron una serie de relaciones y se presentaron diversas tramas secundarias que parecían estar llamadas a complementar los combates de la prima de Superman. De golpe y porrazo, o mejor dicho a golpe de teclado, sus responsables han eliminado buen parte de ese universo construido, han desaparecido personajes que tuvieron cierto impacto en la historia y se ha dado un nuevo sentido a algunos personajes. El caso más evidente es el de la hermana de la protagonista, interpretado por Chyler Leigh (Brake).

Muchos cambios, en efecto, pero lo relevante es si influyen, y cómo, en el desarrollo de Supergirl. Desde luego, la respuesta más inmediata y genérica es que sí, influyen y mucho. Y como en cualquier producción, la subjetividad juega un papel fundamental. Por un lado, todas estas modificaciones aportan al conjunto mayor dinamismo, incidiendo más en la aventura y en el carácter despreocupado y “blanco” de la serie. Dicho de otro modo, la segunda temporada acentúa el carácter más luminoso de la protagonista y, por ende, de la serie, acercándola a otras producciones como The flash en su primera temporada. Poco importa que el villano de turno sea más o menos poderoso; poco importan las dificultades de la heroína. Al final, todo sale bien, en algunos casos con ayuda (la incorporación de Superman, al que da vida Tyler Hoechlin -serie Teen wolf– es de lo más acertado de la trama) y en otros por su cuenta, lo que resta gravedad a la narración y la presenta como puro entretenimiento.

Pero por otro, convierten a la historia en una producción más de corte adolescente, con problemas amorosos que parecían superados, incluso, en algunos momentos de la primera temporada. Y esto, a priori, no sería algo negativo si no fuera porque el recorrido de estas tramas secundarias, al menos hasta el tercio final de la historia, es prácticamente inexistente, lo que evidencia la falta de fuerza de las mismas. Esto obliga a un tratamiento circular, es decir, a presentar un desarrollo positivo, un conflicto (si no el mismo, muy similar) que ponga en valor aún más la relación romántica, una disculpa (verbal o de acción) y vuelta a empezar. Posiblemente lo mejor de este caso es que, con el final que han tenido estos 22 capítulos, se ha apostado fuerte por hacer avanzar la acción y plantear una tercera temporada con nuevos retos. Al menos a tenor de las últimas imágenes.

Los Luthor, omnipresentes

Dejando a un lado el tratamiento dramático de la historia, la segunda temporada de Supergirl también confirma una idea que parecía entreverse en la primera tanda de episodios, y es el hecho de que sus creadores parecen haber hecho una apuesta clara por convertir este universo en la versión femenina de Superman, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Si en la anterior temporada se hizo a través de varios villanos tradicionalmente asociados al hombre de acero, en estos capítulos la presencia de la familia Luthor no hace sino confirmar ese aire de homenaje al superhéroe más icónico de DC. Y como no podía ser de otro modo, el nombre del archienemigo de Superman está representado por mujeres. No una, sino dos. Es evidente que su presencia en esta temporada, además de apoyar algunas tramas secundarias, tiene por objetivo crear toda una estructura que permita construir una auténtica confrontación héroe-villano capaz de perdurar en el tiempo y que sea ajena, en cierto modo, a las historias de cada temporada.

De este modo, el clan Luthor está llamado a convertirse en el otro pilar fundamental de la serie, una suerte de enemigo con el que jugar al gato y al ratón con el espectador. La labor en este caso de Katie McGrath (Jurassic World) y la química con Melissa Benoist (El viaje más largo) serán fundamentales para poder sostener el delicado equilibrio entre la amistad y la enemistad de ambos personajes, así como para decantar hacia un lado u otro en el momento exacto y con un desarrollo coherente.

Lo que también parece que va a aprovechar la serie es toda la iconografía cultural generada alrededor del héroe de la capa roja, lo que por cierto consolida esa versión femenina de Superman en que parece convertirse esta serie (y que personalmente considero que es un error). La presencia en esta temporada de Teri Hatcher, la Lois Lane de Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman, unida a la ya conocida de Dean Cain (Superman en la misma serie) crean todo un metalenguaje que los más fieles seguidores del personaje y sus diferentes adaptaciones en cine y televisión comprenderán mejor que nadie. El guiño de Kevin Sorbo, protagonista de otra conocida serie como es Hércules: Sus viajes legendarios, apoya además la teoría de que la serie contará con la presencia de actores a los que se asocia con clásicos personajes del cine o la televisión.

No se puede decir que Supergirl haya sido nunca una serie oscura, o al menos dramática, como puede serlo Arrow. Sin embargo, esta segunda temporada ha experimentado un giro hacia el drama adolescente que ha afectado significativamente al desarrollo de la trama. Primero porque han surgido personajes casi de la nada que han arrastrado con ellos una serie de historias secundarias cuyo encaje en el universo ya creado de la trama principal es cuanto menos cuestionable. Segundo porque ha habido secundarios que, o bien se han quitado de en medio de un plumazo, o bien se les ha dado una salida un tanto, digamos, increíble (que el fotógrafo James Olsen se convierta en justiciero es de lo más surrealista que puede existir). El final de la temporada, abierto como es habitual, deja la esperanza de que, una vez sentadas todas las bases del cambio experimentado en estos 22 episodios, la serie recupere cierta normalidad.

‘Supergirl’, o cómo convertir una 1ª T. en un cúmulo de referencias


Melissa Benoist da vida a 'Supergirl' en su primera temporada.Si Arrow fue la punta de flecha del mundo DC en la televisión, The Flash se ha convertido en el producto irónico y destinado a distraer al espectador. Y con estas referencias, la nueva superheroína necesitaba diferenciarse de algún modo de sus predecesores. Es por eso que Supergirl ha tenido que recurrir a una fórmula ya conocida aunque no por ello menos eficaz. Ali Adler (serie The new normal) y los creadores de este mundo superheroico en televisión, Greg Berlanti y Andrew Kreisberg, optan por el humor adaptado a una serie de referencias cinéfilas, seriéfilas y de los cómics originales que buscan en todo momento hacer las delicias de los más fieles seguidores, pero que pierden por el camino una importante máxima narrativa.

Dicha máxima es, precisamente, que cualquier historia tiene que intentar llegar al máximo número de receptores posible. Ahí estuvo, por ejemplo, el éxito del arquero verde. El problema de esta prima del hombre de acero es que en su primera temporada de 20 episodios apenas ha tenido una definición propia. Todo en ella recuerda a algo, sobre todo si se tiene cierto conocimiento del universo en el que transcurre la historia. El dibujo de la heroína principal, a cargo de Melissa Benoist (Whiplash), no tiene grandes dilemas internos y presenta unos valores rectos que la convierten en una “niña buena”. Los villanos, ya sean terrícolas o extraterrestres, la atacan por miedo, por ignorancia o por venganza. Y ella al final salva el mundo aunque el mundo no quiera ser salvado.

El arco dramático de la protagonista y de estos primeros pasos de Supergirl se convierte, de este modo, en un refrito de historias, en una sucesión de aventuras que, aunque tiene un cierto hilo conductor dramático relacionado con el pasado de los protagonistas, en el fondo no ofrece ninguna carga dramática añadida a un presunto trasfondo moral o personal de la heroína. Dicho de otro modo, con roles más o menos planos las historias se vuelven, pues eso, planas, y en consecuencias las aventuras, recurriendo a notables efectos digitales, buscan únicamente un entretenimiento sencillo, directo e intrascendente.

Con todo, esta primera temporada logra en su tercio final ofrecer al espectador algo más, una cierta complejidad dramática que desvela ciertas caras ocultas hasta ese momento de muchos de los personajes principales. Esto, unido a decisiones poco ajustadas a la recta moral de la heroína, hacen que la trama apunte a algo diferente que habrá que descubrir en su segunda etapa, estrenada hace algunas semanas y que, aunque es evidente que no modificará sustancialmente su esencia, sí podría aportar algo más de entramado narrativo a un desarrollo excesivamente lineal y deliberadamente carente de conflictos reales más allá del malo de turno al que derrotar.

Secundarios al poder

Curiosamente, y esto empieza a ser algo habitual en este tipo de producciones, los personajes más interesantes son los secundarios. Frente a la debilidad inherente del personaje de Supergirl (debilidad dramática, claro está), roles como el de Calista Flockhart (serie Cinco hermanos) o el villano/aliado interpretado por Peter Facinelli (Crepúsculo) se convierten muchas veces en auténticos protagonistas de la trama por encima de la mujer de acero. Y esto, en cierta medida, también es una traslación de lo que le ocurre al personaje de Superman, lo que no deja de confirmar que esta serie es una suerte de reinterpretación de sus aventuras en clave femenina, cuando en realidad debería ser algo diferente.

Y me explico. Frente a la ausencia de Lois Lane o de Lex Luthor, los creadores de la serie se han buscado a una periodista con garra y que lucha por lo que considera correcto que interpreta magníficamente Flockhart, no sin ciertas referencias a aquel rol que plasmó para la eternidad Margot Kidder en Superman (1978), y que al final se convierte en un modelo para la joven heroína tanto dentro como fuera de la redacción en la que trabaja. Del mismo modo, aunque de forma menos evidente, la interpretación de Gene Hackman (Sin perdón) en aquel film también está presente en la labor de Facinelli, a medio camino entre el odio a lo que no conoce y la necesidad de hacer el bien. Por supuesto, la influencia de Lex Luthor se aprecia más en el aspecto del odio.

Ambos personajes son, sin embargo, solo un ejemplo de lo que ocurre en esta serie. En realidad, la historia sobre esa organización secreta que protege al planeta de los extraterrestres o todo lo que tiene que ver con el pasado de la protagonista son los grandes pilares narrativos en los que se sustenta esta primera temporada. Y en mayor o menor medida, aunque todos ellos cuentan con la heroína como nexo de unión, en realidad el personaje de Benoist no deja de ser eso, un nexo que podría cambiarse o sustituirse y no pasaría nada, o al menos no demasiado. Dicho de otro modo, su influencia en las diferentes historias que aparecen en la trama es mínima, en algunos casos nula.

Todo ello convierte a esta primera temporada de Supergirl en un producto excesivamente limpio, sin conflictos dramáticos excesivamente complejos y con una clara apuesta por el entretenimiento más simple y directo. Y es una apuesta tan legítima como cualquier otra, pero el problema es que los personajes carecen de dimensión y tienden a convertirse en estereotipos. Eso por no hablar del desarrollo plano de las tramas. La esperanza se encuentra en el final de la temporada, más agresivo y marcado por el impacto dramático de algunas decisiones que, esperemos, abra una nueva vía narrativa en la segunda temporada. Por supuesto, no espero que sea un cambio radical, pero sí al menos una modificación de la tendencia que se sigue hasta ahora.

‘The new normal’, estructura repetitiva para denunciar la homofobia


Una pareja homosexual, una madre de alquiler y la hija de esta protagonizan 'The new normal'.Una pareja de hombres homosexuales decide tener un hijo. Contratan para ello a una joven madre que huye de su infiel esposo y de su conservadora y controladora abuela junto a su particular hija. Las diferentes visiones que cada uno tiene de la sociedad y de cómo se ven las relaciones homosexuales en su entorno social generará no pocos confictos que solo resolverán compartiendo sus puntos de vista. Dicho así, el argumento de The new normal, nueva serie cómica producida por Ryan Murphy y Ali Adler, ambos guionistas de Glee, puede corresponderse con alguna falsa producción que estamos acostumbrados a ver dentro las propias ficciones televisivas (a modo de serie que engancha a los personajes o de producción que realiza alguno de ellos). Tal vez esto permita hacernos una idea del nivel del producto final, que por suerte o por desgracia no va a contar con una segunda temporada al haber sido cancelada tras los 22 episodios iniciales. Afortunadamente, eso sí, esta única temporada cierra el arco argumental, lo cual al menos permite un mejor análisis.

Tal vez la idea que mejor defina a esta comedia es la de “ligera”, es decir, una ficción que distrae durante los alrededor de 25 minutos que dura cada episodio sin mayor objetivo que arrancar alguna que otra carcajada. Es, en definitiva, algo que se olvida tan rápido como se consume. Y en un panorama televisivo donde la exigencia es máxima, esto es un problema, sobre todo tratando el tema que trata y teniendo por ello los problemas que ha tenido (en Utah, por ejemplo, tuvo muchas dificultades para emitirse). Todo sin ser, como decimos, un programa conflictivo, aunque sí que es cierto que algunos de los capítulos poseen un tono crítico hacia la homofobia bastante acusado. En cualquier caso, y entrando en el aspecto propiamente audiovisual, no ha sido esto su tendón de Aquiles, sino la falta de una tramas secundarias que fortalezcan el conjunto y aporten otros aires a la serie.

Lo que quiero decir con esto es que en ningún momento de esta primera temporada la serie logra tomarse en serio a sí misma. Los conflictos episódicos que protagonizan los personajes en cada una de las emisiones son iguales, o al menos se desarrollan igual y tienen unas resoluciones excesivamente parecidas. Por ejemplo, siempre se produce una disputa entre los dos protagonistas acerca de un conflicto entre su amor y la estrechez de miras de la sociedad. Posteriormente, algún acontecimiento les hace recapacitar y, por último, deciden llegar a un punto en común. Presentar esto en los primeros episodios permite comprender un poco mejor a los personajes, e incluso genera más de una situación cómica, pero pasado este tiempo genera tedio y excesiva previsibilidad, sobre todo porque los personajes no dejan de ser estereotipos que evolucionan más bien poco, incluso a pesar de, supuestamente, cambiar un aspecto de su rol al final de cada episodio.

Puede parecer con esto que The new normal es una mala serie. Sinceramente, las he visto mucho peores. Hay que reconocer el valor de plantear unos enredos de estas características y de algunas reflexiones que plantea al espectador, sobre todo aquellas que tienen que ver con la política o con el rechazo social a algo tan natural como la relación entre dos hombres o mujeres. Sobre todo si tenemos en cuenta que contiene varios aspectos autobiográficos de sus creadores. El hecho de que la serie luche por definir como una familia normal algo que todavía en ciertos lugares del mundo se ve como nocivo para los niños es digno de resaltar, pero podría haberse hecho de forma más inteligente y menos repetitiva.

Los secundarios siempre al rescate

Quiero pensar que los responsables de esta ficción percibieron las debilidades del producto en un momento muy temprano, ya sea por las cifras de su audiencia o por el visionado previo de los primeros episodios. El caso es que la introducción de los personajes secundarios, tanto los fijos como los discontinuos, ha supuesto para el conjunto una verdadera bocanada de aire fresco, si bien es cierto que se han ido desinflando a medida que avanzaba la trama y el embarazo. El marido infiel cuyo coeficiente intelectual supone un pobre reto para un niño de 10 años (recuerda poderosamente a Homer Simpson, por cierto); la ayudante afroamericana con fuerte carácter pero un corazón de oro; los extraños médicos que ayudan durante la gestación del niño, … La mayoría de ellos aportan las verdaderas risas a esta comedia, aunque si hay uno que debe llevarse el premio gordo, ese es el personaje de Ellen Barkin (Vida de este chico).

La actriz no solo borda el papel de una conservadora abuela que se ve obligada a cambiar su forma de entender el mundo cuando su nieta decide ser madre de alquiler de una pareja homosexual, sino que refleja a la perfección la dualidad moral que existe en Estados Unidos. Posiblemente sus discursos con el argumentario republicano como base frente a unos personajes abiertamente demócratas sean de lo mejor y más conseguido de la serie, por no hablar de la originalidad de sus retorcidos comentarios. Este conflicto político-social, que como antes mencionaba es uno de los aspectos más interesantes de esta única temporada, da lugar a algunos de los episodios más completos, tanto dramática como cómicamente hablando. Es una lástima que la evolución de su personaje, que termina comprendiendo su limitada visión del mundo, se diluya frente a otras tramas secundarias de menor interés, como son la adopción de un bebé por parte del personaje de NeNe Leakes (serie Glee).

No he hecho el cálculo, pero me atrevería a decir que a medida que el personaje de Barkin pierde presencia la serie enseña de forma más evidente sus cartas. La fortaleza del personaje y de la actriz disimulaban un poco esa reiteración argumental que ya hemos abordado, y su ausencia no hace sino acentuarla. Ni siquiera la incorporación de un secundario como John Stamos (Padres forzosos) logra eliminar esa imagen. Tal vez la mejor prueba de su importancia es el hecho de que, aun siendo igual de prototípico que el resto de personajes, poseía un desarrollo emocional mayor, puede que simplemente por el hecho de oponerse al resto de arquetipos que desfilan delante de las cámaras. Esto no implica que los actores no logren un buen trabajo, más bien al contrario. Justin Bartha (La búsqueda) y Andrew Rannells (Despedida de soltera) se muestran convincentes en sus respectivos roles de la pareja (el primero más varonil y el segundo más afeminado), mientras que Georgia King (La duquesa) y la joven Bebe Wood (en su primer papel con cierto peso) solventan muy bien la extravagancia de sus roles.

Pero como decimos, son arquetipos. En el fondo, y a pesar de su ritmo fresco y liviano y de sus momentos de humor, The new normal es una serie que trata de innovar con recetas demasiado conocidas. Tal vez se haya apoyado demasiado en su idea de la familia homosexual (algo que, por cierto, ya se ha visto en Modern family con mucho más éxito) o, simplemente, sus creadores hayan utilizado los episodios como una forma de denuncia de los prejuicios sociales, muchos de ellos disfrazados de comprensión y libertad. El caso es que la serie pierde fuerza, y los capítulos terminan siendo tan previsibles que generan menos interés del que deberían.

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