‘Project X’: ritual de iniciación al sexo del joven norteamericano


Reconozco que una crítica nunca debe comenzar con esta frase, pero creo que es conveniente decirlo para no inducir a error al lector: Project X no es una buena película. Su argumento es tan previsible que se conoce antes incluso de que se proyecte el primer fotograma (sobre todo si se ha visto el trailer); sus personajes resultan excesivamente prototípicos, actuando y decidiendo de igual modo que se ha hecho en mil y una historias similares con anterioridad. Lo único original en esta nueva producción de Todd Phillips es ese carácter de falso documental, de vídeo casero grabado por un miembro de esta salvaje fiesta que recoge todo lo que puede, combinándolo con imágenes de otros dispositivos, incluyendo canales de televisión. Y ni eso, pues ya empieza a mostrar claros signos de saturación.

Con todo, la cinta ha sido un éxito de taquilla en su país de origen, y ha supuesto uno de esos raros casos de notoriedad relativamente inesperada. ¿Cómo? Apelando a un estilo salvaje que ya dio sus frutos en las dos partes de Resacón en Las Vegas (producidas por Phillips), pero llevado al extremo. Si en aquellas despedidas de soltero sólo se conocía lo ocurrido realmente a través de las fotografías finales, aquí se presencia de forma directa, sin censura de ningún tipo merced a plasmar ese espíritu norteamericano de organizar la mayor y más épica fiesta para ser popular y, sobre todo, poder terminar en la cama con alguna de las chicas que acuden.

Es ese estilo, unido al carácter realista tanto del formato como de los actores principales, todos ellos más que convincentes para ser unos desconocidos del gran público (tal vez por eso han contando con la libertad necesaria), convierten a este film en un título a tener en cuenta. No es que haya descubierto nada nuevo; de hecho, el devenir de los acontecimientos, a cada cual más desastroso, podría ser comparado con muchas otras películas. Sin ir más lejos, con las protagonizadas por Bradley Cooper. Pero el entusiasmo de los intérpretes, el clímax al que llega el desenfreno fiestero y las consecuencias realistas a las que se enfrentan los organizadores convierten a la cinta en un caso único.

Project X es, en cierto modo, una especie de La bruja de Blair en el género fiestero. Desde luego, no será recordada por su calidad. Tal vez sí por sus actores. Pero sobre todo, por el caos absoluto en el que deriva lo que comienza siendo una “fiesta tranquila” en el jardín trasero de una casa. Un documento que evidencia el ritual de iniciación al sexo que se ha implantado entre los jóvenes norteamericanos (y, por tanto, exportado al resto del mundo) donde la mejor forma de perder la virginidad es en una macrofiesta donde alcohol, drogas, música y cansancio se mezclan sin control. Un punto y aparte a la hora de montar una fiesta. Y eso, nos guste o no, hay que reconocerlo.

Nota: 6,5/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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