‘Supergirl’ se entrega a la comedia dramática adolescente en su 2ª T.


No voy a defender que Supergirl sea una gran serie de superhéroes. Más bien, un entretenimiento inocente con superpoderes y efectos especiales de por medio. Pero la primera temporada presentaba, en cierto modo, varios conceptos interesantes relacionados con el mundo de los cómics y, en concreto, de DC Cómics. Todo eso parece haberse perdido, o al menos atenuado, en los 22 episodios de la segunda parte, que terminaron de emitirse en Estados Unidos en mayo y que, durante su desarrollo, han pasado por todo tipo de cambios para reubicar a la heroína de la capa en un contexto más adolescente, más romántico si se prefiere, con problemáticas que, en el fondo, se alejan en su mayoría de los valores promulgados en la anterior etapa.

Posiblemente todo esto tenga algo que ver (o mucho) con el cambio de cadena, pero sea como fuere la serie creada por Ali Adler (serie The New Normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos autores de Arrow) ha dado un giro conceptual más que notable, tanto por el sentido que han adquirido las aventuras de la última hija de Krypton como por el tratamiento que los personajes, sobre todo los secundarios, han pasado a tener. Y este es el caso más llamativo. A lo largo de la primera temporada se construyeron una serie de relaciones y se presentaron diversas tramas secundarias que parecían estar llamadas a complementar los combates de la prima de Superman. De golpe y porrazo, o mejor dicho a golpe de teclado, sus responsables han eliminado buen parte de ese universo construido, han desaparecido personajes que tuvieron cierto impacto en la historia y se ha dado un nuevo sentido a algunos personajes. El caso más evidente es el de la hermana de la protagonista, interpretado por Chyler Leigh (Brake).

Muchos cambios, en efecto, pero lo relevante es si influyen, y cómo, en el desarrollo de Supergirl. Desde luego, la respuesta más inmediata y genérica es que sí, influyen y mucho. Y como en cualquier producción, la subjetividad juega un papel fundamental. Por un lado, todas estas modificaciones aportan al conjunto mayor dinamismo, incidiendo más en la aventura y en el carácter despreocupado y “blanco” de la serie. Dicho de otro modo, la segunda temporada acentúa el carácter más luminoso de la protagonista y, por ende, de la serie, acercándola a otras producciones como The flash en su primera temporada. Poco importa que el villano de turno sea más o menos poderoso; poco importan las dificultades de la heroína. Al final, todo sale bien, en algunos casos con ayuda (la incorporación de Superman, al que da vida Tyler Hoechlin -serie Teen wolf– es de lo más acertado de la trama) y en otros por su cuenta, lo que resta gravedad a la narración y la presenta como puro entretenimiento.

Pero por otro, convierten a la historia en una producción más de corte adolescente, con problemas amorosos que parecían superados, incluso, en algunos momentos de la primera temporada. Y esto, a priori, no sería algo negativo si no fuera porque el recorrido de estas tramas secundarias, al menos hasta el tercio final de la historia, es prácticamente inexistente, lo que evidencia la falta de fuerza de las mismas. Esto obliga a un tratamiento circular, es decir, a presentar un desarrollo positivo, un conflicto (si no el mismo, muy similar) que ponga en valor aún más la relación romántica, una disculpa (verbal o de acción) y vuelta a empezar. Posiblemente lo mejor de este caso es que, con el final que han tenido estos 22 capítulos, se ha apostado fuerte por hacer avanzar la acción y plantear una tercera temporada con nuevos retos. Al menos a tenor de las últimas imágenes.

Los Luthor, omnipresentes

Dejando a un lado el tratamiento dramático de la historia, la segunda temporada de Supergirl también confirma una idea que parecía entreverse en la primera tanda de episodios, y es el hecho de que sus creadores parecen haber hecho una apuesta clara por convertir este universo en la versión femenina de Superman, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Si en la anterior temporada se hizo a través de varios villanos tradicionalmente asociados al hombre de acero, en estos capítulos la presencia de la familia Luthor no hace sino confirmar ese aire de homenaje al superhéroe más icónico de DC. Y como no podía ser de otro modo, el nombre del archienemigo de Superman está representado por mujeres. No una, sino dos. Es evidente que su presencia en esta temporada, además de apoyar algunas tramas secundarias, tiene por objetivo crear toda una estructura que permita construir una auténtica confrontación héroe-villano capaz de perdurar en el tiempo y que sea ajena, en cierto modo, a las historias de cada temporada.

De este modo, el clan Luthor está llamado a convertirse en el otro pilar fundamental de la serie, una suerte de enemigo con el que jugar al gato y al ratón con el espectador. La labor en este caso de Katie McGrath (Jurassic World) y la química con Melissa Benoist (El viaje más largo) serán fundamentales para poder sostener el delicado equilibrio entre la amistad y la enemistad de ambos personajes, así como para decantar hacia un lado u otro en el momento exacto y con un desarrollo coherente.

Lo que también parece que va a aprovechar la serie es toda la iconografía cultural generada alrededor del héroe de la capa roja, lo que por cierto consolida esa versión femenina de Superman en que parece convertirse esta serie (y que personalmente considero que es un error). La presencia en esta temporada de Teri Hatcher, la Lois Lane de Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman, unida a la ya conocida de Dean Cain (Superman en la misma serie) crean todo un metalenguaje que los más fieles seguidores del personaje y sus diferentes adaptaciones en cine y televisión comprenderán mejor que nadie. El guiño de Kevin Sorbo, protagonista de otra conocida serie como es Hércules: Sus viajes legendarios, apoya además la teoría de que la serie contará con la presencia de actores a los que se asocia con clásicos personajes del cine o la televisión.

No se puede decir que Supergirl haya sido nunca una serie oscura, o al menos dramática, como puede serlo Arrow. Sin embargo, esta segunda temporada ha experimentado un giro hacia el drama adolescente que ha afectado significativamente al desarrollo de la trama. Primero porque han surgido personajes casi de la nada que han arrastrado con ellos una serie de historias secundarias cuyo encaje en el universo ya creado de la trama principal es cuanto menos cuestionable. Segundo porque ha habido secundarios que, o bien se han quitado de en medio de un plumazo, o bien se les ha dado una salida un tanto, digamos, increíble (que el fotógrafo James Olsen se convierta en justiciero es de lo más surrealista que puede existir). El final de la temporada, abierto como es habitual, deja la esperanza de que, una vez sentadas todas las bases del cambio experimentado en estos 22 episodios, la serie recupere cierta normalidad.

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1ª T. de ‘Legión’, o cómo lograr una serie inusual basada en cómics


El mundo de las adaptaciones de cómics a la pequeña pantalla está siendo tan exitosa como repetitiva. La estructura narrativa de las diferentes series que han surgido a lo largo de estos últimos años comparten la base de enfrentar al héroe contra un enemigo externo, salir derrotado varias veces, replantearse sus propios miedos y motivaciones y, finalmente, vencer la mencionada amenaza en un heroico acto que represente su cambio psicológico y emocional. Es por eso que un producto como Legión, surgido de la mente de Noah Hawley (serie The unusuals), no solo es un soplo de aire fresco en este mundo superheroico, sino que aprovecha al propio protagonista para ofrecer una historia completamente diferente en su forma, compleja y retorcida, que obliga al espectador a prestar una inusual atención a la historia y los personajes, habitualmente de lo más flojo en estas ficciones.

Para aquellos que no conozcan la historia, un breve resumen. El protagonista es un joven y poderoso mutante encerrado en un psiquiátrico por considerar que está enfermo. Sin embargo, un grupo formado por mutantes y no mutantes decide rescatarle junto a otra mutante para que se una a su grupo, explicándole que lo que muchos consideran una enfermedad (incluso él mismo lo ha llegado a creer) es en realidad un increíble poder telépata. Sin embargo, sí existe algo dentro de él que trata de poseerle y robarle su poder, una entidad que ansía vengarse del padre del joven, al que este nunca llegó a conocer.

Narrado así, el argumento de esta primera temporada de 8 episodios puede resultar algo sencillo, e incluso similar al de series ya vistas. Pero Legión dista mucho de ser una serie convencional. Hawley aprovecha las posibilidades que ofrece el mundo de la mente, los recuerdos y los poderes mutantes para construir una narrativa tan fragmentada como la mente del protagonista, con constantes saltos en el tiempo dramático y con numerosas líneas argumentales paralelas que vienen a explicar lo que ocurre en el mundo real y lo que ocurre en el plano psíquico. La combinación es tal que, salvo por algunos tratamientos formales con sutiles diferencias (en algunos casos mucho más evidentes), puede llegar a confundirse el espacio en el que se desarrolla la acción.

Y aunque esto pueda considerarse una debilidad, pues sin duda muchos espectadores pueden dejar de lado la serie, en realidad es su mayor fortaleza. La serie es sumamente compleja, es cierto, pero al mismo tiempo copa todas las expectativas. De hecho, las supera. El que la trama se articule de un modo más o menos lineal, con el héroe luchando contra una amenaza externa y una interna, dota al conjunto de una coherencia que, de otro modo, se perdería. Por otro lado, el caos que puede parecer a simple vista su tratamiento formal termina, una vez superados los primeros capítulos, por ser algo enriquecedor, pues permite apreciar una amplia variedad de matices que aportan una mayor profundidad dramática a los personajes, sobre todo al protagonista, del que se desvelan poco a poco aspectos que deberán ser tratados en las siguientes temporadas.

Más allá de los poderes

De hecho, y aunque a priori es una serie sobre mutantes con extraordinarios poderes, Legión logra su máximo esplendor precisamente en el tratamiento de los personajes y en el modo en que presenta el enfrentamiento entre el bien y el mal dejando esos poderes a un lado, y recurriendo a ellos únicamente como herramienta para desarrollar aspectos de la trama mucho más profundos desde un punto de vista dramático. Esto hace que la primera temporada se distancie, y mucho, de producciones similares, convirtiéndola por ende en algo casi único en su forma y su contenido. Asimismo, la aportación cromática del diseño de producción es simplemente brillante, abordando la evolución del protagonista a través de una paleta de colores enriquecedora en todos los sentidos posibles.

Por su parte, el reparto, espectacular del primero al último, aporta a los personajes una entidad y una sobriedad sin igual. Incluso aquellos definidos más por su ironía logran engrandecer sus respectivos papeles gracias a una apuesta por llevar todo al extremo, siempre considerando unos límites. Evidentemente, esto convierte en muchas ocasiones a los protagonistas en arquetípicos, limitando en cierto modo la versatilidad y los diversos rostros que todos ellos tienen. Sin embargo, estas debilidades, que en realidad son puntuales, se compensan con el tratamiento argumental, con esa apuesta por los mundos de la mente, los recuerdos y la psicología, que ponen a los héroes ante situaciones tan complejas como peligrosas.

Y por si el camino recorrido en esta primera temporada no fuese lo suficientemente interesante, el episodio final deja en el aire muchas preguntas y tramas secundarias abiertas, amén de dar a la principal una futura segunda oportunidad que, esperemos, llegue más pronto que tarde. El hecho de que Hawley explore durante estos capítulos el pasado del protagonista interpretado por Dan Stevens (La Bella y la Bestia) enriquece los matices de este joven acusado de estar loco. De nuevo, sus poderes son algo casi secundario, dando más relevancia a sus todavía desconocidos orígenes (al menos para aquellos que no conozcan su trayectoria en los cómics) y generando la expectación necesaria para demandar más sobre él en la siguiente temporada.

El mejor resumen de Legión podría ser que es una serie de superhéroes muy, muy inusual. Alejada de formatos tradicionales y recurriendo a un personaje relativamente poco conocido entre el gran público, esta primera temporada absorbe todas las potencialidades de las capacidades y las explota al máximo, generando un universo único, colorido y fragmentado en el que realidad y ficción, mente y espacio físico se confunden para contar una compleja historia de miedos internos, amenazas externas y remordimientos arrastrados durante décadas. Una serie, en definitiva, en la que los mutantes son más bien personajes que deben afrontar sus problemas como cualquier otro. Una serie en la que los poderes no tienen el protagonismo. El problema es que esto puede cambiar a medida que se desarrollen esas capacidades sobrehumanas, pero esperemos que eso tarde en llegar, si es que llega alguna vez. Por lo pronto, solo se puede disfrutar de este debut.

‘The Flash’ trata de avanzar mientras se mueve en círculos en su 2ª T.


'The Flash' tendrá que correr más que nunca en su segunda temporada.Cualquier producción de ciencia ficción tiene un problema congénito que, en principio, debería ser de fácil solución: la propia fidelidad a sus normas. Esto es, que cualquier mundo imaginario se rige por una serie de pilares que lo definen, y a los que el director/creadores deben ajustarse. ¿Algo sencillo, no? Pues no siempre. Y en una serie como The Flash, donde los viajes en el tiempo empiezan a ser más o menos como coger el coche para visitar a los parientes, este riesgo es, si cabe mayor. Es el principal problema de la segunda temporada de esta producción creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (ambos responsables de otra serie de DC ComicsArrow) y Geoff Johns, guionista de varios productos ambientados en el mundo de estos superhéroes.

Con esto no quiero decir que estos 23 episodios sean malos, más bien al contrario. La trama ha logrado algo que parecía poco probable, y es utilizar un villano mayor en todos los aspectos al de la primera temporada, al que da vida con cierta irregularidad Teddy Sears (serie Masters of Sex). En este sentido, la historia no solo continúa los acontecimientos de la etapa anterior, sino que desarrolla toda una serie de subtramas que se nutren entre ellas para crear un mundo más complejo, no necesariamente más oscuro pero sí, al menos, más original, dinámico y autosuficiente. Es por ello que la segunda temporada ofrece al espectador más de lo que provocó el éxito de los primeros episodios, desde la acción al drama, pasando por el romance y ciertos toques irónicos.

Desde luego, los fans encontrarán en esta nueva temporada de The Flash toda una iconografía que, como es habitual desde su inicio, se apoya con evidencia manifiesta en las historias y personajes salidos de Arrow, serie a la que la historia de la televisión posiblemente termine por situar como la punta de flecha (nunca mejor dicho) de una cadena de producción superheroicas a cada cual más espectacular u oscura, dependiendo de la apuesta dramática. Pero volviendo al velocista, el arco argumental de esta etapa, con un enemigo más veloz y con esa segunda Tierra en la que muchos personajes tienen poderes, es indudablemente más interesante, ofreciendo puntos de giro tan dramáticos como definitorios para el futuro de la serie, lo cual no deja de ser una buena noticia en una producción de este estilo.

Claro que esto tiene una cara B que no es tan positiva. La serie, más allá de algunos villanos nuevos, pivota sobre los mismos personajes que protagonizan la serie desde el comienzo. Salvo la introducción del rol interpretado por Keiynan Lonsdale (La hora decisiva), que tendrá mucha más importancia en la próxima temporada, el resto son personajes ya conocidos. Incluso aquellos que murieron al final de la primera temporada resurgen de sus cenizas, eso sí, como otro personaje con motivaciones diferentes pero con un resultado de sus decisiones sospechosamente familiar. Es más, muchos de los villanos no dejan de ser una suerte de lado oscuro de los protagonistas, lo que al final provoca una sensación agridulce: la propuesta es original en tanto en cuanto ofrece un repaso a los matices entre dos realidades paralelas, pero evidencia falta de originalidad al convertir en villanos a los héroes de turno, aunque solo sea por unos minutos.

Futuro incierto

Pero lo más peligroso de esta segunda temporada de The Flash es el futuro que deja para la próxima etapa. No voy a desvelar aquí cuál es el final para aquellos que todavía no hayan tenido ocasión de verlo, pero baste decir que, más o menos como el resto de la serie, encierra en su interior aspectos tan positivos como negativos, amén de una serie de lecturas que pueden generar no pocos problemas para los creadores de la serie y para aquellos que, sin ser estrictamente fans del personaje, se hayan acercado a esta trama por curiosidad, interés o simple entretenimiento. ¿Y qué es ese final? Bueno, en grandes líneas una reescritura de todo lo visto hasta ahora.

Y ese es el problema. La decisión del protagonista, interpretado de nuevo por Grant Gustin (serie Glee), quien por cierto parece estar madurando junto con el personaje, posee una serie de implicaciones morales y emocionales sumamente interesantes. Para empezar, la constante lucha interior entre los deseos personales y la decisión correcta, que no solo no tienen que ver, sino que generan situaciones casi antagónicas. La opción final elegida, aunque comprensible y atractiva desde un punto de vista dramático y narrativo, crea una serie de variables de muy difícil solución, entre otras cosas porque crea una suerte de carta blanca para rehacer todo aquello que se considere oportuno.

Este tipo de decisiones son arriesgadas, no solo por lo dicho anteriormente, sino porque permite recuperar personajes del pasado. La estrategia puede haber tenido cierto interés en la segunda temporada, por aquello de los mundos paralelos y lo llamativo del primer impacto al ver personajes muertos volver a la vida. Pero repetir la fórmula por tercera vez puede ser demasiado, amén de modificar (habrá que ver en qué grado) las relaciones entre los personajes. En este sentido, hay cierta similitud entre varios momentos de la primera y la segunda temporada, como si el protagonista corriese en círculos que se repiten más o menos fielmente, en lugar de ir hacia adelante.

Quizá este sea el mayor reproche que se le puede hacer a la segunda temporada de The Flash. La serie parece tener miedo a afrontar sus decisiones hasta las últimas consecuencias, recurriendo a conceptos narrativos y fantásticos que justifiquen la presencia de personajes ya fallecidos, de roles aparentemente secundarios y de tramas (sobre todo el ‘love interest’ del protagonista, que va camino de convertirse en un quiero y no puedo) que avanzan solo para volver a retroceder. Soy consciente de que la producción es mucho más limpia y clara de lo que es Arrow, pero eso no debería ser óbice para que avance en el sentido que se considere más oportuno, afrontando con valentía lo que esté por llegar. Y esa es la palabra clave, sobre todo en una ficción con la velocidad como eje central: avanzar.

2ª T. de ‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’, más superpoderes a la trama


El mundo alienígena adquiere protagonismo en la segunda temporada de 'Agentes de S.H.I.E.L.D.'.Cada vez resulta más evidente que para determinados géneros y determinadas tramas televisivas el formato episódico es infructuoso. La serie Agentes de S.H.I.E.L.D. lo experimentó en sus propias carnes durante la primera temporada, salvando los muebles como sus protagonistas, es decir, en el último momento. Pero una vez superado el bache, lo que nos encontramos en esta segunda etapa es un producto consciente de su dimensión, de sus posibilidades y de sus fortalezas. Y de nuevo como el grupo de protagonistas, ha sabido aprovecharlas en beneficio propio para evolucionar de forma espléndida.

Desde luego, lo más interesante de estos nuevos 22 episodios creados por Maurissa Tancharoen, Jed Whedon y Joss Whedon (serie Dollhouse) es la facilidad con la que entrelazan los diferentes arcos dramáticos de los personajes para conformar una historia fluida que salta de una trama a otra sin altibajos, sin excesivos sobresaltos y, lo más importante, de forma orgánica. Si bien es cierto que la perspectiva general es la de abordar el pasado del personaje interpretado por Chloe Bennet (serie Nashville), en la práctica esto ha permitido desarrollar el trasfondo del resto de roles a través de sus respectivas historias.

Esto no quita para que no existan momentos de cierta zozobra narrativa, como esa primera parte de esta temporada en la que Agentes de S.H.I.E.L.D. parece regodearse en exceso en la búsqueda de una localización a través de la obsesión de una escritura alienígena. Pero incluso ese aspecto, que gira sobre sí mismo en demasiadas ocasiones, debe ser visto dentro de una imagen mucho mayor que ayuda a comprender otros aspectos que posteriormente se desarrollarán en los capítulos. De hecho, es gracias a eso que el espectador puede llegar a comprender buena parte del mundo que se presenta en la segunda mitad de la temporada, que al igual que ocurrió en la primera entrega, es sensiblemente mejor.

La incorporación de nuevos personajes, además, ha generado un extraño equilibrio. Por un lado, no han logrado quitar el protagonismo al equipo principal, ya sean héroes o villanos, como es el caso del personaje de Brett Dalton (Beside Still Waters); por otro, han aportado el dinamismo y el contexto necesario para enriquecer la trama y crear una serie de historias paralelas que ayudan a la trama principal a desarrollarse libremente, sin la presión de tener que presentar conflictos constantemente y sin la necesidad de giros argumentales artificiosos. Dicho de otro modo, estas historias han ayudado a cubrir los huecos que invariablemente deja toda trama principal en su desarrollo, ofreciendo al espectador una imagen global del mundo Marvel que aborda la serie.

Más allá de los superhéroes

Una imagen global, por cierto, que se completa con algo que la casa responsable de superhéroes como Spider-Man o Iron Man ha sabido hacer mejor que nadie. Así, a lo largo de esta segunda temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no solo se dejan ver algunos actores que encarnan a personajes relevantes en las películas que cada año llenan salas de cine en todo el mundo. También tienen especial relevancia los propios acontecimientos de dichas películas, que influyen en mayor o menor medida en el desarrollo de la propia serie.

Todo ello crea un gran fresco que los fieles seguidores de estas películas encontrarán sumamente interesante. Que el personaje de Ruth Negga (Guerra Mundial Z) sea capaz de ver lo que ocurrirá en Los Vengadores: La era de Ultrón, o que los acontecimientos de Capitán América: El soldado de invierno (2014) determinen algunas historias secundarias de esta temporada son solo algunos ejemplos de cómo cuida los detalles la Casa de las Ideas y de la importancia que le da a la retroalimentación entre todos sus productos.

Aunque desde luego uno de los aspectos mejor abordados de esta segunda temporada es cómo ha evolucionado hacia los superhumanos, o mejor dicho los Inhumanos. Una de las máximas de la serie siempre ha sido la de presentar a un equipo sin superpoderes que es capaz de funcionar y resolver conflictos sin superhéroes, pero en esta tanda de episodios la trama ha evolucionado para presentar un mundo en el que hombres y superhombres, humanos y “mejorados”, conviven de diversos modos. Por supuesto, y como ocurre siempre en cualquier cómic, la transición ha sido dolorosa e incluso mortal para muchos personajes, pero el resultado no podría ser mejor, y sobre todo, dejar la trama en un mejor punto de arranque para la tercera temporada.

En definitiva, Agentes de S.H.I.E.L.D. no solo logra mantener el nivel en esta segunda temporada, sino que ha sabido evolucionar hasta encontrar un equilibrio entre el mundo de los superpoderes y el “mundo real” en el que en teoría se enmarcan los principales personajes. Como si de un cómic se tratara, y ese es uno de sus mayores logros, ha sabido encauzar todas las tramas para resolverlas en un doble episodio final que no solo deja la trama preparada para la siguiente etapa, sino que cierra un ciclo enriquecido por la naturalidad con la que se han sucedido y se han nutrido entre ellas las tramas. Un entretenimiento puro que no deja lugar para el aburrimiento. Poco más se le puede pedir.

‘Matrix’, efectos digitales y filosofía para el cambio de siglo


Keanu Reeves y Hugo Weaving, enemigos virtuales en 'Matrix'.Poco más de 100 años después de su creación en 1895, el cine afrontaba una nueva etapa que parecía resistirse. A finales de los años 90 los efectos digitales intentaban, poco a poco, introducirse de forma habitual en las producciones cinematográficas, aunque con resultados irregulares. Ese parecía el camino, sin duda, y pioneros como James Cameron (Terminator 2: El juicio final) o Steven Spielberg (Parque Jurásico) habían apostado por la línea de integrar efectos digitales y las tradicionales técnicas físicas. Sin embargo, el cambio de siglo supuso también un cambio de 180 grados en la concepción del cine provocado sobre todo por una película, Matrix, que en 1999 sorprendió a propios y extraños con su equilibrada e inteligente combinación de efectos, acción y filosofía. Todo de la mano de dos hermanos, Andy y Larry (ahora conocido com Lana) Wachowski, que abrieron las puertas de una nueva generación audiovisual que apostaba por este tipo de estilo visual.

En menos de 15 años este film sobre la lucha del hombre contra la máquina se ha convertido no solo en un clásico, sino en un film de culto que ha influido en todos los aspectos de la sociedad. No corresponde aquí abordar dichas influencias (tanto las recibidas como las provocadas), sino los elementos que la han llevado al lugar que ocupa en tan poco tiempo. Y uno de dichos elementos, desde luego, no es su argumento, ya abordado en otras películas de un modo u otro. Recordar, en todo caso, que el relato narra el camino hacia su destino de un joven que descubre que todo su mundo, todo lo que creía conocer, no es más que el producto de un programa informático desarrollado por las máquinas para mantener a los humanos como alimento energético. Tras liberarse de dicho control, liderará una guerra contra las máquinas.

Quizá lo más interesante de Matrix sea, precisamente, que su argumento posee tantas aristas, tantos rincones, que para explicarlo son necesarias varias hojas. Y todo ello viene provocado por la multitud de influencias, principalmente filosóficas, que nutren todos y cada uno de sus aspectos. Empero, y aunque esto es finalmente lo que más ha calado en el imaginario social (sobre todo porque, en el fondo, es una combinación de historias que tenemos grabadas a fuego en el subconsciente), la revolución del film estriba en su apartado técnico, que por cierto fue premiado con sendos Oscars aquel año.

El diseño visual de los hermanos Wachowski para con todo lo que rodea al mundo virtual y real, este último asolado por una antigua guerra entre hombres y máquinas, es fascinante, casi hipnótico. No tanto el llamado “efecto bala”, que gracias a su abuso se ha convertido en algo excesivamente convencional, como la planificación y el diseño de producción de los que hace gala. Sirviéndose del realismo cotidiano del individuo medio, la pareja de directores y guionistas son capaces de introducir los suficientes elementos fantásticos para edificar un relato único, como pueden ser la presencia de la lluvia, de la suciedad o incluso de los inolvidables agentes, en un guiño al estilo que siempre luce el FBI en las películas. Por supuesto, nada de esto nos parecería extraño si no se presentase la otra cara de la moneda: una realidad que es casi más aterradora que el hecho de saber que la vida es, en realidad, un sueño implantado.

Estética y superpoderes

A la estética lúgubre, sucia y gris que se apodera desde el primer minuto del relato (algo que comparte con muchas cintas futuristas) cabría sumar una planificación tan original como adecuada a cada uno de los segmentos del relato que se abordan. El uso de los picados y contrapicados o de los planos extremadamente cerrados ofrece al espectador un mundo igual pero distinto, y me explico. Sería mucho más complicado considerar a esa realidad como verdaderamente falsa si no fuera porque la película nos la muestra desde puntos de vista a los que no estamos acostumbrados. Ver desde arriba cómo una mujer salta entre edificios o poder apreciar la decisión ante una alternativa a través del reflejo de unas gafas apoyan y consolidan la emoción y el sentimiento que se apodera del espectador de que su entorno no es real. Y permite, además, dar más veracidad a las teorías filosóficas de las que se nutre, así como a los elementos más irreales del relato.

Porque sí, sin esa base teórica, sin la deliberada estética futurista o sin la cuidada planificación, Matrix se habría convertido en una película más de la tendencia a implantar con asiduidad los efectos digitales. Sería, simplemente, un relato sobre una realidad irreal en la que se puede hacer casi de todo una vez comprendido que las leyes físicas y sociales no son más que líneas de programación que se pueden modificar. Una excusa más para un relato de superhéroes capaces de esquivar balas, de volar o de volverse invulnerable a cualquier ataque. Afortunadamente, y es lo que define a la película, sus responsables equilibran la balanza de forma y contenido para ofrecer más que un entretenimiento. De ahí que haya traspasado todas las barreras del cine para convertirse en un concepto más de la cultura popular.

Casualidades de la vida, la propia película ha sido víctima de su grandeza o, mejor dicho, de su influencia. Quizá el ejemplo más claro de que Matrix ha supuesto un antes y un después en el campo de los efectos digitales y del diseño por ordenador sean tanto Matrix Reloaded como Matrix Revolutions, sus dos secuelas rodadas de forma conjunta y estrenadas en 2003. Ya habrá tiempo para analizar cada una de ellas, pero sí es conveniente aclarar que ninguna de ellas era estrictamente necesarias, y llegaron impuestas por la cada vez mayor presión de los seguidores. Es cierto que el final del primer film que aquí analizamos dejaba la puerta abierta a la imaginación para que, cada uno, continuara la guerra contra las máquinas. Pero el film original es único en todos sus aspectos, por lo que repetir concepto era algo tan complicado como fútil.

Durante todos estos años han surgido películas que han intentado, de un modo u otro, seguir la estela de Matrix, sin conseguirlo. Ni siquiera sus dos secuelas, entregadas por completo a los impactantes efectos generados por ordenador y nutriéndose de una filosofía barata en los momentos en los que lo intenta. Y tampoco lo han conseguido los hermanos Wachowski en sus siguientes proyectos. Sí, la película es única en todos sus aspectos, y esta es la mejor evidencia. Descubrió un País de las Maravillas que hasta entonces nadie parecía conocer, pero lo hizo de una forma tan contundente que cerró las puertas a otras alternativas. Muchos optaron por seguir los pasos del protagonista y elegir la pastilla que llevaba a ese mundo, produciendo una saturación estética y narrativa. Por suerte, hubo otros que prefirieron nutrirse de algunos conceptos para utilizarlos en su propio beneficio. En cualquiera de los dos casos, Matrix puso punto y a parte al concepto del cine.

Diccineario

Cine y palabras

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