‘The new normal’, estructura repetitiva para denunciar la homofobia


Una pareja homosexual, una madre de alquiler y la hija de esta protagonizan 'The new normal'.Una pareja de hombres homosexuales decide tener un hijo. Contratan para ello a una joven madre que huye de su infiel esposo y de su conservadora y controladora abuela junto a su particular hija. Las diferentes visiones que cada uno tiene de la sociedad y de cómo se ven las relaciones homosexuales en su entorno social generará no pocos confictos que solo resolverán compartiendo sus puntos de vista. Dicho así, el argumento de The new normal, nueva serie cómica producida por Ryan Murphy y Ali Adler, ambos guionistas de Glee, puede corresponderse con alguna falsa producción que estamos acostumbrados a ver dentro las propias ficciones televisivas (a modo de serie que engancha a los personajes o de producción que realiza alguno de ellos). Tal vez esto permita hacernos una idea del nivel del producto final, que por suerte o por desgracia no va a contar con una segunda temporada al haber sido cancelada tras los 22 episodios iniciales. Afortunadamente, eso sí, esta única temporada cierra el arco argumental, lo cual al menos permite un mejor análisis.

Tal vez la idea que mejor defina a esta comedia es la de “ligera”, es decir, una ficción que distrae durante los alrededor de 25 minutos que dura cada episodio sin mayor objetivo que arrancar alguna que otra carcajada. Es, en definitiva, algo que se olvida tan rápido como se consume. Y en un panorama televisivo donde la exigencia es máxima, esto es un problema, sobre todo tratando el tema que trata y teniendo por ello los problemas que ha tenido (en Utah, por ejemplo, tuvo muchas dificultades para emitirse). Todo sin ser, como decimos, un programa conflictivo, aunque sí que es cierto que algunos de los capítulos poseen un tono crítico hacia la homofobia bastante acusado. En cualquier caso, y entrando en el aspecto propiamente audiovisual, no ha sido esto su tendón de Aquiles, sino la falta de una tramas secundarias que fortalezcan el conjunto y aporten otros aires a la serie.

Lo que quiero decir con esto es que en ningún momento de esta primera temporada la serie logra tomarse en serio a sí misma. Los conflictos episódicos que protagonizan los personajes en cada una de las emisiones son iguales, o al menos se desarrollan igual y tienen unas resoluciones excesivamente parecidas. Por ejemplo, siempre se produce una disputa entre los dos protagonistas acerca de un conflicto entre su amor y la estrechez de miras de la sociedad. Posteriormente, algún acontecimiento les hace recapacitar y, por último, deciden llegar a un punto en común. Presentar esto en los primeros episodios permite comprender un poco mejor a los personajes, e incluso genera más de una situación cómica, pero pasado este tiempo genera tedio y excesiva previsibilidad, sobre todo porque los personajes no dejan de ser estereotipos que evolucionan más bien poco, incluso a pesar de, supuestamente, cambiar un aspecto de su rol al final de cada episodio.

Puede parecer con esto que The new normal es una mala serie. Sinceramente, las he visto mucho peores. Hay que reconocer el valor de plantear unos enredos de estas características y de algunas reflexiones que plantea al espectador, sobre todo aquellas que tienen que ver con la política o con el rechazo social a algo tan natural como la relación entre dos hombres o mujeres. Sobre todo si tenemos en cuenta que contiene varios aspectos autobiográficos de sus creadores. El hecho de que la serie luche por definir como una familia normal algo que todavía en ciertos lugares del mundo se ve como nocivo para los niños es digno de resaltar, pero podría haberse hecho de forma más inteligente y menos repetitiva.

Los secundarios siempre al rescate

Quiero pensar que los responsables de esta ficción percibieron las debilidades del producto en un momento muy temprano, ya sea por las cifras de su audiencia o por el visionado previo de los primeros episodios. El caso es que la introducción de los personajes secundarios, tanto los fijos como los discontinuos, ha supuesto para el conjunto una verdadera bocanada de aire fresco, si bien es cierto que se han ido desinflando a medida que avanzaba la trama y el embarazo. El marido infiel cuyo coeficiente intelectual supone un pobre reto para un niño de 10 años (recuerda poderosamente a Homer Simpson, por cierto); la ayudante afroamericana con fuerte carácter pero un corazón de oro; los extraños médicos que ayudan durante la gestación del niño, … La mayoría de ellos aportan las verdaderas risas a esta comedia, aunque si hay uno que debe llevarse el premio gordo, ese es el personaje de Ellen Barkin (Vida de este chico).

La actriz no solo borda el papel de una conservadora abuela que se ve obligada a cambiar su forma de entender el mundo cuando su nieta decide ser madre de alquiler de una pareja homosexual, sino que refleja a la perfección la dualidad moral que existe en Estados Unidos. Posiblemente sus discursos con el argumentario republicano como base frente a unos personajes abiertamente demócratas sean de lo mejor y más conseguido de la serie, por no hablar de la originalidad de sus retorcidos comentarios. Este conflicto político-social, que como antes mencionaba es uno de los aspectos más interesantes de esta única temporada, da lugar a algunos de los episodios más completos, tanto dramática como cómicamente hablando. Es una lástima que la evolución de su personaje, que termina comprendiendo su limitada visión del mundo, se diluya frente a otras tramas secundarias de menor interés, como son la adopción de un bebé por parte del personaje de NeNe Leakes (serie Glee).

No he hecho el cálculo, pero me atrevería a decir que a medida que el personaje de Barkin pierde presencia la serie enseña de forma más evidente sus cartas. La fortaleza del personaje y de la actriz disimulaban un poco esa reiteración argumental que ya hemos abordado, y su ausencia no hace sino acentuarla. Ni siquiera la incorporación de un secundario como John Stamos (Padres forzosos) logra eliminar esa imagen. Tal vez la mejor prueba de su importancia es el hecho de que, aun siendo igual de prototípico que el resto de personajes, poseía un desarrollo emocional mayor, puede que simplemente por el hecho de oponerse al resto de arquetipos que desfilan delante de las cámaras. Esto no implica que los actores no logren un buen trabajo, más bien al contrario. Justin Bartha (La búsqueda) y Andrew Rannells (Despedida de soltera) se muestran convincentes en sus respectivos roles de la pareja (el primero más varonil y el segundo más afeminado), mientras que Georgia King (La duquesa) y la joven Bebe Wood (en su primer papel con cierto peso) solventan muy bien la extravagancia de sus roles.

Pero como decimos, son arquetipos. En el fondo, y a pesar de su ritmo fresco y liviano y de sus momentos de humor, The new normal es una serie que trata de innovar con recetas demasiado conocidas. Tal vez se haya apoyado demasiado en su idea de la familia homosexual (algo que, por cierto, ya se ha visto en Modern family con mucho más éxito) o, simplemente, sus creadores hayan utilizado los episodios como una forma de denuncia de los prejuicios sociales, muchos de ellos disfrazados de comprensión y libertad. El caso es que la serie pierde fuerza, y los capítulos terminan siendo tan previsibles que generan menos interés del que deberían.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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