La 1ª T de ‘Rehenes’ no encuentra sentido entre tantos episodios


Toni Collette y su familia son los 'Rehenes' de Dylan McDermott.Los entendidos en esto del cine, la narrativa audiovisual y el desarrollo dramático tienden a centralizarlo todo en conceptos como los puntos de giro, la definición de personajes o el sentido del drama. Pero muchas veces que un producto funcione o no tiene que ver, simplemente, con su formato. Por ejemplo, que una película sobre el amor de un muchacho hacia su mascota dure tres horas es una señal de que algo no funciona (aunque podría ser una gran historia). Igualmente, una serie sobre una familia secuestrada porque la madre, cirujana de profesión, tiene que matar al Presidente de Estados Unidos durante una intervención a la que éste debe someterse, no parece que dramáticamente hablando ofrezca muchas posibilidades más allá de media docena de episodios. Por eso Rehenes, una de las últimas series producidas por Jerry Bruckheimer (La Roca), hace aguas por demasiadas fugas a pesar de los intentos por mantener el interés con giros argumentases de todo tipo, incluyendo los más inverosímiles.

Y eso que la serie parte de una premisa y de un episodio piloto realmente interesante. Durante aproximadamente una hora de metraje la trama se mueve perfectamente entre los elementos clásicos de este tipo de thrillers, ofreciendo ya entonces las bases necesarias para comprender que no se trata únicamente de buenos y malos, sino que los matices y la escala de grises abarca a todos y cada uno de los personajes. Es más, esta creación de Rotem Shamir, autor del original israelí en el que se basa, logra generar interés durante las primeras entregas de estos 15 episodios, definiendo claramente las posturas de todos y cada uno de los implicados en la trama, y no limitándose exclusivamente a mostrar unos secuestradores sin escrúpulos o unos rehenes atemorizados y dominados por sus impulsos de supervivencia.

En este sentido, la labor de los actores, dentro de lo que cabe, resulta correcta. En especial el trío protagonista integrado por Toni Collette (El sexto sentido), Dylan McDermott (serie American Horror Story) y Tate Donovan (Argo). Suyos son, sin duda, los mejores momentos de la trama, sobre todo cuando hacen suyos los estereotipos que representan, ya sea obligados por las circunstancias que viven sus personajes, ya sea porque el guión se toma numerosas licencias (tal vez demasiadas) de cara al entretenimiento televisivo menos exigente. El problema es que ni siquiera ellos son capaces de manejar con firmeza la deriva de un guión forzado hasta límites impensables.

Sin ir más lejos, uno de los escollos a los que se enfrenta el desarrollo es el hecho de tener que sostener una situación (un secuestro que se alarga en el tiempo más de lo debido) tensa sin perder la tensión, valga la redundancia. El problema es que lo hace de la peor manera posible: utilizando a los personajes como si fueran muñecos de trapo. Que una doctora sea obligada contra su voluntad a matar a su paciente ya es de por sí un punto de partida interesante, conflictivo y prometedor. Pero que esa misma doctora cambie unas cinco veces su postura moral hacia esa coacción es algo tan incoherente como monótono. Y además se vuelve previsible. El espectador termina por tomarse con cierta ironía los cambios de humor de un personaje que tan pronto se siente firme como se muestra superada por los acontecimientos.

Una gran conspiración del vacío

No cabe duda de que Rehenes tiene un importante, puede que insalvable, punto débil en la indefinición que sufre la protagonista como consecuencia, entre otras cosas, de la necesidad de alargar esta primera temporada hasta 15 episodios, buscando recovecos dramáticos con los que llenar los lógicos vacíos que se generarían con tantos minutos. He de reconocer que no he tenido la oportunidad de ver el original, pero quiero pensar que no posea las mismas carencias, pues de lo contrario este habría sido un proyecto que nació débil. Sea como sea, y siendo consciente del problema que supone una indefinición tan grande en el personaje sobre el que pivota la trama (amén de otros dibujos interpretativos más bien pobres), la otra gran dificultad estriba en la compleja telaraña creada para matar al Presidente.

Esta idea tiene mucho que ver con eso que mencionábamos antes de la extensión de la serie y los “minutos vacíos”. El excesivo metraje del conjunto obliga a desviar la atención hacia tramas secundarias que rellenen, aunque sea de forma algo tosca y sin demasiado sentido, los descansos que debe tomarse la trama principal. Ahí está, por ejemplo, los problemas escolares y de drogas que tiene el hijo menor de la familia; o el embarazo de la hija mayor (que, por cierto, parece casi imaginado). Por no hablar de la infidelidad del marido, sin duda lo más relevante de todo. Numerosas historias secundarias, en efecto. Tantas que es inevitable que se conviertan en esporádicas, o lo que es lo mismo, que adquieran relevancia en un par de episodios para luego desaparecer de los planes de los guionistas como por arte de magia. El efecto logrado es, precisamente, el opuesto al que debería ser. Lejos de generar matices dentro de los conflictos propios de la situación que plantea la serie, su disolución lenta e inexorable convierten al producto en algo tópico y manido que utiliza dichos pilares secundarios cuando le conviene y sin relevancia alguna.

Pero más allá de todo esto, lo más llamativo es la cantidad de personajes que poco a poco se van personando en la conspiración. Lo que comienza siendo algo pequeño termina siendo todo un golpe de estado. Una idea ciertamente tentadora que se convierte en lo mejor de la serie. Gracias a que la maraña de intereses y traiciones se desvela de forma progresiva el espectador asiste a numerosos secretos que dan sentido a muchas decisiones que, en su momento, no parecían tener demasiada lógica. Con esto se mantiene cierta atención, no cabe duda, pero no es suficiente. Máxime cuando la forma de solucionar todas y cada una de las traiciones es apretando el gatillo. Vamos, que los integrantes de una operación secreta en la que la discreción es la máxima prioridad no dudan en matarse unos a otros a tiros. Todo para que, como no podía ser de otro modo, se vayan de vacío.

Eso no impide, sin embargo, que la temporada tenga un buen final, con un clímax en el hospital realmente elaborado. El problema de estos primeros 15 episodios (y según parece, los únicos que va a tener) es todo lo que ocurre entre ese piloto interesante y ese clímax que engancha. Rehenes peca de efectismo. De demasiado efectismo. Los más perjudicados son los personajes, que terminan moviéndose por la trama según dicte la situación, sin valores a los que aferrarse ni conciencia que les guíe. El último episodio posee una frase verdaderamente reveladora acerca de cómo el personaje principal ha conseguido mantener sus convicciones a pesar de lo ocurrido. Sí, es cierto, al final logra solventar la situación. Pero es algo forzado por la necesidad de un final feliz. Los personajes en ningún momento toman el control de la situación. Claro que eso es harto imposible, pues ésta se complica tanto que hay que hacer malabarismos para que el castillo de naipes no se derrumbe.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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