‘Supergirl’ se entrega a la comedia dramática adolescente en su 2ª T.


No voy a defender que Supergirl sea una gran serie de superhéroes. Más bien, un entretenimiento inocente con superpoderes y efectos especiales de por medio. Pero la primera temporada presentaba, en cierto modo, varios conceptos interesantes relacionados con el mundo de los cómics y, en concreto, de DC Cómics. Todo eso parece haberse perdido, o al menos atenuado, en los 22 episodios de la segunda parte, que terminaron de emitirse en Estados Unidos en mayo y que, durante su desarrollo, han pasado por todo tipo de cambios para reubicar a la heroína de la capa en un contexto más adolescente, más romántico si se prefiere, con problemáticas que, en el fondo, se alejan en su mayoría de los valores promulgados en la anterior etapa.

Posiblemente todo esto tenga algo que ver (o mucho) con el cambio de cadena, pero sea como fuere la serie creada por Ali Adler (serie The New Normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos autores de Arrow) ha dado un giro conceptual más que notable, tanto por el sentido que han adquirido las aventuras de la última hija de Krypton como por el tratamiento que los personajes, sobre todo los secundarios, han pasado a tener. Y este es el caso más llamativo. A lo largo de la primera temporada se construyeron una serie de relaciones y se presentaron diversas tramas secundarias que parecían estar llamadas a complementar los combates de la prima de Superman. De golpe y porrazo, o mejor dicho a golpe de teclado, sus responsables han eliminado buen parte de ese universo construido, han desaparecido personajes que tuvieron cierto impacto en la historia y se ha dado un nuevo sentido a algunos personajes. El caso más evidente es el de la hermana de la protagonista, interpretado por Chyler Leigh (Brake).

Muchos cambios, en efecto, pero lo relevante es si influyen, y cómo, en el desarrollo de Supergirl. Desde luego, la respuesta más inmediata y genérica es que sí, influyen y mucho. Y como en cualquier producción, la subjetividad juega un papel fundamental. Por un lado, todas estas modificaciones aportan al conjunto mayor dinamismo, incidiendo más en la aventura y en el carácter despreocupado y “blanco” de la serie. Dicho de otro modo, la segunda temporada acentúa el carácter más luminoso de la protagonista y, por ende, de la serie, acercándola a otras producciones como The flash en su primera temporada. Poco importa que el villano de turno sea más o menos poderoso; poco importan las dificultades de la heroína. Al final, todo sale bien, en algunos casos con ayuda (la incorporación de Superman, al que da vida Tyler Hoechlin -serie Teen wolf– es de lo más acertado de la trama) y en otros por su cuenta, lo que resta gravedad a la narración y la presenta como puro entretenimiento.

Pero por otro, convierten a la historia en una producción más de corte adolescente, con problemas amorosos que parecían superados, incluso, en algunos momentos de la primera temporada. Y esto, a priori, no sería algo negativo si no fuera porque el recorrido de estas tramas secundarias, al menos hasta el tercio final de la historia, es prácticamente inexistente, lo que evidencia la falta de fuerza de las mismas. Esto obliga a un tratamiento circular, es decir, a presentar un desarrollo positivo, un conflicto (si no el mismo, muy similar) que ponga en valor aún más la relación romántica, una disculpa (verbal o de acción) y vuelta a empezar. Posiblemente lo mejor de este caso es que, con el final que han tenido estos 22 capítulos, se ha apostado fuerte por hacer avanzar la acción y plantear una tercera temporada con nuevos retos. Al menos a tenor de las últimas imágenes.

Los Luthor, omnipresentes

Dejando a un lado el tratamiento dramático de la historia, la segunda temporada de Supergirl también confirma una idea que parecía entreverse en la primera tanda de episodios, y es el hecho de que sus creadores parecen haber hecho una apuesta clara por convertir este universo en la versión femenina de Superman, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Si en la anterior temporada se hizo a través de varios villanos tradicionalmente asociados al hombre de acero, en estos capítulos la presencia de la familia Luthor no hace sino confirmar ese aire de homenaje al superhéroe más icónico de DC. Y como no podía ser de otro modo, el nombre del archienemigo de Superman está representado por mujeres. No una, sino dos. Es evidente que su presencia en esta temporada, además de apoyar algunas tramas secundarias, tiene por objetivo crear toda una estructura que permita construir una auténtica confrontación héroe-villano capaz de perdurar en el tiempo y que sea ajena, en cierto modo, a las historias de cada temporada.

De este modo, el clan Luthor está llamado a convertirse en el otro pilar fundamental de la serie, una suerte de enemigo con el que jugar al gato y al ratón con el espectador. La labor en este caso de Katie McGrath (Jurassic World) y la química con Melissa Benoist (El viaje más largo) serán fundamentales para poder sostener el delicado equilibrio entre la amistad y la enemistad de ambos personajes, así como para decantar hacia un lado u otro en el momento exacto y con un desarrollo coherente.

Lo que también parece que va a aprovechar la serie es toda la iconografía cultural generada alrededor del héroe de la capa roja, lo que por cierto consolida esa versión femenina de Superman en que parece convertirse esta serie (y que personalmente considero que es un error). La presencia en esta temporada de Teri Hatcher, la Lois Lane de Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman, unida a la ya conocida de Dean Cain (Superman en la misma serie) crean todo un metalenguaje que los más fieles seguidores del personaje y sus diferentes adaptaciones en cine y televisión comprenderán mejor que nadie. El guiño de Kevin Sorbo, protagonista de otra conocida serie como es Hércules: Sus viajes legendarios, apoya además la teoría de que la serie contará con la presencia de actores a los que se asocia con clásicos personajes del cine o la televisión.

No se puede decir que Supergirl haya sido nunca una serie oscura, o al menos dramática, como puede serlo Arrow. Sin embargo, esta segunda temporada ha experimentado un giro hacia el drama adolescente que ha afectado significativamente al desarrollo de la trama. Primero porque han surgido personajes casi de la nada que han arrastrado con ellos una serie de historias secundarias cuyo encaje en el universo ya creado de la trama principal es cuanto menos cuestionable. Segundo porque ha habido secundarios que, o bien se han quitado de en medio de un plumazo, o bien se les ha dado una salida un tanto, digamos, increíble (que el fotógrafo James Olsen se convierta en justiciero es de lo más surrealista que puede existir). El final de la temporada, abierto como es habitual, deja la esperanza de que, una vez sentadas todas las bases del cambio experimentado en estos 22 episodios, la serie recupere cierta normalidad.

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‘Power Rangers’: Go Go Power Rangers


Es evidente que un remake como el que nos ocupa está enfocado casi en exclusiva a aquellos jóvenes que en los años 90 se maravillaban con un grupo de adolescentes enfundados en coloridos trajes que luchaban contra criaturas alienígenas con artes marciales y con robots que, en aquella época, parecían más unos muñecos articulados que otra cosa. Y bajo este prisma debe entenderse la cinta de Dean Israelite (Project Alamanac), cuya labor tras las cámaras se limita, casi en exclusiva, a no empañar el recuerdo de todos esos niños que, ahora adultos, acuden a las salas.

Y en este sentido, Power Rangers es todo un espectáculo a disfrutar. Con las dosis de humor justas repartidas a lo largo del metraje, el tratamiento que el film hace de esta conocida historia incorpora una serie de elementos que dotan al conjunto de un contexto dramático al menos más elaborado que la sencillez de los episodios que comenzaron a emitirse allá por 1993. Más adulta y, en cierto sentido, oscura, la cinta profundiza, aunque solo sea por las necesidades del formato cinematográfico, en la personalidad de cada uno de los héroes, en sus conflictos internos y externos y en el modo en que deben encontrar aquello que les une. Y si a esto se suman los homenajes a la serie original, ya sea con cameos de los actores o con la sintonía en momentos clave de la trama, el resultado es una obra enfocada claramente para los fans.

Ahora bien, ¿y el resto de espectadores? Bueno, ahí radica el problema. El film, a grandes rasgos, es un episodio largo que, como decimos, permite explorar algunos aspectos dramáticos menos elaborados en la serie, pero es un capítulo al fin y al cabo. Su desarrollo dramático es lineal, posiblemente demasiado, plagado de lugares comunes y con algunos personajes, sobre todo los secundarios, definidos con brocha gorda en un intento de tapar las carencias de una historia que solo sabe mirar en una dirección. De ahí que a muchos espectadores no demasiado familiarizados con el mundo de estos guerreros la cinta les pueda resultar algo tediosa, lenta incluso.

Como suele ocurrir con todas las películas, que Power Rangers guste más o menos depende en buena medida del grado de aceptación previo y del grado de afición a la serie original. Puede que su calidad dramática sea cuestionable, que su desarrollo sea previsible y que sus protagonistas no pasen de demostrar que han disfrutado enfundándose en sus llamativos trajes de colores. Pero es que no creo que la cinta pretenda nada más que ofrecer a los fans una revisión de esta historia con nuevos y mejorados efectos, adaptada a los modernos tiempos de la riqueza interracial, y en un intento de mantener el espíritu con el que debutó en la pequeña pantalla. Y eso se consigue con creces.

Nota: 6/10

‘Independence Day: Contraataque’: autodestrucción innecesaria


La llegada de una nueva nave pondrá en jaque a la Humanidad en 'Independence Day: Contraataque'.Cualquier aficionado al cine conoce la expresión “Segundas partes nunca fueron buenas”. Y como toda expresión, es tan cierta como injusta, pues la historia ha demostrado que algunas de las mejores películas son segunda partes. Pero lo nuevo de Roland Emmerich (Godzilla) no es el caso. Es más, la impresión que deja en el espectador, sobre todo en aquel que disfrutó de ese espectáculo que fue Independence Day en 1996, es si realmente era necesaria esta fanfarria destructiva a mayor ego de un director que parece buscar nuevas formas de apocalipsis más que narrar una historia, aunque esta sea mínima.

Y este contraataque alienígena en el Día de la Independencia norteamericana no tiene, precisamente una historia. Al menos no una historia coherente. Si bien es cierto que su comienzo, aunque titubeante, sí sienta las bases de lo que podría ser una trama, el desarrollo posterior a la segunda invasión de los extraterrestres (espectacular y, desde luego, lo mejor de la cinta) es tan plano, previsible y carente de ritmo que puede llegar a provocar cierto estrés. La falta de carisma de los jóvenes actores que, en teoría, deben de coger el testigo de Will Smith (Dos policías rebeldes) se convierte en una carga más de una cinta que arrastra problemas conceptuales, narrativos y de definición acuciantes.

Que la Humanidad haya avanzado cientos de años gracias a la tecnología alienígena no impide, por ejemplo, que los soldados sigan llevando pistolas con balas limitadas; que se haya aprendido del primer ataque no significa que se haya creado un campo de protección que impida la llegada de los extraterrestres (como de hecho sí parece que siguen utilizando las naves invasoras); y que una nave con su propia gravedad (mayor que la terrestre, al parecer) no sea capaz de acabar con el planeta en un abrir y cerrar de ojos son licencias narrativas que el director se toma para tratar de aportar carga dramática al conjunto, pero que debido al tratamiento de personajes y al fallido intento de combinar drama, ironía y acción lo que realmente aportan es un tono irreal a una cinta ya de por sí fantástica.

El principal problema de Independence Day: Contraataque es el que sufren muchas cintas de acción y ciencia ficción de hoy en día: la tecnología ha superado a la imaginación, y eso permite hacer a los directores todo lo que se les ocurra. Absolutamente todo. La falta de limitaciones, por desgracia, intercambia espectacularidad por originalidad, por un lenguaje más elaborado que ofrezca al espectador algo más de lo que ve en pantalla. Si en la primera parte la destrucción se centraba en unos pocos edificios, ahora son ciudades; si en 1996 los aliens apenas se veían, aquí hay uno del tamaño de la Casa Blanca, y a plena luz del día. Y si hace 20 años Roland Emmerich ofreció al mundo una buena película de invasiones extraterrestres con un reparto más que notable, ahora lo que muestra es un compendio de efectos digitales, diálogos absurdos y actores que parecen preguntarse por el sentido de todo esto. Pero la pregunta importante es: ¿era necesaria esta continuación?

Nota: 4/10

‘Calle Cloverfield 10’: un nuevo tipo de cine de monstruos


John Gallagher Jr., Mary Elizabeth Winstead y John Goodman, en 'Calle Cloverfield 10'.Soy de los que piensan que Monstruoso (2008) es un clásico moderno, un thriller de catástrofes con monstruo de por medio que pone en su lugar a esas cintas creadas como si de un vídeo casero se tratara. Por eso, cuando esta especie de continuación salió casi de la nada (ya ocurrió con su predecesora), con un tráiler extraño y sugerente, el visionado era casi obligado. Y vaya por delante que es un film al que es mejor acercarse sin saber nada de él. De hecho, es casi mejor no tener, ni siquiera, la referencia del primer film. Por eso, y como muchas críticas ya han hecho, recomiendo leer lo menos posible de este comentario. Un último apunte: es de los mejores films de suspense que pueden verse ahora mismo en pantalla.

Porque sí, Calle Cloverfield 10 no es una cinta de monstruos al uso. Es más, salvo su clímax final, algo exagerado, no llega verse a ninguna criatura durante los 103 minutos. Pero eso no quiere decir que no haya monstruos en pantalla. La película, hábilmente dirigida por el debutante Dan Trachtenberg (con evidentes consejos del maestro J.J. Abrams), juega en todo momento al despiste con el espectador, que se ve obligado a elegir entre la realidad que cuenta el personaje de un impresionante John Goodman (Golpe de efecto) o lo que ven nuestros ojos. La tensión que genera esta lucha de intereses desarrolla un crescendo narrativo a través de puntos de giro tan sencillos y aparentemente simples como efectivos.

Lo que inicialmente se presenta como una historia de un psicópata secuestrando a una joven pronto se convierte en una historia de supervivencia ante una amenaza exterior real. Pero un nuevo giro devuelve las sospechas al interior de ese búnker al que el director y los actores, todos magníficos, sacan el máximo provecho. Estos constantes juegos de despiste obligan a la historia a mantener un equilibrio entre lo real y lo inventado, entre la cordura y la locura, que atrapa al espectador y le convierte en una víctima más de ese hombre aparentemente normal al que da vida Goodman. Una víctima que sufre junto a Mary Elizabeth Winstead (Aquí y ahora), que sospecha de John Gallagher Jr. (Margaret) y que, finalmente, ansía escapar de esa cárcel sea como sea.

Desde luego, lo mejor que ofrece Calle Cloverfield 10, dejando a un lado una puesta en escena sobria y brillante, y un diseño de producción tan sencillo como inquietante, es que plantea una alternativa que nunca llega a existir. Los monstruos, en realidad, están dentro y fuera del búnker. Las historias entre las que el espectador tiende a escoger irremediablemente no son excluyentes, al contrario, se complementan de forma espléndida. La secuela, por tanto, se revela más como una especie de spin off que como continuación al uso. Y salvo ese final que no parece encajar demasiado con el tono general del film, es una historia espléndida en su minimalismo e inquietante en su desarrollo.

Nota: 7,5/10

‘Defiance’ termina con una tercera temporada idónea


Los nuevos enemigos provocan cambios en la tercera temporada de 'Defiance'.No es que sea la mejor serie de ciencia ficción que se haya hecho. Es más, sus primeros pasos fueron, de hecho, bastante mediocres. Pero Defiance ha sabido reponerse de sus difíciles inicios y ha terminado convirtiéndose, en su tercera temporada, en una producción amena, fascinante en su imaginería particular y consciente de sus propias limitaciones. Esto se traduce en que estos últimos 13 episodios son, con diferencia, los mejores de toda la serie.

El mundo creado por Kevin Murphy (serie Mujeres desesperadas), Rockne S. O’Bannon (serie Farscape) y Michael Taylor (serie La zona muerta) ha logrado encontrar en su última temporada el equilibrio que brillaba por su ausencia en las anteriores etapas. Y curiosamente lo ha conseguido introduciendo una serie de factores externos que han logrado unir las diferentes tramas secundarias de un modo difícil de imaginar. La presencia de enemigos comunes, de amenazas constantes y de traiciones imperdonables es lo que ha permitido a los protagonistas evolucionar, desarrollarse dramáticamente hablando, encontrando escenarios nuevos que han nutrido la trama.

Baste señalar, por ejemplo, el cariz que han adquirido los personajes de Tony Curran (In the dark half) y Jaime Murray (serie Dexter), pareja cuyo potencial se perdió al final de la primera temporada y que se ha recuperado con creces en estos nuevos episodios. De hecho, y cada uno a su modo, son los verdaderos catalizadores de toda la acción que tiene Defiance, otorgándoles el lugar que por derecho les corresponde dentro de una trama en la que los personajes son excesivamente monocromáticos. El carácter sibilino de ambos, capaces de vender su alma a cualquier postor con tal de sobrevivir, permite al espectador acceder a su verdadera naturaleza en un grado no contemplado hasta ahora.

Pero no son los únicos que cambian. En líneas generales, la presencia de amenazas que van más allá de la propia ciudad que da nombre a la serie provoca un cambio profundo en todos los roles, incluso en los más secundarios. Es evidente que el carácter de “buenos y malos” sigue presente en todos ellos, pero sus decisiones, en muchos casos, les llevan a cometer actos que no se ajustan a dicha definición, lo que a la larga provoca giros dramáticos que redefinen las relaciones planteadas hasta ahora. Dicho de otro modo, la tercera temporada explora aspectos de la personalidad que hasta ahora habían sido ignorados. Mejor tarde que nunca.

Entretenimiento puro

'Defiance' termina con una tercera temporada superior a las anteriores.Todo esto, sin embargo, no convierte a Defiance en una gran serie. Ni siquiera hace pensar que la tercera y última temporada sea magnífica. Simple y llanamente, es la mejor de todas, lo que eleva significativamente el tono de la producción pero, en ningún caso, logra alejarla del mero entretenimiento de ciencia ficción. Y debe quedar claro que eso no es necesariamente malo, al contrario.

Esta space opera no pretende, en ningún momento, ser más de lo que es. La conciencia de sus propias limitaciones es lo que la convierte en el divertimento que es. Pero no hay que olvidar en ningún momento, precisamente, dichas limitaciones. Curiosamente, estas no son los problemas que venía arrastrando de la segunda temporada, sino que se traducen más bien en conflictos internos de los personajes, tan arquetípicos que no son capaces de asumir los cambios con la naturalidad que debería presuponerse.

Algunas de las decisiones que toman, sumamente polémicas e indudablemente cargadas de confrontación moral, no parecen tener repercusión en las relaciones humanas que se plantean, e incluso no arrojan consecuencias a su entorno. Lo cierto es que se limita a actitudes y decisiones secundarias cuyo impacto en el grueso de la serie es insignificante, pero no dejan de ser decisiones que podrían, perfectamente, provocar un cambio de rumbo en algunas líneas dramáticas. Esta forma de forzar a los personajes, algo que no existía antes (entre otras cosas, porque eran excesivamente tópicos) provoca una cierta disconformidad en el devenir de la serie, y es lo que termina por limitar sus propias posibilidades.

Pero Defiance es lo que es, y dentro de ese marco su tercera temporada se ha convertido en algo superior. Por supuesto, sigue manteniendo unas limitaciones notables, pero la incorporación de factores externos y de amenazas comunes ha permitido a la trama desarrollarse de forma casi autónoma. ‘Casi’ es la palabra clave. El entretenimiento que desprende se ve limitado por algunas decisiones dramáticas que impiden a los personajes ir un paso más allá. En cualquier caso, y dado que esta última entrega de episodios ha sido la mejor, se puede decir que la serie termina por todo lo alto.

‘Pixels’: la nostalgia de una época irrecuperable


Pac-Man es uno de los alienígenas de 'Pixels', dirigida por Chris Columbus.Hay una frase en la nueva película de Adam Sandler (Niños grandes) que podría aplicarse perfectamente al cine: los videojuegos antes eran previsibles, existían unos patrones que podían estudiarse; ahora las dinámicas son mucho más aleatorias. Y si hay algo que define al cine de este cómico es precisamente su previsibilidad. Esta nueva aventura con alienígenas pixelados en una especie de partida de videojuegos real confirma no solo la nostalgia que muchos sufrirán por un mundo ya extinto, sino el estancamiento de Sandler en el pasado, ya sea cinematográfico o cultural. Y eso en principio, mientras le reporte beneficios, no tiene nada de malo.

El problema es que Pixels tampoco tiene demasiado de positivo. El guión, plagado de lugares comunes y diálogos simples y con tendencia al absurdo, no logra en ningún momento revelarse como un verdadero homenaje a Pac-Man, Donkey Kong o Asteroids. Sí, existe una sensación generalizada de estar ante un producto que añora una época, una determinada forma de entretenimiento que iba más allá de la mera partida a un arcade. Pero nada más. La falta de conflictos reales, el humor encajado a la fuerza en muchos momentos y unos actores que parecen pasar por allí más que asumir la importancia de su papel (sólo Peter Dinklage parece conocer su verdadero sitio) impiden toda conexión emocional que supere el mero recuerdo de la infancia.

Con todo, es justo reconocerle al film un notable acierto, y es el alejamiento del humor más soez de su protagonista, rodeado para la ocasión por algunos de sus amigos de juergas cinematográficas. Las constantes referencias a los videojuegos y el más que vetado tema del sexo convierten a la trama en un producto apto para todos los públicos, lo que sumado a algunas secuencias de acción bien rodadas hacen que el film se desarrolle de manera regular, entreteniendo lo necesario e impidiendo que el espectador se aburra, al menos no mucho. Desde luego, la labor de Chris Columbus, director de las primeras entregas de Harry Potter, se nota en varios momentos, desde la partida de Pac-Man hasta la invasión final en la que se dan cita todo tipo de arcades.

El resumen podría ser que Pixels entretiene en la misma medida en que se olvida. Distrae durante sus casi dos horas de metraje, y los espectadores adultos podrán encontrar algunas referencias realmente divertidas, como pueden ser las piezas del Tetris “comiéndose” un edificio cada vez que hacen una línea. Pero nada más. La magia que pudiera tener Sandler en sus inicios parece haberse perdido definitivamente, y ni siquiera un regreso a los orígenes de los videojuegos parece devolverle ese estatus. Al final, no ofende, que ya es mucho, pero tampoco apasiona. Y la indiferencia que genera es lo peor que le puede pasar a un film.

Nota: 5/10

‘Defiance’ sustituye unos problemas por otros en su 2ª temporada


Grant Bowler y Stephanie Leonidas vuelven a 'Defiance' en la segunda temporada.Algo realmente malo tenía que ocurrir para que la serie Defiance no mejorara en su segunda temporada todo aquello que debilitó la primera etapa. Parece que sus creadores, Kevin Murphy (serie Caprica) y Rockne S. O’Bannon (serie Revolution) son conscientes de ello a tenor de lo que se puede ver en estos nuevos 13 capítulos. El problema es que en ese intento de reconducir los problemas de desarrollo que planteaba su primera temporada se han creado otros que, de un modo u otro, dejan en el conjunto la misma sensación de impotencia, de querer ser algo que no puede llegar a ser. Aunque lo verdaderamente preocupante es que estas nuevas irregularidades se deben a elementos de fondo, a diferencia de lo que ocurría en la anterior entrega.

Era lógico que todo aquello que resultaba confuso durante los primeros episodios de la serie sería subsanado conforme el espectador y la trama se acomodaran a las necesidades naturales de esta space opera. Sus personajes, las relaciones entre ellos, las características de las razas, … todo ello adquiere en esta temporada un aspecto renovado gracias al conocimiento previo. Como consecuencia, la necesidad de plantear casos autoconclusivos desaparece, lo que sus creadores aprovechan para abordar tramas más complejas, más profundas y, sobre todo, más desarrolladas. Ahí está, por ejemplo, la trama principal centrada en esa especie de inteligencia artificial empeñada en destruir el planeta para reconstruirlo a su antojo. Murphy y O’Bannon manejan con soltura e inteligencia la difusión de información, creando un suspense que aumenta con el paso de los episodios y, lo más importante, concluye con un clímax de pura ciencia ficción.

La otra gran trama, la que se centra en la familia encabezada por Tony Curran (El buen alemán) y Jaime Murray (serie Dexter), es si cabe mucho más interesante. Lo cierto es que en la primera temporada de Defiance estos personajes, maniatados por sus férreas tradiciones en un mundo donde la diversidad y la tolerancia son las principales señas de identidad, ya apuntaban a un amplio desarrollo, cumpliendo las expectativas a medida que se suceden los episodios de esta continuación. Personalmente, los componentes que nutren esta línea argumental son los que dotan a la ficción de verdadero interés gracias a las traiciones, las intrigas y los recelos que definen a cada uno de los roles. Eso por no hablar del hecho de que son los caracteres con mayor recorrido de la serie, muy por encima de los protagonistas interpretados por Grant Bowler (Asesinos de élite) y Stephanie Leonidas (La fiesta del chivo).

Pero la poca necesidad de mostrar el mundo de la serie y las relaciones entre razas que sustentan su trasfondo dramático no solo ha permitido una profundización en el drama y en la intriga, sino que ha fomentado la aparición de nuevos personajes. Independientemente de su relevancia en el conjunto, es importante señalar cómo su incorporación abre el abanico de posibilidades en lo que a desarrollo de la fantasía se refiere. Su llegada propicia la presencia de nuevas costumbres, nuevos hábitos y nuevos secretos, lo que a la larga amplía la visión que puede tener el espectador sobre el complejo entramado de la ficción. Todo ello permite, además, la introducción de nuevas líneas argumentales que, presumiblemente, tendrán una mayor trascendencia en la ya confirmada tercera temporada.

Debilidades inherentes

Aunque como decía al comienzo, Defiance sigue teniendo problemas. Incompatibilidades dramáticas si se prefiere, aunque sería más exacto denominarlas como debilidades en el desarrollo de los aspectos secundarios de esta segunda temporada. Y curiosamente, la mayoría de ellos vienen determinados por la aparición de los nuevos secundarios. Me explico. Su presencia, aunque insufla aire fresco a la serie (incluso permite al departamento de efectos digitales especular con una Nueva York rediseñada como si de una operación con láser se tratara), nunca adquiere el grado de relevante. Muchos de estos roles, aunque interesantes, no encuentran un buen desarrollo dramático, limitándose a interpretar un papel que les viene dado casi desde antes de su aparición. El jefazo insufrible con un pasado que esconder y motivaciones oscuras; la agente dispuesta a cumplir con su obligación pero de buen corazón; la prostituta capaz de todo por lograr su meta. Todos ellos, no cabe duda, aportan cierto dinamismo, pero en ningún caso logran traspasar la frontera de los meros secundarios arquetípicos. Mucho menos si tenemos en cuenta las influencias nazis de los que se suponen villanos.

Del mismo modo, estos nuevos personajes que reclaman su espacio en la trama obligan a los responsables a restar importancia a otros secundarios que en la primera temporada sí tuvieron una más que evidente relevancia en la trama. El resultado es evidente. Sus arcos argumentales pierden fuerza, los roles se quedan en un plano muy secundario, limitando su participación a meros puntos de inflexión de algunos aspectos de la trama principal, y el desarrollo del conjunto se vuelve algo confuso al no encontrar los mismos referentes de los primeros episodios. Quizá la mejor prueba de ello es que el personaje interpretado por Graham Greene (Cuento de invierno) ha sido incorporado a la trama familiar de Curran y Murray, lo que a su vez ha permitido que se genere un gancho de final de temporada. Empero, la independencia de la que gozaba aquel ha desaparecido, lo cual por cierto elimina, al menos de momento, una línea argumental que podía aportar bastantes cosas a la serie.

Lo más peligroso de estas debilidades es que son inherentes a la propia producción. Ya sea por la complejidad de su planteamiento (muchas razas, mucho trasfondo social y muchos efectos) o por la simplicidad de muchos personajes, la serie parece abocada a no superar sus problemas narrativos. Sí, sus tramas son atractivas. Y sí, la idea de base ofrece innumerables alternativas narrativas y de desarrollo dramático. Pero al final, este tipo de series se basan fundamentalmente en sus personajes, y salvo los principales el resto se antojan demasiado arquetípicos, tanto en sus objetivos como en sus diálogos, lo que termina por restar peso específico a lo expuesto episodio tras episodio. Dicho de otro modo, se conocen las debilidades y fortalezas de cada rol desde el principio, lo cual no debería ser necesariamente malo, pero sí nocivo para las expectativas del conjunto.

Al final, la segunda temporada de Defiance deja un sabor agridulce. Es mucho más entretenida que otras producciones para la pequeña pantalla, y desde luego es algo distinto y fresco. Gracias a unas tramas algo más elaboradas y a la madurez que adquieren algunos personajes la serie supera algunos problemas iniciales, pero no es capaz de mantenerse. La necesidad de complicar la estructura dramática lleva a sus responsables a caer, de nuevo, en algunos problemas de difícil solución. Sin ir más lejos, uno de ellos se resuelve al final de esta temporada de la forma más radical posible. Pero es evidente que eso no puede funcionar siempre, tanto por la credibilidad como por la propia salud de la ciencia ficción. Parece que el interés generado permite extenderla, al menos, una temporada más, pero a menos que empiece a tomarse algo más en serio a sí misma puede que las debilidades terminen imponiéndose a las fortalezas.

‘Falling Skies’ dirige su futuro hacia la ciencia ficción en su 4ª T


Noah Wyle debe afrontar los poderes de su hija en la cuarta temporada de 'Falling Skies'.Renunciar a la esencia de una producción siempre es un proceso delicado y complejo. Si se hace bien puede abrir vías narrativas insospechadas, pero si se hace mal es muy probable que se pierda el interés del público. Falling Skies se halla, en su cuarta temporada, en un punto intermedio, en una encrucijada que inevitablemente llevará a la serie hacia un panorama nuevo. La cuestión es si dicho giro será a mejor o a peor. Estos nuevos 12 episodios de la ficción creada por Robert Rodat (Salvar al soldado Ryan) mantienen el espíritu de temporadas anteriores, es cierto, pero su evolución en el tercio final de la etapa deja una impresión muy distinta.

Aquellos que sigan la serie con asiduidad tal vez se sorprendan un poco con esta afirmación. Desde luego, decir que una guerra contra alienígenas desarrollada ahora en el espacio tergiversa el sentido original de una producción de ciencia ficción es cuanto menos contradictorio. Sin embargo, si algo ha caracterizado siempre a esta obra apadrinada por Steven Spielberg (Parque Jurásico) es su marcado carácter histórico. En efecto, y como ya señalamos en Toma Dos con motivo de la tercera temporada, los principales acontecimientos bélicos de la Historia nutren en mayor o menor medida el grueso del arco dramático. La verdad es que no es de extrañar teniendo en cuenta los dos nombres propios que acabo de señalar. Y lo cierto es que esta nueva temporada comienza de forma idéntica, utilizando en esta ocasión los guetos y los campos de concentración como motivo argumental.

Durante sus primeros episodios, la nueva temporada de Falling Skies reinterpreta lo que podría considerarse una resistencia dentro de dichos guetos, con un Noah Wyle (serie Urgencias) convertido en un líder de los presos después de que su grupo haya sido dividido. Esto, unido a la presencia de campos de adoctrinamiento para los más jóvenes humanos, dota a la serie de un aire histórico notable a la vez que interesante, sobre todo si tenemos en cuenta que el tercer pilar del planteamiento es la experimentación con humanos (evidentemente, para convertirlos en una abominación medio alienígena). Bajo este paraguas la producción se permite el lujo de introducir nuevas criaturas y máquinas sin necesidad directa de presentación formal, lo que genera una cierta confusión pero nutre la visión global del conflicto narrado de forma inigualable.

Por supuesto, los dramas familiares no faltan en esta etapa. La contundencia con la que comienza el primer episodio, que apenas deja tiempo para situar a los personajes, ofrece un marco incomparable para explorar nuevas vías dramáticas, como un triángulo amoroso con hermanos de por medio o los bandos enfrentados por la presencia de la hija híbrida del protagonista (medio humana, medio alienígena), presentada en la temporada anterior y que ahora adquiere especial relevancia. Como suele ser habitual, buena parte del desarrollo dramático de la temporada se apoya en las relaciones humanas de la familia protagonista, que ahora adquieren una especial relevancia al tener que enfrentarse a una traición interna que mina la confianza mutua que siempre había existido. En este sentido, los personajes continúan la evolución que ya comenzaron en la etapa anterior, destacando aun más la ausencia de una línea que separe lo que está bien de lo que está mal.

Viaje a la Luna

Todo ello hace que la cuarta temporada de Falling Skies tenga un arranque prometedor, entre otras cosas porque la dinámica de sus primeros episodios, en los que predomina la acción por encima de cualquier otro elemento, no dejan tiempo para la reflexión, obligando al espectador a seguir la historia casi sin tener en cuenta lo ocurrido con anterioridad y sin tiempo para asumir la posición de cada uno de los personajes. Pero como decía al inicio, su posterior evolución no sigue los parámetros planteados inicialmente. A medida que la trama adquiere una mayor complejidad las decisiones de los personajes se tornan más extremas, hasta el punto de olvidar sus influencias históricas para entregarse a un desarrollo puramente fantástico.

Posiblemente sea porque la serie empieza a repetirse; tal vez tenga que ver el hecho de que es necesario introducir nuevos personajes en la partida. El caso es que la obra creada por Rodat encuentra en estos nuevos capítulos una desviación notable de sus bases argumentales. Que el protagonista termine involucrado en una guerra en el espacio con motivo de un viaje a la Luna es un claro indicador de que algo en la ficción ha cambiado. Uno de los aspectos más positivos que posee la serie es su humanidad, su capacidad para mostrar la lucha de los humanos contra los alienígenas en clara desventaja de los primeros. Ahora, y tras el giro de timón realizado en su último episodio, la balanza se equilibra, con lo que se abre un nuevo panorama que tendrá que convencer de la misma forma en que lo hizo el anterior.

En todo este proceso de cambio destaca el papel de Scarlett Byrne (Harry Potter y el misterio del príncipe). Su personaje medio alienígena es al mismo tiempo detonante y freno en la evolución de la serie. Detonante porque gracias a sus poderes es capaz de situar la guerra en otro nivel; freno porque sus dudas sobre su verdadera identidad ralentizan significativamente el desarrollo del arco argumental, obligando a la trama a dedicar esfuerzos para mostrar los errores de sus decisiones. Su destino en el episodio final, aunque aparentemente claro, deja abierta la puerta a varias alternativas, lo que también da una idea del cambio de sentido de la ficción, hasta ahora relativamente seria en este sentido. Del mismo modo, recuperar el recurso del engaño psicológico al personaje de Wyle que ya se utilizó en etapas anteriores evidencia una cierta fatiga creativa.

Falling Skies tiene ante sí un reto interesante e importante. Su cuarta temporada ha sabido mantener el nivel formal y dramático en líneas generales, pero también ha dejado en evidencia una serie de puntos débiles generados por la necesidad de hacer avanzar la serie hacia otro nivel. La imagen final, que aquí no desvelaré, es un interesante gancho argumental que genera las expectativas necesarias para dar una oportunidad a los cambios que se avecinan. El futuro es incierto, como el de la Humanidad que lucha contra la raza alienígena invasora. Solo queda esperar que los nuevos episodios retomen, aunque sea de forma testimonial, la idea de que incluso en las situaciones más inversosímiles podemos aprender de nuestra Historia.

‘Transformers’, el éxito de la colaboración entre humanos y robots


Optimus Prime es la gran estrella de 'Transformers', dirigida por Michael Bay.Hace unos días saltaba la noticia de que Transformers: La era de la extinción se ha convertido en la primera película del 2014 en superar los 1.000 millones de dólares de recaudación a nivel mundial. Y dado que el próximo 8 de agosto llega a los cines españoles, es un buen momento para repasar Transformers (2007), la película que dio origen a una de las sagas cinematográficas más rentables de los últimos tiempos, lo cual no significa que sea de las mejores. De hecho, esta nueva entrega, la cuarta en total, puede entenderse como un reinicio en muchos sentidos, lo cual da una idea del desgaste físico, artístico y creativo que han sufrido las aventuras de estos robots gigantes capaces de transformarse en todo tipo de aparatos eléctricos, principalmente vehículos.

A simple vista puede parecer que en líneas generales todas las películas, que por cierto cuentan con Michael Bay (La Roca) como director, son iguales, entregadas por completo a la acción y la destrucción desmedidas. Sin embargo, el original de hace siete años posee una serie de características que la convierten, con diferencia, en la mejor de todas. Y la primera de ellas es el guión escrito por Roberto Orci y Alex Kurtzman, guionistas de la serie Fringe y Star Trek (2009). Su libreto es un ejemplo perfecto de equilibrio entre trama, acción y humor, o lo que es lo mismo, los guionistas tratan de contar una historia entre las explosiones, la adrenalina y los cuerpos esculturales que suelen caracterizar las obras de Bay. Una historia que recoge el origen de la serie animada basada en estos juguetes de Hasbro y que aporta un trasfondo moral y humano a las máquinas protagonistas, acercando su naturaleza a algo comprensible para el espectador que desconozca estos juguetes de los años 80 del siglo XX.

Con una estructura dramática ajustada en su desarrollo, Orci y Kurtzman aprovechan dos tramas principales (militares y civiles) para sustentar la pesada carga de narrar una lucha intergaláctica entre dos grupos de robots gigantes. El hecho de introducir ambas líneas argumentales permite enriquecer el conjunto, en primer lugar, con los problemas corrientes del ser humano, representados por un Shia LaBeouf (Pacto de silencio) en estado de gracia; y en segundo lugar, con la relación entre humanos y robots, ésta basada tanto en la relación del protagonista con su coche como en la colaboración militar en la batalla final. Todo ello genera la sensación de estar ante una película en la que los humanos no son meros espectadores, sino que tienen una participación activa en el devenir de los acontecimientos, lo que al final no hace sino redundar en el resultado positivo del film.

Evidentemente, en este resultado también influye, y mucho, la labor de los actores, todos ellos magníficos en unos roles que nunca llegan a tomarse demasiado en serio a sí mismos y que, en consecuencia, aportan cierta comicidad al conjunto y restan gravedad o un exceso de seriedad a los acontecimientos que narra Transformers. Desde el propio LaBeouf hasta un histriónico John Turturro (Aprendiz de gigoló), todos los actores encuentran un cierto equilibrio en la dinámica de sus personajes, convirtiéndolos en iconos de personalidad que si bien no tienen demasiada gravedad dramática, sí son lo suficientemente completos como para encajar entre ellos y con los robots creados digitalmente. Puede que la única que desentone sea Megan Fox (Nueva York para principiantes), cuya labor no termina de resultar creíble en algunos momentos. Y esto no es únicamente un problema de la actriz.

Novedad digital

Aunque sin duda lo más relevante del film son sus efectos digitales. Unos meses antes de su estreno existía bastante expectación por comprobar si realmente podía resultar creíble que unos robots gigantes se transformaran en coches de tamaño corriente, tal y como se veía en la serie de televisión y en los juguetes con los que muchos de los espectadores, servidor entre ellos, habían crecido. El resultado salta a la vista. El realismo de dichas transformaciones, sobre todo el momento épico en el que Optimus Prime deja de ser un camión para convertirse en robot, es simplemente brillante. Aquí habría que hacer un pequeño paréntesis para hablar sobre la labor de Michael Bay en todo esto. El director de Dolor y dinero podrá ser muchas cosas. Es cierto que no destaca precisamente por historias de personajes, e incluso podría decirse que su cine es tan visual que elimina por completo el resto de componentes de una historia audiovisual. Pero incluso en esto hay que ser bueno, y Bay es el mejor.

Su forma de plantear la historia de Transformers en lo que a planificación se refiere es notablemente espectacular. Su uso de la cámara lenta en determinados momentos de la trama, principalmente en su batalla final, no solo permite una exhibición mayor de la calidad visual de los efectos, sino que aportan un mayor dramatismo y espectacularidad a los acontecimientos, que no por ello pierden un ápice de interés. Al fin y al cabo, y como decía al comienzo, esta primera entrega basa su éxito en que todos los elementos se supeditan a la historia. Una historia de acción, aventura y poca reflexión, es cierto, pero historia al fin y al cabo. Por poner un ejemplo, las dos continuaciones directas que tuvo esta película perdieron parte de esa esencia en favor de más efectos, más robots y combates más espectaculares.

No se trata, por tanto, de entrar a valorar si Bay es mejor o peor director que cualquier otro. Eso dependerá de quién sea el espejo en el que se mire. Pero lo que es innegable es su calidad como director de cine de acción, creando incluso una marca propia que patentó junto al productor Jerry Bruckheimer en varias de sus películas. Las persecuciones de coches, el uso de una notable banda sonora compuesta por Steve Jablonsky (serie Mujeres desesperadas) o ese maquillaje único que convierte a los actores en “personajes Bay” son algunas de sus señas de identidad. Y todos ellos, a pesar de repetirse película tras película, funcionan de tal modo que son capaces de convertir el guión más inverosímil en una épica aventura que incrusta al espectador en sus asientos.

Por desgracia, la evolución de la saga ha demostrado que tanto director como actores y equipo técnico no han tenido la energía necesaria para mantener el nivel, produciéndose una progresiva decadencia en las tramas y un aumento del número de efectos, sin que ello conlleve una mejora directamente proporcional. Puede que sea porque esta primera Transformers ofrecía novedad, pero eso no es motivo suficiente para que las demás películas pierdan calidad narrativa. De ahí la necesidad de “reiniciar” la saga con nuevos actores y personajes. En cualquier caso, la película de 2007 se revela como una épica aventura en la que todos los elementos son imprescindibles, y cuya trama es tan sencilla como directa. Su factura técnica es impecable, es cierto, pero incluso en este aspecto está al servicio de una historia cuyo trasfondo va más allá de un simple espectáculo.

‘Falling Skies’ recurre a la Historia para madurar en su 3ª temporada


Nuevos alienígenas participan en la tercera temporada de 'Falling Skies', de nuevo con Noah Wyle.Lo que está ocurriendo con Falling Skies, la serie de ciencia ficción creada por Robert Rodat (Tall Tale) y apadrinada por Steven Spielberg (Lincoln), es muy extraño en el actual panorama televisivo. Y no debería serlo, la verdad. Estamos tan acostumbrados a que una serie debe romper moldes en su primera temporada para poder seguir desarrollándola que se convierte en excepcional cualquier ficción que va de menos a más. Por esta nueva política se están perdiendo productos como Terra Nova, también con Spielberg en el equipo de producción. Pero volviendo a esta historia sobre una invasión alienígena y la guerra por el planeta Tierra, a principios de mes terminaba la tercera temporada, y el resultado demostraba que esta trama, más allá de lugares comunes en las historias del director de Encuentros en la Tercera Fase (1977), se está volviendo más adulta y detallista.

Curiosamente, estos 10 nuevos episodios no comienzan inmediatamente después de lo ocurrido al final de la anterior etapa, sino unos meses después, periodo durante el cual se han producido muchos e importantes cambios, uno de los más relevantes la presencia de nuevos alienígenas que luchan contra los invasores junto a los humanos, y que son una especie de libertadores de mundos en un conflicto que les ha llevado de planeta en planeta a través de los siglos. Con todo, y a pesar de la buena factura técnica que posee el conjunto de la serie, el peso no recae en el aspecto formal o en la incorporación de nuevas e imaginativas razas extraterrestres, sino en la lectura histórica que se puede hacer, y en muchas ocasiones es más que evidente, del conflicto armado que se desarrolla.

Tal vez sea necesario recordar que el episodio piloto comenzaba narrando la invasión como si de un relato histórico se tratara para, a continuación, mostrarnos la forma de vida durante la guerra. Esta nueva temporada recoge dicha idea para desarrollar la historia en muchas y diversas líneas de trabajo que no suelen verse en este tipo de tramas. No me refiero solo a la incorporación de espías en las filas de los humanos (algo común, por otro lado), sino a las estrategias dramáticas que se ponen en juego durante una lucha que muchas veces no se libra con disparos o máquinas, sino con astucia e inteligencia. Me refiero al episodio 8, en el que buena parte de la intriga no tiene nada que ver con la guerra, sino con sofisticadas técnicas de tortura, en el que es uno de los mejores de la temporada, y me atrevería a decir que de la serie.

Aunque sin duda el mejor ejemplo de dicha conexión con la Historia de nuestro planeta se halla en el episodio final, titulado convenientemente ‘Brasil’. Como es evidente, y sobre esto hablaremos a continuación, la presencia de nuevas y desconocidas razas alienígenas genera desconfianza en el bando humano, una de las más tradicionales y antiguas vías dramáticas correctamente explotadas en la serie. No es hasta el final cuando el espectador descubre el siguiente paso en la guerra, que no es otro que utilizar un país como si de un campo de concentración se tratara, retrotrayendo la memoria hasta esos oscuros años de conflicto mundial en los que, por decirlo de algún modo, los mayores peleaban mientras los indefensos quedaban recluidos en guetos o campos.

La sospecha entre filas

Desde luego, Falling Skies ha sabido adaptar diversos relatos históricos a su propia trama, introduciendo ideas que pocas veces se han visto en un relato de ciencia ficción como este. Por ejemplo, la presencia de nuevas criaturas equilibra la balanza al proveer a los humanos de mejores y más potentes armas, pero el precio a pagar es alto, como ya hemos comentado. Por no mencionar la extraña presencia de un bebé mitad humano mitad alienígena que necesita desarrollo y explicaciones en la ya confirmada cuarta temporada. Pero si hay algo que destaca por encima de todo, y que ha quedado muy patente en la trama de esta entrega, es la constante presencia de la sospecha.

El espectador está tan acostumbrado a que los personajes representen un único rol dentro de la trama que algo como lo visto en esta serie rompe un poco los esquemas. Y me explico. Normalmente es un personaje (en nuestro caso sería John Pope, interpretado por Colin Cunningham) el que lleva la voz cantante si se trata de desconfianza y conspiraciones. Es él el que pone un poco de sentido común en un entorno excesivamente bondadoso y bueno, y suele ser el “apestado” del grupo. Empero, la serie ha dado un giro natural provocado por todo lo ocurrido anteriormente en el que todos los personajes, o al menos la mayoría, presentan una escala de grises morales que les llevan a sopesar todos los pros y los contras de cualquier decisión que se toma.

No se trata, por tanto, de ingenuos y malpensados, sino de individuos aleccionados de sus propios errores y poco dados a la confianza sin más. No son pocas las ocasiones en que se abordan las intenciones ocultas de los extraterrestres o las estrategias de despiste por las sospechas de que hay más de un infiltrado. Dicho de otro modo, lo que presenta la serie es un estado de guerra en el que cualquier cosa se trata con el máximo rigor, y eso es algo que la serie termina agradeciendo, pues le aporta más veracidad y naturalidad. Por no hablar de que los protagonistas, sobre todo el personaje de Noah Wyle (serie Urgencias), ya no son aquellos idealistas de la primera temporada que defendían la vida y la moral, sino supervivientes que muchas veces se guían por el miedo y el odio.

Tal vez la mayor baza a su favor que tiene esta tercera temporada de Falling Skies ha sido, precisamente, que se la haya dejado existir. La evolución que ha tenido la serie, sobre todo en su segunda temporada, la ha convertido en un producto entretenido e interesante que sigue buceando en la Historia del hombre para encontrar referentes con los que nutrirse. Pero también ha permitido que los personajes, que nacieron como un cuadro de buenos y malos, empiecen a desarrollar matices distintos, nuevos y mucho más interesantes. Sigue creciendo, es cierto. Pero es un crecimiento sano y muy recomendable.

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