‘The Terror: Infamy’, campos de concentración como excusa para una de fantasmas


Cualquier serie de antología tiene como principio que sus historias sean independientes, incluso aunque tengan algún nexo de unión o transcurran en un mismo universo. Pero lo que han hecho David Kajganich (Cegados por el sol), Max Borenstein (Kong: La isla Calavera) y Alexander Woo (serie True blood) con la serie The Terror ha sido llevar ese concepto de independencia más allá, creando una segunda temporada, subtitulada Infamy, que no solo no tiene que ver con la historia de la primera entrega, sino que conceptualmente es también muy diferente.

Para aclararnos, estos 10 episodios toman como punto de partida los campos de concentración de japoneses en la costa oeste de Estados Unidos durante la II Guerra Mundial, para, a continuación, construir una trama de fantasmas, venganza y odio que, en realidad, nada tiene que ver con la premisa inicial. A diferencia de la primera temporada, en la que sí se tomó el suceso histórico de la desaparición de toda una tripulación, aquí el trasfondo histórico se queda, pues eso, en trasfondo, siendo simplemente una excusa para abordar una clásica historia de fantasmas de corte asiático. Eso sí, desde un punto de vista muy interesante, ofreciendo al espectador una nueva perspectiva de estos espíritus vengativos. Pero sobre esto volveremos más adelante. La pregunta que cabe hacerse entonces es: ¿por qué entonces utilizar este acontecimiento histórico?

La respuesta podría estar, precisamente, en el carácter de denuncia y de redención que tiene esta segunda temporada. En realidad, es el leit motiv del protagonista, quien busca en todo momento una forma de encajar en un mundo cambiante. Si bien es cierto que cualquier contexto habría sido válido para desarrollar toda la historia de la familia perseguida y acosada por un fantasma, el hecho de que se haga a través de esos campos de concentración viene a ser la forma que tiene el séptimo arte de pedir perdón por unos hechos de los que, como queda bastante claro durante toda esta etapa, se avergüenza, al menos, parte de la sociedad estadounidense. El hecho de que el actor de uno de los personajes más relevantes viviese de niño en estos campos no hace sino reforzar esa idea.

De este modo, esta nueva historia de The Terror tiene dos partes claramente diferenciadas pero vinculadas. Por un lado, la historia de terror como tal, un clásico relato de fantasmas que aterrorizan al protagonista y a toda su familia y que les sigue allá donde va, en la línea más tradicional del género. Por otro, está ese reflejo de la vida en los campos instalados en la costa estadounidense. Su funcionamiento, el modo en que los prisioneros desarrollaban su día a día, los trabajos que realizaban, las relaciones con los soldados estadounidenses,… La serie presenta un microcosmos realmente interesante en el que racismo y miedo se dan cita bajo el paraguas de la locura que siempre conlleva una guerra. Claro ejemplo son las situaciones que vive el personaje de Derek Mio (Billy boy) cuando se suma al ejército estadounidense, o las desconfianzas que generan entre los soldados aquellos que colaboran en los campos.

Yurei

Abordado ya el aspecto histórico, es conveniente señalar que la serie profundiza mucho, muchísimo, en ese microcosmos que son las historias de fantasmas asiáticas. Estos 10 capítulos no solo narran la venganza de un espíritu traicionado, como es habitual en films como Ringu (1998) o Ju-on: The grudge (2002), sino que va un poco más allá, cruza el umbral que separa los vivos de los muertos y se adentra en el mundo en el que viven estos espíritus atormentados. En el caso que nos ocupa, un yurei. Y posiblemente, este sea uno de los aspectos más interesantes, diferentes y llamativos de toda la temporada para los amantes del fantástico.

Porque lejos de presentar un mundo aterrador en el que las almas deambulan en busca de su objetivo, The terror ofrece al espectador todo un paraíso en el que el espíritu de la serie vive encerrado, deseando recuperar aquello que le fue arrebatado pero sin saber cómo salir. Solo cuando descubre la terrible realidad en la que está atrapada y logra escapar es cuando se empiezan a producir los aterradores episodios que tienen lugar en la trama. Esto da un doble significado al conjunto de la historia. Por un lado, da un nuevo sentido al concepto de fantasma aterrador; por otro, genera un trasfondo dramático al espíritu que pocas veces se ve en una pantalla, otorgándole una motivación que va más allá de la venganza, planteando una visión algo insana y tergiversada del amor familiar. Por supuesto, las revelaciones que se producen durante la trama, y que conforman interesantes giros argumentales en el tramo final de la historia, terminan por lograr que el odio y la venganza se impongan, pero eso no resta interés ni importancia al viaje previo.

Este es otro de los motivos por los que esta segunda temporada no utiliza el apartado histórico exactamente igual a la primera historia. Sí, las imágenes finales completan el homenaje y, en cierto modo, la redención de toda una cultura, de un país, a aquellos que tuvo retenidos en campos de concentración. Pero en realidad, ese apartado no deja de ser un mero contexto para algo mucho más complejo, más profundo. En este caso, una historia de fantasmas en la que más bien se aborda la mentira y cómo esta puede destruir una familia de muchas maneras, la traición, el odio, el rencor y el remordimiento en sus más amplios significados, dejando atrás la venganza para adentrarse en cómo los errores y las decisiones de nuestro pasado nos afectan en el presente, a nosotros y a nuestros hijos.

La segunda temporada de The terror no puede, por tanto, compararse con la primera historia. Sería comparar la noche y el día. Sí, ambas utilizan un hecho histórico para afrontarlo desde el terror. Pero no solo son dos argumentos muy distintos, sino que el modo de abordarlos también difiere notablemente. Habrá quienes digan que estos 10 episodios son peores que los de la primera temporada. Habrá quienes prefieran esta historia de fantasmas japoneses al terror en el hielo. Personalmente, creo que lo aquí analizado revela que hay algo mucho más complejo, más profundo, en el tratamiento de ese vergonzoso y terrible acontecimiento durante la II Guerra Mundial. Y va más allá de la propia historia de fantasmas. En cierto modo, es una forma de pasar página, de demostrar que, incluso después de los momentos más difíciles y más aterradores, una familia puede permanecer unida. Y quien dice familia, puede decir sociedad.

‘American Gods’ explora los mitos divinos en su 2ª temporada


Puede parecer de perogrullo, pero una de las principales diferencias entre películas y series es que las segundas tienen una duración mucho mayor que las primeras. Y esto permite, a su vez, realizar un tratamiento mucho más profundo de los personajes, logrando a su vez un diseño narrativo más complejo, en el que la historia se puede detener para analizar a uno o varios personajes, ofreciendo al espectador en todo momento una cantidad de información que no solo le permite conocer e identificarse mejor con los personajes, sino que le sumerge mucho más en la historia. Y eso es, a grandes rasgos, lo que ha hecho la segunda temporada de American Gods, esa serie basada en la novela de Neil Gaiman en la que mitología, dioses, tecnología y nuevos medios se enfrentan en una batalla por la supervivencia.

Los 8 episodios de esta segunda etapa creada por Bryan Fuller (serie Hannibal) y Michael Green (serie Reyes) no suponen una pausa en el desarrollo de la trama, pero sí permiten a sus autores y al espectador ahondar en el pasado, en las motivaciones y en los miedos de muchos personajes secundarios, lo que sienta las bases para lo que vendrá en la tercera temporada. El resultado, dramáticamente hablando, es un viaje por el interior de los personajes, más que el viaje externo que ya hicieron en la primera temporada. No es casual, por tanto, que el primer capítulo arranque con ese viaje al tiovivo y la reunión en la mente de Odín. Una secuencia que sienta las bases de lo que será el resto de este arco argumental, tanto en ese tratamiento introspectivo de los objetivos y los conflictos internos de cada rol, como en el desarrollo más en profundidad de la mitología detrás de cada dios que aparece en pantalla.

En este sentido, American Gods se convierte casi más en un análisis de las historias que han acompañado a estos mitológicos personajes durante toda la historia, adaptándolos a un contexto narrativo más actual y complejo. Y no me refiero con esto a la guerra con los nuevos dioses, epicentro argumental de toda la serie, sino al modo en que la trama les presenta adaptándose a una sociedad que evoluciona, que tiende a olvidarles para centrarse en otros referentes a los que adorar. Las secuencias del pasado, el modo en que viven y sobreviven a través de las épocas, permite apreciar muchos matices de sus personalidades que, aunque en realidad ya estaban planteados desde el principio, adquieren ahora un mayor significado al hacer comprensibles algunas de sus decisiones en el presente. Y al mismo tiempo, esta segunda temporada explica algunas relaciones entre los secundarios, desvelando cierto misterio que se mantenía oculto. Curiosamente, esta decisión, lejos de restar interés a la serie, aporta una mayor profundidad dramática, pues abre la puerta a nuevas motivaciones y, sobre todo, a nuevos conflictos entre los dos principales protagonistas.

Entrando en lo que representa esta temporada, desde un punto de vista narrativo la historia sienta las bases en la que podría entenderse como la segunda fase de la batalla. Si la primera temporada presentaba a los personajes, introducía al protagonista en un mundo que no entendía y planteaba los bandos condenados a enfrentarse, en esta continuación se sientan las bases en cada uno de los lados del conflicto. Miedos, venganzas, traiciones, armas,… Todo lo que se genera en los compases previos a cualquier lucha aparece aquí con un marcado carácter mitológico, lo que no solo sirve al espectador para prepararse para lo que viene, sino que se introduce un poco más, como de hecho hace el personaje interpretado por Ricky Whittle (serie Los 100) a lo largo de este extraño viaje. Y esto es algo que no solo ocurre en el lado de los viejos dioses. El bando de esas nuevas deidades que el ser humano adora ahora (tecnología, nuevos medios, el Gran Hermano,…) queda representado como un grupo en el que sus miembros, por aquello de ser jóvenes, todavía están descubriendo parte de sus capacidades.

Secundarios incompletos

Pero estos 8 capítulos presentan algunas deficiencias. No es que sea algo que impida el desarrollo de la trama, o que conduzca la acción en un sentido completamente incoherente. No, el problema es, como es habitual en este tipo de tramas, que muchos personajes secundarios quedan relegados a un mero papel instrumental, cuando no desaparecen directamente. Y es una lástima, porque si algo tiene American Gods es una complejidad argumental y psicológica bastante alta, lo que implica que todo personaje, por pequeño que sea, tiene un trasfondo dramático que, al dejar de seguirlo, termina perdiéndose en un mar de roles con sus claroscuros. Al final, visto en global, no es un gran problema, pues la historia es tan contundente que termina llevándose por delante esas pequeñas historias, pero sí permanece la sensación de que podrían haber aportado algo más a la trama principal para potenciar ese universo en el que se ambienta.

En todo caso, estas historias secundarias incompletas contrastan, y mucho, con los secundarios más importantes, que no solo enriquecen la historia (en algunos casos son determinantes, como es el papel de Pablo Schreiber –El rascacielos-), sino que tienen un arco argumental propio que se desarrolla de forma paralela y que, de un modo u otro, permiten al espectador evadirse por un momento de esa guerra para centrarse en otros aspectos de la serie sin abandonar, en ningún caso, ese universo fantástico. El ejemplo más evidente es el de Emily Browning (Pompeya), con objetivos y motivaciones propios que viene a representar la otra pata de la trama, el love interest que siempre suele existir en la construcción de las narraciones. Curiosamente, su presencia en la historia es más bien anodina, al no aportar gran cosa a la trama principal, pero tiene el poder suficiente para influir en las decisiones del héroe, lo que en último término convierte a este personaje en una pieza clave para el desarrollo dramático.

Aunque sin duda, una de las cosas más interesantes y atractivas que ofrece la serie es su tratamiento de los dioses, sean del bando que sean. El modo en que se representan, la estética de los lugares que frecuentan, la iluminación utilizada para cada uno de los personajes,… Todo está perfectamente medido no solo para mostrar la diferencia entre lo nuevo y lo viejo, entre el futuro y el pasado, sino para evidenciar cómo son ambos mundos. Mientras que los antiguos dioses se mueven en viejos coches, ambientes con sabor tradicional y espacios algo “retro”, los nuevos dioses, representados con rasgos juveniles, viven en entornos tecnológicos en los que cables, pantallas y luces fluorescentes son la tónica general. Incluso las armas a utilizar y el vestuario son diametralmente opuestos. A esto se suma incluso el carácter del que hacen gala cada uno de ellos. Frente a la calma, la pausa y la reflexión que parecen mostrar Odín y compañía, el modo en que se mueven y se comportan los Nuevos Media y la Tecnología responde más a la personalidad de adolescentes que creen saber todo. La interpretación de esto lleva la guerra mucho más allá de las deidades, planteando la serie como una lucha entre la madurez y la juventud en la que se ve en medio un personaje cuya vida tras su paso por la cárcel, tal y como la recordaba, parece haberse terminado.

De este modo, la segunda temporada de American Gods se plantea más como un análisis en profundidad de los personajes, de la mitología que les rodea y de sus miedos y objetivos. Los preparativos que realizan para la batalla que está por venir permiten a los creadores de la serie ahondar en los conflictos que viven, tanto internos como externos. Pero sobre todo, esta etapa es una reflexión sobre el viaje del héroe, sobre su madurez, sus creencias y su capacidad (o incapacidad) de dejar marchar el amor de su vida, quien le traicionó justo antes de morir. El trasfondo dramático e interpretativo del conflicto divino no deja de ser muy humano, y eso es lo que ofrecen estos episodios, más allá de lecturas modernizadas de personajes de diferentes culturas por todo el mundo (lo que, por cierto, nos permite aprender un poco más de las creencias de los diferentes pueblos). Es cierto que hay altibajos narrativos, y que algunos personajes podrían haber dado más de sí antes de desaparecer por completo, pero eso no impide disfrutar de unos notables capítulos.

‘Castle Rock’ ahonda en el universo de Stephen King en su 2ª T.


Hay algo en la obra literaria de Stephen King que la convierte en única. No se trata del escenario en el que se desarrollan la mayor parte de sus historias. Tampoco de sus personajes, habitualmente complejos, construidos a partir de secretos, caras ocultas y dobles intenciones. No, lo realmente interesante de su obra es su capacidad para construir un relato a través del tiempo, de modo que pasado y presente encuentran, cada uno en el otro, un sentido mucho mayor de lo que lo hacen por separado. Esto fue algo que ya mencionamos con la primera temporada de Castle Rock, y en esta segunda tanda de episodios, con una historia completamente nueva, se desarrolla mucho más, hasta el punto de crear todo un vínculo entre cine, televisión y novelas.

Y es que los 10 capítulos de esta temporada no solo utilizan personajes de novelas en un contexto totalmente nuevo, sino que en esta ocasión utilizan estas historias como una forma de precuela a lo vivido en algunos de los relatos del maestro del terror. Lo hace, además, jugando con el espectador a través de un desarrollo dramático cuanto menos sorpresivo, planteando la historia inicialmente en un sentido puramente dramático para, a continuación, introducir conceptos fantásticos que aportan gravedad y complejidad a la serie creada por Sam Shaw (serie Manhattan) y Dustin Thomason (serie The evidence). El modo en que se construye el arco narrativo de esta etapa es lo realmente interesante de esta ficción: el desarrollo de la trama principal, protagonizada por el personaje femenino de la novela ‘Misery’ (1987) años antes de los acontecimientos de esa obra, da pie a la segunda gran línea argumental. Ambas se desarrollan de forma independiente hasta que entran en conflicto, generando un clímax y una conclusión global simplemente extraordinaria.

Hasta aquí la segunda temporada de Castle Rock podría entenderse dentro de los parámetros habituales de cualquier ficción. Pero es en el desarrollo de cada una de las líneas argumentales principales donde se diferencia del resto. La trama protagonizada por Lizzy Caplan (The disaster artist), quien por cierto hace un extraordinario trabajo en el papel que inmortalizó Kathy Bates (Richard Jewell) allá por 1990 (y que le valió un Oscar, por cierto) se plantea como la huída de una mujer con su hija para ir desvelando fragmentos de una terrible verdad que, además, terminan de la peor manera posible, potenciando aún más si cabe la historia de la novela que todo el mundo conoce. La serie, en lugar de limitarse a situar al personaje ante su propio espejo de locura, lo que hace es indagar en su psicología, en las numerosas facetas de un rol complejo en su aparente sencillez. Los creadores aprovechan cada matiz, cada insinuación de locura, para construir ese pasado que mencionaba al principio y desarrollar su impacto en el presente no solo del personaje de Caplan, sino de los secundarios sobre los que influye.

Se puede decir que esta trama es la parte racional de esta producción. El otro arco argumental representa la parte fantástica del conjunto. Ese misterios de Salem’s Lot que dista mucho de los vampiros originales de la novela… o tal vez no. Lo cierto es que la serie construye un relato a través de los siglos en el que magia, fantasía y algo de terror se dan cita para desarrollar una venganza centenaria de la que nada ni nadie parece poder librarse. Los ingredientes de esta línea dramática contrastan notablemente con los de la historia principal más allá del carácter fantástico de los mismos. Para empezar, no gira en torno a un único personaje, sino a toda una comunidad. Y lejos de centrarse en los esfuerzos por la supervivencia, lo que aborda es toda una estrategia para devolver a la vida a unos personajes malditos. El contraste entre ambas tramas, lejos de chirriar en el desarrollo, permite reforzar cada aspecto de ellas, haciéndolas más interesantes y permitiéndolas crecer en un sentido muchas veces inesperado.

Entramado de secundarios

Ahora bien, para comprender la complejidad y el interés de esta segunda temporada de Castle Rock es fundamental el entramado de personajes secundarios que enriquecen las dos tramas, y que de hecho hacen las veces de refuerzo de todo aquello que une ambas líneas argumentales. El caso más evidente es la familia formada por Tim Robbins (Aguas oscuras), Barkhad Abdi (Blade Runner 2049) y Yusra Warsama (Los últimos días en Marte), verdaderos motores dramáticos de muchos pasajes en cada episodio. Cada uno en su parcela, aunque asisten como espectadores a algo mucho más grande que ellos mismos, en realidad se convierten, con sus decisiones, en principales desencadenantes de algunos desenlaces dramáticos, lo que sin duda les define como influencia directa en el desarrollo de las líneas argumentales.

Pero no son el único caso. La joven hija del personaje de Caplan, interpretada por Elsie Fisher (McFarland), aunque puede considerarse casi más como protagonista, en realidad es un secundario que influye de forma determinante en el universo de esta serie, hasta el punto de ser elemento de acción tanto si está presente como si no. Por ella se toman decisiones, es ella el objeto de deseo de esa comunidad que vuelve a la vida, y es ella, en definitiva, la que marca el devenir de esa enfermera con brotes psicóticos. El tratamiento de estos personajes secundarios es cuanto menos interesante. Para empezar, tienen una entidad propia tan compleja y profunda como la de los protagonistas, ya sea por decisiones que han marcado sus vidas, o por situaciones que les han llegado impuestas, muchas veces precisamente de otros personajes secundarios. Sin embargo, esa complejidad no les permite ser independientes, sufriendo las consecuencias de la historia principal en la que participan en cada momento.

En cierto modo, lo que nos encontramos en esta serie es una compleja ingeniería dramática que construye todo el universo de Stephen King, que dota a todos y cada uno de sus personajes de una entidad única, elaborada y compleja. Y a pesar de ello, la ficción tiene como historias principales solo dos tramas, permitiendo que el resto de secundarias nutran a estas. El problema, si es que se puede considerar como tal, es que el espectador puede identificarse con los problemas, los anhelos y los objetivos de los roles secundarios, pero el devenir de estos queda en manos de otros personajes, lo que genera un conflicto de intereses y de composición. Sin embargo, lejos de producir incongruencias, termina por elevar la calidad dramática del conjunto. La clave habría que buscarla en el grado de definición de estos personajes secundarios, que no llegan a tener tanta profundidad como los protagonistas aunque pueda parecerlo durante el desarrollo de esta tanda de episodios.

Con este planteamiento y su magistral desarrollo, Castle Rock ofrece una segunda temporada superior a la primera, que por cierto ya fue un gran punto de partida para introducirse en el universo de Stephen King. Ahora sus creadores van un paso más allá, vinculando con ese final de temporada novela, película y ficción televisiva. Lo importante, como en las buenas historias, no está en cómo acaba, sino en el viaje durante estos 10 episodios. Y ese viaje tiene todos los ingredientes para ser una experiencia audiovisual única. Sus complejos personajes (incluso aquellos aparentemente sencillos ofrecen múltiples lecturas) llevan la historia hasta un grado de intensidad dramática, de intriga y de cierto terror simplemente brillante. Puede que para muchos el desenlace final sea algo excesivo, y puede que sea una concesión innecesaria, pero desde luego pone la guinda a un desarrollo muy medido en el que los actores, por cierto, ofrecen la mejor versión de sí mismos.

La 2ª T. de ‘The Son’ deja todo abierto en un abrupto final de serie


Dos temporadas. Eso es todo lo que ha aguantado esa original y diferente producción que es The Son, un western con marcado carácter familiar que, en su segunda y última temporada, ahonda además sobre la construcción de los mitos y las leyendas que forjaron el Lejano Oeste. Última temporada, en efecto, y a pesar de los intentos de Brian McGreevy y Lee Shipman (ambos responsables de la serie Hemlock Grove), autores de esta adaptación de la novela de Philipp Meyer, son 10 episodios que tan solo dan una respuesta parcial a todos los interrogantes y lagunas que deja la narrativa en dos tiempos de la trama, por lo que la sensación que deja es agridulce.

En efecto, la construcción de la serie en dos grandes líneas narrativas que abarcan dos importantes periodos en la vida del protagonista es una fórmula que funciona a las mil maravillas gracias fundamentalmente a que ambas se nutren dramáticamente hablando para ofrecer una complejidad inmensa del personaje al que, en el presente, da vida Pierce Brosnan (Mamma Mia! Una y otra vez) de forma soberbia. Ambas historias, en mayor o menor medida, evidencian la evolución de un hombre hecho a sí mismo a través de la violencia, la sangre y la batalla. Pero en esta segunda etapa también ofrecen algo más interesante si cabe, y es el hecho de cómo se construyó su propia leyenda a base de relatos con cierta base real, pero modificando los elementos necesarios para hacerla más atractiva. Y es aquí donde la serie gana enteros de forma exponencial respecto a su primera temporada, pero también deja muchos, muchísimos agujeros narrativos que ya nunca podrán resolverse.

Sobre su crecimiento dramático, The Son adquiere una complejidad en esta segunda parte tan atractiva como pocas veces vista en este tipo de producciones. Si los primeros episodios mostraban una lucha por el petróleo, en esta nueva entrega de capítulos lo que nos encontramos es una guerra comercial y empresarial igual de violenta y con daños colaterales mucho más importantes si cabe. A través de esta civilizada y violenta lucha (en el Lejano Oeste ambos conceptos parecen ir de la mano aunque suenen antagónicos) los creadores de la ficción aprovechan para poner el foco en diferentes problemas sociales, muchos de los cuales podrían incluso extrapolarse a la actualidad: el uso de la homosexualidad de uno de los personajes, la rebeldía de una joven que quiere algo más de lo que parece ofrecerle el destino, la lucha de un hombre por elegir entre su corazón y su familia. Todos ellos son conceptos dramáticos que gracias al tratamiento de esta parte de la trama no solo quedan planteados, sino que se desarrollan hasta asistir a unas consecuencias muy destructivas.

En cierto modo, y eso es algo que se aprecia en cada aspecto de la serie, esta segunda temporada ahonda más en la idea de la lucha entre el futuro y el pasado, entre el avance de los nuevos tiempos y una forma de entender el mundo más tradicional. Bajo este prisma se pueden entender, por ejemplo, los saltos temporales hacia el futuro que se plantean en esta etapa para explicar la figura de Eli McCullough una vez que ya no está, esa lucha por el comercio y las propiedades e, incluso, la lucha entre nativos americanos y el hombre blanco. Todo ello representa dos estilos de vida, el choque de dos ideales que engloban, a su vez, una compleja estructura moral y de valores que nunca se abandona, sea cual sea la secuencia a la que se enfrentan los guionistas. Y es algo muy interesante de analizar para los apasionados del guión, pues da respuesta a muchas de las teorías expuestas por grandes autores del tratamiento narrativo.

Recuerdos construidos

El principal problema de esta segunda temporada de The Son está precisamente en que todo esto abre la puerta a nuevos interrogantes, a nuevas posibilidades narrativas que se quedan en el aire. No es que no tengan respuesta, es que directamente apelan a la imaginación del espectador para que rellene él los huecos en la vida del protagonista. Sin embargo, son huecos tan enormes, que abarcan tantos años, que es imposible completarlos, generando cierta frustración. Si bien el final del personaje interpretado por Brosnan es, a todas luces, lo que ha sido su vida, es decir, una lucha por esos ideales de los que antes hablaba y un relato de sus últimos momentos que nada tiene que ver con la realidad, el periodo previo a estos años (y posterior a su etapa como comanche) deja muchos, muchísimos enigmas que se han planteado a lo largo de toda la serie.

De hecho, a lo único que se da respuesta es al modo en que el joven protagonista abandona el grupo comanche que le capturó primero y le acogió después. Un momento, por cierto, muy interesante dramáticamente hablando, en el que se aprecia bastante bien la dualidad que vive en el protagonista ya desde ese primer momento (y que en su etapa adulta se traduce en esas ansias por cortar cabelleras). Su huida del hombre blanco para emprender su propio camino es algo tan sencillo como significativo, desvelando la complejidad que luego queda desarrollada magistralmente por Brosnan. Pero… ¿qué ocurre durante las décadas que median entre ambas líneas argumentales? El más absoluto silencio respecto a esto. Y resulta frustrante, pues a tenor de lo visto durante todos los episodios la historia podría ser apasionante. Contar cómo un chico que tiene interiorizada la cultura comanche termina al frente de un imperio petrolífero, siendo llamado por todos como ‘El Coronel’ y ‘El primer hijo de Texas’, y con vínculos en las altas esferas del poder, es algo que no tiene visos de que se vaya a conocer.

En cierto modo, eso desluce el desarrollo y, sobre todo, la conclusión de esta segunda etapa. Y no precisamente porque no tenga calidad, más bien al contrario. El contenido dramático es tan complejo, tan enriquecedor, que aquello que se queda sin contar, aquello que apela a la curiosidad y el deseo de saber más del espectador, se nota mucho más. En sí mismo, y estrictamente hablando, no es un problema de la temporada, sino de que la serie termine únicamente cerrando los dos periodos que se abordan en esta serie. Porque si nos centramos exclusivamente en estos 10 capítulos, lo cierto es que, como he explicado antes, nos encontramos ante una profundización de todos los conflictos internos y externos que ya se plantearon en la primera temporada, lo que eleva a la serie un escalón más en lo que a dramatismo e intensidad emocional y conceptual se refiere.

Personalmente, creo que es una lástima que The Son no supere su segunda temporada. La serie ha abordado con seriedad y sin miedo la juventud y la madurez de un personaje violento, complejo, capaz de luchar por su familia con tal de conservar lo que tanto esfuerzo le ha costado conseguir. Un hombre fraguado por una época en la que la muerte estaba a la orden del día. La vida de Eli McCullough ha dejado una ficción diferente, dinámica, intrigante en muchos momentos y sorprendente en otros. El relato ha sabido crecer de una etapa a otra hasta llegar al clímax y el relato ficticio de una vida que plantea la posibilidad de que muchos de los otros logros del protagonista sean también producto de una construcción que adorna la realidad. Pero eso nunca se sabrá. La finalización de la historia en esta segunda temporada deja una sensación agridulce, como ocurre siempre que una historia termina sin haber sido explicada del todo.

‘Los Médici. El Magnífico’, un conflicto complejo con un diseño sencillo


Hay historias que necesitan de grandilocuentes puestas en escena para crear interés. Otras, sin embargo, pueden utilizar la más sencilla producción y ser igualmente interesantes. El caso de la serie Los Médici: Señores de Florencia pertenece a la segunda categoría, aunque parezca lo contrario. Porque aunque tiene un diseño de producción y de vestuario sencillamente espectacular, en realidad no es más que la recreación (magnífica recreación) de la época en la que transcurre una historia con una fuerza propia fuera de toda duda. La segunda temporada, subtitulada El Magnífico, demuestra que con poco puede lograrse mucho.

Estos 8 episodios de la serie creada por Nicholas Meyer (La mancha humana) y Frank Spotnitz (serie El hombre en el castillo) aborda, en esta ocasión, el ascenso y surgimiento de la figura de Lorenzo de Medici y su lucha contra su principal rival, la familia Pazzi. Y lo hace aprovechando al máximo las posibilidades dramáticas de una historia con tintes shakesperianos y con un subtexto emocional que los actores, además, dotan de una gravedad mucho mayor si cabe. Aprovechando los saltos temporales entre la infancia de los protagonistas y su presente, así como su relato en una suerte de flashback de temporada completa, la trama explora los orígenes de un conflicto generacional, las motivaciones y anhelos de protagonistas y antagonistas, y las caras más ocultas de los mismos.

Desde luego, lo más interesante es el duelo establecido entre los personajes de Daniel Sharman (serie Fear the Walking Dead) y Sean Bean (Marte), Lorenzo de Medici y Jacobo de Pazzi respectivamente. Ambos se convierten, en cierto modo, en las dos caras de una misma moneda, en la personificación de los intereses antagonistas en una sociedad dominada por la religión y la guerra. El modo en que los actores suman progresivamente gravedad dramática en sus personajes no hace sino reflejar el progresivo deterioro de un conflicto que termina con ese atentado dentro del Duomo de Florencia durante una misa, lo que refleja además los “valores cristianos” de unos personajes (y una parte de la sociedad) movidos únicamente por el poder y el dinero.

Este es, precisamente, uno de los mayores aciertos de esta segunda temporada de Los Medici: Señores de Florencia. La serie analiza al detalle no solo el conflicto familiar, sino todas las ramificaciones y cómo eso afecta a la vida de ambos clanes y de la ciudad-estado. Dicho de otro modo, la serie no se limita a mostrar una animadversión histórica, sino a enriquecerla hasta convertirla en una suerte de estudio sociológico tanto de la época como actual. Los ecos de la enemistad se oyen en una relación prohibida, en un conflicto bélico con otra ciudad-estado, … Puede que a muchos les resulte poco creíble esta estructura dramática, pero lo cierto es que es efectiva, pues a medida que avanza la trama por estos 8 capítulos el espectador asiste a un creciente ambiente de odio, casi bélico, movido por los intereses egoístas de un personaje o una familia. Y siempre respetando la base histórica. Salvando las distancias de la época, hoy en día se pueden ver comportamientos similares.

Buenos muy buenos y malos malísimos

Con todo, el recurso de una puesta en escena sencilla para agrandar la complejidad de la trama tiene un efecto secundario algo irrisorio, y es el hecho de presentar a los héroes como grandes hombres y a los villanos como seres oscuros. Y eso, al igual que el conflicto dramático, se refleja absolutamente en todo, desde la fotografía hasta el vestuario. Precisamente en los ropajes de época es donde más se aprecia este contraste. Mientras los Medici se mueven en entornos luminosos con ropas más o menos coloridas, los Pazzi visten prácticamente de negro en cada plano de esta segunda temporada. Es cierto que esta apuesta cromática acentúa la distancia entre las familias, pero repetir patrones a lo largo de los 8 capítulos termina por resultar un tanto incoherente, fundamentalmente porque mientras “los buenos” cambian sus ropas con cierta asiduidad, “los malos” parecen siempre vestir el mismo atuendo.

Algo similar ocurre con la fotografía y los decorados. La vivienda de los Medici es el vivo ejemplo de un espacio luminoso, diáfano, en el que interior y exterior parecen estar separados por una fina frontera en forma de paredes, pero que nunca impide que entre el aire ni la luz. O dicho de otro modo, no impide que entre el sentir del pueblo de Florencia. Por el contrario, la casa de los Pazzi se antoja oscura, incluso en las zonas en las que la luz entra por completo lo hace sin brillo. Un hogar oscuro como su vestuario en el que, además, los muros sí parecen marcar frontera entre lo que ocurre en el exterior y los maquiavélicos planes que se gestan en su interior. No cabe duda de que esta forma de narrar en Los Medici: Señores de Florencia. El Magnífico es efectiva, pues acentúa y ahonda en los conflictos emocionales y en los giros dramáticos de la trama de un modo casi subconsciente, pero la reiteración de fórmulas termina por agotar en los compases finales de la historia.

A esto se suman cierta debilidad en las motivaciones de unos y otros, al menos en algunos momentos del desarrollo argumental. Mientras que los protagonistas parecen moverse únicamente por el bien de una ciudad para que prospere económica y culturalmente, los antagonistas solo se afanan en su beneficio personal, en enriquecer sus bolsillos a costa de los ciudadanos. Y aunque visto con la perspectiva de la historia puede que se entienda así, la realidad siempre es mucho más compleja, y una serie de corte histórico debería de reflejar, en cierto modo, dicha complejidad. La serie lo logra en muchos momentos, sobre todo en aquellos relativos a la relación con la Iglesia Católica y el Papa, pero flaquea en algunos momentos, como si necesitara avanzar en una determinada dirección y los argumentos para ello se hubieran expuesto de forma apresurada y poco elaborada.

En cualquier caso, Los Medici: Señores de Florencia. El Magnífico es una más que digna sucesora de la primera temporada. Con un mayor interés histórico por la curiosidad que despierta ya de por sí Lorenzo de Medici, esta etapa aprovecha el conflicto familiar para exponer toda una estructura social y dramática que no deja nada al azar. En este trabajo hay momentos más débiles narrativamente hablando, es lógico, pero son hechos puntuales dentro de una producción que persigue la sencillez en su forma para potenciar la complejidad de su fondo. Y lo consigue con notable éxito. Sin duda estamos ante una de las producciones más serias, profundas y elaboradas sobre esta época de nuestra historia.

2ª T. de ‘This is us’, o cómo profundizar en los personajes


Pocas series hay que planteen tan bien y de forma tan precisa lo que ofrece This is us. Y no solo porque este drama con toques de comedia lleve al espectador por un viaje emocional en continuo crecimiento que parece imposible conseguir, sino porque es capaz de jugar con varias líneas temporales integradas, a su vez, por varios protagonistas con sus propios arcos dramáticos. Si la primera temporada fue un ejercicio narrativo ejemplar, la segunda etapa de esta ficción creada por Dan Fogelman (serie Pitch) es el ejemplo perfecto de cómo manejar los tiempos dramáticos y la información que se ofrece a cada momento. Y lo hace con la elegancia formal que le caracteriza.

Analizar los 18 episodios que integran esta segunda temporada habiendo comenzado la tercera puede parecer jugar con ventaja, pero nada más lejos de la realidad. El desarrollo de la historia de esta familia resulta sencillamente impecable en cada uno de sus pasos, ahondando no solo en el pasado y el presente de los tres protagonistas, sino en los sentimientos de culpa y responsabilidad con los que cargan a raíz de la pérdida del personaje de Milo Ventimiglia (Puertas al infierno), momento que, por cierto, está tratado de un modo tan exquisito, tan sobrio, tan humano, que penetra en las emociones del espectador y acentúa notablemente el tratamiento de cada uno de los hijos en lo que a los sentimientos de culpabilidad se refiere.

De hecho, es algo que planea sobre toda esta etapa de This is us. Sea del modo que sea, los personajes interpretados por Sterling K. Brown (Predator), Chrissy Metz (Loveless in Los Angeles) y Justin Hartley (A way with murder) se ven envueltos en esos sentimientos casi en cada episodio, mostrando los efectos de algo que parece haberse cronificado en sus vidas. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo afronta cada uno de ellos esa situación, abarcando las diversas consecuencias posibles, desde el alcoholismo y la adicción que terminan por afectar a la carrera profesional y a la vida personal de uno de ellos, hasta la necesidad de emular a su padre en algunas de las cosas que más le caracterizaban. Por supuesto, todo ello se ha ido construyendo desde el principio, pero la estructura dramática que presenta esta temporada debería estudiarse en los cursos de guión, pues permite comprender cómo se desarrollan los personajes y los puntos de giro hasta alcanzar el clímax dramático en una constante escalada emocional que, cuando parece haber tocado techo, ofrece algo nuevo al espectador.

La genialidad de esta ficción es que es capaz de presentar estos retos dramáticos de la forma más natural posible. El hecho de que el relato esté estructurado en tres épocas que discurren de forma paralela logra no solo dotar de más información al espectador, con lo que ahonda en cada personaje hasta niveles pocas veces vistos, sino también plantear todo el argumento como si de tres historias se tratara. Contrariamente a lo que pueda pensarse, esto no genera confusión. La capacidad de separar personalidades e historias pero al mismo tiempo aunar bajo el paraguas de la figura paterna todo un universo dramático es sencillamente admirable, y en este sentido esta segunda temporada ha alcanzado un nuevo nivel con esa trilogía de episodios a mitad de etapa titulados ‘Número 1’, ‘Número 2’ y ‘Número 3’, los mejores ejemplos de lo que, en el fondo, es esta ficción y esta segunda parte en concreto.

De hermanos y padres

Esta reflexión acerca de cómo un acontecimiento marca el modo en que vivimos nuestra vida a partir de ese momento tiene otra lectura interesante, y es el modo en que los hijos se relacionan con los padres. Más allá de las diferentes etapas por las que pasan los protagonistas, esta segunda temporada de This is us aborda con inteligencia los conflictos internos y externos de los tres hijos con sus padres, ya sea una relación presencial o a través de la memoria. Es evidente que en este caso el ejemplo más claro es el que protagonizan Metz y Mandy Moore (A 47 metros), reflejando cómo el trato de hijos a padres muchas veces está motivado por complejos propios carentes de motivación externa, al menos no una motivación activa. Este sutil juego de emociones, relaciones y motivaciones permite que la trama gane en relevancia dramática, construyendo todo un relato únicamente en torno a un aspecto de la narración y en base a pequeños diálogos y sutiles miradas que terminan estallando en un conflicto que, a su vez, genera un giro dramático. Una especie de cuadratura del círculo que logra con acierto esta serie.

En este sentido, es especialmente relevante cómo se ponen las cartas sobre la mesa en las diferentes secuencias que transcurren en ese centro de retiro al que acude el rol de Hartley, donde todos los aspectos antes mencionados hacen acto de presencia de un modo impactante. Es en ese mismo episodio donde, por cierto, se plantea algo que siempre ha estado sobrevolando la serie, y es el hecho de que todos los roles que rodean a los miembros de esta familia son eso, personajes complementarios que luchan por cierto protagonismo en una trama muy centrada en el devenir de padres e hijos. El hecho de que se revelen de forma activa todos estos aspectos dramáticos otorga un nuevo significado a muchas de las cosas expuestas a lo largo de la temporada, pero también a lo visto hasta ahora y, sobre todo, a lo que está por venir, si es que se aborda de un modo correcto e inteligente como hasta ahora.

Aunque uno de los elementos más interesantes de esta etapa está, sin duda, en el final. Lejos de limitarse a una etapa cerrada en la vida de estos personajes, sus creadores siguen innovando dentro de ese formato tan característico que alterna diferentes líneas temporales, e incorpora a la siguiente generación de Pearson para mostrar cómo sus vivencias de la infancia les define como adultos. Y no contentos con un giro argumental de estas características (por inesperado e interesante), los autores de esta historia comienzan a introducir lo que, presumiblemente, serán conflictos y giros dramáticos que nutrirán aún más la serie.

Esto significa que This is us es una serie orgánica, capaz de crecer exponencialmente gracias a su manejo de los tiempos dramáticos y narrativos. Esta segunda temporada ahonda más en la introspección de los protagonistas, en sus sentimientos de culpa y en cómo un hecho tan trágico como una muerte cambia y condiciona para siempre el futuro de las personas, como no podría ser de otro modo. La magia de esta ficción está en su universalidad emocional, en su belleza formal y en un reparto sencillamente perfecto. Pero su inteligencia, aquello que la convierte en la gran serie que es, radica en la honradez y la sencillez con la que aborda la escalada dramática, sin entrar nunca en recursos manidos ni en la lágrima fácil. Y tal vez sea por eso que habrá más de uno que no pueda dejar de llorar. Esto no lo consiguen todas las producciones.

La 2ª T. de ‘El cuento de la criada’ desarrolla a los secundarios


Finalmente la segunda temporada de El cuento de la criada no ha logrado llevarse ningún premio en los Emmy de 2018, a pesar de las numerosas nominaciones tanto a la serie como a sus protagonistas. Y lo cierto es que, al menos estos últimos, sí habrían merecido algún reconocimiento en forma de estatuilla tras ver el trabajo realizado en los 13 episodios de esta segunda etapa. Unos episodios que, aunque sientan las bases de lo que parece será un futuro mucho más conflictivo, han tenido un desarrollo algo irregular e incluso irreal, y eso que hablamos de una ficción ambientada en un futuro distópico.

El principal problema de esta trama creada por Bruce Miller (Providence) a partir de la novela de Margaret Atwood es la sensación de estar en un bucle dramático que no solo parece que no acaba, sino que pierde fuerza a medida que se reproduce. Dicho de otro modo, la temporada comienza con un intento de huida de la protagonista interpretada de forma magistral por Elisabeth Moss (serie Mad Men) y termina exactamente igual. Y por el medio, al menos otro intento. Pero siempre se queda en eso, en intentos. Y en algunos casos por motivos que no terminan de encajar en el desarrollo del arco argumental, como si fuera necesario mantener a la protagonista dentro de este mundo religioso, gris y patriarcal para representar la lucha desde dentro contra el orden establecido. Evidentemente, dicha necesidad existe (la serie perdería buena parte de su sentido en caso contrario), pero lo que no es coherente es el modo en que se ha abordado.

Curiosamente, esto tiene varios efectos secundarios distintos según los personajes. La peor parada posiblemente sea la protagonista, en tanto en cuanto su personaje queda algo desdibujado respecto a la primera temporada, sin un rumbo claro que defina su recorrido en la serie. Tan pronto es una luchadora como se vuelve sumisa, como vuelve a enfrentarse a sus captores. Esos cambios, no por casualidad, se identifican con esa sensación repetitiva de la trama. En este sentido, también se difumina ligeramente el rol de Joseph Fiennes (Resucitado), cuya fuerza y amenazadora presencia se revela más bien como una personalidad que solo es fuerte ante aquellos que considera inferiores o ante los que no le plantan cara, aunque lo hace de un modo un tanto ambiguo.

Sin embargo, es el personaje de Yvonne Strahovski (Predator) el que crece de forma exponencial en esta segunda temporada de El cuento de la criada. El rol adquiere una infinidad de matices que enriquecen sobremanera la figura algo unidimensional que pudo verse en los primeros episodios, convirtiendo a esta mujer en una superviviente, en una luchadora no solo externa, sino sobre todo en su fuero interno, en el que sus convicciones y el apoyo a una causa se enfrentan a sus derechos como mujer, a su libertad individual como persona. Esta dualidad queda magistralmente mostrada en los últimos episodios, mutilación incluida, pero es algo que se construye con detalles, con conversaciones y con miradas a lo largo de toda la temporada. A todo ello se suma la impecable labor de la actriz, sin duda el gran atractivo de esta temporada.

La Resistencia toma la calle

Aunque posiblemente esa doble lectura que se aprecia en el tratamiento de personajes se note más en el modo en que se aborda la trama. Ya hemos explicado que, desde el punto de vista de la protagonista, el desarrollo dramático es circular, volviendo siempre al punto de partida por uno u otro motivo, y sin que eso tenga excesivas consecuencias negativas teniendo en cuenta el contexto en el que se producen. Ahora bien, de forma paralela se desarrolla una idea que ya se planteó en la primera temporada y que ahora toma cuerpo de un modo más evidente. Se trata de la red de resistencia que surge en la clandestinidad.

Resulta sumamente interesante estudiar el modo en que este elemento dramático adquiere forma, crece y se consolida en la trama de El cuento de la criada. Para empezar, el tratamiento de la misma cambia, pasando de un activo propio del thriller (se desconoce la identidad de sus miembros, por lo que todos pueden ser amigos o enemigos) a un motor dramático en estado puro. Un atentado, los viajes diplomáticos a otros países, las protestas y la presencia de más y más personas dentro de ese país dominado por el machismo religioso que luchan contra el orden establecido son las pinceladas que hacen avanzar la trama por un sendero algo diferente, más propio de una historia bélica que de un drama de suspense. Sin embargo, por ahora son eso, pinceladas, aunque viendo el modo en que finaliza esta segunda temporada es fácil imaginar que tendrá una mayor continuidad e impacto dentro del desarrollo dramático.

Lo que también deja esta etapa son nuevos elementos que ayudan a comprender lo ocurrido y, sobre todo, la estratificación social tan interesante que plantea la serie. Dicho de otro modo, la ficción ahonda en todo aquello que aporta el contexto, y lo hace integrándolo en la historia de un modo brillante. El funeral y el modo en que las criadas se visten, la boda obligada conjunta, el papel de las mujeres en la sociedad, etc. Incluso explora, aunque de forma algo indirecta, los acontecimientos previos a la creación de ese mundo religioso, la guerra y las víctimas de la misma, continuando de este modo con lo iniciado en la anterior temporada. Es importante comprender que con apenas un puñado de secuencias se puede construir una idea aproximada del pasado de la trama, permitiendo a sus creadores ampliar poco a poco esa idea del futuro distópico que presentan, y permitiendo igualmente introducir el pasado de los personajes, lo que termina por definirles mejor y, en cierto modo, modificar la percepción que el espectador tiene de ellos, a favor o en contra. En este sentido, las secuencias del rol de Strahovski en el pasado y la revelación que se produce en el lugar donde se esconde la protagonista al inicio de la temporada son buenos ejemplos.

Por tanto, lo que nos encontramos en la segunda temporada de El cuento de la criada es un producto que avanza en aspectos secundarios, construyendo un poco más el mundo en el que se desarrolla la historia de la protagonista, pero que se queda bloqueado en una especie de bucle con respecto al personaje de Moss. Esto genera una sensación extraña, a medio camino entre la espléndida ambientación y las ansias por conocer más de ese universo, y la frustración por ver a un personaje luchador dar bandazos en su determinación sin terminar de aprender de sus decisiones, así como la falta de represalias ante unos delitos que en otros casos han costado la muerte. Hay que entender que es la heroína y que su contexto dramático puede ser diferente, pero resulta poco creíble que no llegue a sufrir ni un mísero castigo por sus constantes desafíos. En cualquier caso, la trama sienta los pilares dramáticos de la siguiente temporada, en la que esperemos que tramas principales y secundarias vayan de la mano.

2ª T. de ‘Westworld’, magistral cambio de sentido dentro del laberinto


Los grandes directores y guionistas, presentes y pasados, suelen ser recordados no solo por sus películas, sino por especializarse en un tipo de relatos, en unos valores narrativos, conceptuales y artísticos muy concretos. La historia del séptimo arte está repleta de estos casos. Y aunque habrá quien diga que todavía es pronto para decirlo, en esa categoría de inmortales del cine se encuentran por derecho propio los hermanos Jonathan y Christopher Nolan, guionista y director de Interstellar (2014) respectivamente. En esta ocasión toca hablar del primero, tal vez menos conocido que el segundo pero verdadero cerebro autor de un estilo inconfundible definido por su uso y la combinación de las líneas temporales de la trama. Y la segunda temporada de Westworld es el último gran ejemplo.

Porque si la primera parte fue un ejercicio magistral del manejo de los tempos narrativos, alternando pasado y presente para construir un relato apasionante de redención, búsqueda y liberación, estos nuevos 10 episodios no solo mantienen ese espíritu, sino que dan una vuelta más de tuerca a una historia ya de por sí compleja, cambiando por completo el sentido de lo visto hasta ese momento y convirtiendo lo que parecía una rebelión de las máquinas contra sus creadores en algo más, en una búsqueda del sentido de la vida, en un intento por sobrevivir a su propia materia física. Y no estoy hablando únicamente de los robots. Lo cierto es que esta continuación debería interpretarse más bien como una reinterpretación de lo visto hasta ahora, en todos y cada uno de los aspectos.

En medio de esta revolución, Nolan, creador de la serie junto a Lisa Joy (serie Criando malvas), hace gala de su ingenio para estructurar cada episodio no ya en dos líneas temporales totalmente independientes, sino en tres, añadiendo complejidad y retando al espectador a permanecer atento a la historia y los detalles. Lo cierto es que el reto es fácil de aceptar, pues los personajes adquieren una mayor profundidad dramática. Lo que al principio parecía una mera diversión en un parque temático poco usual se convierte en una búsqueda de la inmortalidad. Aquellos personajes que parecían máquinas rebeldes se convierten en realidad en una suerte de seres mortales que solo desean justicia para años y años de tortura que ahora pueden recordar con total claridad. Lo cierto es que la riqueza de las líneas argumentales de los protagonistas es tal que cada uno daría para varios análisis.

Por lo pronto, lo que queda patente en esta segunda temporada de Westworld es que la idea original de Michael Crichton, autor de la película homónima de 1973, ha quedado empequeñecida. Ya no estamos ante una mera revolución de las máquinas. La idea de que el ser humano que se expone a tecnología para la que no está preparado puede terminar consumido por ella ha dado paso a algo mayor, a la idea de utilizar esa tecnología para alcanzar la inmortalidad, para que el alma permanezca siempre y pueda pasar de un cuerpo artificial a otro. Adquiere ahora más sentido que nunca el título en español de la película original: Almas de metal.

El subtexto, siempre el subtexto

También adquieren sentido muchas de las cosas aparentemente incongruentes de la primera temporada. La búsqueda del laberinto que protagoniza el rol de Ed Harris (Madre!), por ejemplo. También da un nuevo y mucho más interesante sentido a otras secuencias, como la puesta a punto del personaje de Evan Rachel Wood (Allure) por parte de otro protagonista, un magistral Jeffrey Wright (The public) que en esta segunda temporada logra altas cotas interpretativas. Para muchos espectadores posiblemente esto pueda parecer un intento de los creadores de dar continuación a una trama que parecía tener fin en una única temporada, en un intento de alargar la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, la mera complejidad de la historia ya rebate cualquier posible argumento en este sentido.

En cinematografía se suele hablar mucho del subtexto, aunque su uso no es tan habitual. Cualquier escena, cualquier diálogo, debe contar algo que no se ve en pantalla, debe mostrar las intenciones ocultas de los personajes. Los grandes hitos del séptimo arte suelen construirse sobre esto. Y Westworld es subtexto puro y duro. Dicho de otro modo, las dos primeras temporadas se pueden entender como texto y subtexto: la primera contaría lo que el espectador ve y la segunda lo que en realidad se esconde tras el parque temático y las motivaciones de los personajes. Y es aquí donde radica la belleza y la magistral labor de Nolan. Estos 10 capítulos se convierten así en una auténtica montaña rusa dramática, calculada milimétricamente para construirse sobre puntos de giro que no solo dan nuevo sentido a las lagunas que, inevitablemente, se forman durante la historia (todas ellas explicadas al final de la temporada), sino que aportan una nueva comprensión al conjunto de la serie, obligando a revisionar no solo los episodios, también los conceptos que hasta ahora se manejaban.

El problema de esta segunda temporada está, sin embargo, en cómo continuar en el futuro. Estando Jonathan Nolan detrás del proyecto es fácil suponer que todo está atado y bien atado, pero el final de esta etapa abre muchas incógnitas, por no hablar de los numerosos personajes que dicen adiós después del fantástico episodio 10. La pregunta más importante es si el espíritu de la serie podrá mantenerse, si las ideas planteadas a lo largo de esta temporada podrán germinar en la siguiente, o si se volverá a dar un giro. Parece evidente que la idea de que los robots se muevan en el mundo real confundiéndose entre los humanos será la base de la historia, pero a partir de aquí las posibilidades son casi infinitas.

Pero hasta que eso llegue, que según parece no será hasta 2020, se puede disfrutar una y otra vez de estas dos temporadas de Westworld. Y digo de las dos porque deben verse casi como una única historia en la que todo tiene un doble sentido, en la que nada es lo que parece. Esta idea subyace en cada uno de los aspectos, desde el primer y clásico primer episodio hasta el último. Si en la primera temporada eso se narraba en las relaciones entre humanos y robots, en esta segunda se produce entre lo visto en aquellos episodios y las verdaderas intenciones mostradas en estos nuevos capítulos. Todo ello en un ejercicio soberbio y magistral que debería estudiarse en las escuelas de guión, con un manejo de los tiempos narrativos sencillamente perfecto, unas interpretaciones impecables y una puesta en escena fascinante. Poco más se puede pedir, salvo que pase rápido el tiempo hasta el siguiente episodio.

2ª T. de ‘Arma letal’, más complejidad dramática para un final de ciclo


¿Puede un actor involucrarse tanto con un personaje como para asumirlo más allá de la pantalla? ¿O es que hay actores que por su propia personalidad crean personajes tan interesantes como extremos? Existen varios ejemplos en ambos casos, pero en el caso que nos ocupa es difícil identificarlo. Me refiero al trabajo de Clayne Crawford (Convergence) en la serie Arma letal, cuya segunda temporada es una montaña rusa de emociones dentro y fuera de la ficción. Y eso es algo que, aunque hace crecer esta serie creada por Matthew Miller (serie Forever) desde un punto de vista dramático, también crea una notable incertidumbre sobre su futuro.

Pero vayamos por partes. Los 22 episodios que componen esta etapa se conforman como un viaje a los orígenes del policía que siempre vive al límite. Si la primera temporada abordaba los traumas que le llevaron a instalarse en Los Ángeles, este arco argumental se centra en los aspectos más oscuros de su infancia, apuntados al final de la anterior etapa, ahondando en los miedos, los deseos y las motivaciones que se esconden detrás de sus decisiones y, en definitiva, de su forma de ser al límite siempre de sus propia salud física y mental. Este es sin duda el aspecto más interesante de una serie marcada por la espectacularidad, el humor y la diversión. Y es que la tragedia que representa el rol de Martin Riggs es el contrapunto perfecto para el tono general de la serie, encontrando así un equilibrio que desvela más de lo que aparenta esta ficción.

Porque sí, Arma letal es un entretenimiento puro, una diversión sencilla y honesta que, a través de la fórmula de las buddy movies, en este caso buddy series, hace que cada episodio sea un espectáculo. Pero frente a esto, asociado irremediablemente a las tramas episódicas que protagonizan cada caso policial, nos encontramos con capas dramáticas mucho más profundas y complejas. Desde los traumas del personaje interpretado por Crawford hasta sus dilemas morales, pasando por los efectos colaterales que tienen sus decisiones y cómo marcan las relaciones no solo con su pareja protagonista (Damon Wayans –El último Boy Scout– cada vez se siente más cómodo en el personaje), sino con todos los personajes que le rodean, este personaje, casi de forma exclusiva, es capaz de aportar muchas capas dramáticas a la serie, de ahí que su peso haya sido cada vez mayor.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que el resto de personajes no sean parte esencial de la trama. El contrapunto que ofrece Wayans, que también goza de elementos dramáticos, aunque menores, es imprescindible para que la gravedad que subyace en el rol de Crawford se atenúe. Asimismo, la presencia de los roles secundarios principales ayudan a conformar un universo al más puro estilo de la película en la que se basa la serie. Poco importa la credibilidad que pueda tener el hecho de que cada caso suponga una destrucción parcial de la ciudad y luego no haya consecuencias. Y poco importa también que la pareja protagonista pueda saltarse todas las normas con tal de capturar al villano de turno. En realidad, la fuerza dramática que nace del contraste entre los protagonistas es tal que arrastra al resto de elementos a una espiral dinámica y atractiva.

Sin Riggs… ¿o con otro?

Pero todo eso podría irse al traste. Son conocidos los problemas que Crawford ha tenido en esta segunda temporada dentro y fuera de los sets de Arma letal. Y a tenor del final del último episodio, clímax espléndido para una conclusión soberbia, su regreso a la serie parece descartado. Su sustituto, con otro nombre pero manteniendo el apellido Riggs, se enfrenta, por tanto, a ese trasfondo dramático del protagonista, a mantener la dinámica con la pareja y, en definitiva, a encajar en un universo que, en mayor o menor medida, estaba construido sobre el alocado policía. Cómo vaya a funcionar la tercera temporada es algo que habrá que analizar en su momento, pero no cabe duda que la fuerza de la pareja protagonista será difícil de volver a conseguir.

Y esto hace más evidente si cabe que esta ficción no es una producción al uso. Aunque se vista como un producto de entretenimiento sin más interés que unas cuantas persecuciones, mucha acción y buenas dosis de humor, lo cierto es que sus protagonistas y la construcción de personajes es sólida, tanto que se alza sobre el resto de elementos para construir un relato más profundo, complejo y de largo recorrido. Dicho de otro modo, la serie se había construido sobre cimientos sólidos, sobre aquello que hace que un relato se mueva y avance. La pareja de policías protagonista acapara hasta tal punto la atención del relato que las numerosas inconsistencias de sus secundarios habituales (algunos parecen presentarse en escena solo como comodín para el episodio de turno) se pueden pasar por alto como si de una anécdota se tratara.

Lo cierto es que el relato de esta segunda temporada, a pesar de ese carácter episódico que tiene la serie, ofrece al espectador un trasfondo interesante y sumamente atractivo. Las personalidades tan diferentes que hicieron de esta pareja un mito del cine se han trasladado fielmente a la pequeña pantalla, con las posibilidades que eso conlleva a la hora de explorar los conflictos y el vínculo entre ellos en diferentes situaciones. Dejando a un lado las explosiones, la trama se construye gracias a las pinceladas que prácticamente en cada episodio se ofrecen del pasado de Riggs y los problemas familiares de Murtaugh. Lo mejor de todo posiblemente sea que algunos detalles aparentemente secundarios adquieren plena relevancia al avanzar la trama, construyendo el argumento de forma orgánica y evolucionando hacia una mayor complejidad a medida que avanzan los episodios.

Es una lástima, sin duda, que la tercera temporada de Arma letal no vaya a continuar con la senda iniciada en estas temporadas, sobre todo en la segunda aquí analizada. Es evidente que la serie mantendrá la espectacularidad, el humor y la acción que la caracterizan, pero es igualmente obvio que nada volverá a ser igual. El final de esta segunda etapa, tan impactante como sobresaliente, es el broche de oro a un tramo final que ahonda en el pasado y la personalidad del principal motor de la historia. Bien de forma independiente a los casos policiales, bien integrado en el conjunto, el modo en que ese tormentoso pasado hace acto de presencia, siempre enlazando con el resto de elementos de la trama, demuestra que esta serie es algo más que acción. Sí, tiene sus altibajos, y hay momentos en que pierde cierto interés (no por casualidad, cuando se abandona la historia de Riggs), pero en líneas generales esta segunda temporada es más completa, interesante, divertida y compleja que la primera.

2ª T. de ‘Riverdale’, o el viaje al lado oscuro de los personajes


El cine es conflicto. Pero dentro de ese conflicto pueden existir muchos matices. Puede ser un conflicto arquetípico, héroes contra villanos sin claroscuros. Puede ser un conflicto interno entre dos opciones contrapuestas. O puede ser una mezcla de ambas, con todas las variaciones que puedan imaginarse. Y en cierto modo, eso es lo que propone la segunda temporada de Riverdale, la serie basada en los cómics de Archie que, lejos de seguir la estela del papel, ha optado por crear personajes y tramas algo más oscuros, con muchas caras ocultas. Lo que cabe preguntarse es si estos 22 episodios abordan correctamente esos contrapuntos, y es ahí donde encontramos ciertos desequilibrios.

Esta segunda etapa de la ficción creada por Roberto Aguirre-Sacasa (serie Glee) se revela como una trama mucho más oscura en todos sus aspectos, tanto narrativos como visuales. Con un asesino en serie como leit motiv principal, el arco dramático general se construye como un árbol a partir de sus historias secundarias, desde algunas más inocuas como la protagonizada por Cheryl Blossom (Madelaine Petsch, vista en F*&% the Prom) hasta otras más complejas como la de la heroína interpretada por Lili Reinhart (Alguien está vigilándote). Todo ello, manejado magistralmente por sus creadores, genera un desarrollo orgánico, capaz de apoyarse en una u otra trama según las necesidades y alimentándose de todas ellas para crear un final álgido y, aunque previsible para muchos, no por ello menos interesante.

Entonces, ¿dónde están los desequilibrios? Fundamentalmente en la evolución de los personajes, sobre todo del héroe de esta historia, al que da vida K.J. Apa (Altar Rock). Soy consciente de que su viaje al lado oscuro era más que necesario para poder dar a la serie un tono alejado de la clásica serie adolescente, pero el proceso vivido en esta segunda temporada de Riverdale genera más dudas que certezas. Bajo la teoría de que es un joven inocente que desconoce los entresijos y tejemanejes de los adultos, este ejemplo de hijo, amigo y novio que es Archie Andrews se deja manejar por los villanos de turno motivado, a su vez, por un deseo de justicia y venganza. Y aunque en alguna que otra ocasión la trama trata de jugar con la idea de que el manipulado pueda llegar a ser el manipulador, la realidad es que el personaje llega a unos extremos no solo poco coherentes con su propia naturaleza, sino del todo ilógicos para cualquier persona con cierto sentido común.

Por suerte o por desgracia, esta debilidad queda más o menos disimulada en el desarrollo con la fuerza dramática del resto de tramas secundarias. “Por suerte” porque la temporada, en líneas generales, logra salir airosa de la prueba, adquiriendo un tono más oscuro, más dramático. “Por desgracia” porque, en teoría, el mayor peso debería haberlo llevado el conflicto interno del protagonista, que debería haber luchado entre sus ansias de venganza y justicia y su educación, y no ha sido así. Sea como fuere, el resultado final es el que se busca: un perfil más trágico de la historia, desvelando no solo secretos del pasado (seña de identidad de estas dos temporadas) sino el lado más “peligroso” de unos personajes aparentemente planos dramáticamente hablando.

Un universo mayor

La segunda temporada de Riverdale también ha dejado constancia de que una serie, si quiere sobrevivir, necesita crecer, expandirse. Evidentemente, el apartado dramático de los protagonistas es esencial, pero es igualmente importante cuidar el contexto, el mundo en el que se mueven. Y en esto los 22 capítulos que componen esta etapa también aciertan al desarrollar muchos de los elementos planteados en la primera temporada y dotarlos de una vida propia. El caso más evidente es el del villano interpretado por Mark Consuelos (Todo lo que teníamos), personaje planteado en la anterior etapa y que ahora, como padre de Verónica Lodge y antagonista principal, ha adquirido una mayor y más interesante dimensión.

Aunque sin duda el más importante por cómo afecta al desarrollo de la trama es la presencia de los Serpientes. Planteados inicialmente como un grupo de moteros al más puro estilo Hijos de la Anarquía, esta segunda temporada se centra más en la versión adolescente de los mismos, en esa especie de familia formada en el instituto entre todos los pertenecientes a la banda. El modo en que se trata la evolución del rol de Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) para convertirse en líder del grupo es sencillamente ejemplar, contrastando notablemente con el tratamiento del rol de Apa. Durante la primera temporada Jughead ya fue uno de los personajes más interesantes del relato, puede que el más interesante, pero en esta continuación simplemente se convierte en el verdadero protagonista. Su historia, su forma de afrontar los retos y el carácter dramático de un joven que une dos mundos muy diferentes (periodismo y literatura con violencia y delitos) le destinan a convertirse en el motor de buena parte de la serie.

El final de esta etapa, al igual que ocurrió con la primera temporada, deja cerradas todas las líneas argumentales abiertas y plantea una nueva trama principal de cara a la tercera parte. Sin embargo, y a diferencia de lo ocurrido antes, en esta ocasión ninguno de los personajes se encuentra en el mismo punto en el que empezó, ni física ni dramáticamente hablando. Esto provoca que estos episodios sean, por necesidad, sumamente importantes para la serie, un punto de inflexión que, más allá del tratamiento o de los fallos que puedan existir, marca un antes y un después para todos los personajes psicológicamente hablando.

El modo en que esto se aborde queda ya en manos de la tercera temporada. De lo que no cabe duda es de que esta segunda etapa de Riverdale es, en líneas generales, más y mejor de lo que ofreció la temporada inicial. Más porque introduce nuevos personajes llamados a ser parte importante de la trama; mejor porque ofrece más intriga y explora las partes menos conocidas de unos personajes aparentemente arquetípicos que, poco a poco, van descubriendo que tienen más caras de las que podría pensarse en un primer momento. Es cierto que el tratamiento no ha sido igual para todos, que existen altibajos dramáticos y que algunas evoluciones dramáticas no son demasiado sólidas, pero el conjunto es capaz de sobreponerse a los errores siempre y cuando no se sigan arrastrando temporada tras temporada. Pero en líneas generales, esta serie adolescente confirma que todavía se pueden reinterpretar los géneros, en este caso la ficción adolescente.

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