2ª T. de ‘Riverdale’, o el viaje al lado oscuro de los personajes


El cine es conflicto. Pero dentro de ese conflicto pueden existir muchos matices. Puede ser un conflicto arquetípico, héroes contra villanos sin claroscuros. Puede ser un conflicto interno entre dos opciones contrapuestas. O puede ser una mezcla de ambas, con todas las variaciones que puedan imaginarse. Y en cierto modo, eso es lo que propone la segunda temporada de Riverdale, la serie basada en los cómics de Archie que, lejos de seguir la estela del papel, ha optado por crear personajes y tramas algo más oscuros, con muchas caras ocultas. Lo que cabe preguntarse es si estos 22 episodios abordan correctamente esos contrapuntos, y es ahí donde encontramos ciertos desequilibrios.

Esta segunda etapa de la ficción creada por Roberto Aguirre-Sacasa (serie Glee) se revela como una trama mucho más oscura en todos sus aspectos, tanto narrativos como visuales. Con un asesino en serie como leit motiv principal, el arco dramático general se construye como un árbol a partir de sus historias secundarias, desde algunas más inocuas como la protagonizada por Cheryl Blossom (Madelaine Petsch, vista en F*&% the Prom) hasta otras más complejas como la de la heroína interpretada por Lili Reinhart (Alguien está vigilándote). Todo ello, manejado magistralmente por sus creadores, genera un desarrollo orgánico, capaz de apoyarse en una u otra trama según las necesidades y alimentándose de todas ellas para crear un final álgido y, aunque previsible para muchos, no por ello menos interesante.

Entonces, ¿dónde están los desequilibrios? Fundamentalmente en la evolución de los personajes, sobre todo del héroe de esta historia, al que da vida K.J. Apa (Altar Rock). Soy consciente de que su viaje al lado oscuro era más que necesario para poder dar a la serie un tono alejado de la clásica serie adolescente, pero el proceso vivido en esta segunda temporada de Riverdale genera más dudas que certezas. Bajo la teoría de que es un joven inocente que desconoce los entresijos y tejemanejes de los adultos, este ejemplo de hijo, amigo y novio que es Archie Andrews se deja manejar por los villanos de turno motivado, a su vez, por un deseo de justicia y venganza. Y aunque en alguna que otra ocasión la trama trata de jugar con la idea de que el manipulado pueda llegar a ser el manipulador, la realidad es que el personaje llega a unos extremos no solo poco coherentes con su propia naturaleza, sino del todo ilógicos para cualquier persona con cierto sentido común.

Por suerte o por desgracia, esta debilidad queda más o menos disimulada en el desarrollo con la fuerza dramática del resto de tramas secundarias. “Por suerte” porque la temporada, en líneas generales, logra salir airosa de la prueba, adquiriendo un tono más oscuro, más dramático. “Por desgracia” porque, en teoría, el mayor peso debería haberlo llevado el conflicto interno del protagonista, que debería haber luchado entre sus ansias de venganza y justicia y su educación, y no ha sido así. Sea como fuere, el resultado final es el que se busca: un perfil más trágico de la historia, desvelando no solo secretos del pasado (seña de identidad de estas dos temporadas) sino el lado más “peligroso” de unos personajes aparentemente planos dramáticamente hablando.

Un universo mayor

La segunda temporada de Riverdale también ha dejado constancia de que una serie, si quiere sobrevivir, necesita crecer, expandirse. Evidentemente, el apartado dramático de los protagonistas es esencial, pero es igualmente importante cuidar el contexto, el mundo en el que se mueven. Y en esto los 22 capítulos que componen esta etapa también aciertan al desarrollar muchos de los elementos planteados en la primera temporada y dotarlos de una vida propia. El caso más evidente es el del villano interpretado por Mark Consuelos (Todo lo que teníamos), personaje planteado en la anterior etapa y que ahora, como padre de Verónica Lodge y antagonista principal, ha adquirido una mayor y más interesante dimensión.

Aunque sin duda el más importante por cómo afecta al desarrollo de la trama es la presencia de los Serpientes. Planteados inicialmente como un grupo de moteros al más puro estilo Hijos de la Anarquía, esta segunda temporada se centra más en la versión adolescente de los mismos, en esa especie de familia formada en el instituto entre todos los pertenecientes a la banda. El modo en que se trata la evolución del rol de Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) para convertirse en líder del grupo es sencillamente ejemplar, contrastando notablemente con el tratamiento del rol de Apa. Durante la primera temporada Jughead ya fue uno de los personajes más interesantes del relato, puede que el más interesante, pero en esta continuación simplemente se convierte en el verdadero protagonista. Su historia, su forma de afrontar los retos y el carácter dramático de un joven que une dos mundos muy diferentes (periodismo y literatura con violencia y delitos) le destinan a convertirse en el motor de buena parte de la serie.

El final de esta etapa, al igual que ocurrió con la primera temporada, deja cerradas todas las líneas argumentales abiertas y plantea una nueva trama principal de cara a la tercera parte. Sin embargo, y a diferencia de lo ocurrido antes, en esta ocasión ninguno de los personajes se encuentra en el mismo punto en el que empezó, ni física ni dramáticamente hablando. Esto provoca que estos episodios sean, por necesidad, sumamente importantes para la serie, un punto de inflexión que, más allá del tratamiento o de los fallos que puedan existir, marca un antes y un después para todos los personajes psicológicamente hablando.

El modo en que esto se aborde queda ya en manos de la tercera temporada. De lo que no cabe duda es de que esta segunda etapa de Riverdale es, en líneas generales, más y mejor de lo que ofreció la temporada inicial. Más porque introduce nuevos personajes llamados a ser parte importante de la trama; mejor porque ofrece más intriga y explora las partes menos conocidas de unos personajes aparentemente arquetípicos que, poco a poco, van descubriendo que tienen más caras de las que podría pensarse en un primer momento. Es cierto que el tratamiento no ha sido igual para todos, que existen altibajos dramáticos y que algunas evoluciones dramáticas no son demasiado sólidas, pero el conjunto es capaz de sobreponerse a los errores siempre y cuando no se sigan arrastrando temporada tras temporada. Pero en líneas generales, esta serie adolescente confirma que todavía se pueden reinterpretar los géneros, en este caso la ficción adolescente.

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‘Predicador’ explora la importancia del miedo y la falta de fe en su 2ª T.


Si algo bueno tienen las adaptaciones literarias, de cómics o de cualquier otro producto cultural es poder apreciar las diferentes narrativas y argumentales entre el cine (o la televisión) con el original. No se trata de decir si uno es mejor que otro; ni siquiera consiste en intentar adivinar lo que va a ocurrir a continuación, utilizando la ventaja de conocer el original. En realidad, lo más interesantes es comprobar cómo una historia puede contarse de muchas formas diferentes aunque tenga, en esencia, el mismo desarrollo. Y eso es lo que, con éxito, está logrando Preacher (Predicador), que en su segunda temporada continúa esa incansable búsqueda de Dios, pero con muchos e imprescindibles matices.

Ahora que queda poco más de un mes para que comience la tercera temporada en Estados Unidos, es importante comprender que esta segunda etapa de la serie creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Supersalidos) y Seth Rogen (The interview) difiere notablemente del cómic creado por Garth Ennis y Steve Dillon en su desarrollo, pero no en su esencia. Más allá de la búsqueda divina, ‘leit motiv’ de esta trama, lo interesante se encuentra en los matices y, sobre todo, en la perfecta conjunción entre personajes y escenarios, entre dramatismo y humor negro. Bajo este prisma, la serie se convierte en algo único, un deleite para los sentidos que explora las miserias del ser humano… y de aquellos que no son del todo humanos.

De nuevo, la dinámica generada entre los tres protagonistas es lo que sustenta todo el relato. Esta segunda temporada de Predicador demuestra, y esto es algo a tener muy en cuenta para un guionista iniciado, que dicha dinámica no tiene que ser, necesariamente, positiva. Ni siquiera estar en el mismo nivel dramático en todo momento. Si en la primera etapa los tres personajes estaban íntimamente ligados por diferentes tipos de relaciones (creando un triángulo sólido), en estos 13 episodios dichas relaciones quedan fracturadas por los intereses y los problemas personales, que chocan unos con otros y alejan a los protagonistas. Así, la búsqueda del predicador interpretado por Dominic Cooper (Warcraft: El origen) deja de lado el miedo al que debe enfrentarse el rol de Ruth Negga (Loving) por El Santo de los Asesinos. Y en medio de todo esto, un vampiro que trata primero de ser el padre que nunca fue y, después, afrontar sus propios errores como hombre y como vampiro.

Y aunque pueda parecer contradictorio, tres arcos argumentales tan diferentes, tan propios, son los que hacen avanzar la trama de un modo sólido y único. Y es que, a pesar de líneas narrativas independientes, todo se desarrolla bajo el mismo paraguas, que no es otro que la falta de fe. Ya sea en Dios o en uno mismo, esta temporada aborda precisamente eso, la pérdida de nosotros mismos, de nuestra verdadera forma de ser. Da igual cual sea el origen (errores propios, miedo a la muerte, un camino que parece llevar a ninguna parte), lo cierto es que el resultado termina siendo el mismo para cada uno de los protagonistas. Y el modo en que lo afrontan, en solitario y alejados del resto, es lo que permite explorar sus debilidades de un modo que, de otro modo, no se podría.

Infierno y El Grial

En medio de esa búsqueda de la fe, la confianza y el sentido a nuestros actos, Predicador logra la máxima expresión de lo que comentábamos al inicio de este texto: las diferencias y similitudes entre el original y la adaptación. Entre las primeras destaca sobremanera el tratamiento que la serie hace del infierno. Muy en la línea de lo creado por Ennis y Dillon, ese infierno condena a las almas a revivir una y otra vez su recuerdo más doloroso, el que más les aterra. Y de nuevo, el humor más negro que pueda pensarse. Evidentemente, en un lugar tan malvado solo pueden estar los personajes más perversos de la Historia, entre ellos el propio Hitler. Este pequeño espacio de relato propio es utilizado por la ficción para volver a demostrar que en el relato nada es lo que parece, que todo se tergiversa hasta hacerlo más perverso bajo una imagen de cotidianidad. Así, ese infierno planteado como una cárcel casi militar sitúa a Hitler ante un infierno propio cuanto menos sorprendente, y a todas luces divertido.

En contraposición, la organización de El Grial está planteada casi como un calco de lo visto en los cómics, incluido el carácter de Herr Starr (Pip Torrens, visto en La chica danesa). Es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de esta segunda temporada, básicamente porque su presencia en el desarrollo dramático posterior es imprescindible para comprender el viaje del héroe. De ahí que los guionistas aprovechen esa falta de fe del protagonista a la hora de buscar a Dios para introducir esta organización, establecer las relaciones dramáticas entre ellos y sentar las bases del posterior conflicto que se vaya a desarrollar. Y aquí puede verse, en su máximo esplendor, la estructura argumental de esta temporada, construida de forma orgánica para que todas las líneas narrativas se nutran unas de otras. Lejos de plantear historias secundarias que corran de forma paralela a la principal (que también hay algo de esto), los creadores aprovechan los conflictos aparentemente secundarios para influir, en mayor o menor medida, en la historia principal protagonizada por Jesse Custer.

De este modo, la trama es capaz de crecer. Si antes hablábamos de la diferencia entre la primera y la segunda temporada en lo que a las relaciones entre los tres protagonistas se refiere, ahora es conveniente señalar que esto no deja de ser una forma de trasladar la dinámica que debe existir en una secuencia, en un acto y en un episodio (o una película) a un concepto mayor como es una serie de varias temporadas. Del éxito logrado en la primera temporada se pasa a las decepciones que se viven en esta segunda etapa. Y lo más probable es que la tercera temporada ahonde en estas diferencias y en el pasado de los protagonistas, a tenor de algunos datos ofrecidos en estos 13 capítulos. Pero eso es adelantar acontecimientos. La realidad es que la estructura dramática de esta entrega logra crecer en la adversidad, construyendo con mimo y cuidado los conflictos tanto internos de cada personaje como externos (ya sea entre amigos o enemigos).

Lo cierto es que la segunda temporada de Predicador confirma a esta serie como una de las más irreverentes que existen actualmente. Nada en ella está dejado al azar, ya sea por seguir la línea argumental del cómic, ya sea incorporando sus propios escenarios y tramas. El humor negro, la ironía y la violencia que roza el absurdo siguen siendo, por suerte, las señas de identidad de la serie, pero hay algo más. Algo que hace que la trama crezca, que los personajes adquieran más complejidad. Y en este caso, ese algo son sus miedos, sus errores del pasado y su frustración por no poder solventarlos como, hasta ahora, habían podido afrontar todos los conflictos. En definitiva, ponerles ante sus debilidades para que puedan crecer en la adversidad. Así las cosas, la serie afronta ahora, de continuar la estela del cómic original, los momentos más oscuros y dramáticos de todos. Teniendo en cuenta la originalidad y la frescura que aportan los guionistas, la expectación es máxima.

2ª temporada de ‘Stranger things’, más personajes y ciencia ficción


Una de las máximas de cualquier serie es que tiene que evolucionar. Sea como sea, tienen que existir cambios suficientes para que la ficción crezca. En algunos casos es introduciendo nuevos personajes y, con ellos, nuevas tramas. En otros, situando a los protagonistas ante nuevos retos personificados en villanos. Y en otros, como ocurre con la segunda temporada de Stranger things, profundizando más en los elementos que ya fueron planteados en la primera temporada. Y esto tiene su lado positivo y su lado negativo, y el éxito o fracaso de estos 9 episodios nuevos radica no solo en los ojos con los que los vea el espectador, sino en la habilidad de los hermanos Matt y Ross Duffer (serie Wayward Pines) para inclinar la balanza hacia los aspectos más positivos del relato.

Una habilidad que queda patente al ver el resultado de este nuevo homenaje al cine de ciencia ficción de los años 80. Superado el elemento sorpresa de su ambientación, la trama se ha vuelto más adulta para adentrarse en el mundo Del Revés planteado en su primera etapa y en la amenaza que suponen las criaturas de este otro lado. Y aunque la trama vuelve a utilizar el mismo desarrollo (al menos de forma esquemática) que tan buen resultado obtuvo en los primeros episodios, lo cierto es que el peso dramático que adquieren personajes adultos como el sheriff interpretado por David Harbour (Escuadrón Suicida) dota al conjunto de una visión más global y más compleja de lo planteado inicialmente.

Y es que aunque pueda parecer excesivamente simple, la trama ya no se centra en la búsqueda de un niño desaparecido, sino en la lucha directa y sin cuartel contra la amenaza de las criaturas de ese otro mundo. Mientras que la primera temporada tenía un carácter más aventurero adolescente (y que cada cual lo asocie a la película que crea oportuno), esta segunda etapa de Stranger things se entrega por completo a la ciencia ficción, a la lucha contra algo de otro mundo al que cuesta derrotar y no se llega a entender nunca. El cambio de concepto es evidente, pero eso no implica que sea peor. Sencillamente, era necesario buscar una salida a un planteamiento que no podía repetirse, y dado que el elemento sorpresa de la ambientación ya ha caducado (aunque sigue siendo espléndido), la opción elegida ha sido la de enfocar la trama hacia ese formato.

Para gustos los colores, por supuesto, pero personalmente creo que es acertado. Para empezar, ha permitido a la serie mantener buena parte de su esencia al tiempo que ha agrandado sus miras y sus objetivos, abriendo la puerta a nuevas posibilidades narrativas. Y lo más importante, ha introducido nuevos personajes que, a su vez, ha sido catalizadores de importantes cambios en los protagonistas, adultos y niños, que les ha permitido crecer dramáticamente hablando. Desde los problemas amorosos de unos preadolescentes hasta los conflictos románticos de adolescentes y adultos, pasando por el modo en que cada uno de ellos se enfrentan a esa amenaza procedente de otro mundo. Todo ello, aunque de forma sutil, hace que la visión de esta serie cambie. Desde un punto de vista narrativo, la apuesta de los hermanos Duffer no podría ser más idónea.

Referencias, más referencias

Y dado que mencionamos los nuevos personajes, es conveniente señalar que no todos los secundarios introducidos en esta nueva temporada tienen el mismo peso. De hecho, algunos resultan un tanto anodinos. Es el caso, por ejemplo, de todo el periplo de Eleven, el rol interpretado por Millie Bobby Brown (serie Intruders). Aunque necesario para explorar los orígenes de este personaje, lo cierto es que esa especie de viaje al Lado Oscuro se antoja poco elaborada. Sí, explica muchos elementos que definen a esta niña con poderes, pero al mismo tiempo plantea ciertas dudas sobre la necesidad de volverse, aunque sea por un instante, una delincuente.

Posiblemente este sea uno de los conceptos de Stranger things más cuestionables, amén de la aparición de una chica en el grupo de niños que causa una cierta revolución romántica en los protagonistas. Carente de originalidad, esta dinámica solo podrá tener justificación si se desarrolla de forma coherente en la próxima temporada, y sobre todo si no cae en los arquetipos vistos en miles de historias de este tipo. Eso sí, la presencia de esta joven interpretada por Sadie Sink (The Bleeder) convierte al grupo en un reflejo del que protagoniza It. Y precisamente las referencias al cine de terror y ciencia ficción más emblemático es uno de los elementos a aplaudir en esta segunda temporada.

En efecto, la trama está plagada de momentos que homenajean a grandes e inmortales títulos del género. La inclusión de Sean Astin, Sam en la saga ‘El Señor de los Anillos’ y uno de los protagonistas de Los Goonies (1985) así lo confirma. Pero hay mucho más. El final que se desarrolla en las instalaciones militares desiertas y plagadas de criaturas es una evidente referencia a Parque Jurásico (1993); la referencia a Los cazafantasmas (1984) ni siquiera es necesario analizarla; la secuencia que comparten en una casa los personajes de Charlie Heaton (El secreto de Marrowbone) y Natalia Dyer (After Darkness) antes de acostarse es un claro homenaje a Indiana Jones y el templo maldito (1984). Y como ellas, numerosos detalles, algunos más evidentes que otros, que confirman esta serie como una referencia constante a clásicos del cine y, sobre todo, a los directores que los hicieron posibles.

Puede parecer que Stranger things ha dejado de ser Stranger things. Pero lo cierto es que, como toda buena serie, ha evolucionado. ¿Hacia dónde? Por el momento, hacia una trama mucho más rica, compleja y abierta de lo que fue la primera temporada. El peso dramático de los adultos ha pasado de meros secundarios en la órbita de unos jóvenes que buscan a su amigo desaparecido a protagonistas de pleno derecho en una lucha contra un mal mayor. Si a esto se une la complejidad que adquiere ese enemigo y el cambio producido en los arcos argumentales de los jóvenes protagonistas, lo que nos encontramos es una segunda temporada que ofrece más en todos los sentidos. Y hasta cierto punto, ese es el objetivo de toda continuación, aunque en este caso la introducción de nuevos personajes y las consecuentes nuevas tramas secundarias generan un doble fenómeno. Por un lado, esa riqueza dramática y de ciencia ficción ya mencionada. Pero por otro, se expande el tanto el mundo presentado en los primeros episodios que se diluye el tratamiento de algunos protagonistas, provocando una cierta sensación de abandono de los mismos. Sea como fuere, con una tercera temporada confirmada existe margen para continuar desarrollando y profundizando en este universo, potenciando todo lo bueno que lo define y tratando de minimizar los problemas de ese crecimiento dramático.

‘Supergirl’ se entrega a la comedia dramática adolescente en su 2ª T.


No voy a defender que Supergirl sea una gran serie de superhéroes. Más bien, un entretenimiento inocente con superpoderes y efectos especiales de por medio. Pero la primera temporada presentaba, en cierto modo, varios conceptos interesantes relacionados con el mundo de los cómics y, en concreto, de DC Cómics. Todo eso parece haberse perdido, o al menos atenuado, en los 22 episodios de la segunda parte, que terminaron de emitirse en Estados Unidos en mayo y que, durante su desarrollo, han pasado por todo tipo de cambios para reubicar a la heroína de la capa en un contexto más adolescente, más romántico si se prefiere, con problemáticas que, en el fondo, se alejan en su mayoría de los valores promulgados en la anterior etapa.

Posiblemente todo esto tenga algo que ver (o mucho) con el cambio de cadena, pero sea como fuere la serie creada por Ali Adler (serie The New Normal), Greg Berlanti y Andrew Kreisberg (ambos autores de Arrow) ha dado un giro conceptual más que notable, tanto por el sentido que han adquirido las aventuras de la última hija de Krypton como por el tratamiento que los personajes, sobre todo los secundarios, han pasado a tener. Y este es el caso más llamativo. A lo largo de la primera temporada se construyeron una serie de relaciones y se presentaron diversas tramas secundarias que parecían estar llamadas a complementar los combates de la prima de Superman. De golpe y porrazo, o mejor dicho a golpe de teclado, sus responsables han eliminado buen parte de ese universo construido, han desaparecido personajes que tuvieron cierto impacto en la historia y se ha dado un nuevo sentido a algunos personajes. El caso más evidente es el de la hermana de la protagonista, interpretado por Chyler Leigh (Brake).

Muchos cambios, en efecto, pero lo relevante es si influyen, y cómo, en el desarrollo de Supergirl. Desde luego, la respuesta más inmediata y genérica es que sí, influyen y mucho. Y como en cualquier producción, la subjetividad juega un papel fundamental. Por un lado, todas estas modificaciones aportan al conjunto mayor dinamismo, incidiendo más en la aventura y en el carácter despreocupado y “blanco” de la serie. Dicho de otro modo, la segunda temporada acentúa el carácter más luminoso de la protagonista y, por ende, de la serie, acercándola a otras producciones como The flash en su primera temporada. Poco importa que el villano de turno sea más o menos poderoso; poco importan las dificultades de la heroína. Al final, todo sale bien, en algunos casos con ayuda (la incorporación de Superman, al que da vida Tyler Hoechlin -serie Teen wolf– es de lo más acertado de la trama) y en otros por su cuenta, lo que resta gravedad a la narración y la presenta como puro entretenimiento.

Pero por otro, convierten a la historia en una producción más de corte adolescente, con problemas amorosos que parecían superados, incluso, en algunos momentos de la primera temporada. Y esto, a priori, no sería algo negativo si no fuera porque el recorrido de estas tramas secundarias, al menos hasta el tercio final de la historia, es prácticamente inexistente, lo que evidencia la falta de fuerza de las mismas. Esto obliga a un tratamiento circular, es decir, a presentar un desarrollo positivo, un conflicto (si no el mismo, muy similar) que ponga en valor aún más la relación romántica, una disculpa (verbal o de acción) y vuelta a empezar. Posiblemente lo mejor de este caso es que, con el final que han tenido estos 22 capítulos, se ha apostado fuerte por hacer avanzar la acción y plantear una tercera temporada con nuevos retos. Al menos a tenor de las últimas imágenes.

Los Luthor, omnipresentes

Dejando a un lado el tratamiento dramático de la historia, la segunda temporada de Supergirl también confirma una idea que parecía entreverse en la primera tanda de episodios, y es el hecho de que sus creadores parecen haber hecho una apuesta clara por convertir este universo en la versión femenina de Superman, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Si en la anterior temporada se hizo a través de varios villanos tradicionalmente asociados al hombre de acero, en estos capítulos la presencia de la familia Luthor no hace sino confirmar ese aire de homenaje al superhéroe más icónico de DC. Y como no podía ser de otro modo, el nombre del archienemigo de Superman está representado por mujeres. No una, sino dos. Es evidente que su presencia en esta temporada, además de apoyar algunas tramas secundarias, tiene por objetivo crear toda una estructura que permita construir una auténtica confrontación héroe-villano capaz de perdurar en el tiempo y que sea ajena, en cierto modo, a las historias de cada temporada.

De este modo, el clan Luthor está llamado a convertirse en el otro pilar fundamental de la serie, una suerte de enemigo con el que jugar al gato y al ratón con el espectador. La labor en este caso de Katie McGrath (Jurassic World) y la química con Melissa Benoist (El viaje más largo) serán fundamentales para poder sostener el delicado equilibrio entre la amistad y la enemistad de ambos personajes, así como para decantar hacia un lado u otro en el momento exacto y con un desarrollo coherente.

Lo que también parece que va a aprovechar la serie es toda la iconografía cultural generada alrededor del héroe de la capa roja, lo que por cierto consolida esa versión femenina de Superman en que parece convertirse esta serie (y que personalmente considero que es un error). La presencia en esta temporada de Teri Hatcher, la Lois Lane de Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman, unida a la ya conocida de Dean Cain (Superman en la misma serie) crean todo un metalenguaje que los más fieles seguidores del personaje y sus diferentes adaptaciones en cine y televisión comprenderán mejor que nadie. El guiño de Kevin Sorbo, protagonista de otra conocida serie como es Hércules: Sus viajes legendarios, apoya además la teoría de que la serie contará con la presencia de actores a los que se asocia con clásicos personajes del cine o la televisión.

No se puede decir que Supergirl haya sido nunca una serie oscura, o al menos dramática, como puede serlo Arrow. Sin embargo, esta segunda temporada ha experimentado un giro hacia el drama adolescente que ha afectado significativamente al desarrollo de la trama. Primero porque han surgido personajes casi de la nada que han arrastrado con ellos una serie de historias secundarias cuyo encaje en el universo ya creado de la trama principal es cuanto menos cuestionable. Segundo porque ha habido secundarios que, o bien se han quitado de en medio de un plumazo, o bien se les ha dado una salida un tanto, digamos, increíble (que el fotógrafo James Olsen se convierta en justiciero es de lo más surrealista que puede existir). El final de la temporada, abierto como es habitual, deja la esperanza de que, una vez sentadas todas las bases del cambio experimentado en estos 22 episodios, la serie recupere cierta normalidad.

La 2ª T. de ‘Billions’ confirma que en la guerra todo vale para ganar


Posiblemente Billions sea uno de los mejores ejemplos actuales en los que la relación antagonista entre dos personajes es capaz de nutrir y sostener una trama de 12 episodios. La primera temporada dejó claro que la lucha entre estos dos protagonistas iba a ser encarnizada, pero la segunda tanda de capítulos que ahora nos ocupa es capaz no solo de llevar esta particular guerra entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, objetivo principal de la continuación, sino que lo hace evolucionando las tramas secundarias e integrándolas de forma consciente en la principal, ofreciendo un mosaico dramático mucho más complejo y desarrollando algunas de las ideas ya planteadas en la primera parte hasta alcanzar un grado excepcional en su calidad.

A todo ello se suma, en varios episodios, un tratamiento formal original, alejado de la narrativa tradicional que suele ofrecer esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del libreto de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin. En efecto, la trama no solo juega con el duelo moral y legal que se plantea entre estos dos personajes, sino que aprovecha diversos puntos de inflexión en el desarrollo de la temporada para ofrecer al espectador una visión diferente de la historia, ya sea en forma de flashback, ya sea con una rápida reinterpretación final de todo lo acontecido en un capítulo que aporta una visión nueva y fresca de lo ocurrido. Dichos recursos aportan, además, mayor profundidad a los antagonistas y a sus motivaciones, confirmando algo que ya parecía claro en la primera temporada: que están dispuestos a llegar a donde sea con tal de destruir a su adversario.

En este sentido, lo más interesante de Billions radica en el hecho, precisamente, de que no existen límites a esta obsesión. Y cuando digo que no existen, es que realmente no existen. Un ejemplo claro es el que protagoniza el fiscal interpretado por Paul Giamatti (San Andrés), que es capaz de perder millones de dólares de un fondo personal y arruinar a los que llama amigos con tal de tender una elaborada trampa al gestor al que vuelve a dar vida Damian Lewis (Un traidor como los nuestros), en el que sin duda es el giro más impactante de la temporada tanto por el cambio de rumbo de la trama como por las implicaciones morales y sociales que plantea a la mayoría de personajes, sobre todo para un fiscal capaz de cruzar todas las fronteras. Pero no es el único caso. Esta guerra deja en esta segunda etapa una escalada de ataques que llevan la trama hasta un nivel que va a ser difícil de superar en sucesivas entregas, aunque visto lo visto cualquier cosa puede pasar.

Y ya que mencionamos a Giamatti y Lewis, es imprescindible hacer hincapié en la labor de ambos actores. Como ya ocurriera en la primera temporada, los dos son capaces de aportar a sus roles un mayor dramatismo, mayor fanatismo y, en definitiva, dotarlos de muchas más dimensiones y matices de los que a priori se muestran sobre el papel. En concreto, estos últimos episodios cargan más la narración sobre los hombros del primero, que no solo sale victorioso, sino que es capaz de revelar facetas hasta ahora ocultas del fiscal. Su plan para atrapar a su archienemigo, su forma de tejer tramas con sus subordinados e, incluso, el modo en que maneja la situación con su esposa, demuestran tanto la verdadera naturaleza de este rol como la excepcional labor de Giamatti en los momentos clave.

Las mujeres, a escena

Antes apuntaba que las tramas secundarias en la segunda temporada de Billions han adquirido mayor relevancia. Bueno, lo justo sería decir que sin ellas posiblemente sería imposible articular la evolución dramática de estos capítulos. En efecto, mientras que en la primera parte de la serie las historias ajenas a la lucha entre los protagonistas parecían servir únicamente como herramienta dramática a utilizar en el momento clave para ofrecer un giro argumental, en esta nueva tanda de episodios se convierten en ramificaciones fundamentales para llevar la historia hasta donde sus guionistas desean. Muchos son los ejemplos, desde esa extraña joven interpretada por Asia Kate Dillon (Hitting the wall) que debería tener, y esperemos que así sea, mayor protagonismo en el futuro, hasta la investigación a la que es sometido el fiscal interpretado por Giamatti.

Pero entre todas ellas destacan dos, las dos que afectan a las mujeres de los protagonistas, de nuevo interpretadas por Maggie Siff (serie Hijos de la Anarquía) y Malin Akerman (Sácame del paraíso). Si bien es cierto que estos roles son fundamentales para entender la dinámica antagonista que sustenta todo el relato, también hay que reconocer que hasta ahora eran casi testimoniales, sobre todo el de Akerman, limitándose a ser daños colaterales en una guerra en la que se ven inmersas casi sin comerlo ni beberlo. Sin embargo, en estos capítulos las tornas cambian, adquiriendo un papel más activo y, sobre todo, determinante en la forma de afrontar los desafíos de los héroes (o antihéroes) de turno. Es cierto que la presencia de Siff siempre ha sido muy activa, pero es ahora cuando aporta un mayor peso e influencia a la relación entre los papeles de Giamatti y Lewis, siendo determinante en algunas decisiones y, sobre todo, poniendo la relación con su marido, el fiscal, en un punto cuanto menos comprometido.

Mayor cambio es el que experimenta el papel de Akerman, sobre todo porque su influencia no solo se extiende a la trama principal, sino incluso a la secundaria que protagoniza Siff. Su desaparición durante varios días, su fuerza a la hora de tomar determinadas decisiones o el modo en que afronta las mentiras de su marido la convierten en un factor determinante para entender la temporada. Pero es que además los creadores de la serie la dibujan con un trazo mucho más definido para convertirla en una suerte de archienemiga del personaje de Siff, es decir, creando una segunda línea de confrontación entre las esposas de los respectivos maridos involucrados en una guerra sin cuartel para destruirse mutuamente. El paralelismo es evidente, lo que abre una serie de posibilidades apasionantes, sobre todo si se logra dotar de autonomía esta segunda trama y se consigue que ambas se nutran mutuamente.

La segunda temporada de Billions es, por tanto, todo lo que puede esperarse de la continuación de una historia. Todo lo bueno, quiero decir. El desarrollo dramático envuelve la trama de un carácter más oscuro, la confrontación entre los antagonistas permite un mayor conocimiento de los personajes, y la complejidad aumenta a medida que nuevas tramas secundarias con nuevos o conocidos personajes se incorporan a la principal, nutriéndola y ampliando el abanico de caminos narrativos. Es, en definitiva, una aplicación de la fórmula ‘más y mejor’ realizada con coherencia, sin caer en el histrionismo o el exceso que perfectamente podrían haber sido seña de identidad en estos episodios. Y lo más atractivo es que la temporada termina con un final ejemplar que deja todo listo para que la partida entre el fiscal de dudosas prácticas y el gestor de fondos con una actividad sospechosamente ilegal continúe.

‘Wayward Pines’ cambia cromos pero mantiene problemas en su 2ª T.


Jason Patrick es uno de los nuevos rostros de la segunda temporada de 'Wayward Pines'.Algo se ha tenido que hacer realmente mal cuando una serie cambia la mayoría de sus elementos de una serie a otra. Tono diferente para la trama, nuevos actores, etc. Y lo cierto es que la primera temporada de Wayward Pines tuvo mucho de eso (de errores, me refiero), hasta el punto de que los nuevos 10 episodios han tratado de hacer borrón y cuenta nueva al cambiar el thriller por una suerte de drama con dosis de acción, y al reclutar nuevos actores eliminando poco a poco a los supervivientes de la anterior. El problema es que este cambio de cromos no ha supuesto una mejora dramática.

Y no lo ha hecho por dos motivos básicos. Para empezar, el desarrollo de la trama carece de consistencia. Con una historia tan rica en matices y con posibilidades infinitas para convertirse en una lectura apocalíptica de la sociedad, la serie creada por Chad Hodge (The Playboy club) con la supervisión de M. Night Shyamalan (El sexto sentido) se limita a ser un producto superviviente, más o menos como los personajes que pueblan el futuro en el que se enmarca el argumento. Con un desarrollo sumamente lineal y unos personajes unidimensionales, la ficción deambula por conflictos no solo previsibles, sino tópicos y con conclusiones limitadas que, para colmo, no tienen continuidad en forma de consecuencias para los protagonistas.

Dicho de otro modo, Wayward Pines propone, narra y resuelve sin que ello haga mella en los roles más importantes de su trama esta segunda temporada. La presencia de un nuevo héroe interpretado por Jason Patrick (Cavemen)  resulta cuestionable. Para empezar, su confusión inicial se elimina de forma directa sin que exista un desarrollo dramático de su nueva situación; además, no se profundiza en los conflictos con la que fuera su esposa, amén de que la presunta lucha por el poder es cuanto menos cuestionable.

El otro gran problema es el reparto elegido. Eliminar a los actores iniciales debe servir, al menos en teoría, para presentar un elenco que mejore la labor realizada en la primera temporada. Al menos que sea equiparable. Pero ni una cosa ni la otra. Los nuevos personajes unidimensionales cuentan con unos actores limitados, ya sea por el poco recorrido de los roles que interpretan o por sus propias deficiencias como actores. A esto se suma una realización correcta en los momentos dramáticos pero excesivamente caótica en las secuencias de acción.

¿Futuro prometedor?

Todo ello, desde luego, no convierte a la segunda temporada de esta serie basada en las novelas de Blake Crouch en algo memorable. Y si tenemos en cuenta el final elegido para la historia (habrá que ver si es definitivo o temporal), da la sensación de que la solución adoptada es la de borrón y cuenta nueva… literalmente, abriendo la posibilidad de que Wayward Pines tenga un mejor reinicio en todos los sentidos.

Pero no todo ha sido negativo, o al menos han existido elementos y episodios lo suficientemente interesantes como para mantener a los espectadores un poco más semana tras semana. Para empezar, algunas secuencias que narran el modo en que se produjo la creación del pueblo y cómo ese grupo de personas supo que estaban preparados para volver. En el que sin duda es uno de los episodios más interesantes, el personaje interpretado por Djimon Hounsou (La leyenda de Tarzán) es el encargado de asistir durante décadas a la destrucción del planeta y la evolución del ser humano, afrontando asimismo su soledad y la dura realidad de que sus seres queridos han muerto.

A esto se suma un villano que resulta mucho más interesante que el resto de conflictos dramáticos juntos. De hecho, se convierte de lejos en el personaje más interesante de la ficción, y eso que apenas abre la boca (salvo para gritar) y aparece a mitad de temporada. Se trata del rol interpretado por Rochelle Okoye, que ha fraguado su carrera como doble de acción en infinidad de series y películas. Es curioso cómo este personaje tiene una definición mucho más compleja, más atractiva y enriquecedora que el resto de personajes. De hecho, y aunque se puede decir que también es un poco arquetípica, la líder de las criaturas a las que se enfrentan los habitantes de este pueblo, la falta de información sobre ella y cómo se descubre la convierte en un ser enigmático y tremendamente interesante, al menos para los parámetros establecidos por la propia ficción.

Pero ninguno de estos aspectos es capaz de evitar la sensación de que Wayward Pines no es capaz de librarse de las debilidades que arrastra de su primera temporada. Y eso es porque son innatas. Los personajes poco definidos, las tramas arquetípicas y lineales, y los conflictos previsibles se han convertido en seña de identidad de una serie que pretende ser algo que no es. Y ni siquiera saca provecho de aquello que realmente resulta interesante. La solución estaría en hacer borrón y cuenta nueva. Como he mencionado, el borrón ya ha tenido lugar. Ahora hay que ver si se considera necesaria una cuenta nueva.

‘Daredevil’ amplía su universo con más dramatismo en la 2ª T.


'Daredevil' se enfrenta a Punisher en la segunda temporada.La serie sobre Daredevil creada por Drew Goddard (Marte) acerca del famoso superhéroe de Marvel fue una de las sorpresas más gratas de 2015. Y lo fue porque, al igual que en otras producciones superheróicas, presentaba al héroe no solo en base a sus valores, sino como contraposición de un mal mayor al que derrotar. Y como toda gran producción sobre estos personajes, su segunda temporada debía doblar la apuesta. Sin embargo, esta especie de salto de fe es arriesgado si no se sabe sobre qué pilares realizar dicha apuesta. Por fortuna, Goddard es consciente de que, más allá de la acción o la violencia, esta trama se basa en personajes, en sus traumas y en sus dilemas, y es ahí donde estos nuevos 13 episodios logran un crecimiento dramático más que notable.

Porque sí, la segunda temporada de la serie cuenta con dos nuevos y relevantes personajes, cada uno enemigo del héroe a su manera. Y en cierto modo, la aparición de uno y otro divide esta etapa en dos partes, aunque finalmente se fundan en una única historia más grande. Pero es esa introducción escalonada lo que permite, por un lado, desarrollar de forma más sólida las motivaciones de estos nuevos roles, y por otro las tramas secundarias que se derivan de ellos. Sin ir más lejos, la evolución del personaje de Deborah Ann Woll (serie True blood) es sencillamente brillante, aprovechando el desarrollo de la historia de Punisher (espléndido Jon Bernthal –El contable-) para llevar este rol a un nuevo terreno, más maduro y mucho más arriesgado.

Y esto es únicamente un ejemplo. En realidad, lo más interesante de estos capítulos de Daredevil radica en el desarrollo orgánico del arco argumental. Goddard es capaz de crear algo literalmente vivo, que evoluciona, propone y reacciona ante el más mínimo detalle, y en el que ningún personaje, aunque sea el más secundario, queda al azar o desconectado de la evolución de la trama. Esta fórmula convierte a la serie en un producto extraño y complejo, alejado de otras ficciones similares (sobre todo de un tiempo a esta parte) y más próximo a dramas oscuros en los que la introspección de los personajes cuenta más que la acción que se desarrolla en muchas escenas.

Dicho de otro modo, y aunque las secuencias de lucha dejarán a más de uno con la boca abierta (incluyendo un nuevo plano secuencia similar al de la primera temporada pero mucho más complejo), la realidad es que lo más interesante de este superhéroe ciego son los conflictos morales de sus decisiones y las consecuencias que las mismas tienen en su entorno. Como decía antes, nada queda al azar, y desde luego toda frase, toda decisión, tiene su reacción, algunas más esperadas que otras, pero en cualquier caso todas ellas de una coherencia incuestionable. De ahí que al final se genere un mayor interés en saber cómo afrontan los secundarios las mentiras y los secretos del héroe que en cómo van a terminar las peleas de turno. Eso por no hablar de la trama principal, un motor que hace avanzar la historia en una dirección muy definida y que apenas deja tiempo de reflexión, imprimiendo al conjunto un ritmo idóneo.

Allanando el camino

Es importante hacer hincapié en el “apenas deja tiempo de reflexión”. Porque sí, sus secuencias de acción son impecables, numerosas y, hasta cierto punto, agobiantes. Y sí, estas peleas, unido al desarrollo de la trama, provocan una evolución tanto del protagonista (ahora sí es Daredevil) como de los secundarios. Pero nada de esto impide que exista un tratamiento reflexivo sobre el rol protagonista, al que por cierto Charlie Cox (La teoría del todo) dota de una entidad que ya habría querido Ben Affleck en la versión cinematográfica. De hecho, ya sea a través de flashbacks o de elaborados diálogos, el argumento aborda la dualidad de este personaje y, sobre todo, los límites de su moral, enfrentándole no solo con sus enemigos, sino con un personaje como Punisher, que en cierto modo podría considerarse el carácter extremo de la cruzada del héroe.

Pero esta segunda temporada también ha servido, como de hecho le ha ocurrido a Arrow, para abrir la puerta y allanar el camino a otros personajes superheróicos de Marvel. De hecho, en estos episodios no solo se mencionan roles como el de Jessica Jones, sino que aparecen personajes de estas producciones. Todo ello con la intención más que evidente de empezar a crear un nuevo mundo en la pequeña pantalla, similar al que ya existe en los cines pero con personajes, digamos, con menos tirón entre el gran público aunque con un tratamiento más dramático y algo alejado de la espectacularidad de las películas. No por casualidad, el Demonio de la Cocina del Infierno no vuelve hasta 2018, aprovechando su peso en las series para impulsar otras historias en las que, o bien influye formalmente (la apuesta visual de todas estas series es similar), o bien colabora presencialmente.

Con todo y con eso, esta segunda temporada pone de manifiesto un problema del personaje que, más tarde o más temprano, va a influir en el desarrollo de la historia. Y es que al igual que le ocurre a la versión televisiva del Arquero Esmeralda, el delicado equilibrio entre acción y drama de este superhéroe neoyorquino ha permitido que crezca en todos los sentidos, pero también que empiece a acercarse a un techo difícil de rebasar, al menos de forma coherente. Dicho de otro modo, la historia ha alcanzado tales cotas que solo le queda superarse, y para ello es necesario encontrar no solo historias mejores, sino aplicar un tratamiento que no ponga en riesgo el equilibrio del que hablamos. No son pocos los ejemplos de producciones que abandonan la acción en favor de la trama, y viceversa.

Hasta que eso llegue, y con la confianza que generan las dos temporadas de Daredevil, solo queda disfrutar de este personaje, del modo en que es presentado y de su evolución, sencillamente brillante y apasionante. La labor de guionistas, directores, actores y el resto del equipo es un evidente testimonio de que este tipo de producciones pueden tener un futuro, que no son meros entretenimientos para fans adictos a las viñetas y a un mundo de fantasía. La clave está, como se ha demostrado en varias ocasiones, en tratar a estos personajes como… pues eso, como personajes, situando sus poderes como algo casi anecdótico que puede resultar útil en un momento dado, y no como el epicentro del que dependa absolutamente todo. Mientras eso siga siendo una máxima, la serie seguirá siendo una de las mejores realizadas.

‘Empire’ se hace adulta en su 2ª T. gracias a sus protagonistas


Terrence Howard, Taraji P. Henson y Jussie Smollett en un momento de la segunda temporada de 'Empire'.Es evidente que el éxito de una serie se mide por su audiencia. Eso no quiere decir, claro está, que sea acorde a su calidad. Pero hay ocasiones en que ese éxito tiene otros componentes, y el caso de Empire es uno de ellos. Posiblemente el fenómeno generado por esta familia de rasgos mafiosos con un emporio musical se circunscriba, en su mayoría, a Estados Unidos, pero es evidente que su peso en la televisión es muy alto. Tanto que en su segunda temporada ha contado con artistas como Alicia Keys, así como con cameos de un sinfín de estrellas del rap, el hip-hop o el R&B. Pero más allá de todo esto, lo cierto es que la serie ha sabido evolucionar en un sentido cuanto menos interesante.

Y es que mientras la primera temporada se centró en una especie de carrera por una herencia, estos 18 episodios de la ficción creada por Lee Daniels (El chico del periódico) y Danny Strong (El mayordomo) han ampliado miras y han profundizado notablemente en los dramas personales e intrafamiliares de los protagonistas, abordando no solo los conflictos, sino el carácter de los personajes de Terrence Howard (St. Vincent) y Taraji P. Henson (serie Person of interest), quienes por cierto hacen un trabajo excepcional. Gracias a esta apuesta, la producción abandona en cierto modo ese carácter telenovelesco que presentó en la anterior etapa (aunque siempre está presente cuando se le necesita), lo que ofrece más tiempo y espacio para analizar otros conceptos dramáticos en un sentido más amplio, desde la temática homosexual hasta la criminal, pasando por la familiar o esa necesidad de amor que parecen buscar todos los personajes jóvenes en la figura de Lucious Lyon.

Antes de continuar es conveniente destacar el papel de Terrence Howard más allá de una mera referencia. Su personaje, tanto sobre el papel como con la aportación del actor, registra un crecimiento espectacular en esta segunda etapa de Empire. Su arco dramático, protagonista en prácticamente todos los episodios, lleva al espectador a un viaje cargado de medias verdades, de absolutas mentiras y de decisiones directamente criminales. Ya sea en su comienzo en prisión, su lucha por recuperar su imperio musical o su final con su madre, todas sus decisiones están marcadas por el carácter violento y agresivo del personaje, que tiene como conclusión más directa lo vivido por el personaje de Jussie Smollett (The skinny).

Es él, realmente, el motor de toda la serie. Es cierto que la música es parte fundamental (que analizamos a continuación), pero sin duda el carácter dramático de la serie está definido por Lucious Lyon y, por extensión, por Cookie Lyon. Dos personajes que son, en realidad, similares pero distintos, como si uno se mirara en un espejo. Desde luego, las motivaciones son diferentes, e incluso su forma de afrontar determinadas decisiones es diametralmente opuesta, pero a la hora de la verdad ambos parecen estar cortados por el mismo patrón, lo que no hace sino enriquecer la trama, pues permite que el tratamiento narrativo se divida sobre los hombros de dos personajes excepcionales que han logrado, en muy poco tiempo, hacerse un hueco entre los mejores roles de la televisión actual.

Música, por favor

Aunque quizá lo más interesante de esta segunda temporada de Empire es que, junto a la evolución dramática de la serie ahondando en los traumas del pasado y los conflictos entre personajes, la música también ha evolucionado de forma notable. Mientras que en los primeros episodios todo parecía centrarse en los personajes de Smollett y Bryshere Y. Gray (lucha musical como reflejo de la lucha fratricida por el poder), en esta etapa se expande la proyección musical hasta convertirse casi en un sello propio. Además de la presencia de grandes artistas (a la mencionada Alicia Keys se suma, por ejemplo, Pitbull), lo realmente interesante es comprobar que el repertorio crece con la serie.

Puede parecer una nimiedad, pero solo hay que comparar con Nashville, otro de los éxitos musicales de las últimas temporadas que ha optado por un compromiso dramático más que musical, limitando las canciones a dos o tres temas más o menos conocidos o a fragmentos de canciones. En cambio, y puede que sea porque tanto Smollett como Y. Gray han firmado con sendas discográficas, en esta ficción con tintes mafiosos las canciones se convierten no solo en parte fundamental, sino en una clave narrativa. Como en cualquier musical que se precie, los temas interpretados por los actores (incluyendo Terrence Howard, que sorprende a propios y extraños) son una vía más de narrar el subtexto que contiene la trama, y que en este caso es bastante más complejo de lo que puede verse a simple vista en pantalla.

Y esta es la clave. Esta serie producida por el productor musical Timbaland, entre otros, aprovecha la música como una herramienta narrativa más, no como un complemento que descongestione la intensidad dramática de la historia. No son pocos los momentos en los que los personajes, a través de una canción, viven un punto de giro en la trama. Y son muchos más en los que el drama da lugar a un tema nuevo. Esta conexión entre sus dos componentes principales, unido a unos personajes simplemente brillantes y a un reparto en plena forma, es lo que ofrece un producto en constante evolución, que trata de evitar (aunque no siempre lo consigue) caer en una espiral de repetitivos dramas, ofreciendo al espectador música y desafíos narrativos nuevos.

Dicho esto, se puede decir que la segunda temporada de Empire es mejor que su debut. Evidentemente, sigue contando con varios handicaps, entre ellos la propia música, que puede ser motivo de rechazo si no se comparte la pasión de los protagonistas, e incluso el carácter algo telenovelesco al que sigue recurriendo en varios momentos, por fortuna cada vez más escasos. Pero con todo y con eso, estos 18 episodios son un soplo de aire fresco con respecto a lo visto en la primera temporada, un cambio en positivo que permite a los actores dar lo mejor de ellos mismos, creciendo y haciendo crecer a los personajes.

‘Fear the Walking Dead’ avanza lastrado por sus problemas en su 2ª T.


Los personajes se adaptan poco a poco al mundo de los zombis de 'Fear the Walking Dead' en su segunda temporada.Es muy llamativo comprobar cómo una serie como Fear the Walking Dead puede ser tan diferente en todos los aspectos a su serie matriz The Walking Dead. Bueno, en todos tal vez no, porque los zombis son los mismos. Pero tanto el desarrollo dramático como la gestión del mundo en el que se desarrolla la acción son como la noche y el día. Y es curioso, porque ambas producciones han surgido de la mente de Robert Kirkman, autor del cómic original. Sin embargo, en esta especie de secuela en la que también colabora Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) como creador los problemas narrativos que pudiera presentar el producto original están sobredimensionados hasta definir por completo el carácter de la serie.

Los 15 episodios de su segunda temporada son buena muestra de ello. Mientras que dramáticamente hablando la serie trata no solo de avanzar, sino también de madurar, sus personajes siguen anclados a una concepción un tanto inocente de la realidad en la que viven. Da la sensación de que existe un miedo inherente a dejar que los protagonistas se adapten a su entorno, ya sea por no poder controlar sus acciones y, en consecuencia, llevarles hasta extremos no deseados, o porque si ocurriera se parecerían demasiado al grupo de Rick Grimes que protagoniza la serie original. Sea como fuera, el contraste entre personajes y acción es tan evidente, tan llamativo, que crea una fractura dramática más que notable.

Y esto, en sí mismo, es una incongruencia. ¿Puede ser que los personajes no estén en consonancia con la acción? Desde un punto de vista dramático, es evidente. La prueba más palpable es el personaje interpretado por Cliff Curtis (Resucitado). Más allá de su capacidad como actor, que personalmente me parece un poco limitada, lo cierto es que su personaje es irregular en sus acciones y sus decisiones, tratando de ser de una forma en un mundo que exige otro tipo de comportamiento. Y lo mismo ocurre con otros protagonistas, que en mayor o menor medida parecen no ser conscientes de la realidad que les rodea. Tan solo el personaje de Frank Dillane (En el corazón del mar) vuelve a demostrar, como ya hizo en la temporada anterior, que es digno de la evolución que está teniendo la trama. Tal vez por eso se haya decidido separarle del grupo y explorar con él el amplio mundo de muertos vivientes.

Pero esta desconexión de los personajes con la trama deja, en muchos casos, otras consecuencias más graves que la mera falta de coherencia dramática. En realidad, genera una incongruencia un tanto alarmante en lo que a diálogos se refiere, amén de lógica narrativa en muchas escenas que parecen obligadas por las circunstancias, derivadas a su vez de esa falta de unión entre dos aspectos del tratamiento dramático de la serie. Dicho de otro modo, los protagonistas (y con ellos los actores) no parecen tener claro lo que deben decir o cómo deben actuar ante determinadas situaciones. De hecho, no es extraño comprobar cómo una sensación agridulce se apodera de nuestras emociones al ver que un personaje actúa de forma diferente ante dos sucesos similares, sin seguir un patrón claro de comportamiento, ni siquiera en base a su evolución dramática.

Conflictos sociales

La mejor prueba de que Fear the Walking Dead no parece tener claro hacia donde avanza está en el personaje de Lorenzo James Henrie (Almost Kings), cuya evolución dramática es tan radical como poco explicada, introduciendo pautas de comportamiento que, incluso bajo el paraguas del cambio que experimenta su rol, resultan cuanto menos cuestionables, por no decir abiertamente incongruentes. Su periplo al final de la temporada sirve de justificación de una serie de situaciones a cada cual más dramática, es cierto, e incluso se puede decir que genera un punto de inflexión, pero la realidad es que los creadores parecían más interesados en buscar una excusa para eliminarlo de la ecuación que una forma de darle salida a este protagonista.

Ahora bien, junto a todos estos problemas conviven una serie de ideas prometedoras en esta segunda temporada, la más destacable los conflictos sociales a los que se enfrentan los protagonistas. Mientras la primera temporada se limitó a exponer cómo se afronta el comienzo de un apocalipsis zombi, en estos 15 episodios el arco dramático ofrece una serie de situaciones a cada cual más dramática y agresiva, evolucionando hacia ese mundo caótico y salvaje en el que conviven los héroes de la serie original. Dichos conflictos, que tienen su máxima expresión en un apasionante final de temporada, derivan a su vez en diversos pilares dramáticos sumamente interesantes, desde el que se plantea en el hotel en el que la plaga comienza con una boda (muy al estilo REC[3]: Génesis) hasta el que vive el personaje de Dillane en la comuna a la que llega, incluyendo un líder de dudoso ejemplo, pasando por una especie de adoración de los muertos vivientes.

Lo cierto es que estos momentos, unos cinco a lo largo de toda la temporada, es lo que mantiene a flote a unos personajes que hacen aguas por todas partes. Sin duda, la definición de los protagonistas no soportaría una estructura narrativa como la de la serie original, en la que durante varios episodios se abordan los conflictos internos de cada personaje. En este sentido, los creadores han sabido dar a la serie lo que necesita, algo que es de agradecer, pero siguen fallando en lo que, a priori, es más importante en producciones de este tipo. De ahí que la irregularidad sea la tónica general no solo del arco dramático general, sino de cada episodio en particular.

Decir que la segunda temporada de Fear the Walking Dead es mejor que la primera tal vez sea demasiado osado. Decir que es peor sería injusto. Pero tampoco es igual. Simplemente, se ha intentado ofrecer algo diferente al espectador fruto de la evolución de la trama. El problema es que esa evolución de los acontecimientos, lógica por otro lado, no está acompañada por un cambio necesario en los personajes. Que algunos sigan actuando como si el mundo se hubiera vuelto loco es simplemente incoherente. Hay una línea muy fina que separa la bondad en tiempos difíciles de la mera estupidez. Y ahí se encuentran muchos de los protagonistas, sin atreverse a dar el paso necesario a pesar de que los hechos les golpean en la cara una y otra vez. A juicio del espectador queda si son buenos o estúpidos.

La 2ª T. de ‘Tyrant’ mejora a pesar de los problemas que arrastra


Adam Rayner vuelve a luchar por el poder en 'Tyrant'Cuando una serie apuesta por un tipo de estructura y por, digamos, un nivel dramático concreto, es muy difícil que pueda desprenderse de esos límites auto impuestos. Los casos más evidentes de éxito suelen coincidir en un golpe de efecto en la primera temporada o, al menos, en la introducción paulatina de cambios a lo largo de los primeros episodios. Por eso el caso de Tyrant es un buen ejemplo de un querer y no poder, de tratar de profundizar en la idea pero manteniendo al mismo tiempo un tratamiento ligero, casi telenovelesco.

La segunda temporada de esta serie creada por Howard Gordon, Gideon Raff (autores ambos de Homeland) y Craig Wright (serie Greenleaf) evidencia los intentos de la trama por dar el paso a la edad adulta y abordar temas como las dictaduras, el terrorismo islamista o la traición de forma más profunda, más seria. Lo cierto es que el final de la anterior etapa daba pié a ello, y hasta cierto punto eso ha sido lo que ha permitido que en muchos momentos del desarrollo de estos 12 capítulos la serie haya alcanzado notables resultados, sobre todo cuando se ha centrado en el conflicto interno de un país árabe con el ISIS.

Es en esta guerra, con todas las decisiones que conlleva, lo que realmente acapara la atención en la segunda temporada de Tyrant, pues permite diversificar los efectos dramáticos de los acontecimientos. Dicho de otro modo, es el catalizador para que la trama adquiera un verdadero significado dramático, alejado de conceptos que habían sido poco o nada explicados en los anteriores episodios. Se puede decir que se ha producido una simplificación de la historia, poniendo el foco en un tema de actualidad que, además, genera a su vez otras ideas que se abordan, con mayor o menor fortuna, en las tramas secundarias.

El problema de esto es que el intento de madurar se queda a medio camino. Vaya por delante que ninguno de los actores, ninguno, tiene el carisma suficiente como para cargar sobre sus hombros con el tratamiento dramático que podría esperarse para esta historia, pero en este caso el problema no es el reparto, sino el arco narrativo y su desarrollo. A lo largo de toda esta temporada la serie deambula entre dos aguas, entre el cariz más melodramático y el más maduro, y eso termina por generar una indefinición inconveniente para el resultado final y para la resolución de esta etapa, tan impactante como inesperada.

Familia feliz

Quizá el mejor ejemplo de esta dualidad está en el cisma que se genera en la presunta “familia feliz” del protagonista. Mientras que el personaje de Adam Rayner (The task) adquiere un tono más sombrío de un hombre capaz de todo por lograr lo que considera justo y salvar a los que le importan, el resto de su núcleo familiar (mujer e hijos) se convierte casi en una rémora de la trama general. Poco interés tiene el fallido affair de la mujer con un abogado. Y mucho menos lo que ocurre con la hija, que directamente desaparece de la trama de forma tan brusca como calculada. El único que parece salvarse de la quema es el hijo interpretado por Noah Silver (Los últimos caballeros), que parece tener algo más de relevancia como futuro heredero.

El tiempo que Tyrant dedica en su segunda temporada a abordar la paulatina destrucción de esta familia es tiempo perdido que no se destina a conceptos mucho más interesantes, como la locura y la obsesión que se adueñan poco a poco del rol de Ashraf Barhom (Ágora), posiblemente uno de los mejores de la serie pero que, al no ahondar en su evolución hacia la locura conspiranoica, queda desdibujado y, en muchos casos, injustificado en sus decisiones. Una lástima, porque habría sido muy interesante poder comparar con solvencia los caminos tan diferentes que toman los dos hermanos protagonistas, sugeridos pero poco trabajados.

Y en medio de todo esto, una guerra, mujeres y el mundo islámico. Lo cierto es que posiblemente lo mejor de estos episodios sea precisamente ese contexto, a medio camino entre la opulencia de un palacio y las polvorientas calles de los pueblos. A pesar de que el tratamiento visual deja que desear (iluminación con poco contraste, planificación estándar incluso para las secuencias bélicas, etc.), el mundo árabe, con los problemas de terrorismo islámico que llegan en cada telediario, encuentra un notable reflejo en esta trama, lo que a su vez ayuda a mejorar la imagen algo alicaída de la primera temporada.

El mejor resumen de esta segunda temporada de Tyrant es que mejora respecto a la primera, pero todavía tiene mucho camino por recorrer. Por ahora, una tercera etapa en la que deberá solventar muchos problemas, algunos de ellos congénitos, para poder convertirse en un producto sumamente interesante. Puede que no sea ese su objetivo, y eso es tan loable como cualquier otra apuesta dramática, pero lo cierto es que algunos de sus pilares narrativos indican lo contrario, sobre todo si tenemos en cuenta el final de su último episodio, tan inesperado como impactante y que abre todo un mundo de posibilidades para ese futuro más inmediato. El futuro de este tirano al que hace referencia el título está, más que nunca, en el aire.

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