‘Z, la ciudad perdida’: lo que esconde la obsesión con el Amazonas


Después de seis películas, el director James Gray (Two lovers) se ha convertido en uno de esos autores de Hollywood capaces de sacar adelante proyectos complejos en lo dramático y en lo técnico. Y desde luego, su último proyecto no se aparta de esta idea. Incluso si solo atendemos a la duración de la historia, que transcurre a principios del siglo XX, y a los numerosos acontecimientos por todo el mundo que la nutren, la película ya recuerda a las grandes épicas del Hollywood clásico. Pero por suerte, hay mucho más.

Z, la ciudad perdida es una obra mastodóntica en todos los sentidos. Visualmente incomparable, con unos escenarios tan variopintos como la selva amazónica, la Inglaterra de principios de siglo o las trincheras de la I Guerra Mundial, el film explora, más que la simple búsqueda de aventuras, el constante equilibrio entre el deber y la familia, entre una obsesión y el deber con aquellos que son más cercanos a nosotros. En este sentido, Gray compone con un puñado de protagonistas todo un cosmos en el que, incluso los secundarios, abordan de algún modo esta dualidad, esta confrontación dramática que termina convirtiéndose en el motor de una historia cuyo final, por cierto, es de los más elegantes y bellos que se podían realizar teniendo en cuenta el desenlace de la historia real que relata.

Posiblemente el mayor problema del film sea su duración. A pesar de que la obra es capaz de mantener el interés durante buena parte de su metraje, sobre todo cuando la selva es la protagonista, es inevitable que el ritmo decaiga en numerosas ocasiones, lo que le hace flaco favor, además al reparto. Y es que, aunque la labor del director con los actores es espectacular, no impide que sus carencias interpretativas se perciban a lo largo de las casi dos horas y media de duración, fundamentalmente en aquellos momentos más dramáticos. Con todo, es de justicia reconocer su trabajo en un film que abarca décadas, y en el que los personajes pasan por diferentes etapas de su vida. En este sentido, el tratamiento del guión, que presenta de forma diferente a los protagonistas dependiendo del momento, es formidable.

Pero a pesar de sus debilidades, Z, la ciudad perdida es una de las aventuras épicas más atractivas e interesantes de los últimos años. Gray es capaz de crear un universo fascinante, un mundo con el que demuestra que lo inexplorado todavía tiene cabida en una sociedad que tiene cualquier rincón del mundo al alcance de un clic. Con una puesta en escena elegante y sobria, el director explora las pasiones de un hombre obsesionado no solo con un descubrimiento, sino con el honor, su familia y la reparación de su nombre. En realidad, y aunque la ciudad perdida sea el Mcguffin, lo verdaderamente relevante son las motivaciones que llevan a estos hombres a volver a la selva amazónica hasta en tres ocasiones. Es ahí donde la obra alcanza su mayor expresividad, y donde el espectador puede encontrar todo lo que esconde el film.

Nota: 7,5/10

El emigrante de ‘Home’ derrota a los de ‘Perdiendo el norte’


No ha podido ser. La comedia española que ha reinado en la taquilla durante las dos últimas semanas perdió el fin de semana pasado su hegemonía ante el poder incuestionable de los más pequeños de la casa. Sí, la animación infantil logra que grandes y pequeños consuman más entradas que cualquier otro género. Pero eso no debe ser motivo de pesar, pues el cine español no solo aguanta la llegada de nuevos estrenos, sino que sigue una carrera ascendente que sitúa sus cifras en datos muy positivos. La recaudación total supera durante estos tres días los 6 millones de euros según datos publicados en El séptimo arte, lo que representa un aumento de más del 16%.

Y eso solo durante el fin de semana. No vamos a contabilizar aquí los ingresos durante el jueves, fecha en la que llegaron muchas de las novedades, como es el caso de Home: Hogar, dulce hogar, que ha obtenido 1,77 millones de euros en 726 salas, 2,05 si contabilizamos el día extra. Esto deja una media de 2.438 euros, un dato nada desdeñable que sitúa sus objetivos en los 7,5 millones de euros, puede que incluso más si resiste bien la llegada de estrenos de las próximas semanas. Sin embargo, la mejor noticia la da, una semana más, Perdiendo el norte, que se queda en segundo lugar con 1,44 millones de euros. Una cifra que supone un aumento del 6,66% respecto a lo obtenido hace siete días y que deja un total de 5,27 millones. Si es capaz de mantener este ritmo algunas semanas más no sería extraño que terminara en los 15 millones de euros.

La que parece no moverse semana tras semana es El francotirador, que repite en tercera posición con 446.039 euros, una pérdida de algo más del 22% que, sin embargo, le permite presumir de 8,34 millones de euros acumulados. Poco a poco se acerca a los 10 millones, y no sería raro que terminara por encima de los 11 millones de euros, aunque más allá será complicado que pueda llegar. La que desciende dos posiciones es Chappie, que en su segunda semana pierde un 38,4%. Sus 408.038 euros le dan un total de 1,34 millones de euros en 10 días, por lo que no parece que vaya a tener un gran éxito en taquilla. Como mucho llegará a los 5 millones.

En mitad del top 10 encontramos otros estreno. Obsesión, estrenada en 239 pantallas, logra 393.411 euros, es decir, 1.646 euros en cada una. Para el tipo de film que es no es un dato excesivamente malo, pero desde luego no permite augurar más de 2,5 millones de euros antes de que abandone las salas. Por ahora acumula 455.783 euros contabilizando el jueves. Por su parte, Kingsman: Servicio secreto cumple un mes en cartel con un descenso del 13,5%, uno de los más bajos de este ranking. Logra por tanto 367.343 euros, y su total asciende a 3,3 millones. Es difícil que termine superando los 5 millones, pero si es capaz de mantener un cierto equilibrio semana tras semana podría lograrlo.

La séptima posición del box office es para Cincuenta sombras de Grey, que recauda 286.357 euros en su sexta semana, un 40% menos que confirma el pronunciado descenso del film una vez superada la curiosidad inicial. Eso sí, poco importa porque en su balance general ya cuenta con 19,28 millones de euros. Como venimos diciendo semana tras semana, los 20 millones los superará, aunque sea ligeramente, pero no parece que vaya a llegar mucho más lejos. Relativamente cerca se sitúa Samba, cuyos 205.952 euros le dan un total de casi 2 millones. Durante el pasado fin de semana descendió un 25,4%, por lo que no parece probable que supere los 3 millones de euros.

El penúltimo puesto del top 10 es para Bob Esponja: Un héroe fuera del agua, que sin duda se ha visto muy afectada por el estreno de Home: Hogar dulce hogar. Se queda en los 182.232 euros, un 18% menos que apunta a su inminente salida de este ranking. Acumula 5,4 millones de euros, y lo más probable es que se quede a las puertas de los 6 millones. Y concluimos este repaso con otro estreno. Pride logra colarse entre los 10 films más taquilleros con 170.151 euros repartidos en 75 salas, lo que deja una media de 2.268 euros. Un dato muy bueno que, sin embargo, no parece que pueda tener repercusión efectiva en sus ingresos. Es más, acumula 195.815 si se contabiliza los ingresado el jueves, por lo que sus objetivos ahora mismo pasan por superar el medio millón.

La ‘Obsesión’ de Jennifer Lopez por ‘El año más violento’


Estrenos 20marzo2015Nuevo fin de semana, y nueva ocasión para disfrutar de varias novedades con interés para públicos de lo más diversos. Desde el drama criminal de época a la comedia dramática, desde la animación hasta el thriller, la mayor parte de los géneros encuentran representación en los estrenos que esta semana se han distribuido entre ayer jueves, 19 de marzo, y hoy viernes. A todo ello se suman nombres atractivos que se convierten, en muchos casos, en el principal atractivo de los films. Pero comencemos por las novedades de ayer.

J.C. Chandor (Margin call) escribe y dirige El año más violento, drama con dosis de acción que transcurre en Nueva York a principios de la década de los años 80. La trama se centra en un inmigrante hispano que trata de sacar adelante un negocio honesto en una ciudad asolada por la corrupción y el crimen. En este contexto, su vida personal y profesional se verán envueltos en una espiral de violencia y traición que le llevará a luchar por su supervivencia. El reparto está encabezado por Jessica Chastain (Interstellar), Oscar Isaac (Las dos caras de enero), David Oyelowo y Alessandro Nivola, ambos vistos en Selma, y Catalina Sandino Moreno (serie The bridge).

El thriller tiene su máximo representante en Obsesión, nueva película de Rob Cohen (A todo gas) que sirve de vehículo a Jennifer Lopez (El plan B) para regresar al largometraje tras dos años de ausencia. El argumento se centra en la vida de una madre recién separada que se refugia en su hijo para superar su divorcio. Todo cambia cuando se muda un carismático joven a la casa de al lado, iniciándose una relación de amistad que pronto se convierte en una atracción física que llevará a ambos personajes a superar límites que no creían posibles. Junto a la actriz destacan en el reparto Ryan Guzman (April Rain), Kristin Chenoweth (serie Glee), John Corbett (serie Sexo en Nueva York) e Ian Nelson (El juez).

Y precisamente Jennifer Lopez es una de las voces originales de Home: Hogar, dulce hogar, cinta de animación producida por Dreamworks que sigue las aventuras de un alienígena inadaptado que llega a la Tierra huyendo de sus propios congéneres. Cuando una joven aventurera le encuentra se entablará una amistad que permitirá al alienígena comprender que ser diferente, equivocarse y aprender es parte de la esencia del ser humano. Dirigida por Tim Johnson (Hormigaz), entre los actores que prestan su voz a esta comedia destacan Jim Parsons (serie The Big Bang Theory), la cantante Rihanna (Battleship), Steve Martin (No es tan fácil) y Matt Jones (Cooties).

La producción más europea de la semana es, sin duda, Pasolini, nuevo film de Abel Ferrara (El funeral) que aborda la vida del conocido director italiano y la confusión que rodeó su muerte en 1975. Producida entre Italia, Francia y Bélgica, el principal protagonista de la cinta es Willem Dafoe (El gran hotel Budapest), al que acompañan Maria de Medeiros (Pulp Fiction), Riccardo Scamarcio (En tercera persona), Giada Colagrande (Before It Had A Name) y Adriana Asti (La mejor juventud).

Los estrenos del jueves se completan con el documental National Gallery, escrito y dirigido por Frederick Wiseman (Zoo) y que, como su propio título indica, se adentra en la vida del famoso museo londinense. A través de su funcionamiento, de sus visitantes y de sus trabajadores el director retrata no solo la pintura que se expone, sino que establece una relación entre pintura y cine que nutre ambos artes.

Viernes 20 de marzo

El mayor aliciente lo presenta El hombre más enfadado de Brooklyn, última película en la que podremos ver a Robin Williams (La gran boda) como protagonista. La cinta, que adapta una película franco-israelí titulada The 92 minutes of Mr. Baum (1997), narra los intentos de un antipático hombre por enmendar no solo su forma de ser, sino los errores que ha cometido con aquellos a los que ama. Todo porque recibe la noticia de que le quedan 90 minutos de vida. Humor y drama se combinan en este film dirigido por Phil Alden Robinson (Campo de sueños) y en cuyo reparto encontramos, además, a Mila Kunis (El destino de Júpiter), Melissa Leo (Prisioneros), Peter Dinklage (serie Juego de tronos) y James Earl Jones (Conan, el bárbaro).

Desde Gran Bretaña aterriza la comedia dramática Pride, cuya acción se ubica en el verano de 1984, momento en el que un grupo de mineros de Gales decide ponerse en huelga por las medidas que impone Margaret Thatcher. En un acto de solidaridad, un grupo de activistas gays de Londres decide acudir en su apoyo. Sin embargo, el sindicato minero se mostrará reticente a tal ayuda por venir de donde viene. Matthew Warchus (Círculo de engaños) es el encargado de poner en imágenes esta historia protagonizada por Bill Nighy (Una cuestión de tiempo), Andrew Scott (serie Sherlock), Imelda Staunton (La maldición de Rookford), Dominic West (serie The wire) y Paddy Considine (Submarine).

Y también de Reino Unido, aunque en colaboración con Austria, procede Mi tierra, drama romántico de corte histórico que supone el debut en el largometraje de Fritz Urschitz. La trama se centra en una joven de origen austríaco y su padre que, huyendo de los nazis, se han acomodado en un pequeño pueblo inglés. A pesar de las penurias que sufren mantienen la fe en un futuro mejor. Un futuro que parece llegar cuando ella conoce a uno de los amigos de su padre, iniciándose una relación romántica entre ambos que permitirá a la joven llegar a comprender cuál es su sitio en el mundo. Natalie Press (Island), Matthias Habich (Barriere), Johannes Krisch (La conspiración del silencio), Katy Bartrop (Godforsaken) y Karl Fischer (Folge Mir) encabezan el reparto.

Y terminamos con un estrenos español. Capa caída supone el debut en el largometraje de Santiago Alvarado, y ahonda en el género de los superhéroes desde un punto de vista diferente. Narrado como un falso documental, el film sigue la vida rutinaria de Magno, un superhéroe con poderes increíbles que hace años fue repudiado y que ahora trabaja como frutero. Juanjo Pardo (Oculto), Francesc Pagès (Los últimos días) y Rafa Delacroix (serie La Riera) son algunos de sus actores.

‘Whiplash’: latigazo de genialidad interpretativa


Miles Teller y J.K. Simmons protagonizan 'Whiplash', de Damien Chazelle.La respuesta a si es necesario un gran villano para obtener una gran película la da el nuevo trabajo de Damien Chazelle como director y guionista (Guy and Madeline on a park bench). Sin los dos grandes actores que protagonizan uno de los mejores duelos interpretativos del año la cinta no sería lo que es. Pero eso sería simplificar en exceso lo que el espectador se encontrará una vez se apaguen las luces. La música lo baña todo, es cierto, pero bajo ella se esconde algo mucho más interesante: un thriller dramático que toma la música como pretexto, no como necesidad.

Y es que más allá de una banda sonora magistral, de unos actores simplemente excepcionales o de una fotografía que saca el máximo provecho a los claroscuros de los que se nutre dramáticamente Whiplash (latigazo en español), lo que genera auténtica electricidad en pantalla es la narrativa empleada por Chazelle, un joven director que a través de una planificación asfixiante transmite no solo la ansiedad del joven protagonista por convertirse en el mejor batería de jazz del mundo, sino la claustrofobia y la angustia de tener que enfrentarse a un profesor dispuesto a sobrepasar todos los límites para lograr la perfección. Gracias a su puesta en escena el director sitúa al espectador literalmente en las sangrantes manos que sujetan las baquetas. El resultado es un esfuerzo físico y mental que une ficción y realidad, personajes y público.

Por cierto, unos personajes emblemáticos. Es cierto que Miles Teller (Noche de marcha) adopta como suyo un rol que evoluciona maravillosamente hacia la obsesión, dejando atrás a familia y amigos para entregarse por completo a la música, incluso a costa de su salud. En este sentido, el magistral final es un claro ejemplo de lo que ocurre cuando uno no tiene nada que perder. Ahora bien, J.K. Simmons (El buen doctor) alcanza la perfección. Su rol sobre el papel ofrece muchas posibilidades, pero el actor logra dotarlo de una falsa candidez que hace aún más agresivo su carácter violento y dictatorial. Impacta desde su primera aparición en pantalla, aunque es de nuevo la secuencia final la que permite definir en un único plano su auténtico carácter. Es sin duda uno de los personajes del año.

Genialidad, electrificante, intensa, angustiosa, impactante, … todo esto y mucho más puede aplicarse a Whiplash, e incluso así corremos el riesgo de quedarnos cortos en la definición. La película es redonda, ni más ni menos, una obra que lleva al límite la razón y la pasión para revelarse como un desafío para la mente y el cuerpo. Los actores son geniales; el guión posee los giros necesarios para enganchar al espectador; la música es maravillosa. Pero todos esos elementos por separados no harían un gran film. Es la armoniosa conjunción de todos ellos a través de la puesta en escena y la planificación lo que crea el espectáculo que es esta pequeña joya.

Nota: 9/10

‘The killing’ termina con una 4ª T apresurada que busca el final feliz


Mireille Enos y Joel Kinsman investigan un nuevo caso en la cuarta temporada de 'The killing'.Ha sido una de las series más interesantes de los últimos años. Sin embargo, su futuro siempre ha estado en vilo, siendo cancelada y renovada en varias ocasiones. Pero finalmente en este 2014 la cuarta y última temporada de The killing ha visto la luz, y como si de un fiel reflejo de lo que ocurre allende las fronteras de la ficción, los seis episodios con los que Veena Sud (serie Caso abierto) cierra los flecos que quedaron sueltos en la anterior temporada son, cuanto menos, irregulares, sobre todo en lo que respecta a sus protagonistas.

Y es que el principal motivo de esta especie de apéndice de la serie está pensado desde el principio para narrar qué ocurre con los dos policías después de descubrir la identidad del asesino de la tercera temporada. Para ello han sido necesarias muchas luchas en despachos y un cambio de productora (Netflix, responsable de Orange is the new black, es la encargada de este colofón). Y como no podía ser de otro modo, existe un asesinato, aunque la necesidad de acotarlo a media docena de capítulos resta complejidad a la trama. Además, el hecho de que buena parte del componente dramático esté relacionado con el final de la anterior etapa genera más expectación sobre los propios protagonistas que sobre el crimen en sí.

Protagonistas, por cierto, que sufren una serie de procesos emocionales de lo más errático. Tanto Mireille Enos (Sabotaje) como Joel Kinnaman (RoboCop) mantienen intactas las bases de sus personajes, pero Sud les lleva por un camino peligroso. Cuando uno sufre una crisis, el otro se mantiene firme. Y viceversa. Da la sensación en muchos momentos de estar ante una especie de toma y daca emocional en el que ninguno gana, lo que desdibuja sensiblemente a los personajes y, por extensión, el corazón de The killing. Buena parte de la responsabilidad de todo esto recae en el hecho de que ni el caso que investigan permite una obsesión como la de temporadas anteriores (por mucho que pretendan introducirlo con calzador en esa especie de relación materno filial con el sospechoso) ni genera los puntos de vista dispares entre los dos policías.

La problemática principal proviene, sin duda, de la longitud de esta cuarta temporada. La complejidad que tradicionalmente han tenido los personajes va en relación a la complejidad de los asesinatos que investigan. Tratar de introducir todo eso en apenas seis episodios es tarea imposible, y el resultado lo demuestra. Las intrigas policiales del asesinato se intuyen desde aproximadamente el tercer episodio; los dilemas morales que se extienden desde la temporada anterior se abordan de forma rápida y algo burda (dicho de otro modo, pierden los papeles demasiado rápido); y la resolución de ambas líneas argumentales se produce por una especie de deus ex machina disfrazado de uno de los personajes más importantes de la primera temporada.

Un final ‘made in Hollywood’

Aunque si algo bueno tenía The killing era su poco respeto por las estructuras tradicionales de Estados Unidos. Nutriéndose de la influencia del original (Forbrydelsen), la serie había sido capaz de crear unas complejas líneas argumentales en las que casi todos los personajes eran sospechosos de algo. En este sentido, sus responsables optaron por un desarrollo ajeno al “final feliz” tradicional de Hollywood, ofreciendo una serie de giros narrativos interesantes y determinantes para la trama. Tanto en el primer caso como en el segundo. Todo eso, empero, desaparece en esta última historia.

No me refiero con esto a la forma en que se solventa el caso arrastrado de la tercera temporada. Tampoco a la conclusión del crimen, algo previsible y con una argumentación un tanto burda. El problema reside en esa especie de secuencia anexa al resto que, vista en perspectiva, carece de sentido dramático alguno. Que los dos protagonistas terminen sugiriendo un futuro juntos teniendo en cuenta que en ningún momento se ha abordado el aspecto romántico es algo que chirría en todos los sentidos, sobre todo por la evolución que han sufrido los personajes.

El rol de Enos ha alcanzado a lo largo de las temporadas un grado de psicosis y de obsesión por su pasado y por los casos que investiga realmente alto. Por otro lado, la reconversión del policía al que da vida Kinnaman se entiende por la relación y la paternidad que está a punto de experimentar. La conclusión es que dichos personajes no solo pueden rehacer sus vidas de forma independiente, sino que el hecho de estar juntos resulta incluso contraproducente, sobre todo para él. Es por ello que la conclusión que se antoja más lógica es la que se produce unos minutos antes del final, con el personaje femenino yéndose en coche y él volviendo a su hogar.

Introducir ese final, que por cierto nada tiene que ver con las motivaciones iniciales de la temporada (es decir, no está relacionado con ninguno de los casos policiales) obliga al espectador a asistir a un final que, además, apenas encuentra explicación en el diálogo que mantienen los personajes. Nada se sabe de los motivos de cada uno para encontrarse en la situación que se encuentran años después. Lo único que parece estar claro es que sus vidas separados son tan grises como el ambiente de Seattle en el que transcurre la ficción. Y eso, para una serie que encuentra explicación para el más ínfimo detalle, es algo de difícil argumentación.

Parece evidente que esta última temporada de The killing se ha planteado simplemente como una conclusión a la historia de sus protagonistas, no como una auténtica trama en la que los personajes deban enfrentarse a sus propios miedos a través de un nuevo crimen. La duración de esta conclusión y, en consecuencia, el desarrollo de las dos tramas principales así lo confirman. Con todo, el balance general de la temporada no es excesivamente malo si no se atiende demasiado a ese epílogo propio de un drama romántico ‘made in Hollywood’ que choca frontalmente con el sentido general de la producción. Una finalización, por tanto, que viene a representar las idas y venidas de una serie que habría merecido algo mejor en su despedida.

‘Noé’: la naturaleza del hombre ante el diluvio universal


Jennifer Connelly da vida a la mujer de 'Noé', interpretado por Russell Crowe.Aviso para todos aquellos cristianos, judíos, musulmanes y demás religiones que recojan la historia de Noé en sus respectivos libros sagrados: la visión de Darren Aronofsky (Pi, fe en el caos) de este suceso no es, ni con mucho, similar a lo que está escrito. Dejando a un lado lo de los cientos de años que vivieron él, sus antepasados y sus hijos, lo más sorprendente de esta aproximación es que combina con inteligencia la fantasía del relato con el “realismo”, si es que dicho término puede aplicarse en este caso, de unos personajes que, ante todo, son muy humanos.

No cabe duda de que Noé, con todos sus defectos y todas sus virtudes (que se reparten el mérito casi a partes iguales), se apoya acertadamente en la evolución dramática de su protagonista. Russell Crowe (El dilema) logra encarnar con fortuna un rol complejo que comienza movido por la bondad y termina destruido por la obsesión y la convicción de ser el único hombre con derecho sobre todo lo que le rodea. Un hombre, en definitiva, con ciertos delirios de grandeza que no duda en utilizar la fuerza para defender lo que es correcto, o al menos lo que él considera que es correcto, incluso en situaciones extremas. Es este notable cambio el que sustenta el film, el que crea expectación hacia la mitad del metraje y el que logra que su tercio final sea, al menos, tolerable.

Porque que nadie se engañe, lo nuevo de Aronofsky se mueve hacia la deriva casi como el arca protagonista. No quiere decir esto que la película no tenga un sentido, al contrario. Su mensaje religioso, a pesar de lo que algunos puedan pensar, está muy claro. Las bellas imágenes de la creación, la hermosa y celestial banda sonora, o las dantescas escenas de caos y violencia que rodean a los hombres remiten una y otra vez al sentido bíblico de su trasfondo. No, la deriva en este caso se produce por la constante pérdida de ritmo que sufre el argumento, más acentuado desde el momento en el que la acción se traslada al interior de esa enorme caja de madera. Las obligaciones dramáticas de un escenario cerrado, oscuro y monótono llevan a la película a resultar tediosa, únicamente dinamitada (en parte) por esa evolución del protagonista que antes comentaba. Eso por no hablar de algunas tramas secundarias que parecen encajadas con calzador, como la del personaje interpretado por Logan Lerman (Pequeños salvajes) o la presencia milagrosa de Matusalén, un Anthony Hopkins (Lo que queda del día) que simplemente se deja ver.

Desde luego, aquellos que busquen aventura se darán de bruces con un relato denso, interesante desde un punto de vista dramático y formal pero irregular en muchos de sus aspectos más relevantes a primera vista. Aronofsky nunca ha sido un director de fácil digestión, está claro, y Noé es un claro ejemplo. Posee muchos hallazgos y simbolismos interesantes, como la presencia de esos deformes y algo burdos gigantes, la forma en que los animales comprenden a dónde deben dirigirse a través de un riachuelo de agua o la propia historia de la creación, una excelente combinación entre ciencia y religión. Pero como entretenimiento falla, perdiendo interés de forma progresiva y derivando en una especie de análisis de la locura y la obsesión de un hombre y su acuerdo con el Creador. De todo esto tienen poca culpa sus responsables, pues la historia no permite mucho más, pero eso no impide que la película termine haciéndose algo larga, tal vez demasiado.

Nota: 6,5/10

La sencillez de la obsesión por la guerra de ‘En tierra hostil’


'En tierra hostil' sigue a un equipo militar especializado en desactivar explosivos.Si finalmente los Oscar de 2012 proclaman como Mejor Película La noche más oscura se podría decir que la carrera de Kathryn Bigelow ha dado un giro de 180 grados, convirtiéndose la ex mujer de James Cameron (Mentiras arriesgadas) en una de las directoras más relevantes de los últimos años. Digo esto porque sus dos últimas obras habrán alcanzado ese galardón. Y, curiosamente, ambas abordan una temática bélica, si bien la anterior, En tierra hostil (2008), afronta de forma mucho más cruda y violenta el mundo de la guerra. Con todo, ambas poseen algunos puntos en común, principalmente en el ámbito de la psicología de los personajes principales y la obsesión por un entorno que llega a atrapar de tal forma que todo lo demás llega a carecer de importancia.

No es de extrañar que ambas posean dichos elementos si se tiene en cuenta que el guionista de ambas es Mark Boal, quien ha demostrado tener una tendencia innata a desgranar la psique de los soldados y veteranos de guerra en sus tres únicas historias (la tercera es En el valle de Elah). Tal vez sea por la sobriedad de la narrativa visual de Bigelow o por la fuerza de sus personajes, pero lo cierto es que el trabajo del guionista ha logrado imponerse a la espectacularidad visual, los movimientos de cámara imposibles o la grandiosidad de los ataques aéreos. Y eso, incluso en las escenas más violentas del film sobre un equipo militar especializado en desactivar artefactos explosivos, se nota.

Y se nota principalmente en que lo sobresaliente no son las explosiones, que las hay, ni los tiroteos, que también los hay, sino la tensión emocional y dramática que se desprende de dichas situaciones. Tan solo basta recordar uno de los ataques que recibe el equipo para comprobar que, a diferencia de otros films bélicos, el espectador se siente identificado con los soldados hasta el punto de sufrir la tensión que provoca el miedo a morir. Una tensión, por cierto, generada con acierto por Bigelow a lo largo de todo el film gracias a recursos tan sencillos como colocar la cámara dentro de ese traje asfixiante y claustrofóbico que deben portar los soldados mientras se está desactivando una mina. Sencillo, sí, pero muy eficaz.

Este es, en definitiva, el elemento diferenciador del último cine de la directora de Le llaman Bodhi (1991). En realidad, su lenguaje no ha variado con los años. Se ha depurado, como es lógico, pero no ha evolucionado, como parece haber ocurrido con el de su ex marido, hacia una espectacularidad visual generada más por infografías y movimientos de cámara que por la humildad de contar una historia con elementos tangibles, reales, creíbles. ¿Cuál ha sido entonces la diferencia de ese salto cualitativo? Como decimos, unos guiones que buscan en todo momento el dramatismo personal de cada personaje, centrándose sobre todo en el protagonista.

La adrenalina del combate y la muerte

Antes mencionábamos que si algo comparten La noche más oscura y esta En tierra hostil es su obsesión bélica por lograr un objetivo. Tal vez haya que matizarlo. En la película sobre la captura de Bin Laden el personaje principal se obsesiona con un tema que para Estados Unidos ha supuesto un cambio de mentalidad completo. En cambio, en el film sobre la unidad encargada de desactivar los explosivos la obsesión es más individual, más inherente a un protagonista incapaz de abandonar una vida que le ofrece lo único que le llena: la adrenalina ante la inminente muerte.

Cabe destacar en este aspecto la labor de Jeremy Renner (El legado de Bourne), actor que saltó a la fama a raíz del arriesgado y algo atormentado protagonista del relato. Lo cierto es que su composición del personaje, a medio camino entre la locura, la eficacia y la desesperación es muy destacable. Es gracias a él que algunos de los momentos más sorprendentes del conjunto alcanzan cotas que no quedarían plasmadas de otra forma. Su forma de abordar la desactivación de bombas (muchas veces sin el equipo completo) o la resolución en situaciones de combate adquieren esa tensión de la que antes hablábamos gracias a esa identificación con su propios fantasmas y miedos, labor eminentemente interpretativa.

En tierra hostil no es un film “mayor” dentro del género. Al menos no en su constitución. Con el tiempo puede que adquiera esa categoría, aunque tampoco lo necesita. La película de Kathryn Bigelow es un ejemplo claro de que en el cine siempre habrá un hueco para las producciones más artesanales que apuesten por lo realmente importante en una historia: los personajes. No tendrá grandes efectos visuales, pero tampoco los necesita. Al final, lo importante, lo que interesa y queda en el espectador, es el viaje de ida y vuelta del protagonista, un hombre atormentado que solo es capaz de encontrar paz en el frente de batalla.

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