‘La Llamada’: Lo hacemos y ya vemos


Vaya por delante que no he tenido el placer de ver en directo la obra de teatro ‘La Llamada’, por lo que mi visión de esta adaptación cinematográfica realizada por sus autores e interpretada por los mismos actores es, digamos, virgen. Y no sé si eso será bueno o malo, pero facilita una visión más audiovisual de esta comedia musical.

Y bajo este prisma lo primero que hay que decir es que la película crece de forma progresiva conforme la trama avanza. Con un comienzo que puede resultar un poco titubeante, en tanto en cuanto los pilares dramáticos de la historia se presentan con un primer número y se mantienen latentes en un segundo plano durante buena parte del primer acto, una vez la trama se centra por completo en la relación del personaje de Macarena García (Villaviciosa de al lado) con Dios, y cómo esto afecta al resto de roles, la historia explota al máximo su potencial para convertirse en una comedia fresca, dinámica y con una reflexión que a priori no tiene moraleja, pero que sí un mensaje de libertad muy concreto.

A esto se suman unos números musicales tan sencillos como divertidos, bien dosificados a lo largo de la trama y con las canciones de Whitney Houston como grandes atractivos. Eso por no hablar de ese último tema electro latino con una coreografía tan divertida como surrealista por el contexto en el que se produce. Amén de un reparto que desprende diversión en cada plano y que, para bien o para mal, tiende a ser un poco teatral. Todo ello, en definitiva, genera ese aura de diversión sin maldad, de historia adolescente sobre el amor libre, sobre la tolerancia y sobre la amistad. Y conseguir eso en estos tiempos es sumamente difícil.

De este modo, independientemente de la obra de teatro, La Llamada es una obra alegre, fresca y divertida, con un comienzo que puede trastocar la idea preconcebida de aquellos que no hayan visto la obra sobre los escenarios. Y sí, sus inicios pueden tener una cierta carencia de ritmo, pero se compensa con creces cuando el meollo de la historia toma el control de todos los personajes y sus respectivas tramas secundarias, construyendo un relato único en torno a unos pocos conceptos que obligan a reflexionar más allá de la música o de la religión (que en el fondo no es su motivo principal).

Nota: 6,5/10

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‘Empire’ le canta al drama en su tercera temporada


El fenómeno de las series con la música como elemento definitorio es digno de estudio. Sobre todo porque ninguna de ellas parece ser capaz de mantener el equilibrio entre canciones y drama (o comedia, según sea el caso). O mejor dicho, entre el concepto que las define y la trama que las nutre. Todas ellas parecen abocadas, en mayor o menor medida, a terminar eligiendo por una u otra, perdiendo al final la esencia con la que nacieron. En el caso de Empire, esa inclinación por uno u otro factor se ha notado más que nunca en los 18 capítulos de la tercera temporada, y a pesar de los intentos por encontrar el equilibrio, la música parece ser la perdedora en esa pugna.

No quiero decir con esto que la ficción creada por Lee Daniels, director de El mayordomo (2013), y Danny Strong (guionista del mismo film) haya dejado de mostrar algunas de las mejores canciones de este género para la pequeña pantalla. Al contrario, la producción de nuevos temas para ser interpretados por los protagonistas ha aumentado. El problema es que mientras que en la segunda temporada se ha dedicado tiempo y esfuerzo a temas completos, en esta ocasión ese espacio ha quedado reducido a la mínima expresión, señalando simplemente la creación de discos, la grabación de los mismos, etc. Esto se ha traducido consecuentemente en una mayor presencia del drama familiar, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Entre los aspectos más positivos, sin lugar a dudas, la lucha por el control de esta mega productora musical y el componente familiar de esas intrigas, todo al más puro estilo telenovelesco que logra desprenderse de un cierto aire rancio gracias a los extraordinarios personajes que habitan este universo, destacando una vez más a Terrence Howard (serie Wayward Pines) y Taraji P. Henson (Figuras ocultas).

Dicha guerra por el poder deja algunos de los mejores momentos de la temporada, de eso no cabe duda, pero también aporta una nueva visión sumamente interesante con respecto a la trama, y es la amenaza externa a esta especie de familia mafiosa. Mientras que en episodios anteriores el arco dramático se ha centrado en los tejemanejes de hijos y padres para robar una compañía de miles de millones y un poder sin igual, en esta ocasión se introducen elementos ajenos que se convierten en una amenaza real para la extraña estabilidad que existe entre los protagonistas. De este modo, el apartado dramático de Empire gana peso específico en la trama, situando a los protagonistas ante nuevos retos que, por suerte o por desgracia y como ya he mencionado, también restan protagonismo a la música.

Cabe señalar que esta inclinación por el desarrollo dramático ha permitido también hacer avanzar algunos conflictos que parecían encallados, dando lugar a un final tan prometedor como peligroso, pues el recurso escogido para dotar a la serie de algo fresco y novedoso en la próxima temporada no solo es algo muy manido, sino que un mal tratamiento puede dar al traste con lo conseguido hasta ahora. Volviendo a la apuesta por la trama, también hay que destacar la solución algo tosca de varios conflictos heredados de la anterior temporada, el más importante el que tiene que ver con la muerte de un personaje relativamente importante hasta ese momento, lo que por otro lado ha dado lugar a la introducción de nuevos secundarios que pueden aportar mucho a la trama. Da la sensación de que la serie ha tratado de avanzar por un camino en el que no se ha tenido en cuenta, al menos no demasiado, la influencia de determinados conflictos y el modo en que estos se resuelven, como si de una huída hacia adelante se tratara.

No somos nada sin la música

Del mismo modo, la lucha de esta familia de músicos contra las amenazas exteriores se resuelve, al menos en uno de sus pilares narrativos, de una forma cuanto menos algo increíble. Si bien es cierto que el personaje de Lucious Lyon es capaz de cualquier cosa, el giro argumental final a su comportamiento durante buena parte de esta tercera temporada invita a pensar más en una necesidad dramática (sobre todo con lo que ocurre en el último episodio) que en una calculada estrategia empresarial y, en cierto modo, romántica, lo que en último término convierte a dicho giro argumental en algo un tanto irreal, complejo tanto por todo lo que se ha producido previamente como por el alto número de roles y acontecimientos que involucra. Eso sí, como detonante dramático funciona a la perfección, dejando una conclusión de temporada impactante y con un alto número de ramificaciones secundarias con un importante potencial de desarrollo.

Pero como decía al comienzo, una de las principales víctimas de esta apuesta por el drama es la música. Música que no solo queda en un segundo plano, a modo de contexto social y familiar para esas luchas intestinas entre los protagonistas, sino que se relega a algo casi anecdótico en muchos de los episodios de esta temporada de Empire. Si bien es cierto que no es un problema, pues al fin y al cabo la música sigue estando muy presente, sí resulta sintomático y es una posible brújula que señala el camino a seguir por esta ficción en un futuro cercano. Quizá la mejor prueba es que en la anterior temporada se lograron algunas de las más espectaculares colaboraciones entre músicos y actores, y entre los propios actores, de toda la serie, y posiblemente del panorama actual del género en la pequeña pantalla. Ahora, sin embargo, las interpretaciones completas se limitan a un puñado en momentos puntuales que, en algunos casos, son además telón de fondo para un conflicto mucho mayor, algo que por cierto debería haber sido una constante.

Sé que puede dar la sensación de que se ha producido un cambio radical en la serie, pero nada más lejos de la realidad. Viendo con perspectiva esta temporada la sensación que queda es, más bien, la de la gestación de un cambio dramático, la de una evolución hacia un formato que podrá gustar más o menos al público, y que será mejor o peor en función del grado de abandono de los valores con los que nació este drama. En realidad, a lo largo de estos 18 episodios el cambio se aprecia poco a poco, en algunos capítulos más que en otros, pero tiene su máximo exponente en ese epílogo final en el que, de nuevo, está únicamente la familia, el núcleo duro de esta ficción, lo que también manda un mensaje muy claro al espectador si tenemos en cuenta lo acontecido anteriormente.

En cualquier caso, Empire parece que no va a volver a ser la misma serie que comenzó hace ya tres temporadas. El cambio, sutil en algunos momentos y más brusco en otros, ya ha comenzado, y en la mano de sus creadores está el que sea algo orgánico o algo brusco. Por lo pronto, esta producción musical parece haber decidido cantarle al drama al más puro estilo Empire, esto es, con el rap y el hip-hop como telón de fondo y la violencia como seña de identidad. La pregunta es si la música va a seguir perdiendo protagonismo, una decisión que personalmente creo que sería equivocada a tenor del resultado que ha tenido en otras producciones similares. La respuesta, a partir de finales de septiembre en Estados Unidos.

‘Mozart in the jungle’ equilibra protagonismos en su 3ª temporada


La serie Mozart in the jungle está siendo una de las producciones más transgresoras y más divertidas de la actual oferta televisiva. Y lo está logrando con una apuesta de lo más sencilla y, a la vez, difícil de lograr en una industria que tiende a ir sobre seguro. El secreto radica en la libertad para desarrollar una historia con personajes a cada cual más extravagante, con tramas cuya evolución no es del todo lineal, y con un trasfondo, el de la música, que lo impregna absolutamente todo. Lejos de lo que pueda parecer a primera vista, esta ficción creada por Roman Coppola (guionista de Moonrise Kingdom), Jason Schwartzman (Big Eyes), Paul Weitz (guionista de Un niño grande) y Alex Timbers es capaz de evolucionar, de aprender de sus errores y sus limitaciones para expandir su particular universo sonoro más allá del indiscutible protagonista al que da vida cada vez con más solvencia Gael García Bernal (Rosewater).

Y es precisamente en esta evolución en la que se centran los 10 episodios que componen la tercera temporada de esta serie basada en la novela de Blair Tindall, con una trama que pivota fundamentalmente sobre tres personajes que a lo largo de la trama han tenido su peso (relativo o no) en los acontecimientos. De este modo, mientras en la segunda temporada el argumento parecía más enfocado a los problemas internos y externos del “Maestro” interpretado por García Bernal, en este arco argumental se aprecia una transformación más clara del interés dramático de la ficción, lograda además tomando como punto de partida los acontecimientos finales de la etapa anterior. Esto, en otras palabras, se traduce en un cambio de protagonismo dentro de la serie, o al menos de peso específico dentro de la historia global.

Sin duda, esto se aprecia en los dos ambientes principales en los que se desarrolla el argumento de Mozart in the jungle en esta temporada. En primer lugar Italia, con Monica Bellucci (Spectre) como invitada principal en un papel que no solo concuerda a la perfección con el tono de la serie, sino que acentúa aún más la locura que rodea a estos personajes. En esta primera parte, más o menos la mitad de la etapa, es García Bernal el que centra la mayor parte de la atención, tanto por sus tribulaciones como por lo que representa el concierto que da en Venecia. Pero esta primera parte de la historia permite a sus creadores introducir de forma más consciente al personaje de Lola Kirke (Fallen), cuyo paso por la serie, a pesar de ser la protagonista, parecía haberse relegado casi a un secundario importante a la sombra de la fuerza del ‘Maestro’.

A través de esos primeros compases en Venecia los guionistas son capaces de desviar la atención de la hipnótica presencia de García Bernal para dotar de una mayor fuerza e independencia a la joven oboísta que interpreta Kirke, que toma las riendas de la historia para convertirse, en cierto modo, en la nueva ‘Maestra’ de la serie. Es evidente que su papel está llamado a ser fundamental en la trama, tanto por ser para el espectador el vehículo de presentación de este universo musical como por protagonizar línea argumental romántica de esta ficción. Con todo, parecía haber caído un poco en un olvido activo, siendo un personaje al que recurrir para presentar a otro que finalmente se ha llevado los laureles durante las pasadas temporadas. Todo eso cambia, o apunta al cambio, en la segunda mitad de estos 10 capítulos. Y por si a alguien le queda alguna duda, la joven empieza a mantener conversaciones con grandes compositores de la música clásica, rasgo asociado siempre al papel de García Bernal.

Secundarios imprescindibles

Evidentemente, este significativo cambio en la trama principal de Mozart in the jungle no implica, a priori, un cambio de status en la dinámica de los personajes. Es, más bien, un cambio en el enfoque del protagonismo dentro de la trama, devolviendo al personaje femenino un valor que parecía diluirse conforme el rol masculino adquiría fuerza. La duda que se plantea ahora es si realmente este equilibrio podrá mantenerse en el futuro, y el modo en que eso se llevará a cabo. Sea como fuere, esta evolución dramática no ha impedido que una de las señas de identidad de la serie se mantenga intacta: el plantel de imprescindibles secundarios, a cada cual más irónicamente surrealista. De hecho, uno de los mejores momentos de la serie lo protagonizan dos de estos roles, encerrados en una iglesia para negociar un conflicto laboral y terminando completamente borrachas. Sencillamente irrepetible.

Antes mencionaba un tercer pilar sobre el que se basa esta trama, y ese es precisamente el secundario al que da vida Malcolm McDowell (El marido de mi hermana), anterior ‘Maestro’ de la Orquesta que, por fortuna para todos, se ha reciclado en una suerte de consejero con entidad propia que no solo sirve de apoyo para la trama principal cuando es necesario, sino que protagoniza una propia trama secundaria capaz de aportar algo de profundidad al tratamiento de la serie, además de algunos de los momentos más cómicos de la temporada. Se puede decir, en este sentido, que es la definición perfecta de un secundario, sustento de los dos protagonistas, con historia propia y satélite de muchas de las tramas que centran los músicos, entre los que vuelven a destacar algunos personajes pero que cada vez se ve más como un ente único.

Que los secundarios son algo fundamental en la serie es algo que ha quedado patente desde la primera temporada. La fuerza que ha ganado esta ficción con el paso de los años, sin embargo, no se aprecia únicamente en estos personajes y en los actores escogidos para interpretarlos. Cabe destacar la colaboración de importantes personalidades de la música clásica, tanto intérpretes como compositores y directores, que se han dejado ver en los diferentes episodios de esta tercera etapa. Al igual que ha ocurrido con otras ficciones musicales, el respaldo de estos nombres a una producción como esta no hace sino elevar su categoría, amén de confirmar esta extraña comedia como una de las más frescas, dinámicas y diferentes de la parrilla televisiva.

Y desde luego, parece que fuerza no le falta a Mozart in the jungle para continuar narrando las desventuras de este grupo de músicos liderados por Gael García Bernal y Lola Kirke. Confirmada su cuarta temporada, solo cabe esperar que la libertad creativa en el plano narrativo (hay que reconocer que visualmente es algo más tradicional de lo que podría esperarse) se mantenga intacta, permitiendo a sus creadores explorar las vías ya abiertas en el final de esta tercera temporada. De ser así, de permitir a la serie crecer, equivocarse, rectificar y situar a sus protagonistas ante nuevos retos, seguiremos estando ante una de las comedias más recomendables de un tiempo a esta parte. ¡Qué la orquesta siga tocando!

‘Baby Driver’: fotogramas musicales


Hay cine que tiene como contexto la música. Hay cine musical, que no es exactamente lo mismo. Y luego está lo nuevo de Edgar Wright (Arma fatal), cuya definición, al menos una de ellas, podría ser el cine hecho música… o la música hecha cine. Porque si algo destaca en esta cinta de acción para melómanos es precisamente lo que el director logra hacer no solo con una planificación milimétrica, sino con un montaje tan poético, frenético y complejo que reduce las casi dos horas de metraje a un puñado de canciones que ya deben formar parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Lo peor de Baby Driver puede que sea, curiosamente, su trama. No porque no sea buena, sino porque aporta más bien poco al género. Lineal y hasta cierto punto previsible, esta historia de ladrones sin corazón y jóvenes corazones robados para una malvada causa recuerda muchas otras grandes películas en lo que a su desarrollo dramático se refiere. Hasta aquí, una película más. Es a partir de entonces cuando la obra adquiere dimensiones casi épicas. Wright demuestra su manejo del montaje, del ritmo y de la cultura musical con una apuesta visual tan rica en referentes como divertida en las interpretaciones de sus solventes y notables actores.

La cinta es música. Y la banda sonora es cine. Su director logra algo sumamente complicado: fusionar hasta hacer uno notas musicales y fotogramas, elaborando una íntima relación que no puede ser destruida. Ya sea con canciones escuchadas en un iPod, ya sea con el ritmo creado por el sonido ambiente, todo en esta historia de amor, velocidad y atracos es una partitura. Incluso algunos momentos protagonizados por Kevin Spacey (Elvis & Nixon) son, literalmente, poéticos, aportando al conjunto un toque tan irónico como lírico. Y junto a todo esto, el tratamiento visual, con secuencias de acción que son pura adrenalina y un uso cromático que adquiere un elevado significado hacia el final del metraje.

En definitiva, Baby Driver es una obra diferente, fresca, no apta para aquellos a los que no les guste la música. Una historia de robos a ritmo de volante, de auriculares y de sueños frustrados que atrapa al espectador en su asiento para llevarle en un viaje por la música de toda una vida. Poco importa en este caso que la historia pueda carecer de demasiada originalidad en lo que a desarrollo y personajes se refiere. Poco importan algunas licencias necesarias para hacer que la acción tenga sentido. Lo que Edgar Wright propone, además de un contundente golpe en la mesa de Hollywood (si es que no lo había dado ya), es un viaje divertido, tanto visual como sonoro, que solo puede disfrutarse. Abróchense el cinturón y, sobre todo, estén atentos a la luz roja.

Nota: 7/10

Diversidad en unos Oscar políticamente correctos


 La 89ª edición de los premios Oscar va a pasar a la historia por el fallo a la hora de entregar la estatuilla a la Mejor Película. Un error imperdonable para una organización que se caracteriza por el milimetrado e infalible diseño capaz de combinar humor, dinamismo y crítica política o social, según sea el caso. Pero eso no debería ocultar el verdadero análisis de una gala que, más allá de vestidos, de referencias veladas a Donald Trump o de guiños a actores, directores y películas, ha dejado varios premios dignos de mención, con un reparto de estatuillas que siempre es positivo pero que, en esta ocasión, tiene una interpretación más allá del puro cine.

En efecto, MoonlightLa ciudad de las estrellas (La La Land) han sido las grandes protagonistas. No seré yo quien cuestione la enorme calidad del film sobre un joven negro homosexual hijo de una madre drogadicta, pero lo que habría que valorar es si como película, como producto completo en el que se deben combinar música, imagen, planificación, actuación y un largo etcétera de elementos, la cinta de Barry Jenkins (Medicine for melancholy) es superior a la de Damien Chazelle (Whiplash). Para gustos los colores, claro está, pero personalmente creo que la complejidad narrativa, visual y formal de la segunda es, al menos este año, insuperable. Prueba de ello son los premios al Mejor Director, Mejor Fotografía o Mejor Actriz que ha conseguido, si bien este último podría estar algo sobrevalorado.

Hay otra lectura mucho más social y alejada del cine en su expresión más pura. Durante los últimos meses, incluso antes de que se conocieran las nominaciones, se hablaba de la poca diversidad social, cultural y racial de la anterior entrega de premios. Reconozco si esa presión habrá tenido algo que ver, pero desde luego ha sido mucha coincidencia que este año los actores secundarios hayan ido a parar a manos de actores afroamericanos y que tanto el Guión Adaptado como la Película sean para un film como Moonlight. Unos premios, en definitiva, políticamente correctos que reconocen la diversidad cuya ausencia tanto se notó en la 88ª edición.

No quiere esto decir, ni mucho menos, que no sean merecidos. Al contrario. El premio para Viola Davis por Fences no solo es merecido, sino que invita a cuestionarse el motivo por el que la actriz competía en la categoría de Secundaria cuando, en ciertos aspectos, lleva el peso narrativo del film en muchos de sus pasajes. Más extraño puede resultar el premio de Mahershala Ali (serie House of cards), más que nada porque su participación en la trama se limita a menos de un tercio del film. En cualquier caso, su labor es extraordinaria, por lo que no resta relevancia al logro de llevarse el primer premio de la noche.

Y entre ese variado reparto de premios, lo cual siempre es de agradecer, algunos previsibles. Que la música y la canción se las lleve un film musical parece obligado (algo funcionaría mal en caso contrario); que la cinta de animación sea para un film de Disney, pues más de lo mismo. Y que tanto el Mejor Actor como la Mejor Actriz se lo hayan llevado Casey Affleck por Manchester frente al mar y Emma Stone por La ciudad de las estrellas (La La Land), pues tampoco es algo demasiado inesperado, aunque en este caso puede que sí sea algo excesivo. En cualquier caso, si se compite en los Oscar es porque, en teoría, se está entre lo mejor del año, y con la experiencia de los Globos de Oro parecía que partían con ventaja.

En resumen, finalmente La ciudad de las estrellas (La La Land) no arrasó en los premios. Y a pesar de polémicas y errores varios, lo cierto es que los premios de esta edición de 2017 se han repartido entre las que, en esta ocasión sí, son las mejores películas de Hollywood del año. Por supuesto, faltan algunos títulos, pero ese es el problema de no poder reconocer a todos con un premio. Siempre quedarán las nominaciones, que considero son el verdadero reconocimiento al trabajo no solo de un actor, una actriz, un director o un guionista, sino al conjunto de films que hacen que los espectadores se enamoren del séptimo arte. En efecto, esta edición será recordada por el error en su premio más importante, pero también por la reacción tan elegante de un equipo técnico y artístico con el otro, confirmando, por si quedaba alguna duda, que ambas son extraordinarias películas.

A continuación os dejo la lista de Ganadores de la 89ª edición de los Oscar.

Mejor película: Moonlight.

Mejor director: Damien Chazelle, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor actor principal: Casey Affleck, por Manchester frente al mar.

Mejor actriz principal: Emma Stone, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor actriz de reparto: Viola Davis, por Fences.

Mejor actor de reparto: Mahershala Ali, por Moonlight.

Mejor película de animación: Zootrópolis.

Mejor película de habla no inglesa: El viajante, de Asghar Farhadi (Irán).

Mejor guión adaptado: Barry Jenkins & Tarell Alvin McCraney, por Moonlight.

Mejor guión original: Kenneth Lonergan, por Manchester frente al mar.

Mejor documental: O.J.: Made in America, de Ezra Edelman.

Mejores efectos visuales: Robert Legato, Adam Valdez, Andrew R. Jones and Dan Lemmon, por El libro de la selva.

Mejor fotografía: Linus Sandgren, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor montaje: John Gilbert, por Hasta el último hombre.

Mejor diseño de producción: David Wasco & Sandy Reynolds-Wasco, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor vestuario: Colleen Atwood, por Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

Mejor maquillaje: Alessandro Bertolazzi, Giorgio Gregorini y Christopher Nelson, por Escuadrón Suicida.

Mejor banda sonora: Justin Hurwitz, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor canción original: Justin Hurwitz, Benj Pasek & Justin Paul, por City of stars [La ciudad de las estrellas (La La Land)].

Mejor mezcla de sonido: Kevin O’Connell, Andy Wright, Robert Mackenzie y Peter Grace, por Hasta el último hombre.

Mejor montaje de sonido: Sylvain Bellemare, por La llegada.

Mejor cortometraje: Sing, de Kristóf Deák.

Mejor corto animado: Piper, de Alan Barillaro.

Mejor corto documental: The White Helmets, de Orlando von Einsiedel.

‘La ciudad de las estrellas (La La Land)’: ese alguien entre la multitud


No pasa muy a menudo, pero cada ciertos años surge una película que podría considerarse mágica, en la que todos sus elementos, artísticos y técnicos, parecen lograr una armonía perfecta para que fondo y forma sean realmente uno. Y este 2016 ha sido uno de esos años, algo que podría terminar de confirmarse, al menos en lo que a premios se refiere, con un rotundo éxito en los próximos Oscar. Lo cierto es que la nueva película de ese joven genio llamado Damien Chazelle (Whiplash) va camino de conseguirlo, y méritos, lo que se dice méritos, le sobran.

Si hubiese que calificar La ciudad de las estrellas (La La Land) con una única palabra esa podría ser magistral. O espléndida. O bella. Muchos de esos términos, estoy convencido, se han usado en infinidad de críticas, pero la pregunta que cabe hacerse es ¿por qué? Sencillamente porque esta comedia musical aúna todo lo que un film debe tener. Su desarrollo dramático plantea conflictos, aunque sea de forma sutil, a cada paso del camino de los protagonistas. La forma en que se integra la parte musical, cuyos números mejoran a medida que avanza la trama (aunque ese primer plano secuencia será una de las escenas más recordadas), es perfecta. Y el uso del color y la fotografía, en claro homenaje a la era dorada del género, acerca a las nuevas generaciones un tipo de cine que, por suerte o por desgracia, ya no se hace.

Desde luego, es lo más parecido a una película perfecta que se puede ver en la gran pantalla actualmente. Incluso con un comienzo titubeante (la historia del personaje de Emma Stone –Irrational man– es algo débil), el film se sobrepone gracias al número de claqué y a un Ryan Gosling (Sólo Dios perdona) inconmensurable, capaz de ponerse la narrativa sobre sus hombros y cubrir las deficiencias de su compañera de reparto, que crece al compás de la propia película. Aunque la guinda del pastel es su final, todo un recorrido alternativo por una historia que podría haber sido y no fue y que, además de arrancar alguna que otra lágrima, pone de manifiesto una máxima básica de cualquier narración: que el final debe ser coherente con la historia contada, aunque eso genere dolor.

La ciudad de las estrellas (La La Land) recupera el amor por el cine, o al menos por un tipo de cine que no se prodiga tanto en la gran pantalla como debería. Y lo hace con un sentido homenaje a las películas que encumbraron el musical hasta sus cotas más altas. Chazelle, que se confirma como un talento con un futuro prometedor (habrá que verle con otras historias y otros género), utiliza todos los recursos a su alcance para crear una obra atemporal, una historia de amor que debe convivir con la búsqueda de nuestros sueños. Una película única capaz de enamorar, emocionar, divertir y hacer reír, con una banda sonora imprescindible. Es, como se menciona en un momento del film, ese “alguien” entre la multitud de películas que hay en la cartelera.

Nota: 9,5/10

‘Empire’ se hace adulta en su 2ª T. gracias a sus protagonistas


Terrence Howard, Taraji P. Henson y Jussie Smollett en un momento de la segunda temporada de 'Empire'.Es evidente que el éxito de una serie se mide por su audiencia. Eso no quiere decir, claro está, que sea acorde a su calidad. Pero hay ocasiones en que ese éxito tiene otros componentes, y el caso de Empire es uno de ellos. Posiblemente el fenómeno generado por esta familia de rasgos mafiosos con un emporio musical se circunscriba, en su mayoría, a Estados Unidos, pero es evidente que su peso en la televisión es muy alto. Tanto que en su segunda temporada ha contado con artistas como Alicia Keys, así como con cameos de un sinfín de estrellas del rap, el hip-hop o el R&B. Pero más allá de todo esto, lo cierto es que la serie ha sabido evolucionar en un sentido cuanto menos interesante.

Y es que mientras la primera temporada se centró en una especie de carrera por una herencia, estos 18 episodios de la ficción creada por Lee Daniels (El chico del periódico) y Danny Strong (El mayordomo) han ampliado miras y han profundizado notablemente en los dramas personales e intrafamiliares de los protagonistas, abordando no solo los conflictos, sino el carácter de los personajes de Terrence Howard (St. Vincent) y Taraji P. Henson (serie Person of interest), quienes por cierto hacen un trabajo excepcional. Gracias a esta apuesta, la producción abandona en cierto modo ese carácter telenovelesco que presentó en la anterior etapa (aunque siempre está presente cuando se le necesita), lo que ofrece más tiempo y espacio para analizar otros conceptos dramáticos en un sentido más amplio, desde la temática homosexual hasta la criminal, pasando por la familiar o esa necesidad de amor que parecen buscar todos los personajes jóvenes en la figura de Lucious Lyon.

Antes de continuar es conveniente destacar el papel de Terrence Howard más allá de una mera referencia. Su personaje, tanto sobre el papel como con la aportación del actor, registra un crecimiento espectacular en esta segunda etapa de Empire. Su arco dramático, protagonista en prácticamente todos los episodios, lleva al espectador a un viaje cargado de medias verdades, de absolutas mentiras y de decisiones directamente criminales. Ya sea en su comienzo en prisión, su lucha por recuperar su imperio musical o su final con su madre, todas sus decisiones están marcadas por el carácter violento y agresivo del personaje, que tiene como conclusión más directa lo vivido por el personaje de Jussie Smollett (The skinny).

Es él, realmente, el motor de toda la serie. Es cierto que la música es parte fundamental (que analizamos a continuación), pero sin duda el carácter dramático de la serie está definido por Lucious Lyon y, por extensión, por Cookie Lyon. Dos personajes que son, en realidad, similares pero distintos, como si uno se mirara en un espejo. Desde luego, las motivaciones son diferentes, e incluso su forma de afrontar determinadas decisiones es diametralmente opuesta, pero a la hora de la verdad ambos parecen estar cortados por el mismo patrón, lo que no hace sino enriquecer la trama, pues permite que el tratamiento narrativo se divida sobre los hombros de dos personajes excepcionales que han logrado, en muy poco tiempo, hacerse un hueco entre los mejores roles de la televisión actual.

Música, por favor

Aunque quizá lo más interesante de esta segunda temporada de Empire es que, junto a la evolución dramática de la serie ahondando en los traumas del pasado y los conflictos entre personajes, la música también ha evolucionado de forma notable. Mientras que en los primeros episodios todo parecía centrarse en los personajes de Smollett y Bryshere Y. Gray (lucha musical como reflejo de la lucha fratricida por el poder), en esta etapa se expande la proyección musical hasta convertirse casi en un sello propio. Además de la presencia de grandes artistas (a la mencionada Alicia Keys se suma, por ejemplo, Pitbull), lo realmente interesante es comprobar que el repertorio crece con la serie.

Puede parecer una nimiedad, pero solo hay que comparar con Nashville, otro de los éxitos musicales de las últimas temporadas que ha optado por un compromiso dramático más que musical, limitando las canciones a dos o tres temas más o menos conocidos o a fragmentos de canciones. En cambio, y puede que sea porque tanto Smollett como Y. Gray han firmado con sendas discográficas, en esta ficción con tintes mafiosos las canciones se convierten no solo en parte fundamental, sino en una clave narrativa. Como en cualquier musical que se precie, los temas interpretados por los actores (incluyendo Terrence Howard, que sorprende a propios y extraños) son una vía más de narrar el subtexto que contiene la trama, y que en este caso es bastante más complejo de lo que puede verse a simple vista en pantalla.

Y esta es la clave. Esta serie producida por el productor musical Timbaland, entre otros, aprovecha la música como una herramienta narrativa más, no como un complemento que descongestione la intensidad dramática de la historia. No son pocos los momentos en los que los personajes, a través de una canción, viven un punto de giro en la trama. Y son muchos más en los que el drama da lugar a un tema nuevo. Esta conexión entre sus dos componentes principales, unido a unos personajes simplemente brillantes y a un reparto en plena forma, es lo que ofrece un producto en constante evolución, que trata de evitar (aunque no siempre lo consigue) caer en una espiral de repetitivos dramas, ofreciendo al espectador música y desafíos narrativos nuevos.

Dicho esto, se puede decir que la segunda temporada de Empire es mejor que su debut. Evidentemente, sigue contando con varios handicaps, entre ellos la propia música, que puede ser motivo de rechazo si no se comparte la pasión de los protagonistas, e incluso el carácter algo telenovelesco al que sigue recurriendo en varios momentos, por fortuna cada vez más escasos. Pero con todo y con eso, estos 18 episodios son un soplo de aire fresco con respecto a lo visto en la primera temporada, un cambio en positivo que permite a los actores dar lo mejor de ellos mismos, creciendo y haciendo crecer a los personajes.

‘Nashville’ explora nuevos dramas musicales en su 4ª temporada


'Nashville' vuelve a tener la música y el drama romántico y familiar como centro en su cuarta temporada.Que la serie Nashville es una especie de telenovela musical en el que los giros dramáticos llevan a los personajes a situaciones más o menos límite no es nada nuevo. Tras cuatro temporadas quedan pocas dudas. Sin embargo, esta ficción creada por Callie Khouri (Algo de que hablar) ha sabido evolucionar. Mejor dicho, ha sabido moverse lo suficiente para no quedarse estancada en un bucle que repita y una y otra vez los mismos problemas. Esto no quiere decir necesariamente que sea mejor, pues esos problemas se sustituyen por otros de similar índole, pero al menos no empeora, manteniendo el delicado equilibrio entre música y drama que es la base de su éxito.

Los 21 episodios de esta cuarta etapa así lo demuestran. Claramente dividida en dos partes (independientemente del parón programático que ha tenido en la parrilla), el arco argumental general ha sido lo suficientemente inteligente como para sembrar durante las anteriores temporadas el germen de los conflictos a desarrollar. Si a esto sumamos la finalización de algunas tramas secundarias y la evolución de otras, lo que se obtiene es una sensación de narrativa en constante avance, en constante movimiento. Es cierto que, en el fondo, buena parte de los conflictos sigan siendo los mismos (la violencia inherente de algunos personajes, el amor no correspondido, las dudas morales y personales, etc.), pero mientras se siga vistiendo con nuevos conjuntos y personajes, la serie mantendrá el espíritu de entretenimiento y distracción que tiene.

Es igualmente interesante comprobar cómo Nashville ha sabido cambiar el peso dramático hacia otros personajes secundarios. Y eso sí es un acierto por parte de Khouri. Dado que la trama principal protagonizada por los personajes de Connie Britton (serie American Horror Story) y Charles Esten (El último voto) demostraba signos evidentes de fatiga incluso en la segunda temporada, sus creadores han optado por convertirlos en espectadores y protagonistas secundarios de una acción que se centra más en otros personajes. Así, se ha podido desarrollar el conflicto no solo del rol interpretado por Lennon Stella, sino que la trama se ha podido centrar en los dos protagonistas de forma independiente y en historias que, en mayor o menor medida, no tienen nada que ver con su relación personal. Y digo “en mayor o menor medida”, porque lo cierto es que nunca llega a ser algo totalmente independiente.

El principal beneficio de esta decisión es que se destinan más minutos a explorar tanto las tramas de personajes secundarios como las relaciones entre ellos, ajenos y totalmente independientes del epicentro de la historia. Esto permite a la serie ampliar el ámbito dramático, ofreciendo al espectador una mayor complejidad narrativa y un contexto mucho más rico. La mayor y mejor evidencia de esto es el final de la temporada, donde hasta cuatro tramas, algunas de ellas bastante secundarias, tienen su final casi al mismo tiempo. Que la serie ofrezca la misma relevancia a la historia de los protagonistas, al personaje de Chris Carmack (Dark power) y su lucha contra la homofobia, a la pareja formada por Sam Palladio (Runner, Brunner) y Clare Bowen (10 days to die) o a la historia de Hayden Panettiere (Scream 4) es sintomático de que algo está cambiando en esta ficción.

Dudas dramáticas

Con todo, Nashville sigue arrastrando problemas, digamos, cíclicos. Y eso, a pesar de todo, sigue jugando en su contra. El caso más evidente es, precisamente, el de la pareja Palladio-Bowen. Los constantes tiras y aflojas, los reiterados desencuentros y la falta de sintonía aparente entre sus personajes generan un bucle que, aunque define la relación de estos personajes, no es sino una forma de frenar el desarrollo dramático de esta trama secundaria. Al final, la sensación que deja es que pase lo que pase, se produzcan los ganchos dramáticos que se produzcan, no es algo duradero, y al mismo tiempo es algo irremediable. Este no es un problema exclusivo de esta serie, pero habrá que ver hasta qué punto puede estirarse el chicle. Por lo pronto, ya empieza a mostrar síntomas de fatiga.

El caso de las hermanas a las que dan vida Lennon y Maisy Stella (sí, son hermanas en la vida real) requiere algo más de reflexión. La actitud de la primera evidencia una ausencia de tratamiento dramático complejo. Sus creadores parecen limitarse a definirla como una adolescente típica y tópica en grado superlativo. Bien es cierto que el final de la temporada parece ser, cuanto menos, aleccionador, pero eso no impide que deje un aroma recargado en su desarrollo. Con todo, resulta interesante el modo en que evoluciona la relación entre hermanas, y cómo eso afecta de forma tangencial a la vida de la pequeña, que parece perder peso dramático en esta cuarta temporada pero que, al final, es uno de los mejores ejemplos de la pérdida de cierta inocencia en el mundo de la música (en su más amplio sentido).

El gran problema de esta producción es, en realidad, que mientras los principales parecen avanzar en un desarrollo dramático con un objetivo, la trama se olvida de las historias secundarias para convertirlas en meros recursos, en simples muletas en las que apoyarse para hacer crecer las historias principales. Esto condena a personajes que tienen un cierto potencial a una espiral de errores repetidos, de decisiones de las que no aprenden una y otra vez. El caso más claro es el de Layla Grant, cantante a la que da vida Aubrey Peeples (Jem y los hologramas), personaje que empieza a cargar sobre sus hombros el duro peso de ser odiado por los espectadores. Y no tanto por sus decisiones y motivaciones, que también, sino porque tropieza siempre con la misma piedra y no aprende. Claro que también es una estrategia para eliminar parte de ese peso del papel al que da vida Panettiere.

Pero intercambiar personalidades no es la mejor estrategia para que una serie sea tomada en serio. Y Nashville se encuentra en un punto en el que debe decidir si, de una vez por todas, da un paso valiente hacia adelante, dejando atrás sus problemas y eliminando esos bucles en los que parece sentirse tan cómoda. Hasta que no logre eso, y en esta cuarta temporada todavía quedan muchos rescoldos, no será capaz de quitarse esa sensación de producción dramática con tendencia al dramatismo más abrumador. Por supuesto, es ahí donde ha conseguido a su público, y lo lógico es que siga así. Pero, ¿cuánto puede funcionar una fórmula definida por el desgaste de una idea de forma constante?

‘Mozart in the jungle’ logra avanzar en su 2ª T gracias al pasado


Lola Kirke y Gael García Bernal acercan sus personajes en la segunda temporada de 'Mozart in the jungle'Series que parecen perpetuarse en la parrilla televisiva año tras año. Producciones cuyas temporadas a veces se hacen más largas que un día sin pan. Ficciones recurrentes que manejan las mismas claves con diferentes personajes. Con este panorama en la pequeña pantalla resulta aún más sorprendente que algo como Mozart in the jungle logre salir adelante, y es de admirar que lo haga además con la frescura y dinamismo con que lo hace, en apenas 10 episodios de media hora y con una originalidad que resulta tan atractiva como divertida. Su segunda temporada confirma lo que ya se sabía viendo la primera etapa, pero además logra algo más.

Y ese algo más es que la serie creada por Alex Timbers, Roman Coppola (guionista de Moonrise Kingdom), Jason Schwartzman (Big eyes) y Paul Weitz (El circo de los extraños) no es una sitcom al uso, o al menos no da vueltas sobre mismos conceptos una y otra vez. Más bien al contrario, esta nueva temporada ahonda en los problemas sindicales y laborales de la orquesta al tiempo que desarrolla de un modo tal vez sutil pero indudablemente sólido la relación de los dos protagonistas, Gael García Bernal (Eva no duerme), inmenso como el director de orquesta, y Lola Kirke (Perdida), cada vez más cómoda en su papel y adquiriendo más presencia.

El hecho de que ambas tramas discurran de forma paralela pero se nutran irremediablemente la una de la otra conforma un complejo puzzle de personajes, posiciones dramáticas y situaciones irónicas que más que arrancar la carcajada lo que hace es arrojar una visión cómica del mundo de los artistas, dejando el poso emocional de la constante sonrisa en la cara. Por supuesto, los amantes de la música pueden, y deben, seguir disfrutando de las obras que suenan a lo largo de los minutos, y que vuelven a ser una especie de oasis entre las historias personales de unos personajes que se distancian, esta vez de forma más evidente, del puro componente musical.

Quizá lo que pueda resultar algo más complejo de encajar en el conjunto es la evolución que sufre el personaje interpretado por el siempre espléndido Malcolm McDowell (La naranja mecánica). Su personaje, en principio la muleta sobre la que construir la relación entre Bernal y su orquesta, es recuperado de forma algo artificiosa, introduciendo problemas de consejos de administración de por medio. Las idas y venidas del personaje, condicionadas en buena medida por la presencia imprescindible del actor (que obliga a dotar a su personaje de mayor entidad), no hacen sino lastrar el desarrollo armónico de la trama, que parece querer ir en una dirección pero que siempre gira la cabeza hacia otra. Y si bien es cierto que la integración en el conjunto es más que correcta, la impresión final es que algo no está bien afinado.

Más pasado, más futuro

Por supuesto, esta ligera evolución de la serie (continuista más que rupturista) conlleva la aparición de nuevos personajes, algunos más interesantes que otros. Pero junto a ello, la trama ahonda en el pasado y, por extensión, en el futuro de los principales protagonistas, lo que a la postre convierte a esta segunda temporada en un punto de vista algo diferente con respecto a lo visto en la primera etapa de Mozart in the jungle.

Desde luego, el viaje a México es uno de los momentos más interesantes de toda la serie. Y no lo es por las aventuras del rol interpretado por Joel Bernstein con su violín, ni por las aventuras románticas de Saffron Burrows (El robo del siglo). En realidad, lo más interesante es descubrir el pasado del Maestro interpretado por García Bernal, tanto aquel que hace referencia a unas amistades cuestionables como al que es propiamente musical, amén de la familia que le crió en su juventud.

Todo ello permite al espectador comprender mejor diversos aspectos de este extraño personaje, sus filias y sus fobias, y poder por tanto apreciar mejor el final que se le da en el último episodio de la temporada. Puede que el modo de explicar este bagaje cultural sea excesivo en tanto en cuanto el tiempo que se destina a él se resta de otras historias que podrían desarrollarse mejor, pero el resultado final es lo suficientemente bueno (y está maravillosamente integrado en la trama) como para permitirlo.

Y, claro está, ahondar en el pasado de este personaje abre las puertas a un futuro interesante. La conclusión de la segunda temporada de Mozart in the jungle abre las puertas a otros 10 episodios que presentan un tablero diferente, incluso novedoso dentro de la trama, y que obliga a los personajes a afrontar una nueva etapa con cierta incertidumbre. El riesgo que corre la trama es caer en una espiral de giros narrativos que se repitan y salten de personaje a personaje. Dicho de otro modo, que Bernal y McDowell se alternen en el papel de director de orquesta. Pero eso es adelantar acontecimientos. Por lo pronto, hay que disfrutar de otros 10 episodios frescos, alegres y, sobre todo, musicales.

‘El coro’: sentirse bien con la voz de los ángeles


Photography By Myles AronowitzSalir con malas sensaciones de una película como la que dirige François Girard (Seda) es muy complicado, casi imposible. Historias como estas están diseñadas para gustar, para que el espectador se sienta a gusto consigo mismo y con los que le rodean. Es, en pocas palabras, una feel-good movie. Ahora bien, todo lo que tiene de positivo también juega en su contra. El secreto está en lograr el equilibrio.

¿Y qué equilibrio es ese? Bueno, el que convierte a una obra tolerable en una tortura sin justificación. En películas como El coro suele sustentarse en el grado de autocompasión que desprenden los personajes, en su definición y en la dulzura que desprenden. Demasiada cantidad puede terminar por matar la trama. Pero lo que nos encontramos en esta cinta protagonizada por Dustin Hoffman (Tootsie) no tiene demasiado de nada. De hecho, mide muy bien sus tiempos, sabiendo encontrar el espacio en cada nota, en cada canto, para que los personajes puedan desarrollarse mínimamente.

A esto se suma, cómo no, la voz de sus protagonistas, sobre todo la de Garrett Wareing, primera película que hace y en la que demuestra un don incomparable. Su aportación al film, aunque bastante limitada por el tono musical, es capaz de plantar cara a la de otros actores con unos cuantos años de experiencia más. En su contra juega una historia demasiado plana, previsible y tópica, con roles que no se salen del pentagrama y con situaciones que recuerdan poderosamente a otras películas.

Pero hay que ser realistas. El coro no está planteada para sorprender ni para marcar un nuevo hito en este tipo de dramas. Es, simple y llanamente, una película que llena el alma, que permite disfrutar de un rato distraído, y que desde luego nos hace sentir bien. Pedirle más no sería justo, porque tampoco lo exige. Tan solo pide que nos deleitemos con las angelicales voces de estos niños cantores. Y eso siempre reconforta.

Nota: 5,5/10

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Cine y palabras

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