‘Rocketman’: Circle of Life


No sé si este es el inicio de una oleada de películas biográficas de grandes iconos de la música. Pero que en tan poco tiempo hayan llegado dos films como Bohemian Rhapsody (2018) y el que ahora nos ocupa sí permite apreciar las diferentes visiones que el cine puede ofrecer sobre una idea base como es el relato de la vida de un artista mundialmente conocido. Y eso sin necesidad de entrar en debates de cuál es mejor (no es ni el momento ni el lugar).

Si hubiera que resumir este Rocketman en una idea, esa es la de musical clásico. La vida de Elton John, histrionismos y excesos aparte, se plantea desde el primer momento como un espectáculo visual en el que el color, la música y los actores juegan un papel imprescindible. Que el protagonista se presente con el vestuario con el que lo hace para, a continuación, retrotraerse a su infancia con un número musical de colores apagados salvo él mismo es toda una declaración de intenciones en la que el director Dexter Fletcher (Amanece en Edimburgo) da una idea de la personalidad que va a tener el film, capaz de narrar más con imágenes que con la música (el abrazo final entre el personaje adulto y el niño explica el sentido de cada minuto de metraje). A partir de ahí, y como si de un largo flashback se tratara, el espectador asiste a un proceso de evolución en el que pocas cosas se dejan a un lado, tanto buenas como malas, lo cual es de agradecer por la aparente sinceridad que demuestra.

Fletcher realiza un trabajo más que notable, tanto por su lenguaje narrativo y su manejo de la cámara como por su trabajo con un reparto en estado de gracia, encabezado por un Taron Egerton (Eddie el Águila) que no solo interpreta, sino que asume absolutamente cada aspecto del artista, transformándose tanto física como emocional y sonoramente. Pero no es el único. Cada uno de los actores, en mayor o menor medida, se sumerge en este viaje aportando más matices a sus personajes, enriqueciéndolos para acentuar el drama de esta historia que, todo sea dicho, también tiene ciertos momentos irregulares. Posiblemente el mayor ‘pero’ que se le pueda poner es una cierta falta de concreción temporal. Las transiciones de años que se producen en el metraje, exquisitamente ejecutadas, pueden llegar a desubicar al espectador en el paso del tiempo, y eso unido a un cierto abandono en el tratamiento de algunos secundarios puede generar una pérdida de ritmo, aunque no influye demasiado en el resultado final.

Un resultado que convierte a Rocketman en un musical ideal para los amantes del género, pero también para aquellos que quieran conocer un poco más la vida de Elton John. Excesos, alcohol, drogas, excentricidades, … La película ofrece todo, y lo hace con la visión de un director con una personalidad arrolladora y de unos actores que ofrecen lo mejor de sí para componer la banda sonora de toda una vida. Y por supuesto, los amantes de su música encontrarán algunos de los temas más conocidos del artista. No todos, que son son muchas décadas sacando discos. Una película entretenida, entrañable, dramática en algunos momentos y visualmente espectacular.

Nota: 7,5/10

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‘Green Book’: la amistad en tiempos del racismo


La nueva película de Peter Farrelly (Los tres chiflados) guarda en su interior toda la magia del cine. La frase puede sonar extraña e incluso inducir a error, pero en esencia es así. Porque aunque no tiene nada original, su historia es bastante previsible y la narrativa del director no aporta gran cosa al guión, uno termina disfrutando de ella a cada paso de la trama. Y lograr eso con un relato tan sencillo como directo… eso es difícil de explicar si no se apela a la magia del séptimo arte.

Desde luego, Green Book encuentra buena parte de su éxito en sus dos actores protagonistas, ambos inconmensurables no solo por la dinámica que se establece entre ellos o por la naturalidad con la que asumen los matices de sus respectivos roles, sino por la capacidad que tienen de expresar la complejidad de sus mundos en tan solo una mirada. Y a este respecto, la labor de Mahershala Ali (Roxanne Roxanne) es, si cabe, mucho más gratificante, lo que le convierte en un firme candidato al Oscar. La dualidad y el modo en que conviven los contrastes en este personaje lo convierten en todo un referente de cómo desarrollar un rol, cómo plasmarlo en pantalla a través de sus acciones, sus reacciones y sus diálogos. Juntos, Ali y Viggo Mortensen (Jauja) no solo sostienen el delicado equilibrio entre comedia y drama, sino que elevan el relato hasta el complejo desarrollo de una amistad inesperada entre dos personalidades casi opuestas que se nutren y se complementan.

Y digo que elevan el relato porque existen infinidad de películas con este mismo leit motiv, pero pocas de ellas logran la calidad del film de Farrelly o, por ejemplo, de Intocable (2011). En realidad, la cinta que nos ocupa tampoco ofrece demasiada originalidad, salvo la profundidad que adquiere el personaje de Ali y la evolución que sufre el rol de Mortensen. La trama es sencilla y directa, previsible e incluso arquetípica en algunos momentos. Dicho de otro modo, es lo que se espera de ella antes de que se apaguen las luces de la sala. Y en este caso, eso no es algo negativo, al contrario, es muy positivo. Actores y director aprovechan esta sencillez para ahondar en sus protagonistas y, a través de sus ojos y de la relación que establecen, hacer una radiografía de una sociedad racista incapaz de hacer frente a su propia contradicción: adorar a ídolos (en este caso de la música) con un color de piel más oscuro pero no dejarles compartir una habitación con aquellos de piel más clara que se consideran superiores.

Y es esto lo que termina resultando más atractivo de Green Book. Tal vez si su historia hubiera sido más compleja, si la relación de los protagonistas hubiera estado marcada por un mayor conflicto, el film habría sido mucho más enriquecedor. O tal vez no, porque precisamente esa magia de la que hablaba al principio surge de la simplicidad de su propuesta, que permite construir los personajes, profundizar en sus múltiples capas y en sus conflictos con una sociedad muy corta de miras. Habrá quienes no vean más que una película más sobre dos personajes opuestos que terminan siendo amigos. Pero si se rasca un poco en su superficie se puede encontrar algo más que termina convirtiendo este relato en una notable feel good movie.

Nota: 7/10

Música y drama reparten premios y derrotas en los 76 Globos de Oro


Vaya por delante que nunca he creído del todo eso de que los Globos de Oro son la antesala de los Oscar, aunque reconozco que los datos a lo largo de los años confirman en cierto modo esta teoría. Por eso esta 76 edición de estos premios concedidos por la prensa internacional en Estados Unidos es tan atractiva, pues de confirmar los pronósticos podrían verse algunas sorpresas en el Teatro Dolby (antes Kodak). Y si no se confirman, vendría a demostrar que no siempre estas dos entregas de premios están de acuerdo. Sea como fuere, lo cierto es que en esta ocasión las estatuillas han estado muy repartidas, y aunque para todo hay opiniones, creo que han logrado un amplio consenso a favor.

Desde luego, las mayores sorpresas, para mal, las han dado El vicio del poderHa nacido una estrella, las dos principales favoritas en categorías cinematográficas que casi se van de vacío. La primera solo ha logrado el premio al Mejor Actor de Comedia para Christian Bale (El caballero oscuro), mientras que la segunda logra el premio por la canción ‘Shallow’, compuesta entre otros por Lady Gaga, quien logra así su segundo de estos premios tras el obtenido por American Horror Story: Hotel. Por el contrario, se puede decir que Green Book y Bohemian Rhapsody, con el permiso de Alfonso Cuarón y su Roma, han sido las grandes triunfadoras y, por qué no, las grandes sorpresas. No es que no tuvieran posibilidades de lograr premios, sencillamente parecían títulos menos favoritos. Y personalmente considero que otorgar estos premios a un film como el biopic de Freddy Mercury no solo eleva a esta cinta a la categoría que merece, sino que reconoce la labor de Bryan Singer (X-Men) como director (aunque sin premio para el realizador) y la de Rami Malek (serie Mr. Robot) como actor, este sí con premio particular por su espléndida interpretación del fallecido cantante.

Lo que sí dejan estos premios es una más que presumible lucha por los principales premios Oscar. Lucha, dicho sea de paso, que será muy interesante analizar una vez se conozca el resultado y hacia qué lado han caído los apoyos. Pero los Globos de Oro han dejado algunas sorpresas, la más interesante, sin duda, la de Mejor Película de Animación. En la última década esta categoría ha tenido un único dueño en los Oscar: Walt Disney. Ya sea a través de Pixar o cualquiera otra de las compañías que forman parte de este macroimperio, lo cierto es que sus películas han sido premiadas de forma sistemática año tras año, con la excepción de Rango (2011). Por eso que una film como Spider-Man: Un nuevo universo haya logrado imponerse a cintas como Los Increíbles 2Ralph rompe Internet es un cambio más que positivo en esta trayectoria, demostrando que hay vida más allá de Disney, al menos en lo que a premios se refiere.

Último reconocimiento

En lo que respecta a la televisión, la mayor sorpresa posiblemente sea que ninguna de las habituales producciones que copan estas categorías ha logrado premios, lo cual no hace sino confirmar el buen momento de las series en todos sus formatos. En el recuerdo queda ese premio a Mejor Serie Drama para The americans, cuya última temporada, además de idónea, deja uno de los momentos más importantes de la narrativa moderna y una conclusión perfecta para una serie que ha sabido mantener un alto nivel dramático, de intriga y político durante prácticamente todas sus temporadas.

También destaca la repetición, por segundo año consecutivo, de Rachel Brosnahan como Mejor Actriz Comedia/Musical por The Marvelous Mrs. Maisel y, sobre todo, el triunfo de la serie de antología American Crimen Story, un formato poco habitual pero que ha dado muy buenos resultados en líneas generales en las producciones que se han arriesgado a ofrecer algo diferente y bien planteado al espectador. Sin premios se queda The Handmaid’s Tale, cuya segunda temporada ha dejado algunos momentos de irregularidad dramática y una labor excepcional de su principal secundaria, a la que da vida Ivonne Strahovski (All I see is you) y que finalmente no ha logrado tampoco un reconocimiento en forma de premio.

En resumen, y volviendo a lo que decía inicialmente, los Globos de Oro dejan unos premios muy repartidos, con pocos films que acaparen muchos reconocimientos y evidenciando la dificultad a la hora de premiar unos u otros trabajos. Queda la duda ahora de si los Oscar se plantearán también en estos términos, o si por el contrario habrá grandes triunfadoras. En cualquier caso, la realidad es que, sobre todo en televisión, las producciones no solo crecen en variedad, sino también en calidad, y eso obliga a mirar en muchas direcciones y a abrir el abanico de premios a obras que, décadas atrás, tal vez ni siquiera se habrían planteado. Y sobre todo, estos reconocimientos permiten a muchos creadores arriesgar con historias y planteamientos diferentes, enriqueciendo a su vez el propio séptimo arte, del que ya forma parte por derecho propio la pequeña pantalla.

CATEGORÍAS CINEMATOGRÁFICAS

Mejor Película Dramática: Bohemian Rhapsody.

Mejor Película Comedia/Musical: Green Book.

 Mejor Director: Alfonso Cuarón, por Roma.

Mejor Actor Dramático: Rami Malek, por Bohemian Rhapsody.

Mejor Actor Comedia/Musical: Christian Bale, por El vicio del poder.

Mejor Actriz Dramática: Glenn Close, por La buena esposa.

Mejor Actriz Comedia/Musical: Olivia Colman, por La favorita.

 Mejor Actor Secundario: Mahershala Ali, por Green Book.

Mejor Actriz Secundaria: Regina King, por El blues de Beale Street.

Mejor Guión: Peter Farrelly, Nick Vallelonga y Brian Hayes Currie, por Green Book.

Mejor Banda Sonora: Justin Hurwitz, por El primer hombre.

Mejor Canción: Lady Gaga, Anthony Rossomando, Andrew Wyatt y Mark Ronson, por ‘Shallow’, de Ha nacido una estrella.

Mejor Película en Lengua Extranjera: Roma (México).

Mejor Película de Animación: Spider-Man: Un nuevo universo.

 

 CATEGORÍAS DE TELEVISIÓN

Mejor Serie Drama: The Americans.

Mejor Actor Drama: Richard Madden, por Bodyguard.

Mejor Actriz Drama: Sandra Oh, por Killing Eve.

Mejor Serie Comedia: El método Kominsky.

Mejor Actor Comedia/Musical: Michael Douglas, por El método Kominsky.

Mejor Actriz Comedia/Musical: Rachel Brosnahan, por The Marvelous Mrs. Maisel.

Mejor Miniserie/Telefilme: American Crime Story: El asesinato de Gianni Versace.

Mejor Actor Miniserie/Telefilme: Darren Criss, por American Crime Story: El asesinato de Gianni Versace.

Mejor Actriz Miniserie/Telefilme: Patricia Arquette, por Fuga en Dannemora.

Mejor Actor Secundario Serie/Miniserie/Telefilme: Ben Wishaw, por A very english scandal.

Mejor Actriz Secundaria Serie/Miniserie/Telefilme: Patricia Clarkson, por Heridas abiertas.

La 4ª T. de ‘Empire’ ahonda en las consecuencias de la violencia


El género musical en las series no suele terminar con final feliz en lo que a tratamiento y desarrollo se refiere. Son muchos los ejemplos en los que, o bien se opta por reducir cada vez más el papel de las canciones y los números musicales en la trama, o bien directamente la producción se cancela. Por eso el fenómeno Empire resulta tan interesante. Con su cuarta temporada se reafirma como una ficción en la que la música mueve absolutamente todo, y en la que el carácter casi telenovelesco se convierte en un trasfondo dramático que añadir a las notas y las letras de rap, R’n’B y hip hop que nutren cada episodio. El problema tal vez sea, precisamente, esa cierta tendencia al tratamiento telenovelesco de la historia.

Los 18 episodios de esta temporada vuelven a poner de relieve la labor de los actores, de todos ellos, pero también ahonda en los conflictos dramáticos entre ellos y, sobre todo, pone el foco sobre un aspecto que siempre ha estado sobrevolando esta serie creada por Lee Daniels (El mayordomo) y Danny Strong (Rebelde entre el centeno), y es el papel que juega la violencia en todo el desarrollo. Partiendo de la amnesia del rol interpretado por Terrence Howard (St. Vincent), la temporada explora cómo el mundo violento en el que siempre se han movido los protagonistas les marca en todas sus decisiones y su forma de mirar el mundo, haciendo siempre lo que sea necesario para sobrevivir. La dualidad en el personaje de Howard y cómo sus dos personalidades mantienen ese debate interno es un comienzo interesante que, aunque tratado de forma un tanto irregular, sí cumple su función de introducir ciertas dudas y generar el debate en torno a algo que parecía instalado en el ADN de la serie y sobre lo que no parecía querer cuestionarse nada en absoluto.

De hecho, este comienzo de Empire, más allá de otras consideraciones, viene a explorar también cómo la violencia engendra violencia, e incluso cómo un personaje aparentemente bondadoso (como es el protagonista cuando sufre amnesia) se ve arrastrado a todo tipo de violencia, ya no solo procedente de la familia sino de factores externos. En este sentido es destacable el personaje de Demi Moore (Como reinas) como catalizador y como vehículo dramático de esa catarsis del protagonista, aunque hay que mencionar igualmente que el desarrollo dramático de este pequeño arco argumental resulta algo incompleto, por no decir apresurado, lo que provoca que el trabajo evolutivo del personaje de Howard, aunque eficiente, quede un poco cojo en su profundidad dramática. Dicho de otro modo, todo parece hacerse a gran velocidad para poder volver al camino emprendido en las anteriores temporadas.

A partir de este momento, esta cuarta temporada retoma sus orígenes, volviendo a narrar la lucha por este imperio musical y mediático. Y aunque en cierto modo siguen siendo luchas familiares, lo cierto es que la trama evoluciona para mostrar un núcleo familiar más cohesionado (dentro de sus rupturas habituales) en contra de amenazas externas. Así, la serie cambia el paso para introducirse en algo más que la violencia pura y dura, explorando territorios algo más desconocidos para los protagonistas como la lucha comercial y las intrigas políticas. Todo ello, como no podía ser de otro modo, con una música exquisita como telón de fondo, y con una evolución de los personajes apasionante, algunos tomando el testigo de la violencia, otros huyendo y otros siendo víctimas de los tejemanejes mafiosos.

Venganzas y reconciliaciones

La segunda mitad, aproximadamente, de esta cuarta temporada de Empire se presenta como algo totalmente diferente a lo visto en la primera parte. Si el debate sobre la violencia copaba el arco dramático principal de los primeros episodios, el pasado y cómo influye en nuestro presente y nuestro futuro es la gran temática del tramo final. La introducción en la trama del personaje de Forest Whitaker (Redención) supone un revulsivo interesante a la dinámica establecida en temporadas anteriores. Como mencionaba antes, la violencia tradicional de esta ficción da paso a una encarnizada lucha por el poder en territorios más políticos, más comerciales, y por lo tanto en los que la violencia física desaparece o, al menos, se disimula más.

A través de la gran labor de Whitaker la serie se adentra en un pasado desconocido hasta el momento, en unas relaciones humanas y profesionales nuevas para el espectador que ayudan a comprender algo mejor el devenir de los protagonistas y, sobre todo, las ansias de poder y venganza de muchos secundarios. En este sentido, y relacionado con el pasado, cabe destacar el final de uno de los secundarios de estas temporadas. Un final marcado, cómo no, por la violencia, pero también con elementos diferentes en tanto en cuanto, y a diferencia de ocasiones anteriores, el crimen es utilizado en su contra por ese pasado que vuelve para golpear a los protagonistas donde más les duele, destruyendo las relaciones creadas durante las temporadas anteriores. Resulta sumamente interesante comprobar la evolución de este enemigo y su arco dramático durante la temporada, y cómo los creadores de la serie han introducido los elementos necesarios para construir una traición a fuego lento que, por cierto, tiene el éxito que no han tenido las anteriores.

Dicho de otro modo, mientras que en etapas anteriores la trama abordaba los conflictos de una forma algo más directa (siempre con cierto grado de intriga familiar), en esta ocasión los movimientos son más sutiles, ocultos como están en estrategias financieras e, incluso, en el manejo y la manipulación de artistas. Y obtienen el resultado que no habían obtenido los ataques frontales. Eso no quiere decir, por supuesto, que la violencia no haga acto de presencia, sobre todo el último episodio. Pero incluso esa violencia con la que termina la serie combina igualmente la brutalidad con la sutileza, abriendo la puerta a una nueva forma de entender esta ficción o, al menos, a un nuevo estilo a combinar con el que hasta ahora se había visto.

Se puede decir que la cuarta temporada de Empire cambia en cierto modo algunos aspectos de su tratamiento visto hasta ahora. La introducción de la amnesia del protagonista y la presencia de Whitaker aportan al conjunto un punto de vista diferente, arrojando cierta luz sobre diferentes aspectos de la trama. Sin embargo, existe un cierto carácter apresurado que perjudica al desarrollo de la historia. Tal vez sea por el hecho de que la temporada se divide en dos partes bastante diferenciadas, pero lo cierto es que, sobre todo la primera mitad, tiene un tratamiento algo burdo, sin ahondar demasiado en las motivaciones de los secundarios que son el verdadero motor de la historia. Esto se soluciona o bien desarrollando mejor esta estructura o volviendo a la anterior, donde todas las historias secundarias se aunaban bajo un único paraguas. Pero en cualquier caso, el Imperio sigue dejando buenas sensaciones y buena música.

‘Bohemian Rhapsody’: Dios salve a Queen


No han sido pocas las críticas que han atacado duramente la nueva película de Bryan Singer (Valkiria). Pero esta, desde luego, no va a ser una de ellas. Porque si algo bueno tiene este biopic de Freddie Mercury es, por un lado, que recupera la figura de esta leyenda de la música y, por otro, que evidencia la admiración que sigue despertando 27 años después de su muerte. Pero es que además el planteamiento narrativo, con sus altibajos, es notable.

Vaya por delante que este tipo de historias son, por lo general, bastante menos fascinantes de lo que a priori puede pensarse, normalmente porque las vidas privadas de los artistas no tiene tanto interés como su música. En este sentido, Bohemian Rhapsody no es una excepción, presentado algunos pasajes que pueden carecer del ritmo que sí tiene el resto del film. Pero son precisamente esos momentos los que resultan más interesantes, al aproximarse de un modo muy personal al hombre detrás de Freddie Mercury, a un joven cuya vida estuvo marcada por la peor soledad que existe: aquella que se siente estando rodeado de personas. A este respecto la labor tanto del director como del protagonista (Rami Malek, visto en la serie Mr. Robot) es simplemente impecable, y permite apreciar el claro contraste entre la vida del cantante y la que llevaron el resto de componentes de la banda, uno de los detonantes de sus posteriores decisiones.

Pero si algo tiene de extraordinario este film es que esos momentos aparentemente carentes de ritmo son, en realidad, los compases previos a la creación de los mayores éxitos de la banda. Gracias al planteamiento dramático el espectador se aproxima a las luchas y los procesos que dieron lugar a temas como ‘Another one bites the dust’ o ‘We will rock you’. Si a eso sumamos el tratamiento que Singer da a las giras musicales y, sobre todo, ese concierto Live Aid que se muestra casi de forma íntegra, lo que obtenemos es un homenaje a una familia más que a una banda de rock. Un homenaje a una forma de entender la música que, valga la redundancia, no entiende de etiquetas. Un homenaje, en definitiva, a cuatro jóvenes cuya genialidad fue encontrarse, respetarse y saber aprovechar el talento que cada uno tenía.

Un homenaje, por cierto, expuesto de forma inteligente, alejado del drama en el que se convirtió la vida de Mercury en los últimos años. Bohemian Rhapsody es un film sobrio que navega por los temas que se han convertido en himnos generación tras generación, y lo hace con la sencillez y elegancia que caracteriza a Singer. En la memoria queda la actuación de Malik y, sobre todo, algunos conceptos que maneja el film, desde la familia hasta la soledad, pasando por la redención y, como no, esa maravillosa música que nunca deja de sonar. Un viaje por el hombre detrás de la leyenda que a muchos quizá no guste. Y puede que no sea una obra maestra, pero desde luego sí es un film espléndido, que se disfruta de principio a fin y que ayuda a comprender mejor a ese hombre cuya vida terminó en 1991.

Nota: 7,5/10

‘Nashville’ llega a su fin con el foco en los problemas de la sociedad


Echando la vista atrás durante estos seis años de Nashville se puede ver, en todo su esplendor, la evolución de esta serie, primero con toques de drama familiar y político y, posteriormente, entregándose por entero al drama más lacrimógeno, para lo cual se ha recurrido a todo tipo de recursos narrativos durante estas temporadas. Pero si algo deja patente la sexta y última entrega es que, por encima de todo, es un producto en el que todo debe acabar bien, en el que la familia es lo más importante y es capaz de vencer cualquier obstáculo, y en el que es importante comprender y aceptar el lugar que cada uno tiene en la vida, aunque no fuera el que inicialmente habíamos deseado.

Y todo ello siendo consciente de sus debilidades y los errores que ha arrastrado a lo largo de estas temporadas. En este sentido, los 16 episodios que cierran esta serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) representan posiblemente el final más honesto y coherente de los últimos meses en televisión. Si ya es difícil que una ficción tenga un final cerrado, que este se adecúe a lo narrado durante las etapas anteriores puede parecer misión imposible, pues muchas veces la necesidad de querer dar una conclusión concreta a una línea argumental choca frontalmente con lo contado previamente. No solo no es el caso de esta obra que mezcla música y lágrimas para tocar diversos problemas sociales de Estados Unidos (sobre lo que iremos más adelante), sino que la serie es consciente en todo momento de cuál es su sitio, y con esa humildad se presenta en su última temporada.

Dicho de otro modo, Nashville perdió un activo fundamental con la ausencia de la protagonista interpretada por Connie Britton (La tierra de las buenas costumbres). Conscientes de ello, sus creadores han optado por una fórmula narrativa y dramática interesante: mantener su recuerdo presente en prácticamente todos los episodios mientras el espacio que su personaje ocupaba se llenaba con otras historias, algunas más complejas que otras, pero todas con el único fin de ahondar en el dramatismo de una serie que alcanzó su clímax lacrimógeno con la partida del rol de Britton. Se intenta así mantener un cierto nivel de interés en la ficción a través de unos arcos argumentales que golpean de lleno los sentimientos del espectador mientras se atan los cabos sueltos que quedaron de la anterior temporada.

Por supuesto, esto no quiere decir que todo sea perfecto. Aunque es de admirar la honradez con la que se aborda el final, la serie sigue arrastrando muchos problemas, el más importante su tendencia a girar en torno a un mismo problema de forma constante durante episodios sin encontrar solución y, lo más alarmante, sin que los personajes implicados aprendan de sus errores. Es el caso, por ejemplo, de los roles de Lennon Stella, Sam Palladio (serie Episodes) o Clare Bowen (The clinic). Esto provoca una suerte de incoherencia dramática que, aunque sirve de clavo al que agarrarse en determinadas ocasiones, termina por impedir que la trama evolucione correctamente, reproduciendo en esta última temporada conflictos y situaciones vividas en la primera.

Conflictos sociales

Esta última temporada de Nashville también ha servido para introducir nuevos personajes que permitieran cerrar algunos aspectos de las tramas. Y curiosamente, estos elementos son algunos de los que mejor funcionan dramáticamente hablando. Es cierto que su presencia puede estar un poco obligada por las circunstancias (la ausencia de la protagonista, en otras palabras), pero al final terminan por ahondar en la personalidad de los protagonistas, lo que siempre es de agradecer. Me refiero, por ejemplo, al padre del protagonista o a ese criadero de caballos a modo de terapia para personas con importantes traumas. Todo ello, aunque sin demasiada relación con el resto de la serie, permite al espectador acercarse a aspectos de los personajes que antes solo se habían insinuado, y que ahora se hacen más presentes.

Y como decía antes, la ficción ha optado en estos últimos capítulos por incluir nuevas historias al resto de personajes. Historias que, por otro lado, sirven de base para realizar una importante crítica a diversos aspectos de la sociedad. Sobra decir que durante los años previos temas como el alcoholismo o la corrupción política ya se habían tocado, pero ahora la serie va más allá. Sectas, alcohol, adicción a los esteroides, acoso sexual y laboral, violencia de género, … Todos estos temas tienen diferente peso narrativo en la historia, lo que amplía notablemente el ámbito de trabajo de sus creadores, creando un mundo más complejo y, por qué no, más cercano a la realidad. Y aunque esto puede ser un aspecto positivo, es importante señalar que su integración en el desarrollo de la trama es algo irregular, pues mientras algunas de estas historias tienen su importancia en el desarrollo final del arco argumental, otras sencillamente parecen estar incluidas para rellenar tiempo con algo diferente. Y ese es el gran fallo que tiene esta temporada a nivel de guión.

Pero en líneas generales la temporada responde a las expectativas, es decir, sigue teniendo como núcleo la familia, los retos y las dificultades que se superan juntos. Y precisamente por eso el último episodio es todo un homenaje a estos conceptos y un regalo para los más acérrimos fans. Con la excusa de un concierto, los personajes que han tenido cierta relevancia a lo largo de estos seis años hacen acto de presencia, sumándose a la canción y ofreciendo una despedida por todo lo alto a la que se suma, también, el equipo técnico. Una secuencia que sale de la propia ficción y aproxima aún más a actores, personajes y espectadores.

En definitiva, un final emotivo para una serie que, con sus limitaciones y sus propios errores, ha sabido mantenerse con coherencia, con tramas que aunque llevadas al límite han funcionado con solvencia, y con unos personajes más que correctos para este tipo de historias. Nashville termina y con ella parece acabar una tendencia musical en la pequeña pantalla, con permiso de Empire. Atrás quedan su tendencia a caer en bucles argumentales que tenían a los personajes como cobayas en ruedas de ejercicios. Atrás quedan también momentos terriblemente dramáticos narrados con elegancia. Pero sobre todo, queda la música, con algunas canciones sencillamente maravillosas. El country nunca volverá a ser lo mismo.

‘Ha nacido una estrella’: Ha nacido un director


Es sumamente complicado llevar a la gran pantalla una historia que ya ha sido adaptada en varias ocasiones. La comparación con las anteriores versiones es inevitable. Tal vez por eso sea tan interesante el primer trabajo de Bradley Cooper (Aloha) como director y guionista, porque es capaz de, a partir de una historia conocida, imprimir matices que enriquecen, y mucho, tanto los personajes como la trama. Y que eso se logre en una primera película hace que esta sea aún más interesante.

Porque, en efecto, la premisa básica de Ha nacido una estrella es conocida. Pero no así sus personajes. Cooper construye un universo complejo en torno a la pareja protagonista, sobre todo en lo referente al personaje que él mismo interpreta. A la premisa base de que la decadencia de este rol se mezcla con los celos y el ascenso de su pareja se suman un pasado complejo, marcado por un cierto sentimiento de abandono, un presente ahogado en alcohol y, en cierto modo, un atisbo de coherencia disfrazada por la brutalidad de sus borracheras que le permite comprender que su pareja, aquella chica a la que él descubre, está perdiendo su identidad por lograr algo efímero.

Todo ello convierte a este personaje en el verdadero motor de la trama, robando cierto protagonismo a una Lady Gaga (Machete Kills) cuya voz brilla en todo su esplendor en un personaje igualmente sólido pero algo más arquetípico. A todo ello se suma una puesta en escena intimista casi desde el primer plano, recurriendo a movimientos de cámara que capten los sentimientos de los personajes para marcar una evolución dramática más detallada, y huyendo todo lo posible de los previsibles planos generales (que también existen) en los macroconciertos que se suceden a lo largo de la cinta. Cooper sustenta así a unos personajes marcados por la tragedia intensificando los buenos y los malos momentos, las decisiones y un final cuya elegancia está fuera de toda duda. Todo ello define a un director con un futuro brillante.

Ha nacido una estrella es ante todo un brillante drama en el que los miedos, las fobias y el amor se muestran detrás de un manto de alcohol, celos y música. Su mayor punto débil es el ritmo, que decae en varios momentos y alargan la historia de un modo innecesario, sobre todo la trama ya está en pleno desarrollo. Pero con todo y con eso, el espectador asiste a una introspección pocas veces vista en pantalla, en la que una única mirada es capaz de revelar todo, en la que la música es vehículo narrativo perfecto para exponer conflictos, romances, recelos y odios. Y desde luego, esa falta de ritmo no impide disfrutar de un notable drama realizada por un interesante director.

Nota: 8/10

‘Mamma Mia! Una y otra vez’: ¿cómo puedo resistirme a ti?


Lo principal a la hora de hacer una historia es tener algo que contar. Puede parecer algo simple, pero las salas de cine están repletas de películas sin historia, limitadas únicamente a una sucesión de escenas de acción, chistes de dudosa gracia o canciones sin un nexo en común. Y si eso ocurre en films originales, qué no pasará en las secuelas, precuelas, remakes y demás producciones. Por eso el regreso de la música de ABBA es algo tan gratamente disfrutable, porque en todo momento está donde debe estar.

Y eso es, ni más ni menos, que en el entretenimiento inocente y musical que ya tuvo la original. Las canciones del famoso grupo vuelven a fundirse con una historia fresca, dinámica, cargada de humor y drama. Porque, a diferencia de la primera parte, Mamma Mia! Una y otra vez tiene un notable lado dramático, fundamentalmente por la presencia siempre constante del personaje de Meryl Streep (Ricki), que aporta un tono algo más lacrimógeno al conjunto y provoca una continua nostalgia que no logran ni muchos actores o actrices, ni muchas películas. Y para ejemplo, el final en la iglesia, tan bello como enternecedor y emocionante. Es el clímax, en realidad, de un camino creciente sembrado de emotivas referencias que funciona como un reloj para arrancar las lágrimas y, posteriormente, dibujar la sonrisa en los labios del espectador. Un cúmulo de emociones que demuestran que esta cinta tiene entidad por sí sola.

Pero esta segunda parte es, ante todo, espectáculo. Conteniendo algunos números musicales que nada tienen que envidiar a la original (el restaurante y la llegada de los barcos a la isla son los dos mejores ejemplos), la cinta dirigida con acierto por Ol Parker (Ahora y siempre) no pretende ser nunca más de lo que puede esperarse de ella. Sin grandes giros argumentales, con algunos momentos muy previsibles y, todo hay que decirlo, posibles fallos de guión relativos a la continuidad con la primera parte, el relato funciona gracias a la frescura de sus protagonistas (Lily James –Cenicienta– está espléndida), a una narrativa sin altibajos y a la facilidad para combinar el pasado y el presente del relato. Todo ello aderezado con un final cuya guinda del pastel lleva el nombre de Cher (Pegado a ti).

Habrá quien diga que Mamma Mia! Una y otra vez es más de lo mismo. Y sí, es más música, más ABBA, más paisajes idílicos y más entretenimiento. Pero también tiene algo nuevo que permite mantener la frescura, algo diferente que la convierte en una producción propia, capaz de funcionar de forma independiente y con el dinamismo que tuvo la cinta original. Una más que digna secuela que hace las delicias de los fans de la película y es capaz de arrancar la sonrisa y el ritmo a cualquier espectador. ¿Cómo resistirse a eso?

Nota: 7/10

4ª T. de ‘Mozart in the jungle’, un inesperado y sobresaliente final


Uno de los efectos secundarios habituales de las series es que dejan una sensación casi de orfandad cuando llegan a su fin. Una sensación de haber terminado una etapa de nuestras vidas que no volveremos a recuperar, al menos no del mismo modo. Y cuanto más dura la serie, más acentuada es esa sensación. Pero cuando una producción de este tipo se cancela casi sin previo aviso y, por lo tanto, no es posible llegar a terminar su historia de forma correcta, lo que el espectador puede llegar a sentir es algo muy diferente, a medio camino entre la pérdida y la indignación, entre la frustración y la pena. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con la cuarta temporada de Mozart in the jungle.

Y es que esta comedia con la música como telón de fondo ha finalizado, y curiosamente no lo ha hecho con un final abierto. Más bien, la trama que ha centrado estos 10 episodios ha tenido un arco dramático completo, situando a los personajes ante nuevos retos de futuro. Y eso es precisamente lo que genera más frustración. La serie creada por Alex Timbers, Roman Coppola (Moonrise kingdom), Jason Schwartzman (Viaje a Darjeeling) y Paul Weitz (El circo de los extraños) termina planteando nuevos hilos conductores que ahora se quedarán sin resolver, como si sus autores tuvieran la esperanza de retomar la historia de estos personajes en un futuro no muy lejano, lo que crea un delicado equilibrio de emociones y de estructuras dramáticas.

Por un lado, esta cuarta y última temporada se revela como, posiblemente, la más original de las cuatro. Durante todos sus capítulos Mozart in the jungle ha hecho gala de una transgresión narrativa, visual y sonora sin igual, pero es en esta última etapa cuando apuesta por echar toda la carne en el asador. Desde inteligencias artificiales creadas para poder componer música y dirigir orquestas, hasta un viaje de autoconocimiento o, sobre todo, una interpretación de la vida del protagonista a través de la danza, el arco argumental ha dejado algunos de los momentos más bellos de la serie, amén de ahondar en las motivaciones y los objetivos de la pareja protagonista interpretada por Lola Kirke (Barry Seal: El traficante) y Gael García Bernal (Me estás matando Susana) hasta un punto pocas veces visto, lo que por extensión convierte a esta temporada en la más dramática de todas.

Por otro, el final deja un sabor agridulce. Y no precisamente porque su resolución busque ese efecto, que en cierto modo también lo hace. Más bien, lo que se genera es la sensación de estar ante una etapa que termina y otra que comienza en la trama, con la salvedad de que la segunda parte nunca va a ocurrir. El tsunami dramático que se produce en el tercio final de esta temporada es de tal magnitud que no hay ni un solo personaje que no modifique su situación dentro de la trama. En mayor o menor medida, cada rol con cierto protagonismo en esta musical historia evoluciona personalmente, algo que se traduce en su posición laboral y en su búsqueda de nuevos retos profesionales. Y aunque el tratamiento de estos arcos argumentales sea irregular (a algunos secundarios no se les da el espacio suficiente), en líneas generales todos han cambiado desde sus inicios, lo que añade valor a esta temporada y la convierte, posiblemente, en la mejor de las cuatro, tanto musical como visual y dramáticamente hablando.

La importancia de los secundarios

Y aquí entra en juego el otro gran aspecto de esta cuarta temporada de Mozart in the jungle y de toda la serie en general. Si bien es cierto que la pareja protagonista, sus tira y afloja, sus éxitos y sus fracasos, son el motor fundamental de la trama, la presencia de unos secundarios con entidad propia ha permitido al argumento crecer en complejidad, ser mucho más transversal y, por tanto, menos lineal. Con sus fobias, sus esperanzas y su bagaje dramático propio y ajeno al resto, cada uno de estos roles menos relevantes en la trama ha crecido hasta hacerse un hueco propio en el desarrollo del arco dramático principal, enriqueciéndolo y aportando matices tanto humorísticos como reflexivos.

Esta producción viene a confirmar algo fundamental en cine y televisión que, sin embargo, muchas veces se ignora. Un buen plantel de secundarios puede convertir una serie mediocre en una producción aceptable, y una obra notable en algo fuera de lo común. Y eso es en lo que se ha convertido en apenas cuatro temporadas esta obra de música, romance, humor y algo de locura. Asimismo, esto ha provocado una dinámica sumamente interesante en toda la serie. Mientras que el peso narrativo comenzó estando más sobre los hombros de García Bernal que de Kirke, en la última parte de la historia ha sido al revés, algo que no solo se ve en la fuerza que ha adquirido el personaje, sino en algo tan palpable y a la vez identificativo como las conversaciones con los compositores muertos que tiene inicialmente el Maestro y que luego asume la joven oboísta.

La última temporada de esta original serie, por tanto, es el canto de cisne de una historia que apuntaba al futuro. Porque aunque es cierto que estos 10 capítulos cierran argumentos, también abren otros muy interesantes y, a raíz de esos secundarios capaces de evolucionar y crecer de forma independiente, plantea un escenario completamente nuevo que renovaría la serie. Dicho de otro modo, esta cuarta temporada podría ser, hasta cierto punto, el fin de un ciclo, y como tal permite la posibilidad de finalizar la producción en este punto. Pero la capacidad de renovarse de forma autosuficiente hace que se abran nuevas expectativas, nuevas posibilidades tanto o más interesantes de lo visto hasta ahora. Y ahí radican los sentimientos encontrados de esta obra.

Sentimientos que, en cualquier caso, no restan calidad a Mozart in the jungle. Más bien al contrario, esta serie es una de las pocas que pueden presumir de haber crecido y mejorado con cada temporada, de haber explorado los rincones más interesantes de sus personajes, principales o secundarios, capítulo a capítulo y con el humor y la ironía por bandera. Es cierto que su narrativa puede resultar en algunos momentos un tanto confusa. Y no es menos cierto que con tantos personajes algunos roles menos importantes han tenido un desarrollo intermitente. Pero nada de eso debería de ser un impedimento para disfrutar de una comedia fresca, dinámica y diferente con una banda sonora, evidentemente, fuera de lo común. ¿La única pega? Que se haya acabado antes de tiempo.

‘Ready Player One’: el Oasis de la cultura pop


Aviso a navegantes. Lo nuevo de Steven Spielberg (Minority report) es una experiencia visual y nostálgica inigualable, pero también esconde una notable crítica social. Y esta dualidad es lo que convierte a esta aventura de ciencia ficción en una obra espléndida. Puede que no guste a aquellos que hayan sido ajenos a la cultura de los años 80 y 90, pero aunque solo se conozcan algunos de los personajes que han poblado la imaginación de generaciones durante estas décadas la película se disfrutará de un modo que cada vez resulta más difícil experimentar.

Por supuesto, Ready Player One es ante todo un entretenimiento en su máxima expresión. El guión, perfectamente estructurado aunque algo carente de importantes giros dramáticos, presenta en apenas unos pocos segundos el contexto social en el que se desarrolla la trama, pasando rápidamente a introducirse en lo más relevante de la acción y aprovechando las impecables secuencias de acción para hacer avanzar un argumento que a muchos les recordará a algún videojuego que les dejó huella en su infancia. Con una música inolvidable y unos efectos visuales que ya quisieran muchas películas, Spielberg se da un festín referencial de una cultura que necesita ser reivindicada como una parte fundamental de todo lo que actualmente vivimos. A esto se suma un reparto notable y una estructura dramática bien construida, con pilares sólidos sobre los que asentar posteriormente el importante mensaje (una suerte de huevo de Pascua) que esconde el film.

Siempre he pensado que la ciencia ficción es el mejor género para mostrar y contar los problemas de la sociedad, y por eso este film basado en la novela de Ernest Cline es capaz de sobrepasar el mero entretenimiento. La verdad es que no podría esperarse menos de Spielberg. Sus efectos especiales, la agilidad del lenguaje visual del director o las constantes referencias no impiden apreciar que la cinta, en realidad, habla de un mundo incapaz de vivir en el mundo real, obsesionado con escapar de una rutina que le asquea y que busca una salida en una realidad virtual en la que nadie es quien dice ser y todos se ocultan detrás de una identidad falsa. Un videojuego a escala global que permite interactuar con personas de todo el planeta, hacer amigos y enamorarse sin ni siquiera conocerse físicamente. La idea de que lo único que se vive realmente es la vida real resume a la perfección no solo la moraleja de esta historia, sino el camino que está tomando una sociedad cuya visión está dirigida hacia una pantalla de móvil y no hacia quienes están junto a nosotros.

Aunque a Ready Player One puede faltarle algo de fuerza en algunos momentos clave, lo cierto es que su carácter juvenil y aventurero, amén del espectáculo visual que supone ver y escuchar tantos referentes de la cultura pop en ese Oasis, convierten a esta aventura en algo diferente, fresco, dinámico y, ante todo, digno de disfrutar. Una película que invita a reflexionar sobre el camino que toma la sociedad mientras nuestros sentidos se deleitan con la música, los personajes y las criaturas que han nutrido la imaginación de la sociedad y de muchas generaciones durante décadas. A muchos su estructura de videojuego les puede resultar extraña, pero lo cierto es que no deja de ser la misma que la de cualquier otro relato con el que nos hemos maravillado cuando éramos más jóvenes. Y conseguir que volvamos a nuestra juventud siempre es algo admirable.

Nota: 8/10

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