‘Baby Driver’: fotogramas musicales


Hay cine que tiene como contexto la música. Hay cine musical, que no es exactamente lo mismo. Y luego está lo nuevo de Edgar Wright (Arma fatal), cuya definición, al menos una de ellas, podría ser el cine hecho música… o la música hecha cine. Porque si algo destaca en esta cinta de acción para melómanos es precisamente lo que el director logra hacer no solo con una planificación milimétrica, sino con un montaje tan poético, frenético y complejo que reduce las casi dos horas de metraje a un puñado de canciones que ya deben formar parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Lo peor de Baby Driver puede que sea, curiosamente, su trama. No porque no sea buena, sino porque aporta más bien poco al género. Lineal y hasta cierto punto previsible, esta historia de ladrones sin corazón y jóvenes corazones robados para una malvada causa recuerda muchas otras grandes películas en lo que a su desarrollo dramático se refiere. Hasta aquí, una película más. Es a partir de entonces cuando la obra adquiere dimensiones casi épicas. Wright demuestra su manejo del montaje, del ritmo y de la cultura musical con una apuesta visual tan rica en referentes como divertida en las interpretaciones de sus solventes y notables actores.

La cinta es música. Y la banda sonora es cine. Su director logra algo sumamente complicado: fusionar hasta hacer uno notas musicales y fotogramas, elaborando una íntima relación que no puede ser destruida. Ya sea con canciones escuchadas en un iPod, ya sea con el ritmo creado por el sonido ambiente, todo en esta historia de amor, velocidad y atracos es una partitura. Incluso algunos momentos protagonizados por Kevin Spacey (Elvis & Nixon) son, literalmente, poéticos, aportando al conjunto un toque tan irónico como lírico. Y junto a todo esto, el tratamiento visual, con secuencias de acción que son pura adrenalina y un uso cromático que adquiere un elevado significado hacia el final del metraje.

En definitiva, Baby Driver es una obra diferente, fresca, no apta para aquellos a los que no les guste la música. Una historia de robos a ritmo de volante, de auriculares y de sueños frustrados que atrapa al espectador en su asiento para llevarle en un viaje por la música de toda una vida. Poco importa en este caso que la historia pueda carecer de demasiada originalidad en lo que a desarrollo y personajes se refiere. Poco importan algunas licencias necesarias para hacer que la acción tenga sentido. Lo que Edgar Wright propone, además de un contundente golpe en la mesa de Hollywood (si es que no lo había dado ya), es un viaje divertido, tanto visual como sonoro, que solo puede disfrutarse. Abróchense el cinturón y, sobre todo, estén atentos a la luz roja.

Nota: 7/10

Diversidad en unos Oscar políticamente correctos


 La 89ª edición de los premios Oscar va a pasar a la historia por el fallo a la hora de entregar la estatuilla a la Mejor Película. Un error imperdonable para una organización que se caracteriza por el milimetrado e infalible diseño capaz de combinar humor, dinamismo y crítica política o social, según sea el caso. Pero eso no debería ocultar el verdadero análisis de una gala que, más allá de vestidos, de referencias veladas a Donald Trump o de guiños a actores, directores y películas, ha dejado varios premios dignos de mención, con un reparto de estatuillas que siempre es positivo pero que, en esta ocasión, tiene una interpretación más allá del puro cine.

En efecto, MoonlightLa ciudad de las estrellas (La La Land) han sido las grandes protagonistas. No seré yo quien cuestione la enorme calidad del film sobre un joven negro homosexual hijo de una madre drogadicta, pero lo que habría que valorar es si como película, como producto completo en el que se deben combinar música, imagen, planificación, actuación y un largo etcétera de elementos, la cinta de Barry Jenkins (Medicine for melancholy) es superior a la de Damien Chazelle (Whiplash). Para gustos los colores, claro está, pero personalmente creo que la complejidad narrativa, visual y formal de la segunda es, al menos este año, insuperable. Prueba de ello son los premios al Mejor Director, Mejor Fotografía o Mejor Actriz que ha conseguido, si bien este último podría estar algo sobrevalorado.

Hay otra lectura mucho más social y alejada del cine en su expresión más pura. Durante los últimos meses, incluso antes de que se conocieran las nominaciones, se hablaba de la poca diversidad social, cultural y racial de la anterior entrega de premios. Reconozco si esa presión habrá tenido algo que ver, pero desde luego ha sido mucha coincidencia que este año los actores secundarios hayan ido a parar a manos de actores afroamericanos y que tanto el Guión Adaptado como la Película sean para un film como Moonlight. Unos premios, en definitiva, políticamente correctos que reconocen la diversidad cuya ausencia tanto se notó en la 88ª edición.

No quiere esto decir, ni mucho menos, que no sean merecidos. Al contrario. El premio para Viola Davis por Fences no solo es merecido, sino que invita a cuestionarse el motivo por el que la actriz competía en la categoría de Secundaria cuando, en ciertos aspectos, lleva el peso narrativo del film en muchos de sus pasajes. Más extraño puede resultar el premio de Mahershala Ali (serie House of cards), más que nada porque su participación en la trama se limita a menos de un tercio del film. En cualquier caso, su labor es extraordinaria, por lo que no resta relevancia al logro de llevarse el primer premio de la noche.

Y entre ese variado reparto de premios, lo cual siempre es de agradecer, algunos previsibles. Que la música y la canción se las lleve un film musical parece obligado (algo funcionaría mal en caso contrario); que la cinta de animación sea para un film de Disney, pues más de lo mismo. Y que tanto el Mejor Actor como la Mejor Actriz se lo hayan llevado Casey Affleck por Manchester frente al mar y Emma Stone por La ciudad de las estrellas (La La Land), pues tampoco es algo demasiado inesperado, aunque en este caso puede que sí sea algo excesivo. En cualquier caso, si se compite en los Oscar es porque, en teoría, se está entre lo mejor del año, y con la experiencia de los Globos de Oro parecía que partían con ventaja.

En resumen, finalmente La ciudad de las estrellas (La La Land) no arrasó en los premios. Y a pesar de polémicas y errores varios, lo cierto es que los premios de esta edición de 2017 se han repartido entre las que, en esta ocasión sí, son las mejores películas de Hollywood del año. Por supuesto, faltan algunos títulos, pero ese es el problema de no poder reconocer a todos con un premio. Siempre quedarán las nominaciones, que considero son el verdadero reconocimiento al trabajo no solo de un actor, una actriz, un director o un guionista, sino al conjunto de films que hacen que los espectadores se enamoren del séptimo arte. En efecto, esta edición será recordada por el error en su premio más importante, pero también por la reacción tan elegante de un equipo técnico y artístico con el otro, confirmando, por si quedaba alguna duda, que ambas son extraordinarias películas.

A continuación os dejo la lista de Ganadores de la 89ª edición de los Oscar.

Mejor película: Moonlight.

Mejor director: Damien Chazelle, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor actor principal: Casey Affleck, por Manchester frente al mar.

Mejor actriz principal: Emma Stone, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor actriz de reparto: Viola Davis, por Fences.

Mejor actor de reparto: Mahershala Ali, por Moonlight.

Mejor película de animación: Zootrópolis.

Mejor película de habla no inglesa: El viajante, de Asghar Farhadi (Irán).

Mejor guión adaptado: Barry Jenkins & Tarell Alvin McCraney, por Moonlight.

Mejor guión original: Kenneth Lonergan, por Manchester frente al mar.

Mejor documental: O.J.: Made in America, de Ezra Edelman.

Mejores efectos visuales: Robert Legato, Adam Valdez, Andrew R. Jones and Dan Lemmon, por El libro de la selva.

Mejor fotografía: Linus Sandgren, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor montaje: John Gilbert, por Hasta el último hombre.

Mejor diseño de producción: David Wasco & Sandy Reynolds-Wasco, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor vestuario: Colleen Atwood, por Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

Mejor maquillaje: Alessandro Bertolazzi, Giorgio Gregorini y Christopher Nelson, por Escuadrón Suicida.

Mejor banda sonora: Justin Hurwitz, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor canción original: Justin Hurwitz, Benj Pasek & Justin Paul, por City of stars [La ciudad de las estrellas (La La Land)].

Mejor mezcla de sonido: Kevin O’Connell, Andy Wright, Robert Mackenzie y Peter Grace, por Hasta el último hombre.

Mejor montaje de sonido: Sylvain Bellemare, por La llegada.

Mejor cortometraje: Sing, de Kristóf Deák.

Mejor corto animado: Piper, de Alan Barillaro.

Mejor corto documental: The White Helmets, de Orlando von Einsiedel.

‘La ciudad de las estrellas (La La Land)’: ese alguien entre la multitud


No pasa muy a menudo, pero cada ciertos años surge una película que podría considerarse mágica, en la que todos sus elementos, artísticos y técnicos, parecen lograr una armonía perfecta para que fondo y forma sean realmente uno. Y este 2016 ha sido uno de esos años, algo que podría terminar de confirmarse, al menos en lo que a premios se refiere, con un rotundo éxito en los próximos Oscar. Lo cierto es que la nueva película de ese joven genio llamado Damien Chazelle (Whiplash) va camino de conseguirlo, y méritos, lo que se dice méritos, le sobran.

Si hubiese que calificar La ciudad de las estrellas (La La Land) con una única palabra esa podría ser magistral. O espléndida. O bella. Muchos de esos términos, estoy convencido, se han usado en infinidad de críticas, pero la pregunta que cabe hacerse es ¿por qué? Sencillamente porque esta comedia musical aúna todo lo que un film debe tener. Su desarrollo dramático plantea conflictos, aunque sea de forma sutil, a cada paso del camino de los protagonistas. La forma en que se integra la parte musical, cuyos números mejoran a medida que avanza la trama (aunque ese primer plano secuencia será una de las escenas más recordadas), es perfecta. Y el uso del color y la fotografía, en claro homenaje a la era dorada del género, acerca a las nuevas generaciones un tipo de cine que, por suerte o por desgracia, ya no se hace.

Desde luego, es lo más parecido a una película perfecta que se puede ver en la gran pantalla actualmente. Incluso con un comienzo titubeante (la historia del personaje de Emma Stone –Irrational man– es algo débil), el film se sobrepone gracias al número de claqué y a un Ryan Gosling (Sólo Dios perdona) inconmensurable, capaz de ponerse la narrativa sobre sus hombros y cubrir las deficiencias de su compañera de reparto, que crece al compás de la propia película. Aunque la guinda del pastel es su final, todo un recorrido alternativo por una historia que podría haber sido y no fue y que, además de arrancar alguna que otra lágrima, pone de manifiesto una máxima básica de cualquier narración: que el final debe ser coherente con la historia contada, aunque eso genere dolor.

La ciudad de las estrellas (La La Land) recupera el amor por el cine, o al menos por un tipo de cine que no se prodiga tanto en la gran pantalla como debería. Y lo hace con un sentido homenaje a las películas que encumbraron el musical hasta sus cotas más altas. Chazelle, que se confirma como un talento con un futuro prometedor (habrá que verle con otras historias y otros género), utiliza todos los recursos a su alcance para crear una obra atemporal, una historia de amor que debe convivir con la búsqueda de nuestros sueños. Una película única capaz de enamorar, emocionar, divertir y hacer reír, con una banda sonora imprescindible. Es, como se menciona en un momento del film, ese “alguien” entre la multitud de películas que hay en la cartelera.

Nota: 9,5/10

‘Empire’ se hace adulta en su 2ª T. gracias a sus protagonistas


Terrence Howard, Taraji P. Henson y Jussie Smollett en un momento de la segunda temporada de 'Empire'.Es evidente que el éxito de una serie se mide por su audiencia. Eso no quiere decir, claro está, que sea acorde a su calidad. Pero hay ocasiones en que ese éxito tiene otros componentes, y el caso de Empire es uno de ellos. Posiblemente el fenómeno generado por esta familia de rasgos mafiosos con un emporio musical se circunscriba, en su mayoría, a Estados Unidos, pero es evidente que su peso en la televisión es muy alto. Tanto que en su segunda temporada ha contado con artistas como Alicia Keys, así como con cameos de un sinfín de estrellas del rap, el hip-hop o el R&B. Pero más allá de todo esto, lo cierto es que la serie ha sabido evolucionar en un sentido cuanto menos interesante.

Y es que mientras la primera temporada se centró en una especie de carrera por una herencia, estos 18 episodios de la ficción creada por Lee Daniels (El chico del periódico) y Danny Strong (El mayordomo) han ampliado miras y han profundizado notablemente en los dramas personales e intrafamiliares de los protagonistas, abordando no solo los conflictos, sino el carácter de los personajes de Terrence Howard (St. Vincent) y Taraji P. Henson (serie Person of interest), quienes por cierto hacen un trabajo excepcional. Gracias a esta apuesta, la producción abandona en cierto modo ese carácter telenovelesco que presentó en la anterior etapa (aunque siempre está presente cuando se le necesita), lo que ofrece más tiempo y espacio para analizar otros conceptos dramáticos en un sentido más amplio, desde la temática homosexual hasta la criminal, pasando por la familiar o esa necesidad de amor que parecen buscar todos los personajes jóvenes en la figura de Lucious Lyon.

Antes de continuar es conveniente destacar el papel de Terrence Howard más allá de una mera referencia. Su personaje, tanto sobre el papel como con la aportación del actor, registra un crecimiento espectacular en esta segunda etapa de Empire. Su arco dramático, protagonista en prácticamente todos los episodios, lleva al espectador a un viaje cargado de medias verdades, de absolutas mentiras y de decisiones directamente criminales. Ya sea en su comienzo en prisión, su lucha por recuperar su imperio musical o su final con su madre, todas sus decisiones están marcadas por el carácter violento y agresivo del personaje, que tiene como conclusión más directa lo vivido por el personaje de Jussie Smollett (The skinny).

Es él, realmente, el motor de toda la serie. Es cierto que la música es parte fundamental (que analizamos a continuación), pero sin duda el carácter dramático de la serie está definido por Lucious Lyon y, por extensión, por Cookie Lyon. Dos personajes que son, en realidad, similares pero distintos, como si uno se mirara en un espejo. Desde luego, las motivaciones son diferentes, e incluso su forma de afrontar determinadas decisiones es diametralmente opuesta, pero a la hora de la verdad ambos parecen estar cortados por el mismo patrón, lo que no hace sino enriquecer la trama, pues permite que el tratamiento narrativo se divida sobre los hombros de dos personajes excepcionales que han logrado, en muy poco tiempo, hacerse un hueco entre los mejores roles de la televisión actual.

Música, por favor

Aunque quizá lo más interesante de esta segunda temporada de Empire es que, junto a la evolución dramática de la serie ahondando en los traumas del pasado y los conflictos entre personajes, la música también ha evolucionado de forma notable. Mientras que en los primeros episodios todo parecía centrarse en los personajes de Smollett y Bryshere Y. Gray (lucha musical como reflejo de la lucha fratricida por el poder), en esta etapa se expande la proyección musical hasta convertirse casi en un sello propio. Además de la presencia de grandes artistas (a la mencionada Alicia Keys se suma, por ejemplo, Pitbull), lo realmente interesante es comprobar que el repertorio crece con la serie.

Puede parecer una nimiedad, pero solo hay que comparar con Nashville, otro de los éxitos musicales de las últimas temporadas que ha optado por un compromiso dramático más que musical, limitando las canciones a dos o tres temas más o menos conocidos o a fragmentos de canciones. En cambio, y puede que sea porque tanto Smollett como Y. Gray han firmado con sendas discográficas, en esta ficción con tintes mafiosos las canciones se convierten no solo en parte fundamental, sino en una clave narrativa. Como en cualquier musical que se precie, los temas interpretados por los actores (incluyendo Terrence Howard, que sorprende a propios y extraños) son una vía más de narrar el subtexto que contiene la trama, y que en este caso es bastante más complejo de lo que puede verse a simple vista en pantalla.

Y esta es la clave. Esta serie producida por el productor musical Timbaland, entre otros, aprovecha la música como una herramienta narrativa más, no como un complemento que descongestione la intensidad dramática de la historia. No son pocos los momentos en los que los personajes, a través de una canción, viven un punto de giro en la trama. Y son muchos más en los que el drama da lugar a un tema nuevo. Esta conexión entre sus dos componentes principales, unido a unos personajes simplemente brillantes y a un reparto en plena forma, es lo que ofrece un producto en constante evolución, que trata de evitar (aunque no siempre lo consigue) caer en una espiral de repetitivos dramas, ofreciendo al espectador música y desafíos narrativos nuevos.

Dicho esto, se puede decir que la segunda temporada de Empire es mejor que su debut. Evidentemente, sigue contando con varios handicaps, entre ellos la propia música, que puede ser motivo de rechazo si no se comparte la pasión de los protagonistas, e incluso el carácter algo telenovelesco al que sigue recurriendo en varios momentos, por fortuna cada vez más escasos. Pero con todo y con eso, estos 18 episodios son un soplo de aire fresco con respecto a lo visto en la primera temporada, un cambio en positivo que permite a los actores dar lo mejor de ellos mismos, creciendo y haciendo crecer a los personajes.

‘Nashville’ explora nuevos dramas musicales en su 4ª temporada


'Nashville' vuelve a tener la música y el drama romántico y familiar como centro en su cuarta temporada.Que la serie Nashville es una especie de telenovela musical en el que los giros dramáticos llevan a los personajes a situaciones más o menos límite no es nada nuevo. Tras cuatro temporadas quedan pocas dudas. Sin embargo, esta ficción creada por Callie Khouri (Algo de que hablar) ha sabido evolucionar. Mejor dicho, ha sabido moverse lo suficiente para no quedarse estancada en un bucle que repita y una y otra vez los mismos problemas. Esto no quiere decir necesariamente que sea mejor, pues esos problemas se sustituyen por otros de similar índole, pero al menos no empeora, manteniendo el delicado equilibrio entre música y drama que es la base de su éxito.

Los 21 episodios de esta cuarta etapa así lo demuestran. Claramente dividida en dos partes (independientemente del parón programático que ha tenido en la parrilla), el arco argumental general ha sido lo suficientemente inteligente como para sembrar durante las anteriores temporadas el germen de los conflictos a desarrollar. Si a esto sumamos la finalización de algunas tramas secundarias y la evolución de otras, lo que se obtiene es una sensación de narrativa en constante avance, en constante movimiento. Es cierto que, en el fondo, buena parte de los conflictos sigan siendo los mismos (la violencia inherente de algunos personajes, el amor no correspondido, las dudas morales y personales, etc.), pero mientras se siga vistiendo con nuevos conjuntos y personajes, la serie mantendrá el espíritu de entretenimiento y distracción que tiene.

Es igualmente interesante comprobar cómo Nashville ha sabido cambiar el peso dramático hacia otros personajes secundarios. Y eso sí es un acierto por parte de Khouri. Dado que la trama principal protagonizada por los personajes de Connie Britton (serie American Horror Story) y Charles Esten (El último voto) demostraba signos evidentes de fatiga incluso en la segunda temporada, sus creadores han optado por convertirlos en espectadores y protagonistas secundarios de una acción que se centra más en otros personajes. Así, se ha podido desarrollar el conflicto no solo del rol interpretado por Lennon Stella, sino que la trama se ha podido centrar en los dos protagonistas de forma independiente y en historias que, en mayor o menor medida, no tienen nada que ver con su relación personal. Y digo “en mayor o menor medida”, porque lo cierto es que nunca llega a ser algo totalmente independiente.

El principal beneficio de esta decisión es que se destinan más minutos a explorar tanto las tramas de personajes secundarios como las relaciones entre ellos, ajenos y totalmente independientes del epicentro de la historia. Esto permite a la serie ampliar el ámbito dramático, ofreciendo al espectador una mayor complejidad narrativa y un contexto mucho más rico. La mayor y mejor evidencia de esto es el final de la temporada, donde hasta cuatro tramas, algunas de ellas bastante secundarias, tienen su final casi al mismo tiempo. Que la serie ofrezca la misma relevancia a la historia de los protagonistas, al personaje de Chris Carmack (Dark power) y su lucha contra la homofobia, a la pareja formada por Sam Palladio (Runner, Brunner) y Clare Bowen (10 days to die) o a la historia de Hayden Panettiere (Scream 4) es sintomático de que algo está cambiando en esta ficción.

Dudas dramáticas

Con todo, Nashville sigue arrastrando problemas, digamos, cíclicos. Y eso, a pesar de todo, sigue jugando en su contra. El caso más evidente es, precisamente, el de la pareja Palladio-Bowen. Los constantes tiras y aflojas, los reiterados desencuentros y la falta de sintonía aparente entre sus personajes generan un bucle que, aunque define la relación de estos personajes, no es sino una forma de frenar el desarrollo dramático de esta trama secundaria. Al final, la sensación que deja es que pase lo que pase, se produzcan los ganchos dramáticos que se produzcan, no es algo duradero, y al mismo tiempo es algo irremediable. Este no es un problema exclusivo de esta serie, pero habrá que ver hasta qué punto puede estirarse el chicle. Por lo pronto, ya empieza a mostrar síntomas de fatiga.

El caso de las hermanas a las que dan vida Lennon y Maisy Stella (sí, son hermanas en la vida real) requiere algo más de reflexión. La actitud de la primera evidencia una ausencia de tratamiento dramático complejo. Sus creadores parecen limitarse a definirla como una adolescente típica y tópica en grado superlativo. Bien es cierto que el final de la temporada parece ser, cuanto menos, aleccionador, pero eso no impide que deje un aroma recargado en su desarrollo. Con todo, resulta interesante el modo en que evoluciona la relación entre hermanas, y cómo eso afecta de forma tangencial a la vida de la pequeña, que parece perder peso dramático en esta cuarta temporada pero que, al final, es uno de los mejores ejemplos de la pérdida de cierta inocencia en el mundo de la música (en su más amplio sentido).

El gran problema de esta producción es, en realidad, que mientras los principales parecen avanzar en un desarrollo dramático con un objetivo, la trama se olvida de las historias secundarias para convertirlas en meros recursos, en simples muletas en las que apoyarse para hacer crecer las historias principales. Esto condena a personajes que tienen un cierto potencial a una espiral de errores repetidos, de decisiones de las que no aprenden una y otra vez. El caso más claro es el de Layla Grant, cantante a la que da vida Aubrey Peeples (Jem y los hologramas), personaje que empieza a cargar sobre sus hombros el duro peso de ser odiado por los espectadores. Y no tanto por sus decisiones y motivaciones, que también, sino porque tropieza siempre con la misma piedra y no aprende. Claro que también es una estrategia para eliminar parte de ese peso del papel al que da vida Panettiere.

Pero intercambiar personalidades no es la mejor estrategia para que una serie sea tomada en serio. Y Nashville se encuentra en un punto en el que debe decidir si, de una vez por todas, da un paso valiente hacia adelante, dejando atrás sus problemas y eliminando esos bucles en los que parece sentirse tan cómoda. Hasta que no logre eso, y en esta cuarta temporada todavía quedan muchos rescoldos, no será capaz de quitarse esa sensación de producción dramática con tendencia al dramatismo más abrumador. Por supuesto, es ahí donde ha conseguido a su público, y lo lógico es que siga así. Pero, ¿cuánto puede funcionar una fórmula definida por el desgaste de una idea de forma constante?

‘Mozart in the jungle’ logra avanzar en su 2ª T gracias al pasado


Lola Kirke y Gael García Bernal acercan sus personajes en la segunda temporada de 'Mozart in the jungle'Series que parecen perpetuarse en la parrilla televisiva año tras año. Producciones cuyas temporadas a veces se hacen más largas que un día sin pan. Ficciones recurrentes que manejan las mismas claves con diferentes personajes. Con este panorama en la pequeña pantalla resulta aún más sorprendente que algo como Mozart in the jungle logre salir adelante, y es de admirar que lo haga además con la frescura y dinamismo con que lo hace, en apenas 10 episodios de media hora y con una originalidad que resulta tan atractiva como divertida. Su segunda temporada confirma lo que ya se sabía viendo la primera etapa, pero además logra algo más.

Y ese algo más es que la serie creada por Alex Timbers, Roman Coppola (guionista de Moonrise Kingdom), Jason Schwartzman (Big eyes) y Paul Weitz (El circo de los extraños) no es una sitcom al uso, o al menos no da vueltas sobre mismos conceptos una y otra vez. Más bien al contrario, esta nueva temporada ahonda en los problemas sindicales y laborales de la orquesta al tiempo que desarrolla de un modo tal vez sutil pero indudablemente sólido la relación de los dos protagonistas, Gael García Bernal (Eva no duerme), inmenso como el director de orquesta, y Lola Kirke (Perdida), cada vez más cómoda en su papel y adquiriendo más presencia.

El hecho de que ambas tramas discurran de forma paralela pero se nutran irremediablemente la una de la otra conforma un complejo puzzle de personajes, posiciones dramáticas y situaciones irónicas que más que arrancar la carcajada lo que hace es arrojar una visión cómica del mundo de los artistas, dejando el poso emocional de la constante sonrisa en la cara. Por supuesto, los amantes de la música pueden, y deben, seguir disfrutando de las obras que suenan a lo largo de los minutos, y que vuelven a ser una especie de oasis entre las historias personales de unos personajes que se distancian, esta vez de forma más evidente, del puro componente musical.

Quizá lo que pueda resultar algo más complejo de encajar en el conjunto es la evolución que sufre el personaje interpretado por el siempre espléndido Malcolm McDowell (La naranja mecánica). Su personaje, en principio la muleta sobre la que construir la relación entre Bernal y su orquesta, es recuperado de forma algo artificiosa, introduciendo problemas de consejos de administración de por medio. Las idas y venidas del personaje, condicionadas en buena medida por la presencia imprescindible del actor (que obliga a dotar a su personaje de mayor entidad), no hacen sino lastrar el desarrollo armónico de la trama, que parece querer ir en una dirección pero que siempre gira la cabeza hacia otra. Y si bien es cierto que la integración en el conjunto es más que correcta, la impresión final es que algo no está bien afinado.

Más pasado, más futuro

Por supuesto, esta ligera evolución de la serie (continuista más que rupturista) conlleva la aparición de nuevos personajes, algunos más interesantes que otros. Pero junto a ello, la trama ahonda en el pasado y, por extensión, en el futuro de los principales protagonistas, lo que a la postre convierte a esta segunda temporada en un punto de vista algo diferente con respecto a lo visto en la primera etapa de Mozart in the jungle.

Desde luego, el viaje a México es uno de los momentos más interesantes de toda la serie. Y no lo es por las aventuras del rol interpretado por Joel Bernstein con su violín, ni por las aventuras románticas de Saffron Burrows (El robo del siglo). En realidad, lo más interesante es descubrir el pasado del Maestro interpretado por García Bernal, tanto aquel que hace referencia a unas amistades cuestionables como al que es propiamente musical, amén de la familia que le crió en su juventud.

Todo ello permite al espectador comprender mejor diversos aspectos de este extraño personaje, sus filias y sus fobias, y poder por tanto apreciar mejor el final que se le da en el último episodio de la temporada. Puede que el modo de explicar este bagaje cultural sea excesivo en tanto en cuanto el tiempo que se destina a él se resta de otras historias que podrían desarrollarse mejor, pero el resultado final es lo suficientemente bueno (y está maravillosamente integrado en la trama) como para permitirlo.

Y, claro está, ahondar en el pasado de este personaje abre las puertas a un futuro interesante. La conclusión de la segunda temporada de Mozart in the jungle abre las puertas a otros 10 episodios que presentan un tablero diferente, incluso novedoso dentro de la trama, y que obliga a los personajes a afrontar una nueva etapa con cierta incertidumbre. El riesgo que corre la trama es caer en una espiral de giros narrativos que se repitan y salten de personaje a personaje. Dicho de otro modo, que Bernal y McDowell se alternen en el papel de director de orquesta. Pero eso es adelantar acontecimientos. Por lo pronto, hay que disfrutar de otros 10 episodios frescos, alegres y, sobre todo, musicales.

‘El coro’: sentirse bien con la voz de los ángeles


Photography By Myles AronowitzSalir con malas sensaciones de una película como la que dirige François Girard (Seda) es muy complicado, casi imposible. Historias como estas están diseñadas para gustar, para que el espectador se sienta a gusto consigo mismo y con los que le rodean. Es, en pocas palabras, una feel-good movie. Ahora bien, todo lo que tiene de positivo también juega en su contra. El secreto está en lograr el equilibrio.

¿Y qué equilibrio es ese? Bueno, el que convierte a una obra tolerable en una tortura sin justificación. En películas como El coro suele sustentarse en el grado de autocompasión que desprenden los personajes, en su definición y en la dulzura que desprenden. Demasiada cantidad puede terminar por matar la trama. Pero lo que nos encontramos en esta cinta protagonizada por Dustin Hoffman (Tootsie) no tiene demasiado de nada. De hecho, mide muy bien sus tiempos, sabiendo encontrar el espacio en cada nota, en cada canto, para que los personajes puedan desarrollarse mínimamente.

A esto se suma, cómo no, la voz de sus protagonistas, sobre todo la de Garrett Wareing, primera película que hace y en la que demuestra un don incomparable. Su aportación al film, aunque bastante limitada por el tono musical, es capaz de plantar cara a la de otros actores con unos cuantos años de experiencia más. En su contra juega una historia demasiado plana, previsible y tópica, con roles que no se salen del pentagrama y con situaciones que recuerdan poderosamente a otras películas.

Pero hay que ser realistas. El coro no está planteada para sorprender ni para marcar un nuevo hito en este tipo de dramas. Es, simple y llanamente, una película que llena el alma, que permite disfrutar de un rato distraído, y que desde luego nos hace sentir bien. Pedirle más no sería justo, porque tampoco lo exige. Tan solo pide que nos deleitemos con las angelicales voces de estos niños cantores. Y eso siempre reconforta.

Nota: 5,5/10

1ª T de ‘Mozart in the jungle’, malabares cómicos en diferente formato


Gael García Bernal protagoniza la primera temporada de 'Mozart in the jungle'.Se suele decir que la televisión moderna está permitiendo una originalidad que ya no existe en cine. Que la variedad de historias, géneros y tratamientos en pantalla pequeña es inversamente proporcional a la saturación de secuelas, remakes y adaptaciones de la pantalla grande. Y aunque las producciones tienden a centrarse en policías, abogados o médicos, sí es cierto que existen propuestas diferentes, frescas y muy gratificantes. Una de ellas es Mozart in the jungle, ficción creada por Roman Coppola, productor de En la carretera (2012), Jason Schwartzman (Big eyes) y Alex Timbers, cuya acción sigue a un excéntrico director de orquesta y a una joven oboísta que busca su oportunidad para demostrar su talento. Su primera temporada, de tan solo 10 episodios, es el mejor ejemplo de que se puede hacer otro tipo de televisión.

Y es que esta comedia ambientada en el mundo de la música es de todo menos convencional. Alejada del tradicional formato de una sitcom, la serie compone un interesante fresco sobre los egos de los artistas, sobre sus inseguridades y sus anhelos, y sobre todo el modo en que se enfrentan a ellos. Evidentemente, el peso del relato recae sobre los hombros de su principal estrella, Gael García Bernal (Un pedacito de cielo), quien compone un personaje brillante a medio camino entre el genio loco y el profesional entregado a un trabajo que le apasiona. Más bien, y ese es uno de los atractivos de la ficción, el rol evoluciona de un extremo a otro de forma orgánica y natural, influenciado no solo por el resto de personajes y sus particulares historias sino también por su propia conciencia de que su futuro depende de un concierto que, como es de esperar, se produce en el último episodio de la temporada (y que abordaremos más adelante).

El otro gran atractivo de Mozart in the jungle lo representa Lola Kirke (Perdida), la joven oboísta. Sin embargo, en este caso el éxito no se basa tanto en el personaje, ciertamente arquetípico y poco desarrollado, como en su función dentro de la estructura dramática general. En efecto, su rol como vehículo para introducir al espectador en el mundo de la música clásica y las orquestas se convierte en piedra angular de los histrionismos, las obsesiones y los rituales de músicos y maestros. Es a través de sus ojos que se puede llegar a comprender el papel que juega cada músico en el funcionamiento general de una orquesta, y que muchas veces va más allá de la propia música. Por ello, la inocencia e incluso una cierta falta de carisma y determinación en el personaje funcionan tan bien. E igualmente por eso es necesario que el rol evolucione durante la segunda temporada, prevista para el próximo 2016.

Puede parecer a simple vista que esta primera temporada no termina de explotar algunos de sus elementos más interesantes, como puede ser la tensión que puede palparse entre algunos miembros de la orquesta o los conflictos subyacentes que luchan por aparecer entre el personaje de Bernal y los propietarios de la orquesta. Y hasta cierto punto es verdad. Empero, es fundamental señalar que en realidad estas tramas son secundarias, ayudando a conformar un panorama que roza el absurdo y en el que la música termina por imponerse a intereses personales. Dada la corta duración de los episodios y la ajustada duración de la propia temporada, la forma en que las pinceladas de estas historias complementarias nutren el conjunto es notable, ofreciendo un fresco complejo y mucho más interesante que las propias dudas del protagonista o los ensayos de la orquesta.

Un mundo desconocido

En realidad, lo que busca Mozart in the jungle es explorar en clave irónica el funcionamiento interno de la música, la otra cara de un arte con el que los asistentes a un concierto se maravillan. Y es en este mundo desconocido donde triunfa. Como señala el propio título de la serie (‘Mozart en la jungla’), estos 10 episodios recogen un desarrollo dramático de un genio en medio de un entorno que le resulta hostil, en el que se ve obligado a cambiar muchas de sus genialidades (léase excentricidades) por un trabajo más profesional, más atado a unas normas y convenciones determinadas por los propietarios de la orquesta. Ese contraste entre mundos, que como ya hemos dicho tiene su representación en la evolución del protagonista, genera la base cómica y dramática de la serie.

Desde luego, no es una producción que busque la carcajada. Es más, posiblemente no logre en ningún momento tal efecto. Sin embargo, la sonrisa no desaparece nunca, y algunos de los diálogos son simplemente brillantes, capaces ellos solos de potenciar algunas secuencias ya de por sí brillantes. La máxima expresión de esto es el concierto que ocupa buena parte del metraje del último episodio. Planteado como un clímax largamente esperado, el giro argumental que se produce en medio de la secuencia (giro lógico y hasta cierto punto esperado) convierte a ese final en una suerte de anti clímax, en un final seccionado en dos que logra aunar en un único concepto las diferentes tramas que parecían no tener un final en esta temporada. Gracias a ello, la serie se permite la licencia de una conclusión amable que saca a la luz algunas ideas sutilmente planteadas a lo largo de la temporada.

En realidad, ese concierto final es el resumen perfecto del sentido general de esta ficción. La genialidad de la música y de todo lo que tiene que ver con ella se opone a los conceptos narrativos más dramáticos y menos musicales. Una dualidad que, aunque debería estar en equilibrio, está más bien inclinada hacia el peso que tiene el mundo de la orquesta. Dicho de otro modo, la serie posee una notable descompensación entre su parte más musical y su parte más dramática. Y dicho de otro modo todavía más concreto, la serie gana interés cuando se centra en el personaje de Bernal, perdiendo más carisma cuando trata de ahondar en la vida privada del rol de Kirke. Posiblemente ello se deba a la falta de atractivo del personaje femenino, pero también influye el hecho de que el maestro Rodrigo es un ciclón que arrasa con todo incluso cuando pierde algo de su fuerza.

Pero a pesar de ciertas irregularidades que pueden corregirse sin demasiada dificultad, Mozart in the jungle es un producto fresco, dinámico y diferente, capaz de ofrecer algo más al espectador que el clásico formato de la comedia, ya sea en una sitcom o combinada con tramas policíacas, de abogados o familiares. Su primera temporada pone de manifiesto que una trama relativamente sencilla adquiere mucho interés con unos personajes complejos y algo extravagantes. Y si su evolución es tan evidente como la del protagonista, el interés aumenta exponencialmente. Una serie recomendable que no busca una risa fácil, sino la ironía sutil que permita al espectador pensar al tiempo que se divierte. Lograr el equilibrio en esta tarea es complicado, pero esta serie se queda muy cerca.

‘Empire’, música y familia en una 1ª temporada de débiles personajes


La familia Lyon es el centro de las intrigas de la primera temporada de 'Empire'.Algo tienen los musicales que no dejan indiferente a nadie. Los detractores son enemigos declarados de un formato que consideran irreal. Los defensores encuentran en ellos una vía de entretenimiento que combina música, imagen, baile y coreografía. Pero lograr el equilibrio entre trama y música es uno de los retos más difíciles de conseguir, y prueba de ello es que las producciones de este género pocas veces se convierten en éxito en los últimos años, sobre todo si lo que se intenta es crear un drama musical. El último intento es Empire, serie creada por Lee Daniels y Danny Strong, director y guionista respectivamente de El mayordomo, cuya trama se centra en un sello musical familiar y las luchas internas por el poder de la compañía.

Y si algo deja claro su primera temporada de 12 episodios, cuya exitosa emisión en Estados Unidos terminó en marzo, es que es necesario tomar partido por uno de los dos aspectos, el dramático o el musical. En este caso la balanza se inclina hacia la música, con algunos números realmente brillantes y con voces como la de Jussie Smollett (Un muchacho llamado Norte), toda una revelación. En realidad, la música no solo adquiere protagonismo con las canciones, sino también con el propio desarrollo de la trama. A diferencia de otras producciones como Nashville, con la que guarda cierto parecido, los conflictos y los puntos de giro están irremediablemente ligados a la música como concepto general, desde el negocio propiamente dicho hasta la composición.

Esto genera toda una corriente que arrastra a personajes y trama hacia un terreno más suave, menos dramático. Que eso sea algo positivo o negativo depende del cristal con el que se mire y de los gustos de cada espectador. Lo que no es tan subjetivo es el efecto que esta apuesta tiene sobre dichos personajes y, fundamentalmente, sobre las tensas relaciones que existen entre ellos. Quizá lo más llamativo de Empire sea el vaivén de posiciones que adoptan los protagonistas, que se mueven en un amplio espectro de decisiones y emociones para tratar de conducir la trama por unos derroteros que, al final, no hacen sino generar un bucle constante del que se distrae al espectador gracias a la música.

La consecuencia más directa de este fenómeno es una debilitación gradual de los personajes. Los impactantes acontecimientos del episodio piloto, sobre todo en lo referente al rol de Terrence Howard (St. Vincent), sirven como hilo conductor y detonante de prácticamente todos los acontecimientos de la primera temporada. Empero, mientras la enfermedad del protagonista planea sobre las cabezas del resto de personajes como una amenazante nube de discordia, el asesinato del primer episodio es más bien un recurso intermitente que parece tener repercusión únicamente cuando se necesita que la trama adquiera un mayor grado de dramatismo. El problema de todo ello es que el desarrollo pierde consistencia, convirtiéndose en algo cada vez más previsible y con un interés menor que se sustenta, fundamentalmente, en la música y en los ganchos utilizados al final de cada episodios… y de la temporada.

Timbaland, el productor

A pesar de sus irregularidades, la apuesta de Empire por conceptos como la familia y la música tiene premio. El interés se mantiene durante buena parte del desarrollo dramático, los actores logran una buena labor y la parte musical es impecable. En este último aspecto se aprecia, sobre todo en determinados temas compuestos para la serie, la mano del productor musical Timbaland, cuyo trabajo con cantantes como Justin Timberlake recuerda, y mucho, al estilo musical del personaje de Smollett. Desconozco cuál ha sido su papel en el resultado final, aunque no es difícil de imaginar. Más allá de la música, la presencia de conocidos cantantes en papeles ficticios o interpretándose a ellos mismos da una idea del poder de convocatoria que ha tenido esta producción.

Y ya que he mencionado al reparto es conveniente destacar la labor de Taraji P. Henson (serie Person of interest), uno de los grandes atractivos de la producción. Tal vez sea por las diferentes características de este rol respecto a su papel previo, pero lo cierto es que su labor como acicate del resto de personajes es ejemplar. En buena medida es ella la que salva muchas situaciones, y desde luego es este personaje el que logra hacer avanzar la acción en muchos momentos de la temporada. Los problemas antes señalados también terminan lastrando a este rol, pero eso no hace sino destacar aún más la labor de Henson.

Sin duda el gran problema de la serie radica en la poca libertad de la que gozan sus personajes. Con unas personalidades tan marcadas como las de los roles de Howard y Henson la trama ha tendido hacia caminos algo más conflictivos en varios momentos de la temporada, pero siempre ha vuelto a los mismos derroteros. Esta constante rectificación de la naturaleza de los personajes ha impedido explorar nuevas situaciones, nuevas vías dramáticas que perfectamente podrían haber llevado a la serie a otro terreno, aunque con la más que evidente posibilidad de perder el alma musical que tanto caracteriza a esta ficción.

Así, Empire se revela en su primera temporada como un producto entretenido ideal para los amantes de la música (sobre todo del rap, el hip hop y el R&B). No exige demasiado a los espectadores, pero tampoco ofrece demasiado. La fórmula de drama familiar musical logra el éxito en aquellos momentos en los que mejor combina todos sus elementos, rebajando sus expectativas cuando se trata de explorar, aunque sea mínimamente, las relaciones entre los personajes. Es una consecuencia habitual y natural del género elegido. El éxito ha asegurado una segunda temporada, pero la pregunta que cabe hacerse es si mantendrá las debilidades que convierten a esta serie en lo que es y, sobre todo, si no se perderá parte de la esencia al tratar de corregir los defectos.

‘Nashville’ se olvida de la música en su tercera temporada


Charles Esten y Connie Britton vuelven en la tercera temporada de 'Nashville'.El musical ha invadido la televisión. Durante los últimos años no son pocos los intentos por integrar en la pequeña pantalla la música, las espectaculares coreografías y una historia capaz de aguantar el contraste que supone narrar con música y letras de canciones las emociones de una escena normal y corriente. Pero todos estos intentos tienen algo en común: no son capaces de lograr el reto. Ni Glee ni Smash han podido soportar el peso de esta particular narrativa (la primera está en claro declive), y la tercera temporada de Nashville ha confirmado que es mejor centrarse en el aspecto dramático y dejar la parte musical casi como una mera referencia.

Claro que en el caso de la serie creada por Callie Khouri (Tres mujeres y un plan) es justo reconocer que su ambientación en el mundo de la música ha permitido a la producción limitar el aspecto musical a conciertos, grabaciones de discos y ensayos, evitando de este modo que una parte interfiera en el desarrollo de la otra. Pero lo que han dejado claro los 22 episodios de esta última etapa es que el drama está dominando cada vez de forma más clara al aspecto musical, lo cual no quiere decir que esté habiendo una mejoría en el aspecto dramático.

No es este espacio para valorar si una apuesta es mejor que otra, pero sí para valorar cómo está funcionando este nuevo rumbo en Nashville. Y desde luego que en líneas generales los personajes y las tramas se han visto fortalecidas por un desarrollo más profundo del drama que rodea a los protagonistas, pero igualmente ha llevado a muchos de ellos a situaciones insostenibles que, en cierto modo, generan una versión paródica de lo que podrían haber llegado a ser. Eso por no hablar de la previsibilidad que está adquiriendo el conjunto, si es que alguna vez tuvo visos de ser original.

El mejor ejemplo de todo esto es el rol de Hayden Panettiere (serie Héroes), actriz que durante el rodaje se quedó embarazada y dio a luz, y cuyo estado ha querido aprovecharse en la trama con resultados cuanto menos cuestionables. Uno de los recorridos más interesantes de su personaje es, precisamente, su complicado proceso de madurez. Sin embargo, el nacimiento del bebé ha sido utilizado para llevar a esta joven idolatrada por las adolescentes al extremo, destacando sus obsesiones y debilitando la fortaleza que parecía adquirir en la primera mitad de la temporada. La forma de solucionar esta trama secundaria confirma que queda mucho trabajo que hacer con el personaje, pues ni siquiera su unión con el rol de Jonathan Jackson (Viaje a las tinieblas), uno de los mejores de la serie, ha podido mejorar su imagen.

De vuelta a lo anterior

La vida da muchas vueltas. Muchas vueltas da la vida. Y desde luego la tercera temporada de Nashville es un claro modelo. Si hubiera que resumir con una única palabra a toda la etapa sería “inicio”. Porque en líneas generales, todos los personajes han vuelto a sus inicios para reiniciar sus vidas, con la salvedad del camino recorrido, la experiencia adquirida y los problemas arrastrados durante décadas. Esto permite a Khouri desarrollar unas tramas interesantes que ofrecen una nueva visión de los personajes, llevándoles a vivir situaciones ya experimentadas (y no mostradas al espectador) y a cometer, en muchas ocasiones, los mismos errores.

Esto es, en cierto modo, lo que logra atrapar el interés del espectador, que encuentra en estos arcos dramáticos una nueva forma de acercarse a unos personajes que cada vez dan menos de si. La presencia de una enfermedad como el cáncer, la corrupción política o la homosexualidad adquieren una presencia más que notable en el conjunto de la temporada, lo que limita el aspecto musical, como ya se ha explicado, y ahonda más en el drama. La valentía a la hora de abordar estas temáticas contrasta con el infantilismo de muchas tramas secundarias, lo que termina por generar una doble impresión que lastra al conjunto, pues termina por generar interés en las secuencias de las tramas principales e indiferencia en el resto.

A diferencia de las conclusiones de temporadas anteriores, en esta ocasión el gancho utilizado sigue la línea de lo visto a lo largo de la temporada. No solo carece del impacto o el drama de, por ejemplo, el final de la primera temporada, sino que su previsibilidad niega todo tipo de sorpresa en algunas de las revelaciones que se mencionan. Más bien, dicho final sirve para plantear un escenario nuevo e interesante que habrá que esperar para poder valorar y, sobre todo, para poder apreciar si se ha sabido aprovechar, algo que dependerá en buena medida de cada uno. Lo que parece claro es que el grueso de las tramas, salvo algún punto de inflexión notable, se han desarrollado bajo parámetros que en ningún caso buscan generar expectación, sino más bien adular al espectador con las situaciones más comunes.

Y eso genera, como es lógico, una doble vara de medir para Nashville. Como producción, con sus propios parámetros y planteamientos, ha logrado con esta tercera temporada llegar más lejos en lo que a dramatismo se refiere, dejando de lado para ello la música y apostando por ampliar el espectro de conflictos y problemas que deben afrontar los protagonistas. Pero como relato poco a poco se está estancando, impidiendo a los personajes desarrollarse (a los que pueden, claro está) y tendiendo a enrocarse en una serie de vicios narrativos que pueden perjudicar a la larga el resultado final. Por ahora se mantiene a flote, pero los cambios se antojan necesarios.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: