‘The World of Hans Zimmer’, el cine hecho música


Es una obviedad, pero una película es en realidad un conjunto de elementos que funcionan de forma armónica entre ellos. Fotografía, interpretación, encuadre, montaje, sonido y, por supuesto, música. Normalmente la imagen prevalece sobre la música, pero hay ocasiones en que una banda sonora trasciende los límites de la propia película para tener vida propia, para narrar más allá de lo visto en pantalla. Varios miles de afortunados han podido comprobarlo y disfrutarlo en The World of Hans Zimmer, un espectáculo sonoro y visual que convierte el cine en música, pero sobre todo permite comprender cómo el séptimo arte no sería nada sin la música.

Zimmer ha sido siempre un compositor diferente, transgresor, innovador. Su trabajo en Rain Man (1988) marcó un antes y un después en la forma de entender una banda sonora, introduciendo instrumentos poco habituales en las orquestas más clásicas. Esta fusión de modernidad y clasicismo es lo que ha definido en muchas ocasiones su música, y es algo que se aprecia sobremanera en este concierto de tres horas de duración que hace un repaso por las grandes músicas de éxitos como Misión: Imposible 2 (2000), Rush (2013), Gladiator (2000), El Rey León (1994) o Piratas del Caribe: En el fin del mundo (2007). Todas ellas diferentes, es cierto, pero todas ellas con nexos de unión que pueden apreciarse claramente observando los instrumentos utilizados por el compositor a la hora de narrar emociones y aportar un nuevo sentido a las imágenes grabadas por el director.

Porque eso es lo que permite el espectáculo. A través de varias pantallas el espectador puede observar a una orquesta interpretando una música y ver al mismo tiempo los fragmentos de película a los que se corresponde dicha banda sonora. El cine acompañando a la lírica por primera vez, en lugar de al revés. Y como decía antes, esto permite apreciar con mayor precisión el sentido de cada instrumento, amén de obtener una mayor emotividad y profundidad emocional de muchos de los temas interpretados. Ya he mencionado esa combinación de violines, pianos o flautas con guitarras eléctricas, baterías, acordeones o xilófonos. Pero lo más interesante son los efectos dramáticos que se consiguen con ellos.

Así, la percusión de timbales, baterías o tambores, con sus graves sonidos capaces de imponerse sobre los agudos de los instrumentos de cuerda y de viento más pequeños, aportan a películas como Rush una mayor adrenalina en las carreras de coches, y generan una mayor tensión en batallas épicas como las de GladiatorEl rey Arturo (2004). A pesar de la maestría de los directores, muchas de las secuencias no adquirirían la fuerza que las ha convertido en clásicos si no fuera por esta música compuesta por Zimmer, quien es capaz de combinar lirismo y épica, misticismo y trascendencia emocional al combinar no solo instrumentos, sino violines y xilófonos con coros de voces, creando un efecto de misterio idóneo, por ejemplo, para El código Da Vinci (2006).

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Pero Hans Zimmer no solo ha innovado en este sentido. La genialidad de este compositor ganador de un único Oscar por El Rey León está en su capacidad para combinar instrumentos propios de cada cultura que se aborda en las películas en las que trabaja. Guitarra española, ritmos africanos, esencias caribeñas, … A pesar de utilizar siempre una base orquestal más tradicional, el compositor trata de incorporar en todo momento aquello que define a la historia, que le da alma. El concierto The World of Hans Zimmer lo muestra claramente. Más allá de las explicaciones que ofrece el autor antes de cada segmento, el hecho de comprobar cómo funcionan los instrumentos, cómo se suman unos a otros en diferentes momentos de la composición, permite comprender cómo funciona la narrativa sonora.

Por ejemplo, la felicidad, la alegría, el amor, … emociones todas ellas capaces de transmitirse con una combinación de viento y cuerda que se alternan y modifican sus ritmos para transmitir los diferentes estados sentimentales. El violonchelo, más grave, permite introducir pasión, misterio, y apelar a los instintos más primarios del ser humano, apelando a ellos en los momentos más oscuros de un relato. Efecto parecido es el que logra este instrumento fusionado con la flauta, aunque en este caso se aporta cierto misticismo, algo de ocultismo y fantasía. Y es posible comprender todo ello al ver a los músicos por encima de la película, ver el funcionamiento de la orquesta por delante de las imágenes en movimiento. Dicho de otro modo, el cine se convierte en música, y por una vez es esta la que prevalece sobre el primero. Mención aparte merece ese momento en el que Zimmer, en una grabación proyectada en pantalla, empieza a tocar el piano y la orquesta, en directo, se suma a la interpretación musical. Sencillamente sobrecogedor.

Lo cierto es que The World of Hans Zimmer es todo un espectáculo, pero lo es por lograr que la música prevalezca. Una música que tiene vida propia lejos de las películas para las que fue compuesta, pero que adquiere toda su grandiosidad interpretada en el contexto de las secuencias proyectadas en las pantallas. Esta fusión inversa a la que suele verse en una sala de cine es la que permite comprender la importancia de una banda sonora, el delicado equilibrio de instrumentos y, en el caso que nos ocupa, la genialidad de un creador que no duda en recurrir a todo tipo de instrumentos, voces y recursos sonoros para crear partituras inmortales. Destaca en este sentido la presencia de Lisa Gerrard cantando junto a la orquesta, un momento inolvidable que demuestra que la música de Gladiator cambió por completo el sentido de un género como el peplum.

Hans Zimmer es, ante todo, un innovador. Esto no quiere decir que sea mejor o peor que otros compositores, pero sí le permite una versatilidad mucho mayor. Y sobre todo, permite identificarle con un estilo narrativo inconfundible. Del mismo modo que John Williams, autor de la música de sagas como La guerra de las galaxiasParque Jurásico, o Danny Elfman, vinculado tradicionalmente al cine de Tim Burton (Beetlejuice), pueden identificarse casi con las primeras notas, las obras de Zimmer pueden comprenderse apreciando una plasticidad única, ofreciendo al espectador siempre una modernidad al clasicismo propio de las composiciones. Independientemente de que la historia que se narra en pantalla sea clásica o moderna, dramática o cómica, este compositor introduce siempre un toque innovador, diferente, dinámico. Un toque personal que en este espectáculo se aprecia y se disfruta.

‘Empire’ se entrega al drama más rebuscado en su 5ª temporada


Ahora que está a punto de terminar la última temporada de Empire, la sexta (aunque por su duración podría considerarse más bien un epílogo), analizaremos lo que ha sido la quinta parte de esta serie musical que, como muchas producciones similares, ha terminado dejando la música un poco de lado (no tanto como otras) y entregándose por completo al drama (puede que más que muchas otras). Y lo hace, además, llevando a sus personajes por caminos complejos, muchas veces extraños e incapaces de encontrar una justificación del todo correcta en la definición de los protagonistas.

Los 18 capítulos de esta etapa creados, como el resto de la serie, por Lee Daniels (serie Star) y Danny Strong (Rebelde entre el centeno) confirman además una evolución notable hacia un conflicto alejado de la música y próximo a la estructura de un thriller en algunos momentos y de una telenovela en la mayoría de casos. En este sentido, el tratamiento de esta temporada resulta irregular, no tanto por una evolución dramática de los personajes poco constante, que también, sino por la cantidad de giros argumentales que tiene el arco dramático. Giros, por cierto, que terminan por deslucir una historia que podría prometer. El caso más evidente es la historia de ese hijo inesperado del personaje interpretado por Terrence Howard (St. Vincent). El tratamiento que se da a este personaje, primero como villano, luego como miembro no aceptado por la familia y, por último, sacrificándole por un bien mayor para ser aceptado, responde a los cánones más conocidos del cine, pero también evidencia una falta de objetivo a la hora de afrontar el desarrollo.

De hecho, Empire parece haber perdido un poco su rumbo en esta quinta temporada. O al menos, parte de su esencia. Es cierto que en las primeras temporadas el peso del relato lo sustentaban fundamentalmente Howard y Taraji P. Henson (Figuras ocultas), o al menos ellos tendían a llevarse toda la atención. Sin embargo, poco a poco los hijos han ido adquiriendo más relevancia más allá de los números musicales. Es a través de ellos que la ficción ha ido ganando en dramatismo y perdiendo música. Pero en esta etapa los hijos, por decirlo de algún modo, han volado fuera del nido. En parte ya lo hicieron en la anterior temporada, pero en estos episodios es más evidente y, por desgracia, menos interesante. Y es que sus tramas particulares no alcanzan a tener una relevancia real, quedándose como recursos narrativos para rellenar una falta de contenido de la trama principal (la recuperación de la empresa) y para ser motores de avance en ocasiones puntuales.

La única historia algo más relevante, la del personaje interpretado por Trai Byers (Selma), es uno de los aspectos positivos de la parte dramática de la serie. Su evolución, no solo en esta temporada sino durante toda la historia, le ha convertido en uno de los roles más interesantes a pesar de su constante comportamiento en espiral. Sin embargo, en esta etapa asume su verdadero papel dentro de la trama, pasando a heredar, en parte, el papel que Howard perdió hace ya un par de temporadas. A esto se suma esa enfermedad contra la que tiene que luchar constantemente y el empeoramiento de su estado. Todo ello pone el foco sobre él, cargando con un peso dramático sorprendente y demostrando que, aunque alcanza algunos extremos un poco innecesarios, es un pilar fundamental de esta historia. Dicho de otro modo, aúna en su interior los diferentes aspectos de la serie, desde el drama hasta la violencia, pasando incluso por la música (no canta, pero su aportación a ese universo es imprescindible).

Música, por favor

Y hablando de música, esta quinta temporada de Empire certifica lo que comentaba al arrancar este texto: el espectáculo en los escenarios ha dejado paso al drama más rebuscado posible. Y esto queda evidenciado no solo por el tratamiento que se da a un aspecto en comparación con el otro, sino al modo en que se afronta el apartado musical en sí mismo. Frente a las canciones de las primeras temporadas, cuando el espectador podía disfrutar de temas completos, ahora todo se reduce a fragmentos cantados cada vez por más personajes. Esta reducción de tiempos y este aumento de personajes acentúa la sensación de estar ante un producto que tiene la música más como complemento que como epicentro dramático, y eso que esta temporada centra buena parte de su atención en la recuperación de ese Imperio al que hace referencia el título de la serie.

Ahí está, en cierto modo, la contradicción de esta tanda de episodios. Trata de tener como eje vertebrador de la trama el universo musical, con esa guerra por el control del imperio y con las iniciativas para ponerlo en marcha de nuevo. Sin embargo, el tratamiento de toda la temporada es más bien telenovelesco, con dramas personales en cada uno de los protagonistas, con secretos y con conflictos que poco o nada tienen que ver con la música. Al final este segundo aspecto termina pesando más que el primero, pero no porque resulte más interesante, sino porque el aspecto musical ha perdido buena parte de su esencia. Se puede recordar a este respecto que algunos de los títulos cantados en las anteriores temporadas contenían, además de buenos ritmos y un marcado estilo, una suerte de expresión de sentimientos que ayudaban a comprender mejor lo que vivía cada personaje en cada momento.

Todo eso ha desaparecido. Como si de un daño colateral se tratara, las canciones no solo han dejado de interpretarse en su totalidad (o casi), sino que también han dejado de ser ese vehículo emocional y dramático que permitía poner en pantalla buena parte de lo que ocurría dentro de los personajes, convirtiéndose únicamente en un simple entretenimiento que aporta color y dinamismo al resto de historias. Evidentemente, esto tiene como principales damnificados a los dos protagonistas con más minutos musicales, y eso se nota en el desarrollo y el tono general de la serie. Eso por no hablar de la cantidad de personajes secundarios que aparecen para tratar de suplir las ausencias de estos dos protagonistas, impidiendo el desarrollo de ninguno de ellos y manteniéndoles casi como meros recursos para hacer más atractivos los números musicales.

En cierto modo, Empire está confirmando una caída que ya se intuía en la temporada anterior. Abandonando la música cada vez más, se ha visto obligada a cubrir los huecos dejados por las canciones con más drama. Sin embargo, en lugar de ahondar en muchos de los conflictos y los traumas de los personajes, en líneas generales se ha limitado a entrar en una espiral de dramatismo excesivo sin objetivo concreto, llevando a los protagonistas a situaciones muchas veces incomprensibles, además de los giros argumentales innecesarios. Ahora quedan únicamente un puñado de episodios a modo de epílogo que, sin duda, tratarán de cerrar esta trama de la mejor forma posible. Pero sea como fuere, la serie ha cambiado para siempre, y lo ha hecho sin un criterio claro.

‘Rocketman’: Circle of Life


No sé si este es el inicio de una oleada de películas biográficas de grandes iconos de la música. Pero que en tan poco tiempo hayan llegado dos films como Bohemian Rhapsody (2018) y el que ahora nos ocupa sí permite apreciar las diferentes visiones que el cine puede ofrecer sobre una idea base como es el relato de la vida de un artista mundialmente conocido. Y eso sin necesidad de entrar en debates de cuál es mejor (no es ni el momento ni el lugar).

Si hubiera que resumir este Rocketman en una idea, esa es la de musical clásico. La vida de Elton John, histrionismos y excesos aparte, se plantea desde el primer momento como un espectáculo visual en el que el color, la música y los actores juegan un papel imprescindible. Que el protagonista se presente con el vestuario con el que lo hace para, a continuación, retrotraerse a su infancia con un número musical de colores apagados salvo él mismo es toda una declaración de intenciones en la que el director Dexter Fletcher (Amanece en Edimburgo) da una idea de la personalidad que va a tener el film, capaz de narrar más con imágenes que con la música (el abrazo final entre el personaje adulto y el niño explica el sentido de cada minuto de metraje). A partir de ahí, y como si de un largo flashback se tratara, el espectador asiste a un proceso de evolución en el que pocas cosas se dejan a un lado, tanto buenas como malas, lo cual es de agradecer por la aparente sinceridad que demuestra.

Fletcher realiza un trabajo más que notable, tanto por su lenguaje narrativo y su manejo de la cámara como por su trabajo con un reparto en estado de gracia, encabezado por un Taron Egerton (Eddie el Águila) que no solo interpreta, sino que asume absolutamente cada aspecto del artista, transformándose tanto física como emocional y sonoramente. Pero no es el único. Cada uno de los actores, en mayor o menor medida, se sumerge en este viaje aportando más matices a sus personajes, enriqueciéndolos para acentuar el drama de esta historia que, todo sea dicho, también tiene ciertos momentos irregulares. Posiblemente el mayor ‘pero’ que se le pueda poner es una cierta falta de concreción temporal. Las transiciones de años que se producen en el metraje, exquisitamente ejecutadas, pueden llegar a desubicar al espectador en el paso del tiempo, y eso unido a un cierto abandono en el tratamiento de algunos secundarios puede generar una pérdida de ritmo, aunque no influye demasiado en el resultado final.

Un resultado que convierte a Rocketman en un musical ideal para los amantes del género, pero también para aquellos que quieran conocer un poco más la vida de Elton John. Excesos, alcohol, drogas, excentricidades, … La película ofrece todo, y lo hace con la visión de un director con una personalidad arrolladora y de unos actores que ofrecen lo mejor de sí para componer la banda sonora de toda una vida. Y por supuesto, los amantes de su música encontrarán algunos de los temas más conocidos del artista. No todos, que son son muchas décadas sacando discos. Una película entretenida, entrañable, dramática en algunos momentos y visualmente espectacular.

Nota: 7,5/10

‘Green Book’: la amistad en tiempos del racismo


La nueva película de Peter Farrelly (Los tres chiflados) guarda en su interior toda la magia del cine. La frase puede sonar extraña e incluso inducir a error, pero en esencia es así. Porque aunque no tiene nada original, su historia es bastante previsible y la narrativa del director no aporta gran cosa al guión, uno termina disfrutando de ella a cada paso de la trama. Y lograr eso con un relato tan sencillo como directo… eso es difícil de explicar si no se apela a la magia del séptimo arte.

Desde luego, Green Book encuentra buena parte de su éxito en sus dos actores protagonistas, ambos inconmensurables no solo por la dinámica que se establece entre ellos o por la naturalidad con la que asumen los matices de sus respectivos roles, sino por la capacidad que tienen de expresar la complejidad de sus mundos en tan solo una mirada. Y a este respecto, la labor de Mahershala Ali (Roxanne Roxanne) es, si cabe, mucho más gratificante, lo que le convierte en un firme candidato al Oscar. La dualidad y el modo en que conviven los contrastes en este personaje lo convierten en todo un referente de cómo desarrollar un rol, cómo plasmarlo en pantalla a través de sus acciones, sus reacciones y sus diálogos. Juntos, Ali y Viggo Mortensen (Jauja) no solo sostienen el delicado equilibrio entre comedia y drama, sino que elevan el relato hasta el complejo desarrollo de una amistad inesperada entre dos personalidades casi opuestas que se nutren y se complementan.

Y digo que elevan el relato porque existen infinidad de películas con este mismo leit motiv, pero pocas de ellas logran la calidad del film de Farrelly o, por ejemplo, de Intocable (2011). En realidad, la cinta que nos ocupa tampoco ofrece demasiada originalidad, salvo la profundidad que adquiere el personaje de Ali y la evolución que sufre el rol de Mortensen. La trama es sencilla y directa, previsible e incluso arquetípica en algunos momentos. Dicho de otro modo, es lo que se espera de ella antes de que se apaguen las luces de la sala. Y en este caso, eso no es algo negativo, al contrario, es muy positivo. Actores y director aprovechan esta sencillez para ahondar en sus protagonistas y, a través de sus ojos y de la relación que establecen, hacer una radiografía de una sociedad racista incapaz de hacer frente a su propia contradicción: adorar a ídolos (en este caso de la música) con un color de piel más oscuro pero no dejarles compartir una habitación con aquellos de piel más clara que se consideran superiores.

Y es esto lo que termina resultando más atractivo de Green Book. Tal vez si su historia hubiera sido más compleja, si la relación de los protagonistas hubiera estado marcada por un mayor conflicto, el film habría sido mucho más enriquecedor. O tal vez no, porque precisamente esa magia de la que hablaba al principio surge de la simplicidad de su propuesta, que permite construir los personajes, profundizar en sus múltiples capas y en sus conflictos con una sociedad muy corta de miras. Habrá quienes no vean más que una película más sobre dos personajes opuestos que terminan siendo amigos. Pero si se rasca un poco en su superficie se puede encontrar algo más que termina convirtiendo este relato en una notable feel good movie.

Nota: 7/10

Música y drama reparten premios y derrotas en los 76 Globos de Oro


Vaya por delante que nunca he creído del todo eso de que los Globos de Oro son la antesala de los Oscar, aunque reconozco que los datos a lo largo de los años confirman en cierto modo esta teoría. Por eso esta 76 edición de estos premios concedidos por la prensa internacional en Estados Unidos es tan atractiva, pues de confirmar los pronósticos podrían verse algunas sorpresas en el Teatro Dolby (antes Kodak). Y si no se confirman, vendría a demostrar que no siempre estas dos entregas de premios están de acuerdo. Sea como fuere, lo cierto es que en esta ocasión las estatuillas han estado muy repartidas, y aunque para todo hay opiniones, creo que han logrado un amplio consenso a favor.

Desde luego, las mayores sorpresas, para mal, las han dado El vicio del poderHa nacido una estrella, las dos principales favoritas en categorías cinematográficas que casi se van de vacío. La primera solo ha logrado el premio al Mejor Actor de Comedia para Christian Bale (El caballero oscuro), mientras que la segunda logra el premio por la canción ‘Shallow’, compuesta entre otros por Lady Gaga, quien logra así su segundo de estos premios tras el obtenido por American Horror Story: Hotel. Por el contrario, se puede decir que Green Book y Bohemian Rhapsody, con el permiso de Alfonso Cuarón y su Roma, han sido las grandes triunfadoras y, por qué no, las grandes sorpresas. No es que no tuvieran posibilidades de lograr premios, sencillamente parecían títulos menos favoritos. Y personalmente considero que otorgar estos premios a un film como el biopic de Freddy Mercury no solo eleva a esta cinta a la categoría que merece, sino que reconoce la labor de Bryan Singer (X-Men) como director (aunque sin premio para el realizador) y la de Rami Malek (serie Mr. Robot) como actor, este sí con premio particular por su espléndida interpretación del fallecido cantante.

Lo que sí dejan estos premios es una más que presumible lucha por los principales premios Oscar. Lucha, dicho sea de paso, que será muy interesante analizar una vez se conozca el resultado y hacia qué lado han caído los apoyos. Pero los Globos de Oro han dejado algunas sorpresas, la más interesante, sin duda, la de Mejor Película de Animación. En la última década esta categoría ha tenido un único dueño en los Oscar: Walt Disney. Ya sea a través de Pixar o cualquiera otra de las compañías que forman parte de este macroimperio, lo cierto es que sus películas han sido premiadas de forma sistemática año tras año, con la excepción de Rango (2011). Por eso que una film como Spider-Man: Un nuevo universo haya logrado imponerse a cintas como Los Increíbles 2Ralph rompe Internet es un cambio más que positivo en esta trayectoria, demostrando que hay vida más allá de Disney, al menos en lo que a premios se refiere.

Último reconocimiento

En lo que respecta a la televisión, la mayor sorpresa posiblemente sea que ninguna de las habituales producciones que copan estas categorías ha logrado premios, lo cual no hace sino confirmar el buen momento de las series en todos sus formatos. En el recuerdo queda ese premio a Mejor Serie Drama para The americans, cuya última temporada, además de idónea, deja uno de los momentos más importantes de la narrativa moderna y una conclusión perfecta para una serie que ha sabido mantener un alto nivel dramático, de intriga y político durante prácticamente todas sus temporadas.

También destaca la repetición, por segundo año consecutivo, de Rachel Brosnahan como Mejor Actriz Comedia/Musical por The Marvelous Mrs. Maisel y, sobre todo, el triunfo de la serie de antología American Crimen Story, un formato poco habitual pero que ha dado muy buenos resultados en líneas generales en las producciones que se han arriesgado a ofrecer algo diferente y bien planteado al espectador. Sin premios se queda The Handmaid’s Tale, cuya segunda temporada ha dejado algunos momentos de irregularidad dramática y una labor excepcional de su principal secundaria, a la que da vida Ivonne Strahovski (All I see is you) y que finalmente no ha logrado tampoco un reconocimiento en forma de premio.

En resumen, y volviendo a lo que decía inicialmente, los Globos de Oro dejan unos premios muy repartidos, con pocos films que acaparen muchos reconocimientos y evidenciando la dificultad a la hora de premiar unos u otros trabajos. Queda la duda ahora de si los Oscar se plantearán también en estos términos, o si por el contrario habrá grandes triunfadoras. En cualquier caso, la realidad es que, sobre todo en televisión, las producciones no solo crecen en variedad, sino también en calidad, y eso obliga a mirar en muchas direcciones y a abrir el abanico de premios a obras que, décadas atrás, tal vez ni siquiera se habrían planteado. Y sobre todo, estos reconocimientos permiten a muchos creadores arriesgar con historias y planteamientos diferentes, enriqueciendo a su vez el propio séptimo arte, del que ya forma parte por derecho propio la pequeña pantalla.

CATEGORÍAS CINEMATOGRÁFICAS

Mejor Película Dramática: Bohemian Rhapsody.

Mejor Película Comedia/Musical: Green Book.

 Mejor Director: Alfonso Cuarón, por Roma.

Mejor Actor Dramático: Rami Malek, por Bohemian Rhapsody.

Mejor Actor Comedia/Musical: Christian Bale, por El vicio del poder.

Mejor Actriz Dramática: Glenn Close, por La buena esposa.

Mejor Actriz Comedia/Musical: Olivia Colman, por La favorita.

 Mejor Actor Secundario: Mahershala Ali, por Green Book.

Mejor Actriz Secundaria: Regina King, por El blues de Beale Street.

Mejor Guión: Peter Farrelly, Nick Vallelonga y Brian Hayes Currie, por Green Book.

Mejor Banda Sonora: Justin Hurwitz, por El primer hombre.

Mejor Canción: Lady Gaga, Anthony Rossomando, Andrew Wyatt y Mark Ronson, por ‘Shallow’, de Ha nacido una estrella.

Mejor Película en Lengua Extranjera: Roma (México).

Mejor Película de Animación: Spider-Man: Un nuevo universo.

 

 CATEGORÍAS DE TELEVISIÓN

Mejor Serie Drama: The Americans.

Mejor Actor Drama: Richard Madden, por Bodyguard.

Mejor Actriz Drama: Sandra Oh, por Killing Eve.

Mejor Serie Comedia: El método Kominsky.

Mejor Actor Comedia/Musical: Michael Douglas, por El método Kominsky.

Mejor Actriz Comedia/Musical: Rachel Brosnahan, por The Marvelous Mrs. Maisel.

Mejor Miniserie/Telefilme: American Crime Story: El asesinato de Gianni Versace.

Mejor Actor Miniserie/Telefilme: Darren Criss, por American Crime Story: El asesinato de Gianni Versace.

Mejor Actriz Miniserie/Telefilme: Patricia Arquette, por Fuga en Dannemora.

Mejor Actor Secundario Serie/Miniserie/Telefilme: Ben Wishaw, por A very english scandal.

Mejor Actriz Secundaria Serie/Miniserie/Telefilme: Patricia Clarkson, por Heridas abiertas.

La 4ª T. de ‘Empire’ ahonda en las consecuencias de la violencia


El género musical en las series no suele terminar con final feliz en lo que a tratamiento y desarrollo se refiere. Son muchos los ejemplos en los que, o bien se opta por reducir cada vez más el papel de las canciones y los números musicales en la trama, o bien directamente la producción se cancela. Por eso el fenómeno Empire resulta tan interesante. Con su cuarta temporada se reafirma como una ficción en la que la música mueve absolutamente todo, y en la que el carácter casi telenovelesco se convierte en un trasfondo dramático que añadir a las notas y las letras de rap, R’n’B y hip hop que nutren cada episodio. El problema tal vez sea, precisamente, esa cierta tendencia al tratamiento telenovelesco de la historia.

Los 18 episodios de esta temporada vuelven a poner de relieve la labor de los actores, de todos ellos, pero también ahonda en los conflictos dramáticos entre ellos y, sobre todo, pone el foco sobre un aspecto que siempre ha estado sobrevolando esta serie creada por Lee Daniels (El mayordomo) y Danny Strong (Rebelde entre el centeno), y es el papel que juega la violencia en todo el desarrollo. Partiendo de la amnesia del rol interpretado por Terrence Howard (St. Vincent), la temporada explora cómo el mundo violento en el que siempre se han movido los protagonistas les marca en todas sus decisiones y su forma de mirar el mundo, haciendo siempre lo que sea necesario para sobrevivir. La dualidad en el personaje de Howard y cómo sus dos personalidades mantienen ese debate interno es un comienzo interesante que, aunque tratado de forma un tanto irregular, sí cumple su función de introducir ciertas dudas y generar el debate en torno a algo que parecía instalado en el ADN de la serie y sobre lo que no parecía querer cuestionarse nada en absoluto.

De hecho, este comienzo de Empire, más allá de otras consideraciones, viene a explorar también cómo la violencia engendra violencia, e incluso cómo un personaje aparentemente bondadoso (como es el protagonista cuando sufre amnesia) se ve arrastrado a todo tipo de violencia, ya no solo procedente de la familia sino de factores externos. En este sentido es destacable el personaje de Demi Moore (Como reinas) como catalizador y como vehículo dramático de esa catarsis del protagonista, aunque hay que mencionar igualmente que el desarrollo dramático de este pequeño arco argumental resulta algo incompleto, por no decir apresurado, lo que provoca que el trabajo evolutivo del personaje de Howard, aunque eficiente, quede un poco cojo en su profundidad dramática. Dicho de otro modo, todo parece hacerse a gran velocidad para poder volver al camino emprendido en las anteriores temporadas.

A partir de este momento, esta cuarta temporada retoma sus orígenes, volviendo a narrar la lucha por este imperio musical y mediático. Y aunque en cierto modo siguen siendo luchas familiares, lo cierto es que la trama evoluciona para mostrar un núcleo familiar más cohesionado (dentro de sus rupturas habituales) en contra de amenazas externas. Así, la serie cambia el paso para introducirse en algo más que la violencia pura y dura, explorando territorios algo más desconocidos para los protagonistas como la lucha comercial y las intrigas políticas. Todo ello, como no podía ser de otro modo, con una música exquisita como telón de fondo, y con una evolución de los personajes apasionante, algunos tomando el testigo de la violencia, otros huyendo y otros siendo víctimas de los tejemanejes mafiosos.

Venganzas y reconciliaciones

La segunda mitad, aproximadamente, de esta cuarta temporada de Empire se presenta como algo totalmente diferente a lo visto en la primera parte. Si el debate sobre la violencia copaba el arco dramático principal de los primeros episodios, el pasado y cómo influye en nuestro presente y nuestro futuro es la gran temática del tramo final. La introducción en la trama del personaje de Forest Whitaker (Redención) supone un revulsivo interesante a la dinámica establecida en temporadas anteriores. Como mencionaba antes, la violencia tradicional de esta ficción da paso a una encarnizada lucha por el poder en territorios más políticos, más comerciales, y por lo tanto en los que la violencia física desaparece o, al menos, se disimula más.

A través de la gran labor de Whitaker la serie se adentra en un pasado desconocido hasta el momento, en unas relaciones humanas y profesionales nuevas para el espectador que ayudan a comprender algo mejor el devenir de los protagonistas y, sobre todo, las ansias de poder y venganza de muchos secundarios. En este sentido, y relacionado con el pasado, cabe destacar el final de uno de los secundarios de estas temporadas. Un final marcado, cómo no, por la violencia, pero también con elementos diferentes en tanto en cuanto, y a diferencia de ocasiones anteriores, el crimen es utilizado en su contra por ese pasado que vuelve para golpear a los protagonistas donde más les duele, destruyendo las relaciones creadas durante las temporadas anteriores. Resulta sumamente interesante comprobar la evolución de este enemigo y su arco dramático durante la temporada, y cómo los creadores de la serie han introducido los elementos necesarios para construir una traición a fuego lento que, por cierto, tiene el éxito que no han tenido las anteriores.

Dicho de otro modo, mientras que en etapas anteriores la trama abordaba los conflictos de una forma algo más directa (siempre con cierto grado de intriga familiar), en esta ocasión los movimientos son más sutiles, ocultos como están en estrategias financieras e, incluso, en el manejo y la manipulación de artistas. Y obtienen el resultado que no habían obtenido los ataques frontales. Eso no quiere decir, por supuesto, que la violencia no haga acto de presencia, sobre todo el último episodio. Pero incluso esa violencia con la que termina la serie combina igualmente la brutalidad con la sutileza, abriendo la puerta a una nueva forma de entender esta ficción o, al menos, a un nuevo estilo a combinar con el que hasta ahora se había visto.

Se puede decir que la cuarta temporada de Empire cambia en cierto modo algunos aspectos de su tratamiento visto hasta ahora. La introducción de la amnesia del protagonista y la presencia de Whitaker aportan al conjunto un punto de vista diferente, arrojando cierta luz sobre diferentes aspectos de la trama. Sin embargo, existe un cierto carácter apresurado que perjudica al desarrollo de la historia. Tal vez sea por el hecho de que la temporada se divide en dos partes bastante diferenciadas, pero lo cierto es que, sobre todo la primera mitad, tiene un tratamiento algo burdo, sin ahondar demasiado en las motivaciones de los secundarios que son el verdadero motor de la historia. Esto se soluciona o bien desarrollando mejor esta estructura o volviendo a la anterior, donde todas las historias secundarias se aunaban bajo un único paraguas. Pero en cualquier caso, el Imperio sigue dejando buenas sensaciones y buena música.

‘Bohemian Rhapsody’: Dios salve a Queen


No han sido pocas las críticas que han atacado duramente la nueva película de Bryan Singer (Valkiria). Pero esta, desde luego, no va a ser una de ellas. Porque si algo bueno tiene este biopic de Freddie Mercury es, por un lado, que recupera la figura de esta leyenda de la música y, por otro, que evidencia la admiración que sigue despertando 27 años después de su muerte. Pero es que además el planteamiento narrativo, con sus altibajos, es notable.

Vaya por delante que este tipo de historias son, por lo general, bastante menos fascinantes de lo que a priori puede pensarse, normalmente porque las vidas privadas de los artistas no tiene tanto interés como su música. En este sentido, Bohemian Rhapsody no es una excepción, presentado algunos pasajes que pueden carecer del ritmo que sí tiene el resto del film. Pero son precisamente esos momentos los que resultan más interesantes, al aproximarse de un modo muy personal al hombre detrás de Freddie Mercury, a un joven cuya vida estuvo marcada por la peor soledad que existe: aquella que se siente estando rodeado de personas. A este respecto la labor tanto del director como del protagonista (Rami Malek, visto en la serie Mr. Robot) es simplemente impecable, y permite apreciar el claro contraste entre la vida del cantante y la que llevaron el resto de componentes de la banda, uno de los detonantes de sus posteriores decisiones.

Pero si algo tiene de extraordinario este film es que esos momentos aparentemente carentes de ritmo son, en realidad, los compases previos a la creación de los mayores éxitos de la banda. Gracias al planteamiento dramático el espectador se aproxima a las luchas y los procesos que dieron lugar a temas como ‘Another one bites the dust’ o ‘We will rock you’. Si a eso sumamos el tratamiento que Singer da a las giras musicales y, sobre todo, ese concierto Live Aid que se muestra casi de forma íntegra, lo que obtenemos es un homenaje a una familia más que a una banda de rock. Un homenaje a una forma de entender la música que, valga la redundancia, no entiende de etiquetas. Un homenaje, en definitiva, a cuatro jóvenes cuya genialidad fue encontrarse, respetarse y saber aprovechar el talento que cada uno tenía.

Un homenaje, por cierto, expuesto de forma inteligente, alejado del drama en el que se convirtió la vida de Mercury en los últimos años. Bohemian Rhapsody es un film sobrio que navega por los temas que se han convertido en himnos generación tras generación, y lo hace con la sencillez y elegancia que caracteriza a Singer. En la memoria queda la actuación de Malik y, sobre todo, algunos conceptos que maneja el film, desde la familia hasta la soledad, pasando por la redención y, como no, esa maravillosa música que nunca deja de sonar. Un viaje por el hombre detrás de la leyenda que a muchos quizá no guste. Y puede que no sea una obra maestra, pero desde luego sí es un film espléndido, que se disfruta de principio a fin y que ayuda a comprender mejor a ese hombre cuya vida terminó en 1991.

Nota: 7,5/10

‘Nashville’ llega a su fin con el foco en los problemas de la sociedad


Echando la vista atrás durante estos seis años de Nashville se puede ver, en todo su esplendor, la evolución de esta serie, primero con toques de drama familiar y político y, posteriormente, entregándose por entero al drama más lacrimógeno, para lo cual se ha recurrido a todo tipo de recursos narrativos durante estas temporadas. Pero si algo deja patente la sexta y última entrega es que, por encima de todo, es un producto en el que todo debe acabar bien, en el que la familia es lo más importante y es capaz de vencer cualquier obstáculo, y en el que es importante comprender y aceptar el lugar que cada uno tiene en la vida, aunque no fuera el que inicialmente habíamos deseado.

Y todo ello siendo consciente de sus debilidades y los errores que ha arrastrado a lo largo de estas temporadas. En este sentido, los 16 episodios que cierran esta serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) representan posiblemente el final más honesto y coherente de los últimos meses en televisión. Si ya es difícil que una ficción tenga un final cerrado, que este se adecúe a lo narrado durante las etapas anteriores puede parecer misión imposible, pues muchas veces la necesidad de querer dar una conclusión concreta a una línea argumental choca frontalmente con lo contado previamente. No solo no es el caso de esta obra que mezcla música y lágrimas para tocar diversos problemas sociales de Estados Unidos (sobre lo que iremos más adelante), sino que la serie es consciente en todo momento de cuál es su sitio, y con esa humildad se presenta en su última temporada.

Dicho de otro modo, Nashville perdió un activo fundamental con la ausencia de la protagonista interpretada por Connie Britton (La tierra de las buenas costumbres). Conscientes de ello, sus creadores han optado por una fórmula narrativa y dramática interesante: mantener su recuerdo presente en prácticamente todos los episodios mientras el espacio que su personaje ocupaba se llenaba con otras historias, algunas más complejas que otras, pero todas con el único fin de ahondar en el dramatismo de una serie que alcanzó su clímax lacrimógeno con la partida del rol de Britton. Se intenta así mantener un cierto nivel de interés en la ficción a través de unos arcos argumentales que golpean de lleno los sentimientos del espectador mientras se atan los cabos sueltos que quedaron de la anterior temporada.

Por supuesto, esto no quiere decir que todo sea perfecto. Aunque es de admirar la honradez con la que se aborda el final, la serie sigue arrastrando muchos problemas, el más importante su tendencia a girar en torno a un mismo problema de forma constante durante episodios sin encontrar solución y, lo más alarmante, sin que los personajes implicados aprendan de sus errores. Es el caso, por ejemplo, de los roles de Lennon Stella, Sam Palladio (serie Episodes) o Clare Bowen (The clinic). Esto provoca una suerte de incoherencia dramática que, aunque sirve de clavo al que agarrarse en determinadas ocasiones, termina por impedir que la trama evolucione correctamente, reproduciendo en esta última temporada conflictos y situaciones vividas en la primera.

Conflictos sociales

Esta última temporada de Nashville también ha servido para introducir nuevos personajes que permitieran cerrar algunos aspectos de las tramas. Y curiosamente, estos elementos son algunos de los que mejor funcionan dramáticamente hablando. Es cierto que su presencia puede estar un poco obligada por las circunstancias (la ausencia de la protagonista, en otras palabras), pero al final terminan por ahondar en la personalidad de los protagonistas, lo que siempre es de agradecer. Me refiero, por ejemplo, al padre del protagonista o a ese criadero de caballos a modo de terapia para personas con importantes traumas. Todo ello, aunque sin demasiada relación con el resto de la serie, permite al espectador acercarse a aspectos de los personajes que antes solo se habían insinuado, y que ahora se hacen más presentes.

Y como decía antes, la ficción ha optado en estos últimos capítulos por incluir nuevas historias al resto de personajes. Historias que, por otro lado, sirven de base para realizar una importante crítica a diversos aspectos de la sociedad. Sobra decir que durante los años previos temas como el alcoholismo o la corrupción política ya se habían tocado, pero ahora la serie va más allá. Sectas, alcohol, adicción a los esteroides, acoso sexual y laboral, violencia de género, … Todos estos temas tienen diferente peso narrativo en la historia, lo que amplía notablemente el ámbito de trabajo de sus creadores, creando un mundo más complejo y, por qué no, más cercano a la realidad. Y aunque esto puede ser un aspecto positivo, es importante señalar que su integración en el desarrollo de la trama es algo irregular, pues mientras algunas de estas historias tienen su importancia en el desarrollo final del arco argumental, otras sencillamente parecen estar incluidas para rellenar tiempo con algo diferente. Y ese es el gran fallo que tiene esta temporada a nivel de guión.

Pero en líneas generales la temporada responde a las expectativas, es decir, sigue teniendo como núcleo la familia, los retos y las dificultades que se superan juntos. Y precisamente por eso el último episodio es todo un homenaje a estos conceptos y un regalo para los más acérrimos fans. Con la excusa de un concierto, los personajes que han tenido cierta relevancia a lo largo de estos seis años hacen acto de presencia, sumándose a la canción y ofreciendo una despedida por todo lo alto a la que se suma, también, el equipo técnico. Una secuencia que sale de la propia ficción y aproxima aún más a actores, personajes y espectadores.

En definitiva, un final emotivo para una serie que, con sus limitaciones y sus propios errores, ha sabido mantenerse con coherencia, con tramas que aunque llevadas al límite han funcionado con solvencia, y con unos personajes más que correctos para este tipo de historias. Nashville termina y con ella parece acabar una tendencia musical en la pequeña pantalla, con permiso de Empire. Atrás quedan su tendencia a caer en bucles argumentales que tenían a los personajes como cobayas en ruedas de ejercicios. Atrás quedan también momentos terriblemente dramáticos narrados con elegancia. Pero sobre todo, queda la música, con algunas canciones sencillamente maravillosas. El country nunca volverá a ser lo mismo.

‘Ha nacido una estrella’: Ha nacido un director


Es sumamente complicado llevar a la gran pantalla una historia que ya ha sido adaptada en varias ocasiones. La comparación con las anteriores versiones es inevitable. Tal vez por eso sea tan interesante el primer trabajo de Bradley Cooper (Aloha) como director y guionista, porque es capaz de, a partir de una historia conocida, imprimir matices que enriquecen, y mucho, tanto los personajes como la trama. Y que eso se logre en una primera película hace que esta sea aún más interesante.

Porque, en efecto, la premisa básica de Ha nacido una estrella es conocida. Pero no así sus personajes. Cooper construye un universo complejo en torno a la pareja protagonista, sobre todo en lo referente al personaje que él mismo interpreta. A la premisa base de que la decadencia de este rol se mezcla con los celos y el ascenso de su pareja se suman un pasado complejo, marcado por un cierto sentimiento de abandono, un presente ahogado en alcohol y, en cierto modo, un atisbo de coherencia disfrazada por la brutalidad de sus borracheras que le permite comprender que su pareja, aquella chica a la que él descubre, está perdiendo su identidad por lograr algo efímero.

Todo ello convierte a este personaje en el verdadero motor de la trama, robando cierto protagonismo a una Lady Gaga (Machete Kills) cuya voz brilla en todo su esplendor en un personaje igualmente sólido pero algo más arquetípico. A todo ello se suma una puesta en escena intimista casi desde el primer plano, recurriendo a movimientos de cámara que capten los sentimientos de los personajes para marcar una evolución dramática más detallada, y huyendo todo lo posible de los previsibles planos generales (que también existen) en los macroconciertos que se suceden a lo largo de la cinta. Cooper sustenta así a unos personajes marcados por la tragedia intensificando los buenos y los malos momentos, las decisiones y un final cuya elegancia está fuera de toda duda. Todo ello define a un director con un futuro brillante.

Ha nacido una estrella es ante todo un brillante drama en el que los miedos, las fobias y el amor se muestran detrás de un manto de alcohol, celos y música. Su mayor punto débil es el ritmo, que decae en varios momentos y alargan la historia de un modo innecesario, sobre todo la trama ya está en pleno desarrollo. Pero con todo y con eso, el espectador asiste a una introspección pocas veces vista en pantalla, en la que una única mirada es capaz de revelar todo, en la que la música es vehículo narrativo perfecto para exponer conflictos, romances, recelos y odios. Y desde luego, esa falta de ritmo no impide disfrutar de un notable drama realizada por un interesante director.

Nota: 8/10

‘Mamma Mia! Una y otra vez’: ¿cómo puedo resistirme a ti?


Lo principal a la hora de hacer una historia es tener algo que contar. Puede parecer algo simple, pero las salas de cine están repletas de películas sin historia, limitadas únicamente a una sucesión de escenas de acción, chistes de dudosa gracia o canciones sin un nexo en común. Y si eso ocurre en films originales, qué no pasará en las secuelas, precuelas, remakes y demás producciones. Por eso el regreso de la música de ABBA es algo tan gratamente disfrutable, porque en todo momento está donde debe estar.

Y eso es, ni más ni menos, que en el entretenimiento inocente y musical que ya tuvo la original. Las canciones del famoso grupo vuelven a fundirse con una historia fresca, dinámica, cargada de humor y drama. Porque, a diferencia de la primera parte, Mamma Mia! Una y otra vez tiene un notable lado dramático, fundamentalmente por la presencia siempre constante del personaje de Meryl Streep (Ricki), que aporta un tono algo más lacrimógeno al conjunto y provoca una continua nostalgia que no logran ni muchos actores o actrices, ni muchas películas. Y para ejemplo, el final en la iglesia, tan bello como enternecedor y emocionante. Es el clímax, en realidad, de un camino creciente sembrado de emotivas referencias que funciona como un reloj para arrancar las lágrimas y, posteriormente, dibujar la sonrisa en los labios del espectador. Un cúmulo de emociones que demuestran que esta cinta tiene entidad por sí sola.

Pero esta segunda parte es, ante todo, espectáculo. Conteniendo algunos números musicales que nada tienen que envidiar a la original (el restaurante y la llegada de los barcos a la isla son los dos mejores ejemplos), la cinta dirigida con acierto por Ol Parker (Ahora y siempre) no pretende ser nunca más de lo que puede esperarse de ella. Sin grandes giros argumentales, con algunos momentos muy previsibles y, todo hay que decirlo, posibles fallos de guión relativos a la continuidad con la primera parte, el relato funciona gracias a la frescura de sus protagonistas (Lily James –Cenicienta– está espléndida), a una narrativa sin altibajos y a la facilidad para combinar el pasado y el presente del relato. Todo ello aderezado con un final cuya guinda del pastel lleva el nombre de Cher (Pegado a ti).

Habrá quien diga que Mamma Mia! Una y otra vez es más de lo mismo. Y sí, es más música, más ABBA, más paisajes idílicos y más entretenimiento. Pero también tiene algo nuevo que permite mantener la frescura, algo diferente que la convierte en una producción propia, capaz de funcionar de forma independiente y con el dinamismo que tuvo la cinta original. Una más que digna secuela que hace las delicias de los fans de la película y es capaz de arrancar la sonrisa y el ritmo a cualquier espectador. ¿Cómo resistirse a eso?

Nota: 7/10

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