‘Ready Player One’: el Oasis de la cultura pop


Aviso a navegantes. Lo nuevo de Steven Spielberg (Minority report) es una experiencia visual y nostálgica inigualable, pero también esconde una notable crítica social. Y esta dualidad es lo que convierte a esta aventura de ciencia ficción en una obra espléndida. Puede que no guste a aquellos que hayan sido ajenos a la cultura de los años 80 y 90, pero aunque solo se conozcan algunos de los personajes que han poblado la imaginación de generaciones durante estas décadas la película se disfrutará de un modo que cada vez resulta más difícil experimentar.

Por supuesto, Ready Player One es ante todo un entretenimiento en su máxima expresión. El guión, perfectamente estructurado aunque algo carente de importantes giros dramáticos, presenta en apenas unos pocos segundos el contexto social en el que se desarrolla la trama, pasando rápidamente a introducirse en lo más relevante de la acción y aprovechando las impecables secuencias de acción para hacer avanzar un argumento que a muchos les recordará a algún videojuego que les dejó huella en su infancia. Con una música inolvidable y unos efectos visuales que ya quisieran muchas películas, Spielberg se da un festín referencial de una cultura que necesita ser reivindicada como una parte fundamental de todo lo que actualmente vivimos. A esto se suma un reparto notable y una estructura dramática bien construida, con pilares sólidos sobre los que asentar posteriormente el importante mensaje (una suerte de huevo de Pascua) que esconde el film.

Siempre he pensado que la ciencia ficción es el mejor género para mostrar y contar los problemas de la sociedad, y por eso este film basado en la novela de Ernest Cline es capaz de sobrepasar el mero entretenimiento. La verdad es que no podría esperarse menos de Spielberg. Sus efectos especiales, la agilidad del lenguaje visual del director o las constantes referencias no impiden apreciar que la cinta, en realidad, habla de un mundo incapaz de vivir en el mundo real, obsesionado con escapar de una rutina que le asquea y que busca una salida en una realidad virtual en la que nadie es quien dice ser y todos se ocultan detrás de una identidad falsa. Un videojuego a escala global que permite interactuar con personas de todo el planeta, hacer amigos y enamorarse sin ni siquiera conocerse físicamente. La idea de que lo único que se vive realmente es la vida real resume a la perfección no solo la moraleja de esta historia, sino el camino que está tomando una sociedad cuya visión está dirigida hacia una pantalla de móvil y no hacia quienes están junto a nosotros.

Aunque a Ready Player One puede faltarle algo de fuerza en algunos momentos clave, lo cierto es que su carácter juvenil y aventurero, amén del espectáculo visual que supone ver y escuchar tantos referentes de la cultura pop en ese Oasis, convierten a esta aventura en algo diferente, fresco, dinámico y, ante todo, digno de disfrutar. Una película que invita a reflexionar sobre el camino que toma la sociedad mientras nuestros sentidos se deleitan con la música, los personajes y las criaturas que han nutrido la imaginación de la sociedad y de muchas generaciones durante décadas. A muchos su estructura de videojuego les puede resultar extraña, pero lo cierto es que no deja de ser la misma que la de cualquier otro relato con el que nos hemos maravillado cuando éramos más jóvenes. Y conseguir que volvamos a nuestra juventud siempre es algo admirable.

Nota: 8/10

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‘Nashville’ acepta con honradez su inminente final en la 5ª T.


Una serie no es únicamente una buena historia, un buen reparto o una factura técnica impecable. A menudo las producciones para la pequeña pantalla pecan de un desarrollo que desvirtúa por completo el sentido inicial de la trama. Eso por no hablar de finales poco adecuados a lo visto durante los años que dure la ficción. Ya sea por exigencias de las audiencias, de la productora o de otros “factores externos”, las series terminan muchas veces de un modo incoherente. Por eso cuando una ficción como Nashville encarrila su evidente final con la humildad, la seriedad y la honradez que ha mostrado a lo largo de todas sus temporadas, debe ser admirada o, al menos reconocida.

Su quinta temporada, de nuevo con 22 episodios, es la prueba fehaciente de que una serie puede terminar sin grandes aspavientos, sin conclusiones forzadas o sin incongruencias dramáticas. Esto no quiere decir que la serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) haya perdido su esencia, al contrario. Posiblemente sea más dramática que nunca. Pero precisamente por el desarrollo y los acontecimientos que se relatan en esta etapa, y el modo en que se tratan las diferentes tramas que componen este universo country, el argumento se ha vuelto mucho más sincero con el espectador de lo que podría haberlo sido hasta ahora.

En realidad, lo que ha hecho Nashville es dar rienda suelta a su dramatismo, pero utilizando para ello el cierre de todas y cada una de las historias secundarias, amén de la trama principal. A estas alturas, y con la sexta temporada ya empezada, los seguidores sabrán del giro de mitad de temporada tan impactante como determinante. Este punto de inflexión es el que marca el camino a seguir hacia el final, utilizando ese momento para iniciar el cierre paulatino y gradual de todas las historias. Y lo hace fiel a su estilo, es decir, generando una escalada dramática que explora todos los sentimientos habidos y por haber en una relación y en la vida misma.

Por supuesto, esto no quiere decir que la serie mejore o empeore. Simplemente esta quinta temporada sabe aprovechar lo construido hasta ahora para concretar un final para sus personajes sin transformarlos hasta hacerlos irreconocibles. Evidentemente, si la serie no ha gustado hasta ahora esto no hará que gane seguidores, pero aquellos que sigan sus tramas encontrarán en estos capítulos un comienzo del fin sumamente enriquecedor. Fundamentalmente porque ese punto de inflexión de mitad de temporada ha permitido a la serie hacer crecer a sus personajes, volverlos más maduros al enfrentarlos con sus propios miedos. En cierto modo, por primera vez en toda la serie los roles evolucionan y dejan de tener un comportamiento cíclico, lo que podría entenderse como una mejora dramática de la ficción.

Rellenar el vacío

Visto así, la ausencia del personaje de Connie Britton (American Ultra) se puede entender como la llave que ha desbloqueado algunos problemas de construcción de Nashville. Por un lado, ha sido el motor dramático de la mitad de esta quinta temporada. El Acontecimiento (así, en mayúsculas, porque pocas veces una serie afronta algo de semejante envergadura antes de su episodio final) se halla detrás de prácticamente todas las motivaciones del resto de personajes. En mayor o menor medida, la pérdida de este rol determina las frustraciones, las decisiones, los anhelos, los miedos y, por qué no, las alegrías que llenan el vacío de la segunda mitad de esta etapa. El hecho de que este importante personaje no vuelva a aparecer en la serie facilita que otros secundarios adquieran entidad propia, más de la que habían tenido hasta ese momento, ahondando en su personalidad y en su arco dramático.

Por otro lado, y está muy relacionado con los dicho anteriormente, el hecho de que se corte de raíz con esta trama personal obliga a Khouri a completar los espacios que hasta ahora ocupaba, ya fuera directa o indirectamente. Y para ello, además de incluir nuevas canciones (personalmente el tema ‘Saved’ cantado por Lennon Stella es el mejor de toda la serie), ha sido necesario introducir nuevos secundarios, potenciar el carácter dramático de otros y hacer avanzar las tramas del resto. Es a esto a lo que me refería al mencionar que la serie crece dramáticamente. Las historias circulares de muchos secundarios, con constantes idas y venidas sobre los mismos conflictos sin lograr un avance real, podían tener un cierto sentido como contexto argumental, pero una vez que dan el paso a la primera línea dramática no son coherentes.

Ahora bien, en esta parte final de la quinta temporada se aprecia un cierto aire a recta final. El hecho de que estas tramas secundarias hayan adquirido más protagonismo solo tiene sentido, y así parece plantearse en la serie, como epílogo a una historia que ya no da más de sí. Esto es algo que se confirma en el hecho de que la sexta etapa es al última, es cierto, pero la realidad es que sus personajes, y por extensión los actores, son conscientes de que la historia es, en realidad, la vida de Rayna Jaymes, y sin ella no puede subsistir mucho más tiempo. Pero a diferencia de otras ficciones, en lugar de apostar por un abrupto final se ha optado por cerrar todas las historias, siempre con la sombra de la protagonista como telón de fondo, y poder así poner el broche perfecto a la serie.

Desde luego, esta quinta etapa de Nashville es, con diferencia, la más dramática de todas. Sin un gancho final como en anteriores ocasiones, la serie ha optado por un punto de inflexión dramática como nunca se había intentado hasta ahora en esta ficción. El resultado no podría ser más interesante, al menos a la hora de analizar el tratamiento. La ausencia de la protagonista facilita la progresión del resto de secundarios, cohibidos tras la figura inmensa del rol de Britton. Así que sí, la producción crece y evoluciona. Esto no quiere decir que sea extraordinaria o que no siga presentando importantes problemas en su concepción, pero sí implica que mejora, al menos dentro de su forma de tratar las tramas y las relaciones entre personajes. Y sobre todo afronta con naturalidad que ha llegado su final. Y eso es algo digno de alabar, sobre todo porque no todas las series son capaces de llegar hasta ese punto.

‘El gran showman’: El arte de emocionar y entretener con cada plano


Es muy difícil que una película, un libro, una canción emocionen y apasionen durante toda su duración. Por eso cuando se encuentra se disfruta como nunca. Y eso es precisamente lo que ocurre con el debut en la dirección de Michael Gracey, un musical sobre el nacimiento del circo, el entretenimiento y la figura de P.T. Barnum que se aleja de controversias y sombras para apostar por la luminosidad de unos espectaculares y espléndidos números musicales acompañados de unas canciones que deberían de recibir algún que otro premio.

A decir verdad, El gran showman se puede considerar un musical clásico, una obra con un espíritu que evoca las grandes obras del género y que apuesta en todo momento por hacer avanzar a los personajes a golpe de nota musical y coreografía. Y la apuesta es todo un éxito. Las posibilidades que ofrecen tanto la historia como el escenario en el que se desarrolla son exprimidas al máximo por Gracey, quien se aleja de montajes atropellados y opta por grandes planos que permitan apreciar el movimiento de los personajes en pantalla, llenando a su vez de color y diversión una historia que, por otro lado, tiene un arco argumental algo sencillo pero incuestionablemente bien elaborado. En la retina quedan números como el protagonizado por Hugh Jackman (Australia) y Zac Efron (Malditos vecinos 2) en un bar (atentos al camarero, pieza fundamental del show), el de la pareja de jóvenes enamorados o el de los ‘freaks’ en plena fiesta de la alta sociedad.

Desde luego, el film es uno de los mejores del año, o al menos de los últimos meses. Sus nominaciones a los Globos de Oro, y sus más que probables nominaciones a los Oscar, así lo atestiguan. Pero eso no implica que la película no pueda dar más de sí. En ese intento por hacer un film brillante, alegre y luminoso la trama se aleja de los momentos más polémicos en la vida de este personaje al que da vida Jackman de forma magistral. A lo largo de la historia se mencionan aspectos como la manipulación de Barnum, su obsesión por entrar en las clases altas para demostrar su valía o, incluso, la utilización de esos ‘freaks’, como se les conocía entonces, para medrar. Son aspectos planteados en la trama, y aunque algunos de ellos dan pie a un cierto dramatismo, tienden a superarse de un modo más bien aséptico, sin generar excesivos conflictos y que sirvan únicamente para un nuevo y espléndido número musical.

Y aún teniendo en cuenta esto, El gran showman es capaz de sobreponerse a sus debilidades y revelarse como un film espléndido, un entretenimiento en estado puro cargado de color, diversión, romance, ciertas dosis de drama y, sobre todo, música, mucha música. Los amantes del género tienen una cita imprescindible, pero cualquier espectador que busque pasar unos ajustados 105 minutos inolvidables no debería pasar por alto esta alternativa. Con un reparto en estado de gracia en líneas generales, Gracey compone todo un espectáculo al más puro estilo P.T. Barnum. Habrá quienes consideren que no es arte, que no está al nivel cultural que se debería exigir. Tampoco lo pretende, pero incluso sin pretenderlo la belleza y el sentimiento de felicidad que desprende en cada plano es abrumador.

Nota: 8/10

‘Coco’: un viaje sensorial al Mundo de los Difuntos


Una película Pixar se ha convertido, por derecho propio, en un fenómeno cinematográfico en sí mismo. La factura técnica impecable, la originalidad de sus historias y el tratamiento de las mismas han convertido estos films en obras, literalmente, para todos los públicos, con un notable mensaje en valores y una universalidad de sus argumentos fuera de toda duda. De ahí la expectación sobre su nueva obra, y de ahí también las expectativas sobre su posible calidad o fracaso.

Una expectación que, a grandes rasgos, queda más que satisfecha. Coco es, en todos los sentidos, una experiencia sensorial única. Visualmente fascinante y poderosamente colorida, el viaje de este niño por la Tierra de los Difuntos es todo un relato sobre la amistad, los ídolos, la familia y los recuerdos. Con algunos detalles tanto argumentales como narrativos magistrales, la película esconde una importante moraleja y un fundamental mensaje sobre la memoria de nuestros familiares y cómo ellos siguen vivos mientras se mantengan en nuestros pensamientos. En este sentido, la historia logra traspasar las fronteras de México para narrar algo universal tomando como referente la colorida tradición del país centroamericano.

Otra cosa distinta es el argumento en sí. A pesar de la originalidad de la propuesta y del calado dramático de sus mensajes finales, lo cierto es que la cinta peca en algunos momentos de déjà vu. Muchas de sus tramas recuerdan, hasta cierto punto, a otras historias de la propia compañía. Es lo que ocurre cuando tu trayectoria fílmica está construida sobre obras de arte que ya forman parte, en su mayoría, del imaginario popular. Con todo, y a pesar de estas ciertas “irregularidades”, la realidad es que este viaje de música, pasión y familia hace las delicias de grandes y pequeños.

Porque Coco puede y debe ser disfrutada por toda la familia. Sin excepción. Los más pequeños disfrutarán con la imaginación y el derroche de originalidad visual que desprende la película, pero también aprenderán, aunque sea de forma subconsciente, la importancia de la familia, de seguir nuestros deseos y nuestras pasiones, y de escoger bien a nuestros modelos a seguir. Lo cierto es que la cinta atrapa de tal forma al espectador que sus deficiencias quedan en un segundo plano. Ahora bien, eso no significa que no existan, y si Pixar no quiere caer en una decadencia argumental debería empezar a buscar temas sólidos que tratar en sus nuevas y, con toda probabilidad, originales tramas nuevas.

Nota: 7,5/10

‘La Llamada’: Lo hacemos y ya vemos


Vaya por delante que no he tenido el placer de ver en directo la obra de teatro ‘La Llamada’, por lo que mi visión de esta adaptación cinematográfica realizada por sus autores e interpretada por los mismos actores es, digamos, virgen. Y no sé si eso será bueno o malo, pero facilita una visión más audiovisual de esta comedia musical.

Y bajo este prisma lo primero que hay que decir es que la película crece de forma progresiva conforme la trama avanza. Con un comienzo que puede resultar un poco titubeante, en tanto en cuanto los pilares dramáticos de la historia se presentan con un primer número y se mantienen latentes en un segundo plano durante buena parte del primer acto, una vez la trama se centra por completo en la relación del personaje de Macarena García (Villaviciosa de al lado) con Dios, y cómo esto afecta al resto de roles, la historia explota al máximo su potencial para convertirse en una comedia fresca, dinámica y con una reflexión que a priori no tiene moraleja, pero que sí un mensaje de libertad muy concreto.

A esto se suman unos números musicales tan sencillos como divertidos, bien dosificados a lo largo de la trama y con las canciones de Whitney Houston como grandes atractivos. Eso por no hablar de ese último tema electro latino con una coreografía tan divertida como surrealista por el contexto en el que se produce. Amén de un reparto que desprende diversión en cada plano y que, para bien o para mal, tiende a ser un poco teatral. Todo ello, en definitiva, genera ese aura de diversión sin maldad, de historia adolescente sobre el amor libre, sobre la tolerancia y sobre la amistad. Y conseguir eso en estos tiempos es sumamente difícil.

De este modo, independientemente de la obra de teatro, La Llamada es una obra alegre, fresca y divertida, con un comienzo que puede trastocar la idea preconcebida de aquellos que no hayan visto la obra sobre los escenarios. Y sí, sus inicios pueden tener una cierta carencia de ritmo, pero se compensa con creces cuando el meollo de la historia toma el control de todos los personajes y sus respectivas tramas secundarias, construyendo un relato único en torno a unos pocos conceptos que obligan a reflexionar más allá de la música o de la religión (que en el fondo no es su motivo principal).

Nota: 6,5/10

‘Empire’ le canta al drama en su tercera temporada


El fenómeno de las series con la música como elemento definitorio es digno de estudio. Sobre todo porque ninguna de ellas parece ser capaz de mantener el equilibrio entre canciones y drama (o comedia, según sea el caso). O mejor dicho, entre el concepto que las define y la trama que las nutre. Todas ellas parecen abocadas, en mayor o menor medida, a terminar eligiendo por una u otra, perdiendo al final la esencia con la que nacieron. En el caso de Empire, esa inclinación por uno u otro factor se ha notado más que nunca en los 18 capítulos de la tercera temporada, y a pesar de los intentos por encontrar el equilibrio, la música parece ser la perdedora en esa pugna.

No quiero decir con esto que la ficción creada por Lee Daniels, director de El mayordomo (2013), y Danny Strong (guionista del mismo film) haya dejado de mostrar algunas de las mejores canciones de este género para la pequeña pantalla. Al contrario, la producción de nuevos temas para ser interpretados por los protagonistas ha aumentado. El problema es que mientras que en la segunda temporada se ha dedicado tiempo y esfuerzo a temas completos, en esta ocasión ese espacio ha quedado reducido a la mínima expresión, señalando simplemente la creación de discos, la grabación de los mismos, etc. Esto se ha traducido consecuentemente en una mayor presencia del drama familiar, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Entre los aspectos más positivos, sin lugar a dudas, la lucha por el control de esta mega productora musical y el componente familiar de esas intrigas, todo al más puro estilo telenovelesco que logra desprenderse de un cierto aire rancio gracias a los extraordinarios personajes que habitan este universo, destacando una vez más a Terrence Howard (serie Wayward Pines) y Taraji P. Henson (Figuras ocultas).

Dicha guerra por el poder deja algunos de los mejores momentos de la temporada, de eso no cabe duda, pero también aporta una nueva visión sumamente interesante con respecto a la trama, y es la amenaza externa a esta especie de familia mafiosa. Mientras que en episodios anteriores el arco dramático se ha centrado en los tejemanejes de hijos y padres para robar una compañía de miles de millones y un poder sin igual, en esta ocasión se introducen elementos ajenos que se convierten en una amenaza real para la extraña estabilidad que existe entre los protagonistas. De este modo, el apartado dramático de Empire gana peso específico en la trama, situando a los protagonistas ante nuevos retos que, por suerte o por desgracia y como ya he mencionado, también restan protagonismo a la música.

Cabe señalar que esta inclinación por el desarrollo dramático ha permitido también hacer avanzar algunos conflictos que parecían encallados, dando lugar a un final tan prometedor como peligroso, pues el recurso escogido para dotar a la serie de algo fresco y novedoso en la próxima temporada no solo es algo muy manido, sino que un mal tratamiento puede dar al traste con lo conseguido hasta ahora. Volviendo a la apuesta por la trama, también hay que destacar la solución algo tosca de varios conflictos heredados de la anterior temporada, el más importante el que tiene que ver con la muerte de un personaje relativamente importante hasta ese momento, lo que por otro lado ha dado lugar a la introducción de nuevos secundarios que pueden aportar mucho a la trama. Da la sensación de que la serie ha tratado de avanzar por un camino en el que no se ha tenido en cuenta, al menos no demasiado, la influencia de determinados conflictos y el modo en que estos se resuelven, como si de una huída hacia adelante se tratara.

No somos nada sin la música

Del mismo modo, la lucha de esta familia de músicos contra las amenazas exteriores se resuelve, al menos en uno de sus pilares narrativos, de una forma cuanto menos algo increíble. Si bien es cierto que el personaje de Lucious Lyon es capaz de cualquier cosa, el giro argumental final a su comportamiento durante buena parte de esta tercera temporada invita a pensar más en una necesidad dramática (sobre todo con lo que ocurre en el último episodio) que en una calculada estrategia empresarial y, en cierto modo, romántica, lo que en último término convierte a dicho giro argumental en algo un tanto irreal, complejo tanto por todo lo que se ha producido previamente como por el alto número de roles y acontecimientos que involucra. Eso sí, como detonante dramático funciona a la perfección, dejando una conclusión de temporada impactante y con un alto número de ramificaciones secundarias con un importante potencial de desarrollo.

Pero como decía al comienzo, una de las principales víctimas de esta apuesta por el drama es la música. Música que no solo queda en un segundo plano, a modo de contexto social y familiar para esas luchas intestinas entre los protagonistas, sino que se relega a algo casi anecdótico en muchos de los episodios de esta temporada de Empire. Si bien es cierto que no es un problema, pues al fin y al cabo la música sigue estando muy presente, sí resulta sintomático y es una posible brújula que señala el camino a seguir por esta ficción en un futuro cercano. Quizá la mejor prueba es que en la anterior temporada se lograron algunas de las más espectaculares colaboraciones entre músicos y actores, y entre los propios actores, de toda la serie, y posiblemente del panorama actual del género en la pequeña pantalla. Ahora, sin embargo, las interpretaciones completas se limitan a un puñado en momentos puntuales que, en algunos casos, son además telón de fondo para un conflicto mucho mayor, algo que por cierto debería haber sido una constante.

Sé que puede dar la sensación de que se ha producido un cambio radical en la serie, pero nada más lejos de la realidad. Viendo con perspectiva esta temporada la sensación que queda es, más bien, la de la gestación de un cambio dramático, la de una evolución hacia un formato que podrá gustar más o menos al público, y que será mejor o peor en función del grado de abandono de los valores con los que nació este drama. En realidad, a lo largo de estos 18 episodios el cambio se aprecia poco a poco, en algunos capítulos más que en otros, pero tiene su máximo exponente en ese epílogo final en el que, de nuevo, está únicamente la familia, el núcleo duro de esta ficción, lo que también manda un mensaje muy claro al espectador si tenemos en cuenta lo acontecido anteriormente.

En cualquier caso, Empire parece que no va a volver a ser la misma serie que comenzó hace ya tres temporadas. El cambio, sutil en algunos momentos y más brusco en otros, ya ha comenzado, y en la mano de sus creadores está el que sea algo orgánico o algo brusco. Por lo pronto, esta producción musical parece haber decidido cantarle al drama al más puro estilo Empire, esto es, con el rap y el hip-hop como telón de fondo y la violencia como seña de identidad. La pregunta es si la música va a seguir perdiendo protagonismo, una decisión que personalmente creo que sería equivocada a tenor del resultado que ha tenido en otras producciones similares. La respuesta, a partir de finales de septiembre en Estados Unidos.

‘Mozart in the jungle’ equilibra protagonismos en su 3ª temporada


La serie Mozart in the jungle está siendo una de las producciones más transgresoras y más divertidas de la actual oferta televisiva. Y lo está logrando con una apuesta de lo más sencilla y, a la vez, difícil de lograr en una industria que tiende a ir sobre seguro. El secreto radica en la libertad para desarrollar una historia con personajes a cada cual más extravagante, con tramas cuya evolución no es del todo lineal, y con un trasfondo, el de la música, que lo impregna absolutamente todo. Lejos de lo que pueda parecer a primera vista, esta ficción creada por Roman Coppola (guionista de Moonrise Kingdom), Jason Schwartzman (Big Eyes), Paul Weitz (guionista de Un niño grande) y Alex Timbers es capaz de evolucionar, de aprender de sus errores y sus limitaciones para expandir su particular universo sonoro más allá del indiscutible protagonista al que da vida cada vez con más solvencia Gael García Bernal (Rosewater).

Y es precisamente en esta evolución en la que se centran los 10 episodios que componen la tercera temporada de esta serie basada en la novela de Blair Tindall, con una trama que pivota fundamentalmente sobre tres personajes que a lo largo de la trama han tenido su peso (relativo o no) en los acontecimientos. De este modo, mientras en la segunda temporada el argumento parecía más enfocado a los problemas internos y externos del “Maestro” interpretado por García Bernal, en este arco argumental se aprecia una transformación más clara del interés dramático de la ficción, lograda además tomando como punto de partida los acontecimientos finales de la etapa anterior. Esto, en otras palabras, se traduce en un cambio de protagonismo dentro de la serie, o al menos de peso específico dentro de la historia global.

Sin duda, esto se aprecia en los dos ambientes principales en los que se desarrolla el argumento de Mozart in the jungle en esta temporada. En primer lugar Italia, con Monica Bellucci (Spectre) como invitada principal en un papel que no solo concuerda a la perfección con el tono de la serie, sino que acentúa aún más la locura que rodea a estos personajes. En esta primera parte, más o menos la mitad de la etapa, es García Bernal el que centra la mayor parte de la atención, tanto por sus tribulaciones como por lo que representa el concierto que da en Venecia. Pero esta primera parte de la historia permite a sus creadores introducir de forma más consciente al personaje de Lola Kirke (Fallen), cuyo paso por la serie, a pesar de ser la protagonista, parecía haberse relegado casi a un secundario importante a la sombra de la fuerza del ‘Maestro’.

A través de esos primeros compases en Venecia los guionistas son capaces de desviar la atención de la hipnótica presencia de García Bernal para dotar de una mayor fuerza e independencia a la joven oboísta que interpreta Kirke, que toma las riendas de la historia para convertirse, en cierto modo, en la nueva ‘Maestra’ de la serie. Es evidente que su papel está llamado a ser fundamental en la trama, tanto por ser para el espectador el vehículo de presentación de este universo musical como por protagonizar línea argumental romántica de esta ficción. Con todo, parecía haber caído un poco en un olvido activo, siendo un personaje al que recurrir para presentar a otro que finalmente se ha llevado los laureles durante las pasadas temporadas. Todo eso cambia, o apunta al cambio, en la segunda mitad de estos 10 capítulos. Y por si a alguien le queda alguna duda, la joven empieza a mantener conversaciones con grandes compositores de la música clásica, rasgo asociado siempre al papel de García Bernal.

Secundarios imprescindibles

Evidentemente, este significativo cambio en la trama principal de Mozart in the jungle no implica, a priori, un cambio de status en la dinámica de los personajes. Es, más bien, un cambio en el enfoque del protagonismo dentro de la trama, devolviendo al personaje femenino un valor que parecía diluirse conforme el rol masculino adquiría fuerza. La duda que se plantea ahora es si realmente este equilibrio podrá mantenerse en el futuro, y el modo en que eso se llevará a cabo. Sea como fuere, esta evolución dramática no ha impedido que una de las señas de identidad de la serie se mantenga intacta: el plantel de imprescindibles secundarios, a cada cual más irónicamente surrealista. De hecho, uno de los mejores momentos de la serie lo protagonizan dos de estos roles, encerrados en una iglesia para negociar un conflicto laboral y terminando completamente borrachas. Sencillamente irrepetible.

Antes mencionaba un tercer pilar sobre el que se basa esta trama, y ese es precisamente el secundario al que da vida Malcolm McDowell (El marido de mi hermana), anterior ‘Maestro’ de la Orquesta que, por fortuna para todos, se ha reciclado en una suerte de consejero con entidad propia que no solo sirve de apoyo para la trama principal cuando es necesario, sino que protagoniza una propia trama secundaria capaz de aportar algo de profundidad al tratamiento de la serie, además de algunos de los momentos más cómicos de la temporada. Se puede decir, en este sentido, que es la definición perfecta de un secundario, sustento de los dos protagonistas, con historia propia y satélite de muchas de las tramas que centran los músicos, entre los que vuelven a destacar algunos personajes pero que cada vez se ve más como un ente único.

Que los secundarios son algo fundamental en la serie es algo que ha quedado patente desde la primera temporada. La fuerza que ha ganado esta ficción con el paso de los años, sin embargo, no se aprecia únicamente en estos personajes y en los actores escogidos para interpretarlos. Cabe destacar la colaboración de importantes personalidades de la música clásica, tanto intérpretes como compositores y directores, que se han dejado ver en los diferentes episodios de esta tercera etapa. Al igual que ha ocurrido con otras ficciones musicales, el respaldo de estos nombres a una producción como esta no hace sino elevar su categoría, amén de confirmar esta extraña comedia como una de las más frescas, dinámicas y diferentes de la parrilla televisiva.

Y desde luego, parece que fuerza no le falta a Mozart in the jungle para continuar narrando las desventuras de este grupo de músicos liderados por Gael García Bernal y Lola Kirke. Confirmada su cuarta temporada, solo cabe esperar que la libertad creativa en el plano narrativo (hay que reconocer que visualmente es algo más tradicional de lo que podría esperarse) se mantenga intacta, permitiendo a sus creadores explorar las vías ya abiertas en el final de esta tercera temporada. De ser así, de permitir a la serie crecer, equivocarse, rectificar y situar a sus protagonistas ante nuevos retos, seguiremos estando ante una de las comedias más recomendables de un tiempo a esta parte. ¡Qué la orquesta siga tocando!

‘Baby Driver’: fotogramas musicales


Hay cine que tiene como contexto la música. Hay cine musical, que no es exactamente lo mismo. Y luego está lo nuevo de Edgar Wright (Arma fatal), cuya definición, al menos una de ellas, podría ser el cine hecho música… o la música hecha cine. Porque si algo destaca en esta cinta de acción para melómanos es precisamente lo que el director logra hacer no solo con una planificación milimétrica, sino con un montaje tan poético, frenético y complejo que reduce las casi dos horas de metraje a un puñado de canciones que ya deben formar parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Lo peor de Baby Driver puede que sea, curiosamente, su trama. No porque no sea buena, sino porque aporta más bien poco al género. Lineal y hasta cierto punto previsible, esta historia de ladrones sin corazón y jóvenes corazones robados para una malvada causa recuerda muchas otras grandes películas en lo que a su desarrollo dramático se refiere. Hasta aquí, una película más. Es a partir de entonces cuando la obra adquiere dimensiones casi épicas. Wright demuestra su manejo del montaje, del ritmo y de la cultura musical con una apuesta visual tan rica en referentes como divertida en las interpretaciones de sus solventes y notables actores.

La cinta es música. Y la banda sonora es cine. Su director logra algo sumamente complicado: fusionar hasta hacer uno notas musicales y fotogramas, elaborando una íntima relación que no puede ser destruida. Ya sea con canciones escuchadas en un iPod, ya sea con el ritmo creado por el sonido ambiente, todo en esta historia de amor, velocidad y atracos es una partitura. Incluso algunos momentos protagonizados por Kevin Spacey (Elvis & Nixon) son, literalmente, poéticos, aportando al conjunto un toque tan irónico como lírico. Y junto a todo esto, el tratamiento visual, con secuencias de acción que son pura adrenalina y un uso cromático que adquiere un elevado significado hacia el final del metraje.

En definitiva, Baby Driver es una obra diferente, fresca, no apta para aquellos a los que no les guste la música. Una historia de robos a ritmo de volante, de auriculares y de sueños frustrados que atrapa al espectador en su asiento para llevarle en un viaje por la música de toda una vida. Poco importa en este caso que la historia pueda carecer de demasiada originalidad en lo que a desarrollo y personajes se refiere. Poco importan algunas licencias necesarias para hacer que la acción tenga sentido. Lo que Edgar Wright propone, además de un contundente golpe en la mesa de Hollywood (si es que no lo había dado ya), es un viaje divertido, tanto visual como sonoro, que solo puede disfrutarse. Abróchense el cinturón y, sobre todo, estén atentos a la luz roja.

Nota: 7/10

Diversidad en unos Oscar políticamente correctos


 La 89ª edición de los premios Oscar va a pasar a la historia por el fallo a la hora de entregar la estatuilla a la Mejor Película. Un error imperdonable para una organización que se caracteriza por el milimetrado e infalible diseño capaz de combinar humor, dinamismo y crítica política o social, según sea el caso. Pero eso no debería ocultar el verdadero análisis de una gala que, más allá de vestidos, de referencias veladas a Donald Trump o de guiños a actores, directores y películas, ha dejado varios premios dignos de mención, con un reparto de estatuillas que siempre es positivo pero que, en esta ocasión, tiene una interpretación más allá del puro cine.

En efecto, MoonlightLa ciudad de las estrellas (La La Land) han sido las grandes protagonistas. No seré yo quien cuestione la enorme calidad del film sobre un joven negro homosexual hijo de una madre drogadicta, pero lo que habría que valorar es si como película, como producto completo en el que se deben combinar música, imagen, planificación, actuación y un largo etcétera de elementos, la cinta de Barry Jenkins (Medicine for melancholy) es superior a la de Damien Chazelle (Whiplash). Para gustos los colores, claro está, pero personalmente creo que la complejidad narrativa, visual y formal de la segunda es, al menos este año, insuperable. Prueba de ello son los premios al Mejor Director, Mejor Fotografía o Mejor Actriz que ha conseguido, si bien este último podría estar algo sobrevalorado.

Hay otra lectura mucho más social y alejada del cine en su expresión más pura. Durante los últimos meses, incluso antes de que se conocieran las nominaciones, se hablaba de la poca diversidad social, cultural y racial de la anterior entrega de premios. Reconozco si esa presión habrá tenido algo que ver, pero desde luego ha sido mucha coincidencia que este año los actores secundarios hayan ido a parar a manos de actores afroamericanos y que tanto el Guión Adaptado como la Película sean para un film como Moonlight. Unos premios, en definitiva, políticamente correctos que reconocen la diversidad cuya ausencia tanto se notó en la 88ª edición.

No quiere esto decir, ni mucho menos, que no sean merecidos. Al contrario. El premio para Viola Davis por Fences no solo es merecido, sino que invita a cuestionarse el motivo por el que la actriz competía en la categoría de Secundaria cuando, en ciertos aspectos, lleva el peso narrativo del film en muchos de sus pasajes. Más extraño puede resultar el premio de Mahershala Ali (serie House of cards), más que nada porque su participación en la trama se limita a menos de un tercio del film. En cualquier caso, su labor es extraordinaria, por lo que no resta relevancia al logro de llevarse el primer premio de la noche.

Y entre ese variado reparto de premios, lo cual siempre es de agradecer, algunos previsibles. Que la música y la canción se las lleve un film musical parece obligado (algo funcionaría mal en caso contrario); que la cinta de animación sea para un film de Disney, pues más de lo mismo. Y que tanto el Mejor Actor como la Mejor Actriz se lo hayan llevado Casey Affleck por Manchester frente al mar y Emma Stone por La ciudad de las estrellas (La La Land), pues tampoco es algo demasiado inesperado, aunque en este caso puede que sí sea algo excesivo. En cualquier caso, si se compite en los Oscar es porque, en teoría, se está entre lo mejor del año, y con la experiencia de los Globos de Oro parecía que partían con ventaja.

En resumen, finalmente La ciudad de las estrellas (La La Land) no arrasó en los premios. Y a pesar de polémicas y errores varios, lo cierto es que los premios de esta edición de 2017 se han repartido entre las que, en esta ocasión sí, son las mejores películas de Hollywood del año. Por supuesto, faltan algunos títulos, pero ese es el problema de no poder reconocer a todos con un premio. Siempre quedarán las nominaciones, que considero son el verdadero reconocimiento al trabajo no solo de un actor, una actriz, un director o un guionista, sino al conjunto de films que hacen que los espectadores se enamoren del séptimo arte. En efecto, esta edición será recordada por el error en su premio más importante, pero también por la reacción tan elegante de un equipo técnico y artístico con el otro, confirmando, por si quedaba alguna duda, que ambas son extraordinarias películas.

A continuación os dejo la lista de Ganadores de la 89ª edición de los Oscar.

Mejor película: Moonlight.

Mejor director: Damien Chazelle, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor actor principal: Casey Affleck, por Manchester frente al mar.

Mejor actriz principal: Emma Stone, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor actriz de reparto: Viola Davis, por Fences.

Mejor actor de reparto: Mahershala Ali, por Moonlight.

Mejor película de animación: Zootrópolis.

Mejor película de habla no inglesa: El viajante, de Asghar Farhadi (Irán).

Mejor guión adaptado: Barry Jenkins & Tarell Alvin McCraney, por Moonlight.

Mejor guión original: Kenneth Lonergan, por Manchester frente al mar.

Mejor documental: O.J.: Made in America, de Ezra Edelman.

Mejores efectos visuales: Robert Legato, Adam Valdez, Andrew R. Jones and Dan Lemmon, por El libro de la selva.

Mejor fotografía: Linus Sandgren, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor montaje: John Gilbert, por Hasta el último hombre.

Mejor diseño de producción: David Wasco & Sandy Reynolds-Wasco, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor vestuario: Colleen Atwood, por Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

Mejor maquillaje: Alessandro Bertolazzi, Giorgio Gregorini y Christopher Nelson, por Escuadrón Suicida.

Mejor banda sonora: Justin Hurwitz, por La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mejor canción original: Justin Hurwitz, Benj Pasek & Justin Paul, por City of stars [La ciudad de las estrellas (La La Land)].

Mejor mezcla de sonido: Kevin O’Connell, Andy Wright, Robert Mackenzie y Peter Grace, por Hasta el último hombre.

Mejor montaje de sonido: Sylvain Bellemare, por La llegada.

Mejor cortometraje: Sing, de Kristóf Deák.

Mejor corto animado: Piper, de Alan Barillaro.

Mejor corto documental: The White Helmets, de Orlando von Einsiedel.

‘La ciudad de las estrellas (La La Land)’: ese alguien entre la multitud


No pasa muy a menudo, pero cada ciertos años surge una película que podría considerarse mágica, en la que todos sus elementos, artísticos y técnicos, parecen lograr una armonía perfecta para que fondo y forma sean realmente uno. Y este 2016 ha sido uno de esos años, algo que podría terminar de confirmarse, al menos en lo que a premios se refiere, con un rotundo éxito en los próximos Oscar. Lo cierto es que la nueva película de ese joven genio llamado Damien Chazelle (Whiplash) va camino de conseguirlo, y méritos, lo que se dice méritos, le sobran.

Si hubiese que calificar La ciudad de las estrellas (La La Land) con una única palabra esa podría ser magistral. O espléndida. O bella. Muchos de esos términos, estoy convencido, se han usado en infinidad de críticas, pero la pregunta que cabe hacerse es ¿por qué? Sencillamente porque esta comedia musical aúna todo lo que un film debe tener. Su desarrollo dramático plantea conflictos, aunque sea de forma sutil, a cada paso del camino de los protagonistas. La forma en que se integra la parte musical, cuyos números mejoran a medida que avanza la trama (aunque ese primer plano secuencia será una de las escenas más recordadas), es perfecta. Y el uso del color y la fotografía, en claro homenaje a la era dorada del género, acerca a las nuevas generaciones un tipo de cine que, por suerte o por desgracia, ya no se hace.

Desde luego, es lo más parecido a una película perfecta que se puede ver en la gran pantalla actualmente. Incluso con un comienzo titubeante (la historia del personaje de Emma Stone –Irrational man– es algo débil), el film se sobrepone gracias al número de claqué y a un Ryan Gosling (Sólo Dios perdona) inconmensurable, capaz de ponerse la narrativa sobre sus hombros y cubrir las deficiencias de su compañera de reparto, que crece al compás de la propia película. Aunque la guinda del pastel es su final, todo un recorrido alternativo por una historia que podría haber sido y no fue y que, además de arrancar alguna que otra lágrima, pone de manifiesto una máxima básica de cualquier narración: que el final debe ser coherente con la historia contada, aunque eso genere dolor.

La ciudad de las estrellas (La La Land) recupera el amor por el cine, o al menos por un tipo de cine que no se prodiga tanto en la gran pantalla como debería. Y lo hace con un sentido homenaje a las películas que encumbraron el musical hasta sus cotas más altas. Chazelle, que se confirma como un talento con un futuro prometedor (habrá que verle con otras historias y otros género), utiliza todos los recursos a su alcance para crear una obra atemporal, una historia de amor que debe convivir con la búsqueda de nuestros sueños. Una película única capaz de enamorar, emocionar, divertir y hacer reír, con una banda sonora imprescindible. Es, como se menciona en un momento del film, ese “alguien” entre la multitud de películas que hay en la cartelera.

Nota: 9,5/10

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