El cambio generacional llega a ‘The Big Bang Theory’ en su 10ª T.


No estoy particularmente en contra de una serie longeva. Cada producción debe tener las temporadas necesarias, sin alargar el chicle del éxito de forma innecesaria ni tampoco recortar en el desarrollo dramático de las historias para reducir su duración. Dicho esto, creo que The Big Bang Theory está empezando a sufrir el mal de las sitcoms que duran más de lo que deberían, o al menos cuyas tramas muestran signos de cansancio. Porque si su novena temporada ya inició el camino a la madurez de sus protagonistas, en esta décima etapa de 24 episodios se puede decir que estamos metidos de lleno en esa presunta vida adulta de estos jóvenes. Y esto tiene visos de alargarse.

Este cambio narrativo, al menos en lo que a su fondo se refiere, no debería ser algo negativo en la serie creada por Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (Los líos de Caroline). De hecho, y desde una cierta perspectiva, resulta interesante comprobar cómo los amigos protagonistas afrontan los problemas de una vida en pareja y de una madurez a la que no estaban acostumbrados hasta ahora, teniendo como momento culmen el final de esta temporada, que aquellos que hayan comenzado a ver la undécima ya sabrán cómo se resuelve. Esta apuesta por hacer avanzar la serie, sin lugar a dudas, es positivo por dos motivos evidentes. Por un lado, porque se aleja de la estructura clásica de este tipo de producciones en la que los protagonistas apenas evolucionan y los cambios se producen más por elementos externos. Y por otro, porque se abren nuevas posibilidades dramáticas y se amplía el abanico argumental.

Sin ir más lejos, en esta temporada se ha incidido más en la relación del grupo con varios personajes secundarios y episódicos, se han explorado tramas secundarias que se habían dejado un poco de lado por necesidades de guión, e incluso se han potenciado algunos aspectos de la personalidad de roles como el de Kunal Nayyar (Dr. Cabbie) que se habían quedado en un segundo plano. Todo ello es gracias a la nueva situación que viven los protagonistas. Los cambios de estatus en la trama principal afectan directamente a las líneas argumentales secundarias, que a su vez se renuevan para amoldarse y reaccionar ante las novedades en la principal. Se aprecia de este modo un tratamiento orgánico de la trama, algo que siempre es de agradecer porque fortalece el universo friki y cómico creado en The Big Bang Theory.

Pero esta evolución tiene dos caras, y es que los personajes están dejando, poco a poco, de ser aquellos que enamoraron a los espectadores al comienzo de la serie. Sí, resulta muy interesante ver a Leonard, a Sheldon, a Penny, a Howard y a Raj afrontar el matrimonio, la convivencia en pareja, el respeto por los gustos del otro, la paternidad, etc. Y precisamente la lucha entre sus diferentes formas de ser, sus pasados y sus futuros es lo que genera algunas de las situaciones más hilarantes y divertidas de la temporada. Pero como esta situación no puede sostenerse, poco a poco ese aspecto friki, que siempre seguirá existiendo, dejará paso, como de hecho ya hace en esta etapa, a una cierta responsabilidad. Y eso es lo que puede terminar por afectar al conjunto de la serie.

Sin problemas internos

Es más, en esta décima temporada de The Big Bang Theory ya se han ido perdiendo buena parte de los elementos que han definido a la serie durante estos años. Para empezar, han desaparecido casi por completo los problemas internos en el grupo. Tanto es así que lo único que parece generar algo de conflicto es el propio Sheldon Cooper (de nuevo con Jim Parsons –Figuras ocultas– en estado de gracia), cuya actitud con su novia es el catalizador de algunos de los momentos más dramáticos de estos episodios. Pero salvo esto, el resto de personajes parecen haber encontrado una estabilidad única, capaz de suprimir los problemas de pareja y de convertirles en un cúmulo de tolerancias hacia las excentricidades del otro. Y aunque es lógico, pues no van a estar peleando toda la vida, también resta dinamismo a buena parte del ritmo de la serie.

En este sentido, la ficción ha perdido fuerza de forma evidente. Se ha tratado de sustituir con agentes externos que incidan en la dinámica del grupo y haga aflorar cierta rivalidad entre ellos, cierto dinamismo que devuelva esa irritabilidad a Sheldon, esa inseguridad a Leonard. Y gracias a eso se ha logrado, pero de forma intermitente. No me malinterpreten. La serie sigue siendo una de las más divertidas de la televisión actual, con algunos gags hilarantes y con constantes referencias a la ciencia, los cómics y los videojuegos que harán las delicias de los espectadores más frikis. Pero mientras que antes existía una cierta satisfacción tras la carcajada en el sofá y la risa enlatada de las escenas, ahora esa carcajada parece esconder cierto anhelo por una dinámica dramática que se está perdiendo, y que dado que la serie está avanzando como está avanzando, parece que no va a ser posible recuperar.

Así las cosas, es necesario comprender que la serie empieza a ser algo diferente. En algunos casos incluso nuevo. Y tiene que ser entendido tanto por guionistas como por espectadores. Los primeros para poder sacar el máximo partido a las nuevas situaciones que viven los protagonistas partiendo de la base de que la dinámica detrás del éxito de las aventuras y desventuras de estos amigos se halla en las diferencias de carácter y en cómo afrontan la convivencia juntos. Y los segundos porque solo entendiendo estos cambios podrán disfrutar al máximo de esta producción como han hecho hasta ahora. La clave, de nuevo, está en el guión y en el tratamiento de los personajes, que a pesar de madurar y evolucionar deben seguir siendo capaces de mostrar sus diferencias como hasta ahora, y no perderse en la rutina de la madurez.

De ahí que esta décima temporada de The Big Bang Theory sea la mejor prueba de los riesgos que corre una serie cuando se ve obligada a evolucionar sin entender bien las bases de sus dinámicas dramáticas y cómicas. Es la mejor prueba porque, por suerte, la ficción ha perdido solo parte de su esencia, manteniendo intacta buena parte de su comicidad y de los aspectos que más la definen, entre ellos unos protagonistas que ya son parte de la historia de la televisión. El peligro está en el futuro y en el tiempo que se quiera estirar el éxito, pues de ello depende que el espectador mantenga en su cabeza la fantasía de unos personajes o los vea madurar y decaer en la pequeña pantalla. Por lo pronto, la evolución cada vez es más evidente, y aunque se está haciendo de forma orgánica a lo largo de varias temporadas, ya nunca volveremos a ver a ese grupo que comenzó hace tantos años. El cambio generacional de los personajes ha llegado.

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1ª T. de ‘Emerald City’, de la mediocridad a la promesa de algo mejor


El impacto de Juego de Tronos en la cultura popular es innegable. Cada vez es más habitual escuchar por la calle frases características de esta fantasía o referencias a algunos de sus personajes. Su influencia ha llegado incluso a la propia televisión en forma de otro proyecto que, en esta ocasión, intenta trasladar algunas de sus características a una historia ya conocida. Se trata de Emerald City, versión “oscura” de la historia de ‘El Mago de Oz’ que han adaptado Matthew Arnold (serie Siberia) y Josh Friedman (serie Terminator: Las crónicas de Sarah Connor) en una especie de lucha entre diferentes facciones donde la magia y la ciencia, lo real y lo fantástico, se mezclan. Su primera temporada, de 10 episodios, podría entenderse como un intento irregular por crear algo épico, quedándose a las puertas de algo mayor que podría no llegar a ver la luz nunca.

La historia arranca tomando como punto de partida el mismo que el de la novela de L. Frank Baum: una joven llega a Oz a través de un tornado y desea volver a casa, para lo que deberá visitar al Mago, que reina en esa tierra. Sin embargo, y aunque comparte algunos personajes, a partir de aquí la trama es totalmente diferente, en algunos casos con leves cambios que adaptan el contenido de la historia original, y en otros creando tramas y personajes nuevos que enriquecen este mundo de fantasía dotado de una poderosa fuerza visual gracias a la labor del director Tarsem Singh (La celda), sin duda uno de los autores más creativos del panorama actual y responsable de ponerse tras las cámaras de todos y cada uno de los capítulos.

Y es precisamente en esas diferencias donde Emerald City gana enteros a medida que avanza la historia, sobre todo en el tramo final de la temporada. A través de los cambios el espectador se adentra en un mundo en el que, en efecto, la fantasía está presente, pero de un modo más siniestro y mucho más adulto. Que le camino de baldosas amarillo sea una trampa casi mortal, que el ‘espantapájaros’ sea un soldado sin memoria, o que el ‘hombre de hojalata’ sea un joven mitad humano mitad metal son solo algunos de los matices que ofrece la ficción. De hecho, se podría decir que son casi los menos interesantes, pues atañen a personajes que ofrecen más bien poco. No, lo realmente relevante se halla en los, a priori, roles secundarios, que nutren con sus tramas una historia que comienza de forma algo tosca y poco a poco evoluciona hasta ofrecer una complejidad cuanto menos llamativa.

Si algo bueno tiene la serie es que en ella nada es lo que parece. De nuevo, los episodios que exploran el origen de algunos personajes clave para entender el verdadero significado de la trama se convierten en los mejores de la historia, no solo porque reinterpretan una historia ya conocida, sino porque dotan a los personajes de diferentes caras, generando a su vez nuevos puntos de vista tanto en el desarrollo dramático como en las relaciones entre personajes. Destaca por encima de todos Vincent D’Onofrio (Rings), cuyo Mago de Oz resulta más y más inquietante a medida que avanza la trama, y cuyo pasado ayuda a explicar muchas de las cosas que la serie es incapaz de narrar de forma correcta en sus primeros compases. De hecho, todas las escenas que hacen referencia al pasado de los personajes, un pasado marcado por la lucha de facciones y la guerra entre la ciencia y la magia, resulta mucho más interesante que los acontecimientos que en teoría narra la serie, lo cual ya debería ser indicativo de que algo no encaja como debería.

Tramas sin corazón

Y eso que no encaja son, precisamente, las tramas. Como si de un reflejo de algunos personajes de la historia se tratara, Emerald City discurre por un mundo de tramas sin demasiada sustancia, carentes del corazón y la valentía que se podría esperar de este tipo de producción, con un diseño notablemente elaborado y unos actores que, en mayor o menor medida, dotan a sus personajes de una presencia mayor que la definición que tienen sobre el papel. Desde que Dorothy, la protagonista interpretada por Adria Arjona (serie True Detective), llega a Oz hasta que realmente empiezan a moverse todas las piezas de este elaborado puzzle la serie tiende a perderse en idas y venidas sin demasiado sentido. Prueba de ello es que muchos de los personajes que más relevancia tienen en la trama al final de la temporada son introducidos de forma progresiva, y cada uno con su propia historia que poco o nada tiene que ver con la heroína.

Esto genera una sensación inicial de caos que desaparece a medida que las piezas encajan, finalizando todo en un clímax tan espectacular como relevante y dejando abiertas una serie de historias para una hipotética segunda temporada. Es por esto que la primera temporada va de menos a más, creciendo a medida que la complejidad de este mundo de Oz crece con los nuevos personajes, creando una especie de conflicto bélico con muchos frentes que representan, cada uno en su estilo, los diferentes mundos que conviven en este universo. La magia, la ciencia, la tecnología, el mal o la realeza terminan por descubrirse en lo que, de continuar la historia, se convertiría en una lucha por el poder que requerirá una modificación de los pilares dramáticos y narrativos de la serie, transformándose en una producción más coral donde el protagonismo no recaiga, al menos no en exclusiva, en un único personajes.

Me imagino que muchos, al leer esto, hayan tenido breves destellos de fragmentos de Juego de Tronos. Como decía al comienzo, la serie bebe en cierto modo de algunas ideas formales, estructurales y dramáticas de la famosa serie, sobre todo en lo referente a la lucha de facciones, el uso de magia y el recurso de la ciencia. Pero la diferencia, la gran diferencia, es que esta ficción diseñada por Arnold y Friedman introduce al espectador en la trama a través de un único personaje, acercándose al resto de roles y tramas secundarias tomando como referencia siempre a esta joven heroína. Y aunque puede ser comprensible hasta cierto punto, esto provoca que el desarrollo dramático tenga unos comienzos intermitentes, y obliga a que algunas líneas argumentales como el ‘love interest’ se resuelvan de forma algo precipitada. Dicho de otro modo, la evolución de la temporada deja claramente una serie a dos ritmos en la que las tramas, aunque al final encajan, parecen abordarse de forma independiente.

El resultado de esta primera temporada de Emerald City es flojo en muchos de sus aspectos. Los actores, aunque correctos, afrontan en algunos casos personajes cuyas motivaciones y evolución dramática se abordan precipitadamente y sin un profundo tratamiento. Las tramas, sobre todo las principales, quedan por tanto planteadas sin demasiados argumentos, eclipsándose posteriormente con algunas líneas argumentales secundarias mucho más atractivas y complejas. Y aunque la factura visual es impecable, el modo en que se afronta el desarrollo de la serie no parece tener, al menos al principio, un objetivo claro, limitándose a plantear el contexto casi durante todos sus episodios. En cierto modo, es una especie de primer acto de algo mejor que está por llegar. El problema es que eso no vale en una serie, y menos en una de estas características. Y un problema aún más grande: deja con ganas de saber cuál es el futuro, lo que termina por generar una frustración que, según parece, no llegará a superarse.

‘The Big Bang Theory’, más madurez ante su posible final en la 9ª T.


'The Big Bang Theory' parece anunciar su final en la novena temporada.Desconozco si Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (The Muppets) tienen intención de que The Big Bang Theory termine en su décima temporada, pero a tenor de lo visto en la novena etapa de esta sitcom con la ciencia y el frikismo de fondo todo indica que así es. Y lo cierto es que estos 24 episodios han confirmado algo que ya se intuía en periodos anteriores, pero lo ha hecho con una inteligencia y sencillez que debe aplaudirse, sobre todo en un contexto de series que duran eternamente y que parecen rebuscar en los recovecos de sus tramas para aferrarse a una continuidad innecesaria.

Para muchos espectadores la serie debería haber acabado hace tiempo. Y es posible. Hace no mucho tiempo tuve la oportunidad de volver a ver algunos capítulos de las primeras temporadas y, desde luego, el cambio es más que notable. Pero no tiene necesariamente que ser un cambio a peor. La trama ha sabido evolucionar con la madurez que han adquirido unos personajes tan ingenuos como infantiles, situándolos en contextos sociales más complejos. En este sentido, la novena temporada se podría considerar un clímax en dicha transformación, un cambio profundo en los protagonistas que les está llevando a afrontar las responsabilidades de ser adultos.

Desde luego, poco deja esta temporada de The Big Bang Theory para el futuro. Un bebé en camino, una nueva boda, la pérdida de la virginidad. Todo ello en una única etapa que, aunque tal vez no tenga el humor ácido y agudo de temporadas anteriores, no deja de hacer reír en muchas ocasiones, combinando con inteligencia ciertas dosis de drama y romance que complementan magníficamente el desarrollo habitual de la trama. Y en este contexto, los actores simplemente realizan una labor magistral. Todos ellos han sido capaces de madurar con sus personajes, asumiendo los cambios necesarios en sus personalidades pero manteniendo los detalles que les han convertido en una pieza casi clásica de la televisión moderna.

Por supuesto, en todo esto sigue destacando Sheldon Cooper, de nuevo un Jim Parsons (Sunset stories) espléndido. Su forma de aprovechar las pocas libertades que ofrece un personaje tan característico como este es ejemplar, sobre todo porque se produce de forma natural a lo largo de la trama. Cada vez más lejos del carácter científico (como el resto de la serie), su visión del mundo y la sociedad siguen dando horas de risas sin parar, y su apertura a las convenciones sociales no deja de ser hilarante, sobre todo por el contraste que produce con el resto de personajes. Aunque sin duda, lo que a muchos les puede haber dejado sin habla es el final de la temporada.

Queridísimos hermanos

Hay un momento en la novena temporada de The Big Bang Theory en el que, después de la surrealista situación protagonizada por Sheldon, el personaje de Johnny Galecki (In time) le confiesa que es un hermano para él. Esto ocurre en el episodio 17. Y el momento es importante. Dicho capítulo representa, más o menos, el final del segundo acto en la estructura dramática de la temporada, abriendo paso a la conclusión de esta etapa. Casualidad o no, dicha confesión tiene una extensión mucho más real en el último episodio. Sin desvelar demasiado, baste decir que la mirada que se intercambian Sheldon y Leonard es tan preocupante como hilarante, tanto por las consecuencias que conlleva como por el bagaje vivido durante toda la serie.

Y lo cierto es que, sea así o no, es una prueba más de que la serie está (o parece estar) a punto de terminar. La trama, aunque con un desarrollo coherente durante esta temporada, cada vez da más signos de fatiga. Sus personajes comienzan a tener síntomas de normalidad dentro incluso de su singularidad, y ninguna de las tramas secundarias con las que se trata de nutrir el conjunto parece funcionar lo suficiente como para sustituir la sensación de ocaso que planea sobre toda la producción. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que se esté alargando el chicle indefinidamente. Más bien al contrario: demuestra que la serie está realizando un descenso controlado, con un final programado y planificado en el que nada se deja al azar, y en el que todas las piezas encajan.

Así las cosas, estos 24 episodios dejan un sabor agridulce, aunque habría que analizar si realmente es por una pérdida de calidad de la trama o por la sensación de estar asistiendo al final de una producción que nos ha acompañado durante 10 años. En cierto modo, y salvando las distancias que se tengan que salvar, es lo mismo que ocurrió con Friends, y en definitiva es lo que ocurre con toda serie que llena los espacios de ocio durante tanto tiempo, sobre todo si lo hace con coherencia, sentido dramático y calidad. Por supuesto, y me remito a lo mencionado al comienzo, muchos pensarán que la serie debería haber terminado hace algunas temporadas, y en cierto modo es así. Pero la ficción ha sabido reinventarse, aprovechar las fortalezas y debilidades de sus personajes para conducirlos por un camino que ha permitido conocerlos mejor.

Personalmente creo que The Big Bang Theory sí está a punto de terminar. Desde luego, todo apunta a esto. Que la serie vaya más allá de la décima temporada podría ser posible (en televisión todo lo es), pero el giro argumental que sostenga eso debería ser tan impactante que obligue a los espectadores a demandar más historias de estos amigos. Y la verdad es que no parece que pueda ocurrir. La novena temporada ha puesto todas las piezas necesarias para que la trama concluya satisfactoriamente, con los amigos de lleno en la vida adulta (lo que no quiere decir que ellos sean necesariamente adultos) y, quien sabe, con hermanamientos que confirmarían una de las relaciones que han sustentado la serie desde el comienzo. Lo que es indudable es que, aunque haya podido perder humor, aunque haya introducido cada vez más drama, esta sitcom tiene ya un lugar en la historia de la televisión.

‘Tomorrowland: El mundo del mañana’: el futuro comienza despacio


Britt Robertson y George Clooney protagonizan 'Tomorrowland: El mundo del mañana'.Cinco largometrajes conforman la trayectoria cinematográfica de Brad Bird (Los increíbles), amén de varios episodios de televisión y algún que otro corto. Y la mayoría de ellos son de animación, algo que se nota en este nuevo intento de Disney de explotar una atracción/espacio de atracciones de sus famosos parques. Porque si algo tiene esta aventura futurista protagonizada por George Clooney (Solaris) y Britt Robertson (Madres e hijas) es un marcado tono animado que aprovecha las posibilidades de una cámara que se mueve desafiando todos los límites de la gravedad y de la narrativa convencional.

Bajo este prisma, Tomorrowland: El mundo del mañana es un film sumamente entretenido, fascinante en su concepción visual y de diseño artístico y con un interesante mensaje que debería hacer reflexionar a grandes y pequeños. Con un reparto cómodo en unos personajes con un cierto toque autoparódico (sobre todo la pequeña Raffey Cassidy, de lo mejor del film), la cinta aprovecha grandes iconos de la historia de la ciencia para encajar una historia que bebe de numerosas fuentes y que, además, sirve para homenajear a clásicos personajes de la ciencia ficción, amén de atracciones ya clásicas de los parques antes mencionados.

Pero todo lo que tiene de entretenido lo tiene también de irregular. Es cierto que su mensaje final es notable, que su clímax es un derroche de acción e imaginación y que la apuesta por el humor y la aventura convierte a esta cinta en un vehículo de disfrute para toda la familia, pero el problema es que todo eso no ocurre hasta bien avanzada la trama. De hecho, no ocurre hasta aproximadamente la mitad del guión, lo cual es indicativo del gran problema que presenta la obra. En efecto, su primera mitad resulta tediosa, irritantemente repetitiva y con una peligrosa tendencia a resultar aburrida. Esto provoca que la evolución posterior, a pesar de estar sólidamente estructurada, no alcance el objetivo deseado, dejando al film a medio gas.

La impresión general, por tanto, es que Tomorrowland: El mundo del mañana podría haber sido más de lo que finalmente es. Independientemente de que tenga una clara vocación familiar, su irregular comienzo impide al espectador identificarse con los personajes y con la historia, y le lleva a adoptar una postura más bien conservadora ante las maravillas que presencia. Solo cuando el film entra en una dinámica aventurera, con los viajes a ese mundo del mañana y las consecuencias que tiene la acción del ser humano sobre cualquier mundo, la historia gana muchos enteros. El problema es que debe destinar sus esfuerzos a reparar el daño previo, por lo que sus posibilidades se reducen.

Nota: 6,5/10

‘Big Hero 6’: programada para no herir a los humanos


Los protagonistas de 'Big Hero 6' se preparan para su primera aventura.No creo que nadie espere encontrar en una cinta de Disney una historia desgarradora con un final duro pero realista. La compañía es lo que es, y esos valores, gusten más o menos, son sus señas de identidad. Pero de un tiempo a esta parte sus mensajes han cambiado ligeramente. Con Frozen: El reino del hielo se cambiaron las tornas en lo que a héroes, villanos y damiselas en apuros se refiere. El resultado todavía lo estamos viendo. En esta primera colaboración con Marvel, casa que posee el cómic en el que se basa, ocurre algo parecido, aunque con la diferencia de que, en esta ocasión, los personajes y el desarrollo de la trama son algo más típicos, tópicos y previsibles.

Porque si algo se le puede achacar a Big Hero 6 es que tanto su historia como sus personajes secundarios carecen de grandes matices. El desarrollo dramático transcurre por cauces habituales, sin demasiados sobresaltos y con giros argumentales más o menos previsibles. Evidentemente, la historia está pensada para los más pequeños. Pero incluso en este marco hay espacio para algo ligeramente diferente que obliga a reflexionar sobre algunas ideas como la pérdida, la forma de afrontar el dolor, la ira o la venganza. En este sentido, el momento en que el joven protagonista modifica la programación de su robot para convertirlo en una máquina de matar es tan impactante como aterradora.

Y por supuesto, tenemos a Baymax, el achuchable robot médico que acompaña al joven protagonista y que se convierte en el alma de la historia por méritos propios desde el primer minuto. Su presencia en pantalla no solo da sentido al conjunto, sino que eleva el grado de entretenimiento, risas y diversión a cotas que no se alcanzan salvo en el tramo final, cuando tiene lugar la gran batalla, todo un alarde de dinamismo, colorido y frases manidas. Desde luego, sin esta especie de primo lejano del muñeco de Michelin la cinta no sería lo que es. Y desde luego, si la acción que tiene en su tramo final estaríamos ante una propuesta mucho más monótona y lenta, como demuestran sus primeros minutos hasta la llegada del mencionado robot.

Está claro que el éxito de Big Hero 6 está asegurado, así como el merchandising que acompañará a la cinta estas Navidades. Pero más allá de todo el envoltorio, la película presenta un mensaje y una moraleja muy interesantes, tal vez no apto para todos los niños pero indudablemente didáctico. Lástima que sus puntos débiles residan en sus secundarios y en un guión excesivamente simple. De haber dotado al conjunto de algo más de solidez narrativa y de unos secundarios con vida propia estaríamos hablando de un importante título de la animación moderna. De este modo, solo se puede decir que es una película muy entretenida que se pasa en un suspiro entre risas y acción. Que es más de lo que puede decirse de otras cintas, por cierto.

Nota: 6,5/10

‘Utopía’ usa su segunda temporada para una transición dramática


Los planes para acabar con la raza humana siguen en la segunda temporada de 'Utopía'.Hacer una serie de televisión podría compararse con rodar una saga cinematográfica que se estrena año tras año. Cada temporada, al igual que cada película, debe ofrecer al espectador nuevos retos para los personajes, algo que les haga evolucionar o, al menos, les permita mostrar aspectos desconocidos de su personalidad. Es por eso que la segunda temporada de Utopía es algo irregular. Sobre todo con el excepcional estreno que tuvo con sus primeros seis episodios. No hay que entender esto como una pérdida de calidad de esta producción creada por Dennis Kelly (serie Pulling), sino más bien como una transición hacia algo mucho más interesante. Ese carácter transitorio es lo que termina por no completar las expectativas puestas sobre los protagonistas, que en su inmensa mayoría mantienen el mismo perfil que en la anterior temporada.

Sobra decir que el tratamiento estético de la trama sigue siendo magnífico. Su saturación de colores, predominando el amarillo y el verde en la mayor parte de las secuencias, otorga al conjunto un aspecto tan irreal como hipnótico, algo que queda potenciado por una banda sonora impactante y transgresora a cargo de Cristobal Tapia de Veer (serie Jamaica Inn). La capacidad de sus responsables para narrar solo con la fotografía queda fuera de toda duda, permitiendo a la serie alcanzar un nivel diferente a lo que la mayor parte de las series nos tienen acostumbrados. Esto, unido a un reparto sencillamente perfecto, convierten a esta segunda temporada en una digna sucesora de la anterior entrega, al menos en lo que a desarrollo formal se refiere. Otra cosa muy distinta es lo que ocurre si hablamos de su trama.

Y es que esta es, en cierto modo, el talón de Aquiles de la segunda temporada de Utopía. Aunque siendo sinceros, ya le gustaría a muchas producciones tener un talón de Aquiles como este. El gran problema de la serie es que el grupo principal de personajes, encabezado por Fiona O’Shaughnessy (Desafío a la muerte), Alexandra Roach (One chance) y Nathan Stewart-Jarrett (Dom Hemingway), apenas tiene recorrido dramático. Si durante la primera temporada deben huir por tener en su poder la clave de toda la intriga, en esta continuación su huída se antoja menos justificada, encontrando algo de sentido a mitad de camino con la incorporación de algunos personajes. Del mismo modo, algunos de los secundarios que tuvieron presencia relevante quedan ahora relegados a un segundo plano. ¿El motivo? Desarrollar de forma más profunda las motivaciones de los villanos, algo que ocurre desde el primer episodio.

En efecto, el comienzo de esta nueva entrega puede resultar un tanto confuso. El hecho de que la acción se traslade a la infancia de la protagonista, Jessica Hyde, puede no entenderse en un primer momento, pero una vez el capítulo termina no solo se adquiere conciencia de lo sucedido, sino de lo que va a suceder. Se podría decir que es un sacrificio necesario del desarrollo del resto de la serie; un viaje al pasado que permite explicar los motivos y el desarrollo de ese virus capaz de terminar con buena parte de los seres humanos de todo el mundo. Y personalmente, me parece que es el mejor episodio de toda la temporada, pues supone un cambio de tendencia, un soplo de aire fresco con respecto a lo visto anteriormente que encaja en el sentido general de la ficción. Gracias a lo ocurrido en dicho episodio, el espectador alcanza a comprender, por ejemplo, la personalidad de Neil Maskell (Open windows), ese asesino patizambo e impasible ante el sufrimiento.

El señor Conejo del futuro

Antes afirmaba que casi todos los personajes principales apenas tienen recorrido. Y hay que poner el acento en el “casi”. Porque si bien es cierto que el grupo protagonista se dedica a huir durante la mayor parte de la temporada, no es menos cierto que roles como el interpretado por Adeel Akhtar (El dictador) adquieren una relevancia absoluta, convirtiéndose en el verdadero atractivo de Utopía junto a su apartado más visual. El cambio que se produce en el personaje a través de los argumentos y de la coacción psicológica alcanza una magnitud inimaginable y en cierto modo comprensible, creando un futuro prometedor para la serie, que perfectamente podría adentrarse en una nueva premisa. Su peso en la trama es mayor conforme se desvelan diversos secretos que, en mayor o menor medida, todavía seguían ocultos al final de la anterior temporada, lo que no hace sino más coherente la transformación de este torturado personaje.

El espectador asiste impotente de este modo a un giro hacia el lado oscuro realmente interesante. La incorporación de nuevos personajes, la aparición de otros que se consideraba muertos, y la mayor comprensión del plan genocida de esta organización secreta otorgan a la serie en su segunda temporada un tono mucho más sombrío, más inquietante, lo cual por cierto contrasta con el colorido de su puesta en escena. Desde luego, la serie se torna mucho más interesante cuando estos villanos toman el control, perdiendo el foco de atención cuando la trama se centra en los héroes. Esto genera, una vez vistos los seis episodios, la sensación de estar ante una temporada irregular, con mucho potencial pero desigual en su evolución. Aunque como digo, ya le gustaría a muchas cadenas que una serie tuviera esta irregularidad.

Porque lo cierto es que la ficción creada por Kelly sigue manteniendo un alto nivel en todos sus aspectos. Su narrativa, con algunos planos realmente reveladores, es ágil y compleja, plagada de referencias conceptuales y con un sentido estético muy próximo al cómic. Su corta duración permite, además, plantear cada temporada casi como si de un tomo se tratara, centrando la atención en un único aspecto, lo que a la larga impide que exista una necesidad de rellenar con tramas secundarias innecesarias o poco elaboradas. En el caso de esta segunda entrega esto se traduce en un amplio desarrollo de las motivaciones de los villanos, adquiriendo especial relevancia durante su último episodio, que por cierto deja la puerta abierta a una tercera temporada todavía sin confirmar.

La pregunta que cabe hacerse, por tanto, es si esta segunda temporada de Utopía es digna sucesora. La respuesta es sí. La serie de Dennis Kelly es uno de los productos más atractivos, transgresores y frescos del panorama actual, lo cual siempre debería ser motivo de interés. Ahora bien, la novedad que supuso la primera parte queda aquí algo mermada, en parte por conocer el estilo visual de la producción y en parte porque la sensación no es tan redonda como cabría esperar, debido fundamentalmente a unos personajes que tienen poco que decir. En cualquier caso, el nivel que mantiene esta especie de transición hacia un siguiente nivel dramático es excelente, lo cual convierte a esta especie de cómic en movimiento en una de las series británicas más fascinantes de los últimos tiempos.

‘The Big Bang Theory’ evoluciona definitivamente en su 7ª T


Los amigos de 'The Big Bang Theory' ven cómo sus vidas cambian en la séptima temporada.Hace algo más de un mes terminó en Estados Unidos la séptima temporada de The Big Bang Theory, y si algo ha quedado claro después de tantos episodios, de tantos momentos que ya forman parte de la historia de la televisión y de tantas risas a carcajada limpia es que una serie de este tipo solo puede aguantar si es capaz de reinventarse a sí misma. Puede parecer una obviedad, pero comprender esta idea y conseguir llevarla a cabo no siempre es sencillo. Los 24 episodios de esta temporada han confirmado la idea de que la anterior entrega fue una transición para lo que estaba por llegar. ¿Y qué era eso? Pues una revolución en toda regla del mundo que rodea a estos amigos científicos y frikis a más no poder.

Quizá el aspecto más relevante sea la facilidad con la que sus creadores, Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Prady (serie Los líos de Caroline) han sabido integrar por completo todas y cada una de las historias secundarias que rodean a los personajes en un único conjunto mucho mayor que se nutre de todos los detalles que pueblan el cada vez más complejo mundo de Sheldon Cooper y compañía. En efecto, estos nuevos capítulos conforman un todo mucho más armado que en ocasiones anteriores al involucrar de forma más directa personajes episódicos y tramas secundarias en la vida diaria de los principales protagonistas. Incluso algunos secundarios habituales adquieren algo más de protagonismo, pero a diferencia de la temporada anterior, en la que sus tramas se impusieron, en esta ocasión sirven únicamente para hacer avanzar la acción. Ahí está, por ejemplo, la presencia de Will Wheaton (Star Trek: La nueva generación) para llevar la relación entre Leonard y Penny un paso más allá.

Respecto a esto, esta séptima temporada de The Big Bang Theory retoma algunos de los conceptos que se aparcaron (nunca abandonaron) al finalizar la quinta temperada. Por si alguien todavía lo dudaba, la serie se confirma como un reflejo en clave cómica del proceso de madurez de cuatro amigos, que ven cómo sus vidas poco a poco necesitan evolucionar a medida que pasan los años. Si el primero en dar el paso fue el personaje de Simon Helberg (I am I), en esta nueva tanda de episodios le toca el turno a… a todos los demás, en realidad. Cada uno a su modo, los protagonistas asumen que sus vidas no pueden volver a ser como eran, lo cual no hace sino engrandecer una serie que adquirió la categoría de clásico hace ya unas cuantas temporadas. Esto puede sonar a drama o a que la serie ha abandonado algo de ese humor suyo tan característico, pero precisamente en la particular definición de cada personaje está la gracia.

Porque sí, todos y cada uno de los roles protagonistas madura, pero el hecho de que tengan personalidades tan bien definidas y tan reacias al cambio genera un sinfín de situaciones a cada cual más divertida. Que el personaje de Jim Parsons (El gran año), quien por cierto se supera en cada temporada, sea incapaz de aceptar que no todo gira a su alrededor es algo tan sencillo como brillante. Que el rol interpretado por Kunal Nayyar (The scribbler) celebre como un acontecimiento histórico el haber pasado la noche con una chica es inolvidable. Y que tanto éste como el papel de Helberg sigan manteniendo una relación de amistad que juega al despiste con la homosexualidad a pesar de tener parejas es de lo mejor que ha dado esta temporada (la comparación del tamaño de sus pechos es simplemente indescriptible). Todo ello, en definitiva, es lo que mejor puede definir una temporada que ha marcado un nuevo rumbo en la serie, y que desde luego abre las puertas hacia un futuro nuevo y prometedor.

La clave del cambio

Lo más habitual en series tan longevas como The Big Bang Theory es pensar que poco o nada cambia de un año para otro. El hecho de compartir con estos personajes tantas situaciones, tantos diálogos que rozan el absurdo y tantos chistes suele provocar un grado de empatía tal que nubla por completo la capacidad de ver por uno mismo cómo evolucionan los personajes. Viene a ser algo similar a ver crecer a un niño día a día. Sin embargo, y al igual que uno se da cuenta de que el niño se ha convertido en hombre cuando las pruebas son más que evidentes, la producción ha sabido demostrar que su evolución está ahí para quedarse y que, aunque no lo parezca, el camino recorrido hasta ahora ha llevado a los personajes a lugares impensables hace tan solo unas cuantas temporadas.

La clave de dicho cambio, la piedra angular sobre la que se apoya todo ese desarrollo dramático tan sutil como constante, no podía ser otra que el personaje de Jim Parsons, alma mater del conjunto y verdadero artífice de que la serie sea lo que es sin resultar infantil, pretenciosa o absurda. A lo largo de estos 24 episodios Sheldon Cooper posiblemente sea el personaje que más cambios sufre en todos los sentidos, desde su crisis de identidad personal (uno de sus descubrimientos resulta ser un error) hasta su evolución personal con un contacto físico que no desvelaré. Posiblemente todo se deba a que su personalidad es, con mucha diferencia, la más fuerte y mejor definida de todas las que pueblan la ficción. En cualquier caso, no hace falta echar la vista atrás para darse cuenta de que lo vivido en esta temporada ha sido, desde el principio, un proceso de cambio para este personaje. Y teniendo en cuenta que la serie no sería nada sin él, es lógico pensar que el cambio de situación generará a futuro un cambio en la producción.

Evidentemente, no tendría la relevancia que tiene si el resto de protagonistas no tuviesen un papel determinante en su comportamiento. Decía al inicio que los secundarios han sabido integrarse en la trama principal para enriquecerla, cosa que no se había logrado en la temporada anterior. En este sentido hay que destacar la cada vez mayor independencia dramática de los roles femeninos, que surgieron casi como necesidad dramática y que han terminado marcando las pautas de buena parte de los arcos dramáticos de los cuatro amigos protagonistas. Las cada vez más frecuentes secuencias “solo chicas” generan un contraste interesante con aquellas que podríamos definir como “solo chicos”. Esto, además de aportar nuevos puntos de vista, permite definir a los personajes de forma individual, y no como parte necesaria de otro, lo cual es positivo para el conjunto se mire por donde se mire.

Así, The Big Bang Theory se revela en esta séptima temporada como una serie capaz de reinventarse a sí misma, o por lo menos de presentar un objetivo a largo plazo más allá del entretenimiento y la repetición de chistes y situaciones. Algunos de los momentos más cómicos de la temporada contrastan con situaciones dramáticas muy bien desarrolladas, y la capacidad de evolución de sus personajes ha permitido a la producción mirar hacia adelante sin temor a caer en un bucle narrativo. Puede que no sean la entrega más divertida, pero desde luego es la más completa desde el punto de vista de la historia. Todo en ella encaja para poder llevar la serie a un nuevo ámbito. Lo mejor es que hay tiempo para explorarlo, pues ya se ha confirmado hasta la décima temporada… por ahora.

‘Almost Human’ inicia demasiadas tramas sin concluir en su 1ª T


Karl Urban y Michael Ealy protagonizan la primera temporada de 'Almost Human'.En un mundo que cambia a pasos agigantados la tecnología supera todas las expectativas del ser humano. Imposible de controlar por las autoridades, las bandas criminales las utilizan para ir un paso por delante de la policía, que se ha visto obligada a utilizar unidades robóticas para combatir el crimen. Este es, a grandes rasgos, el argumento de Almost Human, serie creada por J. H. Wyman (guionista de Fringe) y con el beneplácito de J. J. Abrams (Perdidos), uno de los grandes gurús de la televisión. Cambiando algunas ideas, este podría ser también el proceso que sufre el propio Abrams, quien a pesar de seguir demostrando un inusitado olfato para todo aquello que es nuevo y diferente, parece estar quedándose atrás en lo que a los estilos actuales se refiere.

Quiero decir con esto que la primera temporada de la producción es fascinante en su acabado técnico y en las múltiples y originales ideas que proyecta sobre sus tramas. Sin embargo, su propia narrativa está anclada en una forma de hacer televisión que, poco a poco, está desapareciendo entre aquellos productos considerados como “lo mejor” de la pequeña pantalla, categoría en la que no hace mucho estaba el propio director y productor. Si de algo peca esta temporada de 13 episodios es de no definir claramente su objetivo. Su piloto, que a pesar de tener elementos atractivos no logra cuajar como debería, es el mejor ejemplo de ello, pues plantea unas premisas prometedoras (un policía traicionado por la mujer que ama, un grupo terrorista muy avanzado tecnológicamente, un posible romance, un compañero a priori peligroso, …) pero nunca las desarrolla, ni durante ese primer episodio ni durante el resto de la temporada.

Esto provoca sentimientos encontrados. Por un lado da la sensación de que Almost Human deambula por su propio universo sin apuntar en ninguna dirección. Las investigaciones policiales aisladas en cada capítulo permiten conocer un poco mejor esa sociedad del futuro totalmente computerizada, pero no desarrolla ninguna de las líneas argumentales que mencionábamos antes, salvo tal vez la relación con su nuevo compañero robot, personaje este que se revela entre lo mejor de la producción. Precisamente esa facilidad para mostrar este universo es la otra cara de la moneda, pues visualmente es tan rica que por momentos logra hacer olvidar el hecho de estar ante una serie que no va a ningún lado. Detalles como el cordón policial, los robots desnudos a modo de muñecos gigantes, o la propia pierna artificial del policía humano protagonista son algunos de esos detalles.

Sin embargo, y una vez terminada la temporada, la serie defrauda. Por si fuera poco, a lo largo de estos 13 capítulos hay varios momentos en los que una de las tramas episódicas deja abierto su final a una supuesta continuación o resolución en otra de las tramas, lo que añade más hilos argumentales que deben ser cerrados, y que por supuesto no se cierran. Una forma de hacer televisión y de entender el desarrollo dramático que, como decía al inicio, cada vez se adapta menos a los gustos actuales de las grandes series, más próximas a los arcos dramáticos por temporada en los que cabe un desarrollo de personajes algo mayor que a las historias autoconclusivas, sobre todo si estas dejan finales abiertos que nunca llegan a resolverse.

Un mejor final para el futuro

Todo esto, aunque parezca lo contrario, no convierte a esta primera parte de Almost Human en una mala propuesta. Simplemente la define como una producción excesivamente sencilla para lo que podría llegar a ser, en una ficción que parece temer sus propias posibilidades y el abanico de territorios sin explorar a los que podría llegar. En este sentido, no se aleja demasiado, precisamente, de las dos producciones que mencionaba al inicio. La primera supo cómo reconducir su historia, mientras que la segunda, sencillamente, se perdió en su propio misterio. Volviendo a la serie que nos ocupa, e independientemente de sus problemas de narrativa, esta temporada se revela como un entretenimiento puro, sencillo y extremadamente original en su concepción.

Una concepción que bebe mucho, y a medida que se suceden los episodios lo hace de forma más evidente, de Blade Runner (1982). El diseño urbano de la ciudad, el planteamiento de los neones nocturnos e incluso la banda sonora remiten sin disimulo alguno al clásico de la ciencia ficción. Lejos de resultar burdo, el homenaje otorga a esta creación de Wyman un aspecto mucho más sólido, a medio camino entre la comicidad de algunas situaciones que viven sus personajes y el drama que rodea a los protagonistas, sobre todo al personaje de Karl Urban (Star Trek). Más allá de esto y de otros detalles ya mencionados, lo que más fascina de estos episodios es el uso de la tecnología tanto en los crímenes cometidos como en el desarrollo de la propia especie humana, combinando no solo cibernética con humanos, sino avances científicos, estos últimos responsables de algunas de las mejores tramas.

Aunque como es habitual en este tipo de producciones, el pilar más sólido es la relación entre sus dos protagonistas, en este caso un hombre y una máquina, esta interpretada con solvencia y humor por Michael Ealy (Underworld: El despertar). El contraste de sus personalidades, que lleva a una inevitable distinción en su forma de afrontar los crímenes, genera algunos de los mejores momentos de la temporada, ya tengan a uno u otro como protagonista. Es gracias a la labor de ambos actores, que logran dotar de vida a sus respectivos roles más allá de lo escrito sobre el papel, que en muchas ocasiones la historia logra superar sus propias expectativas. A ellos y a Mackenzie Crook (Piratas del Caribe. La maldición de la Perla Negra), cuya encarnación de un científico algo extravagante termina por erigirse como un rol imprescindible.

Al final, esta primera temporada de Almost Human se queda en un quiero y no puedo, en un intento de trasladar las clásicas historias de una pareja de policías condenada a entenderse a un futuro donde la tecnología sea la protagonista. Vista así, la serie es todo un éxito, pues tiene todos los elementos para entretener episodio tras episodio. Empero, la trama pelea en demasiados frentes abiertos. Peor aún, abre nuevos conflictos sin cerrar (o al menos encarrilar) los anteriores, lo que a la larga genera insatisfacción, incertidumbre y cierta incomprensión. En este sentido no es extraño que una hipotética segunda temporada, en la que deberían resolverse muchas de las dudas que ha generado, esté todavía sin confirmar, si bien la serie no ha sido oficialmente cancelada. Por el bien de la trama y del universo que ha creado en estos capítulos, esperemos que tenga la oportunidad de redimir sus errores.

T. 1 de ‘Masters of Sex’, la ciencia del sexo en una sociedad cohibida


Lizzy Caplan y Michael Sheen, en un momento de 'Masters of sex'.Una de las revelaciones del año en lo que a la pequeña pantalla se refiere ha sido, sin lugar a dudas, la historia de William Masters y Virginia Johnson. La pregunta habitual que suscitan estos nombres es: ¿y quiénes son? Con los años y la cada vez más extendida presencia del sexo en nuestra sociedad estos dos pioneros han dejado de ser conocidos por el gran público, pero ellos fueron en buena medida los responsables de arrojar mucha luz sobre un acto tan natural y al mismo tiempo tan misterioso socialmente hablando como es el coito. Fueron ellos los que iniciaron una investigación científica sobre el sexo, sus fases, las reacciones que provoca y cómo incide en la vida del hombre y de la mujer. Masters of Sex, cuya primera temporada terminó a mediados del diciembre pasado, recoge esos primeros años de investigación y los conflictos a los que tuvieron que hacer frente.

Ahora bien, estos 12 episodios no tratan sobre sexo. Al menos no exclusivamente. Como no podía ser de otro modo, la motivación principal que sustenta toda la trama es la parte científica y todos los problemas que supera poco a poco. Desde el primer capítulo, en el que se plantean las premisas básicas, hasta el último, en el que el resultado de un año de investigación sale a la luz con resultado poco alentador, la serie siempre busca el espacio necesario para abordar el avance de la investigación. En este sentido, por cierto, es conveniente señalar y reconocer la valentía de los responsables a la hora de mostrar y hablar sobre sexo. Pero esta motivación, este estudio, no deja de ser eso, una premisa sobre la que construir algo mucho más interesante: el aspecto social del sexo.

Uno de los aspectos más interesantes es comprobar cómo a medida que avanza el estudio de Masters y Johnson no solo se derriban mitos y leyendas en torno al acto, sino los muros que constriñen a una sociedad, la de los años 60 y 70 del pasado siglo, muy encorsetada por unos convencionalismos que convertían el sexo en tabú. Es un reflejo de la revolución que años más tarde provocarían los investigadores con sus publicaciones. La serie recoge de forma sutil y al mismo tiempo contundente cómo los personajes, atrapados en una sociedad que no entiende de deseos y pasiones, liberan sus sentimientos a medida que el sexo se hace más y más presente en sus vidas. Más adelante hablaré de lo que me parece uno de los puntos más previsibles del conjunto, pero antes he de detenerme en el personaje de Beau Bridges (Los descendientes) porque es, posiblemente, el que más acusa dicho cambio.

Al menos es el que más perjudicado resulta con el inicio del estudio. Chantajeado por una condición sexual que por aquel entonces se consideraba una enfermedad (algún resto de esta ideología todavía perdura en la actualidad), desde ese momento su evolución y la influencia que tiene el experimento, tanto en él como en su matrimonio, reflejan la doble vida que la sociedad tenía en aquellos años. Su personaje, maravillosamente interpretado, por cierto, se debate en todo momento entre lo que la sociedad le ha enseñado que es correcto (ama a su esposa) y sus verdaderos sentimientos y necesidades que debe buscar en otra parte. Su dualidad, unido a ese concepto del sexo a medio camino entre la pulcritud y la curiosidad de lo novedoso, posiblemente represente mejor que cualquier otra línea argumental lo que trata de ser Masters of Sex, es decir, una transgresión, un continuo contraste entre lo admitido y lo prohibido, entre el tabú y la ciencia.

Un médico como los de antes

Sin duda, y aunque posee algunas trazas de prototipo trágico y sufridor, es uno de los mejores personajes de la trama. No quiere esto decir que los protagonistas no tengan interés, pero sí es cierto que son dos roles excesivamente previsibles, excesivamente arquetípicos. Sobre todo el de Masters, un espléndido Michael Sheen (Midnight in Paris) que vuelve a demostrar un talento innato para los personajes históricos. Su evolución a través del estudio y de su ayudante Johnson, a la que da vida Lizzy Caplan (Monstruoso), se anuncia casi desde el primer minuto, restando algo de interés a la relación que se gesta entre ellos. De hecho, y al margen del resto de acontecimientos que se van sucediendo en la trama, no es extraño que el espectador haga apuestas sobre el episodio en el que se van a producir, y cómo se van a producir, los inevitables puntos de giro.

Curiosamente, los efectos que provoca esta relación a todos los niveles tienen más interés que ella en sí misma. Ver cómo afecta al estudio, al matrimonio y al resto de personajes secundarios resulta mucho más enriquecedor, sobre todo porque produce una serie de tramas secundarias que completan notablemente el conjunto. Un conjunto, por cierto, que recrea la época de forma espléndida, tanto en diseño de producción como en vestuario, vehículos e incluso movimientos físicos. Todo para generar la sensación de vivir en un espacio asfixiante del que la única vía de escape, al menos para los protagonistas, es el tiempo que pasan en esa pequeña sala realizan los estudios sobre sexualidad.

No quiero terminar el comentario sin hacer referencia al último episodio en el que se realiza la presentación de los resultados del experimento. Más allá de que se conozca o no la historia real en la que se basa, más allá de que el resultado de la exposición del material se intuya casi desde el capítulo anterior, es interesante comprobar cómo para determinadas cosas la sociedad no ha cambiado en 50 años. Y lo más grave es el contexto en el que ocurre todo, supuestamente más abierto y receptivo. Que una sala llena de médicos se tome a broma un experimento sobre la sexualidad humana hasta que se aborda plenamente ese tema desde el punto de vista femenino refleja claramente el machismo imperante. Pero que un grupo de profesionales se escandalice por las imágenes que se grabaron durante el experimento es poco menos que ético. Como digo, después de medio siglo deberíamos haber cambiado, pero no es infrecuente ver esas mismas reacciones en determinados ámbitos. Por no hablar de la forma de entender la homosexualidad.

Es una serie diferente. Masters of Sex podrá incomodar a algunos, encantar a otros y dejar indiferente a más de uno. Pero es una producción valiente, arriesgada, que busca en todo momento reflejar el carácter de una sociedad que no permitía a sus individuos expresar sus sentimientos y emociones como ellos deseaban. Es una serie sobre ciencia, medicina y sexo, en efecto. Pero es una trama sobre los convencionalismos, sobre la forma de evolucionar y de romper con lo establecido. En cierto modo, ella misma busca romper ciertos tabúes televisivos, y personalmente creo que lo consigue.

‘The Big Bang Theory’ supera su 6ª T con tramas secundarias


Los protagonistas de 'The Big Bang Theory' vivirán todo tipo de situaciones en la sexta temporada.El fenómeno que se ha creado con The Big Bang Theory es, en cierto modo, similar a lo ocurrido en los años 90 con la serie Friends. Ya lo comentamos en el análisis de la quinta temporada de esta comedia que tiene como eje la ciencia, el mundo fan y las dificultades emocionales de un grupo de cerebritos que saben más bien poco del género humano. En el caso de su sexta temporada, que finalizó en Estados Unidos hace más o menos un mes las similitudes son más palpables, incluso en la formulación del desarrollo dramático de la temporada. Y es que al igual que le ocurrió a la icónica serie de los amigos neoyorquinos, no todas las temporadas de esta comedia friki son igualmente espléndidas, pero sí guardan una factura técnica y artística muy alta.

Los 24 episodios que componen su por ahora última temporada conforman una etapa que parece de transición dentro de esa trama mucho mayor que podríamos definir como la integración en la sociedad de unos personajes poco dados a socializar. Siendo cierto que contiene algunos momentos realmente memorables (es impagable la forma de ordenar un armario de Sheldon Cooper), la sensación final que parece dejar esta entrega es la de una estabilidad que busca más mantener lo conseguido en la temporada anterior que nuevos horizontes por explorar. Prueba de ello tal vez sea el hecho de que ambas temporadas, quinta y sexta, finalizan de forma casi idéntica, con el viaje de uno de los personajes para una larga estancia alejado de su pareja.

Sin embargo, sería muy injusto no reconocer la originalidad de un conjunto que ha sentado unas bases sociales y culturales más allá del reducido grupo de lectores de cómics o fanáticos de la ciencia ficción. Lo más admirable de la serie, y de la temporada, creada por Chuck Lorre (serie Cybill) y Bill Prady (serie Sigue soñando) es el hecho de explotar al máximo las debilidades de todos y cada uno de los personajes más allá de aficiones o conocimientos que, en el fondo, solo son la carcasa en la que envolver el resto. Las manías y los miedos toman forma en esta temporada para definir de forma más clara si cabe unos extravagantes personajes, pero para evidenciar también que las relaciones cada vez más estables con sus parejas son el fiel reflejo de lo que ellos mismos son, produciéndose una especie de proceso de mimetización entre hombres y mujeres que termina por exponer tres parejas diferentes y tres formas de entender las relaciones.

Como no podía ser de otro modo, la labor de los actores en toda esta tarea vuelve a ser, en una palabra, primordial. Hablar de Johnny Galecki (Hancock) y de Jim Parsons (Algo en común) es hablar de una pareja cuya química es muy difícil de encontrar. Aún habiendo evolucionado cada uno de los personajes por caminos más o menos diferentes, la relación entre Leonard y Sheldon sigue siendo el eje primordial de la serie, adquiriendo una nueva definición en la sexta temporada en la que, cada vez más, el primero tiende a convertirse en figura paterna. Aunque como decimos estos nuevos episodios no han aportado gran cosa a las tramas principales de la serie, eso no implica que se hayan desperdiciado los minutos.

Protagonismo de los secundarios

De hecho, lo que ha permitido a sus creadores es desarrollar las características de algunos de los personajes secundarios para dotarles de algo más de entidad y permitir así un mayor protagonismo de sus propias historias. Sin ir más lejos, esta sexta temporada de The Big Bang Theory comienza con la historia del personaje de Simon Helberg (Sigo como Dios) en el espacio, y de las consecuencias en la Tierra que tiene su regreso. Su línea argumental, así como la de su pareja, centran buena parte de los episodios, entre ellos uno de los más emotivos de esta entrega. Aún así, no es su historia la más interesante.

Ese mérito habría que dárselo al personaje de Kunal Nayyar (S.C.I.E.N.C.E). Es difícil calificar a alguno de los cuatro amigos como el más surrealista del grupo, pero desde luego el rol de Raj Koothrappali tiene muchas posibilidades que han sido ampliamente explotadas a lo largo de los 24 episodios. De hecho, prácticamente todo el espectro de sus rarezas ha sido abordado pasando de un extremo a otro. Si la temporada comenzaba con su más que dudosa tendencia sexual representada en ese vendedor de cómics acomplejado (una lástima que se haya terminado perdiendo), ha terminado colocando a su lado a una chica con muchos más complejos que él, generando las inevitables situaciones hilarantes e increíbles.

El futuro de dicha relación ha quedado un poco en el aire en el último episodio, por lo que podría mantenerse u olvidarse con la llegada de los nuevos capítulos de la séptima temporada. Lo que parece seguro es que el propio personaje ha cambiado para siempre merced a uno de esos momentos tan inolvidables como algo forzados que parecen sacados de un ‘deus ex machina’. Sin revelar demasiado, solo diremos que finalmente ha vencido su miedo más atroz, aunque para ello haya tenido que pasar al otro extremo de la patología.

Es evidente que la sexta temporada de The Big Bang Theory no ha tenido los giros narrativos que tuvieron algunas de sus predecesoras. No todas las etapas de una serie pueden conseguirlo. El principal mérito estriba en la forma de mantener el nivel de comicidad y calidad que caracteriza al conjunto, y que no ha sido otra que centrar la atención en los personajes que por diversos motivos han tenido una evolución menor en toda la producción. Eso ha permitido explorar nuevos caminos narrativos, nuevas situaciones que han dado pié a pequeños cambios secundarios que afectan de lleno a las tramas principales. A partir de ahora solo queda comprobar el nivel de risas y frases ingeniosas que esto va a provocar.

Diccineario

Cine y palabras

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