‘El dictador’: diferencias democráticas


Una de las primeras cosas que se aprenden a la hora de escribir un guión es que el final debe ser lo primero que se tenga en la cabeza. Sacha Baron Cohen (Borat), uno de los cómicos más irreverentes y críticos del actual panorama hollywoodiense, parece aplicar dicha teoría en todo su esplendor en un clímax absolutamente delicioso donde la autocrítica hacia el cinismo de su país y, en general, hacia los occidentales da una giro a la interpretación que hasta ese momento se hace del film.

Dicha interpretación, por supuesto, no puede ser otra que la crítica más ácida y feroz a los regímenes absolutistas de Oriente Medio definidos por la cantidad de petróleo que se puede vender a otros países de dudosa democracia (como se menciona cínicamente en el film) como puede ser China. Por supuesto, todos los tópicos culturales quedan reflejados en el personaje protagonista, pero algo más permanece en la memoria: en el fondo, todo es un juego de poder por lograr el tan ansiado oro negro capaz de solucionar la vida a cualquiera durante varias reencarnaciones. De hecho, es eso lo que da lugar a toda una trama donde el protagonista deberá recuperar su barba y su lugar como líder supremo.

Con un guión muy inteligente plagado de gags visuales y conceptuales que entenderán sobre todo aquellos que estén un poco al tanto de la actualidad internacional, Baron Cohen no escatima en reflejar con dureza todos y cada uno de los vicios que afectan a los norteamericanos (más allá de los propios árabes), a los que termina por rematar en ese clímax final. Unas estrellas sin moral alguna que se venden por dinero o cuerpos de seguridad alquilados para asesinar a representantes internacionales son solo algunos de los personajes que se pasean por un mundo donde el dinero parece poder comprarlo todo.

Es precisamente esta la lección que debería aprender el protagonista con esa especie de viaje espiritual que realiza: el dinero no lo es todo en la vida. La idea final de instaurar la democracia en su país queda tan deformada, es tan aberrante, que solo deja lugar a la idea de que los países árabes nunca cambiarán mientras las clases dirigentes sigan siendo las que organicen a la sociedad. Mientras tanto, Sacha Baron Cohen realiza un análisis de lo más completo y con el humor como punta de lanza. Ante esto, solo queda disfrutar.

Nota: 7,5/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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