‘Blade Runner 2049’: el milagro de los replicantes


El dicho ‘Segundas partes nunca fueron buenas’ suele basarse en la idea de que, para una continuación, lo que se requiere es potenciar todo aquello que llamó la atención en la primera parte. Y por regla general esto se traduce en más acción, más efectos y, en resumen, más ruido. Pero hay ocasiones en que un director es capaz de ver más allá, de comprender bien una historia y completarla con otra igualmente interesante sin hundirla en el lodo de los intereses comerciales. Y ese director, en esta ocasión, es Denis Villeneuve (Enemy).

Su visión de esta Blade Runner 2049 es sencillamente brillante. Sin grandes alardes visuales, el realizador aprovecha el mundo creado por Ridley Scott allá por 1982 para potenciar al máximo el tono sombrío, frío y carente de contacto humano del primer film. Visualmente fascinante, la cinta ahonda aún más en ese mundo donde humanos y replantes conviven sin que, en el fondo, existan grandes diferencias entre ellos, ni siquiera emocionales. Con todo, Villeneuve es capaz de aportar su particular visión en momentos clave, ofreciendo eso tan difícil que es el toque personal en una continuación con vida propia al tiempo que respeta la estética tan exclusiva del original.

Con todo, el envoltorio no es lo único destacable. La historia de esta continuación, por definirla de algún modo, es totalmente independiente, con una estructura narrativa similar al original pero capaz de subsistir sin necesidad de conocer la primera historia. Su trama, aunque toma referentes del clásico de la ciencia ficción, explora sus propios dramas y su propia intriga para ofrecer al espectador un relato ágil, cargado de reflexión moral y social, con giros argumentales brillantes y unas pocas secuencias de acción perfectamente integradas en este viaje de autodescubrimiento del protagonista, que muchos compararán con el papel que tuvo Harrison Ford (Morning Glory) pero que, personalmente, creo que también tiene mucho, sobre todo en su tramo final, del rol de Rutger Hauer (El rito). Y eso sin hablar de un reparto más que notable en su conjunto.

Dicho esto, habrá quien se pregunta si es necesaria una continuación de Blade Runner. La respuesta, evidentemente, es no. Pero esa no es la cuestión. Blade Runner 2049 es una obra tan atemporal como el original, tan independiente, fuerte, con carga filosófica, sociológica y moral como su predecesora. No es una secuela, es una ampliación del universo creado hace ya tantos años. Y bajo este prisma es una obra notable, inmensa en algunos momentos. Villeneuve no solo se confirma como uno de los mejores directores actuales, sino que demuestra que es posible abrir el abanico de este universo futurista. No voy a decir que estemos ante un clásico moderno o una obra maestra, básicamente porque no crea nada nuevo ni revolucionario, pero desde luego debería ser un referente actual de cómo hacer cine. Buen cine.

Nota: 8,5/10

Anuncios

‘Madre!’: la destrucción del amor


Vaya por delante que Madre! es una película escrita y dirigida por Darren Aronofsky (Réquiem por un sueño). Y eso, en esencia, es decirlo casi todo de un obra de este director. Su último trabajo, una suerte de redención de aquella extraña y fallida apuesta que fue Noé (2014), es una historia compleja, interpretable en muchos niveles y con una profundidad moral, dramática y reflexiva que obliga al espectador a repasar las escenas mentalmente una y otra vez.

Bajo el paraguas de una casa, dos personajes y una serie de secundarios que entran y salen sin tener en principio demasiado sentido dentro de la trama, Aronofsky crea de la nada, como si de un Dios se tratara, una interpretación de la existencia del ser humano a través de la religión. Lo que el cristianismo es para los creyentes, la poesía es para todos los personajes que rodean a unos extraordinarios Javier Bardem (El consejero) y Jennifer Lawrence (El lado bueno de las cosas). Y dicho esto, la interpretación de esta extraña y por momentos surrealista historia debería de ser relativamente sencilla de comprender. Ahora bien, lo que representa la pareja protagonista lo dejaré a elección del espectador.

En efecto, la casa construida por Aronofsky para albergar esta historia viene a ser un mundo en el que la locura, la violencia, el amor, el egoísmo, la vida y la muerte se dan cita. El problema de la película, si es que tiene alguno, es el propio Aronofsky. No es un director sencillo, más bien al contrario, y eso posiblemente llevará a muchos a considerar esta obra una amalgama de propuestas con poco sentido, propia de un director que se considera por encima de todo y de todos. Nada más lejos de la realidad. La visión del autor de Pi, fe en el caos (1998) es una muestra más de la genialidad de un director capaz de comparar religión y poesía, de narrar cómo el hombre destruye lo que le es dado y separa a Dios del amor. Y todo ello con un relato caótico, hermoso, intrigante y apocalíptico que deja algunos momentos sumamente perturbadores.

Desde luego, Madre! no es una película para todos los públicos. Los amantes de Darren Aronofsky volverán a encontrarse con ese director que logra con cada plano narrar más allá de lo que ven los ojos, más allá de lo que interpretan los actores. Un regreso por todo lo alto que, sin embargo, posiblemente no guste a aquellos que solo quieran ver un drama con toques de intriga. Hay muchos más niveles dentro de esa casa, del mismo modo que hay muchos más niveles interpretativos dentro de esta película. Entregarse por completo a la reflexión que plantea es un desafío que merece mucho la pena.

Nota: 8/10

‘Transformers: El último caballero’: robots de destrucción masiva


Mantener el interés en una saga cinematográfica (o de cualquier otro tipo), sea del género que sea, es todo un reto. Pero hacerlo con el mismo director una y otra vez tras las cámaras parece casi tarea imposible. Y la saga Transformers es un buen ejemplo, por desgracia para muchos que, como un servidor, ha crecido con estos robots capaces de adoptar formas de todo tipo de objetos, principalmente vehículos. Que Michael Bay siga ejecutando la parte visual de estos proyectos empieza a evidenciar un cansancio alarmante de ideas, utilizando siempre los mismos recursos narrativos para una batalla que, al final, termina siendo la misma film tras film. Y lo peor de todo es que los guiones cada vez tienen menos efectividad.

En esta ocasión, y con la excusa de la historia secreta de estos robots gigantes en la Tierra, la historia nos retrotrae a la época de Arturo y la Mesa Redonda. Más allá de lo idóneo o no de esta idea, el principal escollo que no logra superar Transformers: El último caballero es una narrativa con demasiados personajes secundarios luchando en diversos frentes, amén de la presencia de roles que no aportan absolutamente nada al conjunto, salvo metraje innecesario que alargan este espectáculo audiovisual y pirotécnico hasta las dos horas y media. Que las películas hayan crecido en complejidad visual y dramática es, hasta cierto punto, normal. Que lo hagan incorporando personajes autoparódicos sin relevancia ninguna no solo no es normal, sino que no aporta el toque de humor que podría presuponerse, e incluso resta credibilidad a un conjunto que, por lo demás, entretiene los suficiente como para no mirar demasiado el reloj.

Porque sí, al igual que sus predecesoras, la cinta entretiene. Tal vez no durante todo su metraje (una razón más para quitar minutos innecesarios), pero en líneas generales ofrece lo que promete: acción, aventura y mucha adrenalina. Ahora bien, nada más. La historia secreta de los Transformers se explica en los primeros instantes, y a pesar de algún que otro giro argumental a lo largo del desarrollo, la narrativa visual en los momentos en que los robots no se lían a tortazos es más bien deficiente, con diálogos que en algunos momentos rozan el absurdo en un intento de ser divertidos (que lo consigan o no depende, me imagino, de la predisposición de cada uno). Eso por no hablar del hecho de que en muchas ocasiones se solventa de un plumazo los momentos más relevantes de la trama. Y esta es la principal diferencia. Los primeros films, con sus defectos, narraban una historia con una cierta coherencia, con unos límites autoimpuestos para poder crecer.

Tras esta Transformers: El último caballero todo en la saga parece desmoronarse. El guionista abandona, el director parece dejar la silla, y se busca un cambio de sentido dramático y argumental. Desde luego, la saga necesita de un lavado de cara urgente, aunque la clave está en saber cómo debe ser dicho lavado. Por lo pronto, habrá que pensar qué hacer con un planeta, la Tierra, que ya no tiene Luna, cuya superficie se ha visto atacada por otro planeta y en la que, ahora sí, se han destruido definitivamente las pirámides de Egipto. Bueno, sea como sea, la puerta para las siguientes entregas queda abierta con el final de este film, así que todo es posible. Solo queda la esperanza de que estas películas vuelvan a demostrar, como dice su ‘slogan’, que hay más de los que los ojos ven.

Nota: 5/10

‘El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos’, un film para unirlos a todos


Martin Freeman encarna a Bilbo Bolsón por última vez en 'El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos'.Han sido necesarias seis películas, pero parece que finalmente Peter Jackson, autor cinematográfico de las aventuras en la Tierra Media, ha dado carpetazo a su particular visión de los clásicos de aventura fantástica escritos por J.R.R. Tolkien. Seis películas que hace menos de 15 días encontraron su último representante en El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, que viene a ser un broche no solo a una trilogía innecesaria, sino a todo un fenómeno que se inició allá por 2001 con El señor de los anillos: La comunidad del anillo. El resultado, con sus luces y sus sombras, es más correcto que el de sus dos predecesoras, fundamentalmente porque no necesita ocupar metraje con elementos secundarios.

Más adelante analizaré la película en sí, pero antes es conveniente enmarcarla en el contexto en el que debe ser entendida. Y es que no solo no es independiente de las dos anteriores entregas, sino que su valor se enriquece desde el momento en que se considera un nexo de unión entre esta trilogía y la de ‘El señor de los anillos’. En efecto, no solo algunos de sus personajes comparten ambas trilogías (algunos de ellos forzados por las circunstancias, como es el caso de Legolas), sino que el desenlace de las principales historias invita a revisar la trilogía protagonizada por Elijah Wood (Grand Piano) y Viggo Mortensen (La carretera). Independientemente de la fidelidad a la obra original, prácticamente ninguna si tenemos en cuenta que son más de seis horas de metraje para un libro de poco más de 200 páginas, resulta meritorio comprobar cómo las tramas se cierran en un círculo, creando un puente entre las películas que convierte ambas sagas en una única aventura de seis películas.

Pero hay más trasfondo en esta tercera y última entrega. Mucho más. El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos es, en cierto modo, un reflejo a menor escala de El señor de los anillos: El retorno del rey (2003), casi tanto como las dos primeras partes lo fueron unas de otras. En este sentido, ambas sagas discurren de forma paralela con una estructura similar, unas set pieces muy parecidas y un desenlace bélico con varios puntos de unión, sobre todo en lo que a épica y emotividad se refiere. Claro que esto, aunque como idea general es muy loable, no logra la consistencia necesaria si tenemos en cuenta que una (‘El hobbit’) necesita alargarse sin sentido con tramas y personajes secundarios que encajan a duras penas, y la otra (‘El señor de los anillos’) tuvo que ser acortada para poder acomodarla a las tres entregas.

Esto es lo que convierte a una en un clásico y a otra en un paquete de aventuras inocentes a la sombra de su hermana mayor. En cualquier caso, y como proyecto cinematográfico, no es posible reconocer el mérito de unir tantas historias bajo un único techo, con una línea argumental que comienza en El hobbit: Un viaje inesperado (2012) y termina en la ya mencionada ‘El retorno del rey’. Con el anillo como epicentro de todo, ambas trilogías se mueven por terrenos similares, por aventuras con protagonistas y escenarios que son ecos unos de otros, y con enemigos que, en definitiva y a pesar de sus diferentes diseños, son siempre los mismos. Se convierte casi en un reto, por tanto, abordar las seis películas para poder encontrar todos los nexos de unión entre ellas, y comprobar si la intención de Peter Jackson realmente queda patente en los fotogramas.

Una conclusión notable

Prueba de ese reflejo que es la trilogía de ‘El hobbit’ respecto a la de ‘El señor de los anillos’ es que esta tercera entrega es la mejor de todas, más o menos como le venía a ocurrir a ‘El retorno del rey’, aunque sobre esto siempre habrá todas las discusiones posibles. Lo que sí parece evidente es que El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos hace honor a su título. Más de dos horas de combates entre humanos, orcos, elfos, enanos y bestias que apenas dan respiro para un desarrollo dramático notable… claro que tampoco es necesario. Los personajes, presentados en las dos anteriores entregas, muestran ahora su faceta más dinámica, luchando sin descanso entre montañas, las calles de una ciudad o el lecho de un río helado. Todo para evidenciar una técnica digital casi impecable que deja ver su truco en algún que otro momento.

Esto no impide, o al menos no debería, que el espectador disfrute con cada momento, deseando casi que las pocas secuencias de diálogo y pausa se terminen para pasar de nuevo a la acción. Bajo este prisma, esta tercera película se convierte en un derroche de imaginación a la hora de realizar movimientos de combates y muertes épicas, si bien es cierto que carece casi por completo de sorpresa o giros argumentales importantes. Curiosamente, uno de los mejores momentos del film reside en la labor de Richard Armitage (En el ojo de la tormenta) como líder de los enanos, quien sufre una transformación interesante y bien plasmada que dota al conjunto y a su evolución de un trasfondo dramático algo más intenso de lo que se había visto con anterioridad.

Aunque como decía al comienzo, uno de los aspectos más interesantes de esta película es su forma de completar un proyecto que va mucho más allá de su propia dimensión, e incluso de su condición de final de una trilogía. Así, no solo cierra las historias secundarias desarrolladas a lo largo de las dos anteriores películas, sino que sitúa a cada personaje en la senda hacia las aventuras de ‘El señor de los anillos’, reservando un último plano que enlaza con aquella primera película de comienzos de siglo. Todo ello, unido a un desarrollo dramático similar en fondo y forma al de la última de las entregas originales, da como resultado una película más entretenida y en líneas generales mejor que sus predecesoras.

Pero esto no significa que El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos sea un gran film. Ni siquiera que esté a la altura de lo que logró la trilogía de ‘El señor de los anillos’. Al fin y al cabo, estas tres películas no dejan de ser un reflejo de aquellas. Esta última entrega posiblemente adquiera mayor relevancia porque adopta un tono más adulto y alejado de cabriolas y humor sin demasiado sentido, centrándose más en el lado oscuro que amenazaba en todo momento pero que nunca terminaba de representar una seria amenaza. Termina así un viaje, y lo hace de una forma más que correcta que sirve, además, de nexo de unión para un proyecto cinematográfico mucho mayor, más épico y, aunque solo sea por el esfuerzo invertido, memorable.

‘Big Hero 6’: programada para no herir a los humanos


Los protagonistas de 'Big Hero 6' se preparan para su primera aventura.No creo que nadie espere encontrar en una cinta de Disney una historia desgarradora con un final duro pero realista. La compañía es lo que es, y esos valores, gusten más o menos, son sus señas de identidad. Pero de un tiempo a esta parte sus mensajes han cambiado ligeramente. Con Frozen: El reino del hielo se cambiaron las tornas en lo que a héroes, villanos y damiselas en apuros se refiere. El resultado todavía lo estamos viendo. En esta primera colaboración con Marvel, casa que posee el cómic en el que se basa, ocurre algo parecido, aunque con la diferencia de que, en esta ocasión, los personajes y el desarrollo de la trama son algo más típicos, tópicos y previsibles.

Porque si algo se le puede achacar a Big Hero 6 es que tanto su historia como sus personajes secundarios carecen de grandes matices. El desarrollo dramático transcurre por cauces habituales, sin demasiados sobresaltos y con giros argumentales más o menos previsibles. Evidentemente, la historia está pensada para los más pequeños. Pero incluso en este marco hay espacio para algo ligeramente diferente que obliga a reflexionar sobre algunas ideas como la pérdida, la forma de afrontar el dolor, la ira o la venganza. En este sentido, el momento en que el joven protagonista modifica la programación de su robot para convertirlo en una máquina de matar es tan impactante como aterradora.

Y por supuesto, tenemos a Baymax, el achuchable robot médico que acompaña al joven protagonista y que se convierte en el alma de la historia por méritos propios desde el primer minuto. Su presencia en pantalla no solo da sentido al conjunto, sino que eleva el grado de entretenimiento, risas y diversión a cotas que no se alcanzan salvo en el tramo final, cuando tiene lugar la gran batalla, todo un alarde de dinamismo, colorido y frases manidas. Desde luego, sin esta especie de primo lejano del muñeco de Michelin la cinta no sería lo que es. Y desde luego, si la acción que tiene en su tramo final estaríamos ante una propuesta mucho más monótona y lenta, como demuestran sus primeros minutos hasta la llegada del mencionado robot.

Está claro que el éxito de Big Hero 6 está asegurado, así como el merchandising que acompañará a la cinta estas Navidades. Pero más allá de todo el envoltorio, la película presenta un mensaje y una moraleja muy interesantes, tal vez no apto para todos los niños pero indudablemente didáctico. Lástima que sus puntos débiles residan en sus secundarios y en un guión excesivamente simple. De haber dotado al conjunto de algo más de solidez narrativa y de unos secundarios con vida propia estaríamos hablando de un importante título de la animación moderna. De este modo, solo se puede decir que es una película muy entretenida que se pasa en un suspiro entre risas y acción. Que es más de lo que puede decirse de otras cintas, por cierto.

Nota: 6,5/10

‘Transformers’, el éxito de la colaboración entre humanos y robots


Optimus Prime es la gran estrella de 'Transformers', dirigida por Michael Bay.Hace unos días saltaba la noticia de que Transformers: La era de la extinción se ha convertido en la primera película del 2014 en superar los 1.000 millones de dólares de recaudación a nivel mundial. Y dado que el próximo 8 de agosto llega a los cines españoles, es un buen momento para repasar Transformers (2007), la película que dio origen a una de las sagas cinematográficas más rentables de los últimos tiempos, lo cual no significa que sea de las mejores. De hecho, esta nueva entrega, la cuarta en total, puede entenderse como un reinicio en muchos sentidos, lo cual da una idea del desgaste físico, artístico y creativo que han sufrido las aventuras de estos robots gigantes capaces de transformarse en todo tipo de aparatos eléctricos, principalmente vehículos.

A simple vista puede parecer que en líneas generales todas las películas, que por cierto cuentan con Michael Bay (La Roca) como director, son iguales, entregadas por completo a la acción y la destrucción desmedidas. Sin embargo, el original de hace siete años posee una serie de características que la convierten, con diferencia, en la mejor de todas. Y la primera de ellas es el guión escrito por Roberto Orci y Alex Kurtzman, guionistas de la serie Fringe y Star Trek (2009). Su libreto es un ejemplo perfecto de equilibrio entre trama, acción y humor, o lo que es lo mismo, los guionistas tratan de contar una historia entre las explosiones, la adrenalina y los cuerpos esculturales que suelen caracterizar las obras de Bay. Una historia que recoge el origen de la serie animada basada en estos juguetes de Hasbro y que aporta un trasfondo moral y humano a las máquinas protagonistas, acercando su naturaleza a algo comprensible para el espectador que desconozca estos juguetes de los años 80 del siglo XX.

Con una estructura dramática ajustada en su desarrollo, Orci y Kurtzman aprovechan dos tramas principales (militares y civiles) para sustentar la pesada carga de narrar una lucha intergaláctica entre dos grupos de robots gigantes. El hecho de introducir ambas líneas argumentales permite enriquecer el conjunto, en primer lugar, con los problemas corrientes del ser humano, representados por un Shia LaBeouf (Pacto de silencio) en estado de gracia; y en segundo lugar, con la relación entre humanos y robots, ésta basada tanto en la relación del protagonista con su coche como en la colaboración militar en la batalla final. Todo ello genera la sensación de estar ante una película en la que los humanos no son meros espectadores, sino que tienen una participación activa en el devenir de los acontecimientos, lo que al final no hace sino redundar en el resultado positivo del film.

Evidentemente, en este resultado también influye, y mucho, la labor de los actores, todos ellos magníficos en unos roles que nunca llegan a tomarse demasiado en serio a sí mismos y que, en consecuencia, aportan cierta comicidad al conjunto y restan gravedad o un exceso de seriedad a los acontecimientos que narra Transformers. Desde el propio LaBeouf hasta un histriónico John Turturro (Aprendiz de gigoló), todos los actores encuentran un cierto equilibrio en la dinámica de sus personajes, convirtiéndolos en iconos de personalidad que si bien no tienen demasiada gravedad dramática, sí son lo suficientemente completos como para encajar entre ellos y con los robots creados digitalmente. Puede que la única que desentone sea Megan Fox (Nueva York para principiantes), cuya labor no termina de resultar creíble en algunos momentos. Y esto no es únicamente un problema de la actriz.

Novedad digital

Aunque sin duda lo más relevante del film son sus efectos digitales. Unos meses antes de su estreno existía bastante expectación por comprobar si realmente podía resultar creíble que unos robots gigantes se transformaran en coches de tamaño corriente, tal y como se veía en la serie de televisión y en los juguetes con los que muchos de los espectadores, servidor entre ellos, habían crecido. El resultado salta a la vista. El realismo de dichas transformaciones, sobre todo el momento épico en el que Optimus Prime deja de ser un camión para convertirse en robot, es simplemente brillante. Aquí habría que hacer un pequeño paréntesis para hablar sobre la labor de Michael Bay en todo esto. El director de Dolor y dinero podrá ser muchas cosas. Es cierto que no destaca precisamente por historias de personajes, e incluso podría decirse que su cine es tan visual que elimina por completo el resto de componentes de una historia audiovisual. Pero incluso en esto hay que ser bueno, y Bay es el mejor.

Su forma de plantear la historia de Transformers en lo que a planificación se refiere es notablemente espectacular. Su uso de la cámara lenta en determinados momentos de la trama, principalmente en su batalla final, no solo permite una exhibición mayor de la calidad visual de los efectos, sino que aportan un mayor dramatismo y espectacularidad a los acontecimientos, que no por ello pierden un ápice de interés. Al fin y al cabo, y como decía al comienzo, esta primera entrega basa su éxito en que todos los elementos se supeditan a la historia. Una historia de acción, aventura y poca reflexión, es cierto, pero historia al fin y al cabo. Por poner un ejemplo, las dos continuaciones directas que tuvo esta película perdieron parte de esa esencia en favor de más efectos, más robots y combates más espectaculares.

No se trata, por tanto, de entrar a valorar si Bay es mejor o peor director que cualquier otro. Eso dependerá de quién sea el espejo en el que se mire. Pero lo que es innegable es su calidad como director de cine de acción, creando incluso una marca propia que patentó junto al productor Jerry Bruckheimer en varias de sus películas. Las persecuciones de coches, el uso de una notable banda sonora compuesta por Steve Jablonsky (serie Mujeres desesperadas) o ese maquillaje único que convierte a los actores en “personajes Bay” son algunas de sus señas de identidad. Y todos ellos, a pesar de repetirse película tras película, funcionan de tal modo que son capaces de convertir el guión más inverosímil en una épica aventura que incrusta al espectador en sus asientos.

Por desgracia, la evolución de la saga ha demostrado que tanto director como actores y equipo técnico no han tenido la energía necesaria para mantener el nivel, produciéndose una progresiva decadencia en las tramas y un aumento del número de efectos, sin que ello conlleve una mejora directamente proporcional. Puede que sea porque esta primera Transformers ofrecía novedad, pero eso no es motivo suficiente para que las demás películas pierdan calidad narrativa. De ahí la necesidad de “reiniciar” la saga con nuevos actores y personajes. En cualquier caso, la película de 2007 se revela como una épica aventura en la que todos los elementos son imprescindibles, y cuya trama es tan sencilla como directa. Su factura técnica es impecable, es cierto, pero incluso en este aspecto está al servicio de una historia cuyo trasfondo va más allá de un simple espectáculo.

‘El Planeta de los Simios’, denuncia social de los errores humanos


Charlton Heston debe sobrevivir en 'El Planeta de los Simios', dirigida por Franklin J. Schaffner.Si algo bueno tienen los remakes, secuelas y precuelas es que ponen el foco sobre obras precedentes normalmente más interesantes o que han adquirido con los años la categoría de clásicos y referentes cinematográficos. El estreno de El amanecer del Planeta de los Simios tiene, en este sentido, una doble función: refrescar lo narrado en El origen del Planeta de los Simios (2011), de la que es secuela, y rememorar el clásico de 1968 protagonizado por Charlton Heston (Ben-Hur) y dirigido por Franklin J. Schaffner (Patton). Adaptación de la novela de Pierre Boulle, El Planeta de los Simios se ha convertido con los años en una obra cumbre de la ciencia ficción, y es una declaración de intenciones desde el primer minuto. Más o menos como le ocurre a la más reciente de las entregas de la saga, la cual por cierto realiza varios guiños al original.

Un original que, para quien todavía no haya podido verlo, narra el viaje interestelar que realizan cuatro astronautas cuya misión se centra en demostrar las consecuencias físicas y temporales de viajar a la velocidad de la luz. El viaje, que según los indicadores ha durado varios siglos, termina de forma brusca cuando la nave se estrella contra un planeta desierto en el que parece no haber vida. Las tres supervivientes del accidente emprenden entonces una exploración del entorno, encontrándose durante el recorrido con un grupo de humanos cuya forma de vida se asemeja a los animales. Sin embargo, la sorpresa llega cuando dichos humanos, junto a los tres astronautas, son capturados por un grupo de simios a caballo. El único superviviente de los exploradores es confinado a una jaula a pesar de sus intentos por hacer comprender a los simios su verdadero origen. Su lucha le llevará a rebelarse contra sus captores y a buscar el motivo por el cual en dicho planeta los simios evolucionaron más que los humanos.

Cualquier resumen general de la historia permite apreciar una serie elementos característicos de la trama que se han mantenido, en mayor o menor medida, a lo largo de todas las películas: la denuncia del comportamiento humano con su entorno, tanto animal como vegetal. El discurso que pronuncia el personaje de Heston en la primera secuencia del film deja patente el tono que seguirá el resto del argumento. Los lamentos del personaje y las críticas hacia una sociedad marcada por el egoísmo y la soberbia son los que, posteriormente, se trasladan a la raza superior de simios, que trata a los humanos en los mismos términos que denuncia el protagonista. Esta idea de simios con comportamiento humano permite a Schaffner presentar algunas instantáneas de lo más interesantes y reveladoras, como son la foto que se hacen los simios después de la cacería o el terror que siembra un humano en libertad por las calles de la ciudad simia. No es difícil encontrar similitudes con lo que puede verse hoy en día.

Evidentemente, esta idea de simios como humanos es capital en una película que se titula El Planeta de los Simios. Empero, no se trata únicamente de mostrar a los animales como seres racionales y viceversa, sino de establecer un paralelismo entre dos sociedades a priori tan diferentes. En las nuevas entregas de la saga este proceso se desarrolla a través del personaje central de César; en el original es Charlton Heston el que lleva ese peso sobre sus hombros. Su personaje, cínico y con una visión más bien negativa del ser humano y del mundo que ha construido, evoluciona hacia un rol algo menos sombrío pero igualmente crítico, esta vez con los simios. Resulta muy interesante comprobar cómo la idea que subyace en este proceso es que la inteligencia y el conocimiento, o mejor dicho el miedo a éstos, es lo que define a las dos sociedades de las que reniega el protagonista, encontrando algo de paz en esos seres humanos que poseen la inocencia de los animales. En cierto modo, y esto es algo que recupera la última de las películas de la saga, la pérdida de esa inocencia es lo que termina por corromper a la sociedad.

El final inesperado

Este mensaje, esta actitud desencantada del protagonista, adquiere una mayor relevancia a medida que avanza el film y el espectador descubre nuevos matices de ese planeta gobernado por simios, llegando a su máxima expresión con esa revelación final que, para quien no sepa nada del film, supone un shock similar al que sufre el personaje. La compresión del verdadero significado de todo lo que se desarrolla en la historia es uno de los mejores y mayores giros argumentales de la historia del cine, y por extensión de la cultura. Y no solo porque determine el carácter completo del film (que por cierto ofrece nuevos matices una vez se conoce el desenlace), sino porque sitúa a los simios en un estatus social nuevo y mucho más identificable con la sociedad humana, dominado por el miedo a revelar unos orígenes que, como se deja entrever en algún momento de la trama, se han tergiversado y manipulado para dominar al resto de los simios.

Resulta sencillo identificar en buena parte de las confrontaciones morales que se dan entre los propios simios las discusiones que hasta no hace mucho se mantenían en nuestra sociedad. Concretamente las relacionadas con el determinismo y la evolución natural. Escuchar a los simios rechazar ideas como que el humano es el animal del que han evolucionado, o que su inteligencia puede ser similar a la de los simios, es tan irónico como reflexivo. Y las reacciones que esto provoca, producidas sin duda por el miedo a perder el control sobre una sociedad alienada, son francamente reveladoras si se hace un paralelismo con lo que estamentos como la Iglesia han defendido durante siglos. En este sentido, la imagen de los tres simios tapándose ojos, orejas y boca es todo un derroche de imaginación y ácida crítica.

Todos estos conceptos son, como decimos, comunes a las nuevas entregas, que aprovechan los huecos dejados por El Planeta de los Simios para narrar una historia distinta pero identificable. Incluso se pueden encontrar ciertos homenajes, como el nombre de “Ojos azules” o los simios a caballo. En cierto modo, incluso el diseño de los personajes puede tener su evolución lógica, salvando las distancias evidentes entre el maquillaje tradicional y el diseño digital de los simios. Técnicas aparte, la idea de que han pasado varios siglos y de que los simios han evolucionado permite al espectador adaptar su mente a la idea de unos simios erguidos, muy parecidos unos a otros y diferenciados, casi exclusivamente, en el color de su pelo. No hay, como sí ocurre en las nuevas entregas, una variedad de razas, al menos no de una forma visual. Sí existe, en cambio, un clara organización social en la que los diferentes tipos de simios tienen su función, como se explica en varios momentos de la trama. Esto permite, en definitiva, asemejar aún más la sociedad de los simios a la humana.

Posiblemente El Planeta de los Simios sea uno de los mejores argumentos para defender la idea de que la mejor crítica y el mejor análisis social suele venir de la mano de una obra de ciencia ficción. En este caso, la presencia de una sociedad simiesca pone de manifiesto los errores del comportamiento humano y sitúa al hombre en la posición de criatura dominada, despreciada y utilizada como conejillo de indias. Toda una declaración de intenciones que, como decía al comienzo, queda patente desde ese primer minuto en el que el personaje de Heston hace un resumen de todos los errores de la Humanidad. Todo ello queda eclipsado y al mismo tiempo engrandecido por ese final tan simple como devastador que pone patas arriba la concepción del propio film. Lo que más suele recordarse de este clásico es ese giro final, es cierto, pero un análisis más en profundidad de su trama permite apreciar que es dicha conclusión la que pone al film en el lugar que le corresponde. Un referente sociocultural imprescindible de los años 60 del siglo XX que dio origen a toda una saga cuyos orígenes se explican en pleno siglo XXI.

‘El amanecer del Planeta de los Simios’: el peligro de volverse humano


César deberá hacer frente a la rebelión en 'El amanecer del Planeta de los Simios'.Son contadas las ocasiones en las que una secuela supera a su predecesora, pero cuando eso ocurre uno tiene la sensación de estar ante algo diferente y único. Sobre todo si la primera entrega ya es de por sí notable. Le ocurrió, por ejemplo, a la trilogía de Batman realizada por Christopher Nolan (Origen), y le ocurre a este reinicio de uno de los mayores clásicos del género. El origen del planeta de los simios (2011) fue una de esas películas que han ganado presencia con los años, dejando un mejor sabor de boca cada vez que se revisa. Su continuación, en la que solo perduran los simios, confirma que estamos ante, al menos, una notable revisión de la historia. Y recalco “al menos” porque solo el tiempo dirá si en realidad estamos ante un clásico moderno.

Como digo, El amanecer del Planeta de los Simios supera a su predecesora en todo. Es, en resumen, todo lo que se espera de una secuela. Más acción, más épica y un guión más complejo que ahonda en los matices de los personajes y en su evolución dramática, dando protagonismo a las criaturas animadas digitalmente y dejando a los actores de carne y hueso como meras comparsas, casi espectadores en primera fila de la revolución y previsible guerra que determinará el futuro de la Humanidad. Y es esto lo más atractivo del film. La capacidad de director y guionistas para adentrarse en la estructura social simiesca es fascinante desde el primer minuto, con esa primera secuencia de la cacería que, en pocas palabras, deja sin aliento. El desarrollo posterior de la historia no hace sino confirmar una idea que ya se planteó en la primera película y que ahora alcanza su máxima expresión: la inteligencia es la mayor arma que existe. Es por ella que los simios dejan de ser animales para convertirse en humanos, y es por ella que se inicia una guerra que nadie quiere, pero que resulta inevitable.

La lectura que realiza Matt Reeves (Déjame entrar), quien por cierto sabe cuando aportar su estilo narrativo, acerca del conflicto que crece dentro de la familia de los simios es brillante. La familiaridad con la que lo aborda, asemejando a los animales con los humanos (o viceversa, según se mire), resulta tan inquietante como esclarecedora en relación con las motivaciones humanas, el odio, la violencia de la intolerancia y el miedo a lo desconocido. Es cierto que los humanos se antojan secundarios en la trama, pero la idea conceptual de que son ellos los que provocan la epidemia, y por extensión su propia aniquilación, planea sobre las algo más de dos horas de metraje que, a diferencia de otras historias, pueden resultar incluso cortas. Ver a los simios cometer los mismos errores que los humanos por los mismos motivos debería hacer reflexionar al espectador sobre lo que se ve en pantalla.

Todo esto no sería posible, claro está, sin un trabajo de efectos y diseño gráfico simplemente perfecto. Los detalles de los simios alcanzan un grado tal que en ningún momento se llega a dudar de las emociones, pensamientos e intenciones que rondan la mente de todos y cada uno de los animales. Y de esto tienen buena parte de culpa los actores, comenzando por Andy Serkis (King Kong), a quien se debería empezar a reconocer su labor como intérprete, mucho más compleja y completa bajo un traje lleno de sensores que la que consiguen muchos de los actores actuales. Algunos de los momentos, como las conversaciones entre César y su hijo, son estremecedoras. Esto permite, al mismo tiempo, que la interacción entre humanos y criaturas digitales sea mucho más coherente y creíble, permitiendo el flujo emocional que conforma la relación principal entre los humanos protagonistas y el verdadero corazón de la producción: César. El hecho de que la historia comience y acabe con un plano detalle de sus ojos es la mejor prueba de que esta trama no versa sobre la lucha entre hombres y simios, sino que narra la vida de un único individuo.

La conclusión más evidente es que El amanecer del Planeta de los Simios es una buena película. Una muy buena película, más bien. Su facilidad para aunar espectáculo (el ataque a San Francisco es de lo mejor del film) y contenido emocional demuestra que las grandes producciones pueden ser grandes películas si se hacen con coherencia y con un cierto sentido dramático. Pero más allá de todo esto, la película confirma que estamos ante un nuevo fenómeno cinematográfico de la ciencia ficción que no se limita a continuar con lo narrado en el anterior film, sino que gracias a su independencia de aquel es capaz de complementarlo para narrar una historia más grande que ambas películas. El hecho de que esta nueva aportación a la saga posea un ritmo imparable que obliga a mantener la vista fija en el devenir de los personajes no hace sino confirmar la sensación de que estamos ante algo diferente, algo nuevo. Ante el amanecer de un nuevo Planeta de los Simios.

Nota: 8,5/10

La necesidad de presentar ‘Defiance’ perjudica su primera temporada


Imagen promocional con el reparto de 'Defiance'.Tanto el cine como la televisión buscan nuevas vías de explotar sus productos, de atraer a un público más diverso y obtener así mayores réditos económicos. Uno de esos experimentos más recientes es Defiance, serie de ciencia ficción producida por el canal especializado SyFy que transcurre en una Tierra futura en la que diversas razas alienígenas conviven en un delicado equilibrio junto a los humanos después de una devastadora guerra por el control del planeta. Y es que junto a los primeros 13 episodios (12 si se consideran las dos partes del piloto como uno solo) salió al mercado un videojuego que completaba la experiencia. El resultado se ha quedado en tierra de nadie. No ha sido un fracaso, de hecho ya se ha aprobado la segunda temporada, pero tampoco ha sido un gran éxito. El problema, curiosamente, no reside en unas bases argumentales erróneas o deficientes, sino en la propia naturaleza de la historia.

Una historia que sigue a un humano y a su adoptada hija alienígena que se establecen en Defiance, antigua San Luis, como guardiantes del orden. Su llegada es la excusa perfecta para mostrar no solo la riqueza de culturas y razas que conviven en la ciudad, sino para reflejar las diferencias entre ellas, las intrigas y las luchas de poder que se generan, y los estragos de una guerra cuyos ecos, a pesar de haber pasado décadas, todavía están muy presentes en forma de antiguos soldados y restos de naves alienígenas desperdigados por tierra y espacio. Como puede apreciarse, es lo que se conoce como una ‘space opera’, un producto que combina intriga y drama a partes iguales con un reparto coral. Pero al igual que le ocurrió a otra producción similar, Caprica, esta serie creada por Rockne S. O’Bannon (serie Farscape) pierde fuerza por las propias necesidades dramáticas que tiene.

A diferencia de historias más realistas, cualquier producción que crea un mundo nuevo y complejo como el de Defiance requiere de una serie de episodios que muestren la situación de cada personaje, de cada raza, en el tablero de juego general que se establece. Y para ello son necesarias historias que definan el carácter de cada uno de ellos. El problema de eso es que suele terminar convirtiéndose en una mera reproducción de los problemas de la sociedad actual trasladados a un mundo fantástico en el que dichos problemas mundanos son más difíciles de creer. Así, ver los conflictos paterno filiales entre un humano y una alienígena, o una especie de Romeo y Julieta entre dos razas diferentes no hacen sino acrecentar la idea de que estamos ante un producto al uso cuyo único aliciente es ver si los efectos y el maquillaje son dignos.

Es decir, el peso dramático del desarrollo argumental se reduce considerablemente, por lo que la serie pierde intensidad e interés. A esto se suma el hecho de que los personajes no son excesivamente complejos. No es esto un problema excesivamente grande en este tipo de producciones, pero sí juega en su contra si no existe una sólida trama que sobrepase a los estereotipos que la protagonizan. Por poner algunos ejemplos, el protagonista interpretado por Grant Bowler (Asesinos de élite) se asemeja al típico shérif del Lejano Oeste que llega a la ciudad acompañado de su hija indígena adoptada (en este caso una alienígena interpretada por Stephanie Leonidas). Por su parte, los personajes interpretados por Tony Curran (Underworld: Evolution) y Jaime Murray (Spartacus: Dioses de la arena) no tienen nada que envidiar a esos personajes oscuros y sibilinos cuyo único propósito es lograr el máximo poder, eliminando de la ecuación a una alcaldesa tal vez excesivamente modosita interpretada por Julie Benz (serie Dexter).

Un futuro interesante

Pero como decíamos al inicio, es un mal necesario que Defiance debe sufrir. Y es mejor que lo sufra al inicio que no a lo largo de los 13 episodios. En efecto, el tramo final de la temporada, una vez hechas las presentaciones pertinentes, revela una trama mucho más interesante, más coherente con el marco general de la producción y en la que se incluyen misteriosas llaves capaces de abrir una especie de caja de Pandora con forma de nave o, lo más importante, las tensiones entre los diferentes gobiernos que existen ahora mismo en la Tierra, y que deja abierto un futuro interesante a tenor de la conclusión del último capítulo.

En este sentido es importante reseñar que el propio desarrollo del argumento ya ha realizado los oportunos cambios que parecía necesitar la serie. Uno de ellos es el papel de la joven protagonista interpretada por Leonidas, un personaje que ha crecido con la serie y que, a pesar del final visto en esta primera temporada, está llamado a ser uno de los más determinantes. De hecho, todo el drama protagonista del conjunto una vez terminada esa primera fase de introducción a este nuevo mundo gira en torno a ella, ya sea como una especie de enviada de su dios o como objeto romántico de uno de los secundarios. Por no hablar de las preocupaciones del protagonista como padre de la criatura.

Aunque si hubiese que destacar un personaje ese sería el interpretado por Jaime Murray. Su rol como esposa del villano de la función es sencillamente magistral. Más allá del maquillaje pálido y las ropas blancas que definen la raza a la que pertenece (Castithans), su desarrollo dramático es la prueba fehaciente de que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. La fascinación por su presencia es directamente proporcional a la incertidumbre por saber si en algún momento dice la verdad o habla con sinceridad sobre cualquier aspecto. En el fondo, y eso es algo que se aprecia en el desenlace de la temporada, es ella la que maneja los hilos de prácticamente todos los personajes. Desde luego, su hipotética pérdida para una segunda temporada sería difícil de reemplazar.

En cualquier caso, Defiance ha logrado el objetivo de expandir su mundo y sus intrigas una segunda temporada por encima incluso de las limitaciones que han presentado estos primeros capítulos. Sin duda las flaquezas de esta temporada, que pasan por esa justificada necesidad de presentar a todas las razas y sus características, quedarán eliminadas para dejar vía libre a un desarrollo dramático mucho más coherente con el formato de la ‘space opera’, y que no es otro que una trama general nutrida por las intrigas entre alienígenas y humanos, y entre los humanos mismos. Para los amantes de la ciencia ficción esta puede ser una nueva pequeña joya a seguir. Para los demás, es un producto interesante si se logra superar esos primeros episodios.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: