1ª T. de ‘El cuento de la criada’, una colorida distopía gris


Ha sido sin lugar a dudas una de las series de este año 2017. Y méritos no le faltan. The Handmaid’s Tale, o El cuento de la criada en español, la adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Margaret Atwood, es un interesante trabajo visual, interpretativo y conceptual, de obligado visionado tanto para estudiantes del lenguaje audiovisual como para aquellos que quieran entender, aunque sea mínimamente, cuáles pueden ser los sentimientos de la mujer en una sociedad dominada por los hombres. Y aunque es evidente que esta distopía no deja de reflejar una situación llevada al extremo, este tipo de historias siempre suelen reflejar aspectos de la sociedad actual, lo que añade un elementos realmente inquietante a la trama de esta primera temporada de 10 episodios creada por Bruce Miller (serie Los 100).

Una trama que comienza cuando una mujer es capturada para convertirse en criada de un matrimonio. Lo que comienza siendo un acto atroz pronto se desvela simplemente como el comienzo de algo más brutal. Y es que en un futuro la Humanidad se ha vuelto estéril, y solo un grupo de mujeres son fértiles. En este contexto, la sociedad norteamericana ha sido tomada, en su mayoría, por una autocracia religiosa que somete a las mujeres a diferentes tareas; la de las criadas contempla, entre otras cosas, la de tener hijos para los líderes de la comunidad, que una vez al mes las violan bajo la excusa de realizar un rito contenido en las escrituras. La serie se centra en la historia de una de estas criadas.

Si el argumento de The Handmaid’s Tale ya es de por sí sumamente interesante, lo más llamativo, y al mismo tiempo más sutil, es el tratamiento visual de esta sociedad. Basado en un código de colores, el lenguaje visual utilizado explota al máximo las posibilidades expresivas de dicho código. Planos cenitales que muestran cómo el rojo de las criadas se mueve en bloque; movimientos de cámara que combinan rojo, verde, gris y negro de un modo casi armónico; y así sucesivamente. Sin embargo, lo más llamativo es que toda esta gama cromática se muestra ante el espectador de un modo apagado, sin el brillo que cabría esperar y siempre con una tonalidad gris en el ambiente, cuando no directamente oscura. Este contraste de colores vivos con la frialdad y la tristeza que transmiten los tonos grises viene a reflejar, en última instancia, el contraste interno de una sociedad presuntamente ordenada en la que las mujeres son sometidas, en la que la apariencia de felicidad y tranquilidad esconde una verdad mucho más atroz. En definitiva, el contraste que esconde una distopía.

La combinación de la apuesta visual con el contenido dramático de esta primera temporada conforma un todo extraordinario. Y es que más allá de la fuerza narrativa, el trasfondo de la serie es sin duda uno de los elementos más perturbadores de la pequeña pantalla. No me refiero tanto al diseño de la sociedad en sí; ni siquiera a la influencia religiosa o a determinados momentos de la trama, como aquellos en los que se planean los atentados terroristas que dieron lugar a esa nueva sociedad. No, lo perturbador es cómo todo ello no deja de ser una excusa para someter a las mujeres, para violarlas y utilizarlas como complace a los hombres, algunas para tener hijos, otras para ser sus cocineras, sus siervas o sus esclavas. Escenarios como el burdel al que solo tienen acceso los hombres y, sobre todo, el modo en que se va descomponiendo la careta de perfección de muchos personajes son sin duda los mayores hallazgos del relato.

Actrices y actores ante todo

Claro que todo ello no sería lo mismo sin un reparto en estado de gracia. Sobre todo de unos secundarios que sostienen, en buena medida, todo el contexto político, social y religioso que convierte a The Handmaid’s Tale en lo que es. Curiosamente, tanto Elisabeth Moss (serie Mad Men) como Joseph Fiennes (Hércules) resultan los menos atractivos del conjunto, al menos analizados de forma separada. Ella se convierte en el vehículo narrativo para exponer el mundo en el que vive, mientras que él representa, con todos sus matices, los contrastes de esa sociedad distópica, que se muestra de un modo pero que, de puertas adentro, es de otro totalmente diferente. Sin embargo, los momentos que ambos comparten juntos se convierten en los más reveladores del relato, evidenciando que ambos roles se necesitan el uno al otro no solo para crecer dramáticamente, sino para establecer la dinámica que necesita la serie.

Asimismo, es importante señalar el uso de la narrativa paralela que se establece con la voz en off del personaje de Moss. A través de esta especie de proyección de sus pensamientos sobre los acontecimientos que vive el espectador se adentra no solo en su personalidad, sino en el corazón de una sociedad corrupta, lo que ayuda a comprender mejor la dinámica de clases y la hipocresía de los líderes.

Mencionaba antes a los secundarios. En verdad, todos ellos son capaces de componer, por un lado, un mosaico clasista bajo un código de colores que enriquece la ya de por sí interesante historia del personaje de Moss. Pero es que, además, cada uno de forma individual define maravillosamente el estamento al que pertenece y los contrastes que en él se producen a medida que avanza la trama. Desde Yvonne Strahovski (serie Dexter) hasta Max Minghella (Ágora), todos los personajes son un reflejo de los debates morales y éticos que provoca la doble vara de medir de una sociedad creada solo para el dominio del hombre sobre la mujer. En este sentido, resulta especialmente destacable la labor de Madeline Brewer (serie Orange is the new black), cuyo rol como criada llevado a sus últimas consecuencias se puede considerar el detonante de un futuro apasionante para esta serie. La evolución de este rol es cuanto menos aplaudible, y desde luego es un modelo en el que fijarse para crear y hacer evolucionar un personaje.

No cabe duda de que The Handmaid’s Tale es una de las series del año, y si se mantiene el tono dramático y visual de esta primera temporada, terminará siendo una de las producciones más complejas e interesantes de los últimos años. Todo indica que así va a ser, pues el final de estos primeros 10 capítulos deja abiertas las líneas argumentales necesarias para desarrollar lo que cabe esperar de una historia como esta, es decir, profundizar más en las miserias y corruptelas de un sistema social y político aparentemente perfecto, y desarrollar la rebelión de estas criadas que una vez al mes son violadas para intentar dejarlas embarazadas. Una serie con muchas capas, a cada cual más compleja, que crean una historia capaz de atrapar al espectador en un mundo tan increíble como plausible.

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‘Blade Runner 2049’: el milagro de los replicantes


El dicho ‘Segundas partes nunca fueron buenas’ suele basarse en la idea de que, para una continuación, lo que se requiere es potenciar todo aquello que llamó la atención en la primera parte. Y por regla general esto se traduce en más acción, más efectos y, en resumen, más ruido. Pero hay ocasiones en que un director es capaz de ver más allá, de comprender bien una historia y completarla con otra igualmente interesante sin hundirla en el lodo de los intereses comerciales. Y ese director, en esta ocasión, es Denis Villeneuve (Enemy).

Su visión de esta Blade Runner 2049 es sencillamente brillante. Sin grandes alardes visuales, el realizador aprovecha el mundo creado por Ridley Scott allá por 1982 para potenciar al máximo el tono sombrío, frío y carente de contacto humano del primer film. Visualmente fascinante, la cinta ahonda aún más en ese mundo donde humanos y replantes conviven sin que, en el fondo, existan grandes diferencias entre ellos, ni siquiera emocionales. Con todo, Villeneuve es capaz de aportar su particular visión en momentos clave, ofreciendo eso tan difícil que es el toque personal en una continuación con vida propia al tiempo que respeta la estética tan exclusiva del original.

Con todo, el envoltorio no es lo único destacable. La historia de esta continuación, por definirla de algún modo, es totalmente independiente, con una estructura narrativa similar al original pero capaz de subsistir sin necesidad de conocer la primera historia. Su trama, aunque toma referentes del clásico de la ciencia ficción, explora sus propios dramas y su propia intriga para ofrecer al espectador un relato ágil, cargado de reflexión moral y social, con giros argumentales brillantes y unas pocas secuencias de acción perfectamente integradas en este viaje de autodescubrimiento del protagonista, que muchos compararán con el papel que tuvo Harrison Ford (Morning Glory) pero que, personalmente, creo que también tiene mucho, sobre todo en su tramo final, del rol de Rutger Hauer (El rito). Y eso sin hablar de un reparto más que notable en su conjunto.

Dicho esto, habrá quien se pregunta si es necesaria una continuación de Blade Runner. La respuesta, evidentemente, es no. Pero esa no es la cuestión. Blade Runner 2049 es una obra tan atemporal como el original, tan independiente, fuerte, con carga filosófica, sociológica y moral como su predecesora. No es una secuela, es una ampliación del universo creado hace ya tantos años. Y bajo este prisma es una obra notable, inmensa en algunos momentos. Villeneuve no solo se confirma como uno de los mejores directores actuales, sino que demuestra que es posible abrir el abanico de este universo futurista. No voy a decir que estemos ante un clásico moderno o una obra maestra, básicamente porque no crea nada nuevo ni revolucionario, pero desde luego debería ser un referente actual de cómo hacer cine. Buen cine.

Nota: 8,5/10

‘Ghost in the Shell’: sobre todo, el alma de la máquina


Muchas veces tendemos a olvidar que una adaptación es eso, una adaptación. Dicho de otro modo, que no todo tiene que ser absolutamente fiel al original. Los más puristas e intransigentes tienden a olvidarlo, y eso impide muchas veces que no veamos el alma dentro de la máquina, la historia detrás del tratamiento dramático. Y con una legión de fans como la que tienen el manga de Masamune Shirow y la versión animada de 1995 de Mamoru Oshii (Avalon), es lógico que este film dirigido por Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador) pueda ser despedazado. Pero precisamente la película invita a eso, a ver el alma de la máquina.

Es posible que la historia haya sido adaptada a las necesidades narrativas y dramáticas de Hollywood. Y desde luego no seré yo quien defienda la labor de Sanders como director, quien a pesar de intentarlo tiende a una narrativa más bien estándar. Pero entre sus varios defectos se alza una virtud fundamental: su guión mantiene la esencia de la historia original, abordando la delicada frontera entre humanidad y robótica, entre cuerpo y alma. En medio del thriller que protagoniza la historia se pueden apreciar píldoras interesantes que reflexionan sobre lo que nos hace humanos, sobre los beneficios y los riesgos de integrar cuerpo humano y partes cibernéticas para mejorar al hombre. Y sobre todo, se reflexiona sobre el camino que sigue una sociedad constantemente comunicada en la que el flujo de datos puede llevar a hackear un cerebro en cualquier lugar.

A esto se suma, por un lado, una banda sonora excepcional, y por otro una puesta en escena que va un paso más allá del film original para acercarse más a lo que ya imaginó Ridley Scott en Blade Runner (1982). Visualmente poderosa, la cinta posee además un interesante giro dramático hacia la mitad de su ajustado metraje que cambia completamente el sentido argumental de la historia para pasar de la persecución de un criminal que mata a través de las conexiones digitales a una búsqueda del pasado y la verdad de la protagonista. Todo ello hace de esta versión en carne y hueso una obra más compleja de lo que puede entenderse a simple vista, capaz de aprovechar los momentos más simbólicos y recordados de la cinta de animación para introducirlos en una historia relativamente nueva que, eso sí, continúa reflexionando a su manera sobre los mismos temas.

Lo cierto es que este Ghost in the Shell, versión 2017, es víctima de sus propias necesidades. La visión de Hollywood (y la occidental en general) determina el modo en que se plantea y desarrolla la trama, menos simbólica y más tangible. Por fortuna, se ha logrado mantener el espíritu de la historia original. Pero más allá de sus posibles debilidades (narrativas sobre todo, y el hecho de que Takeshi Kitano se comunique con el resto de personajes en otro idioma), lo cierto es que el grueso de todos sus elementos funcionan como una máquina bien engrasada. El tratamiento visual, la música, un reparto más que notable (con especial mención a Scarlett Johansson, Pilou Asbæk y Kitano) y la filosofía que encierra su desarrollo dramático conforman una interesante fusión que confirma que cuerpo y máquina pueden convivir en armonía.

Nota: 7/10

‘Wayward Pines’ cambia cromos pero mantiene problemas en su 2ª T.


Jason Patrick es uno de los nuevos rostros de la segunda temporada de 'Wayward Pines'.Algo se ha tenido que hacer realmente mal cuando una serie cambia la mayoría de sus elementos de una serie a otra. Tono diferente para la trama, nuevos actores, etc. Y lo cierto es que la primera temporada de Wayward Pines tuvo mucho de eso (de errores, me refiero), hasta el punto de que los nuevos 10 episodios han tratado de hacer borrón y cuenta nueva al cambiar el thriller por una suerte de drama con dosis de acción, y al reclutar nuevos actores eliminando poco a poco a los supervivientes de la anterior. El problema es que este cambio de cromos no ha supuesto una mejora dramática.

Y no lo ha hecho por dos motivos básicos. Para empezar, el desarrollo de la trama carece de consistencia. Con una historia tan rica en matices y con posibilidades infinitas para convertirse en una lectura apocalíptica de la sociedad, la serie creada por Chad Hodge (The Playboy club) con la supervisión de M. Night Shyamalan (El sexto sentido) se limita a ser un producto superviviente, más o menos como los personajes que pueblan el futuro en el que se enmarca el argumento. Con un desarrollo sumamente lineal y unos personajes unidimensionales, la ficción deambula por conflictos no solo previsibles, sino tópicos y con conclusiones limitadas que, para colmo, no tienen continuidad en forma de consecuencias para los protagonistas.

Dicho de otro modo, Wayward Pines propone, narra y resuelve sin que ello haga mella en los roles más importantes de su trama esta segunda temporada. La presencia de un nuevo héroe interpretado por Jason Patrick (Cavemen)  resulta cuestionable. Para empezar, su confusión inicial se elimina de forma directa sin que exista un desarrollo dramático de su nueva situación; además, no se profundiza en los conflictos con la que fuera su esposa, amén de que la presunta lucha por el poder es cuanto menos cuestionable.

El otro gran problema es el reparto elegido. Eliminar a los actores iniciales debe servir, al menos en teoría, para presentar un elenco que mejore la labor realizada en la primera temporada. Al menos que sea equiparable. Pero ni una cosa ni la otra. Los nuevos personajes unidimensionales cuentan con unos actores limitados, ya sea por el poco recorrido de los roles que interpretan o por sus propias deficiencias como actores. A esto se suma una realización correcta en los momentos dramáticos pero excesivamente caótica en las secuencias de acción.

¿Futuro prometedor?

Todo ello, desde luego, no convierte a la segunda temporada de esta serie basada en las novelas de Blake Crouch en algo memorable. Y si tenemos en cuenta el final elegido para la historia (habrá que ver si es definitivo o temporal), da la sensación de que la solución adoptada es la de borrón y cuenta nueva… literalmente, abriendo la posibilidad de que Wayward Pines tenga un mejor reinicio en todos los sentidos.

Pero no todo ha sido negativo, o al menos han existido elementos y episodios lo suficientemente interesantes como para mantener a los espectadores un poco más semana tras semana. Para empezar, algunas secuencias que narran el modo en que se produjo la creación del pueblo y cómo ese grupo de personas supo que estaban preparados para volver. En el que sin duda es uno de los episodios más interesantes, el personaje interpretado por Djimon Hounsou (La leyenda de Tarzán) es el encargado de asistir durante décadas a la destrucción del planeta y la evolución del ser humano, afrontando asimismo su soledad y la dura realidad de que sus seres queridos han muerto.

A esto se suma un villano que resulta mucho más interesante que el resto de conflictos dramáticos juntos. De hecho, se convierte de lejos en el personaje más interesante de la ficción, y eso que apenas abre la boca (salvo para gritar) y aparece a mitad de temporada. Se trata del rol interpretado por Rochelle Okoye, que ha fraguado su carrera como doble de acción en infinidad de series y películas. Es curioso cómo este personaje tiene una definición mucho más compleja, más atractiva y enriquecedora que el resto de personajes. De hecho, y aunque se puede decir que también es un poco arquetípica, la líder de las criaturas a las que se enfrentan los habitantes de este pueblo, la falta de información sobre ella y cómo se descubre la convierte en un ser enigmático y tremendamente interesante, al menos para los parámetros establecidos por la propia ficción.

Pero ninguno de estos aspectos es capaz de evitar la sensación de que Wayward Pines no es capaz de librarse de las debilidades que arrastra de su primera temporada. Y eso es porque son innatas. Los personajes poco definidos, las tramas arquetípicas y lineales, y los conflictos previsibles se han convertido en seña de identidad de una serie que pretende ser algo que no es. Y ni siquiera saca provecho de aquello que realmente resulta interesante. La solución estaría en hacer borrón y cuenta nueva. Como he mencionado, el borrón ya ha tenido lugar. Ahora hay que ver si se considera necesaria una cuenta nueva.

1ª T de ‘Wayward Pines’, el misterio de corto recorrido de Shyamalan


Carla Gugino y Matt Dillon protagonizan el misterio de 'Wayward Pines' en su primera temporada.Cualquiera que haya visto una amplia mayoría de la filmografía de un director sabrá que existen características comunes en todos ellos. Tal vez no visualmente hablando, pero sin duda sí en los temas abordados. Y eso se está trasladando a los títulos televisivos que apadrinan. No es casualidad que Steven Spielberg (E.T., el extraterrestre) esté detrás, por ejemplo, de Falling Skies, o que Martin Scorsese (Uno de los nuestros) haya apoyado una obra como Boardwalk Empire. Por eso aquellos que hayan terminado de ver la primera temporada de Wayward Pines, cuyo último episodio se ha emitido esta semana, habrán encontrado puntos comunes con la obra de su nombre estrella: M. Night Shyamalan, autor de El Sexto Sentido (1999) o El bosque (2004). Para bien y para mal.

Precisamente con esta última tienen bastante que ver estos primeros 10 episodios creados por Chad Hodge (serie The Playboy club). Adaptación de las novelas de Blake Crouch, la trama arranca cuando un agente secreto en busca de unos compañeros desparecidos despierta en un pequeño pueblo después de sufrir un accidente. Poco más se puede decir de su argumento para no desvelar los giros narrativos claves, salvo tal vez que el protagonista pronto comprende que en esa pequeña localidad nada es lo que parece, y que todo el mundo está controlado por cámaras, micrófonos y microchips. Desde luego, con esta premisa inicial el episodio piloto se convierte en un notable ejercicio de intriga que, aunque se desarrolla de forma más o menos previsible, sí deja lugar para numerosos detalles que posteriormente pueden, y deben, ser contrastados con la verdadera historia que se esconde detrás de esta serie.

A grandes rasgos, el desarrollo narrativo de Wayward Pines en esta primera temporada cumple con los objetivos marcados. La ficción, a través de numerosos ganchos episódicos, logra mantener al espectador pendiente de la explicación que aclarará el misterio planteado unos minutos antes. De este modo, el arco dramático avanza de forma más o menos fluida y exigiendo una única condición: cuadrar mentalmente todo lo visto para que la explicación tenga sentido. Así, la producción se revela como un delicado ejercicio de equilibrio en el que todo está muy medido, en el que las cuestiones (al menos las más evidentes) tiene su porqué. El éxito radica, precisamente, en un consistente armazón firmemente asentado y con una coherencia interna que no siempre se logra en productos de este tipo.

Por desgracia, a medida que el misterio se va desvelando las debilidades narrativas también van apareciendo, algo que no por casualidad también ocurre con frecuencia en el cine de Shyamalan. La revelación a mitad de temporada del secreto mejor guardado de la serie obliga a sus responsables a virar el sentido original de la producción para pasar de un thriller bien medido a una suerte de producto de acción y conspiranoico en el que, en cierto modo, se pierde el norte de muchos personajes. En realidad, este fenómeno se debe a dos motivos. Por un lado, tras conocerse el sentido real de la trama son necesarios algunos capítulos que ayuden a consolidar la nueva información y sienten las bases para el nuevo dogma dramático. Por otro, la corta duración de la temporada impide que haya tiempo suficiente para desarrollar correctamente diversos aspectos, entre ellos el anterior. El resultado es una aceleración de los acontecimientos que no termina de encajar en lo que propone la producción desde un principio.

El sacrificio de los personajes

Aunque desde luego los mayores damnificados de este fenómeno son los personajes. Resulta sorprendente comprobar cómo son sus propios responsables los que destruyen todo lo construido en los primeros episodios de la temporada con su apuesta por virar hacia otro formato en los últimos capítulos de Wayward Pines. Esto genera un fenómeno cuanto menos curioso. Mientras que en los inicios la serie establece las bases de los diversos conflictos que se desarrollarán, todos ellos quedan literalmente olvidados a raíz de los acontecimientos finales. Ni el posible triángulo amoroso, ni las dudas morales del protagonista cuando conoce la verdad. Nada de lo visto hasta ese momento parece tener interés, cuando precisamente debería ser todo lo contrario.

Una posible explicación es el carácter arquetípico de todos sus roles, que no logran desarrollarse más allá de sus características básicas. La mejor evidencia de su carácter se encuentra en los últimos episodios, cuando se produce el ataque al pueblo. A modo de Apocalipsis selectivo, solo son salvados por Dios (léase, los creadores de la trama) aquellos personajes que han mostrado un cierto atisbo de redención, ya sea enfrentándose a aquellos a los que hasta ahora habían ayudado, ya sea apoyando a los protagonistas de forma más explícita. Pero otra explicación, que no es necesariamente excluyente, es que el desarrollo queda totalmente interrumpido. Salvo roles como el de Melissa Leo (Prisioneros) o Carla Gugino (San Andrés), ésta en menor medida, los demás quedan eclipsados por el impacto narrativo de su punto de giro intermedio, dejando a un lado sus propias naturalezas para convertirse en meras herramientas al servicio de un objetivo último.

La pregunta que hay que hacerse es cuál es ese objetivo. La respuesta se encuentra en el apéndice del último episodio, cuando el pueblo vuelve a la normalidad después del ataque… o casi. El diálogo mantenido entre los personajes de Charlie Tahan (Lazos de sangre) y Sarah Jeffery (serie Rogue), que podrían cargar con el peso de la serie en una hipotética segunda temporada, revela un futuro dramático que plantea en principio repetir estructuras narrativas con personajes más jóvenes, dejando a los más veteranos como complemento, apoyo dramático o recurso narrativo. Esto permitiría, una vez conocidos todos los secretos, mejorar el desarrollo de los arcos dramáticos de cada personaje, aprovechando asimismo para enriquecer la historia con tramas secundarias que, todo sea dicho, darían un carácter completamente diferente a la serie.

Pero por ahora, lo que ofrece Wayward Pines en su primera temporada es, a grandes rasgos, lo que ofrece M. Night Shyamalan en sus películas: un planteamiento sumamente atractivo, un desarrollo algo irregular y un desenlace totalmente diferente. Que esto guste o no depende de cada uno. Lo que sí puede percibirse es un arco dramático que no logra aprovechar todas las posibilidades que ofrece no solo el misterio que centra los primeros episodios, sino “la verdad” contada a mitad de temporada. Ni los personajes ni la historia son capaces de levantar el vuelo con un desarrollo que parece empeñado en constreñir las posibilidades del producto, tal vez porque todo se reserva para una futura continuación que, por ahora, no se ha confirmado. Sea como fuere, este pueblo y sus habitantes reclamaban una mayor profundización en sus relaciones y en los conflictos que generan.

‘Tomorrowland: El mundo del mañana’: el futuro comienza despacio


Britt Robertson y George Clooney protagonizan 'Tomorrowland: El mundo del mañana'.Cinco largometrajes conforman la trayectoria cinematográfica de Brad Bird (Los increíbles), amén de varios episodios de televisión y algún que otro corto. Y la mayoría de ellos son de animación, algo que se nota en este nuevo intento de Disney de explotar una atracción/espacio de atracciones de sus famosos parques. Porque si algo tiene esta aventura futurista protagonizada por George Clooney (Solaris) y Britt Robertson (Madres e hijas) es un marcado tono animado que aprovecha las posibilidades de una cámara que se mueve desafiando todos los límites de la gravedad y de la narrativa convencional.

Bajo este prisma, Tomorrowland: El mundo del mañana es un film sumamente entretenido, fascinante en su concepción visual y de diseño artístico y con un interesante mensaje que debería hacer reflexionar a grandes y pequeños. Con un reparto cómodo en unos personajes con un cierto toque autoparódico (sobre todo la pequeña Raffey Cassidy, de lo mejor del film), la cinta aprovecha grandes iconos de la historia de la ciencia para encajar una historia que bebe de numerosas fuentes y que, además, sirve para homenajear a clásicos personajes de la ciencia ficción, amén de atracciones ya clásicas de los parques antes mencionados.

Pero todo lo que tiene de entretenido lo tiene también de irregular. Es cierto que su mensaje final es notable, que su clímax es un derroche de acción e imaginación y que la apuesta por el humor y la aventura convierte a esta cinta en un vehículo de disfrute para toda la familia, pero el problema es que todo eso no ocurre hasta bien avanzada la trama. De hecho, no ocurre hasta aproximadamente la mitad del guión, lo cual es indicativo del gran problema que presenta la obra. En efecto, su primera mitad resulta tediosa, irritantemente repetitiva y con una peligrosa tendencia a resultar aburrida. Esto provoca que la evolución posterior, a pesar de estar sólidamente estructurada, no alcance el objetivo deseado, dejando al film a medio gas.

La impresión general, por tanto, es que Tomorrowland: El mundo del mañana podría haber sido más de lo que finalmente es. Independientemente de que tenga una clara vocación familiar, su irregular comienzo impide al espectador identificarse con los personajes y con la historia, y le lleva a adoptar una postura más bien conservadora ante las maravillas que presencia. Solo cuando el film entra en una dinámica aventurera, con los viajes a ese mundo del mañana y las consecuencias que tiene la acción del ser humano sobre cualquier mundo, la historia gana muchos enteros. El problema es que debe destinar sus esfuerzos a reparar el daño previo, por lo que sus posibilidades se reducen.

Nota: 6,5/10

‘Black Mirror: White Christmas’, evolución formal de una serie futurista


Jon Hamm es el principal protagonista de 'Black Mirror: White Christmas'.Hay muchas series que son consideradas de forma general como una serie de culto. Pero en ese grupo son muy pocas las que pueden demostrarlo con hechos. Tener el poder de producir un único episodio especial navideño que se convierta, además, es una especie de capítulo único de una hipotética temporada es uno de esos hechos demostrables. Bajo este punto de vista, Black Mirror: White Christmas es la confirmación de que esta serie ha logrado traspasar fronteras y convertirse en un referente cultural. Y eso con menos de una decena de episodios en total. Pero como no se trata de alabar por alabar la serie creada por Charlie Brooker (serie Dead set), vamos a analizar los principales pilares que dotan a este episodio de la calidad que desprende.

Sin duda uno de los aspectos formales más llamativos de este capítulo especial es su propia estructura narrativa, planteada como una trama con tres subtramas que abordan problemáticas tecnológicas diferentes pero que, en definitiva, conforman una única historia completa definida por el planteamiento, el nudo y el desenlace. La sutileza con la que Brooker aborda estas tres fases del desarrollo dramático es ejemplar, impidiendo en todo momento que la historia caiga en la explicación fácil y optando por un planteamiento más natural y menos evidente. Esto provoca que durante los primeros minutos el espectador no llegue a comprender la magnitud de lo que ocurre en pantalla, intuyendo a través de diálogos un aspecto mínimo de lo que realmente ocurre. Es a través de las tres historias que la trama principal se desvela, precipitándose en su tercio final y adquiriendo todo su sentido gracias a lo visto anteriormente.

Este manejo del tempo narrativo se convierte, en definitiva, en lo mejor de Black Mirror: White Christmas desde un punto de vista narrativo (que no formal), y crea uno de los múltiples nexos de unión con el resto de la serie. A esto habría que sumar el carácter crítico hacia la tecnología y cómo su uso puede terminar no solo con la vida que siempre hemos conocido, sino con nuestra propia conciencia, nuestra propia necesidad de comunicarnos y relacionarnos. Esta ironía, la de utilizar la tecnología para aislarnos del mundo (voluntaria u obligatoriamente), es la que subyace en el seno de esta magnífica historia que hace honor a la calidad del resto de episodios, amén de volver a replantear muchas premisas básicas que actualmente están implantadas en nuestra sociedad.

Pocos son los “peros” que se le pueden poner a este episodio, pero eso no implica que no existan. Algunas de las ideas tecnológicas utilizadas no terminan de ser excesivamente originales, sobre todo aquellas relacionadas con el bloqueo visual de los personajes y el uso de los ojos a modo de cámaras con los que poder manejar nuestro entorno según nuestras necesidades. Esto, utilizado ya en el tercer episodio de la primera temporada, se convierte sin duda en un elemento imprescindible en la trama, pero se antoja una mera evolución de algo ya planteado, lo que contrasta notablemente con otras propuestas tecnológicas como la “galleta”, que por cierto protagoniza el mejor fragmento del capítulo, al menos para el que esto suscribe.

Actores del futuro

Claro que catalogar esto como algo negativo en Black Mirror: White Christmas sería realmente injusto. La forma en que Brooker integra la tecnología en la sociedad y cómo esta se aprovecha de ella para mejorar diferentes aspectos de su funcionamiento es simplemente brillante. El desarrollo de los personajes, que lejos de crecer dramáticamente hablando van desvelando su verdadera naturaleza a medida que avanza la trama, es fascinante. E incluso las tres historias narradas, a pesar de tener una relevante presencia en la trama principal, pueden ser consideradas como entes independientes capaces de tener vida propia. Dicho de otro modo, su creador ha sido capaz de condensar los tres episodios habituales de una temporada en una única entrega, más larga, con una estructura ligeramente diferente. Una evolución de lo ya tradicional en una serie futurista.

Aunque sin duda el mayor atractivo de la serie, al menos desde un punto de vista promocional, ha sido su soberbio reparto, encabezado por un Jon Hamm (serie Mad Men) impecable y demostrando que tiene lo que hay que tener para responder positivamente a los rumores que lo sitúan en la órbita de The Walking Dead como el próximo gran villano. Su interpretación de un personaje capaz de someter a sus semejantes a través del diálogo, de un hombre acostumbrado a lograr lo que quiere simplemente con hablar, se desarrolla a lo largo de la hora que dura el episodio. Desde este punto de vista, el castigo al que es sometido no podría ser más ejemplar. Pero no es el único. Rafa Spall (La vida de Pi), Oona Chaplin e incluso una muy secundaria Natalia Tena (ambas vistas en la serie Juego de Tronos) logran dotar a sus respectivos roles de una profundidad mayor de la esperada, aportando un grado de desesperación motivado por la tecnología realmente alto.

Prueba de ello es, por ejemplo, el último plano del capítulo, un final que viene a representar la tortura que puede suponer para el ser humano el uso indebido de la tecnología. Se puede decir que, al fin y al cabo, lo que inicialmente nace para ayudar a la sociedad adquiere una función tétrica y violenta en manos de su propio creador, lo que convierte estos avances tecnológicos en una herramienta más de tortura y de violencia física y psicológica para con sus semejantes. En este sentido, este nuevo episodio puede entenderse en líneas generales como un alegato que confirma la evolución tecnológica de la sociedad, pero un análisis más en profundidad permite apreciar que dicha evolución no tiene necesariamente que ser positiva, advirtiendo del mal uso que el ser humano tiende a hacer de todos sus recursos.

Sea cual sea la interpretación, y sea cual sea el interés que pueda despertar Black Mirror: White Christmas en el espectador, lo que sí parece claro es que estamos ante un episodio especial que no solo mantiene el nivel creativo, dramático y crítico de toda la serie, sino que confirma a esta producción como uno de esos productos de culto capaces de mover la maquinaria necesaria para producir un único ejemplar. Guste o no, las reflexiones que promueve en el espectador la distancian notablemente de otras series de ciencia ficción planteadas como una evasión de la realidad, y la elevan a una categoría diferente. La pregunta que empieza a sobrevolar todos los episodios es: ¿será posible que el hombre alcance este grado de integración tecnológica? Y lo más importante, ¿seremos capaces de controlarla? Esperemos que la respuesta se encuentre en unos próximos capítulos tan espléndidos como estos.

‘Los Juegos del Hambre: Sinsajo I’: sin hambre y sin revolución


Jennifer Lawrence encabeza la revolución en 'Los Juegos del Hambre: Sinsajo. Parte 1".Es entristecedor comprobar cómo una saga cinematográfica se deja llevar peligrosamente hacia la ruina. Sin que ‘Los Juegos del Hambre’ haya sido nunca una buena serie de películas, lo cierto es que la primera fue algo mejor que la segunda, y esta indiscutiblemente mejor que la tercera… y presumiblemente que la cuarta, dado que ambas son una única historia. No me cabe duda de que muchos de los problemas que acumula esta nueva aventura protagonizada por Jennifer Lawrence (Winter’s bone) recaen precisamente en eso. Muchos, pero no todos.

Porque a pesar de tener un final que no es un final; a pesar de ser una especie de película puente hacia una conclusión mayor; a pesar de todo, una de las grandes debilidades de Los Juegos del Hambre: Sinsajo. Parte 1 reside en su desarrollo dramático, que se queda a medio camino de todo. Esta especie de drama adolescente enmarcado en una revolución no termina de definirse como un drama en el que la protagonista se vea abocada a elegir entre su mejor amigo y su verdadero amor. Los dilemas románticos quedan aparcados en favor de una supuesta revolución que apenas se muestra en dos o tres ocasiones. Entonces, ¿qué es lo que ocurre a lo largo de las dos horas de película? Pues en realidad, poca cosa. La línea argumental principal es una especie de toma y daca entre la protagonista y el personaje de Donald Sutherland (Orgullo y prejuicio), quien vuelve a conquistar la pantalla por encima del resto de actores. Y eso que el reparto es espectacular.

Todo ello no quiere decir que la labor de Francis Lawrence (Soy leyenda) como director no sea correcta. Visualmente la película resulta interesante, incluso entretenida en sus primeros compases, cuando transcurren las secuencias más dinámicas de la trama. Pero su pulso narrativo decae conforme decae el ritmo de un guión que se deja llevar. Por otro lado, tanto Lawrence director como Lawrence actriz dan la sensación de contener el dramatismo del personaje principal en un intento de acercar la historia a una juventud que no quiere intensidad emocional, o al menos eso se debe creer desde los estudios de Hollywood. El carácter contenido de la protagonista, a la que este papel le vino como anillo al dedo en sus inicios pero que ahora se le queda tremendamente corto, no es ninguna ayuda al carácter general de la historia.

Desde luego, Los Juegos del Hambre: Sinsajo. Parte 1 tiene el enorme problema de ser, en realidad, el planteamiento y el comienzo del nudo de una historia mucho mayor. Posiblemente si este film se ve de forma consecutiva con la segunda parte, a estrenar en un año, la sensación sea muy distinta. Pero en un afán recaudatorio se ha elegido este dichoso formato que no hace ningún bien a nadie, salvo a las productoras y sus arcas. El resultado es un film que se desinfla en su segunda mitad de forma alarmante, que no logra definirse entre revolución y romance, y cuyos protagonistas parecen más interesados en obtener los réditos rápidamente que en dar vida a sus personajes. A los seguidores de la saga literaria de Suzanne Collins les resultará emocionante; a los que hayan seguido la saga cinematográfica terminará resultando un poco tediosa; al resto posiblemente ni siquiera le interese.

Nota: 5,5/10

‘Defiance’ sustituye unos problemas por otros en su 2ª temporada


Grant Bowler y Stephanie Leonidas vuelven a 'Defiance' en la segunda temporada.Algo realmente malo tenía que ocurrir para que la serie Defiance no mejorara en su segunda temporada todo aquello que debilitó la primera etapa. Parece que sus creadores, Kevin Murphy (serie Caprica) y Rockne S. O’Bannon (serie Revolution) son conscientes de ello a tenor de lo que se puede ver en estos nuevos 13 capítulos. El problema es que en ese intento de reconducir los problemas de desarrollo que planteaba su primera temporada se han creado otros que, de un modo u otro, dejan en el conjunto la misma sensación de impotencia, de querer ser algo que no puede llegar a ser. Aunque lo verdaderamente preocupante es que estas nuevas irregularidades se deben a elementos de fondo, a diferencia de lo que ocurría en la anterior entrega.

Era lógico que todo aquello que resultaba confuso durante los primeros episodios de la serie sería subsanado conforme el espectador y la trama se acomodaran a las necesidades naturales de esta space opera. Sus personajes, las relaciones entre ellos, las características de las razas, … todo ello adquiere en esta temporada un aspecto renovado gracias al conocimiento previo. Como consecuencia, la necesidad de plantear casos autoconclusivos desaparece, lo que sus creadores aprovechan para abordar tramas más complejas, más profundas y, sobre todo, más desarrolladas. Ahí está, por ejemplo, la trama principal centrada en esa especie de inteligencia artificial empeñada en destruir el planeta para reconstruirlo a su antojo. Murphy y O’Bannon manejan con soltura e inteligencia la difusión de información, creando un suspense que aumenta con el paso de los episodios y, lo más importante, concluye con un clímax de pura ciencia ficción.

La otra gran trama, la que se centra en la familia encabezada por Tony Curran (El buen alemán) y Jaime Murray (serie Dexter), es si cabe mucho más interesante. Lo cierto es que en la primera temporada de Defiance estos personajes, maniatados por sus férreas tradiciones en un mundo donde la diversidad y la tolerancia son las principales señas de identidad, ya apuntaban a un amplio desarrollo, cumpliendo las expectativas a medida que se suceden los episodios de esta continuación. Personalmente, los componentes que nutren esta línea argumental son los que dotan a la ficción de verdadero interés gracias a las traiciones, las intrigas y los recelos que definen a cada uno de los roles. Eso por no hablar del hecho de que son los caracteres con mayor recorrido de la serie, muy por encima de los protagonistas interpretados por Grant Bowler (Asesinos de élite) y Stephanie Leonidas (La fiesta del chivo).

Pero la poca necesidad de mostrar el mundo de la serie y las relaciones entre razas que sustentan su trasfondo dramático no solo ha permitido una profundización en el drama y en la intriga, sino que ha fomentado la aparición de nuevos personajes. Independientemente de su relevancia en el conjunto, es importante señalar cómo su incorporación abre el abanico de posibilidades en lo que a desarrollo de la fantasía se refiere. Su llegada propicia la presencia de nuevas costumbres, nuevos hábitos y nuevos secretos, lo que a la larga amplía la visión que puede tener el espectador sobre el complejo entramado de la ficción. Todo ello permite, además, la introducción de nuevas líneas argumentales que, presumiblemente, tendrán una mayor trascendencia en la ya confirmada tercera temporada.

Debilidades inherentes

Aunque como decía al comienzo, Defiance sigue teniendo problemas. Incompatibilidades dramáticas si se prefiere, aunque sería más exacto denominarlas como debilidades en el desarrollo de los aspectos secundarios de esta segunda temporada. Y curiosamente, la mayoría de ellos vienen determinados por la aparición de los nuevos secundarios. Me explico. Su presencia, aunque insufla aire fresco a la serie (incluso permite al departamento de efectos digitales especular con una Nueva York rediseñada como si de una operación con láser se tratara), nunca adquiere el grado de relevante. Muchos de estos roles, aunque interesantes, no encuentran un buen desarrollo dramático, limitándose a interpretar un papel que les viene dado casi desde antes de su aparición. El jefazo insufrible con un pasado que esconder y motivaciones oscuras; la agente dispuesta a cumplir con su obligación pero de buen corazón; la prostituta capaz de todo por lograr su meta. Todos ellos, no cabe duda, aportan cierto dinamismo, pero en ningún caso logran traspasar la frontera de los meros secundarios arquetípicos. Mucho menos si tenemos en cuenta las influencias nazis de los que se suponen villanos.

Del mismo modo, estos nuevos personajes que reclaman su espacio en la trama obligan a los responsables a restar importancia a otros secundarios que en la primera temporada sí tuvieron una más que evidente relevancia en la trama. El resultado es evidente. Sus arcos argumentales pierden fuerza, los roles se quedan en un plano muy secundario, limitando su participación a meros puntos de inflexión de algunos aspectos de la trama principal, y el desarrollo del conjunto se vuelve algo confuso al no encontrar los mismos referentes de los primeros episodios. Quizá la mejor prueba de ello es que el personaje interpretado por Graham Greene (Cuento de invierno) ha sido incorporado a la trama familiar de Curran y Murray, lo que a su vez ha permitido que se genere un gancho de final de temporada. Empero, la independencia de la que gozaba aquel ha desaparecido, lo cual por cierto elimina, al menos de momento, una línea argumental que podía aportar bastantes cosas a la serie.

Lo más peligroso de estas debilidades es que son inherentes a la propia producción. Ya sea por la complejidad de su planteamiento (muchas razas, mucho trasfondo social y muchos efectos) o por la simplicidad de muchos personajes, la serie parece abocada a no superar sus problemas narrativos. Sí, sus tramas son atractivas. Y sí, la idea de base ofrece innumerables alternativas narrativas y de desarrollo dramático. Pero al final, este tipo de series se basan fundamentalmente en sus personajes, y salvo los principales el resto se antojan demasiado arquetípicos, tanto en sus objetivos como en sus diálogos, lo que termina por restar peso específico a lo expuesto episodio tras episodio. Dicho de otro modo, se conocen las debilidades y fortalezas de cada rol desde el principio, lo cual no debería ser necesariamente malo, pero sí nocivo para las expectativas del conjunto.

Al final, la segunda temporada de Defiance deja un sabor agridulce. Es mucho más entretenida que otras producciones para la pequeña pantalla, y desde luego es algo distinto y fresco. Gracias a unas tramas algo más elaboradas y a la madurez que adquieren algunos personajes la serie supera algunos problemas iniciales, pero no es capaz de mantenerse. La necesidad de complicar la estructura dramática lleva a sus responsables a caer, de nuevo, en algunos problemas de difícil solución. Sin ir más lejos, uno de ellos se resuelve al final de esta temporada de la forma más radical posible. Pero es evidente que eso no puede funcionar siempre, tanto por la credibilidad como por la propia salud de la ciencia ficción. Parece que el interés generado permite extenderla, al menos, una temporada más, pero a menos que empiece a tomarse algo más en serio a sí misma puede que las debilidades terminen imponiéndose a las fortalezas.

‘El corredor del laberinto’: ‘El señor de las moscas’ futurista y distópico


Dylan O'Brien es 'El corredor del laberinto'.Primero fueron los magos, luego los vampiros, y ahora le toca el turno a las novelas juveniles sobre futuros distópicos o apocalípticos. Y lo cierto es que todas, en mayor o menor medida, vienen a ser lo mismo: la revolución de la juventud contra la situación inamovible que les ha tocado vivir. Hasta ahí, todo bien. El problema surge cuando las historias tienen poco o nada que contar, limitándose a repetir estructuras narrativas. La adaptación de la novela de James Dashner, la primera de una previsible trilogía, posee todos los elementos antes citados. Incluso tiene una premisa de partida harto interesante. Pero es su desarrollo el que la convierte en un producto a la sombra de otros tantos.

Y la mayor parte de la culpa se haya en el guión. Puede que sea porque los encargados de la adaptación no han sabido trasladar la novela a la pantalla; puede que ni siquiera el material de base sea lo suficientemente sólido. Lo que está claro es que El corredor del laberinto se desinfla lentamente a medida que su trama reincide en algunos misterios sin terminar de explicarlos, generando un bucle que se sostiene únicamente por momentos que salpican de acción y cierta novedad el inmovilismo del Claro, como llaman al centro del laberinto. Un proceso lento que, empero, sabe utilizar lo suficientemente bien las referencias a El señor de las moscas como para presentar unas relaciones humanas entre el grupo de jóvenes confinados entre las cuatro paredes que se complican con el paso de los minutos.

Aunque el mayor problema es y seguirá siendo (ya sean de la saga o de otras similares) la imperiosa necesidad de tratar a los adolescentes como zombis sin cerebro. Lo de poner nombres obvios y recurrentes a criaturas y situaciones empieza a resultar ofensivo. Más allá del Claro, que el ascensor en el que llegan se llame El Cubo, o que los chicos se refieran a ellos mismos como “clarianos” por vivir en un claro, roza el absurdo. Todo ello empaña una película que, cuando quiere ponerse seria y abordar la complejidad de su historia, resulta entretenida. Aunque solo eso. Tal vez con otros actores algo más sólidos, con otro director más atrevido y con un guión más directo la película podría haber sido algo mejor. Y desde luego una atención a los detalles y una explicación algo más elaborada no habría estado mal, sobre todo para comprender cómo puede ser que se construya todo lo que se construye con el único fin de encontrar a los jóvenes más válidos.

Lo que consigue El corredor del laberinto es ser correcta, ni más ni menos. Nada en ella resulta memorable, aunque también es justo reconocer que nada en ella es desagradable. Es cierto que su guión se espesa a medida que avanza la trama, que sus actores no son la mejor baza y que su director, Wes Ball, se atiene a la narrativa sencilla para no pillarse los dedos. Todo ello conforma un conjunto correcto cuyo desenlace final, para aquellos que no hayan leído el libro, abre la puerta a las próximas secuelas. Tal vez sea por eso que la explicación no termina de ser completa, esperando que los espectadores regresen en las siguientes citas para descubrir el secreto del laberinto y de los jóvenes allí confinados. Posiblemente los seguidores acudirán en cuanto se estrenen. Los demás tendrán que confiar en que su memoria retenga algo del film.

Nota: 5/10

Diccineario

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