‘The Walking Dead’ siembra la semilla del caos en la T. 10 (I)


Con los años The Walking Dead se ha ido especializando en una estructura dramática a la que, aunque no siempre ha sido efectiva, se ha aferrado como si fuera la Biblia del desarrollo argumental. En el caso de la primera parte de la décima temporada el resultado se podría decir que es exitoso, toda vez que logra algo pocas veces visto en la serie: que la etapa de calma y planteamiento del conflicto sea, a su vez, un vehículo para desarrollar un caos en el seno de los protagonistas que deriva en un episodio final con uno de los mayores ganchos de esta ficción postapocalíptica, con permiso de Negan, claro está.

Estos ocho episodios de la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) y Angela Kang (serie Terriers) son tan irregulares como apasionantes. Sé que puede parecer contradictorio, pero en realidad toda la serie basada en la novela gráfica de Robert Kirkman, Charlie Adlar y Tony Moore tiene ese mismo punto contradictorio. Pero me explico. Esta temporada la serie pierde buena parte de su fuerza dramática porque divide al grupo protagonista, repartido por las diferentes ciudades que conforman esa suerte de primera civilización tras el apocalipsis zombi. Si bien esto produce nuevas sinergias dramáticas y narrativas, también hace que la producción pierda fuerza dramática. Los protagonistas afrontan nuevos desafíos en solitario, sin poder compartir secuencias con otros personajes, y cuando lo hacen es de un modo limitado al no existir esa facilidad de reunir a todos los héroes bajo un mismo techo. Esto produce, por ejemplo, que muchos personajes no tengan presencia durante varios episodios, o que sea algo meramente testimonial, lo que termina por romper el interés del espectador.

Pero son cosas previsibles y derivadas de la amplia dimensión que ha adquirido The Walking Dead. Por eso, sus creadores han aprovechado estos problemas para convertirlos en oportunidades, y vaya si lo han hecho. De hecho, han localizado su mirada en los villanos, desarrollando todo un complejo esquema de secuencias que ayudan a explicar cómo funciona ese grupo de Susurradores encabezado por una extraordinaria Samantha Morton (Two for Joy). Algo que, de hecho, ha ocurrido muy pocas veces, por no decir ninguna. El hecho de narrar los orígenes de la villana principal a lo largo de varios episodios (dedicándole uno plenamente a ella) enriquece de tal modo la trama que vuelve la historia mucho más compleja emocionalmente hablando, pues permite comprender las motivaciones del otro bando y lo que les lleva a ser como son. Si a esto sumamos la presencia de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-) y de otros personajes que juegan a dos bandas entre el bien y el mal, lo que obtenemos es un interesante reflejo de cómo una comunidad se desestructura poco a poco, y de cómo el ser humano es capaz de renunciar a sus principios con las consecuencias que eso conlleva.

Dicho de otro modo, esta primera mitad de la décima temporada es un ejemplo de cómo dinamitar por dentro lo construido previamente. A través de varios personajes, sorpresa final incluida (el episodio 7 posiblemente sea de los mejores de toda la serie), la trama ahonda en los miedos, en los problemas, en las suspicacias entre unos y otros mientras confiamos aquellos dichos de “la unión hace la fuerza” y “divide y vencerás”. Efectivamente, la división entre los principales protagonistas, principalmente física aunque en parte también emocional, provoca situaciones que hacen evolucionar la historia hacia lugares que habitualmente no se han tocado en esta serie, especialmente en sus dos últimos episodios. Sin desvelar grandes spoilers se puede decir que personajes definidos por su recia moral terminan sucumbiendo a sus ansias de venganza, y que roles que comienzan una vida en familia… bueno, eso es mejor descubrirlo por uno mismo.

Héroes, villanos y antihéroes

Y esto entronca directamente con otro de los grandes aciertos de esta temporada de The Walking Dead. Su planteamiento del bien y del mal, de los héroes y los villanos, queda difuminado en numerosas ocasiones. A diferencia de temporadas anteriores, donde los villanos eran más que evidentes y no tenían, digamos, una interpretación moral que justificase sus actos, en esta ocasión no solo existe dicha explicación, como comentaba antes, sino que los héroes toman decisiones y actúan de modos muchas veces cuestionables. Comprensibles por el dolor que han sufrido, pero en cualquier caso cuestionables. La sed de venganza hacia esos Susurradores es el detonante de muchos conflictos internos en el grupo, pero también de muchos dilemas morales en cada uno de los héroes.

A esto deberíamos sumar, además, la complejidad que aporta al conjunto el rol de Dean Morgan. Tal vez sea mucho decir, pero posiblemente estemos ante el personajes más interesante y enigmático de toda la serie, y el actor engrandece el viaje de este villano reconvertido en antihéroe hasta hacerlo más indispensable de lo que ya es. El camino que emprende no solo permite al espectador conocer más en profundidad a Negan, sino que además obliga a repensar muchas de sus actitudes y sus decisiones, sobre todo la relativa a los Susurradores. El que fuera archienemigo de Rick Grames demuestra, con sus actuaciones, que se ha pasado a ese oscuro mundo del antihéroe, considerado por muchos como el villano pero capaz de hacer cosas buenas para salvar a la gente. Habrá que esperar a la siguiente tanda de episodios para averiguar los verdaderos planes de este hombre.

Más allá de los cambios respecto a la novela gráfica (algunos muy muy significativos, como es habitual), lo que esta primera mitad de temporada aporta es, desde el punto de vista dramático, una disección muy interesante del funcionamiento de una sociedad, de cómo sus miembros quieren regirse por unas normas que, sin embargo, no pueden evitar ignorar cuando les consume la ira. Pero es que desde el punto de vista audiovisual la temporada es un ejemplo de cómo narrar en el silencio, utilizando los sonidos en numerosas ocasiones para hacer avanzar la acción. Muchos verán en estos episodios una muestra de esa lentitud que se achaca muchas veces a esta ficción. Y puede que sea así. Pero en esa calma, en ese silencio, la serie encuentra una poderosa arma narrativa que ofrece muchas posibilidades de interpretación y complejidad emocional. Ese silencio, que siempre acompaña a los Susurradores, termina por llegar a los héroes, algo que en cierto modo también es una forma de consolidar la idea de que estos villanos tienen una enorme influencia.

Desde luego, el final de esta primera mitad de la décima temporada de The Walking Dead tiene uno de los mejores ganchos de toda la serie, pero es solo el colofón a un arco dramático que, aunque irregular en algunos episodios, ha llevado a los personajes a otro nivel. El impacto de los acontecimientos de la novena temporada, unido a esa división del grupo de héroes y al tratamiento que se da a los antihéroes, convierten a estos 8 episodios en una tanda interesante, apasionante por momentos y tediosa en otros tantos, pero que lleva la historia hasta puntos realmente críticos, sobre todo en su clímax de los dos últimos capítulos. Es la tormenta que precede a la calma, eso es más que evidente, pero también es un ejercicio de tratamiento dramático y de estudio del caos imprescindible en una serie que, durante varias temporadas, había caído en una dinámica de buenos y malos sin luces ni sombras. Lo planteado en esta primera etapa es, en muchos sentidos, un soplo de aire fresco aunque pueda no parecerlo.

El cambio generacional llega a ‘The Big Bang Theory’ en su 10ª T.


No estoy particularmente en contra de una serie longeva. Cada producción debe tener las temporadas necesarias, sin alargar el chicle del éxito de forma innecesaria ni tampoco recortar en el desarrollo dramático de las historias para reducir su duración. Dicho esto, creo que The Big Bang Theory está empezando a sufrir el mal de las sitcoms que duran más de lo que deberían, o al menos cuyas tramas muestran signos de cansancio. Porque si su novena temporada ya inició el camino a la madurez de sus protagonistas, en esta décima etapa de 24 episodios se puede decir que estamos metidos de lleno en esa presunta vida adulta de estos jóvenes. Y esto tiene visos de alargarse.

Este cambio narrativo, al menos en lo que a su fondo se refiere, no debería ser algo negativo en la serie creada por Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (Los líos de Caroline). De hecho, y desde una cierta perspectiva, resulta interesante comprobar cómo los amigos protagonistas afrontan los problemas de una vida en pareja y de una madurez a la que no estaban acostumbrados hasta ahora, teniendo como momento culmen el final de esta temporada, que aquellos que hayan comenzado a ver la undécima ya sabrán cómo se resuelve. Esta apuesta por hacer avanzar la serie, sin lugar a dudas, es positivo por dos motivos evidentes. Por un lado, porque se aleja de la estructura clásica de este tipo de producciones en la que los protagonistas apenas evolucionan y los cambios se producen más por elementos externos. Y por otro, porque se abren nuevas posibilidades dramáticas y se amplía el abanico argumental.

Sin ir más lejos, en esta temporada se ha incidido más en la relación del grupo con varios personajes secundarios y episódicos, se han explorado tramas secundarias que se habían dejado un poco de lado por necesidades de guión, e incluso se han potenciado algunos aspectos de la personalidad de roles como el de Kunal Nayyar (Dr. Cabbie) que se habían quedado en un segundo plano. Todo ello es gracias a la nueva situación que viven los protagonistas. Los cambios de estatus en la trama principal afectan directamente a las líneas argumentales secundarias, que a su vez se renuevan para amoldarse y reaccionar ante las novedades en la principal. Se aprecia de este modo un tratamiento orgánico de la trama, algo que siempre es de agradecer porque fortalece el universo friki y cómico creado en The Big Bang Theory.

Pero esta evolución tiene dos caras, y es que los personajes están dejando, poco a poco, de ser aquellos que enamoraron a los espectadores al comienzo de la serie. Sí, resulta muy interesante ver a Leonard, a Sheldon, a Penny, a Howard y a Raj afrontar el matrimonio, la convivencia en pareja, el respeto por los gustos del otro, la paternidad, etc. Y precisamente la lucha entre sus diferentes formas de ser, sus pasados y sus futuros es lo que genera algunas de las situaciones más hilarantes y divertidas de la temporada. Pero como esta situación no puede sostenerse, poco a poco ese aspecto friki, que siempre seguirá existiendo, dejará paso, como de hecho ya hace en esta etapa, a una cierta responsabilidad. Y eso es lo que puede terminar por afectar al conjunto de la serie.

Sin problemas internos

Es más, en esta décima temporada de The Big Bang Theory ya se han ido perdiendo buena parte de los elementos que han definido a la serie durante estos años. Para empezar, han desaparecido casi por completo los problemas internos en el grupo. Tanto es así que lo único que parece generar algo de conflicto es el propio Sheldon Cooper (de nuevo con Jim Parsons –Figuras ocultas– en estado de gracia), cuya actitud con su novia es el catalizador de algunos de los momentos más dramáticos de estos episodios. Pero salvo esto, el resto de personajes parecen haber encontrado una estabilidad única, capaz de suprimir los problemas de pareja y de convertirles en un cúmulo de tolerancias hacia las excentricidades del otro. Y aunque es lógico, pues no van a estar peleando toda la vida, también resta dinamismo a buena parte del ritmo de la serie.

En este sentido, la ficción ha perdido fuerza de forma evidente. Se ha tratado de sustituir con agentes externos que incidan en la dinámica del grupo y haga aflorar cierta rivalidad entre ellos, cierto dinamismo que devuelva esa irritabilidad a Sheldon, esa inseguridad a Leonard. Y gracias a eso se ha logrado, pero de forma intermitente. No me malinterpreten. La serie sigue siendo una de las más divertidas de la televisión actual, con algunos gags hilarantes y con constantes referencias a la ciencia, los cómics y los videojuegos que harán las delicias de los espectadores más frikis. Pero mientras que antes existía una cierta satisfacción tras la carcajada en el sofá y la risa enlatada de las escenas, ahora esa carcajada parece esconder cierto anhelo por una dinámica dramática que se está perdiendo, y que dado que la serie está avanzando como está avanzando, parece que no va a ser posible recuperar.

Así las cosas, es necesario comprender que la serie empieza a ser algo diferente. En algunos casos incluso nuevo. Y tiene que ser entendido tanto por guionistas como por espectadores. Los primeros para poder sacar el máximo partido a las nuevas situaciones que viven los protagonistas partiendo de la base de que la dinámica detrás del éxito de las aventuras y desventuras de estos amigos se halla en las diferencias de carácter y en cómo afrontan la convivencia juntos. Y los segundos porque solo entendiendo estos cambios podrán disfrutar al máximo de esta producción como han hecho hasta ahora. La clave, de nuevo, está en el guión y en el tratamiento de los personajes, que a pesar de madurar y evolucionar deben seguir siendo capaces de mostrar sus diferencias como hasta ahora, y no perderse en la rutina de la madurez.

De ahí que esta décima temporada de The Big Bang Theory sea la mejor prueba de los riesgos que corre una serie cuando se ve obligada a evolucionar sin entender bien las bases de sus dinámicas dramáticas y cómicas. Es la mejor prueba porque, por suerte, la ficción ha perdido solo parte de su esencia, manteniendo intacta buena parte de su comicidad y de los aspectos que más la definen, entre ellos unos protagonistas que ya son parte de la historia de la televisión. El peligro está en el futuro y en el tiempo que se quiera estirar el éxito, pues de ello depende que el espectador mantenga en su cabeza la fantasía de unos personajes o los vea madurar y decaer en la pequeña pantalla. Por lo pronto, la evolución cada vez es más evidente, y aunque se está haciendo de forma orgánica a lo largo de varias temporadas, ya nunca volveremos a ver a ese grupo que comenzó hace tantos años. El cambio generacional de los personajes ha llegado.

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