‘El rey león’: realismo animal y deshumanizador


Son varias ya las películas que Disney ha revisionado ya en imagen real, pero la nueva versión del que posiblemente sea su mayor clásico moderno (si es que 25 años de vida puede considerarse moderno) ha dejado ver los aciertos y errores de esta estrategia con una claridad meridiana. No se trata de comparar un film con otro, sino más bien de comprobar cómo una misma historia varía en función de las herramientas utilizadas.

Porque siendo sinceros, la historia de este El rey león sigue teniendo la fuerza, interés y dramatismo de siempre. Una trama atemporal que encandila generación tras generación y que invita a revisionarse siempre que se puede. Sus conceptos shakesperianos, sus inmortales giros argumentales, su combinación de humor y drama, y sobre todo unos personajes perfectamente definidos y con una profundidad dramática fuera de toda duda siguen siendo los elementos que definen esta historia, y bajo ese prisma esta versión dirigida con inteligencia por Jon Favreau (El libro de la selva) se revela como un film sólido. De hecho, el director logra salir airoso de algunos de los momentos más complejos del relato, como son la canción ‘Yo voy a ser el rey león’ (magistral el modo en que utiliza los movimientos de cámara y los animales) y esa pelea final entre leones y hienas, todo un derroche de elegancia y belleza visual.

Ahora bien, la película peca en algo fundamental. Algo que, por otro lado, es comprensible si tenemos en cuenta su apuesta visual y su concepto de película realista con animales generados por ordenador. El clásico de animación humanizaba a los animales. Sonreían, lloraban, expresaban dolor, alegría, rabia, … Todo eso se pierde desde el momento en que los leones, sencillamente, no expresan muchos de esos sentimientos; o desde el momento en que los pájaros no pueden sonreír. Esto impide al espectador, por ejemplo, identificarse al máximo con los personajes. Si bien es cierto que el desarrollo dramático no se ve dificultado en ningún momento, también es cierto que muchas de las situaciones más complejas desde un punto de vista emocional no terminan de resolverse correctamente. Bajo este punto de vista, aunque es un film visualmente impecable el trasfondo de la historia queda algo suavizado.

De este modo, este realista El rey león es… muy realista. Tal vez demasiado para la historia tan compleja que se quiere contar. Favreau compone un relato sólido, espléndido en el apartado visual y muy original a la hora de afrontar algunos de los retos narrativos (en otros casos, como esa visión en las nubes de Mufasa, queda algo desdibujado). Un relato con una alta carga dramática que, sin embargo, en muchas ocasiones no logra trasladarse bien al film ante ese alarde de realismo animal que muestra en cada plano. La soberbia del joven Simba se pierde en esa tierna mirada de cachorro. Las dudas del Simba adulto tampoco logran encontrar salida en el rostro impasible del león. Tan solo la fiereza del combate final saca a relucir una inusitada fuerza. Esto es un problema para el film, es evidente, pero no es necesariamente algo malo que convierta la película en un fallido proyecto. Simplemente, es una nueva visión de una historia ya conocida. Y es una versión que maravilla por su calidad técnica y que contiene algunos momentos a tener en cuenta.

Nota: 7/10

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‘Aladdín’: una colorida fachada


Viendo la nueva apuesta de Disney para revitalizar en imagen real sus clásicos más conocidos, y sobre todo viendo la reacción del público de diferentes edades en la sala, la película debe ser entendida no solo desde la nostalgia de aquellos que crecimos con la magia de estas cintas animadas, sino desde aquellos nuevos espectadores de corta edad que descubren aquello que muchos otros conocimos hace décadas. Y aunque la calidad de la cinta puede que no varíe, sí es importante comprender que las comparaciones suelen ser odiosas, sobre todo en casos como este.

Por eso, Aladdín no puede compararse con el original de 1992. No porque no esté a su altura, sino porque es otro concepto adaptado a los nuevos tiempos. Y bajo este prisma, la cinta de Guy Ritchie (Sherlock Holmes) es un portento visual, una aventura musical y dinámica que aprovecha bastante bien las posibilidades de la historia para alejarse un poco del lenguaje visual del original y narrar con sus propias palabras la conocida historia del joven ladrón que terminó convirtiéndose en príncipe. Ahora bien, la producción tiene en sí misma unas posibilidades que no se explotan lo suficiente y que limitan mucho, en algunos casos muchísimo, la propia narrativa de la historia, que no profundiza en los parámetros dramáticos y morales que ella misma apunta.

El caso más evidente es el del empoderamiento de la princesa (a la que interpreta con acierto Naomi Scott -Power Rangers-), un elemento nuevo en una historia de estas características que, sin embargo, no da el paso de convertirse en un motor narrativo. Dicho de otro modo, el feminismo con el que se dota a la historia parece más de postín, limitándolo a un personaje femenino diciendo que se ha preparado para ser sultana y que no la van a callar, pero siendo siempre salvada por el héroe de turno. Es evidente que, en un intento de mantener la esencia del cuento original pero introduciendo los actuales conceptos sociales, lo que surge es una mezcla que no funciona. No es el único caso. La evolución del protagonista no termina de generar el interés esperado, los efectos digitales se antojan un tanto acartonados, y secundarios como Abu o Iago tienen un protagonismo intermitente que revela un intento infructuoso de dotarles de una presencia determinante en la trama.

Todo ello convierte a Aladdín en un entretenimiento para los más pequeños que en muchos casos no terminará de convencer a los mayores. Un colorido espectáculo en el que, al igual que la moraleja de la historia, termina por importar poco la fachada y primar lo que hay en el interior. Y ese interior se revela irregular, con buenos e interesantes momentos pero con demasiados argumentos planteados sin desarrollo posterior. Eso por no hablar de la ausencia completa del lenguaje de Guy Ritchie tras las cámaras, entregado a una mera manufactura de un producto comercial. Eso sí, la magia sigue existiendo, y mientras hay magia hay esperanza… al menos para afrontar la siguiente cita con un clásico Disney de carne, hueso y ordenador.

Nota: 6,5/10

‘Dumbo’: de vuelta a la niñez


Dejando a un lado las críticas que se le pueden hacer a Disney por el modo en que endulza todo tipo de historias y personajes, lo cierto es que la casa de Mickey Mouse ha nutrido la imaginación de varias generaciones con la magia que desprenden sus historias. Su apuesta por los remakes en imagen real está logrando un doble efecto: que muchos niños se acerquen a las historias clásicas de la productora de un modo más moderno, y que los millones de adultos que crecieron viendo estas fantasías vuelvan a ser niños. Y la última de estas versiones cumple con lo establecido.

Porque desde luego, Dumbo es todo lo que puede esperarse de ella. Divertida, mágica, enternecedora, y ante todo una lección de cómo hacer el bien y tomar las decisiones correctas siempre se impondrá al mal. En este sentido, uno de los retos superados con nota es el de trasladar la acción de la cinta de animación a una con personajes de carne y hueso. El guión opta con acierto por hacer que la trama se apoye en los personajes humanos no solo para que asuman el tono dramático de la historia, sino para que se conviertan en vehículo de los sentimientos del pequeño paquidermo protagonista. En este proceso, por ejemplo, destacan sobremanera momentos tan inolvidables como la vista de Dumbo a su madre encarcelada y, sobre todo, esa alucinación de elefantes rosas que Tim Burton (Eduardo Manostijeras) tan bien ha sabido plasmar en pantalla.

El problema puede estar, precisamente, en el director y en un protagonista encarnado por Colin Farrell (Noche de miedo) que está definido con brocha un poco gorda. Dado que Burton se pone tras las cámaras posiblemente podría esperarse algo más de transgresión narrativa, algo más de oscuridad en una historia muy “pulcra” a todos los niveles. Lo cierto es que aquello que convirtió al director en el maestro de la fantasía queda ya muy lejos, y solo en algunos detalles pueden verse todavía destellos de aquel realizador. Al fin y al cabo, es un producto Disney, y como tal debe entenderse. Más allá de eso, la historia se desarrolla sin distracciones, rellenando los momentos de depresiones narrativas con tramas secundarias que dotan de algo más de complejidad al conjunto, convirtiendo el film en una producción que puede leerse en muchos niveles.

Dumbo es, por tanto, magia en estado puro. Los adultos que recuerden con cariño la historia de este pequeño elefante capaz de volar gracias a una pluma encontrarán en esta nueva versión las claves para volver a ser niños, y aunque la historia pueda resultar previsible, a estas alturas no creo que nadie entre en una sala de cine buscando algo diferente, ni siquiera estando el nombre de Tim Burton tras las cámaras. Es, en definitiva, un paso más en el camino de remakes que prepara la productora, y que tiene como próximas citas AladdinEl Rey León. Puede que no sea de las mejores, y desde luego no está a la altura del clásico de 1941, pero sin duda hemos vuelto a nuestra niñez.

Nota: 6,5/10

‘El cascanueces y los cuatro reinos’: sin nueces que cascar


Cuesta creer que una película con los actores, directores y diseño de producción que tiene esta nueva propuesta de Disney sea, sin embargo, tan anodina, tan falta de contenido. Tal vez sea por una indefinición en su arco narrativo, por el uso y abuso de los efectos digitales o por el carácter infantil que se imprime a una historia que podría haber dado mucho más de sí con un enfoque un poco más adulto, pero la realidad es que esta obra de fantasía, moraleja y paso a la madurez se queda a medio camino de ninguna parte.

Y fundamentalmente es porque El cascanueces y los cuatro reinos no contiene una historia desarrollada. Más bien, su argumento parece una excusa para mostrar unos mundos fantásticos y poder justificar el gasto de millones en efectos digitales. Los personajes, salvo contadas excepciones, apenas tienen recorrido dramático; la trama es lineal, sin giros argumentales significativos (salvo un único cambio de roles que se convierte en lo más interesante de la historia) y, sobre todo, se generan unos vacíos argumentales que para los más pequeños pueden pasar desapercibidos, pero para los adultos resultan un tanto alarmantes.

A su favor juega el hecho de que va de menos a más, lo cual tampoco es algo de admirar dado el arranque del film. Su comienzo, sospechosamente similar al de ‘Alicia en el País de las Maravillas’, está marcado por una falta absoluta de interés, tanto en los personajes como en los conflictos que viven. Tan solo en su tramo final, cuando protagonista y antagonista se enfrentan, la cinta adquiere algo más de interés, aunque tampoco demasiado. La falta de fuerza dramática a cada paso de la historia genera una frustración mayúscula, entre otras cosas porque la historia sí permite apreciar elementos que podrían haber sido mucho más dramáticos, pero que se suavizan en pos de una inocencia que roza el ridículo.

Y es una lástima, porque el trasfondo de El cascanueces y los cuatro reinos es interesante, así como la moraleja que se sustrae del mismo, con la madurez, la responsabilidad y la inteligencia como grandes argumentos. Pero ni el guión ahonda en eso ni sus directores son capaces de ofrecer algo más que una visión estandarizada de las secuencias. Tampoco ayuda que los personajes no tengan una definición más profunda. En el aire quedan preguntas sobre el origen de muchos de los protagonistas, sus motivaciones, las relaciones surgidas a raíz de los conflictos internos y externos, y un extenso etcétera. Que una película para toda la familia plantee tantas preguntas de calado y las deje sin respuesta ya es un síntoma de que sus carencias superan con creces el poco interés que pueden tener sus aspectos más positivos.

Nota: 5/10

‘La Bella y la Bestia’: animación de carne y hueso


Las producciones Disney tienen muchos defectos, pero si por algo pueden ser defendidas es por la magia que desprenden en cada plano, por esa capacidad de llevar al espectador, sea de la edad que sea, a un momento de su vida en el que todo era fantasía, en el que todo estaba por descubrir. Y si eso ya tiene mérito, lograrlo con una versión en imagen real de una historia mil veces vista y cantada es un reto al alcance de muy pocos.

De ahí que esta nueva versión de La bella y la bestia tenga tanto mérito. La traslación al mundo de carne y hueso de esta fantasía con objetos animados no solo es fiel al original, sino que logra desprender el carrusel de emociones que tienen sus canciones, amén del recorrido dramático de sus personajes, interpretados por unos actores que disfrutan con cada línea de diálogo y con cada movimiento de baile. Esa diversión se traslada, en última instancia, al desarrollo argumental de la historia, adaptada en algunos aspectos a los tiempos modernos pero sin perder de vista en ningún momento la fuerza de la poderosa historia de base.

Es magia, sí. Es romance, ternura y diversión. Pero incluso su intención por ser fiel al original (coartado, claro está, por los límites que impone la realidad) deja espacio para la introducción de ciertas secuencias que ayudan a explicar algo mejor la evolución de los personajes, su pasado y su futuro, y cómo todo termina por tener más coherencia. Dichas secuencias, aunque inteligentemente introducidas, restan sin embargo algo de ritmo al resto del desarrollo, lo que al final deja un sabor agridulce en un film, por otro lado, muy completo que aprovecha con bastante habilidad los recursos del musical y de la fantasía animada en la que se basa (atención al número del comedor o al clásico baile en el salón).

Al final, lo realmente importante es si La bella y la bestia logra emocionar tanto como su original animado. La respuesta es un rotundo sí. O al menos, un SÍ con mayúsculas. Quizá su mayor problema sea que, en ese intento por no ser una copia exacta, trata de introducir elementos nuevos cuyo funcionamiento dentro del engranaje dramático no siempre es el idóneo. Pero desde luego, si ese es el mayor problema, bendito sea, porque lo cierto es que, aunque perjudica al ritmo, ayuda a completar la historia, haciéndola algo más adulta y compleja. Disney ha encontrado un nuevo nicho de mercado en estas versiones en imagen real. ¿Cuál será la siguiente?

Nota: 7/10

‘Del revés’: reinterpretar la vida de dentro hacia fuera


Tristeza, Miedo, Ira, Asco y Alegría son las emociones protagonistas de 'Del revés'.Pixar siempre se ha diferenciado de sus más directos competidores en la impecable factura técnica de sus películas. De hecho, cada nueva aventura suponía un reto técnico y artístico. Pero como era de esperar, tarde o temprano eso tenía que terminarse. Ahora bien, estamos hablando, literalmente, de unos genios, de unos avanzados a su época capaces de estremecer y encandilar sin necesidad de diálogos y de diseñar fluidos y movimientos orgánicos tan realistas como la vida misma. Por ello, el reto de su nueva película no estaba en la técnica, sino en el concepto narrado y el modo en que se narra. Y el resultado vuelve a demostrar la enorme distancia que existe con otros estudios, incluida la propia Disney.

Si algo encandila de Del revés es, desde luego, la traducción a la vida real de los acontecimientos que se narran. El paso de la infancia a la adolescencia de una niña de 11 años separada del mundo que siempre había conocido sirve de excusa para explorar un terreno hasta ahora ignoto. Con la aventura como vehículo narrativo, desde luego lo más fascinante del relato es comprender las consecuencias externas que tiene lo que ocurre en la mente de la pequeña. De dentro hacia fuera, como reza el título original. Y en esta deconstrucción de las emociones humanas hay hueco para todo, desde la comprensión de que no todo es blanco o negro (alegría o tristeza) hasta los sacrificios que hace nuestra mente de aquellos aspectos de nuestra infancia que lastran la madurez.

Por supuesto, todo con un colorido y un dinamismo inconfundibles. Habrá quienes quieran tacharla de infantil. Bueno, de todos los títulos de la productora es uno de los que más se ajusta a esta descripción. Pero una breve reflexión sobre el contenido obliga a modificar sensiblemente la valoración para introducir un factor que muchas películas de animación olvidan: este tipo de cine debe estar dirigido tanto a mayores como a pequeños. Y es aquí donde Pixar demuestra por enésima vez que sus cintas nunca podrán pasar de moda porque narran conflictos universales, momentos que todo ser humano ha vivido antes o después.

Es posible que Del revés posea algunos momentos de ralentización narrativa, permitiendo que el interés del público decaiga ligeramente. Sin embargo, toda la película es una genialidad, desde el colorido utilizado hasta el concepto narrativo, pasando por la traducción en imágenes del funcionamiento de los recuerdos, las emociones o el subconsciente. Desde luego, Pixar lo ha vuelto a conseguir, dejando atrás ciertas impresiones que apuntaban a un cansancio creativo. Y por si alguien quiere encontrar algún detalle técnico que marque la diferencia, ahí va uno muy personal: el bebe con el que comienza el film.

Nota: 8,5/10

‘Tomorrowland: El mundo del mañana’: el futuro comienza despacio


Britt Robertson y George Clooney protagonizan 'Tomorrowland: El mundo del mañana'.Cinco largometrajes conforman la trayectoria cinematográfica de Brad Bird (Los increíbles), amén de varios episodios de televisión y algún que otro corto. Y la mayoría de ellos son de animación, algo que se nota en este nuevo intento de Disney de explotar una atracción/espacio de atracciones de sus famosos parques. Porque si algo tiene esta aventura futurista protagonizada por George Clooney (Solaris) y Britt Robertson (Madres e hijas) es un marcado tono animado que aprovecha las posibilidades de una cámara que se mueve desafiando todos los límites de la gravedad y de la narrativa convencional.

Bajo este prisma, Tomorrowland: El mundo del mañana es un film sumamente entretenido, fascinante en su concepción visual y de diseño artístico y con un interesante mensaje que debería hacer reflexionar a grandes y pequeños. Con un reparto cómodo en unos personajes con un cierto toque autoparódico (sobre todo la pequeña Raffey Cassidy, de lo mejor del film), la cinta aprovecha grandes iconos de la historia de la ciencia para encajar una historia que bebe de numerosas fuentes y que, además, sirve para homenajear a clásicos personajes de la ciencia ficción, amén de atracciones ya clásicas de los parques antes mencionados.

Pero todo lo que tiene de entretenido lo tiene también de irregular. Es cierto que su mensaje final es notable, que su clímax es un derroche de acción e imaginación y que la apuesta por el humor y la aventura convierte a esta cinta en un vehículo de disfrute para toda la familia, pero el problema es que todo eso no ocurre hasta bien avanzada la trama. De hecho, no ocurre hasta aproximadamente la mitad del guión, lo cual es indicativo del gran problema que presenta la obra. En efecto, su primera mitad resulta tediosa, irritantemente repetitiva y con una peligrosa tendencia a resultar aburrida. Esto provoca que la evolución posterior, a pesar de estar sólidamente estructurada, no alcance el objetivo deseado, dejando al film a medio gas.

La impresión general, por tanto, es que Tomorrowland: El mundo del mañana podría haber sido más de lo que finalmente es. Independientemente de que tenga una clara vocación familiar, su irregular comienzo impide al espectador identificarse con los personajes y con la historia, y le lleva a adoptar una postura más bien conservadora ante las maravillas que presencia. Solo cuando el film entra en una dinámica aventurera, con los viajes a ese mundo del mañana y las consecuencias que tiene la acción del ser humano sobre cualquier mundo, la historia gana muchos enteros. El problema es que debe destinar sus esfuerzos a reparar el daño previo, por lo que sus posibilidades se reducen.

Nota: 6,5/10

‘Big Hero 6’: programada para no herir a los humanos


Los protagonistas de 'Big Hero 6' se preparan para su primera aventura.No creo que nadie espere encontrar en una cinta de Disney una historia desgarradora con un final duro pero realista. La compañía es lo que es, y esos valores, gusten más o menos, son sus señas de identidad. Pero de un tiempo a esta parte sus mensajes han cambiado ligeramente. Con Frozen: El reino del hielo se cambiaron las tornas en lo que a héroes, villanos y damiselas en apuros se refiere. El resultado todavía lo estamos viendo. En esta primera colaboración con Marvel, casa que posee el cómic en el que se basa, ocurre algo parecido, aunque con la diferencia de que, en esta ocasión, los personajes y el desarrollo de la trama son algo más típicos, tópicos y previsibles.

Porque si algo se le puede achacar a Big Hero 6 es que tanto su historia como sus personajes secundarios carecen de grandes matices. El desarrollo dramático transcurre por cauces habituales, sin demasiados sobresaltos y con giros argumentales más o menos previsibles. Evidentemente, la historia está pensada para los más pequeños. Pero incluso en este marco hay espacio para algo ligeramente diferente que obliga a reflexionar sobre algunas ideas como la pérdida, la forma de afrontar el dolor, la ira o la venganza. En este sentido, el momento en que el joven protagonista modifica la programación de su robot para convertirlo en una máquina de matar es tan impactante como aterradora.

Y por supuesto, tenemos a Baymax, el achuchable robot médico que acompaña al joven protagonista y que se convierte en el alma de la historia por méritos propios desde el primer minuto. Su presencia en pantalla no solo da sentido al conjunto, sino que eleva el grado de entretenimiento, risas y diversión a cotas que no se alcanzan salvo en el tramo final, cuando tiene lugar la gran batalla, todo un alarde de dinamismo, colorido y frases manidas. Desde luego, sin esta especie de primo lejano del muñeco de Michelin la cinta no sería lo que es. Y desde luego, si la acción que tiene en su tramo final estaríamos ante una propuesta mucho más monótona y lenta, como demuestran sus primeros minutos hasta la llegada del mencionado robot.

Está claro que el éxito de Big Hero 6 está asegurado, así como el merchandising que acompañará a la cinta estas Navidades. Pero más allá de todo el envoltorio, la película presenta un mensaje y una moraleja muy interesantes, tal vez no apto para todos los niños pero indudablemente didáctico. Lástima que sus puntos débiles residan en sus secundarios y en un guión excesivamente simple. De haber dotado al conjunto de algo más de solidez narrativa y de unos secundarios con vida propia estaríamos hablando de un importante título de la animación moderna. De este modo, solo se puede decir que es una película muy entretenida que se pasa en un suspiro entre risas y acción. Que es más de lo que puede decirse de otras cintas, por cierto.

Nota: 6,5/10

Disney aporta sus señas de identidad a ‘Tarzán’ pero deja su esencia


Disney logró combinar en su 'Tarzán' la filosofía del personaje y la de la productora.No cabe duda de que uno de los personajes más conocidos e icónicos de la literatura es Tarzán, el hombre criado por simios que se convierte en el rey de la selva. Creado por Edgar Rice Burroughs, sus adaptaciones al cine comienzan en 1918, siendo las más conocidas las interpretadas por el que, personalmente, creo que ha sido, es y siempre será Tarzán: Johnny Weissmuller (Tarzán de los monos). Sin embargo, vamos a abordar otra de las adaptaciones que, por el momento en que se hizo y la técnica utilizada, posee matices interesantes. Nos referimos a Tarzán (1999), la versión Disney del personaje.

Es inevitable recordar este film dirigido por Chris Buck (Frozen: El reino del hielo) y Kevin Lima (102 dálmatas) ahora que otra adaptación de inminente estreno utiliza también la animación como medio (aunque en este caso es 3D). Con todo, la cinta que aquí tratamos se ha ganado con los años el derecho a estar entre lo mejor que se ha hecho sobre el personaje, principalmente porque supo encontrar el equilibrio entre el espíritu infantil y soñador de la productora y el tono serio y algo más sombrío de la historia. Puede que la mejor muestra de ello sea el hecho de presenciar una de las primeras muertes de la historia de la compañía, aunque sólo sea de forma sonora. En este sentido, el guión encuentra un equilibrio perfecto entre ambos mundos gracias, entre otras cosas, a dividir la trama en dos partes bien diferenciadas incluso en su paleta cromática: la infancia y la edad adulta. Gracias a esto el desarrollo evoluciona de menos a más en todos los aspectos, ofreciendo un viaje en el que los conflictos se suceden casi sin tregua, si bien es cierto que unos son más físicos que otros. Así, los minutos en los que el protagonista es pequeño se presentan despreocupados, vivos y coloridos, mientras que en la edad adulta los tonos oscuros se entremezclan con los más claros, aportados en este caso por los secundarios.

Aunque lo realmente interesante es que Tarzán no se entrega a la aventura o la acción sin sentido. Ni mucho menos quiere esto decir que sea una reflexión filosófica sobre el ser humano. Al fin y al cabo, es Disney. Pero con todo y con eso, el film recoge numerosas reflexiones que acompañan a los orígenes del personaje. Desde la soledad por sentirse rechazado entre aquellos a los que considera semejantes sólo por ser diferente, hasta la búsqueda de la identidad una vez se encuentra con otros humanos, la película trata con notable sentido dramático los conflictos internos a los que se enfrenta el protagonista, sobre todo aquel que tiene que ver con su lugar en el mundo. Y como suele decirse, lo importante está en los detalles. Que el protagonista descubra su pasado a través de imágenes, que se civilice (otro término que ofrece muchas connotaciones) o que se debata entre su amor por la hermosa protagonista y su responsabilidad con su familia son elementos que, en mayor o menor medida, siempre han estado.

Empero, la cinta la expresividad corporal del personaje para narrar su evolución y esos conflictos que nutren el desarrollo de la trama. El uso de los nudillos para caminar, o el mero hecho de que camine a cuatro patas, son algunos de los detalles a los que hacía referencia. Esto, unido a cualidades del personaje como su curiosidad o su sentido de la moral inculcado por la vida salvaje terminan definiendo mejor que cualquier otro aspecto las diferentes caras del protagonista, sin duda el mejor representado si tenemos en cuenta que los secundarios son, en líneas generales, bastante arquetípicos (sus rasgos físicos les definen casi antes de que digan una sola frase).

Dinamismo en plena crisis

Como no podía ser de otro modo, la adaptación está marcada por una magistral banda sonora compuesta por Phil Collins en varios idiomas y que fue premiada con un Oscar. La capacidad del artista para narrar con canciones lo que se ve en imágenes recuerda a la labor de Elton John en El rey león (1994), salvando las evidentes distancias. Sin embargo, si hay algo que define a esta película es el momento en el que apareció y la técnica utilizada para llevarla a cabo, a medio camino entre la animación por ordenador y la tradicional.

Se puede considerar a este Tarzán el eslabón entre el nuevo rumbo que dio Disney con el cine de animación por ordenador y la animación que hasta entonces venía haciendo. El descenso continuado en la calidad de las tramas y de los personajes llevó a las técnicas tradicionales a desaparecer, o al menos a ser consideradas marginales. La adaptación del personaje de Burroughs evidenció que cualquier técnica es válida siempre y cuando esté sustentada en sólidos pilares narrativos, ya sean a nivel de guión o en el plano visual. La película, en este sentido, recupera conceptos muy tradicionales que pueden encontrarse en los grandes clásicos de la productora, pero no los utiliza para contar su propia historia, sino que los adapta a las necesidades del protagonista.

La película incorporó, además, un estilo nuevo al personaje, limitado hasta entonces por las capacidades físicas de actores de carne y hueso. Y eso que algunos de ellos eran auténticos atletas, como es el caso de Weissmuller. Me estoy refiriendo, como muchos se imaginarán, a ese estilo surfista para trasladarse por las ramas de los árboles, posiblemente la única concesión, digamos, moderna. Independientemente de que sea más o menos acertado, es indudable que aporta un dinamismo diferente y propio, que aleja al conjunto lo suficiente de sus predecesores como para no ser considerada una adaptación más. Por supuesto, habría que añadir aquí los personajes, que basculan entre la comicidad y el dramatismo, y una trama que en ningún momento pierde de vista lo que está contando.

La versión Disney de Tarzán puede incluirse, por tanto, entre las mejores adaptaciones del personaje. Es cierto que hay momentos en los que el tono infantil se impone y que tiene algunas concesiones algo innecesarias. Es cierto que sus personajes, a excepción del protagonista, son algo tópicos, sin apenas matices y con una función demasiado clara y evidente en la trama. Pero en líneas generales aúna todos los elementos que definen al personaje (aventura, exclusión, pertenencia a un grupo, supervivencia, respeto, …), y lo logra gracias a una evolución en el tono dramático. Su forma de afrontar los conflictos emocionales de un personaje que se enfrenta a una realidad desconocida no tiene nada que envidiarle a algunas de las mejores versiones, y su uso del color y la banda sonora para ayudar a narrar esta historia son espléndidos. Una película, en definitiva, que fue capaz de demostrar la calidad de la animación en 2D siempre y cuando esta sea adecuada.

‘Maléfica’: el amor verdadero de una madre


Angelina Jolie es 'Maléfica', un hada que clama venganza.El nombre de Disney quedó unido hace décadas al cine para toda la familia, al cine con moraleja destinado a las futuras generaciones para que encuentren en estas películas no solo mundos de fantasía que despierten la imaginación de los más pequeños, sino mensajes con enseñanzas muy concretas que les ayuden a crecer como personas. El problema de la compañía fue su incapacidad para adaptarse al cambio de los tiempos, estancándose en unos ideales que se fueron perdiendo a medida que sus films fueron reduciendo su calidad. La nueva aproximación a la historia de La bella durmiente demuestra que el cambio se está produciendo, y que como consecuencia de ello las historias están ganando en fortaleza narrativa y conceptual.

No se trata, por tanto, de una simple y llana reinterpretación de los cuentos cuyo resultado sea una repetición de los acontecimientos con un toque más oscuro y adulto. Maléfica es, en este sentido, una película única, independiente del original de 1959 pero al mismo tiempo lo suficientemente humilde como para homenajearla en muchas ocasiones (el momento de la maldición al bebé es idéntico). Su mensaje, diametralmente opuesto al de la cinta de animación, busca encontrar un nexo de unión con los progenitores, y no solo con los más pequeños de la familia, apostando por las relaciones paterno filiales y el amor incondicional de una madre antes que por el romanticismo o la acción. En realidad, el guión se centra en todo momento en los personajes femeninos, en explicar sus acciones y las traiciones que sufren, y en sentar las bases para, hacia el final del film, contar aquello que más conoce el gran público acerca del cuento.

Una mirada fresca por parte del debutante Robert Stromberg que, aunque agradable e interesante, no se libra de algunos males endémicos del cine infantil de hoy en día, como es la necesidad absurda de introducir personajes que, por tratar de ser cómicos, terminan resultando excesivamente ridículos. Es el caso de, por ejemplo, las hadas madrinas que cuidan de la joven protagonista, tres roles que no tienen excesivo sentido dentro de la historia y cuyo diseño digital deja mucho que desear. Este último punto, por cierto, se tambalea notablemente a lo largo de la trama. El diseño de los efectos visuales, campo en el que está muy curtido el director, oscila constantemente entre elementos muy interesantes (el dragón, el muro de espinos) y otros bastante poco serios para una producción de este tipo (las mencionadas hadas, las primeras presentaciones de Maléfica).

Eso sí, poder ver a Angelina Jolie (Salt) en uno de los villanos más importantes del cine es magistral. Es curioso cómo su actuación gana más enteros cuando simplemente aparece en pantalla que cuando recita diálogos, pero en todo caso su labor es notable. Al final, Maléfica deja la sensación de ser una producción infantil con algo más, con una intención que marca un camino diferente al de la simple damisela en apuros o al del caballero andante de brillante armadura. No, su trama va algo más allá. Puede que el desarrollo sea algo previsible en algunos momentos, pero no hay que perder de vista el tipo de cinta que es y, sobre todo, a quién va dirigida. Y en esto no se puede sino reconocer que, con sus defectos, se ha logrado un giro interesante.

Nota: 7/10

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