‘Episodes’ termina y cierra ciclo en su quinta temporada


Aunque muchas veces las comparaciones son odiosas, equiparar en algunos aspectos unas cosas con otras puede ayudarnos a tomar perspectiva. Por ejemplo, en el caso de Episodes, la serie creada por David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie The class), equipararlo a cualquier otra producción, ya sea drama o comedia, permite apreciar mejor la calidad de una serie sencilla, una sitcom correcta y ajustada en tiempo y formato que, sin embargo, está planteada de principio a fin como un todo. Y eso es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de series.

Y esto es algo que se aprecia sobremanera en la quinta y última temporada por muchos motivos. El más importante, evidentemente, el dramático. El arco argumental de esta etapa final viene a ser una vuelta a los inicios para los protagonistas, un regreso al punto de partida con el que comenzó esta divertida ficción. La pareja de guionistas interpretada por Stephen Mangan (Rush) y Tamsin Greig (Con la banca no se juega) se convierten en el punto de apoyo sobre el que la trama gira sobre sí misma para volver a situarles como al principio, es decir, construyendo una historia que no les termina de convencer para un actor, Matt LeBlanc (Los ángeles de Charlie) al que odian y aman casi a partes iguales.

Por supuesto, no es este el único elemento. Resulta también interesante el giro final de la serie, en el que los protagonistas convierten en episodio piloto del nuevo producto su propia experiencia con LeBlanc, una producción dentro de otra producción que acentúa el carácter cíclico de Episodes desde un punto de vista puramente formal y conceptual. Desconozco si esa era realmente la intención de sus creadores desde el comienzo o si ha sido algo obligado por las circunstancias, pero lo que sí parece claro, viendo el resultado final de la serie completa, es que alguna base debía existir, pues aunque en muchas ocasiones el desarrollo dramático ha podido parecer algo caótico, la realidad es que todo ha terminado encajando de forma armónica.

Y todo ello con humor ácido, con carcajadas blancas y sinceras, y con una cierta crítica profesional y social a un mundo, el de la televisión, marcado por las audiencias. Esta quinta temporada, en este sentido, también es ejemplar. Si durante etapas anteriores la trama se ha centrado fundamentalmente en el devenir de una pareja de guionistas ingleses y su calvario en Estados Unidos, en esta última parte (y que comenzó en la cuarta temporada) buena parte del peso también recae en el personaje de LeBlanc, al que se le enfrenta a situaciones que, en principio, ningún actor desea, como bien se encargan de demostrar en la trama. Y a su alrededor, todo un mundo movido por intereses personales, por rencillas y, por supuesto, por el dinero y la audiencia, capaz de perdonar todo. Y cuando digo todo, es todo.

El final deseado

Otro elemento que viene a confirmar el carácter circular de Episodes es el hecho de que esta última temporada cuenta con 7 episodios, los mismos que la primera allá por 2011 y dos menos que el resto de etapas. Puede parecer causalidad o una mera anécdota, pero lo cierto es que esta características de la conclusión de la serie condiciona en buena medida el desarrollo de la trama, mucho más directo y enfocado a cerrar las líneas argumentales todavía abiertas a lo largo de esta ficción. En este sentido, y a pesar de los problemas que puede ocasionar la falta de tiempo, se podría decir que es el final deseado.

Porque sí, la conclusión de la serie es lo que podría esperar y desear cualquier espectador de una producción tan blanca y limpia como esta. Nada de finales inesperados, nada de giros argumentales de última hora que puedan cambiar el destino de los protagonistas. Todo se desarrolla como estaba previsto, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Y aunque es cierto que algunas historias secundarias pecan en exceso de un desarrollo y una resolución directa y simple, no lo es menos que la dinámica del trío protagonista es tan sólida que acapara toda la atención, por lo que las historias secundarias quedan, pues eso, en un segundo plano.

Y si bien es cierto que al final estos personajes secundarios, aunque divertidos y por momentos interesantes, no dejan de ser meras sombras en el fondo de la historia principal que permiten dar color al entorno en el que se desarrolla la trama, también lo es el hecho de que se echa en falta algo más de peso dramático y narrativo de los mismos en esta conclusión. Y es que ese es el principal problema de esta última temporada. Durante toda la serie varios secundarios habían disfrutado de un peso específico notable, siendo incluso determinantes en las decisiones de los protagonistas. Ahora, sin embargo, se convierten más bien en un contexto necesario, en una suerte de acompañamiento divertido al que se le tiene que dar un final, pero que no tiene demasiado impacto en el resto de la ficción.

En cualquier caso, es un problema menor de una sitcom diferente, fresca y dinámica, con un trío protagonista que, sin ser excepcional, sí evidencia una complicidad inusual. Esta quinta y última temporada de Episodes cierra por completo la serie de un modo pocas veces visto, y a pesar de ciertos problemas de equilibrio dramático entre la historia principal y los personajes secundarios, en líneas generales cumple lo que podría esperarse de una ficción de estas características. No es una obra cumbre de la comedia, ni mucho menos, pero sí es lo suficientemente original como para ser una obra destacada, tanto por su argumento como por sus actores.

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‘The Big Bang Theory’, más madurez ante su posible final en la 9ª T.


'The Big Bang Theory' parece anunciar su final en la novena temporada.Desconozco si Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (The Muppets) tienen intención de que The Big Bang Theory termine en su décima temporada, pero a tenor de lo visto en la novena etapa de esta sitcom con la ciencia y el frikismo de fondo todo indica que así es. Y lo cierto es que estos 24 episodios han confirmado algo que ya se intuía en periodos anteriores, pero lo ha hecho con una inteligencia y sencillez que debe aplaudirse, sobre todo en un contexto de series que duran eternamente y que parecen rebuscar en los recovecos de sus tramas para aferrarse a una continuidad innecesaria.

Para muchos espectadores la serie debería haber acabado hace tiempo. Y es posible. Hace no mucho tiempo tuve la oportunidad de volver a ver algunos capítulos de las primeras temporadas y, desde luego, el cambio es más que notable. Pero no tiene necesariamente que ser un cambio a peor. La trama ha sabido evolucionar con la madurez que han adquirido unos personajes tan ingenuos como infantiles, situándolos en contextos sociales más complejos. En este sentido, la novena temporada se podría considerar un clímax en dicha transformación, un cambio profundo en los protagonistas que les está llevando a afrontar las responsabilidades de ser adultos.

Desde luego, poco deja esta temporada de The Big Bang Theory para el futuro. Un bebé en camino, una nueva boda, la pérdida de la virginidad. Todo ello en una única etapa que, aunque tal vez no tenga el humor ácido y agudo de temporadas anteriores, no deja de hacer reír en muchas ocasiones, combinando con inteligencia ciertas dosis de drama y romance que complementan magníficamente el desarrollo habitual de la trama. Y en este contexto, los actores simplemente realizan una labor magistral. Todos ellos han sido capaces de madurar con sus personajes, asumiendo los cambios necesarios en sus personalidades pero manteniendo los detalles que les han convertido en una pieza casi clásica de la televisión moderna.

Por supuesto, en todo esto sigue destacando Sheldon Cooper, de nuevo un Jim Parsons (Sunset stories) espléndido. Su forma de aprovechar las pocas libertades que ofrece un personaje tan característico como este es ejemplar, sobre todo porque se produce de forma natural a lo largo de la trama. Cada vez más lejos del carácter científico (como el resto de la serie), su visión del mundo y la sociedad siguen dando horas de risas sin parar, y su apertura a las convenciones sociales no deja de ser hilarante, sobre todo por el contraste que produce con el resto de personajes. Aunque sin duda, lo que a muchos les puede haber dejado sin habla es el final de la temporada.

Queridísimos hermanos

Hay un momento en la novena temporada de The Big Bang Theory en el que, después de la surrealista situación protagonizada por Sheldon, el personaje de Johnny Galecki (In time) le confiesa que es un hermano para él. Esto ocurre en el episodio 17. Y el momento es importante. Dicho capítulo representa, más o menos, el final del segundo acto en la estructura dramática de la temporada, abriendo paso a la conclusión de esta etapa. Casualidad o no, dicha confesión tiene una extensión mucho más real en el último episodio. Sin desvelar demasiado, baste decir que la mirada que se intercambian Sheldon y Leonard es tan preocupante como hilarante, tanto por las consecuencias que conlleva como por el bagaje vivido durante toda la serie.

Y lo cierto es que, sea así o no, es una prueba más de que la serie está (o parece estar) a punto de terminar. La trama, aunque con un desarrollo coherente durante esta temporada, cada vez da más signos de fatiga. Sus personajes comienzan a tener síntomas de normalidad dentro incluso de su singularidad, y ninguna de las tramas secundarias con las que se trata de nutrir el conjunto parece funcionar lo suficiente como para sustituir la sensación de ocaso que planea sobre toda la producción. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que se esté alargando el chicle indefinidamente. Más bien al contrario: demuestra que la serie está realizando un descenso controlado, con un final programado y planificado en el que nada se deja al azar, y en el que todas las piezas encajan.

Así las cosas, estos 24 episodios dejan un sabor agridulce, aunque habría que analizar si realmente es por una pérdida de calidad de la trama o por la sensación de estar asistiendo al final de una producción que nos ha acompañado durante 10 años. En cierto modo, y salvando las distancias que se tengan que salvar, es lo mismo que ocurrió con Friends, y en definitiva es lo que ocurre con toda serie que llena los espacios de ocio durante tanto tiempo, sobre todo si lo hace con coherencia, sentido dramático y calidad. Por supuesto, y me remito a lo mencionado al comienzo, muchos pensarán que la serie debería haber terminado hace algunas temporadas, y en cierto modo es así. Pero la ficción ha sabido reinventarse, aprovechar las fortalezas y debilidades de sus personajes para conducirlos por un camino que ha permitido conocerlos mejor.

Personalmente creo que The Big Bang Theory sí está a punto de terminar. Desde luego, todo apunta a esto. Que la serie vaya más allá de la décima temporada podría ser posible (en televisión todo lo es), pero el giro argumental que sostenga eso debería ser tan impactante que obligue a los espectadores a demandar más historias de estos amigos. Y la verdad es que no parece que pueda ocurrir. La novena temporada ha puesto todas las piezas necesarias para que la trama concluya satisfactoriamente, con los amigos de lleno en la vida adulta (lo que no quiere decir que ellos sean necesariamente adultos) y, quien sabe, con hermanamientos que confirmarían una de las relaciones que han sustentado la serie desde el comienzo. Lo que es indudable es que, aunque haya podido perder humor, aunque haya introducido cada vez más drama, esta sitcom tiene ya un lugar en la historia de la televisión.

3ª T de ‘Episodes’, la encrucijada profesional para volver al inicio


Tamsin Greig, Stephen Mangan y Matt LeBlanc vuelven en la tercera temporada de 'Episodes'.Tras una temporada de presentación y otra de conflicto, la serie Episodes ha confirmado en su tercera entrega que es una de las comedias más frescas y originales de la televisión. Alejada de dramas románticos o de diferencias culturales, la nueva etapa de 9 episodios ha recuperado buena parte del espíritu inicial para centrarse sobre todo en el pasado y futuro profesional de un mundo, el cinematográfico y audiovisual, que en muchas ocasiones sitúa a sus profesionales en un cruce de intereses del que es difícil salir airoso. Sus responsables, David Crane y Jeffrey Klarik, creadores de la serie The class, ofrecen así la visión de un otro aspecto de la dinámica laboral en una serie de televisión. Pero como ocurre en este tipo de comedias, hay más. Mucho más.

Aunque todo pasa, en definitiva, por sus personajes. Alabar la labor de Matt LeBlanc, el inolvidable Joey de la serie Friends, es decir poco de la producción, y desde luego sería realmente injusto con el propio actor. Siendo consciente de lo que su personaje ha sido para innumerables generaciones, en esta temporada apura más si cabe la herencia de la mítica comedia para aprovechar gestos, guiños e incluso frases propias de aquel actor italoamericano de dudoso talento e inteligencia. Es evidente que esta serie aprovecha al máximo su legado, pero desde luego no alcanzaría la calidad que derrocha si no fuera por el resto del reparto, sobre todo por la pareja de guionistas protagonista, a la que dan vida Stephen Mangan (Rush) y Tamsin Greig (Zombis party), quienes adquieren en esta nueva temporada un papel algo más cómico con respecto a lo que venían haciendo, evidenciando el carácter tan radicalmente distinto de los británicos con respecto a los angelinos. Sobre todo si nos centramos en el rol de Greig.

La dinámica de estos tres personajes es lo que da vida a la tercera entrega de Episodes. No es que durante las etapas anteriores no fueran clave, pero debido al tema que se desarrolla en estos episodios dicha relación adquiere un mayor significado. El hecho de que los guionistas deseen volver a su tierra natal y que el actor ansíe dejar la patética serie en la que trabaja para buscar nuevos e interesantes proyectos es el marco idóneo para desarrollar sus personalidades en un sentido algo distinto. Mientras que en los capítulos anteriores todos estos personajes buscan un beneficio inmediato y personal, en esta ocasión su visión de futuro es la que produce algunos de los mejores gags, sobre todo durante el último episodio y esa lucha por un guión maravilloso que todas las productoras luchan por producir pero que los guionistas no quieren desarrollar. El conflicto de intereses, con un final abierto que sitúa al trío protagonista ante un más que posible regreso a la casilla de salida, es tan sencillo como efectivo.

Y como suele ocurrir con este tipo de sitcoms (le ocurre igual a The Big Bang Theory), cuanto más extravagante mejor. Si durante las temporadas anteriores el personaje de John Pankow (Morning Glory) marcaba la pauta de los comportamientos surrealistas, la presencia de Chris Diamantopoulos (Empire State) riza el rizo de la locura, hasta el punto de ser un personaje literalmente esquizofrénico capaz de mantener una discusión con una docena de huevos o de sufrir efectos secundarios de lo más embarazoso. El rol, aunque temporal a todas luces, es un interesante punto de inflexión para algunas de las tramas secundarias, como es la que aborda la dinámica de las altas esferas de una productora. Su presencia, además, supone un soplo de aire fresco al grupo de secundarios que, aunque divertidos, poseen poco recorrido y presencia.

Algunas cosas nunca cambian

Al comienzo decía que Episodes ha sabido recuperar el espíritu inicial. En realidad nunca lo perdió, pero es cierto que durante estos 9 episodios la serie ha vuelto a ahondar en algunos conflictos propios de los inicios de la ficción. Sin ir más lejos, la pareja formada por Mangan y Greig recupera la dinámica que perdió durante su particular drama. Del mismo modo, LeBlanc demuestra que su personaje, confundido para la ocasión con él mismo, nunca podrá cambiar por mucho que lo intente, como evidencia su intento infructuoso de mantener una relación estable. Todo ello permite al espectador encontrar un equilibrio entre lo nuevo y lo viejo, entre el pasado y el futuro. O lo que es lo mismo, asiste a la encrucijada que viven todos los personajes en un momento de transición como el que aborda la temporada.

Eso sí, si algo puede achacarse a esta nueva temporada es la ausencia casi total del componente dramático en su trama. Tal vez sea porque el experimento no funcionó en la etapa anterior (personalmente no lo creo) o tal vez porque la poca duración de cada etapa obliga a centrarse en un único aspecto, algo que se solucionaría si, de una vez por todas, la serie adoptase un formato algo más tradicional para este tipo de producciones. Sea como sea, esa ausencia de drama hace que incluso los momentos más tristes de la evolución de los personajes se vean como algo anecdótico, centrando la atención en las caras más cómicas de los mismos. Es, por ejemplo, lo que ocurre con la ruptura de LeBlanc o la reconciliación de los guionistas, ambos momentos abordados más como un freno en el ritmo que como un altibajo emocional.

Otro de los aspectos que destacan de esta nueva temporada, y que también estaba presente en las anteriores, es la facilidad de los guionistas para combinar perfectamente las diferentes tramas que se desarrollan en la serie, componiendo un mosaico interesante de conflictos, acciones y reacciones que dotan al conjunto de una unidad espléndida. Que una conversación relacionada con la trama principal genere una serie de acontecimientos que afecten al resto de tramas es algo relativamente normal. Pero que dichos efectos permitan a la ficción evolucionar en conjunto indica que el arco dramático fluye de forma natural y armoniosa, lo que a su vez remite a la frescura y originalidad a la que hacía referencia al inicio.

Tal vez no sea una serie muy conocida. De hecho, da la sensación de que temporada tras temporada tiene problemas para continuar, como de hecho le ocurre a ‘Discos’, la serie que protagoniza Episodes. Pero desde luego es una de las propuestas más divertidas de la televisión, a disfrutar por aquellos que la siguen y a descubrir por aquellos que todavía no han tenido la oportunidad. Esta tercera temporada demuestra que no se trata de una sitcom al uso, en la que un capítulo apenas tiene que ver con el siguiente. Todo está conectado, tanto personajes como tramas, y esa es una seña de identidad de lo más interesante. Algunos tal vez argumenten que se echa en falta algo de peso dramático, pero en realidad importa poco. Sus personajes, sean o no dramáticos, sean o no cómicos, poseen una definición que no todas las comedias poseen. Y aunque solo fuera por eso merecería la pena asomarse a este rodaje de pesadilla. Por fortuna, hay más. Mucho más.

‘Apartamento 23’, buenos secundarios sin trama principal


James Van Der Beek, Dreama Walker y Krysten Ritter, protagonistas de 'Apartamento 23'.Es indudable que la comedia de situación en televisión está cambiando. Habrá quien crea que lo hace para mejor, y quien piense que el género nunca había estado en mejor estado de forma. Pero lo que parece claro, tanto por las producciones premiadas como por las que tienen más éxito, que la fórmula de Friends o de Seinfield, por poner algunos ejemplos, forma ya parte de la historia. Nuevas temáticas, estilos formales menos encorsetados, problemáticas más originales, … Una de las últimas incorporaciones a este club ha sido Apartamento 23, serie creada por Nahnatchka Khan (serie Una chica corriente) y cuya primera temporada de apenas siete episodios terminó de emitirse en Estados Unidos en mayo del año pasado. Unos episodios que sirvieron de prueba para su segunda (y última) temporada y que ya dejan entrever diversas flaquezas en su planteamiento, a medio camino entre lo clásico y lo moderno.

La historia no podría ser más simple. Una joven llega a Nueva York con la promesa de un trabajo en Wall Street y unas ganas incontenibles de comerse el mundo. Lo tiene todo en su vida: un trabajo, un novio desde hace años, unos padres sacrificados que lo han dado todo por ella. Pero todo cambia cuando pisa su empresa por primera vez. Afectada por la crisis financiera, ha quebrado y todos los trabajadores tratan de salvar y llevarse lo que pueden. Sin trabajo y sin casa, termina viviendo con una chica que es la envidia de toda joven triunfadora en la gran manzana, pero que al mismo tiempo posee una moralidad y una forma de ver el mundo algo distorsionada. Entre medias, famosos como James Van Der Beek (Dawson Crece), un vecino fisgón y una vecina obsesionada con la p*** del Apartamento 23.

Esta última referencia, por cierto, no es gratuita. El título original del programa es Don’t trust the b*** in apartment 23 (“No te fíes de la p*** del apartamento 23”), y en sí mismo el título contiene algunos de los mejores referentes de la serie. Desde luego, sus puntos fuertes residen tanto en el personaje de Krysten Ritter (Algo pasa en Las Vegas) como en los secundarios que aparecen y la parodia, ácida y muchas veces sin escrúpulo ninguno, de los famosos que han desaparecido prácticamente del panorama audiovisual tras un éxito arrollador en los años 90 del siglo XX. El mejor exponente es el propio Van Der Beek, cuyas constantes referencias a la serie que le impulsó a la fama y sus dudas acerca de su influencia en la sociedad le convierten en el icono cómico más sólido de toda la producción.

Igualmente, el resto de secundarios crean un microcosmos único, a medio camino entre la psicosis que genera una ciudad tan grande y bulliciosa como Nueva York y el ridículo que pueden llegar a generar la fama y el papel de modelo a imitar. Es en este aspecto donde más se desarrollar el personaje de Ritter, una mujer joven sin preocupaciones que vive, a tenor de lo visto, de su destreza natural para engatusar a todo el que se cruza en su camino, y cuya visión de la vida y de las relaciones humanas la convierten en… pues eso, en un personaje odioso y repelente en la vida real, pero gracioso y hasta comprensible en la ficción de Apartamento 23.

Un protagonista sin fuerza

Me imagino que muchos a estas alturas se estarán preguntando qué pasa con la protagonista. En efecto, hemos hablado de secundarios y del personaje al que hace referencia el título original de la serie, pero ninguna mención de la joven que llega a la Gran Manzana. Este es el principal problema de Apartamento 23. Su protagonista, a la que da vida Dreama Walker (Gran Torino), brilla por su ausencia en estos primeros siete episodios. O más bien, está tan poco y mal definido que termina por ser arrollado por el resto de roles. En cierto modo, parece más bien una excusa para mostrar el lado más salvaje del resto de personajes, utilizando al que debería ser el eje de la serie (junto al personaje de Ritter) en un apoyo para sobresalir.

En este sentido, la serie no funciona, y termina lastrando toda la producción. Su arco dramático, que debería moverse por los problemas típicos de la mujer neoyorquina (al menos por lo que plantea en su piloto) y por la relación entre las compañeras de piso, se desvanece demasiado pronto entre los arcos de los demás para aparecer, aunque de forma tímida, al final de esta primera entrega. Todo para hacer ver al espectador que, por un lado, la arpía que tiene por compañera es en realidad una mujer buena y con corazón, con unos sentimientos fácilmente identificables a pesar de estar bañados por una capa de cinismo y egocentrismo. Y por otro, para demostrar que todo el mundo puede cambiar, aunque sea de forma episódica y sin demasiada influencia en el futuro más inmediato. En otras palabras, el personaje de Walker no es más que el catalizador para la moraleja de cada episodio, sin que luego exista una referencia real a lo ocurrido en los siguientes episodios.

A esto habría que sumar el hecho de que, más allá de la parodia a los famosos y de algún que otro gag interesante, los problemas que aborda la serie y la estructura narrativa, el formato de la sitcom es excesivamente plano, sin una definición clara por una idea narrativa concreta. Curiosamente, la impresión final que queda en el espectador es la de un cierto caos, una anarquía que encaja bien con la del personaje del Apartamento 23, pero que no ayuda demasiado a sentar unas bases que identifiquen de forma rápida y directa al producto. Es de suponer que esto ha tenido buena parte de culpa en el devenir posterior de la serie, cuya cancelación tras la segunda temporada ha estado precedida por unas variaciones constantes de su posición en la programación y, consecuentemente, por un importante y pronunciado descenso en la audiencia.

Apartamento 23 no es, ni mucho menos, una buena serie cómica. Pertenece a ese sector de las series y películas (sean del género que sean) que resultan simpáticas, lo cual en el fondo quiere decir que ni gusta ni desagrada, ni enciende ni enfría. Vamos, que pasa más bien desapercibida. Y es una pena, pues tiene algunas ideas realmente interesantes, como la ya mencionada autoparodia de actores famosos venidos a menos (por ahí aparecen Dean Cain o Kevin Sorbo) y la mirada a determinados estereotipos que transitan las calles de Nueva York. Pero esto son elementos secundarios que deberían enriquecer una relación principal sólida y que, por desgracia, tiene una definición más bien inexistente. Claro que todo esto ocurre únicamente en siete episodios que se antojan una especie de conejillo de indias para comprobar si la fórmula funciona. Una segunda temporada con formato completo debería dar salida a todas las irregularidades de su primera entrega.

El contraste de dos culturas audiovisuales en la comedia ‘Episodes’


De todos los actores que participaron en la serie Friends, puede que el menos beneficiado del masivo éxito del producto fuese Matt LeBlanc, el inolvidable Joey Tribbiani. Tras la cancelación en su décima temporada, el actor no ha tenido lo que se dice muy buen olfato eligiendo papeles. Ni siquiera un spin off de su personaje pudo aguantar más de un par de temporadas en la serie Joey. Puede que resulte extraño, pero no lo es tanto si se considera que el éxito de su personaje, con su particular interpretación de la vida y su sencillez de miras en muchas ocasiones, estaba unido a las marcadas personalidades del resto de personajes. Ahora, y con varios años de experiencia más, LeBlanc se embarca en otra comedia ideada por uno de los autores de aquella serie (David Crane), y lo hace fundiendo su propia personalidad con la del mítico y entrañable actor italoamericano de Friends en la serie Episodes, cuya primera temporada, aunque corta, revela algunas de las mejores ideas cómicas de los últimos años en la televisión.

La historia de esta nueva serie creada por Crane y Jeffrey Klarik (serie Sigue soñando), aunque no es excesivamente original, sí aborda un mundo que, en estos tiempos de policías, médicos y abogados, había quedado relegado a las sombras. Hablamos del propio mundo televisivo. En efecto, el punto de partida es la propuesta que hace un extravagante productor norteamericano a dos guionistas ingleses para que trasladen una serie de éxito en las islas británicas a la soleada California. Y aunque la idea se les antoja atractiva, una vez en Los Ángeles empiezan a comprender que el juego de la hipocresía de la producción norteamericana nada tiene que ver con la seriedad europea. Se les impone el protagonista, que no es otro que LeBlanc haciendo de él mismo, y se les impone un cambio de personajes y de escenario, entre muchas otras cosas.

Cambios, por cierto, que se encuentran en la base del aspecto cómico general de estos primeros seis episodios que conforman la temporada inicial. Mientras que uno de los guionistas se deja guiar (y cegar en cierto modo) por las estrellas del firmamento de la televisión estadounidense, el otro se muestra cada vez más receloso e irritado. Si a esto se suma que ambos son marido y mujer, la combinación de malentendidos laborales y familiares, una de las piezas importantes de cualquier sitcom, está servida.

Para aquellos que se acerquen a la serie esperando una especie de Friends entre bambalinas mejor será que no comiencen ni siquiera el piloto. Poco o nada hay del estilo cómico de aquella en Episodes, lo que no quiere decir que no sea divertida, muy divertida, y que contenga una buena carga de crítica al hipócrita mundo del espectáculo. No es una serie de carcajada limpia, aunque existen muchos momentos, sobre todo el capítulo final de la primera temporada, donde el espectador no puede dejar de reír. Más bien, su comicidad siempre logra mantener una sonrisa en el espectador, y principalmente se debe al contraste entre dos culturas tan deudoras una de la otra y al mismo tiempo tan diferentes.

Ingleses contra el sistema

En efecto, las diferencias culturales, tanto en el ámbito laboral como en el social, es uno de los pilares de esta magnífica serie. Sí, magnífica. Su humor inteligente, cínico y muchas veces crítico acierta en la diana al representar con cierta exageración a unos personajes que, por otro lado, suelen encontrarse en cualquier producción, ya sea de cine o de televisión. En este aspecto, los actores realizan una labor única y soberbia en su planteamiento de los personajes, definiéndolos moralmente a través de su propio físico. Dejando a un lado a un Matt LeBlanc autoparódico sencillamente enorme, destaca por encima de todo la pareja de guionistas, interpretados por Tamsin Greig (Tamara Drewe) y Stephen Mangan (Beyond the Pole), sobre todo este último.

Las situaciones en las que ambos se ven envueltos, algunas de ellas tan surrealistas como las protagonizadas por el portero de su urbanización, se engrandecen en la medida en que ambos intérpretes dan una mayor salida a las diferencias culturales y a la incomodidad que sienten, sobre todo ella, de estar en un país que les es extraño, realizando una parodia de su respetado original inglés y rodeados de gente que vive de la mentira y utiliza la hipocresía y la adulación como si fuera su teléfono móvil.

Antes mencionábamos que Episodes contiene una marcada crítica al sistema de producción audiovisual norteamericano. Poco importa el grado de conocimiento del medio o de las dinámicas de trabajo de sus profesionales. Los caracteres que se parodian son tan universales que podrían extrapolarse a una oficina, a unos juzgados o a una comisaría, y todo seguiría siendo lo mismo. Claro que aquí tienen un significado especial por la propia labor que desempeñan. En cualquier caso, y para no irnos por las ramas, queda patente ya desde el primer capítulo que el cinismo que rige en el mundillo no cuadra con la forma de trabajar de los extranjeros. Un mundillo en el que nadie osa llevar la contraria al mandamás; un mundillo en el que una responsable del área de comedia parece tenerle asco incluso al aire que respira; un mundillo, en fin, donde nada es lo que parece.

La corta duración de la primera temporada, que también hace referencia al sistema de Estados Unidos en el que lo primero que se hace es rodar seis episodios para no pillarse los dedos ante un posible fracaso, tiene dos lecturas. Por un lado, deja al espectador con ganas de más, sobre todo con ese final de temporada maravillosamente divertido e irónico. Por otro, permite que la segunda temporada, más o menos igual de corta, llegue con más antelación. En cualquier caso, y aunque escaso, el visionado de estos episodios es muy recomendable para pasar un buen rato volviendo a ver a Joey (tema con el que se hace más de un chiste) en plena forma.

Diccineario

Cine y palabras

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