‘Érase una vez’ termina con una 7ª T. que ahonda en sus debilidades


He de reconocer que viendo la séptima y última temporada de Érase una vez se plantea la duda de qué sería mejor, si cerrar una serie deprisa y corriendo sin demasiada coherencia en su desarrollo, o afrontar dicho final con una suerte de epílogo que termine bien y que alargue la historia de forma artificial. Todo ello, claro está, en una serie que ha ido perdiendo interés a marchas forzadas por una falta de previsión en su conclusión definitiva. Y lo cierto es que estos 21 episodios de la serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (autores de la serie Dead of summer) son la prueba más evidente de que una falta de objetivo puede dar lugar a algo original y a la vez auto destructivo.

Porque desde luego, a esta ficción se la puede acusar de muchas cosas menos de falta de imaginación. El hecho de que esta última etapa repita estructuras narrativas permite a sus creadores un doble efecto. Por un lado, dotar al conjunto de una imagen cíclica, de recuperar el punto de partida; por otro, abre la posibilidad a introducir nuevos personajes e historias que enriquecen el conjunto, y a los que se puede dedicar algo más de tiempo al no tener que plantear desde el principio el punto de partida. Pero al mismo tiempo, esto juega en su contra. La serie trata de aprovechar algunas de las líneas argumentales planteadas en la anterior temporada para crear todo un universo nuevo, pero falla al querer unirlas todas en una especie de trama única con final común a todas ellas.

El problema no es tanto esa intención, tan válida y correcta como cualquier otra que permitiera cerrar las líneas dramáticas abiertas, sino en la sensación de estar ante una improvisación constante. Soy consciente de que no existe tal improvisación, pero el hecho de que aparezcan personajes cuando se les necesita para hacer avanzar la trama o que el desarrollo de la historia sea intermitente, con un comienzo que se regodea demasiado en las similitudes con la temporada original (con las evidentes diferencias) y que luego intenta recurrir a todo tipo de artimañas dramáticas para dar sentido a lo mostrado previamente, denota un cansancio creativo y narrativo evidente, reforzando la idea de que la serie debería haber tenido el ansiado final feliz hace ya varios años.

Y por si todo ello fuera poco, la fusión de historias y cuentos de hadas alcanza su máximo esplendor. La reinterpretación de las historias de Pixar, que ya se había planteado en anteriores temporadas, es aquí más que evidente, no solo por el tratamiento de algunos personajes, sino por los decorados elegidos. El papel que juega Up (2009) es más que evidente, lo que acentúa la idea de estar ante la necesidad de recurrir a todas las historias posibles que aporten ese toque mágico al conjunto pero que tengan poco que ver con los cuentos de hadas. En este sentido, se podría decir que Érase una vez ha evolucionado como serie, abarcando más y más historias. La pregunta que cabe hacerse es si lo ha hecho por enriquecer su relato o porque la historia, sin recurrir a esto, se habría desinflado rápidamente en las primeras temporadas. Visto lo visto, parece que es más lo segundo que lo primero.

El hermano del tío del primo de la hija de…

La prueba más evidente de ello son los parentescos que se han establecido entre los protagonistas, y que en esta última temporada alcanzan ya un grado de complejidad que bien podríamos estar ante una telenovela. Las relaciones familiares entre los personajes de cuentos de hadas en los primeros compases de la serie aportaron un cierto toque irónico y, por qué no decirlo, original, siendo una herramienta más para enlazar en un único universo a personajes como Blancanieves, Rumpelstilskin, Bella y Bestia, Maléfica y un largo etcétera. Sirvió, por tanto, como nexo de unión de muchas historias. Sin embargo, una vez establecida esa base dramática y habiendo ampliado notablemente el universo de la serie, las nuevas relaciones que se establecen pecan de excesivas y, sobre todo, innecesarias desde un punto de vista dramático, pues su finalidad dentro de la trama queda en entredicho. No me refiero al papel que cada personaje juega, sino a las relaciones entre ellos. A la pregunta “¿si no tuvieran el parentesco que tienen la trama seguiría funcionando?” la respuesta es sí, por lo que la siguiente pregunta es “¿para qué?”.

El grado de complejidad que ha alcanzado la serie en esta última temporada es tal que sus creadores han tenido que recurrir a una especie de Deus ex machina para poder cerrar de un modo más o menos lógico todo lo planteado hasta ese momento. La necesidad de ampliar el universo de Érase una vez, como comentábamos antes, ha derivado en una amplitud de mundos, personajes e historias que a lo largo de las temporadas han quedado en un segundo plano, pero siempre presentes. En un intento de dar el final feliz que todo cuento de hadas (y con sus más y sus menos, esta ficción lo es) necesita, los guionistas han optado por una resolución cuanto menos cuestionable, integrando todos esos mundos en una suerte de ciudad/continente en el que tienen cabida todos ellos (con las consecuentes incongruencias y duplicidades de personajes), y en el que todos están regidos por la que sin duda es la auténtica protagonista de esta serie.

En efecto, el rol de Lana Parrilla (One last ride) es el auténtico motor de este drama, ya sea como villana o como personaje redentor. En ambos casos, siempre buscando un final feliz que se escapa durante demasiadas temporadas. De ahí que este final tenga que pasar necesariamente por ella. La reunión de los actores y personajes principales de la serie en ese último y bien intencionado episodio, así como el discurso final de la Reina Malvada, es buena muestra de que la serie tenía que terminar con un final feliz sí o sí, independientemente de que eso pueda dejar la estructura narrativa más debilitada de lo que ya estaba tras siete temporadas perdiendo calidad dramática e interés.

De este modo, Érase una vez tiene el final que cabría esperar, pero lo tiene con demasiadas temporadas de retraso. Es cierto que ver la reinterpretación de los cuentos resulta interesante, toda vez que ayuda a comprender algunos aspectos de los personajes con los que han crecido millones de personas, pero la serie ha alargado en demasía algunos conflictos, recurriendo muchas veces para ello a tramas poco sólidas y a un tratamiento de los personajes algo toscos. Posiblemente de haberla terminado hace tiempo estaríamos hablando en otro sentido, pero alargar algo de forma artificial suele tener estos efectos en las historias. Curiosamente, el único personaje que parece ajeno a todo, manteniendo siempre su atractivo e interés dramático, es el interpretado por Robert Carlyle (T2: Trainspotting), pero ni siquiera Rumpelstilskin es capaz de dar la vuelta a la situación. Un epílogo en la línea del resto de la serie que pone de manifiesto la poca necesidad del mismo.

1ª T. de ‘Emerald City’, de la mediocridad a la promesa de algo mejor


El impacto de Juego de Tronos en la cultura popular es innegable. Cada vez es más habitual escuchar por la calle frases características de esta fantasía o referencias a algunos de sus personajes. Su influencia ha llegado incluso a la propia televisión en forma de otro proyecto que, en esta ocasión, intenta trasladar algunas de sus características a una historia ya conocida. Se trata de Emerald City, versión “oscura” de la historia de ‘El Mago de Oz’ que han adaptado Matthew Arnold (serie Siberia) y Josh Friedman (serie Terminator: Las crónicas de Sarah Connor) en una especie de lucha entre diferentes facciones donde la magia y la ciencia, lo real y lo fantástico, se mezclan. Su primera temporada, de 10 episodios, podría entenderse como un intento irregular por crear algo épico, quedándose a las puertas de algo mayor que podría no llegar a ver la luz nunca.

La historia arranca tomando como punto de partida el mismo que el de la novela de L. Frank Baum: una joven llega a Oz a través de un tornado y desea volver a casa, para lo que deberá visitar al Mago, que reina en esa tierra. Sin embargo, y aunque comparte algunos personajes, a partir de aquí la trama es totalmente diferente, en algunos casos con leves cambios que adaptan el contenido de la historia original, y en otros creando tramas y personajes nuevos que enriquecen este mundo de fantasía dotado de una poderosa fuerza visual gracias a la labor del director Tarsem Singh (La celda), sin duda uno de los autores más creativos del panorama actual y responsable de ponerse tras las cámaras de todos y cada uno de los capítulos.

Y es precisamente en esas diferencias donde Emerald City gana enteros a medida que avanza la historia, sobre todo en el tramo final de la temporada. A través de los cambios el espectador se adentra en un mundo en el que, en efecto, la fantasía está presente, pero de un modo más siniestro y mucho más adulto. Que le camino de baldosas amarillo sea una trampa casi mortal, que el ‘espantapájaros’ sea un soldado sin memoria, o que el ‘hombre de hojalata’ sea un joven mitad humano mitad metal son solo algunos de los matices que ofrece la ficción. De hecho, se podría decir que son casi los menos interesantes, pues atañen a personajes que ofrecen más bien poco. No, lo realmente relevante se halla en los, a priori, roles secundarios, que nutren con sus tramas una historia que comienza de forma algo tosca y poco a poco evoluciona hasta ofrecer una complejidad cuanto menos llamativa.

Si algo bueno tiene la serie es que en ella nada es lo que parece. De nuevo, los episodios que exploran el origen de algunos personajes clave para entender el verdadero significado de la trama se convierten en los mejores de la historia, no solo porque reinterpretan una historia ya conocida, sino porque dotan a los personajes de diferentes caras, generando a su vez nuevos puntos de vista tanto en el desarrollo dramático como en las relaciones entre personajes. Destaca por encima de todos Vincent D’Onofrio (Rings), cuyo Mago de Oz resulta más y más inquietante a medida que avanza la trama, y cuyo pasado ayuda a explicar muchas de las cosas que la serie es incapaz de narrar de forma correcta en sus primeros compases. De hecho, todas las escenas que hacen referencia al pasado de los personajes, un pasado marcado por la lucha de facciones y la guerra entre la ciencia y la magia, resulta mucho más interesante que los acontecimientos que en teoría narra la serie, lo cual ya debería ser indicativo de que algo no encaja como debería.

Tramas sin corazón

Y eso que no encaja son, precisamente, las tramas. Como si de un reflejo de algunos personajes de la historia se tratara, Emerald City discurre por un mundo de tramas sin demasiada sustancia, carentes del corazón y la valentía que se podría esperar de este tipo de producción, con un diseño notablemente elaborado y unos actores que, en mayor o menor medida, dotan a sus personajes de una presencia mayor que la definición que tienen sobre el papel. Desde que Dorothy, la protagonista interpretada por Adria Arjona (serie True Detective), llega a Oz hasta que realmente empiezan a moverse todas las piezas de este elaborado puzzle la serie tiende a perderse en idas y venidas sin demasiado sentido. Prueba de ello es que muchos de los personajes que más relevancia tienen en la trama al final de la temporada son introducidos de forma progresiva, y cada uno con su propia historia que poco o nada tiene que ver con la heroína.

Esto genera una sensación inicial de caos que desaparece a medida que las piezas encajan, finalizando todo en un clímax tan espectacular como relevante y dejando abiertas una serie de historias para una hipotética segunda temporada. Es por esto que la primera temporada va de menos a más, creciendo a medida que la complejidad de este mundo de Oz crece con los nuevos personajes, creando una especie de conflicto bélico con muchos frentes que representan, cada uno en su estilo, los diferentes mundos que conviven en este universo. La magia, la ciencia, la tecnología, el mal o la realeza terminan por descubrirse en lo que, de continuar la historia, se convertiría en una lucha por el poder que requerirá una modificación de los pilares dramáticos y narrativos de la serie, transformándose en una producción más coral donde el protagonismo no recaiga, al menos no en exclusiva, en un único personajes.

Me imagino que muchos, al leer esto, hayan tenido breves destellos de fragmentos de Juego de Tronos. Como decía al comienzo, la serie bebe en cierto modo de algunas ideas formales, estructurales y dramáticas de la famosa serie, sobre todo en lo referente a la lucha de facciones, el uso de magia y el recurso de la ciencia. Pero la diferencia, la gran diferencia, es que esta ficción diseñada por Arnold y Friedman introduce al espectador en la trama a través de un único personaje, acercándose al resto de roles y tramas secundarias tomando como referencia siempre a esta joven heroína. Y aunque puede ser comprensible hasta cierto punto, esto provoca que el desarrollo dramático tenga unos comienzos intermitentes, y obliga a que algunas líneas argumentales como el ‘love interest’ se resuelvan de forma algo precipitada. Dicho de otro modo, la evolución de la temporada deja claramente una serie a dos ritmos en la que las tramas, aunque al final encajan, parecen abordarse de forma independiente.

El resultado de esta primera temporada de Emerald City es flojo en muchos de sus aspectos. Los actores, aunque correctos, afrontan en algunos casos personajes cuyas motivaciones y evolución dramática se abordan precipitadamente y sin un profundo tratamiento. Las tramas, sobre todo las principales, quedan por tanto planteadas sin demasiados argumentos, eclipsándose posteriormente con algunas líneas argumentales secundarias mucho más atractivas y complejas. Y aunque la factura visual es impecable, el modo en que se afronta el desarrollo de la serie no parece tener, al menos al principio, un objetivo claro, limitándose a plantear el contexto casi durante todos sus episodios. En cierto modo, es una especie de primer acto de algo mejor que está por llegar. El problema es que eso no vale en una serie, y menos en una de estas características. Y un problema aún más grande: deja con ganas de saber cuál es el futuro, lo que termina por generar una frustración que, según parece, no llegará a superarse.

‘La Bella y la Bestia’: animación de carne y hueso


Las producciones Disney tienen muchos defectos, pero si por algo pueden ser defendidas es por la magia que desprenden en cada plano, por esa capacidad de llevar al espectador, sea de la edad que sea, a un momento de su vida en el que todo era fantasía, en el que todo estaba por descubrir. Y si eso ya tiene mérito, lograrlo con una versión en imagen real de una historia mil veces vista y cantada es un reto al alcance de muy pocos.

De ahí que esta nueva versión de La bella y la bestia tenga tanto mérito. La traslación al mundo de carne y hueso de esta fantasía con objetos animados no solo es fiel al original, sino que logra desprender el carrusel de emociones que tienen sus canciones, amén del recorrido dramático de sus personajes, interpretados por unos actores que disfrutan con cada línea de diálogo y con cada movimiento de baile. Esa diversión se traslada, en última instancia, al desarrollo argumental de la historia, adaptada en algunos aspectos a los tiempos modernos pero sin perder de vista en ningún momento la fuerza de la poderosa historia de base.

Es magia, sí. Es romance, ternura y diversión. Pero incluso su intención por ser fiel al original (coartado, claro está, por los límites que impone la realidad) deja espacio para la introducción de ciertas secuencias que ayudan a explicar algo mejor la evolución de los personajes, su pasado y su futuro, y cómo todo termina por tener más coherencia. Dichas secuencias, aunque inteligentemente introducidas, restan sin embargo algo de ritmo al resto del desarrollo, lo que al final deja un sabor agridulce en un film, por otro lado, muy completo que aprovecha con bastante habilidad los recursos del musical y de la fantasía animada en la que se basa (atención al número del comedor o al clásico baile en el salón).

Al final, lo realmente importante es si La bella y la bestia logra emocionar tanto como su original animado. La respuesta es un rotundo sí. O al menos, un SÍ con mayúsculas. Quizá su mayor problema sea que, en ese intento por no ser una copia exacta, trata de introducir elementos nuevos cuyo funcionamiento dentro del engranaje dramático no siempre es el idóneo. Pero desde luego, si ese es el mayor problema, bendito sea, porque lo cierto es que, aunque perjudica al ritmo, ayuda a completar la historia, haciéndola algo más adulta y compleja. Disney ha encontrado un nuevo nicho de mercado en estas versiones en imagen real. ¿Cuál será la siguiente?

Nota: 7/10

‘Doctor Strange’: la magia del ‘toque Marvel’


Benedict Cumberbatch da vida al 'Doctor Strange' de Marvel.Pocos personajes van quedando del extenso Universo Marvel que no tengan su adaptación a la gran o a la pequeña pantalla. Y a medida que se van sucediendo los superhéroes la saturación y el cansancio narrativo, que no visual, se va notando. La película que dirige Scott Derrickson (Sinister) es una evidencia de que siempre es mejor una buena historia que los orígenes de un personaje, por muy dramáticos que sean. Mejor aún: es infinitamente más interesante ver cómo se forja un héroe con una buena trama.

Y como le ocurre al protagonista de Doctor Strange al comienzo de la cinta, la película parece un quiero y no puedo, un intento de contar algo sumamente interesante que se solventa con minutos frenéticos cargados de efectos en el último tercio del film. Hasta entonces, esta historia protagonizada magníficamente por Benedict Cumberbatch (Amazing Grace) aborda de forma excesivamente larga el surgimiento de un hechicero y su viaje por las artes místicas. Más allá de críticas culturales o religiosas con poco fundamento, el verdadero problema del film es que está descompensado.

Descompensado en todos sus aspectos. Narrativamente hablando, es demasiado parsimoniosa al comienzo para acelerarse sin demasiado sentido al final. Interpretativamente hablando, el extraordinario elenco de actores está muy por encima de lo que puede ofrecer la cinta. Y visualmente, la historia saca mucho partido de sus escenas, pero la puesta en escena de Derrickson, más especializado en tenebrosos sustos y atmósferas agobiantes, es ciertamente limitada y en algunos momentos caótica.

Por fortuna, existe eso que se llama ‘toque Marvel’, y que podríamos entender como el entretenimiento sin daño ni maldad que permite al espectador pasar dos horas entretenidas. El problema es que cuando se compara Doctor Strange con otras grandes superproducciones similares no termina de funcionar correctamente. Lejos parecen quedar las épocas de Iron Man, Capitán América o Spider-man, tres personajes cuyas historias en el cine han sabido explicarse de forma mucho más orgánica. La magia de La Casa de las Ideas funciona en este caso, pero solo para salvar al espectador de una historia irregular.

Nota: 6,5/10

‘Érase una vez’ divide su 4ª T para recuperar fuerza dramática


Los protagonistas de 'Frozen: El reino del hielo' llegan a la cuarta temporada de 'Érase una vez'.Parece ser una tendencia cada vez más consolidada que las temporadas de las series de televisión dividan su espacio en dos partes bien diferenciadas gracias a dos arcos dramáticos independientes. La última en sumarse a esa forma de entender la narrativa es Érase una vez, cuya cuarta temporada finaliza su desarrollo inicial antes de lo previsto para regresar, no sin cierta dificultad, a su temática clásica de héroes y villanos, de buenos y de unos malos que buscan su final feliz. Y aunque en un principio puede parecer una incoherencia por parte de sus creadores, Adam Horowitz y Edward Kitsis (Tron: Legacy), lo cierto es que la impresión final es la de haber buscado un respiro que permita reasentada las bases de la serie, una especie de paréntesis que ha ayudado a introducir nuevos personajes, a cambiar la perspectiva de otros y a reinterpretar nuevos cuentos que permitan indagar el mundo creado desde un prisma nuevo en las próximas temporadas.

Los que hayan visto el final de la tercera temporada sabrán que dicho paréntesis ha sido un homenaje directo al éxito de Frozen: El reino del hielo (2013), aunque siempre bajo el particular punto de vista de esta producción. Con un relato que se sitúa algún tiempo después de los acontecimientos del film, la serie logra incorporar plenamente a los nuevos personajes, no solo por ser los protagonistas de esta especie de spin off, sino porque se integran en el pasado de la protagonista, de nuevo interpretada por Jennifer Morrison (serie House). Más allá del parecido físico de los actores con los personajes creados por Disney, lo realmente interesante es, una vez más, el modo en que los responsables de esta ficción acometen la tarea de dar una vuelta de tuerca a los aspectos y los personajes más destacados de ese cuento.

Con todo, lo más destacable de esta historia dentro de Érase una vez es ha permitido a la serie reformular algunos aspectos que parecían estar perdiendo fuerza conforme se desarrollaban. Si bien es cierto que la serie había logrado construir un complejo relato a lo largo de las tres etapas anteriores, no lo es menos que parecía haber llegado a un punto de inflexión en el que los principales villanos habían encontrado su parte de héroes. La introducción de los protagonistas de Frozen: El reino del hielo, lejos de convertirse en nuevos y peligrosos antagonistas, han generado una cadena de acontecimientos que han revelado de nuevo la auténtica naturaleza de los villanos. Esto permite, a su vez, reformular las bases de la serie, ofreciendo al espectador nuevas aventuras bajo un paraguas relativamente similar pero que distrae los suficiente para no saturar.

Lo que cabe preguntarse, por tanto, es si tanto recorrido era necesario. Para gustos los colores, pero lo cierto es que la serie ha sabido tomarse su tiempo para volver a sus inicios a mitad de temporada. Puede resultar algo infantil, incluso excesivamente empalagoso y repetitivo, pero la originalidad que imprimen sus responsables a cada uno de los personajes disminuye estos problemas de forma considerable. Por otro lado, este desarrollo ha permitido introducir nuevos personajes que, aunque secundarios al principio, adquieren más valor conforme transcurre el desarrollo dramático, integrando nuevos héroes y villanos en la historia y enriqueciendo este mundo en el que los cuentos de hadas conviven entre ellos en un mundo que cada vez fusiona más la realidad con la magia de los relatos.

Darle la vuelta a la tortilla

Pero todo ello es solo el principio de esta cuarta temporada de Érase una vez. El resto de los 23 episodios devuelven el protagonismo, con algunas novedades, a los héroes y villanos que desde el principio han poblado la trama, haciendo especial hincapié en aquellos sobre los que pivota el eje central del desarrollo dramático, esto es, Blancanieves, Rumpelstilskin y la Reina. Sin desvelar demasiado sobre los giros dramáticos, hay que aclarar que este regreso al desarrollo más tradicional tiene un único y claro objetivo insinuado durante los capítulos pero desvelado en ese último plano de la temporada que, a modo de gancho, deja preparado el terreno para la siguiente temporada.

Dicho terreno pretende, en pocas palabras, reformular por completo la estructura de la serie. No es nueva la idea de que en el mundo real ni los héroes de los cuentos son santos ni los villanos demonios, pero lo que plantea el final de esta etapa supone un cambio drástico que, si se plantea correctamente, puede convertirse en el impulso definitivo que necesita esta ficción para retomar, o al menos rememorar, el impacto de la primera temporada. Y para ello nada mejor que Merlin, cuya suma al elenco es anunciada en la propia temporada.

Ahora bien, la temporada también plantea muchas dudas acerca de la capacidad de la serie para continuar con su mundo de fantasía. Aunque es cierto que mientras haya cuentos y personajes por explorar seguirá teniendo posibilidades de desarrollo, la cuarta temporada ha dado numerosas muestras de cansancio narrativo, de reiteración de temáticas y conflictos que han ralentizado levemente el desarrollo de algunos personajes, encasillándoles en aquello que la ficción siempre ha intentado evitar con su reinterpretación de los relatos. Tal vez sea por el techo dramático que la serie ha alcanzado en su anterior temporada. Puede que esta cuarta temporada deba ser vista más como un puente hacia algo nuevo. Pero en cualquier caso los personajes no han estado a la altura de lo conseguido en anteriores etapas.

De este modo la cuarta temporada de Érase una vez se convierte en un vehículo tanto para aprovechar el tirón del fenómeno Frozen: El reino del hielo, como para buscar nuevas vías de desarrollo. Sus responsables parecen haberlas encontrado en la reformulación de muchos pilares de la serie, algo muy positivo si tenemos en cuenta que la anterior temporada parecía haber marcado un punto y aparte. Pero va a ser necesario algo más que el mero cambio de héroes o villanos. Va a ser necesario que algunos de los personajes encuentren un mejor equilibrio entre sus caras más sombrías y las más luminosas.

‘Sleepy Hollow’ se desinfla en una 2ª temporada sin objetivos claros


Tim Mison y Nicole Beharie siguen luchando contra el mal en la 2ª T de 'Sleepy Hollow'.Mantener el interés de una serie con tramas episódicas puede ser, a veces, tan complicado como lograrlo con tramas desarrolladas en temporadas. Pero lograr el equilibrio entre ambas en una producción y no morir en el intento es, posiblemente, el más difícil todavía. A nadie debería extrañarle, por tanto, que la segunda temporada de Sleepy Hollow haya tenido numerosos altibajos, muchos provocados por una indefinición en algunos conceptos y otros por la falta de tramas convincentes más allá de la principal. Es cierto que la serie creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman, Roberto Orci (estos últimos responsables de la serie Fringe) y Len Wiseman (Underworld) ha sabido reinterpretar los mitos norteamericanos bajo una pátina religiosa, pero no ha logrado un desarrollo lineal claro.

Uno de los indicadores más significativos de este síntoma es el hecho de que muchos personajes secundarios entran y salen de la trama en función de las necesidades, sin tener una regularidad y sin lograr así una mínima identificación con sus personalidades. El caso más notable es el del rol de Matt Barr (serie Hatfields & McCoys), una especie de Indiana Jones que se dedica a suministrar armas y artefactos en la lucha contra el demonio. El problema es que su presencia no tiene un desarrollo claro, quedándose en una mera anécdota que termina con un episodio dedicado a su pasado. Y aunque es el caso más evidente, en líneas generales todos los secundarios adolecen de esta problemática, lo que impide que sus respectivas tramas se integren. La excepción sería el personaje de Orlando Jones (El circo de los extraños), si bien su historia da excesivos giros para la simplicidad de la propuesta.

Estos nuevos 18 episodios de Sleepy Hollow presentan una serie de logros interesantes. Narrativamente hablando, es justo reconocer que la serie ha sido consciente de sus posibilidades y ha sabido dar un giro dramático hacia la mitad de esta segunda temporada. Un giro que, en pocas palabras, rompe con lo establecido desde el inicio de la primera etapa, lo que evidencia una valentía enorme por parte de sus responsables. El problema es lo que ha llegado después. Sin un objetivo claro, la segunda parte de estos capítulos ha sido un constante vaivén sin un objetivo dramático claro, salvo tal vez allanar el camino hacia lo que vendrá en la tercera temporada, ya anunciada.

Esto no quiere decir, sin embargo, que no hayan existido buenas motivaciones en los personajes, algo que se ha labrado de forma inteligente y muchas veces sutil a lo largo de la temporada. La evolución del rol de Katia Winter (Una extraña entre nosotros), a pesar de ciertos excesos en su tramo final, ha permitido convertirla en una villana que podría haber dado mucho que hablar en el futuro, tanto por el poder que parece ostentar como por las relaciones que le unen a la pareja protagonista, pero cuyo final se precipitó al final de esta entrega de capítulos. Un final cuyas consecuencias deberían ser exploradas.

Regreso al origen

Como decía un poco más arriba, la segunda parte de la temporada ha carecido de la coherencia que sí tuvo la primera temporada de Sleepy Hollow. La presencia de demonios, ángeles vengativos, criaturas mitológicas y brujos poderosos ha abierto el abanico de posibilidades para la serie, es cierto, pero la ausencia de un objetivo concreto, de una misión para los dos protagonistas, ha creado una sensación de vacío. Sensación refrendada, por cierto, por la ausencia absoluta de uno de los pilares de la serie, el jinete sin cabeza. Su desaparición de la trama coincide, no por casualidad, con ese cierto caos dramático que se apodera de la ficción en su parte final. Su regreso, a tenor del final de temporada, debería generar nuevos conflictos que reaviven esa rivalidad entre Ichabod Crane (un cada vez más cómodo Tom Mison –La pesca del salmón en Yemen-) y el jinete.

Algo que nos lleva, básicamente, a reiniciar la serie, un concepto que queda patente con la elección del último episodio de la segunda temporada, toda una declaración de intenciones. Pero más allá de todo esto, si algo realmente bueno han tenido estos episodios es la evolución que han sufrido los protagonistas, cuya relación ha pasado por todo tipo de situaciones. Aunque en determinados momentos puede parecer algo folletinesca, lo cierto es que ha permitido sustentar con éxito toda la estructura dramática de la serie, incluyendo aquellos episodios más caóticos. La ausencia de un love interest al estilo más clásico ha permitido a sus creadores desarrollar otras líneas dramáticas que, unidas a algunos aspectos cómicos de la relación, han generado por sí solas los contrapuntos necesarios para aportar un tono más irónico a la historia.

Lo que la serie no ha perdido en ningún caso es su capacidad reinterpretativa de los mitos norteamericanos y de ciertos referentes de la ciencia ficción y la fantasía. Sin entrar a valorar todos y cada uno de ellos, sí es importante señalar que la fusión entre religión, creencias y hechos históricos ha seguido aportando algunos de los mejores momentos de la trama. El problema radica en que esto, aunque crea un entretenimiento inocente, no ahonda en las motivaciones y en los conflictos de una serie que parece que podría dar más de sí misma. La falta de tramas secundarias sólidas y que sean capaces de tener una vida independiente es, posiblemente, el mayor fallo de toda la producción.

Desde luego, esta segunda temporada de Sleepy Hollow se ha desinflado con el paso de los episodios. El giro argumental de mitad de etapa, aunque inesperado, no logra ser el revulsivo que cabría esperar, más bien al contrario: crea un vacío dramático que no llega a taparse en ningún momento, ya sea por falta de iniciativa o por la planificación de un reinicio de la serie en la tercera temporada. Sea como fuere, la falta de secundarios fuertes capaces de desviar la atención de la trama principal ha provocado que muchas veces la serie deambule por su propia propuesta, entreteniendo más que interesando, y perdiéndose en algunas líneas dramáticas cuya resolución ha demostrado la falta de objetivos. Habrá que esperar a la nueva etapa para confirmar si existe un plan más allá de lo visto hasta ahora.

‘Jurassic World’: el parque abre sus puertas sin la magia de Spielberg


Chris Pratt dirige a un grupo de Velociraptores en 'Jurassic World'.Para todos aquellos niños que quedaron fascinados con Parque Jurásico allá por 1993 posiblemente la cuarta entrega de la saga, dirigida por Colin Trevorrow (Seguridad no garantizada), les resulte familiar. Muy familiar. Porque si algo bueno tiene esta historia es que se parece, y mucho, a la trama original, incluyendo referencias, homenajes y guiños al film de Steven Spielberg. En este sentido ofrece un sinfín de emociones, una ironía atractiva y una espectacularidad sin igual. Es, en pocas palabras, un blockbuster a disfrutar con palomitas y el refresco de turno. Ahora bien, ¿tiene la magia del primer film?

Por desgracia, la respuesta es no. Sin entrar en comparativas, la realización de Trevorrow, a pesar de ser más que correcta, tiene cierta falta de garra, recurriendo en demasiadas ocasiones a recursos ya utilizados. Algunos resultan divertidos, pero otros son simplemente una ausencia total de narrativa propia. Esto elimina las posibilidades de algunas secuencias, aproximando la cinta al género de acción más que a la aventura. A esto habría que sumar la poca fuerza de sus personajes, sobre todo de unos secundarios que parecen llevar colgado a la espalda el minuto y la forma en que van a morir. El caso más evidente es el de Vincent D’Onofrio (Los amos de Brooklyn), posiblemente el más débil de todos.

Aunque tal vez lo que más desinfla la historia es el clímax, una especie de más difícil todavía en el que se mezclan hasta tres dinosaurios colaborando para destruir al enemigo de turno. Un desenlace que confirma la sensación de que la trama trata a estos dinosaurios casi como personas, eliminado el factor animal y salvaje que sí tenía el clásico de 1993. Si bien es cierto que este tratamiento logra algunas de las mejores secuencias del relato, también dota al conjunto de una extraña pátina que lo convierte más en una monster movie al estilo de las versiones de ‘Godzilla’ que en una cinta de supervivencia como pudo ser el original.

Curiosamente, todo esto ocurre hacia la segunda mitad del film, es decir, cuando entra en materia. En realidad, Jurassic World arranca retomando esa magia que solo Spielberg es capaz de imprimir a sus películas. Una magia que vuelve a llevar a los espectadores a ese parque de atracciones con dinosaurios que, esta vez sí, funciona a pleno rendimiento. Pero como si de un fenómeno metalingüístico se tratara, el desarrollo de la película empieza a torcerse cuando la trama, de hecho, se tuerce para los protagonistas. Al final, la cinta funciona como un entretenimiento magnífico. Divierte, emociona en algunos momentos y apenas deja tiempo para reflexionar. Pero cuando todo acaba y las luces se encienden un análisis más pausado revela que algo falta, que bajo esa espectacularidad algo no funciona. Ese algo tiene un nombre: la magia de Spielberg.

Nota: 6,5/10

‘Magia a la luz de la luna’: el peligro de repetir un truco de magia


Coin Firth y Emma Stone protagonizan 'Magia a la luz de la luna', de Woody Allen.El miedo de todo mago es que la gente descubra la técnica que se esconde detrás de un truco que ha repetido una y otra vez a lo largo de los años. Esta frase, que el propio Woody Allen (Manhattan) utiliza en su última película, define con precisión el carácter general de esta historia de magos, médiums y charlatanes de tres al cuarto en plenos años 20. Porque sí, la trama es divertida, como la mayoría de sus historias. Y sí, los personajes mantienen un buen nivel. Pero lo que se cuenta, lo que ocurre delante de la cámara, es lo que ya ha ocurrido en películas anteriores. Y tras todos estos años, el truco empieza a verse.

O lo que es lo mismo, la cinta se vuelve previsible más o menos desde el final de la primera mitad. Esta historia de engaños y de descubrimiento de la magia que supone vivir una vida que no entendemos (en su sentido más metafísico, claro está) termina revelándose como una comedia romántica al uso en la que el engaño se descubre mucho antes de lo que debería, generando constantes suspicacias y, lo más importante, impidiendo que el espectador termine de creerse la relación entre los personajes principales, interpretados magníficamente por Colin Firth (Un largo viaje) y Emma Stone (Rumores y mentiras). Así, el viaje de autodescubrimiento de este Woody Allen reconvertido en mago que es el protagonista termina siendo, más bien, un paseo sin grandes obstáculos.

Eso no impide, sin embargo, que la cinta no pueda disfrutarse. Existen momentos realmente conseguidos en los que el humor ácido e inteligente de su director y guionista impregna hasta los detalles más nimios de la trama. Diálogos como la confesión de amor del protagonista a uno de los secundarios es uno de los ejemplos más claros de la sutileza del autor para abordar los procesos emocionales e intelectuales de sus creaciones. Y si a eso le sumamos algunos hallazgos visuales realmente interesantes, el resultado que obtenemos es una cinta que, a pesar de su previsibilidad y de su visible decadencia a medida que pasan los minutos, en ningún momento resulta insultante o peligrosamente desdeñable.

La verdad es que Magia a la luz de la luna viene a confirmar que de Woody Allen solo cabe esperar lo que cabe esperar. Es una redundancia, lo sé, pero es que sus films empiezan a ser redundantes. Su humor y sus personajes, aunque en contextos diferentes, tienden a diferenciarse poco unos de otros. Así, todo depende de la trama que utilice; si esta es original o interesante, la cinta se elevará por encima del resto, pero en caso contrario quedará relegada a un mero escalón más en esa especie de récord que parece querer batir con la realización de una película por año. Tal vez ese sea el problema, que no dedica el tiempo suficiente a desarrollar las historias. Sea como sea, este film no cubre las expectativas como cabría esperar.

Nota: 5,5/10

Tráiler de ‘Big Eyes’: Burton vuelve al realismo 20 años después


Christoph Waltz y Amy Adams protagonizan lo nuevo de Tim Burton, 'Big Eyes'.Que Tim Burton estrene una nueva película después de dos años (lo último que pudimos ver de él fue Frankenweenie) siempre es una buena noticia. Y si lo hace aplicando su particular visión del mundo a una historia real la expectación es máxima. Han tenido que pasar 20 años para que este padre del fantástico se involucre en una película un tanto alejada de sus mundos de fantasía, pero la espera, al menos a tenor de lo que muestra el primer avance publicado hace un par de días, ha merecido la pena. Bajo el título Big Eyes, Burton aborda algo tan aparentemente ajeno a él como la relación de pareja de Margaret y Walter Keane, la primera autora material de los cuadros con niñas de ojos enormes y el segundo el encargado de llevarse los méritos en una sociedad que no aceptaba demasiado bien a las mujeres artistas.

De la frase anterior hay que destacar la palabra “aparentemente”. Porque aunque a primera vista el tráiler que encontraréis al final de este texto deja claro que la historia no tiene visos fantásticos (salvo algunos planos muy concretos), la mano de Burton se puede apreciar casi desde el primer plano. El director de Sleepy Hollow (1999) convierte este drama que, en principio, no posee grandes retos narrativos, en una fantasía realista salpicada por esos extraños e hipnóticos cuadros de enormes ojos y espacios atemporales. Aunque pueda parecer anecdótico, la presencia de los cuadros ya anticipa en estas imágenes en movimiento buena parte de la magia con la que el realizador impregna todo lo que hace, sea del género que sea y tenga el carácter que tenga.

Otra de las pistas que deja el tráiler es el uso del color. A lo largo de estos primeros planos que podemos ver Burton da al conjunto una cierta sensación pictórica, como si todo transcurriese dentro de un cuadro. Los encuadres de la calle con el mercadillo, la iluminación de la casa de los protagonistas o, simplemente, la imagen que acompaña a este texto dan una idea de lo que puede esperarse de esta nueva obra que, al menos en este apartado, recuerda a Big fish (2003). Dicha plasticidad convierte el argumento casi en un cuento, potenciando tanto las obras que pinta la protagonista como a los propios protagonistas en sí. Si a eso se suma una planificación que, en varios momentos, es poco académica, es imposible no pensar en la marca de su director. Todo ello, hay que recordar, para abordar una historia real y dramática. Y hablando de protagonistas, uno de los puntos más fuertes de la película es, sin lugar a dudas, su reparto.

Amy Adams (El hombre de acero) y Christoph Waltz (Malditos bastardos) dan vida al matrimonio protagonista, y si hubiese que valorar en función de lo poco que se ve en el tráiler, lo hacen de forma espléndida. Pero no son ellos los únicos que destacan. Danny Huston (serie American Horror Story: Coven), Krysten Ritter (serie Apartamento 23), Jason Schwartzman (El gran hotel Budapest) y Terence Stamp (Destino oculto) son algunos de los rostros que se pueden ver en este primer avance que tenéis a continuación. Big Eyes tiene previsto su estreno el 25 de diciembre.

‘Jumanji’, un juego de mesa del que Robin Williams pudo escapar


Robin Williams sobrevivió a los peligros de la selva de 'Jumanji'.El actor Robin Williams, famoso por sus papeles en Good Morning, Vietnam (1987) o El club de los poetas muertos (1989) moría ayer a los 63 años tras lo que parece ser un suicidio motivado por una depresión. El mundo del cine llora su pérdida de muy diversas maneras, y desde Toma Dos vamos a homenajearle recordando uno de sus films más interesantes. La verdad es que en una filmografía tan abultada como la del actor de El indomable Will Hunting (1997) es difícil escoger un solo título. Lo más normal sería recordar sus grandes clásicos o sus roles más cómicos, pero en lugar de eso voy a tratar una de las obras que más han marcado la juventud de miles de niños, amén de recuperar la pasión por los juegos de mesa: Jumanji (1995).

 Dirigida por Joe Johnston (Capitán América: El primer vengador) y basada en el libro de Chris Van Allsburg, la película narra las aventuras de dos niños que encuentran un viejo juego de mesa con la capacidad de convertir en realidad todo lo que ocurre en el tablero. Leones, arañas gigantes, plantas venenosas o cazadores implacables son algunos de los peligros a los que deben enfrentarse, aunque no lo hacen solos. Décadas atrás, un niño quedó atrapado en el juego. Ya adulto, es liberado, debiendo terminar la partida si quiere que todo su mundo vuelva a la normalidad. Como puede apreciarse, la trama es una aventura familiar, aunque conviene realizar una serie de matices que la distinguen notablemente de otros títulos que se encuentran bajo la misma categoría.

El primero de ellos, y que tiene que ver con Williams, es que el espectador asiste a la transformación del personaje protagonista. Y me explico. La película utiliza el mágico juego de mesa para cambiar por completo el rol de Robin Williams, convirtiéndole en un personaje casi tan cruel como las criaturas a las que debe enfrentarse. Su posterior evolución, motivada por su contacto con la realidad y el afecto del resto de personajes, es quizá uno de los trabajos menos vistosos y más notables del actor, quien es capaz de transmitir los distintos matices que identifican a este niño obligado a madurar en una selva salvaje. El miedo a volver a jugar, el individualismo o la frialdad con la que trata a los niños (uno de ellos, por cierto, es una jovencísima Kirsten Dunst), en los que ve un pasado que nunca pudo disfrutar, ofrecen al intérprete una serie de herramientas con las que compone un personaje bastante más complejo de lo que podría considerarse en un primer momento.

Otro de los aspectos a destacar de Jumanji, y muy relacionado con el anterior, es la simetría que se establece entre los adultos y los niños. Viendo la imagen que acompaña este texto uno podría pensar que se trata de una familia bien avenida, pero nada más lejos de la realidad. Los niños no tienen relación alguna con los adultos, quienes por cierto iniciaron el mismo juego cuando tenían la edad de los chicos. Se establece así una especie de paralelismo entre generaciones alrededor de un elemento atemporal cuyo valor, tanto positivo como negativo, es igual para los cuatro personajes. Cabe destacar la relación que se establece entre Williams y el joven Bradley Pierce (Los Borrowers), dos caras de una misma moneda. Los momentos de frustración del adulto volcados en el niño retoman esa idea de un niño en un cuerpo de adulto que ha crecido sin infancia.

Una historia con efecto

Aunque lo más positivo del film es sin duda su capacidad para aunar trama y efectos. Con un desarrollo dramático notable, la película marca los tiempos para convertir la historia en algo más que una aventura. Sin llegar nunca a generar miedo, sí es capaz de crear inquietud y momentos de cierto calado dramático, lo que al final termina por impregnar todo el conjunto. Y es que lejos de ser una obra desenfadada, la película protagonizada por Williams posee un tono algo oscuro, alejado por completo de la característica general del cine familiar. Gracias a la estructura del arco dramático Johnston compone un viaje emocional y físico que cambia a los protagonistas, pero que también permite al espectador sumergirse en un mundo que nunca aburre, y tan solo en algunos momentos hace concesiones.

En este sentido, los efectos especiales y digitales están a las órdenes de las necesidades dramáticas de Jumanji. Y eso que existen varios momentos en los que el exceso podría adueñarse del desarrollo. Empero, el director opta en todo momento por el toque físico, por convertir esta aventura en algo que los propios actores puedan sentir y tocar. Esto, evidentemente, genera algunos momentos en los que se nota el truco, pero en líneas generales enriquece el sentimiento que desprende en todo momento este clásico, algo a lo que contribuyen las reacciones de Williams, quien se mimetiza con ese mundo selvático que surge del tablero hasta el punto de confundir realidad y ficción. Como toda aventura, la presencia de efectos va en aumento a medida que avanza la trama hasta esa conclusión en la que el juego acaba y todo vuelve a la normalidad, pero incluso en este final los trucajes siguen siendo parte de la historia, y no al revés.

No cabe duda de que el film no es únicamente Robin Williams, pero al igual que en otros títulos protagonizados por el fallecido actor, su presencia se convierte en parte fundamental de la trama. Su facilidad para aunar en un único personaje humor y drama, ironía y amenaza, aporta a la película el equilibrio necesario para no considerar al protagonista un modelo de héroe, humanizando el rol para hacerlo cercano al espectador, natural y accesible. Se podría considerar esto como su carta de presentación, y sin duda es el motivo por el que muchos de sus grandes personajes no son cómicos, sino dramáticos. El hecho de que nunca se entregue al drama y de que sea capaz de encontrar ciertos rasgos humanos y divertidos en sus papeles es lo que permite al espectador ser más accesible a lo que ve en pantalla.

Desde luego, en Jumanji lo logra. Gracias a Williams el protagonista puede moverse por el terreno movedizo de su trágico y oscuro pasado, su personalidad modificada como consecuencia de la supervivencia en solitario, y su deseo de recuperar la vida que le fue arrebatada. Aunque por supuesto, la película no sería el clásico que es si solo contase con el actor. Esta reflexión sobre la falta de infancia, unido a la defensa de la imaginación y los juegos de mesa, es lo que convierte al film en una aventura atemporal, única y capaz de hacer disfrutar a generaciones enteras. Un título del que han pasado casi 20 años, pero por el que no pasan los años. Y un título por el que Robin Williams siempre será recordado, pasen los años que pasen.

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