‘Overlord’: el ejército de los mil años


La idea de Hitler antes y durante la II Guerra Mundial era construir un imperio de mil años que no tuviera oposición alguna. Partiendo de esa base y de los experimentos nazis que se revelaron al término del conflicto bélico, el nuevo film de Julius Avery (Son of a gun) compone un relato en el que soldados, zombis y superhombres se dan cita para ofrecer un entretenimiento puro y duro en el que la acción apenas tiene descanso. Y todo eso partiendo del origen histórico de la Operación Overlord (más comúnmente conocido como el Desembarco de Normandía).

No es casualidad, por tanto, que el inicio de Overlord sea una suerte de homenaje al inicio de Salvar al soldado Ryan (1998), en lugar de por mar por aire. Evidentemente, ni este film es el clásico de Spielberg ni los directores son comparables, pero ya avanza el ritmo que va a tener posteriormente la cinta. A partir de ese momento la trama desarrolla con acierto tanto a personajes como el argumento, planteando los puntos de giro de forma pausada, tomándose el tiempo para explorar los arquetipos que se presentan en la historia y para abordar la revelación de la información. En este sentido, es especialmente reseñable la secuencia en la que el protagonista descubre los experimentos nazis que se desarrollan bajo el objetivo de su misión, todo un ejercicio de tensión dramática.

En su contra juega el hecho de que estamos ante una serie B notable, y por lo tanto puede no ser tomada demasiado en serio. Pero no hay que confundirse. Avery desarrolla un film sencillo en el fondo (para muchos puede que demasiado sencillo) pero bien elaborado, con personajes prototipo que permiten un desarrollo de la acción sin intermitencia alguna. Es cierto que los personajes apenas tienen trasfondo dramático; es cierto que en varias ocasiones el desarrollo es demasiado previsible. Pero en este caso las carencias se suplen con un tratamiento entregado a la ciencia ficción y a la acción, amén de algunos toques de humor y, por supuesto, unos momentos de lo más sangriento.

Overlord es puro entretenimiento para los amantes de la ciencia ficción y la acción. Con un guión sencillo y directo, y unos personajes más bien planos pero que funcionan a las mil maravillas tanto dentro de la trama como entre ellos, Avery desarrolla una trama que apenas se detiene, evitando así que se planteen dudas en el espectador. Los puntos de giro hacen avanzar la acción por un camino que en muchos momentos es previsible, pero que en este caso no por eso deja de funcionar. Y eso es gracias fundamentalmente a que la película utiliza sus armas con inteligencia, conociendo sus limitaciones y explotando sus ventajas. El consejo de J.J. Abrams (Super 8) se aprecia en cada plano.

Nota: 7/10

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1ª T. de ‘Westworld’, magistral laberinto de la inteligencia artificial


El Lejano Oeste es el protagonista en la serie 'Westworld'.Con todo lo que se ha hablado de la primera temporada de Westworld, decir que esta serie es una de las nuevas joyas de la televisión es no decir nada, y además quedarse muy corto. Lo más llamativo, desde luego, es su factura técnica y el mundo creado alrededor de este parque temático ambientado en el Lejano Oeste con robots tan idénticos a los humanos que es imposible reconocerlos. Pero la primera temporada es mucho más, y ello se debe al desarrollo narrativo planteado por Lisa Joy (serie Criando malvas) y Jonathan Nolan (serie Person of interest), autores de esta especie de adaptación/continuación de la película escrita y dirigida por Michael Crichton (autor a su vez de novelas como Parque Jurásico o La amenaza de Andrómeda) en 1973.

Y es que estos primeros 10 episodios son el ejemplo perfecto de cómo estructurar una narrativa para, como si de una cebolla se tratara, desvelar los secretos capa a capa hasta encajar todas las piezas de un puzzle apasionante y complejo. Lo que comienza siendo una especie de bucle episodio tras episodio en el que se van introduciendo pequeños y distintos elementos termina por convertirse en un relato de venganza, de obsesión y, en cierto modo, de proteger un legado. En dicha evolución los personajes, secundarios o protagonistas, se integran de forma armónica para componer una historia coral que, más allá de la violencia, lo que aborda es la humanidad y los riesgos de la tecnología, algo muy presente en la obra de Crichton. Y todo ello manteniendo un misterio que se resuelve con cuentagotas en los últimos episodios.

Aunque posiblemente lo más interesante de esta primera temporada de Westworld sea la capacidad de Nolan y Joy para relacionar líneas argumentales que no solo se narran de forma paralela, sino que discurren en tiempos diferentes. El hecho de que este mundo del Oeste no envejezca, no cambie, permite a sus creadores jugar con el presente, el pasado y el futuro. Bajo el paraguas de ese “juego” que quiere resolver el personaje de Ed Harris (Retales de una vida), la historia aborda desde diferentes prismas el concepto de la evolución psicológica de los personajes, concepto presente en todas y cada una de las líneas argumentales que nutren estos primeros capítulos. Puede parecer que muchas de las historias son, sencillamente, elementos complementarios a la principal, pero la resolución de la temporada permite una visión tan amplia de la trama que todas las piezas terminan encajando en ese laberinto que el rol de Harris se afana por resolver.

Un laberinto, por cierto, en el que también se introduce al espectador, con el que se establece un juego de inteligencia y perspicacia basado no solo en los detalles visuales, sino en los conceptos sobre los que reflexionan los personajes. Ideas como que los robots solo ven lo que sus creadores quieren que vean, o su incapacidad para hacer daño, terminan siendo ideas fundamentales que no solo sostienen la coherencia de este universo, sino que provocan puntos de giro tan inesperados como impactantes, elevando la historia hasta niveles insospechados en un primer momento. La serie, que cuenta con el apoyo de J.J. Abrams (Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza) como productor, se revela así como una producción compleja, impecable en su factura técnica y con un trasfondo moral, humano y social sumamente sólido.

Actores y actrices

En efecto, esta primera temporada de Westworld es capaz de sobreponerse a sus fallos (si es que los tiene son menores) gracias a una constante reflexión en torno a la idea de lo que nos convierte en humanos, de esa capacidad para tomar decisiones. En este caso, a diferencia de la película original, no hay fallos mecánicos o de energía, sino una presencia en forma de código informático que abre la puerta al libre albedrío de las máquinas. A través de pequeños y aparentes fallos en su comportamiento, la trama cambia el prisma poco a poco para mostrar la verdadera realidad de una situación mucho más compleja, plagada de intereses y en la que pocos personajes terminan siendo lo que inicialmente fueron; es decir, la serie evoluciona, que al fin y al cabo es lo que se pide a toda historia.

Y en esta evolución tienen buena parte de responsabilidad los actores. Sostener una trama tan compleja, con tantas aristas y tantas lecturas, sería complicado si el reparto no está a la altura. Y lo cierto es que no solo asumen sus respectivos roles, sino que aportan algo más, ya sea físicamente o psicológicamente. Desde Anthony Hopkins (Noé), que comienza siendo una suerte de padre bondadoso para revelar su verdadera naturaleza, hasta Ed Harris (Una noche para sobrevivir), cuyo final no revelaremos por ser clave en la comprensión final de la trama, todos los actores acometen la difícil tarea de dotar de profundidad a los personajes, incluso aquellos definidos de una forma algo más burda y arquetípica.

En este sentido, destacan Thandie Newton (Huge), Jeffrey Wright (serie Boardwalk Empire) y Evan Rachel Wood (Los idus de marzo). La primera porque se convierte en el vehículo transformador de toda la historia, en la cara visible de un cambio que se produce a muchos niveles. A través de su personaje no solo se narra la revolución de las máquinas, sino que se descubre el dolor y la tortura a la que se somete a estos personajes. Tortura, por cierto, que se amplifica con el rol de Wright, cuyos giros argumentales en el tramo final son sencillamente abrumadores. En cuanto a Wood, su personaje es el epicentro de la trama, y a pesar de no desempeñar un papel fundamental en el desarrollo de la historia, es evidente que será clave en el futuro de la trama. Es, por así decirlo, el objetivo de todo lo narrado en estos episodios.

La primera temporada de Westworld se convierte, por tanto, en una de las producciones imprescindibles de la temporada. La espectacularidad y precisión de su factura técnica, posiblemente lo más llamativo del conjunto, es simplemente el envoltorio adecuado para una historia compleja que aprovecha los puntos de giro dramáticos para derribar las pretensiones del espectador de comprender algo de lo que ocurre. Y lo más fascinante de todo es que en apenas dos episodios todas las piezas de este parque temático encajan a la perfección para descubrir el fantasma dentro de la máquina, el mensaje que se nos transmite desde el principio y que no hemos podido, o no hemos sabido, ver. La guinda del pastel es que el final de estos 10 episodios deja la puerta abierta a un futuro mucho más apasionante.

‘Calle Cloverfield 10’: un nuevo tipo de cine de monstruos


John Gallagher Jr., Mary Elizabeth Winstead y John Goodman, en 'Calle Cloverfield 10'.Soy de los que piensan que Monstruoso (2008) es un clásico moderno, un thriller de catástrofes con monstruo de por medio que pone en su lugar a esas cintas creadas como si de un vídeo casero se tratara. Por eso, cuando esta especie de continuación salió casi de la nada (ya ocurrió con su predecesora), con un tráiler extraño y sugerente, el visionado era casi obligado. Y vaya por delante que es un film al que es mejor acercarse sin saber nada de él. De hecho, es casi mejor no tener, ni siquiera, la referencia del primer film. Por eso, y como muchas críticas ya han hecho, recomiendo leer lo menos posible de este comentario. Un último apunte: es de los mejores films de suspense que pueden verse ahora mismo en pantalla.

Porque sí, Calle Cloverfield 10 no es una cinta de monstruos al uso. Es más, salvo su clímax final, algo exagerado, no llega verse a ninguna criatura durante los 103 minutos. Pero eso no quiere decir que no haya monstruos en pantalla. La película, hábilmente dirigida por el debutante Dan Trachtenberg (con evidentes consejos del maestro J.J. Abrams), juega en todo momento al despiste con el espectador, que se ve obligado a elegir entre la realidad que cuenta el personaje de un impresionante John Goodman (Golpe de efecto) o lo que ven nuestros ojos. La tensión que genera esta lucha de intereses desarrolla un crescendo narrativo a través de puntos de giro tan sencillos y aparentemente simples como efectivos.

Lo que inicialmente se presenta como una historia de un psicópata secuestrando a una joven pronto se convierte en una historia de supervivencia ante una amenaza exterior real. Pero un nuevo giro devuelve las sospechas al interior de ese búnker al que el director y los actores, todos magníficos, sacan el máximo provecho. Estos constantes juegos de despiste obligan a la historia a mantener un equilibrio entre lo real y lo inventado, entre la cordura y la locura, que atrapa al espectador y le convierte en una víctima más de ese hombre aparentemente normal al que da vida Goodman. Una víctima que sufre junto a Mary Elizabeth Winstead (Aquí y ahora), que sospecha de John Gallagher Jr. (Margaret) y que, finalmente, ansía escapar de esa cárcel sea como sea.

Desde luego, lo mejor que ofrece Calle Cloverfield 10, dejando a un lado una puesta en escena sobria y brillante, y un diseño de producción tan sencillo como inquietante, es que plantea una alternativa que nunca llega a existir. Los monstruos, en realidad, están dentro y fuera del búnker. Las historias entre las que el espectador tiende a escoger irremediablemente no son excluyentes, al contrario, se complementan de forma espléndida. La secuela, por tanto, se revela más como una especie de spin off que como continuación al uso. Y salvo ese final que no parece encajar demasiado con el tono general del film, es una historia espléndida en su minimalismo e inquietante en su desarrollo.

Nota: 7,5/10

‘Star Wars: El despertar de la fuerza’: una segunda esperanza


Daisy Ridley y John Bodega toman el testigo en 'Star Wars: El despertar de la fuerza'.Si algo hay que reconocerle a J.J. Abrams (Super 8) es su facilidad y capacidad para crear puros entretenimientos sin una fisura en su desarrollo. Por eso su elección para la nueva entrega de la saga Star Wars era tan esperada, y por eso no ha defraudado. Más allá de que sea mejor o peor que los visto en los últimos años en el universo creado por George Lucas (THX 1138), lo más notable es que recupera el espíritu no solo de la saga original, sino de toda la primera trilogía.

El comienzo de esta tercera trilogía se revela, por tanto, como un entretenimiento con mayúsculas, como un ejercicio de fantasía en el que la acción y la historia se equilibran para crear un espectáculo que pocas veces puede verse en una gran pantalla. Star Wars: El despertar de la fuerza tiene todo lo que podría pedírsele a este tipo de films, incluyendo un nuevo robot tan entrañable como R2-D2. E incluyendo uno de esos spoilers que pueden generar un cierto impacto en los seguidores. Pero independientemente de todo eso, la trama se desarrolla por caminos conocidos para explorar un futuro plagado de posibilidades, que deja los suficientes interrogantes como para justificar dramáticamente una continuación.

Todo ello no quiere decir que la cinta sea perfecta, ni mucho menos. Precisamente ese espíritu de los primeros films es lo que también convierte a esta nueva entrega en un constante recuerdo, en una especie de homenaje modernizado de secuencias, de ideas y de personajes. En este sentido, la película se autolimita al no querer aventurarse fuera de los cánones establecidos, y utilizando para ello las herramientas que ya han funcionado y que están contrastadas. A esto se sumaría un villano sin la presencia de Darth Vader y algún que otro personaje sin la fuerza suficiente como para tirar de la historia en próximas películas.

Pero a pesar de todo, Star Wars: El despertar de la fuerza es una espléndida cinta de aventuras, fantasía y acción. Una película hecha por un fan para los fans, que recupera el tono perdido por la segunda trilogía y que combina nuevas generaciones con los personajes que han convertido a esta historia en lo que es hoy en día. Tiene debilidades, por supuesto, pero la sensación final que deja en el espectador es la de una cinta notable. Eso, y las ganas de que llegue la continuación que ofrezca algunas respuestas a los principales interrogantes.

Nota: 8/10

Y la fuerza despertó…


Estrenos 18diciembre2015Ya está aquí. El estreno más importante de este 2015, y posiblemente el más esperado de los últimos años, aterriza en los cines de toda España (y de todo el mundo) para, literalmente, arrasar con todos los récords habidos y por haber. O al menos esa es la intención. Pero contrariamente a lo que pudiera parecer, este viernes, 18 de diciembre, también llegan otras novedades que, en otro contexto y con otro rival enfrente, sin duda habrían tenido mayor trascendencia.

A diferencia de otros fines de semana, Star Wars: El despertar de la Fuerza es claramente el estreno más importante del fin de semana. Séptima entrega de la saga que da inicio, a su vez, a una nueva trilogía y a un numeroso grupo de spin off, algunos basados en personajes míticos de la serie iniciada hace casi 40 años por George Lucas (American Graffiti). De la mano de J.J. Abrams (Star Trek: En la oscuridad), este nuevo film transcurre 30 años después de los acontecimientos de El retorno del Jedi (1983), centrándose en dos jóvenes personajes cuyos destinos se cruzarán para luchar contra una nueva amenaza llamada Primera Orden, cuya intención es retomar la herencia del Imperio destruido en aquel film. Nuevos enemigos, nuevos jedi y viejos personajes se dan cita en una aventura galáctica que trata de revitalizar una saga cuya última trilogía ha dejado con un sabor de boca agridulce. Y para ello nada mejor que unir en un único reparto a viejos conocidos como Harrison Ford (El secreto de Adaline), Carrie Fisher (Maps to the stars), Mark Hamill (Kingsman: Servicio secreto), Anthony Daniels (Yo compré una moto vampiro) y Kenny Baker (U.F.O.), con nuevas estrellas como Daisy Ridley (Scrawl), John Boyega (Imperial dreams), Adam Driver (serie Girls), Domhall Gleeson (Invencible), Gwendoline Christie (serie Juego de tronos), Oscar Isaac (serie Show me a hero), Simon Pegg (Misión: Imposible – Nación secreta), Andy Serkis (El amanecer del Planeta de los Simios), Lupita Nyong’o (12 años de esclavitud) y Max von Sydow (Shutter Island).

Entre el resto de títulos que deberán sufrir el dominio galáctico destaca Sufragistas, drama de corte biográfico e histórico que narra la lucha de las mujeres en la Inglaterra previa a la I Guerra Mundial para lograr la igualdad con los hombres. Una igualdad en el trabajo y en sus vidas que se radicalizó ante la ineficacia de las protestas pacíficas que muchas integrantes de la clase trabajadora llevaron a cabo. Sarah Gavron (Brick Lane) es la encargada de poner en imágenes esta defensa de los derechos de la mujer, contando para ello con un reparto más que notable: Meryl Streep (Agosto), Carey Mulligan (Lejos del mundanal ruido), Helena Bonham Carter (Cenicienta), Ann-Marie Duff (Circuito cerrado), Brendan Gleeson (Al filo del mañana), Ben Whishaw (Skyfall) y Romola Garai (Los últimos días en Marte).

También es interesante Invisibles, lo nuevo de Richard Gere (El fraude). Producida en 2014 y dirigida por Oren Moverman (Rampart), la historia gira en torno a un hombre que, cada vez más desesperado, ha perdido todo lo que una vez definió su vida. Sin un lugar a donde ir, vaga por las calles de Nueva York como un sin techo más, tratando de sobrevivir y de encontrar cobijo cada noche. La única luz de esperanza se presenta en forma de un hombre con el que entabla amistad y que le permite creer que puede retomar la relación con su hija, de la que se distanció hace tiempo. Jena Malone (The wait), Kyra Sedgwick (serie The closer), Steve Buscemi (serie Boardwalk Empire) y Ben Vereen (Tapioca) completan el reparto.

Desde Reino Unido llega 45 años, drama romántico que adapta un relato corto de David Constantine en el que una pareja se prepara para celebrar sus 45 años de matrimonio. Pero lo que se prevé como una fiesta para conmemorar el amor se ve truncada cuando el hombre recibe la noticia de que el cuerpo de su primer amor ha sido encontrado en un glaciar entero e intacto. Andrew Haigh (Weekend) dirige esta propuesta protagonizada por Charlotte Rampling (Joven y bonita), Tom Courtenay (El cuarteto), Geraldine James (serie Utopía), Dolly Wells (Franklyn) y Richard Cunningham (El abuelo que saltó por la ventana y se largó).

También procede de las islas británicas Hiena: el infierno del crimen, thriller dramático producido en 2014 escrito y dirigido por Gerard Johnson (Tony) cuya trama gira en torno a un policía cuyo instinto y facilidad para equilibrar corrupción y eficacia siempre le han mantenido a salvo. Sin embargo, cuando los bajos fondos de Londres empiezan a ser controlados por una banda de peligrosos albaneses el hombre deberá afrontar que su estilo de vida necesita adaptarse a los nuevos tiempos. El reparto está encabezado por Stephen Graham (El topo), Neil Maskell (Open Windows), Elisa Lasowski (Somers town) y Peter Ferdinando (Convicto).

En cuanto al documental, Carlos Saura (Tango) escribe y dirige Zonda: folclore argentino, que como su título indica se adentra en la música del país sudamericano para explicar el pasado, el presente y el futuro de este pueblo y su cultura. Luis Salinas, Jaime Torres y Horacio Lavandera son algunos de los artistas que se dejan ver en la obra.

‘Believe’, o la incredulidad de una serie mal planteada en su 1ª T


Jake McLaughlin y Johnny Sequoyah protagonizan 'Believe', creada por Alfonso Cuarón.Hace no demasiados meses una serie que llevaba por título Touch tuvo que ser cancelada tras su segunda temporada. Evidentemente, cuando esto ocurre suele ser por una confluencia de motivos que dan como resultado una pérdida alarmante de espectadores. Sin duda uno de los motivos fue un desarrollo circular al que le costaba avanzar y, lo más alarmante, no desarrollaba como debería la relación paternofilial protagonista, convirtiendo al adulto en una especie de pelele a las órdenes de un niño cuyo misterio, en cambio, sí se desarrollaba. Traigo a colación esta fallida serie porque prácticamente todo lo que le ocurrió es lo que ha vuelto a pasar en Believe, producción anunciada como uno de los pesos pesados de la temporada que apenas ha logrado cubrir los 12 episodios de su primera entrega.

La serie, creada por Alfonso Cuarón (Gravity) y Mark Friedman (Regreso al infierno) y con el respaldo de J.J. Abrams (serie Perdidos), narra la persecución que sufre una niña con habilidades especiales por parte de un científico que la ha criado en sus primeros años de vida y que ve en ella el siguiente paso en la evolución. Para evitar que la capturen un grupo encabezado por un psicólogo que ha estado con la pequeña desde su nacimiento decide sacar de la cárcel a un hombre que afirma ser inocente para que la proteja. En líneas generales, ésta es la premisa inicial del argumento, y por desgracia es el desarrollo de la temporada. En efecto, el gran problema del arco dramático es que no logra avanzar hasta sus instantes finales, momento en el que resulta del todo innecesario. Muchos de los episodios se pueden entender casi como fotocopias en las que lo único que cambian son las personas a las que la pequeña, interpretada por una casi desconocida Johnny Sequoyah, trata de ayudar con sus poderes.

El hecho de que los villanos de turno estén siempre a rebufo de lo que ocurre en la trama principal, así como el fenómeno (y este sí que es inexplicable) de que la relación entre el hombre encargado de proteger a la niña (interpretado por Jake McLaughlin, visto en El invitado) y la pequeña se atasque siempre en el mismo punto (ella quiere ayudar; él no; él termina cediendo) terminan convirtiendo Believe en un producto sin intriga con algunas secuencias de acción y fantásticas más o menos notables. La falta de solidez dramática, que en esta ocasión se genera por la combinación de argumento y personajes, es su principal handicap, derivando en un bucle del que sus responsables no son capaces de sacarla. El principal efecto de dicho bucle es la sensación de estar ante una serie de incongruencias en la definición de los personajes, en sus decisiones y en sus actos. Que los protagonistas siempre terminen siendo descubiertos por un error suyo no hace sino confirmar que no evolucionan, condenados a cometer una y otra vez las mismas acciones, lo que a su vez lleva a que el desarrollo de cada episodio sea siempre igual.

El otro gran problema de la serie es la deriva que vive el desarrollo de la trama. A lo largo de estos capítulos el argumento queda salpicado por la presencia de una serie de secundarios que aparecen con visos de una relevancia notable y, posteriormente, se quedan en meras presencias testimoniales para, supuestamente, dar fe de la bondad de los buenos y la maldad de los malos. Roles como el de la agente del FBI encargada de perseguir a la niña y su protector o el del asesino que busca a la pareja como si de un sabueso se tratara nacen con la intención de aportar nuevos matices a la historia, o al menos dotar de nuevos puntos de vista a los fenómenos que en principio deberían sucederse en cada episodios. Solo la primera tiene algo más de relevancia, pero en líneas generales ni el papel interpretado por Trieste Kelly Dunn (serie Banshee) ni el interpretado por Nick Tarabay (serie Spartacus) alcanzan dichas cotas, limitándose a rellenar algunos minutos y protagonizar alguna secuencia de transición.

Sin efectos no hay gloria

Y hablando de los fenómenos que la joven protagonista es capaz de realizar, es imprescindible señalar la ausencia casi total de dichos efectos a lo largo de la serie. Salvo episodios muy concretos, el desarrollo del arco dramático se traduce en una especie de intriga por descubrir la forma en que el papel interpretado por Sequoyah va a lograr salvar las vidas de los personajes que centran la atención en cada episodio. Sí, hay momentos muy conseguidos, sobre todo en el episodio piloto y en su espectacular clímax del episodio final, pero en líneas generales Believe debería ser eso mismo, una producción en la que creer. Y eso, a falta de una solidez dramática y narrativa solvente, debe suplirse con unas situaciones que potencien los motivos por los que la pequeña es perseguida y protegida. Si lo comparamos con la ya mencionada Touch, esta jugaba con la idea de que todo está conectado, lo cual es, por su propia definición, intangible; en el caso de la serie de Cuarón los poderes de la pequeña Bo Adams son, o al menos eso se deja entrever, físicos.

El efecto de esa falta de espectacularidad en los efectos redunda en la idea de estar ante una persecución cuanto menos irreal. Los personajes, sobre todo el villano interpretado por Kyle MacLachlan (serie Sexo en Nueva York), hacen hincapié a través de sus diálogos en que la protagonista es especial y única. Empero, las imágenes no terminan de definir claramente dicha singularidad. Es más, a medida que se va conociendo algo más de ese mundo en el que sus responsables quieren que creamos la conclusión a la que puede llegar el espectador es diametralmente opuesta. Existe en este sentido una cierta indefinición en cuanto a los poderes que unos y otros personajes poseen, lo que a la larga provoca una cierta desubicación del espectador, que no sabe a qué atenerse ante determinadas situaciones. A esto habría que sumar la presencia de un reparto que no aporta demasiado a sus personajes, tanto por la definición de los mismos como por la labor de los actores.

Todo esto me lleva a plantear una duda que cada vez es más constante y que, creo recordar, ya ha aparecido en Toma Dos. He de confesar que considero a J.J. Abrams uno de los directores con más potencial de los últimos años. Su aportación a la televisión y al cine es indudable, y ha sabido desarrollar un estilo formal y narrativo propio. Dicho esto, las producciones que avala para la pequeña pantalla tienen, en líneas generales, el mismo problema: un prometedor comienzo y un final desastroso. Algunas logran solventarlo, pero aquellas que no son capaces de sobreponerse evidencian una ausencia total de criterio a la hora de plantear una historia. Casos como el de esta serie son la mejor prueba. Si uno lee su sinopsis general es evidente que la historia tiene potencial, pero no así su desarrollo. El resultado de todo esto está siendo el de estar ante un productor/creador con ojo clínico para historias frescas y novedosas pero que no es capaz de desarrollarlas, lo que redunda en su propio perjuicio.

Posiblemente si Believe no contara con nombres como el de Cuarón o el de Abrams su fiasco (porque no hay otra palabra) no habría pasado de una reseña en algún medio especializado. En realidad, sus errores (muchos) y sus virtudes (pocas) son comunes a un alto número de producciones, por lo que tampoco debería ser noticia que no logre superar su primera temporada. Pero los padrinos son los que son, y uno de ellos con un Oscar bajo el brazo, ni más ni menos. Es por eso que todo el mundo esperaba algo más de este producto. Algo más que unos personajes sin demasiados claroscuros; algo más que una trama con un desarrollo escaso y plagado de tópicos; y algo más que una serie incapaz de desarrollar líneas dramáticas básicas como las relaciones entre los personajes. Desconozco si a la hora de plantear el proyecto se conocían los precedentes de series similares, pero lo que está claro es que los errores han sido los mismos. Ver para creer.

Los personajes de ‘Revolution’ pierden coherencia en su 2ª temporada


Billy Burke y Elizabeth Mitchell tendrán que luchar contra un nuevo enemigo en la segunda temporada de 'Revolution'.No sé si será por los actores, por el desarrollo de la trama o simplemente por la factura técnica, pero el caso es que hay series que, teniendo todo lo necesario para lograr el éxito, no terminan de funcionar. Uno de los últimos casos es el de Revolution, serie de ciencia ficción que sin tener grandes pretensiones ofrecía algo un poco diferente. Es cierto que su primera temporada tuvo para muchos más sombras que luces, pero la idea de una sociedad moderna que se ve obligada a retroceder casi a la Edad Media por la ausencia de electricidad era una premisa interesante. Su segunda temporada, y si nadie lo remedia (léase la presión de los fans) la última, va un poco más allá en esta idea, repartiendo su evolución en dos claras líneas de trabajo que, aunque interesantes, no terminan de funcionar. En esta ocasión, irónicamente, el problema son los propios protagonistas.

Estos nuevos 22 episodios retoman la acción unos meses después de la conclusión de la anterior etapa, aprovechando los primeros capítulos para situar a cada uno de los personajes principales e introducir otros nuevos. El principal escollo con el que se encuentra su creador, Eric Kripke (serie Sobrenatural) es que se opera un cambio en dichos personajes que nunca termina de materializarse en decisiones y acciones concretas. Salvo los roles interpretados por Billy Burke (Crepúsculo) y Tracy Spiridakos (Engañada en la red), cuya transformación es bastante evidente, el resto combina las características de la primera temporada con las novedades de la segunda. Quizá el caso más llamativo sea el de David Lyons (Come reza ama), Monroe en la ficción. Su arco dramático es cuanto menos incongruente, no solo con su propia naturaleza sino en el sentido general de la serie. La necesidad de transformarlo de villano a héroe impide a sus responsables acometer una transformación lógica y natural motivada por sus propios intereses, los cuales tratan de usarse al final de la temporada para tratar de justificar sus acciones. La introducción del personaje del hijo y esa especie de amor-odio con el rol de Burke no hacen sino ridiculizar un buen villano.

Todo esto ocurre, fundamentalmente, por la incorporación a la trama de los llamados Patriotas, una nueva amenaza planteada al final de la temporada anterior que, en teoría, debería de haber servido para un propósito doble: dotar de más acción y complejidad a la trama, y generar dos frentes de combate claros. El resultado es, como la serie en general, irregular. No cabe duda de que la presencia de estos villanos, cuyas actividades son más crueles de lo visto hasta ahora (al fin y al cabo, debían hacer “bueno” al personaje de Lyons), aportan un grado notable de interés y de intriga al arco argumental, pero su desarrollo no es todo lo fluido que cabría esperar. Su presencia se plantea de forma pausada e incluso velada para, al final, precipitar los acontecimientos y derivarlo todo a un único momento en el que son derrotados. Es de suponer que esto, más que un problema de planteamiento, es una necesidad ante la finalización inesperada de Revolution. Por cierto, es de agradecer que sus responsables, entre los que se encuentran J.J. Abrams (serie Fringe) y Jon Favreau (Iron Man), hayan optado por cerrar los ciclos planteados en esta temporada, y no dejando todos los interrogantes en el aire.

En lo referente al reparto merece una mención especial Giancarlo Esposito (serie Érase una vez), cuya presencia sigue siendo de lo mejor del conjunto, incluso con el caótico camino que sigue en estos episodios. Su rol, algo más separado del resto que en la temporada anterior, se convierte en una especie de vengador solitario cuyo único objetivo es acabar con aquellos que han matado a su mujer. Su facilidad para hacer todo lo necesario por lograr su objetivo, unido a su falta de empatía incluso con su hijo (solo cuando lo pierde es cuando realmente lucha por él) le otorgan una presencia mucho más consistente que en la primera temporada, cuando todo esto se presentaba bajo la bandera de los enemigos. Su final, uno de los pocos que unen las dos líneas argumentales de las que hablaba, es quizá el más claro ejemplo, junto con el papel de Monroe, de que la historia, a pesar de los intentos por controlarla, se les había escapado de las manos a los creadores.

Y llegó la nanotecnología

Aunque pueda parecer lo contrario, uno de los pilares de Revolution ha sido la incorporación a la trama de la nanotecnología, responsable del apagón y la mayor amenaza de esta temporada, aunque solo protagonice una trama secundaria. Su desarrollo ha sido, a pesar de algunos altibajos, de lo mejor de la serie, y la forma en que Kripke logra finalizar su arco dramático es brillante, abriendo la puerta a un futuro en el que humanos y máquinas deberán enfrentarse irremediablemente. Es más, uno de los mejores episodios de la temporada, aquel que transcurre en la mente del personaje de Zak Orth (Vicky Cristina Barcelona), es la pieza que permite comprender la naturaleza de esta tecnología que consume toda la energía del planeta y cuyo objetivo se desvela en el último capítulo. Su presentación a lo largo de la temporada es, al igual que la de los Patriotas, pausada e intermitente, planteando numerosos interrogantes que se resuelven con relativo acierto a medida que se desarrolla la trama.

Lo que juega en su contra es su propia condición de secundaria. Es cierto que hacia el final de esta etapa ambas líneas argumentases tienden a unirse, pero el hecho de que solo algunos personajes estén implicados en ella, sin llegar nunca a involucrar a los demás, debilita su fuerza y su importancia, sin duda reservando su protagonismo para una hipotética tercera temporada. Esto deriva, por ejemplo, en un desarrollo que muchas veces recurre a giros de difícil aceptación, como son las constantes desapariciones del personaje de Orth y la falta total de consecuencias en el resto de personajes. Eso por no hablar del hecho de que la explicación para muchos de los fenómenos que ocurren se ofrece al espectador, pero no al resto de personajes (al menos no de forma directa y contundente), lo que ahonda en esa idea de que las dos tramas, que en muchas ocasiones se intentan combinar, son dos entes separados que entretienen pero fracturan la serie.

A pesar de todo, es justo reconocer que la serie posee un pulso narrativo notable. Apenas existen episodios en los que el ritmo decaiga, logrando un dinamismo similar al de la primera temporada e introduciendo nuevos personajes que dan al conjunto un cierto lavado de cara que debe ser reconocido. El hecho de que la trama se pierda algunas veces en historias que no llevan a ningún lado (lo de irse a México a buscar un personaje para que simplemente engrose el reparto tiene poca justificación) solo es un obstáculo si uno no se entrega al entretenimiento que supone ver una serie cuya factura técnica es más que buena. Al fin y al cabo, las presentaciones de la producción nunca han sido las de convertirse en un producto referente de la ciencia ficción. Si tenemos esto en cuenta, se podría decir que logra su objetivo.

El problema de Revolution, tanto en su primera como en su segunda temporada, es que nunca ha tenido claro cuál era su sitio en el nutrido mundo de las series actuales. ¿Es una serie de acción? ¿Es una trama que busca explorar algo más que situaciones comunes? ¿Sus personajes saben cuál es su sitio? Estas y otras preguntas no terminan de responderse, y esa indefinición es lo que, finalmente, ha llevado a su cancelación en esta segunda temporada. Tal y como finaliza da la sensación de que en episodios futuros podrían encontrarse las respuestas, pero si eso finalmente llegamos a verlo será con otra productora. El balance que deja la serie, por tanto, es la de un entretenimiento cuyas aspiraciones fueron desapareciendo poco a poco, hasta el punto de reducirse a un mero folletín de aventuras. Como decía al principio, el principal problema reside en muchos de sus personajes, sobre todo en aquellos que no han sabido evolucionar con las tramas. La premisa era buena; el desarrollo no tanto. Y esto es algo que le ocurre mucho a J.J. Abrams.

‘Almost Human’ inicia demasiadas tramas sin concluir en su 1ª T


Karl Urban y Michael Ealy protagonizan la primera temporada de 'Almost Human'.En un mundo que cambia a pasos agigantados la tecnología supera todas las expectativas del ser humano. Imposible de controlar por las autoridades, las bandas criminales las utilizan para ir un paso por delante de la policía, que se ha visto obligada a utilizar unidades robóticas para combatir el crimen. Este es, a grandes rasgos, el argumento de Almost Human, serie creada por J. H. Wyman (guionista de Fringe) y con el beneplácito de J. J. Abrams (Perdidos), uno de los grandes gurús de la televisión. Cambiando algunas ideas, este podría ser también el proceso que sufre el propio Abrams, quien a pesar de seguir demostrando un inusitado olfato para todo aquello que es nuevo y diferente, parece estar quedándose atrás en lo que a los estilos actuales se refiere.

Quiero decir con esto que la primera temporada de la producción es fascinante en su acabado técnico y en las múltiples y originales ideas que proyecta sobre sus tramas. Sin embargo, su propia narrativa está anclada en una forma de hacer televisión que, poco a poco, está desapareciendo entre aquellos productos considerados como “lo mejor” de la pequeña pantalla, categoría en la que no hace mucho estaba el propio director y productor. Si de algo peca esta temporada de 13 episodios es de no definir claramente su objetivo. Su piloto, que a pesar de tener elementos atractivos no logra cuajar como debería, es el mejor ejemplo de ello, pues plantea unas premisas prometedoras (un policía traicionado por la mujer que ama, un grupo terrorista muy avanzado tecnológicamente, un posible romance, un compañero a priori peligroso, …) pero nunca las desarrolla, ni durante ese primer episodio ni durante el resto de la temporada.

Esto provoca sentimientos encontrados. Por un lado da la sensación de que Almost Human deambula por su propio universo sin apuntar en ninguna dirección. Las investigaciones policiales aisladas en cada capítulo permiten conocer un poco mejor esa sociedad del futuro totalmente computerizada, pero no desarrolla ninguna de las líneas argumentales que mencionábamos antes, salvo tal vez la relación con su nuevo compañero robot, personaje este que se revela entre lo mejor de la producción. Precisamente esa facilidad para mostrar este universo es la otra cara de la moneda, pues visualmente es tan rica que por momentos logra hacer olvidar el hecho de estar ante una serie que no va a ningún lado. Detalles como el cordón policial, los robots desnudos a modo de muñecos gigantes, o la propia pierna artificial del policía humano protagonista son algunos de esos detalles.

Sin embargo, y una vez terminada la temporada, la serie defrauda. Por si fuera poco, a lo largo de estos 13 capítulos hay varios momentos en los que una de las tramas episódicas deja abierto su final a una supuesta continuación o resolución en otra de las tramas, lo que añade más hilos argumentales que deben ser cerrados, y que por supuesto no se cierran. Una forma de hacer televisión y de entender el desarrollo dramático que, como decía al inicio, cada vez se adapta menos a los gustos actuales de las grandes series, más próximas a los arcos dramáticos por temporada en los que cabe un desarrollo de personajes algo mayor que a las historias autoconclusivas, sobre todo si estas dejan finales abiertos que nunca llegan a resolverse.

Un mejor final para el futuro

Todo esto, aunque parezca lo contrario, no convierte a esta primera parte de Almost Human en una mala propuesta. Simplemente la define como una producción excesivamente sencilla para lo que podría llegar a ser, en una ficción que parece temer sus propias posibilidades y el abanico de territorios sin explorar a los que podría llegar. En este sentido, no se aleja demasiado, precisamente, de las dos producciones que mencionaba al inicio. La primera supo cómo reconducir su historia, mientras que la segunda, sencillamente, se perdió en su propio misterio. Volviendo a la serie que nos ocupa, e independientemente de sus problemas de narrativa, esta temporada se revela como un entretenimiento puro, sencillo y extremadamente original en su concepción.

Una concepción que bebe mucho, y a medida que se suceden los episodios lo hace de forma más evidente, de Blade Runner (1982). El diseño urbano de la ciudad, el planteamiento de los neones nocturnos e incluso la banda sonora remiten sin disimulo alguno al clásico de la ciencia ficción. Lejos de resultar burdo, el homenaje otorga a esta creación de Wyman un aspecto mucho más sólido, a medio camino entre la comicidad de algunas situaciones que viven sus personajes y el drama que rodea a los protagonistas, sobre todo al personaje de Karl Urban (Star Trek). Más allá de esto y de otros detalles ya mencionados, lo que más fascina de estos episodios es el uso de la tecnología tanto en los crímenes cometidos como en el desarrollo de la propia especie humana, combinando no solo cibernética con humanos, sino avances científicos, estos últimos responsables de algunas de las mejores tramas.

Aunque como es habitual en este tipo de producciones, el pilar más sólido es la relación entre sus dos protagonistas, en este caso un hombre y una máquina, esta interpretada con solvencia y humor por Michael Ealy (Underworld: El despertar). El contraste de sus personalidades, que lleva a una inevitable distinción en su forma de afrontar los crímenes, genera algunos de los mejores momentos de la temporada, ya tengan a uno u otro como protagonista. Es gracias a la labor de ambos actores, que logran dotar de vida a sus respectivos roles más allá de lo escrito sobre el papel, que en muchas ocasiones la historia logra superar sus propias expectativas. A ellos y a Mackenzie Crook (Piratas del Caribe. La maldición de la Perla Negra), cuya encarnación de un científico algo extravagante termina por erigirse como un rol imprescindible.

Al final, esta primera temporada de Almost Human se queda en un quiero y no puedo, en un intento de trasladar las clásicas historias de una pareja de policías condenada a entenderse a un futuro donde la tecnología sea la protagonista. Vista así, la serie es todo un éxito, pues tiene todos los elementos para entretener episodio tras episodio. Empero, la trama pelea en demasiados frentes abiertos. Peor aún, abre nuevos conflictos sin cerrar (o al menos encarrilar) los anteriores, lo que a la larga genera insatisfacción, incertidumbre y cierta incomprensión. En este sentido no es extraño que una hipotética segunda temporada, en la que deberían resolverse muchas de las dudas que ha generado, esté todavía sin confirmar, si bien la serie no ha sido oficialmente cancelada. Por el bien de la trama y del universo que ha creado en estos capítulos, esperemos que tenga la oportunidad de redimir sus errores.

‘Star Trek: En la oscuridad’: las emociones de un viaje estelar


Zachary Quinto, Benedict Cumberbatch y Chris Pine en 'Star Trek. En la oscuridad', de J. J. Abrams.Habrá que ver cómo se desenvuelve con una saga tan influyente como la de Star Wars, pero hasta ahora la labor de J. J Abrams en las diferentes series de películas que ha dirigido solo podría denominarse como revitalizadora. Suya fue la labor de olvidar el mal sabor de boca que dejó Misión Imposible II (2000), y suyo ha sido el éxito que tuvo el reinicio de Star Trek en 2009, haciéndose cargo de una secuela que si bien retoma los ingredientes que atrajeron a fans y profanos a las salas, posee un carácter mucho menos grandilocuente en favor de una trama más centrada en la amistad y las relaciones humanas.

Ya desde la primera secuencia queda patente que la práctica totalidad del desarrollo dramático tendrá como eje las relaciones entre los personajes de la Enterprise y las crisis generadas a raíz de sus diferentes puntos de vista respecto a diversos temas como la muerte o la moral, algo que ya se planteó en la primera entrega y que es mucho más evidente en esta segunda, en algunos momentos de forma algo burda. Lo cierto es que el guión, más simple y menos elaborado que otros escritos por el equipo habitual de Abrams, es el punto débil de esta superproducción que, por lo demás, ofrece lo que se espera de ella: entretenimiento, espectáculo y mucha acción.

De hecho, la historia sería mucho menos interesante si no estuviera Benedict Cumberbatch (El topo), actor inglés que poco a poco se está haciendo un hueco gracias a un rostro inquietante por naturaleza al que sabe sacar el máximo partido. Su presencia como el villano de la función aporta un dramatismo mayor a las motivaciones de la intriga, y crea un némesis perfecto para unos protagonistas que saben exprimir con inteligencia la química que existen entre ellos.

Star Trek: En la oscuridad es todo lo que se espera de ella, pero no es todo lo que podría ser. J. J. Abrams crea una película visualmente apabullante que compite con el resto de estrenos veraniegos por tener la mayor destrucción civil del año, pero pierde la grandiosidad que caracterizó a la primera entrega. El film sabe sustentarse en sus actores y sus personajes, pero más allá de eso la historia pierde algo de fuelle cuando tiene que dar paso a la explicación de la trama.

Nota: 7/10

Vuelve la tripulación de la nave Enterprise… vuelve el villano favorito


Estrenos 5julio2013Al igual que ocurrió hace un par de semanas, la ciencia ficción y la animación acaparan casi toda la atención de los estrenos del viernes 5 de julio. Y al igual que hace dos semanas, los títulos forman parte de una historia reciente y clásica que buscan no solo atraer la atención de los más fieles seguidores, sino ampliar su campo de acción a nuevos nichos en estos tiempos de crisis que vivimos. Y también como ocurrió hace un par de viernes, llegan arropados por una serie de títulos independientes y europeos que harán las delicias de aquellos que busquen algo más que los grandes blockbusters del verano.

Desde luego, el estreno más esperado es el de Star Trek: En la oscuridad, secuela del reinicio dirigido en 2009 por J. J. Abrams (Super 8), quien también se hace cargo de este film antes de meterse en faena con la séptima parte de la saga Star Wars. El argumento de esta segunda parte da inicio cuando la tripulación de la nave Enterprise recibe la orden de regresar a casa. Es en ese momento cuando una fuerza especialmente dotada para la destrucción hace saltar por los aires la Flota y todo lo que representa. Comenzará entonces una persecución, una partida de ajedrez a vida o muerte, en la que todo será puesto a prueba. Señalar que el regreso es completo, desde los componentes formales que Abrams aportó a la serie hasta los actores y guionistas. Los habituales colaboradores del director, Roberto Orci y Alex Kurtzman (serie Fringe), se han encargado del guión junto a Damon Lindelof (Prometheus), mientras que frente a las cámaras tenemos a Chris Pine (Esto es la guerra), Zachary Quinto (Margin Call), Zoe Saldana (Colombiana), Karl Urban (Dredd), Simon Pegg (Misión Imposible: Protocolo fantasma), John Cho (serie FlashForward), Anton Yelchin (Noche de miedo) y Bruce Greenwood (El vuelo) como rostros conocidos. A estos habría que sumar la incorporación de Benedict Cumberbatch (serie Sherlock) como el villano de la función.

El otro gran estreno es, como ya hemos dicho, otra secuela, en este caso la de Gru 2: Mi villano favorito. En esta ocasión el protagonista de la cinta de animación, quien es de paso el mayor villano de todos los tiempos, deja su carrera como criminal internacional para hacerse cargo de las tres niñas que adoptó en la primera parte y para ayudar a una organización secreta a salvar el mundo. Repiten en este film dirigido especialmente a los más pequeños los directores de la primera entrega, Pierre Coffin y Chris Renaud, así como las principales voces del reparto original, Steve Carell (Crazy, Stupid, Love), Kristen Wiig (La boda de mi mejor amiga), Miranda Cosgrove (School of rock) y Russell Brand (Arthur), incorporándose además Benjamin Bratt (El mensajero) y Steve Coogan (Ruby Sparks), entre otros.

Dejando de lado los estrenos estadounidenses hay que destacar el regreso del director italiano Giuseppe Tornatore (Cinema Paradiso). Bajo el título La mejor oferta se presenta al espectador la vida de un experto en arte y agente de subastas que vive sus días en soledad y ajeno a sentimientos afectivos. Sin embargo, su rutina dará un vuelco cuando una joven con un extraño problema psicológico que le impide relacionarse le contrate para tasar unas obras que ha heredado de su familia. Drama romántico que está escrito por el propio Tornatore y que cuenta con un reparto verdaderamente atractivo: Geoffrey Rush (El discurso del rey), Jim Sturgess (Un amor entre dos mundos), Donald Sutherland (Los juegos del hambre), Sylvia Hoeks (Tirza) y Liya Kebede (El buen pastor).

Otro de los títulos interesantes es la coproducción de 2012 entre Canadá y Reino Unido titulada Hijos de la medianoche. Dirigida por la directora india Deepa Mehta (autora del film nominado al Oscar en 2007 Agua), y basada en la novela homónima de Salman Rushdie, la historia gira en torno a dos personajes que en el día de su nacimiento, la misma fecha en que India logró la independencia de Gran Bretaña, son intercambiados. Él, de familia rica, es entregado a una mujer pobre, cuya hija es entregada a los anteriores. Sus vidas quedarán vinculadas de tal modo que participarán en la tumultuosa vida del país. El reparto principal está integrado por Satya Bhabha (Scott Pilgrim contra el mundo), Shahana Goswami (Game), Rajat Kapoor (Apna Asmaan), Seema Biswas (Company) y Shriya Saran (Kutty).

Desde Canadá también nos llega El vendedor, película producida en 2011 y que supone el debut en el largometraje de Sébastien Pilote, autor también del guión. El argumento, como el propio título indica, gira en torno a un vendedor de coches en una ciudad industrial. Es el mejor en lo suyo y las únicas preocupaciones que tiene son su hija y su nieto. Sin embargo, el cierre de una fábrica le llevará a intentar vender los últimos coches que le quedan, algo que logrará con uno de los ex empleador de dicha industria. La venta desatará una serie de consecuencias que el propio vendedor no está preparado para asumir. Gilbert Sicotte (Les grands enfants), Nathalie Cavezzali (Les immortels), Jeremy Tessier y Jean-François Boudreau (El atraco del siglo) son los principales intérpretes.

Para finalizar, otro film del 2011, en esta ocasión procedente de Sudamérica, concretamente de Brasil, Chile y Argentina. Su título es Violeta se fue a los cielos, y narra la vida de la cantautora chilena Violeta Parra a través de los recuerdos que los hombres más importantes en su vida le han dejado, así como la influencia que han tenido en su arte y su forma de entender la vida. Basado en el libro de Ángel Parra, hijo de la cantautora, cuenta con un reparto integrado por Francisca Gavilán (Ulises), Thomas Durand (No toques el hacha), Christian Quevedo (Mala leche), Gabriela Aguilera (Mujeres infieles) y Roberto Farías (La buena vida).

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