‘Preacher’ da prioridad a los personajes sobre el desarrollo en la 3ª T.


La tercera temporada de Preacher empieza a mostrar, aunque sea en algunos minutos, una cierta normalización de lo que fue su transgresión inicial. Esto no tiene que ser algo necesariamente negativo, pero sí podría indicar una posible reiteración de fórmulas que terminen por convertir esta diferente producción en una obra común… Bueno, siendo sinceros eso no creo que pueda ocurrir nunca conociendo el cómic en el que se basa, pero sí podría dejarse llevar sin ofrecer nada diferente. Pero todo eso es apostar a futuro. La realidad es que estos 10 episodios, aun con un desarrollo algo menos surrealista que las anteriores temporadas, siguen dejando algunos de los momentos más rompedores de la televisión.

Posiblemente la sensación de continuismo que ofrece esta ficción creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Los tres reyes malos) y Seth Rogen (The disaster artist) se deba, precisamente, a que al menos una de las tramas planteadas en esta etapa se mantiene de la anterior, y seguirá así durante al menos otra temporada, ya confirmada. Una continuidad que, aunque planteada de un modo algo irregular en sus inicios, presenta un desarrollo sencillamente hilarante, trasladando a la pantalla algunas de las viñetas más irónicas de la historia creada por Garth Ennis y Steve Dillon (pienso en las pruebas de los sombreros de Herr Starr, por ejemplo) y alguno de los momentos más brutales, salvajes y gore de la serie, y eso que ha tenido secuencias muy viscerales.

Sin embargo, a pesar de todo la trama de Preacher en esta tercera temporada pierde algo de fuerza en este ámbito, toda vez que se introducen elementos ajenos a la propia búsqueda del protagonista. Estos elementos secundarios, que en último término se intentan fusionar con la trama principal para dotarles de una mayor relevancia, desvían la atención y el tiempo narrativo de otros elementos más relevantes del argumento, impidiendo desarrollarlos de forma correcta o con una mayor profundidad. El hecho de que los tres protagonistas se separen, además, genera una división narrativa y dramática que en la obra de Ennis y Dillon ofrece al lector una variedad argumental interesante, pero que en la serie de televisión sencillamente no alcanzan el mismo nivel narrativo, y dado que cada episodio tiene que desarrollar todas ellas a la vez, al final el resultado es una cierta irregularidad en varios momentos.

Es muy probable igualmente que, una vez superado el impacto inicial de una serie de estas características, el espectador se acostumbre a algunas de las barbaridades que se muestran en la misma. Sin embargo, hay algunos aspectos que sugieren otra posibilidad, como el hecho de que la búsqueda de Dios parece posponerse en mayor o menor grado para abordar el pasado del protagonista, la presencia del vudú, las luchas clandestinas, el mundo de los vampiros o la lucha por el poder religioso. Todo ello, aunque enriquece sobremanera el mundo de esta serie, también desvía mucho la atención del meollo del argumento, y eso por no hablar de la ausencia casi constante de ese poder sobrenatural conocido como Génesis que tan buenos resultados dio en las primeras temporadas, y que aquí se limita tan solo a algunos momentos.

Reinterpretando la religión

Pero todo ello no implica que esta tercera temporada de Preacher sea peor que las anteriores. Puede que sí sea algo inferior narrativamente hablando, pero a lo largo de estos 10 capítulos queda patente que tanto el tratamiento dramático de los personajes como los pilares argumentales de la serie como producto están no solo intactos, sino que son mucho más profundos. Y me explico. La diversificación de tramas es indudable que obliga a desviar la atención de la trama principal, sin duda la más transgresora de todas, pero también permite dirigir la mirada hacia el resto de secundarios, y es ahí donde la ficción logra un resultado más óptimo. A través de los viajes de los personajes interpretados por Joseph Gilgun (Infiltrado) y Ruth Negga (Warcraft: El origen), uno más físico y otro más conceptual, los creadores de la serie reinterpretan todo tipo de mitos, incluidos los religiosos.

Esto no solo amplía visualmente el universo creado por Ennis y Dillon, sino que permite un estudio más en profundidad de las motivaciones, miedos y anhelos del trío protagonista, planteados en varias ocasiones a lo largo de las temporadas anteriores. Y como no podía ser de otro modo, dicho estudio llega de la mano del pasado de cada uno, de sus orígenes. Todo ello permite conocer al espectador quién es quién en este surrealista viaje en busca de Dios, pero también pone de manifiesto que no todos los personajes tienen la misma capacidad de recorrido dramático. Es por ello que, en teoría, las debilidades narrativas vistas en esta etapa quedarán solventadas en la próxima, toda vez que muchos de los problemas derivados de esta profundización en los personajes sencillamente no estarán.

Cabe destacar igualmente dos aspectos perfectamente trasladados desde el papel y la tinta de los cómics. Por un lado, el mundo del vudú en el que creció el protagonista, ahora ampliado en la pequeña pantalla. El modo en que el rol al que da vida Dominic Cooper (Mamma mia! Una y otra vez) se enfrenta a su pasado, ya sea con los puños o con la inteligencia de saber cuando actuar, deja posiblemente los mejores momentos de la temporada, amén del interés que pueden despertar el resto de personajes que habitan esa decrépita casa. Pero por otro, la serie sienta las bases de lo que será el futuro enfrentamiento con El Grial, esa organización que, en el tercio final de esta etapa, se presenta como una suerte de nuevo nazismo de blanco impoluto.

Ambos “mundos” representan el pasado y el presente de Preacher. Pero esta tercera temporada deja muchas cosas más, como ese infierno y ese paródico Satán con su Ángel de la Muerte; un Hitler que regresa a la Tierra para recuperar lo que es suyo (sin duda el elemento más transgresor respecto al cómic y el que más futuro tiene); y por supuesto, el Santo de los Asesinos o la presencia, finalmente, de Dios. Todo ello compone un universo único, como de hecho es la obra en papel. Un universo que a pesar de ciertas irregularidades sigue siendo un soplo de aire fresco, una salida a los habituales productos televisivos. Mientras el viaje de Jesse Custer siga por este camino solo se podrá disfrutar, incluso aunque puedan surgir complicaciones durante el trayecto.

La 2ª T. de ‘El cuento de la criada’ desarrolla a los secundarios


Finalmente la segunda temporada de El cuento de la criada no ha logrado llevarse ningún premio en los Emmy de 2018, a pesar de las numerosas nominaciones tanto a la serie como a sus protagonistas. Y lo cierto es que, al menos estos últimos, sí habrían merecido algún reconocimiento en forma de estatuilla tras ver el trabajo realizado en los 13 episodios de esta segunda etapa. Unos episodios que, aunque sientan las bases de lo que parece será un futuro mucho más conflictivo, han tenido un desarrollo algo irregular e incluso irreal, y eso que hablamos de una ficción ambientada en un futuro distópico.

El principal problema de esta trama creada por Bruce Miller (Providence) a partir de la novela de Margaret Atwood es la sensación de estar en un bucle dramático que no solo parece que no acaba, sino que pierde fuerza a medida que se reproduce. Dicho de otro modo, la temporada comienza con un intento de huida de la protagonista interpretada de forma magistral por Elisabeth Moss (serie Mad Men) y termina exactamente igual. Y por el medio, al menos otro intento. Pero siempre se queda en eso, en intentos. Y en algunos casos por motivos que no terminan de encajar en el desarrollo del arco argumental, como si fuera necesario mantener a la protagonista dentro de este mundo religioso, gris y patriarcal para representar la lucha desde dentro contra el orden establecido. Evidentemente, dicha necesidad existe (la serie perdería buena parte de su sentido en caso contrario), pero lo que no es coherente es el modo en que se ha abordado.

Curiosamente, esto tiene varios efectos secundarios distintos según los personajes. La peor parada posiblemente sea la protagonista, en tanto en cuanto su personaje queda algo desdibujado respecto a la primera temporada, sin un rumbo claro que defina su recorrido en la serie. Tan pronto es una luchadora como se vuelve sumisa, como vuelve a enfrentarse a sus captores. Esos cambios, no por casualidad, se identifican con esa sensación repetitiva de la trama. En este sentido, también se difumina ligeramente el rol de Joseph Fiennes (Resucitado), cuya fuerza y amenazadora presencia se revela más bien como una personalidad que solo es fuerte ante aquellos que considera inferiores o ante los que no le plantan cara, aunque lo hace de un modo un tanto ambiguo.

Sin embargo, es el personaje de Yvonne Strahovski (Predator) el que crece de forma exponencial en esta segunda temporada de El cuento de la criada. El rol adquiere una infinidad de matices que enriquecen sobremanera la figura algo unidimensional que pudo verse en los primeros episodios, convirtiendo a esta mujer en una superviviente, en una luchadora no solo externa, sino sobre todo en su fuero interno, en el que sus convicciones y el apoyo a una causa se enfrentan a sus derechos como mujer, a su libertad individual como persona. Esta dualidad queda magistralmente mostrada en los últimos episodios, mutilación incluida, pero es algo que se construye con detalles, con conversaciones y con miradas a lo largo de toda la temporada. A todo ello se suma la impecable labor de la actriz, sin duda el gran atractivo de esta temporada.

La Resistencia toma la calle

Aunque posiblemente esa doble lectura que se aprecia en el tratamiento de personajes se note más en el modo en que se aborda la trama. Ya hemos explicado que, desde el punto de vista de la protagonista, el desarrollo dramático es circular, volviendo siempre al punto de partida por uno u otro motivo, y sin que eso tenga excesivas consecuencias negativas teniendo en cuenta el contexto en el que se producen. Ahora bien, de forma paralela se desarrolla una idea que ya se planteó en la primera temporada y que ahora toma cuerpo de un modo más evidente. Se trata de la red de resistencia que surge en la clandestinidad.

Resulta sumamente interesante estudiar el modo en que este elemento dramático adquiere forma, crece y se consolida en la trama de El cuento de la criada. Para empezar, el tratamiento de la misma cambia, pasando de un activo propio del thriller (se desconoce la identidad de sus miembros, por lo que todos pueden ser amigos o enemigos) a un motor dramático en estado puro. Un atentado, los viajes diplomáticos a otros países, las protestas y la presencia de más y más personas dentro de ese país dominado por el machismo religioso que luchan contra el orden establecido son las pinceladas que hacen avanzar la trama por un sendero algo diferente, más propio de una historia bélica que de un drama de suspense. Sin embargo, por ahora son eso, pinceladas, aunque viendo el modo en que finaliza esta segunda temporada es fácil imaginar que tendrá una mayor continuidad e impacto dentro del desarrollo dramático.

Lo que también deja esta etapa son nuevos elementos que ayudan a comprender lo ocurrido y, sobre todo, la estratificación social tan interesante que plantea la serie. Dicho de otro modo, la ficción ahonda en todo aquello que aporta el contexto, y lo hace integrándolo en la historia de un modo brillante. El funeral y el modo en que las criadas se visten, la boda obligada conjunta, el papel de las mujeres en la sociedad, etc. Incluso explora, aunque de forma algo indirecta, los acontecimientos previos a la creación de ese mundo religioso, la guerra y las víctimas de la misma, continuando de este modo con lo iniciado en la anterior temporada. Es importante comprender que con apenas un puñado de secuencias se puede construir una idea aproximada del pasado de la trama, permitiendo a sus creadores ampliar poco a poco esa idea del futuro distópico que presentan, y permitiendo igualmente introducir el pasado de los personajes, lo que termina por definirles mejor y, en cierto modo, modificar la percepción que el espectador tiene de ellos, a favor o en contra. En este sentido, las secuencias del rol de Strahovski en el pasado y la revelación que se produce en el lugar donde se esconde la protagonista al inicio de la temporada son buenos ejemplos.

Por tanto, lo que nos encontramos en la segunda temporada de El cuento de la criada es un producto que avanza en aspectos secundarios, construyendo un poco más el mundo en el que se desarrolla la historia de la protagonista, pero que se queda bloqueado en una especie de bucle con respecto al personaje de Moss. Esto genera una sensación extraña, a medio camino entre la espléndida ambientación y las ansias por conocer más de ese universo, y la frustración por ver a un personaje luchador dar bandazos en su determinación sin terminar de aprender de sus decisiones, así como la falta de represalias ante unos delitos que en otros casos han costado la muerte. Hay que entender que es la heroína y que su contexto dramático puede ser diferente, pero resulta poco creíble que no llegue a sufrir ni un mísero castigo por sus constantes desafíos. En cualquier caso, la trama sienta los pilares dramáticos de la siguiente temporada, en la que esperemos que tramas principales y secundarias vayan de la mano.

‘La monja’: terror infernal de andar por casa


En muy poco tiempo el díptico de ‘Expediente Warren’ se ha convertido en todo un referente del cine de terror. Su uso de los ambientes, el reparto sólido y, sobre todo, unas historias con una cierta base de verdad (sobre todo la segunda entrega) las han convertido por derecho propio casi en clásicos modernos. Y todo ello ha derivado en una explotación sin miramientos del fenómenos, con derivados que poco o nada tienen que ver con ambos films, ni en temática ni en tratamiento. El último de esos films es el que dirige Colin Hardy (The Hallow), una rápida sucesión de sustos y lugares comunes.

Y es que el principal problema de La Monja es que no tiene historia. O al menos una no muy desarrollada. Lo justo para situar a dos personajes con un pasado y el enemigo a batir. El resto es una carrera contrarreloj de poco más de 90 minutos en la que los estridentes sustos se suceden casi sin descanso, y en la que queda poco margen para ahondar en algo que no sea arrancar algún que otro grito del espectador. Con esto, resulta difícil poder alcanzar algún grado de empatía con los protagonistas, salvo tal vez con el rol interpretado por Jonas Bloquet (Tonnerre), quien por cierto aporta un toque cómico a la historia que es de lo mejor del film, y que podría haber sido mucho más relevante si la trama hubiera ahondado en el terror auténtico.

Esto no quita para que la cinta logre entretener, en buena medida gracias a su ajustado metraje. Cuando Hardy opta por dar vida al escenario tétrico y decrépito en el que se desarrolla la historia, el film crece en intensidad, mostrándose como una producción que juega con los tiempos, que aprovecha las posibilidades de los pasillos, las criptas o los cementerios para construir todo un ambiente de tensión dramática. El problema es que, una vez creado, parece empeñado en destruirlo con una sucesión de momentos que terminan por dar al traste con ese punto de partida, con escenas más visuales en las que la criatura aparece en su máximo esplendor, sea en la forma que sea.

Todo esto hace que La monja sea una producción muy diferente y algo alejada del mundo de ‘Expediente Warren’, por mucha escena inicial y final que trate de unir ambos films. No es que sea una mala cinta de terror o no encuentre acomodo dentro del género, es que en ningún momento está planteada como un producto con alma propia. El guión apenas tiene desarrollo dramático, y el poco que tiene se antoja arquetípico, visto en cientos de producciones de corte similar en las que la religión es el eje central. La mano de Hardy tras las cámaras tampoco aporta algo novedoso, y su uso de los recursos terroríficos es algo tosco (con todo, tiene algún momento inspirado). Tan solo el reparto logra aportar cierta entidad a sus personajes. A decir verdad, con todos los elementos en la mano, su potencial era mayor del que finalmente se muestra en pantalla.

Nota: 6/10

‘Preacher’ explora la importancia del miedo y la falta de fe en su 2ª T.


Si algo bueno tienen las adaptaciones literarias, de cómics o de cualquier otro producto cultural es poder apreciar las diferentes narrativas y argumentales entre el cine (o la televisión) con el original. No se trata de decir si uno es mejor que otro; ni siquiera consiste en intentar adivinar lo que va a ocurrir a continuación, utilizando la ventaja de conocer el original. En realidad, lo más interesantes es comprobar cómo una historia puede contarse de muchas formas diferentes aunque tenga, en esencia, el mismo desarrollo. Y eso es lo que, con éxito, está logrando Preacher (Predicador), que en su segunda temporada continúa esa incansable búsqueda de Dios, pero con muchos e imprescindibles matices.

Ahora que queda poco más de un mes para que comience la tercera temporada en Estados Unidos, es importante comprender que esta segunda etapa de la serie creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Supersalidos) y Seth Rogen (The interview) difiere notablemente del cómic creado por Garth Ennis y Steve Dillon en su desarrollo, pero no en su esencia. Más allá de la búsqueda divina, ‘leit motiv’ de esta trama, lo interesante se encuentra en los matices y, sobre todo, en la perfecta conjunción entre personajes y escenarios, entre dramatismo y humor negro. Bajo este prisma, la serie se convierte en algo único, un deleite para los sentidos que explora las miserias del ser humano… y de aquellos que no son del todo humanos.

De nuevo, la dinámica generada entre los tres protagonistas es lo que sustenta todo el relato. Esta segunda temporada de Predicador demuestra, y esto es algo a tener muy en cuenta para un guionista iniciado, que dicha dinámica no tiene que ser, necesariamente, positiva. Ni siquiera estar en el mismo nivel dramático en todo momento. Si en la primera etapa los tres personajes estaban íntimamente ligados por diferentes tipos de relaciones (creando un triángulo sólido), en estos 13 episodios dichas relaciones quedan fracturadas por los intereses y los problemas personales, que chocan unos con otros y alejan a los protagonistas. Así, la búsqueda del predicador interpretado por Dominic Cooper (Warcraft: El origen) deja de lado el miedo al que debe enfrentarse el rol de Ruth Negga (Loving) por El Santo de los Asesinos. Y en medio de todo esto, un vampiro que trata primero de ser el padre que nunca fue y, después, afrontar sus propios errores como hombre y como vampiro.

Y aunque pueda parecer contradictorio, tres arcos argumentales tan diferentes, tan propios, son los que hacen avanzar la trama de un modo sólido y único. Y es que, a pesar de líneas narrativas independientes, todo se desarrolla bajo el mismo paraguas, que no es otro que la falta de fe. Ya sea en Dios o en uno mismo, esta temporada aborda precisamente eso, la pérdida de nosotros mismos, de nuestra verdadera forma de ser. Da igual cual sea el origen (errores propios, miedo a la muerte, un camino que parece llevar a ninguna parte), lo cierto es que el resultado termina siendo el mismo para cada uno de los protagonistas. Y el modo en que lo afrontan, en solitario y alejados del resto, es lo que permite explorar sus debilidades de un modo que, de otro modo, no se podría.

Infierno y El Grial

En medio de esa búsqueda de la fe, la confianza y el sentido a nuestros actos, Predicador logra la máxima expresión de lo que comentábamos al inicio de este texto: las diferencias y similitudes entre el original y la adaptación. Entre las primeras destaca sobremanera el tratamiento que la serie hace del infierno. Muy en la línea de lo creado por Ennis y Dillon, ese infierno condena a las almas a revivir una y otra vez su recuerdo más doloroso, el que más les aterra. Y de nuevo, el humor más negro que pueda pensarse. Evidentemente, en un lugar tan malvado solo pueden estar los personajes más perversos de la Historia, entre ellos el propio Hitler. Este pequeño espacio de relato propio es utilizado por la ficción para volver a demostrar que en el relato nada es lo que parece, que todo se tergiversa hasta hacerlo más perverso bajo una imagen de cotidianidad. Así, ese infierno planteado como una cárcel casi militar sitúa a Hitler ante un infierno propio cuanto menos sorprendente, y a todas luces divertido.

En contraposición, la organización de El Grial está planteada casi como un calco de lo visto en los cómics, incluido el carácter de Herr Starr (Pip Torrens, visto en La chica danesa). Es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de esta segunda temporada, básicamente porque su presencia en el desarrollo dramático posterior es imprescindible para comprender el viaje del héroe. De ahí que los guionistas aprovechen esa falta de fe del protagonista a la hora de buscar a Dios para introducir esta organización, establecer las relaciones dramáticas entre ellos y sentar las bases del posterior conflicto que se vaya a desarrollar. Y aquí puede verse, en su máximo esplendor, la estructura argumental de esta temporada, construida de forma orgánica para que todas las líneas narrativas se nutran unas de otras. Lejos de plantear historias secundarias que corran de forma paralela a la principal (que también hay algo de esto), los creadores aprovechan los conflictos aparentemente secundarios para influir, en mayor o menor medida, en la historia principal protagonizada por Jesse Custer.

De este modo, la trama es capaz de crecer. Si antes hablábamos de la diferencia entre la primera y la segunda temporada en lo que a las relaciones entre los tres protagonistas se refiere, ahora es conveniente señalar que esto no deja de ser una forma de trasladar la dinámica que debe existir en una secuencia, en un acto y en un episodio (o una película) a un concepto mayor como es una serie de varias temporadas. Del éxito logrado en la primera temporada se pasa a las decepciones que se viven en esta segunda etapa. Y lo más probable es que la tercera temporada ahonde en estas diferencias y en el pasado de los protagonistas, a tenor de algunos datos ofrecidos en estos 13 capítulos. Pero eso es adelantar acontecimientos. La realidad es que la estructura dramática de esta entrega logra crecer en la adversidad, construyendo con mimo y cuidado los conflictos tanto internos de cada personaje como externos (ya sea entre amigos o enemigos).

Lo cierto es que la segunda temporada de Predicador confirma a esta serie como una de las más irreverentes que existen actualmente. Nada en ella está dejado al azar, ya sea por seguir la línea argumental del cómic, ya sea incorporando sus propios escenarios y tramas. El humor negro, la ironía y la violencia que roza el absurdo siguen siendo, por suerte, las señas de identidad de la serie, pero hay algo más. Algo que hace que la trama crezca, que los personajes adquieran más complejidad. Y en este caso, ese algo son sus miedos, sus errores del pasado y su frustración por no poder solventarlos como, hasta ahora, habían podido afrontar todos los conflictos. En definitiva, ponerles ante sus debilidades para que puedan crecer en la adversidad. Así las cosas, la serie afronta ahora, de continuar la estela del cómic original, los momentos más oscuros y dramáticos de todos. Teniendo en cuenta la originalidad y la frescura que aportan los guionistas, la expectación es máxima.

1ª T. de ‘El cuento de la criada’, una colorida distopía gris


Ha sido sin lugar a dudas una de las series de este año 2017. Y méritos no le faltan. The Handmaid’s Tale, o El cuento de la criada en español, la adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Margaret Atwood, es un interesante trabajo visual, interpretativo y conceptual, de obligado visionado tanto para estudiantes del lenguaje audiovisual como para aquellos que quieran entender, aunque sea mínimamente, cuáles pueden ser los sentimientos de la mujer en una sociedad dominada por los hombres. Y aunque es evidente que esta distopía no deja de reflejar una situación llevada al extremo, este tipo de historias siempre suelen reflejar aspectos de la sociedad actual, lo que añade un elementos realmente inquietante a la trama de esta primera temporada de 10 episodios creada por Bruce Miller (serie Los 100).

Una trama que comienza cuando una mujer es capturada para convertirse en criada de un matrimonio. Lo que comienza siendo un acto atroz pronto se desvela simplemente como el comienzo de algo más brutal. Y es que en un futuro la Humanidad se ha vuelto estéril, y solo un grupo de mujeres son fértiles. En este contexto, la sociedad norteamericana ha sido tomada, en su mayoría, por una autocracia religiosa que somete a las mujeres a diferentes tareas; la de las criadas contempla, entre otras cosas, la de tener hijos para los líderes de la comunidad, que una vez al mes las violan bajo la excusa de realizar un rito contenido en las escrituras. La serie se centra en la historia de una de estas criadas.

Si el argumento de The Handmaid’s Tale ya es de por sí sumamente interesante, lo más llamativo, y al mismo tiempo más sutil, es el tratamiento visual de esta sociedad. Basado en un código de colores, el lenguaje visual utilizado explota al máximo las posibilidades expresivas de dicho código. Planos cenitales que muestran cómo el rojo de las criadas se mueve en bloque; movimientos de cámara que combinan rojo, verde, gris y negro de un modo casi armónico; y así sucesivamente. Sin embargo, lo más llamativo es que toda esta gama cromática se muestra ante el espectador de un modo apagado, sin el brillo que cabría esperar y siempre con una tonalidad gris en el ambiente, cuando no directamente oscura. Este contraste de colores vivos con la frialdad y la tristeza que transmiten los tonos grises viene a reflejar, en última instancia, el contraste interno de una sociedad presuntamente ordenada en la que las mujeres son sometidas, en la que la apariencia de felicidad y tranquilidad esconde una verdad mucho más atroz. En definitiva, el contraste que esconde una distopía.

La combinación de la apuesta visual con el contenido dramático de esta primera temporada conforma un todo extraordinario. Y es que más allá de la fuerza narrativa, el trasfondo de la serie es sin duda uno de los elementos más perturbadores de la pequeña pantalla. No me refiero tanto al diseño de la sociedad en sí; ni siquiera a la influencia religiosa o a determinados momentos de la trama, como aquellos en los que se planean los atentados terroristas que dieron lugar a esa nueva sociedad. No, lo perturbador es cómo todo ello no deja de ser una excusa para someter a las mujeres, para violarlas y utilizarlas como complace a los hombres, algunas para tener hijos, otras para ser sus cocineras, sus siervas o sus esclavas. Escenarios como el burdel al que solo tienen acceso los hombres y, sobre todo, el modo en que se va descomponiendo la careta de perfección de muchos personajes son sin duda los mayores hallazgos del relato.

Actrices y actores ante todo

Claro que todo ello no sería lo mismo sin un reparto en estado de gracia. Sobre todo de unos secundarios que sostienen, en buena medida, todo el contexto político, social y religioso que convierte a The Handmaid’s Tale en lo que es. Curiosamente, tanto Elisabeth Moss (serie Mad Men) como Joseph Fiennes (Hércules) resultan los menos atractivos del conjunto, al menos analizados de forma separada. Ella se convierte en el vehículo narrativo para exponer el mundo en el que vive, mientras que él representa, con todos sus matices, los contrastes de esa sociedad distópica, que se muestra de un modo pero que, de puertas adentro, es de otro totalmente diferente. Sin embargo, los momentos que ambos comparten juntos se convierten en los más reveladores del relato, evidenciando que ambos roles se necesitan el uno al otro no solo para crecer dramáticamente, sino para establecer la dinámica que necesita la serie.

Asimismo, es importante señalar el uso de la narrativa paralela que se establece con la voz en off del personaje de Moss. A través de esta especie de proyección de sus pensamientos sobre los acontecimientos que vive el espectador se adentra no solo en su personalidad, sino en el corazón de una sociedad corrupta, lo que ayuda a comprender mejor la dinámica de clases y la hipocresía de los líderes.

Mencionaba antes a los secundarios. En verdad, todos ellos son capaces de componer, por un lado, un mosaico clasista bajo un código de colores que enriquece la ya de por sí interesante historia del personaje de Moss. Pero es que, además, cada uno de forma individual define maravillosamente el estamento al que pertenece y los contrastes que en él se producen a medida que avanza la trama. Desde Yvonne Strahovski (serie Dexter) hasta Max Minghella (Ágora), todos los personajes son un reflejo de los debates morales y éticos que provoca la doble vara de medir de una sociedad creada solo para el dominio del hombre sobre la mujer. En este sentido, resulta especialmente destacable la labor de Madeline Brewer (serie Orange is the new black), cuyo rol como criada llevado a sus últimas consecuencias se puede considerar el detonante de un futuro apasionante para esta serie. La evolución de este rol es cuanto menos aplaudible, y desde luego es un modelo en el que fijarse para crear y hacer evolucionar un personaje.

No cabe duda de que The Handmaid’s Tale es una de las series del año, y si se mantiene el tono dramático y visual de esta primera temporada, terminará siendo una de las producciones más complejas e interesantes de los últimos años. Todo indica que así va a ser, pues el final de estos primeros 10 capítulos deja abiertas las líneas argumentales necesarias para desarrollar lo que cabe esperar de una historia como esta, es decir, profundizar más en las miserias y corruptelas de un sistema social y político aparentemente perfecto, y desarrollar la rebelión de estas criadas que una vez al mes son violadas para intentar dejarlas embarazadas. Una serie con muchas capas, a cada cual más compleja, que crean una historia capaz de atrapar al espectador en un mundo tan increíble como plausible.

3ª T. de ‘The Leftovers’, o cómo concluir sin dar demasiados detalles


Hay producciones que parecen prefabricadas por un programa informático. Otras tratan de aprovechar el tirón de algún otro producto de éxito. Y otras sencillamente son tan extrañas que en ocasiones hay que hacer un notable esfuerzo para comprender lo que se está contando. The Leftovers ha pertenecido a esta última categoría. La serie basada en la novela de Tom Perrotta y adaptada a la pequeña pantalla por Damon Lindelof (serie Perdidos) es una de esas producciones que, por su temática y su tratamiento, pueden generar casi tanta locura como la que se narra en su argumento. Su tercera y última temporada, sin embargo, ha optado por una narración algo más lineal, más coherente, tratando de dar un broche final adecuado a lo visto en estos casi 30 episodios.

Personalmente creo que lo consigue. En apenas 8 episodios esta etapa final da rienda suelta a algunos de los aspectos más importantes de la trama, entre ellos el religioso, el fanático y, sobre todo, las desapariciones de esos millones de personas que han sido el impulso dramático de la serie durante toda su duración. Y para poder explicarlo Lindelof y Perrotta optan por un tratamiento más clásico, con un desarrollo más lineal, sin demasiados saltos temporales ni apariciones y desapariciones de personajes en la escena. La historia, por resumir, se centra por completo en los personajes de Justin Theroux (La chica del tren) y Carrie Coon (Perdida), y lo hace no solo para encontrar una justificación a su trama, sino porque sobre sus hombros carga el verdadero significado y la moraleja de toda esta compleja historia.

En realidad, ambos personajes vienen a representar los dos grandes aspectos dramáticos de The Leftovers a lo largo de estas tres temporadas. Por un lado, la angustia existencial que generan las preguntas “¿por qué yo?” y “¿a dónde fueron?” los desaparecidos. Y al menos una de ellas sí encuentra respuesta, de ahí que el final de esta serie genere una satisfacción incompleta. En efecto, esta tercera temporada desvela qué ha ocurrido con aquellos que desaparecieron hace tantos años. A través de un final brillante que intercala imágenes y relato oral, el último episodio se convierte en una especie de epílogo, en la clásica conclusión que cierra la historia de los personajes años después, cuando todo lo relevante ha ocurrido sin necesidad de mostrarse en pantalla. Ese paso del tiempo, unido a la intensidad dramática habitual en la serie y al carácter del otro pilar argumental de la serie, genera un caldo de cultivo perfecto para aclarar buena parte de las ideas planteadas hasta ese momento en apenas unos minutos de metraje, evitando de este modo posibles complicaciones futuras con nuevas tramas en hipotéticas nuevas temporadas.

Y esto es algo relevante. Uno de los principales problemas que ha tenido la serie, y del que tampoco termina de librarse en su tercera entrega de episodios, es la falta de peso dramático de secundarios que, a priori, deberían de tener algo más de interés. Los hijos del personaje de Theroux son un buen ejemplo. Sus historias, aunque con conexiones con la trama principal, han sido demasiado independientes, lo que ha llevado en ocasiones a abandonar sus historias durante varios episodios para centrar el desarrollo en los protagonistas o en otros secundarios. La tercera temporada, en este sentido, directamente opta por dejar su presencia en este universo a una mera referencia residual, lo cual por otro lado aporta un mayor interés y dinamismo al conjunto. Y como ellos, varios secundarios más que no han terminado de cuajar en el extraño puzzle que es esta serie, aportando si cabe más complejidad y originalidad al conjunto pero complicando la comprensión de esta elaborada historia con un final relativamente simple.

El nuevo mesías

El otro gran elemento dramático es la religión. O mejor dicho, el fanatismo en todas sus formas. Y si bien este aspecto toma como epicentro el rol de Theroux, en realidad es algo muy presente en prácticamente todos los personajes que le rodean. Aunque ha sido el argumento de fondo para prácticamente toda la serie, con la secta o el personaje de Christopher Eccleston (Amelia) como recordatorios constantes, lo cierto es que en esta última temporada de The Leftovers adquiere ya una dimensión casi bíblica, toda vez que el protagonista se convierte, o más bien le convierten, en una especie de mesías capaz de resucitar y de guiar los pasos de la sociedad después del incidente.

Bajo este prisma pivota todo el desarrollo dramático de la serie, integrando en él a la perfección el otro gran pilar narrativo casi como un complemento necesario para aportar globalidad de conjunto. El final, sin ir más lejos, es el colofón a esta unión de contenidos, tanto por el hecho de que los dos personajes representan esas bases dramáticas como porque tiene como telón de fondo, al menos durante un tiempo, una boda, lo cual no es algo casual. Como toda buena conclusión, los aspectos que se habían ido planteando a lo largo de la trama tanto en el aspecto religioso como en el existencial tienen su resolución en esta temporada, algunos mejor tratados que otros, pero cerrando un ciclo de forma sólida y compacta.

Cosa muy distinta es que se queden algunas preguntas sin respuesta que, en el fondo, no impiden la comprensión de lo ocurrido. La principal sin duda es el motivo de las desapariciones. En efecto, se da respuesta a prácticamente todo menos al ‘por qué’, a ese motor dramático de la historia. Y aunque parezca contradictorio, esto en realidad tampoco es un obstáculo para entender, interpretar o disfrutar de la serie, al contrario, aporta más misterio y envuelve el modélico final en un halo de misterio que genera más interés si cabe en ese diálogo final entre los dos protagonistas. Con todo, este tratamiento dividido en dos partes también provoca cierta incongruencia dramática al introducir personajes secundarios algo innecesarios, y centrar en exceso la atención en ellos, en su pasado y en sus motivaciones. Da la sensación de haber querido contar una historia nueva con los mismos protagonistas pero otros secundarios que, al mismo tiempo, pudiera continuar la trama previa. Una combinación peligrosa que sale bien, pero que deja algunos momentos algo innecesarios.

Sea como fuere, la realidad es que The Leftovers finaliza como debería terminar cualquier serie. Su tercera y última temporada es el broche perfecto a un tratamiento atípico de la trama, a una narrativa quebrada en casi todos sus episodios, capaz de poner el foco en uno u otro personaje sin miedo a perder la coherencia o la atención del espectador. Si bien estos últimos 8 capítulos presentan un formato más tradicional (entendido esto dentro de lo que ha sido esta serie, claro está), lo cierto es que deja espacio siempre para jugar con la inteligencia y la perspicacia del espectador. Casi olvidándose de secundarios innecesarios, sus responsables optan por centrarse en los protagonistas para dar salida a una compleja trama, y lo consiguen con creces, conformando una serie tan misteriosa como interesante, tan dramática como compleja. Un producto dramático atípico muy a tener en cuenta.

‘La Llamada’: Lo hacemos y ya vemos


Vaya por delante que no he tenido el placer de ver en directo la obra de teatro ‘La Llamada’, por lo que mi visión de esta adaptación cinematográfica realizada por sus autores e interpretada por los mismos actores es, digamos, virgen. Y no sé si eso será bueno o malo, pero facilita una visión más audiovisual de esta comedia musical.

Y bajo este prisma lo primero que hay que decir es que la película crece de forma progresiva conforme la trama avanza. Con un comienzo que puede resultar un poco titubeante, en tanto en cuanto los pilares dramáticos de la historia se presentan con un primer número y se mantienen latentes en un segundo plano durante buena parte del primer acto, una vez la trama se centra por completo en la relación del personaje de Macarena García (Villaviciosa de al lado) con Dios, y cómo esto afecta al resto de roles, la historia explota al máximo su potencial para convertirse en una comedia fresca, dinámica y con una reflexión que a priori no tiene moraleja, pero que sí un mensaje de libertad muy concreto.

A esto se suman unos números musicales tan sencillos como divertidos, bien dosificados a lo largo de la trama y con las canciones de Whitney Houston como grandes atractivos. Eso por no hablar de ese último tema electro latino con una coreografía tan divertida como surrealista por el contexto en el que se produce. Amén de un reparto que desprende diversión en cada plano y que, para bien o para mal, tiende a ser un poco teatral. Todo ello, en definitiva, genera ese aura de diversión sin maldad, de historia adolescente sobre el amor libre, sobre la tolerancia y sobre la amistad. Y conseguir eso en estos tiempos es sumamente difícil.

De este modo, independientemente de la obra de teatro, La Llamada es una obra alegre, fresca y divertida, con un comienzo que puede trastocar la idea preconcebida de aquellos que no hayan visto la obra sobre los escenarios. Y sí, sus inicios pueden tener una cierta carencia de ritmo, pero se compensa con creces cuando el meollo de la historia toma el control de todos los personajes y sus respectivas tramas secundarias, construyendo un relato único en torno a unos pocos conceptos que obligan a reflexionar más allá de la música o de la religión (que en el fondo no es su motivo principal).

Nota: 6,5/10

‘Silencio’: una lenta tortura, y no solo para los sacerdotes apóstatas


Adam Driver y Andrew Garfield protagonizan 'Silencio'.Defender el trabajo de un director como Martin Scorsese (Infiltrados) es harto sencillo. Tanto que uno puede caer en la tentación de atacar su obra simple y llanamente por ofrecer algo diferente al resto. Lo difícil es saber apreciar los aspectos positivos y negativos de una película suya y saber cuáles pesan más. Su última propuesta tiene mucho de ambos, pero la sensación final es que tienen más relevancia los elementos negativos que los positivos, y eso es algo raro, muy raro, en este maestro del séptimo arte.

Lo más interesante de Silencio es, sin duda, el tema que aborda. La tortura y la violencia física y psicológica a la que se enfrentaron los sacerdotes jesuitas que trataron de implantar de forma sólida el cristianismo en Japón en el siglo XVII es algo que no solo planea sobre toda la trama, sino que adquiere una dureza inusitada durante varios momentos del metraje, evidenciando de paso una imaginación poco convencional de los dirigentes del país asiático en este ámbito. Bajo este prisma, la obra de Scorsese es un relato sin ningún tipo de paños calientes, capaz de poner ante la mirada del espectador situaciones de auténtico horror acompañadas de una fotografía tan bella como aterradora.

A todo ello se suma, además, la reflexión sobre la implantación de esta religión occidental en Japón, y cómo su población afronta esta nueva creencia desde un punto de vista cuanto menos particular, desvirtuando muchos de sus preceptos para adaptarlos a su propia forma de ser, de vivir o de pensar. Una idea que no solo se explica con el personaje de Liam Neeson (En tercera persona), sacerdote apóstata que explica el modo en que es entendida la religión en aquel país. A lo largo del metraje hay varios momentos que ponen de manifiesto la visión de la sociedad sobre el cristianismo, los más evidentes los protagonizados por el personaje de Yôsuke Kubozuka (Tokyo Tribe).

Los problemas de Silencio, y no son menores, son su ritmo y su duración. Scorsese adopta, tal vez demasiado, el estilo narrativo del cine asiático clásico para regodearse en la espléndida fotografía y en los incomparables paisajes, generando una narrativa contemplativa, más interesada en algunos momentos en la forma que en el fondo. Por otro lado, el guión adolece de una longitud excesivamente larga para lo que se quiere narrar, ahondando demasiado en el primer contacto de los protagonistas con Japón y reincidiendo en las dudas existenciales del personaje de Andrew Garfield (Nunca me abandones) durante su cautiverio, alargando la tortura (al personaje y al espectador) sin demasiado sentido. El resultado es una película bella, poderosa y con un mensaje sumamente interesante que se pierde en un ritmo lento y en un metraje al que le sobran muchos minutos.

Nota: 6,5/10

‘La fiesta de las salchichas’: El mundo es un supermercado


'La fiesta de las salchichas' invita a reflexionar con su irreverenciaPosiblemente si alguien lee que una película con un título como este, realizada por los responsables de películas como Superfumados (2008) o Juerga hasta el fin (2013) y que tiene como protagonistas a los alimentos es una buena película se lo tome a risa. Eso como poco. Pero lo cierto es que la realidad obliga a conjugar ambos conceptos: risa y calidad.

Tal vez no sea calidad en un sentido puramente formal. Incluso su narrativa hay momentos en las que se hace plomiza. Pero si algo bueno tiene La fiesta de las salchichas es la crítica social, política y moral que se esconde detrás de su trama. Seth Rogen (Malditos vecinos) y compañía no dejan títere con cabeza. Desde el conflicto palestino israelí hasta la creencia ciega en seres superiores, pasando por nazis que acusan de racismo, la película se construye lentamente para desgranar buena parte de los aspectos de la Humanidad que, en forma de productos, vive en un extenso supermercado llamado Tierra.

Evidentemente, la película tiene sus debilidades, y no son menores. Dejando a un lado la animación, muy alejada de los mejores trabajos en este ámbito de otras productoras, el guión adolece en muchos momentos de problemas que han tenido otros films de los mismos responsables. Saturación de insultos y tacos, una historia de ritmo irregular o algunos secundarios que no tienen demasiado sentido pero que hacen gracia son algunos de ellos que, seamos sinceros, juegan en contra del resultado final de la película.

Pero con todo y con eso, La fiesta de las salchichas es uno de los films más frescos de este año. Su irreverencia política y su acertada crítica social, ética y moral convierten a esta historia en algo más que una sucesión de chistes malos. De hecho, no es extraño que el espectador se descubra en mitad de la película reflexionando sobre algunas de las cosas que se mencionan en el film, lo cual ya dice bastante más de esta historia de lo que muchos actores, directores o productores pueden llegar a presumir. ¡Por cierto, no es apta para niños!

Nota: 7,5/10

‘Ben-Hur (2106)’: Roma bajo el sino de los tiempos


Jack Huston y Toby Kebbell compiten en 'Ben-Hur', versión de 2016.El cine es, o debería ser, un reflejo de la situación política, social y económica en la que se realiza. Pero una cosa es eso y otra muy distinta tergiversar deliberadamente una historia para obligarla a cumplir con ese precepto. Esta última idea, demasiado presente en lo nuevo de Timur Bekmambetov (Wanted), es la que provoca que una película más o menos interesante derive en un sinsentido moralista de dudosa credibilidad.

En efecto, Ben-Hur (2016) es un remake intenso, visualmente impecable y con muchos aciertos, uno de ellos darle más presencia al personaje de Messala, interpretado por un irregular Toby Kebbell (El aprendiz de Brujo). Y es que con ello se da más presencia al Imperio Romano y, de paso, al aspecto conquistador, violento y criminal de la expansión romana. En este sentido, resultan interesantes los conflictos morales y humanos del personaje, representando la dualidad de un mundo que lucha por conseguir la paz a través de la violencia. Asimismo, la relación entre los protagonistas queda excepcionalmente bien desarrollada, ofreciendo al espectador una visión más profunda de sus motivaciones y del modo en que sus sentimientos cambian a lo largo de la trama.

El problema es la trama en sí, o mejor dicho el tratamiento dramático que se realiza. Y es que la historia parece desinflarse al introducir problemas innecesarios cada vez más abrumadores a medida que se acerca el final. Por supuesto, la resolución del conflicto entre Ben-Hur (notable Jack Huston, visto en la serie Boardwalk Empire) y Messala es algo tan disparatado como innecesario, pero hay más. La introducción de un personaje secundario totalmente anecdótico al que se le quiere dar más importancia de la que merece; la falta de tratamiento serio de la historia de Jesucristo; poco o nulo desarrollo de algunos secundarios más relevantes.

La pregunta que cabe hacerse es ¿por qué? ¿Por qué tergiversar una historia épica de odio, traición, venganza y perdón modificando la naturaleza de los personajes (y por extensión de lo que representan) con un milagro divino? La respuesta creo que hay que buscarla fuera de la pantalla. En un contexto mundial en el que los pueblos cada vez parecen odiarse cada vez más, la cinta trata de convertirse en una suerte de hermanamiento fraternal entre pueblos tan dispares como el musulmán, el judío y el romano. Y eso, por muy buena voluntad que pueda tener, parecía poco probable en la época romana, sobre todo después de suceder lo que sucede durante la trama. El resultado es el mencionado: se retuerce el desarrollo natural de una historia para forzar un final marcado por los tiempos actuales. Y eso, salvo que se trabaje desde el minuto uno, no suele salir bien.

En resumen, Ben-Hur (2016) comienza bien, posee algunos momentos realmente épicos (la carrera de cuadrigas es espléndida) y ofrece una interesante visión del Imperio Romano en la época de Jesucristo. Ahora bien, la cinta pierde fuelle hacia el final de la trama, y lo hace casi por voluntad propia, modificando no solo la historia que todo espectador con cierta edad tiene en la retina, sino transformando por obra y designio de Dios (y esto es casi literal) a dos personajes enfrentados en dos hermanos. Que Bekmambetov se sienta más o menos cómodo con esta cinta es algo casi secundario (aunque tiene su relevancia que solo parezca disfrutar con las secuencias de acción); el problema es de guión, flojo en demasiados momentos y con tendencia a la autodestrucción más ilógica que se pueda ver en una pantalla.

Nota: 6/10

Diccineario

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