‘The Big Bang Theory’ llega tarde al final esperado en la 12ª T.


No es habitual que una serie supere las 10 temporadas. Cuando eso ocurre lo normal es que surjan dudas. ¿Es necesaria una duración tan larga? ¿Realmente los personajes tienen tanto interés? Y sobre todo, ¿se podría haber contado lo mismo con menos capítulos? Las respuestas dependen del formato, la frescura y la concepción inicial de la ficción. El caso de The Big Bang Theory es una buena muestra de que una buena serie es mucho mejor si es directa, sencilla y corta. O al menos, no alargada de forma artificial. Su última temporada, la número 12, es la prueba palpable.

Los 24 episodios de esta etapa final de la serie creada por Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Brady (serie The Muppets) oscilan entre el humor original de esta ficción que ha puesto a los frikis en el mapa y el cansancio narrativo y creativo que han evidenciado las últimas tandas de capítulos. Porque hay cansancio, y mucho. Los personajes han llegado a un punto en el que, sencillamente, no pueden evolucionar más sin cambiar el sentido de la serie. Las situaciones cómicas, en muchas ocasiones, han dejado de tener gracia porque, de tanto repetirse, han perdido la frescura que las caracterizaba al inicio. Y los diálogos, siendo sinceros, tampoco es que hayan sabido adaptarse a las nuevas demandas de los espectadores. En cierto modo, la serie ha colapsado en un intento de evolucionar manteniendo sus rasgos iniciales (que no su esencia).

Y me explico. Muchos espectadores, yo entre ellos, defenderán que toda historia tiene que evolucionar si quiere resultar atractiva. Y es cierto. La mayor amenaza de cualquier relato es el inmovilismo. Pero… ¿qué significa evolucionar? En realidad, significa enfrentar a los protagonistas ante retos externos e internos que les obliguen a modificar su forma de entender el mundo y a sí mismos para poder superarlos, de modo que sean personajes diferentes a lo que comenzaron siendo. Pero con un matiz: nunca se debe cambiar tanto que cambie por completo el concepto dramático de la trama. Del mismo modo que nunca debe mantener demasiado de ese origen del que procede. Pues bien, The Big Bang Theory ha evolucionado tanto que el aspecto inicial de la serie se ha perdido. Los personajes han madurado, tienen una vida en pareja, familia, objetivos y retos diferentes. Sin embargo, sus creadores tratan de seguir presentándoles como aquellos científicos frikis aficionados a cómics, videojuegos y películas de ciencia ficción que se presentaron en sociedad hace ya tantos años.

El problema es que eso ya es inviable, y esa dualidad interna en todos los protagonistas no termina de resolverse. Hay momentos en que vuelven a ser esos niños grandes, pero en otros parecen unos jóvenes adultos asentados en una nueva etapa de sus vidas. Esto genera que algunos de los gags que en otras ocasiones podían resultar hilarantes ahora simplemente arranquen una sonrisa como mucho. Curiosamente, algunos de los mejores momentos los siguen protagonizando los secundarios que participan en la serie, muestra del interés que han ido perdiendo los protagonistas poco a poco. Los episodios, igual de cortos, se hacen más largos. Y hasta puede dar la sensación de que algunos personajes, a pesar de seguir siendo prácticamente iguales, han perdido algo de su esencia, precisamente por esa cierta falta de ritmo y humor que desprenden estos 24 episodios.

Al César lo que es del César

Todo esto, aunque evidentemente perjudica el desarrollo y la impresión general de The Big Bang Theory como serie, no impide sin embargo que el final de temporada y de serie sea bueno. Yo diría notable. Y es que a pesar de alargarse innecesariamente, la última etapa presenta una conclusión coherente con sus personajes, con los anhelos y deseos que han mostrado en la recta final de la ficción. Por ello, y aunque presente momentos que directamente se podrían suprimir sin que afecte al desarrollo de la historia, los últimos episodios se utilizan para cerrar todos los arcos argumentales de los protagonistas, respondiendo con un final feliz a cada uno de ellos. Al César lo que es del César, y a este grupo de amigos le corresponde una recompensa de la que, posiblemente, ni ellos mismos sean conscientes.

Sin desvelar absolutamente ningún detalle (salvo tal vez el que se ve en la fotografía, con los dos personajes recibiendo el Premio Nobel), sí se puede decir que el cierre de tramas principales y secundarias resulta interesante, sobre todo para ser una comedia de situación que comenzó de forma algo transgresora y ha terminado siendo un producto común aderezado con chistes científicos y el mayor de los frikismos. A pesar de los vaivenes de algunos personajes (uno de los motivos para que la serie haya bajado en interés), en líneas generales nos encontramos ante un cierre dramático tan previsible como bien ejecutado. Evidentemente, que nadie espere algo que no sea un ‘… y vivieron felices’, porque la serie no busca otra cosa, pero incluso ese final tan blanco como positivo hay que saber ejecutarlo, y los guionistas salen airosos de intentar levantar ligeramente, aunque solo sea para su final, el nivel dramático, cómico y de interés de la serie.

Lo que representa esta última temporada, en pocas palabras, es lo que ha ocurrido con toda la serie. Es decir, ha pasado por buenos momentos, por otros más tediosos, algunos brillantes y un desarrollo dramático y de personajes sin un objetivo claro, al menos no de antemano. La incorporación de secundarios, sin duda, es un claro aliciente que no solo insufla aire fresco al conjunto, sino que evidencia la fuerza mediática que ha adquirido esta sitcom. Pero ni siquiera ellos son capaces de eliminar esa sensación de estar viendo pocas novedades en la relación entre personajes y en la evolución de las tramas, más allá de momentos puntuales que es necesario modificar por ‘obligaciones de guión’. En este sentido, por tanto, lo que tenemos es una temporada 12 divertida a ratos (más que las dos inmediatamente anteriores), con desarrollo de algunas tramas y con una cierta incongruencia en algunas situaciones que viven los personajes.

Y eso es lo que ha sido The Big Bang Theory. En realidad, la serie fue toda una sorpresa y un fenómeno durante las primeras temporadas. La serie supo evolucionar correctamente durante un tiempo, introduciendo a los protagonistas en la edad adulta de forma progresiva y pausada, lo que además provocó numerosas situaciones cómicas y gags por los diferentes ritmos narrativos de cada uno de ellos. Pero la historia se estiró demasiado. Las situaciones comenzaron a parecer algo repetitivas; los personajes, todos ellos ya en la vida adulta, parecían perder frescura al tiempo que sus creadores querían mantenerlos jóvenes; y el humor se fue diluyendo ligeramente. No cabe duda de que esta comedia es el referente del género del siglo XXI, como Friends lo fue en su momento. Pero le sobran temporadas, y eso lastra ligeramente al conjunto. En todo caso, es innegable que, con sus fallos y sus aciertos, ese plano final de todos los personajes en ese salón que tantas cosas ha vivido es el broche de oro a una importante etapa televisiva. Y para muchos espectadores, es el final de toda una vida.

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11ª T. de ‘The Big Bang Theory’, comienzo de un final necesario


Prácticamente ninguna serie es capaz de soportar una duración demasiado larga. Las historias se acaban, los personajes no pueden reinventarse constantemente y, sobre todo, el espectador los llega a conocer demasiado bien. Y todo eso es lo que se está empezando a ver en The Big Bang Theory, la comedia de culto creada por Chuck Lorre (serie Mom) y Bill Prady (serie The mupptes). Y ahora que su duodécima y última temporada está a medio camino de su desarrollo, es conveniente hacer un repaso a lo que fue la undécima etapa, centrada mucho en el rol de Sheldon Cooper (Jim Parsons, visto en Figuras ocultas) y algo menos en el resto de personajes, con todo lo que eso conlleva.

Y lo que conlleva es un desequilibrio narrativo, dramático y cómico en muchos puntos del desarrollo de estos 24 capítulos. Posiblemente el mayor éxito de esta sitcom haya sido la dinámica entre los protagonistas. Pero una dinámica que, a pesar de las tramas individuales de cada uno, siempre involucraba de forma orgánica al resto. Dicho de otro modo, aunque cada personaje tiene su propio desarrollo argumental, las tramas episódicas tendían a involucrar a dos personajes, muchas veces ajenos a las parejas que se han ido formando con el paso de los años. Esto permitía gags algo inesperados (tampoco demasiado conociendo el carácter de cada miembro del grupo), pero sobre todo un ritmo mucho más quebrado, saltado de una trama a otra y uniéndolas gracias a que los personajes, en definitiva, se movían entre ellas.

Sin embargo, esta undécima temporada de The Big Bang Theory se ha convertido en algo sustancialmente diferente. Que sea mejor o peor queda al gusto de cada uno, pero de lo que no cabe duda es de que el ritmo cambia notablemente. Lo cierto es que el comienzo de estos episodios ya hacía augurar que la etapa se centraría en el rol de Parsons, toda vez que, no cabe duda, es el alma de esta comedia y los preparativos de su boda requerían de toda la atención posible. Pero lo que tiene una explicación menos lógica es que esto haya provocado, por ejemplo, que el resto de parejas hayan pasado a un segundo plano, no solo en cuestión de interés dramático, sino sobre todo en su profundidad narrativa. En otras palabras, sus historias episódicas no es que duren poco, es que se resuelven sin apenas conflicto. Y lo más importante, mientras que en anteriores temporadas algunos giros argumentales tenían efecto en capítulos posteriores, ahora sencillamente se opta por dar carpetazo en el momento.

Todo ello genera una limitación importante de la carga argumental de la temporada, dejando el protagonismo a Cooper y demostrando que una serie coral como esta, por mucho que haya un personaje más interesante o que sea el motor de la trama, necesita de todos los protagonistas para lograr sus objetivos y mantener el mismo nivel que hasta ahora se había mostrado. Cada uno en su medida, los personajes juegan un rol muy concreto, sobre todo si tenemos en cuenta que su evolución en más de una década ha sido, digamos, limitada. Por ello, reducir su participación o modificar su peso específico dentro de la trama sin que eso vaya acompañado de una serie de cambios en sus personalidades lo que provoca es un desequilibrio narrativo cuyo efecto más inmediato es que, a pesar de que sigan arrancando las carcajadas al espectador, los episodios dejan una extraña sensación de vacío e incluso cansancio.

Más de lo mismo

En efecto, otro de los principales problemas de The Big Bang Theory es la poca evolución de sus personajes. Bueno, es un problema y una ventaja, según se mire y, sobre todo, según se afronte por parte de sus guionistas. Porque el hecho de que los personajes mantengan sus debilidades, sus fortalezas y un carácter ‘friki’ en muchos sentidos permite mantener los conflictos y las dinámicas entre los personajes, recuperando en esta undécima temporada algunos momentos realmente hilarantes. Pero al mismo tiempo, la falta de tratamiento de las historias de pareja y, sobre todo, el aislamiento cada vez mayor que parece producirse entre los miembros del grupo, provoca que esa falta de evolución convierta a los roles en islas argumentales que, por sí solas, aportan poco interés al conjunto de la serie.

La mejor prueba de esto son los episodios en los que se intenta crear parejas argumentales diferentes para dotar a la ficción de nuevas dinámicas. Por ejemplo, las formadas por Sheldon y Bernadette (Melissa Rauch, vista en la serie True Blood), o la que forman los roles de Howard (Simon Helberg –Florence Foster Jenkins-) y Amy (Mayim Bialik –The Chicago 8-). Aun con las dinámicas cómicas que se producen a raíz de las personalidades de estos personajes, lo cierto es que no solo no tienen más recorrido que el episodio de turno (algo que no pasaba, por ejemplo, con el conflicto entre los compañeros de piso que definió las primeras temporadas), sino que no generan una influencia real en el resto de personajes ni en el resto de tramas argumentales.

Todo ello genera esa idea de estar ante más de lo mismo, ante una fórmula que debería haber terminado desde el momento en que los jóvenes ‘frikis’ logran construir sus vidas de forma independiente. El hecho de haber querido alargar esta historia de forma prolongada en un intento de mostrar cómo unos personajes a los que les cuesta cambiar afrontan etapas de la vida como la madurez o la paternidad puede resultar interesante desde un punto de vista dramático o analítico, pero desde luego genera un vacío cómico importante que, aunque es cierto que se tapa con algunas situaciones realmente hilarantes, no logra en ningún caso recuperar el espíritu con el que comenzó y evolucionó esta ficción en sus primeras temporadas.

Pero para gustos los colores. No cabe duda de que The Big Bang Theory es ya una comedia de culto, una sitcom de referencia para muchas generaciones. Y alcanzar la undécima temporada, con sus luces y sus sombras, es un logro al alcance de muy pocos. Su última temporada, ya empezada, supondrá el colofón a más de una década de humor, ciencia y frikismo, que por cierto ha logrado gracias a esta producción dejar de ser algo marginal. Puede que esta etapa haya sido algo más irregular, que no haya logrado mantener los delicados equilibrios humorísticos y narrativos que había formado, pero no cabe duda de que deja algunos momentos para el recuerdo. Es más de lo mismo, es cierto, y evidencia la necesidad de poner fin a la historia, pero mientras consiga arrancar carcajadas su objetivo, al menos uno de ellos, se habrá cumplido.

‘The Big Bang Theory’, más madurez ante su posible final en la 9ª T.


'The Big Bang Theory' parece anunciar su final en la novena temporada.Desconozco si Chuck Lorre (Dos hombres y medio) y Bill Prady (The Muppets) tienen intención de que The Big Bang Theory termine en su décima temporada, pero a tenor de lo visto en la novena etapa de esta sitcom con la ciencia y el frikismo de fondo todo indica que así es. Y lo cierto es que estos 24 episodios han confirmado algo que ya se intuía en periodos anteriores, pero lo ha hecho con una inteligencia y sencillez que debe aplaudirse, sobre todo en un contexto de series que duran eternamente y que parecen rebuscar en los recovecos de sus tramas para aferrarse a una continuidad innecesaria.

Para muchos espectadores la serie debería haber acabado hace tiempo. Y es posible. Hace no mucho tiempo tuve la oportunidad de volver a ver algunos capítulos de las primeras temporadas y, desde luego, el cambio es más que notable. Pero no tiene necesariamente que ser un cambio a peor. La trama ha sabido evolucionar con la madurez que han adquirido unos personajes tan ingenuos como infantiles, situándolos en contextos sociales más complejos. En este sentido, la novena temporada se podría considerar un clímax en dicha transformación, un cambio profundo en los protagonistas que les está llevando a afrontar las responsabilidades de ser adultos.

Desde luego, poco deja esta temporada de The Big Bang Theory para el futuro. Un bebé en camino, una nueva boda, la pérdida de la virginidad. Todo ello en una única etapa que, aunque tal vez no tenga el humor ácido y agudo de temporadas anteriores, no deja de hacer reír en muchas ocasiones, combinando con inteligencia ciertas dosis de drama y romance que complementan magníficamente el desarrollo habitual de la trama. Y en este contexto, los actores simplemente realizan una labor magistral. Todos ellos han sido capaces de madurar con sus personajes, asumiendo los cambios necesarios en sus personalidades pero manteniendo los detalles que les han convertido en una pieza casi clásica de la televisión moderna.

Por supuesto, en todo esto sigue destacando Sheldon Cooper, de nuevo un Jim Parsons (Sunset stories) espléndido. Su forma de aprovechar las pocas libertades que ofrece un personaje tan característico como este es ejemplar, sobre todo porque se produce de forma natural a lo largo de la trama. Cada vez más lejos del carácter científico (como el resto de la serie), su visión del mundo y la sociedad siguen dando horas de risas sin parar, y su apertura a las convenciones sociales no deja de ser hilarante, sobre todo por el contraste que produce con el resto de personajes. Aunque sin duda, lo que a muchos les puede haber dejado sin habla es el final de la temporada.

Queridísimos hermanos

Hay un momento en la novena temporada de The Big Bang Theory en el que, después de la surrealista situación protagonizada por Sheldon, el personaje de Johnny Galecki (In time) le confiesa que es un hermano para él. Esto ocurre en el episodio 17. Y el momento es importante. Dicho capítulo representa, más o menos, el final del segundo acto en la estructura dramática de la temporada, abriendo paso a la conclusión de esta etapa. Casualidad o no, dicha confesión tiene una extensión mucho más real en el último episodio. Sin desvelar demasiado, baste decir que la mirada que se intercambian Sheldon y Leonard es tan preocupante como hilarante, tanto por las consecuencias que conlleva como por el bagaje vivido durante toda la serie.

Y lo cierto es que, sea así o no, es una prueba más de que la serie está (o parece estar) a punto de terminar. La trama, aunque con un desarrollo coherente durante esta temporada, cada vez da más signos de fatiga. Sus personajes comienzan a tener síntomas de normalidad dentro incluso de su singularidad, y ninguna de las tramas secundarias con las que se trata de nutrir el conjunto parece funcionar lo suficiente como para sustituir la sensación de ocaso que planea sobre toda la producción. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que se esté alargando el chicle indefinidamente. Más bien al contrario: demuestra que la serie está realizando un descenso controlado, con un final programado y planificado en el que nada se deja al azar, y en el que todas las piezas encajan.

Así las cosas, estos 24 episodios dejan un sabor agridulce, aunque habría que analizar si realmente es por una pérdida de calidad de la trama o por la sensación de estar asistiendo al final de una producción que nos ha acompañado durante 10 años. En cierto modo, y salvando las distancias que se tengan que salvar, es lo mismo que ocurrió con Friends, y en definitiva es lo que ocurre con toda serie que llena los espacios de ocio durante tanto tiempo, sobre todo si lo hace con coherencia, sentido dramático y calidad. Por supuesto, y me remito a lo mencionado al comienzo, muchos pensarán que la serie debería haber terminado hace algunas temporadas, y en cierto modo es así. Pero la ficción ha sabido reinventarse, aprovechar las fortalezas y debilidades de sus personajes para conducirlos por un camino que ha permitido conocerlos mejor.

Personalmente creo que The Big Bang Theory sí está a punto de terminar. Desde luego, todo apunta a esto. Que la serie vaya más allá de la décima temporada podría ser posible (en televisión todo lo es), pero el giro argumental que sostenga eso debería ser tan impactante que obligue a los espectadores a demandar más historias de estos amigos. Y la verdad es que no parece que pueda ocurrir. La novena temporada ha puesto todas las piezas necesarias para que la trama concluya satisfactoriamente, con los amigos de lleno en la vida adulta (lo que no quiere decir que ellos sean necesariamente adultos) y, quien sabe, con hermanamientos que confirmarían una de las relaciones que han sustentado la serie desde el comienzo. Lo que es indudable es que, aunque haya podido perder humor, aunque haya introducido cada vez más drama, esta sitcom tiene ya un lugar en la historia de la televisión.

‘The Big Bang Theory’ se da un respiro en la octava temporada


'The Big Bang Theory' aborda temas más dramáticos en su octava temporada.Hace menos de 20 días terminó la octava temporada de The Big Bang Theory en Estados Unidos, que más allá de confirmar el tono algo más “serio” que está adoptando esta serie creada por Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Prady (serie Las chicas Gilmore), lo que ha permitido es apreciar una madurez imparable de todos sus personajes, evidenciando una doble faceta adulto-niño de la que ninguno puede escapar. Pero estos 24 episodios también han servido para comprender que una de las mejores comedias de la parrilla televisiva actual también es capaz de ofrecer algo más que risas.

De ahí, precisamente, el titular de este texto. A diferencia de la séptima temporada, que sirvió para confirmar la madurez y los cambios que viven estos cuatro amigos y sus respectivas parejas, esta última temporada ha sido capaz de abandonar la carcajada para abordar algunos conflictos que han llevado a la trama por territorios pocas veces explorados. Algunos de ellos han provocado todo un arco dramático secundario de lo más hilarante, como el protagonizado por el personaje de Kevin Sussman (Killers) y la tienda de cómics; otros se han ido construyendo poco a poco, como la relación entre Sheldon Cooper y Amy Farrah Fowler. Y otros, trágicamente, por fallecimientos inesperados.

Todos ellos provocan la sensación de que esta octava temporada de The Big Bang Theory tiene, en líneas generales, menos risas, menos chistes hilarantes. Sensación real, es cierto, pero que no impide que algunos episodios sean una auténtica sucesión de estallidos cómicos. Y ese extraño equilibrio entre comedia y un drama cada vez más consistente viene determinado por el carácter otorgado a las tramas principales y secundarias. Mientras que, a grandes rasgos, la trama general sigue siendo de una comicidad incuestionable (las relaciones entre los cuatro amigos, las relaciones de pareja, las referencias a superhéroes, etc.), las diferentes tramas secundarias han tomado senderos más dramáticos. El mejor ejemplo de ello es, desde luego, el desenlace de la temporada, posiblemente uno de los mejores de toda la serie y que plantea un futuro harto interesante.

Algunas cosas nunca cambian

Por tanto, en cierto modo se puede decir que esta nueva entrega supone un paréntesis en la hilaridad que siempre ha caracterizado a la producción. Aunque repito: no se trata de convertir la trama en un drama, sino de restar algo de comicidad en favor de una mayor dramatización, lo cual da un resultado más que positivo. Dicho esto, evidentemente la serie no sería lo que es si no existiesen diversos elementos que mantienen el espíritu de esta comedia.

Para empezar, el carácter del rol de Jim Parsons (Ojalá estuviera aquí), quien a pesar de los intentos sigue manteniendo un carácter único. Desde luego, no es el mismo que comenzó allá por la primera temporada, pero si algo queda claro después de ver el final de esta temporada de The Big Bang Theory es que le queda todo un mundo (o mejor dicho un universo) por cambiar, algo que se presupone logrará a lo largo de las próximas temporadas. Pero no es el único. Las relaciones de las parejas son quizá el caso más significativo.

Y es que aunque pueda parecer que han evolucionado, lo cierto es que solo han logrado exponer de forma más evidente sus claves más definitorias. La relación entre los roles de Johnny Galecki (In time) y Kaley Cuoco-Sweeting (El gurú de las bodas) sigue adoleciendo del conflicto entre la inteligencia de él y la belleza de ella. La relación de los personajes de Simon Helberg (I am I) y Melissa Rauch (Are you here) confirma que él sigue siendo el mismo niño que necesita de una autoridad femenina. Y el personaje de Kunal Nayyar (Dr. Cabbie)… bueno, sigue demostrando que tiene un problema serio con las mujeres.

En este marco, por supuesto, todas las historias han sabido evolucionar lo suficiente para no estancarse. Sin ir más lejos, los roles de Helberg y Rauch parecen haber dado un paso más en su relación y encontrar en el papel de Sussman a una pseudomascota/hijo. Pero más allá de cambios o de consolidaciones, lo que deja en la retina The Big Bang Theory en su octava temporada es, sobre todo, su desenlace, un giro argumental bastante inesperado que se convierte en el mejor gancho posible para una producción que se ha tomado un cierto respiro de la comedia más gamberra. Ahora queda averiguar si tiene pensado regresar por sus fueros o explorar lo que se ha insinuado en esta entrega.

‘The Big Bang Theory’ evoluciona definitivamente en su 7ª T


Los amigos de 'The Big Bang Theory' ven cómo sus vidas cambian en la séptima temporada.Hace algo más de un mes terminó en Estados Unidos la séptima temporada de The Big Bang Theory, y si algo ha quedado claro después de tantos episodios, de tantos momentos que ya forman parte de la historia de la televisión y de tantas risas a carcajada limpia es que una serie de este tipo solo puede aguantar si es capaz de reinventarse a sí misma. Puede parecer una obviedad, pero comprender esta idea y conseguir llevarla a cabo no siempre es sencillo. Los 24 episodios de esta temporada han confirmado la idea de que la anterior entrega fue una transición para lo que estaba por llegar. ¿Y qué era eso? Pues una revolución en toda regla del mundo que rodea a estos amigos científicos y frikis a más no poder.

Quizá el aspecto más relevante sea la facilidad con la que sus creadores, Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Prady (serie Los líos de Caroline) han sabido integrar por completo todas y cada una de las historias secundarias que rodean a los personajes en un único conjunto mucho mayor que se nutre de todos los detalles que pueblan el cada vez más complejo mundo de Sheldon Cooper y compañía. En efecto, estos nuevos capítulos conforman un todo mucho más armado que en ocasiones anteriores al involucrar de forma más directa personajes episódicos y tramas secundarias en la vida diaria de los principales protagonistas. Incluso algunos secundarios habituales adquieren algo más de protagonismo, pero a diferencia de la temporada anterior, en la que sus tramas se impusieron, en esta ocasión sirven únicamente para hacer avanzar la acción. Ahí está, por ejemplo, la presencia de Will Wheaton (Star Trek: La nueva generación) para llevar la relación entre Leonard y Penny un paso más allá.

Respecto a esto, esta séptima temporada de The Big Bang Theory retoma algunos de los conceptos que se aparcaron (nunca abandonaron) al finalizar la quinta temperada. Por si alguien todavía lo dudaba, la serie se confirma como un reflejo en clave cómica del proceso de madurez de cuatro amigos, que ven cómo sus vidas poco a poco necesitan evolucionar a medida que pasan los años. Si el primero en dar el paso fue el personaje de Simon Helberg (I am I), en esta nueva tanda de episodios le toca el turno a… a todos los demás, en realidad. Cada uno a su modo, los protagonistas asumen que sus vidas no pueden volver a ser como eran, lo cual no hace sino engrandecer una serie que adquirió la categoría de clásico hace ya unas cuantas temporadas. Esto puede sonar a drama o a que la serie ha abandonado algo de ese humor suyo tan característico, pero precisamente en la particular definición de cada personaje está la gracia.

Porque sí, todos y cada uno de los roles protagonistas madura, pero el hecho de que tengan personalidades tan bien definidas y tan reacias al cambio genera un sinfín de situaciones a cada cual más divertida. Que el personaje de Jim Parsons (El gran año), quien por cierto se supera en cada temporada, sea incapaz de aceptar que no todo gira a su alrededor es algo tan sencillo como brillante. Que el rol interpretado por Kunal Nayyar (The scribbler) celebre como un acontecimiento histórico el haber pasado la noche con una chica es inolvidable. Y que tanto éste como el papel de Helberg sigan manteniendo una relación de amistad que juega al despiste con la homosexualidad a pesar de tener parejas es de lo mejor que ha dado esta temporada (la comparación del tamaño de sus pechos es simplemente indescriptible). Todo ello, en definitiva, es lo que mejor puede definir una temporada que ha marcado un nuevo rumbo en la serie, y que desde luego abre las puertas hacia un futuro nuevo y prometedor.

La clave del cambio

Lo más habitual en series tan longevas como The Big Bang Theory es pensar que poco o nada cambia de un año para otro. El hecho de compartir con estos personajes tantas situaciones, tantos diálogos que rozan el absurdo y tantos chistes suele provocar un grado de empatía tal que nubla por completo la capacidad de ver por uno mismo cómo evolucionan los personajes. Viene a ser algo similar a ver crecer a un niño día a día. Sin embargo, y al igual que uno se da cuenta de que el niño se ha convertido en hombre cuando las pruebas son más que evidentes, la producción ha sabido demostrar que su evolución está ahí para quedarse y que, aunque no lo parezca, el camino recorrido hasta ahora ha llevado a los personajes a lugares impensables hace tan solo unas cuantas temporadas.

La clave de dicho cambio, la piedra angular sobre la que se apoya todo ese desarrollo dramático tan sutil como constante, no podía ser otra que el personaje de Jim Parsons, alma mater del conjunto y verdadero artífice de que la serie sea lo que es sin resultar infantil, pretenciosa o absurda. A lo largo de estos 24 episodios Sheldon Cooper posiblemente sea el personaje que más cambios sufre en todos los sentidos, desde su crisis de identidad personal (uno de sus descubrimientos resulta ser un error) hasta su evolución personal con un contacto físico que no desvelaré. Posiblemente todo se deba a que su personalidad es, con mucha diferencia, la más fuerte y mejor definida de todas las que pueblan la ficción. En cualquier caso, no hace falta echar la vista atrás para darse cuenta de que lo vivido en esta temporada ha sido, desde el principio, un proceso de cambio para este personaje. Y teniendo en cuenta que la serie no sería nada sin él, es lógico pensar que el cambio de situación generará a futuro un cambio en la producción.

Evidentemente, no tendría la relevancia que tiene si el resto de protagonistas no tuviesen un papel determinante en su comportamiento. Decía al inicio que los secundarios han sabido integrarse en la trama principal para enriquecerla, cosa que no se había logrado en la temporada anterior. En este sentido hay que destacar la cada vez mayor independencia dramática de los roles femeninos, que surgieron casi como necesidad dramática y que han terminado marcando las pautas de buena parte de los arcos dramáticos de los cuatro amigos protagonistas. Las cada vez más frecuentes secuencias “solo chicas” generan un contraste interesante con aquellas que podríamos definir como “solo chicos”. Esto, además de aportar nuevos puntos de vista, permite definir a los personajes de forma individual, y no como parte necesaria de otro, lo cual es positivo para el conjunto se mire por donde se mire.

Así, The Big Bang Theory se revela en esta séptima temporada como una serie capaz de reinventarse a sí misma, o por lo menos de presentar un objetivo a largo plazo más allá del entretenimiento y la repetición de chistes y situaciones. Algunos de los momentos más cómicos de la temporada contrastan con situaciones dramáticas muy bien desarrolladas, y la capacidad de evolución de sus personajes ha permitido a la producción mirar hacia adelante sin temor a caer en un bucle narrativo. Puede que no sean la entrega más divertida, pero desde luego es la más completa desde el punto de vista de la historia. Todo en ella encaja para poder llevar la serie a un nuevo ámbito. Lo mejor es que hay tiempo para explorarlo, pues ya se ha confirmado hasta la décima temporada… por ahora.

‘The Big Bang Theory’ supera su 6ª T con tramas secundarias


Los protagonistas de 'The Big Bang Theory' vivirán todo tipo de situaciones en la sexta temporada.El fenómeno que se ha creado con The Big Bang Theory es, en cierto modo, similar a lo ocurrido en los años 90 con la serie Friends. Ya lo comentamos en el análisis de la quinta temporada de esta comedia que tiene como eje la ciencia, el mundo fan y las dificultades emocionales de un grupo de cerebritos que saben más bien poco del género humano. En el caso de su sexta temporada, que finalizó en Estados Unidos hace más o menos un mes las similitudes son más palpables, incluso en la formulación del desarrollo dramático de la temporada. Y es que al igual que le ocurrió a la icónica serie de los amigos neoyorquinos, no todas las temporadas de esta comedia friki son igualmente espléndidas, pero sí guardan una factura técnica y artística muy alta.

Los 24 episodios que componen su por ahora última temporada conforman una etapa que parece de transición dentro de esa trama mucho mayor que podríamos definir como la integración en la sociedad de unos personajes poco dados a socializar. Siendo cierto que contiene algunos momentos realmente memorables (es impagable la forma de ordenar un armario de Sheldon Cooper), la sensación final que parece dejar esta entrega es la de una estabilidad que busca más mantener lo conseguido en la temporada anterior que nuevos horizontes por explorar. Prueba de ello tal vez sea el hecho de que ambas temporadas, quinta y sexta, finalizan de forma casi idéntica, con el viaje de uno de los personajes para una larga estancia alejado de su pareja.

Sin embargo, sería muy injusto no reconocer la originalidad de un conjunto que ha sentado unas bases sociales y culturales más allá del reducido grupo de lectores de cómics o fanáticos de la ciencia ficción. Lo más admirable de la serie, y de la temporada, creada por Chuck Lorre (serie Cybill) y Bill Prady (serie Sigue soñando) es el hecho de explotar al máximo las debilidades de todos y cada uno de los personajes más allá de aficiones o conocimientos que, en el fondo, solo son la carcasa en la que envolver el resto. Las manías y los miedos toman forma en esta temporada para definir de forma más clara si cabe unos extravagantes personajes, pero para evidenciar también que las relaciones cada vez más estables con sus parejas son el fiel reflejo de lo que ellos mismos son, produciéndose una especie de proceso de mimetización entre hombres y mujeres que termina por exponer tres parejas diferentes y tres formas de entender las relaciones.

Como no podía ser de otro modo, la labor de los actores en toda esta tarea vuelve a ser, en una palabra, primordial. Hablar de Johnny Galecki (Hancock) y de Jim Parsons (Algo en común) es hablar de una pareja cuya química es muy difícil de encontrar. Aún habiendo evolucionado cada uno de los personajes por caminos más o menos diferentes, la relación entre Leonard y Sheldon sigue siendo el eje primordial de la serie, adquiriendo una nueva definición en la sexta temporada en la que, cada vez más, el primero tiende a convertirse en figura paterna. Aunque como decimos estos nuevos episodios no han aportado gran cosa a las tramas principales de la serie, eso no implica que se hayan desperdiciado los minutos.

Protagonismo de los secundarios

De hecho, lo que ha permitido a sus creadores es desarrollar las características de algunos de los personajes secundarios para dotarles de algo más de entidad y permitir así un mayor protagonismo de sus propias historias. Sin ir más lejos, esta sexta temporada de The Big Bang Theory comienza con la historia del personaje de Simon Helberg (Sigo como Dios) en el espacio, y de las consecuencias en la Tierra que tiene su regreso. Su línea argumental, así como la de su pareja, centran buena parte de los episodios, entre ellos uno de los más emotivos de esta entrega. Aún así, no es su historia la más interesante.

Ese mérito habría que dárselo al personaje de Kunal Nayyar (S.C.I.E.N.C.E). Es difícil calificar a alguno de los cuatro amigos como el más surrealista del grupo, pero desde luego el rol de Raj Koothrappali tiene muchas posibilidades que han sido ampliamente explotadas a lo largo de los 24 episodios. De hecho, prácticamente todo el espectro de sus rarezas ha sido abordado pasando de un extremo a otro. Si la temporada comenzaba con su más que dudosa tendencia sexual representada en ese vendedor de cómics acomplejado (una lástima que se haya terminado perdiendo), ha terminado colocando a su lado a una chica con muchos más complejos que él, generando las inevitables situaciones hilarantes e increíbles.

El futuro de dicha relación ha quedado un poco en el aire en el último episodio, por lo que podría mantenerse u olvidarse con la llegada de los nuevos capítulos de la séptima temporada. Lo que parece seguro es que el propio personaje ha cambiado para siempre merced a uno de esos momentos tan inolvidables como algo forzados que parecen sacados de un ‘deus ex machina’. Sin revelar demasiado, solo diremos que finalmente ha vencido su miedo más atroz, aunque para ello haya tenido que pasar al otro extremo de la patología.

Es evidente que la sexta temporada de The Big Bang Theory no ha tenido los giros narrativos que tuvieron algunas de sus predecesoras. No todas las etapas de una serie pueden conseguirlo. El principal mérito estriba en la forma de mantener el nivel de comicidad y calidad que caracteriza al conjunto, y que no ha sido otra que centrar la atención en los personajes que por diversos motivos han tenido una evolución menor en toda la producción. Eso ha permitido explorar nuevos caminos narrativos, nuevas situaciones que han dado pié a pequeños cambios secundarios que afectan de lleno a las tramas principales. A partir de ahora solo queda comprobar el nivel de risas y frases ingeniosas que esto va a provocar.

El friki avanza hacia la madurez en la 5ª temporada de ‘The Big Bang Theory’



La sociedad no lo reconoce, pero todo el mundo lleva un friki en su interior. En mayor o menor medida, toda la sociedad vive marcada por obras como La guerra de las galaxias, por personajes como Spider-manSuperman, y por videojuegos como Supermario Bros. Son, en definitiva, elementos de la cultura popular que han traspasado los límites de sus respectivos espacios para convertirse en auténticos referentes globales. En cierto modo, los personajes de The Big Bang Theory están viviendo una experiencia similar. Gracias a ellos, o mejor dicho a los creadores de tan magnífica serie, Chuck Lorre y Bill Prady (responsables de la divertidísima Dos hombres y medio), el mundo del fan, en su expresión más amplia, ha podido salir del armario para reivindicar su lugar en el mundo. Con la quinta temporada se va un paso más allá, colocando la figura en lugares tan comunes para la gente corriente como impensables para la imagen del friki que todo el mundo tiene en mente.

Desde luego, estos últimos 24 capítulos han contado con algunos de los mejores momentos de todo el programa. Más allá de bromas destinadas casi en exclusiva a los fans, de términos científicos que poca gente puede comprender en su totalidad o de apariciones de rostros conocidos, lo relevante del desarrollo dramático han sido, fundamentalmente, dos momentos. Por un lado, la celebración del episodio 100 con una reconciliación largamente esperada, completando un cuadro de parejas a cada cual más dispar, pero que visto en perspectiva supone una lógica unión de polos opuestos y afines. Por otro, ese final de temporada con una boda de por medio que, como no podía ser de otro modo, tiene su componente friki y socialmente extraño tanto en el lugar de celebración como en los oficiantes de la boda.

Con todo, los personajes, incluido Sheldon Cooper (el más “extraterrestre” de todos) han evolucionado hacia un punto común con la sociedad. Obligados por unos personajes femeninos con más notoriedad a medida que avanza la trama (y que han dejado algunos episodios memorables, como el regalo de un cuadro enorme de una novia a otra), los cuatro amigos centrados en la ciencia y en el mundo fan se han visto obligados a salir de su caparazón, a enfrentarse al mundo real y a vivir experiencias que, en líneas generales, la sociedad parecía haberles vetado. Y eso, afortunadamente, abre todo un mundo nuevo para próximas temporadas. Un mundo que los fans ansiarán descubrir.

Enumerar todos los momentos inolvidables de una temporada de The Big Bang Theory es tarea ardua y permitiría rellenar todo un artículo completo. Y, en el fondo, tampoco es lo más relevante de la serie. Si bien es cierto que los gags, los malentendidos o algunas reacciones poco apropiadas de los protagonistas son los elementos que generan la comicidad de la trama, es la forma de desarrollar las relaciones entre los personajes lo que da consistencia a esta producción que hereda su buen hacer de Friends, con la que guarda más de un parecido aunque a primera vista pueda rechazarse esa idea.

Personajes humanamente frikis

Por tanto, lo más importante de todo es la forma en que este producto ha sabido no solo mantenerse, sino mejorar capítulo a capítulo. No es cuestión de ofrecer extrañas teorías científicas; ni siquiera de satisfacer los deseos más profundos de ver a unos hombres jóvenes vestirse con disfraces hechos a medida de sus personajes de cómic favoritos; es más, nada tienen que ver las camisetas que luce Sheldon y que ya son todo un icono cultural. No. Lo primordial, lo básico de este programa es su inteligencia emocional.

En efecto, lo que provoca las ganas de ver un episodio tras otro no es más que las relaciones dramáticas entre unos personajes con una humanidad de lo más extravagante. Bajo la premisa inicial de una nueva vecina, opuesta a todo con lo que los cuatro amigos protagonistas están acostumbrados a tratar, la serie expone las aberrantes formas en que todos ellos deben hacer frente a situaciones que, en otro contexto, serían de lo más simples. Y aunque los verdaderos protagonistas sean Leonard Hofstadter y el ya mencionado Cooper, cualquier personaje posee una fuerza tan marcada que es capaz de llevar el peso de varios capítulos sin resultar repetitivo, cansino o previsible.

Por supuesto, el éxito de todo esto no reside solo en la definición que sobre el papel se hace de los cuatro científicos. Es la labor de los actores la que convierte a The Big Bang Theory en un referente de la comedia de situación. Más allá de Jim Parsons, el inolvidable Sheldon y alma mater por derecho propio de todo el proyecto, la labor de Johnny Galecki como Leonard es contundente en sus detalles (como esas manos jugueteando constantemente), mientras que Simon Helberg (Howard) supone, tal vez, uno de los puntos más coherentes del conjunto… siempre y cuando no entre en escena la relación con una madre gritona e invisible para el espectador (otro de los numerosos, sencillos e increíbles detalles). El caso de Kunal Nayyar (Raj) podría dar para otro texto completo sobre las implicaciones culturales, sociales e incluso médicas de su comportamiento veladamente homosexual.

El modelo ‘Friends’

Antes hemos mencionado que la serie guarda especial relación con aquella joya de los años 90 titulada Friends. Lo cierto es que la estructura es casi extrapolable de un producto a otro, con la diferencia del mundo friki y la ciencia. Aunque, si se piensa fríamente, el personaje de Ross Geller, interpretado por David Schwimmer (Seis días y siete noches), ya tenía algo de todo eso. En cualquier caso, mientras que la producción con Jennifer Aniston (Una pareja de tres) abordaba el proceso de madurez de un grupo de amigos en la treintena, The Big Bang Theory hace lo propio pero en un proceso de integración y de equilibrio entre el componente fan y el adulto.

Por supuesto, ese es uno de los elementos dramáticos comunes. Si atendemos a los formales, nos encontramos con todo un mundo integrado por espacios similares (dos pisos enfrentados a los que se accede siempre por escalera), equilibrio de personajes (cuatro chicos, tres chicas), parejas entre los amigos. Apurando un poco, incluso se podrían encontrar ciertas similitudes entre los personajes femeninos de una y otra producción.

De todos modos, Sheldon, Leonard y compañía se han ganado un lugar entre los grandes títulos de la comedia. Y lo ha hecho con unas armas propias muy particulares. Es más que probable que, cuando surgió la idea, poca gente apostara por el éxito masivo de una serie donde los protagonistas discutieran sobre personajes de cómic, videojuegos o ciencia avanzada. Pero ahí están, con cinco temporadas a sus espaldas y unas cuantas más a la vista, lo que demuestra que, en el fondo, todos somos un poco frikis. Y no hay nada malo en ello.

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