1ª T. de ‘Emerald City’, de la mediocridad a la promesa de algo mejor


El impacto de Juego de Tronos en la cultura popular es innegable. Cada vez es más habitual escuchar por la calle frases características de esta fantasía o referencias a algunos de sus personajes. Su influencia ha llegado incluso a la propia televisión en forma de otro proyecto que, en esta ocasión, intenta trasladar algunas de sus características a una historia ya conocida. Se trata de Emerald City, versión “oscura” de la historia de ‘El Mago de Oz’ que han adaptado Matthew Arnold (serie Siberia) y Josh Friedman (serie Terminator: Las crónicas de Sarah Connor) en una especie de lucha entre diferentes facciones donde la magia y la ciencia, lo real y lo fantástico, se mezclan. Su primera temporada, de 10 episodios, podría entenderse como un intento irregular por crear algo épico, quedándose a las puertas de algo mayor que podría no llegar a ver la luz nunca.

La historia arranca tomando como punto de partida el mismo que el de la novela de L. Frank Baum: una joven llega a Oz a través de un tornado y desea volver a casa, para lo que deberá visitar al Mago, que reina en esa tierra. Sin embargo, y aunque comparte algunos personajes, a partir de aquí la trama es totalmente diferente, en algunos casos con leves cambios que adaptan el contenido de la historia original, y en otros creando tramas y personajes nuevos que enriquecen este mundo de fantasía dotado de una poderosa fuerza visual gracias a la labor del director Tarsem Singh (La celda), sin duda uno de los autores más creativos del panorama actual y responsable de ponerse tras las cámaras de todos y cada uno de los capítulos.

Y es precisamente en esas diferencias donde Emerald City gana enteros a medida que avanza la historia, sobre todo en el tramo final de la temporada. A través de los cambios el espectador se adentra en un mundo en el que, en efecto, la fantasía está presente, pero de un modo más siniestro y mucho más adulto. Que le camino de baldosas amarillo sea una trampa casi mortal, que el ‘espantapájaros’ sea un soldado sin memoria, o que el ‘hombre de hojalata’ sea un joven mitad humano mitad metal son solo algunos de los matices que ofrece la ficción. De hecho, se podría decir que son casi los menos interesantes, pues atañen a personajes que ofrecen más bien poco. No, lo realmente relevante se halla en los, a priori, roles secundarios, que nutren con sus tramas una historia que comienza de forma algo tosca y poco a poco evoluciona hasta ofrecer una complejidad cuanto menos llamativa.

Si algo bueno tiene la serie es que en ella nada es lo que parece. De nuevo, los episodios que exploran el origen de algunos personajes clave para entender el verdadero significado de la trama se convierten en los mejores de la historia, no solo porque reinterpretan una historia ya conocida, sino porque dotan a los personajes de diferentes caras, generando a su vez nuevos puntos de vista tanto en el desarrollo dramático como en las relaciones entre personajes. Destaca por encima de todos Vincent D’Onofrio (Rings), cuyo Mago de Oz resulta más y más inquietante a medida que avanza la trama, y cuyo pasado ayuda a explicar muchas de las cosas que la serie es incapaz de narrar de forma correcta en sus primeros compases. De hecho, todas las escenas que hacen referencia al pasado de los personajes, un pasado marcado por la lucha de facciones y la guerra entre la ciencia y la magia, resulta mucho más interesante que los acontecimientos que en teoría narra la serie, lo cual ya debería ser indicativo de que algo no encaja como debería.

Tramas sin corazón

Y eso que no encaja son, precisamente, las tramas. Como si de un reflejo de algunos personajes de la historia se tratara, Emerald City discurre por un mundo de tramas sin demasiada sustancia, carentes del corazón y la valentía que se podría esperar de este tipo de producción, con un diseño notablemente elaborado y unos actores que, en mayor o menor medida, dotan a sus personajes de una presencia mayor que la definición que tienen sobre el papel. Desde que Dorothy, la protagonista interpretada por Adria Arjona (serie True Detective), llega a Oz hasta que realmente empiezan a moverse todas las piezas de este elaborado puzzle la serie tiende a perderse en idas y venidas sin demasiado sentido. Prueba de ello es que muchos de los personajes que más relevancia tienen en la trama al final de la temporada son introducidos de forma progresiva, y cada uno con su propia historia que poco o nada tiene que ver con la heroína.

Esto genera una sensación inicial de caos que desaparece a medida que las piezas encajan, finalizando todo en un clímax tan espectacular como relevante y dejando abiertas una serie de historias para una hipotética segunda temporada. Es por esto que la primera temporada va de menos a más, creciendo a medida que la complejidad de este mundo de Oz crece con los nuevos personajes, creando una especie de conflicto bélico con muchos frentes que representan, cada uno en su estilo, los diferentes mundos que conviven en este universo. La magia, la ciencia, la tecnología, el mal o la realeza terminan por descubrirse en lo que, de continuar la historia, se convertiría en una lucha por el poder que requerirá una modificación de los pilares dramáticos y narrativos de la serie, transformándose en una producción más coral donde el protagonismo no recaiga, al menos no en exclusiva, en un único personajes.

Me imagino que muchos, al leer esto, hayan tenido breves destellos de fragmentos de Juego de Tronos. Como decía al comienzo, la serie bebe en cierto modo de algunas ideas formales, estructurales y dramáticas de la famosa serie, sobre todo en lo referente a la lucha de facciones, el uso de magia y el recurso de la ciencia. Pero la diferencia, la gran diferencia, es que esta ficción diseñada por Arnold y Friedman introduce al espectador en la trama a través de un único personaje, acercándose al resto de roles y tramas secundarias tomando como referencia siempre a esta joven heroína. Y aunque puede ser comprensible hasta cierto punto, esto provoca que el desarrollo dramático tenga unos comienzos intermitentes, y obliga a que algunas líneas argumentales como el ‘love interest’ se resuelvan de forma algo precipitada. Dicho de otro modo, la evolución de la temporada deja claramente una serie a dos ritmos en la que las tramas, aunque al final encajan, parecen abordarse de forma independiente.

El resultado de esta primera temporada de Emerald City es flojo en muchos de sus aspectos. Los actores, aunque correctos, afrontan en algunos casos personajes cuyas motivaciones y evolución dramática se abordan precipitadamente y sin un profundo tratamiento. Las tramas, sobre todo las principales, quedan por tanto planteadas sin demasiados argumentos, eclipsándose posteriormente con algunas líneas argumentales secundarias mucho más atractivas y complejas. Y aunque la factura visual es impecable, el modo en que se afronta el desarrollo de la serie no parece tener, al menos al principio, un objetivo claro, limitándose a plantear el contexto casi durante todos sus episodios. En cierto modo, es una especie de primer acto de algo mejor que está por llegar. El problema es que eso no vale en una serie, y menos en una de estas características. Y un problema aún más grande: deja con ganas de saber cuál es el futuro, lo que termina por generar una frustración que, según parece, no llegará a superarse.

La música de ‘Annie’ le roba el corazón a la taquilla española


Dentro de la tendencia a la baja que mantenía la taquilla española durante las últimas semanas, la recaudación del fin de semana pasado supone un cierto respiro al situarse virtualmente al mismo nivel que la del fin de semana anterior. Los 6,2 millones de euros obtenidos suponen poco más del -3% de diferencia, apoyados en esta ocasión por los principales estrenos de la semana y, sobre todo, por unos mantenimientos que están encontrando en las nominaciones a los Oscar una vía de lograr alargar su vida en salas. Y si bien ninguno de los films del top 10 supera el millón de euros, los descensos de la mayoría de ellos pueden considerarse pequeños.

El repaso de este ranking comienza hoy con Annie, el musical estrenado en 294 pantallas que ha logrado unos 970.000 euros, lo que deja una media de unos 3.280 euros. Un balance realmente positivo que puede llevar a la cinta hasta los 5 millones de euros, siempre y cuando no pierde fuelle en las primeras semanas. Por lo pronto, su objetivo más inmediato es superar los 3,5 millones. La teoría del todo desciende hasta la segunda posición con 0,61 millones de euros recaudados, casi un 20% menos que hace siete días. Su total asciende ya a los 3,43 millones, motivados en buena medida por la recaudación a lo largo de la semana. De mantener este ritmo, al menos hasta la entrega de los Oscar, lo normal será que termine alrededor de los 6 millones de euros.

La medalla de bronce es para Into the woods, que pierde un 24% para quedarse en los 560.000 euros aproximadamente. Gracias a esto presenta ya un balance total de 1,47 millones de euros, por lo que alcanzar los 3 millones no debería ser un problema. Más difícil parece que pueda terminar por encima de los 5 millones de euros antes de abandonar las salas. El top 5 se completa con dos estrenos del pasado viernes. Primero, Las ovejas no pierden el tren obtiene poco más de 430.000 euros en 267 salas, lo que arroja un balance de 1.630 euros. No es un mal comienzo para esta comedia española, pero habrá que ver cómo le afectan los próximos estrenos. Por ahora, lo normal es que termine en unos 2,5 millones de euros.

Por su parte, Blackhat: Amenaza en la red logra 0,40 millones de euros repartidos en 271 pantallas, es decir, 1.480 euros de media. No es un resultado excesivamente bueno a tenor de los nombres que protagonizan el thriller, por lo que su futuro tampoco se antoja demasiado prometedor. Si es capaz de superar los 2 millones de euros será todo un éxito en España. En cuanto al resto de los primeros puestos del box office, encontramos títulos de lo más variado y muy similares en sus recaudaciones.

En sexta y séptima posición se sitúan PaddingtonBig Hero 6 respectivamente, que logran sendas cantidades entre los 360.000 y los 390.000 euros. La primera mejora su posición respecto a la semana pasada, y acumula ya más de 2 millones de euros. Si logra mantener esta tendencia algunas semanas más podrá superar los 3 millones. La segunda, por su parte, se queda en el entorno de los 9 millones de euros, pudiendo superarlos en los próximos días.

Finalmente, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? mantiene su buen ritmo de las últimas semanas y pierde un 28% en su séptima semana, lo que representa unos 345.000 euros de ingresos. 7,67 millones de euros es lo que acumula en este tiempo, por lo que los 8 millones parecen una cifra más que posible. En novena posición se encuentra V3nganza, que recauda 335.000 euros (-31%) y lleva su total hasta los 2,84 millones. Es lógico pensar que superará los 3 millones de euros, aunque no está tan claro que pueda terminar por encima de los 4 millones. El farolillo rojo es para Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia), que pierde hasta cinco puestos respecto al pasado fin de semana, y cuyo total se sitúa ya cerca de los 3 millones de euros.

‘Los diez mandamientos’, superproducción épica de corazón íntimo


Charlton Heston y Yul Brynner en 'Los diez mandamientos', de Cecil B. DeMille.El estreno de Exodus: Dioses y reyes, la nueva cinta de Ridley Scott (Prometheus) invita a analizar uno de los clásicos más importantes de la Historia del Cine. Más allá de la historia que comparte con Los diez mandamientos, la versión de 1956 que Cecil B. DeMille (Cleopatra) hizo de su propia película de 1923, ambas cintas (la del 56 y la de este 2014) suponen dos formas de entender el cine como espectáculo, cada una de ellas notablemente marcada por el sino de los tiempos que les tocó vivir. En realidad, lo que cada una representa es una forma de afrontar la narrativa en todos sus aspectos, desde la interpretación hasta los detalles de todo aquello que da forma al contexto en el que transcurre la trama.

O lo que es lo mismo, el inmortal clásico de DeMille es una obra que, aunque marcada por la fantasía de los acontecimientos bíblicos que narra, trata de dotar al conjunto de un realismo visual impecable. El afán de la cinta por recrear el Egipto faraónico deja algunos detalles en su vestuario y en su decoración simplemente insuperables, como son la doble corona del faraón o el colorido de los ropajes. Motivados por el uso del color que en aquella época alcanzaba su máximo esplendor con las técnicas más modernas de la época, sus responsables investigaron el mundo faraónico lo suficiente como para mostrar al espectador un mundo mágico marcado, a su vez, por una historia igual de mágica. Por desgracia, es algo que se pierde en la historia que narra Scott, que parece argumentada con un mero vistazo a un libro de fotos (¿de verdad que nadie se planteó el absurdo de poner una pirámide al lado de un templo no funerario?).

No es este el momento de entrar a valorar los errores de ‘Exodus’, sino de apreciar aquellos matices que convierten a Los diez mandamientos en la magnífica obra que es. Y más allá de su ambientación, deliciosamente lograda, lo que resalta por encima de todos los aspectos, incluso del bíblico que se encuentra en la base, es la relación entre los dos protagonistas, Charlton Heston (Ben-Hur) y Yul Brynner (Los siete magníficos), Moisés y Ramsés respectivamente. Sus personajes, aunque en extremos opuestos de la trama, rebosan una presencia en pantalla única, dotándoles de la magnificencia que merecen. El primero como el encargado de representar a Dios entre los hebreos y ante el faraón; el segundo, como un hombre acostumbrado a reinar y a ser considerado Dios en la Tierra. Esta diatriba teológica lleva la relación de amor-odio de ambos personajes a un nivel diferente en el que no hay envidias o recelos, sino más bien respeto por un pasado común y por un vínculo debilitado pero todavía existente.

A diferencia de lo que ocurre con la cinta de Ridley Scott, Brynner compone un faraón sólido, capaz de imponer su voluntad por algo más que los galones y las joyas que adornan su cuerpo. Es, en definitiva, el líder de un pueblo que no está dispuesto a dejar marchar a nadie simple y llanamente porque no está en su educación. No se trata, por tanto, de una cuestión política o estratégica, sino únicamente de un desafío a su propio ser. Esa soberbia, que choca frontalmente con la humildad que adquiere el rol de Heston a medida que descubre sus orígenes, es la que genera el contraste que, a su vez, dinamiza el desarrollo dramático de la trama, hasta el punto de ensalzar emocionalmente el momento más trágico de la historia: la última de las plagas de Egipto. La muerte de los primogénitos, más que una derrota por haber asesinado a su propio hijo, se convierte en una derrota teológica. El Dios en la Tierra es derrotado definitivamente por el Dios hebreo tras una serie de “duelos” entre ambos en forma de milagros y su correspondiente contrapartida egipcia.

El Dios de fondo

En este sentido es importante destacar que Los diez mandamientos tiene un tercer pilar dramático que no hay que despreciar. El triángulo amoroso entre Ramsés, Moisés y Nefertari (Anne Baxter, vista en Eva al desnudo) se convierte en una fuente de conflicto que se suma a la historia principal. El personaje femenino, a través de la figura romántica, crece lo suficiente como para ser relevante en una historia masculina en la que las mujeres, en líneas generales, son “simplemente” madres, hermanas o esposas cuya misión es dotar de bondad y comprensión al desarrollo. Baxter, sin embargo, compone un rol duro, maduro y sibilino que mueve a los hombres en función de sus propios intereses, llevándoles muchas veces a un destino aciago que a ella poco parece importarle. Esta función de engranaje en la historia permite, además, revelar algunos aspectos secundarios del resto de personajes, lo que en definitiva les convierte en más humanos y más próximos al espectador.

Aunque evidentemente, uno de los elementos definitorios del film es la presencia de Dios, cuya figura nunca llega a verse pero cuyo papel está presente en todo momento. Es conveniente señalar que, mientras que la cinta de Scott opta por un Dios vengativo y rencoroso (se puede decir que incluso tiránico), DeMille presenta a este personaje como un ser que busca, ante todo, la salvación de un pueblo sin dañar al otro. Los milagros que obra, además, tienen una presencia mucho más divina que en esta nueva versión, por lo que la cinta poco a poco deriva hacia una historia de carácter mágico, sobre todo durante las plagas de Egipto y la separación de las aguas del Mar Rojo. Se puede decir, por tanto, que Dios es una presencia de fondo en una historia que, en realidad, aborda el distanciamiento de dos hermanos por sus diferentes puntos de vista en la forma de tratar a los esclavos.

Y esta es una de las grandes diferencias con Exodus: Dioses y reyes aunque pueda parecer sorprendente. Sí, existe la relación entre los dos protagonistas. Y sí, ambos luchan en la liberación del pueblo, cada uno en un lado de la balanza. Pero Scott trata a Ramsés como un tirano incapaz de regir un reino como Egipto. Un hombre débil y, en cierto modo, cobarde, que está más preocupado de sus construcciones (algunas de ellas ni siquiera suyas históricamente hablando) que de su pueblo. Y esto termina debilitando el conflicto entre ambos hombres, pues la “grandeza” moral de Moisés no encuentra un antagonista creíble en la “bajeza” moral de Ramsés. Es esta una de sus más notables diferencias con la cinta de DeMille, cuya solidez dramática en este sentido queda patente en prácticamente todas las secuencias que comparten Heston y Brynner.

Desde luego, tras casi 60 años nadie duda que Los diez mandamientos es un clásico incomparable. El uso de técnicas de última generación para su época generó algunos de los momentos más recordados del cine, sobre todo en lo referente al Mar Rojo. Pero por encima de sus efectos visuales y de su fidelidad a la hora de recrear Egipto, lo que hace memorable al film es el conflicto humano, casi familiar, que existe entre sus dos protagonistas, y que azuza convenientemente el rol de Anne Baxter. Al final, independientemente de las tablas de la Ley, del éxodo o de las plagas de Egipto, lo relevante es el pulso dramático e interpretativo entre esos dos grandes actores y esos dos grandes personajes. Ni siquiera la presencia de Dios es capaz de restar relevancia al antagonismo de ambos, lo cual da una idea del verdadero sentido de esta superproducción épica de corazón íntimo.

‘La bella y la bestia’: la belleza de un corazón vacío


Léa Seydoux y Vincent Cassel son 'La bella y la bestia' en la adaptación de Christophe Gans.Ocho años han pasado desde que Christophe Gans se pusiera tras las cámaras para dirigir Silent Hill (2006). 8 años de sequía cuyo fruto es la adaptación del famoso cuento sobre una dulce joven que se enamora de una bestia cuyo corazón noble es más poderoso que su aterrador aspecto. El resultado, más allá de comparaciones odiosas, es una bella fábula sobre el amor, los errores y la ambición de los hombres. Curiosamente, la cinta posee las dos caras que representan sus protagonistas: es muy bella en su aspecto pero algo tosca en su forma de comunicarse con el espectador.

El director demuestra, una vez más, que es capaz de componer visualmente historias complejas y cargadas de fantasía. Los decorados, a pesar del croma utilizado, resultan espectaculares, aunando de forma armónica luz y oscuridad, belleza y tragedia. Del mismo modo, el uso de los reflejos en el agua, los espejos, etc., para narrar a modo de flashbacks los acontecimientos que llevaron al príncipe a convertirse en una bestia es, en cierto modo, poético por lo que tiene de trágico, sobre todo teniendo en cuenta que la maldición que cae sobre el castillo y sus integrantes se produce por la ambición de un hombre para conseguir un trofeo prohibido.

Sin embargo, la película carece de la emoción que podría suponerse. Nada en ella resulta ridículo o insultante, pero no logra conectar con el espectador, y eso es fundamentalmente por un desarrollo pobre e inconexo del verdadero corazón del film: la relación entre sus protagonistas. Y no es algo que pueda achacarse a Vincent Cassel (Promesas del este) y a Léa Seydoux (Sister), ambos más que correctos en sus respectivos roles. No, el problema se encuentra, como casi siempre, en el propio texto, pues carece de las secuencias suficientes para hacer creíble el cambio que se produce en ambos personajes. Es presumible pensar que los constantes viajes al pasado en los sueños de Bella son el aliciente para el romance, pero nunca llega a traspasar esa frontera de los sueños para tener un efecto palpable en el resto de la historia. Esta ausencia de corazón, por decirlo de algún modo, desvirtúa el conjunto hasta hacerlo simplemente un producto que narra una historia ya conocida. Sin más.

Al final, ninguno de los muchos aciertos que tiene La bella y la bestia logra arrancar algo de dramatismo o de comicidad de la historia. Aquellos que conocen la historia encontrarán una nueva forma de narrarla, con conceptos interesantes como el recurso de los reflejos, las motivaciones de Bestia o ese final con grandes estatuas de piedra. Para los que se acerquen a esta historia por primera vez o esperando algo más saldrán decepcionados, pues aporta poco o nada. Es, simple y llanamente, una bella película con un contenido afeado por el irregular desarrollo de su arco dramático principal.

Nota: 6/10

‘Grand Piano’: el corazón vacío de un exceso formal


Elijah Wood y John Cusack en 'Grand Piano', de Eugenio Mira.Hay quien dice que una mala realización puede perjudicar un buen guión, pero también que una buena dirección suaviza las carencias de un libreto. Evidentemente, no todo es siempre así, pues el cine, como cualquier arte, está compuesto de muchos más factores, de muchas notas de color y texturas que convierten a una película en lo que es. En ese sentido, se parece mucho a la música. Es por eso que la nueva película de Eugenio Mira (Agnosia) posee un cierto aire simbólico, combinando música e imagen bajo el paraguas del thriller. La combinación en sí misma no es mala, si bien tiene saturaciones innecesarias; el problema está en la partitura.

Muchos guionistas que se inician en esto de la escritura tienden (debería decir tendemos) a tratar de demostrar que una película de género puede hacerse sin los elementos que han dado vida y éxito a la susodicha temática. Damien Chazelle (The last exorcism Part II), que apenas lleva tres guiones a sus espaldas, pertenece a este club que no comprende que la clave para desvelar el misterio no reside en reinventar lo que ya funciona, sino en utilizar las piezas de la partida de forma inteligente. Grand Piano es, en este sentido, un pequeño fracaso. La premisa inicial, con chantajista/asesino incluido, se antoja prometedora. Todo está ahí para ser desarrollado, para componer una enrevesada trama que atrape al espectador. Nada ocurre. Las promesas se las lleva el viento, o más bien la música. El guión, gran flaqueza del conjunto, termina generando más dudas y preguntas que respuestas sólidas, y las que ofrece son tan poco convincentes que algunas resultan incluso ridículas. Los personajes nunca llegan a confirmarse como verdaderos protagonistas, lo que no deja de ser un tanto contradictorio en una película de personajes.

La contrapartida reside en las manos del propio Mira. Con una capacidad narrativa realmente solvente el director valenciano utiliza la cámara como mecanismo para expresar en imágenes la dinámica musical que protagoniza todo el relato. Movimientos de cámara, sombras, color. Todo está dispuesto para ofrecer un espectáculo visual apabullante, recuperando en buena medida el aroma del thriller que desprenden los grandes clásicos. Claro que estos se apoyaban en motivaciones y desarrollos de personajes realmente profundos. Pero este empeño por narrar la música en imágenes tiene una serie de notas ocultas, por continuar en el mundo musical. Y es que la constante presencia del concierto que envuelve toda la trama, así como muchos movimientos de cámara que resultan innecesarios para lo que se está narrando, terminan por expulsar al espectador de la sala, al menos anímicamente, saturando e impidiendo identificarse con el argumento y, lo que es peor en estos casos, viendo el conjunto con una cierta distancia emocional.

Ni qué decir tiene que la presencia de Elijah Wood (Los crímenes de Oxford), quien mantiene su habitual incapacidad para pasar de una expresión a otra, no ayuda a generar interés sobre el protagonista. Grand Piano es, por desgracia, un quiero y no puedo, un punto de partida más que interesante y un final indiferente. Como en un concierto que no sale como cabría esperar, el problema reside en la combinación de elementos. Pero la partitura, el libreto que sirve de guía, es el principal problema. No posee desarrollo de personajes. No posee motivaciones. Tiene personajes secundarios risibles. Y no despeja dudas. Y si un thriller, máxima expresión de planteamiento y resolución de secretos, no es capaz de conseguir eso, es que algo no funciona.

Nota: 6/10

‘Memorias de un zombie adolescente’: la autoparodia del nuevo cine adolescente


Nicholas Hoult y Teresa Palmer, zombi y humana en 'Memorias de un zombie adolescente', de Jonathan Levine.Es una época oscura para los monstruos cinematográficos. Y no me refiero precisamente a un giro argumental más terrorífico en sus tramas. Todo lo contrario. La necesidad de acercar estas criaturas al público adolescente actual, marcado para siempre por Crepúsculo y sus secuelas, está perpetrando historias tan absurdas como insoportables. Si en los años 60 y 70 del siglo pasado todo giraba en torno a la sangre y el sexo, ahora lo hace en torno al amor, la fuerza de los sentimientos y la necesidad de contacto de unos personajes marcados por una soledad que solo comprende el público al que van dirigidas estas películas. La nueva película de Jonathan Levine (The wackness) sigue estos pasos casi al pié de la letra, y a pesar de todo logra distanciarse algo de sus antecesores.

Desde luego, si tuviésemos que fiarnos de preguntas objetivas el film sería un fiasco total. ¿La historia está bien desarrollada? No. ¿El apartado técnico es sobresaliente? Desde luego que no. ¿Los actores aportan algo a sus personajes? En líneas generales, no. Memorias de un zombie adolescente posee todas las carencias que caracterizan a esta especie de subgénero adolescente del siglo XXI. La trama es previsible, por momentos excesivamente empalagosa, y es capaz de dinamitar todas las bases que han definido a los zombis durante décadas, convirtiéndolos en unos seres faltos de contacto cuya necesidad de comer cerebros se equipara a una drogadicción provocada por una falta de recuerdos que se quiere eliminar (en lo que es el único punto original de su argumento). Más allá de los zombis, que en algunos momentos dan verdadera risa, lo más curioso son las criaturas llamadas huesudos, una suerte de esqueletos andantes cuya animación digital les ha condenado para siempre a correr dando saltitos y a utilizar movimientos que resultan un poco antinaturales incluso en un film de semejantes características.

Sí, es una película de una calidad baja. Y sin embargo, tiene algo único. Tomando como referencia la propia trama, es como si su muerto corazón latiese de nuevo de vez en cuando. Lo bueno de esta obra es su deliberado punto de vista autoparódico. El uso relativamente cómico de la voz del narrador, unido a algunas situaciones y a la labor de los actores, quienes saben en todo momento qué tipo de film está realizando y dónde están los límites, hacen que la obra de Levine nunca se tome en serio a sí misma, lo que le aporta un tono fresco y ciertamente divertido a todas las caras de este relato. Eso, o que uno debe acudir a la sala de cine sabiendo lo que va a ver. Sea como sea, es algo que no existe, por ejemplo, en la obra romántica de vampiros y hombres lobo.

Y es de agradecer. Tanto que hace tolerables sus poco más de 90 minutos y permite salir de la sala con la sensación de, al menos, no haber malgastado algo de tiempo de esa tarde. Si a eso unimos una banda sonora realmente interesante (de lo mejor de la película, sin duda), los espectadores más adultos podrán encontrar algunos resquicios de los que disfrutar entre tanto romanticismo hormonal. Con todo y con eso, que nadie se engañe, Memorias de un zombie adolescente es lo que es, una mala película desde la base de un guión plagado de clichés y sin giros argumentales sorprendentes.

Nota: 4,5/10

‘Sombras tenebrosas’: monstruos sin corazón


Las películas de terror siempre suelen estar aderezadas con elementos cómicos que liberan algo del drama y la tensión que generan la intriga y las situaciones tétricas que nutren sus tramas. En un alarde por ir más allá, muchas de ellas tratan de combinar más elementos, dando como resultado una amalgama de tramas que no llevan a ninguna parte. En cierto modo, eso mismo le ocurre a lo nuevo de Tim Burton (Sleepy Hollow), que a pesar de la magnífica factura técnica que presenta posee un problema similar al de su protagonista: el corazón no late.

Uno de los motivos es, sin duda, su incompleto guión, una arteria principal que se encuentra atrofiada por las numerosas historias iniciadas, mal desarrolladas y concluidas con poca convicción. Lo que comienza como una historia trágica al más puro estilo tradicional (un amor no correspondido, la venganza, la maldición, …) pronto da paso a un drama familiar, a una feroz lucha empresarial y a la conclusión de la historia de amor. Y aunque todo ello debería enriquecer el film, lo cierto es que termina jugando en su contra, debilitando cada vez más el latido que generan otros puntos fuertes del producto.

Dichos elementos, además del diseño de producción o la música, tienen como elemento principal a los actores, todos ellos a un alto nivel a pesar de unos personajes que, por momentos, vagan por la pantalla como almas sin rumbo. Destaca por encima de todos un Johnny Depp que insufla vida clásica a un vampiro, maquillado con claras referencias al Nosferatu de F. W. Murnau y con unos movimientos de manos muy del gusto de Bela Lugosi. Igualmente, el carácter fuerte y luchador de Michelle Pfeiffer aporta un anclaje a todas las tramas que, muy a su pesar, no logra unirlas como debería. Desunión que, más allá de un guión que aburre en algunos momentos, es responsabilidad del director, que no aporta la visión que sí tenían, por ejemplo, Bitelchús, Eduardo ManostijerasBig Fish.

En el fondo, Sombras tenebrosas es un quiero y no puedo, un intento de trasladar a las audiencias modernas un clásico de la televisión de los años 60 que se plantea como homenaje a esa y otras aproximaciones al vampirismo. El problema es que no es una película de vampiros; no es un drama de una familia disfuncional; tampoco la historia del amor perdido; ni siquiera de una venganza. Es un poco de todas. El combinado, empero, no tiene buen sabor, como si los ingredientes ocuparan estratos separados, probando uno a uno pero nunca todos juntos. Una lástima, porque podría haber dado mucho más de sí.

Nota: 5/10

Diccineario

Cine y palabras

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