‘Sherlock. La novia abominable’, o cómo recuperar tramas con estilo


La trama de 'Sherlock. La novia abominable' sirve de puente entre la tercera y la cuarta temporada.En muchas series y secuelas, sobre todo en las que presentan una calidad dramática cuestionable, es habitual ver cómo personajes que en principio están muertos regresan a la vida en un giro imposible incluso para la mejor de las contorsionistas. Suelen ser secundarios, es cierto, pero el efecto, por regla general, es el de una obligación dramática autoimpuesta que degrada el desarrollo natural de la trama. Por eso un episodio como el de Sherlock. La novia abominable es tan importante en todos los aspectos. Original y necesario, este especial dirigido por Douglas Mackinnon (director de series como Doctor Who) adquiere más relevancia que nunca ahora que la cuarta temporada de la serie está a punto de comenzar.

La trama de este episodio de hora y media de duración puede parecer confusa, pero en realidad es sencilla. Ambientada en la época original del personaje creado por Arthur Conan Doyle, el investigador privado y su compañero deben resolver una serie de muertes perpetradas por una mujer vestida de novia que, en teoría, había muerto tiempo atrás. Quizá lo más confuso sean los saltos en el tiempo desde 1890 hasta nuestros días, época en la que se desarrollan habitualmente las tramas de esta serie. Sin embargo, la explicación a esta estructura narrativa no solo justifica dichos saltos, sino que explica el final de la tercera temporada y abre la puerta a un mundo de posibilidades en los próximos capítulos.

En efecto, la reaparición al final de la etapa anterior de un personaje que había muerto obligaba a replantear todo el escenario de Sherlock. Pero la serie no es una producción cualquiera, y para poder re introducir al villano interpretado por Andrew Scott (Spectre) sus creadores, Mark Gatiss (que también da vida a Mycroft Holmes en la serie) y Steven Moffat (Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio), han aprovechado toda una historia para establecer un paralelismo y adelantar, de paso, algunas de las claves de lo que podría ser la próxima temporada. Dicho de otro modo, se ha creado toda una trama nueva, brillante e ingeniosa en su concepción y su ejecución, para explicar el regreso de un personaje.

Y esto, desde luego, no se ve todos los días. De hecho, es algo bastante inusual. La historia de este solitario episodio es tan excepcional como necesaria, tan ingeniosa como coherentemente estructurada. No se trata, por tanto, de introducir algo insustancial o ajeno al resto de la serie para, digamos, hacer un lavado de cara. Más bien es al contrario. Este capítulo debe entenderse como un puente entre tramas, como una herramienta para comprender no solo que los personajes muertos están muertos, sino que la memoria de estos roles puede llevar a crear algo más grande, algo que perdure a través de las acciones de otros personajes. Y esa aplicación conceptual es la que, sin duda, convierte a esta trama en algo único y digno de estudio para cualquier aficionado al séptimo arte.

Un episodio con vida propia

Así que sí, Sherlock. La novia abominable es una herramienta inteligentemente preparada para recuperar no tanto a un personaje como un concepto dramático y una forma de plantear las tramas. Al menos eso es lo que cabría esperar de su cuarta temporada. Pero independientemente de todo eso, este episodio/película puede entenderse como un producto con vida propia, y en este sentido el desarrollo narrativo es igualmente brillante. Al igual que la historia sirve de explicación para lo que está a punto de pasar, también puede entenderse como una representación extradiegética del juego del gato y el ratón que siempre ha representado el mundo de Sherlock Holmes.

En efecto, el diseño de la historia, trasladando la acción a 1890 para luego dar saltos al presente como si de dos historias conectadas se tratara, sitúa al espectador en un grado de complicidad con el protagonista como nunca antes había ocurrido, planteándole un continuo juego en el que debe decidir si lo que ve es real, una ensoñación o una farsa. Más o menos como le ocurre al rol interpretado por Benedict Cumberbatch (Doctor Strange), quien por cierto se ha adueñado de este investigador privado de una forma tan sutil como contundente. De este modo, la historia adquiere un nuevo nivel de significado más allá de las propias limitaciones del relato.

Y esta apuesta narrativa, más allá de la impecable factura técnica o de la espléndida labor del reparto, obliga al espectador a tomar una decisión: o trata de descubrir antes que nadie lo que realmente ocurre (no me refiero a la trama de la novia, sino al episodio en sí) o se deja llevar por una trama orquestada milimétricamente para provocar sorpresa y plantear numerosas respuestas. Personalmente creo que es mejor optar por la segunda opción, pero ambas van a provocar una sensación muy satisfactoria, dado que la resolución de la historia, con sus varias interpretaciones, ata todos los cabos sueltos posibles tanto de esta autoconclusiva trama como de la anterior temporada, poniendo sobre la mesa todas sus cartas para plantear nuevos retos.

En todos los aspectos, Sherlock. La novia abominable es un ejercicio audiovisual ejemplar y merecedor de un estudio más profundo del que se puede hacer en este blog. Independiente del resto de la serie, su estructura dramática es tan compleja como coherente, tan enriquecedora como sutil en sus matices. Pero sobre todo, tiene una interpretación que va más allá de su dimensión como episodio, uniéndolo al resto de esta ficción de forma sorprendente. Da igual lo que se busque en este episodio; al igual que el investigador privado más famoso de la literatura, se encontrará. Y eso, si se quiere ver así, también es una forma de que el espectador se identifique con Sherlock Holmes.

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1ª T. de ‘Daredevil’, una oscuridad pocas veces vista en Marvel


Charlie Cox da vida a Matt Murdock, 'Daredevil' en la primera temporada.Habrá quien ponga el grito, pero la serie sobre Daredevil, el superhéroe ciego de Marvel, es lo más cercano que ha estado esta casa del Batman de Christopher Nolan (Origen). Y si tenemos en cuenta que su trilogía es lo mejor del género, es decir mucho. Evidentemente hay muchas distancias que salvar, pero lo que ha hecho Drew Goddard (La cabaña en el bosque) con este personaje es más que notable, alejando la trama de infantilismos y puro entretenimiento marca de la casa para ofrecer un mundo adulto, ajeno a maquillajes innecesarios y con una de las mejores atmósferas creadas para la pequeña pantalla. Y eso solo en la primera temporada.

Lo cierto es que estos 13 episodios son un gran ejemplo de cómo lograr el equilibrio entre todos los elementos de una ficción, tanto narrativos como visuales. Desde el punto de vista más superficial posible, la apuesta visual y formal resulta apabullante. El apagado color de las secuencias, ya sea de día o de noche, aporta al relato una tosquedad única, un aire malsano de violencia y decadencia que ahonda en el contexto en el que se mueve el protagonista interpretado estupendamente por Charlie Cox (serie Boardwalk Empire). Esa oscuridad constante, así como los tonos rojizos que siempre están presentes, no solo sitúan al espectador en el punto de vista del héroe, sino que oprimen las líneas argumentales hasta eliminar el poco aire que tienen.

Esto, lejos de generar angustia, lo que provoca es un constante crecimiento en la tensión dramática de Daredevil. Tensión que se libera, y de qué modo, con unas coreografías de combate simplemente indescriptibles. Ya sea con armas o con puños desnudos, el carácter violento de este personaje que no tiene remordimientos en lanzar a villanos desde azoteas, o en romper tantos huesos como sea necesario, se traslada a la crudeza de su cruzada particular, que tiene como máximo exponente ese plano secuencia en un pasillo en el que, mostrando muy poco, se narra mucho. En cierto modo, esta es también una forma de mostrar el mundo de un personaje ciego que, sin embargo, es capaz de percibir más que el resto del mundo.

Sin duda, el realismo de esta lucha es uno de los grandes atractivos y de los mayores aciertos de la serie. Tan habituales como los golpes son las suturas que después deben parar las hemorragias. Dicho de otro modo, es un personaje que sangra, que a pesar de contar con un superpoder, su cuerpo es machacado una y otra vez por golpes, cortes y fracturas. Y no se esconde. Es esta crudeza, esta necesidad de mostrar el color rojo de la sangre, lo que convierte a esta primera temporada en un producto muy alejado de Marvel, sobre todo de lo que habitualmente ha hecho en cine. Precisamente esto es lo que genera el soplo de aire fresco que aportan Matt Murdock y el resto de personajes.

De actores y trama

Claro que su apartado técnico y visual no es lo más atractivo de Daredevil. La verdadera sustancia de la serie se halla sobre el papel, en el desarrollo de sus diferentes líneas argumentales y en la definición de sus personajes. A pesar de que la trama principal está claramente definida (a algunos podría parecerles algo burdo) como el héroe contra el villano, son las líneas argumentales secundarias las que aportan riqueza al conjunto, sobre todo porque, aunque corren de forma paralela, terminan por incidir en el desarrollo de la principal. El secreto del héroe a sus amigos, la violencia que guarda el villano interpretado por Vincent D’Onofrio (Jurassic World) o la investigación periodística son algunos ejemplos.

A esto hay que sumar, sin duda, el dibujo de los personajes. A través de los flashbacks que se viven en muchos momentos de la temporada el espectador es capaz de apreciar la trayectoria de cada uno, tanto héroes como villanos, pero el verdadero interés radica en sus relaciones presentes. El modo en que, por ejemplo, afrontan el secreto de Murdock es tan significativo como impactante en la trama, que se ve obligada a evolucionar de un modo sensiblemente diferente. Aunque tal vez el mejor elogio que se puede hacer a los personajes es, precisamente, que pueden morir. Sus reacciones, sus puntos de vista y sus decisiones se basan en todo momento en el miedo a lo que pueda ocurrir, en la imposibilidad de luchar contra algo más grande (principal argumento transversal de la serie, por cierto), lo que aporta un halo de realismo y veracidad que, evidentemente, es evitado en puntuales momentos para poder desarrollar algunos aspectos de la historia.

Es destacable también la labor de los actores, sobre todo de los principales. A las magníficas actuaciones de Cox y D’Onofrio se suma un reparto que, en mayor o menor medida, engrandecen unos perfiles que sobre el papel podrían parecer poco definidos. Sin ir más lejos, el grupo de villanos manejados por ese archienemigo del mundo marvelita que es Wilson Fisk, alias ‘Kingpin’, alternan una pose meramente decorativa con un auténtico perfil determinante, lo que sugiere una irregularidad en el guión, aunque solo sea en el tratamiento. Lo mismo ocurre, aunque en menor medida, con el bando de los héroes, donde algunos personajes parecen entrar y salir de escena por necesidades de la acción, y no porque su historia no tenga más recorrido. Este, que podría ser un lastre importante de la primera temporada, queda minimizado gracias precisamente a la labor de los actores, amén del ritmo que imprime el desarrollo de la trama principal.

El mejor resumen que se puede hacer de la primera temporada de Daredevil es que logra un equilibrio perfecto entre todos sus elementos. La trama se desarrolla de forma fluida a lo largo de los episodios hasta lograr un clímax espléndido. Los actores, en este sentido, ofrecen un trabajo ejemplar, conscientes de su lugar en la trama y adaptándose a ciertos baches que puede tener la historia. Y la apuesta formal, con siluetas, sombras y luchas tan realistas como espectaculares, es el envoltorio ideal para una historia sobre un hombre que lucha para hacer de su ciudad un lugar mejor. Y lucha tanto en los tribunales como en las calles. La oscuridad que desprende en cada plano convierte a este superhéroe en una creación más adulta de lo que cabría esperar, y hace que la producción sea uno de los productos más recomendables de la nueva hornada televisiva.

1ª T. de ‘Fear the Walking Dead’, el tambaleante comienzo de los muertos vivientes


La primera temporada de 'Fear the Walking Dead' nos narra cómo nació el mundo de los zombies.A pesar de los años transcurridos desde aquella joya titulada La noche de los muertos vivientes (1968), a pesar de la evolución de los zombies, el género sigue teniendo unas reglas muy claras y delimitadas que, en caso de no seguirlas, el fallo está casi asegurado. Y no estoy hablando de cosas absurdas o de pequeños detallas, sino de estructuras dramáticas y conceptuales de este tipo de cine. Por eso el spin off de The Walking Dead, titulado sin demasiada originalidad Fear the Walking Dead, camina constantemente entre dos tierras muy difíciles de conjugar. Y por eso el resultado final es tan interesante como incompleto.

La primera temporada de esta nueva serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s law) y Robert Kirkman, la mente detrás de este mundo originario de los cómics, es un claro ejemplo de cómo todo debe tener un equilibrio en cualquier producción audiovisual. Esto no quiere decir que todos y cada uno de los elementos deban ser excepcionales, sino que la interpretación debe ser acorde al género de la trama; que el lenguaje visual utilizado se acomode a lo que la historia requiere. Y eso no es algo que ocurra en estos primeros seis episodios. De hecho, posiblemente la mayor debilidad de la producción sea la definición de los personajes sobre el papel, a lo que se suman unos actores que no terminan de encajar en sus respectivos roles.

Es difícil achacar este problema a una única causa. Posiblemente lo primordial sea que los protagonistas tratan de mantener su personalidad en un contexto que evoluciona rápidamente. La incapacidad de los personajes de Kim Dickens (serie House of cards) y Cliff Curtis (Mil palabras) para actuar en base a lo que sucede a su alrededor es uno de los aspectos menos comprensibles de la trama, a lo que se suman los personajes adolescentes, de lejos los más débiles de toda la ficción. Curiosamente, en Fear the Walking Dead son los secundarios los roles más interesantes, con un bagaje cultural más atractivo y con una coherencia dramática mucho mayor.

Esto invita a pensar que la serie trata de llevar las claves de The Walking Dead a un contexto inicial. Dicho de otro modo, los conflictos internos y externos que se dan en la serie original entre la humanidad y la violencia tratan de ser aquí un punto de partida de algo mucho mayor. Pero ni el mundo en el que viven los personajes es igual, ni los propios personajes son iguales. Por ello, tratar de adaptar esa estructura a algo sensiblemente distinto es una ardua tarea que no siempre funciona, provocando una cierta irregularidad cuyo efecto más inmediato es que la serie no logra nunca desprenderse de la sensación de ser un producto menor, nacido para ampliar algo ya existente. Y aunque pueda ser esa su función, la serie tiene potencial para ser algo independiente.

Futuro prometedor

Y aquí es donde entramos en el verdadero atractivo de la serie. Si hay algo que Fear the Walking Dead retrate con sumo cuidado es el proceso de cambio que sufre la sociedad en apenas unos días. A través de pequeñas píldoras, la mayoría vistas con los ojos de los protagonistas, Kirkman y Erickson construyen un mundo nuevo a medio camino entre la civilización que conocemos y el apocalipsis zombie al que se enfrentan los protagonistas de la serie original. Primero a modo de sucesos aislados, luego con revueltas sociales y más tarde con control militar, esta primera temporada narra las diferentes etapas por las que pasa la desaparición de la sociedad tal y como la conocemos, algo que no deja de ser sumamente enriquecedor.

Pero no es lo único. Como decía al inicio, la presencia de los personajes secundarios es más interesante que la de los protagonistas, y en este sentido también lo son las tramas que protagonizan. Así, es gracias a ellos que la trama da pasos de gigante hacia un futuro prometedor que pone su primera piedra con la muerte que cierra el episodio final, y que a todas luces debe significar un cambio de mentalidad en los protagonistas y un cambio de sentido en el desarrollo dramático de la serie, que se adentra en un terreno más oscuro, similar al de The Walking Dead. Y es una muerte de un secundario, posiblemente uno de los mejores y menos desarrollados de toda la temporada.

Es importante destacar también el secretismo con el que se desarrollan los acontecimientos. Esa estructura en forma de píldoras es un caldo de cultivo idóneo para desarrollar la idea de que el poder siempre oculta la verdad a la sociedad, ya sea por con el argumento de la seguridad, ya sea por el miedo al caos que podría generarse. Pero esa sensación de una falsa protección, que en cierto modo también experimenta el espectador, es lo que termina convirtiéndose en el detonante del cambio, en un punto de inflexión que deriva en el primer uso bélico de los muertos vivientes cuyo resultado, como no podía ser de otro modo, es catastrófico. Sin duda, es en este momento cuando la serie alcanza sus mayores cotas de entretenimiento, interés y complejidad. Y es en este momento cuando realmente empieza a sacudirse, aunque sea de forma mínima, la pesada carga que supone tener una serie de culto como referente.

Todo esto se puede resumir en que la primera temporada de Fear the Walking Dead podría haber dado más de lo que finalmente ha dado. Podría haber sido más compleja, más profunda desde un punto de vista dramático. Y podría haber tenido unos personajes más adecuados al contexto personal y familiar que se plantea. Pero eso no quiere decir que no sea un comienzo interesante. Desde luego, los fans de The Walking Dead no pueden, ni deben, establecer comparaciones. Lo mejor es adentrarse en ella como algo nuevo y diferente, iniciando así un viaje hacia la desaparición de la Humanidad que, como todo viaje, tiene momentos buenos y momentos malos. Lo importante es que lo que se atisba en el horizonte es algo prometedor.

‘Una semana en Córcega’: de jabalíes y hombres


Vincent Cassel sufre el acoso de Lola Le Lann en 'Una semana en Córcega'.Que una joven seduzca a un experimentado y atractivo hombre maduro no es algo nuevo en el cine. A lo largo de la historia ha habido tratamientos para todos los gustos, desde el drama hasta el erotismo, pasando por la comedia de enredo o, incluso, el terror. Por eso lo que presenta Jean-François Richet (De l’amour) en su nueva película no es precisamente novedoso o sorprendente, pero son algunos detalles los que convierten a esta comedia en algo más que un mero recorrido por terrenos ya andados.

No quiere esto decir que no sea previsible. De hecho, no creo que haya nadie que espere algo más de lo que puede verse en su desarrollo. Las situaciones que viven los personajes, el modo en que se enfrentan a las consecuencias de sus acciones y las repercusiones que tienen sobre el resto son archiconocidas. Y aunque los actores logran una complicidad notable (sobre todo el dúo formado por Vincent Cassel y François Cluzet), sus personajes tampoco les permiten explotar mucho más de lo que se ve en pantalla.

A pesar de ello, la cinta ofrece varias lecturas que aportan un punto de vista diferente a la trama. El paralelismo entre el escurridizo jabalí empeñado en destrozar la vida del personaje de Cluzet y la traición del rol de Cassel resulta muy revelador, en tanto en cuanto el destino de ambos, animal y amigo, parecen correr de forma paralela. Incluso la secuencia del perro tiene algo de simbólico con ese pobre dj que protagoniza una de las situaciones más cómicas de la trama. Pero hay más. La forma en la que la relación entre jovencita y maduro afecta a los personajes genera un desarrollo dramático que se mueve en dos niveles bien diferenciados, manteniendo un delicado equilibrio entre humor y drama que termina por ocultar ligeramente algunas carencias narrativas que tiene el film, y que afectan sobre todo al trasfondo de los dos cuarentones de vacaciones en Córcega.

Con esto, Una semana en Córcega se convierte en un producto simpático, capaz de entretener y divertir gracias a la ironía y un cierto toque de humor negro en sus, por otro lado, previsibles secuencias. No pretende sorprender, por lo que no lo consigue. Sin embargo, sí logra una cierta profundidad dramática, situando la narrativa en varios niveles que se complementan y que ayudan a conformar un mosaico más amplio de la mera comedia de situación. No es mucho, es cierto, pero al menos ofrece algo más a quien quiera buscarlo.

Nota: 6/10

2ª T de ‘True detective’, historia más compleja en formato más clásico


Colin Farrell, Taylor Kitsch y Rachel McAdams protagonizan la segunda temporada de 'True Detective'.Más tradicional en su forma pero más compleja en su contenido. Ése es, a grandes rasgos, el resumen más aproximado que se me ocurre de la segunda temporada de True detective, la serie creada por Nic Pizzolatto (cuya experiencia previa eran un par de episodios de The killing) que aborda un nuevo caso con nuevos personajes en estos segundos 8 episodios. Habrá quien quiera compararla con esa joya del cine (y digo cine, no televisión) que es la primera parte, pero lo cierto es que sería como querer comparar El silencio de los corderos (1991) y Seven (1995). La verdad es que las comparaciones siempre son odiosas, y en el caso que nos ocupa muy, muy injustas.

Porque esta nueva trama, tan contemplativa, preciosista y fatalista como la primera, es en sí misma una auténtica obra de arte. Partiendo de la base de que es una historia sobre perdedores, sobre hombres y mujeres abocados a un futuro inexistente en el que el dolor, la muerte y la traición marcan un destino inevitable, esta temporada presenta unos engranajes extremadamente elaborados, con sutilezas que exigen del espectador algo más que sentarse delante de una pantalla y con una complejidad dramática notablemente alta. Basten como ejemplos los roles de Colin Farrell (La señorita Julia), quien vuelve a demostrar la amplia variedad de recursos que tiene, o Rachel McAdams (El hombre más buscado), sin duda uno de los grandes aciertos de la serie. Ambos representan, cada uno a su modo, el alto nivel psicológico y emocional que alcanzan los personajes.

Y hablando de personajes, la segunda temporada de True detective es, ante todo, una historia de personajes. Si la primera etapa utilizaba los saltos temporales para narrar una historia a lo largo de décadas, esta recurre a los atormentados protagonistas para hilvanar una trama que termina por unir el pasado, el presente y el futuro de absolutamente todos los personajes, incluso cuando no parecen tener relación ninguna. Y posiblemente lo más atractivo del conjunto es que no recurre a innovaciones formales, sino que se limita a construir una compleja historia a través de los impactos que tienen las decisiones en la vida del individuo, y cómo éstas definen lo que terminamos siendo. Una brillantez dramática que hipnotiza por sí sola y que engancha gracias a los giros dramáticos que se producen a lo largo del desarrollo.

Ahora bien, y dado que estamos hablando de los personajes, no es oro todo lo que reluce. Uno de los talones de Aquiles de estos 8 capítulos es Vince Vaughn (Los becarios), cuyo rol de mafioso traicionado y con un sentido de la moral muy concreto no colma las expectativas oportunas. No quiere esto decir que sea un mal personaje, ni siquiera que esté mal interpretado, pero desde luego no logra las cotas de complejidad que sí tiene, por ejemplo, el trío protagonista. Posiblemente se deba a las limitaciones del propio Vaughn, quien de este modo buscaba un vehículo para demostrar que sabe hacer algo más que comedia. Con todo, el final de su arco dramático lima muchas de las asperezas, ofreciendo una conclusión bella, simbólica y tremendamente emotiva.

Entre acción y reflexión

Si alguien quiere buscar un nexo de unión entre las dos temporadas de True detective, desde luego no lo encontrará en la historia o en la narrativa. Más bien, lo que une historias tan diferentes es la capacidad de Pizzolatto para combinar acción y psicología, dinamismo y reflexión. La segunda temporada, desde luego, hace gala de un contenido profundo, notablemente elaborado y con una exigencia cultural muy alta. El carácter trágico de los protagonistas aporta al conjunto una sensación casi derrotista, como la de un hombre obligado a destrozar una pared con los puños antes de perder las manos para siempre. Hombres y mujeres buenos marcados por un pasado equivocado, en el que los errores no perdonan y en el que los tormentos del rechazo de uno mismo termina por convertir en tragedia lo que podría haber sido un porvenir dichoso.

Pero al mismo tiempo, estos episodios dejan momentos de auténtica tensión, sobre todo el tiroteo en plena calle que termina con más muertos que vivos en todos los frentes, incluyendo varios inocentes. Es posiblemente el gran punto de inflexión de la trama, y desde luego uno de los mejores momentos de la temporada. Pero no es la única. El final de varios personajes es un auténtico tour de forcé en el que se ven abocados a una guerra personal contra fuerzas que tardan demasiado en comprender, lo que aporta a las secuencias de acción un carácter aún más dramático del que tienen de por sí. Posiblemente el único que no encaje demasiado, entre otras cosas porque está un poco forzado dentro de la trama, es el de Taylor Kitsch (El único superviviente), aunque entra dentro de las necesidades dramáticas del guión.

Es cierto, por tanto, que la trama es compleja, tal vez demasiado. Tiene muchas ramificaciones, muchas líneas secundarias de desarrollo que pueden generar algo de confusión. Pero al igual que ocurría con la primera temporada, lo importante no es tanto el viaje (que personalmente es sobresaliente) como las conclusiones que deja. Y en este sentido, con un repaso de todos los detalles de la historia, de cómo lo que ocurre en una trama influye en otra de forma incuestionable para terminar por unirse años después, la conclusión a la que se llega es que estamos ante uno de los productos más interesantes que existen en la televisión. Se ha acusado a Pizzolatto de diálogos que no llevan a ninguna parte, de trama excesivamente compleja y de verborrea incesante. Bueno, eso existió desde el principio y nadie criticó a Matthew McConaughey (Interstellar).

El problema que arrastra la segunda temporada de True detective, y que no es suyo por suerte o por desgracia, es la constante comparación con la primera historia. Lo que supusieron aquella narrativa y el personaje de McConaughey (no nos engañemos, es una obra maestra) hace sombra a cualquier cosa, incluso a una genialidad como estos 8 episodios. ¿Historia más compleja? Por supuesto, pero ahí está su gran atractivo. La forma en que su creador es capaz de aunar a todos los personajes en un caso policial que supone una revisión de sus pecados es simplemente brillante. Que guste más o menos es una cosa, pero siempre y cuando no salga a colación lo magnífica que fue la primera. Repito, querer compararlas es un trabajo fútil. Lo cierto es que la serie es una de las obras más interesantes, complejas y estimulantes de la televisión actual.

‘Revenge’ ofrece un final lógico en una 4ª temporada absurda


La cuarta temporada de 'Revenge' no ha estado a la altura.Cuatro temporadas. Eso es lo que ha llegado a durar la serie Revenge, drama creado por Mike Kelley (serie O.C.) acerca de la venganza que una joven lleva a cabo contra aquellos que incriminaron a su padre en un atentado terrorista. Cuatro temporadas que perfectamente podrían haberse quedado en tres, e incluso menos si tenemos en cuenta que algunos pasajes de las anteriores etapas no son, digamos, memorables. A modo de epílogo, los 23 episodios finales son un perfecto resumen de todo aquello que ha caracterizado a la trama, tanto lo bueno como lo malo. Sobre todo esto último.

En pocas palabras, esta última etapa no ha estado a la altura. Soy consciente de las limitaciones de la serie, de su carácter novelesco y de su constante tendencia al dramatismo exagerado a través de situaciones límite. Es por eso que su conclusión se antoja poco coherente, por no decir deliberadamente absurda. Partiendo de la base de que muchos acontecimientos se heredan del final de la tercera temporada, lo más sorprendente es la decisión de no utilizarlos de forma completa, limitándolos a una simple etapa dentro de un desarrollo más largo. Esto genera que muchos personajes entren y salgan, que muchos otros deambulen sin rumbo fijo, y que los protagonistas, en definitiva, vean condensadas las tramas de varias temporadas en poco más de 20 capítulos. Y esto ya debería de indicar algo.

Más allá de la conclusión, previsible, lógica y hasta cierto punto gratificante (si la serie hubiera terminado de otro modo habría sido bastante ridículo), lo que más destaca en la cuarta temporada de Revenge son sus personajes secundarios, sobre todo los nuevos. Elena Satine (serie Magic city) y Brian Hallisay (El francotirador) podrían haber sido dos roles interesantes, marcados por su pasado y su integridad, y con unos trasfondos relativamente atractivos. El problema, como el del resto de la trama, es el tiempo para desarrollarlos. La precipitación de concluir la producción en esta temporada ha provocado no solo una simplificación de sus motivaciones, sino que les ha convertido, casi literalmente, en marionetas. Y ver cómo dos personajes dan bandazos dramáticos de un lado a otro de forma reiterada sin aprender de sus errores es algo que mina la integridad dramática de la serie.

Eso por no hablar de los villanos tradicionales de la serie, que parecen dubitativos ante su futuro. Karine Vanasse (serie Pan Am) resulta poco convincente como enemiga, posiblemente porque su determinación cambia según sople el viento, y porque su poder con los medios de comunicación nunca llega a materializarse como debería. Y el caso de Madeleine Stowe (El último mohicano), bueno… simplemente decir que la actriz parece tener la cabeza en otras producciones algo más “serias”. Todo ello, unido a un desarrollo dramático intermitente, que interrumpe las líneas argumentales a medio camino y que no consolida la evolución de muchos personajes, hace que esta última temporada sea un mal homenaje de lo visto hasta ahora, siempre teniendo en mente las características propias del producto, claro está.

Medicina propia

El regreso de David Clarke sustenta los mejores momentos de la cuarta temporada de 'Revenge'.Ahora bien, la cuarta temporada de Revenge deja algunas ideas interesantes, aunque solo sea en su concepción inicial. Para empezar, la aportación de un resucitado David Clarke (James Tupper, visto en Un buen partido) resulta interesante bajo el prisma de la venganza que sustenta todo el relato (no así su destino, posiblemente el más forzado de todos). Es él, además, el que atrae los mejores momentos de esta etapa gracias a la trama propia que sustenta. Con todo, quizá lo mejor de esta conclusión sea comprobar cómo las tornas se vuelven y la línea entre héroes y villanos no queda tan clara, haciendo que el papel de Emily VanCamp (Norman), quien también parece pensar en otros proyectos, tome su propia medicina y se vea incriminada por un complot.

Esta especie de intercambio de papeles permite acceder a la serie bajo un punto de vista relativamente distinto, lo que aporta algo de originalidad a un desarrollo que, por otro lado, languidece ante la falta de originalidad. Si hubiera existido un arco dramático general más coherente posiblemente estaríamos hablando de un giro narrativo en la serie. Dado que no es así, lo que nos encontramos es con un intento de reconducir una historia que tiende a descontrolarse en todo momento. El afán por el dramatismo lleva a la serie, además, a la finalización de algunas líneas argumentales ciertamente curiosa, sobre todo porque, una vez más, fuerza a los personajes a algo que no concuerda con sus propias definiciones.

Se puede decir, a modo de resumen, que esta conclusión es la máxima expresión de los errores más habituales de toda la serie. Errores dramáticos que han dirigido la trama por unos senderos peligrosos, muchas veces forzando la coherencia de personajes y situaciones hasta el extremo, y desde luego casi siempre con resultados tan ilógicos como adictivos, que obligaban al espectador a mantener la atención en la pantalla. Esto implica que funciona, no cabe duda, pero también que la producción nunca ha sabido ofrecer algo más de lo que se esperaba de ella. No es algo necesariamente malo, pero desde luego sitúa al producto en un nivel muy alejado de la calidad de las series actuales.

El problema es que todos esos problemas se han podido distribuir uniformemente a lo largo de tres temporadas. La conclusión de Revenge, por el contrario, los condensa en 23 capítulos, y para colmo introduce nuevos personajes, nuevas líneas argumentales y nuevos villanos. La necesidad de que cada uno de ellos cuente con su espacio, unido a los constantes giros dramáticos para dar una sensación mayor de conflicto, convierten a la temporada final en una sucesión de absurdas situaciones en las que los personajes (y por extensión los actores) se ven obligados a justificar unos actos peregrinos con unos argumentos aún más peregrinos. Tal vez nunca haya sido una serie excepcional, pero ningún producto se merece un final tan deslavazado.

‘Empire’, música y familia en una 1ª temporada de débiles personajes


La familia Lyon es el centro de las intrigas de la primera temporada de 'Empire'.Algo tienen los musicales que no dejan indiferente a nadie. Los detractores son enemigos declarados de un formato que consideran irreal. Los defensores encuentran en ellos una vía de entretenimiento que combina música, imagen, baile y coreografía. Pero lograr el equilibrio entre trama y música es uno de los retos más difíciles de conseguir, y prueba de ello es que las producciones de este género pocas veces se convierten en éxito en los últimos años, sobre todo si lo que se intenta es crear un drama musical. El último intento es Empire, serie creada por Lee Daniels y Danny Strong, director y guionista respectivamente de El mayordomo, cuya trama se centra en un sello musical familiar y las luchas internas por el poder de la compañía.

Y si algo deja claro su primera temporada de 12 episodios, cuya exitosa emisión en Estados Unidos terminó en marzo, es que es necesario tomar partido por uno de los dos aspectos, el dramático o el musical. En este caso la balanza se inclina hacia la música, con algunos números realmente brillantes y con voces como la de Jussie Smollett (Un muchacho llamado Norte), toda una revelación. En realidad, la música no solo adquiere protagonismo con las canciones, sino también con el propio desarrollo de la trama. A diferencia de otras producciones como Nashville, con la que guarda cierto parecido, los conflictos y los puntos de giro están irremediablemente ligados a la música como concepto general, desde el negocio propiamente dicho hasta la composición.

Esto genera toda una corriente que arrastra a personajes y trama hacia un terreno más suave, menos dramático. Que eso sea algo positivo o negativo depende del cristal con el que se mire y de los gustos de cada espectador. Lo que no es tan subjetivo es el efecto que esta apuesta tiene sobre dichos personajes y, fundamentalmente, sobre las tensas relaciones que existen entre ellos. Quizá lo más llamativo de Empire sea el vaivén de posiciones que adoptan los protagonistas, que se mueven en un amplio espectro de decisiones y emociones para tratar de conducir la trama por unos derroteros que, al final, no hacen sino generar un bucle constante del que se distrae al espectador gracias a la música.

La consecuencia más directa de este fenómeno es una debilitación gradual de los personajes. Los impactantes acontecimientos del episodio piloto, sobre todo en lo referente al rol de Terrence Howard (St. Vincent), sirven como hilo conductor y detonante de prácticamente todos los acontecimientos de la primera temporada. Empero, mientras la enfermedad del protagonista planea sobre las cabezas del resto de personajes como una amenazante nube de discordia, el asesinato del primer episodio es más bien un recurso intermitente que parece tener repercusión únicamente cuando se necesita que la trama adquiera un mayor grado de dramatismo. El problema de todo ello es que el desarrollo pierde consistencia, convirtiéndose en algo cada vez más previsible y con un interés menor que se sustenta, fundamentalmente, en la música y en los ganchos utilizados al final de cada episodios… y de la temporada.

Timbaland, el productor

A pesar de sus irregularidades, la apuesta de Empire por conceptos como la familia y la música tiene premio. El interés se mantiene durante buena parte del desarrollo dramático, los actores logran una buena labor y la parte musical es impecable. En este último aspecto se aprecia, sobre todo en determinados temas compuestos para la serie, la mano del productor musical Timbaland, cuyo trabajo con cantantes como Justin Timberlake recuerda, y mucho, al estilo musical del personaje de Smollett. Desconozco cuál ha sido su papel en el resultado final, aunque no es difícil de imaginar. Más allá de la música, la presencia de conocidos cantantes en papeles ficticios o interpretándose a ellos mismos da una idea del poder de convocatoria que ha tenido esta producción.

Y ya que he mencionado al reparto es conveniente destacar la labor de Taraji P. Henson (serie Person of interest), uno de los grandes atractivos de la producción. Tal vez sea por las diferentes características de este rol respecto a su papel previo, pero lo cierto es que su labor como acicate del resto de personajes es ejemplar. En buena medida es ella la que salva muchas situaciones, y desde luego es este personaje el que logra hacer avanzar la acción en muchos momentos de la temporada. Los problemas antes señalados también terminan lastrando a este rol, pero eso no hace sino destacar aún más la labor de Henson.

Sin duda el gran problema de la serie radica en la poca libertad de la que gozan sus personajes. Con unas personalidades tan marcadas como las de los roles de Howard y Henson la trama ha tendido hacia caminos algo más conflictivos en varios momentos de la temporada, pero siempre ha vuelto a los mismos derroteros. Esta constante rectificación de la naturaleza de los personajes ha impedido explorar nuevas situaciones, nuevas vías dramáticas que perfectamente podrían haber llevado a la serie a otro terreno, aunque con la más que evidente posibilidad de perder el alma musical que tanto caracteriza a esta ficción.

Así, Empire se revela en su primera temporada como un producto entretenido ideal para los amantes de la música (sobre todo del rap, el hip hop y el R&B). No exige demasiado a los espectadores, pero tampoco ofrece demasiado. La fórmula de drama familiar musical logra el éxito en aquellos momentos en los que mejor combina todos sus elementos, rebajando sus expectativas cuando se trata de explorar, aunque sea mínimamente, las relaciones entre los personajes. Es una consecuencia habitual y natural del género elegido. El éxito ha asegurado una segunda temporada, pero la pregunta que cabe hacerse es si mantendrá las debilidades que convierten a esta serie en lo que es y, sobre todo, si no se perderá parte de la esencia al tratar de corregir los defectos.

‘Bron/Broen’ ahonda en sus personajes en la segunda temporada


Sofia Helin y Kim Bodnia repiten en la segunda temporada de 'Bron'.Temporada nueva, trama nueva. A diferencia de lo que suele ocurrir en Estados Unidos, que salvo casos muy excepcionales las tramas no episódicas suelen estar conectadas por tramas inconclusas o consecuencias de lo ya acontecido, en Europa se suele intentar abordar diferentes aspectos en cada temporada. Ya le ocurrió a Forbrydelsen, y ahora le toca el turno a Bron/Broen, cuya segunda etapa tiene poco que ver con la primera temporada. Y la palabra clave es “poco”, pues es lo que diferencia, y de qué modo, ambas temporadas. Estos nuevos 10 episodios pueden parecer, desde el punto de vista del thriller policíaco, menos intensos que los 10 primeros, pero es algo que suple magníficamente con una mayor profundidad dramática de los personajes y, esta vez sí, algunas tramas secundarias que mejoran el rendimiento de los personajes.

Sin ir más lejos, la introducción de secundarios como Vickie Bak Laursen (Camping) o Henrik Lundström (Studentfesten) genera una nueva dinámica en la investigación policial, pero también en las vidas personales de los protagonistas, de nuevo interpretados por Sofia Helin (Nina Frisk) y Kim Bodnia (Rosewater). Su presencia marca un notable punto de inflexión en el conjunto de la serie aunque a primera vista pueda parecer lo contrario. Mientras uno se convierte, casi por accidente, en el contrapunto irónico de la historia, ella es el detonante más dramático, incluyendo el trágico final. Pero más allá de sus propias dimensiones, bien desarrolladas, lo interesante es comprobar cómo logran despejar las dudas sobre la definición de los roles protagonistas, que corrían el riesgo de caer en una reiteración de propuestas bastante peligrosa.

Dicho de otro modo, es gracias a estos secundarios (y a otros como Daniel Adolfsson, visto en Isolerad) los personajes de Helin y Bodnia evolucionan o, al menos, son capaces de mostrar un rostro diferente. Por ejemplo, la frialdad de Saga queda en entredicho al demostrar no solo que tiene sentimientos, sino que su pasado la atormenta de muy diversas maneras. Este contrapunto dramático de un personaje que parece casi un autómata regido por la razón nutre a la serie de un modo brillante, pues ofrece al espectador un nuevo punto de vista de las decisiones y las actuaciones de la policía, aunque sin eliminar en ningún momento su carácter original. Un equilibrio que genera, por otro lado, un cierto tono irónico a muchas situaciones.

Aunque personalmente el mejor tratamiento se lo lleva Martin, el personaje de Bodnia, posiblemente porque retoma las heridas abiertas de la primera temporada. Y es que si en algo acierta la segunda parte de Bron/Broen es en desarrollar hasta sus últimas consecuencias la trágica muerte del hijo a manos de un despiadado asesino en el final de la anterior entrega. A través de visiones y de la propia pericia del actor el espectador se sumerge en un dolor y un odio cuyo fin parece ser la venganza moral y emocional. El proceso que se da a lo largo de los episodios resulta revelador, sobre todo porque su conclusión es radicalmente distinta, demostrando que la venganza no sirve de nada ante una pérdida de semejantes características. El final, que no desvelaremos, es tan coherente y brillante como simbólico, guardando además un notable parecido con el de la primera temporada.

Una trama sin acabar

Empezar el análisis de una serie como Bron/Broen por sus personajes ya debe dar cuenta del cariz de esta segunda temporada. No sé si será por el impacto que supuso la primera etapa, pero lo cierto es que la trama de estos 10 capítulos ha sido menos fascinante. Esto no quiere decir que no sea igualmente perturbadora en algunos momentos, pero su desarrollo ha carecido del juego intelectual que se establecía en el primer caso entre policías y asesinos. Por otro lado, la ausencia de una relación directa entre asesino y policía convierte a este caso con influencia medioambiental en algo ya visto, en una historia que podría enmarcarse en cualquier otra serie de similares características.

Con todo, y a sabiendas de esto, los guionistas plantean numerosos puntos de giro que dotan de interés al desarrollo dramático. Para empezar, y en un guiño a Psicosis (1960), los villanos mueren al comienzo de la investigación, lo que no solo descompone las teorías iniciales, sino que desvela una estructura narrativa mucho mayor y más compleja. Este inesperado giro llega acompañado, además, de nuevos personajes secundarios que, aunque su relevancia en la trama se limita a ser catalizadores de la resolución final, tienen la presencia suficiente como para generar una historia propia. Historia que, por cierto, tiene poco o nada que ver con la trama principal y, lo que es realmente perjudicial, su resolución resulta un poco forzada por las circunstancias.

Pero lo más interesante es el hecho de que no llegue la investigación policial no llegue a una solución clara, dejando la puerta abierta a una nueva temporada que empezará a emitirse en unos meses y, lo más atractivo, a una mayor complejidad dramática que combine el intrincado desarrollo de la primera temporada con la profundidad de personajes que ha adquirido esta segunda etapa. Todo ello con el aliciente de la conclusión que tiene la relación entre los dos protagonistas, que plantea desde el primer momento un dilema moral en el rol de Helin que solo puede explicarse con el desarrollo que el personaje ha tenido en estos episodios.

En cierto modo se podría decir que Bron/Broen ha sacrificado parte de la trama por lograr una mayor profundidad en sus personajes, algo por otro lado necesario. Sin embargo, no debe desmerecerse el desarrollo que adquiere la investigación policial, sobre todo en su tercio final, cuando los acontecimientos se precipitan hacia la conclusión abierta de la que hace gala la temporada. Puede parecer que la ficción se mueve hacia un concepto más tradicional, más habitual en la televisión. Sin embargo, no hay que olvidar que son los personajes los que nutren cualquier historia, y en esto la serie ha demostrado que no es como las demás.

‘El niño 44’: sin crimen en el paraíso


Gary Oldman y Tom Hardy en un instante de 'El niño 44', de Daniel Espinosa.En una época cinematográfica en la que el apartado técnico ha alcanzado casi la perfección distinguir una buena película de otra mala es una ardua tarea. Hay excepciones, claro está, pero por regla general el lenguaje narrativo o los efectos visuales son similares de un film a otro. Ante esto, solo queda analizar la esencia, aquello por lo que siempre comienza una película: el guión. Puede ser repetitivo, pero con casos como la nueva película de Daniel Espinosa (Dinero fácil) es más que evidente que sin un buen guión nunca, jamás, podrá haber una buena película. Y un pequeño matiz: un mal guión no implica necesariamente malos personajes o situaciones inverosímiles.

No, un mal guión queda definido por su desarrollo dramático, por el tratamiento que hace de las líneas principal y secundarias de la trama. Y en esto falla estrepitosamente El niño 44, una suerte de thriller que deambula sin objetivo claro durante buena parte de su metraje en un intento por ofrecer al espectador algo más que la mera investigación de una serie de asesinatos en un entorno, el de la URSS, en el que no podían existir este tipo de crímenes por ser una enfermedad capitalista. Mal planteada desde el principio (para explicar la situación de los personajes no es necesario desarrollar secuencias completas), la película no posee un objetivo claro. Las revelaciones y los puntos de giro parecen ubicados en puntos de la trama equivocados, lo que genera una serie de desajustes alarmantes. Por poner un ejemplo, desde que se produce el primer asesinato hasta que el protagonista decide ponerse a investigar se suceden una serie de tramas secundarias que poco o nada aportan al thriller, salvo para convertirlo en un relato de envidias y corruptelas en el seno de la Unión Soviética. Y eso son unos 30 minutos.

Lo cierto es que lo mejor, y lo que salva un poco los muebles, es su reparto, que hace lo que puede con unos personajes poco definidos, básicos en sus motivaciones y que muchas veces actúan por instinto más que por unos objetivos claros. Cabe señalar en este sentido que los personajes secundarios son unos de los más damnificados por el mal diseño del guión, que les condena a tener presencia minoritaria a pesar de estar llamados a jugar un papel más relevante. Es lo que ocurre cuando la historia no fluye de forma natural, cuando se trata de obligar a los personajes y al propio desarrollo dramático a ir por un cauce en lugar de dejar que todo discurra por otro.

La verdad es que El niño 44 es un quiero y no puedo. Su intención de abarcar un sinfín de matices que definan el contexto social en el que transcurre la historia genera, en realidad, tantos desarrollos como historias tiene la película. Quizá la más absurda sea la persecución a homosexuales, sin relación alguna con los asesinatos y de una gratuidad asombrosa. Todos los problemas surgen, no cabe duda, de su mal elaborado guión, en el que las secuencias no solo no fluyen de forma orgánica, sino que están mal estructuradas. La cinta logra salvar en cierto modo su situación gracias a los actores y a una realización que, todo sea dicho, tiene un lenguaje interesante en algunos momentos que contrastan con otros caóticos y de caligrafía ininteligible. Las intenciones son buenas, pero aunque se trate de ocultar el crimen en el paraíso, las pruebas son tan evidentes que no queda más remedio que reconocer el delito.

Nota: 5/10

5ª T de ‘Juego de Tronos’, el arte de lograr que menos sea más


Peter Dinklage y Emilia Clarke, en un momento de la quinta temporada de 'Juego de Tronos'.Uno de los comentarios que más se han oído durante la quinta temporada de Juego de tronos ha sido que no ocurre nada, que su trama no avanza y que sus personajes se mantienen en una constante tensión que no lleva al argumento a ninguna parte. Personalmente soy de la opinión de que eso, en una serie como la creada por David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss, no puede ocurrir ni aunque se intente. Pero incluso aunque eso fuera verdad, aunque su historia se hubiera anquilosado levemente, su final ha sido, con diferencia, el más impactante de toda la serie. Y no me refiero solo al episodio 10. Ni siquiera al ya famoso episodio 9.

En realidad, esta última temporada es un ejercicio minuciosamente medido para llevar al espectador en un viaje cuyo final le resulta inesperado (salvo para aquellos que hayan leído los libros, claro está). El desarrollo dramático de sus tramas principales responde a la teoría de los tres actos de forma casi milimétrica. Así, durante los tres primeros episodios se plantean las posiciones de los principales personajes. Los cuatro siguientes desarrolla los conflictos planteados, llevando a muchos de los protagonistas a situaciones límite. Y el tercer acto, o los tres últimos episodios, es un festival de emociones, de giros argumentales impactantes y de clímax indescriptibles. Repasando mentalmente el camino que han tomado estos 10 nuevos episodios la pregunta que nos debe asaltar es si realmente es cierto eso de que no ha pasado nada.

Si algo caracteriza a Juego de tronos casi desde el comienzo es que menos es más. Salvo contadas excepciones, la serie siempre se ha sentido más cómoda entre intrigas palaciegas, luchas de poder en la sombra y traiciones familiares que entre impactantes revelaciones, normalmente limitadas al episodio 9. Y desde luego la quinta temporada es uno de los mejores ejemplos, como demuestra la conversación entre los roles de Peter Dinklage (X-Men: Días del futuro pasado) y Emilia Clarke (Dom Hemingway), uno de los mejores momentos de la temporada. El magistral desenlace que ha tenido esta entrega invita a reflexionar sobre el papel que han jugado todos los acontecimientos previos. Un papel imprescindible para comprender no solo el futuro de muchos de los personajes, sino los cambios emocionales, morales y físicos que sufren casi todos. Es, en este sentido, una temporada de transición, después de ese giro dramático que supuso la cuarta temporada. Una transición necesaria pero para nada aséptica.

Desde luego, lo más interesante son las lecturas que se hacen de las decisiones y las motivaciones de los principales personajes. Estamos tan acostumbrados a ver cómo los personajes de George R. R. Martin logran más o menos los objetivos más inmediatos que nunca nos hemos parado a pensar en las consecuencias de sus actos. Y eso, en definitiva, es el argumento de esta serie. Si el clan Lannister está acostumbrado a gobernar pisoteando a los demás, en esta temporada sus acciones tienen consecuencias imprevistas. Cuando la Khaleesi cree que puede gobernar simplemente liberando esclavos, una rebelión se alza contra ella. Y si los Stark creen que pueden seguir adelante sin pagar un alto precio, bueno… en este tema es mejor no entrar demasiado.

Tramas insustanciales

El resumen de todo el análisis anterior podría ser que, aunque no lo parezca, la trama avanza de forma notable, e incluso se producen cambios mucho más profundos en los personajes de lo que había podido verse hasta ahora. Sin embargo, eso no impide que hayan existido, casi por primera vez, tramas que no han aportado mucho, al menos a lo largo de la temporada (parece evidente que algo desencadenarán en la sexta entrega). Una de ellas es la historia ambientada en Dorne, ciudad a la que España ha dado vida y que, todo sea dicho, no ha sabido explotar más que la belleza de los escenarios. Su trama, un rescate secreto que se tuerce y que tiene como protagonista a Jaime Lannister (de nuevo Nikolaj Coster-Waldau, visto en Oblivion), se desarrolla con más pena que gloria, sin generar demasiado interés y preocupada más en mostrar los rasgos de esta nueva casa, intuidos en la temporada anterior, que por ofrecer algo consistente al espectador. Al menos hasta el último episodio.

También resulta sorprendente el tratamiento dado al personaje de Sophie Turner (Mi otro yo), una Sansa Stark que parecía haber madurado al final de la cuarta temporada y que, de nuevo, vuelve a ser esa niña atemorizada y traumatizada por el mundo de violencia y sangre en el que vive. Un giro que no logra funcionar demasiado bien en la definición de su personaje pero que, por otro lado, ayuda a consolidar la historia de Invernalia como una de las mejores, permitiendo además que otro personaje recoja el testigo de rol más odiado de la ficción. Sentimientos aparte, lo cierto es que su indefinición no hace sino jugar en su contra, no solo porque convierte a ese personaje en un ser débil y manipulable, sino porque no logra evolucionar, algo que en Juego de tronos no puede mantenerse por demasiado tiempo.

Y no puedo dejar de mencionar, aunque sea sutilmente, el final de esta quinta temporada. Como decía a más arriba, no se trata solo del último episodio, sino de todo el tercer acto de esta etapa. Tres finales de episodio simplemente indescriptibles, cada uno magistral en su concepción. Todos ellos han revelado aspectos muy significativos de la historia, más allá de la espectacularidad que puedan presentar en sendas batallas que superan, en muchos aspectos, a las mostradas hasta ahora. Aunque si hay algo que dejará sin palabras a los espectadores será la conclusión del episodio 10, un auténtico gancho dramático que, casualidad o no, tiene una clara influencia de uno de los episodios más conocidos de la Roma Clásica. Un final que, de ser cierto, cambia las reglas del juego por completo, obligando a tomar una nueva dirección que puede ser tan interesante como peligrosa.

Tal vez no sea la mejor temporada de Juego de tronos. La verdad es que la tercera y la cuarta entregas han sido insuperables. Pero desde luego mantiene el altísimo nivel dramático y técnico de toda la serie. De nuevo, sus creadores demuestran que no es necesario que ocurran grandes acontecimientos para que una producción sea capaz de crear expectación. La sensación de vivir una calma antes de una violenta tormenta, de que en ese remanso de paz todo se mueve para producir un terremoto que sacuda los cimientos dramáticos de la serie, está presente en todo momento. Benioff, Weiss y R. R. Martin vuelven a demostrar que menos es más. Y lograr que eso sea tan eficaz como lo es en esta serie es todo un arte.

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